Dos mujeres desnudas. Relatos

Elisenda Roca
Maria Ripoll

Fragmento

doc-2.xhtml

No apagues la luz

 

 

 

Hace calor, mucho calor. La señora Eleonora no soporta el bochorno pegajoso de las noches de verano en la ciudad. No corre ni una pizca de brisa, ni una corriente de aire, y eso que tiene las puertas de casa abiertas de par en par. Por su cuerpo empapado de sudor le chorrean resbalan unas gotas cuello abajo que se ocultan en el escote. Recuerda que de joven era más bien friolera. De recién casada, cuando se metía en la cama, le gustaba introducir sus pies congelados entre las piernas de su marido, que pillado de improviso se quejaba del susto. Él era una estufa, siempre tan calentito. Ella, que era un cubito de hielo, ahora es un horno.

Sentada en el sillón delante de la tele, con las luces apagadas, solo el resplandor azul de la pantalla ilumina la sala de estar. Mientras se toma un café descafeinado con hielo, mira hipnotizada a un grupo de personas que se gritan y se insultan porque el uno le ha puesto los cuernos a la otra, y unos se posicionan a favor del uno, y otros a favor de la otra, y no se entiende del todo lo que dicen porque hablan a la vez, pero a ella le hacen compañía.

Vive en una casa de planta baja y piso con azotea en el barrio marítimo de la ciudad. Al quedar viuda, sintió que la casa se le caía encima, así que decidió alquilar la planta baja e irse a vivir al piso de arriba, más pequeño y con una terracita desde la que se veía el gran patio que durante tantos años había ajardinado, y que acabó convirtiéndose en una selva. Suerte había tenido de alquilarla ahora a una chica que era una bendición. Se dedicaba a la fotografía, ¡una artista! Y, además de tener su estudio fotográfico, vivía allí y volvió a convertir el patio en un jardín precioso. Esta vez había acertado. Los anteriores inquilinos habían sido un desastre, lo destrozaron. Qué disgusto se llevó la señora Eleonora cuando, después de que se marcharan, entró a ver cómo había quedado. Parecía un vertedero. Su hermana le había recomendado alquilarla a turistas a través de una inmobiliaria: «Pagan mucho dinero y no se quedan mucho tiempo», le había dicho. Pero ella no quería forasteros. Prefería encontrar a alguien que se enamorara de la casa. Esta chica, a cambio de no cobrarle los tres primeros meses, le dejó la planta baja nueva. Además, era muy agradable. Ya le había hecho unas cuantas fotos. La señora Eleonora se reía porque no entendía qué demonios podía encontrar de bonito o interesante en una vieja como ella. Pero la chica insistía en que era muy bella y en que su rostro y su cuerpo tenían mucho que decir.

Esta noche de sábado, su encantadora vecina hace una cena en el patio. En cuanto oye el rumor de voces, la señora Eleonora baja el volumen de la tele. No es que sea cotilla por naturaleza, pero las voces de las jóvenes le dan la vida. No ha tenido hijos y se da cuenta de que, de alguna manera, y tras un año de convivencia ideal con la chica, ha acabado adoptándola. Las dos mantienen muy buena relación. Cada vez que queda con amigos, la avisa.

—Eleonora, puede que hoy hagamos ruido.

—Tranquila, es sábado. Y yo ya estoy jubilada. Además, vuestras risas me hacen compañía.

—Oiga, si quiere bajar, ya lo sabe: está más que invitada.

—No, mujer. Muchas gracias. La juventud no quiere viejos cerca.

—Se equivoca, querida. Todas podemos aprender mucho de usted, y quizá usted de nosotras.

Pero nunca ha bajado. Prefiere escuchar las conversaciones desde el piso de arriba, discretamente, escondida en la oscuridad de la noche, y, ciertamente, aprende cosas de la juventud que no sabía. En su época, todo el mundo iba atado corto y había cosas de las que no se hablaba, sobre todo de sexo.

La fotógrafa ha encendido las luces del patio, colocadas estratégicamente detrás de unas plantas para que enfoquen desde el suelo la pared de ladrillo visto llena de fotos enmarcadas y cerámicas curiosas. Hay botes de vidrio de colores con velas encendidas dentro, y una hilera de bombillas de verbena en una pared encalada. Da gusto verlo. En la larga mesa, varias botellas de vino, copas y platos de diferentes tipos. Las amigas son todas chicas, llevan cosas para cenar. La señora Eleonora, de un vistazo, las ve abriendo una botella y vuelve a la tele, donde ahora humillan a una colaboradora que a ella le da mucha pena; siempre la atacan, y a ella le parece la más profesional y la más educada. «Qué hace esta periodista tan veterana entre esa pandilla de gritones agresivos que no tienen oficio y sí mucho beneficio. Debe de necesitar dinero. Te compadezco, pobrecita. Tener que aguantar tantos insultos, tantos desprecios de esos cenutrios y mentecatos…», piensa la mujer. «Deberías estar jubilada, como yo», le dice mientras la periodista parece mirarla con sus ojos azules y tristes. Ahora le toca a la hija de una folclórica, que por lo que parece es una niña consentida y una cabeza loca. El presentador con cara de Netol siempre se ríe a destiempo de cosas que solo le hacen gracia a él. Eleonora piensa que debe de estar muy solo, y se lo imagina riéndose como un tonto en su casa de burradas que solo él entiende.

Una carcajada conjunta sube del patio, y ella no puede evitarlo: deja al presentador Netol, a la mujer escarnecida y se sienta en la terraza. Las cuatro chicas han terminado de cenar y ya han abierto la tercera botella de vino.

—¡Cerillazo! Me la apunto —oye decir a su inquilina.

—Venga, ¿nunca lo habíais oído? —se ríe una amiga suya editora, con el pelo corto y teñido de un rubio casi blanco. Le recuerda a Jean Harlow.

—¡Qué dices, tía! ¡Te la has inventado! —se queja la morena, la actriz. La señora Eleonora la conoce porque sale en el serial del mediodía.

—¡La inventora de palabras! Tendrías que hacer un diccionario práctico de neologismos, triunfarías seguro —dice la fotógrafa.

—Pero aún no lo he entendido… —dice la actriz, que siempre llega tarde a todo.

—Cerillazo, un tío que brilla mucho y se apaga rápido —explica la editora.

—Ahhh… De cerilla y de… ¿Y de qué? —pregunta la actriz.

—Y de chulazo, ¿verdad? —dice la que es médica.

—¡Exacto! ¡Si lo conocisteis! Era aquel que parecía tan interesante y que resultó ser un bluf. Lo aguanté tres días y me sobraron dos. Cero interés. Pura fachada y vacío por dentro. Ah, y no sabía follar.

—Como la mayoría de tíos, no saben.

La señora Eleonora, desde la invisibilidad de su tribuna superior, pone la oreja.

—Es la educación distorsionada que recibimos.

—Y la tele.

—Y el cine.

—El cine porno quieres decir.

—Y el que no es porno también.

Cuando hablan rápido, confunde las voces y no reconoce quién dice qué. Pero le da igual. La conversación le interesa.

—Y las novelas con personajes femeninos estereotipados.

—Eso está cambiando. —Ahora sí reconoce la voz de la editora.

—No es verdad. No nos conocen. O somos beatas, o mosquitas muertas, o putas, o aprovechadas, o flojas, o histéricas, o incompetentes, o todo a la vez.

—Está cambiando —insiste la editora—. Cada vez hay más voces de escritoras potentes y de escritores que se rebelan contra estos estereotipos.

—También hay mujeres machistas.

—Lo que hay son mujeres desinformadas que creen que ser feminista es ir contra los hombres.

—Mi abuela, por ejemplo. Cuando mi madre iba en los años setenta a las manis feministas para reclamar la igualdad de hombres y mujeres o a favor del divorcio o del aborto libre, mi abuela se subía por las paredes. Cuando la reconoció en el periódico, en aquella foto histórica, detrás de una excelente escritora y una famosa periodista que llevaba una pancarta que decía «Yo también soy adúltera», le entraron todos los males —explica la fotógrafa—. Mirad, tengo la foto ampliada y colgada allí. ¿La veis?

—¡Hostia! ¿Es la del pelo corto? —pregunta la actriz.

—Sí.

—No te pareces nada a ella.

—No, por fuera soy clavada a mi padre. Por dentro, he heredado el carácter de mi madre.

—Y la ironía de tu padre. Serio, pero cuando las suelta, me troncho. Tu madre es feminista convencida, pero tu padre también. ¡Soy tan fan! —dice la médica.

—La putada es que aún hay gente convencida de que feminismo y machismo son lo mismo.

—Hay que seguir haciendo pedagogía por la vía rápida. Insistir y explicarlo sin rodeos, porque hay quien sufre de incomprensión lectora —dice la editora—. Cuanto más claro y breve, mejor: el machista es el que cree que el hombre es superior a la mujer. La feminista pide la igualdad real entre hombres y mujeres. Y listo. A partir de aquí, podemos ampliar lo que queramos.

—¿Qué decía Simone de Beauvoir? —pregunta la fotógrafa a la editora.

—«No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Esos derechos nunca se dan por adquiridos. Debéis permanecer vigilantes durante toda vuestra vida».

—Amén —remata la actriz.

La señora Eleonora asiente con la cabeza.

—Costará conseguirlo, chicas. Mirad las audiencias de la tele. Los programas más vistos son los que se pitorrean permanentemente de las mujeres.

—Los que todo el mundo dice que no ve.

—Claro, claro, solo ven documentales. ¡Ja!

—Y van vestidas de actrices de cine porno según el ideal machirulo. Porque los directores de porno son hombres.

—Alguna mujer empieza a dirigir porno.

—Es una anécdota.

—¡Estoy hasta el coño de los zapatos con taconazos que hacen imposible el andar, de las tetas infladas y de los labios como morcillas!

La señora Eleonora, ruborizada, como si el comentario fuera por ella, gira la cabeza y ve en la tele a una mujer de la que se burlan abiertamente. Uno la señala con gestos agresivos y otro se levanta como si así fuera más relevante lo que dice. La anciana no puede oírlo porque ha quitado el volumen de la tele. La chica va vestida de forma chabacana, con la pechuga desbocada, unos pantalones que de tan mínimos parecen bragas y unos zapatos rojos de charol, puntiagudos y de tacón altísimo.

—Yo sigo diciendo que no hay una buena educación sexual.

—¡Ay, chicas! Que habíamos olvidado lo más importante…

La médica se levanta de la mesa, hace un gesto a la editora y las dos entran en la casa. La señora Eleonora se levanta de la silla y se apoya en la barandilla para ver mejor lo que pasa. Enseguida salen con dos paquetes bien envueltos.

—¡Felicidades, querida! —dicen acercándose a la fotógrafa.

—¡No puede ser! —responde ella emocionada—. ¿Es lo que creo?

—¡Primero abre este! —exige la editora.

Ella, nerviosa y excitada, abre con cuidado el paquete más grande. Sus amigas se impacientan.

—¡Rómpelo de una vez!

Dentro hay un libro de un tamaño considerable. Por la alegría y las conversaciones cruzadas que oye, sabe que es el libro de fotografías de su inquilina. Quizá mañana suba a mostrárselo.

—No apagues la luz, ¡buen título!

—Sí, porque Desnudas ya estaba cogido, era el que le iba mejor. Ya sabéis que prefiero los títulos cortos —dice la fotógrafa.

—A mí me gusta el título. ¡Basta de apagar la luz para ocultar la desnudez! Ha quedado precioso —dice la actriz—. A ver, ¿dónde estoy?

—¡Es muy potente! —dice la médica—. Debo decir que ver la foto de mi mastectomía ya no me duele.

—Gracias por dejarme fotografiarte —dice la vecina de Eleonora.

—Ha sido muy terapéutico, aunque no te lo creas. Mi psicóloga está esperando el libro impaciente. Vendrá a la presentación para que se lo dediques —dice la médica.

—¡Claro que sí!

—Este no, ¿eh? Es el primero y es para la artista —puntualiza la editora.

—¿Lo ha visto ya tu querida Eleonora? —pregunta la actriz bajando la voz, pero sin saber que la mujer está siguiendo la conversación desde arriba.

—Mañana, que es domingo, la invitaré a un vermut en el patio y se lo mostraré. Espero que se guste.

A la señora Eleonora le da un vuelco el corazón. ¡Las fotos! ¡Desnuda! Por eso le pidió permiso y le hizo firmar un papel de derechos de no sé qué. ¡Ay, madre! A su hermana le dará un soponcio y ella no se atreverá a volver a salir a la calle.

—Miradla, ¡qué belleza! —dice la fotógrafa.

La señora Eleonora se inclina tanto en la barandilla que por poco cae de cabeza sobre la mesa del patio. Da un paso atrás, asustada por el movimiento de su cuerpo. Busca las gafas desesperadamente y enseguida se da cuenta de que las lleva puestas. Entonces, con una agilidad que desconocía, corre a buscar unos viejos prismáticos de su marido—le gustaba observar pájaros— que guarda en la cómoda de la sala. Nunca ha querido desprenderse de ellos. Limpia el polvo de las lentes con el camisón y, como una espía, mira hacia el libro, que muestra, abierto encima de la mesa, su cuerpo desnudo sentado en un sillón con la cabeza apoyada en el brazo. No se le ve la cara. «¡Gracias a Dios! —piensa—. ¡Nadie me reconocerá!».

—¡Tiene un cuerpo precioso! —dice la actriz.

—¿Cuántos años tiene? —pregunta la médica.

—Setenta y ocho —contesta la fotógrafa.

—¡Quiero un cuerpo como el suyo! ¡No veo ni una variz! ¡Y qué pechos tan pequeños y firmes! Parecen de adolescente.

—Porque tiene el cuello y los brazos surcados de arrugas, si no, nadie diría que es el cuerp

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos