Capítulo 1
Semanas después.
Se suponía que iba a ser fácil, que con su ayuda podría seguir, pero él tenía una vida en otro país y tendría que marcharse pronto. Alex la dejaría sola, otra vez sola. ¿Qué haría? Solo hacía un mes de la muerte de Ryan, un mes en el que Alex no la dejó, mucho menos cuando tuvo que contarle a su padre que estaba embarazada. No se lo tomó mal, pero tampoco era la mejor de las noticias en este momento.
Los días en los que se quedó sola en el apartamento fueron los peores de su vida. Mirara donde mirase lo veía, en cada rincón del que era su hogar, del que hubiera sido el hogar perfecto para cuidar de su futuro hijo. Cada vez que pensaba en él, pasaba sus manos por su plano abdomen, suspirando y con lágrimas en los ojos. ¿Cómo afrontar lo que se le venía encima? ¿Cómo hacerlo sin él? No paraba de darle vueltas a la cabeza de lo que podía haber sido y no fue, recreando cada momento en su mente, hundiéndose un poquito más si podía.
Estaba en la habitación guardando la ropa de Ryan en cajas, sintiendo el dolor cada vez que acercaba una prenda a su nariz para sentirse bien, tranquila, metía en sus fosas nasales su olor, ese que tanto tuvo en su cuerpo impregnado, ese que no podrá olvidar aunque pasen mil años. De pronto, escuchó unos toques en la puerta y fue a abrir, sabía quién era, pues la llamó antes de ir.
Cuando abrió, su amiga Mila la miró y la abrazó tan fuerte que la habría partido en dos.
—Mila, Mila. Me haces daño —se quejó y esta sonrió dulcemente.
—Lo siento —se disculpó entrando en la casa.
Ambas caminaron hasta el sofá y se sentaron una al lado de la otra, como siempre. Mila la miraba y Alice sintió añoranza por esos tiempos en los que pasaban tantas horas juntas, juntas con Caroline y Laura, pero ni la una ni la otra estaban en Londres, así que solo quedaban ellas, siempre ellas.
—¿Has sabido algo de Caroline? —La voz de Mila sonó preocupada.
—Sí, hace un par de días me llamó para saber de mí y, bueno, y del bebé. —Su amiga hizo el amago de tocar su vientre y paró antes de llegar siquiera.
—Lo siento.
—¿No pararás de disculparte hoy? —Negó divertida—. No pasa nada, lo llevo mejor que hace una semana.
Con su permiso, volvió a acercar la mano y esta vez sí la posó en ese vientre aún plano, con la esperanza de sentir algo, pero era matemáticamente imposible; y Alice soltó una carcajada, la primera después de tanto tiempo, después de él. Y se sintió mal por hacerlo, por reír. Dejó de hacerlo y Mila negó cabreada con ella por ser tan dura consigo misma, por no poder al menos sonreír e intentar ser feliz, pero Alice no estaba dispuesta a eso, no todavía, era demasiado pronto para sentirse bien.
—No puedes ser tan dura contigo, Ali —refirió cabreada.
—No puedo ser de otra manera. ¿Tú crees que me gusta mi vida ahora? No sabes las noches que paso sin dormir, pensando en lo que podría haber sido si él hubiera sabido que iba a ser padre. Que estemos juntos, como siempre… Sin embargo, no tengo nada…
—Sí que tienes algo, algo por lo que debes ser fuerte y luchar, Alice. ¿Crees que Ryan sería feliz sabiendo lo que tú te castigas?
—Yo no me castigo.
—Sí lo haces y muy duramente —insistió provocando que Alice se levantara y volviera al dormitorio para seguir con lo que estaba haciendo.
No soportaba que llegasen a su casa y le dijeran lo que tenía que hacer y mucho menos Mila, que también tendría que pensar las cosas antes de hacerlas.
Fue tras ella y entró en la habitación, donde todo estaba revuelto. Cajas por un lado, prendas por otro y cristales esparcidos en una esquina, del cuadro con la foto de Ryan. No podía creer la locura de su mejor amiga y no dejaría que cayera más, y si para que eso no pasara tenía que estar con ella las veinticuatro horas del día, lo estaría.
Alice seguía en su empeño de guardar toda su ropa en cajas, aun sabiendo que no serviría de nada hacerlo. Tenía que librarse de ella, pero no lo conseguiría si la guardaba en un rincón de ese apartamento. Mila la miraba desde una esquina del dormitorio, preocupada. Se acercó a ella y le quitó una camisa que estaba doblando con toda la paciencia del mundo, como si no quisiera que se arrugase porque volverían a usarla. Alice la miró ceñuda y cabreada a la vez.
—¡Devuélvemela! —exclamó, y su amiga negó a su vez—. Mila, déjate de tonterías y dame esa camisa.
—¿Para qué, Ali? ¿Para qué quieres una camisa que no volverán a usar?
Alice se tensó y comenzó a respirar con dificultad, como si escuchar esa verdad le doliese mucho más. Tiró de la camisa, provocando que Mila tirase a su vez y esta se rasgara por la mitad. Con el corazón a mil por hora, vio como esa prenda que tanto se había puesto él caía al suelo destrozada, así como estaba ella. Miró a su amiga de nuevo y esa mirada a Mila no le gustó, pues había odio en ella y no podía permitirlo.
—¡MIRA LO QUE HAS HECHO! —gritó colérica—. Fuera —murmuró arrodillándose para recoger los pedazos.
—¿Cómo has dicho? —preguntó incrédula.
—Quiero que te vayas de mi casa. ¡Lárgate! —afirmó alzando la voz.
Mila no lo podía creer, su amiga, su hermana la estaba echando de su apartamento solo porque intentó ayudarla. Estaba peor de lo que pensaba.
—No estás hablando en serio, Ali. Solo es una camisa…
—¡NO! No es solo una camisa, es su camisa. ¿No lo entiendes? Se ha roto su camisa. ¡Joder! —Se sentó en el suelo y comenzó a llorar destrozada.
Su amiga hizo la misma acción y se sentó a su lado, cogió su mano y la apretó para que supiera que no estaba sola y que pase lo que pase estaría con ella. Alice reposó la cabeza en su hombro, lo necesitó para desahogarse, para expulsar todo lo que estaba reteniendo durante tantos días, desde que Alex no estaba. Aunque le dijo que volvería, aún no lo había hecho, y él se había convertido en alguien importante para ella, alguien que la ayudaba a no pensar en la muerte de Ryan, alguien que, con su amor, le estaba haciendo la vida un poco más fácil.
—Lo siento, Mila, pero no puedo más… Lo necesito, lo añoro, lo amo —declaró entre sollozos.
—Te entiendo, Ali, y sé que es muy duro, pero tienes que ser fuerte y no hacer estas cosas que lo único que te provocan es más dolor —dijo señalando a su alrededor, señalando todo el estropicio.
—Lo sé, pero necesitaba mantenerme ocupada en algo.
—¿Y Alex? —preguntó Mila al darse cuenta de que no lo había visto por ninguna parte.
—Se fue —respondió incorporándose de nuevo.
—¿Dónde?
Alice se levantó y, con la camisa en la mano, salió de la habitación, evitando tener que responder a esa pregunta, evitando tener que pensar en él. Caminó hasta la cocina y su amiga fue detrás y vio como la tiraba a la basura, aunque la miró antes por unos segundos, como si se estuviese despidiendo de ella. No lo estaba pasando bien y no había que ser muy inteligente para darse cuenta.
—Ali, ¿estás bien? —Tocó su hombro y esta se dio la vuelta.
—No, no lo estoy y la única persona que me hacía la vida un poco mejor se fue y no sé si volverá.
—Te refieres a Alex, ¿verdad? —Asintió apenada.
—Se fue hace dos días y me prometió que estaría aquí antes de que lo echase de menos, pero aún no regresa y ni siquiera me llamó, así que no creo que vuelva —expresó saliendo a la terraza.
La primavera estaba terminando y el tiempo era más cálido. Aún eran las dos de la tarde y el sol brillaba en todo su esplendor, raro en Londres, pero así era. Se sentó en una de las sillas y Mila se acercó a la baranda.
—¿Sientes algo por él? —preguntó sin mirarla.
Alice se tensó y no sabía que responder a eso, pues antes de que todo pasara, ya había algo en su interior, algo que la unía a Alex, pero que no quiso descubrirlo y mucho menos lo haría en este momento.
—No —respondió tajante.
—¿Segura? —Se dio la vuelta y la miró alzando las cejas.
—No, sí… No sé.
Se había puesto nerviosa y su respuesta lo único que provocaba en Mila era afirmar lo que ella sospechaba. Claro que sentía algo por él, pero jamás se lo diría y mucho menos estaría con él. Nunca en su vida podría estar con otra persona que no fuera Ryan, que no fuera su amor verdadero, su primer amor.
***
Por la tarde volvió a estar sola, como siempre, y como ella necesitaba. Mila quiso quedarse todo el día y si era posible por la noche, pero se negó y prácticamente la echó de la casa, aunque no tan dura como cuando se enfadó.
Estaba sentada en la cama, mirando a todo y a nada, recordando. Era lo único que hacía, recordar cada momento, cada beso, cada caricia y, a veces, las sentía. Entonces, Alex entró en su mente, haciéndole pensar en la despedida que tuvieron hace apenas dos días, cuando él se marchó a su hogar, de seguro con alguien.
(Flashback)
Una llamada, solo una llamada recibió para que sus planes se vieran estropeados y tuviese que volver a Tennessee. Karla a veces podría ser muy insistente y se las ingeniaba para conseguir de él lo que se propusiera.
—Ali… Tengo que marcharme unos días —explicó cuando consiguió colgarle a su esposa.
Ella lo miró preocupada y extrañada, ya que parecía no estar muy contento con la llamada que recibió, y la persona que estuviese al otro lado de la línea se escuchaba cabreada, muy cabreada. Se acercó a ella al ver su gesto y la abrazó como siempre que la veía así, preocupada, o porque sí, por sentirla y punto. Ella se dejó abrazar, sintiendo esa calidez que tanto necesitaba, sintiendo que volvía a tener a una persona especial a su lado, a un amigo de verdad.
—No entraba en mis planes irme tan pronto, lo siento —murmuró en su oído.
—No te preocupes, es normal que tengas que marcharte. No pretenderás quedarte conmigo toda la vida, ¿no?
—Te aseguro que, si por mí fuera, me quedaría.
Se miraron, conectando sus ojos, perdiéndose en ellos y antes de que él hiciera eso por lo que ella tanto lo evitaba, se separó de él, provocando una risa nerviosa por su parte. Alice no se lo ponía fácil y no lo dejaría entrar en su corazón, así como así.
—Volveré antes de que me eches de menos.
Y eso fue lo último que le dijo, poco después salió del apartamento y se marchó.
Se levantó y sacó de su bolso el móvil para mandarle un mensaje. Necesitaba saber que estaba bien y que no se había olvidado de ella. Entonces comprobó que tenía cinco llamadas perdidas de Nicholas y otras de Arabelle. No los veía desde el entierro y sabía que ese reencuentro sería el más doloroso que tuviera que soportar. Además, ellos no sabían que serían abuelos y, sinceramente, no tenía intención de que lo supieran, al menos no por ella. Se dispuso a enviar el mensaje a Alex, ya hablaría con sus suegros en otro momento.
Alice: Hola, Alex, ¿cómo estás?
Escribió el primero, mientras su corazón martilleaba en su pecho, sintiendo como poco a poco los nervios le hacían pensar lo que no era. Ni siquiera esperó a que le respondiera que escribió otro.
Alice: Te echo de menos, ¿volverás?
Miró la pantalla del móvil por unos minutos y lo dejó en la cama, exasperada. Se dejó caer allí y miró el techo. «¿Por qué le habré mandado el mensaje?», pensó al tiempo en que una respuesta se escuchaba en el móvil. Se incorporó nerviosa y leyó cada línea escrita.
«Alex»: ¿Quién eres tú y por qué le hablas a Alex? Espero que no seas su amante y mucho menos una que intente quitármelo. Él está conmigo.
Lo leyó y releyó por unas cinco veces, intentado entender el contenido de ese mensaje. ¿Quién era ella? Estaba claro que ya sabía el motivo que lo llevó a marcharse, pero ¿por qué nunca le dijo que estaba con alguien?
Capítulo 2
Esa respuesta no se la esperó y la hizo hundirse un poquito más. ¿Cómo Alex pudo hablarle de amor alguna vez si estaba con otra? Estaba claro que no podía confiar en nadie y mucho menos en una persona que le mentía desde el principio.
Alice entrelazó sus dedos y comenzó a retorcerlos nerviosa. No sabía si debía responder a ese mensaje o dejarlo así. Sin darse cuenta, sintió el roce de los anillos, de esos anillos que no tenía el valor de quitarse, esos que le hacían recordar aún más si podía. La alianza de casada suya y la de Ryan, además del anillo de compromiso, aún decoraban sus finos dedos. Los miró como la que mira a un tesoro y suspiró cabreada e hizo algo que jamás esperó hacer, se quitó los tres anillos y los guardó en el cajón de la mesilla, sintiendo la desnudez que provocaba no tenerlos ya. Se levantó decidida y metió en las cajas la ropa que quedaba de Ryan, dejó una camiseta como excepción, la misma que ella usaba cuando se escapaba a sus brazos cuando nadie debía saber de su relación.
Eran tantos los recuerdos, tantos los momentos vividos y solo le quedaba eso, el martirio de tener su mente y su corazón repleto de todo eso junto, y dolía, dolía demasiado, como si le arrancasen el corazón de cuajo y lo tiraran a la basura como si no valiese nada para nadie, solo para la persona que ya no estaba y que se marchó contra su propia voluntad.
Cuando acabó de guardar todo y cerró las cajas, volvió a coger el móvil y sin mirarlo lo metió en su bolso; iría a casa de los padres de Ryan. No entraba en sus planes ir a verlos después de que decidieran enterrarlo justo al lado de su hermano sin preguntarle a ella, pero no podía seguir evitándolos para siempre, ¿no?
Antes de salir, cogió las llaves del coche y del apartamento y salió. En el ascensor no paraba de pensar en el mensaje de esa mujer y estaba tentada a responder, pero no se atrevía, no hasta que no supiera realmente quién era ella. Además, no debía importarle quién estaba con Alex, ya que ellos no eran más que amigos, cuñados y nada más. Era cierto que había un sentimiento que los unía, pero ella tenía claro que no era amor, no al menos como el que sentía por Ryan.
Ya en la calle, caminó hasta el coche y se montó. Una de las cosas que aprendió con Ryan fue a conducir, y también tenía el carné, pero no llegó a tener coche y siempre tenía que estar moviéndose de un lado para el otro en taxi. Esta sería la primera vez que cogía el coche sola, sin nadie a su lado. Arrancó y se dirigió a casa de sus suegros. No los avisó, pero sabía que Arabelle seguro que estaba en casa.
Por el camino, sentía como su pecho se comprimía, como si supiera que iba a pisar la casa donde él vivió tantos años, donde nació el amor de su vida. Estaba siendo muy duro, mucho más duro que cuando murió Rood, y es que cuando su hermano se fue tenía a Ryan, y ¿ahora? Ya no tenía a nadie. Inconscientemente sus ojos bajaron a su vientre y negó, sabiendo que estaba completamente equivocada, pues sí que tenía a alguien que la ayudase a olvidar. El bebé que crecía en su interior era quien la haría sonreír en los peores momentos, aunque no pudiera compartir el amor con su padre. ¿Qué le diría cuando pregunte por él? Una pregunta que no pensó hasta este momento y que tampoco podía responder, para eso faltaba demasiado.
Minutos después, ya veía a lo lejos la entrada de la familia Rawson. Estaba nerviosa, bastante, a decir verdad, y es que hacía un mes que no los veía y tampoco les había dicho que serían abuelos en unos meses. ¿Cómo se lo tomarían? Tampoco quería que ellos pensaran que jamás lo sabrían, pues no era así. Ella los quería bastante, eran sus suegros y, aunque él ya no esté, seguirían siéndolo. Aparcó y bajó del coche con el corazón a mil por hora, entrar en esa casa era como si pensara que él estaba ahí y que lo vería, aun sabiendo que era imposible.
Subió las escaleras del porche y tocó el timbre con manos temblorosas. Arabelle, que ya la había visto por la ventana, fue la que abrió la puerta y lo primero que hizo al verla fue atraerla hasta sus brazos, y la apretó como si no la viese en años, como si con ese abrazo sintiera que era a su propio hijo a quien lo hacía.
—Alice, cielo, ¿por qué tardaste tanto en venir? —preguntó Arabelle con dulzura.
—Lo siento, Arabelle, pero no he… No estoy bien y no quería salir del apartamento.
Ambas entraron y caminaron hasta la sala. Arabelle la llevaba del brazo y la obligó a sentarse a su lado, en el sofá frente a la chimenea que estaba apagada.
—Te echamos de menos, mi niña —expresó apenada, mirándola con ese amor que siempre le demostró, aunque al principio no fuera santa de su devoción.
—Yo también os echo de menos, de verdad y he querido venir a veros, pero todo lo que ha pasado me hizo mucho mal, tanto que me estoy hundiendo por momentos. El apartamento cada vez me atrapa más, como si una fuerza mayor me mantuviera encerrada y, en cierto modo, yo soy la culpable. —Su voz sonó apagada, aunque quisiera fingir, no podía.
En ese momento, entró a la sala la chica del servicio y dejó la bandeja con unos cafés en la mesa de centro. Arabelle le sirvió el suyo y ella lo tomó entre sus manos para después darle el primer sorbo.
—Necesitábamos verte, además de querer saber de ti, también por otros motivos.
—¿Ocurre algo?
—Hay algo que Nicholas y yo queremos hablar contigo, pero debe de estar a punto de llegar.
Y como si él lo hubiera escuchado, entró por la puerta y caminó directo a la sala, donde sabía que estaría su esposa. Él aún no sabía que Alice estaba allí y cuando la vio se sorprendió tanto que fue hasta ella y la abrazó con cariño. Ella se había convertido en esa parte que le faltaba, en la hija que haría sus vidas más fáciles, aunque no lo fuera de verdad y solo fuera la chica de la cual su hijo se enamoró, la chica que se casó con él y estuvo en sus últimos minutos. La adoraban, y parte de ella les hacía recordar a su hijo, aunque no de manera dolorosa.
—Alice, por fin, ¿por qué no viniste antes?
—Eso mismo le pregunté yo —respondió Arabelle a su esposo y ella asintió.
—No sabes las ganas que teníamos de verte —aseguró y ella se encogió de hombros.
—Siento mucho no haber podido venir antes, pero le contaba a Arabelle que no me sentía bien —insistió ella y su suegra agarró su mano y la apretó.
—Sabemos por lo que estás pasando, Alice, y es por eso por lo que no entendíamos que no vinieras a vernos. Ya sabes que puedes venir cuando quieras y apoyarte en nosotros. Además, esta también es tu casa.
Ella dejó la taza en la bandeja y sintió como sus manos temblaban. Era la hora de decirles que serían abuelos, que Ryan le dejó algo tan importante como un bebé, el fruto de su amor. La vida le quitaba una vida, pero le regalaba otra igual o más importante que la que perdió. Miró sus pies y se retorció los dedos, demostrándoles lo nerviosa que estaba.
—Alice, sabemos lo del bebé. No te preocupes, ¿sí? —Escuchó decir a Nicholas y ella subió la cabeza.
Los miró con los ojos vidriosos, a punto de derramar las lágrimas que estaba reprimiendo desde que entró en la casa. Esas lágrimas que no paraban de hundirla en su miseria todos los días.
—¿Cómo?
Fue lo único que sus labios pudieron pronunciar.
—Un día fuimos al hospital y nos encontramos con Landon. Nos preguntó por ti y tu bebé y, claro, ya tuvo que decirnos todo —explicó Arabelle—. ¿Por qué no nos lo contaste? ¿Acaso piensas que no lo aceptaremos? —Negó secándose las lágrimas—. No sabes la alegría que nos dio saber que dentro de ti hay un pedacito de mi hijo, cielo.
Alice sin poder reprimirse más, se acercó a ella y la abrazó con fuerza, aferrándose. Arabelle la recibió y la acarició para tranquilizarla, pues los espasmos eran muy fuertes y eso solo demostraba lo mal que lo seguía pasando. No era momento, podría ser así, pero un hijo, su hijo, era el mayor regalo que él le pudo dejar, aunque fuera demasiado joven para ello. Sintió cómo expulsaba todo lo que días atrás no pudo por la partida de Alex y, en cierto modo, algo lloraba por él también, aunque no quisiera reconocerlo.
—Tranquila, Ali… Nosotros estamos contigo y no te dejaremos, no os dejaremos solos, ¿de acuerdo?
Ella se separó unos milímetros y asintió secándose las lágrimas. Nicholas le extendió su pañuelo y ella lo recibió agradecida.
—No sé cómo disculparme por no venir a deciros esto y me siento culpable.
—No tienes por qué pedir perdón.
—Pero es que no me he portado como debía y, sinceramente, mi intención no era que lo supierais.
Arabelle y Nicholas se miraron y fruncieron el ceño sin entender.
—¿Por qué? ¡Tenemos derecho a saberlo, somos sus abuelos! —exclamó Nicholas un poco tosco.
—No quería tener que depender de vuestro dinero. Entendedme, yo jamás quise el dinero de Ryan y esta no será una excepción. No lo necesito y ese era el motivo.
Nicholas se levantó y caminó hasta la cajonera que estaba justo en la entrada. De ahí sacó una carpeta donde, claramente, había bastantes papeles. Alice la miraba con los ojos achicados, como si quisiera ver el interior de esta. Su suegro volvió y esta vez se sentó a su lado, abrió la carpeta y sacó unos papeles, además de una libreta en la que en el exterior ponía: «Mi pequeña». Sintió como su corazón se apretaba, tanto que no latiría en varios minutos. Nicholas le extendió la libreta y ella la cogió con manos temblorosas.
—Ábrela. —Negó sin poder apartar la mirada de esas letras—. Alice. —Lo miró—. Ábrela.
Le hizo caso y, aunque los ojos llenos de lágrimas no la dejaban vislumbrar bien su contenido, pudo leer las primeras palabras escritas. La fecha era de hacía cinco años y no entendía muy bien cómo era que Ryan escribiera y ella no lo supiera.
Agosto, 2013.
Es la primera vez que siento esto por alguien, como también que soy capaz de decirlo en voz alta, aunque esté solo en mi habitación y lo esté escribiendo en esta hoja en blanco. No sé cómo comenzar a explicar lo que siento cada vez que la tengo cerca y puede que me esté volviendo loco, pues sé que entre ella y yo nunca habrá nada. Alice es pequeña y yo ya soy un adolescente hormonado.
Ella aún juega con muñecas y yo quiero jugar con muñecas de verdad. ¿Acaso podría acercarme a ella y vivir para contarlo? Rood me mataría, seguro.
A estas horas seguramente está dormida y yo no puedo conciliar el sueño. ¿Qué me hizo esa mocosa? ¿Será por su sonrisa pícara o por como se le cierran los ojos cuando lo hace? Lo único que sé es que la quiero y que, aunque me muera por estar a su lado, me conformo con ser su amigo, su mejor amigo.
Dejó de leer y cerró la libreta, destrozada. No sabía que Ryan la quisiera desde que ella era solo una niña. ¿Por qué nunca se lo dijo? Sabía que leer todo eso no le haría ningún bien, pero estaba deseando llegar al apartamento y poder leer cada línea, pues sería como si él estuviese aún con ella y le oyera cada palabra de sus labios.
Capítulo 3
El cuaderno de Ryan fue todo un descubrimiento para ella, y más lo fue saber que todo lo que ahí había escrito era sobre ella y el amor que sentía. Nunca lo habría imaginado y en ese momento, que lo leía, le dolía más su ausencia. Lo echaba tanto de menos, necesitaba tanto sus abrazos y sus besos. Sus «te quiero» por la mañana. Esa sonrisa que hacía que se derritiera aún más por él, pero la vida era dura, demasiado y siempre se llevaba a los inocentes.
Nicholas la abrazó cuando ella decidió que era hora de guardar el cuaderno en el bolso. Seguiría leyendo en soledad, metiéndose en su burbuja en donde solo habría lágrimas y recuerdos.
—No sabía que me amaba desde
