Así comienza

Rachel Abbott

Fragmento

II

Por fin estaba el coche en silencio. Stephanie había conseguido callar a Jason diciéndole que, si no dejaba de hablar, pararía y lo echaría del vehículo. Podría volver caminando a la comisaría. No era un silencio cómodo y Stephanie agarraba el volante con fuerza. Abrió la ventanilla una rendija para dejar salir un poco de aire caliente y respirar la húmeda brisa del mar y percibió un vago olor de las olas que chocaban contra las rocas de abajo.

«Tranquila», dijo una voz dentro de su cabeza. «No va a ser como la última vez».

—Entonces, ¿cree que es un caso de violencia doméstica, sargento? —preguntó Jason, interrumpiendo con su voz sus pensamientos—. Esta zona es un poco elegante para eso, ¿no? No se habrán peleado por dinero, eso seguro.

Jason se cruzó de brazos como si con eso quedara todo claro y Stephanie deseó preguntarle si había prestado algo de atención durante su formación. Odiaba tener que trabajar con agentes en prácticas, sobre todo cuando eran tan testarudos y estaban tan mal informados como este.

—Ha habido una llamada a emergencias y una mujer que pedía ayuda a gritos, eso es lo único que sé. Después, la llamada se cortó. La empresa de seguridad que controla la casa dice que es como un búnker, así que es poco probable que alguien haya podido entrar.

Stephanie sabía muy bien lo que eso quería decir. Quienquiera que fuera la persona de la que aquella mujer necesitaba salvarse era alguien a quien conocía.

—El coche patrulla de la empresa de seguridad está ya en el lugar de los hechos y su agente nos está esperando para que podamos entrar, de modo que pronto lo sabremos —añadió.

«Demasiado pronto». No estaba segura de querer saberlo.

La gravilla del sendero crujía bajo las ruedas y la luz brillante de la luna llena iluminó los arbustos que había a ambos lados del estrecho camino de entrada cuando las nubes se apartaron. Al girar la esquina vio un largo muro blanco delante de ellos de unos seis metros de alto con una enorme puerta doble de madera en el centro.

—¿Qué narices es este sitio? —preguntó Jason con voz apagada al ver algo tan inusual.

—Es el muro trasero de la casa.

—No hay ventanas. ¿Por qué iba alguien a construir una casa sin ventanas?

—Espera hasta que entres, Jason.

Por el rabillo del ojo vio que él giraba la cabeza hacia ella.

—Entonces, ¿conoce esta casa?

Stephanie asintió. No quería pensar en la última vez que la llamaron para que acudiera y esperaba y rezaba por que esta noche no se pareciera en nada a aquello. Pero un grito de ayuda no era nunca una buena señal y, a pesar de su belleza, esa casa le daba escalofríos.

Detuvo el coche junto a un vehículo con el emblema de una empresa de seguridad en el lateral. Un hombre joven y delgado con un grave problema de acné salió de él.

«Ay, Señor», pensó ella. «Dos niños por el precio de uno».

—Soy la sargento Stephanie King —se presentó ella—. ¿Tienes la llave?

El joven asintió.

—Yo soy Gary Salter, de la empresa de seguridad.

«Gracias por la obviedad».

—¿Has probado a llamar al timbre? —preguntó ella. Los ojos de Gary se movían nerviosos a izquierda y derecha.

—No sabía si debía hacerlo.

—Es probable que hayas tomado la decisión correcta —dijo Stephanie—. No sabemos qué está pasando ahí dentro y, estando solo, habrías sido vulnerable. Vuelve al coche, Gary. Hasta que sepamos qué pasa no podemos permitir que andes pisoteándolo todo.

Stephanie apretó el dedo con fuerza en el timbre e inclinó la cabeza para tratar de oír si se producía algún movimiento en el interior. Había un completo silencio. Probó suerte una vez más y, después, metió la llave en la cerradura y la giró.

Oyó que Gary salía del coche detrás de ella.

—Hay una alarma —advirtió—. El código es el 140329.

Stephanie asintió y abrió la puerta. El cajetín de la alarma estaba dentro del porche, pero la alarma no estaba conectada. Abrió la puerta interior y entró en la casa, con Jason siguiéndola inmediatamente después. El pasillo estaba oscuro y no se oía nada. Aquel silencio transmitía esa espesa calidad de las casas bien aisladas y, cuando habló, su voz resultó amortiguada, apagada.

Un fragmento de luz se filtraba por una puerta entreabierta que conducía a lo que Stephanie sabía que era la sala de estar principal de la casa. Con una mano en la pared para guiarse, avanzó unos centímetros mientras gritaba:

—¿Hola? ¡Policía!

Empujó la puerta doble del final del pasillo para abrirla del todo y, de repente, salieron de la oscuridad.

—¡Joder! —exclamó Jason y Stephanie supo exactamente a qué se refería. El impacto de la visión que tenía delante era exactamente igual de impresionante que cuando la había visto por última vez. Quizá no hubiese ventanas en la parte de la entrada del edificio, pero el otro muro del enorme salón de estar lo componía una sola lámina de vidrio. La luz de la luna se reflejaba sobre el mar negro que había más abajo y era como si la casa estuviese suspendida en alto sobre él.

—No hay tiempo para ponerse a admirar las vistas, muchacho. ¡Hola! —volvió a gritar—. Policía. ¿Hay alguien en casa? —No se oyó ni un ruido—. Venga, Jason, vamos a inspeccionar la casa.

Todo el enorme espacio en el que se encontraban era diáfano, con una cocina ultramoderna, una mesa de comedor para unas veinte personas y varios sofás. Justo entonces, la luna se ocultó tras una nube y Stephanie extendió la mano para encender las luces. No pasó nada.

—Mierda —murmuró—. Ve a por una linterna. Y rápido. Voy a bajar a los dormitorios. Ven a buscarme.

Jason se giró hacia la puerta y Stephanie se dirigió despacio hacia la escalera y se agarró a la suave barandilla de acero para apoyarse. La notó fría bajo sus dedos.

—¡Policía! —gritó—. Señor North..., ¿está ahí? —Notó la falta de confianza en su voz y maldijo los recuerdos que tenía de esa casa—. ¿Señor North? —gritó otra vez.

Aunque quien había llamado había sido una mujer, el único nombre que Stephanie tenía era el de North y, que ella supiera, no se había vuelto a casar.

De repente, la luna apareció de nuevo e hizo que su mirada se dirigiera hacia la fascinante visión de su reflejo sobre el agua oscura, pero volvió a mirar hacia las escaleras y se cambió la porra a la mano derecha. Se agarró con fuerza a la barandilla con la izquierda y bajó con cautela los escalones de cristal mientras gritaba a la vez.

Algo había pasado ahí. Lo notaba.

Sabía que los dormitorios estaban en esa planta y, en el otro extremo del pasillo, había una segunda escalera que llevaba al sótano. No quería tener que bajar de nuevo allí.

Oyó unos pasos detrás de ella y se giró hacia el reflejo de una potente linterna a la vez que levantaba el brazo sobre sus ojos para protegerlos de la luz.

—Lo siento, sargento. —La voz de Jason parecía un poco entrecortada, como si estuviese asustado o excitado. Ella no quiso saber cuál era el caso.

Stephanie volvió a gritar hacia el silencio de la casa. Recordaba dónde estaba el dormitorio principal. La última vez que había estado ahí la puerta estaba abierta y había encontrado a North sentado en la cama, con la cabeza agachada y los hombros agitándosele.

Movió el pie hacia delante y empujó con suavidad la puerta.

No necesitaron la linterna. La luz de la luna inundaba la habitación a través de los ventanales, ayudada por el resplandor amarillo y parpadeante de una docena de velas que estaban colocadas estratégicamente alrededor de la habitación.

—¡Dios!

La blasfemia susurrada de Jason lo decía todo. La cama era un lío de sábanas revueltas alrededor de las piernas y los brazos de dos personas. Stephanie no sabía si eran de hombre o de mujer desde donde se encontraba. El olor metálico confirmaba lo que estaba viendo. Ambos cuerpos yacían inmóviles y las sábanas blancas estaban empapadas de densa y oscura sangre.

A pesar de que era una noche cálida, Stephanie sintió un escalofrío en la nuca y tragó saliva. ¿Qué narices había pasado ahí? De repente deseó salir corriendo de la habitación y alejarse de la cruel visión que tenía delante.

Tras obligarse a respirar hondo, miró a Jason y le pidió en voz baja que volviera a subir para pedir refuerzos. No necesitó ningún espejo para saber que la mirada de terror que había en el rostro de él era un reflejo de la suya.

Cuando Jason salió, Stephanie oyó un sonido que hizo que todo el vello de los brazos se le pusiera de punta. Era el lloro de un niño muy pequeño. Se giró hacia la puerta tratando de averiguar de dónde procedía. Tenía que encontrar a ese bebé, pero no parecía un grito de dolor ni de angustia. Y antes de salir de la habitación, había otra cosa que debía hacer. Iba a tener que acercarse a la cama empapada en sangre para tocar los dos cuerpos y comprobar si estaban muertos. Las manchas de salpicaduras sobre la pared parecían un extraño cuadro abstracto y unas manchas rojas y viscosas decoraban una enorme fotografía en blanco y negro de una mujer de pelo rubio que colgaba orgullosa por encima de los cuerpos.

Stephanie respiró hondo y se obligó a poner un pie tras otro para acercarse despacio a ellos.

Al principio, pensó que estaba viendo cosas. Una pierna se retorció. Un momento después, el lejano sonido del bebé que lloraba vino acompañado de un sonido más grave y profundo. Era un gemido de dolor. Y procedía de la cama.

Uno de ellos estaba vivo.

Primera parte

PRIMERA PARTE

Tres meses antes

Comenzó con pequeños actos de crueldad. Un pie extendido, un grito de dolor cuando la rodilla se golpeaba contra el suelo. Empezó a encontrarle el gusto. Aquellos momentos se volvieron más frecuentes, más brutales. Parecía como si el placer fuera en aumento con cada una de sus despiadadas acciones.

Capítulo 1

1

Veo la fotografía desde el otro lado de la calle. Ocupa el escaparate de la galería, suspendida sobre delgados cables, de tal forma que parece estar flotando en el aire. Es la imagen en blanco y negro del rostro de una chica, su cuerpo apenas una sombra contra el fondo negro. El contraste se ha graduado de modo que cada relieve de su piel —un pómulo, la nariz, el filo del mentón— resplandece con un cegador color blanco mientras cada hendidura parece oscura y solapada.

Me detengo en seco sobre la acera y miro. La galería es pequeña, no más grande que las tiendas que tiene a cada lado; en una venden elaboradas tartas y en la otra ofrecen el tipo de basura que la gente compra en vacaciones y que carece de sentido una vez que sus quince días al sol han acabado: flotadores en forma de tiburón, pelotas hinchables que explotan con la primera patada que alguien les da, colchonetas de estridente color rosa y bonitas cometas que probablemente nunca echen a volar.

La galería, en comparación, es sofisticada, con su fachada gris adornada solamente con dos palabras pintadas en el extremo derecho, casi como si se disculparan por su presencia: «Marcus North».

No sé cuánto tiempo llevo mirando, pero la fotografía ejerce una atracción sobre mí. Ni siquiera me doy cuenta del caótico tráfico mientras cruzo la estrecha calle para colocarme frente al escaparate. Durante un largo rato, casi me pierdo en pensamientos del pasado pero, por fin, abro la puerta y entro. Se trata de un espacio despampanante que se extiende hacia adentro, con sus paredes de un lúgubre gris. A cada pocos metros, una columna de ladrillos interrumpe el yeso oscuro del que cuelgan las fotografías, discretamente iluminadas desde arriba y, a pesar de la ausencia de color, llenas de vida.

Una fotografía me llama la atención y, despacio, recorro los tres pasos hacia el interior de la galería con los ojos clavados en una imagen de dos niños, uno negro y otro blanco, que están jugando juntos. Una mano negra parece acariciar una mejilla blanca, mientras una mano blanca se apoya sobre una pierna negra. De nuevo, el contraste se enfatiza y las sonrisas de dientes infantiles resultan cautivadoras.

Sobre cada una de las columnas de ladrillo hay una pequeña escultura de metal: la cabeza de un cerdo, una mano arrugada, la pierna de una bailarina doblada por la rodilla... Y colgando de cada escultura, las joyas de plata más originales y hermosas que he visto nunca. Un largo collar con ondulaciones cuelga del ala de un pájaro, unos pendientes se apoyan sobre el morro del cerdo.

Noto que hay alguien detrás de mí y giro la cabeza.

En absoluto contraste con el color monocromático de la galería, la mujer lleva un vestido corto y sin mangas de color rosa fucsia. Tiene el pelo muy corto, casi rapado, y teñido de un llamativo color blanco. Sus ojos parecen agarrarme y no me sueltan. Grises claros, luminosos y enormes, me observan.

Sé quién es. Cleo North.

¿Desea algo? —pregunta—. ¿O solo está mirando?

Sonríe, pero es la sonrisa profesional de una vendedora carente de auténtica calidez. Me aclaro la garganta, furiosa conmigo misma por ponerme tan nerviosa, pero recuerdo por qué estoy aquí y la ansiedad se reduce mientras retrocedo de nuevo hacia ella con la mano extendida. La suya es fría al tacto.

Evie Clarke —digo—. Tenía interés por ver si la fotografía de Marcus North es tan buena como me han dicho.

Los ojos grises se entrecierran ligeramente.

Yo soy Cleo North, la hermana de Marcus. Creo que es probable que le parezca aún mejor. ¿Puedo preguntarle de qué conoce su obra?

Sonrío y retuerzo entre mis dedos un mechón de mi pelo largo y rubio, que parece casi de un amarillo chabacano al lado del blanco puro de Cleo.

He estado investigando un poco recientemente y vi un artículo en un periódico local sobre Marcus. A usted la nombraban como su directora comercial.

Entonces, ¿es usted de aquí? —pregunta con un gesto de perplejidad que indica que debería conocerme si ese fuera el caso.

No, soy de Londres. Pero un amigo estuvo aquí de vacaciones y me trajo un ejemplar del periódico. Sentí curiosidad y decidí hacer el viaje para ver las fotos con mis propios ojos. Busco a alguien que me haga una serie de fotografías. —Sonrío a Cleo, consciente de que esto parece de lo más vanidoso—. Son para mi padre, pero, si lo dejo en manos de él, probablemente terminemos con unos sosos posados, así que le pregunté si podía elegir yo al fotógrafo.

Veo un destello de preocupación en sus ojos que ella disimula con otra sonrisa.

No estoy segura de que Marcus vaya a ocuparse de ese tipo de retratos ahora mismo. Está más centrado en el fotoperiodismo, en tomar imágenes que cuenten una historia. Estos —dice señalando los retratos de la galería con una mano— son sobre todo ejemplos de su anterior trabajo.

Yo asiento, como si comprendiera.

Mire, ¿por qué no hablo yo con él y le cuento lo que busco? Mi padre está bien relacionado y, si le gusta el resultado, estoy segura de que estará encantado de correr la voz.

Veo indecisión en sus ojos. Ambiciona un buen futuro para su hermano —el artículo del periódico lo dejaba claro— y yo necesito encontrar la forma de ganármela.

Si sirve de algo, no estoy buscando específicamente imágenes de estudio. Me encantaría que me tomaran fotos a lo largo del tiempo, con distintos estados de humor y en diferentes localizaciones. No quiero algo muy obvio ni demasiado escenificado.

Cleo parece ligeramente ofendida por que yo esté poniendo en duda que Marcus es capaz de reflejar imágenes cotidianas.

Bueno, creo que puede ver que sus fotos no son nunca aburridas. Está muy solicitado, como se puede imaginar.

Hacen falta otros diez minutos de sutil persuasión con el tácito señuelo de alabar la reputación de Marcus antes de que ella se ablande y yo empiece a ver un atisbo de excitación. Estoy segura de que ha exagerado enormemente la actual demanda de su obra —pues prácticamente ha estado encerrado durante los últimos dieciocho meses— y puedo ver una expresión de ambición en sus ojos. No en cuanto a sí misma, sino en cuanto a Marcus. Sé que ahora está de mi lado.

¿Cómo quiere que lo hablemos? —pregunta, con una sonrisa auténtica por primera vez desde que he llegado. No se me había ocurrido antes pero, después de lo que le pasó a Marcus, es probable que, a veces, la gente entre en la galería para intentar verlo y comprobar si la tragedia se le nota en la cara. Sin embargo, parece que Cleo piensa que mi interés es verdadero.

Tengo que ver a Marcus para ver cómo trabaja y si sus ideas encajan con las mías y, lo que posiblemente sea un mayor desafío, si cumple las expectativas de mi padre.

Seguro que sí. Deje que hable con él y me volveré a poner en contacto con usted.

Hago una mueca.

No quiero estar dándole muchas vueltas. Si no está interesado, preferiría saberlo ahora para no perder el tiempo. Me gustaría entrevistarme con él hoy, si es posible.

Veo que esta idea le preocupa pero, al final, accede a hablar con él en ese momento para concertar una cita y coge el teléfono. Me doy cuenta por la expresión de ella de que a él no le agrada la idea. Aparto la mirada, como si no lo hubiese notado. Ella trata de mantener un tono sonriente y alegre y yo camino por la galería para que ella pueda ejercer su influencia sobre su hermano en privado.

Por fin cuelga y me mira con una sonrisa.

Sabe que quiere verlo hoy y ha accedido. Se ensimisma mucho con su trabajo y, a veces, puede parecer un poco distante, pero supongo que forma parte del temperamento de los artistas.

Le está excusando antes incluso de que yo le conozca, pero la miro con una sonrisa de complicidad mientras ella me pasa la dirección.

Me despido, consciente de que no va a ser la última vez que vea a Cleo, y decido ir caminando hasta la casa de Marcus para, así, tener tiempo de ordenar mis ideas y elaborar un plan para convencerle de que acepte mi encargo.

Mientras subo el camino empinado que lleva hasta su casa, bajo la mirada hacia la playa. Hay unos niños jugando en la arena, riendo y gritando mientras se meten en el mar helado y salpican agua a sus padres, más reacios al frío. Envidio su despreocupación. No recuerdo haberme sentido así nunca, ni siquiera de niña.

Subo lentamente la cuesta de áspera grava hasta que veo el enorme muro blanco que es la casa de Marcus North, aunque sé que no es con sus fotografías con lo que la ha pagado. No hay ni una sola ventana a la vista, pero estoy segura de que al otro lado del muro será distinto. La casa está situada en el borde de un acantilado y las vistas serán impresionantes.

Me acerco a la gran puerta de madera y levanto el puño izquierdo para llamar. Golpeo la puerta y siento en la mano un dolor inmenso, insoportable. Y, sin embargo, sigo llamando y gritando a la vez. Sé que tengo que parar, mantener a salvo mi mano. Pero no puedo y, cuanto más golpeo la puerta, más atroz se vuelve el dolor de la mano.

Mientras el tremendo dolor me saca de mi somnolencia inducida por los medicamentos, llevándose con él los últimos retazos del sueño, me doy cuenta de que nada es real, salvo la agonía de mi mano. No estoy en la puerta de la casa de Marcus North, sino que estoy dentro, tumbada en la cama de una habitación oscura con un enorme ventanal que da al mar. Desde la muñeca hasta la punta de los dedos, mi mano izquierda está envuelta en yeso y me duele a rabiar. Los calmantes han debido de perder su efecto y siento un doloroso zumbido y un deseo de rascarme un trozo de piel al que no puedo llegar.

Siento los ojos pegajosos. Debo de haber estado llorando en sueños mientras recordaba ese día. Cada segundo de mi sueño era la repetición de un día de casi dos años atrás, precisa hasta el punto en que levantaba la mano y llamaba a la puerta. En ese momento, el dolor punzante que ahora me hace jadear se fundía con el sueño, y la sensación misma se integraba en la historia, interrumpiendo los últimos momentos.

Quiero regresar a ese momento, recordar lo que pasó a continuación y convencerme de que todas las decisiones que he tomado desde ese día han sido las acertadas. Pero los hilos de la telaraña se van rompiendo uno a uno y sé que, aunque pueda volver a quedarme dormida, hay pocas posibilidades de regresar a esa puerta, mientras espero a que abran. El sueño se ha volatilizado.

—¿Evie? —Esa voz, normalmente confiada, suena vacilante, preocupada.

—Estoy despierta. Puedes entrar. —Mantengo los ojos cerrados. No quiero ver la perfección de Cleo cuando sé cómo debe de ser mi aspecto—. ¿Está bien Lulu?

—Está bien. Se está echando una siesta, pero ha estado perfectamente. ¿Necesitas algo? —Se acerca a la cama y puedo sentirla merodeando por encima de mí, pero sigo sin mirarla todavía—. Tienes los ojos legañosos. ¿Dónde guardas el desmaquillante? Puedo limpiártelos un poco, si quieres.

—En el baño. —Hablar me parece, de repente, una tarea difícil y, ahora que sé que Lulu está bien, solo quiero que Cleo se vaya.

—No lo veo —grita desde el otro lado de la puerta.

—Se llama jabón —respondo.

No necesito ver su cara para saber que estará chasqueando la lengua, horrorizada por mi mal gusto. A veces, me gusta provocarla.

Cleo lleva su perfección como una armadura, como el cauri duro y brillante que cogí la semana pasada en la playa para Lulu: impenetrable pero bonita. Todo lo que se ve de ella por fuera es llamativo, resplandeciente, desde el pelo blanco decolorado y el maquillaje perfecto hasta los colores vívidos de su ropa. He visto cómo la mira la gente por la calle, preguntándose quién podrá ser esa criatura impoluta, sin darse cuenta de que, por mucho que lo intenten, no se les va a permitir acercarse. Solo a unos pocos elegidos se les permite acceder a la verdadera Cleo. Y yo no soy uno de ellos.

Puedo oír cómo vuelve por la habitación hacia la cama.

—He cogido unos algodones húmedos. Eso servirá. —Me limpia los ojos con suavidad y yo me mantengo inmóvil. No quiero que me toque. Nunca seremos íntimas, pero hacemos lo posible por fingirlo y ahora mismo puedo notar una preocupación auténtica. Se sienta con cuidado en el borde de la cama y espera un momento antes de hacerme la pregunta que sabía que vendría a continuación.

—¿Estás segura de que no quieres que llame a Mark?

Con la mención de su nombre, regreso a mi sueño, a la puerta alta de la larga pared blanca, golpeando sobre la madera. Pero esta vez estoy allí a través del recuerdo. Por desgracia, estoy completamente despierta y me pregunto adónde habrá ido el tiempo. ¿Cuánto de todo lo que ha pasado desde entonces he bloqueado en mi mente?

El hombre que abrió la puerta ese día parecía un despojo: sucio, despeinado, con una barba de tres o cuatro días que en absoluto se debía a un estilo premeditado.

–¿Marcus North? –pregunté.

–No. Me llamo Mark. Con k. Siempre ha sido así y siempre lo será.

Yo ya lo sabía, pero lo que no sabía era que él no formaba parte de todo ese intento de aparentar unos orígenes más prestigiosos de lo que eran en realidad.

–Perdone –dije–. Entonces, supongo que es usted Mark North.

Se pasó una mano por el pelo grasiento, haciendo que se le quedara de punta.

–Lo siento. Mi maldita hermana cree que si me llamo Marcus voy a parecer más interesante. Yo pensaba que lo que importaba era la calidad de mis fotografías, pero ya ve.

Mi breve recuerdo de ese día vuelve a verse interrumpido cuando Cleo insiste en que le responda a la pregunta de si quiere que llame a Mark. Incluso ella ha dejado ya de llamarle Marcus, pues, al final, él se negaba a responder a ese nombre.

—No, claro que no quiero que lo llames. Sabes que va a buscar cualquier excusa para venir directo a casa y te has esforzado mucho por conseguirle este encargo. Puedo apañármelas.

Cleo se levanta de la cama y se acerca al ventanal, que da al mar. Se gira para mirarme la mano y vuelve a apartar la mirada.

—No entiendo cómo te lo has hecho, Evie. No le encuentro la lógica.

Por un momento, me imagino mi mano, sujetando con fuerza las pesas de la máquina de ejercicios, seis poleas, cada una con cinco kilos sostenidas en alto. Veo otra mano, sujetando la barra que mantiene las pesas en el aire. La mano se suelta y, en la milésima de segundo que tardan los treinta kilos en destrozar mis huesos, espero el dolor, consciente de que probablemente me haya roto los carpianos, los metacarpianos y las falanges. Conozco los nombres de la mayoría de los huesos del cuerpo.

—Ya te lo he dicho. La barra se me resbaló de los dedos cuando no debía. Una tontería, pero dicen que la mayoría de los accidentes son domésticos.

—Pero debió de ser apenas un momento después de que Mark se fuera. ¿Por qué no le llamaste para que volviera?

Suspiro al oír esto. No se me ocurre ninguna respuesta sensata, al menos ninguna que Cleo vaya a creerse.

—Ya ha pasado. No tiene sentido volver a hablar de ello. Si no te importa ayudarme un poco con Lulu, estaremos bien. Prefiero que él no vuelva.

Me lanza una mirada severa.

—No digas nada, Cleo. Ya sabes que se va a estresar y ahora mismo no estoy para esas cosas. Cuando él vuelva estaré mucho mejor y seré mucho más capaz de manejarme sola.

Y así será. Así tiene que ser.

Capítulo 2

2

Cuando conocí a Mark, intenté gustar a Cleo. Su influencia sobre él en aquella época era tan grande que no podía permitirme tenerla de enemiga, pero, cuando la balanza de poder se inclinó hacia mí, noté su resentimiento y, a partir de ahí, desarrollamos una relación de tolerancia superficial. Mark es inmune a todo eso. Me ve recibiendo con agrado a Cleo en nuestra casa, invitándola a comer con nosotros, sin darse cuenta nunca de lo mucho que ella detesta el hecho de que sea bienvenida porque yo así lo ordeno.

Cumplirá con su deber, ahora que yo estoy lastimada, consciente de qué es lo que esperará Mark de ella, pero me alivia disponer de una hora, más o menos, de descanso sin sus cuidados mientras saca a Lulu. Puedo ver que está preocupada. ¿Soy tan torpe como para que no se me pueda dejar a cargo de la hija de su hermano? Porque Cleo sabe que no es la primera vez que he sufrido un accidente. La respuesta evidente es una que ni siquiera está dispuesta a considerar.

Cada vez con más frecuencia la descubro mirándome como si no estuviese segura de por qué estoy aquí, invadiendo sus vidas.

Cierro los ojos. Hasta que los analgésicos vuelvan a hacer efecto no voy a poder dormir y, aun cuando duerma, sé que no voy a regresar a mi sueño. Pero puedo recordar y preguntarme por el modo en que el destino obra su magia.

Ese primer día, cuando Mark abrió la puerta del largo muro blanco con aspecto de acabar de levantarse de la cama, llevaba varios días encerrado y estaba furioso. Estaba demasiado delgado. Eso le hacía parecer aún más alto. Sus ojos, grises como los de su hermana pero el doble de fríos, me fulminaron. Dijo que se lo había pensado mejor y que había decidido que no tenía nada para mí, así que debía marcharme y no volver.

No fue el mejor comienzo, pero tampoco me resultó inesperado. Volví a la galería para contar lo que había pasado. No tenía intención de rendirme, pero no iba a dejar que Cleo lo supiera.

—Lo siento mucho —se disculpó ella—. ¿Me concede un poco de tiempo para ver si él se lo piensa mejor?

Levanté los ojos al cielo, como si lo estuviese meditando seriamente.

—Vale, pero mi padre está ansioso por que le confirme los detalles. Si no puede hacerlo Marcus, tendré que buscar a otro.

Cleo necesitó veinticuatro horas pero, al final, consiguió convencerle para que, al menos, hablara conmigo, así que al día siguiente volví a verme subiendo fatigosamente el camino. Pero esta vez llovía y hacía viento, el típico tiempo variable del verano, como suele ser en el suroeste de Inglaterra. Había unas cuantas personas en la playa intentando volar cometas sin mucha suerte, pero la mayoría de las familias probablemente habían salido a los salones de juego recreativos o a alguna de las numerosas cafeterías.

No me podía creer que Mark fuera el mismo hombre cuando abrió la puerta. Su pelo, que el día anterior parecía sucio y oscuro, estaba recién lavado y tenía un cálido color castaño rojizo, y se había afeitado la barba de varios días. Los ojos habían perdido la furia y ahora casi parecían mirar desconcertados, como si no tuviese ni idea de cómo se había dejado convencer para verse en esa situación. Hasta meses después no descubrí que Cleo había amenazado con cerrar la galería e irse si él se negaba a aceptar nuevos encargos.

Extendió la mano para estrechar la mía.

—Siento lo de ayer —dijo—. Había estado trabajando en unas fotografías y no estaban saliendo bien. —Dejó caer la mano y me miró a los ojos—. La verdad es que eso es una mentira de mierda. Simplemente fui muy desagradable y te pido disculpas.

Me gustó en ese momento y no estaba segura de si eso era bueno o no.

Levantó un brazo para darme la bienvenida a su casa y yo pasé por delante de él a través de la enorme puerta de madera del muro blanco.

—Ay..., Dios... mío. —Entré despacio, mientras contemplaba la espectacular vista que tenía delante. Sabía que era la planta más alta del edificio, pues nadie llamaría casa a aquello, y parecía estar flotando sobre el mar con una enorme lámina de cristal salpicada por la lluvia que formaba la única barrera con el agua salvaje de abajo. Incluso en un día así, las vistas eran impresionantes.

Mark me señaló un sofá que estaba frente al ventanal y yo apenas podía concentrarme en lo que me decía mientras hablaba de sus fotografías, sus influencias, su forma de afrontar cada tema nuevo y las técnicas que quería utilizar en mis retratos. Yo estaba distraída en todo momento por aquella visión: las vistas de un alcatraz que planeaba sobre el mar o las olas que chocaban contra una roca que sobresalía por encima del agua de la bahía.

Me ofreció una taza de café y fue a la cocina, que estaba situada a lo largo de una pared de la sala de estar. Se oyó el sonido de unos granos moliéndose y el aire se llenó del delicioso aroma del café recién hecho.

Miré el resto de la sala, en la que hasta ese momento apenas me había fijado. Giré la cabeza en todas direcciones, esperando ver más fotografías enormes como las de la galería. Pero solamente había una, colgada de la pared detrás de mí, enfrente del ventanal, donde vi que atraparía los cambios de la luz de cada día. Era un retrato de una mujer con el pelo corto y oscuro peinado hacia atrás a partir de un rostro delgado dominado por unos gruesos labios claros. Sin embargo fueron sus pequeños ojos, ligeramente entrecerrados, lo que me llamó la atención. Parecían mirarme, juzgarme, y cuando me giré pude notarlos sobre mi espalda.

Mientras daba sorbos al café en la taza de porcelana que Mark me había traído, traté de hacer desaparecer aquellos ojos de mi mente y entablar conversación con él. Necesitaba gustarle. Que confiara en mí. Traté de sonsacarle, de sonreír ante sus intentos de comentarios ingeniosos y su evidente creencia de que tenía que encandilarme, aunque solo fuera para hacer callar a su hermana. No me engañé pensando que era algo más. Al menos, no en ese momento.

Acordamos que empezaría el proyecto con seis fotografías, cada una de ellas tomada en días distintos, en diferentes horas, para que la luz variara. Tuvo la idea de hacerme una entre una masa de turistas, pero solo mi imagen recibiría el tratamiento de alto contraste y los demás quedarían difuminados en sombras de color gris para que yo sobresaliera —de forma casi literal— entre la multitud. Tenía en mente otra localización, donde yo podría asomarme sobre las murallas de un viejo edificio abandonado, y pareció como si, ahora que había aceptado el encargo, empezara a emocionarse.

Cuando no se me ocurrió ningún motivo razonable para alargar mi visita, me levanté para marcharme. Pero no podía irme sin preguntarle por su casa.

—Está increíblemente bien diseñada. Deben de haber hecho falta varios años para construirla. ¿Has vivido aquí desde que se construyó?

Su expresión se oscureció.

—No.

Los ojos de la fotografía me observaban, haciendo que me volviera imprudente y, de repente, empecé a comportarme como un mirón cualquiera.

—Y hay otra planta por debajo de esta... Los dormitorios, supongo.

Vi que apretaba la mandíbula. Yo sabía qué estaba haciendo, pero no podía parar. Sabía que las plantas inferiores estaban talladas en el interior de la roca y que, al igual que en esta habitación, las ventanas daban al mar.

—En realidad, son dos plantas más. —No me miró a los ojos al decirlo.

—Dios mío..., ¿tu estudio está en el sótano?

Por un momento, no dijo nada.

—No. Ahí abajo hay una piscina y un gimnasio. Pero están cerrados.

Cogió las dos tazas vacías, que tintinearon al tocarse.

—¿No usas ninguna de las dos cosas?

—No bajo nunca.

Le miré sorprendida.

—No habrá fantasmas, ¿verdad?

—Es probable. Es donde murió mi mujer. —Los ojos de Mark se movieron a su izquierda, adonde colgaba el retrato.

Le miré impactada y con expresión de arrepentimiento, como si, al contrario que el resto de la gente que conocía el nombre de Marcus North, no supiera ya lo que había pasado. Sentí los ojos entrecerrados del retrato juzgándome.

Han pasado veintidós meses desde que tuvimos aquella conversación la primera vez que entré en esta casa y más de once meses desde que me mudé a ella. Incluso ahora, hago todo lo posible por evitar la mirada de Mia North, la esposa muerta de Mark.

Capítulo 3

3

Cleo abrió hacia adentro la puerta de cristal empañado de la cafetería, empujándola con la espalda mientras tiraba del cochecito de Lulu tras ella, intentando ocultar su sorpresa, probablemente sin conseguirlo, cuando un adolescente con demasiados piercings se levantó de un salto para ayudarla.

—Gracias —dijo cuando el muchacho se agachó para sonreír a Lulu, que parecía completamente impávida ante la visión de todo aquel metal que sobresalía de su cara.

Miró alrededor de la sala medio vacía, buscando la agradable silueta de su mejor amiga, Aminah Basra. En un par de meses, la cafetería estaría a rebosar de turistas y ni ella ni Aminah se acercarían, pero a esas alturas de la temporada resultaba un lugar agradable y cómodo donde verse. Una mata de pelo negro y rebelde atrajo la atención de Cleo, y Aminah levantó el brazo con un movimiento de entusiasmo.

A la vez que empujaba el cochecito hacia el otro rincón, donde su amiga estaba sentada tomando un capuchino, Cleo recuperó su amplia sonrisa.

—¡Qué cara has puesto! —exclamó Aminah mientras Cleo se sentaba—. Eso te pasa por tener prejuicios.

—Lo sé. Me avergüenzo de mí misma. Mi reacción instintiva ha sido evitar que ese pobre chico se acercara demasiado a Lulu. ¿No es terrible? —Cleo se inclinó por encima de la mesa con una mueca de desagrado—. Pero no sé cómo podrá sonarse la nariz —susurró—. En fin, me alegro de verte. ¿Hoy no viene Anik?

—Le he dejado con su abuela, que estará tratando de enseñarle modales porque cree que yo soy demasiado indulgente con mis hijos. Se supone que debería ser al revés, ¿no? Que los abuelos deberían ser los tolerantes. ¿Y cómo es que traes a Lulu? No es que no me guste verla.

Una camarera de expresión aburrida se acercó para tomar nota del pedido de Cleo antes de que ella tuviese ocasión de responder, y eso le dio un momento para pensarse la respuesta. Aminah había pasado bastante tiempo con Evie en los últimos meses y en una o dos ocasiones había dado a entender que Cleo era un poco dura con la pareja de su hermano, así que, desde entonces, se había asegurado de ocultar cualquier atisbo de crítica en su voz.

—Evie ha tenido otro accidente. Pero no te preocupes, ya está bien. La he dejado dopada con lo que le han dado en el hospital y está durmiendo.

Aminah la miró horrorizada.

—¿Qué ha pasado? ¿Lo sabe Mark?

—Se acababa de marchar cuando ocurrió. Ella me ha pedido que no le llame, pero está muy dolorida. Se las ha apañado para pillarse una mano y se le han roto algunos huesos.

—Por el amor de Dios, ¿con qué se la ha pillado?

Cleo no quería dar detalles del accidente de Evie. Le horrorizaba imaginarse las pesas aplastándole los dedos, pero sabía que Aminah no iba a dejar de preguntar hasta tener toda la información.

—Ha dicho que estaba haciendo dorsales en el gimnasio. —Cleo vio la expresión de confusión de Aminah y la miró con una breve sonrisa—. No te preocupes, no es necesario que sepas lo que es. En fin, se inclinó hacia delante para ajustar las pesas mientras seguía enganchada a la barra. Debía de tener las manos resbaladizas con el sudor y soltó la barra cuando la otra mano estaba entre las pesas. Un accidente tonto que no debería haber ocurrido. Ha debido de suceder en cuestión de segundos. Pero se pondrá bien. Y no quiere que llame a Mark.

—El gimnasio. —Aminah miró a Cleo directamente a los ojos—. Otra vez.

Cleo apartó la mirada para ocuparse del cochecito de Lulu y acariciar el pelo sedoso de su sobrina.

—Lo sé —dijo sin apartar la mirada de la niña—. Mark sigue sin bajar. No lo ha hecho desde que Mia murió, que yo sepa. Y es probable que Evie tenga miedo de que él cierre ese espacio si le cuenta lo que le ha pasado. Dice que viviendo tan cerca del mar debería ser delito no enseñar a nadar a tus hijos.

—En eso tiene razón.

Cleo suspiró. Todo lo que Evie decía sonaba sensato, pero últimamente parecía demasiado propensa a los accidentes.

—¿A qué le da vueltas esa cabecita tuya, Cleo? —preguntó Aminah—. Vamos, conozco esa expresión.

Cleo levantó la cabeza y miró a Aminah a los ojos.

—No sé qué pensar y sé que vas a decir que estoy siendo ridícula. Por eso estoy dudando antes de decir nada.

La camarera trajo el agua con gas que había pedido Cleo, agua sin gas para Lulu y un segundo capuchino para Aminah y lo dejó todo en el centro de la mesa sin decir nada. Ninguna de las dos mujeres le prestó atención. Aminah miraba fijamente a Cleo, esperando a que continuara hablando.

—Aminah, la cuestión es que no es el primer accidente que tiene, ¿no? Y siempre pasa al poco rato de que Mark se vaya. Como esa vez en que se las arregló para tirarse por encima el agua hirviendo. Dijo que había estornudado cuando estaba vertiendo el agua de la tetera a la taza y que le había salpicado, pero yo vi bajo las vendas que aquello era más que una salpicadura.

—¿Y qué insinúas? ¿Que está tratando de llamar la atención o que simplemente es torpe? Si es atención lo que busca, querría que Mark regresara a casa de inmediato, ¿no?

—No lo sé. Pero hay algo que no va bien.

Aminah soltó un bufido.

—Maldita sea, Cleo, lo mismo dijiste de Mia también. Tampoco te gustaba y no te fiabas ni un pelo de ella.

—¿Te sorprende? Era mucho mayor que Mark y pensaba que su fotografía no era más que un pasatiempo. —Cleo continuó hablando fingiendo acento americano—. «Ahora Mark está casado conmigo, así que no tiene por qué triunfar, yo ya he tenido suficiente éxito por los dos y tenemos todo el dinero que necesitamos. Deja que se divierta».

Miró a Aminah con un mohín y esta se rio.

—¿Sabes, querida? No hay nada malo en divertirse. Quieres que Mark sea famoso, pero ¿es eso lo que él desea?

Cleo echó un poco de agua en el biberón de Lulu y cerró el tapón.

—Ahí tienes, cariño. —Lulu era una niña de lo más tranquila. Con nueve meses ya empezaba a parecerse a Mark, con el pelo del mismo color castaño rojizo que el de él.

—No me estás escuchando, Cleo —dijo Aminah con tono suave.

—Yo siempre he tenido que ocuparme de Mark. Lo sabes.

—Tonterías. Esto ya te lo he dicho antes, pero voy a repetírtelo te guste o no. Tratas a Mark como si fuese tu hijo de siete añ

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