La Artillera

Ángeles De Irisarri

Fragmento

Capítulo 1

1

Quimeta y Agustina Zaragoza cerraron con llave la puerta de su casa y salieron a la calle, divertidas y bromeando como en otras ocasiones, por la coincidencia de vivir en Zaragoza y apellidarse del mismo modo. Las dos habían nacido en Barcelona. La primera, llevaba casi dos años en la ciudad, casada con un cabo primero perteneciente al Primer Regimiento del Real Cuerpo de Artillería y la segunda, estaba recién llegada y había venido siguiendo a su marido, cabo también, aunque segundo, de aquel mismo regimiento. Y, como ambas tenían a sus cónyuges ausentes por imperativos del servicio, disponían de más tiempo libre y, casi a diario, se encaminaban a la plaza del Mercado; esta vez a comprar una mata de borraja para añadirla a la olla que habían dejado hirviendo. Por eso, tras recorrer el camino del Portillo, hicieron su entrada por la calle del Azoque.

Matilda López y Marica, su pupila, que eran prostitutas en el Rabal, dejaron su carreta en la subida de la Tripería y accedieron al lugar por aquella parte, haciéndose notar, sonriendo a los piropos y procacidades masculinas, y haciendo como que no veían cuando las buenas mujeres las miraban mal y se apartaban a su paso o, cuando las que no eran buenas, escupían al suelo o les propinaban codazos o las llamaban putas, sin un atisbo de caridad en sus palabras o gestos.

Casta Álvarez, tras hacer sus mandados en las Fecetas, que eran monjas de clausura, anduvo toda la calle de Predicadores con cara de pascuas, pues la abadesa había estado espléndida y le había dado el doble de jornal. Fue saludando a los vecinos y, como era persona popular en el barrio, fue correspondida por hombres y mujeres, vendedores y compradores, mientras estuvo recorriendo los tenderetes en busca del mejor precio para el mejor tocino y dos morcillas de arroz con piñones con que aderezar el puchero.

Manuela Sancho había caminado más trecho. Venía de la puerta Quemada, situada en el otro extremo de la ciudad, en el camino del Bajo Aragón, y no venía sin aliento, no, porque era moza. Venía acalorada, sí por el sol de plomo y el bochorno inmisericorde, todavía impropio de la estación, que castigaba a la ciudad presagiando grande tormenta. Y porque, ay, acababa de cruzar mirada con Francho que bebía los vientos por ella. Y ella, que también bebía los vientos por él, recorría tanto camino para verlo y para hacerse ver; pues que a menudo el joven se tomaba un respiro en su trabajo de zapatero y la esperaba en la calle de San Pedro, apoyado en el muro o en el alféizar de la puerta de su casa y, al verla, la miraba embobado y alguna vez hasta iba tras ella susurrándole requiebros. Aunque hoy no, que debía tener labor atrasada.

María Agustín desembocó en la plaza del Mercado por la calle de San Pablo, dispuesta a continuar hacia el Santo Templo del Pilar. Se detuvo en el cruce y escuchó cómo un hombre leía en voz alta los pasquines que llenaban las esquinas de las casas echando pestes de los franceses, de Bonaparte, del rey Carlos IV y de la reina María Luisa, de Fernando VII, de Godoy, de Guillelmi, el capitán general de Aragón, y que loaban la gesta de los madrileños del día 2 de mayo próximo pasado, tan cercano aún. Se hubiera parado más tiempo a contemplar los dibujos de los carteles, que rememoraban con extremada verosimilitud la heroica sublevación del pueblo madrileño, pues alguien los había manchado de sangre, de gallina quizá, pero llevaba prisa. Se había propuesto saldar aquella misma mañana la deuda que tenía con la Señora, pues que le había pedido gracia —la que fuere— y, como se la había concedido, debía llevarle lo ofrecido: una vela de esperma de ballena de una libra de peso.

María Lostal hizo el mismo camino que las dos catalanas, pero llegó un poquico más tarde. Dejó la vinatería que atendía con su marido cerca de la puerta del Portillo y, como hacía una vez por semana, salió a visitar a su hermana, que vivía en el Rabal y estaba enferma, enferma decía a cualquiera que le preguntara, pero, en realidad, estaba loca. E iba acelerando el paso para atravesar la puerta de Toledo y acceder al puente del Ebro por la del Ángel, pero se encontró con una tentación ante sus ojos y no supo resistirse. Se detuvo en el puesto de refrescos de la tía Paca, y pidió bebida.

Otro tanto que Agustina, Quimeta, las dos meretrices, la señora Casta, Manuela y la otra María, pues que andaban por allí y decidieron regalarse. Y fue que, como si se hubieran puesto de acuerdo, se juntaron las ocho bajo el toldillo y todas pidieron un vaso de zarzaparrilla, lo único que le quedaba a la tía Paca, la que despachaba. Y, estando allí, casi apretadas unas contra otras por el mucho gentío habiente, cruzaron las miradas, pero, como no podía ser de otra manera, las que eran honradas miraron mal a las placeras y se apartaron un poco de ellas.

Y eso, que quedaron dos mujeres a un lado del tenderete y seis al otro. Y éstas, pese a que no se conocían entre ellas, platicaron de la intempestiva calor del día y hasta se prestaron entre ellas el abanico y, de haber estado más tiempo juntas, hasta hubieran bebido del mismo vaso quizá, pero fue que Casta Álvarez levantó la cabeza y se apercibió de que la señora condesa de Bureta las estaba observando desde el balcón de su casa, situado por encima de ellas. Y claro, la dueña levantó la cabeza, se quedó mirándola y todas la imitaron y contemplaron a doña Consolación Azlor. Era viuda, aunque pronto iba a dejar de serlo pues, según era hablilla de la ciudad, que se había comprometido con el barón de Valdeolivos y ambos estaban esperando la licencia de don Fernando VII para contraer matrimonio. Cuando era hecho cierto que la familia real estaba presa del emperador Napoleón Bonaparte, en Bayona de la Francia y, de consecuente, no había rey en España. Y enseguida se hicieron eco de que el matrimonio de la condesa no podía comenzar de peor modo, en razón de que corrían malos tiempos para las uniones entre títulos, pues no había a quién acudir para solicitar el oportuno permiso, al parecer. Y abundaron en que algún inconveniente habían de tener los nobles, y luego elogiaron la elegancia de la dama, sosteniendo al unísono que más que viuda de mediana edad, parecía moza casadera. Además, constataron que, pese a los inconvenientes nombrados, se había quitado el luto y se había mandando coser varios trajes a la última moda, a la llamada moda «imperio». No había más que verle el precioso vestido de talle alto que llevaba, de muselina, de aquella tela tenue, tenue, que habían puesto de moda las grandes damas de París y que ninguna de ellas podría nunca comprar. O quién sabe si la señora María, la vinatera, podría hacerlo algún día pues no era mal negocio una tienda de vinos, o quién sabe si las jóvenes solteras, Manuela y María Agustín, si picaban alto, pues eran muy hermosas; tal aseveraban las que estaban casadas, las que no tendrían más de lo que tenían, salvo que les tocara algún día, algún bendito día, la lotería de Navidad, porque sus hijos comían mucho y sus maridos les daban lo justo para comprar la comida a diario y, si economizaban, para beberse un granizado una vez a la semana, en verano, o una taza de chocolate el resto del año.

Tal, o parecido, sostenían unas y otras, y las jóvenes enrojecían cuando las mayores se referían a ellas, mientras todas saboreaban el refresco a pequeños sorbos para que les durase más. Pero, se presentó un carro que venía por la calle de la Torre Nueva y les acaparó la atención pues de él bajó una monja que, tras echar una furiosa mirada a Matilda López, en razón de que más de una vez la meretriz se había presentado en el hospital para que los médicos le curaran las purgaciones, llamó a la aldaba del palacio de la condesa. La señora Casta, que también hacía mandados para la religiosa, alternando con las Fecetas y los domingos fiesta, indicó a las barcelonesas que se trataba de la madre Rafols, la superiora de las monjas que atendían el Hospital de Nuestra Señora de Gracia, que, posiblemente, iba a pedir donativo a la condesa pues la dama era amiga de hacer caridades.

Y en ésas estaban las diez mujeres. Ocho en la calle bebiendo refresco en la plaza del Mercado y dos, la monja y la condesa, en el balcón de esta última, cuando, recibido en Zaragoza el correo de Madrid, se constató que los infantes Carlos y Antonio Pascual, éste nombrado por Fernando VII presidente de la Junta Suprema, habían salido para Bayona donde ya estaban los señores reyes, prisioneros del demonio Napoleón, y que, la presidencia de la dicha Junta la ocupaba ya el mariscal Murat, lugarteniente del emperador.

Ante semejantes hechos, las autoridades municipales ordenaron que se diera pregón de los sucesos por toda la ciudad, con tambor y trompeta. De tal manera que, obedeciendo, varios pregoneros se situaron en los cuatro extremos en la plaza del Mercado y leyeron el bando en el que se daba a conocer lo anterior y se ordenaba que «todo español que tal oyere acudiese al castillo de la Aljafería a tomar las armas so pena de la vida». Y claro, ante semejantes desatinos, ante semejante orden, al inmenso gentío que, por una razón o por otra o sin razón alguna, llenaba el mercado a mediodía, por el pronto, se le heló la sonrisa pese a la mucha calor que hacía.

Con lo que decían los pasquines y con lo que se había oído en los corrillos, no fue menester que ni hombre ni mujer escuchara hasta el final el bando que leían los pregoneros, para conocer qué, rediez, sucedía, pues que lo sabían todos los habitantes de la ciudad e incluso lo estaban esperando. Sabían que los franceses, ay, Señor Jesús, ay, Virgen del Pilar, dominaban en España y que pronto llegarían a Zaragoza, por eso a nadie extrañó que hubiera llegado el momento de coger las armas.

Y sí, sí.

Como a cada hijo de vecino, a las diez mujeres que van a ocupar esta historia se les heló la sonrisa y se quedaron con la palabra en la boca —en virtud de que, en la mayoría de ocasiones, lo esperado nunca deja de sorprender— y, con expresión amarga, se dispusieron a regresar a sus hogares. Las dos del balcón entraron en la casa, apresuradas. De las ocho, que bebían zarzaparrilla, las prostitutas devolvieron sus cuencos, las primeras, pagaron y salieron a la carrera en busca de su carreta. Las demás se detuvieron un tantico, apurando su vaso, por eso, enseguida se encontraron metidas en el jaleo que se organizó y que les dificultó retornar hacia sus domicilios; pues buen número de hombres empezó a dejar la plaza como si de una desbandada general se tratare, obedeciendo la orden escuchada y se dirigió al castillo con los ánimos cada vez más encrespados.

En las tabernas de los soportales de la plaza, más de un hombre se atragantó con el aguardiente y más de dos maldijeron al tener que dejar a medias una partida de guiñote, pero se levantaron de la silla y se sumaron a la multitud.

Los vendedores, que gritaban su mercancía, dejaron de hacerlo, y hortelanos, pescaderos, polleros, carniceros y los que vendían menuceles y, por supuesto, los que iban o venían o platicaban, se quedaron helados. Y a las costureras y bordadoras, por mentar dos oficios que pudieren tener las mujeres que vivieren por allí, posiblemente se les cayeron los alfileres de la boca o se pincharon con la aguja. También, los que estaban discutiendo dejaron de porfiar, y los niños, en los soportales, dejaron de jugar al taco y las niñas a las tabas, tan escandalosos que son. Y buena parte de los que venían al mercado con sus cestos, dieron media vuelta, otra vez hacia sus casas.

Los vendedores recogieron sus tenderetes aprisa, aprisa, no les fueran a afanar sus géneros en aquella algarabía, demostrando mucho tino pues, a más de ladronzuelos y descuideros, siempre había perros por allí. Canes hambrientos que, con el jaleo, amén de ladrar, en cualquier momento de confusión espabilaban y se llevaban lo que podían, como hizo uno de ellos que le arrebató, del cesto, una maza de pernil a una mujer, y huyó lejos con su inesperada presa.

Y, a poco, todos corrían, voceando:

—¡A las armas!

O:

—¡Mueran los franceses!

O:

—¡Viva España y la religión!

O:

—¡Muerte a los tiranos!

O:

—¡Viva el rey Fernando VII!

Aprovechando las apreturas y el vocerío, un raterillo pretendió afanarle la faltriquera a la señora Casta, pero ésta, en viéndolo, le propinó un bofetón que le dejó los cinco dedos marcados en la cara; y Manuela, que también anduvo al quite, una colleja bien dada, por eso el rapaz echó a correr más deprisa que el perro del pernil.

Y ya, se despidieron las seis mujeres de las ocho que se habían regalado un vaso de zarzaparrilla en el puestecillo de la señora Paca, con un ademán de cabeza. Y fue que, al hacer el gesto, levantaron la mirada y volvieron a contemplar a la monja y a la condesa que, a la vista estaba y pese a las malas noticias de los franceses, no podía reprimir su alegría, pues que sonreía, ya fuera por su próxima boda, ya por la presencia de la religiosa o por su natural bondad, y fue que les saludó con la mano y la madre Rafols hizo otro tanto con todas, aunque personalmente sólo conocía a Casta.

Lo que no llegaron a imaginar las ocho mujeres de la plaza y las dos del balcón —que habían estado respirando el mismo aire en aquel maldito día, 24 de mayo de 1808— es que las diez, pasados muchos años, estarían llamadas a tener protagonismo en esta novela, y algunas en la guerra que avecinaba la presencia de los ejércitos franceses en España y la actitud de los aragoneses. Cierto que unas más, otras menos y otras ninguno, pues que varias de ellas se limitaron a sufrir las amarguras cotidianas pero sin participar activamente. Y fue que, como siquiera tenían consciencia de que habían estado juntas, no pudieron preguntarse, al decirse adiós, si volverían a estarlo, ni decirse, pasado el tiempo, que no se habían vuelto a reunir, pues que en los meses que habrían de durar los dos Sitios que hubo de sufrir la ciudad de Zaragoza ni en el espacio de tiempo entre ambos asedios volverían a hacerlo, ni después tampoco, por esas cosas que la vida tiene.

***

Para cuando el bullicio urbano de la plaza del Mercado quedó ahogado entre el miedo, la ira y la incertidumbre, ya se habían enterado del bando los que vivían cerca y los que vivían lejos, en el Rabal. Ya Pedro Marín, el campanero de la Torre Nueva, había asonado a rebato las campanas y vigilaba desde lo alto con su catalejo y su vista de águila, el Señor se la conserve pues que falta haría, la llanada existente en torno a Zaragoza por si observara algún movimiento de tropas amigas o enemigas.

A la hora de comer, en el castillo de Aljafería, situado extramuros, había gente pidiendo armas y comida y voceando contra el que mandare allí, el general o el comandante que fuere, que no les quería dar ni lo uno ni lo otro. Pero hubieron de retirarse, pues que allí no daban nada y el estómago apremiaba. Por eso, durante unas horas, por la ciudad no transitaron ni almas en pena, dado que estaban todos los habitantes manducando en sus casas, al parecer. Pero fue que, luego todo cambió y nadie se metió en la cama a dormir la siesta, pues que las gentes salieron de sus casas y formaron corrillos o se reunieron en los salones o en las tiendas o sacaron unas sillas a la calle e hicieron repaso de la situación.

***

A ver, en la rebotica de Juan Perales, en la calle de San Gil, se adelantó la hora de la tertulia y varios asiduos se reunieron. Descontentos del viso que estaban tomando los acontecimientos en Zaragoza pero animados de que Murat, el gran duque de Berg y lugarteniente de Napoleón, fuera el presidente de la Junta Suprema, y contentos de que Carlos IV y Fernando VII ya no fueran, o estuvieran a punto de no ser, reyes de España. Pues lo que decían:

—Es suicida levantarse en armas contra Napoleón. Ha conquistado media Europa.

—Hacer frente al francés sería la muerte de la nación.

—Hay que evitar la guerra a toda costa.

—Inglaterra, Rusia y Austria no pueden contra él.

—Por tierra nadie puede contra él. Por mar, os recuerdo, mi buen amigo, la batalla de Trafalgar.

—Tiene planes para cruzar el Canal de la Mancha; cuando lo haga, ya verá su merced cómo corren los ingleses.

—Nuestro ejército es inoperante contra la caballería y la artillería de Napoleón.

—El ejército español debe ya estar bajo mando francés, ¿o no?

—No hay reyes ni regente, al parecer.

—No hay autoridad a quien obedecer.

—Pues eso, ¿qué puede hacer el pueblo?

—El pueblo abandonó alocado la plaza del Mercado antes de las 12 en busca de armas.

—Alocado e inconsciente.

—Los curas llevan días azuzándolo.

—Desde que se supo lo del 2 de mayo.

—Los curas y los labradores, que temen por sus riquezas, por sus privilegios y por su terruño.

—El infante Antonio Pascual, antes de partir hacia Bayona, ha ordenado que no se produzca otro 2 de mayo.

—Una ciudad como Zaragoza, con una muralla tan mala, no puede resistir el embate del mayor ejército del mundo.

—Se dice hay más de 100.000 franceses en España.

—A los masones nos favorecerá el mando francés, buena parte de los altos cargos del Imperio lo son…

E iban los de la rebotica a abundar en este tema, pero en el establecimiento entraron varias personas pidiendo remedio para el dolor de muelas o para la jaqueca, y don Juan Perales, tras atenderlas, hubo de ponerse a hacer las fórmulas magistrales sin ayuda además, pues que había enviado a su mancebo a un recado, para que no le oyera hablar con sus amigos, pues que a cualquier descuido, a cualquier comentario del rapaz, podría presentarse la Inquisición en su botica y llevarle preso.

Los afrancesados terminaron la reunión, sin beber el vasico de aguardiente al que les invitaba a diario el boticario, pues que aspiraba a ser el maestro o el hermano mayor, como se llamare, de la primera logia masónica que se estableciera en Zaragoza. No obstante, se despidieron con la frase que siempre decían, que a saber quién la había pronunciado en primer lugar, y que habían adoptado como lema: Recedant vetera, nova sint, que traducían como «mueran los tiempos viejos y vivan los nuevos tiempos», es decir, lo que, a su juicio, traería a España el emperador Napoleón Bonaparte.

***

En el salón de la condesa de Bureta no hubo concierto de clavicémbalo ni cantos ni versos ni se habló de libros recién leídos o por leer, pero hubo chocolate para todos. Acudieron varios títulos nobiliarios y algunos burgueses ricos.

Lo primero que se preguntaron unos a otros fue:

—¿Dónde está Palafox?

Y, como en anteriores ocasiones, la condesa respondió:

—Mi primo Pepe está en La Alfranca. Creía que lo había comentado con sus mercedes. Descansa unos días del viaje que hizo desde Bayona, pues acompañó al rey Fernando. En cuanto regrese, nos contará qué fue aquello.

—Con mis respetos, señora, debería estar en Zaragoza, explicándonos qué ha sucedido en Bayona y en hablas con Guillelmi.

—¿Qué hace allí, holgar?

—Os recuerdo que huyó de la Francia y que se encuentra en busca y captura, señor mío.

—Esta mañana el pueblo se ha levantado en armas, necesitamos a don José para que tome el mando de las tropas.

—¿Qué tropas?

—Las escasas tropas que hay en la ciudad obedecen al capitán general Guillelmi, que a su vez obedece las órdenes del regente, que a su vez obedece al emperador de los Franceses y rey de Italia, que no obedece ni a Dios…

—¿El ejército español está bajo mando francés?

—No se sabe.

—¿Tan apremiante ven sus mercedes la situación?

—De momento, no se ven gabachos por aquí.

—Ya pueden sus señorías poner a buen recaudo las cosas buenas que tengan y echar la tranca en sus casas. Si el pueblo consigue armas, es posible que la emprenda contra nosotros. Les recuerdo que entraron las turbas en casa de Godoy, en Aranjuez, queriendo matarlo y arramblaron con todo, y lo que no se pudieron llevar, lo quemaron.

—Si los curas dirigen el saqueo buscarán libros prohibidos… La Enciclopedia francesa sobre todo.

—Abundantes diatribas contra sus autores hemos escuchado de boca de los curas…

—Sí, en estos mismos salones he oído llamar «anticristo» a Diderot, hecho que me produjo vergüenza ajena.

—Todo por recopilar los saberes de la Humanidad…

—Dejen sus señorías de criticar al clero. No porfíen los señores —atajaba la condesa—, se lo ruego. Tomen el chocolate y coman los bizcochos, que no sabemos qué nos deparará el destino…

—Nada bueno nos deparará el destino, pero está delicioso este chocolate, condesa.

—No sea usted aguafiestas, marqués.

***

Cuando, tras santiguarse ante la Cruz del Coso, llegó la madre Rafols al Hospital de Nuestra Señora de Gracia, situado en la plaza de San Francisco y frente por frente del convento del mismo nombre, sus monjas la estaban esperando en las cocheras para contarle que hasta los enfermos incurables, al oír las campanas sonando a rebato, se habían revuelto en sus camas, y así se quitaban la palabra de la boca:

—La Juana, la de la parálisis, se ha movido, madre, que la estaba yo limpiando y se ha movido.

—Los peores, los locos, madre, han aullado como posesos.

—He salido corriendo de la sala, me daban miedo.

—Hemos tenido que echar el cerrojo, no se fueran a escapar.

—A duras penas hemos conseguido encerrarlos. Entre tres y éramos pocas. Querían salir.

—Los guardianes no estaban. Cuando se los necesita nunca están, ya lo sabe su maternidad.

—Estaban comiendo y no dejaron de hacerlo.

—Que peores cosas no nos mande el Señor.

—¿Es cierto, madre, que los franceses están a la vista de Zaragoza?

—No, no es cierto. Las autoridades han llamado a los hombres a las armas, pero el capitán general no las quiere entregar porque obedece a los reyes…

—Perdone, su maternidad, ¿qué rey tenemos en España?

—Eso quisiera saber yo…

—Y yo.

—Habrá que esperar, hermanas, a que claree la situación. Las noticias son asaz confusas.

—No teman sus mercedes, el Señor nos ayudará.

—Rece cada una lo que crea conveniente y encomiéndese al Santo de su devoción, para que nos haga favor.

—Falta va a hacer.

—Ea, es menester que hagamos revisión general de lo que tenemos y de lo que nos hace falta para tener el hospital abastecido en caso de que…

—¿En caso de que los franceses asalten la ciudad?

—Sí, hermana. Ea, pues, a trabajar todo el mundo, que vengan los ecónomos a mi despacho y vayan dos monjas a las despensas y hagan recuento, y las demás ocúpense de ver cómo andan los locos, que no quiero desorden, y cada una que esté en su puesto lo más pronto que pueda —tal mandó la superiora.

***

En la vinatería de Diego Sola y María Lostal se juntaron a lo menos cincuenta vecinos del barrio del Portillo, todos muy voceros y muy sudados por la mucha calor, con su botella para que se la llenaran y su dinero. Y los dueños se afanaban por servir a todos:

—Hagan cola, compadres.

—Eh, que estoy yo.

—¿Cómo que estás tú? Estoy yo. Diego, lléname el boto de aguardiente.

—A mí vino, María.

—Venga, un real. Tú, tres maravedís…

—Hala, que os vais a hacer ricos, Diego.

—Te he visto, María, con las putas del Rabal.

—¿Qué dice éste, María?

—No le hagas caso, está borracho.

—Un poco borracho, Diego, sólo un poco.

—Mete la cabeza en la próxima fuente que te encuentres o no te darán el fusil. ¡María, me parece que los niños lloran!

—Voy a ver.

—Esta María es buena hembra, Diego.

—¡Calla, maldito borracho!

—No lloran los niños, Diego, juegan y el pequeño duerme como un bendito.

—Suerte que tienen, que no se enteran de nada.

—Pero ¿los franceses dónde están? ¿Sabe alguien dónde?

—¡María!

—Dime, Diego.

—Me voy con éstos…

—¿Adónde?

—Al castillo…

—Diego, no me dejes sola. Algunos de éstos están muy borrachos.

—Vuelvo enseguida. Si alguno te ofende de palabra, cuando vuelva lo mato a puñadas.

—Te recuerdo que tienes tres hijos.

—¿Te vienes con nosotros a matar franceses, Diego?

—Llévate a todos y yo cierro, marido. Esta casa no es taberna, es de venta de vinos al menor.

—¡Viva el rey de España! —gritó Diego Sola y continuó—: ¡Vamos todos…!

—¡A las armas…! —le respondieron.

María, en cuanto desalojaron los hombres, cerró la tienda y subió al piso de arriba a la carrera, a poner orden, pues que sus hijos se peleaban como enemigos, lo que suelen hacer los hermanos.

***

Agustina y Quimeta Zaragoza llevaban rato en la puerta de su casa viendo pasar grupos de hombres, algunos de los cuales portaban palos u hoces, e iban gritando camino del castillo de la Aljafería:

—¡Rey!

—¡Patria!

—¡Viva la Virgen del Pilar!

—¡Muerte a los franceses!

Y, la verdad, viendo lo que veían y habiendo oído el bando del Ayuntamiento, acercaron dos sillas a la ventana y estuvieron entretenidas con una conversación que mantenían a menudo. Pues que estando las dos casadas con suboficiales del ejército y echando a faltar a sus maridos, en razón de que llevaban dos meses sin saber de ellos y sin conocer el lugar donde estaba acantonado el Primer Regimiento del Real Cuerpo de Artillería, o dónde guerreaba o contra quién lo hacía, se habían puesto a hablar de ellos, de las bondades de Juan —el marido de Agustina— y de las de Manuel —el de Quimeta—. A recordar cuándo hicieron tal, cuándo fueron a tal lugar; rememorar el día de sus bodas y lo espléndidos que estuvieron los banquetes, comentar que sus respectivas suegras las habían recibido bien. Y, en otro orden de cosas, pensar qué harían separadas la una de la otra cuando sus esposos ascendieran de grado y fueran destinados a otra ciudad, pero pronto se encontraron cavilando, o más bien imaginando, que el regimiento de sus maridos regresaba a Zaragoza. Y decían:

—Cuando sepamos que vienen, les prepararemos una buena olla.

—Vendrán con hambre.

—Ahuecaremos los colchones de las camas y pondremos sábanas limpias.

—Eso, Quimeta.

—Me muero de gana de quedarme encinta, Agustina. Yo llevo dos años, y nada… No sé si seré fértil…

—Anda ya, hermana, lo que pasa es que apenas has visto a tu marido.

—Tú nunca tuviste esa duda…

—Mejor tener esa duda a que se te muera el hijo, como me sucedió a mí, ay, mi pobre niño…

—No sé si coserle dos jubones al Manuel, se los llevó muy ajados, y los traerá hechos harapos. —Cambió de tema Quimeta—: El sueldo de un militar…

—A mí me lo vas a decir.

—Viviendo juntos los dos matrimonios, nos las apañamos mejor, compartimos casa y los gastos son a medias.

—Nos podemos permitir algún lujo incluso.

—Esta mañana, el refresco.

—Pero no volveremos a tener el mismo destino.

—O sí, o sí, Agustina.

—Dios lo quiera. Además, me ha venido bien dejar Barcelona, poco a poco, voy aceptando la pena…

—También necesitaría Manuel alpargatas, para cuando se quite las botas.

—Mira, Quimeta, esos hombres vuelven. Bajemos a la calle a ver qué cuentan.

Aquellos hombres vociferaban:

—¡Guillelmi, traidor!

—¡Guillelmi, afrancesado!

Y seguían su camino. Pero fue que dos de ellos repararon en las dos hermanas y, en viéndolas solas y hermosas, quisieron acercarse para galantearlas —que ya se sabe, que, por muy inoportuno que sea el momento, hay gente para todo—. Y ellas, al verlos venir con pícara sonrisa en la boca y lujuria en la mirada, como eran mujeres honradas, no esperaron a que les dirigieran la palabra; se entraron en la casa a toda prisa y los dejaron plantados, con lo cual no se encontraron en un brete, pero tampoco se enteraron de lo que sucedía. Lo supieron luego. Conocieron que había muchos hombres en el puente y en los fosos del castillo clamando contra la autoridad militar y pidiendo armas, comida para cenar y alpargatas. Y, como todos, se preguntaron:

—¿Alpargatas?

—¿Para qué quieren alpargatas?

Y, como todos, no supieron qué responderse.

***

Los dos cabildos, el de La Seo y el del Pilar, a más de curas de las parroquias, abades de los conventos de la ciudad y el decano del Santo Oficio se reunieron, mediada la tarde, en la casa de los canonjes de la catedral, presididos por el señor arzobispo. Lo primero que hicieron fue comisionar al cura de San Pablo, don Santiago Sas, y al padre Boggiero, del colegio de los Escolapios, para que se presentaran en el castillo de la Aljafería a ver qué sucedía. Éstos obedecieron, pidieron un par de mulas, mandaron aparejarlas y allá se dirigieron mientras los otros se disponían a esperarlos el tiempo que fuere menester. Claro que hablaron largo:

—En febrero había ya 100.000 soldados franceses en nuestra patria.

—La guerra contra ellos comenzó el 2 de mayo, jornada en la que corrió un río de sangre española por las calles de Madrid.

—En Zaragoza, se inició antes: el día en que, conocida la abdicación de don Carlos IV en su hijo don Fernando, los estudiantes de la universidad quemaron el retrato de Godoy en la calle del Coso, y lo sustituyeron por el del nuevo rey.

—Yo lo presencié.

—El hecho es que tengo noticia de que don Fernando ha solicitado a Napoleón una de sus sobrinas para desposarse con ella.

—¡Cualquier cosa! Con todos los respetos a la monarquía y a sus reverencias, don Fernando es insensato al pretender maridar con una atea, como todos los Bonaparte.

—Tal vez todo sea un malvado rumor.

—Pero ¿don Fernando, a día de hoy, es el rey de España?

—No se sabe a buen seguro.

—Pero ¿la Junta Suprema sigue existiendo?

—Tampoco se sabe.

—Mejor que no exista, estaba llena de masones y librepensadores, de gentuza que no cree en Dios…

—¿Entonces no hay datos?

—Todo es confusión.

—Hay otra Junta, de franceses y masones.

—¡Peste de Dios, los masones!

—Recemos, señores, para que el Señor tenga a bien iluminar a don Carlos y a don Fernando en este momento tan delicado.

—Y a la reina María Luisa y a su amante Godoy, que son los causantes de tanto desatino.

—Oremos, porque si el emperador consigue su propósito o pone a un familiar suyo en el trono de España, a curas y frailes, es decir, a nosotros nos llevarán a la horca, los primeros.

—De los ateos nada bueno se puede esperar.

Oremus

Y eso hicieron, rezar, pero luego les vino hambre, y pidieron refrigerio, y aún estuvieron un tiempo más esperando a Sas y a Boggiero, que se tardaban tanto, y que, mira, no regresaron aquel día, pues estuvieron ocupados hasta muy tarde en el arresto del capitán general de Aragón que quedó preso, en el castillo de la Aljafería.

***

En el Ayuntamiento, desde que se supo lo del 2 de mayo y lo que siguió, corregidores, regidores, diputados, administradores, depositarios, contadores, oficiales, veedores, secretarios y alcaldes de barrio venían celebrando múltiples sesiones, levantando actas y expidiendo bandos contemporizadores para que la población, que andaba encorajinada por la matanza francesa en Madrid, se mantuviera en calma. Hasta que el día 24 del mismo mes, enojados hasta la sinrazón por las iniquidades que sucedían en Bayona con el reino de España, decidieron, tras larga discusión, llamar a los ciudadanos a las armas, so pena de la vida. Y eso hicieron, sin votar con habas blancas y negras, pues que estuvieron todos de acuerdo y publicaron un bando y le dieron pregón, como dicho va, después de preguntarse por vez primera:

—¿Vamos a ser nosotros, los regidores de Zaragoza, menos que el alcalde de Móstoles que hace días declaró, por su cuenta y riesgo, la guerra a don Napoleón?

Y todos los presentes, unos con poca gana, otros entusiasmados, sostuvieron que no, que los regidores de Zaragoza no iban a ser menos que aquel alcalde, como se llamare, de Móstoles, villa de la provincia de Madrid, que había declarado la guerra al emperador de los franceses. Otro tanto que iban a hacer ellos en aquel mismo instante.

—Y al que le parezca mal, que deje el sillón.

—Que abandone la prebenda.

—Que se vaya a servir a Murat.

—Que traicione a la patria delante de todos.

—Eso, que se declare afrancesado.

—¿Están de acuerdo sus mercedes?

—¿Sí?, ea, que tome nota el escribano.

Y el escribano anotó lo que le dictaban los regidores.

Luego de las tareas administrativas, los señores del Ayuntamiento fueron felicitados por los vecinos que asistieron a la sesión, que se mostraron conformes con la declaración de guerra, y platicaron con ellos, como solían hacer a diario, pues que atendían a los ciudadanos que querían decir esto o estotro, o sugerir que se hiciera tal o cual, o que no se hiciere, las más de las veces haciendo alarde de infinita paciencia. Sobre todo últimamente, cuando se personaban ciertos labradores del Rabal o de la parroquia de San Pablo, unos dichos: Jorge Ibort y otro Mariano Cerezo, los dos hombres agrestes y montaraces, incapaces de hablar con mesura, según constataba el regidor que los recibiera, y no sólo él, pues que don Agustín Alcayde, el cronista de la ciudad, que acudía a todos los plenos, otro tanto decía ya en sus cuadernos, en los cuales no se limitaba a aclarar las dudas o bulos que pudieren correr por las calles, sino que, cuando años después editó tres libros sobre los sucesos de los Sitios de Zaragoza, se permitió desdecir lo narrado arriba y, en esta ocasión, hizo autores del bando a los dos labradores.

***

En la puerta de la Capitanía General, situada en el Coso, en la llamada casa de los Gigantes, hombres y mujeres vocearon contra la primera autoridad militar del reino de Aragón y, al no ser atendidos, la emprendieron con piedras y cascotes contra las vidrieras del edificio, para terminar, algunos de ellos, irrumpiendo en las habitaciones privadas del capitán general Guillelmi, alborotando además:

—¡A las armas!

Pues no se oía otra cosa en la ciudad del Ebro.

El general saltó de la cama en paños menores, donde tal vez estaba intentando descansar un ratico, pues dormir la siesta era poco menos que imposible con el tumulto que tenía a las puertas de su casa pero, en viendo a los hombres, no se achantó, sino que les demandó con voz autoritaria, mientras se vestía:

—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren? ¿Qué buscan? ¿Cómo se atreven a irrumpir en mis habitaciones?

—Queremos fusiles, señor.

—Informamos a usía que el pueblo de Zaragoza se ha levantado en armas contra el ejército francés.

—Y ha declarado la guerra a Bonaparte.

—¿Con qué derecho? ¿A quién representan ustedes?

—Al pueblo, mi general.

—Deben ustedes tranquilizarse, los franceses no están en contra de los españoles…

—Le recordamos a usía la matanza del 2 de mayo.

—Desconocen ustedes lo que sucedió, sólo conocen una parte, y se agarran a ella. El pueblo de Madrid atacó a los franceses y los otros se defendieron y luego hubieron de acallar la revuelta para volver al orden.

—¿Fusilando a la gente y cargando a caballo contra la vecindad?

—El pueblo también se equivoca, lo que es menester es que no se equivoque el pueblo de Zaragoza. El infante Antonio Pascual, antes de salir para la Francia, remitió cartas a todos los capitanes generales con órdenes de que no se repitiera otra sublevación. Yo, como capitán general de este reino desde hace más de treinta años, obedezco, como siempre he hecho y como siempre haré.

—Queremos armas, señor.

—No hay armas en esta ciudad.

—Los almacenes del castillo están llenos de fusiles y cañones.

—¡Falso! ¡Sólo hay dos compañías de fusileros! ¡Aquí están sus comandantes, que hablen ellos…!

—¡Ténganse los ciudadanos!

—¡Cálmense! Es cierto, apenas hay armas.

—¿Lo han oído los ciudadanos? —preguntó Guillelmi siguiendo con el usted, pese a que sus interlocutores eran gente del común, con ironía en la voz y usando el lenguaje de los revolucionarios franceses.

—Los ciudadanos quieren verlo, quieren comprobar lo que se guarda en el castillo.

—¿Cómo te llamas tú, el que osa gritar contra el representante del rey de España?

—Me llamo Carlos González, soy practicante y vivo en la calle del Limón —contestó el interpelado con arrogancia.

—¿Y qué haces con una escarapela roja en el sombrero, la revolución contra los tiranos? Pues, ya tienes el primer inocente a asesinar, a mí, al capitán general de Aragón, don Jorge Juan Guillelmi…

—Esta escarapela indica que el pueblo zaragozano ha declarado la guerra a Bonaparte.

—Esto es una revolución, señores —sostuvo el general, dirigiéndose a los comandantes y levantando los brazos, impotente.

—Contemporicemos, señor, el pueblo airado es peligroso.

—Vayamos con ellos al castillo, verán que no hay armas y volverán a sus casas. No provoquemos derramamiento de sangre.

—Los que provocan son ellos. No obstante, vamos.

Y fueron.

***

Al caer la noche, los vecinos habían sacado sillas a la calle, para tomar la fresca, pues que, aunque la tormenta había pasado sin descargar los rayos y truenos que presagiaban los negros nubarrones, habían padecido una jornada asaz calurosa, propia de la canícula, y asaz particular, pues ni los más viejos recordaban que se hubiera declarado guerra alguna por aquellas latitudes. Claro que es posible que sí, y que hasta la declaración se hubiera hecho en el mismo lugar y de la misma forma, dado que la guerra parece ser, para desdicha de todos, consustancial al género humano.

Así las cosas y con lo que se viene contando, en las calles había más mujeres que hombres, pues que éstos, primero, estuvieron pidiendo armas en el castillo, luego comida, después alpargatas —no se supo por qué solicitaron alpargatas, quizá por pedir alguna cosa más—, y más tarde en el Coso, en la casa de los Gigantes, de donde salieron con el capitán general para revisar las armas de los depósitos de la Aljafería, donde, por fin, lo arrestaron, lo despojaron de sus cargos, honores y charreteras, y lo encerraron en una celda para entregar el mando de la fortaleza a don Mariano Cerezo que se apresuró a llenar varios carros de armas para repartirlos a los alcaldes de barrio, para que su vez los distribuyeran entre los vecinos.

Y llegaba uno de los sublevados con el fusil en la mano a la puerta de Sancho, donde Casta Álvarez platicaba con la vecindad, y les decía a los que allí estaban que el traidor de Guillelmi había pretendido esconder a lo menos cinco mil fusiles.

U otro, en la puerta Quemada, también con el fusil en la mano, sostenía que había en el castillo mucha artillería, y lo escuchaba Manuela Sancho y le acercaba el botijo para que se aliviara la sed.

Otro, se presentaba en el corrillo de la fuente del Portillo en el que estaban Agustina y Quimeta, pedía agua y silla, y preguntaba si conocían algún francés que viviera por aquel barrio para matarlo, a la par que apuntaba con su fusil a las ventanas de las casas, contra gabachos imaginarios.

Muchos otros, en la casa de vinos de Diego Sola y María Lostal que, a la vista del negocio, no habían cerrado la tienda y llenaban los mismos botos y botellas que por la tarde, eso sí, mientras sus dueños les enseñaban las escopetas y, ante el espanto de la buena mujer, consentían en colgárselas al hombro.

Otros, dos labradores acomodados, antes de ir a sus casas, se llegaron al Rabal para satisfacer sus urgencias de varón con Matilda López y su pupila, Marica, y ambos dejaron los fusiles al pie de la cama, para que no les estorbasen en la coyunda.

Quizá la última persona, que se metió en la cama aquella noche, fue don Faustino Casamayor, alguacil de corte, pues cuando cantaban los gallos y sonaba el reloj de La Seo anunciando las cuatro de la madrugada, dejó de recorrer las calles y de entrar en las tabernas, de quedarse un rato, mejor si lo invitaban, de hablar con éste o con aquél, y se recogió en su casa de la calle de don Juan de Aragón, listo para escribir un diario sobre lo que había visto y oído en tan larga jornada, pero le venció el sueño, y lo dejó para el día siguiente.

Pero no, no, que muchas autoridades pasaron aquella noche en blanco, dado que la ciudad de Zaragoza había sido un hervidero.

Capítulo 2

2

A mediodía, Marica dormía como un tronco y no atendía a los llamados de Matilda. Como un ángel, hubiera dicho la meretriz de no dedicarse ambas a lo que se dedicaban, al subir al cuarto de la moza, dispuesta a zarandearla y a abrir los ventanos para que se despertara, pues la comida ya estaba a punto: un buen guisote de garbanzos con abundante chorizo y tocino. Y a gusto la hubiera meneado, pero se encontró con una picaraza, posada en la baranda del balcón de su habitación, situada pared con pared, que, mira, no se espantó con el ruido ni con el movimiento, hecho este que le llamó la atención.

Mientras Marica se lavaba la cara y los brazos en una aljofaina, Matilda le hizo la cama. Al terminar, volvió a asomarse al balcón y vio que el bicho continuaba en el mismo lugar. Le gritó: Uh, uh, tratando de espantarlo, en vano, porque el ave, aunque aleteó un par de veces, siguió en el mismo sitio. Sin darle importancia, volvió a sus tareas, avivó la lumbre para calentar el puchero, puso dos cucharas de palo y dos vasos en la mesa que tenía bajo el emparrado, porque hacía un día precioso, muy apto para comer al aire libre, y ya llamó a su pupila para que trajera una jarra de vino, pero la moza debía estar en la letrina porque se tardaba. Así que hubo de levantarse ella a por vino y aún tuvo tiempo para llegarse al pozo a sacar agua fresca y a la cocina, otra vez, a buscar el caldero, hasta que, sin esperar más, cogió la cuchara, la metió en el puchero y empezó a comer con apetito.

Cuando su pupila se sentó a la mesa, Matilda casi había terminado con media olla. Marica alabó el guiso, pues que no era para menos, lo rico que estaba el chorizo, lo bien cocidos que estaban los garbanzos y, cuando iba a comentar lo suave y jugoso que estaba el tocino, la interrumpió Matilda, para contarle lo de la picaraza y señalársela con el dedo, pues que seguía en el balcón. Tal corroboró la moza, tras salir del emparrado para verla, a la par que se santiguaba por si el negro animal traía consigo algún espanto.

Pero no, no. La picaraza no traía nada ni malo ni bueno. A media tarde, viendo las dos mujeres que no se había movido y sintiendo que apretaba más la calor, le llevaron un cuenco con agua y, a la noche, pan mojado. Como no tuvieron clientes aquel día, se adujeron que, al menos, habían estado entretenidas con el ave; e incluso le dijeron adiós con la mano al irse a la cama y cerrar los ventanos del balcón, constatando de nuevo que el movimiento no le inmutaba y cierto que esta vez con más motivo, pues que estaría dormida.

***

Casta Álvarez, la de la calle de Predicadores, se levantó antes que el sol. Se lavó manos y cara en una aljofaina, y llamó a su pequeño hijo, a Pablos, que era monaguillo en el Pilar y a diario lo acompañaba para que cantara en misa de Infantes. El caso es que aquella mañana se lamentó de tener que llevarlo, porque tenía carraspera de garganta, seguramente por haber tenido calor en la cama y haberse retirado el cobertor, a ver, con el bochorno del día de ayer, a ver. No obstante, llenó dos cuencos con vino, echó pan duro, y madre e hijo se desayunaron y salieron a toda prisa.

Pues que la buena mujer quería entrar en la iglesia de San Pablo, a rezar ante la imagen de San Blas, el abogado de la garganta, para que le quitara la carraspera cuanto antes, no fuera a devenir en afonía y en fiebre alta que le impidiera acompañar al niño. Porque era necesario que Pablos continuara de monescillo, de infantico del Pilar, pues que los canonjes, además de alabar su buena voz y darle comida a diario, le proporcionaban escuela gratis por cantar en la escolanía, lo que le permitiría, cuando fuera hombre, encontrar un buen empleo. A más que los devotos de la Virgen le daban propinillas por presentar a los recién nacidos o a los comulgantes ante la Señora. Y con esa industria se evitaba gastos, como el almuerzo del chiquillo, y ella, que era viuda, en razón de que su marido había fallecido dos años ha, podía dedicarse a hacer mandados con más tranquilidad, al tener al crío vigilado. E iba un día a las Fecetas y otro al hospital, y las monjas, como conocían su apurada situación, igual de mala que la de cualquier viuda de jornalero, le daban alguna cosa, y alguna vez, más que alguna cosa, como el día anterior en el cual la superiora de las Fecetas le había regalado dos reales, con los que había podido comprar un buen trozo de tocino entreverado y, ay, Jesús, beberse un vaso de zarzaparrilla.

Y eso hizo, entrar en San Pablo, rezar un paternóster a San Blas y dejar al niño en el Pilar tras darle un cachete, porque la criatura se había pasado todo el camino diciéndole que no quería ser infantico, que quería ser soldado y hacer la guerra contra los franceses, contra quien amenazara a la patria.

Pese a todo, antes de las siete, la dueña pudo presentarse ante la madre Rafols que la empleó en coser vendas.

***

Agustina y Quimeta, después de desayunarse, barrieron un poco la casa, pasaron una gamuza por los muebles, arrojaron a la calle el contenido de los orinales y, como estaban de limpieza, decidieron hacer la colada. Por eso quitaron las cobijas de sus camas y las echaron en un cesto. Cogieron la tabla de lavar y el tajo de jabón; un trozo de queso de la fresquera, media hogaza de pan, envolvieron los comestibles en un paño limpio y se encaminaron al lavadero de la acequia del Portillo.

Como siempre, estaba aquello muy animado. Lleno de mujeres, la mayoría de las cuales lavaban la ropa de su casa, y otras la de casa ajena, y otras sus propios vajillos, tanto que era difícil encontrar un hueco entre las piedras.

Así que hubieron de esperar. Cuando consiguieron acceder al agua, ya se habían personado por allí, pidiendo limosna, el tullido de turno, el pobre de las pústulas, mujeres que vendían escapularios o estampas de la Virgen del Pilar, y otras que ofrecían frutas, rosquillas, tortas o lamines y, también, una adivina que aseguraba leer el futuro en las rayas de la mano. A gusto le hubieran prestado la mano las dos hermanas a esta última, para que las enterara del paradero de sus maridos, pero se habían quedado sin un maravedí, pues que la presencia de Tomás, el tonto, les había llamado a compasión, les había revuelto el corazón y se habían gastado todo lo que llevaban en comprarle dos tortas de manteca.

Enseguida, supieron que el rapaz era asiduo del lugar, pero es que era un dechado de imperfección y daba mucha pena. Pues que, al llevar la boca abierta, babeaba, una baba espesa, espesa, y blanquecina, como la de los perros viejos; a más, que no hablaba, que emitía sonidos entre guturales y chillones, difíciles de describir que hasta causaban miedo; se movía con extrema brusquedad, pues —a la vista estaba— no controlaba sus movimientos y, a más, a más, renqueaba al andar y, por si fuera poco, de tanto en tanto se trompicaba y se caía al suelo, y la buena gente había de levantarlo. Y aún alimentarlo, pues que vivía en la calle. Y, aunque muchas personas habían intentado recogerlo en la casa de Misericordia para que estuviera atendido y comiera caliente, siempre se había escapado del hospicio, tanto es así que hasta la madre Rafols y la condesa de Bureta, que eran dos abanderadas de la caridad, o los canonjes o los curas de las parroquias, que también lo eran, habían desistido de encerrarlo y consentían que el pobre chico campara a sus anchas, en razón de que no podían con él y en virtud de que no hacía mal a nadie. Y eso, que en viéndolo, las dos catalanas le habían comprado dos tortas de manteca y se habían quedado sin un ochavo, otro tanto que les había sucedido a varias zaragozanas, que le habían dado de lo que traían para almorzar, una, un trozo de abadejo, otra, un zoquete de pan, otra, unos higos secos; u otras le habían comprado algún lamín. A ver, que producía el rapaz inmensa pena. Y eso, que las del lavadero le daban y le daban, y él se atiborraba, como ya había hecho su madre, pues era hijo de madre tonta también y posiblemente, según comentaban entre sí las lavanderas, de mil padres.

Las dos hermanas se turnaron con el lavado, enjabonando, frotando y aclarando, sin prestar atención a los piquetes de ciudadanos armados que hacían ronda por allí, pero anduvieron con el oído atento. Más, a lo del pobre chico y su desdichada madre, que a lo que se oía de la declaración de guerra contra los franceses, que había tenido lugar el día anterior, como sabido es, o a las quejas de la Fulana o la Mengana que refunfuñaban porque las ropas que lavaban, tenían cagadas de pulga y habían de frotar más para quitarlas. Si tal hicieron, si tanto le dieron al Tomás, fue quizá porque eran mujeres casadas y, de un tiempo acá, estaban deseando, la una volver a ser madre y la otra serlo por vez primera y, claro, se les helaba la sangre al contemplar a aquella criatura que, ay, Señor, era un dechado de imperfecciones, un engendro de la naturaleza, cuya sola vista les había causado escalofríos.

***

Manuela Sancho, la de puerta Quemada, acompañó a su madre a ver los dos trigales que tenían más allá de Miraflores. Fue de mala gana, porque le hubiera gustado ir al mercado y pasar por la calle de San Pedro para ver si Francho había acudido al llamado del Ayuntamiento, o de quien fuere, y había cogido el fusil. En su fuero interno entendía que, al quedarse su madre viuda y ella ser la mayor de cuatro hermanos con mucha diferencia de edad, eran ambas las que habían de ocuparse de los campos, no las fuera a engañar el mediero, que era lo que solían hacer los medieros con las viudas y huérfanas en toda la tierra de Dios.

Y eso, que iban a ver si había ya encañado el trigo y si había amarilleado, para calcular cuántas fanegas les corresponderían una vez recogida la cosecha, y para constatar si, el dicho mediero, había sembrado trigo candeal, como les había prometido, porque a la hora de vender no era lo mismo que el cereal diera harina blanca y poco salvado, que al revés. Para ello, para ver lo que había, como los campos estaban lejos y el recorrido de ida y vuelta les llevaría toda la jornada, se llevaron una tartera con un guiso de patatas y carne de cordero y sendas calabazas con una pinta de vino cada una, y salieron de su casa.

Antes de pasar la puerta Quemada, Manuela se colocó el rodete que traía en la cabeza y, encima, la tartera, y fue que, como andaba tan tiesa y tenía tan buen aire, los hombres que estaban allí con las escopetas al hombro, la miraron y hasta le silbaron.

Madre e hija atravesaron el puente de la Huerba, dejaron a la izquierda el convento de San José y a la derecha los lavaderos y, a poco, abandonaron el camino real y se internaron por veredas. Por veredas, que pronto se tornaron en trochas, en vericuetos, pues que no todo eran trigales por allá, y es que andaban por una espesa fronda de cañaverales y juncales tan altos que, a momentos, cualquiera podía perder la orientación.

Pero ellas no, que ambas sabían muy bien adónde iban. Iban a los campos que habían sido de sus tatarabuelos y bisabuelos, a hacer lo mismo que habían hecho sus antepasados, a revisar la cosecha. A ratos, rezando para que no se agostara, pues, como es conocido, estaba haciendo en la ciudad y aledaños una calor inapropiada. A ratos, volviendo a rezar para que no llegara la helada de súbito, porque en Zaragoza, ya se sabe, el clima es extremo, empieza a soplar el cierzo y se pasa del calor al frío por un tris. A ratos, la madre preguntando a la hija por el zapatero, por Francho, su pretendiente, intentando aclarar si el mozo era pretendiente o no lo era, si le había dicho alguna cosa y hasta si tenía buenas intenciones y planes de boda. Aconsejando a la moza, porque con los hombres ya se sabe, que no se dejara llevar a ningún pajar ni a la orilla del río ni por la ronda de la muralla, por ninguna parte, en fin, donde anduviera poca gente, porque los hombres tienen la mano muy larga, y no sólo la mano. Tal decía aquella dueña a la única hija que había parido, pues que el resto de sus hijos, cuatro, eran hombres.

La hija enrojecía, a la par que rogaba a su progenitora, no le preguntara esas cosas. No obstante, le explicaba que lo de Francho apenas había empezado, que no había hablado con él, que sólo habían cruzado miradas, miradas rápidas por otra parte, no la fuera a tomar por lo que no era, pues los hombres ya se sabe, les mira una mujer y ya se creen con derechos.

Y, aunque sofocada por el esfuerzo y la calor, la madre decía de pagar a una alcahueta que fuera a hablar con los padres de Francho, a ver qué pensaban de un posible matrimonio con Manuela. Y, vaya, que ya sabía de la familia del mozo, del zapatero y su mujer, del padre que hacía zapatos para los nobles y gentes pudientes en un buen comercio de la calle de San Pedro, aunque había empezado de remendón, y que ganaba muy buenos dineros al año, y de la mujer que se ocupaba de su casa con dedicación. Y de Francho tenía oído que no era borrachín ni putero ni jurador, sino un buen chico, que, Dios mediante, sería un buen marido.

La moza callaba, ya fuera porque también le agobiaba la abrasante temperatura o porque la abrumaba su madre, al querer saber tantas cosas. Entonces, la madre continuaba con que ella, Manuela, era un buen partido, pues, a su muerte, heredaría la quinta parte de los dos trigales de Zaragoza y de todos los de Plenas —su lugar de origen—, de la casa de la puerta Quemada, de los cien duros de vales reales, emitidos por el Banco de San Carlos, y las veintidós onzas peluconas que guardaba en la olla, en la ollica de barro que tenía enterrada en el corral debajo de la higuera, por el lado donde se pone el sol, enteras para ella para que fuera bien dotada al matrimonio.

Y sí, sí, claro que Manuela sabía lo de la olla y lo demás.

E iba a decir la madre que cuando cobrara la cosecha le compraría un par de mantas de lana albardilla y que ella misma tejería un par de juegos de sábanas, que llevaría a bordar a las Mónicas, para completarle el ajuar, pero no lo dijo. Pues que, al dejar atrás los cañaverales y salir a un claro, ambas vieron venir a un hombre a lo lejos. Se asustaron, pues que estaban solas por aquellos parajes, pero observaron cómo les hacía señas, y dedujeron que era el tío Andrés, el dueño de varios campos

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