Una casa propia

Deborah Levy

Fragmento

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1

LONDRES

En enero del invierno de 2018 compré un platanero pequeño en un puesto de flores a la entrada de la estación de Shoreditch High Street. Me sedujo con sus hojas verdes anchas y trémulas y también por las hojas nuevas enroscadas, a la espera de abrirse al mundo. La mujer que me lo vendió llevaba unas voluptuosas pestañas postizas de color negro azulado. Me pareció que sus pestañas se extendían desde las tiendas de bagels y los adoquines grises del East London hasta los desiertos y montañas de Nuevo México. Las delicadas flores invernales de su puesto me recordaron a la artista Georgia O’Keeffe y su manera de pintar las flores. Como si nos las presentara una a una por primera vez. En sus manos, las flores se volvían peculiares, sexuales, extrañas. A veces parecía que sus flores hubieran dejado de res­pirar bajo el escrutinio de su mirada.

Cuando coges una flor con la mano y la miras con atención, por un instante se convierte en tu mundo. Yo quiero darle ese mundo a alguien.

GEORGIA O’KEEFFE,

citada en el New York Post, 16 de mayo de 1946

O’Keeffe había encontrado la que sería su última casa en Nuevo México, un lugar donde vivir y trabajar a su ritmo. Algo que, como solía insistir, debía tener. Había dedicado años a restaurar esa casa baja de adobe en el desierto antes de mudarse a ella. Recuerdo que hace tiempo, cuando viajé a Santa Fe, Nuevo México, en parte para visitar la casa de O’Keeffe, al llegar al aeropuerto de Albuquerque me mareé. El conductor me explicó que era porque estábamos a 1.800 metros sobre el nivel del mar. El comedor del hotel, propiedad de una familia de nativos americanos, tenía una gran chimenea de adobe con forma de huevo de avestruz. Yo nunca había visto una chimenea ovalada. Era octubre y nevaba, así que acerqué una silla a los troncos encendidos y me bebí una taza de mezcal humeante, que por lo visto era bueno para el mal de altura. La chimenea curvada consiguió que me sintiera bienvenida y serena. Me atrajo hacia su centro. Sí, adoraba aquel huevo ardiente. Debía tener aquella chimenea.

Yo también buscaba una casa donde vivir y trabajar y crearme un mundo a mi ritmo, pero incluso en mi imaginación ese hogar aparecía difuso, indefinido, falso, o irreal o falto de realismo. Anhelaba una casona vieja (a cuya arquitectura ahora le había añadido una chimenea oval) y un granado en el jardín. Tenía fuentes y pozos, llamativas escaleras circulares, pavimentos de mo­saico, vestigios de los rituales de todos los habitantes que me habían precedido. Es decir que era una casa viva, vivida. Una casa encantadora.

El deseo de ese hogar era intenso y, no obstante, no lograba ubicarlo geográficamente, ni tampoco sabía cómo conseguir una casa tan espectacular con mis escasos ingresos. De todos modos, la añadí a mi cartera de propiedades imaginarias, junto a otras propiedades menores igualmente imaginarias. La casa del granado era mi mayor adquisición. En ese sentido, era dueña de una propiedad irreal. Lo raro era que cada vez que intentaba imaginarme dentro de la vieja casona, me entristecía. Me daba la impresión de que la cuestión era buscar un hogar, y ahora que lo había adquirido y la búsqueda había concluido no me quedaban troncos que añadir al fuego.

Entretanto tuve que cargar el platanero desde Shoreditch en autobús y tren hasta mi piso en el bloque ruinoso de la colina. El platanero crecía en una maceta y medía unos treinta centímetros. La florista de las largas y voluptuosas pestañas postizas me había informado de que la planta prefería ambientes más húmedos. Hasta el momento había sido un invierno frío en Reino Unido y ambas coincidimos en que también nosotras querríamos ambientes más húmedos.

Mientras iba en el tren camino de Highbury e Islington, le añadí algunos detalles a mi propiedad irreal. Pese a la chimenea oval, mi gran casa estaba ubicada a todas luces en un clima cálido, cerca de un lago o del mar. No quería una vida donde no pudiera nadar a diario. Me costó admitirlo, pero me importaban más el océano y el lago que la casa. De hecho, me conformaría con una humilde cabaña de madera a orillas de un océano o un lago, pero de algún modo me despreciaba por no albergar sueños más ambiciosos.

Me parecía que adquirir una casa no era lo mismo que adquirir un hogar. Y el hogar conectaba con una cuestión que ahuyentaba cada vez que aparecía. ¿Quién más vivía conmigo en la vieja casona del granado? ¿Vivía sola con la fuente melancólica por compañía? No. Estaba claro que había alguien más conmigo, hasta puede que refrescándose los pies en la misma fuente. ¿Quién era esa persona?

Un fantasma.

Mi plan para el platanero consistía en incorporarlo al jardín que había organizado en los tres estantes del cuarto de baño. Sabía por las suculentas que disfrutaban de su vida de desplazadas en el norte de Londres que el platanero agradecería el vapor caliente de la ducha. Siete años después de mudarme aún no habían reformado el bloque de pisos, y los pasillos grises se veían incluso más deteriorados. Como el amor, necesitaban cuidados urgentes. Al platanero le daba igual el estado del edificio. En todo caso, pareció alegrarle el traslado y empezó a lucirse, a desplegar sus hojas anchas y venosas.

Las atenciones que dedicaba a la planta despertaron la curiosidad de mis hijas. Las dos concluyeron que me había obsesionado con el platanero porque la pequeña pronto se marcharía a la universidad. La planta, según me dijo la menor (de dieciocho años), era mi tercera hija. Su función consistía en reemplazarla cuando se fuera de casa. Durante los meses de crecimiento de la planta, mi hija me preguntaba «¿Cómo le va a tu nueva niñita?» y señalaba el platanero.

Pronto viviría sola. Si había comenzado una vida nueva después de separarme de su padre, parecía que pronto, con cincuenta y nueve años, tendría que volver a inventarme otra. No quería pensar en ello, así que me puse a empaquetar algunas cosas para trasladarlas a mi nuevo cobertizo.

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2

Era, literalmente, un oasis entre palmeras, helechos y bambúes. No podía creerme la suerte que había tenido. El jardín que rodeaba mi cobertizo nuevo para escribir, construido sobre una tarima, recordaba a una selva tropical. En realidad debería haberle ofrendado el platanero a aquel jardín, pero como decían mis hijas, la planta había pasado a formar parte de la familia. Mi casero me dio la llave de la entrada lateral del jardín para que no tuviera que interrumpirle en la casa principal. El día que llegué me dejó un jacinto dentro del cobertizo. Desprendía un aroma abrumador y acogedor a partes iguales. Puede que quizá hasta violento. Desempaqueté tres vasos rusos para el café con asas de plata, una cafetera, un tarro de café (100 % arábica), dos mandarinas, una botella de oporto rubí (restos de Navidad), dos botellas de agua con gas, galletas almen­dradas de Italia, tres cucharillas, el portátil y dos libros. Y un alargo, por supuesto, esta vez una bobina con cuatro enchufes. Mi casero, oriundo de Nueva Zelanda, había plantado el jardín de alrededor del cobertizo con estilo, imaginación y quizá también cierta nostalgia. Pensé que había recreado un poco de Nueva Zelanda en el código postal NW8 de Londres, es decir, que su tierra natal acechaba en aquel jardín londinense porque todavía le perseguía.

Una vez, en un festival literario en Austria, conocí a una escritora rumana que había llegado como refugiada a Suiza en 1987. En Zúrich había alquilado una habitación en una calle que le recordaba a la suya de Bucarest. Y luego había decorado la habitación de Zúrich igual que la de Bucarest. La escritora rumana me recordó que yo, a los veintinueve años, había escrito un libro de relatos titulado Swallowing Geography. De hecho, no me había olvidado de que había escrito todo un libro, pero me gustó que ella lo sintiera como nuevo. Me contó que había colgado en la pared junto a su cama las palabras de la narradora:

Cada nuevo viaje es un lamento por lo que se deja atrás. El trotamundos a veces intenta recrear en un lugar nuevo lo que ha dejado atrás.

Tenía la sensación de estar intentando que el nuevo cobertizo de escribir se pareciera al viejo.

Desenrosqué el cable del alargo y preparé una cafetera. Y luego brindé con la taza de café por la escritora de Bucarest. «¿Cómo estás? —le pregunté mentalmente—. Espero que te vaya bien». Nos habíamos reído juntas en Austria porque me había contado que alguien del público había levantado la mano para pedir que les hablara de su país de nacimiento. Había vivido en uno de los regímenes comunistas más opresores del mundo y se esperaba una gran pregunta sobre cómo puede trabajar un escritor con el lenguaje cuando se destruyen las libertades, o sobre la lucha por recordar y olvidar y volver a recuperarse. Temía no ser capaz de contestar. «¿Podría decirme, por favor, si allí se puede beber el agua del grifo?», quiso saber esa persona del público. A lo que las dos habíamos añadido más tarde: «¿Podría, por favor, darme la contraseña del wifi? ¿Y hay mosquitos?».

El nuevo cobertizo se asemejaba bastante a la vida que quería, incluso aunque fuera un apaño temporal. Es decir, no era mío, no me pertenecía, lo alquilaba, pero poseía su ambiente. Hasta los pájaros ingleses trinando y piando en el NW8 sonaban tropicales. Todavía no había vaciado del todo mi viejo cobertizo, pero Celia (la antigua casera) había puesto su casa a la venta y yo sabía que tenía que buscarme otro sitio.

El cobertizo nuevo quedaba cerca de Abbey Road, donde transcurriría mi próxima novela, El hombre que lo vio todo. Yo acechaba Abbey Road y la calle me perseguía a mí. El difunto y genial ensayista Mark Fisher había escrito «El hogar está donde está el espectro», y desde luego ese era mi caso. En cierto modo yo seguía siendo el espectro que ocupaba el viejo cobertizo de escribir porque muchos de mis libros languidecían en sus estantes. Mi ordenador de sobremesa seguía viviendo en su escritorio, cubierto ahora por una sábana blanca. La estufa provenzal que había comprado para calentarme en invierno se había convertido en el hogar de pequeñas arañas y sus vastas telarañas geométricas.

Mientras, un espectro merodeaba justo aquí en el cobertizo nuevo, en la primera página de uno de los libros que había traído conmigo. Dentro encontré una dedicatoria del padre de mis hijas fechada en 1999, cuando todavía estaba casada y vivía en nuestra casa familiar.

A mi querido amor por la última Navidad del siglo con mil años de devoción

Me impactó. Tuve que soltar el libro y dejar que el perfume del jacinto anestesiara el momento como la morfina. Luego volví a cogerlo y miré la dedicatoria. Me pregunté quién era aquella mujer espectral de hacía veinte años, la mujer que había recibido aquel libro con su amorosa dedicatoria.

Intenté conectar con Ella (mi yo más joven), recordar cómo había reaccionado al regalo en su momento. No quería verla con excesiva claridad. Pero intenté saludarla. Sabía que Ella no querría verme (mírate, casi sesenta años y sola) y yo a Ella tampoco (mírate, con cuarenta años, ocultando tu talento, tratando de mantener a la familia unida), pero ambas nos acechábamos a través del tiempo.

Hola. Hola. Hola.

Mi yo joven (feroz, triste) sabía que no la juzgaba. Ambas habíamos perdido y ganado varias cosas en los veinte años que nos separaban del momento en que había recibido aquel regalo con su amorosa dedicatoria. De vez en cuando me venían imágenes de la casa familiar. La acechaba mi infelicidad, y aunque yo intentaba cambiar de ánimo y encontrarle algo bueno, la casa no cedía a mi deseo de formarme un recuerdo nuevo de su ánimo. El bloque ruinoso de la colina era mucho más humilde que aquella casa, y aun así reinaba en él un ambiente más animado, sereno, amable, esperanzado en lugar de desesperado.

Volví a mirar la dedicatoria.

A mi querido amor por la última Navidad del siglo.

Lo raro era que el libro en sí (de un escritor famoso) trataba de un hombre que había dejado a su familia y se embarcaba en una nueva vida con varias mujeres. Una de esas jóvenes lo adora hasta el punto de sacarle los mocos de la nariz. Lo ha convertido en el propósito de su vida, pero no sabemos nada de su propio sentido en la vida. Practican mucho el sexo pero no tenemos ni idea de si ella disfruta tanto como él. Si el personaje femenino siente o piensa, sus sentimientos y pensamientos giran en torno a él.

Era probable que ese libro lo hubiera pedido yo en su momento, así que quizá hubiera decidido pasar por alto todo eso, o quizá quisiera descubrir algo. Al fin y al cabo, me lo había llevado al cobertizo nuevo. Sí, después de todos estos años todavía quería descubrir algo sobre escribir un personaje, en particular uno femenino. Después de todo, pensar, sentir, vivir y amar con mayor libertad es el sentido de la vida, por tanto, construir un personaje femenino que no tiene vida constituye un proyecto interesante. La historia del libro trata­ba de una mujer que había regalado su vida a un hombre. Algo que no debería probarse en casa, pero es donde suele ocurrir.

¿Cómo encara un escritor la ingente tarea de privar a un personaje femenino de conciencia, incluso de una vida inconsciente, como si fuera la cosa más normal del mundo? Quizá en el mundo del escritor sea normal. Y no obstante crear cualquier tipo de personaje en la ficción exige mucho trabajo. La escritora y directora de cine Céline Sciamma había apuntado que cuando se dota de subjetividad a un personaje femenino, este recupera sus deseos. Pensé que tal vez un escritor de la generación del autor de aquel libro ni siquiera alcanzara a imaginar crear un personaje femenino con deseos que no fueran los suyos propios. En cierto modo, el personaje femenino de su historia no existe. Lo que faltaba eran los deseos de esa mujer. Por eso me había servido el libro. Su falta de conciencia era un hogar que yo intentaba desmantelar con mi vida y mi trabajo. El mercado inmobiliario es complicado. Alquilamos y com­pramos y vendemos y heredamos, pero también derribamos.

En ese momento estaba inmersa en el final de la novela de Elena Ferrante La niña perdida, en la que Lila, al borde ya de la setentena, ha desaparecido sin dejar rastro. Las vidas de Lila y Lenù han transcurrido entrelazadas desde la infancia a la madurez, pero finalmente la desaparición de Lila las separa. «Quería a Lila —escribe Lenù—. Quería que durase. Pero quería ser yo quien la hiciera durar». Al acabar el libro, Lila se ha convertido en un personaje femenino inexistente.

Sentada en una silla junto a la ventana de mi nuevo cobertizo, me pregunté por qué me interesaban tanto esos personajes femeninos desaparecidos. Quizá no me refería tanto a personajes que desaparecen literalmente (como Lila), sino aquellos a los que les faltan los deseos.

¿Y las mujeres que cumplían sus deseos pero luego eran eliminadas, cuyas vidas se reescribían, cuyas existencias volvían a contarse para diluir su poder y minar su autoridad? ¿Quizá estuviera buscando una gran diosa que, en la reescritura patriarcal de su existencia, se hubiera perdido y desaparecido?

Pensaba en Hécate y las encrucijadas con sus antorchas llameantes y sus llaves, en Medusa con sus serpientes y su mirada letal, Artemisa con sus perros de caza y sus ciervos, Afrodita con sus palomas, Deméter con sus yeguas, Atenea con su lechuza. Cuando veía a ancianas excéntricas y a veces de mente frágil dando de comer a las palomas en las aceras de todas las ciudades del mundo, pensaba: Sí, es ella, es una de esas diosas liquidadas a las que la vida ha enloquecido.

¿Acaso las diosas eran bienes raíces propiedad del
patriarcado?

¿Las mujeres son bienes raíces prop

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