Pabellón 11

Piero Degli Antoni,

Fragmento

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Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Agradecimientos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9. Seis de la tarde

Capítulo 10

Capítulo 11. Siete de la tarde

Capítulo 12. Ocho de la tarde

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15. Nueve de la noche

Capítulo 16

Capítulo 17. Diez de la noche

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20. Once de la noche

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23. Doce de la noche

Capítulo 24

Capítulo 25. Una de la madrugada

Capítulo 26. Dos de la madrugada

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29. Tres de la madrugada

Capítulo 30. Cuatro de la madrugada

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34. Cinco de la madrugada

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Notas

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

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A mi padre, partisano sin ideologías,

que supo estar de la parte justa

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AGRADECIMIENTOS

Quisiera dar las gracias sobre todo a Nedo Fiano, superviviente de Auschwitz. Tuvo la paciencia de explicarme cómo era realmente la vida en el campo y la benevolencia de leer el libro. Gracias también a Paola Caccianiga, cuya colaboración en la fase de estructuración de la trama y de definición de los personajes fue, como siempre, impagable. Gracias a Vicki, que me apoyó con todas sus fuerzas en lo que, al principio, parecía tan solo una veleidad. Y gracias a Rossella, crítica inclemente pero, precisamente por ello, valiosa como ninguna.

Para escribir esta novela he intentado documentarme de manera exhaustiva, pero es posible, creo que incluso probable, que haya cometido alguna inexactitud, superficialidad o error. Espero que nadie se ofenda por ello y, en caso de que sea así, pido disculpas de antemano. A mi favor solo puedo decir que he tratado de abordar el tema de Auschwitz con el reverente respeto que merece la mayor tragedia de la historia humana.

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Despiértate…, despiértate, cariño…

El viejo que dormía a su lado abrió los ojos con dificultad.

—Mmm… ¿qué pasa, libling?

—Es hora de levantarse… Hoy es el día, ¿no te acuerdas? Ven, prepararé el desayuno.

La mujer apartó las mantas para poder deslizar los pies hasta el suelo. Cuando hubo apoyado firmemente las plantas en el pavimento hizo fuerza con un brazo para levantarse. Era vieja, y estaba cansada, de manera que la maniobra para lograr ponerse en pie requería cada mañana un poco más de energía.

Se mantuvo sentada durante unos segundos esperando a que se le pasase el mareo y a que su corazón empezase a latir con normalidad. Detrás de ella su marido yacía inmóvil, con los ojos abiertos de par en par. Esperaba a que, de alguna parte del cuerpo, fluyese la energía que necesitaba para poder levantarse.

Ella contó para sus adentros: «Uno…, dos…, tres…»; cuando llegase al diez debía estar ya de pie. Sentía una inexplicable sensación de alivio que al principio la maravilló, pero no tardó en comprender: tomarse todo el tiempo que deseaba para levantarse de la cama era un lujo que no se había podido permitir durante buena parte de su vida.

«Diez…», inspiró hondo y se puso en pie. Sintió que la cabeza le daba vueltas, pero al final logró dar el primer paso. Avanzó tres o cuatro más y se apoyó en el alféizar de la ventana. A través del cristal podía contemplar la calle de Brooklyn envuelta en un alba lívida. El panorama no era lo que se dice espléndido —casas bajas de dos pisos, un estanco en una esquina, una escuela al fondo, nada que ver con los rascacielos de Manhattan—, y, sin embargo, a ella le gustaba ese pequeño mundo donde sabía que nada la amenazaba.

Se volvió hacia la cama. Su marido forcejeaba para liberarse de las sábanas.

—Espera, te echo una mano.

Tras dar la vuelta a la cama se inclinó sobre él. Apartó las sábanas que se le habían enrollado alrededor de los pies, le alzó los tobillos macilentos y lo ayudó a apoyar los pies en el suelo. Él se incorporó y sus caras quedaron la una frente a la otra. Se miraron a los ojos y, por un instante, ella percibió ese brillo insolente que, hacía ya muchos años, la había fascinado.

Ahora el hombre estaba sentado, con la espalda curvada por la edad. La chaqueta del pijama a cuadros escoceses colgaba flácida de sus hombros delgados. Ella hizo ademán de cogerlo por las axilas y de ayudarlo a levantarse, pero él la apartó con un gesto.

—A brokh! En primer lugar, no estoy tan decrépito —dijo él—. En segundo lugar, el día en que no logre levantarme de la cama te ruego que llames a un policía y le digas que soy un delincuente que quería violarte y que me dispare. En tercer lugar, si vuelves a intentar alzarme acabaremos los dos en el suelo.

La mujer sonrió con disimulo.

Orgullosamente aferrado a la cabecera de la cama, su marido logró ponerse en pie.

—Voy al cuarto de baño —anunció como si fuese una declaración de guerra.

Ella se dirigió a la cocina, un pequeño habitáculo donde apenas podía entrar más de una persona a la vez. Encendió el fuego bajo la cacerola que ya había dejado preparada la noche anterior. Abrió una puerta del mueble de la vieja cocina pintada de blanco —no la habían cambiado desde los años cincuenta— y cogió lo necesario para poner la mesa. Dispuso todo sobre una bandeja y lo llevó a la sala, la habitación más bonita del piso. Tenía el suelo de madera y el techo con adornos de estuco de yeso. A lo largo de la pared se abrían tres ventanas que daban al pequeño parque del barrio. En el centro había una mesa larga y estrecha, más adecuada para un restaurante o un banquete nupcial que para una casa privada. Arrastrando las zapatillas verdes de fieltro que llevaba en los pies, la mujer dejó la bandeja con la vajilla en el centro de la mesa y empezó a ponerla. Se trataba de unas viejas escudillas de metal, corroídas en algunas partes y prácticamente desconchadas. Restos viejos y retorcidos. Las colocó una a una siguiendo un orden riguroso. La primera, la segunda, la tercera… Hasta llegar a diez. Observó la mesa para comprobar que había respetado minuciosamente la simetría. Volvió a la cocina. Miró el interior de la cacerola que había dejado al fuego. En ella hervía un mejunje negruzco. La vieja lo probó con una cuchara y apagó la llama.

Abrió otro armario y sacó una gran bolsa de papel. Cogió una hogaza de pan negro, que cortó, no sin cierta dificultad, con un cuchillo de sierra: el pan era viejo y duro, de aspecto poco apetitoso. Lo dividió en diez trozos idénticos, deteniéndose una y otra vez para controlar las dimensiones de cada uno de ellos. Puso el pan en una cesta y volvió a la sala. Efectuó de nuevo el periplo de la mesa colocando una porción al lado de cada escudilla. Empuñó la cacerola con el café y la llevó también tambaleándose a causa del peso. Sirvió una dosis abundante en cada una valiéndose de un viejo cucharón torcido. Apenas hubo terminado, su marido salió del cuarto de baño, vestido y afeitado. Lucía un albornoz blanco.

—Ya has preparado todo —constató disgustado por no haber podido ayudarla.

—Vístete y vuelve después.

El hombre regresó al cabo de unos minutos. Vestía un traje de lana fresca, marrón claro. Los pantalones, demasiado largos, rozaban el suelo. Los puños de la camisa quedaban prácticamente fuera de las mangas de la chaqueta. Lo que en el pasado había sido un traje de buena calidad ahora parecía un andrajo.

Se acomodaron uno al lado del otro. Él se sentó a la cabecera y ella a su izquierda.

El hombre partió un trozo del pan duro y negro y lo hundió en el sucedáneo de café para reblandecerlo. Los dientes que le restaban ya no eran los de antes, pero no cedía a la idea de tener que utilizar una prótesis. En su fuero interno todavía se sentía como el joven que había sobrevivido milagrosamente al infierno. Mordió con cautela el pedazo e hizo un esfuerzo para tragárselo. La mujer lo imitó.

El resto de la mesa estaba desierto. De las ocho escudillas ordenadamente colocadas, se alzaba en el aire un hilo de vapor acuoso que se dispersaba a media altura, mientras los otros trozos de pan esperaban a que alguien los devorase. El hombre se comió otro pedazo y sorbió una cucharada de café, en tanto que ella se contentó con unas cuantas migas. Desayunaron absortos, envueltos en un silencio sagrado que jamás habrían osado romper. Sus ojos estaban pensativos, atravesados por unas imágenes distantes y terribles.

Transcurrió una decena de minutos sin que nadie más se sentara. Los ocho asientos sobrantes permanecieron vacíos. De los cuencos no se alzaba ya ningún vapor: el líquido negro se estaba enfriando. La mujer contempló las escudillas vacías y las migas esparcidas sobre el mantel.

—¿Has acabado, hartsenyu? —le preguntó. El marido asintió con la cabeza y acto seguido se levantó.

—¿Te preparas? —le inquirió.

La mujer negó con la cabeza.

—Esta mañana estoy cansada. Ve tú. Dile al rabbi que no me encuentro bien.

Él vaciló, sorprendido por la decisión de su esposa.

—¿Estás segura?

—Ve. Yo recogeré aquí, quizá me dé un baño. ¿Te espero para comer?

Él dudó que la frase estuviese encerrada entre signos de interrogación, pero, de todas formas, asintió con la cabeza. Se puso el abrigo y el sombrero de ala ancha pasado de moda al que se había aficionado hacía treinta años.

Una vez en la puerta, como todos los días en los últimos cincuenta años, se intercambiaron una caricia en la mejilla. El hombre salió sin pronunciar palabra.

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El hombre del traje azul claro contempló por la ventanilla del avión, que se había inclinado hacia un ala, el aeropuerto Kennedy. El aire era límpido y terso, como pocas veces sucedía en Nueva York. El momento de la llegada se iba aproximando y, a medida que se acercaba a su meta, el hombre —de unos sesenta años, de aspecto todavía juvenil, alto, rubio, con entradas en las sienes y unos ojos azules sutiles y penetrantes— sentía crecer la inquietud. Había recorrido más de ocho mil kilómetros y en ese momento habría dado cualquier cosa para regresar sin haber llegado a tocar tierra. Pero era imposible. Sabía que debía seguir adelante y concluir lo que había iniciado hacía más de un año.

Debía… Sí, era un impulso más fuerte que su voluntad. Debía. Debía ir a Nueva York y debía tocar ese timbre. Si escapaba ahora, jamás volvería a tener el valor de hacerlo y luego no podría perdonárselo. Debía cerrar ese círculo que se había abierto hacía cincuenta años. De no ser así nunca recuperaría la paz. Hacía un año había recibido un paquete procedente de Alemania que había dado un vuelco a su vida. Jamás habría imaginado que un paquete de apariencia tan insignificante fuese capaz de provocar un efecto tan intenso. Un paquete pequeño —algo más grande que una caja de zapatos— había conseguido alterar por completo su existencia.

Muchos habrían dicho que no era culpa suya, que él era inocente y, sin embargo, se sentía responsable, como si hubiera sido testigo de un homicidio y no h

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