La habitación de invitados

Helen Garner

Fragmento

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Para empezar, orienté la cama de la habitación de invitados en dirección norte-sur. ¿No quedaba así alineada con el flujo de energía positiva del planeta la persona que dormía allí, o algo por el estilo? Eso pensaría ella. Hice la cama con esmero, ajustando bien la sábana bajera, la de tono rosa claro, porque todos conocíamos su sensibilidad para el color, y el rosa sienta bien incluso a las pieles que se han vuelto amarillentas.

¿Preferiría una almohada plana o voluminosa? ¿Sería alérgica a las plumas, o quizá incluso, como vegetariana, contraria a su uso? Le daría a elegir. Reuní todas las almohadas sobrantes de la casa, les puse fundas recién planchadas y las dejé en fila en la cabecera.

Subí la persiana de lamas de madera y abrí la ventana. Corrió un aire con olor a vegetación, aunque no se veía una sola hoja a menos que uno abriera la mosquitera y se asomara. Ella llevaba meses instalada en casa de su sobrina Iris, en la octava planta de un bloque de apartamentos estilo art déco, en Elizabeth Bay, cuyas ventanas, suponía, miraban al norte, por encima de la enramada de las enormes higueras de Sidney, hacia el fondo azul del puerto.

La vista inmediata desde la habitación de invitados, hasta que consiguiese hacer florecer unos cuantos geranios en un macetero, era de la vieja cerca gris que separaba mi propiedad de la de mi hija Eva. Pero la ventana de guillotina daba al este, y la luz que se reflejaba en la fachada lateral de la casa de madera de Eva mantenía la habitación iluminada hasta bien entrada la tarde. Además, corría finales de octubre, época que en Melbourne se corresponde supuestamente con la primavera.

Me preocupaban sus pies. El suelo de la habitación era de tablas desnudas, salvo por un kilim gastado y bastante roto. ¿Y si uno de los dedos de sus pies largos y elegantes se enganchaba en los desgarrones? ¿Y si se caía? Una de las cosas que ella consideraba superfluas eran las zapatillas de andar por casa, además de las maletas, los sujetadores, los desodorantes y las planchas. Enrollé el peligroso kilim y lo arrojé al cobertizo trasero. Acto seguido fui en coche a una tienda situada frente al supermercado Piedimonte’s, donde según mi amiga Peggy, que entiende de estas cosas, vendían alfombras de estilo tribal. Enseguida encontré una preciosa: flores de colores salmón y verde desvaído entrelazadas sobre un fondo claro en tono champiñón. El hombre me dijo que era iraní, teñida con tintes vegetales. La elegí porque se veía descolorida. Ella no admitiría que comprase algo especialmente para la ocasión, que armase revuelo.

¿Querría mirarse en un espejo? No la veía desde hacía meses: todo lo que sabía de ella era por nuestros mensajes de correo electrónico. Cada vez que percibía malas noticias en medio de su animado parloteo, le proponía ir a visitarla a Sidney. Pero me disuadía: iba a salir a cenar y no podía cambiar la cita, o no tendría una cama para mí, o no quería que malgastase el dinero. Si no había espejo en la habitación, quizá ella lo interpretara mal. Detrás de la estantería de mi despacho tenía uno comprado en una tienda de importaciones asiáticas de Barkly Square que nunca había usado: un rectángulo de cristal alto y estrecho sin marco, provisto aún en el dorso, arriba y abajo, de tiras de cinta adhesiva. Elegí un lugar discreto donde colgarlo, justo detrás de la puerta, y lo presioné con fuerza contra la pared.

En la mesita de noche dispuse en abanico unas partituras por si nos decidíamos a ponernos a prueba con los ukeleles: Pretty Baby, Don’t Fence Me In, King of the Road. Incliné la lámpara de lectura en un elegante ángulo y, al lado, coloqué un jarrón con unas plantas anónimas que encontré cerca del cobertizo trasero. Luego recorrí el pasillo hasta mi habitación en la parte delantera de la casa y me acosté en la cama con las botas puestas. Eran las cuatro de la tarde.

Al cabo de diez minutos me despertó un atroz estruendo en dos fases, tan escalofriante, tan absoluto, que pensé que alguien había lanzado un ladrillo contra la ventana lateral. Temblorosa, salí precipitadamente de la habitación y corrí por el pasillo. No percibí el menor movimiento. La casa estaba en silencio. Debía de haberlo soñado. Pero el borde de la vieja alfombrilla del pasillo, a medio camino entre el dormitorio y la cocina, destellaba misteriosamente. Pasé por encima de ella y entré en la habitación de invitados. El espejo ya no existía. No había nada en la pared, y sobre la alfombra iraní resplandecían los cristales rotos.

Barrí, aticé la alfombra con una escoba de paja, pasé la aspiradora en hábiles ángulos. Los fragmentos de vidrio tenían formas malévolas y eran en extremo pertinaces, algunos tan minúsculos que se reducían a chispas de luz, ocultos en la urdimbre de la alfombra, en la misma trama. Me arrodillé y los extraje con las uñas. Cuando declinaba ya la luz del día y tuve que dejarlo, me telefoneó mi hermana Connie.

—¿Se ha roto un espejo? ¿En su habitación?

Guardé silencio.

En voz baja y apremiante, añadió:

—Ni se te ocurra decírselo a Nicola.

—¿Se quedará tres semanas? —preguntó mi amigo Leo, el psiquiatra. Era sábado por la noche, y yo, sentada en la espartana cocina de su casa en South Yarra, lo observaba guisar. Echó la pasta en un colador y lo agitó—. ¿Por qué tanto tiempo?

—Ha reservado plaza para un tratamiento alternativo aquí en Melbourne, en un centro de la ciudad. La han admitido con carácter de urgencia. Tiene que presentarse el lunes a primera hora de la mañana.

—¿Qué clase de tratamiento?

—No me atreví a preguntar. Me ha hablado de suero de peróxido y otras cosas horribles. En Sidney ya ha estado tomando vitamina C a grandes dosis. Ochenta mil unidades, me dijo. Por vena. Con algo que se llama glutatión, sea lo que sea.

Se quedó inmóvil con el colador en la mano. Parecía estar conteniéndose: nunca había reparado en las venas de sus sienes, bajo los rizos blancos.

—Todo eso es pura charlatanería, Helen.

Empezamos a comer. Leo dejó que se impusiera un silencio de psiquiatra mientras empuñaba el tenedor. Su terrier blanco y negro permanecía sentado junto a su silla y lo contemplaba con desvalido amor.

—Ya —dije—. Eso intuía yo. Cuando le diagnosticaron el tumor intestinal, le pidió al oncólogo que postergara el tratamiento por un tiempo para poder tomar grandes dosis de aloe vera. Y él le contestó: «Nicola. Si el aloe vera redujera los tumores, lo recetarían todos los oncólogos del mundo.» Pero ella cree en esas cosas. En su casa, detrás del sofá, tiene una colchoneta magnética. Siempre me dice: «Tiéndete en la colchoneta, Hel. Te curará la osteoporosis.»

Leo no rió. Me miró con sus ojos castaños y preguntó:

—¿Y tú te tiendes?

—Claro. Se descansa bien. Se la alquila a una tienda.

—O sea que la quimio no dio resultado.

—Iba todo el día con un gotero conectado al dorso de la mano. La han operado. Se ha sometido a radioterapia. La han desahuciado. El mal se ha extendido por los huesos y el hígado. La han mandado de vuelta a casa. Pasó cinco días en el taller de Petrea King. He oído hablar bien de esa gente, pero ella dijo que no era lo suyo. Luego visitó a un «sanador», como lo llamaba Nicola, y éste le dijo que debían arrancarle las muelas: según él, el cáncer se debía a las filtraciones de los metales pesados de los empastes.

Leo apoyó la cabeza en las manos. Yo seguí comiendo.

—¿Por qué acude a ti?

—Dice que yo le salvé la vida. Estaba a punto de mandar una gran suma de dinero a un bioquímico del Hunter Valley.

—¿Un bioquímico?

—Un kinesiólogo le comentó que ese individuo tenía mucho éxito con el cáncer, así que ella lo telefoneó. El bioquímico le aseguró que no necesitaba verla. Le bastaba con echar una ojeada al hemograma. Debía mandarle cuatro mil dólares, y él le enviaría las hierbas exactas que necesitaba para combatir sus cánceres. Le mencionó un «concentrado de zumo de col».

Dejé escapar una risa aguda. Leo me miró fijamente con rostro inexpresivo.

—Y le dijo que no debía preocuparse si oía comentarios desfavorables sobre él, porque tenía enemigos, gente que buscaba su ruina. Procurando abordar la cuestión con tacto, le pregunté: «¿Qué pensaste cuando te dijo eso?» Y me contestó: «Me pareció una garantía de integridad.» —Me ardían las mejillas, consciente de que hablaba atropelladamente—. Temí que me acusara de frustrar su última esperanza, así que a espaldas de ella telefoneé a un periodista que conozco. Éste llevó a cabo ciertas indagaciones. Resultó que el supuesto bioquímico es un conocido timador. Hace las afirmaciones más descabelladas. Antes de dedicarse a la medicina alternativa pasó años en la cárcel por robo a mano armada. La llamé justo a tiempo. Tenía el talonario en la mano.

Tardé un momento en calmarme. Leo esperó. La suya era una cocina plácida y prácticamente vacía. Me pregunté si habría invitado a entrar allí a alguno de sus pacientes. Al otro lado de las puertas correderas de cristal había un viejo lavadero de hormigón sobre el suelo, y de él brotaba una mata de albahaca. Su coche ocupaba el resto del pequeño patio.

—Tú trabajas con pacientes enfermos de cáncer —dije—. ¿Esto tiene mala pinta?

Él se encogió de hombros.

—Muy mala. Fase cuatro.

—¿Cuántas fases hay?

—Cuatro.

El plato estaba vacío. Dejé el tenedor.

—¿Y qué debo hacer?

Apoyó la mano en la cabeza del perro y le echó las orejas hacia atrás; los ojos del animal se convirtieron en dos rendijas.

—Tal vez viene por eso. Tal vez quiere que seas tú.

—Que sea yo ¿qué?

—La que le diga que se va a morir.

Escuchamos un viejo disco de Chick Corea y hablamos de nuestras familias y nuestras lecturas. Cuando se hizo tarde, me acompañó a mi coche. El perro lo siguió al trote. Mientras me alejaba por Punt Road, los vi cruzar el semáforo y adentrarse en el gran parque oscuro.

Esa noche llovió. Fue una lluvia plácida y benévola. Desperté a las seis con una sensación de amenaza inminente, la misma angustia que me atenazaba al acercarse el plazo de entrega de un artículo: la ineludible exigencia de encontrar algo nuevo dentro de mí. Ese día llegaba Nicola. Me quedé allí tendida, inmóvil en la penumbra.

Luego planté dos geranios en un macetero y lo colgué en la cerca lateral frente a su habitación. Los capullos, plegados dentro de su cáliz, me recordaban lápices afilados. La intensidad de su rojo capturaba mi mirada desviándola de la fealdad de la cerca.

Bessie vino desde la casa contigua, pasando de costado por la brecha en la cerca mientras yo preparaba un bocadillo para el almuerzo. Me mostró un nuevo pasador para el pelo que le sujetaba el flequillo cuando saltaba. Moqueaba y yo le limpié la nariz varias veces con papel de cocina. El televisor estaba encendido.

—¿Ése es Sadam Husein? —preguntó—. ¿Por qué dicen que es tan malo, abuela? ¿Qué ha hecho?

Le expliqué que era un tirano. Empezamos a filosofar. Señalé que en el mundo había gente muy pobre. Luego Bessie, atacando el tazón de yogur y frutos secos que planté ante ella, comentó que unos días eran distintos de otros.

—Algunos son felices —explicó—, pero otros son malos. No sé por qué. ¿Puedo acompañarte al aeropuerto? Quiero decirle a Nicola que tengo cinco años y medio. Seguro que se lleva una sorpresa.

Aparcamos con tiempo de sobra. Había salido el sol y el aire era templado: hablamos alegremente de la primavera. Mientras íbamos cogidas de la mano hacia el vestíbulo de llegadas de Virgin Blue, salió una muchedumbre: el avión de Nicola debía de haber aterrizado antes de lo previsto. Apreté el paso, tirando de Bessie y escrutando a los viajeros en busca de una mujer alta, de pelo prematuramente blanco y andar ligero. Casi tropezamos con ella antes de reconocerla. Se bamboleaba entre los empujones del gentío, vacilante como una anciana decrépita, y parecía aún más menuda por contraste con el joven confuso que le llevaba la bolsa de tela india colgada del hombro. Bessie me apretó la mano.

—¡Hola, queridas! —saludó Nicola. Se esforzó por aparentar despreocupación, pero tenía la voz ronca, apenas un susurro—. Éste es mi nuevo amigo Gavin. Me ha ayudado mucho.

El chico me entregó la bolsa, farfulló unas palabras de despedida y se encaminó a la puerta. Tomé a Nicola del brazo y la conduje hacia una hilera de sillas rígidas. Se dejó caer en la primera. Bessie se arrimó aún más a mi otro costado, mirando a Nicola con cara de pánico y fascinación.

—Bueno —dije animadamente—, vamos a sentarnos aquí un momento para recuperarnos.

Pero Nicola no podía sentarse erguida. Se le encorvaba la espalda, el cuello parecía lastrado por una pesada carga. Descarnada, se estremecía de la cabeza a los pies como un surfista que ha pasado demasiado tiempo más allá del rompiente en invierno.

—Bessie —dije—. Escúchame, cariño. ¿Ves a esa señora de allí, detrás del mostrador? ¿Más allá de los lavabos? Quiero que vayas y le digas que necesitamos una silla de ruedas. Ahora mismo. ¿Serás una niña mayor y lo harás?

Ella me miró fijamente.

—¿Y si no tienen sillas de ruedas en los aeropuertos?

—Bess. Necesito que nos ayudes.

Nicola le dirigió una sonrisa que en otro tiempo habría sido cálida y hermosa, pero que se había convertido en una mueca.

—Pero no quiero ir sin ti —protestó mi nieta con voz aguda.

—De acuerdo. Quédate aquí con Nicola e iré yo.

—Abuela... —Me cogió con las dos manos.

—Tenemos que conseguir una silla de ruedas. Acércate a esa señora y pídesela. De lo contrario, no sé cómo vamos a salir de aquí.

La aparté de mí. Ella se alejó por el pasillo enmoquetado con pasos rígidos y formales. La vi ponerse de puntillas e intentar asomar la cabeza por encima del mostrador. Vi a la mujer uniformada inclinarse para escucharla, seguir con la mirada el dedo de la niña cuando nos señaló y volverse para dar una orden en voz alta.

Regresamos a una casa que aún creía que era primavera: todas las ventanas abiertas, las habitaciones inundadas de aire templado y húmedo. Renqueando, Nicola recorrió el pasillo apoyándose en mi brazo mientras Bessie la precedía con el equipaje. La acompañamos a la habitación de invitados, y ella, trémula, se sentó en el borde de la cama. Cerré

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