Capítulo primero
Por los altavoces suena una canción de Kings of Leon, pero nadie la escucha. A estas horas de la tarde el local está casi al completo y un batiburrillo de conversaciones entrelazadas lo envuelve todo. Brókeres, creativos publicitarios, ejecutivos, diseñadores de moda ataviados con sus prohibitivos trajes de marca se afanan por acaparar la atención de los dos únicos camareros que atienden la barra con desesperada premura. Casi todo el mundo permanece de pie, pues eso les permite saltar de un grupo a otro, intervenir en varias conversaciones a la vez o, sencillamente, aproximarse a la persona deseada. Tan solo unos pocos clientes se sientan en las mesas del fondo de la sala. En una de ellas se encuentran Sara y Javier. Los dos trabajan en la misma agencia de publicidad, ella como directora de cuentas y él como redactor de textos. Están tomándose una cerveza, alejados del gentío, con el fin de charlar a solas.
—¿Y por qué te gusta esa palabra? —pregunta Sara.
—¿«Entrañable»? Bueno, es una palabra hogareña —le responde Javier—. Se diría que tiene techo y calefacción central. Aunque he de confesarte que, en realidad, casi ninguna palabra con eñe me deja indiferente: «morriña», «cariño», «mañana»... Todas dicen, pero también evocan. Incluso cuando no son agradables, como «daño» o «saña». Es como si, al escucharlas, te quedaras siempre con ganas de saber más sobre ellas. Pero en el caso de «entrañable» es que, además, esconde un sentimiento táctil. Hay que hurgar con las manos para descubrir lo que lleva dentro. Amor de mis entrañas, las entrañas de la tierra... ¿Conoces a alguna persona entrañable a la que no desees abrazar? Tal vez jamás harías el amor con ella, pero necesitas acariciarla. Lo dicho, un sentimiento táctil vinculado, además, a la distancia. Te extraño cuando estás demasiado lejos. Te entraño cuando estás demasiado cerca.
La verborrea de Javier es incontenible, pero Sara lo sabe y le gusta. Probablemente, porque esa forma de ser es lo más alejado de lo que ella había conocido antes de entrar en publicidad y de tener que vérselas con esta clase de personas que, en el argot interno, se autodenominan pomposamente «creativos».
—Resulta curioso cómo las letras condicionan el alma de las palabras —continúa Javier—. A solas o en pareja, depende. Mira, por ejemplo, lo que sucede con la te y la erre cuando se unen. Por el mero hecho de hacerlo, ascienden de volumen, endureciendo las palabras en las que se insertan: «atribulado», «triste», «retraído», «atroz»... No te fíes de las palabras con te y erre. La traición, la treta, la traba, el truco, la trama... siempre ocultan algo y no es casualidad que el prefijo «tras» las contenga para advertirnos.
—Sí, pero «entrañable» tiene también una te y una erre —le corta Sara, encantada con la idea de que en esta ocasión le ha pillado en un renuncio—. Y me acabas de decir que es una palabra, ¿cómo la llamaste...?, ¿hogareña?
—E insisto en ello, porque la eñe pesa más que todas las otras letras juntas —se defiende Javier—. La tilde nos recuerda su procedencia: aquella doble ene que los copistas de los monasterios decidieron abreviar para economizar esfuerzos. Pero su importancia permanece intacta en ese rasgo volátil y desapegado que ningún otro signo tiene. Recuerda siempre que entre las letras, al igual que entre las palabras, no hay jerarquías, pero sí respeto.
Sara es de Madrid. Nació en una de las mejores casas del barrio de Salamanca hace treinta y dos años. Es decir, nació pija. Pero todo tiene remedio en esta vida, y algunas compañías poco apropiadas (en opinión de sus honorables progenitores) la llevaron a relacionarse con lecturas y conversaciones que poco a poco la fueron alejando de una más que probable boda en la iglesia de Los Jerónimos. Terminó la carrera de Derecho a duras penas y con la firme convicción de que jamás ejercería la profesión familiar. Con un padre notario y dos hermanos mayores con despacho propio, ya es más que suficiente. Ella se inclinó por el mundo de la publicidad y, tras dos cambios de agencia, ahora trabaja en esta empresa desde hace casi un año.
Acaban de pedir otras dos cañas. Vienen acompañadas de unas pocas patatas fritas en lugar de las clásicas aceitunas. Sara las mira con recelo, pero no puede evitar llevarse una a la boca. Tras la primera cerveza, siempre relaja su control para mantener la línea. Mientras escucha en su interior el crujir de la patata, piensa que Javier le gusta. No sabe cómo, cuánto, ni para qué, pero le gusta, pese a ser consciente de todo lo que les separa.
El juego de las palabras, esa especie de striptease verbal, comenzó entre ellos unos meses atrás, al poco de conocerse. Sara le comentó que tenía un pasajero dolor de cabeza y Javier le repuso que eso le sucedía por coger dolores de cabeza que hacen autoestop.
—¿No te cansas de estar siempre jugando con las palabras? No es que me moleste, pero así no hay forma de mantener una conversación seria contigo —le espetó Sara, más disconforme con su dolor de cabeza que con Javier.
—Yo no juego con las palabras —respondió inmediatamente Javier—, son ellas las que juegan conmigo. Se introducen en mi oído cuando tú las pronuncias y se expanden en todas direcciones. Has dicho «pasajero». «Pasajero» es algo frugal, transeúnte. «Pasajero» es un ave o un amor. Es algo breve o eterno, pues pese a su corta duración puede marcar el resto de tu existencia. Jamás subestimes a ningún pasajero. El hombre que va sentado a tu lado en el avión puede ser un terrorista dispuesto a inmolarse en ese vuelo, el padre de tus futuros hijos o tan solo un mal olor a desodorante barato. Pasajera es la palabra que apenas oyes hoy, pero que no será pasajera mañana, cuando la escuches desde otra boca, o de otro modo, o con otro ánimo. Ninguna palabra es pasajera y todas lo son, dependerá siempre de ti. En lo que a mí respecta, intento retenerlas conmigo todo lo que puedo. Y he descubierto que la única forma de conseguirlo es manteniéndolas vivas a base de escudriñar todas sus posibilidades, las visibles y las camufladas.
La conversación no duró mucho más ese día, pero a Sara le dejó un agradable sabor nada pasajero. Le habría gustado continuar con ese juego de palabras recién descubierto y, sobre todo, con la grata compañía de Javier, que acababa de subir su puntuación un montón de enteros en pocos minutos. Pero bueno, ya habría más oportunidades. El hecho de trabajar en la misma agencia de publicidad facilitaba mucho las cosas.
Apurada casi la segunda cerveza, Sara le pregunta sobre la campaña que están preparando para el concurso de Coca-Cola. Inmediatamente tiene la sensación de que a Javier no le ha gustado que introduzca en la conversación el tema que le tiene tan preocupado, pero es demasiado tarde para rectificar. «Vamos bien, pero despacio», esa es toda la información que obtiene. Los dos toman un último sorbo casi al unísono, como para borrar ese instante de desapego. Javier propone una tercera ronda, pero eso excede con mucho la capacidad de indulgencia de la directora de cuentas consigo misma. Además, empieza a molestarle el repetido hecho de que sus conversaciones, siempre tan entretenidas, terminen así, por corte y con un regustillo amargo al final de las mismas. Como si no fueran capaces de prolongar una situación que, a estas alturas, es evidente que a los dos agrada.
Aunque expija arrepentida, tantos años en el Jesús y María han dejado en Sara alguna huella. La más notoria es ese toque de marimandona que no consigue evitar ni cuando está relajada. Eso es algo que no le viene bien en la relación con sus amigos, que a veces le contestan con dureza cuando de repente resurgen sus viejos modos de niña de papá. Y, por supuesto, mucho menos en el trabajo, donde algunos clientes le reprochan su insuficiente capacidad para humillarse.
Aparte de eso, la vida ha sido extremadamente generosa con ella. Rubia color Madrid, ojos glaucos, labios apetecibles y un cuerpo hermoso. Con esa hermosura que proporcionan los esqueletos bien diseñados, fruto de varias generaciones de buena alimentación. Nunca ha tenido una enfermedad de importancia ni ha dado en casa más disgustos que los del incumplimiento con el programa previsto. Pero sus padres consuelan la contrariedad pensando en el descarrío de las hijas de algunos amigos, y asumen que trabajar en publicidad y seguir soltera a los treinta y dos años no es el peor de los escenarios.
Tuvo un novio, pero la cosa no funcionó. Era bueno en la mesa y malo en la cama. Se ve que los postgrados en Boston no lo resuelven todo. A partir de ahí visitó varios dormitorios, pero sin quedarse en ninguno. Y ahora disfruta de la relación de pareja consigo misma, ocupando un apartamento familiar en la calle Fortuny, de un nutrido elenco de amistades variopintas, y de la simpatía de Javier, que, con altibajos, le llena los tiempos muertos a plena satisfacción.
Javier es cuatro años mayor. Le encanta lo que hace y, tal vez por ello, disfruta de un reconocimiento profesional que le asegura el respeto de sus superiores. Su jefe, el director creativo de la agencia, es un tipo con quien comparte largas noches de trabajo y esporádicas resacas mañaneras. Su vida fuera de la agencia es escasa pero intensa. Le gusta el cine, al que no le importa ir solo. Siempre lleva un libro en la bolsa y acude a las fiestas de los amigos cuando le invitan. Pero él jamás organiza una.
La gente le admira pese a su verborrea excesiva y en ocasiones pedante. Valoran su talento, aunque su obsesión por la excelencia le acarrea ciertas acusaciones de «trepa» por parte de algunos compañeros menos exigentes que él. No se le conoce ninguna pareja estable, aunque tampoco hace ascos a un buen revolcón, en especial cuando lleva unas copas de más. Podemos resumir que Javier es entretenido, cumplidor y con el preciso nivel de rarezas como para triunfar en un trabajo en el que se valora el ser un creativo excéntrico pero dentro de un orden.
A la salida del bar los dos se despiden como si tuvieran prisa, pero en realidad ninguno había hecho planes para el resto de la tarde. Sara se sube a su Mini descapotable (descapotable en verano, ahora es diciembre) y Javier llama a un taxi sin tener ni la más remota idea de adónde le va a pedir que le lleve. Finalmente se decide por volver a la agencia para revisar los bocetos de la campaña de Coca-Cola. Con eso, al menos, habrá adelantado trabajo para el lunes siguiente. Por su lado, Sara opta por acercarse a casa de su amiga Ángela, una antigua compañera de facultad con la que mantiene una relación frecuente, pese a que el trabajo de esta última, como abogada en un famoso despacho, tampoco le deja mucho tiempo libre. Las dos comparten soltería y un pasado de rancio abolengo que, aunque hoy aborrecido, les otorga un bagaje de preferencias e intereses comunes mucho mayor de lo que ambas están dispuestas a reconocer.
Sara aparca en la misma puerta del edificio donde vive su amiga. Su buena suerte siempre le guarda la mejor plaza, pero ella ni siquiera es consciente de tal privilegio. Lo considera otra prerrogativa de la buena cuna, parte del listado VIP que Dios le adjunta a la cigüeña en el momento de enviar a la tierra a los nacidos en casas con portero de librea.
—La señorita Izquierdo acaba de subir, tal vez esté aún en la ducha. Si quiere la aviso por el telefonillo de su llegada —le aclara el uniformado cancerbero de la finca a modo de saludo de bienvenida.
Sara, sin detenerse, le dice que no, que tranquilo, que si acaso esperará en el descansillo a que termine, pero hay algo en el comentario de... (¿cómo se llamaba este hombre?) que no le ha gustado. Lo descubre mientras el ascensor la sube hasta el cuarto piso: «Tal vez esté aún en la ducha». No sé, una cosa es ocuparse del vecindario y otra muy distinta controlar su intimidad con tanta precisión. Porque Ángela, efectivamente, está en la ducha y quizás aquel «tal vez» tan solo pretendía ocultar un interés desmesurado de... Enrique (eso es, Enrique) por los hábitos de la única inquilina joven, atractiva y soltera del inmueble.
Cuando Ángela le abre en albornoz y secándose el pelo con una toalla a juego, Sara no le comenta nada sobre el portero. Se reiría de ella, la llamaría paranoica y, lo que es peor, acabaría contándolo en la próxima cena con los amigos.
Se preparan dos gin-tonics a regañadientes de Sara. No suele beber tanto. Pero aún le dura el mal sabor de boca de la despedida con Javier y finalmente agradece el trago y la conversación. Intenta sincerarse con Ángela, pero le cuesta explicar, explicarse. La palabra que más sale de su boca es de tan solo dos letras: «no».
—No es que me guste, bueno, sí, pero no como te imaginas. Y no porque haya mal rollo, pero no acabamos de... no sé cómo decirlo. Vamos, que no funciona, pero lo peor es que no sé qué es lo que tiene que funcionar.
—¿Y por qué no te lo tiras de una vez y averiguas si lo que tienes es un picor o un problema de cojones?
—Joder, Ángela, qué burra eres. Seguro que quien te puso ese nombre no fue un profeta. Lo que me gusta de Javier es la distancia que nos une. No tenemos nada que ver. Él nació en Argumosa y yo en Juan Bravo. Nos separa la educación recibida, la tradición familiar, el parque del Retiro. Pero todo eso a la vez es lo que despierta nuestra curiosidad hacia el otro. O hacia lo otro, como prefieras llamarlo.
—Lo dicho, que todo eso se resuelve follando —insiste Ángela.
—Pues mira, no —le replica Sara—. Lamento tener que dirigir tu mente hacia el hecho de que en la vida no todo se resuelve en la cama. En las relaciones personales hay millones de matices que algún día, si dejas de mirar el mundo como si fuera un parque temático del sexo, tal vez llegues a descubrir.
—Vamos a ver... —Ángela comienza a encontrar poco divertido el papel de ninfómana sin cerebro que le asigna su amiga y sube un peldaño el tono de la conversación—. Lo que no acabo de comprender, y admito con ello mi evidente incapacidad para analizar las razones que motivan a mis semejantes, es qué le puede gustar a Javier de ti. Con todo mi cariño, Sara, no eres una chica especialmente interesante. Tienes una vida previsible, vistes de forma previsible, conduces un coche previsible, lees libros previsibles y seguro que echas polvos previsibles. En cambio Javier, por lo que me cuentas de él, tiene mucho más atractivo. Le pega al coco, es un neurótico algo Woody Allen pero en guapo, las tías se lo rifan, disfruta de su trabajo, y su carrera va disparada hacia el infinito y más allá. Y con este desequilibrio tú pretendes que la cosa funcione sin gastar un euro en condones. Pues si lo consigues, escribe un libro sobre el tema y seguro que te forras.
Sorprendentemente Sara no entra al trapo y, en lugar de replicar con saña, se queda mirando los hielos de su gin-tonic en silencio. La pausa es tan larga que Ángela comienza a sentirse culpable por su comentario e intenta relajar el tono para desdramatizar la situación. Pero Sara se le adelanta por una décima de segundo.
—No me imagino en la cama con Javier. Y no me refiero al hecho de la distancia social. Es que tengo la absoluta certeza de que se estropearía algo que me importa demasiado. Tú no puedes comprenderlo y, por favor, no me malinterpretes, es sencillamente que me conozco tu vida al dedillo y me consta que jamás has pasado por una relación como esta. No sé cómo explicártelo, es algo que enriquece una parte de mí que ni siquiera sabía que existía. Me despierta intereses y sensibilidades que me hacen mejor, más completa, y no quiero que este caudal se detenga por tratar de encauzarlo por los estrictos canales de lo... ¿cómo lo llamaste?, ¡ah!, sí, previsible.
Pero Ángela sí que comprende. Ahora sabe que su amiga no quiere enamorarse de un Javier al que ya ama, y que buscará las mil maneras posibles para continuar a su lado, pero evitando, al mismo tiempo, que las cosas lleguen demasiado lejos. Lo que Sara pretende es mantener una maravillosa relación con el hombre de su vida, pero sin olvidar nunca que el hombre de su vida no es el hombre para su vida. Una cosa es haberse convertido en una chica «normal» y otra ignorar las elevadas verjas de ese parque que, desde mediados del siglo XVII, separa sus dos barrios de nacimiento.
Pobre Sara, piensa Ángela para sus adentros. Y piensa también que, al menos de momento, será mejor no volver a hablar de tan delicado asunto.
Capítulo segundo
Javier no tiene estudios universitarios. Empezó a trabajar muy joven para ganarse la vida (mensajero, ayudante de estudio, montador de maquetas). Pero su desmesurada afición a la lectura le convirtió en un autodidacta con auténtico talento para la redacción. Talento que salió a la luz una noche de crisis en la que faltaban algunos textos para la campaña de Peugeot que debía presentarse a la mañana siguiente. Pese a no ser de ese equipo, él se ofreció a escribirlos y el resultado fue espectacular. A los pocos días, el cliente envió una nota de felicitación. A las pocas semanas, Javier se convertía en el creativo júnior con más futuro del departamento. Desde entonces hasta hoy, su carrera ha sido meteórica sin tan siquiera tener que cambiar de agencia.
Su afición a desmenuzar palabras le viene del trabajo. Vive entre ellas, las une, las alterna, busca sinónimos, antónimos, analogías. Primero, encontrar el concepto, la idea; luego, darle forma. Al final, casi siempre, agotadoras horas de disección que se resumen en una frase lo más breve y evocadora posible. El Just do it que toda marca persigue. La diferencia en el caso de Javier es que es un obseso. Las palabras siguen en su cabeza al terminar la jornada laboral y le acompañan a todas partes, apareciendo y desapareciendo a su antojo ante la menor provocación: una charla entre amigos, el titular de un periódico, la carta de un restaurante... La consecuencia de todo ello es que Javier es incapaz de ver el mundo sin llamarlo. Para él no es que las cosas tengan nombres, es que los nombres tienen cosas. Si ha de elegir, prefiere la palabra al objeto. Una piedra es solo una piedra. Pero en el teclado de su ordenador puede ser piedra, guijarro, canto, roca, mineral, china, cálculo, granito. Y eso reza también con las personas, que pueden no ser de piedra, quedarse de piedra, ser la piedra de toque, tirar la piedra y esconder la mano... Lo tangible es tan solo el soporte necesario para que la palabra pueda justificar su razón de ser. Pero el ser de su razón es otra cosa. Es la grandeza que alcanza al multiplicar sus posibles significados elevándose por encima de un mundo perecedero en el que las cosas se destruyen, las personas mueren, pero las palabras permanecen.
Le pide un recibo al taxista. Ya que va a hacer horas extra, al menos que no tenga que pagar él la carrera. Mira el reloj y comprueba que son casi las nueve. Otra noche de viernes que pasará en la agencia a nada que se líen un poco las cosas. La publicidad, ya se sabe...
En la agencia quedan bastantes personas, sobre todo en la planta creativa. Los de producción audiovisual están montando las maquetas del concurso y, cuando ven entrar a Javier, se alegran sinceramente. Se encontraban bloqueados con un robamatic (un vídeo hecho a partir de imágenes «prestadas» de películas o documentales para contar el futuro spot de la forma más exacta y económica posible) y saben, por experiencia, que Javier les echará una mano. Y saben también que, cuando regrese de cenar el director creativo y descubra que el montaje ha sido supervisado por su niño bonito, lo verá con mejores ojos. Resultado, que podrán irse antes a casa.
—¿Cómo lo ves? —le pregunta Esther, que acaba de pasarle las imágenes locutadas por ella misma para ver el efecto hasta la grabación definitiva del lunes por la mañana.
—Lo veo demasiado picado —responde Javier—. Cuando rodemos el anuncio real tal vez tenga sentido esta sucesión de planos tan cortos. Pero ahora lo importante es que se entienda la idea. Recuerda, no estamos haciendo un spot. Estamos vendiendo un spot.
Eliminan algunos planos y buscan otra banda sonora más acorde con el nuevo montaje en el archivo de la agencia. Esther debe reconocer, de mala gana, que el robamatic queda mejor con los cambios que le ha indicado Javier.
Pasadas las doce llega Ramón, el director creativo, con claros síntomas de haber regado bien la cena. Está eufórico y le encanta todo el trabajo. Bien por Javier y bien por Ramón. Ahora, en media hora, cerramos el quiosco. Si además ganamos el concurso y nos traemos la cuenta de Coca-Cola a la agencia, la fiesta será sonada.
Ramón le propone a Javier irse a tomar unas copas. Este fin de semana su mujer y sus dos hijas se han ido a ver a los suegros a Marbella y tiene todo el tiempo del mundo para disfrutarlo a gusto. Pero Javier se disculpa con el pretexto de que quiere repasar una vez más todo el trabajo. En parte es cierto, aún no está satisfecho con algunos de los anuncios de prensa. Pero también le da pereza enrollarse a charlar con su jefe cuando este le lleva tantas copas de ventaja. Le propone tomar juntos el aperitivo al día siguiente y quedan en llamarse a media mañana. Tras marcharse Ramón, la agencia se vacía con rapidez y Javier se queda prácticamente solo. Prácticamente.
—¿Siempre eres el último en abandonar el barco?
La voz es de Raki, que mira a Javier con los brazos cruzados y apoyada en el quicio de la puerta del despacho. Ella es nueva en la agencia. Proviene de una conocida boutique creativa y tiene fama de ser una excelente directora de arte, pero Javier aún no ha tenido oportunidad de trabajar con ella.
—Solo si el barco no se está hundiendo —le responde Javier con una sonrisa traviesa—. Si la cosa se pone fea me salto la cola de las mujeres y los niños sin el menor miramiento.
Raki le devuelve la sonrisa preguntándole de paso si le queda mucho. Igual no era una mala idea cenar algo antes de que todo esté cerrado. Javier le responde que con media hora le sobra y que pasará a buscarla a su despacho. Ella desaparece y él regresa a su trabajo encantado con la propuesta. Raki no es lo que se podría llamar una tía buena, pero tiene un desenfado en el trato que la hace mucho más interesante de lo que un primer golpe de vista pudiera sugerir.
Unos pinchos de tortilla y dos montados de jamón. La cocina está cerrada y eso es todo lo que puede ofrecerles el camarero. Javier propone completarlo al menos con una buena botella de vino y Raki acepta encantada.
—Es lo único memorable que me va a pasar este fin de semana —añade—. Bueno, eso y picar algo con el creativo publicitario de moda. Conozco un montón de becarias que venderían su virginidad por estar ahora en mi lugar.
—¿Por qué eres así? —le pregunta Javier—. Quiero decir, ¿por qué intentas siempre ocultarte tras el descaro? Te lo digo porque no cuela. Tendrás que buscarte una estrategia más sofisticada o superarlo procurando ser normalita.
—El descaro es una estrategia estupenda —le responde Raki sin acusar el golpe—. Si alguien es un cretino, lo manifiesta ante el primer disparo de advertencia y así te evitas perder el tiempo con quien no merece la pena.
—Y yo... ¿merezco la pena?
—Eres rápido en las respuestas. Punto a favor. Demasiado ligón. Punto en contra. Tienes una sonrisa irresistible. Punto a favor. Lo sabes. Punto en contra. Sería un honroso empate si no hubieras usado el diminutivo al proponerme ser «normalita». Eso es un triple en contra.
—¿Fin del partido?
—Fin del primer tiempo —sonríe Raki—. Anda, sírveme más vino.
La conversación mejora conforme va desapareciendo el vino. Raki le cuenta a Javier que hizo Ciencias de la Información en la Complutense, pero que antes de terminar la carrera ya se ganaba la vida en un estudio gráfico. Son cuatro hermanos y el único sueldo que entraba en casa era el de su padre. Nada espectacular, teniendo en cuenta que conducía un autobús municipal. Después, una oferta en la boutique creativa. Su primer Sol de Oro en el festival de San Sebastián y su primer León de Bronce en el de Cannes. Ramón la llamó para venirse a trabajar con ellos y aceptó de inmediato. ¿Por qué? Bueno, le gusta el estilo de la agencia y mucha gente habla bien de ellos. Y de momento está encantada, «así que no lo estropees tú esta noche, guapito nada normalito».
Cuando las luces del bar empiezan a apagarse él propone abrir otra botella en su casa. «Ahora está todo cerrado, ya sabes». Y Raki, que ya sabe, rechaza la oferta con estilo. Dejando un buen sabor en la despedida, beso cálido en la mejilla y cada uno por su lado. Javier se consuela. Por lo menos este sábado no hay que madrugar y el trabajo de Coca-Cola está casi terminado. Una vez en su domicilio, abre el correo para ver si tiene algún mensaje de Sara. Nada. «Pues que le den, me voy a la cama y mañana será otro día».
Y mañana es otro día. Javier toma conciencia de ello a través del insistente sonido de su iPhone. Aún medio dormido, mira la pantalla del móvil y lee: «El puto amo». Es Ramón, seguro que para quedar en el lugar de siempre, un bar de tapas en el que, según él, «tiran» la mejor cerveza de Madrid. Pero, para su sorpresa, su jefe, con una voz casi inaudible, le informa de que ha pasado una noche fatal, vomitando y todo eso, así que mejor lo dejan para otro día si no le importa. Y Javier cuelga encantado de la vida, porque hay una exposición en CaixaForum que le apetece mucho ver. Mucho más que el plan de tapas con despotrique al que, como de costumbre, le hubiera sometido su director creativo.
Javier es demasiado joven como para recordar la gasolinera que había en el lugar en el que ahora se encuentra el acceso a CaixaForum. Lo único que él ve con desesperación es la inmensa cola que garantiza una larga espera antes de entrar en el edificio. Está a punto de regresar sobre sus pasos cuando oye una voz a su espalda.
—O deja usted de seguirme o tendré que informar a la policía.
Al girarse, descubre a Sara con una amiga. También se han rendido ante la larga fila de ociosos sabatinos y encaminaban sus pasos hacia El Espejo o el Café Gijón, el que esté menos abarrotado. Tras las presentaciones de rigor, aquí Ángela, aquí Javier, le proponen sumarse a la expedición. Javier se suma, pero algo inquieto con Ángela, que no deja de mirarle de reojo con una expresión de «así que es este» nada confortable.
Gana la terraza acristalada de El Espejo. Tras conseguir una mesa y unas cañas, Sara le cuenta a Javier que esta es la famosa Ángela y a Ángela que este es el famoso Javier. Los dos bromean sobre su mala suerte al tener una amiga como ella, con la de gente interesante que hay por el mundo. Pero, bajo las risas, ambos saben que su deber en este momento es el de no defraudar a la protagonista de este trío accidental. Ángela recurre a todos sus encantos de mujer sin más límite que el de no entrar en competencia frontal con la propia Sara. Javier, por su lado, adopta el papel de compañero entrañable, sincero y leal con sus amigas, pero irresistible y voraz con las que no lo son. Y tú, mi querida Ángela, no lo eres.
La cosa continúa subiendo de tono (sábado, cervezas y unos púgiles de lujo) y Sara comienza a considerar de lo más necesario el incorporarse al cuadrilátero.
—¿Te he dicho que Javier es muy bueno con las palabras? No te dejes enredar por él, pues es todo un profesional.
—No es cierto, yo no soy nada «bueno» —la interrumpe Javier—, de hecho odio esa palabra. ¿Te has fijado (ahora solo mira a Ángela) lo poco sexis que son todos los sinónimos de «bueno»? Afable, virtuoso, piadoso, indulgente, cándido, simple, crédulo, candoroso... ¿A qué mujer le interesaría un hombre así?
—Sí, pero también están los de apetecible, sabroso, rico —contraataca Ángela divertida—. Y no olvides el de amable, que a fin de cuentas significa susceptible de ser amado.
—Touché —reconoce Javier, encantado con el juego y, sobre todo, con el nivel de su contrincante—. Aunque, en realidad, el alcance de mi aversión es aún más amplio. No es solo la palabra «bueno», aborrezco todas las que empiezan por be. Son babosas. Si quieres llamarme algo, por favor, que empiece por pe. No quiero tener bolas, quiero tener pelotas. No quiero ser beato, ni besugo, ni bobo, ni bufón. Quiero ser pagano, pícaro, persuasivo, pecador.
—Pues es una pena que dejes fuera los besos en la boca o el beber en un bar, no sabes lo que te pierdes —le replica Ángela poniendo en el gesto, esta vez sí, toda la carne en el asador.
Javier hace una pausa. No tanto para recomponer sus fuerzas como para admirar las de su adversaria. El problema es que esa admiración se refleja en sus ojos de forma tan evidente que tanto Ángela como Sara se incomodan. La primera porque se da cuenta
