Amor, pasión y dulzura

Maira Mas

Fragmento

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En la puerta de embarque del Aeropuerto de los Rodeos, Tenerife, les dieron el periódico El País. El titular de la noticia principal, que invadía toda la página de la portada, era el siguiente: «EE.UU. y Cuba abren relaciones. Fin a 53 años de Guerra Fría en América».

Aurora se sorprendió igual que María. No daban crédito. Se aceleró el ritmo de sus corazones. ¿Y si La Habana ya no era lo que había sido? En el avión con destino a Madrid, estuvieron pensando en cómo estaría Cuba en la actualidad. ¿Mejor o peor? Temblaban. Las dos, al unísono, dijeron: «Nada volverá a ser como antes».

En el vuelo de Madrid a La Habana, María recordó lo que le habían dicho los cubanos que vivían en Little Habana (Miami): «Si entran los americanos, destruirán Cuba». En una fracción de segundo, madre e hija visualizaron una Habana distinta, una ciudad en pleno esplendor invadida de turistas y de infraestructura hotelera. Una oleada de preguntas sin respuesta acechó sus mentes durante el viaje.

—Aurora, La Habana ha cambiado —le dijo María a su hija con un tono de voz desconcertante.

Al final llegaron a la conclusión de que La Habana seguiría siendo igual, una ciudad de ensueño anclada en la década de 1950. Ese titular solo significaba un primer acercamiento diplomático entre ambos países.

Llegaron al Aeropuerto Internacional José Martí de La Habana el 18 de diciembre de 2014. En su memoria y en su corazón, quedaban aún restos de un naufragio. Siempre la esperaba. Ya no. En todos sus viajes a Cuba, había ido sola. Esa vez iba acompañada por su hija Aurora, la cual sabía todo, como si fuera la protagonista real de su historia.

Se vieron sumergidas en un diminuto espacio donde se concentraron de golpe cientos de personas. Ya era demasiado tarde. María no se acordó de que, al llegar al aeropuerto, tenía que salir corriendo para pasar ese trance tan traumático del control de aduanas. Quién iba a imaginarse que, después de tantos años, seguiría siendo un caos.

En la aduana había quince filas marcadas con números rojos. Todos los pasajeros, que procedían de diferentes países, ansiaban traspasar aquellos números. El tiempo transcurría y todo seguía colapsado. Nadie podía avanzar.

Un calor asfixiante invadía el lugar. No había ni siquiera un banco para sentarse. Aquel bochorno, la concentración de gente y la lentitud del trámite aceleraban el desvanecimiento. La situación era extrema. María y Aurora estaban perdiendo el poco control que les quedaba. Habían pasado más de diez horas encerradas en un avión internacional procedente del Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, cuyo destino era La Habana, Cuba. A las diez horas de cansancio acumulado se le añadían tres más de un vuelo nacional. Y en aquel momento esas colas, que no desaparecían.

Mientras María y su hija esperaban su turno, una señora cubana iba repitiendo que en Cuba todo seguía igual. Peor: comentaba que a una prima suya le habían perdido su equipaje y que aún no se lo habían devuelto. En ese momento todo se paralizó en María porque, en la única maleta que habían embarcado, llevaban los alimentos que quizás podrían necesitar. Su corazón presentía que serían muy útiles a pesar de irían a un hotel con todo incluido.

El control de aduanas era aún más lento que antes por el «protocolo» que los pasajeros estaban obligados a cumplir. Cada persona tenía que pasar individualmente aunque viajara acompañada. Una vez allí, el funcionario se encargaba de sellar toda la documentación imprescindible para poder entrar al país: pasaporte en vigor y visado turista. Para finalizar el proceso, era obligatorio incluir una foto sacada en ese mismo instante.

Después de la aduana tuvieron que pasar un control policial. De repente, María y Aurora se vieron rodeadas de uniformes verde oliva.

―Muéstreme la mochila, señora —gritó un policía, en un tono estilo militar, después de pasar la segunda mochila por el escáner.

―Aquí tiene, señor.

El policía empezó a remover toda la mochila.

―Estas mandarinas se quedan aquí. No las puede pasar, señora.

―Le entrego todos los certificados médicos en los que consta que preciso este alimento por salud —respondió María.

María tenía que viajar cada vez con más certificados médicos. Necesitaba alimentos especiales que no se podían comprar en ningún aeropuerto.

―No me va a quitar lo que necesito —dijo María con voz firme, mirándolo a los ojos.

—Las puede pasar —contestó el policía después de leer sus certificados médicos.

Años atrás, en el control policial del Aeropuerto José Martí, le habían quitado un fuet artesano que había comprado especialmente para su familia cubana. Se habían reído de ella y había visto cómo empezaron a tragárselo sin medida delante de sus narices.

En la sala de recogida de equipajes, María divisó, entre la multitud de personas, su silueta. Aquel lugar, donde siempre la esperaba, estaba vacío. Él no estaba allí.

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PRIMERA PARTE

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Capítulo 1

María había recorrido todo el Caribe. Viajera incondicional para ir al Edén. La Barrera de Coral —Australia— y Tahití completaban el esplendor del ilimitado azul turquesa.

María sentía la sal en su piel, y en sus poros se dilataban kilos de salsa, el sabor de sus melodías hechas canción. En esos viajes, Miami era un destino que le abría puertas a ese universo tropical. Miami lo había pisado muchas veces, como si fuera Madrid. A través de ese recorrido —Barcelona-Londres-Miami—, con la compañía aérea British Airways, podía tener su amado mar Caribe a sus pies.

En sus viajes a la República Dominicana, María aprendía merengue. Se estremecía de placer al danzar ese ritmo dominicano tan romántico y sensual. En Miami le ocurría lo mismo: el top le quedaba siempre mojado al salir de las pistas de baile. Lo escurría satisfecha, llena de pasión por ese ritmo, que la embellecía más y más.

¿Y la salsa? Cuando veía a Margarita, la protagonista de la película Salsa, pensaba que daría la vida por bailar como ella y más que eso. Tener una pareja de baile y su amor. Las dos cosas a la vez.

Se apuntó a una academia en Barcelona para aprender salsa, porque la ciudad donde vivía estaba congelada en el tiempo y en el aire. No existía ni la más remota posibilidad de que alguien ni tan siquiera supiera qué era esa música. Iba a la academia una vez a la semana. El trayecto en tren, desde su ciudad natal hasta Barcelona, duraba dos horas. Allí, su primer profesor, Angelito, un negrito cubano que tenía su sabor por dentro —como ella—, le enseñó los primeros pasos de salsa. Las ganas locas de bailar salsa las tenía tatuadas en cada poro de su piel.

En aquellos días, vino de gira, por toda España, un actor venezolano muy famoso que protagonizaba la telenovela de máxima audiencia nacional: La loba herida. María tuvo la oportunidad de entrevistarlo en una rueda de prensa.

―Carlos, ¿esta noche danzarás el tema de salsa que tienes en tu nuevo disco?

―Sí. Quizás invite a alguien... ―le contestó con una voz varonil y sensual como su acento.

La invitó al escenario más grande que ella había pisado jamás. María bailó pegada a él. Aún no sabía danzar salsa. Sintió la música y él se fusionó con ella. El público creyó que era su bailarina. Fue de coreografía, sin ensayo previo.

Cuando bajó del escenario, todas las pantallas gigantes de la discoteca reproducían el instante en que los dos bailaban pegados la salsita. María estaba muy emocionada. Fue un sueño hecho realidad. Todas las chicas la envidiaban y oyó a más de una que decía: «¡Qué suerte tiene!». Había miles de fans intentando devorarlo en el camerino; solo María pudo entrar. Se abrazaron mutuamente y le firmó un autógrafo en donde, con su puño y letra, le plasmó: «María, tienes el sabor por dentro».

En la academia las clases de salsa eran cada vez más aburridas. Angelito dejó la escuela de baile y otro profesor nuevo lo sustituyó. Ese era antipático y prepotente, siempre la tenía arrinconada. No avanzaba. Fue un retroceso. Tuvo que dejar las clases porque no la compensaba tanto trayecto para no aprender nada.

María seguía soñando. Quería bailar como esas parejitas que había visto en Hialeah, Miami, que no paraban de dar vueltas y vueltas al escuchar «Lluvia» —de Eddy Santiago— o «Tú me vuelves loco» —de Frankie Ruiz—. No podía. La salsa se le había metido hasta en sus caderas, pero nadie conseguía hacerlas vibrar.

En la casa de sus suegros, un día de esos tan típicos de invierno —fríos por dentro y por fuera—, aburrida, sola, vacía completamente, sin fuego en la piel, cogió el periódico que estaba en la mesa y lo abrió, como siempre solía hacer, por la parte final. En una de las páginas, vio un anuncio que decía: «Chico cubano quiere conocer chicos/as de todo el mundo. Alberto Díaz García, c/ Campanario # 315, entre Neptuno y San Miguel, Apto. 41, CP 12400, La Habana, Cuba».

María guardó esa dirección en su bolsillo. Conocía casi todo el Caribe, pero le faltaba Cuba, la Perla del Caribe. Ella sabía que, en esa isla tropical, había unas playas paradisíacas y que se bailaba salsa.

Aquella noche escribió la primera carta a La Habana. Por la mañana, la echó en el buzón ilusionada. Había escrito todos sus sentimientos por esa música. Salsa y sabor se impregnaban en ella. Estaba echando la carta y ya quería tener respuesta para poder tan siquiera haber conseguido que alguien entendiera esa pasión que tenía por el baile y por el mar Caribe que nadie comprendía. Esperaba que aquella carta saciara la ausencia de su amado mar.

Para ella, era tan importante como el amor. Ella ya tenía la desdicha de no poder vivir cerca de él. Si el Mediterráneo le quedaba lejos, en aquel momento soñaba con el azul turquesa paradisíaco, infinitamente distante. Casi una quimera para unos, pero ella aún podía, dos veces al año, permitirse ese lujo.

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Capítulo 2

En diciembre de 1991, llegó una carta. El mes más frío. María tenía el alma casi congelada y el hielo que se instalaba en cada resquicio de aquella ciudad le rozó su espíritu. Ella era una romántica empedernida. La misiva fue una tregua a aquel frío que la invadía. Iluminó un poquito su tez pálida. Cuando vio que era del Caribe, de La Habana, sintió el calor tropical con tan solo tocarla. Aún parecía tibia. Sus manos inquietas abrieron rápido el sobre. Leyó la carta varias veces. Era corta, pero su contenido le llegó como una chispa de alegría en su roto corazón.

Ciudad de La Habana, 2 de noviembre de 1991

Hola, María, ¿qué tal? Espero que te encuentres bien física y espiritualmente. Justo ayer recibí tu carta; de las que he recibido, es la que más me ha gustado porque en realidad eres como dices que eres. En tu carta hay un natural encanto que no he encontrado en ninguna otra. Pero, bueno, no te elogio más porque puedes irte por las nubes.

Ahora déjame decirte pequeñas cosas de mi vida. Seguro que ya sabes que tengo 25 años; por tanto, me faltan aún 75 para los 100. Nací el 12 de febrero aquí, en La Habana, que es una ciudad muy bonita porque ha conservado muchas casas y edificios coloniales, aunque en varios sectores ya necesita un maquillaje.

Sí, esta es una ciudad muy caliente en ambos sentidos, por el clima y por su carácter.

Quiero decirte que, de todos esos ritmos caribeños que tú bailas, muchos son de aquí, pues la salsa no es otra cosa que el son cubano pero modernizado. El bolero que tanto éxito le da a Juan Luis Guerra es también de aquí, así como la rumba, el mambo, etcétera.

Cuba era la mayor potencia musical de toda América Latina antes de 1959, pero el aislamiento ha bajado la calidad, aunque en el exilio hay estrellas cubanas muy buenas, como Celia Cruz, Gloria Stefan...

También, por supuesto, hay mucha tradición de bailar. Imagínate que el que te escribe baila desde pequeño y te diré por qué. Aquí había unos concursos de baile y mi padre nos preparó a mí y a mi hermana en todos los géneros. Después se acabaron los concursos y me quedé con las ganas, pero al menos ya sabía bailar cualquier cosa.

Aquí el que no sabe bailar lo llaman patón...

Y claro que me gustaría bailar cualquier ritmo caribeño con una española, como tú, para enseñarte algunos secretos, o tú a mí, quizás, porque tú pareces ser ya una experta.

A la pregunta que me hiciste sobre la situación en Cuba, te respondo que hay mucha necesidad de todo; está muy serio esto, pero ahora no te voy a agobiar con problemas.

Oye, ojalá, si vinieras, me agradaría mucho. Por lo pronto me conformo con que me escribas; ya sé que eres muy alegre y simpática y eso me gusta. Dime otras cosas: qué edad tienes, qué haces...

Yo soy abogado, me gradué el año pasado, en la Universidad de La Habana, pero no es lo que más me gusta. Preferiría escribir o ser músico profesional. La guitarra es una de mis aficiones, también la poesía y, como tú eres muy romántica, se me ocurren ahora unos versos en rima para ti.

María, aunque aún no te conozca

y solo imaginarte quiera,

me presiento, amiga hermosa,

que ni la más perfecta rosa

alcanzarte pretendiera

Me gusta mucho el deporte y practico el frontenis, que es una modalidad de la pelota vasca.

En fin, ya sabes bastante de mí. ¡Eh! Físicamente, quizás, parezca más español que tú. Si esta te llega bien, en la próxima carta, te envío una foto. Bueno, en realidad, no tengo ninguna a mano ahora.

Esta carta, quizás, vaya con un amigo mío que parte para España en estos días, ya que se casó con una española y van a vivir en Santa Coloma de Gramanet.

Oye, María, la dirección correcta es Campanario #315, C/Neptuno y San Miguel, apartamento 41, CP 12400, La Habana, Cuba. Fíjate que no es 515.

Ahora me despido y deseo recibir una nueva carta tuya.

Un abrazo y un beso.

Alberto

María llamó a Enrique.

―María, ven a mi casa y te cuento más detalles sobre mi amigo Alberto. Por cierto, si quieres enviarle otra carta, tráela cuando vengas, que tengo un contacto que va para allá dentro de estos días. Alberto la recibirá más rápido.

―Sí, iré mañana por la tarde. ¿Estarás en casa?

—Sí, te espero. Hasta mañana, María.

Enrique vivía en Santa Coloma de Gramanet. La dirección era un poco complicada. María viajó en tren desde su ciudad natal hasta Barcelona. Una vez en la capital, cogió el metro con destino a Santa Coloma de Gramanet. Hizo ese largo trayecto por tan solo tener una carta de un desconocido.

Enrique le entregó una carta de su amigo y unos regalitos. Los guardó. Cogió el metro hasta Plaza Catalunya. Salió al exterior. Eran las seis de la tarde. Los días de enero eran más largos y anunciaban la llegada de la ansiada primavera. Se sentó sola en un banco para poder sentir la fragancia de las primeras flores que había cerca de ella. Abrió un regalo y encontró un muñeco que tenía escrito: «Ojalá este monstruico peludo llene todos los rincones de tu alma. Te quiere. Alberto».

El otro regalo era un casete de Benny Moré, el bárbaro del ritmo. En la carta que tenía entre sus manos, Alberto le había escrito una de las canciones más populares de este gran sonero cubano: «Cómo fue».

María estaba ya en su Caribe tan añorado. En la Plaza Catalunya, desfilaban, como siempre, miles de personas mientras ella estaba ausente, soñando con aquel desconocido. Con Alberto. Sus palabras y sus letras la llenaban de dicha. La canción «Cómo fue», de Benny Moré, expresaba todos los sentimientos más puros y románticos de amor, pasión y dulzura.

Permanecía inmóvil. El tiempo caminaba rápido y no se detenía. Siempre sucede lo mismo cuando uno está en su máximo letargo. Ella, sumergida en su retroceso de aquel instante recordado por siempre jamás.

Una vez sentada en el vagón del tren, releyó la carta. Sintió que su alma se invadía de una pequeña esperanza. Luego remiró los regalitos, que casi se desgastan. Esos regalitos eran su tesoro en aquellos momentos. Recordó de nuevo, con nostalgia, la lágrima de emoción que resbaló por su mejilla en la Plaza Catalunya y la encerró para siempre en su corazón. En el tren ya no se sentía tan sola. Tenía el espíritu caribeño en su interior. Miraba y remiraba el muñequito que, como decía la dedicatoria, le había llenado, desde el primer instante, todos los rincones de su alma. Su cara irradiaba luz, una alegría que hasta entonces estaba apagada por la tristeza.

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Capítulo 3

María había vivido con sus padres y con su hermano en un tercer piso de alquiler situado en el centro de su ciudad natal. Era una vivienda muy humilde. En el salón nunca hubo ni tan siquiera un sofá; no cabía.

Su infancia había transcurrido sin grandes carencias, pero en su adolescencia había experimentado muchos sinsabores. Cuando hubo cumplido dieciséis años, sus padres la habían obligado a trabajar en una tienda, de lunes a sábados, para ganar unas míseras pesetas. A pesar de ello, no había dejado de estudiar. Se había matriculado en el instituto en horario nocturno. En la selectividad, había obtenido la nota que necesitaba para entrar en la universidad. Después de tanto esfuerzo y sacrificio, había logrado graduarse en Filología.

Cuando hubo terminado la carrera universitaria, María había empezado a trabajar como interina en un colegio. Su primer destino de trabajo había sido Sitges. No había tenido más remedio que quedarse a vivir allí temporalmente porque era imposible vencer la larga distancia que hay entre Vic y Sitges.

Después de haber aprobado las oposiciones, tuvo el trabajo más cerca, aunque se pasaba todo el día fuera de su casa. Dependía del transporte público para ir a trabajar.

María era muy ahorradora, compraba lo que necesitaba sin hacer ningún derroche. Una parte de la nómina que percibía cada mes la había invertido en viajar y en su nueva casa.

La vida de María había cambiado desde que se hubo casado con Joan. Vivía en un adosado con esquina recién construido. Antes de la boda, ella se había dedicado a decorar y diseñar, con mucho detalle, el que habría de ser su nuevo hogar. Lo había preparado todo para tener una grata calidad de vida. Un bienestar. Aunque el desamor se había instalado en aquella casa tan espectacular.

María era una chica de belleza natural. Tenía el pelo largo rizado de color negro azabache, ojos verdes... Su piel se ponía enseguida morena con un poco de sol. Le gustaba vestir muy sensual, al estilo caribeño. Su cuerpo era de modelo. Cuando mantenía la mirada firme en algún chico que le gustaba, lo atraía con facilidad. Lamentablemente, una pena le había arrebatado su sonrisa. Restos de un amor enlutado y de un matrimonio a la deriva.

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Capítulo 4

Aquella noche, María empezó a escribir otra carta con la ilusión teñida en sus labios. Tenía que darse prisa porque las cartas tenían que traspasar un océano entero. Cuba era un país en el que el retraso no tenía límites. Lo sabía por Enrique, el amigo de Alberto.

Alberto tenía la posibilidad de mandarlas a través de algún turista español. Si esa persona la echaba desde España, llegaba más rápido. Los matasellos procedían de diferentes ciudades españolas aunque dentro permanecía el calor tropical de las letras de Alberto.

A María no le quedaba otra opción que ir a Correos y enviarlas desde allí. En ellas, además de toda su inquietud, incluía un par de sellos españoles para que Alberto pudiera mandar las suyas. Algunas veces, Enrique conseguía un contacto en el bar cubano donde trabajaba para que su amigo las recibiera más rápido.

María, su mar Caribe y su salsa. Sus misivas manifestaban esa pasión que sentía por aquel mar tan amado y por ese baile tan querido. En ellas también se mostraba el arte de escribir tan romántico que compartían ambos. Dos seres desconocidos, unidos por cartas a través de la distancia.

Ciudad de La Habana, 24 de enero de 1992

Hola, María, ¿cómo estás? Yo deseo que no sea otra cosa que maravillosamente bien. Ante todo quiero felicitarte por este nuevo año y transmitirte mis mejores deseos para alguien tan especial como tú.

Quiero que sepas del tremendo alegrón que tuve al recibir tu carta. Me gustó mucho la postal de Navidad, y la poesía fue bellísima. Me impactó tanto que, por unos momentos, me quedé pensando en su esencia... Bien, no hay palabras para describirlo. No sé qué decir ahora, solo una cosa: desde mi ventana se ve el mar. Cada vez que lo vea, pensaré en alguien inevitablemente.

Sobre la foto escribiste: «Espero que te guste». No te equivocaste y me reí mucho cuando me dijiste que me enviarías una mucho más salvaje y tropical. ¡Uf!, eso me encantaría. En esta que me mandaste, ¡estás preciosa! No niego (y tengo que decirlo) que me gustaron mucho, como se ven en la foto, ese pelo y esas piernas...

Por aquí, en estos momentos, no hace buen tiempo. Estoy loco por que llegue la primavera, pues estos días son un tanto fríos y nublados. Por supuesto, no tan fríos como en España. ¡Ah! Pero en primavera te levantas y ahí está el gran sol empezando a calentar. De abril a mayo. Ahí están mis meses. La gente es más alegre, se ama más. Como es una renovación tan espectacular y bella, siempre hay lugar para la esperanza.

Bueno, ya sé que tú has estado en el Caribe y conoces la belleza de estos lugares. El mar, siempre azul... Si fuera posible, te regalaría ese pedazo de mar desde mi ventana. Tengo tu poema delante de mí.

No sabes lo bien que me hace escribirte. Es como cuando la lluvia de una cascada te baña entero y te sientes fresco y puro. Sabroso.

Creo que haces bien en descansar. La profesión tan humana a la que te dedicas desde que acabaste la carrera es agotadora y estresante.

A propósito, me alegro mucho de que sigas estudiando y te dediques a uno de los sueños de tu vida: ser modelo. Yo te apoyo con todas mis fuerzas y confío en que lograrás lo que quieres.

Siempre habrá para ti

una rosa en la tierra

y una estrella en tu puerta...

Bueno, me gusta mucho hablar de música, paso horas escuchándola. La salsa la amo ahora. Mira, te explico algo. Hace años la bailaba mucho, pero prefería otros géneros, como el rock o el jazz... Entonces, un día descubrí a los maestros cubanos de los años 1950 y me parecieron fabulosos y auténticos. Ellos eran la cuna de la salsa, sobre todo uno: Benny Moré. Genial.

«Me embriagaste con tu risa, me extasié con tu presencia. Todo en ti es maravilloso, no concibo tanta dicha. Soy feliz...».

Esto es parte de un bolero de este gran músico. ¡Qué armonía! ¡Qué sentimiento!

Esta música anticuada me encantó. Fíjate que los auténticos salseros, Óscar D’León, Rubén Blades, Willy Chirino (que es cubano) y otros veneran a Benny Moré.

Y había que ver cómo él y su banda tocaban diversos estilos, como el mambo, el bolero, la salsa... Él murió en 1962. Yo no había nacido todavía, pero por suerte lo grabó todo y nos dejó esa maravillosa música.

En fin, me enamoré de la salsa. Ahora, en mis ratos libres, estudio música y tengo en mente algunas ideas estupendas que espero que un día se hagan realidad.

Me gustaría, un día, verte tocar la guitarra y, a la vez, yo cantarte unas canciones bajo unas palmeras y a la luz de la luna. ¿No sería genial?

María, déjame decirte que también quisiera que el sueño de verte se hiciera realidad. Oír tu voz, verte sonreír, bailar toda una noche contigo, pasear por el mar y hablarte de tantas cosas que unas líneas escritas no pueden abarcar en toda su profundidad.

Si esto no fuera posible, quiero que sepas, desde ahora, que soy muy feliz, súper feliz por haberte conocido, al menos, por carta. Eres una verdadera mujer y me encanta tu manera de ser.

Seguro que no te olvidaré. Cuídate mucho.

Un beso grande.

Alberto

María estaba sintiendo algo más profundo, aparte de lo que estaba buscando: su salsa y su mar Caribe. Alberto también amaba la salsa igual que ella. Los dos sentían las mismas pasiones. Ella estaba notando la sutileza escondida en todas las letras de las cartas.

Cuando recibió la carta, se le grabaron, como un suspiro, algunas palabras en un rincón de su corazón, como las siguientes: «Solo una cosa: desde mi ventana se ve el mar (...). El mar, siempre azul... Si fuera posible, te regalaría ese pedazo de mar desde mi ventana (...). Bailar toda una noche contigo».

María soñaba despierta con la película de baile perfecta: bailar salsa, mar Caribe y amor. El amor no lo tenía planeado, pero estaba comenzando a sentir lo que nunca había sentido. En otra carta le llegó una foto de Alberto. Empezó a hacerse una idea de cómo era físicamente. Alberto no era guapo, pero estaba delgado y tenía algo especial en su rostro.

Alberto también recibió una foto de María y no pudo contener las ganas de decirle tal como era. ¡Preciosa! Además, hizo referencia a lo que más le había impactado como hombre: «No niego (y tengo que decirlo) que me gustaron mucho, como se ven en la foto, ese pelo y esas piernas...».

El 13 de julio de 1992, María escribió otro poema dedicado a Alberto. Lo incluyó en una carta y decía así:

¿Y cómo alcanzar una estrella?

¿Y cómo llegar junto a ti?

¿Y cómo bailar pegada a ti?

¿Y cómo soñar frente a ti?

¿Y cómo amar sin ti?

Mas esa infinita distancia

me une más y más a ti.

Ahora mismo te siento

y es un sentimiento etéreo.

Pero no sé cómo me hundo

en un sueño eterno

Las cartas eran un vaivén desde Barcelona y desde Cuba. «Porque yo guardo tu amor en mi mesita de noche», de Víctor Víctor, llegaba escrito desde La Habana. Ella también escribía la letra de esa bachata en su carta para él. Sintieron las mismas letras en distintas fechas, pero la

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