Las mujeres inglesas destrozan los tacones al andar

Almudena Solana

Fragmento

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Agradecimientos

 

 

 

 

No sé si este libro empezó a fraguarse, hace años, cuando Stuart Weitzman me descalzó en una acera de Madrid y dibujó los límites de mi pie sobre un papel. Aún conservo esos magníficos zapatos que llegaron posteriormente, por correo. A lo mejor, la idea se agrandó después de un brindis en el cumpleaños de mi padre, uno de esos niños de la guerra, que no tuvieron juguetes. Más tarde cobró cuerpo en Londres. Gracias a mis editores ingleses de Random House y al Instituto Cervantes, que me han hecho viajar a menudo por el Reino Unido con motivo de la traducción de mi primera novela. Destaco, sin duda, a esa heroína de El Curriculum de Aurora Ortiz (The curriculum vitae of Aurora Ortiz) porque gracias a ella, estas otras mujeres (las que destrozan los tacones al andar) se hicieron inglesas. Londres fue mi casa hace un tiempo y ha sido un gusto pasear sus calles a través de las páginas de esta novela.

 

A pesar de que la historia —tanto en Galicia como en Londres— transcurre en muchos espacios reales, nada de lo que se cuenta en ella es verdad. Sin embargo, tampoco me atrevería a decir que es mentira del todo. Quiero agradecer a tantas personas que me han atendido cuando construía este mundo de ficción; especialmente a César Mogo y José Ramón Manjón, que saben mucho de los emigrantes españoles que un día marcharon lejos, y a Nieves Guitián, que me puso en contacto con ellos. Quiero agradecer a Carmen Carrera y Antonio Jorge Hermida, emigrantes gallegos en Londres, quienes, ya de vuelta, recordaron muchas cosas para mí con inmensa casta y generosidad. Gracias a Anxo Alberte, alma de la Biblioteca de Baiona la Real (Pontevedra). Gracias a mi amiga Niamh Burns, con quien hablé de tacones, de panoramas londinenses, de horarios… y a Anne McLean, por venir a verme a la Universidad de Leeds y reírnos una vez más del significado que esconden las palabras, como quirky… A Koukla MacLehose por hacer surgir el confort en medio de una cena en Londres. Gracias a mi madre, Carmen Bajo, que es capaz de contar todos los pétalos que hay en un campo de margaritas. Con ella y con Raquel Galán, hablé mucho de flores.… Gracias a Cristina Valcarce, que me hizo saber los requisitos que necesitaba mi protagonista para trabajar en un Call Center. A mi amigo Rafael Ruiz.

 

Gracias a mi agente Guillermo Schavelzon; todos mis personajes coinciden en reconocer que están en las mejores manos porque sienten que siempre hay alguien que está pendiente de ellos, ya sea como protección, para que no les ocurra nada, o como disparate, para que les ocurran muchas cosas. Estoy de acuerdo con ellos. Cómo no, gracias a Pablo Álvarez, mi editor.

 

Por último, destacar que uno de los personajes de esta obra, el abuelo Antón, está recreado, en algunos aspectos, sobre el físico del mío propio. En cierta manera no sería justo olvidarme ahora de él; Francisco Bajo Robles, alguien que comenzó a trabajar como factor en una pequeña estación de tren en la provincia de Palencia y se jubiló siendo Jefe de la Estación del Norte de Madrid. Es una especie de héroe para mí. Inventaba perfumes mezclando flores, escribía poemas y buscaba conchas por la playa, paseando descalzo con los pantalones por encima de los tobillos, pero sin abandonar ni la americana ni la corbata. Agradezco los recuerdos de la compañía de todos los abuelos que conocí: además de él, Encarna Rodríguez Baños y Petra Villamor Maza. El único que no pudo superar el año 1938 fue mi abuelo José Solana Olariaga; le mató la tuberculosis, una de esas enfermedades que se colaban, como el frío, el miedo y el hambre, en los años de la Guerra Civil. Resulta demasiado lejana su muerte, sin embargo, tampoco sería justo que él no estuviera aquí. De ninguno he heredado sentimientos de reproche, sino de superación, y eso es lo primero que debería agradecer.

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Zapatos

PARTE I

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Capítulo
1

 

 

 

 

Las mujeres inglesas destrozan los tacones al andar. Yo entre ellas. Todas corremos de un lado para otro, pero no renunciamos a la altura ni a las suelas puntiagudas. Los hombres con los que me cruzo cuando corro van a buen paso, con zancada amplia y sonora. A muchos les gusta ponerse las suelas metálicas para ir produciendo un efecto férreo al andar. Ese mismo ruido —algo más plastificado— lo hacemos nosotras, sin provocarlo, porque nos vamos comiendo las pequeñas tapas al raspar los tacones entre los peldaños del metro, las aceras y alcantarillas en general. No vamos al zapatero, nuestros tacones se quedan así. Blancos, arañados. Da igual si las botas eran de piel o de cualquier otro material de color negro o marrón porque, al final, los tacones son siempre ligeramente blancos. Plástico blanco.

En cambio, las mujeres chinas, y también un poco las japonesas —al menos con las que me encuentro en el metro todos los días—, caminan como aturdidas. Igual que nosotras, las inglesas, son un auténtico desastre con los pies, pero su torpeza es de otra clase. Es una torpeza precavida que, en el fondo, no es mala del todo, porque les lleva a tener los zapatos un poco más cuidados. No en vano suelen ir con un calzado cómodo, pero aún así caminan a trompicones. En realidad, son más bajas por eso, porque sus tacones no son tan altos. No sé si es ésta la causa principal, o el hecho de que nunca miran mucho a la cara; el caso es que, en el metro, parecen, no sé, más circunspectas, reservadas… Inferiores no. Sólo más, podríamos decir, prudentes. Si hasta los perros llegan a parecerse a sus amos, ¡cómo no va a ocurrir algo parecido con los zapatos y las personas que los calzan!

Caminamos, luego existimos.

Mi padre es zapatero en España. Le costó instalarse cuando emigró de aquí. A decir verdad, en Londres se hubiera muerto de hambre con este oficio, por eso emigró dos veces; la primera, cuando vino y la segunda, cuando se marchó de aquí. Nada le acredita como tal, pero él atribuye el aprendizaje de su oficio como zapatero al tiempo que, desde niño, acompañaba a mi abuelo detrás del mostrador. Eran los años inmediatamente posteriores a la guerra. Mientras sus amigos jugaban al tacón y a las chapas en la acera que había justo al salir del colegio, él se iba con su bocadillo de mantequilla a la pequeña tienda de su padre, y allí pegaba mordiscos al pan resbaladizo entre el olor de la goma quemada y las chispas que desprendían los zapatos sucios en proceso de reparación.

En realidad, los zapatos llegaban viejos y sucios y se devolvían viejos y limpios; eso sí, con unas tapas nuevas. Las cosas duraban mucho tiempo, porque los tiempos también eran más duros. Mi padre dice que ahora, en cambio, las cosas son más blandas, menos duraderas, porque los humanos también somos un poco así. Somos frágiles, como un guante muy caro, como un zapatito de cristal.

Mi padre fue uno de los niños que nació en España con la guerra y creció sin juguetes. Por supuesto, nunca jugó a las batallas, ni entiende por qué les gustan tanto las pistolas a los chavales. Las pistolas, los monstruos, las espadas, los rifles… El no se enteró de mucho, sólo veía que no tenía juguetes, y eso tampoco le debía de sorprender porque no conoció otro mundo en el que sí los hubiera. Ni siquiera tuvo para jugar al tacón, porque no sobraba ninguno en la zapatería de mi abuelo.

—¡Trae pacá! —le regañaba su padre, dándole una colleja en el cuello cada vez que intentaba cogerle uno de la zapatería.

Sí, aquéllos debieron de ser unos tiempos muy duros; todos dicen que hacía un frío especial. Cuando se tiene hambre, yo creo que hace más frío aún.

La zapatería, por lo visto, era un poco más grande que un confesionario, decía mi padre. Y eso que él era un niño y, cuando uno es pequeño, las dimensiones siempre tienden a agrandarse. Aquel establecimiento debía de ser como un gran armario de madera oscura empotrado en la pared de una calle con cierto tránsito. Un armario, de grandes dimensiones para ser armario, y muy pequeñas para ser otra cosa, como por ejemplo, un local comercial. Lo bueno es que las puertas tendían hacia fuera, hacia la calle, extendiéndose como si fueran un mapa de carreteras sobre una superficie, de manera que el establecimiento, desplegado sobre la pared a modo de acordeón, se hacía con mayor presencia ante los ojos de los viandantes.

El interior del local quedaba para trabajar, hacerse con nuevos encargos y despachar los zapatos que ya estaban listos para ser entregados. También había que refugiarse del frío. Detrás del mostrador, a los pies, había una estufa eléctrica que, por lo visto, era una bendición, aunque algo peligrosa, porque si te abalanzabas demasiado sobre ella, el calentador no reparaba en cuidados y podía quemarte poco a poco la suela del zapato, o lo que pillara en contacto. Por eso, ni el frío de la parte superior de la zapatería ni tampoco el calor en la parte inferior te permitían estar del todo relajado.

El caso es que, entre unos cuidados y otros mi padre apenas cabía con su bocadillo en ese cuchitril. Una vez hasta le cayeron unas chispas en medio de la merienda, provenían de la única máquina que existía en la tienda, una rudimentaria lijadora que mi abuelo utilizaba para alisar superficies. Aquél era uno de los enfados cotidianos que surgían en el lugar; mi abuelo le regañaba por no situarse con la banqueta un poco más al fondo del establecimiento, si es que se podía decir que ese pequeño habitáculo tenía una parte delantera y otra trasera.

—Anda pallá, chico… —le decía, casi empujándole, y mi padre hacía que se movía, sin decir que la pared no le permitía más.

Lo realmente complicado era buscar el espacio suficiente para hacer los deberes sin manchar demasiado la hoja. Las cuentas, eso sí, las hacía sobre la marcha, resolviendo las sumas que había que dar al cliente mientras su padre se afanaba por envolver con papel de periódico los zapatos ya reparados.

—Galicia es el único lugar en el que el papel de periódico no cruje, ¿sabe usted? —comentaba el zapatero al envolver el calzado.

Aquello era como un acto de generosidad, ya que les entregaba los zapatos rodeados de caliente información del diario de la jornada anterior. No pasaba un día en el que mi abuelo no comprara el periódico.

Algunos clientes captaban el significado de sus palabras, otros no, pero mi abuelo sabía cuándo necesitaba dar más explicaciones.

—Es la humedad que tenemos aquí, que es como si enmudeciera la hoja. No cruje, ve, no cruje. ¿Lo sabía usted?

Comentaba con mi padre las noticias, como si él, un niño de siete años, las entendiera. Que si esto, que si lo otro… Y por el medio, el martillo, el clavo, las chispas, el bocadillo… Así dos años enteros, esos que mi padre reivindicó hace seis meses para demostrar que conocía el oficio y que, por encima de todas las cosas, quería dejar Londres para comenzar otra etapa, la segunda.

La primera fue cuando, para poder llevar el pan a casa, mi padre, igual que mi madre, trabajaron muchos años aquí en Londres, sirviendo comidas. Su luna de miel fue su propio destino de trabajo. Tomaron el avión con ilusión. Mi madre apenas tuvo tiempo de quitarse las horquillas del pelo, esas que habían sujetado el postizo y el velo el día de su boda. Tenían prisa por correr, emigrar hacia una nueva vida más próspera. Mi padre decía que quería sacarse la mugre de encima, y ésa era una forma como otra cualquiera de convertirse en algo parecido a un superhéroe como los del cine. Al menos, así lo era ante los ojos de mi madre. Ella palmeaba la espalda a su valiente marido y le decía, claro que sí, mi amor, vamos, vamos…

—Si es que me quiero quitar la mugre, mujer… —repetía.

Tuvieron suerte. Nada más llegar, encontraron un mismo sitio con dos empleos; uno en la barra, otro en cocina. Qué contradicción, dar de comer para poder comer… En realidad, se trataba de un sencillo bar de sándwiches y comida rápida, en el centro de Londres, al lado de Totenham Court Road, y que ya desapareció hace tiempo. Después han trabajado en otros restaurantes pequeños y locales de comidas, casi siempre juntos. Ésa ha sido su suerte.

Aquí los pequeños establecimientos cambian pronto de cara, también los grandes, la verdad; donde hoy te venden sándwiches de pavo, mañana te ofrecen pastillas de jabón y bolitas de aceite para el baño, y pasado, otra vez, sándwiches de pollo, que son iguales que los de pavo, pero más caros. Hay muchas tiendas de comida y muchos cafés en Londres; todos vamos corriendo de acá para allá, afilando los dientes sin perder el compás de los pies, intentando que no se escurra la mayonesa por la barbilla y que las servilletas cumplan su cometido para que los papeles de la oficina queden a salvo.

Tener cuidado, además, de los zapatos, es una misión imposible; por eso se rozan los tacones, porque nada les protege. Las pequeñas suelas vuelan por los aires tras el desgaste en ese momento final en el que las tapas parecen unos dientes de tiburón. Después, un día cualquiera, se decide que ya no se arreglan más, para evitar, precisamente, que se vuelvan a perder. Es como quien decide no volver a empastar una muela, aunque esté en pésimas condiciones. Así, nuestros pasos cariados suenan con mayor estruendo, porque van sin protección, y, desde luego, no hay nada más peligroso que un zapato de tacón sin suela, pero nos acostumbramos a ello. Igual que se vencen otras dificultades cotidianas, como son no dejar escapar el autobús cuando ya se está yendo, tensar la barriga con el fin de que no se desparrame hacia fuera o intentar caldearse en una casa que quiere consumir poca calefacción… Si a duras penas se van logrando esas cosas, cómo no conseguir, además, evitar un resbalón en el metro, simplemente porque llevamos unos zapatos inestables, escurridizos, incompletos… Despellejados.

Más o menos se consigue; consiste en vivir en permanente alerta, y esto yo creo que ya lo sabemos hacer todos los humanos, casi exactamente igual de bien que lo hacen los animales. Lo que ocurre es que los humanos no buscamos solución a las cosas, nos quedamos en el peldaño anterior y así vivimos siempre, en inconsciente alerta, de la cabeza a los pies. Detectamos el peligro, pero luego ya no hacemos más: lo sumamos a nuestra lista de precauciones, y lo dejamos ahí, en estado latente, de manera que los zapatos escurridizos están junto al tabaco, el alcohol, el stress, el miedo a los robos, los virus y las pastillas de colores.

Por eso mi padre se ha ido a reparar zapatos a otro sitio, no por los virus sino porque aquí no hay hueco para los reparadores del calzado. No sé si es que España será una excepción en estos temas o es que él tenía ya ganas de volver. En una ocasión me dijo que cuando uno va a un sitio, debes decir el lugar al que te diriges pero que, cuando se regresa, sólo tienes que decir, vuelvo. Y donde ellos han vuelto es al lugar donde yo nací y donde aprendí a caminar erguida sobre unas botitas que me sujetaban bien los tobillos para facilitar la proeza del desplazamiento, yendo de los brazos de una mujer a los brazos de la otra. Desde bebé hasta los cinco años, estuve así, bajo los cuidados de dos abuelas, en Galicia, alejada de unos padres que tuvieron que volver a emigrar sin mí.

Me engendraron aquí en Londres, pero nací en otro lado; éstos son mis dos dolores porque, al final, lo que cuenta, es dónde se desgastan las suelas de las botas, no dónde te las pusiste por primera vez, ¿no es cierto? Mi madre dice que no. A lo mejor es en su caso; ella defiende que el lugar donde uno aprende a caminar marca los pasos de toda la vida. Desde luego, a ellos les ocurrió; tuvieron que emigrar, pero ahora han regresado sobre sus pisadas. Yo, en cambio, aprendí a caminar donde ellos me dejaron al nacer y camino donde ellos me trajeron después, ya de niña. Desde entonces, este mundo es todo cuanto conozco, por eso, ahora que ellos se han vuelto a marchar, siento más el abandono que la primera vez.

Yo sigo aquí, en Londres; mejor dicho, en el metro de Londres.

 

*****

 

Cuando mis padres fueron a España a celebrar la quinta Navidad desde su ausencia, me trajeron de vuelta con ellos tras las fiestas. Me resulta casi imposible repasar los acontecimientos, porque todo esto son elucubraciones mías sobre cosas que no sé si las recuerdo de verdad o son la mezcla de lo que me han contado, pero la escena soy capaz de imaginarla. Será que la he recreado varias veces…

Me introdujeron en un coche ante los asombrados vecinos. Recuerdo las caras de distintas personas observándome a través de la ventanilla del vehículo; miraban hacia el interior del coche pero no a mí, sino a los bultos que llevaba a mi lado. Sí, recuerdo el coche lleno de cosas empaquetadas y gente mirándome a través del cristal pero sin mirar, como cuando el oculista te ausculta el fondo de un ojo pero no sabría decirte cómo es tu nariz o el resto de los componentes de tu cara porque, sencillamente, no son objeto de su interés y, por eso, se permite perderlos de vista. Lo mismo debía de pasar conmigo. La curiosidad estaba en otra parte.

En el coche.

A mí ya me tenían muy vista en el pueblo, y, en esos momentos, nadie sentía tanta pena por mi marcha como para dejar de mirar. Y eso hizo sufrir a las abuelas. Les dolió que los vecinos no me dijeran adiós con besos apretados sino que se limitaran a mirar únicamente al coche —bastante lujoso para la época— con una mezcla de codicia y estupor.

Yo creo que no había mala intención en todo aquello, ni siquiera falta de afecto, pero si me besaban a mí no veían lo demás, y si no veían, no podían comentar, y sin comentarios, el pueblo, por lo visto, perdía la vida. De manera que, si en un momento de rápida decisión sus cerebros tenían que dar la orden, la orden estaba clara: mira el coche. Y yo era un complemento más en él. Todo esto lo digo ahora, pero no lo sé. Apenas recuerdo. Sé que las abuelas no estaban, y yo tampoco le di importancia a aquello, porque no era consciente de que me iba para siempre. Luego supe que ellas no pudieron soportar el dolor desgarrador de la marcha, y peor aún, aderezada con semejante situación; mis padres sonriendo, por delante, por detrás, de lado…, como si fueran artistas de cine posando con su auto, y yo introducida ya en él, ajena al alboroto de algunos y a la pena de otros. Hay que entender que, para mis padres, aquello les debía aportar la satisfacción justa con la que tapar las penurias de las que venían, y los platos, y los suelos, y el dormir en un barracón helado. Sí, aquello lo tapaba aquel automóvil, símbolo del progreso familiar hacia el éxito; el éxito de unos jóvenes que emigraron y regresaron un día para marchar finalmente con un cochazox —con equis, como diría mi amigo John, el de la gasolinera. El caso es que mis padres interrumpieron la normalidad del pueblo y se fueron otra vez; y de otra manera.

Con el coche y conmigo.

No recuerdo nada, pero sé que así es como me convertí en lo que he sido desde entonces, hija de emigrante, también emigrada, aunque de esto solo me acuerdo a veces porque yo, Louise, soy inglesa, como cualquier otra. Soy Louise, sí; vivo aquí desde que tengo recuerdos, y nadie me pregunta nada más.

Ahora mis padres ya están en Galicia de vuelta. Dicen que, en tan solo seis meses, ya han recuperado el color en la cara.

Aunque no me gustaría generalizar, la verdad es que los ingleses tenemos la piel un tanto descolorida, y esto sé que es absurdo decirlo cuando aquí hay abundante población de todas las nacionalidades del mundo. Es difícil de explicar. Me refiero a que todos, tengamos el color que tengamos, nos caracterizamos por una cierta falta de tonalidad en la cara. Tal vez sea la luz del vagón del metro a estas horas de la mañana. Sí, seguro que es eso… Pero el caso es que, después, en la calle, aún seguimos con esta pátina. Es como si se nos hubieran petrificado en la cara miles de partículas de un mosaico satinado a medio camino entre el color garbanzo y ese otro que esconden las nubes cuando quiere llover y no llueve.

Cuando hace frío, nuestra cara se queja de las bajas temperaturas, entonces, aparecen las venitas de color rojo en las mejillas, pero nosotros, no sé por qué, no terminamos de abrigarnos a conciencia. Es como si no asumiéramos que vivimos en un país frío y húmedo. Nos vestimos de gris, nos vestimos de negro, pero no acabamos de abrigarnos del todo. Eso decía mi padre. La verdad es que nos agarramos con más fe a una taza de té hirviendo que a una buena bufanda, ¡como si las infusiones humeantes tuvieran más poder calórico que una prenda de abrigo!

Me encanta la relatividad de mi padre. Su mente tiene contrastes, por eso explica tan bien las cosas. Yo, por ejemplo, nunca había pensado eso del abrigo y la taza de té, ni siquiera era consciente del paupérrimo negocio que sería tener un despachito de reparación de calzado en el centro de Londres. El, en cambio, enfrenta su mente a la experiencia desde los mundos que conoce y pone esos ejemplos tan claros que… tal vez no tenga razón en lo que dice, pero ¡resulta siempre tan convincente! A mí, por el contrario, me parece difícil contrastar porque lo que yo conozco es esto, Londres; no sé de otros mundos. Por mí misma no lo sé. Mi mundo es éste, el metro, el trabajo, la compra, a veces la piscina o salir con Rodin y los amigos del trabajo a la gasolinera de John, y luego a algún pub.

Es la misma vida que hacía cuando estaba mi padre. Cómo le echo de menos. Bueno, a los dos.

 

*****

 

Tengo que calcular cuántas horas estoy al mes en el metro. Muchas… Sí, debo hacerlo. Se juntan dos fatídicas coincidencias y son que vivo lejos y que trabajo lejos, pero esas lejanías son entre sí también lejanas. Es decir que nada me resulta cercano. Tengo que atravesar la línea azul del metro de principio a fin. La conozco de memoria: sus vagones, las estaciones, las pintadas, la megafonía… E incluso sus habitantes y los zapatos de sus habitantes.

Estos vagones de la línea azul son, en cierta manera, mi hogar. Deambulo con ellos hacia delante, deambulo con ellos hacia atrás; yo creo que tengo que asumir que a lo largo de este zigzag voy construyendo la vida.

Lo que no sé es lo que estoy construyendo. Vivo sola, enamorándome de lejos de un hombre que no he saludado todavía (o sea, una ilusión, nada en realidad). No conozco a mucha gente, es verdad. Tengo veintisiete años y llevo veintidós viviendo aquí, desde los cinco. Hasta esa edad, como he dicho, me cuidaron las abuelas en Galicia para que mis padres pudieran regresar al trabajo en Londres. Hasta los cinco años no pudieron traerme. Yo no recuerdo nada. Lo primero que hice aquí fue ir al colegio, bien. El Instituto, bien también. El inglés, bien. Bueno, ¡soy inglesa, qué caramba! Mi buen acento posibilitó que trabajara en lo que aquí llaman un Call Center, un centro de llamadas donde se facilita información sobre la ciudad. Soy una de las operarias del teléfono de Hatton Cross; trabajo para el Ayuntamiento a través de la empresa que me contrató. Somos muchos teleoperadores, sólo en mi sector más de doscientos pero, en realidad, con quien más contacto tengo es con los de mi alrededor.

Aquello es como un panal de rica miel. Todos nosotros somos los operarios, miles de abejas. Nuestra miel es la información que damos a los turistas que vienen a Londres. Reclaman datos sobre restaurantes, vuelos, horarios de taquillas, museos, títulos de los musicales, precios, cartelera del cine… ¡Es increíble la cantidad de cosas que ofrece esta ciudad! Nosotros tenemos que sacar nuestro mejor acento para que esté empañado de naturalidad y compostura. Aunque yo ya lo tengo, me refiero a que debo de sacarlo aún más, como si hubiera estudiado en Eton o en Kent… A mi lado está Susan Tina, una chica de Kenia con la que me llevo bien. Al principio, le llamaban la atención cuando se le escapaba algo en swahili.

—¿Pole sana? —decía, por ejemplo. Yo la oí varias ocasiones.

Ésa era la manera en la que un interlocutor dice en swahili que no entiende algo. Es que, a veces, a Susan Tina le costaba entender a los escoceses o a los turistas con escasos conocimientos del inglés, pero empeñados en hacerse entender en el idioma de su ciudad de vacaciones.

A Susan Tina no solo le llamaron tres veces la atención porque no hablaba claramente; también le pidieron que agilizara el proceso de búsqueda de información porque los clientes deseaban rapidez (hay veces, en cambio, que sugieren que nos tomemos nuestro tiempo; John, ese otro compañero que también trabaja en la gasolinera, dice que es porque, en ocasiones, la empresa firma acuerdos ventajosos con alguna compañía de teléfono). Susan Tina lleva ya ocho años en Londres y también habla un perfecto inglés. Eso sí, yo no sería capaz de traducir al español de forma rápida todas estas bobadas que cuento cada día en este cuaderno. Con este trabajo se practica, la verdad.

Al otro lado de mi puesto de trabajo está Rodin. Se comporta como si fuera el chico de mi vida y no es así, lo que ocurre es que no hay muchos chicos en mi vida y esas cosas se deben notar; por eso se siente importante. A menudo hace bromas con Peter, el de enfrente, sobre las chicas que estamos alrededor. Nos tenemos que distraer, la verdad. Son muchas horas hablando con otros e incomunicados con los que tenemos al lado.

Bueno, a los lados, de frente y más allá…

Si hicieran una foto desde el techo del centro de recepción de llamadas, no cabríamos todos en la pantalla. Me asustaría. La imagen tendría que hacerse desde mucho más arriba que el techo para poder ver, en toda su magnitud, lo que somos y que, desde lo alto, debe parecer una gigantesca caja de minerales extendida en el suelo de una gran nave.

Cada uno somos un mineral, encajonado entre paredes a modo de cuadrilátero que, a su vez, acogen a otro mineral, y otro más… Cientos de compartimentos sin techo de iguales dimensiones. Eso somos todos nosotros; doscientos operarios que informamos desde la zona este de la ciudad.

Una vez, hace ya bastante tiempo, se lo conté a Rodin y a Susan Tina; les dije que nuestras telecabinas deberían de parecer desde arriba una gran caja de minerales. Sí, una gran caja de minerales…

Desde entonces, los de alrededor me empezaron a llamar Pyrite, pero yo siempre los corregía, porque me sonaba raro. Les decía que me llamaran así, si querían, pero que el nombre del mineral me resultaba más sonoro terminado en a. Después de un baile inicial español-inglés, ya todos se han acostumbrado a decirlo de la misma manera.

Soy Pirita.

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Capítulo
2

 

 

 

 

No es un mal nombre Pirita. Es claro, mucho más que mi propio nombre. Mis padres se empeñaron en llamarme Louisa, es decir, un nombre español, pero que no lo es del todo o, por el contrario, un nombre inglés —Louise— extrañamente españolizado. Esto, a la larga, me trae problemas porque siempre tengo que estar dando explicaciones.

—¿Acaso no existen también las Lourdes? ¡Louisa es lo mismo! —Mi madre enfatizaba la letra o de los dos nombres, cuando oía mis quejas ya desde los primeros años de colegio.

Últimamente digo Louise a secas, y así nadie pregunta nada más. Mi acento no ofrece ninguna duda de que yo, efectivamente, me puedo llamar Louise.

Sobre mi aspecto físico podría dar unos detalles, aunque yo creo que es mejor hablar desde la generalidad; cuando digo detalles, me refiero a pinceladas. Pequeños trazos de aspectos generales, comunes a todos los que somos comunes. Mis ojos no esconden virutas en technicolor ni mi cuerpo llama la atención en nada. Soy morena, de pelo un tanto encrespado y estatura mediana. Podría decirse que soy una mujer vulgar, si es que tal denominación pudiera existir sin cargas despectivas. Yo creo que soy la suma de mil insignificantes peculiaridades, que todas unidas me hacen ser, simplemente, una mujer más. Si hubiera que resaltar una cosa por encima de las otras, podría decirse que toda yo soy mediana. No resulto alta cuando estoy de pie, pero tampoco pequeña cuando estoy sentada, mi postura habitual en el trabajo y en el metro, si es que tengo suerte y me puedo sentar. Yo creo que, vista desde fuera, se puede apreciar que todo en mi es módico, razonable. El pie, tal vez un poco ancho, pero estándar, siempre cubierto por un zapato limpio y raramente no destrozado. Lo demás en mi cuerpo se puede resumir diciendo que uso la talla 12.

Sobre mi cara destacan unos labios muy finos y una tez curtida, de apariencia áspera y delicada, que es el reclamo perfecto para las vendedoras de cremas súper hidratantes. Siempre me acechan cuando estoy a tiro. Quiero decir, no a mí, sino a mi piel. Porque quienes venden cremas caras para la cara (siempre son caras las de la cara) tienen esa peculiaridad, y es que esas vendedoras te miran fijamente pero no te ven a ti, sino a tu piel. Se llega a vivir una experiencia casi esotérica, porque es como si el cuerpo de quien es observado se fuera de allí y sólo se quedara la superficie de la cara a menos de tres palmos de esa profesional que, además, siempre suele echar delicadas pestes de los pocos cuidados que recibe eso que está viendo. Por ejemplo, mientras me miran la piel, yo hago que estoy pero no estoy; sólo el cuerpo transmutado regresa cuando la vendedora se dispone a mirarte por primera vez. Ese acto coincide siempre con una negativa por mi parte ante la compra, de manera que esa mirada no se llega a consumar.

—Sí, me lo voy a pensar. —Le respondo porque sé que ya no mirará.

—Muy bien, buenas tardes.

Y después de dar la razón en todo, me voy sin comprar nada.

 

*****

 

La verdad, no tengo la piel tan mal. Retrata lo que soy yo: una mujer curtida, tal vez incluso un poco ajada para mi edad, pero no rendida del todo al abandono. A lo mejor formo parte de esas mujeres que, más que cutis, tienen tez, cuero, esa… piel del norte, piel del frío de Londres.

Por rematar unos últimos detalles podría decir que sobre mí resaltan tres abultados lunares. Es como si un capricho de la naturaleza se hubiera quedado petrificado en mi fisonomía en un intento de huida desde el extremo de mi ceja izquierda hasta el pómulo contrario, para después regresar, como en zigzag, hacia el inicio del escote. Esas tres huellas oscuras en cara y cuello, lejos de afear, creo que compensan con una cierta travesura la tristeza que proyectan estos ojos que yo veo en mi cara.

Sí, ésa soy yo, una cara universal, la suma de todas las caras del mundo aderezada con unos ojos oscuros, cansados. Una chica trabajadora, de aspiraciones comedidas y pocos gastos. Mi vida está llena de control; algo parecido a una continua vigilancia. Nunca me compro lo que más me gusta, y es siempre caro, pero tampoco me concedo el gustazo de comprarme ni siquiera lo que muchas veces es barato, como hacen el resto de mis compañeras.

«En estos momentos todos nuestros operadores están ocupados…». Ésa es la frase más repetida en las máquinas de mi trabajo. Cuando esto ocurre, la luz roja del teléfono deja de centellear. En realidad, no debe de ser un método muy avanzado, seguro que hay centralitas de información mucho más sofisticadas, pero ésta es la única que yo he conocido en mi vida. El método es sencillo; si suena el teléfono, se enciende la luz verde, es entonces cuando se acciona el interruptor con el que informar sobre lo requerido. Si aún estoy hablando y entran nuevas llamadas a mi posición —el sistema es aleatorio—, el color verde deriva a rojo centelleante. En medio de ese proceso es cuando la voz grabada en una máquina informa de que todos los operadores están ocupados y, a su vez, ruega que se vuelva a llamar pasados unos minutos.

A veces es mi madre la que llama y se encuentra con la máquina.

—¡Esta Louisa no coge nunca el teléfono!

Siempre piensa que lo hago a propósito. Y, desde luego, no concibe que esta centralita no disponga de ninguna palanca express que se accione automáticamente al detectar que quien llama es una madre. Por eso pospone los intentos de comunicación para cuando yo empiezo a comer y ella termina de dar la comida a mi abuela, que ahora está enferma, con Alzheimer.

—¡Nada! ¡Imposible!

Yo creo que éste debe de ser uno de los pocos trabajos del mundo en el que una madre no puede llamar a una hija; tengo móvil, claro, pero es una norma estricta de la compañía que todos los teléfonos

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