No puedo dormir contigo, cariño (Los peligros de enamorarse de un libertino 2)

Raquel Mingo

Fragmento

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Capítulo 1

Helailla cabalgaba por el límite sur de la finca sintiendo cómo el sol rozaba su cara y sus manos, pero no se preocupó demasiado por no haberse puesto un sombrero y unos guantes, de nuevo. Los paseos nunca eran tan largos como para que cogiese color, considerado tan poco favorecedor, aunque a ella le diese igual de todas formas.

Escuchó el tronar de los cascos de los caballos un poco por detrás de donde se encontraba y se apresuró a ocultarse, ya que una banda de ladrones parecía acampar a sus anchas por Oscuridad. Sonrió con cinismo al pensar en el nombre de su inmensa propiedad, en cariñoso recordatorio de su cuñada, que tenía propensión a ponerle los nombres más extraños y variopintos a sus posesiones. La sonrisa se borró con rapidez de su rostro, pensando que aquellos malditos salteadores siempre se habían amparado en el anonimato que les proporcionaba la noche para cometer sus maldades y en aquel momento eran las diez de la mañana, aunque prefería no arriesgarse y averiguar primero si había motivos reales para preocuparse.

Los jinetes pasaron de largo por su lado sin reparar en ella, escondida entre los árboles. Contó cinco y tenían una prisa endiablada, casi como si acabasen de desplumar a algún incauto. Cuando el polvo del camino se asentó de nuevo en el suelo, se atrevió a salir y dio la vuelta a su caballo, con el ceño fruncido.

Algo no iba bien, lo presentía. ¿Quiénes eran esos hombres? ¿Y de dónde venían? Reconoció con una ligera aprensión que, en situaciones así, debería hacer caso de Dariel y no salir sin la protección de los guardias. Pero aquel atisbo de libertad era lo único que le quedaba.

Su montura relinchó nerviosa y se detuvo en medio de la nada. Sintió la extraña quietud, el silencio opresivo, y su corazón latió frenético, sospechando algo.

Sin pensarlo –porque, si lo hubiese hecho, habría azuzado a la yegua marrón anaranjada y galopado rauda hasta las puertas de casa–, desmontó y empezó a caminar muy despacio, aguzando el oído, procurando percibir algún indicio que le indicase que verdaderamente algo estaba mal, y giró la cabeza sobre su hombro izquierdo cuando escuchó un sonido indefinido entre la maleza.

Fue entonces que tropezó con algo grande en el suelo y se desplomó todo lo larga que era. Gritó de dolor, pues se había caído de bruces, y se había magullado las manos y las rodillas. Cuando recuperó el aliento se sentó en la tierra y tocó el cuerpo masculino que la había hecho trastabillar. Por supuesto, sin necesidad de mirar, supo de inmediato lo que era la sustancia viscosa y caliente que le impregnaba los dedos.

Con un suspiro tembloroso se incorporó por encima de él y puso el índice y el corazón en su cuello, rogando por encontrarle el pulso.

«Dios mío, que no esté muerto, Dios mío, que no esté muerto…», repetía como una letanía mientras dejaba de respirar ella misma en su afán por detectar las pulsaciones, por muy débiles que estas fuesen, que le dijeran que no todo estaba perdido.

Entonces notó los pequeños latidos, lentos y frágiles, pero que demostraban que seguía vivo de momento. La cuestión era ¿cómo iba ella a subir a un tipo de ese tamaño a su yegua y llevarlo a casa?

Estaba claro que no sería capaz de semejante hazaña, el hombre debía rondar el metro noventa y pesar algo menos de cien kilos, mientras que ella, en comparación, tan solo rozaba el metro setenta, y sus cincuenta y siete kilos compuestos de huesos finos y elegantes no alcanzaban para cargarlo sobre su cabeza y subirlo a la montura.

Maldición, aquel forastero estaba agonizando y ella no podría hacer nada por evitarlo.

—¡Helailla! —Giró la cabeza con brusquedad al oír su nombre. También escuchó a lo lejos al grupo montado que avanzaba con rapidez. Se puso en pie, pero no se movió del lado del herido.

—¡Aquí! —gritó aliviada. Sus salvadores se detuvieron, intentando averiguar su localización—. ¡Estoy aquí! —repitió procurando darles más pistas con su voz. Ellos volvieron a emprender la marcha y minutos después aparecieron a su lado.

—Dios, muchacha, ¿qué ha pasado? —preguntó uno de los hombres mirándola a ella y al hombre tendido a sus pies con preocupación.

—Oh, Dariel, es una historia complicada, que además no estoy segura de conocer. Pero no importa, tenemos que sacarlo de aquí de inmediato o morirá. —El jefe de su guardia, autodesignado para ese puesto desde que ella se había impuesto aquel destierro, era también su primo. Con rapidez y eficiencia valoró la situación, y detectó la inmejorable calidad de las ropas masculinas, el aristocrático rostro y la gravedad de la lesión. Observó con aprobación que la muchacha ya estaba taponándole la herida con parte de su enagua. Cuando acabó, ayudó a la joven a subir a su yegua y, cogiendo al desconocido con cuidado, se montó en su propio caballo, no queriendo arriesgarse a dejarlo en el de él –el cual habían recuperado unos minutos antes– pues sabía que era cuestión de tiempo que se cayera.

—Vamos, entonces, es probable que muera en el camino de todos modos.

—No si yo puedo evitarlo. —Y saliendo al galope, obligó a los curtidos guerreros a seguirla.

La siguiente semana fue horrible. El forastero estaba muy mal, la bala se había alojado en el pecho, no alcanzando el corazón por los pelos.

Dariel se encargó de sacársela, pero una vez conseguida semejante proeza fue tarea suya el salvar al pobre diablo. Así lo decidió la joven, aún en contra de los deseos de su primo. Ni siquiera ella entendía por qué se involucraba de aquella manera con aquel extraño, pero sentía que debía salvarlo, era como tener un objetivo por primera vez en mucho tiempo, algo que la motivaba a seguir adelante, y se dedicó a ello con ahínco.

La enorme pérdida de sangre no ayudó mucho, lo dejó débil e indefenso para que la tan temida fiebre se lo comiese sin dificultad.

Ya no recordaba en cuántas veces había estado a punto de perderlo durante esos siete días y cuántas lo había recuperado a base de tesón, constancia y cuidados continuos.

Ni una sola vez recobró el conocimiento, tan solo los continuos delirios rompían el silencio de la habitación del enfermo. No consiguió averiguar si eran recuerdos o fantasías lo que lo acosaban en esas horas de oscuridad, ni entendió la naturaleza de sus pesadillas, pero de lo que estuvo segura fue de que aquellos días el hombre vivió un infierno en más de un sentido.

Por suerte para su propia salud, consiguió devolverlo al mundo de los vivos cuando estabilizó su temperatura y la leve infección de la herida comenzó a ceder, lo que permitió que esta comenzase el lento proceso de sanación sin más contratiempos.

Keylan se sentía como un viejo, desgastado y muy aporreado saco de boxeo, igualito al que él mismo tenía en su mansión para entrenarse cuando no estaba en la ciudad y no podía acercarse una hora o dos al cuadrilátero de su viejo amigo Krein.

Le dolía absolutamente todo, en especial el tórax, que le quemaba como el mismísimo demonio; la cabeza le martilleaba hasta hacerle desear arrancársela él mismo y, si hubiesen gritado fuego, no habría sido capaz ni de retirarse la sábana que cubría su mísero cuerpo desnudo y desvalido.

Recordó con bastante vaguedad el eco de un disparo repartido por el tosco páramo instantes antes de que una bala desgarrara su carne, y después ya nada más. El resto lo podía imaginar, viéndose tirado en esa cama. La puerta se abrió con suavidad y con bastante esfuerzo dirigió la mirada hacia allí. Observó al hombre que entró cuando se percató de que estaba despierto.

—Bueno, parece que podemos afirmar que la muchacha lo ha salvado, al fin y al cabo. —El enfermo solo le dirigió una mirada interrogante—. Está hecho unos zorros, ¿no es así?

—Me temo que sí —susurró con esfuerzo—. ¿Dónde estoy?

—En Oscuridad.

—¿Qué?

—Es el original nombre que mi señora le puso a nuestro hogar.

—Ah. Supongo que le debo a usted vida.

—Pues no. A no ser que sacar la bala cuente. Incluso ella se habría encargado de eso de haber podido —admitió con una sonrisa cariñosa aunque incomprensible para el hombre.

—¿Ella?

—Helailla. Es quien lo ha cuidado durante toda la semana. —Los ojos verdes se abrieron con asombro.

—¿Llevo inconsciente siete días?

—Ha estado a punto de morir, varias veces, pero la muchacha no tenía intención de permitírselo, así que se rindió a lo inevitable y vivió. —Keylan no sabía qué pensar, pero al menos tenía curiosidad por conocer a la mujer que lo había atendido con tanto celo.

—¿Puedo agradecérselo ahora?

—Me temo que no. La hija de la lavandera se ha puesto de parto y está teniendo complicaciones, así que ha ido a echar una mano. De otro modo, no se habría movido de la cabecera de su cama. ¿Hay algo que necesite?

—Agradecería mucho un buen baño.

—Por supuesto. Lo prepararán de inmediato. —Empezó a salir.

—Hum.

—¿Sí?

—¿Sería posible una comida caliente, también? Hace más de quince días que necesito algo sustancioso. —Su anfitrión sonrió afable. Por su altura y su complexión física, que eran impresionantes, debía de entenderlo bien.

—¿Después del aseo? —aventuró con una ceja alzada.

—Gracias. Por todo. —Se vio obligado a añadir.

—No ha sido nada. A propósito —dijo mientras volvía con lentitud a su lado y lo observaba con atención—, reconozco que la ocasión ha diluido un tanto las formalidades, pero realmente me agradaría conocer su identidad. —Los dos hombres se miraron unos instantes y luego el herido hizo una mueca. A decir verdad, había intentado que fuese una sonrisa, pero a su modo de ver seguía agonizando, así que no se le podía pedir mucho.

—Lamento no poder practicar mis reverencias. —El otro hizo un gesto socarrón con la mano, quitándole importancia al asunto—. Soy Keylan Drane Lorian, duque de Storncrass. —Curvó los labios ante el silbido bajo del otro.

—Y yo Dariel Crone, conde de Brangor —se presentó alzando su mano, la cual él se apresuró a estrechar con un gesto de dolor—. Me encargaré de que esté cómodo. O mi damita me descuartizará cuando regrese. —Y saliendo de la habitación, lo dejó confundido ante la importancia que aquella señora parecía tener en aquella casa.

Helailla se sentía agotada. Tras días de velar al desconocido sin apenas pegar ojo, y después de pasarse doce horas ayudando a la partera con el bebé de Lucye, solo el relajante baño con esencia de melocotón y lavanda, y el posterior tazón de sabrosa sopa de pescado, que engulló mientras caminaba por el largo corredor hacia la habitación del duque, consiguieron que siguiera aún en pie.

Meneó la cabeza con incredulidad, un maldito duque en las puertas de su casa. Imaginaba que sería un pomposo de los pies a la cabeza y que empezaría con desmesuradas necesidades y alarmantes peticiones en cuanto se recuperase lo suficiente como para formularlas. Se enderezó frente a su puerta, iba a deshacerse de él tan rápido como le fuese humanamente posible. Llamó con suavidad, borrando el ceño ante su último pensamiento. Escuchó unos pasos amortiguados por la alfombra y, antes de que se abriese, ya sabía que su primo estaba cuidándolo.

—Deberías haber descansado un rato más —la reprendió mientras la dejaba pasar.

—¿Cómo está? —preguntó obviándolo mientras se acercaba al lecho del enfermo.

—Dormido —contestó, malhumorado. Ella le dedicó una mirada dura por encima del hombro—. Bastante perjudicado, querida. Le han dado un tiro muy feo a escasos centímetros del corazón, por no hablar de la infección y la fiebre que lo han acosado todos estos días. Pero tú ya sabes todo esto —dijo en tono aburrido—. Tiene buena disposición, no es un dandi ni un maldito enclenque… Vale, vale —dijo con una sonrisa contrita al pescar su expresión—. Quiero decir que es un hombre joven, alto y fuertote como yo, no sé si me entiendes…

—Lo capto, Dare —lo cortó, seca.

—Está dolorido y muy débil. He tenido que ayudarlo a bañarse y hasta darle de comer, como si fuese su nana. —En el fondo, los dos sabían que no le había molestado gran cosa echarle una mano—. Imagina quién le ha dejado esa carita suave como el culito de un bebé —se jactó con ojos malignos. A Helailla no le quedó más remedio que sonreír. Era incorregible.

Keylan estaba siguiendo aquella curiosa conversación con muda fascinación, fingiendo que seguía dormido. Aún no había podido echarle un vistazo a la esposa de aquel hombre con pinta de guerrero, pero le sorprendió su voz, pues parecía de una muchacha muy joven. No era que su anfitrión fuese mayor, calculaba que rondaba la treintena y, con sus cabellos negros y sus ojos azules, que tiraban a grises, su considerable altura y su complexión fuerte y musculosa, imaginaba que no habría tenido problemas para encandilar a su dama.

—Bueno, ahora puedes irte a descansar. Ya me encargo yo. —El aire festivo había desaparecido.

—¿Estás segura?

—En absoluto. Eres demasiado protector. Anda, ve a jugar a lo que sea que los hombres hagáis en vuestro tiempo libre.

—Oh, cariño, de verdad no me puedo creer que me estés invitando a buscar a alguna moza descarada y… —Keylan abrió los ojos a tiempo de ver volar una almohada por la habitación.

—¡Sal de aquí, pedazo de bárbaro descarado! —La puerta se cerró antes de que el objeto impactase en ella, pero aún pudo escucharse la risa masculina al otro lado.

—Son un matrimonio un tanto atípico. —Helailla se giró con brusquedad ante la voz grave, sorprendida de encontrar al enfermo despierto.

—¿Qué tal se encuentra? —«En el cielo. En verdad, esa bala me tocó el corazón y me mató, y ahora estoy frente a un ángel rubio de pómulos altos y boca jugosa y sensual». De momento, se negó a sí mismo la oportunidad de evaluarla por debajo del mentón. Ella le había salvado la vida, así que le debía respeto. Además, no estaba seguro de poder afrontar una erección en su estado. Lo único que no encajaba en aquel cuadro perfecto eran las extrañas gafas de pequeña montura metálica con los cristales casi negros, que estaba seguro de que no eran de ver, porque esa tonalidad tan oscura no serviría para tal propósito. Al menos a él le impedía comprobar el color de sus ojos, y reconoció con una chispa de inquietud que le interesaba bastante ese dato. Ella seguía frente a él, con los brazos cruzados frente al pecho, esperando una respuesta.

—Eh, como un trapo, señora, pero imagino que notablemente bien dadas las circunstancias. Y me han comentado que debo agradecérselo a usted.

—No se moleste, Excelencia, cualquiera lo hubiera hecho. Ahora, si me permite, debo comprobar la herida, no sea que vuelva a infectarse.

—Mi nombre es Keylan y sería un honor si me llamase así. Su Excelencia es demasiado formal para alguien que me ha visto en paños menores, ¿no cree? —intentó bromear, pero no consiguió ni un amago de sonrisa por parte de la beldad. Ella se sentó en la mullida cama y con ademanes cautos le quitó la venda, que tenía algo de sangre fresca. Tocó los bordes de la herida, que ya no supuraban, la limpió, le puso un ungüento con un extraño olor y volvió a vendarlo. Si bien era eficiente y se notaba que sabía lo que hacía, sus movimientos eran comedidos, estudiados, poco fluidos, pero el duque no pensaba con mucha lucidez mientras aquellas pequeñas manos recorrían su torso desnudo. Parecían quemar cada centímetro que tocaban y pensó, no sin cierto cinismo, que al final sí iba a saber lo que era que se le empinase estando medio muerto.

—¿A quién se refería cuando mencionó a una pareja irregular? —preguntó la joven para aliviar un tanto la tensión que se había apoderado del cuarto.

—¿Hum? —musitó distraído mientras movía las caderas en un desesperado intento por ocultar la protuberancia que alzaba la sábana—. Oh, a lord Brangor y a usted, por supuesto. —Las manos que terminaban con su vendaje se detuvieron de inmediato, así que sus ojos volaron al hermoso rostro, que se mantuvo impasible. Pensó que no le contestaría y que se limitaría a acabar la tarea y marcharse, como pareció que sucedería cuando terminó el nudo y se levantó. Entonces ella miró hacia la ventana y concedió en voz en baja.

—Dare es mi primo y mi guardián más aguerrido, aunque yo no lo quiera. —Se dio la vuelta y tropezó con la silla que el conde había dejado fuera de lugar sin darse cuenta. El hombre se estiró por inercia, sin poder ocultar el grito de dolor que subió por su garganta, pero consiguió cogerla de la muñeca antes de que se desestabilizara del todo y cayera. Helailla corrió hasta él y utilizando toda su fuerza volvió a tumbarlo en la cama, rezando porque no se hubiera causado daños graves—. Maldito idiota, ¿por qué ha hecho eso?

—Porque soy todo un caballero. O al menos eso decía mi madre —contestó con los dientes apretados mientras trataba de tragar las náuseas provocadas por la angustia y un grandísimo tormento.

—Podrían habérsele saltado todos los puntos, y estaría desangrándose otra vez sobre mis sábanas.

—Le compraré media docena de juegos de cama. De seda —refunfuñó, a todas luces contrariado porque su gesto de ayuda no solo no fuese convenientemente agradecido, sino que a aquella desagradable mujer lo único que le importase fuera que le estropease las puñeteras sábanas.

—No es eso, diantres. No vuelva a hacer algo tan estúpido, ¿de acuerdo? A pesar de lo que crea que pueda ocurrirme, sabré arreglármelas, pero no… se… exponga… de… nuevo… por… mí… —Escuchó la fuerza, incluso la advertencia, impresas en cada palabra y se quedó mirándola del todo confundido.

—¿De qué está hablando, muchacha? —Entonces ella comprendió que no se había dado cuenta, y por un loco momento pensó ocultárselo, pero hacía mucho tiempo que ya no soñaba.

—Soy ciega. —Y con esas dos palabras dichas casi con desenfado, pero que martillearon su cerebro ducal, salió en línea recta por la puerta. Si no hubiera sido porque algún malnacido lo había dejado ya fuera de combate, esa señorita lo habría hecho con una efectividad pasmosa.

Helailla apenas había dormido esa noche. Tenía la cabeza hecha un lío y aquella era una desagradable novedad en su pacífico mundo, que la ponía nerviosa y, por qué no admitirlo, también la asustaba.

Habían pasado doce horas desde su triste confesión y ese era el tiempo que llevaba sin asomarse por la habitación del enfermo. Si hubiese sido más floja de carácter, se habría dicho que necesitaba aquel merecido descanso, cosa que era cierta, pero la verdadera razón de su deserción era que no podría soportar la pena y la compasión que aquel hombre derramaría sobre ella dada su nueva condición.

Ciertamente, era ciega, pero en los días que había pasado cuidando de él, también se había encargado de su higiene, tocando todo su cuerpo en el proceso y, admitió para sí misma sintiendo cómo se ruborizaba hasta la raíz del cabello, curioseando un poco mientras tanto.

Al fin y al cabo, el tacto para ella era su forma de verlo todo, su sentido más desarrollado, seguido del oído. Y, aunque en aquel momento le pareció que estaba vulnerando en cierta medida su intimidad, habida cuenta de que él estaba él inconsciente, procuró aliviar su conciencia diciéndose que de igual modo alguien tendría que asearlo y, con bastante seguridad, la criada que lo hiciese tendría menos escrúpulos que ella a la hora de plantar sus codiciosas manos en ese premio. Después de todo, aquel forastero era demasiado viril, recordó con un profundo suspiro, más propio de la antigua Helailla que de la mujer amargada en la que se había convertido.

Aquel cuerpo duro como el granito, repleto de firmes músculos y sin duda conseguido con una gran disciplina y mucho entrenamiento, estaba hecho para el delito, y la joven estaba convencida de que él había pecado mucho.

Poseía un físico poderoso y un rostro perfectamente tallado, de rasgos cuadrados, cejas pobladas, nariz recta y una mandíbula firme, que denotaba una fuerte voluntad. Tenía la completa certeza de que era una cara de una belleza absoluta. En resumidas cuentas, en lo que tenía que ver con su apariencia, era igualito a su hermano Reskan.

Recordó cuantas veces había soñado con conocer a alguien como Res, pero llegaba a destiempo. Era demasiado tarde.

—¿Intentas arrancar las malas hierbas o acabar con todo el jardín? —La irónica voz de Dariel llegó hasta ella desde atrás, a pocos pasos de distancia, señal inequívoca de su ensimismamiento, ya que era capaz de oír acercarse a cualquiera mucho antes de que consiguiera alcanzarla.

—Aún no lo he decidido.

—Un poco pronto para estar de tan mal humor, incluso para ti.

—Harías bien en apartarte de mi camino, entonces. —El hombre alzó una ceja ante la suave amenaza, pero la ignoró de todos modos.

—¿Es la ociosidad lo que te perturba… o nuestro ilustre invitado? —La cabeza femenina se giró con brusquedad hacia él, y estuvo seguro de que tras las oscuras gafas sus bonitos ojos echaban chispas—. Bueno, si lo pregunto es por tu nueva e inesperada reticencia a visitarlo —se justificó.

—Si tu intención es enfadarme antes de desayunar, he de decirte que estás haciendo un trabajo admirable —dijo con voz dura.

—¿Por qué? ¿Por unas inocentes preguntas?

—No hay una sola molécula inocente en todo tu cuerpo —atacó ella.

—Me ofendes —admitió en tono dolido.

—Tampoco eso es fácil.

—Que muchacha tan impertinente —comentó con humor—. Y, hablando de comer, ¿vas a subirle algo al pobre enfermo, o le has salvado la vida para terminar matándolo de hambre?

—Llévaselo tú —contestó malhumorada.

—De eso nada. Ese hombre es tu responsabilidad, así lo decidiste, querida. Además, en diez minutos salgo en una partida. Con un poco de suerte nos toparemos con la condenada banda y, si no, al menos regresaremos con una buena reserva de carne.

—Entonces dile a una de las criadas que lo haga —dijo con obstinación.

—¿Por qué? —preguntó a su vez, con voz acerada—. ¿Qué ha ocurrido para que te dé miedo acercarte a él?

—¡No me da miedo! —Entonces el significado completo de sus palabras penetró en su mente—. ¡Y, por el amor de Dios, si está postrado en la cama, ¿cómo te atreves a insinuar que ha intentado algo indecoroso?! —Estaba preciosa, con la melena suelta hasta la cintura, arrastrada por la brisa, las manos en las caderas, los exuberantes y jóvenes pechos ofrecidos por aquel escote debido a lo acelerado de su respiración. Hacía tiempo que no demostraba tantos signos de emoción, fuera la que fuese.

—Simplemente no entiendo que te hayas pasado una semana sin separarte de su lado y ahora lo eludas como si fuera un apestado. Nunca has sido una cobarde —añadió y clavó el cuchillo hasta la empuñadura.

Ella pareció no acusar el golpe, pero su primo la conocía muy bien y supo que aquel encuadre de hombros, la tremenda rectitud de su espalda y la barbilla tan levantada que debían de dolerle los tendones del cuello eran síntomas inequívocos de sufrimiento. Sin una palabra más salió de entre el estropicio que había causado en el jardín y se adentró en la mansión.

Dariel no sintió remordimientos por herirla, pues la joven necesitaba un potente revulsivo que la sacase de aquel peligroso estado de ánimo, y en ese momento el estímulo se llamaba Storncrass. Como gran seductor de mujeres que era desde hacía quince años, intuía que su huésped podía significar problemas para la joven, pero mientras estuviese tirado en una cama no representaba una amenaza. Al menos para la virginidad de la muchacha, pensó mientras recordaba su extraño comportamiento y veía, por primera vez en un año, una muy leve fisura en las magníficas defensas que había erigido a su alrededor.

Sí, era indicutible que aquel gallardo duquecito iba a suponer algunos cambios en los próximos días y estaba deseando verlos desde el palco de honor.

Keylan estaba tremendamente dolorido, como si llevasen días apaleándolo. Se sentía cansado hasta el agotamiento, a pesar de no hacer nada en todo el día aparte de estar acostado en aquel mullido lecho, razón por la cual le dolía tantísimo la espalda que estaba seguro de que iba a partírsele si no se levantaba pronto de allí.

Lo intentó, de veras, con todas sus fuerzas, pero estas parecían ser tan pocas que, cuando solo hubo conseguido sentarse en el borde de la cama –lo cual ya le había supuesto un soberano esfuerzo–, el mareo y el dolor lo habían obligado a dejarse caer de nuevo hacia atrás, vencido y sangrando a través del vendaje.

Le horrorizaba su propia debilidad, porque lo convertía en un ser vulnerable y dependiente, y era la primera vez que se encontraba en aquella situación. Y para más inri, quien lo cuidaba era una jovencita… ciega. Meneó la cabeza con incredulidad, quién lo hubiera pensado. Aparte de las extrañas gafas, nada denotaba su invalidez, pues actuaba y se movía como una persona normal. Se recriminó sus propios pensamientos, no había duda de que la ceguera suponía una discapacidad, pero, al recordar tanto la orgullosa postura como el tono de desafío de la muchacha al darle el notición, estaba bastante seguro de que se sentiría muy molesta si la palabra «normal» salía a colación en alguna de sus conversaciones.

Lo que ocurría era que aún no se hacía a la idea de que una mujer de una belleza tan arrebatadora, y además tan joven, estuviese privada de semejante don. Durante un rato intentó imaginar lo que sentiría él al no ver. Levantarse por la mañana y tener que afeitarse en la más completa oscuridad, comer, bañarse, vestirse… Miró hacia la ventana y pensó en no disfrutar de más días de bonitos amaneceres, no salir a cazar, ni a pescar, no practicar boxeo o esgrima con sus amigos… Con seguridad, muchas de sus amistades le darían la espalda, incómodos ante su nueva situación, aunque sus verdaderos camaradas se mantendrían a su lado, por supuesto. Y lo que quedaba de su ruinosa familia.

Al pensar en ello se preguntó si su anfitriona estaba tan sola por ese motivo. Tal vez el primo era el único ser querido que había aguantado firme tras la adversidad. Lo cual trajo una nueva cuestión a aquel enigma que estaba empezando a obsesionarlo. Demasiado tiempo libre, supuso. ¿Ella siempre habría sido ciega y desconocía toda la belleza que la rodeaba, o alguna tragedia era la culpable de su situación? Se le ocurrió que entonces quizá era peor, ya que de esa manera sabía lo que estaba perdiéndose, lo que resultaba mucho más cruel.

El estómago le rugió de hambre. Muchos habrían diagnosticado una clara mejoría ante la evidencia de su apetito, pero él siempre tenía hambre. Aquella hermosura estaba tomándoselo con calma esa mañana, pensó mirando con ojos entrecerrados el cielo, pues la hora del desayuno hacía rato que había pasado. En ese momento la puerta se abrió y la visión de rizos rubios y cuerpo de Venus entró en el cuarto cargando una gran bandeja que rezó porque fuese su almuerzo.

Se acercó con pasos lentos pero seguros hasta una mesa auxiliar, cerca de la cabecera de la cama, y depositó la fuente allí. Se preguntó cómo sabía la disposición del mobiliario y comprendió que era probable que todos tuvieran instrucciones de dejar las cosas exactamente en el mismo lugar a fin de que ella no tropezase. El incidente del día anterior con seguridad fue debido a que su primo olvidó poner la silla en su sitio. Se dio cuenta de que no podía ver que estaba despierto y la estudiaba, y le pareció feo observarla a hurtadillas.

—Buenos días —saludó con voz suave. Ella dio un leve respingo, pero siguió con la comida. El hombre inspiró los sabrosos aromas que despedían los diversos platos y la contempló trajinar con eficacia mientras acercaba una silla a su lado. Imaginó cuántas veces habría repetido todas las cosas básicas de la vida diaria para que le saliesen con aquella soltura y meditó lo triste que aquel pensamiento resultaba.

—¿Cómo se encuentra hoy, Excelencia? —Consiguió, con cierto esfuerzo, suprimir un gruñido ante el tratamiento que insistía en otorgarle.

—A riesgo de parecer un enclenque, confesaré que débil como un bebé. —Aquello casi le sacó una sonrisa. Casi.

—Es normal. La herida ha sido de extrema gravedad, la pérdida de sangre muy abundante y apenas han pasado unos días desde entonces. Dese tiempo y todo quedará en un triste recuerdo.

—Me da la impresión de que pasará bastante antes de que pueda reírme de esta anécdota —contestó de forma irónica.

—Bueno, seguro que a lo largo de su desenfrenada vida le habrán ocurrido una o dos cosillas interesantes. —Él alzó una ceja en actitud inquisitiva antes de comprender que no podía percatarse de ello.

—¿Qué le hace pensar que llevo una existencia tan… emocionante? —La joven detectó la nota punzante contenida en sus palabras y dudó. Quizás se trataba de uno de esos duques aburridos que únicamente se encargaban de sus propiedades y jamás le pasaba nada digno de mención hasta que se moría. Entonces recordó su poderoso cuerpo, todo hierro caliente y exuberante seda, conseguido a base de un durísimo programa de ejercicios, y supo que no se equivocaba con ese hombre.

—Me decepcionaría en caso contrario —dijo en cambio, y algo en su tono de voz hizo que él quisiese ser un célebre pirata, un aguerrido guerrero o un feroz bandolero—. ¿Tiene hambre? —preguntó cambiando de tema. Keylan desvió la mirada hacia el valle entre sus senos, apenas visible en el escote de su ajustado vestido.

—Mucha. —Los dedos femeninos se crisparon en torno a la cuchara que sostenía. No supo por qué, pero se sintió desasosegada ante aquella simple palabra, y notó una sensación extraña en los pechos que la desconcertó por su novedad.

—¿Café? —susurró. Él asintió. Entonces puso los ojos en blanco y lo repitió con voz constreñida.

—Solo, muy fuerte, con una cucharada de azúcar. —Se fijó en que había dos tazas—. ¿Usted no ha desayunado?

—No he tenido tiempo, pero bastará con un café. —El enfermo echó un vistazo a la fuente.

—Aquí hay muchísima comida, incluso para mí. Puede escamotearme un par de salchichas y un croissant. Incluso giraré la cabeza para que birle una tostada —dijo con ánimo juguetón.

—No se preocupe. No será la primera vez que me salto una comida, sin embargo, será mejor que empecemos. Tengo cosas que hacer.

—Vamos, milady, ¿se trata de pudor o de escrúpulos? ¿Por eso rehúsa compartir los cubiertos conmigo? —Ella apretó los labios. Por supuesto, no era correcto que comiesen del mismo plato, apenas eran unos extraños. Pero, aparte de que se le hacía la boca agua con solo oler las delicias que la cocinera había preparado para que el «invitado» recuperase fuerzas, el tonillo socarrón de este la impulsaba a hacer justo lo que él sugería. Se sirvió el café, muy parecido al suyo, y dio un sorbo al líquido oscuro y caliente.

—No crea que me manipulará con sus jueguecitos mentales, señor. —Keylan esbozó una enorme sonrisa, muy complacido. Aquella damisela era lista. Bebió de su propia taza cuando se la acercó a los labios y luego probó la deliciosa salchicha con salsa de arándanos. Se sintió decepcionado cuando ella no la tocó, pero entonces, después de degustar un estupendo jamón con guarnición de zanahorias y champiñones, observó con gran satisfacción cómo la joven, con cierta timidez, pinchaba una minúscula porción y se la comía.

—Está bueno, ¿eh? —la animó.

—Oh, cállese —lo regañó, metiéndole en la boca un enorme trozo de chuleta de cordero con espárragos verdes fritos que, en efecto, lo obligó a estar mudo durante un minuto entero, en el cual ella untó una tostada con mantequilla y mermelada de grosellas y la repartió entre ambos. Mientras masticaba con fruición, volvió a pensar en lo cómoda y hábil que se mostraba realizando todas aquellas tareas y en que, a pesar de lo vapuleado que estaba, en esos momentos se sentía relajado y muy a gusto.

—¿Se sabe algo de quién me disparó? —preguntó para prolongar aquel interludio lo máximo posible.

—Suponemos que se trata de una banda de ladrones que lleva operando por Oscuridad durante las últimas semanas. Hasta ahora siempre habían cometido sus robos de noche y nunca habían agredido a nadie, pero parece que se están volviendo más audaces.

—Yo no utilizaría esa palabra exactamente. —Helailla detectó el tono duro de su voz y alzó la cabeza—. No intentaron robarme —explicó—. Al menos, no mientras respirase. Estaba montado en mi caballo y lo último que recuerdo es el tiro en el pecho.

—Pero… no tiene sentido —dijo ella, con cara de perplejidad—. Vieron la funda de la espada que llevaba encima y aún conservaba el rifle en la silla. Creímos que usted se había defendido y por eso lo atacaron.

—Admito que estaba distraído y no me percaté de nada. Supongo que me tendieron una emboscada. Ni siquiera tuve oportunidad de desenfundar —contestó en tono cansado.

—Está exhausto. —Recogió las sobras, que básicamente eran migas a pesar de la ingente cantidad de comida que había subido.

—¿Me ofrecería otro excelente café? —pidió con voz suplicante. Ella se rio.

—Se ha bebido tres.

—Soy un adicto, lo reconozco. —Se lo sirvió y lo ayudó a beberlo.

—Voy a revisar la herida.

—Muy bien. —Cuando acercó las manos a la venda, él escuchó su jadeo.

—¡Está chorreando!

—Sí, intenté levantarme…

—En nombre de Dios, ¿por qué? —preguntó enfadada.

—Llevo días metido en esta cama y me duele muchísimo la espalda.

—¿Así que decidió que era más importante saltarse todos los puntos y abrirse la herida? —gritó.

—Señora…

—¡Y un cuerno!

—¿Eh? —La miró pasmado, al fin y al cabo, era un hombre correcto hasta el extremismo. Sus amigos se reían de él, aduciendo que jamás se apartaba de las buenas maneras y la corrección, y aquella sirena estaba gritándole como una verdulera y maldiciendo como el mejor pescador. ¡A él! ¡Un duque!

—Debí dejarlo morir. De todos modos, es lo que va a conseguir con su estupidez, pero entonces podría haberme ahorrado ocho días de hacer de enfermera las veinticuatro horas. —Un silencio absoluto siguió a sus palabras—. ¿Ya se ha muerto desangrado? —preguntó, mostrándose una clara esperanza.

—Tiene suerte de que esté postrado aquí.

—¿Ah, sí? —lo provocó, examinándose una uña en actitud desinteresada.

—Porque, si pudiese moverme, la cogería de ese delicioso cuello suyo y no pararía de apretar hasta que escuchase el inconfundible sonido que revelase que se lo he roto. —La levísima sonrisa femenina lo turbó, porque eran escasas y porque aquella descarada y malhumorada mujer nunca se dejaba intimidar. Claro que en ese momento se hallaba medio inválido y sabía que no podía cumplir su amenaza, pero se prometió que se vengaría cuando estuviese recuperado. La muchacha trabajó en silencio y de manera eficaz revisando el estado de su herida y cambiando el vendaje. Cuando estuvo de nuevo encorsetado con aquel montón de vendas limpias, lo recogió todo, dispuesta a marcharse.

—Por favor, no se vaya. —Por supuesto ella detectó la súplica que había intentado ocultar. Se giró hacia él, sin decir nada—. Yo… eh… —Suspiró de forma audible—. Está bien, ya no soporto más esta inactividad. Las horas parecen siglos sin nada que hacer, ni nadie que me haga compañía, y la columna se me va a partir de mantener esta postura un minuto más. Me voy a volver loco si continuo así más tiempo —dijo en tono quejumbroso. Helailla se quedó allí, muda, y él rechinó los dientes. Le había abierto su corazón y ella, insensible como era, lo pisoteaba como un campo de margaritas. Era una hermosura, pero fría como el río Orian, que fluía a través de Storncrass.

—Le conseguiré alguna distracción y, cuando pueda desocuparme, volveré y lo entretendré un rato. —Aunque el tono fue bastante cortante, Keylan sintió un calorcillo en el pecho.

—Muchas gracias, señora —aceptó con humildad. Ni siquiera pudo borrar la estúpida sonrisa de su cara cuando ella salió sin contestar.

Al poco rato tres jóvenes soldados que no estaban de guardia aparecieron por su cuarto cargados de juegos.

Entre los tres, y bajo órdenes muy precisas de la guardiana del castillo, consiguieron sentarlo en un sillón sin que sangrase una pizca, y pasaron las siguientes horas en un divertido interludio, jugando a las cartas, leyendo poesía y, como no, contando chistes verdes que a punto estuvieron de hacerle saltar varios puntos. Cuando al fin llegó la diosa rubia con la comida para relevarlos, los cuatro hombres protestaron.

—Vamos, muchachos, todos fuera. Vuestras propias viandas ya están servidas. —La mención del alimento fue suficiente para que saliesen, pero prometieron que volverían al día siguiente, ante la gratitud de su nuevo amigo—. ¿Lo ha pasado bien? —preguntó con amabilidad mientras empezaba a disponer las cosas.

—Mucho. Son buenos chicos.

—En efecto. —Acercó una silla y se sentó a su lado—. Han de serlo para aguantarlo. —Una sonrisa apareció en la boca masculina.

—¿Va a comer conmigo? —preguntó mientras observaba el juego extra de cubiertos y vajilla.

—Claro. Es mi turno de niñera —dijo fingiendo un tono ofendido—. ¿Se ha resentido su herida? —se interesó mientras lo ayudaba con la sabrosa sopa de marisco—. Porque, como haya vertido una preciosa gota de su sangre, le prohibiré las visitas —le advirtió de forma tajante.

—No se preocupe. Mi sangre azul no se ha desperdiciado en el damasco de su lujoso sillón —refunfuñó todavía dolido por su comentario del día anterior.

—Me alegro. Aún me debe seis juegos de sábanas —le recordó con malicia, lo que evidenció que tampoco ella lo había olvidado. Aunque en verdad era insufrible, reconoció que no era posible estar enfadado con ella mucho rato.

—A este paso le adeudaré medio ducado de aquí a que me recupere —dijo intentando parecer indignado, algo difícil con la boca llena.

—Entonces es un hombre muy pobre —aventuró ella.

—En absoluto. Se me considera uno de los mejores partidos de Dragarian —comentó muy ufano—. Las mamás me tiran a sus hijas casaderas a los pies cuando paso por su lado. —Ella se mantuvo en silencio un momento, y luego le ofreció la trucha rellena de jamón y acompañada de verduras.

—No sé si intenta decirme que está soltero, o se pavonea de lo solicitado que está —comentó con sequedad—. Aunque ninguna de las dos informaciones me interesa en lo más mínimo.

—Ambas suposiciones son correctas y si se lo cuento es porque ha puesto en entredicho mi economía. Le aseguro que es muy estable.

—Bien por usted.

—Hum, este estofado es estupendo, ¿no le parece? —preguntó cambiando de tema con habilidad.

—Lo que creo es que es un maestro en el arte de la evasión.

—Hay que saber moverse por el fangoso mundo de la diplomacia —concedió, en una muestra más de sus habilidades.

—Supongo que me he oxidado —admitió ella en voz baja.

—Quería preguntarle…

—No lo haga —lo cortó con voz muy dura mientras troceaba un grueso bistec de ternera. Keylan se moría por mirarla a los ojos, pero aquellas condenadas gafas que llevaba a todas partes como si fuesen un maldito escudo se lo impedían. Probablemente lo eran, pensó, negándose a creer que sus ojos estuvieran dañados de alguna forma y que las necesitase para ocultarlos de la vista. Miró en cambio sus delicadas manos, con los nudillos blancos de tanto apretar los cubiertos. Le extrañó que el filete no estuviese hecho puré.

—Todo el mundo tiene derecho a sus secretos, supongo —concedió pensando en sí mismo.

—O a conservar su intimidad —contradijo ella.

El opresivo mutismo que mantuvieron durante el resto de la comida estropeó los deliciosos platos preparados con tanto esmero, pero ninguno encontró el ánimo para romperlo. Cuando por fin terminaron con todo lo que había traído, como se había hecho costumbre, recogió con eficacia y lo dispuso de nuevo en la bandeja.

Se acercó despacio a la ventana y se quedó allí, de pie y sumida en el silencio.

Keylan intentó encontrar el modo de volver a conectar con ella, pero, viéndola a escasos metros y de espaldas a él, parecía tan impenetrable como un muro de hormigón. Supuso que en verdad aquella indómita mujer era tan inexpugnable como una ciudadela fuertemente protegida por el más feroz de los ejércitos. Y no por primera vez en aquellos días se preguntó, disgustado, qué terrible desgracia la habría empujado a ser así.

Unos suaves golpes en la puerta los salvó a ambos de aquel desagradable momento y, ante el permiso de la mujer, dos sirvientes entraron. El primero llevaba una bandeja con dos tazas y una jarra que su infalible olfato le dijo que era café, y el segundo retiró los platos con los restos de la comida. Cuando el criado hubo servido las bebidas, ambos se retiraron y los dejaron de nuevo solos. Escuchó el leve suspiro antes de ver cómo erguía los hombros y, dándose la vuelta, se dirigía a la mesa donde echó una cucharada de azúcar a la taza y se la acercó a los labios para que pudiese beber.

—Gracias.

—No me agradezca a cada rato, se lo ruego.

—Discúlpeme, soy un hombre educado —contestó contrariado.

—Lo sé, pero es algo tedioso e innecesario. De momento, usted está incapacitado para hacerlo por sí mismo y yo lo ayudo. Sé que me lo agradece y con eso basta, ¿de acuerdo? —Muy a su pesar, él asintió, después lo hizo en voz alta.

—Está bien. Veo que se está aficionando a este brebaje inmundo.

—Reconozco que no está mal —concedió a regañadientes.

—Deme algo de tiempo y veremos de qué otras maneras puedo pervertirla —dijo con suavidad. Fue una delicia verla sonrojarse.

—Mumm. ¿Y cómo podemos entretenerlo en las próximas horas? —preguntó para sí misma, obviando su tonto comentario.

—A mí no me pregunte —ronroneó en tono sugerente. Los colores se acentuaron en esas mejillas de porcelana. Una suave carcajada, porque en su estado no era capaz de una expresión de regocijo mayor, escapó de la boca de Keylan—. Me parece que bajo sus tiernos cuidados voy a recuperarme muy pronto —musitó risueño.

—¿Le apetece que le lea un rato? —Un silencio sepulcral recibió sus palabras. De inmediato el cuerpo femenino se tensó.

—¿Usted… puede? —cuestionó el joven con cautela.

—¿Quiere o no? —le preguntó con brusquedad.

—Claro.

—¿Con qué libro estaban antes?

—Con Los Poemas de Crosier —contestó dubitativo.

—Lo conozco. ¿En qué parte se quedaron?

—Terminamos el número veintitrés.

Después de una pausa, ella comenzó a recitar un nuevo poema como si en verdad estuviese leyéndolo de las páginas del usado volumen, pues repetía cada estrofa palabra por palabra.

—Hoy la he visto por primera vez y he sentido que toda mi existencia iba a cambiar. He dejado de ser un mero espectador de la vida para formar parte del todo que la conforma. Es la criatura más exquisita que he conocido y, aunque jamás la podré tener, su esencia, la inocencia que aún conserva, me perseguirán mientras viva, atormentándome día y noche, recordándome cuán malvado y mediocre soy en comparación. Hoy, sentado en este parque solitario, en este día claro y soleado, apenas un rato después de que ella se ha marchado, puedo ver en mi mente exacerbada y peligrosamente cerca de la locura más absoluta, su risa cristalina, sus ojos azules límpidos, mientras me mira con candidez. Ella es la pureza donde yo represento la corrupción. Ella desprende ingenuidad cuando yo solo significo maldad. La veo como a una quimera, como a algo inalcanzable porque sé que es intocable. Hoy me he enterado de que mi amada está casada.

Tenía una voz dulce y suave cuando se relajaba, que bastaba por si sola para hipnotizar a una boa constrictor. Cerró los ojos mientras la tranquila cadencia penetraba su consciencia y se quedó agradablemente adormilado. Se despejó cuando ella le puso una almohada tras la cabeza, por el ángulo del sol, supuso que varios versos después.

—Descanse. Volveré después.

—No —dijo, quizá con demasiada firmeza—. Solo disfrutaba escuchándola, pero, si está aburrida, quizá podríamos hacer otra cosa —sugirió esperanzado. Helailla quiso sonreír, pero, claro, se contuvo.

—¿Qué más trajeron los chicos?

—Mumm… Hay un montón de libros, un tablero de damas, dados… —Descartó los puzles y la baraja de cartas, ya que debido a su ceguera ella no podría utilizarlos—. Un ajedrez…

—Eso podría resultar divertido. —Una ceja masculina se levantó con interés.

—¿Juega?

—¿La pregunta correcta es si mi intelecto da para tanto? —El duque se rio, encantado.

—Estoy seguro de que me dará una paliza —concedió magnánimo, puesto que era un maestro en ese juego.

—Puede apostar a que sí —contestó, arrogante.

—¿Ah, sí? Pues hagámoslo más interesante —propuso con un brillo malicioso en su mirada que, aunque ella no pudo ver, sí fue capaz de sentir en todos sus huesos. Pese a que luchó con todas sus fuerzas, no consiguió abstenerse de preguntar:

—¿Qué sugiere? —Una lenta y lobuna sonrisa apareció en los labios masculinos.

—Si yo gano, obtendré un beso. —Por supuesto, no le sorprendió el jadeo indignado de la joven.

—¿Cómo se atreve?

—Creí que estaba segura de ganar, milady —la retó a sabiendas.

—Pero su comportamiento es escandaloso, de igual modo —lo reprendió. Él siguió en silencio, manteniendo su postura, jugándoselo todo en una baza, la de la curiosidad—. ¿Y qué gano yo si pierde? —preguntó al fin.

—¿Qué quiere? —La cabeza rubia se alzó de pronto.

—¿Qué? —preguntó asombrada.

—Le estoy dando carta blanca. Simplemente, ponga un precio. —Ella lo miró boquiabierta por primera vez desde que la conociera, sin saber qué decir, y Keylan disfrutó esa sensación contra el paladar, degustándola a placer—. ¿Y bien? —la instó con suavidad.

—Bueno… Ahora mismo no se me ocurre nada. —El hombre se divirtió con su turbación.

—¿Y si le digo que a cambio le ofrezco enseñarle algunos de los muchos placeres físicos a los que una señorita como usted no tiene acceso? —susurró con voz aterciopelada, observando con atención su reacción. Cuando esta llegó, segundos más tarde, al comprender con exactitud sus palabras, su cara se puso roja como la grana y se levantó de un brinco de la silla.

—Maldito cabrón… —Keylan parpadeó, asombrado. Habría esperado una bofetada, ciertamente se la merecía, pero aquel insulto le escoció mucho más que el sopapo no recibido.

—No pretendía ofenderla —se disculpó.

—Pues lo disimula condenadamente bien, se lo aseguro.

—Y usted tiene un lenguaje de lo más variopinto —contraatacó ceñudo.

—Reminiscencias de convivir con ocho hombres. Discúlpeme si al ultrajarme pretendiendo mi virginidad saca lo peor de mí.

—No soñaba con ir tan lejos. Al menos no en voz alta —admitió en un ataque de sinceridad, lo que le valió una mirada furiosa que supo interpretar aún a través de las oscuras gafas—. Helailla, ¿nunca se ha hecho preguntas? ¿No siente curiosidad por cómo es la pasión entre dos personas, el deseo físico por un amante? ¿Lo que ocurre entre un hombre y una mujer en la intimidad? —La respiración femenina se había vuelto irregular, sus manos apretaban los pliegues de su vestido a ambos lados de su cuerpo y su encantador rubor había subido dos tonos.

—Ha dicho que no… haríamos el amor —susurró con una vocecilla tan baja y mortificada que casi sintió pena por ella, pero no podía retroceder o la perdería para siempre, y de repente se dio cuenta de lo importante que era aquello para él.

—Y la mantendré intacta, pero hay numerosos y encantadores pasos previos que podemos saborear antes de ese momento. Le mostraré lo que es el placer más sublime, milady. Le enseñaré a disfrutar de su cuerpo y, si así lo quiere, también del mío —prometió como el pecador que era, y ella recordó ese magnífico cuerpo suyo, expuesto en una cama para su goce, y un sentimiento de avaricia empezó a recorrer sus venas ante la posibilidad de poseerlo—. Al fin y al cabo, ¿para quién se reserva aquí escondida? —atacó él sin piedad. Helailla se mantuvo en silencio durante una eternidad, perdida en sus pensamientos. Desde su posición, Keylan no podía ver su rostro, y esperaba con una ansiedad por completo desconocida para él su trascendental respuesta. Al fin, se giró y lo enfrentó.

—No puedo —susurró y el mundo pareció derrumbarse a los pies del duque—. No puedo decidirlo atropelladamente. Esto es… demasiado importante para mí. Necesito tiempo para pensarlo —concluyó algo perdida. Pero ni por asomo tanto como lo estaba el joven que la observaba aturdido y mudo. No lo había rechazado, repetía su cerebro sin cesar.

—Por supuesto, querida —obligó a decir a su lengua de trapo.

—Le contestaré mañana, entonces —dijo mientras se dirigía a la salida.

Solo cuando escuchó el suave sonido del resbalón de la puerta al cerrarse tras ella, se permitió llenar por completo de aire sus pulmones.

Un rato después llegó un animoso Dariel a pasar el rato con él, lo que le hizo suponer que su primita no le había referido nada de la escandalosa apuesta que le había ofrecido. Respiró aliviado, con lo débil que estaba no aguantaría ni el toque de la campana que anunciara el primer asalto con aquel terrible pariente.

Después de contarle que no se habían encontrado con los salteadores, aunque sí habían llegado a un pueblo en el que habían robado a varios de sus habitantes, y de relatarle las numerosas piezas de carne cobradas en la cacería que habían organizado, terminaron jugando a las cartas.

Keylan levantó la vista de su inmejorable mano y descubrió que el otro hombre lo observaba. Alzó una ceja como único comentario.

—¿Qué le has hecho a mi niña? —indagó en tono risueño. Hacía rato que habían dejado atrás las formalidades y comenzado a tutearse. El duque se echó a temblar. ¿Así que se lo había dicho? Se sintió muy decepcionado.

—¿Yo? —preguntó con aire inocente.

—Claro que tú. ¿Quién más puede alterarla tanto entre estas cuatro paredes? —Aquel calorcillo tan familiar se extendió por todo su cuerpo.

—¿Está… alterada? —cuestionó en tono neutro.

—Mucho. Como si hubieses agitado un avispero delante de su cara. —Keylan pensó que era bastante probable que fuera justo eso lo que había hecho—. Se ha marchado en su yegua como un vendaval y me ha ordenado que te haga compañía y me quede hasta que hayas cenado y te encuentres instalado en tu cama. —Imaginaba que después de prometerle una respuesta al día siguiente no aparecía por allí, pero no pudo evitar la desilusión que sintió al confirmar que no volvería a verla aquel día. Miró a su nuevo compañero a los ojos y una idea tomó forma de repente.

—Es una mujer… complicada —se atrevió a decir.

—Veo que eres todo un caballero —ironizó su anfitrión. Keylan frunció los labios para evitar reírse—. Y tu repertorio de eufemismos es ilimitado —añadió, lo que lo obligó a soltar la carcajada finalmente. Sujetándose el pecho, dolorido, echó en la cama sus cartas y aguardó a ver las de su adversario, que como esperaba fueron peores—. No nos jugamos nada —comentó este pellizcándose los labios. El duque alzó apenas los brazos.

—No tengo nada, ¿recuerdas? Esos bastardos me robaron todo cuanto llevaba encima después de darme por muerto. Si aún conservo a Talos es porque salió huyendo tras el disparo. —Una mirada calculadora apareció en los ojos grises—. Ni lo sueñes, amigo. Ese purasangre vale una fortuna, y no pienso jugármelo en un par de partidas amistosas.

—Pero es que así es tan aburrido… —se quejó, mohíno.

—Bueno, ¿y si intercambiamos información? —sugirió, intentando que pareciese que se le había ocurrido de manera fortuita.

—¿Oh?

—Podemos contarnos nuestras vidas, como un par de borrachos. —Alzó su copa de brandy en un gesto elocuente mientras el conde lo miraba con fijeza.

—Bien. Has ganado —concedió—. ¿Qué quieres saber? —Durante un segundo Keylan pensó seguir fingiendo, pero el día había sido largo y extenuante dado su estado de agotamiento, y reconoció para sí que sus ansias por entender ciertas cosas eran demasiado grandes para demorarse dando un rodeo cuando las respuestas estaban frente a él. Dejó que su vista se deslizara hacia los ricos tonos verdes y naranjas que el paisaje exterior le ofrecía.

—¿Por qué está tan… enfadada? —Dariel no necesitó que le aclarase a quién se refería. Aquellos dos estaban tan centrados el uno en el otro que no parecía que existiese nada más a su alrededor. Sonrió para sí.

—No siempre fue así —reconoció con una voz teñida de pena y dolor. Keylan desvió su mirada hacia su interlocutor de inmediato al detectarlo, pero el hombre también observaba el atardecer, perdido en los recuerdos—. Helailla era una muchachita a punto de presentarse en sociedad, burbujeante, encantadora y llena de vida. Ya la has visto, es hermosa hasta decir basta, se suponía que iba a causar furor y, con su actitud abierta hacia la vida, su carácter intrépido, su eterna bondad y su sinceridad irreverente, iluminaba tu existencia solo con estar allí. —El duque lo miraba extasiado, intentando conciliar la imagen de esa hada con la fría e inconmovible mujer que había conocido. Esperó con impaciencia que el conde continuase la detallada descripción, pero pareció que le faltaban las palabras.

—¿Y qué ocurrió? —lo urgió. Los ojos grises pestañearon y lo observaron con malicia.

—Esa, amigo, es otra pregunta. —El enfermo se apoyó en el respaldo del sillón, decepcionado.

—Reparte, pues —murmuró entre dientes, escuchando a la perfección la risilla socarrona del otro. La mano fue reñida, aunque le costó una barbaridad concentrarse mientras rumiaba todo lo que le había contado hasta ese momento, pero al final logró salir vencedor también en esa ocasión. Consiguió suprimir a duras penas un gesto de triunfo y en cambio alzó una ceja con soberbia—. ¿Y bien? —lo acicateó al ver que se mantenía tercamente callado.

—No puedo contestar a eso, querido muchacho, solo ella puede.

—¡Oh, vamos, me prometiste respuestas y he ganado! —contestó furioso.

—Sí, pero Lalla es demasiado sensible respecto a ese día, y me descuartizaría vivo si se enterase de que te he hablado de ello. Lo único que puedo decirte es que, después del… accidente, rompió con su familia, con la que estaba muy unida, y con toda su vida anterior, consiguió que le comprasen este sitio y se aisló aquí, según ella, para siempre —terminó en tono tormentoso.

—¿Cuánto hace de eso? —preguntó al caer en la cuenta de que no era ciega de nacimiento. Dariel alzó una ceja.

—No has contestado a mi primera pregunta —se justificó antes de que el otro se negase. Y recibió una media sonrisa sesgada en reconocimiento a sus esfuerzos.

—Un año. —Su anfitrión comenzó a barajar de nuevo, abriendo un nuevo abanico de posibilidades a su febril mente. Pero el maldito no estaba dispuesto a ponérselo fácil y le ganó las siguientes tres partidas, puesto que además de ser un excelente jugador, él estaba hecho polvo—. ¿Quieres algo para el dolor? —ofreció solícito, adivinando lo que le ocurría. Supuso que su estado debía de ser deplorable. Negó con la cabeza.

—Estoy bien. Sigamos. —El astuto hombre ya le había sonsacado acerca de su situación familiar, sobre la cual pasó bastante por encima sin que resultase muy evidente que no quería dar detalles, y su estado financiero. Ahí sí se explayó, hablando de sus propiedades, sus ingresos y sus inversiones para que le quedase claro que era inmensamente rico, quizá anticipando la pregunta que sabía que tarde o temprano terminaría haciéndole.

—De acuerdo. Mi siguiente interrogante es ¿hay una futura duquesa a la vista? —Keylan soltó una carcajada ante lo acertado de su anterior suposición. Aunque era normal que le preocupara que un hombre soltero viviera en la misma casa que su prima, quien además pasaba muchas horas a solas con él, le parecía un poquito presuntuoso por su parte esperar que pusiese sus ojos en la joven para casarse con ella. Además de no tener muy clara su posición social, no podía pasar por alto su ceguera, la cual era indiscutible que supondría un claro hándicap en el desarrollo de sus deberes como duquesa.

—Bueno, no hay una en particular, pero la decisión está tomada —afirmó. Los ojos grises brillaron sobre la copa de brandy que degustaba en esos momentos.

—No pareces muy contento.

—Porque no lo estoy, supongo. Pero la resolución es firme. Ahora he de elegir entre el montón de candidatas —dijo con un gesto de sufrimiento que no era en absoluto fingido. Ambos sabían a lo que se exponía si las damas de la aristocracia se enteraban de sus intenciones. Seguirían su estela, allá donde fuese, como hienas tras la carroña. Su vida sería un infierno hasta que hiciese su elección, y como no iba a conformarse con una sosaina recién salida de la escuela, con poco cerebro y toda rubores y risillas tontas, tardaría un tiempo en encontrar a alguien compatible con sus gustos y necesidades. Por otro lado, tampoco debía ser muy inteligente, se recordó con el ceño fruncido, o podría averiguar más cosas de las que estaba dispuesto a desvelar.

—Sí, para alguien como tú elegir esposa debe ser un cometido muy peligroso —adujo risueño.

—O como tú —dijo señalando al conde con el dedo.

—Oh, yo estoy a salvo. No tengo ninguna intención de caer en las garras sanguinarias de una femme fatale —aseguró del todo convencido.

—Pero ¿y tu título? ¿Los herederos?

—Al diablo con ellos —contestó enojado. Keylan lo estudió durante unos instantes, evaluando su aparente despreocupación.

—No lo dices en serio.

—¿Por qué? No todos hemos nacido para ser unos devotos maridos como tú. —Le escupió en tono socarrón.

—No es el caso —murmuró entre dientes.

—¿Oh? ¿Cuántos años tienes, muchacho? —El enfermo entrecerró los ojos y le lanzó una mirada asesina, pero era toda la amenaza de la que era capaz en esos momentos. Dariel esperó con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Veintitrés —soltó al fin.

—¿Ves? Parece que tienes prisa por ponerte los grilletes.

—Soy un duque, por todos los santos, es mi deber perpetuar mi linaje y proteger al resto de mi familia. Además —admitió muy a su pesar—, me gustan los niños. —Una aristocrática ceja se alzó ante aquella afirmación, pero sin ánimo de ofender, tan solo ofrecía cierta curiosidad, por lo que se vio impelido a continuar—. Siento que ha llegado el momento de llenar Storncrass de pequeños diablillos que correteen por los enormes pasillos de la mansión, y de verlos deslizarse por el pasamanos de la interminable escalera hasta el vestíbulo, de cambiar pañales, secar lágrimas, curar raspones y contar cuentos de hadas y dragones… —De repente se percató de la mirada asombrada de Brangor y se apresuró a ocultar su ansiedad por vivir todos aquellos momentos con la mujer adecuada.

—Es un bonito cuadro el que has pintado —dijo con voz grave. La llegada de la cena lo salvó de contestar, y esta pasó en un apacible silencio.

El conde cumplió su promesa y lo ayudó, junto con dos criados, a volver a la cama, que por una vez fue muy bienvenida, pues estaba tan agotado que apenas consiguió corresponder al «buenas noches» del otro hombre antes de quedarse dormido.

Dariel lo observó pensativo, apoyado en una de las columnas del lecho. Aquel joven ocultaba algún que otro secreto, lo presentía, pero había podido darse cuenta de que era un buen tipo, y andaba nada más y nada menos que tras… una esposa. Sonrió despacio. Qué casualidad que su desolada primita estuviese al alcance de su mano y que ambos contasen únicamente con él como carabina, porque como que era el conde de Brangor que aquellos dos iban a terminar limpiando los mocos de los mozalbetes con los que el duquecito soñaba.

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Capítulo 2

Helailla temblaba como una hoja, abrazada a sus rodillas, su pálida melena caía sobre sus brazos y muslos, y ocultaba su rostro. Sus gafas estaban en el mullido suelo cubierto de vegetación, como siempre que estaba sola. En verdad las odiaba, pero detestaba más la idea de que los demás pudiesen observarla a placer sin ellas, rebuscar en su mirada desenfocada sin que se percatase de ello. Eso la horrorizaba. Aquellos cristales tintados eran su barrera contra el mundo, una más de todas las que había erigido a su alrededor. Y funcionaba tan bien como el resto.

A veces echaba de menos a la jovencita que había sido hasta hacía no tanto, lamentaba tanto haberse visto obligada a perderla… Sobre todo, ese día.

Ese día, cuando un hombre de ensueño con un cuerpo magnífico le proponía iniciarla en las artes del amor, enseñándole a gozar del placer físico y si, como había dejado claro, era lo bastante valiente, a satisfacerlo a él.

Por supuesto, si le hacía aquel ofrecimiento era precisamente porque ya no era esa muchacha. Tenía muy presente que de seguir conservando su visión podría aspirar a mucho más. Habría tenido su tan ansiada presentación en sociedad y disfrutado del galanteo de los jóvenes más poderosos de los mejores reinos. Nada habría sido poco para ella. Reskan y su padre se habrían encargado de que así fuera, al igual que sus seis primos.

Suspiró y una lágrima caliente y solitaria, la primera en diez meses que se permitía derramar, resbaló por su perfecta mejilla hasta perderse en alguna parte. Qué desconcertante que fuese a causa de un perfecto desconocido, pero él le importaba, le… llamaba la atención como la llama de una vela a una polilla, reconoció con honestidad.

Y a su corazón desbocado y a su entrepierna inquieta le importaban un rábano que su mellada condición actual solo le dejasen el papel de amante de alguien como él, se dijo escandalizada incluso ante ella misma.

Porque aquel era el único papel que podría interpretar en la vida de un hombre. Ni siquiera creyó que sería posible. ¿Quién desearía llevarse a la cama a una maldita ciega?

Pero él quería, repetía su mente sin cesar.

Decía que tan solo deseaba jugar un poco, pero había admitido que lo ansiaba todo. Y quizá aquella fuera su única oportunidad para vivir una gran pasión. Cuando él se recuperase, lo cual no tardaría en ocurrir, dada su excelente condición física, se marcharía para proseguir con su vida y la oferta expiraría.

¿Por qué dudaba entonces? ¿Qué era lo que la tenía paralizada de miedo desde que lo había dejado el día anterior? Había prometido darle una respuesta ese día y a falta de dos horas para la cena seguía allí sentada en el claro, escuchando el apacible sonido del agua del lago, dándose fuerzas… ¿Para qué?

Se apartó el pelo de la cara con un movimiento furioso y con una inspiración profunda cogió las gafas y se levantó.

Fuese lo que fuese lo que le iba a contestar a ese apuesto granuja, pensaba presentarse ante él con el mejor aspecto posible, así que se dispuso a usar el tiempo que le quedaba para llegar armada hasta los dientes.

Keylan estaba que se subía por las paredes. Todas sus visitas, entre las que se incluían sus jóvenes amigos del día anterior y otro par nuevo que se añadió a mediodía para sustituirlos, así como un divertido y exasperante conde, se habían afanado por hacerle la jornada más llevadera, pero nada podía desviarle de su obsesiva idea de que aquella moza maliciosa no había aparecido en todo el maldito día.

Estaban a punto de subirle la cena y se imaginaba que su anfitrión se quedaría a ayudarlo y a acostarlo. ¡Si tenía que levantarse por su cuenta y salir a buscarla a rastras por toda la maldita casa, por Dios que lo haría! Aunque se abriese el pecho en canal, pero aquella noche tendría su contestación como le había prometido, para bien o para mal. Se negaba a creer que fuese una cobarde, sin embargo, a la vista estaba que no parecía tener intenciones de aparecer y los nervios se lo estaban comiendo vivo.

Entrecerró los ojos con furia. Parecía que el canalla de Dariel se olía algo, podía ver cómo estaba disfrutando de lo lindo. Claro que la deserción de su prima era evidente para cualquiera y supuso que también su propio malhumor.

Cuando por fin se encontró acostado y el puñetero de Brangor se despidió, prácticamente echaba espuma por la boca y creía que se le iba a fracturar la mandíbula de tanto apretar los dientes aguantando las chanzas en apariencia inocentes del otro, referentes a la ausencia de la dama.

Con cautela apartó la sábana, preparándose mentalmente para el esfuerzo que iba a tener que hacer tan solo para poder sentarse, y se preguntó, furioso consigo mismo, si sería capaz de hacer lo que aquella noche se proponía. Cogió una bocanada de aire y tensó el cuerpo, dispuesto, y entonces escuchó el movimiento del picaporte y vio cómo la puerta se abría y… todo, absolutamente todo, dejó de existir salvo la deslumbrante visión de oro y borgoña que atravesó la estancia con una gracia y una elegancia innatas, y se quedó a escasos pasos de la cama, donde la luz que él había pedido que mantuviesen encendida iluminaba su artístico recogido, el cual dejada aquel esbelto cuello tan a la vista, tan tentador, y que remarcaba ese perfecto rostro nacarado. El delicado y precioso vestido del color de un rico vino, con un escote de vértigo que le enseñaba los maduros y opulentos senos que se moría por acariciar, delineaba cada curva de su deliciosa figura, y la joven tenía muchas. Su mirada hambrienta volvió a ascender por ese cuerpo de escándalo hasta la suculenta boca entreabierta. Tragó saliva con dificultad, parecía un melocotón maduro listo para comer, y deseó con toda su alma hundir su lengua en ella para degustarla a placer.

—Ha venido —consiguió decir, con gran esfuerzo.

—Le dije que lo haría.

—Sí, pero… —«Cállate tonto, no irás a admitir que pensaste que se había rajado, ¿no?»—. Es tarde —fue todo lo que se le ocurrió, pues aún no podía creer que de verdad estuviese allí, y vestida para matar. ¿Qué significaba aquello? ¿Era una buena señal o un mal augurio? Dada su vasta experiencia con el sexo femenino, se enorgullecía de conocer sus reacciones, pero aquella en particular le traía por el camino de la amargura porque entre otras cosas era del todo impredecible.

—Es todo el tiempo que he tardado en encontrar el valor —musitó en una admirable muestra de coraje.

Keylan sintió que algo se derretía en su interior. En sus ansias por conquistarla había perdido de vista un enfoque importante, aquella muchacha no solo era virgen, también era inocente como un corderito en cuanto a hombres se trataba, y había sido criada bajo normas del decoro y la virtud tan estrictas, que solo haber sacado a colación ese tema se consideraba una infracción grave de las leyes del universo. Era consciente de cuánto le estaba pidiendo y también de que era un completo canalla por hacerlo, pero la propuesta había surgido sin pensar, y una vez que salió de su boca fue incapaz de retirar su oferta, por lo atrayente y seductora que le resultó la idea. Nada le impediría tenerla, nada, se juró mientras la observaba una vez más con mirada ardiente, ni siquiera su aire vulnerable a pesar de su barbilla alzada y sus hombros erguidos, ni tampoco pese a su deslustrada caballerosidad, pues en esos momentos quien clamaba satisfacción no era el tranquilo y refinado duque, sino alguien más primario, más humano en sus necesidades y extremadamente salvaje, una especie de cazador que desconocía que se mantuviese oculto en su interior hasta que descubrió a la que sería su presa. Y una vez olfateada no tenía escapatoria.

—¿Para negarse el gusto o para darse la satisfacción? —preguntó a bocajarro. Porque el predador había asomado la cabeza y ya no estaba dispuesto a retirarse y, además, si esperaba un segundo más su respuesta, le iba a dar un infarto.

—Para decirle que esta apuesta no me parece justa. —Los pulmones del hombre se quedaron sin aire y por un instante se sintió aturdido y perdido.

—¿Perdón?

—Bueno, si gana, recibirá un beso por mi parte —recordó ella con impaciencia.

—Hablando de eso. Las condiciones de ese beso las detallaremos ahora, si no le importa.

—¿Con… diciones?

—No pensará que me conformaré con un simple roce, como haría una niñita buena, ¿verdad? Quiero un beso como Dios manda. En la boca, por supuesto, con lengua, húmedo, sensual, ardiente, embriagador… Debe durar al menos tres minutos y tiene que dármelo usted. Yo tan solo me dejaré hacer. —Las mejillas femeninas estaban encarnadas y se retorcía las manos con nerviosismo virginal.

—Pero eso es… escandaloso —susurró desfallecida.

—Pues imagínese cómo será lo que le haré yo si usted gana —prometió con voz sedosa. Helailla retrocedió un paso, pero volvió a su lugar de inmediato. «Bien por ti», admiró él.

—Lo sé.

—¿Lo sabe? ¿Realmente, milady? —La acicateó con malicia, y también de forma bastante estúpida, pensó. Si la asustaba en ese momento podría negarse. Pero aquello era preferible a que dijese que sí y luego se arrepintiese en el peor momento. Mejor que supiese a qué se enfrentaba desde el principio.

—Sí, mi hermano me lo explicó hace dos años.

—¿¡Qué!? —preguntó pasmado.

—Res me ofreció una educación igual a la suya salvo en un aspecto y cuando un día se lo eché en cara él… subsanó mis lagunas de manera muy eficaz. —El duque pensó que era mejor no seguir preguntando cuando se percató de lo colorada que se había puesto tras su extraña confesión, pero la curiosidad lo mataba.

—¿Y exactamente de qué manera la… iluminó? —Aunque se esforzó por mantenerse serio ante su evidente bochorno, no pudo evitar que una ligera sonrisa le tironeara de los labios.

—Bien, lo primero que hizo fue despejar de forma gráfica mi mayor incógnita.

—¿Que sería? —inquirió siguiéndole el juego.

—Cómo es el cuerpo masculino. —Hizo una pausa para crear efecto—. Desnudo —Y lo consiguió, la maldita. Todos y cada uno de sus músculos se pusieron rígidos ante la pregunta de en qué forma le había enseñado aquel descerebrado un espécimen en cueros a su inocente hermana. «Que haya sido en un libro», suplicó.

—¿Cómo? —exigió entre dientes.

—Bueno, claro, Res me mostró su propio cuerpo —adujo risueña. Keylan la miraba estupefacto. Por todos los demonios, su hermano se había desnudado para ella… Entonces suspiró aliviado, al menos así desconocía que había cierta parte que se erguía con insolencia ante la presencia de una mujer, siempre que esta no fuera de tu familia…

—Entonces aún hay cosas que ignora.

—¿Se refiere al asombroso aumento de tamaño de su…?

—Sí, a eso —la cortó, casi tartamudeando. Dios, no recordaba cuándo una mujer le había hecho ruborizar por última vez, si era que alguna lo había conseguido—. ¿Es que su hermano se excitó en su presencia? —preguntó primero incrédulo y después furioso. Si aquel tipo era de esos, se encargaría de él, juró.

—Por supuesto que no. En aquel entonces ya estaba enamorado de la que hoy es mi cuñada y bueno, una cosa llevó a la otra y… al final resultó que la clase fue más provechosa para mí de lo que él había previsto, lo cual fue un alivio, porque en un principio quedé bastante decepcionada. —Keylan soltó una carcajada, imaginando la escena que le había retratado. Definitivamente, aquella familia era bastante atípica—. Después, Res me explicó la teoría —remató ella, acabando de golpe con su risa.

—¿La… teoría?

—Um-hmm. Todos los… pasos previos a la culminación, y también el propio acto en sí. Con todo lujo de detalles. —Notaba que tenía la boca abierta de par en par, y con seguridad la expresión más estúpida que hubiese mostrado nunca, y por primera vez dio gracias porque ella no pudiese verlo. Al final no le quedó más remedio que cerrar la boca y preguntarse si no era el hombre más afortunado de la Tierra, ya que debía de ser la primera virgen que sabía con exactitud por lo que iba a pasar, pasito a pasito, durante todo el proceso de seducción. Si era que se decidía a ser seducida, se recordó con el corazón encogido.

—Volviendo al tema que nos ocupaba… Si no he entendido mal, usted se estaba quejando de nuestro acuerdo.

—Ah, sí. Bueno, verá, ya hemos discutido su precio en caso de que usted venza, pero, si soy yo la que gana, me mostrará algunos de los… eh… deleites sensuales de los que una pareja puede disfrutar junta.

—En efecto —contestó para animarla a continuar, aunque una sonrisa ladeada jugueteaba en su boca al escuchar cómo ella había llamado a lo que pensaba hacerle, que era ni más ni menos que volverla loca de placer para que le suplicase que la poseyera una y otra vez, en todas las posturas y lugares conocidos por el hombre. Incluso tal vez se inventase un par nuevas, pensó ansioso por ponerse manos a la obra.

—Pero en ese caso usted también saca provecho de mi triunfo —afirmó con los brazos cruzados en actitud desafiante. Keylan parpadeó, descolocado. ¿Qué pretendía, que no disfrutase acariciándola? ¿Que no se excitase llevándola a la culminación? ¿Pensaba que era de piedra?

—Ejem. Bueno, milady, la cuestión es que invariablemente algunos de los beneficios serán mutuos, sí, pero el fundamento de todo esto es que será usted la única que aprenderá a conocerse a sí misma. Y como muestra de buena fe, subiré la apuesta y le prometo que le proporcionaré grandes cantidades de placer en cada ocasión. —Era obvio que la joven estaba avergonzada, pero no retrocedió, inspiró con fuerza y giró la cabeza en su dirección.

—¿Habrá alguno de esos orgasmos de los que me habló Res? —preguntó en un quedo susurro. El duque se mordió el labio, dispuesto a no reírse. Oh, Señor, aquello iba a ser memorable.

—Le proporcionaré cuantos pueda manejar, cielo —prometió con voz sensual.

Ella se movió hasta la ventana y Keylan gruñó para sí, aquella zona estaba a oscuras y la muchacha quedaba fuera de su vista. Permaneció allí algunos minutos, inmóvil y en silencio, inaccesible y en apariencia inalterable. Inalcanzable. Sentía todo el cuerpo rígido por la tensión, esperando su respuesta como una sentencia. Ella no podía rechazarlo, no debía negarles a ambos aquello.

Si hubiera estado en plenas facultades, se habría levantado y en dos zancadas habría estado a su lado, y le habría hecho olvidar con sus manos y su boca sus fragmentadas reticencias, tachándolas de absurdas por la descarnada necesidad que aún desde la cama podía sentir en ella. Pero seguía preso de su débil cuerpo y tenía que conformarse con permanecer tumbado esperando las tan ansiadas o temidas palabras.

—Hela… —Ella se encogió ante el cariñoso apelativo, pero al fin se giró hacia él y con un revoloteo de faldas volvió a su lado—. Necesito una respuesta. Por favor —se obligó a suplicar. De momento, ella repartía las cartas, aunque él sabía que pronto se cambiarían las tornas. Entonces, sin previo aviso, la joven le lanzó algo. Con una mueca de dolor cogió el pequeño objeto al vuelo y abrió la mano. Lo observó durante unos segundos, incapaz de reaccionar, y después su aturullado cerebro se despejó lo suficiente como para recordar su propio nombre. La exquisita reina de jade verde lo miraba entre sus propios dedos, desafiante e incitante, como la mujer que se la había arrojado con tanto descaro. Meneó la cabeza. Tenía que tener cuidado porque esa muchachita tenía todas las papeletas para convertirse en un gran problema para él—. Traiga el tablero —pidió con suavidad.

—¿Ahora? —preguntó, mitad sorprendida, mitad horrorizada.

—¿No es un buen momento? ¿Quizá tenía otras cosas que hacer? —preguntó mofándose de ella, pues eran más de las once.

—No, pero… no creí que querría empezar en este momento… —«Cariño, lo que de verdad desearía sería dejarnos de tonterías y terminar justo ahora», pero, si admitía eso, saldría corriendo y no pararía hasta que se hallase sana y salva bajo el techo de su querido hermanito, el de ideas progres, como mostrarse como Dios lo trajo al mundo y en estado de máxima excitación para instruir a una inocente muchachita en temas sexuales, se recordó molesto. ¿Qué tipo de educación le habría brindado aquel descerebrado? Ella había dicho que se había equiparado a la de un hombre, y aquel pensamiento bastó para que se echase a temblar.

—¿Y ha venido armada con ese vestido tan solo para decirme que acepta nuestro juego? —Había en su pregunta un matiz de diversión que la perturbó, pero como sus palabras eran un fiel reflejo de sus propios pensamientos lo dejó pasar. Se mantuvo indecisa un momento, no obstante, la realidad era que se moría por recibir su primer beso, o su primera lección de seducción. Cualquier de los dos acontecimientos le parecía igual de excitante.

—¿Dónde… dónde está?

—A su derecha. Encima del chifonier.

Poco después ambos estaban instalados con comodidad en la cama, él medio incorporado con ayuda de la mullida almohada y de unos cuantos cojines y ella, deliciosamente seductora sentada sobre sus piernas recogidas, mientras sus delicados y preciosos pies asomaban entre los pliegues del vestido. Hacía rato que, quitándose con gesto distraído los zapatos, los había dejado caer sobre la alfombra, tan concentrada en el juego que no se percataba del efecto que tenía en él cada vez que se inclinaba sobre un codo, meditabunda, y le ofrecía otra ración extra de pechos cremosos, o jugueteaba nerviosa con un pálido tirabuzón cuando él se comía una de sus preciadas piezas. Y ay si era ella la que le arrebataba una de las figuritas, entonces tenía que agarrarse del borde de la cama para observar codicioso cómo se mordía el carnoso labio inferior antes de obsequiarle con una deslumbrante sonrisa de presunción. Era todo un espectáculo, tan lejano de la imagen de mujer fría y estoica que le había brindado en los últimos días que lo tenía por completo hechizado. Y entre eso, tener que comentarle cada movimiento, y mover las piezas de ambos, su concentración estaba sufriendo un duro revés. Quizás por eso ella ganó la primera partida. O fue lo que se dijo para aliviar un tanto su negra conciencia, pues al fin y al cabo estaba plenamente decidido a pervertirla. De la cabeza a los pies, se burló el conquistador recién descubierto. Aunque también admitió que era muy buena, como había asegurado.

—He… ganado —dijo un tanto insegura.

—Así parece —concedió en ningún caso ofendido por la derrota—. Y es hora de reclamar su premio, ¿no cree? —Un espeso silencio se apoderó de la habitación y el hombre se temió que una vez llegado el momento de la verdad se fuera a echar atrás, presa del pánico.

—¿Qué… qué tengo que hacer? —preguntó en un ligero susurro. Volviendo a respirar de nuevo, el duque se permitió una leve sonrisa de admiración.

—Tú, nada, chérie —le aseguró mientras acariciaba su delicada muñeca para luego coger su mano y tirar con delicadeza, de modo que se fuese tendiendo a su lado, pero ella, aunque no se zafó del agarre, tampoco cedió. El hábil cazador podía oler su miedo y eso era lo último que deseaba despertar en aquella mujer—. Únicamente concéntrate en disfrutar. Y, si en cualquier momento deseas parar, tan solo házmelo saber, me detendré en el acto. Te doy mi palabra de honor.

Con mucha suavidad hizo un segundo intento de acercarla a él y esa vez sí se deslizó por su cuerpo hasta quedar tumbada de costado, sin embargo, estaba tan rígida como una tabla. Estaba preparado para eso; aunque jamás jugaba con vírgenes, sabía que cada lección le costaría un triunfo. No obstante, tenía la absoluta certeza de que los esfuerzos bien valdrían las recompensas. Delineó los contornos de su perfecto rostro hasta que llegó a las detestadas gafas e hizo el amago de quitárselas, pero la muchacha echó la cabeza atrás en el último momento.

—No —susurró asustada.

—No pasa nada, cariño, déjame verte —pidió con voz dulce.

—Déjalas —dijo apartando la mano que volvía a acercarse a la pequeña montura.

Keylan suspiró, quería comprobar el color de sus ojos, y se negaba en redondo a preguntárselo, pero según estaban las cosas era mejor no seguir presionando en ese punto. Ya habría otra ocasión para librar esa batalla. Como seguía inclinada hacia atrás aprovechó la oportunidad para besar ese suave y casi infinito cuello de cisne. Le dio pequeños besos a todo lo largo y ancho, y cuando no le quedó ni una porción de piel sin tocar sacó la punta de la lengua y lo degustó a placer. Aquel pequeño juego tan sensual sirvió para que su dama se relajara, y sonrió apenas cuando escuchó el dulce y femenino suspiro de deleite que escapó de sus labios.

Teniendo tan cerca esas dos poderosas razones que tanto lo habían atormentado en los últimos días, no pudo contenerse más. Como la parte superior del vestido era tan escasa, solo tuvo que dar un tirón seco al corpiño y después meter las dos manos en el escote para sacar sus maduros pechos, sin necesidad de desabrochar ni uno solo de los botones de su espalda. Helailla jadeó ante la osada maniobra, y él se apresuró a tranquilizarla tomando sus pezones entre los dedos índice y pulgar, y frotándoselos con delicadeza con movimientos circulares. Sus pezones eran grandes y rosados, igual que las rosas con las que compartían el color, y mientras él los convertía en capullos duros y rugosos, pequeños guijarros listos para algo más, ella encorvaba la espalda, ofreciéndose desinhibida. Y aquella era una invitación que él no pensaba declinar. Así que mientras con su enorme mano abarcaba uno de sus senos y lo masajeaba con fruición, acercó la lengua al otro y, lamiendo el tenso botón, arrancó un gemido de gozo de la mujer que se derretía entre sus brazos. A continuación, lo succionó como si quisiera tragárselo y ella lo cogió del pelo con fuerza, y acercó su cabeza aún más, animándolo a continuar. Como si él necesitase que lo alentasen, pensó irónico, preguntándose con inquietud cómo sería capaz de detenerse cuando llegase el momento. Estaba terriblemente excitado, tanto que el dolor de su entrepierna era insoportable, y solo podía pensar en enterrarse en ese cálido cuerpo que se abrazaba con abandono a él, pero las líneas de su juego, como las de la partida de ajedrez, estaban trazadas, y tenía que jugar todas las manos antes de dar el último paso, o lo echaría todo a perder. Dedicó toda su atención al otro pecho, deseando tenerla desnuda y obligándose a ser paciente.

Helailla se sentía mareada de placer. Jamás en su vida pensó que las desvergonzadas explicaciones de su hermano sobre las relaciones amorosas en realidad significaran aquello. Reconoció, no sin una pizca de fastidio por su inocencia, que una cosa era la hipótesis y otra muy distinta la práctica, pero, que Dios la perdonara, sabía que lo que estaba haciendo estaba mal, sin embargo, le importaba un maldito comino. Se sentía tan bien, tan pletórica, tan… encendida. Tan viva. Por primera vez en un largo y aciago año se veía como la superviviente de una tragedia y no como la pobre tarada a causa de un accidente. Aquel imponente macho la hacía vibrar porque era deseada, una mujer completa, y, si no se andaba con cuidado, po

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