Capítulo 1
Tres años después
Andy caminaba a su lado con las manos en los bolsillos delanteros de su jean y con la mirada baja. Él había insistido en acompañarla hasta la puerta del edificio de apartamentos donde vivía, después de la cita que había tenido.
Los nervios la colmaban por dentro. ¿Qué debía hacer? ¿Besarlo? Era lo esperable, dado que volvían de su primera velada, ¿cierto? Sin embargo, algo en todo ello no parecía correcto.
Miró de reojo al hombre que tenía un aspecto tipo hípster con sus lentes con armazón de acetato. Por lo que había oído, desde que habían dejado la empresa Hayworth y habían fundado la agencia publicitaria S&P, Andy había abandonado su apariencia seria para reemplazarla por la que usaba en su vida privada, más relajada y un tanto vintage. Lo que también aplicaba a dejar de utilizar las lentes de contacto que cubrían sus ojos de un azul tan tenue que apenas se distinguía.
Llegaron a las escaleras de granito y se detuvieron. Él abrió la boca para decir algo, pero ninguna palabra salió de sus labios entreabiertos. Andy sonrió, ruborizado, y le rehuyó la mirada con la suya, tan clara como el agua cristalina. Era un hombre muy atractivo, con sus modales caballerescos y su simpatía. Tal vez solo debía obligarse a sentir algo por él y lo demás vendría después. Muchas veces había oído que el amor venía con el tiempo, ¿sería así? ¿Una podía acostumbrarse a amar a alguien? ¿Se podía cimentar una relación sobre la amistad? Andy era uno de los mejores hombres que había conocido y quería a toda costa sentir algo más por él, sin embargo, el hecho de que disfrutaran de alguna intimidad física la asqueaba y no creía que pudiera tolerarlo.
Él parecía igual de indeciso que ella y hasta reacio al tan esperado beso de despedida por tantas otras parejas en las mismas circunstancias, claro que no eran ellos. ¿Por qué vivían ese instante como una penuria? La cita había ido de maravilla. Habían concurrido a uno de los restaurantes de moda de Manhattan, uno que se había inaugurado hacía unos meses y que no era tan caro como para que no pudieran compartir los gastos. Ange jamás consentiría que un hombre le pagara absolutamente nada.
—Bien —dijo Andy. Parecía que lo había asaltado una escasez de palabras, algo que Ange jamás creía que presenciaría. Andrew era una de esas personas que no se callaban jamás y hablaba hasta por los codos—. Hemos llegado. —Él le tomó los dedos de una mano y jugueteó con ellos sin alzar los ojos hacia ella.
—La pasé muy bien. —Ange subió un par de escalones y se volteó hacia él, que continuaba a los pies de la escalera y con su mano en la suya. Quedaban casi a la misma altura, dado que Ange era una persona menuda y un tanto pequeña.
Sus ojos se conectaron y Ange lo supo, era el momento del beso. Ese beso tan ansiado por otras parejas, la culminación de una cita perfecta, pero para ella era un intercambio que solo quería que sucediera lo más rápido posible para correr escalera arriba y encerrarse en la quietud de su apartamento.
Él tiró con suavidad de sus dedos para que se inclinara; sus labios apenas se rozaron en un beso dulce. No intentó sujetarla, atraerla hacia él ni aprovecharse de ninguna manera. Andy era lo que era: un caballero y una ternura de hombre.
«¡Quiero sentir algo!», se gritó en la mente para darle la orden a su corazón, que se hizo el tonto y se negó a alterar la frecuencia lenta de sus latidos. Ningún sentimiento amoroso afloró en ella. Sus labios se separaron. Los ojos claros se clavaron en los suyos, oscuros, y no sintió nada, continuó tan fría como siempre. Era como si una mano gélida tuviera atrapado al órgano en medio de su pecho. Ella notó que Andy buscaba algo en su expresión, algo que no hallaba, por lo que Ange le sonrió y le pasó una mano por la mejilla en una breve caricia.
—Gracias por todo, Andy.
—Espera. —Él atrapó su mano y la observó con atención—. Lo lograremos, Ange, solo tenemos que esforzarnos.
No había forma de hacerse la desentendida de lo que él implicaba.
—Andy… —se compadeció.
—¡Vamos! Solo tenemos que…
Él tampoco había sentido lo que se debería. Ella ya lo había notado. Él era tan especial; Andy había intentado con energía despertar algo en ella, algo que no había conseguido reavivar, sin embargo, estaba decidido a que lo de ellos funcionara. ¿Por qué? No llegaba a comprenderlo. A pesar de las características positivas que se veían a plena vista de Andrew Morgan, había una capa bien profunda, un tanto oscura, y que ella no llegaba a dilucidar. Era un ser complejo y no creía que ella fuera la mujer que debía desenterrar lo que él guardaba en su interior.
Ella intentó recuperar su mano, dispuesta a continuar su camino escaleras arriba, pero él la aferró con mayor fuerza.
—Ange…
Se volteó y posó una mano en la pared de ladrillos a la vista.
—Bien, planifiquemos otra salida.
—No lo llamaremos cita, sino una oportunidad para las… —Andy se encogió de hombros y volvió a enterrar las manos en los bolsillos de su pantalón.
—Chispas —concluyeron al mismo tiempo.
Eso era con exactitud lo que había faltado: chispas. Ni fuegos artificiales. Había sido una idiota. Una idiota por haber tenido un anhelo durante toda la velada de que su corazón volviera a sentir alguna emoción por un hombre, uno que realmente valía la pena. ¿Pero para qué engañarse? Ange había creído que con un encanto como Andy el suelo se le movería bajo los pies al unir sus bocas y… no había sucedido nada. Ni siquiera un leve temblor al pasar los automóviles por la calle.
Se despidieron y Ange se apresuró a estar dentro de su apartamento, como si con eso volviera a su equilibrio, a la seguridad a la que estaba acostumbrada.
—¿Cómo te fue? —preguntó su madre al salir de la cocina con un paño en las manos.
—Bien.
—¿Solo bien?
Ange no le respondió, sino que se dejó caer en el sofá que estaba en medio del pequeño living. Habían conseguido mudarse a un hogar decente gracias a que Ange había comenzado a trabajar en la agencia de publicidad S&P. Había sido por obra de una chica que había conocido en un mugroso empleo como camarera de un tugurio de comida chatarra. Keyla y ella habían congeniado desde el inicio y, cuando Key se fue a trabajar en la agencia del que luego sería su novio, la había propuesto a ella como recepcionista. Y lo más sorprendente era que la habían contratado, Mark, el novio de Key, y su socio, Alex, a pesar de que su currículo demostraba que no tenía experiencia en el área.
Subió los pies sobre el sofá verdoso, se abrazó las rodillas y dejó caer la frente encima de estas.
—¿Cariño? ¿Estás segura de que fue bien? —Su madre se acercó, se acomodó a su lado y le posó una mano en un hombro. Siempre habían estado juntas y era la persona que la apoyaba desde que tenía registro en su memoria. Sin su madre, no sabía qué hubiera hecho con Miranda y todo lo que habían tenido que afrontar desde que supieron de su diagnóstico.
—Sí, mamá. Es solo que…
—No es él, ¿verdad? —finalizó por ella—. No es el indicado. —La expresión de adoración que tenía la mujer que la había tenido a los veinte años dentro de un matrimonio colmado de amor, pero que había enviudado muy joven, con apenas unos treinta y cinco, la hizo sentir aún más vacía.
—No es que no sea él —explicó al anidar su barbilla en sus rodillas—, es que creo que no existe un él para mí, mamá —concluyó sin emoción alguna. Se sentía muerta por dentro, como una zombi de esas películas que tanto encantaban a Andy. Una muerta en vida.
—Oh, claro que sí, cariño. —Le apretó una mano con la suya, cálida y consoladora—. Solo no lo has encontrado aún.
—Pero Andy es tan… —No supo cómo proseguir, eran tantas las cualidades maravillosas que él poseía que le parecía mentira no estar rendida a sus pies.
—Oh, Andrew es perfecto, tengo que admitirlo. Pero él no es para ti, mi vida —desestimó su madre—. La perfección no va contigo, eso te lo digo como que soy tu madre y te tuve nueve meses en mi vientre.
—¿Y por qué no, mamá? ¿Acaso solo puedo enamorarme de los cretinos e hijos de puta como el padre de Mirchus? —espetó en un tono bajo para que no escuchara su niña, que dormía en la habitación de junto, una que compartían.
El ambiente se tornó tenso y la ternura en el rostro de su madre mudó en enfado.
—A ver, Ángela. Déjate de estupideces, no digo que tu futuro sea tan desolador como para solo enamorarte de porquerías como el padre de tu hija. La mierda sucede, ahora está en ti superarla y salir adelante. ¡Deja de regodearte en esta! —escupió la mujer con evidente enfado.
Una sensación de dolor en el alma asaltó a Ange. Su madre no se merecía su negativismo, ella también había tenido que pasar por obstáculos para que las mujeres Mendoza avanzaran en la vida. Era una luchadora nata.
—Mamá, lo sien…
—¡Basta! Comienza a cambiar los ojos con los que miras la vida, cariño. No voy a tolerar que mines tu camino solo porque hayas tenido malas experiencias.
¿Acaso ella sabía qué tan profundamente malas habían sido? Buscó en la mirada igual a la suya y descubrió que no. Su madre solo hablaba del hombre que le había mentido, le había hecho creer en un futuro diferente para solo abandonarla a los pocos meses con una niña en su vientre y la sorpresa de que tenía una familia paralela.
—Volveré a salir con él —aseguró con ímpetu—. Veremos si algo surge con el tiempo.
—Son dos idiotas, eso es lo que son. —Su madre bufó en reprobación y retornó a la cocina a continuar secando la vajilla como todas las noches—. Recuerda que mañana me voy temprano hacia la casa de mi hermana por unos cuantos días, mi autobús parte a las ocho, así que debes retirar a Miranda de la escuela.
Ange asintió y su madre desapareció por la puerta. Recostó la mejilla en sus rodillas y una frialdad se le desparramó por dentro. Hacía años que lagrimas no caían de sus ojos, como si todo el dolor trascurrido se las hubiera secado.
No tenía por qué tener pareja. Ella sería una madre soltera de por vida y se focalizaría en su hija y en su trabajo. Solo que… Solo que quería que Miranda conociera lo que era el amor de una familia completa, que experimentara lo que ella había vivido los pocos años en que había disfrutado de su padre antes de que falleciera.
El sentimiento que se habían prodigado su madre al cantar mientras cocinaba y su padre al abrazarla por detrás apenas volvía del trabajo eran momentos que atesoraría en su mente de por vida. Esos rostros colmados de tanto sentimiento, quería eso para su hija. No la amargura que habitaba en su corazón.
Claro que Ange sentía amor, amor por Miranda y por su madre. Pero ella buscaba uno de otro estilo, ese que se sentía cuando los futuros de dos personas se unificaban, ese lazo que solo te amarraba a un ser por el resto de tu existencia.
Suspiró con profundidad y se alzó del sofá. Parecía que Miranda no tendría eso, así que se esmeraría en hacerla sentir la niña más amada del mundo. Porque su hija era su todo, su galaxia entera. Su razón para respirar cada día.
Capítulo 2
Otra vez volvía a estar esa niña colgada del marco de la puerta del despacho de Alexander. ¿Acaso ella siempre estaba en S&P? ¿O era que tan solo coincidían?
Era la segunda vez esa semana que David concurría a la agencia de publicidad para configurar el nuevo programa que había elaborado para ellos y esa niña volvía a estar pendiente de cada uno de sus movimientos. No entendía por qué él le llamaba tanto la atención, pero parecía que así era.
David no le decía nada, tan solo la observaba cada algún minuto y, en cuanto ella lo veía hacerlo, la chiquilla le sonreía con esa boca con uno que otro diente faltante, a lo que él retornaba sus ojos con rapidez a la pantalla del ordenador.
No se le daba bien hablar con otras personas. A pesar de que había perfeccionado su capacidad de conversación, se le dificultaba todavía comprender algunas frases o su mente se veía invadida por reglas en relación a cuándo meter un comentario, cuándo era suficiente y estaba aburriendo, sobre no interrumpir el relato del otro. Un sin número de pasos que había memorizado a lo largo de los años, que el resto de las personas podían seguir con sorprendente facilidad. Sin embargo, al faltarle a David esa habilidad social, había estudiado diversos ejemplos de intercambios sociales para dilucidar las pautas, y admitía que había conquistado un gran terreno. No obstante, aún le faltaban bastantes batallas por luchar para verse vencedor.
Suspiró y volvió a esconder el rostro tras la pantalla mientras sus dedos se apresuraban a teclear ese lenguaje especial que tan bien comprendía, de ceros y unos.
Al rato, se dirigió al establecimiento donde trabajaban los creativos, en búsqueda de una buena taza de café. Pasó a un lado de la niña, sin dar evidencias de darse cuenta de su presencia.
Miró por todo el aparador donde mantenían el hervidor de agua eléctrico, pero no halló ningún frasco de café instantáneo ni una cafetera ni nada que se asemejara a ese líquido tan deseado.
—Hey —llamó a Frederick, quien estaba sentado a la larga mesa donde trabajaban los miembros del equipo. El pelirrojo se giró hacia él con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Cómo te está yendo? —preguntó el hombre a quien había conocido cara a cara hacía tan solo tres semanas atrás, pero con quien venía jugando en línea por dos años.
—¿Dónde guardan el café? —cuestionó David, haciendo caso omiso a la pregunta.
Gracias a que Frederick y Andrew lo habían recomendado a Alexander Peters y Marcus Sanders, los dueños y directores de la agencia, era que ellos lo habían contratado para realizar un programa para sus empleados y clientes.
—No hay café —contestó el pelirrojo y le guiñó un ojo para luego volver a examinar una planilla en su ordenador.
¿Por qué le había guiñado un ojo? ¿Acaso se burlaba de él? No lo creía, siempre le había parecido un tipo agradable. Pero claro, en realidad, no se conocían en profundidad, al menos no cara a cara, sino a través de la pantalla de sus ordenadores cuando se comunicaban por Skype durante el juego en línea al que eran asiduos, como también Andrew, Nicholas y Xavier, los otros miembros del equipo creativo, y el hijastro de este último, Daniel.
—¿Por qué no hay café?
—Larga historia, viejo —intercedió Andrew sentado a un costado de Frederick.
¡Ay, no! Que no comenzaran una conversación entre varios. David no tenía problemas o, al menos, se reducían cuando el intercambio era uno a uno, pero si se sumaba alguien más, perdía el hilo y no lograba retomarlo.
Parecía que tanto el pelirrojo como el castaño esperaban alguna respuesta de él, ambos lo miraban como a un bicho raro, y quizás lo fuera. En realidad, estaba seguro de serlo.
—Eh…
—Creo que necesita una buena dosis, ¿no crees? —Frederick y Andrew se miraron de una forma que tensó a David de inmediato. Fue como una de esas miradas que compartían sus antiguos compañeros de clases antes de realizar una de sus fechorías contra él. Su mano se tensó en un puño junto a su muslo, no la alzaría ni la movería en el aire. No confirmaría lo poco neurotípico que era.
—Definitivamente —contestó Andrew, y David quiso salir corriendo lo más rápido que le dieran sus piernas, pero se mantuvo en el lugar. No le agradaba el terror premonitorio que sentía.
Odiaba iniciar un nuevo trabajo, tenía que conocer gente nueva y acostumbrarse a ellos, a entender sus raros códigos y hacerse a sus hábitos. Tenía clientes fijos a los que ya se había habituado, y estos a sus peculiaridades.
Ambos hombres se pusieron de pie y se acercaron a él con una sonrisa que no le auguraba nada bueno a David, los cabellos en su nuca se erizaron y un nudo se le formó en el estómago. De pronto, se vio envuelto en un abrazo tan apretado que apenas lograba respirar. Frederick lo tenía por detrás y Andrew, por delante.
—Hey, yo también quiero —anunció Nick, quien, del otro lado de la mesa, se alzó y envolvió con sus brazos al grupo.
¿Qué mierda hacían? David odiaba que lo tocaran, por eso, siempre usaba camisetas de manga larga. No importaba que hiciera un calor descomunal, el más simple tacto sobre su piel se sentía extraño y le era insoportable, lo odiaba.
Se estremeció e intentó desembarazarse del abrazo, pero ellos lo apretujaron aún más mientras Xavier soltaba una carcajada reclinado en su asiento giratorio.
—Mmm, ¿qué crees que ocurra? —preguntó un hombre a unos metros de ellos.
Oh, no. Esa era la voz de uno de sus jefes, más precisamente, de Marcus Sanders, el más simpático, pero que notaba que a él lo detestaba. Tenía que justo encontrarlo así, ¿cierto?
—Creo que se le llama terapia de exposición gradual —expuso otra voz—. Aunque pareciera que lo zambulleron de lleno.
¡Mierda! Ese era su otro jefe, Alexander, el callado y que parecía tener una limitación algo similar a la suya en habilidades sociales, aunque más sutil. Sin embargo, había logrado sortearlas mejor que él.
¿A qué demonios se referían con terapia de exposición gradual? David tenía amplia experiencia en terapia cognitiva conductual y en estimulación de habilidades sociales, pero jamás había escuchado el término. Debía recordarse preguntarle a Craig al llegar a casa.
—Por favor, ¿podrían soltarme? —Ya no lo aguantaba, si no se alejaban tendría una crisis y no soportaría tener una frente ellos. Quería caerles bien, no que lo vieran como el chico raro o, aún peor, al chico del que debían estar apartados porque era peligroso.
—Andy, Nick, ya está bien —dijo Frederick, y todos dejaron caer los brazos de su alrededor. El castaño y el pelilargo le sonrieron y retornaron a sus asientos, en cambio, el pelirrojo se posicionó frente a él—. Lo siento, sé que te molesta. —David quería decir que estaba bien, pero no lo estaba. Si sabían que le molestaba, ¿por qué lo habían hecho? ¿Acaso querían perturbarlo? Podía sentir que estaba a punto de perderse y detonar—. Hey, está bien, Dave. Tranquilízate. —David trabó las mandíbulas y fijó la mirada en la barbilla del hombre—. No quería enfadarte, solo que te acostumbraras a nosotros.
—Soy raro.
—Solo un poco. —Su compañero de juegos en línea, que era un tanto más bajo que él, le sonrió, y David quiso golpearlo por no saber qué significaba esa sonrisa. ¿Se burlaba de él?—. Pero todos lo somos, ¿cierto? Y si no piensas así aún, es porque no nos conoces demasiado.
—Hace dos años que nos conocemos.
—Sí, pero solo en línea, Dave. No en el plano real. —El pelirrojo alzó una mano y David estaba casi seguro de que lo palmearía en el hombro, sin embargo, se lo debía haber pensado mejor porque la cerró en un puño y la bajó.
—No me llames Dave, soy David —estableció, ya cansado de que nunca le llevaran el apunte y le cambiaran su nombre.
—Bien, David. Disculpa por lo del abrazo. —Frederick se encogió de hombros y se ruborizó. ¿Acaso de vergüenza? ¿Pena?
—No me gusta que me toquen —soltó y sabía que lo había hecho de forma brusca.
—Me di cuenta.
—Y quiero café —escupió sin casi dejarlo terminar de hablar, pero en lugar de enfadarse, como cabría esperar, Frederick le sonrió. Había tenido dificultades en el pasado por no haber respetado el turno de conversación de las personas.
—En eso no podremos ayudarte. Es verdad que no hay, podemos ofrecerte café de algarroba.
—Entonces, ¿hay café o no? No comprendo.
—No es café en verdad —sostuvo el pelirrojo.
—Entonces, ¿por qué le llaman café?
—Eh, deberías preguntarle a Samantha. Ella es la que prohibió el café y trajo este otro.
—¿La novia de Alexander?
—Sí, también miembro del equipo creativo. Ahora está en una reunión con un cliente, es un encanto. Te agradará.
—No le agrado a las personas.
Frederick chasqueó con la lengua.
—Aquí agradarás; por lo pronto, tienes una fan.
David volteó hacia donde Frederick había hecho el ademán con su barbilla y se encontró con los enormes ojos pardos de la niña que siempre lo observaba. Miranda, había oído que la llamaban, estaba apoyada en el escritorio de su madre y con la mirada fija en él.
Aunque quiso, no pudo apartar la mirada del contorno del rostro de Angela, la madre de la niña. Lo atraía de una manera que no era concebible, no sabía si era su contextura pequeña, su cabello y ojos oscuros o su piel color canela. Creía que esto último porque parecía haber adquirido una fascinación por cómo la luz se reflejaba en ella.
¡Maldición! Necesitaba un café. Siempre tomaba un café en ese horario y jamás había trabajado en un lugar donde no hubiera. Un hormigueo le subió por los brazos y trabó las mandíbulas, solo era café. No tendría un colapso por eso. Tendría que probar ese otro que le ofrecían. En el fondo sabía que no era la falta de esa bebida lo que lo alteraba, sino toda la situación nueva. No era bueno para los cambios, pero trataba de propiciarlos y adaptarse para mejorar.
Horas más tarde, David ingresó en su apartamento y lo primero que hizo fue prender su ordenador. Ya casi era el horario de su juego en línea. Tenía una agenda rigurosa sobre muchas cosas, —había flexibilizado unos cuantos horarios con ayuda de Craig—, pero había otros que aún mantenía inalterables.
Se acercó a la mesada de su cocina y preparó la cafetera eléctrica. Era acuciante que bebiera un café hecho de granos de café. No había estado mal el de algarroba, tenía un ligero gusto a chocolate y podría beberlo en S&P. Pero a las seis de la tarde siempre bebía una taza de verdadero café con pan integral tostado, por lo que abrió una de las alacenas, sacó un paquete de pan y puso dos rebanadas en la tostadora.
Su mente se vio invadida por la pequeña de ojos grandes que le sonreía con calidez y que lo miraba con tanta atención, como si él fuera algo fascinante. No como un fenómeno, como lo habían visto en el pasado, sino como un ser especial, y eso lo dejaba intranquilo. Lo intrigaba y anhelaba saber más de aquella chiquilla.
Había notado las dificultades en la niña y se identificaba con esta, quizás a ella le pasara igual con él. Como si en sus miradas silenciosas se efectuara alguna clase de comunicación entre ellos, una en la que se catalogaban como iguales, como defectuosos.
Hizo una nota mental de preguntar a Craig en su llamada diaria. Bajó la vista al reloj en su muñeca y constató que aún faltaba hora y media para realizarla, le preguntaría entonces.
También se asombró del cariño que descifró que le deparaba la madre a la pequeña. No era que nunca antes hubiera visto a madres siendo amorosas con sus hijos, sino que él nunca lo había experimentado en carne propia. Otra cosa para hablar con Craig, quien siempre lo ayudaba a decodificar lo que se le escapaba de las personas.
David debía hacer un trabajo extra para entender las expresiones faciales de la gente, había avanzado mucho desde que había estudiado cómo las facciones cambiaban en base a la emoción que estaba debajo, pero había otras que aún no conseguía leer. Quizás Craig tuviera razón y debiera buscarse un nuevo terapeuta, dado que él hacía tiempo que había dejado de ser el suyo. ¡Maldito Craig! ¿Por qué debía conseguirse a otro? Si David ya estaba acostumbrado a él y a sus constantes exigencias. Por lo pronto, le preguntaría sobre Miranda y la relación con su madre, pero también sobre cómo las diversas luces se reflejaban en la piel color canela de Angela.
Capítulo 3
Quería animarse y hablarle, pero se sentía tonta. Miranda sabía que las palabras se le enredarían y que su lentitud al pronunciarlas molestaba a muchas personas. En la escuela no hacían más que burlarse de ella por eso, junto por su dificultad para caminar con su pierna derecha y su falta de fuerza en su mano del mismo lado. No entendía por qué había tenido que nacer así y no como el resto de la gente.
Él sabría, lo sentía bien dentro. Él le diría y la comprendería. No era igual a ella, pero, al mismo tiempo, sí lo era. Miranda había notado las pequeñas cosas que lo hacían a él diferente de los otros, como ella era distinta de sus compañeros.
Se soltó del marco de la puerta y se adentró en el despacho muy despacio, no quería perturbarlo. Su madre le había dicho miles de veces que no lo observara con tanta fijeza ni que se lo quedara viendo desde la puerta, pero Miranda no podía evitarlo. Quería hablar con David.
Lo había conocido hacia tan solo unos días atrás. Su abuela había ido de visita a la casa de su hermana por unas semanas, en otro estado, por lo que su mamá la buscaba todos los mediodías a la escuela y la llevaba a su trabajo. Ahí fue donde lo vio por primera vez y, de inmediato, supo que era como ella.
Llegó hasta el escritorio y, cuando iba a dar el último paso, tropezó. La taza de café que había a un lado del teclado se volcó y el líquido cayó sobre la mano de David.
—¡Ay! —exclamó el hombre.
—Lo siento —se disculpó alargando las consonantes y con lentitud. Se maldijo por dentro por no expresarse como cualquier otro niño.
Él se elevó de su asiento y la observó, o más bien a su hombro, con fijeza y con el ceño fruncido. David jamás miraba a los ojos, y eso la hizo sonreír. El ingeniero informático rodeó el escritorio hasta detenerse frente a ella.
—¡Pequeña defectuosa!
De pronto, una persona entró como una tromba y se posicionó delante de ella. No tenía que chequear de quién se trataba, podía sentir la postura de tigresa cuidando a su cría de su madre.
David quedó paralizado, apenas podía respirar de tener a la joven tan cerca. Las yemas de sus dedos hormigueaban con las ansias de deslizarlas por sus brazos color canela que brillaban por la luz proveniente de la ventana a su espalda. No lo comprendía, a él no le gustaba el contacto físico, pero anhelaba tocarla con una intensidad que le era abrumadora. El aroma dulzón y algo picante lo envolvió y no sintió lo mismo que cuando olía a
