Mi mundo adorado

Sonia Sotomayor

Fragmento

Mi mundo adorado

PRIMERA EDICIÓN VINTAGE ESPAÑOL, ENERO 2013

Copyright de la traducción © 2013 por Vintage Books, una división de Random House, Inc.

Todos los derechos reservados. Publicado en los Estados Unidos de América por Vintage Español, una división de Random House, Inc., Nueva York, y en Canadá por Random House of Canada Limited, Toronto. Originalmente publicado en inglés como My Beloved World en los Estados Unidos por Alfred A. Knopf, una división de Random House, Inc., Nueva York. Copyright © 2013 por Sonia Sotomayor.

Vintage es una marca registrada y Vintage Español y su colofón son marcas de Random House, Inc.

Todas las fotografías pertenecen a la colección personal de la autora con la excepción de la última fotografía que aparece en la sección de fotos, la cual es de Steve Petteway, cortesía de la Corte Suprema de los Estados Unidos.

Sotomayor, Sonia, 1954–
 [My beloved world. Spanish.]
Mi mundo adorado / by Sonia Sotomayor; traducción de Eva Ibarzábal.
—Primera edición Vintage Español.
pages cm
eISBN: 978-0-345-80410-5
Cover design by Katya Mezhibovskaya
1. Sotomayor, Sonia, 1954–   2. Hispanic American judges—Biography.   3. Hispanic American women—Biography.   4. Judges—United States—Biography.   5. United States. Supreme Court—Officials and employees—Biography. I. Title.
KF8745.S67A318 2013
347.73′2634092—dc23
 [B] 2012043519

Diseño de Cassandra J. Pappas

www.vintageespanol.com

v3.1_r1

Mi mundo adorado

Contents

Cubierta

Página de título

Copyright

Epígrafe
Prefacio
Prólogo
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Veintitrés
Venticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Ventisiete
Veintiocho
Veintinueve
Fotos insertadas
Epílogo

Agradecimientos

Acerca de la autora

Mi mundo adorado

Perdonadle al desterrado
ese dulce frenesí:
vuelvo a mi mundo adorado,
y yo estoy enamorado
de la tierra en que nací.

—de “A Puerto Rico (Regreso)”,
de José Gautier Benítez

Mi mundo adorado

Prefacio

DESDE MI NOMBRAMIENTO a la Corte Suprema, he hablado ante una amplia variedad de grupos en diferentes escenarios y he respondido a toda clase de preguntas. Muchas personas, como es de esperarse, me han preguntado sobre el derecho, la Corte y mi trayectoria como juez. Pero muchas más, para mi sorpresa, me han preguntado acerca de mi historia personal, mostrando curiosidad sobre cómo me las arreglé y cómo me moldearon las diversas circunstancias ya conocidas sobre mis primeros años de vida, específicamente aquellas que normalmente no fueron prometedoras.

En una conferencia sobre la diabetes juvenil, una niña de seis años me preguntó de manera muy triste si vivir con la enfermedad se tornaba más fácil con el tiempo. En otro lugar, un niño que recientemente había perdido a su padre me preguntó cómo había sobrellevado la pérdida de mi padre a tan temprana edad. Los estudiantes minoritarios me han preguntado cómo era vivir entre dos mundos: ¿Cómo permanecí conectada a mi comunidad? ¿Alguna vez experimenté la discriminación? Muchos abogados jóvenes, hombres y mujeres, me han preguntado cómo he balanceado mi vida personal con las exigencias de la profesión. La más desconcertante de todas las preguntas fue la que inspiró este libro: ¿Cuánto le debía a haber tenido una niñez feliz? Esa me costó trabajo; hasta escribir este libro, no he hablado públicamente sobre algunas de las experiencias más amargas de mi niñez, y no me habría considerado absolutamente feliz de niña. A la larga, sin embargo, me he dado cuenta de que tuve momentos de profunda felicidad y éstos hicieron florecer en mí un optimismo que demostró ser más fuerte que cualquier adversidad.

Subyacente a todas estas preguntas está la sensación de que la historia de mi vida llega a la gente, ya que resuena con sus propias circunstancias. Los retos que he afrontado —entre ellos, la pobreza material, una enfermedad crónica y haber sido criada por una madre soltera— ni son excepcionales ni tampoco me impidieron alcanzar logros excepcionales. Para muchos, es motivo de esperanza ver a alguien realizar sus sueños mientras lleva cargas de esa naturaleza. Al captar la atención de la gente de esta manera, he pensado detenidamente por algún tiempo qué lecciones puede tener mi vida para los demás, sobre todo para los jóvenes. ¿Cómo ha sido posible que la adversidad me animara en lugar de que me derrotara? ¿De qué fuente emanan mi esperanza y optimismo? Lo más fundamental, mi propósito al escribir estas memorias, fue hacer accesible mi ejemplo esperanzador. Las personas que viven en circunstancias difíciles necesitan saber que existen finales felices.

Recientemente, un estudiante me formuló otra pregunta que me hizo pensar: “Partiendo de que sólo hay nueve Jueces en la Corte Suprema, cada uno con nombramiento vitalicio, ¿es realista que alguien aspire a esa meta? ¿Cómo nos arraigamos a sueños que, desde el punto de vista estadístico, son prácticamente imposibles?”. Como expreso en estas páginas, mi primer sueño fue convertirme en juez, que ya de por sí parecía inalcanzable hasta que sucedió. La idea de llegar a ser juez de la Corte Suprema —que ciertamente, como meta, eludirá a la inmensa mayoría de los aspirantes— nunca se me ocurrió salvo en la más remota de mis fantasías. Pero la experiencia me ha enseñado que no puedes valorar los sueños de acuerdo a las probabilidades que tienen de convertirse en realidad. Su valor verdadero reside en despertar en nosotros la voluntad para aspirar a lograrlos. Esa determinación, cualquiera que sea su destino final, nos impulsa hacia adelante. Y después de un tiempo, puede que reconozcas que la verdadera medida del éxito no es cuánto has acortado la distancia a una meta lejana, sino la calidad de lo que has hecho hoy.

Me he aventurado a escribir sobre mi vida personal con más familiaridad de la habitual para un miembro de la Corte Suprema, y ese candor implica cierta vulnerabilidad. Seré juzgada como ser humano por lo que los lectores encuentren aquí. El ser franco es arriesgado, pero me parece que es un riesgo menor cuando se compara con la posibilidad de que algunos lectores encuentren consuelo, tal vez hasta inspiración, al examinar de cerca cómo una persona común y corriente, con sus fortalezas y debilidades como cualquier otra, ha logrado una trayectoria extraordinaria.

Estoy segura de que mis asistentes jurídicos se horrorizarán al ver la frecuencia con la que he roto mis propias reglas estrictas sobre la redacción formal. Cada regla, no obstante, responde a un contexto, y las memorias personales requieren un estilo diferente a una opinión legal.

Tampoco son las memorias lo mismo que una biografía, cuyo propósito es presentar el relato más objetivo de los hechos de una vida. Las memorias, a mi entender, no pretenden negar su subjetividad. Su temática es el recuerdo de una persona; y los recuerdos, por naturaleza, son selectivos y están teñidos por las emociones. Seguramente, otras personas que tuvieron participación en los eventos que describo recordarán los detalles de otra manera, aunque espero que estemos de acuerdo sobre las verdades fundamentales. No me he tomado libertades con el pasado como lo recuerdo ni usado la ficción más allá de reconstruir las conversaciones de memoria. No he mezclado personajes ni torcido el orden cronológico a conveniencia. No obstante, he intentado contar una buena historia. Si algunos amigos o miembros de mi familia no se encuentran mencionados o se desilusionan al ver que sus papeles no son tan prominentes como habrían esperado, confío en que entiendan que la necesidad de mantener el relato claro y enfocado tiene que superar incluso a una abundancia de sentimientos.

Puede que algunos lectores se decepcionen al ver que he optado por terminar esta historia hace veinte años, cuando me convertí en juez por primera vez. He tomado esa decisión por la naturaleza personal de lo que deseo expresar. Aunque pienso que mi crecimiento personal ha continuado desde entonces, la persona que soy, ya en ese momento había alcanzado su formación esencial. Por otro lado, no tengo tanta perspectiva ni sentido de conclusión con respecto a mi carrera en la judicatura. Cada una de sus etapas —primero en la Corte de Distrito, luego en la Corte de Apelaciones y ahora en la Corte Suprema— ha sido única e independiente; y no podría decir con certeza cómo cada parte configurará lo que todavía puedo lograr como juez. Mientras tanto, me parece inapropiado reflexionar sobre un curso que todavía se está cristalizando o hablar del drama político que rodeó mi nominación a la Corte Suprema, por más curiosidad que algunos puedan tener sobre ese tema.

Por último, merece mención un motivo más privado para escribir este libro. Esta nueva fase de mi carrera le ha dado un giro desconcertante a mi vida. La experiencia de vivir ante el ojo público era imposible de anticipar completamente y, por momentos, ha sido abrumadora. Los riesgos psicológicos de vivir así son muy conocidos, y parecería prudente hacer una pausa y reflexionar sobre el camino que me ha traído hasta esta coyuntura, dar gracias por lo que tengo y lo que me ha hecho ser quien soy, teniendo cuidado de no perder la perspectiva ni lo mejor de mí, según sigo mi rumbo hacia el futuro.

Mi mundo adorado

Prólogo

NO ACABABA DE despertarme y mi madre ya estaba gritando. Sabía que Papi empezaría a gritar en cualquier momento. Eso ya era rutina, pero el tema de esta pelea era nuevo y grabó para siempre esa mañana en mi memoria.

“Tienes que aprender a ponérsela, Juli. ¡Yo no les voy a durar toda la vida!”

“Me da miedo lastimarla. Me tiemblan las manos”. Era verdad. Cuando mi padre intentó por primera vez inyectarme la insulina el día anterior, le temblaban tanto las manos que pensé que fallaría y en vez de inyectarme en el brazo me clavaría la aguja en la misma cara. Tuvo que pincharme duro para afinar la puntería.

“¿Quién tiene la culpa de que te tiemblen las manos?”

“¡Ay no, ya empezamos!”

“¡Tú eres la enfermera, Celina! Tú eres quien sabe hacer estas cosas”.

En realidad, cuando me inyectó la primera mañana después de regresar del hospital, Mami estaba tan nerviosa que me pinchó todavía más fuerte y me dolió aún más que cuando lo hizo Papi al día siguiente.

“Tienes razón, yo soy la enfermera. Tengo que trabajar y ayudar a mantener a esta familia. ¡Tengo que hacerlo todo! Pero no puedo estar aquí todo el tiempo, Juli, y ella va a necesitar las inyecciones por el resto de su vida. Así que más vale que aprendas a hacerlo”.

Las agujas dolían, pero la gritería era peor. Me sentía cansada, cargando el peso de la tristeza de mis padres. Era más que suficiente escucharlos pelear por la leche, las tareas del hogar, el dinero o la bebida. No quería que también pelearan por mí.

“¡Te lo juro, Juli, vas a matar a esa niña si no aprendes a hacerlo!”

Como siempre, Mami se fue tirando la puerta y alzando aún más la voz para así poder continuar la discusión.

Si mis padres no podían levantar la jeringuilla sin entrar en pánico, se vislumbraba una amenaza aún peor: mi abuela jamás podría hacerlo. Entonces, no podría quedarme a dormir en su apartamento, mi único escape semanal de la penumbra de mi casa. De modo que si iba a necesitar inyecciones todos los días por el resto de mi vida, la única forma de sobrevivir era haciéndolo yo.

Sabía que el primer paso era esterilizar la aguja y la jeringuilla. No tenía ni ocho años, llegaba a duras penas a ver el borde de la estufa y no estaba segura de cómo hacer las maniobras necesarias con el fósforo y el gas para encender la hornilla. Así que desde la mesa arrastré una silla hasta la estufa —la cocina era pequeñita— y me trepé para averiguar cómo hacerlo. Ahí estaban las dos cacerolas para el café con leche de Mami, enfriándose mientras ellos discutían, el café manchando el pañito en la cacerola, la nata formando una piel arrugada sobre la leche en la otra cacerola.

“¡Sonia! ¿Qué estás haciendo? ¡Vas a quemar el edificio, nena!”

“Me voy a poner la inyección, Mami”. Por un momento, se quedó callada.

“¿Sabes cómo hacerlo?” Me miró desapasionadamente y con seriedad.

“Creo que sí. En el hospital me enseñaron a practicar con una china*”.

Mi madre me enseñó cómo sostener el fósforo mientras giraba la perilla para avivar la llama en un círculo azul. Llenamos juntas la cacerola de agua, suficiente para cubrir la jeringuilla y la aguja, y un poco más por si acaso se evaporaba. Me indicó que esperara hasta que viera las burbujas y entonces contara cinco minutos por reloj, lo cual había aprendido a hacer el año anterior, en primer grado. Después de hervir el agua, todavía había que esperar a que la jeringuilla se enfriara. Vigilé la olla y el paso lento, invisible, de las manecillas del reloj hasta que una cadena de diminutas y delicadas burbujas subió de la jeringuilla y la aguja. Mientras esperaba que pasara el tiempo, mi mente pensaba en cientos de otras cosas.

Vigilar que el agua hierva pone a prueba la paciencia de cualquier niño, pero yo era tan inquieta física y mentalmente que me gané el apodo de “ají” por aventurarme a las travesuras (tanto por curiosa como por revoltosa). Pero creyendo que mi vida ahora dependía de este ritual matutino, en poco tiempo aprendí cómo manejar el tiempo eficientemente: vestirme, cepillarme los dientes y estar lista para la escuela mientras el agua hervía o se enfriaba. Probablemente vivir con diabetes me enseñó más autodisciplina que las mismas Hermanitas de la Caridad.

Todo comenzó cuando me desmayé en la iglesia. Nos habíamos puesto de pie para cantar y sentí que me asfixiaba. Las voces se oían lejanas. La luz que entraba a través de los vitrales se tornó amarilla. Entonces, todo se puso amarillo y luego se oscureció.

Cuando abrí los ojos, sólo alcancé a ver invertidas las caras pálidas de preocupación de la principal, sor Marita Joseph, y sor Elizabeth Regina, dentro de sus tocas negras. Yo estaba tirada sobre el piso enlosado de la sacristía, temblando de frío por el agua que habían salpicado en mi cara. Y asustada. Así que llamaron a mi madre.

Aunque iba a misa todos los domingos, lo cual era obligatorio para los estudiantes de escuela primaria de Blessed Sacrament School, mis padres nunca lo hacían. Cuando mi madre llegó, las hermanas armaron un gran escándalo. ¿Había ocurrido esto antes? Pensándolo bien, me había caído de la chorrera, la caída había sido antecedida por una repentina sensación de mareo al pasar por encima del tope de la escalera, seguida por la visión del piso acercándose precipitadamente hacia mí y un largo momento de pánico.

“Tiene que llevarla al médico”, insistieron las monjas.

El doctor Fisher ya tenía la fama de héroe en la familia. Había atendido a todos nuestros parientes en algún momento. Cuando visitaba nuestros hogares aliviaba tanto los pánicos y temores como los achaques y dolores. Inmigrante alemán, era un médico de pueblo chapado a la antigua que de casualidad ejercía en el Bronx. El doctor Fisher hizo muchas preguntas. Mami le dijo que yo estaba bajando de peso y que siempre tenía sed, y que había empezado a orinarme en la cama, lo que me mortificaba de tal manera que hacía todo lo posible por no quedarme dormida.

El doctor Fisher nos envió al laboratorio del Hospital Prospect, donde trabajaba mi mamá. No le di importancia porque el señor Rivera del laboratorio era mi amigo. Pensaba que podía confiar en él, a diferencia de la señora Gibbs, la supervisora de mi madre, quien trató de esconder la aguja detrás de su espalda cuando me operaron de las amígdalas. Pero cuando él amarró una banda elástica alrededor de mi brazo, me di cuenta de que no era una inyección común. La jeringuilla parecía tan grande como mi brazo y cuando se acercó vi que la aguja estaba cortada en ángulo y el agujero en su extremo parecía una boquita abierta.

Cuando se acercó, finalmente grité: “¡No!”. Tumbé la silla y salí corriendo por el pasillo, escapando por la puerta del frente. Parecía que medio hospital estaba corriendo detrás de mí gritando “¡deténganla!”, pero yo no miré hacia atrás ni para coger impulso y me tiré debajo de un auto estacionado en la calle.

Podía ver los zapatos. Alquien se agachó y metió la cabeza entre las sombras del chasis. Ahora había zapatos por todos lados, y manos tratando de alcanzarme debajo del auto. Pero yo me encogí como una tortuga, hasta que alguien pudo agarrarme por el pie. Estaba gritando tan fuerte que cuando me arrastraron hasta el laboratorio y me inyectaron la aguja, ya no podía gritar más alto.

Cuando regresamos a ver al doctor Fisher después de sacarme la sangre, fue la primera vez que vi llorar a mi madre. Yo estaba afuera en la sala de espera, pero la puerta de la oficina estaba entreabierta. Pude oír que le temblaba la voz y ver que sus hombros se estremecían. La enfermera cerró la puerta cuando se dió cuenta de que yo estaba mirando, pero ya había visto lo suficiente como para entender que estaba ocurriendo algo grave. Entonces, el doctor Fisher abrió la puerta y me mandó pasar. Me explicó que había azúcar en mi sangre, que la enfermedad se llamaba diabetes y que tenía que cambiar mi manera de comer. Me aseguró que dejaría de orinarme en la cama cuando todo estuviera bajo control —esa era la manera en que mi cuerpo se deshacía del exceso de azúcar en la sangre. Incluso me dijo que él también tenía diabetes, aunque más tarde supe que él tenía la diabetes más común, el tipo 2, mientras que yo tenía la menos común, diabetes juvenil, el tipo 1, en la que el páncreas deja de producir insulina, por lo cual es necesario inyectarse insulina todos los días.

Entonces sacó una botella de refresco del gabinete detrás de él y la destapó. “Pruébala. Es No-Cal, no tiene calorías. Igual que el refresco, pero sin azúcar”.

Tomé un sorbo. “I don’t think so”. Pobre doctor Fisher. Mi madre insistía en ser educada, hasta el punto de suavizar una opinión firme, una lección que nunca olvidé. Tener licencia para poder discrepar abiertamente con los demás es uno de los placeres que ofrece el hecho de ser abogada litigante.

“Pero viene en muchos sabores, hasta de chocolate”.

Pensé que la situación no tenía sentido. Él está diciendo que no es gran cosa. No comas postre y cambia de refresco. ¿Por qué mi mamá está tan afectada?

De la oficina del doctor Fisher nos fuimos directo a casa de mi abuela. Aunque era por la tarde, Abuelita me metió en su cama y dormí una larga siesta. Cerró las cortinas y me quedé acostada a media luz escuchando cómo la puerta principal seguía abriéndose y la sala se llenaba de voces. Oía a las hermanas de mi padre, Titi Carmen y Titi Gloria. También estaban mi primo Charlie y mi abuelastro Gallego. Abuelita sonaba muy alterada. Hablaba de mi madre como si no estuviera allí y yo no oía la voz de Mami, así que era claro que se había ido.

“Eso corre en las familias, como una maldición”.

“De seguro que esta maldición es por parte de Celina, de parte nuestra no es”.

Especulaban si mi abuela materna había muerto de esta terrible enfermedad y decían que existía una hierba especial que podía curarla. Abuelita era una experta usando las hierbas como cura. Al menor resfriado o dolor de estómago preparaba infusiones repugnantes que me dejaron por toda la vida con una aversión a todo tipo de té. Ahora confabulaba con mis tías para contarle a su hermano en Puerto Rico su plan. Abuelita le diría dónde encontrar la yerba o mata que tendría que recoger al amanecer, antes de tomar un vuelo de San Juan a Nueva York ese mismo día, para que ella pudiera prepararla al punto máximo de potencia. El hermano de mi abuela cumplió su misión, pero lamentablemente el remedio de Abuelita no fue eficaz y el fracaso de su arte en un caso que la tocaba tan de cerca la perturbó profundamente.

La ansiedad de Abuelita esa tarde era palpable y la conversación acerca de la muerte de mi abuela materna me hizo darme cuenta de lo grave que era la situación. Por primera vez entendía por qué mi madre lloraba y me estremecí. Y me estremecí aún más cuando supe que tenían que hospitalizarme para estabilizar mis niveles de azúcar en la sangre, lo cual no sabía, pero era rutinario en esa época.

EN 1962, cuando fui diagnosticada, el tratamiento para la diabetes juvenil era primitivo comparado con el tratamiento que existe hoy en día, y la expectativa de vida era mucho menor. Sin embargo, el doctor Fisher se las arregló para encontrar el mejor cuidado y atención en la ciudad de Nueva York y, probablemente, en todo el país. Descubrió que la Escuela de Medicina Albert Einstein, líder en la investigación de la diabetes juvenil, tenía una clínica en el Centro Médico Jacobi, un hospital público, que afortunadamente estaba ubicado en el Bronx. La inmensidad del Centro Médico Jacobi era impresionante. En comparación, el Hospital Prospect parecía una casa de muñecas.

Todas las mañanas, a partir de las ocho, me sacaban sangre varias veces para analizarla. Cada hora, usaban la aguja gruesa, precedida por la banda elástica alrededor de mi brazo, y cada media hora me pinchaban un dedo con una lanceta para sacar una muestra más pequeña. Así continuaban hasta el mediodía y al día siguiente repetían todo otra vez. Transcurrieron toda una semana y parte de la siguiente. No grité ni me escapé, pero nunca he olvidado el dolor.

Hicieron otras cosas que, aunque menos dolorosas, parecían extrañas. Conectaron electrodos en mi cabeza. Me llevaron a un salón de clases en el hospital, donde me sentaron al frente de médicos jóvenes que me miraban intensamente mientras un médico de mayor edad daba una conferencia sobre la diabetes, sobre las pruebas que me habían hecho y las que todavía estaban por hacerme. Él recitaba términos como cetonas, acidosis, hipo-esto, híper-aquello, y mucho más que yo no entendía, mientras yo me sentía aterrada como un conejillo de Indias.

Pero más que los procedimientos clínicos, fue mi ausencia escolar por tanto tiempo lo que me alarmó. Sabía que tenía que estar muy enferma para que mi madre lo permitiera. Ella insistía que la escuela era tan importante como el trabajo, y ella nunca faltó al trabajo. Igual de preocupante, durante mi estadía en el hospital, mi madre me traía un regalo casi todos los días: un libro de pintar, crucigramas y hasta un libro de cómics, lo que significaba que estaba haciendo un esfuerzo por complacerme, en lugar de darme lo que ella pensaba que yo necesitaba.

Mi último día en el hospital comenzó nuevamente a las ocho de la mañana con la aguja grande y las lancetas. Me dolía el brazo y los dedos me ardían. Soporté las primeras dos horas, pero justo cuando estaban acomodando los instrumentos para la tortura de las diez en punto, exploté. Después de todos esos días de ser valiente y aguantar, empecé a llorar. Y después de empezar, ya no podía parar. Mi madre debió haberme oído porque entró corriendo y yo volé llorando a sus brazos. “¡Suficiente!” dijo, furiosa como nunca la había visto. Más furiosa que cuando peleaba con mi padre. “Déjenla ya. Se acabó”. Lo dijo de una manera que nadie —ni el técnico de laboratorio de pie con la jeringuilla en su mano ni ningún médico del Centro Médico Jacobi— iba a discutirle.

“¿Sabes cuánto poner en la aguja, Sonia?”

“Hasta esta línea”.

“Así es. Pero hazlo con cuidado. No puedes poner de menos y no puedes poner de más. Y tienes que tener cuidado de no dejar entrar burbujas en la aguja, Sonia. Eso es peligroso”.

“Sé cómo hacer esta parte. Pero no es correcto decir que yo la estoy poniendo, Mami. Yo estoy recibiendo la inyección”.

“Lo que tú digas, Sonia”.

“Estoy haciendo ambas cosas”.

Y así fue. Aguanté la respiración y me puse la inyección.

Mi mundo adorado

Uno

NO HABÍA CUMPLIDO los ocho años cuando me diagnosticaron diabetes. Para mi familia, la enfermedad era una maldición mortal. Yo la veía más como una amenaza al ya frágil mundo de mi infancia, un estado de constante tensión salpicado de explosiva discordia a causa del alcoholismo de mi padre y la correspondiente reacción de mi madre, ya fuera la lucha familiar o la huida emocional. Pero la enfermedad también inspiró en mí una especie de autosuficiencia precoz que no es raro ver en niños que perciben que los adultos a su alrededor no son de fiar.

Podemos sacar provecho de la adversidad, aunque no lo vemos hasta que lo ponemos a prueba. Ya sea una enfermedad grave, penurias económicas o la simple barrera de unos padres con dominio limitado del inglés, las dificultades pueden forjar fortalezas insospechadas. No siempre ocurre así, por supuesto: he visto gente golpeada por la vida que no puede levantarse. Pero yo nunca tuve que enfrentarme a nada que pudiera aniquilar el optimismo innato y la perseverancia tenaz con los que fui bendecida.

De la misma manera, nunca diría que lo he logrado sola —todo lo contrario, en cada etapa de mi vida siempre he sentido que el apoyo de mis seres queridos ha hecho la diferencia decisiva entre el éxito y el fracaso. Y fue así desde el principio. Con todas sus limitaciones y debilidades, las personas que me criaron me amaban e hicieron lo mejor que pudieron. De eso no tengo dudas.

El mundo en el que nací era un diminuto microcosmos latino de la ciudad de Nueva York. La vida de mi familia extendida se circunscribía a unas cuantas calles en el sur del Bronx: mi abuela, la matriarca del clan, sus hijos e hijas, y su segundo esposo, Gallego. Mis compañeros de juego eran mis primos. En la casa, hablábamos español y muchos de mis parientes casi no sabían inglés. Mis padres habían venido a Nueva York desde Puerto Rico en 1944, mi madre con el Cuerpo Femenino del Ejército, mi padre con su familia en busca de trabajo, como otros tantos en una enorme migración de la isla impulsada por la estrechez económica.

Mi hermano, ahora el doctor Juan Luis Sotomayor Jr., M.D., pero para mí siempre Junior, nació tres años después que yo. Me parecía un incordio como solo un hermano menor puede serlo, siguiéndome a todas partes, imitando todos mis gestos, escuchando a escondidas todas las conversaciones. Pensándolo bien, en realidad era un niño tranquilo que no exigía muchas atenciones de nadie. Mi madre siempre decía que comparado conmigo, Junior era como estar de vacaciones. Una vez, cuando todavía era pequeñito, y yo no era mucho mayor, me exasperó tanto que lo llevé al pasillo fuera del apartamento y cerré la puerta. No sé cuánto tiempo tardó mi madre en encontrarlo sentadito donde yo lo había dejado, chupándose el dedo. Pero me acuerdo muy bien de que ese día me dieron una paliza.

Pero eso era solo política interna de familia. Cuando empezó en la Blessed Sacrament School conmigo, yo lo cuidaba en el patio de recreo, y cualquier abusador que pensara meterse con él tenía que vérselas conmigo primero. Si me pegaban por culpa de Junior, después arreglaba cuentas con él, pero nadie aparte de mí le ponía una mano encima.

Para la época en que nació Junior, nos mudamos a un proyecto de vivienda pública recién construido en Soundview, a unos diez minutos de distancia de nuestro antiguo vecindario. Las casas Bronxdale se extendían por tres largas calles de la ciudad: veintiocho edificios, cada uno de siete pisos de alto y ocho apartamentos por piso. Mi madre vio el proyecto como una alternativa más segura, limpia y prometedora que la decrépita casa de vecindad donde vivíamos antes. Abuelita, sin embargo, pensó que nos estábamos aventurando en un territorio lejano y ajeno, el jurutungo viejo* para todo fin práctico. Decía que mi madre nunca debió habernos hecho mudar porque en el viejo vecindario había vida en las calles y la familia estaba cerca; en los proyectos estábamos aislados.

Yo sabía muy bien que estábamos aislados, pero esa situación se debía más al problema de mi padre con el alcohol y la consiguiente vergüenza. Desde que tengo uso de razón, eso coartó nuestras vidas. Casi nunca teníamos visitantes. Mis primos nunca se quedaban en mi casa como yo me quedaba en la de ellos. Ni siquiera Ana, la mejor amiga de mi madre, venía a visitarnos, aunque vivía también en los proyectos, en el edificio en diagonal al nuestro, y nos cuidaba a Junior y a mí después de clases. Siempre íbamos a su casa, nunca al revés.

La única excepción a esta regla era Alfred. Alfred era mi primo —el hijo de Titi Aurora, la hermana de mi madre. Y así como Titi Aurora era mucho mayor que Mami, y más como una madre para ella que una hermana, Alfred, quien me llevaba dieciséis años, actuaba más como un tío conmigo que como un primo. Algunas veces, mi padre le pedía a Alfred que le trajera una botella de la tienda de licores. Dependíamos mucho de Alfred, en parte porque mi padre evitaba conducir. Eso me fastidiaba porque contribuía a nuestro aislamiento. ¿De qué te sirve un carro si nunca lo conduces? No entendí, hasta que fui mayor, que probablemente el motivo era su problema con el alcohol.

Mi padre cocinaba cuando llegaba del trabajo. Era un cocinero excelente y recreaba de memoria cualquier plato que hubiera probado, así como la típica comida puertorriqueña que, sin duda, aprendió en la cocina de Abuelita. Me encantaban, sin excepción, todos los platos que preparaba, hasta el hígado encebollado que Junior odiaba y que él me pasaba cuando Papi viraba la espalda. Pero tan pronto terminábamos de cenar, todavía con los platos en el fregadero, se encerraba en el cuarto. No lo volvíamos a ver hasta que salía a decirnos que nos preparáramos para dormir. Junior y yo pasábamos solos toda la noche, haciendo las tareas y prácticamente nada más. Junior no era muy conversador todavía. Más tarde tuvimos un televisor y eso llenaba los silencios.

Mi madre sobrellevaba la situación evitando estar en casa con mi padre. Trabajaba el turno de noche como enfermera práctica en el Hospital Prospect y muchos fines de semana también. Cuando no estaba trabajando, nos dejaba en casa de Abuelita o a veces en el apartamento de su hermana Aurora, y desaparecía durante horas con otra de mis tías. Aun cuando mi madre y yo compartíamos la cama todas las noches (Junior dormía en el otro cuarto con Papi), ella dormía como un tronco, de espaldas a mí. La falta de atención de mi padre me entristecía, pero entendía de manera intuitiva que él no podía evitarlo; en cambio, la falta de atención de mi madre me enfurecía. Ella era hermosa, siempre vestida con elegancia, aparentemente fuerte y decidida. Fue ella quien nos llevó a vivir a los proyectos. A diferencia de mis tías, ella escogió trabajar. Fue ella quien insistió en que fuéramos a una escuela católica. Quizás injustamente, porque en ese momento no sabía nada de la historia de mi madre, esperaba más de ella.

Con todo lo que se decía en casa, y a toda boca, también se callaba mucho, y en esa atmósfera yo era una niña atenta, siempre buscando señales en los adultos y escuchando sus conversaciones. Mi sentido de seguridad dependía de la información que podía deducir, de cualquier indicio que dejaran escapar cuando no se daban cuenta de que había un niño prestando atención. Mi madre y mis tías se reunían en la cocina de Abuelita a tomar café y a chismear. “¡No molestes! Vete a jugar a la otra habitación”, me decía una de las tías ahuyentándome. Pero de todos modos las oía hablar de cómo mi padre había roto la cerradura del mueble-bar de Titi Gloria, arruinando su pieza de mobiliario favorita; de cómo cada vez que Junior y yo nos quedábamos a dormir con nuestros primos, mi padre llamaba cada quince minutos durante toda la noche, preguntando: “¿Les dieron comida? ¿Los bañaron?”. Yo sabía que a mis tías y a mi abuela les gustaba exagerar. En realidad no era cada quince minutos, pero es verdad que Papi llamaba mucho, según aquella parte de las conversaciones de mis tías que yo alcanzaba oír, cuando ellas lo contestaban mecánicamente y con impaciencia.

El chisme tomaba entonces un giro familiar, con mi abuela diciendo algo como: “Quizás si Celina estuviera en la casa, él no estaría bebiendo todas las noches. Si esos niños tuvieran una madre que les preparara la comida, Juli no estaría preocupado por ellos toda la noche”. Aunque yo adoraba a Abuelita y a nadie le molestaba más que a mí la ausencia de mi madre, no soportaba que estuviera constantemente echándole la culpa. Abuelita era incondicionalmente fiel a los de su sangre. Las esposas de sus hijos no estaban fuera del ámbito de su protección, pero no disfrutaban de la misma inmunidad de juicio. Con frecuencia, los esfuerzos de mi madre por complacer a Abuelita —ya fuera con un regalo generoso o con sus veloces servicios como enfermera— apenas eran agradecidos. Aun siendo la favorita de Abuelita, me sentía desprotegida y a la deriva cuando criticaba a mi madre, a quien yo me esforzaba por entender y perdonar. De hecho, ella y yo tuvimos que esforzarnos muchos años para lograr una reconciliación final.

Mis actividades de vigilancia se convirtieron en leyenda familiar la Navidad que llegó la muñeca Little Miss Echo. Había visto el anuncio por televisión de la muñeca con su grabadora escondida y supliqué que me la regalaran. Era la sensación de la temporada y Titi Aurora había buscado por todas partes una tienda que todavía la tuviera. Después de que me la regalaron, envié a mi prima Miriam a la cocina con la muñeca para grabar secretamente la conversación de los adultos, sabiendo que de mí habrían sospechado de inmediato. Pero antes de poder grabar nada, Miriam se rajó y me delató a la primera pregunta, así que de todos modos me dieron una paliza.

Una de las conversaciones que oí por casualidad tuvo un efecto permanente, aunque ahora sólo tengo un recuerdo borroso. Mi padre estaba enfermo, se había desmayado y Mami lo había llevado al hospital. Mis tíos Vitín y Benny vinieron a buscarnos a Junior y a mí, y estaban hablando en el ascensor de cómo nuestra casa era un chiquero, con platos en el fregadero y sin papel sanitario. Hablaban como si no estuviéramos presentes. Cuando me di cuenta de lo que decían, se me revolvió el estómago de vergüenza. Después de eso, todas las noches después de cenar, yo fregaba los platos, hasta las ollas y sartenes. También limpiaba el polvo de la sala una vez a la semana. A pesar de que nadie nos visitaba, la casa siempre estaba limpia. Y cuando iba a hacer compras con Papi los viernes, me aseguraba de comprar papel sanitario. Y leche. Leche en abundancia.

La pelea más grande que tuvieron mis padres fue por la leche. A la hora de cenar, Papi me estaba sirviendo un vaso y le temblaban tanto las manos que derramó la leche por toda la mesa. Yo limpié el desastre, y él volvió a intentarlo con el mismo resultado. “¡Papi, por favor, no lo hagas!”, le repetía. Era lo único que podía hacer para evitar llorar; no podía hacer absolutamente nada para detenerlo. “¡Papi, yo no quiero leche!” Pero no se detuvo hasta que vació el cartón. Cuando mi madre llegó del trabajo más tarde y no encontró leche para su café, ardió Troya. Papi fue el que derramó la leche, pero era yo la que se sentía culpable.

Mi mundo adorado

Dos

ABUELITA IBA A cocinar para una fiesta y quería que la acompañara a comprar el pollo. Yo era la única que iba con ella al vivero.

Yo amaba a Abuelita totalmente y sin reservas, y su apartamento en Southern Boulevard era un refugio de las tormentas de mis padres en casa. Desde entonces, tengo la convicción de que para crecer bien, todo niño debe tener por lo menos un adulto en su vida que le muestre amor incondicional, respeto y confianza. Para mí, esa persona era Abuelita. Estaba decidida a ser como ella cuando fuera grande, a envejecer sin encanecer, con la misma gracia exuberante. En realidad, no nos parecíamos mucho físicamente: ella tenía los ojos muy oscuros, más que los míos, y un rostro alargado con la nariz perfilada, enmarcado por un cabello largo y lacio —nada que ver con mi nariz regordeta y mi mata de pelo corto y rizado. Pero reconocimos que éramos almas gemelas y disfrutamos un vínculo imposible de explicar, una profunda resonancia emocional que algunas veces parecía telepática. Nuestras personalidades eran tan parecidas que la gente me llamaba Mercedita, lo que para mí era motivo de orgullo.

Nelson, mi primo más cercano en edad y mi inseparable co-conspirador en todas las aventuras, también tenía una conexión especial con Abuelita. Pero ni siquiera Nelson quería ir al vivero con Abuelita los sábados por la mañana debido al mal olor. No sólo los pollos apestaban. Tenían cabritas en corrales, y palomas, patos y conejos en jaulas apiladas contra una larga pared. Las jaulas estaban apiladas tan altas que Abuelita tenía que subir una escalera con ruedas para ver las hileras superiores. Todas las aves cacareaban, cloqueaban, batían las alas, chillaban. Las plumas flotaban en el aire y se pegaban al piso mojado, que resbalaba cuando lo lavaban con manguera, y había pavos que te vigilaban con ojos crueles. Abuelita inspeccionaba todos los pollos hasta encontrar uno rellenito y animado.

“Mira, Sonia, ¿ves aquél de la esquina sentado con los párpados caídos?”

“Parece que se está quedando dormido”.

“Eso es mala señal. Pero este otro, ¿ves cómo está listo para pelear con los demás cuando se le acercan? Está gordo y animoso, te aseguro que estará sabroso”.

Después de que Abuelita escogía el mejor pollo, mi trabajo consistía en ver cómo lo mataban, mientras ella hacía fila para comprar huevos. En un cuarto cerrado por completo con vidrios, había un hombre rompiendo pescuezos, uno tras otro, y una máquina arrancaba las plumas. Otro hombre limpiaba las aves, y otro las pesaba una a una y las envolvía en papel. La fila se movía rápido, como en una fábrica. Yo tenía que vigilar atentamente que el pollo que habíamos escogido fuera el que recibiéramos al final. Tenía que decirle a Abuelita si se habían equivocado, pero nunca sucedió.

Caminábamos de regreso bajo las sombras entrecruzadas de los rieles elevados a la avenida Westchester hacia Southern Boulevard y a casa —porque sentía que la casa de Abuelita era la mía. Claro que la casa de Abuelita no era una casa propiamente dicha, como sí lo era la casa en la que vivía una de sus hijas, Titi Gloria, en el extremo norte del Bronx, con porche al frente y rosales. Abuelita vivía en un edificio de cinco pisos con tres apartamentos por piso y la fachada serpenteada por una escalera de incendio, como nuestro viejo edificio en la calle Kelly, donde vivíamos antes de mudarnos a los proyectos.

De regreso, Abuelita se paraba a escoger vegetales de los cajones que se alineaban en la acera. En casi todas las comidas freía tostones, así que comprábamos plátanos verdes y también pimientos verdes, ajíes dulces, cebollas, tomates, recao* y ajo para preparar el sofrito. Siempre regateaba, y aunque parecía que se quejaba de la calidad y lo caro que estaba todo, al final terminaba riéndose con el vendedor. Todavía, después de tantos años, cada vez que veo un mercado abierto me dan ganas de regatear como aprendí de Abuelita.

“¿Sonia, quieres una china?”

A Abuelita le encantaban las chinas, pero casi todo el año estaban caras, así que solo comprábamos una para compartir y darnos el gusto, y me pedía que la escogiera. Mi padre me enseñó a escoger la fruta (cómo saber si estaba madura oliendo su dulzura). Mi padre también me enseñó a escoger la carne (con suficiente grasa para un buen sabor) y cómo reconocer si no estaba fresca. Iba a comprar comida con Papi los viernes, que era el día de cobro. Esos viajes de compras eran para mí lo mejor de la semana, aparte de mis días con Abuel

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