Mi diosa pelirroja

Marian Arpa

Fragmento

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Prólogo

Felipe Santacana estaba convencido de que nunca encontraría el amor. Su pasión por su carrera, su falta de horarios, y el secreto que no había compartido ni con su familia y amigos, le impedía encontrar a una mujer que entendiera su forma de vida.

Era médico por vocación, le gustaba ayudar a las personas y nada lo apartaba de sus pacientes hasta que él mismo lo creía conveniente. Trabajaba en el Centro Hospitalario San Pablo, una entidad pública a la que asistían desde personas con recursos, por el gran nivel de experiencia de sus facultativos, hasta los más desfavorecidos de la sociedad.

Solo en una ocasión, había conocido a una mujer que en el primer momento logró hacer tambalear sus arraigadas creencias, a esperar, a imaginar, a soñar, a creer que «sí» había en el mundo alguien con quien valiera la pena compartir la vida. Pero en cuestión de minutos todo cambió cuando supo que su mejor amigo Raúl la conocía con anterioridad y la química entre ambos hizo que él se retirara a un segundo plano de inmediato. Tenía muy claro que las mujeres de sus amigos eran intocables.

Eso no impidió que se enamorara un poco de Sofía Toronto, la que acabó casada con su amigo, y a la que ahora consideraba como parte de su familia.

Aquello marcó un antes y un después; siempre se culpó de que las relaciones que había tenido hasta entonces no funcionaran porque dedicaba demasiado tiempo a su trabajo, sin embargo, comprendió que con la mujer adecuada todo era posible, lo malo era que nunca la encontraría, no existía en el mundo nadie más como Sofía.

Al poco tiempo conoció a Elena, una rubia despampanante que lo sedujo con un cuerpo de escándalo, moldeado para el placer. Estuvo unos meses sin ver a la persona que había detrás de esas voluptuosas curvas, sin percatarse del ser egocéntrico, intrigante, egoísta y manipulador que se escondía tras aquellos ojos azules y rostro angelical. Al hacerlo, la mandó al carajo y puso tierra de por medio instalándose en Reus a trabajar en lo que le gustaba.

A partir de ese momento, tuvo relaciones esporádicas, era un hombre con un buen apetito sexual, pero no se hacía ilusiones con ninguna de las mujeres que compartieron su cama y su vida durante cortos espacios de tiempo. Cuando veía que la fogosidad y el entendimiento se marchitaban, o que su compañera se hacía ilusiones que él no compartía, cortaba de raíz, no quería que nadie pudiera acusarlo de haber sufrido por su causa. De ese modo había encontrado un equilibrio tranquilo en su vida.

Las personas mayores eran la debilidad de Mar Callizo. Había crecido al lado de unos abuelos amorosos, donde la dejó su madre cuando se divorció, ella apenas contaba con tres años de edad. No se trataba de que su progenitora no la quisiera, sino que no podía compaginar el trabajo con la crianza de su hija, y la única solución que encontró fue dejarla en su pueblo natal con sus padres.

La niña había crecido rodeada de los amorosos ancianos del lugar, y cuando se iba haciendo mayor, se dio cuenta de la felicidad que sentía cuando podía ayudar a algún vecino que no podía valerse por sí mismo. Cuando terminó el colegio y tuvo que decidir a qué se dedicaría de mayor, a nadie le extrañó que sus estudios fueran de auxiliar de geriatría. Se la veía feliz pudiendo ayudar a sus amigos y vecinos.

Al terminar el grado superior y volver al pueblo con sus abuelos, se encontró que había cambiado, el lugar había crecido a pasos agigantados, habían construido viviendas nuevas y la mayoría de los vecinos no se preocupaba de nadie que no fueran ellos mismos. Muchos ancianos habían tenido que abandonar sus casas para irse a residencias, y los pocos que quedaban eran atendidos por unas cuidadoras que les habían asignado los servicios sociales.

Por aquel entonces, su madre se había trasladado al pueblo para cuidar de sus padres, y todos ellos se confabularon para animarla a que se fuera a la ciudad, donde tendría más oportunidades.

Mar no tardó nada en encontrar trabajo, como era muy activa, no se conformó solo con uno. Por las mañanas lo hacía en un gimnasio, de monitora de personas mayores y por las tardes en una residencia de ancianos. Allí no tardó en ser la preferida de todas las auxiliares, siempre tenía una sonrisa para todos, era dulce en el trato, con los residentes y con sus compañeras; allí encontró muy buenas amigas que se convirtieron en su familia.

En poco tiempo se dio cuenta de que a los hombres que conocía no les complacía tener que esperarla cuando salía tarde del trabajo —cosa que ocurría muy a menudo—, pues era incapaz de negarles nada a sus «adorados niños», que era como ella llamaba a los ancianos. Y sus relaciones con el sexo opuesto casi siempre terminaban antes de empezar, por lo que tenía muy asumido que se haría viejita sola y terminaría en una residencia como en la que estaba trabajando.

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Capítulo 1

Estaba tan concentrado en las brazadas, en su respiración y en la relajación de su cuerpo que Felipe Santacana no se enteró del barullo que se desarrollaba alrededor de la piscina. Acudía a diario a nadar, era su válvula de escape; allí se relajaba después del estrés de tantas horas trabajando en el hospital. Sus compañeros lo hacían en el bar de la esquina, con unas copas delante. Pero él prefería nadar, llevar su cuerpo al máximo, hasta que se olvidaba por unos instantes de lo que veía a diario en el centro hospitalario San Pablo. Era médico por vocación, le gustaba su trabajo, pero no podía evitar que algunos casos le afectaran al verse impotente por curar a todo el mundo.

De repente fue consciente de que algo sucedía y sacó la cabeza del agua justo para escuchar a una mujer que gritaba: «Que alguien llame a una ambulancia». Allí en el lateral de la piscina había un hombre tendido al que le estaban realizando los ejercicios de reanimación; Felipe salió del agua con rapidez y corrió hacia el grupo que estaba rodeando a una chica que le hacía el boca a boca a un individuo que tendría unos setenta años.

—Déjenme paso, soy médico.

Los mirones se abrieron para dejarlo pasar. La chica cruzó una mirada con él y siguió con el masaje cardíaco. Él se arrodilló al otro lado y le tomó el pulso al hombre. Ayudó a la muchacha y en unos segundos el hombre estaba escupiendo agua por nariz y boca.

Justo entonces llegaron los sanitarios del centro.

—Quieto, Ramón —dijo ella cuando el hombre trató de levantarse—. Ahora viene una ambulancia.

—¿Qué ha pasado? —quiso saber Felipe.

—Iba andando y de repente ha caído al agua inconsciente —comentó una mujer que temblaba de la cabeza a los pies, se la veía alterada.

—Tranquilícese, señora, ¿es su marido? —mientras se lo decía la hizo retroceder hasta sentarla en el banco de madera que rodeaba la piscina, donde todos dejaban las toallas.

—No —contestó la muchacha que había reanimado a aquel hombre y que seguía arrodillada a su lado—. Son compañeros de gimnasia.

Él le estaba tomando el pulso a la mujer, tenía las pulsaciones disparadas.

En ese momento entraron en el pabellón los chicos de la ambulancia, Felipe les dijo que era médico y que también se llevaran a aquella mujer, la oyó protestar.

—María, te has llevado un buen susto —Felipe advirtió que parecía que estuviera hablando con una niña pequeña—. Mejor te vas con estos señores y te darán algo para que se te pase el sobresalto. —También vio cómo daba instrucciones a uno de los monitores del pabellón para que los acompañara al hospital.

Felipe se quedó mirando a aquella chica.

—Soy Mar Callizo —se presentó tendiéndole la mano en cuanto se llevaron al hombre y a la mujer.

—Felipe Santacana.

El firme apretón de manos que recibió decía mucho del carácter de aquella mujer. Se la veía segura de sí misma, decidida y… muy atractiva. Sus miradas chocaron y quiso perderse en aquellos ojos marrones y brillantes que lo miraban con una expresión de preocupación y alegría a la vez.

—Encantada de conocerte, ¿vienes mucho por aquí? Nunca te había visto —mintió. Él observaba sus labios moverse seductoramente, los tenía plenos y del color de las ciruelas maduras.

—Siempre que puedo.

Ella mostró cara de extrañeza.

—Entonces será que no me he fijado. —Se le escapó una sonrisa pícara y contagiosa. Él también sonrió deseando adivinar a qué venía aquella expresión.

Mar ya lo había visto por allí en más de una ocasión, ¿cómo no reparar en él? Era muy alto. Su cuerpo parecía esculpido a cincel, se notaba que aquel hombre se cuidaba, no tenía un gramo de grasa sobrante en su cuerpo, los músculos se le marcaban a la perfección; y su rostro… siempre llevaba una barba de dos días, su pelo castaño oscuro cortado muy corto, unos ojos que ahora que los veía bien se daba cuenta de que eran de una extraña tonalidad grisácea. Hasta ese momento no lo había visto sonreír, ¡por todos los Santos! Tenía una sonrisa que le hacía desear que nunca se pusiera serio. Sus apetecibles labios la hicieron sentir cosquillas en el estómago.

—¿Y tú?

En su descarado escrutinio, no entendió la pregunta. Felipe lo pudo ver por su expresión.

—Que si vienes mucho por aquí.

Mar soltó una risita tonta.

—Trabajo aquí. —Él la miró alzando una ceja interrogativa, no tenía el cuerpo desarrollado que solían tener los monitores del gimnasio—. Doy clases de gimnasia a gente mayor por las mañanas.

Felipe se sintió atraído por aquella chica desde que la vio inclinada sobre aquel hombre, tenía un cuerpo escultural, lleno de curvas, y la expresión de su bella cara hacía que rezumara alegría por todos los poros de su piel. Deseó conocerla mejor.

Mientras hablaban se daba cuenta de que ella no perdía de vista a un grupo de gente mayor que se habían metido en la piscina.

—¿Aún estás trabajando? —Él señaló con la cabeza a aquellas personas.

—Sí y no, en teoría la clase ha terminado, pero los acompaño aquí y así me aseguro de que no surjan problemas como el de antes. Has dicho que eres médico, ¿qué crees que le habrá podido pasar a Ramón?

—No lo sé, supongo que en el hospital le harán una analítica, una bajada de azúcar o de tensión… si venía de hacer gimnasia.

—Son unos ejercicios especiales para personas mayores. —Pareció ofendida.

—Ya me imagino, tal vez esta mañana no ha desayunado suficiente.

—Esperaré a que vuelva mi compañero, a ver qué ha sido.

Mientras hablaban Mar se iba sacando el pantalón y la camiseta que llevaba para la gimnasia, que estaban empapados; él la miraba embelesado.

—¿Te vas a bañar con nosotros? —preguntó una de las mujeres del grupo a Mar.

—Sí, Carmen, de todas maneras, ya estoy mojada… ahora voy. —Terminó de sacarse la ropa y se quedó en bañador. Felipe no se perdía ninguno de sus movimientos—. ¿Te apetece jugar un poco con los niños? —le susurró ella sonriendo con picardía.

Esa sonrisa lo tenía cautivo, y que llamara «niños» a aquellas personas mayores lo hizo sonreír también.

—Me quedaré un rato, ya dormiré más tarde. —Aquel comentario la dejó perpleja, y él añadió—. He salido hace una hora de guardia.

Mar cogió unos balones blandos que había a un lado de la piscina y los tiró al agua. Ella se tiró y le hizo un gesto a Felipe acompañado de su sonrisa permanente.

Estuvieron tirándose las grandes pelotas durante un rato; mientras, Felipe no paraba de observar a Mar. Cada minuto que pasaba lo cautivaba más; su manera de tratar a «sus niños» lo tenía fascinado. Coqueteaba descaradamente con los hombres y les guiñaba el ojo a las mujeres con complicidad, las risas inundaban el pabellón.

Media hora más tarde, todos salían del agua felices como colegiales.

—Hasta mañana —se iban despidiendo a medida que cogían sus toallas y se iban a los vestuarios.

—Yo también me voy, «tus niños» no acaban la energía —bromeó Felipe. Mar soltó una carcajada mientras recogía los balones.

—No lo sabes tú bien.

Ella lo siguió con la mirada, mientras él abandonaba el recinto con la toalla alrededor del cuello. Se había fijado en él en numerosas ocasiones, cómo no hacerlo, con aquel cuerpo de infarto que tenía. No era como todos los demás que acudían al gim y que se pasaban horas ejercitando sus músculos. Este solo acudía a la piscina, lo había visto exigirse a tope en el agua y luego marcharse después de darse una ducha.

Sí, lo había estado observando, pero era algo que nunca reconocería ante él, ese hombre debía tener a todas las mujeres que quisiera, y ella no tenía ninguna posibilidad ante un tipo tan atractivo y viril.

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Capítulo 2

Durante toda aquella semana, Felipe estuvo observando a aquella mujer que le había quitado el sueño, no, aquello no era cierto, la verdad era que se pasaba las horas que debería estar durmiendo, soñando con ella. En todas las cosas que deseaba hacer con aquel cuerpo escultural, con aquella boca seductora; se la imaginaba entre sus brazos, encima, debajo, alrededor de él. La mayoría de los días despertaba bañado en sudor y con una erección dolorosa.

Mar lo saludaba siempre con aquella increíble sonrisa, en más de una ocasión lo había sorprendido mirándola mientras jugaba o vigilaba a «sus niños mayores», y le guiñaba un ojo con picardía.

Una tarde cuando bajó de la planta del hospital donde trabajaba a la cafetería a tomarse un café, oyó que en la sala donde iban los donantes de sangre, había un gran alboroto, se acercó y desde el umbral vio que varios enfermeros estaban rodeando una de las camillas. Se estaban riendo y parecían pasarlo muy bien, varias enfermeras también reían mientras vigilaban que todo estuviera en orden. Las personas que estaban allí tenían una sonrisa en la boca. Se maravilló del buen ambiente que reinaba en aquella sala, y escuchó un chiste subido de tono que contaba uno de los donantes que estaba junto al grupo de enfermeros. Sonrió y se iba a marchar cuando uno de ellos se movió y vio unos cabellos rojos que reconoció al instante, era Mar, con su eterna sonrisa y sus interminables piernas, a punto de tomar el relevo y contar otro chiste. Con voluntad propia, sus piernas se acercaron donde estaba ella, fue algo que no pudo ni quiso evitar; sus miradas se cruzaron y la de ella mostró sorpresa.

—¿Trabajas aquí?

—Sí.

—Pues yo vengo de vez en cuando a visitar a estos vampiros. —Soltó una risita al ver a los enfermeros alejarse con disimulo al verlo—. Soy donante.

—Ya veo… ¿Te falta mucho? Iba a tomarme un café.

La insinuación implícita la sorprendió.

—¿Doctor, me está invitando a merendar?

Él soltó una carcajada.

—Depende, no tengo mucho tiempo.

Al escuchar el intercambio de palabras, una de las enfermeras se les acercó.

—Mar, ya te hemos chupado demasiada sangre por hoy —anunció, y las dos rieron por la referencia a los vampiros.

Felipe la llevó a la cafetería de los doctores, y le preguntó qué quería tomar.

—Un zumo de melocotón y un bocata de jamón.

La miró, pensando que bromeaba. Ella le sonrió con picardía.

—Tengo que recuperar fuerzas —se justificó con un guiño.

Se sentaron en una mesa y ella empezó inmediatamente a dar cuenta de su bocadillo. Mientras él se bebía su café la observaba maravillado; todas las mujeres con las que había estado se mostraban cohibidas a la hora de comer, como si quisieran impresionarlo por lo poco, o bien, con la finura que comían. Sin embargo, esta lo hacía con gusto, y sin pretensión de mostrar nada que no fuera.

—Parece que estés muerta de hambre. —Soltó una risita—. ¿Desde cuándo que no comías?

—Desde el mediodía por supuesto… Es que no tengo mucho tiempo.

Él levantó una ceja interrogante.

—Mis niños me estarán esperando.

—¿Trabajas en el gimnasio todo el día?

—No, por las tardes lo hago en una residencia de ancianos.

La sorpresa marcó el rostro de Felipe.

—¿Te gustan los mayores?

—Me lo estás poniendo muy fácil…

Él no la comprendió, y Mar lo vio en su mirada; sus ojos brillaron y él supo que se avecinaba una chanza.

—Sí, tengo un novio de ochenta años, un amante de noventa y dos, y varios que no paran de tocarme el culo cada vez que paso a su lado.

La carcajada del doctor hizo que varios de sus compañeros se giraran hacia ellos para ver lo que pasaba.

Ellos eran ajenos a las miradas de los demás médicos y personal del centro que no paraba de mirarlos, pues Mar había empezado a contarle anécdotas del centro donde trabajaba y reían juntos de los relatos.

Al rato se despidieron con una sonrisa divertida.

Felipe quería conocer a aquella mujer, es más, lo necesitaba, la deseaba como nunca antes había deseado a ninguna otra. Había tenido relaciones más o menos duraderas con varias mujeres, pero ninguna de ellas podía compararse con Mar. Todas habían dado por sentado que al ser médico y vivir en un chalet, en uno de los mejores barrios de la ciudad, ellas debían aparentar, incluso querían que él se comportara como lo que no era. Nunca había pretendido ser más que nadie, adoraba su trabajo, le gustaba ayudar a la gente, sin importar el caudal de sus cuentas corrientes. Trataba a todo el mundo por igual, y aborrecía a sus compañeros que se negaban a hacer horas extras en el hospital público donde trabajaban, para acudir a sus consultas privadas. Esa había sido la causa de que sus anteriores relaciones no funcionaran, nunca tenía un horario definido, incluso alguna de sus parejas lo había acusado de no tener ambiciones. Quizás tuvieran razón, el único anhelo que lo consumía era poder compartir con su familia y amigos lo que les había ocultado deliberadamente antes de hacer las maletas y trasladarse desde su Galicia natal a la otra punta del país.

Mar parecía distinta a todas las mujeres, coqueteaba con él, igual que lo hacía con «sus niños», como llamaba con cariño a aquellas personas mayores; pero no intentaba otros avances, y eso era lo que más lo atraía de ella. No era como las demás, que trataban de llamar su atención con cualquier excusa.

Una mañana esperó a que ella se quedara sola recogiendo los balones y se le acercó.

—¿Cómo está aquel señor que sacaste de la piscina el otro día?

—Muy bien, como tú dijiste fue una bajada de tensión nada más. ¿No lo has visto? Ya está de nuevo entre nosotros. —No se había fijado, la verdad era que cuando estaba allí, solo tenía ojos para ella.

—Me parece estupendo.

Los ojos de Mar recorrían aquel musculoso cuerpo, siguiendo el movimiento de las grandes manos de Felipe mientras se secaba con la toalla. Y a él esa mirada le estaba quemando, sentía que su masculinidad estaba despertando.

—¿Qué te parece si nos tomamos una copa esta noche?

—Imposible, tengo clase de baile.

La sorpresa se reflejó en los ojos grises del hombre.

—¿También enseñas baile?

A ella se le escapó una carcajada.

—No, aprendo a bailar.

—Tienes una agenda muy llena, ¿no crees? —comentó contrariado.

—Pues sí. ¿Sabes lo largas que se les hacen las horas a los ancianos que no tienen nada que hacer, salvo ver la televisión y jugar a juegos de mesa? Tienen que hacer algo de ejercicio suave, y me pareció que el baile era ideal.

—¿He entendido bien? ¿Estás aprendiendo a bailar para enseñar a…?

Mar asentía con la cabeza antes de que terminara de formular la pregunta.

Cada nuevo detalle de la vida de aquella mujer lo fascinaba más, lo intrigaba, y le hacía desear conocerla mejor, sin embargo, ella no se lo ponía nada fácil.

—Supongo que en algún momento tendrás que cenar.

—Oh sí… —Felipe pensó que al fin tendría una cita con ella y sonrió—. No me salto ninguna comida, con el ritmo que llevo caería enferma, cuando llego a la academia de baile aún está ensayando otro de los grupos y yo aprovecho para comerme un bocadillo. Llego a casa muy tarde y muy cansada para ponerme a cocinar.

¡¿Se estaba haciendo la tonta?! Pensó, un poco molesto. Nunca le había costado tanto concertar una cita con una mujer.

—¿Te das cuenta de que te estaba invitando a cenar?

La sonrisa que ella le dedicó lo deslumbró.

—Sí.

—Entonces la respuesta es…

—Tal vez, algún día.

Definitivamente se estaba burlando de él, le seguiría el juego.

—Pues es posible que el día que tú te decidas yo esté ocupado. —Se puso la toalla alrededor del cuello, esperando la réplica.

—Es posible. —Mar recogió el último balón.

El poco interés que despertaba en ella lo tenía descolocado, un momento antes había pensado que estaba bromeando, pero era evidente que no. Su orgullo masculino se sintió herido y lo obligó a replicar.

—Cuando estés disponible házmelo saber, si no tengo nada que hacer, «tal vez» te haga un hueco en mi agenda —recalcó las palabras esperando que la mordacidad con que las decía la hiriera, tal como él se había sentido por el rechazo.

Para su sorpresa ella soltó una carcajada.

—Así lo haré —afirmó con su brillante mirada clavada en él.

Felipe salió del recinto de mal humor, sabía que lo que sentía sería pasajero, solo necesitaba estar con ella unos días para saciar su hambre, para descubrir sus secretos, y su curiosidad estaría más que satisfecha. Quizás unas semanas de placer por placer, y cada uno por su lado. No esperaba más de las mujeres, todas terminaban cansándose de su ritmo de vida, entonces por qué exponerse a los reproches. Él era feliz con su trabajo y su soltería, cuando quería una mujer en su lecho la tenía; hasta ese momento, pensó ceñudo.

A Mar le recorrió el cuerpo un placentero hormigueo, que ese hombre tan guapo quisiera salir con ella la maravilló. Era consciente de todos sus defectos, era demasiado delgada, tenía los pechos demasiado grandes, sus ojos eran de un marrón muy común, tenía la boca demasiado ancha y la nariz llena de pecas. Además, llevaba el cabello muy corto y sus mechones pelirrojos no solían gustarles a los hombres. No era ninguna mojigata, le gustaba el sexo, y por las miradas que había recibido de él, eso era lo que tendría, sin embargo, lo había rechazado porque se había sorprendido a sí misma demasiadas veces buscándolo con la vista por la piscina. Sabía que un hombre como ese podía causar estragos en su bien planteada vida. Podía llegar a encapricharse con él, y eso ya sabía dónde la llevaría.

Sospechaba que Felipe buscaba un rollo de una noche y mañana «si te he visto no me acuerdo», y sería algo violento verlo cada día en el gimnasio después de lo que intuía que él buscaba. Era tan atractivo, tan encantador; también tenía buen humor, le gustaban las bromas y reía con asiduidad, lo había comprobado la otra tarde en la que la invitó a merendar en el hospital donde trabajaba. Le gustaba ese hombre y no quería estropearlo por una noche de sexo, aunque sospechaba que con él podía ser mágico. No, definitivamente no debía salir con él, había tomado la decisión correcta. Seguiría viéndolo por el gimnasio, pero cada uno por su lado: nada de cenas, nada de copas, nada de sexo. Ella era una mujer independiente que no le hacía falta tener a ningún macho al lado, tenía a sus amigos, quienes sabían muy bien lo que ella pensaba sobre relaciones.

Cada día se encontraban en la piscina, las miradas que Felipe le lanzaba hacían que un placentero calorcillo recorriera el cuerpo de Mar, y por esa misma razón ella se resistía a tener más contacto con él, que los saludos en el gimnasio y cuatro palabras sin importancia.

Sin embargo, estaba empezando a preguntarse qué había de malo en salir a tomarse una copa y quizás algo más. Una noche de buen sexo no le haría daño a nadie, ¿oh sí? Eso era algo en lo que pensaba bastante a menudo en los últimos días, y por esa misma razón, creía que no era buena idea. Ese hombre acaparaba todos sus pensamientos y esto le daba pavor. Nunca le había pasado con nadie.

Una mañana, Felipe se unió a los juegos con ella y «sus niños» sin ser invitado. Mar lo miró con intención y él le guiñó un ojo, los mayores se dieron cuenta y rieron como colegiales.

Felipe había decidido terminar con los desvelos, no podía seguir con aquellas permanentes ansias de verla, de estar con ella. Desde que la conoció no había pensado en ninguna de sus eventuales amiguitas; Mar le encendía la sangre con una mirada, cosa que no le había ocurrido en la vida. Sabía que la mejor manera de sacársela de la cabeza, era salir con ella, conocerse un poco y practicar sexo, mucho sexo; la novedad pasaría y seguiría con su vida como hasta el momento. Para conseguirlo, lo mejor era acercándose a ella a través de su debilidad.

Cuando todos los mayores estuvieron fuera de la piscina, la ayudó a recoger los balones.

—¿No vas a acostarte hoy? —Las palabras salieron de la boca de Mar para distraerla del cuerpo que tenía delante, que él secaba con aquellas grandes manos.

—Estoy desvelado.

—Solo se trata de acostarte y cerrar los ojos, apuesto lo que quieras a que si lo intentas, te quedarás dormido en dos segundos. —La ironía no le pasó desapercibida.

A Felipe se le escapó una sonrisa devastadora.

—¿Te ha molestado que me quedara a jugar con vosotros?

—No, no, de ninguna manera.

Mar se debatía entre las ganas de salir con él o alejarse para no encapricharse. Felipe era tremendamente atractivo y ella se sentía muy atraída, pero sabía que un hombre como él, podía hacerle añicos el corazón que ella mantenía encerrado bajo llave, después de sus dos últimas relaciones. Era consciente que debido a su trabajo tendría que renunciar a esa parte de la vida en la que había un «fueron felices para siempre». Ningún hombre de los que había conocido entendía su devoción por los ancianos, a los que llegaba a querer. Sus compañeras le aconsejaban que debiera vivir su vida también fuera del trabajo, pero cada vez que lo había intentado, había terminado desengañada, triste y furiosa a partes iguales. Sus anteriores parejas nunca entendieron que ella se quedara un rato después del trabajo para atender a algún anciano enfermo, o que se entretuviera jugando una partida de cartas antes de que se acostaran. En cambio, ella tenía que cargarse de paciencia quedándose en casa cuando ellos se reunían con sus amigos para ver el futbol, algo que le molestaba sobremanera, porque ella se lo pasaba bien en esas reuniones, le gustaba el deporte. Sin embargo, cuando ellos veían que algunos de sus compinches la incluían en las celebraciones de goles, se sentían molestos, como si aquello fuera territorio masculino y ella les estuviera quitando protagonismo. Por eso, por esos celos y niñerías, se había convencido a sí misma que nunca podría formar una familia; no existía el hombre suficientemente seguro de su hombría para aceptar a una mujer con carácter como ella, que tenía aficiones, ambiciones, y fuera feliz con su trabajo.

Pensó en lo ridícula que debía parecer bajo la mirada de Felipe, como en un principio no le había dicho que tenía pareja ni nada, debía parecer tonta, lo pensó dos segundos y se lanzó antes de echarse atrás. Se convenció de que podría mantenerlo a raya y no dejar que las cosas llegaran más lejos.

—¿Sigue en pie lo de la copa? Hoy no tengo clases —lo dijo pensando que él trabajaría, y que le tocaría negarse.

Felipe sonrió.

—Estás de suerte, hoy es mi día festivo, espera que piense qué es lo que tengo programado para hoy.

Ella pensó que se haría de rogar por la negativa anterior y eso la molestó, pero no lo dejó ver. Con una sonrisa en los labios le dio la espalda.

—Cuando hayas comprobado tu agenda me dices algo.

Él no dejó que se le escapara, la cogió por un brazo, reteniéndola.

—Era broma —sus miradas se encontraron—, ¿a qué hora te recojo?

Los ojos grises de él se perdieron en las profundidades de avellana que junto con aquella mano en el brazo estaban haciendo que ella sintiera como si le faltara el aliento.

Felipe lo notó y su cuerpo despertó.

—Ven a la residencia Los Ángeles, salgo sobre las nueve y media o las diez.

—Allí estaré.

Felipe salió del recinto antes de que la erección que estaba sintiendo se hiciera evidente. Ella lo vio partir y pensó si no se estaría poniendo en un lío; ese hombre le hacía palpitar el corazón erráticamente desde la primera palabra que habían cruzado. En su mente ágil y práctica tuvo la respuesta que buscaba: se protegería el corazón, no debía involucrarse; y le advertiría que entre ellos no podía haber nada serio. No quería reproches ni malos entendidos. Podían ser amigos y lo que surgiera, pero nada de compromisos, ni promesas, ni planes de futuro.

Con este convencimiento, se fue a la ducha.

Aquella tarde Mar estaba exultante, tenía unas ganas tremendas de que llegara la noche para salir con aquel adonis. Sus compañeras de trabajo lo notaron y al preguntarle por qué estaba tan entusiasmada, ella les decía que tenía una cita; las demás querían saber y ella se limitaba a guiñarles un ojo con picardía. A primera hora, se dedicaba a dar masajes a los músculos cansados de los ancianos. Todos notaron su euforia; aunque ella era la más alegre de las auxiliares que trabajaban allí, ese día tenía un brillo especial en los ojos.

—¿A qué se debe esa felicidad, niña? —preguntó Manolo, el experto en ajedrez, cuando le sirvió la merienda—. ¿Has encontrado novio? No te olvides que te quiero para mi hijo.

Mar rio, ese hombre siempre le decía lo mismo: que quería que fuera su nuera. Por todos los Santos, si podía ser su nieta.

—Ay, Manolo. ¡Qué cosas tienes! Tu hijo ya es mayorcito para buscarse una mujer, es más, ¿quién te dice que no tiene ya una? Con lo guapo que es.

El anciano se rio a carcajadas.

—Tiene demasiadas, eso es lo que pasa, pero ¿sabes una cosa? No hay ninguna que le importe mucho, solo son aventurillas.

Mar sabía que el hijo de Manolo era homosexual, pero el anciano no lo aceptaba, estaba convencido de que aquello era como una enfermedad y que se curaría cualquier día. Mientras, no paraba de hablar y chulear, de unas hazañas imaginarias de su vástago con las mujeres.

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Capítulo 3

A las nueve y media en punto, Felipe estaba aparcando su coche en la puerta de la residencia, hacía una noche muy agradable, soplaba una ligera brisa; no lo pensó dos veces y salió del coche, se apoyó contra el capó y se dedicó a mirar a la gente que transitaba por allí. La residencia estaba en el lateral de un parque arbolado con jardines, con zonas para niños pequeños, mesas de ping pon, una cancha de básquet donde en aquel momento jugaban unos muchachos que tendrían unos quince años; había senderos de tierra que se difuminaban por todo el terreno, vio parejas paseando, quizás buscando un poco de intimidad. Le pareció un sitio perfecto para que los ancianos que estaban en aquella residencia salieran a tomar el sol.

Mientras observaba a los chavales correr jugando a la pilla pilla, le vino a la memoria un parque en el que solía corretear cuando era niño, allí en su Galicia querida. La verdad era que estaba muy a gusto trabajando en Reus, pero siempre que podía, que tenía algunos días libres, se escapaba a su tierra a visitar a sus padres, abuelos y a sus amigos de toda la vida.

Cuando llegó el relevo que hacía el turno de noche, Mar se dio una ducha, no solía hacerlo en la residencia, lo hacía en su casa y así después ya se ponía el pijama y las pantuflas. Pero ese día la esperaba un hombretón y quería causarle buena impresión, él solo la había visto en bañador y con las mallas de hacer deporte.

Sus compañeras estaban intrigadas, ya sabían que iba a salir con alguien, pero les sorprendía que se arreglara allí. Celia, Marga y Rocío, parecía que ese día no tenían prisa para marcharse, se sentaron en un banquillo del cuartito donde se cambiaban observando cómo Mar se arreglaba.

—¿Nos dirás ahora quién es el afortunado? —Celia hizo la pregunta que todas tenían en la boca.

Mar las miró a través del espejo y les sacó la lengua.

—Mira que si no lo haces, saldremos contigo de aquí. —La amenaza junto con la carcajada que se le escapó a Rocío las hizo reír a todas.

—Oh, sí, ¿y le haréis también un tercer grado? —se burló ella.

—Puedes apostar por ello.

—Sois muy capaces, ya lo creo.

—Venga ya, no nos tengas en ascuas. —A Marga la estaba esperando su pareja, pero no pensaba irse hasta saber con quién salía Mar esa noche. Conocía a su amiga y sabía que no era una santa, tenía sus ligues como todas ellas, pero nunca le había visto aquel brillo en los ojos.

Todas ellas se hicieron amigas en la residencia, habían empezado a trabajar allí con poco tiempo de diferencia, y desde el principio se formó entre ellas un vínculo que las unió más y mejor que si fueran familia. Si una de ellas tenía algún problema, todas se volcaban a ayudarla; y con las alegrías era lo mismo, lo compartían todo. De vez en cuando, hacían salidas de mujeres solas, y cuando se desmadraban, la cosa quedaba entre ellas. Mar además había incluido en el grupo a su amiga del alma, a la que era como una hermana para ella; había crecido junto a Carla, en el mismo pueblo, los abuelos de una parecían ser lo de la otra y viceversa.

—Está bien, se trata de un hombre del gimnasio, ¿contentas?

—¡Qué te crees tú eso! —rechistó Rocío.

—¿Ahora queréis hacerme el tercer grado a mí? —Se rio con ganas—. Dejadme adivinarlo… «¿Cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿A qué dedica el tiempo libre?» —se burló coreando la canción.

—Pues sí, mira, eso es lo que queremos saber. —Celia se partía de risa mientras hablaba.

—Es médico, trabaja en el San Pablo… y está como un queso. ¿Tenéis bastante con eso?

—No, de ninguna manera. Los tipos que van al gimnasio, lo hacen porque están fofos o para ponerse cachas, ¿cómo tiene la chocolatina? —La pregunta de Rocío las hizo reír a todas—. ¿Es de los primeros o de los segundos?

Mar se estaba perfilando el ojo, se le fue el lápiz, y rio con sus amigas.

—Mira que eres burra, solo te diré que no está fofo.

—No has oído que está como un queso —le recordó Celia.

—Bueno, bueno, pero hay quesos curados y quesos… —Todas ellas se carcajearon de la ocurrencia de Rocío.

—¿No te dice nada esa lencería que lleva? —Marga era la única de ellas con pareja estable—. Cuando yo me pongo algo como eso es porque quiero guerra. Mi Luis ya ha aprendido la lección, le enseño un poco de encaje y empieza a rugir como un león.

—Eso es porque lo tienes comiendo de la palma de tu mano. ¿Y cuando él quiere mambo, qué?

—Es de lo más encantador, siempre me sorprende, el otro día llegue a casa y estaba en la cocina haciendo la cena con un delantal puesto.

Las chicas se miraron sin comprender.

—¿Y qué tiene eso de raro?

—Pues que no llevaba nada debajo.

Las carcajadas pudieron oírse hasta el segundo piso.

—Nada sutil, por cierto. —A Mar empezaba a dolerle la tripa de tanto reírse—. Y ¿cenasteis?

—Sí… después.

Las bromas se estaban alargando y ella pensó que Felipe estaría esperándola desde hacía rato, se vistió en un santiamén y se despidió de sus amigas.

Eran cerca de las diez cuando Felipe por el rabillo del ojo vio que alguien se le acercaba, era Mar, su mirada apreciativa no se perdió ni un detalle del aspecto de aquella mujer que ocupaba cada uno de sus pensamientos. Llevaba un pantalón pitillo negro, que acentuaba sus largas piernas, rematando con unos tacones de vértigo. La blusa era una creación para enloquecer a los hombres, era tan ajustada que se ceñía a todas sus voluptuosas curvas, con botones en la parte delantera y el primero justo abrochado en el pecho, lo que dejaba al descubierto buena porción de piel, era de un rojo intenso, al igual que el carmín de sus labios. Se había peinado su rojo cabello de punta, y estaba preciosa.

Al llegar a su lado, lucía su eterna sonrisa.

—¿Hace mucho que esperas?

—No —y añadió con un guiño—. Te has vestido para matar, ¿eh?

La carcajada de Mar fue contagiosa.

Felipe le abrió la puerta del copiloto de su Audi A5, y ella se acomodó admirando el nuevo y reluciente coche plateado.

Cuando se incorporó al tráfico, ella no pudo contener las palabras que salían de su boca.

—No soy yo sola que se ha puesto de punta en blanco. —Él vestía unos vaqueros negros y una camisa gris oscura, que resaltaba el color de sus ojos. Le sentaba de maravilla; y la mirada femenina se había recreado en la piel que los dos botones desabrochados del cuello dejaban al descubierto, deseando acariciar el vello que asomaba por allí.

—¿Dónde te apetece ir?

—Sorpréndeme —exclamó ella coqueta.

¿Por qué le era tan difícil borrar su sonrisa de la cara cuando estaba con aquella mujer?

Felipe condujo por una autovía y luego se desvió hacía el barrio portuario de Tarragona, conocía locales que, aunque no fueran de lujo, se comía de maravilla; la quería impresionar. No sabía por qué, era un hombre que nunca le había faltado compañía femenina, pero jamás sintió las ganas que tenía en ese momento de complacer a una mujer.

Aparcó en el espigón del puerto, y caminaron uno al lado del otro. Los acompañaba el sonido de las olas al estrellarse contra las rocas a la tenue luz de la luna reflejada en el agua, por unos segundos ninguno de los dos habló.

—¡Que brisa más agradable! —susurró Mar, parecía que no quería alterar la paz que los envolvía.

—No tanto como la compañía —musitó él arrimándose al oído femenino.

A Mar la recorrió un estremecimiento al sentir el aliento caliente sobre su piel, él lo notó y se sintió masculinamente satisfecho al darse cuenta de que la cercanía la estaba afectando tanto como a él.

El barrio marítimo del Serrallo era un laberinto de estrechas callejuelas, poco iluminadas. Las casas de una o dos plantas, no más, eran antiguas, pero conservaban un encanto natural de la actividad que allí se desarrollaba. Pasaron por al lado de la lonja del pescado y el olor inundó sus sentidos.

—¿Has visto alguna vez la llegada de las barcas y la venta? —preguntó él, que iba siempre que podía, porque le recordaba a su tierra.

—Nunca.

—Es muy entretenido, la venta es espectacular, la mercancía pasa de unas manos a otras sin que te enteres de nada, la subasta es tan rápida que te deja alucinado. Lo que me hizo reír un rato la última vez que estuve por aquí, fueron unos pulpos que se les escapaban de las cajas, es digno de ver como corren, se levantan del suelo sobre sus patas y…

—Me estás tomando el pelo.

—No, el día que coincidamos sin trabajo, vendremos y lo podrás ver tú misma.

A Mar la sorprendió que él le estuviera hablando de planes futuros,

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