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—Little Man, ¿podrías avanzar? Si sigues así llegaremos tarde por tu culpa.
Mi hermano menor no me hizo el más mínimo caso. Tomando con mayor firmeza su cuaderno envuelto en papel de periódico y su almuerzo, un pan de maíz y salchichas guardados en un pote de aluminio, continuó concentrado en el camino polvoriento. Se fue quedando varios pies detrás de mí y de mis otros hermanos, Stacey y Christopher-John, y procuraba que el oxidado polvo de Mississippi que se levantaba no volviera a caer sobre sus zapatos negros lustrados y sobre los puños de su pantalón de pana, por lo que levantaba alto cada pie y lo volvía a colocar suavemente. Siempre meticulosamente arreglado, el pequeño de seis años nunca permitía que sus pertenencias se estropearan con alguna suciedad o lágrimas o manchas. Hoy no era la excepción.
—Sigue así y nos harás llegar tarde a la escuela. Mamá te va a dar una paliza —lo amenacé, tirando con exasperación del cuello alto del vestido dominical que mamá me había obligado a usar el primer día de escuela, como si ese evento fuese algo especial. A mí me parecía que ya era una concesión suficiente ir a la escuela en una luminosa y calurosa mañana de octubre hecha para correr por los senderos frescos del bosque y vadear descalza por la laguna. Usar ropa de domingo ya era pedir demasiado. Christopher-John y Stacey tampoco estaban muy entusiasmados con la ropa y la escuela. Solo Little Man, recién comenzando su carrera escolar, halló atractivas las perspectivas de ambas.
—Ustedes mejor se adelantan y se ensucian, si eso quieren —contestó, sin siquiera levantar la vista de sus estudiados pasos—. Yo, me mantendré limpio.
—Apuesto a que mamá te “limpiará” a ti, si sigues así… —lo amenacé.
—Ah, Cassie, déjalo ser —me advirtió Stacey, frunciendo el ceño y pateando con irritación el camino.
—No he dicho nada más que…
Irritado, Stacey me lanzó una mirada y yo guardé silencio. Su disposición había sido muy amarga este último tiempo, y me molestaba. De no haber sabido la causa de ello, podría haber olvidado fácilmente que él era, a los doce, más grande que yo, y que le había prometido a mamá llegar a la escuela luciendo limpia, como una señorita.
—Rayos —murmuré finalmente, incapaz de contenerme de hacer más comentarios— no es mi culpa que tengas que estar en el curso de mamá este año.
El ceño de Stacey se frunció aún más y apretó los puños dentro de sus bolsillos, pero no dijo nada. Christopher-John, caminando entre nosotros, nos miró incómodo, pero no interfirió. Era un niño de siete años, bajito y rechoncho. No le interesaba mucho meterse en problemas y prefería estar en buenos términos con todos. Sin embargo, siempre era sensible a los demás, así que deslizó el asa del pote con su almuerzo de su mano derecha a su muñeca derecha, y el cuaderno manchado de su mano izquierda a su antebrazo izquierdo, y hundió sus manos libres en los bolsillos. Para acompañar este gesto, intentó reproducir en su rostro tanto la expresión malhumorada de Stacey como la molestia mía, pero, luego de unos instantes, pareció olvidar que tenía que estar enfadado y comenzó a silbar alegremente. Pocas cosas podían desanimar por mucho tiempo a Christopher-John, ni siquiera pensar en la escuela.
Tiré nuevamente del cuello de mi vestido y arrastré mis pies en el polvo, permitiendo que este volviese sobre mis calcetines y zapatos como una nieve roja y granulosa. Odiaba el vestido. Y los zapatos. Eran pocas las cosas que podía hacer con un vestido puesto, y los zapatos no hacían más que encerrar a unos pies amantes de la libertad y acostumbrados a sentir la calidez de la tierra.
—Cassie, deja eso —rompió el silencio Stacey, mientras el polvo se arremolinaba en nubes alrededor de mis pies.
Levanté la vista, lista para alegar. El silbido de Christopher-John se había intensificado, transformándose en un sonido estridente, agudo y nervioso, pero, en lugar de decir algo, a regañadientes dejé de hacer lo que estaba haciendo y avancé lenta y silenciosamente, envuelta en mi mal humor. Pasado un momento, mis hermanos se quedaron tan pensativos y silenciosos como yo.
Ante nosotros el camino estrecho y manchado de sol marcaba el paisaje como una serpiente roja y perezosa, dividiendo la ladera de bosque alto y silencioso de viejos árboles a la izquierda, de la plantación de algodón a la derecha, poblada de gigantescos tallos de color verde y púrpura. Una cerca con alambre de púas bordeaba la plantación, extendiéndose hacia el este por más de un cuarto de milla hasta que se encontraba con la colina verde que indicaba el límite de los cuatrocientos acres que pertenecían a mi familia. Un viejo roble en la colina, visible incluso ahora, era la marca divisoria oficial entre la tierra de los Logan y el comienzo de un bosque denso. Más allá de la barrera protectora del bosque, vastos campos de cultivo, trabajados por una multitud de familias de aparceros, cubrían dos tercios de una plantación de diez millas cuadradas. Esa era la tierra de Harlan Granger.
Tiempo atrás, nuestra tierra había formado parte de las tierras de Granger, pero este la había vendido durante la Reconstrucción a un yanqui para poder pagar sus impuestos. En 1887, cuando la tierra se puso a la venta nuevamente, nuestro abuelo había comprado doscientos acres, y en 1918, luego de haber pagado los primeros doscientos, compró otros doscientos. Era tierra fértil, una gran parte aún bosque virgen, y la mitad de la propiedad no tenía ninguna deuda en nombre de ella. Pero sí había una hipoteca por los doscientos acres comprados en 1918 y, además, había que pagar impuestos por los cuatrocientos. Por tres años seguidos no habíamos ganado suficiente dinero de la cosecha de algodón para pagar ambas cosas y además costear la vida.
Esa era la razón por la cual papá se tuvo que ir a trabajar en el ferrocarril.
En 1930 cayó el precio del algodón. Por lo tanto, en la primavera de 1931, papá salió en busca de trabajo, yendo hasta Memphis por el norte y hasta la región del Delta del Mississippi por el sur. Había ido también al oeste, hasta Luisiana. Fue allí donde encontró trabajo construyendo las vías para el ferrocarril. Trabajó el resto del año lejos de nosotros, y no regresó hasta el invierno cuando la tierra estaba fría y estéril. La primavera siguiente, una vez que terminamos el período de plantación, hizo lo mismo. Ahora era 1933, y papá nuevamente estaba en Luisiana trabajando en las vías.
Una vez le pregunté por qué se tenía que ir tan lejos, por qué la tierra era tan importante. Él tomó mi mano, y con ese modo suyo de hablar, pausado y pensativo, me dijo: “Mira afuera, Cassie. Todo eso te pertenece. Nunca has necesitado vivir en el lugar de nadie, y mientras yo viva y la familia sobreviva, nunca tendrás que hacerlo. Eso es importante. Puede que no lo entiendas ahora, pero un día lo harás. Ya lo comprenderás”.
Miré con extrañeza a papá, porque sabía que no toda la tierra me pertenecía a mí. Una parte pertenecía a Stacey, otra a Christopher-John, y otra a Little Man; sin mencionar la parte que pertenecía a la abuela, mamá, y a tío Hammer, el hermano mayor de papá que vivía en Chicago. Pero en su mente papá nunca había dividido la tierra: era simplemente la tierra de los Logan. Por ella, él trabajaría el largo y caluroso verano martillando fierro; mamá sería profesora en la escuela y administradora en la granja; la abuela, a sus sesenta años, labraría como una mujer de veinte las plantaciones y mantendría la casa; y mis hermanos y yo usaríamos ropa raída y desteñida, del color del agua del lavaplatos. Pero siempre los impuestos y la hipoteca quedarían pagados. Papá dijo que un día yo entendería todo eso.
Yo lo dudaba.
En el lugar donde la pradera terminaba y las largas ramas de los árboles del bosque de los Granger cubrían ambos costados del camino, un niño alto y demacrado apareció de pronto desde un sendero del bosque y dejó caer su brazo delgado sobre los hombros de Stacey. Era T.J. Avery. Su hermano menor, Claude, emergió un momento después sonriendo sin fuerzas, como si le doliera hacerlo. Ninguno de los dos llevaba zapatos, y su ropa dominical, remendada y rota, colgaba con soltura de sus cuerpos frágiles. La familia Avery eran aparceros en la tierra de los Granger.
—Bien —dijo T.J., balanceándose airoso al paso con Stacey—, aquí vamos una vez más comenzando el año escolar.
—Así es —suspiró resignado Stacey.
—Vamos, no te lo tomes así —dijo T.J. animadamente—. Tu mamá sí que es buena profesora, yo lo sé. —Ciertamente debía saberlo. Había reprobado el curso de mamá el año pasado y ahora volvía por una segunda oportunidad.
—¡Claro! Es fácil para ti decir eso —exclamó Stacey—. No tienes que pasar todo el día en una sala de clases con tu mamá.
—Mira el lado positivo —dijo T.J.—, piensa en las ventajas que tienes. Vas a aprender todo tipo de cosas antes que nosotros… Vas a saber lo que preguntará en los exámenes, por ejemplo —agregó, con una sonrisa cómplice.
Stacey apartó el brazo de T.J. de sus hombros.
—Si eso es lo que piensas, no conoces a mi mamá —dijo Stacey.
—Oye, tampoco te enojes, era solo una idea —replicó T.J. impávido. Se quedó pensando por unos momentos, y luego dijo— Apuesto a que les puedo contar todo sobre ese incendio que hubo anoche.
—¿Incendio? ¿Cuál incendio? —preguntó Stacey.
—Vaya, ¿es que no se enteran de nada? El incendio donde la familia Berry. Pensé que su abuela les había ido a ver anoche para saber cómo estaban.
Por supuesto que sabíamos que la abuela había visitado a unos enfermos anoche. Ella era hábil con las curaciones y las medicinas, y la gente cuando se encontraba enferma solía llamarla a ella en vez de a un doctor. Pero no sabíamos nada de ningún incendio y yo, con certeza, no sabía nada de la existencia de la familia Berry.
—¿De quiénes habla, Stacey? —le pregunté—. No conozco a ninguna familia con ese apellido.
—Viven lejos, del otro lado de Smellings Creek. A veces vienen a la iglesia —dijo Stacey, ausente. Luego se volteó hacia T.J.— El señor Lanier vino a casa muy tarde a buscar a la abuela. Dijo que el señor Berry estaba muy enfermo y que necesitaba de su ayuda para curarlo, pero no dijo nada sobre un incendio.
—Está muy enfermo, ya lo creo… Es que acabó con unas quemaduras que casi lo matan. Él y sus dos sobrinos. ¿Y quieren saber quién lo hizo? —preguntó T.J.
—¿Quién? —preguntamos juntos Stacey y yo.
—Bueno, como parece que no saben nada de nada… —dijo T.J. Siempre hacía esto, tenía una manera realmente odiosa de estrujar los chismes, era desesperante—. A lo mejor no debiera decirles nada. Puede que les duela lo que van a oír.
—¡Oye! —dije yo—. No empieces con esas cosas de nuevo.
En realidad, no me caía bien T.J., y que hablara así no ayudaba.
—Vamos T.J. —dijo Stacey—, dilo ya.
—Ya, bueno… —murmuró T.J., y luego se quedó en silencio, como si estuviera considerando si debía o no hablar.
Alcanzamos el primero de los dos cruces y doblamos hacia el norte; una milla más y llegaríamos al segundo cruce donde doblaríamos hacia el este nuevamente.
—Bien. Verán, el incendio donde los Berry no fue un accidente. Unos hombres blancos les prendieron fuego —dijo T.J. finalmente.
—¿C-c-c-ómo es eso? ¿Les prendieron fuego como si fueran pedazos de madera? —balbuceó Christopher-John, con ojos incrédulos.
—¿Pero, por qué? —preguntó Stacey.
T.J. se encogió de hombros.
—No lo sé. Solo sé que fueron hombres blancos, eso es todo.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté, escéptica.
—Porque yendo a la escuela tu mamá pasó por mi casa y se lo contó a mi mamá —dijo con una sonrisa arrogante.
—¿De verdad?
—Sí, y debieras haber visto su cara cuando salió de casa.
—¿Cómo se veía? —preguntó Little Man, por primera vez con suficiente interés como para levantar la vista del camino.
T.J., sombrío, miró alrededor y susurró:
—Como… la muerte. —Esperó un momento para que sus palabras tuvieran el impacto que buscaba, pero el efecto fue arruinado por Little Man, quien preguntó a la ligera:
—¿Y qué aspecto tiene la muerte?
T.J. espetó enfadado:
—¿Este no se entera de nada?
—Dime, ¿qué aspecto tiene? —Little Man repitió, exigiendo una respuesta. A él tampoco le gustaba T.J.
—Igual que mi abuelo justo antes de su entierro —describió T.J. con seguridad.
—Oh —respondió Little Man, perdiendo interés y volviendo a concentrarse en el camino.
—Sabes, Stacey —dijo T.J. con una voz pesada, moviendo la cabeza de un lado para otro— a veces tengo dudas sobre tu familia.
Stacey se detuvo, evaluando si las palabras de T.J. habían sido ofensivas, pero este de inmediato despejó la duda, continuando amablemente:
—No me malentiendas, Stacey. Son unos niños geniales, pero esa Cassie por poco consiguió que me azotaran esta mañana.
—¡Bien! —dije.
—Pero ¿cómo ha logrado Cassie conseguir algo así? — dijo Stacey y rio.
—No te estarías riendo si te hubiera pasado a ti. Ella fue y le dijo a tu mamá que yo he estado yendo al salón de baile de la tienda de los Wallace, y la señorita Logan se lo dijo a mi mamá. —Me miró con desdén, y continuó—. Pero no te preocupes, igual logré zafar. Cuando mamá me preguntó, le dije que Claude siempre andaba husmeando en ese sitio para conseguir los dulces gratis que el señor Kaleb nos regala y que tuve que ir a buscarlo porque yo sabía muy bien que ella no quería que fuéramos. ¡Sí que lo regañaron! —rio T.J.—. Mamá casi le dio una paliza.
Miré fijo al silencioso Claude.
—¿Dejaste que hiciera eso? —le pregunté, consternada. Pero Claude solo sonrió de esa manera enfermiza tan propia de él, y supe que sí lo había dejado. Estaba más asustado de T.J. que de su mamá.
Nuevamente, Little Man levantó la vista y pude ver que su molestia con T.J. iba en aumento.
Christopher-John, siempre alegre y simpático, lanzó una mirada fulminante a T.J. y, poniendo su brazo corto alrededor de los hombros de Claude, dijo:
—Ven Claude, vámonos más adelante. —Y los dos apuraron el paso para alejarse de T.J.
Stacey, en general, pasaba por alto las jugadas deshonestas de T.J., pero esta vez no pudo dejar de agitar la cabeza, enojado:
—Eso estuvo feo.
—¿Y? ¿Qué esperabas que hiciera? No podía dejar que ella pensara que estaba yendo allá porque me gusta, ¿no? ¡Me hubiera matado!
—Y en buena hora —pensé yo, prometiéndome que si alguna vez intentaba algo así conmigo le rompería la cabeza.
Estábamos acercándonos al segundo cruce de camino, donde a ambos costados de la vía se alineaban zanjas profundas y unas laderas de arcilla altas e irregulares, a cuyo borde mismo llegaba el bosque denso. De pronto, Stacey se volteó:
—¡Rápido! —gritó—. ¡Fuera del camino! —Sin dudarlo, todos menos Little Man intentamos subir por la empinada ladera de la derecha hacia el bosque.
—Tienes que subir, Little Man —le ordenó Stacey, pero Little Man solo miró de reojo la escarpada ladera roja salpicada de zarzas espinosas de color café y siguió caminando—. Vamos, ¡hazme caso!
—¡Pero me voy a ensuciar! —alegó Little Man.
—Te vas a ensuciar mucho más si te quedas ahí. ¡Mira!
Little Man dio la vuelta y con los ojos muy abiertos miró cómo un autobús se le acercaba lanzando nubes de polvo rojo como un gran dragón amarillo soplando fuego. Little Man se dirigió a la ladera, pero era demasiado empinada para él. Corrió frenéticamente a lo largo del camino buscando donde poner un pie para subir y, una vez que encontró un lugar, pudo comenzar a subir, pero no antes de que pasara el autobús a toda velocidad envolviéndolo en una niebla escarlata mientras unas caras blancas y sonrientes se agolpaban contra las ventanas.
Little Man agitó un puño amenazador en el aire espeso, y luego se miró con tristeza.
—Ay, Little Man se ensució su tenida de domingo —rio T.J. mientras saltábamos de vuelta al camino.
Las lágrimas se acumularon en los ojos enojados de Little Man, pero él rápidamente se las quitó antes de que T.J. pudiera verlas.
—Cállate T.J. —espetó Stacey.
—Sí, cállate T.J. —yo le hice eco.
—Vámonos, Little Man —dijo Stacey—, y la próxima vez haz como te digo.
Little Man se bajó de la ladera.
—¿Cómo es que han hecho eso, Stacey? —preguntó, desempolvándose—. ¿Cómo es que ni si quiera han parado por nosotros?
—Porque les gusta vernos correr y ese no es nuestro bus —dijo Stacey, apretando los puños y metiéndolos con fuerza en los bolsillos.
—¿Y dónde está nuestro autobús? —preguntó Little Man.
—No tenemos.
—Bueno, ¿y por qué no?
—Pregúntale a mamá —respondió Stacey, justo cuando un niño de pelo rubio claro, descalzo y pálido, apareció de pronto corriendo desde un sendero del bosque hacia nosotros. Rápidamente alcanzó a Stacey y T.J. y se puso a su paso.
—Hola, Stacey —dijo tímidamente.
—Hola, Jeremy —dijo Stacey.
Hubo un silencio incómodo.
—¿Comienzan hoy la escuela?
—Sí —replicó Stacey.
—Ojalá la nuestra estuviera recién empezando —lamentó Jeremy—, pero estamos yendo desde fines de agosto. — Los ojos de Jeremy eran de un azul deslavado y parecían llorar cuando hablaba.
—Sí —dijo Stacey nuevamente.
Jeremy pateó con energía el suelo y miró hacia el norte. Era un niño extraño. Desde que comencé a ir a la escuela, por las mañanas siempre había caminado con nosotros hasta el cruce, y por las tardes nos encontrábamos en ese mismo lugar para caminar de regreso. A menudo era ridiculizado por los otros niños en su escuela, y más de una vez había llegado a clase con unas marcas gruesas y rojas en los brazos. Lillian Jean, su hermana mayor, había revelado satisfecha que las marcas eran el resultado de haber tenido contacto con nosotros. Aun así, Jeremy seguía buscándonos en el camino a la escuela.
Cuando alcanzamos el cruce del camino, tres niños más, una niña de doce o trece y dos niños, todos muy parecidos a Jeremy, pasaron rápidamente. La niña era Lillian Jean. “Vámonos, Jeremy”, dijo sin mirar hacia atrás, y Jeremy, con una sonrisa mansa, se despidió tímidamente de nosotros con la mano y lentamente la siguió.
Nos detuvimos en el cruce, contemplándoles mientras se alejaban de nosotros. Jeremy miró atrás una vez, pero Lillian Jean le gritó con irritación y no nos volvió a mirar nuevamente. Iban en dirección a su escuela, la Jefferson Davis County School, un edificio largo y blanco de madera que se asomaba a la distancia. Detrás del edificio había un amplio campo deportivo alrededor del cual se agrupaban filas dispersas de bancos escalonados de color gris.
Frente al campo estaban parados dos autobuses amarillos: uno era nuestro tormento diario y el otro traía a los niños desde otra dirección. Podíamos ver a los estudiantes matando el tiempo esperando la campana de la mañana y también, en el centro mismo del extenso césped en el frente, ondulando roja, blanca y azul, la bandera de Mississippi, luciendo el emblema de la Confederación en la esquina superior izquierda. Justo debajo de ella, estaba la bandera de Estados Unidos. Mientras Jeremy y su hermana y sus hermanos se apresuraron hacia esas banderas traspuestas, nosotros giramos en dirección al este a nuestra propia escuela.
La escuela básica y secundaria Great Faith, una de las escuelas para negros más grandes del condado, era un lamentable final para una hora de viaje. Constaba de cuatro casas de madera sobre pilotes de ladrillo curtidas por la intemperie, trescientos veinte estudiantes, siete profesores, un director, un cuidador, y la vaca del cuidador, que mantenía la maleza recortada durante la primavera y el verano. La escuela estaba ubicada cerca de tres plantaciones; la más cercana y la más grande era, por mucho, la de los Granger. La mayoría de los estudiantes provenía de familias de aparceros de las tierras de los Granger, y casi todo el resto venían de familias que trabajaban en las plantaciones de los Montier y los Harrison. Debido a que en los campos necesitaban a los estudiantes desde comienzos de la primavera, para la siembra del algodón, hasta después de que todo el algodón se había recogido en el otoño, la escuela había ajustado su calendario y en consecuencia comenzaba en octubre y terminaba en marzo. Aun así, después del primer día de clases, a varios de los estudiantes mayores no volveríamos a verlos por uno o dos meses, hasta que la última borla de algodón hubiera sido recogida de los campos. Después de un tiempo, la mayoría de ellos dejaría la escuela para siempre. Por esta razón, los cursos en los grados superiores se hacían más pequeños con cada año que pasaba.
Los edificios que albergaban las salas de clase se ubicaban a espaldas del bosque, casi apretándolo, y formaban un semicírculo frente a una diminuta iglesia en el otro borde del complejo. A esta iglesia pertenecían muchos de los estudiantes de la escuela y sus padres. Cuando llegamos ese día, la enorme campana de hierro en el campanario de la iglesia sonaba con fuerza, advirtiendo a los estudiantes que pululaban que solo quedaban cinco minutos de libertad.
Little Man inmediatamente se abrió paso por el césped hacia el pozo. Ahora que estábamos en territorio escolar, Stacey y T.J. dejaron de hacernos caso y se alejaron para juntarse con los otros chicos de séptimo grado, y Christopher-John y Claude se apuraron a reunirse con sus compañeros de curso del año pasado. Sola, me arrastré lentamente hasta la escalera del edificio de los cuatro primeros cursos y me senté en el último escalón. Dejé caer mis lápices y mi cuaderno en la tierra, apoyé los codos en las rodillas y la barbilla en las palmas de las manos.
—Hola, Cassie —me dijo Mary Lou Wellever, la hija del director, mientras pasaba, coqueta, en un vestido amarillo nuevo.
—Hola, tú —le dije, mirándola con un disgusto tan feroz que ella prefirió seguir caminando.
Me quedé mirándola un momento y pensé: por supuesto, la única que se puso un vestido nuevo. Los parches en los pantalones y los vestidos descoloridos abundaban en los niños y niñas recién llegados del calor de los campos de algodón. Las niñas se paraban torpemente, temerosas de sentarse, y los niños tiraban inquietos de los cuellos almidonados y abotonados. Aquellos estudiantes con la fortuna de tener zapatos saltaban de un pie apretado al otro. Y esta noche la ropa del domingo se envolvería en papel de periódico y se colgaría para el otro domingo, y los zapatos se guardarían para sacarlos de nuevo solo cuando hiciera tanto frío que los pies descalzos ya no pudieran atravesar los caminos helados. Por hoy, sin embargo, todos sufrimos.
Al otro lado del césped observé a Moe Turner avanzando a toda velocidad en dirección al edificio de séptimo, y me pregunté de dónde sacaba su energía. Moe era amigo de Stacey y vivía en la plantación Montier a tres horas y media caminando de la escuela. La escuela cercana a Smellings Creek solo llegaba hasta el cuarto grado y, debido a la distancia, muchos niños de la plantación Montier no venían a Great Faith después de terminarla. Pero había algunos niños como Moe que hacían el camino a diario: dejaban sus hogares mientras el cielo estaba oscuro y no regresaban hasta que todo era oscuridad otra vez. Por mi parte, estaba muy contenta de no vivir tan lejos. No creo que mis pies hubieran querido tanto que me educara.
Comenzó a sonar la segunda campana. Me levanté sacudiendo mi trasero mientras los estudiantes de primero, segundo, tercero y cuarto grado subían las escaleras hacia el pasillo. Little Man pasó a mi lado con orgullo, con la cara y las manos limpias, y sus zapatos negros brillando de nuevo. Di una mirada a mis propios zapatos, con una capa de polvo rojo encima y, levantando mi pie derecho, lo froté contra la parte posterior de mi pierna izquierda, y luego repetí el procedimiento con el otro pie. Mientras la campana repicaba en el recinto por última vez, me abalancé sobre mis lápices y mi cuaderno y corrí adentro.
Un pasillo se extendía desde la entrada hasta la puerta trasera del edificio. A cada lado del pasillo había dos puertas, ambas daban paso a la misma sala grande que estaba dividida en dos aulas por una pesada cortina de lona. El segundo y tercer grado estaban a la izquierda, el primero y el cuarto a la derecha. Me apresuré hacia el fondo del edificio, giré a la derecha, y me deslicé en un banco de la tercera fila ocupado por Gracey Pearson y Alma Scott.
—No te puedes sentar aquí —objetó Gracey—. Lo estoy guardando para Mary Lou.
Volví a mirar a Mary Lou que depositaba su lonchera en un estante al fondo de la sala y dije:
—Bien, pues ahora ya no.
Con sus ojos amarillentos y bizcos, la señorita Daisy Crocker me observó fijamente desde el centro de la sala con una mirada que decía: “Así que… eres tú, Cassie Logan”. Luego apretó los labios, corrió la cortina a lo largo de la barra de hierro oxidada y la plegó dentro de un lazo ancho en la pared del fondo.
Con la cortina corrida, los estudiantes de primer grado nos miraron con curiosidad. Little Man estaba sentado junto a una ventana, con las manos cruzadas, esperando paciente a que hablara la señorita Crocker.
—Ese es mi asiento, Cassie Logan —me dijo Mary Lou, dándome un pequeño empujón.
—Mary Lou Wellever —la señorita Crocker la llamó con delicadeza—, toma asiento.
—Sí, señora —dijo Mary Lou, lanzándome una mirada de puro odio antes de apartarse.
La señorita Crocker caminó con rigidez hacia su escritorio, el cual estaba instalado sobre una pequeña plataforma. Encima, había una pila alta de objetos voluminosos cubiertos por una lona impermeable. A pesar de que la sala estaba perfectamente silenciosa, la profesora golpeteó la mesa con una regla y dijo:
—Bienvenidos, niños, a la escuela primaria Great Faith —dijo, girando levemente para mirar directamente al lado izquierdo de la sala, y continuó—. A todos ustedes, los alumnos de cuarto grado, les doy la bienvenida a mi clase. Espero cosas buenas y bellas de ustedes. —Luego, dirigiéndose al lado derecho de la sala, dijo—: Y a todos nuestros pequeños amigos de primer grado que recién hoy emprenden el camino hacia el conocimiento y la educación, les deseamos que sus pequeños pies encuentren las vías del aprendizaje firmes y siempre ante ustedes…
Ya aburrida, estiré mi brazo derecho sobre el escritorio y descansé mi cabeza sobre mi mano boca arriba.
La señorita Crocker sonrió mecánicamente, y luego golpeteó su escritorio nuevamente:
—Ahora, pequeños —dijo, aún hablando al primer grado—, su maestra, la señorita Davis, ha debido quedarse en Jackson por unos días, por lo que yo seré quien tenga el placer de estimular sus jóvenes mentes con los primeros rayos de conocimiento.
Desde su altura, los miró con una cara iluminada,
