ÍNDICE
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Agradecimientos
Glosario de términos y nombres propios
Cita
Amante renacido
Primavera
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Verano
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Otoño
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Invierno
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Epílogo
Notas
Sobre la autora
La Hermandad de la Daga Negra
Créditos
Grupo Santillana
DEDICADO A TI:
HA PASADO MUCHO TIEMPO,
DEMASIADO,
DESDE QUE TUVISTE UN HOGAR.
AGRADECIMIENTOS

Mi inmensa gratitud para los lectores de la saga de la Hermandad de la Daga Negra y un saludo a los Cellies!
Muchísimas gracias, por todo su apoyo y orientación, a: Steven Axelrod, Kara Welsh, Claire Zion y Leslie Gelbman. Gracias también a toda la gente de New American Library; estos libros son un verdadero trabajo de equipo.
Gracias a todos nuestros Mods, por todo lo que hacen por obra de la bondad de su corazón.
Todo mi amor a Team Waud, vosotros sabéis quiénes sois. Esto sencillamente no podría ocurrir sin vosotros.
Nada de esto sería posible tampoco sin mi amoroso marido, que es mi consejero, cuida de mí y, además, es un visionario; mi maravillosa madre, que me ha dado tanto amor que nunca podré recompensarla suficientemente; mi familia (tanto la directa como la de adopción) y mis queridos amigos.
Ah, claro, y también la mejor parte de WriterDog.
GLOSARIO DE TÉRMINOS Y NOMBRES PROPIOS

ahstrux nohtrum (m.). Guardia privado con licencia para matar. Solo puede ser nombrado por el rey.
ahvenge (tr.). Acto de retribución mortal, ejecutado generalmente por machos enamorados.
chrih (m.). Símbolo de una muerte honorable, en Lengua Antigua.
cohntehst (m.). Conflicto entre dos machos que compiten por el derecho a aparearse con una hembra.
Dhunhd (n. pr.). El Infierno.
doggen (m.). Miembro de la servidumbre en el mundo de los vampiros. Los doggen tienen tradiciones antiguas y conservadoras sobre el servicio a sus superiores y siguen un código de vestido y un comportamiento muy formal. Pueden salir durante el día, pero envejecen relativamente rápido. Su esperanza de vida es de aproximadamente quinientos años.
ehros (f.). Elegidas entrenadas en las artes amatorias.
Elegidas, las (f.). Vampiresas criadas para servir a la Virgen Escribana. Se consideran miembros de la aristocracia, aunque de una forma más espiritual que temporal. Tienen poca, o ninguna, relación con los machos, pero pueden aparearse con miembros de la Hermandad, si así lo dictamina la Virgen Escribana, a fin de propagar su linaje. Algunas tienen la habilidad de vaticinar el futuro. En el pasado se utilizaban para satisfacer las necesidades de sangre de miembros solteros de la Hermandad y en los últimos tiempos esta práctica ha vuelto a cobrar vigencia.
esclavo de sangre (m.). Vampiro hembra o macho que ha sido subyugado para satisfacer las necesidades de sangre de otros vampiros. La práctica de mantener esclavos de sangre fue proscrita recientemente.
exhile dhoble (m.). Gemelo malvado o maldito, el que nace en segundo lugar.
ghardian (m.). El que vigila a un individuo. Hay distintas clases de ghardians, pero la más poderosa es la de los que cuidan a una hembra sehcluded.
glymera (f.). Núcleo de la aristocracia equivalente, en líneas generales, a la flor y nata de la sociedad inglesa de los tiempos de la Regencia.
hellren (m.). Vampiro macho que se ha apareado con una hembra y la ha tomado por compañera. Los machos pueden aparearse con más de una hembra.
Hermandad de la Daga Negra (n. pr.). Guerreros vampiros muy bien entrenados que protegen a su especie de la Sociedad Restrictiva. Como resultado de una crianza selectiva dentro de la raza, los miembros de esta Hermandad poseen inmensa fuerza física y mental y también la capacidad de curarse rápidamente. No suelen ser hermanos de sangre (en su mayoría) y son iniciados en la Hermandad por postulación de otros miembros. Agresivos, autosuficientes y reservados por naturaleza, viven separados de los civiles y tienen poco contacto con miembros de las otras clases, excepto cuando necesitan alimentarse. Son motivo de leyendas y objeto de reverencia dentro del mundo de los vampiros. Solo pueden ser asesinados por medio de heridas graves, como disparos o puñaladas en el corazón.
leahdyre (m.). Persona poderosa y con influencias.
leelan (adj.). Palabra cariñosa que se puede traducir como «querido/a».
lewlhen (m.). Regalo.
lheage (m.). Apelativo respetuoso utilizado por un esclavo sexual para referirse a su amo o ama.
Lhenihan (n. pr.). Bestia mítica famosa por sus proezas sexuales. En el argot moderno se emplea este término para hacer referencia a un macho de un tamaño y una energía sexual sobrenaturales.
lys (m.). Herramienta de tortura empleada para sacar los ojos.
mahmen (f.). Madre. Es al mismo tiempo una manera de decir «madre» y un término cariñoso.
mhis (m.). Especie de niebla con la que se envuelve un determinado entorno físico; produce un campo de ilusión.
nalla (f.) o nallum (m.). Palabra cariñosa que significa «amada» o «amado».
newling (f.). Muchacha virgen.
Ocaso, el (n. pr.). Reino intemporal donde los muertos se reúnen con sus seres queridos para pasar la eternidad.
Omega, el (n. pr.). Malévola figura mística que busca la extinción de los vampiros debido a una animadversión contra la Virgen Escribana. Vive en un reino intemporal y posee enormes poderes, aunque no tiene el poder de la creación.
periodo de fertilidad (m.). Momento de fertilidad de las vampiresas. Por lo general dura dos días y viene acompañado de intensas ansias sexuales. Se presenta aproximadamente cinco años después de la «transición» de una hembra y de ahí en adelante tiene lugar una vez cada década. Todos los machos tienden a sentir la necesidad de aparearse si se encuentran cerca de una hembra que esté en su periodo de fertilidad. Puede ser una época peligrosa, pues suelen estallar múltiples conflictos y luchas entre los machos contendientes, sobre todo si la hembra no tiene compañero.
phearsom (adj.). Término referente a la potencia de los órganos sexuales de un macho. La traducción literal sería algo así como «digno de penetrar a una hembra».
Primera Familia (n. pr.). El rey y la reina de los vampiros y todos los hijos nacidos de esa unión.
princeps (m.). Nivel superior de la aristocracia de los vampiros, superado solamente por los miembros de la Primera Familia o las Elegidas de la Virgen Escribana. Se debe nacer con el título; no puede ser otorgado.
pyrocant (m.). Se refiere a una debilidad crítica en un individuo. Dicha debilidad puede ser interna, como una adicción, o externa, como un amante.
rahlman (m.). Salvador.
restrictor (m.). Humano sin alma que, como miembro de la Sociedad Restrictiva, persigue vampiros para exterminarlos. Para matarlos hay que apuñalarlos en el pecho; de lo contrario, son inmortales. No comen ni beben y son impotentes. Con el tiempo, el cabello, la piel y el iris de sus ojos pierden pigmentación hasta que se vuelven rubios, pálidos y de ojos incoloros. Huelen a talco para bebés. Tras ser iniciados en la Sociedad por el Omega conservan un frasco de cerámica dentro del cual es colocado su corazón, que previamente les ha sido extirpado.
rythe (m.). Forma ritual de salvar el honor, concedida por alguien que ha ofendido a otro. Si es aceptado, el ofendido elige un arma y ataca al ofensor u ofensora, quien se presenta sin defensas.
sehclusion (m.). Estatus conferido por el rey a una hembra de la aristocracia, como resultado de una solicitud de la familia de la hembra. Coloca a la hembra bajo la dirección exclusiva de su ghardian, que por lo general es el macho más viejo de la familia. El ghardian tiene el derecho legal a determinar todos los aspectos de la vida de la hembra, pudiendo restringir según su voluntad sus relaciones con el mundo.
shellan (f.). Vampiresa que ha elegido compañero. Por lo general las hembras no toman más de un compañero, debido a la naturaleza fuertemente territorial de los machos apareados.
Sociedad Restrictiva (n. pr.). Orden de cazavampiros convocados por el Omega, con el propósito de erradicar la especie de los vampiros.
symphath (m.). Subespecie de la raza de los vampiros que se caracteriza, entre otros rasgos, por la capacidad y el deseo de manipular las emociones de los demás (con el propósito de realizar un intercambio de energía). Históricamente se han visto discriminados y durante ciertas épocas han sido víctimas de la cacería de los vampiros. Están en vías de extinción.
trahyner (m.). Palabra que denota el respeto y cariño mutuo que existe entre dos vampiros machos. Se podría traducir como «mi querido amigo».
transición (f.). Momento crítico en la vida de un vampiro, cuando él, o ella, se convierten en adultos. Una vez superada la transición deben beber la sangre del sexo opuesto para sobrevivir y no pueden soportar la luz del sol. Generalmente ocurre a los veinticinco años. Algunos vampiros no sobreviven a su transición, en particular los machos. Antes de ella los vampiros son físicamente débiles, no tienen conciencia ni impulsos sexuales y tampoco pueden desintegrarse.
Tumba, la (n. pr.). Cripta sagrada de la Hermandad de la Daga Negra. Se usa como sede ceremonial y también para guardar los frascos de los restrictores. Entre las ceremonias allí realizadas están las iniciaciones, los funerales y las acciones disciplinarias contra hermanos. Solo pueden entrar los miembros de la Hermandad, la Virgen Escribana y los candidatos a ser iniciados.
vampiro (m.). Miembro de una especie distinta del Homo sapiens. Los vampiros tienen que beber sangre del sexo opuesto para sobrevivir. La sangre humana los mantiene vivos, pero la fuerza así adquirida no dura mucho tiempo. Tras la transición, que ocurre a los veinticinco años, no pueden salir a la luz del día y deben alimentarse de la vena regularmente. Los vampiros no pueden «convertir» a los humanos por medio de un mordisco o una transfusión sanguínea, aunque en algunos casos raros son capaces de procrear con otras especies. Pueden desintegrarse a voluntad, aunque deben ser capaces de calmarse y concentrarse para hacerlo, y no pueden llevar consigo nada pesado. Tienen la capacidad de borrar los recuerdos de las personas, pero solo los de corto plazo. Algunos vampiros pueden leer la mente. Su esperanza de vida es superior a mil años, y, en algunos casos, incluso más.
Virgen Escribana, la (n. pr.). Fuerza mística que hace las veces de consejera del rey, guardiana de los archivos de los vampiros y dispensadora de privilegios. Vive en un reino intemporal y tiene enormes poderes. Capaz de un único acto de creación, que empleó para dar existencia a los vampiros.
wahlker (m.). Individuo que ha muerto y ha regresado al mundo de los vivos desde el Ocaso. Son muy respetados y reverenciados por sus tribulaciones.
whard (m.). Equivalente al padrino o la madrina de un individuo.
No hay diferencia entre vivos y muertos.
Todos están buscando un hogar.
LASSITER
AMANTE RENACIDO
PRIMAVERA

CAPÍTULO
1

El maldito va hacia el puente! ¡Dejádmelo a mí!
Tohrment esperó a oír el silbido que habían acordado como señal y cuando lo escuchó salió corriendo detrás del restrictor. Sobre la tierra y los charcos, sus piernas se movían como los pistones de un gigantesco motor mientras apretaba los puños con fuerza. Pasó como un relámpago junto a contenedores de basura y coches aparcados, alarmando a los indigentes y poniendo en fuga a las ratas. Saltó una especie de parapeto, esquivó a una motocicleta. Nada lo detenía.
Eran las tres de la mañana. El decadente centro de Caldwell, Nueva York, ofrecía suficientes obstáculos para que Tohr no se aburriera. Por desgracia, el maldito restrictor al que perseguía lo estaba llevando en una dirección que él no quería tomar.
Cuando llegaron a la rampa de acceso al puente que lleva al oeste, Tohr sintió aún más ganas de matar a ese maldito idiota. Frente a las posibilidades de actuar con discreción que ofrecía el laberinto de callejones que rodeaban los clubes nocturnos, el puente que cruzaba el Hudson estaba demasiado concurrido, había demasiados testigos incluso a esa hora. Ya no había atascos, claro, pero sí unos cuantos coches, y bien sabía que cada humano que viajara en uno de esos vehículos llevaría un maldito iPhone.
En la guerra que los vampiros libraban con la Sociedad Restrictiva solo había una regla: mantenerse alejados de los humanos. Esa raza de orangutanes erectos y entrometidos siempre representaba una complicación, y lo último que cualquiera de ellos necesitaba era la confirmación definitiva de que Drácula no era un producto de la ficción y que los muertos vivientes eran algo más que protagonistas de algunas de las pocas series de televisión que no se podían considerar una mierda.
Nadie quería aparecer en los telediarios, los periódicos ni las revistas.
Las apariciones esporádicas en Internet no eran tan graves. Después de todo, la dichosa red no tenía ninguna credibilidad.
Ese principio básico era, además, lo único en lo que estaban de acuerdo la Hermandad de la Daga Negra y sus enemigos. Vampiros y restrictores tenían el pacto implícito de matarse siempre lejos de la vista de los humanos. Los malditos asesinos podían matarte a ti o a tu shellan, masacrar a tus pequeños, lo que fuera… Pero tenían terminantemente prohibido perturbar a los humanos.
Porque eso sería un pecado mortal.
Por desgracia, el imbécil que huía como un loco por delante de Tohr parecía no estar al tanto de esa regla sagrada, lo cual no era muy preocupante pues se podía arreglar con facilidad clavándole una daga negra en el pecho.
Mientras un terrible gruñido brotaba de su garganta y los colmillos se alargaban, espeluznantes, en su boca, Tohr buscó en lo más profundo de su ser y echó mano de sus reservas de odio al mortal enemigo. Tenía que llenar el depósito para aprestarse al ataque.
Había tenido que recorrer un largo camino desde la terrible noche en que el rey y sus hermanos le dieron la noticia de que a todos los efectos su vida había terminado. Como el macho enamorado que era, su hembra formaba parte del corazón que latía en su pecho. Sin su Wellsie, Tohr quedó reducido a poco más que la sombra de lo que en su día había sido. Tras la tragedia era una forma sin sustancia. Lo único que lo impulsaba a seguir viviendo, si se podía llamar vida a su existencia, era la adrenalina de la cacería, la lucha y la muerte. Saber que a la noche siguiente, cuando se despertase, podría salir a cazar más.
Si no tuviese que vengar a sus muertos, bien podría estar en la gloria del Ocaso con su familia, que en el fondo era lo que deseaba. Tal vez esa fuese su noche de suerte. Quizá sufriese una herida mortal en el fragor del combate y al fin podría librarse de aquella tortura que llamaban vida.
La esperanza es lo último que se pierde.
Un bocinazo y el chirrido de llantas de coches frenando le indicaron que las complicaciones habían empezado.
En el preciso instante en que llegaba al final de la rampa de acceso al puente vio que el restrictor se estrellaba contra un Toyota y salía rebotado. El impacto hizo que el coche se parara enseguida, pero no detuvo la carrera del asesino. Como todos los restrictores, aquel maldito monstruo era mucho más fuerte y resistente que cuando era humano; la sangre negra y aceitosa del Omega le proporcionaba un motor más potente, una suspensión más fuerte y mayor capacidad de maniobra, además de mejor carrocería y neumáticos a prueba de bombas.
Pero, visto lo visto, el GPS era una mierda, sin duda.
Después de rodar por el pavimento, el asesino se puso de pie como si fuese un acróbata y siguió corriendo.
Sin embargo, notó Tohr, estaba herido, pues el asqueroso olor a talco para bebés se volvió más intenso.
Tohr llegó a la altura del coche accidentado justo cuando dos humanos abrían la puerta y salían aturdidos.
Al pasar junto a ellos como un rayo, Tohr gritó:
—¡Policía! ¡Dejen paso, esto es una persecución!
La treta funcionó: los humanos implicados en el accidente parecieron calmarse. Otros ya habían empezado a hacer fotos y el vampiro pensó rápidamente mientras continuaba con su implacable cacería. Cuando todo acabara, sabría dónde encontrarlos para borrarles sus últimos recuerdos y quitarles sus móviles.
Entretanto, el restrictor parecía dirigirse hacia el camino peatonal…, que desde luego no era el movimiento más inteligente. Si Tohr estuviera en el pellejo de ese imbécil habría tratado de robar el Toyota y salir zumbando de allí cuanto antes… Pero de pronto el vampiro vio que en realidad su enemigo no iba hacia la pasarela.
—Joder —masculló entre dientes.
Al parecer el verdadero objetivo del desgraciado era el puente. Saltó por encima de la barandilla que protegía la pasarela peatonal y se encaramó en el angosto reborde del puente. Siguiente parada: el río Hudson.
El asesino se volvió para mirar a su espalda; bajo la luz rosada de las farolas, su arrogante expresión era la de un chico de dieciséis años que se acababa de beber seis latas de cerveza para exhibirse delante de sus amigos.
Mucho ego. Nada de cerebro.
Al parecer iba a saltar. El maldito iba a saltar.
Imbécil. Aunque el glorioso y pringoso aceite que el Omega les daba por sangre confería un gran poder, eso no significaba que pudieran desafiar las leyes de la física. Con toda seguridad, la más elemental ley de Newton iba a entrar en acción. Así que cuando ese imbécil tocara el agua, el daño estructural sería irreparable. Lo cual no significaba que se matara, pero sin duda iba a quedar totalmente incapacitado.
En realidad, los malditos restrictores solo se morían al ser apuñalados. Cuando estaban malheridos, incluso mutilados, podían agonizar eternamente, entrar en descomposición sin por ello fallecer. Horripilante.
Tiempo atrás, antes de la muerte de Wellsie, probablemente Tohr habría dejado las cosas así. Que se pudriese aquel mierda, para qué perder más tiempo con él. En la escala de valores de la guerra era más importante borrar los recuerdos de los malditos humanos y correr a ayudar a John Matthew y a Qhuinn, que todavía estaban luchando allá atrás, en el callejón, que rematar al idiota del puente. Pero ahora tenía otras prioridades. No había marcha atrás: inevitablemente, Tohr y ese maldito asesino tendrían su tête-à-tête.
El vampiro también saltó por encima de la barandilla que separaba la pasarela del puente y se subió al borde de la gigantesca obra de ingeniería. Se agarró con la máxima firmeza y asentó los pies con una seguridad escalofriante.
La valentía del restrictor comenzó a resquebrajarse. Al ver la imponente figura de Tohr moviéndose con tanta seguridad por el entramado del puente trató de retroceder.
El vampiro rugió:
—¿Crees que me dan miedo las alturas? ¿Crees que no sé pelear al borde del abismo?
Una impresionante ráfaga de viento agitó sus ropas y sus cabelleras, amenazando con derribarlos. Lejos, muy lejos, allá abajo, las aguas negras del río parecían siniestramente deseosas de tragarlos.
Aquella agua, a semejante distancia, sería como asfalto para quien saltara.
—Estoy armado —gritó el asesino.
—Entonces usa el arma.
—Mis amigos vienen hacia aquí.
—¡Tú no tienes amigos!
Tohr vio que el restrictor era un recluta nuevo, pues su pelo y sus ojos aún no habían perdido el color. Delgado y nervioso, parecía un drogadicto al que se le habían cruzado los cables. En realidad probablemente era un yonqui que se había dejado convencer para unirse a la Sociedad.
—¡Voy a saltar! ¡Te juro que voy a saltar!
Tohr buscó con la mano la empuñadura de una de sus dos dagas y sacó la hoja de acero negra del arnés que llevaba en el pecho.
—Pues deja de amenazar con ello y comienza a volar.
El asesino miró por encima del borde.
—¡Lo voy a hacer! ¡Juro que lo haré!
Otra ráfaga de viento los golpeó desde otra dirección y el largo abrigo de cuero de Tohr ondeó en el vacío.
—Perfecto. A mí no me importa. Te voy a matar de todas formas, ya sea aquí arriba o allí abajo.
El asesino volvió a mirar hacia la negra sima, vaciló un momento y luego se soltó y cayó al vacío, mientras agitaba los brazos como si tratara de mantener el equilibrio para aterrizar con los pies.
Lo cual, desde semejante altura, probablemente haría que se le incrustaran los fémures en la cavidad abdominal. Aunque si caía de cabeza las perspectivas tampoco serían muy estimulantes.
Tohr volvió a guardar la daga en su funda y se preparó para descender. Respiró profundamente. Y entonces…
Al saltar al vacío y sentir la primera bocanada de vértigo percibió la ironía del momento. Había pasado mucho tiempo soñando con la muerte, rezando, rogando a la Virgen Escribana que se llevara su cuerpo y lo enviara con sus seres queridos. Sin embargo, jamás se le había pasado por la cabeza la idea del suicidio como solución; porque si uno se quita la vida por su propia mano no puede entrar en el Ocaso. Esa era la única razón por la cual no se había cortado las venas, ni se había comido el cañón de una escopeta, ni… había saltado de un puente.
Mientras caía, Tohr disfrutó con la idea de que por fin había llegado el momento, de que el impacto que tendría lugar más o menos en un segundo y medio sería el fin de sus sufrimientos. Lo único que tenía que hacer era colocarse bien, para caer de cabeza sin ninguna protección y dejar que ocurriera lo inevitable: primero la oscuridad, luego la parálisis y por último la muerte por ahogamiento.
Pero Tohr sabía bien que, a diferencia del restrictor, él sí tenía una salida. Si no recurría a ella, cometería suicidio y no habría Ocaso posible.
Así que se desintegró en plena caída libre. El poderoso cuerpo, sujeto a la implacable ley de la gravedad, se transformó en una nube invisible de moléculas que podía orientar a su voluntad.
Muy cerca de la nube, el asesino cayó al agua. No lo hizo, claro está, con el chapoteo de quien se tira a la piscina. El maldito cayó al agua como si fuera un misil que se estrella contra su objetivo. Fue como una explosión seca, rotunda, acompañada de espectaculares surtidores, la inmensa salpicadura producida por el violento impacto.
Tohr volvió a tomar forma corpórea encima de un soporte de cemento que se encontraba a la derecha del lugar donde cayó el restrictor. Y allí esperó. Tres…, dos…, uno…
Bingo.
Una cabeza apareció en medio del agua, a unos cuantos metros del punto de entrada. No se veía ningún movimiento de brazos que indicara que el pobre desgraciado estaba tratando de recuperar el aliento. Tampoco había movimiento de piernas. Ni respiración.
Pero no estaba muerto: era bien sabido que podías pasarles por encima con el coche, golpearlos hasta romperte los nudillos, arrancarles los brazos y las piernas, hacer lo que te diera la gana… y ellos seguían vivos.
Los malditos eran auténticas cucarachas del submundo. Por tanto, no había posibilidad de que Tohr permaneciera seco.
De modo que se quitó el abrigo, lo dobló con cuidado y lo puso sobre el cemento, a buen recaudo del río. No podría nadar y pelear con el abrigo puesto, y además tenía que proteger las pistolas y el teléfono móvil.
Tomó aire y se dispuso a lanzarse al agua con los brazos unidos por encima de la cabeza, las palmas juntas y el cuerpo recto como una flecha. A diferencia del restrictor, Tohr entró en el agua con suavidad y elegancia y se hundió fácilmente tres o cuatro metros antes de salir a la superficie.
El agua estaba realmente muy fría, helada.
Aún estaban en abril y se encontraban al norte del Estado de Nueva York, lo que quería decir que todavía faltaba al menos un mes para que la Tierra comenzara a calentarse un poco.
Al salir de las profundidades, Tohr comenzó a nadar con un poderoso estilo libre. Llegó enseguida a la altura del asesino, lo agarró de la chaqueta y comenzó a tirar de él para llevarlo a la orilla, donde terminaría su tarea para poder seguir buscando a su siguiente víctima.
Cuando Tohr se lanzó desde el borde del puente, John Matthew vio cómo toda su vida pasaba frente a sus ojos, como si fueran sus propias botas las que acabaran de abandonar el suelo. En ese momento se encontraba en la orilla, debajo de la rampa, a punto de terminar con el asesino al que estaba persiguiendo. Por el rabillo del ojo vio que algo caía al río desde una gran altura.
Inicialmente no entendió de qué se trataba. Cualquier restrictor con dos dedos de frente sabría que esa no era una buena vía de escape. Pero enseguida se dio cuenta de lo ocurrido. En el borde del puente, envuelta en un abrigo de cuero que la envolvía como un sudario, se alcanzaba a ver una gran figura.
Tohrment.
Noooooo, gritó John sin emitir ningún sonido.
—Ese maldito va a saltar —dijo la voz de Qhuinn desde detrás.
John se abalanzó hacia delante por puro instinto, aunque no podía hacer nada, y luego lanzó un grito ahogado, pues era lo único que podía hacer en esas circunstancias mientras su padre saltaba.
Más tarde John pensaría que lo que la gente decía sobre la muerte era muy parecido a lo que había sentido en esos minutos: mientras los acontecimientos se iban desarrollando a máxima velocidad, uno tras otro, en una sucesión que terminaría inevitablemente en destrucción, por tu mente empieza a pasar una especie de película en la que ves escenas de tu vida tal como siempre la habías conocido: John se vio sentado en el comedor de Tohr y Wellsie, aquella primera noche después de ser adoptado por el mundo de los vampiros… La expresión en la cara de Tohr al conocer los resultados del examen de sangre que probaban que John era el hijo de Darius… Aquel momento de pesadilla, cuando la Hermandad les comunicó que Wellsie había muerto…
Luego venían las imágenes del segundo acto: Lassiter trayendo a un Tohr completamente acabado después de rescatarlo… Tohr y John dejando salir por fin todo el dolor que les había causado el asesinato de Wellsie… Tohr recuperando gradualmente su fuerza… Su propia shellan bajando la escalera metida en el traje de satén rojo que Wellsie había llevado en la ceremonia de apareamiento con Tohr…
Joder, el destino era una mierda. Siempre tenía que acabar aplastando a todo el mundo.
En eso andaban sus pensamientos cuando Tohr desapareció abruptamente. En pleno vuelo se había convertido en humo.
«Gracias a Dios», pensó John.
—Gracias a Dios —musitó aliviado Qhuinn.
Un momento después, en el extremo de uno de los pilares del puente, una flecha negra cortó la superficie del agua.
Sin mirarse ni cruzar una sola palabra, Qhuinn y John salieron corriendo en esa dirección y llegaron a la orilla justo cuando Tohr subía a la superficie, agarraba al restrictor y comenzaba a nadar hacia donde estaban ellos. Mientras se preparaba para ayudar a arrastrar al restrictor hasta la pedregosa orilla, los ojos de John se clavaron en la cara pálida y macilenta de Tohr.
El macho parecía muerto, aunque técnicamente estaba vivo.
—Lo tengo —dijo John con lenguaje gestual mientras se agachaba, agarraba al restrictor de un brazo y lo sacaba del río. El desgraciado aterrizó en la playa como si fuera un pez, con los ojos desorbitados, abriendo y cerrando la boca incesantemente y emitiendo extraños gemidos que provenían de su garganta abierta.
Sin embargo, quien importaba era Tohr. John miró al hermano de arriba abajo mientras salía del agua: tenía los pantalones de cuero pegados a los muslos y la camiseta sin mangas parecía formar parte de su piel. El mechón blanco que sobresalía del pelo corto seguía tieso, aunque empapado.
Los oscuros ojos azules de Tohr parecían clavados en el restrictor.
O quizá solo estaba evitando deliberadamente la mirada de John.
Probablemente era eso, sí.
Tohr se agachó y agarró al restrictor por el cuello. Después enseñó unos colmillos aterradoramente largos y gruñó:
—Te lo dije.
Entonces sacó la daga negra y sin más preámbulos comenzó a apuñalarlo.
John y Qhuinn tuvieron que retroceder para no acabar totalmente salpicados.
—Podría limitarse a apuñalarlo en el pecho —susurró Qhuinn— y terminar con esto de forma rápida y limpia.
Pero el objetivo no era matar al asesino sin más. Era masacrarlo.
La hoja afilada de la daga fue perforando cada centímetro cuadrado del cuerpo, excepto el esternón, que era donde estaba el interruptor principal de la vida del monstruo. Con cada puñalada Tohr jadeaba con fuerza, y cada vez que liberaba la hoja tomaba aire, adoptando un ritmo que ponía una música infernal a la dantesca escena.
—Ahora sé cómo se trocea un pollo.
John se restregó la cara con las manos y rogó que esas palabras anunciaran el final. Pero Tohr no había terminado; simplemente se había tomado un respiro. Estaba visiblemente cansado, al borde de la extenuación. En efecto, el asesino se hallaba desmenuzado, sí, pero todavía no estaba muerto.
A pesar de que era evidente que Tohr estaba exhausto, John y Qhuinn sabían que no debían intervenir, que si intentaban ayudarlo reaccionaría muy mal. Ya habían pasado por eso. Tohr tenía que dar el golpe final él solito.
Tras dos minutos de descanso, el hermano volvió a adoptar la posición de ataque, agarró la daga con las dos manos y levantó la hoja por encima de su cabeza.
Un grito ronco brotó de su garganta al tiempo que hundía la punta de la daga en el pecho de lo que quedaba de su presa. Cuando el fogonazo mortal iluminó la cara de Tohr, la trágica expresión de su rostro, con aquellos rasgos deformados y aterradores, era una imagen satánica. Aunque la luz que anunciaba la muerte del monstruo era muy brillante, Tohr se quedó mirándola sin parpadear.
Después de terminar, el hermano se dejó caer sobre el suelo como si toda su energía hubiese desaparecido. Era evidente que necesitaba alimentarse, pero ese tema, al igual que muchos otros, se había vuelto tabú.
Jadeante, miró a los otros.
—¿Qué hora es?
Qhuinn echó un vistazo a su reloj Suunto.
—Las dos.
Tohr levantó la mirada del suelo ensangrentado y clavó sus ojos enrojecidos en la zona de la ciudad que habían estado patrullando durante la noche.
—¿Qué tal si regresamos al complejo? —Qhuinn sacó su móvil—. Butch no está lejos…
—No. —Tohr se incorporó y se quedó sentado—. No llames a nadie. Estoy bien, solo necesito recuperar el aliento.
Y una mierda. Ni Tohr ni John estaban bien. Ni por lo más remoto. Uno de ellos, además, estaba empapado en medio del viento gélido.
John movió las manos en el campo de visión de Tohr, hablándole por señas.
—Nos vamos a casa, ya…
Pero justo en ese momento la brisa trajo olor a talco de bebé y eso hizo saltar la alarma en el silencio de la noche.
El hedor tuvo un efecto mágico sobre Tohr y consiguió lo que no habían logrado todos sus esfuerzos por recuperar el aliento: se puso de pie como un resorte, dejando atrás el desaliento y la fatiga. Era como si no se hubiese lanzado desde el puente, como si no llevara toda la noche combatiendo.
—Todavía quedan más —gruñó Tohr.
Y cuando echó a correr, John soltó una silenciosa maldición.
—Vamos —dijo Qhuinn—. Reunamos fuerzas, porque esta va a ser una larga noche.
CAPÍTULO
2

Tómate unos días libres… Relájate… Disfruta de la vida…
Mientras Xhex murmuraba esas palabras frente a una galería de muebles antiguos, se paseaba de un lado a otro de su alcoba y luego entraba en el baño. Y otra vez en la alcoba. Y de nuevo en el reino del mármol.
En el baño que compartía ahora con John, Xhex se detuvo frente al jacuzzi. Al lado de la grifería de bronce había una bandeja de plata con toda clase de lociones y productos de aseo femeninos. Y eso no era todo. ¿Qué había al lado del lavabo? Otra bandeja, esta vez llena de perfumes de Chanel: Cristalle, Coco, No. 5, Coco Mademoiselle. Luego estaban los cestos llenos de cepillos para el pelo, unos de cerdas cortas y otros de cerdas largas y puntiagudas, o de púas de metal. ¿Y en los armaritos? Una fila de productos para el cuidado de las uñas y suficientes frascos de esmalte como para asustar a Barbie. Además de quince clases distintas de mousse, gel y laca fijadora.
«Pero ¿cómo es posible?», se dijo.
Y encima, maquillaje Bobbi Brown.
¿Quién diablos creían que se había mudado allí? ¿La confundían con una de las hermanas Kardashian?
Xhex movió la cabeza. No podía creer que ahora conociera a Kim, Kourtney, Khloe y Kris; Rob, el hermano; Bruce, el padrastro; las hermanitas Kendall y Kylie, y menos aún a los distintos maridos y novios y ese tal Mason…
Mientras se miraba a los ojos en el espejo, Xhex pensó: «Esta sí que es buena; ¡me estoy comiendo el coco con E! Entertainment Television»[1].
Ciertamente resultaba menos sangriento que cortarse las venas, pero los resultados eran idénticos. O al menos muy parecidos.
—Esa mierda debería traer una nota de advertencia.
Xhex se miró en el espejo y reconoció el pelo negro cortado al rape, la piel pálida y el cuerpo duro, compacto. Las uñas bien cortadas. La absoluta ausencia de maquillaje. Incluso llevaba su propia ropa, la camiseta negra sin mangas y los pantalones de cuero que se había puesto cada noche durante años.
Bueno, excepto un par de noches atrás, cuando había llevado algo totalmente distinto.
Tal vez ese vestido era la razón de que estuviese allí toda esa parafernalia femenina que había hecho su aparición después de la ceremonia de apareamiento: Fritz y los doggen debían imaginarse que ella ya había pasado esa página. Esa podía ser una explicación, o quizá toda esa parafernalia era parte de lo que venía con el estatus de shellan recién apareada.
De pronto Xhex se dio la vuelta y se llevó las manos a la base del cuello, al lugar donde colgaba el enorme diamante cuadrado que John le había comprado. Engastado en una base de platino, era la única pieza de joyería que alguna vez se había imaginado que podría llevar: pesado, sólido, capaz de resistir una buena pelea y permanecer en su lugar.
En este nuevo mundo de Paul Mitchell y Bed Head y todos esos empalagosos perfumes de Coco, al menos John sí la entendía. Porque en cuanto al resto, ¿cabía siquiera la posibilidad de educarlos? No sería la primera vez que tendría que hacer el papel de maestra de un puñado de machos que pensaban que el mero hecho de tener tetas hacía que tu lugar en la vida fuera una jaula de oro. ¿Realmente alguien estaba tratando de convertirla en una chica de la glymera? Pues ella acababa de serrar los barrotes de oro, había puesto una bomba en la jaula y había colgado los restos humeantes de uno de los candelabros del vestíbulo.
Xhex se dirigió a la alcoba, abrió el armario y sacó el vestido rojo que había llevado durante aquella ceremonia. Era el único vestido que se había puesto en la vida y tenía que admitir que había disfrutado con la manera en que John se lo había arrancado con los dientes. Y tenía que reconocer, claro, que las noches de descanso habían sido grandiosas: las primeras vacaciones en años. Lo único que habían hecho era follar, alimentarse el uno del otro, comer estupendamente y repetirlo todo otra vez, después de un buen rato de sueño.
Pero ahora John había vuelto al campo de batalla, y ella tenía que empezar a combatir al día siguiente.
Eran solo veinticuatro horas de diferencia, un pequeño retraso, no una negativa rotunda.
Entonces, ¿cuál era su maldito problema?
Tal vez toda aquella parafernalia femenina estaba sacando a la superficie a la pequeña bruja que llevaba dentro. Nadie la había enjaulado, nadie le estaba haciendo cambiar y eso de sentarse a ver a los Kardashian durante horas y horas solo era culpa suya. Y todos esos productos de belleza, ¿qué? Los doggen solo estaban tratando de ser amables, y lo hacían de la única manera que conocían.
No había muchas hembras como ella. Y el hecho de que fuera medio symphath no significaba que…
Xhex frunció el ceño y agitó la cabeza.
Mientras dejaba que el vestido de satén cayera al suelo se concentró en el patrón emocional que percibía fuera, en el corredor.
Con su percepción symphath aguzada, la estructura tridimensional de tristeza, dolor y vergüenza que sentía parecía tan real como cualquier edificación que tuviera ante sí. Por desgracia, en este caso no había manera de arreglar los cimientos, o de tapar el agujero del techo, o de poner a punto el sistema eléctrico. A pesar de lo mucho que Xhex sabía sobre cómo manipular las emociones de una persona, se sentía como quien reforma una casa pero no puede contratar operarios capaces de hacer las reparaciones necesarias: ni fontaneros, ni electricistas, ni pintores, de manera que el propio dueño del inmueble tiene que realizar las mejoras por sí mismo, sin contar con la ayuda de nadie.
Al salir al pasillo de las estatuas, Xhex sintió un temblor que sacudió su propia estructura emocional. Pero, claro, la figura encapuchada y coja que tenía frente a ella era nada menos que su madre.
Dios, esas palabras todavía sonaban muy extrañas, aunque lo hicieran solo en su cabeza, y en realidad de forma un poco superficial.
Xhex carraspeó.
—Buenas noches…, ah…
No parecía correcto terminar con un mahmen, o mamá, o mami. N’adie, el nombre al que respondía la hembra, tampoco era muy atractivo. Pero, claro, ¿cómo se le puede llamar a alguien que fue secuestrada por un symphath, violada y mancillada y que luego fue obligada por la biología a dar a luz al producto de esa tortura?
Nombre y apellidos: Lo Siento Mucho.
Cuando N’adie se dio la vuelta, la capucha se mantuvo en su lugar, cubriéndole el rostro.
—Buenas noches. ¿Cómo te encuentras?
El idioma moderno sonaba un poco acartonado en los labios de su madre, lo cual sugería que lo mejor para ella era hablar la Lengua Antigua. Y la reverencia que siguió al saludo, y que era totalmente innecesaria, resultaba un poco rara, probablemente debido a la lesión que causaba la cojera.
Por otro lado, el aroma que despedía no se parecía en nada a un perfume de Chanel. A menos que la famosa firma estuviera sondeando ahora el mercado del drama.
—Bien. ¿Adónde vas?
—A ordenar el salón.
Xhex contuvo las ganas de decirle que no lo hiciera. Fritz no permitía que nadie excepto los doggen moviera un dedo en la mansión, y N’adie, a pesar de haber venido a atender a Payne, se alojaba en una de las habitaciones de huéspedes, cenaba en la mesa con los hermanos y era aceptada allí como la madre de una shellan. En ningún caso era vista como una criada.
—Sí, ah… ¿No preferirías?… —Se interrumpió. ¿Qué iba a preferir?, se preguntó Xhex. ¿Qué podrían hacer ellas dos juntas? Xhex era una guerrera. Su madre era… un fantasma sin sustancia. No tenían muchas cosas en común.
—No te preocupes —dijo N’adie con voz suave—. No me importa hacer estas cosas…
De pronto, en el vestíbulo se oyó un estruendo, como si acabara de estallar la peor de las tormentas. Al ver que N’adie retrocedía con pavor, Xhex miró hacia atrás por encima del hombro. ¿Qué diablos estaba sucediendo?
Rhage, alias Hollywood, alias el más grande y apuesto de los hermanos, aterrizó de pronto en el balcón del segundo piso; su cabeza rubia se dirigió hacia Xhex. Sus ojos, entre verdes y azulados, parecían arder.
—Ha llamado John Matthew. Están casi desbordados en el centro. Coge tus armas y reúnete con nosotros en la puerta principal en diez minutos.
—Genial —siseó Xhex, frotándose las manos.
Cuando se volvió hacia su madre, vio que la pobre estaba temblando pero trataba de disimularlo.
—No hay motivos de preocupación —dijo Xhex—. Soy buena peleando. Volveré sin un rasguño.
Era una guerrera, desde luego, pero no era eso lo que le preocupaba de verdad a la hembra mayor… Tenía miedo, sí…, pero de Xhex, no de lo que le pudiera ocurrir a Xhex.
Bueno, teniendo en cuenta que Xhex era medio symphath, era natural que su madre pensara en el peligro antes que en su hija.
—Ya me voy —dijo Xhex—. No te preocupes.
Mientras corría de regreso a su cuarto, Xhex no pudo menos que reconocer que sentía dolor y angustia por atemorizar a su propia madre, aunque fuera sin querer. No, no percibía ni rastro de amor materno… Pero, claro, tampoco podía hacer caso omiso de la realidad: no fue una hija deseada. Y seguía sin serlo.
Y, ¿quién podía culparla?
Bajo la capucha de su manto, N’adie observó cómo la hembra alta, fuerte y despiadada que había traído al mundo salía corriendo a combatir contra el enemigo.
Xhexania no parecía preocupada por la idea de ir a enfrentarse con un montón de restrictores letales. De hecho, la sonrisa que se había dibujado en su cara al oír la orden del hermano sugería que esa perspectiva más bien le entusiasmaba.
N’adie sintió que le flaqueaban las rodillas al pensar en ese ser que había traído al mundo, esa hembra de extremidades poderosas y corazón vengativo. Ninguna hembra de la glymera reaccionaría de esa manera; aunque, claro, tampoco las invitarían jamás a pelear.
La naturaleza symphath formaba parte de su hija.
Querida Virgen Escribana…
Y, sin embargo, cuando Xhexania se había dado la vuelta, su cara mostraba una expresión que trató de esconder rápidamente.
N’adie se apresuró hacia el cuarto de su hija. Al llegar a la gran puerta, golpeó suavemente.
Transcurrió un momento antes de que Xhexania abriera.
—Hola.
—Lo siento.
No hubo ninguna reacción visible. La hija respondió con gesto impasible.
—¿Por qué lo dices?
—Sé lo que se siente cuando tus padres no te aman y no quisiera que tú…
—Está bien. —Xhexania se encogió de hombros—. No creas que no sé cuáles son tus sentimientos.
—Yo…
—Escucha, tengo que prepararme rápidamente. Entra si quieres, pero te advierto que no me estoy vistiendo para ir a tomar el té.
N’adie vaciló un segundo en el umbral. Echó una ojeada al interior. La habitación estaba bastante desordenada: la cama sin hacer, había pantalones de cuero sobre las sillas, dos pares de botas en el suelo, un par de copas de vino sobre una mesita en la esquina. Por todas partes se percibía el aroma sensual y misterioso de un macho purasangre y enamorado.
El mismo olor que despedía la propia Xhexania.
Se oyó una serie de clics y N’adie miró hacia atrás. Junto al armario, Xhexania estaba preparando un arma de aspecto aterrador. Parecía muy experta en su manejo al deslizarla en una funda que llevaba bajo el brazo. Luego sacó otra más. Y después preparó la munición y un cuchillo… Armada hasta los dientes, se volvió a dirigir a su madre.
—No te vas a sentir mejor si te quedas ahí mirándome.
—No he venido a sentirme mejor.
Xhex, que repasaba su armamento de nuevo, la miró asombrada.
—Entonces, ¿por qué has venido?
—He visto la expresión de tu rostro. No quiero eso para ti.
Xhexania metió la mano en el armario y sacó una chaqueta de cuero negro. Al tiempo que se la ponía, soltó una maldición.
—Mira, las dos sabemos muy bien que ni tú querías que yo naciera ni yo quería venir a este mundo. Yo te perdono y tú me perdonas a mí, porque una y otra somos las víctimas, y bla, bla, bla. Dejemos eso bien claro y así cada una podrá seguir su camino.
—¿Estás segura de que eso es lo que deseas?
La hembra se quedó paralizada otra vez y entornó los ojos.
—Sé lo que hiciste la noche en que nací.
N’adie dio un paso atrás.
—¡Cómo…!
Xhexania se señaló el pecho.
—Soy una symphath, ¿recuerdas? —La joven guerrera avanzó con paso amenazante—. Eso significa que puedo entrar dentro de las personas, así que soy capaz de percibir el miedo que estás sintiendo ahora mismo. Y los remordimientos que te atormentan. Y el dolor que te tortura. El simple hecho de estar frente a mí te hace regresar al lugar en que estabas cuando todo sucedió y, sí, sé que te clavaste una daga en el estómago para no tener que enfrentarte al futuro conmigo. Así que, como ya te he dicho, ¿qué te parece si sencillamente nos perdonamos y nos ahorramos todo este follón?
N’adie alzó la cara.
—Es cierto, pero no del todo, porque al fin y al cabo eres una mestiza.
Xhex levantó las cejas.
—¿Cómo?
—Quizá solo percibes una parte de lo que siento por ti. O tal vez no quieres reconocer, por razones que solo tú conoces, que quizá yo sí quiero cuidarte.
Xhex, con su aspecto terrorífico, cubierta de armas letales, pareció de repente muy vulnerable.
—¡Por favor!
—No cierres todos los caminos con esa áspera actitud —susurró N’adie—. Evita ponerte siempre a la defensiva. No tenemos que forzar nada que no exista ya. Pero piensa, por favor: si hay alguna oportunidad, no impidamos que algo florezca entre nosotras. Tal vez…, tal vez si me dijeras, si hubiera alguna forma, aunque sea mínima, de que yo pueda ayudarte. Podríamos empezar por ahí… y ver qué sucede.
Xhexania comenzó a pasearse de un lado a otro. Su cuerpo fibroso parecía el de un macho, y no solo porque iba vestida como un hombre. Su energía era masculina. Cuando llegó frente al armario se detuvo y, después de un momento, recogió el vestido rojo que Tohrment le había dado para que se lo pusiera el día de su apareamiento.
—¿Ya te has ocupado del vestido? —preguntó N’adie—. No digo que esté mal, pero las telas finas necesitan cuidado para que duren más.
—No sabría cómo hacerlo.
—Entonces, ¿me permites hacerlo por ti?
—Está perfectamente.
—Por favor, déjame hacerlo.
Xhexania miró a su madre y le habló en voz baja.
—¿Por qué diablos quieres ayudarme?
La verdad era tan simple como cuatro palabras y tan compleja como todo un idioma.
—Porque eres mi hija.
CAPÍTULO
3

De regreso al centro de Caldwell, Tohr se olvidó del frío, los dolores y la fatiga que lo abrumaban y reanudó la cacería: el aroma de la sangre fresca era como cocaína para su organismo, que bajo su influjo bullía y le daba renovadas fuerzas para seguir.
Detrás de él, Tohr oyó acercarse a los otros dos. Estaba seguro de que John Matthew y Qhuinn no venían a buscar al enemigo, sino a tratar de llevarle a él de regreso a la mansión. Pero solo el amanecer podría lograrlo.
Además, cuanto más agotado se sentía mayores eran sus posibilidades de dormir algo, aunque fueran una o dos horas.
Al doblar la esquina de un callejón, sus botas de combate frenaron en seco. Frente a él había siete restrictores que rodeaban a un par de guerreros. Pero los rodeados no eran Z y Phury, ni V y Butch, ni Blaylock y Rhage.
El de la izquierda tenía una guadaña en las manos. Una guadaña enorme y afilada.
—Hijo de puta —murmuró Tohr.
El macho de la guadaña tenía los pies bien plantados en el pavimento, como si fuera un dios, mientras sostenía el arma con gesto amenazante y en su horrible rostro se dibujaba una sonrisa expectante. Se diría que estaba a punto de sentarse ante un esperado banquete. Junto a él se hallaba un vampiro que Tohr no había visto en varios siglos y que ya no se parecía en nada al tío que había conocido en su día en el Viejo Continente.
Al parecer Throe, hijo de Throe, andaba en malas compañías.
John y Qhuinn se colocaron a ambos lados de este último, que miró de reojo.
—Dime que este no es nuestro nuevo vecino.
—Se trata de Xcor.
—¿Y nació con esa cara de malo o alguien se la dejó así?
—Ni idea.
—Joder, si quería hacerse la cirugía plástica debería haber buscado un cirujano mejor.
Tohr miró a John.
—Diles que no vengan.
—¿Cómo dices? —preguntó el chico por señas.
—Ya sé que enviaste un mensaje a los hermanos. Diles que fue un error. Rápido. Ya. —Cuando John intentó discutir, Tohr lo interrumpió—. ¿Acaso quieres que estalle una gigantesca guerra a muerte aquí? Si llamas a la Hermandad, él convocará a sus soldados y quedaremos atrapados, y sin ninguna estrategia clara. Nos encargaremos de esto nosotros solos. Estoy hablando muy en serio, John. Yo ya he tratado con estos tíos. Tú no.
Al ver la mirada de John, Tohr volvió a tener la sensación de haber pasado ya muchas veces por situaciones parecidas con el joven, y no solo en los últimos meses.
—Tienes que confiar en mí, hijo.
La respuesta de John fue modular una maldición, sacar el móvil y comenzar a teclear.
En ese momento, Xcor se dio cuenta de su presencia… y, a pesar de la cantidad de restrictores que los estaban rodeando, comenzó a carcajearse.
—Pero si son los malditos hermanos de la Daga Negra, y justo a tiempo para salvarnos. ¿Tenemos que hacerte reverencias?
Los asesinos dieron media vuelta para mirar a los recién llegados… Craso error, pues Xcor no desperdició ni un minuto y los atacó con una pasada de la guadaña con la que logró alcanzar a dos en la parte baja de la espalda. Cuando esos dos cayeron al suelo, los otros se dividieron en dos grupos. Unos fueron hacia Xcor y Throe, mientras los otros se dirigieron a donde estaban Tohr y sus chicos.
Tohr dejó escapar un rugido y se enfrentó a los asesinos a mano limpia, dando un salto hacia delante y agarrando al primero que tuvo cerca. Lo sujetó primero de la cabeza, antes de darle un rodillazo con el que le rompió la cara, y luego le dio media vuelta y arrojó el cuerpo desmadejado contra un contenedor de basura.
Mientras se escuchaba aún el eco del impacto del cráneo de ese primer desgraciado contra la pared de metal, Tohr se preparó para atacar al siguiente. Habría preferido completar ese primer ataque con unos cuantos golpes más, pero no podía perder el tiempo: al fondo del callejón acababan de aparecer otros siete nuevos reclutas.
Tohr sacó sus dos dagas, se afirmó sobre las piernas y planeó una estrategia de ataque contra los recién llegados. Joder…, uno podía decir lo que quisiera sobre la moral de Xcor, sobre sus habilidades sociales o sus modales, pero el desgraciado sabía cómo pelear. Blandía la guadaña como si no pesara nada y tenía una increíble capacidad para calcular la distancia y hacer que por todas partes volaran manos, brazos y hasta una cabeza de restrictor. El maldito era increíblemente eficaz. Y Throe tampoco era un incompetente.
Contra todo pronóstico, y también en contra de su voluntad, Tohr y sus chicos terminaron por complementarse en la lucha contra los malditos: mientras Xcor pasaba por las armas al primer grupo a la entrada del callejón, su lugarteniente contenía al segundo grupo en el fondo e iba mandándolos gradualmente para que Tohr, John y Qhuinn hicieran su trabajo y les enviaran a la muerte definitiva.
Aunque al principio hubo alardes innecesarios, ahora todos trabajaban realmente en equipo, sobriamente. Xcor se abstenía de hacer movimientos llamativos con su arma, Throe había dejado de saltar por todas partes y John y Qhuinn se mantenían concentrados.
Y Tohr estaba absorto en su eterna venganza.
Aquellos no eran más que nuevos reclutas, ninguno de los asesinos mostraba realmente mucha destreza, pero eran tantos que existía el peligro de que las cosas cambiaran en cualquier momento.
Un tercer escuadrón apareció entonces por encima del seto.
Viendo cómo saltaban uno tras otro y caían sobre el pavimento, Tohr se arrepintió de la orden que le había dado a John. Tal vez se había dejado llevar por la sed de venganza. Eso de evitar un enfrentamiento entre la Hermandad y la Pandilla de Bastardos no era más que pura mierda; lo que Tohr quería era poder matarlos a todos él mismo. Y el resultado era que estaba poniendo en peligro la vida de John y la de Qhuinn. Por él, Xcor y Throe se podían morir allí mismo o cuando quisieran. Y en lo que se refería a él, bueno, no tardaría en volver a saltar de un puente…
Maldición, ¿qué pasaría con sus chicos? Los dos eran muy valiosos. John era ahora el hellren de una vampira y Qhuinn tenía mucha vida por delante.
No era justo que murieran antes de tiempo.
Xcor, hijo de padre desconocido, no llevaba un arma, tenía a su amante en las manos. La guadaña era la única hembra a la cual había querido de verdad en toda su vida, y esa noche, mientras se enfrentaba a lo que comenzó siendo un grupo de siete enemigos y luego se convirtió en uno de catorce, que al final aumentaron a veintiuno, la amante metálica le había recompensado su lealtad con un desempeño inmejorable.
La querida guadaña parecía una extensión, no solo de sus brazos, sino de todo su cuerpo, de sus ojos y su cerebro. No era un soldado con un arma; juntos constituían una bestia desconocida, jamás vista. Y a medida que trabajaban, es decir, luchaban, Xcor se dio cuenta de que eso era lo que tanto sorprendía a los enemigos. Por eso, consciente de que tenía un don, por así decirlo, había cruzado el océano hacia el Nuevo Mundo: para encontrar una nueva vida en una tierra nueva que todavía estaba llena de antiguos enemigos.
Y cuando llegó a ese Nuevo Mundo se marcó un objetivo aún más ambicioso. Lo que significaba que los otros vampiros que estaban ahora en el callejón se interponían en su camino.
En el extremo contrario, la de Tohrment, hijo de Hharm, era otra historia. A pesar de lo mucho que le molestaba admitirlo, el hermano era un guerrero increíble, con esas dagas negras que parecían atrapar la luz, con esos brazos y esas piernas que cambiaban de posición a una velocidad asombrosa, y ese equilibrio y esa ejecución que rozaban la perfección.
Si Tohr fuera uno de sus soldados, posiblemente Xcor habría tenido que matarlo para poder conservar el mando. Uno de los principios básicos del liderazgo era la conveniencia de eliminar a aquellos que representaban una amenaza potencial a la posición del jefe… Y también a algunos débiles. Por eso su pandilla la formaba gente competente en extremo.
Selección natural.
El Sanguinario le había enseñado eso y mucho más.
Desde luego, algunas de las cosas que le había dicho habían resultado ciertas.
Sin embargo, nunca habría un lugar en su pandilla para alguien como Tohrment: ese hermano y los de su clase nunca se rebajarían por un plato de comida, y mucho menos por un trabajo.
Aunque esa noche habían trabajado juntos, se trataba de algo circunstancial. A medida que se desarrollaba el combate, Throe y él habían comenzado a cooperar con los hermanos, atacando a los asesinos en pequeños grupos, antes de despacharlos de vuelta al Omega.
Tohr estaba con dos hermanos, o dos candidatos a hermanos, y los dos eran más grandes que él. De hecho, Tohrment, hijo de Hharm, ya no parecía tan grande como antes. ¿Se estaba recuperando de una lesión reciente? Pero daba igual: lesionado o no, Tohr había elegido bien sus refuerzos. El de la derecha era un macho formidable, cuyo tamaño hablaba muy bien de la efectividad del programa de reproducción selectiva de la Virgen Escribana. El otro era más parecido a Xcor y sus bandidos en lo que se refería a la estatura y la constitución, lo cual no quería decir que fuera bajito, ni mucho menos. Los dos se manejaban muy bien y sin vacilación, sin mostrar asomo alguno de temor.
Cuando terminaron, Xcor jadeaba. Tenía los brazos doloridos por el esfuerzo. Todos los que tenían colmillos seguían de pie. Todos los que tenían sangre negra en las venas habían desaparecido, y se encontraban, sin excepción, de regreso a su perverso creador.
Los cinco mantuvieron un rato sus posiciones, con las armas todavía en la mano, mientras jadeaban. Mantenían los ojos bien abiertos por si llegase algún nuevo ataque.
Xcor miró de reojo a Throe y le hizo una señal casi imperceptible. Si aparecían más miembros de la Hermandad y había pelea no podrían salir vivos de allí. ¿Y si estallaba un combate con los tres vampiros que ya estaban ahí? Él y su soldado tenían posibilidades de sobrevivir, pero no de salir ilesos.
Y Xcor no había ido a Caldwell para morir. Había venido para convertirse en rey.
—Espero volver a verte pronto, Tohrment, hijo de Hharm —dijo Xcor.
—¿Ya te vas? —preguntó el hermano.
—¿Sigues esperando una reverencia por mi parte?
—No, para eso se necesita tener un poco de clase, y no es tu caso.
Xcor sonrió con frialdad. Los colmillos brillaron, al tiempo que se alargaban. Estaba haciendo un esfuerzo para no perder el control y porque, de hecho, ya estaba comenzando a trabajar con la glymera.
—A diferencia de la Hermandad, nosotros los soldados rasos trabajamos durante la noche. Así que, en lugar de andar besando anillos, preferimos salir a buscar y eliminar más enemigos.
—Ya sé por qué estás aquí, Xcor.
—¿De veras? ¿Acaso me has leído el pensamiento?
—Te vas a hacer matar.
—En efecto. O tal vez sea a la inversa.
Tohrment movió la cabeza lentamente.
—Tómalo como el consejo de un amigo. Regresa al lugar de donde viniste, antes de que tus planes terminen llevándote a la tumba prematuramente.
—Me gusta el lugar donde estoy. En este lado del océano el aire es tonificante. ¿Cómo se encuentra tu shellan, por cierto?
El aire pareció helarse al instante y eso era precisamente lo que Xcor deseaba provocar. Se había enterado de que la hembra Wellesandra había sido asesinada en medio de la guerra hacía algún tiempo y decidió utilizar esa desgracia contra Tohr. No estaba dispuesto a renunciar a ningún arma que pudiera emplear contra sus enemigos.
Y el ataque había dado en la diana, porque los dos jóvenes se habían puesto en guardia enseguida, uno a cada lado del hermano.
Pero esta noche no habría ninguna discusión ni ningún combate. Le bastaba con haber descubierto el flanco débil de su rival.
Xcor y Throe se desintegraron y esparcieron sus moléculas en medio del aire helado. Xcor sabía que no le iban a seguir. Los dos lugartenientes de Tohr tenían que asegurarse de que estuviera bien, lo cual significaba que lo disuadirían de la idea de seguir un impulso caprichoso que podría terminar en una emboscada.
Ignoraban que Xcor no tenía manera de llamar al resto de sus tropas.
Xcor y Throe recuperaron la forma en la azotea del rascacielos más alto de la ciudad. Sus soldados y él siempre fijaban un punto de encuentro en el que pudieran reunirse periódicamente durante la noche, y este rascacielos, que se podía ver desde todos los cuadrantes del campo de batalla, parecía el lugar más adecuado.
A Xcor, además, le gustaba la vista desde las alturas.
—Necesitamos teléfonos móviles —dijo Throe por encima del estruendoso vendaval.
—¿Eso crees?
—Ellos tienen.
—¿Te refieres al enemigo?
—Sí, también. A ambos. —Al ver que Xcor no decía nada más, su soldado de confianza murmuró—: Tienen formas de comunicarse…
—Nosotros no necesitamos eso. Si empiezas a depender de cosas externas, eso terminará convirtiéndose en un arma de doble filo que al final se volverá en tu contra. Nos las hemos arreglado bastante bien sin esa tecnología durante siglos.
—Pero esta es una nueva era, en un lugar nuevo. Las cosas aquí son distintas.
Xcor miró por encima del hombro y dejó de contemplar el magnífico panorama de la ciudad para fijar su atención en el rostro de su lugarteniente. Throe, hijo de Throe, era un espléndido ejemplo de lo mejor de la raza, con sus rasgos perfectos y un cuerpo armonioso y proporcionado que, gracias a las enseñanzas de Xcor, ahora era más que pura decoración. Realmente Throe se había ido fortaleciendo con los años y por fin se había ganado el derecho a ser considerado un verdadero macho.
Xcor sonrió con frialdad.
—Si los métodos y las tácticas de los hermanos son tan buenos, entonces ¿por qué la raza fue atacada y diezmada?
—Esas cosas suceden.
—Y a veces son el resultado de errores, errores fatales. —Xcor volvió a fijar la vista en la ciudad—. Te sugiero que reflexiones acerca de la facilidad con que se pueden cometer tales errores.
—Lo único que digo es…
—Ese es el problema con la glymera: siempre están buscando la salida más fácil. Pensé que hacía años había logrado anular esa tendencia en ti. ¿Acaso necesitas que te refresque la memoria?
Al ver que Throe cerraba la boca, Xcor dibujó en la suya una sonrisa todavía más amplia. Y mientras contemplaba una gran parte de Caldwell pensó que, a pesar de la oscuridad de la noche, su futuro estaba lleno de luz.
Y el camino hacia él estaría pavimentado con los cadáveres de los miembros de la Hermandad.
CAPÍTULO
4

De dónde diablos estarán sacando estos nuevos reclutas? —preguntó Qhuinn mientras se paseaba por la escena del combate pisando los charcos de sangre negra.
John apenas lo oía, a pesar de que sus oídos funcionaban perfectamente. Después de que los bastardos partieran decidió no separarse de Tohr. El hermano parecía haberse recuperado algo del golpe bajo que Xcor le acababa de asestar, pero todavía estaba muy lejos de encontrarse bien.
Tohr limpió las hojas de las dagas contra su pantalón y respiró hondo. Parecía estar saliendo del fondo de un pozo interior.
—No sé… Lo único que se me ocurre es Manhattan. Necesitas una población muy grande, con cientos y cientos de manzanas podridas en su periferia.
—¿Quién demonios es este jefe de restrictores?
—Un pequeño gusano, según tengo entendido.
—Perfecto para el Omega.
—Aunque es un gusano inteligente.
Justo cuando John estaba a punto de recordarles que nunca se podía estar seguro de nada, algo lo obligó a volver la cabeza con brusquedad.
Había percibido presencias.
—Más asesinos —dijo Tohr con voz ronca.
Sí, pero ese no era el problema. Lo malo era que no solo había restrictores, la shellan de John también estaba allí, en los callejones.
Se quedó con la mente en blanco, como si acabaran de desconectarle. ¿Qué diablos hacía ella patrullando? Esa noche no tenía turno. Debería estar en casa…
Al sentir el hedor de nuevos asesinos vivitos y al acecho, John sintió que una terrible convicción le apretaba el corazón como si fuese una garra de hierro: Xhex no debería estar en las calles esa noche.
—Necesito recuperar mi abrigo —dijo Tohr—. Esperadme aquí y luego iremos todos juntos.
¿Esperar? No, ni pensarlo.
En cuanto Tohr se desintegró para regresar al puente, John echó a correr. Sus botas golpeaban el asfalto como los cascos de un caballo al galope, mientras Qhuinn le gritaba algo que terminó con las palabras: «¡Maldito desgraciado!».
Desgraciado y todo lo que quisiera, pero a diferencia de las diversiones perversas y maniáticas de Tohr, lo que a él le ocupaba sí era importante.
John atravesó el callejón, tomó una calle lateral, saltó por encima de dos filas de coches aparcados, desembocó en una esquina y…
Y allí estaba ella, su pareja, su amante, su vida, enfrentándose a un cuarteto de asesinos junto a una casa abandonada y flanqueada por un maldito traidor rubio, grande y malhablado.
Rhage nunca debería haberla llamado. Cuando John pidió refuerzos, era obvio que no se refería a su Xhex. Además, Tohr había ordenado luego que se quedaran en casa… Entonces, ¿qué demonios estaban…?
—¡Hola! —Rhage hablaba con tono entusiasta, como si los estuviera invitando a una fiesta—. Solo hemos salido a dar un paseo por el hermoso centro de Caldwell.
Aquel era uno de esos momentos en que John verdaderamente lamentaba ser mudo. ¡Maldito imbécil!
Xhex volvió la cabeza para mirarlo… y fue entonces cuando ocurrió. Uno de los restrictores tenía un cuchillo en la mano y el maldito hijo de puta no solo tenía fuerza sino buena puntería: el arma voló por el aire, con la punta hacia delante…
Hasta que se frenó de repente…, justo al entrar en el pecho de Xhex.
Por segunda vez en la misma noche, John lanzó un desgarrador grito silencioso.
Al ver cómo John se abalanzaba sobre ella, Xhex se lanzó contra el asesino con una expresión de rabia que endureció sus rasgos y, sin perder ni un segundo, agarró la empuñadura del cuchillo y se lo sacó de su propia carne. Pero ¿cuánto tiempo le duraría esa energía?
¡Por Dios santo! Xhex iba a encargarse del desgraciado. Aunque estaba herida, parecía dispuesta a devolverle el ataque con sus propias manos… Sin duda, para terminar muerta en el intento.
El único pensamiento que cruzó por la mente de John fue que no quería ser como Tohr. Él no deseaba vivir ese infierno.
No quería perder a su Xhex esa noche, ni mañana por la noche, ni ninguna noche. Nunca jamás.
Así que el joven vampiro mudo abrió la boca y expulsó todo el aire que tenía en los pulmones. Luego se desintegró casi sin darse cuenta y cayó sobre el asesino con enorme rapidez. Lo agarró del cuello con la mano y lo empujó hacia atrás con toda su fuerza. Cuando los dos cayeron al suelo, le dio un cabezazo en la cara que no solo le rompió la nariz, sino también los pómulos y las órbitas oculares.
Y no se detuvo ahí.
Al sentir el chorro de sangre negra que le salpicó todo el cuerpo, John enseñó los colmillos y desgarró la carne del enemigo con ellos, mientras lo mantenía contra el suelo. Tenía el instinto destructivo tan aguzado que habría seguido mordiéndolo hasta llegar al pavimento, pero entonces recuperó la razón.
Tenía que ver cómo estaba Xhex.
Así que sacó la daga, levantó el brazo por encima de la cabeza y clavó los ojos en los del restrictor. O, mejor dicho, en lo que quedaba de ellos.
Hundió la daga tan profundamente y con tanta fuerza que, cuando pasaron el estallido y el fogonazo, tuvo que usar las dos manos para sacar la hoja del asfalto. Luego se volvió rápidamente para ver dónde se encontraba Xhex…
Y resultó que la guerrera seguía en pie y en pleno combate con otro de los del cuarteto, a pesar de que tenía una mancha roja en el pecho que crecía minuto a minuto y su brazo derecho parecía totalmente inhabilitado.
John estaba a punto de enloquecer.
Enseguida dio un salto e interpuso el cuerpo entre su hembra y el enemigo, justo a tiempo para recibir un golpe que iba dirigido a ella: el impacto de un bate de béisbol que al darle en la cara le hizo perder momentáneamente el equilibrio.
Ese golpe habría dejado a Xhex en el suelo y con un billete de viaje directo al cementerio.
Con un rápido movimiento del cuerpo, John recuperó el equilibrio y neutralizó con las dos manos un segundo strike del asesino. Luego asestó un golpe al desgraciado en la cara y lo dejó viendo las estrellas. Después todo fue más fácil.
—¿Qué demonios estás haciendo? —le gritó Xhex, al ver cómo John levantaba al asesino del suelo.
Considerando que John tenía las dos manos ocupadas sobre el cuello del asesino, no contaba con muchas posibilidades de comunicación. Además, estaba muy claro lo que hacía.
John despachó al desgraciado de regreso al Omega con una puñalada rápida y se puso de pie. Su ojo izquierdo, el que había recibido todo el impacto del bate, estaba comenzando a hincharse. Entretanto, Xhex seguía sangrando.
—Nunca vuelvas a hacerme eso —siseó Xhex.
Al oír el tono de indignación de Xhex, a John le dieron ganas de hacerle un corte de mangas, pero si lo hacía, no podría decirle lo que estaba pensando:
—¡Entonces no insistas en pelear cuando estás hiri-herie-herida!
Por Dios, ni siquiera podía comunicarse correctamente, sus dedos se atropellaban al formar las palabras.
—¡Estaba perfectamente bien!
—Pero si estás sangrando…
—Es una herida superficial…
—Entonces, ¿por qué no puedes levantar el brazo?
Los dos se habían ido acercando y desde luego con aire poco cariñoso. Ambos tenían el gesto airado y el cuerpo tenso, casi en actitud de ataque.
Al comprobar que ella no decía nada en respuesta a su pregunta, John tuvo la certeza de que la razón estaba de su parte.
Xhex debía de estar muriéndose de dolor, aguantando, pero no daba su brazo a torcer:
—Yo sé cuidarme sola, John Matthew. No necesito tenerte vigilándome a todas horas solo porque soy hembra.
—Habría hecho lo mismo por uno de los hermanos. —En realidad, dado su carácter, lo habría hecho por cualquiera, hermano o no—. Así que no me salgas ahora con esa cantinela feminista…
—¿Cantinela feminista?
—Tú has empezado a hablar de sexos, no yo.
Xhex entrecerró los ojos.
—Ah, ¿sí?, ¿de veras? Pues ¿sabes lo que te digo? Vete al infierno. Y si piensas que eso de que yo sé cuidarme sola no es más que una maldita declaración de principios, ¡te apareaste con la hembra equivocada!
—¡Esto no tiene nada que ver con que seas una hembra!
—¡Y una mierda!
Dichas estas palabras, Xhex respiró hondo, dolorida. Al hacerlo captó en toda su intensidad el aroma de macho enamorado que emanaba de John, tan fuerte que lograba opacar el hedor de toda la sangre de restrictor que los rodeaba.
John, furioso, enseñó los colmillos y dijo con frenéticos gestos:
—Tiene que ver con lo estúpida que has sido al provocar una situación de riesgo en el campo de batalla.
Xhex abrió la boca dispuesta a contestar, pero no sabía qué decir. Se palpó la herida y lo miró con furia contenida. No esperaba aquel reproche. Se quedó mirándolo fijamente mientras sacudía con lentitud la cabeza.
Parecía muy decepcionada.
John lanzó una maldición y comenzó a pasearse de un lado a otro, enloquecido. De repente notó que todos los que se hallaban en el callejón, es decir, Tohr, Qhuinn, Rhage, Blaylock, Zsadist y Phury contemplaban, atónitos, el espectáculo. Por su expresión, estaba claro que todos y cada uno de esos machos se sentían felices por no haber sido los autores del último comentario del vampiro mudo.
—¿Nos podéis dejar un poquito de intimidad? —dijo John, mientras los fulminaba con la mirada.
Enseguida todos comenzaron a moverse, simulando estar muy ocupados mirando al cielo, a las paredes cercanas, al suelo. Hubo rumor de carraspeos y comentarios insustanciales. Como suele decirse, estaban un poco abochornados y no sabían dónde meterse.
Pero a John en ese momento no le importaba lo que pensaran o hicieran.
Su rabia era tal que, a decir verdad, tampoco le importaba lo que pensara Xhex.
En la mansión de la Hermandad, N’adie tenía entre los brazos el vestido que su hija había llevado en la ceremonia de apareamiento, mientras un doggen que estaba plantado frente a ella trataba de esquivar sus preguntas sobre el ropero, ubicado en el segundo piso de la mansión.
—No —volvió a decir N’adie—. Yo me ocuparé de esto.
—Pero ama, por favor, es muy sencillo…
—Entonces, más a mi favor, no habrá problema en que me ocupe del vestido.
El doggen dejó caer la cabeza y suspiró con aire derrotado.
—Al menos permítame que se lo diga al Jefe Perlmutter…
—Claro, y yo podría contarle lo amable que ha sido usted al mostrarme dónde están los productos de limpieza… Y lo agradecida que estoy por el gran servicio que me ha prestado.
Aunque N’adie llevaba puesta la capucha, y por tanto apenas se le podía ver la cara, el doggen pareció captar con claridad su estado de ánimo. Ella no iba a cambiar de opinión. Nadie la haría desistir de su idea, salvo por la fuerza, cosa que estaba totalmente descartada.
—Voy a…
—A conducirme allí, ¿verdad?
