LIBRO DEL AMOR 1
Los olivos y las respuestas requieren tiempo.

DAMASCO, PRIMAVERA DE 1960
1. La pregunta
—¿Y tú crees en serio que nuestro amor tiene alguna posibilidad?
Farid no lo preguntaba para recordar a Rana la sangrienta enemistad que enfrentaba a sus familias, sino porque se sentía desdichado y no veía esperanza alguna.
Tres días atrás, la policía secreta había asaltado y secuestrado a su amigo Amín cuando éste salía de su casa. Desde la unión de Siria y Egipto en la primavera de 1958 se había iniciado una cacería de comunistas. El año 1959 había sido especialmente malo. El presidente Satlán había pronunciado furiosos discursos contra el régimen del dictador Damián en Irak y contra los comunistas. Tampoco al terminar el año había habido un respiro; incluso en plena noche los jeeps del Servicio Secreto circulaban por las calles de la capital con sus víctimas. Las familias quedaban atrás, entre lágrimas de miedo. Se habló de «Nochevieja sangrienta». Un susurro corría de boca en boca y suscitaba aún más miedo del Servicio Secreto, que parecía tener espías en todos los hogares.
Ese día, para Farid el amor era algo parecido a un lujo. Había pasado unas horas tranquilas con Rana en casa de su fallecida abuela. Allí, en Damasco, cualquier encuentro con ella era un oasis en medio del desierto de su soledad. Muy al contrario que las semanas pasadas en Beirut, donde se habían escondido ocho años atrás. Allá, cada día había empezado y terminado en los brazos de Rana. Allá, el amor había sido un dulce y extenso paisaje fluvial.
La casa de su abuela aún no había sido vendida. Claire, su madre, le había dado la llave la mañana anterior.
—Pero déjate puestos los calzoncillos —había bromeado.
Brillaba el sol, pero hacía un día gélido. Una humedad mohosa le había salido al paso al entrar en la casa. Abrió las ventanas, dejó pasar el fresco y por último encendió las estufas de la cocina y el dormitorio. No había nada que Farid odiara más que el olor del frío húmedo y asentado.
Cuando Rana llegó, poco antes de las doce, las estufas ya estaban al rojo. Ella bromeó:
—¿Estamos en el hammam o en casa de tu abuela?
Farid la vio tan arrebatadoramente hermosa como siempre, pero no consiguió librarse de la sensación de un peligro amenazador. Mientras la besaba, pensó en el indio que en una inundación había buscado la salvación encaramándose a un tejado y se había ido sumergiendo poco a poco en la húmeda muerte. Se abrazó a Rana como si estuviera ahogándose y notó el corazón de ella contra su pecho. Tenía frío, a pesar del calor, y su sonrisa sólo lo alivió del miedo durante unos segundos.
—Hoy eres un modelo de decencia —lo provocó ella cuando salieron de la casa al cabo de unas horas—. Como si mi madre te hubiera encargado que cuidaras de mí. Ni siquiera te has quitado los pantalones…
Y rió alegremente.
—Esto no tiene nada que ver con tu madre —dijo él, y quiso explicárselo, pero las palabras se le quedaron atravesadas.
En silencio, caminó junto a ella por los callejones hasta el parque de Sufaniya, cerca de Bab Tuma. Cada jeep que pasaba suponía un sobresalto.
De las radios de los cafés salían las palabras del presidente, que prometía una lucha encarnizada contra los enemigos de la República. Satlán poseía una voz hermosa y masculina que cautivaba a los árabes. La radio era su caja mágica. Con más de un ochenta por ciento de analfabetos, la oposición carecía de la menor oportunidad. Quien domina la radio tiene al pueblo de su parte.
Y el pueblo amaba a Satlán; tan sólo una ínfima y desesperada oposición lo temía y, tras la despiadada ola de detenciones, un extraño miedo envolvía la ciudad. «Pero pronto los damascenos lo habrán olvidado todo y volverán a ocuparse riendo de sus negocios», pensó Farid cuando llegaron al parque.
Su miedo era una rapaz que devoraba su tranquilidad. Pensaba sin cesar en Amín, el solador, que ahora tendría que soportar los tormentos de la tortura. Amín no sólo era su amigo. También había sido el contacto entre las juventudes comunistas, que Farid presidía desde hacía unos meses, y la dirección del partido en Damasco. Apenas unos días atrás le había asegurado que se había encerrado y cortado todos los hilos que conducían hasta él. Amín era un experimentado luchador clandestino.
Hacía unas semanas, mientras tomaban café una mañana, la madre de Farid le había dicho de pronto que la muerte de sus padres, tías y tíos la dejaba a un tiempo triste y desnuda; el muro protector de los mayores desaparecía y uno quedaba más expuesto al abismo. Ahora, él mismo contemplaba desnudo ese abismo. Todo parecía tambalearse. Su amigo Josef defendía ciegamente a Satlán y despotricaba contra los «agentes de Moscú», como el presidente llamaba a los comunistas. Farid estaba en el partido equivocado, era el único ser humano entre seres sin corazón, y ya era hora de que lo dejara. ¿Cómo podía Josef hablar así?
Rana era la mayor felicidad para Farid. La amaba tanto que casi deseaba separarse de ella para protegerla del riesgo de una persecución. Miró su oreja. Sólo por eso, por aquella pequeña e inocente oreja, tenía que amarla.
Rana llevaba un buen rato en silencio. Parecía observar a los niños que jugaban en el parque, pero una chiquilla al margen del grupo le llamó la atención. La niña bailaba y giraba en círculo, se quedaba rígida de repente y luego se arrojaba al suelo, como alcanzada por una bala. Al cabo de unos instantes volvía a incorporarse y bailaba de nuevo, para volver a dejarse caer al poco.
Hacía tiempo que Damasco no disfrutaba de semejante clima: la bendición de las lluvias invernales había sido anulada por el frío primaveral; las flores y los capullos se habían helado.
Era el primer día soleado después de una eternidad húmeda. Los habitantes de la ciudad vieja salían, pálidos y tosiendo, de sus casas de adobe, que no conseguían mantener el frío a raya, y buscaban los parques y jardines fuera de las murallas de la ciudad. Los adultos hacían barbacoas, tomaban té, jugaban a las cartas, contaban historias o fumaban sus narguiles con la mirada perdida. Los hijos se entretenían con juegos bulliciosos: los chicos con pelotas, las chicas con aros de hula-hop, recién llegados de América, que habían conquistado Damasco en un abrir y cerrar de ojos. Meneando las caderas, las chicas trataban de mantener en movimiento circular los aros de plástico. La mayoría aún eran torpes, pero algunas ya lograban mover los aros durante unos minutos.
El frío parecía no importar a la muchacha que bailaba apartada de los demás. Sus movimientos tenían una extraña calma veraniega. Rana observó el cuello de la muchacha y se preguntó qué signo trazaría la sangre en el aire si realmente una bala alcanzase a la pequeña. En el caso de su tía Yasmín, el chorro de sangre había pintado en la pared el símbolo del infinito, un ocho horizontal. De eso hacía ya diez años. Yasmín, la hermana menor del padre de Rana, había regresado de Beirut, donde se había escondido durante largo tiempo de la ira de su familia junto a su esposo musulmán. Echaba de menos Damasco, su ciudad, y a su madre. Una sonrisa afloró a los labios de Rana, pero sólo para volver a perderse enseguida. Pensó: «Debe de ser el destino de la familia que todos los enamorados huyan a Beirut.»
Un día de verano, la tía Yasmín la había invitado a la famosa heladería Bakdash, en el zoco Al Hamidiya. Allí dijo, en tono alegre e intrascendente:
—Desde tiempo inmemorial, la vida en Arabia se mueve entre dos enemigos irreconciliables: el amor y la muerte, y yo he optado por el amor.
Pero la muerte no aceptó su decisión.
Samuel, el sobrino de Yasmín, la mató a la entrada de un cine; su acompañante huyó sin sufrir daño alguno. Samuel no disparó sobre él, sino que se quedó de pie junto a su tía ensangrentada y gritó a los transeúntes:
—¡He salvado el honor de mi familia cristiana, porque mi tía lo había arrastrado por el barro al casarse con un musulmán!
Muchos de los presentes habían aplaudido.
Samuel, el malcriado hijo de la tía Amira, tenía por entonces dieciséis años, y no se lo consideraba mayor de edad. Pasó un año en la cárcel y luego quedó en libertad. Sus parientes lo llevaron a hombros por las calles, cantando a voz en cuello, hasta casa de sus padres. Allí, más de cien personas festejaron su acto de heroísmo hasta el amanecer. Sólo Basil, el padre de Rana, se mantuvo al margen de la celebración. Le resultaba demasiado primitiva, pero también él comprendía el asesinato de su propia hermana, quien había acarreado la vergüenza a la familia.
Tan sólo Samia, la abuela, hizo saber a Samuel y a la madre de éste que lo maldeciría todos los días al levantarse y todas las noches antes de acostarse. Yasmín había sido su hija predilecta. Probablemente por eso se murmuraba que Samuel —por encargo de quien fuere— había matado a su tía cargando con el odio de su propia madre, que siempre se había sentido relegada.
Desde entonces, Rana no había vuelto a dirigirle la palabra a su primo. Siempre que éste visitaba a su hermano Jack, ella se encerraba en su habitación. Tampoco volvió a pisar jamás la casa de su tía Amira. En cambio, la foto de la tía Yasmín colgaba en su cuartito junto a la imagen de la Virgen María.
Esa fría mañana de marzo, Rana siguió guardando silencio y apretó con fuerza las cálidas manos de Farid.
La niña volvió a caer, esta vez con enorme elegancia, y se quedó tumbada un rato, antes de que sus manos empezaran a aletear como una mariposa, como signo de que la vida había regresado al cuerpo tendido.
A lo lejos, alguien cantaba complacido unos versos colmados de melancolía y desesperación: «Me obligué a separarnos / para olvidarte.» Eran un fragmento de la última canción de la cantante egipcia Um Kulthum. Ahmad Rami, el tímido y sensible autor de los versos, en los años cincuenta había plasmado su devoción por ella en más de trescientas canciones, sin que su amor llegara nunca a colmarse.
—Necesito tiempo para encontrar una respuesta —dijo Rana.
LIBRO DE LA MUERTE 1
La pregunta es hija de la libertad.

DAMASCO, OTOÑO DE 1969 - PRIMAVERA DE 1970
2. Un cadáver en la cesta
Un cálido viento barría desde el sur la calle Bin Assaker. El día aún no se había despojado de su máscara gris. Tras los muros de la ciudad vieja, Damasco despertaba a regañadientes como una niña mimada.
Los primeros autobuses y pequeños vehículos recorrían la larga calle con un ruido infernal. Transportaban trabajadores de los pueblos circundantes a las muchas obras del barrio nuevo. Uno de los obreros, un hombre de corta estatura, caminaba arriba y abajo por la acera, desde Bab Kisan, la entrada de la capilla de Bulos, en dirección a la Puerta Oriental, y luego en sentido opuesto. Esperaba su autobús. En la mano izquierda sostenía, como todos los trabajadores de la zona rural, su hatillo de provisiones de desvaída tela azul. Con la derecha gesticulaba con vehemencia, como si pretendiera convencer de algo a un interlocutor invisible. El tramo que recorría iba haciéndose cada vez mayor, como si deseara que el autobús apareciera en el siguiente giro.
Justo cuando el sol doraba el borde superior de la antigua muralla, volvió a darse la vuelta. Al hacerlo, dirigió brevemente la mirada al sur. Sus ojos se fijaron en la gran cesta que pendía sobre la entrada de la capilla de Bulos, el lugar donde según la leyenda el acendrado fundador de la iglesia, Bulos, escapó de sus guardianes saltando el muro metido en una cesta, después de su «experiencia de Damasco».
De la cesta, que seguía colgando envuelta en sombras, sobresalía una mano, como la de un ahogado. En el mismo momento, el albañil comprendió que el hombre al que pertenecía esa mano estaba muerto. De repente, todo lo demás perdió importancia: el autobús, los ladrillos que tenía que cargar sobre sus espaldas durante tres tramos de escalera, e incluso la disputa con su codicioso capataz.
—¡Hay un muerto en la cesta! —gritó alterado.
Cuando por fin pasó un policía, que hacía su ronda en bicicleta por la Puerta Oriental medio dormido, se dirigió con tanta vehemencia a él que el gordo funcionario estuvo a punto de perder el equilibrio. El horror surcó el rostro del policía cuando el hombrecillo sacudió como un loco el manillar de su bici repitiendo sin cesar:
—¡Un muerto! ¡Un muerto!
«Un chiflado», pensó el policía. A regañadientes, volvió la vista al punto que el obrero señalaba con insistencia, y vio la cesta, ya completamente bañada por la luz matinal.
—¿Qué muerto? ¿Se ha vuelto loco? ¡Suelte mi bici! —En sus treinta años de servicio había visto muertos en todas partes: en la cama, en el canal, incluso ahorcados en un cuarto de baño, pero nunca en un cesto sobre el muro de la ciudad—. ¡Cálmese! No hay ningún muerto. Los cristianos recuerdan a su apóstol Bulos, que huyó por ese lugar. —Y volvió a observar la cesta, que llevaba semanas colgando sobre la puerta.
Pero en vez de subir al autobús, que al fin había llegado, el obrero siguió porfiando. Se agarró a la bici del policía.
—¡Y yo le digo que ahí dentro hay un muerto! —bramó con voz ronca.
El conductor del autobús, picado por la curiosidad, apagó el motor y bajó del vehículo, seguido de varios pasajeros. Todos rodearon al policía y apoyaron al obrero en su sospecha.
Por fin, el policía cedió y prometió informar a la Brigada Criminal, pero al mismo tiempo insistió en llamar como testigo al hombre que le había arruinado la mañana. Tomó nota de sus datos personales y lo exhortó a mantenerse disponible en todo momento. Luego siguió su camino. También el autobús prosiguió su viaje rumbo al norte.
3. Comisario Barudi
Los hombres de la Brigada Criminal hallaron en la cesta a un hombre con el cuello roto. En el bolsillo del pijama llevaba un trozo de papel grisáceo que rezaba: «Bulos ha traicionado a nuestra sociedad secreta.»
El joven comisario Barudi examinó la nota. La letra era sin duda temblona, pero resultaba legible con un poco de esfuerzo. El trozo de papel había sido arrancado de un pliego grande, como los que había en las muchas tiendas de recuerdos de la ciudad vieja para envolver jarrones de cristal o costosas cajas de madera con delicados trabajos de marquetería. El autor se había esforzado por que los bordes fueran lo más regulares posible.
A eso de las diez, un policía llevó hasta la comisaría al viejo portero de la capilla de Bulos, visiblemente asustado. La cesta no había sido idea suya, declaró el hombre, sino del joven párroco Michael, que quería recordar a toda costa la fuga del fundador de la iglesia a los transeúntes. Ansioso, contó que durante dos semanas había tenido que limpiar todos los días la basura que los chicos echaban a la cesta: botellas, ratas muertas y gatos.
El muerto, un hombre de unos cuarenta años, llevaba un pijama azul claro. Los forenses establecieron que la muerte se había producido alrededor de la medianoche y el cadáver mostraba en el pelo y la ropa algunas fibras del saco en que probablemente había sido transportado hasta el lugar del hallazgo.
Tres días después, el muerto fue identificado como el comandante Mahdi Said, y se planteó el siguiente enigma: ¿quién era el Bulos mencionado en la nota?
El comisario Barudi mantuvo una primera conversación con la joven y hermosa viuda, que se mostró contenida y habló con frialdad, respondiendo con monosílabos. O realmente no sabía nada sobre su esposo, o sabía demasiado. A la pregunta de si no lo había echado de menos, reaccionó con distancia e ironía:
—Era normal que pasara fuera días e incluso semanas. Su ocupación era su amante. Conmigo sólo estaba casado.
El comisario estaba convencido de que la viuda había levantado un muro protector de desapego e indiferencia para ocultar su dolor, o bien su ardiente odio. Le resultaba sumamente atractiva y le habría gustado averiguar qué había detrás de su fachada. Al fin y al cabo, estaba soltero y solo.
Indicó a los de la sección de huellas que buscaran en la buhardilla de la vivienda. Allí había sido asesinado el comandante, en su cama. Tenía que haberse defendido de su o sus asesinos. Sin embargo, se suponía que la viuda no había oído nada porque dormía un piso más abajo, en el otro extremo de la casa. A veces su marido hablaba hasta altas horas de la madrugada, interpretaba música, llamaba por teléfono y movía la silla de un lado a otro. Eso la había atormentado durante mucho tiempo, porque el menor ruido la despertaba. Por eso, hacía alrededor de un año se había visto obligada a cambiar su luminoso dormitorio con balcón, situado justo debajo de la buhardilla, por un cuarto trasero, oscuro pero tranquilo.
La buhardilla tenía una entrada propia. Una estrecha escalera llevaba desde el gran balcón del segundo piso al tejado, un piso más arriba. Allí, dos estancias escuetamente amuebladas y un sencillo baño constituían el reino del comandante. Un cuarto era el dormitorio; el otro, más pequeño, un despacho, con escritorio y armario de metal.
—El asesino tiene que haber entrado desde la calle —dijo el teniente Ismail, que dirigía el equipo de búsqueda de huellas, cuando el comisario le pidió su primera impresión. Barudi e Ismail se entendían bien. Ambos eran forasteros en Damasco, e iban a cenar juntos no pocas veces, a horas tardías.
Estaban en el balcón, ante la escalera que conducía a la buhardilla.
—Hemos encontrado rastros claros en esa vieja hiedra. El asesino subió desde la calle trepando por la enredadera hasta el balcón, y desde aquí sencillamente subió la escalera hasta la buhardilla —explicó Ismail, señalando la ruta con la mano derecha—. Luego —prosiguió, apoyándose en la baranda— tuvo que salir con el cadáver por el cuarto del balcón y después por la puerta de la calle, abajo. Hemos encontrado restos de yute en el borde de metal de la cerradura de seguridad. Salió por la escalera principal.
—¿Y por qué dices «el asesino»? ¿Seguro que era un hombre? ¿Y que lo hizo completamente solo? —preguntó Barudi, siguiendo con la mirada la ruta desde la calle hasta el balcón.
—La rotura del cuello es inequívocamente obra de un hombre, no de una mujer, pero desde luego también pueden haber sido varios hombres —respondió Ismail.
—¿Y por qué no un hombre y una mujer?
El hombre sonrió.
—También, pero entonces el asesino al que la mujer debía ayudar era estúpido. Es demasiado arriesgado trepar por la hiedra si podía entrar por la puerta sin llamar la atención. —Hizo una breve pausa—. No; tengo la sensación de que el asesino habría corrido cualquier riesgo, incluso ser detenido, por matar al comandante. Todo este asunto huele más a amarga venganza que a fría eliminación por parte del amante de la esposa.
—¿Y si todo estuvo planeado por otra mano? Se supone que el marido tenía un puesto importante en el Servicio Secreto. Aún no sé nada concreto, pero al fin y al cabo era comandante, y esa gente vive peligrosamente —señaló Barudi.
—No cabe excluirlo. A un profesional, la ascensión por la enredadera no le llevaría más de dos o tres minutos —respondió el otro. Estaba subiendo la escalera que conducía a la buhardilla con aire pensativo cuando la viuda dijo al comisario que su ayudante, Mansur, lo reclamaba al teléfono.
Eran ya más de las once cuando salió de la casa. No podía evitar pensar en la viuda. «El comandante Mahdi, mi marido, tenía muchos enemigos», le había dicho sin rodeos al cabo de un cuarto de hora. Y Barudi había tenido la impresión de que tampoco ella quería especialmente a su marido. Ni siquiera se esforzaba en aparentar que sí. Más bien lo llamaba siempre «comandante Mahdi», como a un extraño, y añadía casi avergonzada y en voz baja la aclaración «mi marido».
«¿Qué secreto guarda esa mujer? ¿Hasta qué punto ha de estar muerto un hombre para dormir solo, en una buhardilla miserable, y no en los tiernos brazos de semejante belleza?», se preguntaba el comisario una y otra vez, en vano.
Un hambre lobuna le atormentaba el estómago. La viuda le había servido cinco veces café y bombones. Condujo su destartalado Ford hasta la tienda de ultramarinos de Iskander, en la calle Recta, junto a la calle Abbara, y como de costumbre pidió que le preparasen un emparedado de pan ácimo con pasturma cortada en finísimas lonchas. La excelente cecina curada, con su picante envoltorio de especias, era su comida favorita. Iskander lo sabía. Aun así, cada día preguntaba cortésmente: «¿Lo de siempre?» E invariablemente servía su sándwich y su vaso de agua fría al comisario. Todo junto valía una lira, y mientras el cliente daba cuenta del sándwich, Iskander preparaba a toda prisa dos cafés con la esperanza de oír alguna historia sobre las bajezas humanas. No pocas veces, ese deseo se cumplía. Al comisario Barudi le gustaba contar anécdotas al hombrecillo, con la única condición de que jamás preguntara nombres.
Ese día, el comisario respondió:
—Hoy no quiero café. Ya he tomado cinco, estoy mareado.
El hombre dedujo que su cliente no quería contar nada. Así que calló, esperando que la red del silencio pronto sacara a la luz un grueso pez.
Omar, el planchador, acababa de salir de su pequeño establecimiento frente a la tienda de ultramarinos para respirar aire fresco. Cuando Barudi lo vio, se acordó de la ropa que quería llevarle. ¿Qué trabajo infernal hacía Omar, que parecía todo piel y huesos? Su tienda era pequeña y asfixiante. El hombre, esmirriado y sudoroso, se pasaba todo el día detrás de su tabla, planchando la ropa con una pesada plancha de hierro al rojo. Y todo por unas miserables piastras.
El comisario Barudi pagó, bebió el último trago de agua y se retiró a su pequeña vivienda. En días así se desesperaba. Lo abrumaba la sensación de haberlo hecho todo mal. Trasladarse sin esposa a la capital había sido un error que todas las mañanas se reprochaba. En la ciudad nadie se ocupaba de él. Incluso tenía que lavarse la ropa, y ahora, en vez de estar en su despacho pensando en resolver un caso de asesinato, encima tenía que llevarla al planchador. Todas las mañanas se preparaba café y lo tomaba a solas en la cocina, contemplando un viejísimo y amarillento calendario. ¿Qué debía hacer? Nadia había apoyado al maestro del pueblo. «No subirá, pero tampoco caerá», le había dicho cuando él puso en la balanza su futuro como alto oficial de policía frente al del pobre maestro de escuela. La expectativa de una vida ostentosa no había surtido el menor efecto. Barudi no podía ofrecer más. El maestro era un hombre guapo, de voz seductora.
En ese punto de su lamento matinal, todos los días miraba su rostro en un viejo espejo que, manchado y medio velado, colgaba de la pared sobre la mesa. Nunca se había considerado guapo. Su creador tenía que haber estado borracho o ser corto de vista, pensaba a diario, y sonreía.
Había pasado cuatro años en la Brigada Criminal de la ciudad norteña de Alepo. Se llevaba bien con su jefe, quien, al quedar libre el puesto en la sección de homicidios de Damasco, había recurrido a sus contactos. Barudi llevaba ya un año en ese puesto. Su tarea en la capital le parecía grande, a veces demasiado para un joven teniente. Pero se esforzaba en aprender y era trabajador. Su jornada terminaba después de doce o incluso catorce horas de trabajo, pero no se quejaba. En general, se sentía agradecido por estar en la comisaría y hacer algo. Las pilas de expedientes lo familiarizaban con la ciudad, que a él, hijo de un campesino del sur, seguía resultándole enigmática. El único defecto de su trabajo era su superior, el coronel Kuga, un diplomático frío y vanidoso.
—En la capital sopla un viento distinto —le había advertido su bondadoso jefe de Alepo—, pero con tu trabajo los convencerás a todos.
Barudi tenía la sensación de que Kuga desdeñaba deliberadamente sus logros, y por eso esperaba contar de una vez con un caso difícil, cuya resolución le permitiera destacar.
Como siempre, la puerta de la casa estaba abierta; en el barrio cristiano de Damasco la gente seguía viviendo tan tranquila como si las calles aún tuvieran, como en el siglo anterior, una puerta que se cerraba por las noches. Desde el punto de vista de un criminalista moderno, una puerta abierta era simple frivolidad.
Su vieja casera sólo lo tenía alojado a él. Dos cuartitos y una cocina en el primer piso; no era una mala vivienda. En cualquier caso, tenía que compartir con ella el baño. Sabía que allí podía vivir siendo soltero, la vieja viuda le limpiaba la casa por pura compasión. Para ella, él era un muchacho bueno y bien educado de un pueblo cristiano, que jamás recibía visitas, pagaba el alquiler por anticipado y no fumaba ni bebía. Siempre era cortés y serio. Las mujeres no le interesaban y ninguna parecía interesarse por él. Era de estatura pequeña, llevaba gafas gruesas y su cabello había encanecido prematuramente, todo lo cual frenaba por triplicado a las damascenas.
La casera sólo tenía un pero que ponerle. Sin duda, había sido bautizado como católico igual que ella, pero jamás se dejaba ver en la iglesia. Cuando se lo había echado en cara, él había respondido que no pecaba. Y tras soltar una risita había añadido que no tenía tiempo para eso.
Aquel día, la saludó apresuradamente. Ella alzó los ojos un instante del viejo vestido que estaba zurciendo. Él volvió a salir casi enseguida de la casa con las camisas y pantalones lavados, que había metido en una gran bolsa.
—Pero si acaba usted de llegar —dijo la viuda.
—Sólo quería recoger la ropa. Tengo mucho que hacer. Sin duda habrá oído usted hablar del crimen de la capilla de Bulos —respondió él, con la certeza de que en un radio de dos kilómetros a la anciana no se le escapaba nada, absolutamente nada. Y su casa, en la calle Ananías, no estaba muy lejos de la entrada de la capilla de Bulos.
—La gente ya no teme a Dios. ¡Un crimen en la iglesia! ¿A quién se le ocurre semejante cosa?
—¡Si yo lo supiera! —suspiró el comisario.
4. En la jungla
Cuando Barudi se sentó a su escritorio, volvió a acordarse de la nota que había encontrado junto al muerto. La sacó de su envoltorio protector y contempló las palabras, las asimiló, cerró los ojos y las repitió.
—Como si el asesino quisiera dar una indicación —dijo en voz baja, y se acordó de un caso que en su época de la academia se había utilizado como material de estudio: un asesino regresaba una y otra vez al lugar del crimen, e incluso ofrecía su ayuda a la policía. Los agentes lo echaban porque perturbaba la investigación, hasta que a un comisario inteligente le llamó la atención. Aceptó la oferta de ayuda del hombre, y pronto el asesino se delató y reveló su crimen. Cuando lo detuvieron ni siquiera estaba asustado, simplemente parecía haber terminado con la vida y no quería más que tranquilidad.
Su amigo, el teniente Ismail, le había dicho en broma al despedirse: «Cherchez la femme.» Ausente, el comisario Barudi olfateó el papel. El olor era discreto, pero le recordaba un poco a barniz de madera, ¿o se trataba de un perfume?
—Este papel podría llevarnos a la pista correcta —se dijo, pero tan alto como si quisiera comunicar su confianza al suboficial Mansur.
Éste se limitó a volver los ojos al techo y dijo:
—Hay algo que no encaja en este caso. Un musulmán, además comandante del Servicio de Seguridad del Estado o de qué sé yo qué organismo, cuelga en el cesto de la capilla de Bulos, y en su bolsillo se encuentra una nota con un nombre falso. Mi olfato me dice que esto apesta. No se apresure. Si no quiere quemarse los dedos con este caso, será mejor que espere.
Después de un año, Barudi estaba harto del continuo escepticismo y cautela de su ayudante. Tan sólo esperaba un momento favorable para apartar de su servicio a ese viejo insoportable y sustituirlo por un colaborador joven que pensara de forma más optimista. Mansur no sólo lo irritaba, también le daba asco. Su corazón estaba tan podrido como sus dientes. Aquel hombre estaba poseído por la idea de exterminar a todos los ratones de este mundo. Ya el primer día de trabajo le había explicado a Barudi todas sus teorías sobre la caza de ratones, y le había mostrado las máquinas infernales que había ideado a lo largo de los años y que disponía todas las noches. Barudi tenía que andarse con cuidado para no caer él mismo en alguna de esas crueles trampas.
Se sentía como en un manicomio. Todos estaban entusiasmados con las máquinas de Mansur. Incluso el coronel Kuga, el jefe, a quien la explicación resumida de un crimen casi perfectamente camuflado contra una viuda acomodada ni siquiera había arrancado una cansada sonrisa, piafaba de gusto a la vista de los ratones ajusticiados.
El comisario Barudi ya había intentado echar a Mansur en varias ocasiones. Pero el viejo buitre tenía a sus espaldas más de treinta años de servicio, y se las sabía todas. No ofrecía ningún flanco descubierto, porque llevaba a cabo sus tareas con desgana pero conforme a las normas.
Hacia las cinco de la tarde, ocho horas después de haber identificado el cadáver, el comisario se presentó ante el coronel Badrán. El hermano menor del presidente Amrán, jefe del Servicio de Seguridad del Estado, les retiraba las competencias para seguir investigando el caso del comandante Mahdi Said. Se trataba de un crimen político, no era asunto de la Brigada Criminal. Habló en voz baja y sin emoción alguna, como si sólo estuviera tomando un sorbo de agua. Mahdi Said había sido su mejor colaborador: él mismo se ocuparía de buscar a su asesino y de acabar con él. El coronel Kuga asentía sin cesar, como una marioneta. Barudi no sólo se sorprendió por la dureza y vanidad del oficial de la Seguridad del Estado, sino también por su alto rango, pero había aprendido a respetar a todos los que eran demasiado jóvenes para el grado que poseían. En general, eran miembros del núcleo duro del poder, golpistas o hijos de éstos, que lo apostaban todo a una carta y con treinta años podían acabar en el patíbulo o bien en un alto cargo del gobierno. Sólo en los últimos cinco años se habían producido once revoluciones —cuatro con éxito y siete fracasadas—, golpes, ascensiones, caídas, vencedores y jóvenes oficiales ejecutados sumariamente.
Sin embargo, la jerarquía de esas personas obligaba al joven comisario a apretar los dientes. El Servicio Secreto estaba en lo más alto de la pirámide del poder, a las órdenes directas del presidente, e incluso se murmuraba que el presidente sólo podía gobernar gracias a la clemencia del Servicio Secreto. En un escalón muy bajo del poder estaba la Brigada Criminal. Podía ocuparse de los delincuentes mientras no pertenecieran a los estratos superiores, a la casta militar o al partido gobernante, el Baaz.
—Sólo los vigilantes nocturnos tienen menos poder —decía el cínico Mansur.
Barudi tuvo que retirar a su gente y asegurar con humildad al coronel que para él el muerto había dejado de existir. En veinticuatro horas, Barudi debía entregar personalmente al jefe del Servicio Secreto, Badrán, todos los resultados de la investigación. Era imposible pasar por alto la amenaza velada de las órdenes.
5. Mansur
—El conocimiento —afirmaba el suboficial Mansur— es una cerradura cuya llave es una pregunta, pero en este país no se puede preguntar. Por eso, mi querido Barudi —añadió con aire revelador—, en este país no hay ni una sola novela policíaca decente. Las novelas policíacas se nutren de preguntas. —Sonrió—. ¿Se acuerda de la campaña contra la corrupción que nuestro presidente Amrán anunció en la pasada primavera? Entonces estableció una comisión anticorrupción, formada por prestigiosos eruditos y jueces que podían plantear a cualquiera la pregunta: «¿De dónde has sacado eso?» El presidente se dirigió públicamente a la comisión, riéndose: «Señores, empiecen por mí», pero la comisión decidió empezar por el sirio más corrupto de todos los tiempos: Shaftán, el hermano del presidente. Lo citaron y le plantearon cortésmente la pregunta en cuestión: de dónde. En esa época Shaftán aún era el segundo hombre del Estado y comandante de las temidas Unidades Especiales. Enseguida encarceló a todos los miembros de la comisión, hasta que éstos declararon en público: «Alá otorga riqueza ilimitada a quien quiere.» Sólo entonces los puso en libertad.
El comisario ya había oído hablar del corrupto hermano del presidente, pero no acababa de entender qué relación guardaba todo eso con el caso que tenían entre manos. Dirigió a su subordinado una mirada fulminante.
—Una palabra más y se enfrentará a un proceso por ofensas al presidente. Y en adelante no soy su querido Barudi, sino teniente Barudi, ¿lo ha entendido, ayudante Mansur?
El suboficial asintió en silencio. Conocía de sobra a esos jóvenes que tras unos meses en la academia de policía se comportaban como generales. Le habría encantado explicarle a ese mozalbete que todos sus conocimientos sobre la ausencia de novelas policíacas y las preguntas jamás planteadas los había obtenido de Agatha Christie, a quien en una ocasión había acompañado en un viaje por Siria. Su esposo, Max Mallowan, había recorrido el nordeste del país a principios de los años cuarenta, con motivo de unas excavaciones arqueológicas.
En esa época, Mansur había estado a punto de morir de hambre. La sequía y una inusual plaga de ratones habían acabado con todas las reservas de su pueblo. A Agatha Christie le cayó bien el muchacho y lo empleó como sirviente pese a la oposición de su esposo. Con el tiempo llegó a criado jefe. Y Agatha Christie lo había llamado «nuestro número uno» en sus memorias de Siria Ven y dime cómo vives. Él la atendía y se cuidaba de su alojamiento y comida. La escritora había sido una presencia refrescante en su vida. Era catorce años mayor que él, pero tenía mucho más sentido del humor que su marido y se reía de todos, empezando por ella misma. No pocas veces, Mansur tuvo que traducir sus graciosas observaciones: «Te aconsejo, querida —le había dicho a su hermana Nahla en una ocasión que la pareja de ingleses los invitaron a comer—, que te cases con un arqueólogo, porque cuanto más vieja seas más interesante te encontrará.»
Poco antes de marcharse la pareja, Mansur había conseguido un empleo en el cuerpo de policía, por entonces en plena formación. A su despedida, él se había presentado ya de uniforme.
Desde entonces habían transcurrido treinta y un años.
Sin embargo, Mansur se tragó sus conocimientos sobre novela policíaca, que desde el encuentro con Agatha Christie se había convertido en su segunda pasión, oculta por prudencia. Durante todo ese tiempo había servido a dieciséis oficiales, que habían pasado sin dejar rastro como nubes de verano, y había aprendido a callarse a tiempo. Aún le faltaban tres años para jubilarse, y un destino en algún piojoso pueblo del sur habría sido una catástrofe para su pensión. Y ésa era precisamente la sanción habitual en caso de enfrentamiento con un superior.
Por vez primera desde hacía años, de pronto sintió miedo. Ninguno de sus jefes lo había amenazado con convertir una broma en una ofensa al presidente. Eso lo habría enviado directo a la cárcel, y quizá sin pensión alguna. Desde el primer momento, ese teniente le había parecido demasiado ambicioso, y por tanto peligroso.
6. El coronel Badrán y el curso
de los acontecimientos
Para el coronel Badrán el caso estaba clarísimo. El asesinato del comandante Mahdi Said tenía un trasfondo político. Consideraba que la frase en la nota era una prueba de que el comandante había muerto porque sabía demasiado acerca de una sociedad secreta y los conjurados temían una traición, o bien que ya habían condenado a Mahdi por traidor. El coronel suponía que «Bulos», como decía la nota, era un alias. Probablemente porque el comandante antes había sido cristiano y hasta su muerte había vivido en el barrio cristiano. Badrán sabía que la víctima en realidad se llamaba Said Bustani, pero que en su nueva vida de musulmán no había querido llevar el apellido de su padrastro, a quien había sufrido de niño. Por eso, desde su conversión al islam se había llamado Mahdi Said, «el feliz bien guiado».
Cuando Badrán, el superior inmediato de la víctima, se había enterado de la muerte violenta de su mejor oficial, se mostró horrorizado. Mahdi Said había sido ambicioso, fiable y duro como el acero. Era el único hombre de confianza en que había podido apoyarse cuando las cosas se habían torcido.
Luego, el horror cedió paso a una sospecha que inquietó al coronel. ¿Y si el ambicioso Mahdi Said lo había engañado y a sus espaldas se había puesto en contacto con círculos de conspiradores? La idea no dejaba dormir a Badrán. Estaba tan obsesionado que dos días después lanzó a la calle a un grupo de sus mejores hombres para que recabaran toda la información posible sobre Mahdi Said. Él mismo dirigió la pequeña unidad especial que examinó con lupa la casa del muerto.
Un día tras otro se sentaba en el salón de la joven viuda, dejaba que ésta le sirviera limonada, café y bombones, y con encanto y hábiles preguntas trataba de espiar bajo el velo de indiferencia en que se envolvía la mujer. Su gente desmontó la buhardilla para examinar palmo a palmo la pequeña vivienda del comandante.
Muy pronto, la sospecha del coronel Badrán pareció confirmarse: en un armario metálico hallaron un cuadernito insignificante con nombres cifrados. La descodificación se hizo siguiendo con sumo cuidado las enseñanzas que los agentes del Servicio Secreto sirio habían recibido de oficiales rusos y germano-orientales en diversos cursos. Las seis personas cuyos nombres fueron descifrados pertenecían al más alto escalafón del Ejército y el Servicio Secreto. El propio Mahdi se había registrado con el nombre de «Bulos». Badrán se sintió triunfante: su intuición había sido profética.
Tras ser sometido a interrogatorio y torturas, un general confesó que él y otros cinco oficiales habían estado trabajando para establecer una «sociedad secreta de oficiales libres» con el propósito de luchar por la patria.
—¡Eso se llama golpismo, hijo de puta! —gritó el coronel al general.
—Como vos digáis, señor —susurró éste, abatido y derrotado.
El general moribundo recurrió a ese inusual tratamiento de respeto con la minúscula esperanza de que el coronel se sintiera honrado como un rey y pasara graciosamente por alto el pequeño paso en falso, que por otra parte no había tenido la menor consecuencia para el Estado.
Sin embargo, para Badrán, de rango muy inferior al del general, el servilismo de éste sólo fue la confirmación de que el hombre era un hipócrita.
Un año antes, contó el general en voz baja, se habían puesto en contacto con Mahdi Said, porque él y los otros oficiales consideraban que había demasiados rusos y comunistas alemanes actuando en su orgullosa Siria. Su único propósito había sido salvar la patria. Admiraban de Mahdi Said su odio visceral al comunismo, su inteligencia y su determinación. Al principio, el comandante no se había mostrado hostil a la idea de la salvación, pero de improviso, tres meses antes, se había retirado del proyecto. Ya no quería tener nada que ver con los oficiales de la sociedad secreta.
—Y por eso le habéis partido el cuello —dijo el coronel, ya más tranquilo, casi en voz baja, porque ahora se sabía sobre una pista segura. Al mismo tiempo, sintió una maliciosa satisfacción hacia el muerto, porque exactamente en ese instante Badrán comprendió que el comandante Mahdi Said no había sido un traidor. Nunca hubiera podido ocultarle semejante conspiración. Su descubrimiento le habría valido con toda certeza una medalla de oro, de la que lo habían privado al romperle el cuello. El coronel sonrió ante esta reflexión y pensó en las suaves rodillas de la viuda. Llevaba minifalda, como todas las mujeres modernas ese año.
El general se echó a llorar miserablemente. Jamás habían pensado en tocar un pelo al comandante, porque muy pronto él y los otros llegaron a la conclusión de que toda la idea del golpe era absurda, ya que el nuevo gobierno de los hermanos Amrán y Badrán era absolutamente patriótico. Y sobre todo cuando él, el coronel Badrán, había puesto en su sitio tanto a los rusos como a los alemanes orientales, todos habían pensado que, al retirarse del plan, Mahdi Said los había despertado y arrancado de las manos del diablo. Y por eso…
El coronel se levantó y se marchó. No prestó atención ni a los elogios ni a lo que el general seguía contando. Fuera, dio al oficial al mando la orden de torturar al grupo de altos oficiales hasta que todos confesaran y corroboraran por escrito el asesinato de Mahdi Said.
—¿Hasta dónde puedo llegar? —preguntó el oficial, mientras abría a su superior la puerta del coche.
—Hasta la muerte —respondió el coronel. Acto seguido, subió a su limusina y se fue a ver a la viuda del comandante Said.
Una semana más tarde, los oficiales rebeldes fueron procesados. Fueron hallados culpables de haber planeado un golpe contra el gobierno y haber asesinado alevosamente a un antiguo compañero de conspiración que, por arrepentimiento y amor a la patria, se había negado a seguir colaborando con ellos. El proceso se celebró en secreto, en un cuartel abandonado a las afueras de Damasco. Los condenados fueron fusilados ese mismo día.
Badrán utilizó la conspiración como pretexto para depurar y reordenar el Servicio Secreto. Una ola de detenciones recorrió toda la red, y hombres que un día antes habían sido poderosos, de pronto se hallaron compartiendo las miserables celdas con sus enemigos. Todos los contactos del Servicio Secreto fueron minuciosamente examinados. Desde ese momento se exigió obediencia ciega en todo el aparato.
Por otra parte, al mando del coronel Badrán, los asesores germano-orientales y rusos en materia militar, torturas y servicios secretos tuvieron que aceptar duros recortes en sus atribuciones. Se les prohibió expresamente el uso del tono despectivo con que se dirigían a los oficiales sirios desde la devastadora derrota de los árabes en la guerra de 1967 contra Israel. Desde entonces, los rusos habían tratado a los oficiales sirios como a alumnos rezagados.
El coronel también prohibió cualquier injerencia directa en los asuntos del Ejército y del Servicio Secreto, con el declarado objetivo de preservar los secretos del Estado. Sus argumentos eran lógicos y convencieron a la dirección política. Los expertos, argumentó Badrán, habían acudido a Damasco para responder a preguntas referentes a detalles técnicos, no para plantear sus propias preguntas, y mucho menos para manifestar sus opiniones políticas. Sus contactos familiares y políticos, muy ramificados, eran opacos, con lo que siempre existía el peligro de que en algún punto se filtraran informaciones a Israel. El coronel estaba en una pequeña habitación, delante de una pizarra. En torno a una mesa se sentaban tres oyentes: su hermano mayor Amrán, el presidente; su primo el general Sadán, ministro de Defensa, y el yerno de éste, el coronel Hardán, ministro del Interior. Poco después, los tres hombres más poderosos daban luz verde a todas las medidas que Badrán consideraba necesarias.
Los expertos rusos, que un año antes se habían reído de ese arribista cuando les mandó una circular donde les solicitaba cortésmente que cuidaran el tono en su trato con los oficiales sirios, tuvieron que ver cómo uno de sus generales era sacado en plena noche de su villa en el refinado barrio de Abu Rumana y era mandado humillantemente en pijama a Moscú porque una hora antes, estando borracho, había ofendido a un joven oficial sirio. Y cuando los rusos se doblegaron, también los expertos alemanes orientales, los búlgaros y los rumanos se sometieron al inflexible coronel. Pero éste no se mostró satisfecho con el cambio, sino doblemente desconfiado. Sin duda, los oficiales del Ejército y el Servicio Secreto sirios lo consideraban un héroe que les había devuelto el honor perdido en la guerra contra Israel.
En cambio, en el barrio cristiano se murmuraba que la viuda y el propio coronel Badrán tenían mucho que ver con el crimen. Un día, Mahdi Said había descubierto la relación de su esposa con su superior. Airado, según contaban los vecinos, se había distanciado de su mujer y había preferido dormir a solas en la buhardilla. No había enloquecido de rabia ni pegado a su esposa, como era habitual, sino que había preparado en secreto el asesinato de Badrán, y sólo después se vengaría de ella. Pero había cometido un error fatal. Su esposa, se decía, había descubierto en la papelera una nota en la que figuraban minuciosamente, hasta con fechas, los pasos de su plan. Avisó a su amante. Entonces el coronel se había escondido en la habitación de la mujer. Por la noche, los dos habían subido a la buhardilla y asfixiado juntos al marido en su cama. Un vecino, el orfebre Butros Asmi, afirmaba haber visto en plena noche una figura bajita y rechoncha que bajaba la escalera con un saco a hombros. No había podido identificar al hombre, porque estaba oscuro, explicaba, pero al fin y al cabo Badrán era bajito y de complexión atlética y musculosa.
Como prueba de esa macabra tesis, los vecinos aducían que una semana antes del crimen el coronel Badrán había pasado la noche con la viuda sin el menor recato. Su guardaespaldas se había apostado delante del edificio y registraba a todo el que entraba y salía de la casa, en la que había varias viviendas.
Pero cuando el único testigo, el mencionado Butros Asmi, perdió la vida en un extraño accidente, el edificio del comandante muerto, situado en la calle Marcel Karameh, en medio del barrio cristiano, se transformó como por ensalmo en una isla lejana, aislada del resto del mundo por un océano de miedo.
El caso de Mahdi Said quedó oficialmente cerrado el 19 de marzo de 1970, y las tres abultadas carpetas con actas de interrogatorios, pruebas, testimonios, la acusación y la sentencia del tribunal contra los altos oficiales, fueron a parar al archivo del Servicio Secreto. La notita de caligrafía temblorosa quedó olvidada en la primera carpeta, dentro de un separador de plástico transparente.
El comisario Barudi se enteró por sus contactos del pasado cristiano del comandante asesinado. Ahora estaba seguro de que el nombre de Bulos y el texto de la nota eran la brújula por la que habría tenido que guiar sus pasos para mantenerse en la pista correcta hacia el asesino. Antes de entregar al coronel la fina carpeta del caso, había fotocopiado todos los resultados de la investigación y cortado de la nota hallada junto al cadáver una tira de un dedo de anchura y unos veinte centímetros de longitud. Lo escondió todo cuidadosamente en un cajón secreto que había montado de noche en su escritorio.
Barudi creía que la infancia del asesinado lo conduciría hasta el asesino. Estaba convencido de que, si procedía con cautela, acabaría resolviendo el caso.
Y en verdad procedió con cautela. Finalmente la pista resultó correcta, aunque por entonces ni siquiera sospechaba adónde había de llevarlo su curiosidad seis meses después.
LIBRO DEL AMOR 2
El amor es pobreza que enriquece.

DAMASCO, MALA, PRIMAVERA DE 1953
7. El incendio
Claire lo despertó. Había miedo en su voz. Cuando Farid se incorporó en la cama, oyó un griterío en el pueblo. Corrió al balcón; su madre lo siguió descalza y en camisón.
Intuyó enseguida que su padre ya se encontraba entre los que se habían reunido junto a la fuente del pueblo, y también supo por qué. Miró asombrado el olmo que ardía en la lejana colina.
El gélido viento lo hizo temblar y lentamente comprendió que él era el responsable del fuego. Las llamas resplandecían a lo lejos como una gigantesca antorcha y bañaban el pueblo en una luminosidad demoníaca.
Algunos campesinos corrían por la plaza, pasando ante la casa de los Mushtak. Un chico se detuvo un instante ante el balcón y alzó la vista hacia él, sacudió la cabeza con rabia, escupió en el suelo y siguió corriendo. Los habitantes de Mala eran conocidos por su carácter sombrío y taciturno. Farid sabía que el escupitajo era para él.
Se estremeció al contacto de la fría mano de su madre. Claire siempre estaba helada, como su amiga Rana. La llevó de vuelta a la cama y se tumbó a su lado. Enseguida se quedó dormida y él no tardó en oír su rítmica respiración. Su madre tenía unas facciones delicadas: cabellos negros y lisos, nariz pequeña y elegante, grandes ojos almendrados bajo los cerrados párpados, cutis blanco como la nieve. Farid le acarició el rostro.
Se quedó despierto, mirando el techo.
8. Extrañeza
El clan de los Mushtak era poderoso, pero la familia seguía siendo considerada forastera en Mala. Georg, el fundador del clan, se había refugiado hacía cuarenta y cinco años en ese pueblo cristiano de las montañas; Farid y sus muchos primos no eran más que la tercera generación, y no se pasaba a formar parte del pueblo hasta por lo menos la séptima. Se suponía que se necesitaba todo ese tiempo para hablar sin acento el dialecto del pueblo y sentir el peculiar orgullo que hasta el último pobre diablo de Mala albergaba en su pecho.
Farid había crecido en Damasco, y como su madre era damascena, siempre había preferido hablar árabe que el áspero dialecto de Mala, que sin duda entendía pero jamás logró hablar correctamente. Tampoco estaba orgulloso del pueblo, ni mucho menos. ¿Por qué iba a estarlo? ¿Sólo porque se suponía que los antepasados de los actuales habitantes habían conocido a Jesús en persona? Después de su crucifixión habían huido de Galilea y, como poseídos por una misión secreta, en lo sucesivo los campesinos de Mala habían defendido su religión con su vida, como si el destino del cristianismo en el mundo dependiera de la disposición a la lucha de ese pueblecito.
Farid se sentía más bien extraño en la iglesia del pueblo. También le eran ajenos sus silenciosos y rústicos habitantes, que, con sus negras vestiduras campesinas, siempre parecían estar de luto y raras veces sonreían, pero siempre encontraban motivos para emborracharse y enzarzarse en peleas. Aún entendía menos el odio fanático entre las dos familias más poderosas del pueblo: los Mushtak y los Shahin. Y lo que menos entendía era por qué había en Mala un odio tan profundamente enraizado entre la Iglesia católica y la ortodoxa. No era raro que los musulmanes mediaran entre los cristianos en disputa.
Un acontecimiento había conmocionado especialmente a Farid. Un maestro jubilado había restaurado con la ayuda de diez o doce chicos un establo derruido pero bello, instalado ventanas, puertas y estanterías nuevas y luz eléctrica. El establo pertenecía al convento ortodoxo de Santa Tecla, cuya abadesa lo había cedido gratuitamente. El maestro, que no tenía hijos, era un gran amante de los libros. Para empezar regaló a la biblioteca del pueblo, que estableció en el establo restaurado, sus siete mil volúmenes, y luego se pasó varios meses pidiendo libros a editoriales y librerías de Damasco. Al final regresó con un camión lleno de volúmenes. Cuando se llevó a cabo la inauguración, en el verano de 1950, había reunido veinte mil títulos.
Sin embargo, la biblioteca fue clausurada al cabo de un mes, porque el maestro no había tenido en cuenta dos cosas. Era pariente político de la familia Shahin, y además ortodoxo. Rápidamente, los Mushtak y sus adeptos católicos empezaron a tejer su red. El maestro había sido comunista en su juventud, ofrecía caramelos a los niños susurrándoles que eran un regalo del tío Stalin. Además, siempre cogía en brazos a los niños más hermosos y abusaba de ellos.
Nada de todo eso era cierto, salvo que el maestro había sido miembro del Partido Comunista durante tres años. No eran más que perversas mentiras, pero su efecto fue devastador, porque la mitad del pueblo las respaldaba. La abadesa renegó del maestro después de una breve entrevista con el teniente Marwán, el nuevo jefe de policía. Los Mushtak, y con ellos muchos católicos, celebraron el cierre de la biblioteca con baile, música y vino.
Ese día Farid perdió la poca simpatía que le quedara por aquel pueblucho polvoriento.
El viejo maestro se retiró amargado a su casita y volvió a salir de nuevo y por última vez seis años después… en un ataúd. Por su deseo expreso, no lo acompañaba más que su mujer. No quiso parientes ni amigos en ese último viaje.
Farid y sus parientes visitaban Mala en verano, para escapar de la asfixiante capital, Damasco, y poder dormir por la noche en las montañas, pero también iban una semana por Pascua, para reavivar año tras año el recuerdo del fundador de la familia. No sólo durante la misa del Domingo de Pascua, sino durante siete días, tanto allegados como extraños podían rezar con la familia por el alma del primer Mushtak, para que hallara en el seno del Señor la paz que no había logrado encontrar en vida. Pero, sobre todo, los invitados, tanto amigos como desconocidos, eran espléndidamente atendidos durante siete días. La vida del pueblo entero parecía consistir en una continua orgía gastronómica. Columnas de campesinos acudían a Mala desde los alrededores. Mendigos y truhanes, gitanos y artesanos iban a pasar la semana allí.
La semana de Pascua estaba enteramente en manos de esta familia. En cambio, las Navidades quedaban firmemente a cargo de la estirpe de Shahin, hostil hasta la muerte a los Mushtak. El pueblo se hallaba dividido: la mitad seguía la ortodoxia grecorromana, y con ella a la rica familia Shahin, mientras que la otra mitad se mostraba fiel a la Iglesia católica y romana, que en Mala era financiada casi exclusivamente por los Mushtak.
Dado que ambas iglesias se regían por distintos calendarios, la Pascua era no pocas veces un espectáculo extremadamente macabro. Apenas Jesús había salido de su tumba conforme al calendario occidental y gregoriano de los católicos para ascender al cielo, los ortodoxos lo hacían prender, lo procesaban y lo crucificaban el Viernes Santo del calendario oriental y juliano. Lo cual constituía todos los años motivo de risa para los musulmanes.
En Navidades, en cambio, las ventanas y la iglesia resplandecían en el barrio ortodoxo y la familia Shahin festejaba toda la semana hasta el 2 de enero. Sus parientes viajaban ex profeso para celebrar esa fiesta, incluso desde América. Entre los Mushtak, en cambio, en Navidad no se iluminaban las casas, y la iglesia católica celebraba el día con tanta modestia como si Jesús fuera algún santo de tercera.
La madre de Farid, una típica urbanita, contemplaba todo aquello —incluyendo la conducta de su marido— más bien divertida, como si se tratara de un tosco folclore campesino. A lo largo de todos esos años no había encontrado el menor acceso al interior del alma de Mala. Aunque tampoco era que quisiera encontrarlo. Más bien se obligaba a respetarlo por generosidad, y por lo demás se mantenía a distancia de los Mushtak. Era la única mujer del clan a la que en todas partes conocían por su nombre de pila, madame Claire.
No le gustaban las comidas de Mala, que siempre olían a orina de carnero o chivo, ni sus míseros bollos, y menos aún los frutos secos que los habitantes del pueblo ofrecían a los visitantes. Desde su balcón, se divertía contemplando el abigarrado trajín de las calles y la plaza del pueblo, como si fuera un teatro. Claire amaba el teatro popular.
La Pascua era, junto al otoño, la mejor época en Mala. Lucía ya un sol veraniego, pero sin su pesado calor. Una fresca brisa soplaba desde las montañas del Líbano, todavía cubiertas de nieve en esta época. La naturaleza se brindaba en toda su plenitud, y un delicado verde pespunteaba las pintorescas rocas al borde del pueblo.
En cambio Farid se avergonzaba de su padre, que en cada ocasión experimentaba una metamorfosis. El hombre que en la ciudad pasaba por un elegante y orgulloso ciudadano y adornaba su árabe con palabras francesas, a su llegada a Mala se transformaba en un campesino gruñón, vocinglero y camorrista que, noche tras noche, regresaba a casa tambaleándose, al borde de la intoxicación etílica. Él, que raras veces reía en casa, se convertía en las calles del pueblo en un payaso pesado, sobón y sensiblero.
Farid se avergonzaba de caminar entre la gente, porque, sobre todo cuando estaban borrachos, no se ahorraban comentarios y pullas, indefectiblemente sobre el mismo tema: los asuntos de faldas de su padre y el desproporcionado artefacto que Elías llevaba entre las piernas. Los hombres congregados se reían a menudo del tímido hijo. Tan sólo Sadik, el sordo molinero del pueblo, no lo irritaba ni zahería nunca. Pero hablar con él suponía todo un esfuerzo. Había que estar gritando todo el rato. Sadik resultaba cómico cuando pretendía contar secretos. Sin duda hacía el ademán de susurrar, pero bramaba el supuesto mensaje confidencial en un tono tan alto que hasta los muertos del lejano cementerio prestaban oídos.
—De los que se burlan, los más escandalosos son aquellos cuyas mujeres ya se ha tirado tu padre —había bramado Sadik hacía un año, en la barbería. Farid se había ruborizado.
Odiaba el pueblo, cuya vida tan sólo parecía consistir en cultivar el campo, comer, beber y cagar por todas partes. Por lo demás, se palmeaban el pecho, orgullosos de haber salvado a Jesucristo de la ruina.
—Si yo fuera Jesús —había dicho Farid a su madre cuando tenía sólo diez años—, me aparecería un domingo en el altar, aunque sólo fuera un momentito, y gritaría a la cara de esos hipócritas: «¡Me la trae floja vuestro sucio cristianismo!»
9. Aproximación
En verano, Farid siempre encontraba en Mala niños interesantes que pasaban las vacaciones allí con sus padres, gentes de ciudad acomodadas. Con ellos todavía era posible divertirse en el pueblo. Convertían las rocas en paisajes del Lejano Oeste y jugaban todo el día a indios y vaqueros o a policías y ladrones, no pocas veces incluso con auténticos caballos y asnos.
Pero Mala en Pascua era un aburrimiento. Acababa de cumplir nueve años cuando su madre observó un día que andaba dando vueltas por la casa y contando las horas hasta regresar a Damasco. Le recomendó que cogiera una merienda abundante y diera un largo paseo con algunos niños del pueblo, que podían enseñarle la región y las huellas de sus antepasados.
Al principio se negó, pero luego fue con ellos. Y pronto se encontraron paseando por las montañas todos los días. Desde luego, los chicos del pueblo no tenían ni la más remota idea de los antepasados o de la historia, pero Farid, que en Damasco era de los más rápidos y resistentes, descubrió que allí fuera, en el campo, no podía seguirles el paso por más que se esforzara. Y ellos, que en la plaza del pueblo parecían tan cachazudos, se volvían de pronto ágiles y flexibles en cuanto venteaban el campo. Corrían como jóvenes gacelas, trepaban como lagartos por los lisos y empinados troncos de los árboles y acechaban como perros de caza liebres y perdices. Abdulá, de trece años, podía matar con una honda y un guijarro cualquier animal que se le presentara, por rápido que fuese. Su primer botín, cuando Farid llegó, fue una perdiz. Poco después mató un conejo. Los chicos se arrojaron sobre la presa y, en un abrir y cerrar de ojos, tanto la perdiz como el conejo quedaron desplumados, desollados, destripados y lavados. Asaron la carne sobre un fuego cerca del viejo olmo. Una y otra vez le fueron añadiendo tomillo y otras hierbas, y se extendió un agradable aroma. Farid nunca había comido una carne tan sabrosa.
Matta, un chico curiosamente monosilábico y simple, era fuerte como un oso. Podía vérselas solo contra los otros cuatro, los tiraba de espaldas y los sujetaba a todos juntos en el suelo. También levantaba por encima de la cabeza, sin esfuerzo visible, piedras de más de cincuenta kilos. Pero lo más fantástico era que también podía trepar con ligereza a cualquier árbol, exactamente igual que un oso. Se diría que sus manos y pies habían interiorizado todos los troncos, ramas y ramitas, para adaptarse a cualquier árbol. Parecía deslizarse hacia arriba. Una vez allí, pasaba de rama en rama y de árbol en árbol, como un mono.
Matta tenía a Farid en un pedestal, y se sentía feliz de poder contarse entre los amigos del pálido muchacho de la ciudad. No sospechaba que también Farid lo consideraba un ser extraño.
Claire hacía abundantes regalos a los amigos de su hijo. Año tras año, cada uno de ellos recibía algo en Pascua: caras navajas, refinadas herramientas, utensilios para excursiones e ingentes cantidades de chocolate. Desde entonces, al acercarse la Pascua y en verano, esperaban ansiosos la llegada de Farid. Sentían una extraña atracción por el pálido urbanita, que sin duda no podía atinar ni a una montaña con una piedra, pero que jamás se quedaba sin palabras. Su labia les parecía fantástica. No sólo le salían a borbotones comentarios ingeniosos, sino que también sabía narrar de tal manera que los otros se quedaban sin aliento. Farid contaba tan bien que era como estar viendo lo que decía. En eso consistía el milagro, porque los chicos no estaban acostumbrados a tales historias. En casa raras veces oían alguna, y si la oían rebosaba de moralina, así que pronto se aburrían. En cambio, las palabras de Farid eran coloridas y ligeras, y les producían cosquillas en el corazón.
Con sus palabras los llevaba a un mundo distinto, en el que había hermosas mujeres y algo más importante que la supervivencia cotidiana. El año no sólo constaba de siembra y cosecha, sino que tenía trescientos sesenta y cinco días y noches en los que siempre ocurría algo interesante.
Y, curiosamente, por extrañas que parecieran las cosas que les contaba, ellos tenían una confianza ciega en él y creían hasta la última palabra. Lo que madame Claire les daba de merienda aún les parecía más de cuento. Se lo comían mientras escuchaban, y pronto no sabían si les seducían más las palabras o la comida.
Nunca habían sido niños, nunca habían tenido un juguete ni conocían las variopintas golosinas de la ciudad. No sabían construir cometas ni remontarlas, ni hacer barquitos de papel y ponerlos a navegar, mientras que Farid dominaba todas esas técnicas con una habilidad mágica. En cambio, a los cuatro años, los chicos de la aldea ya sabían distinguir las malas hierbas de las espigas de trigo, y las arrancaban con sus manecitas. Sabían de qué animal era cada nido y cada agujero en el suelo. Y conocían un montón de escondites en las rocas.
Al principio ellos mismos llevaban su merienda, aunque sólo fuera por orgullo. Por el camino, durante sus paseos, siempre mataban un conejo o varias perdices. Luego las llevaban al olmo antiquísimo, asaban la carne y después preparaban en las brasas un fuerte té negro. Y al final escuchaban cautivados las mágicas historias de la ciudad.
Pero con el tiempo los chicos superaron su timidez y se dejaron en casa sus panes secos, su salado queso de oveja y sus arrugadas olivas negras. Sólo les apetecía cazar liebres y perdices porque así iban rápido a asarlas, a tomar el té y escuchar las historias de Farid. Y durante todos los meses de su ausencia se alegraban recordando el tiempo pasado con él bajo aquel olmo antiquísimo.
El estrecho camino serpenteaba por un seco paisaje de colinas en el que crecían unas pocas vides. Aquí y allá se alzaban viejos almendros, olmos y zarzales; por lo demás, no había más que piedras, cardos y más cardos. El camino se inclinaba hacia el oeste, en dirección a las montañas del Líbano. El pueblo de Mala estaba a no más de tres horas a pie de la frontera libanesa. Muchos campesinos ganaban más con el contrabando que con la agricultura.
Arriba, en la colina más alta, se alzaba el poderoso olmo, envuelto en leyendas. No lejos de allí se encontraba un pequeño manantial cuyas aguas eran famosas por su frescura. Aparte de ese frescor, junto al olmo esperaba una segunda recompensa: un panorama de ensueño se abría ante los ojos de los espectadores. La vista no sólo alcanzaba, sobre varias colinas suaves, hasta la plaza del pueblo de Mala, abajo en el valle, sino que algunos días se llegaba a ver incluso la estepa siria. Igual que un águila, desde la colina era posible observar hasta el menor movimiento en la llanura. Y mucho más desde que Claire había regalado a Farid un caro catalejo alemán, para que pudiera observar las aves y los animales en libertad.
Desde entonces los chicos se divertían espiando las posaderas desnudas de alguna campesina que se agachara en cualquier sitio para hacer sus necesidades. En una ocasión también sorprendieron a un campesino recién casado que interrumpió tres veces su trabajo en el campo para unirse a toda prisa con su mujer, para volver enseguida a la labor mientras ella permanecía tumbada bajo un nogal. En las tres ocasiones, la esposa se compuso el vestido y pareció quedarse dormida.
10. Fin de la infancia
Con el paso de los años, cuando Farid se preguntaba cuándo había terminado su infancia, le parecía que seguramente en la primavera de 1953. Entonces había aprendido que el amor en Arabia depende más de los datos que contiene el carnet de identidad que de los sentimientos que alberga el corazón. Y eso sólo lo saben los adultos.
En su caso, el motivo de ese conocimiento quedaba un poco más atrás. Dos meses antes del viaje pascual a Mala, había visitado a su compañero de colegio Kamal Sabuni, un rico pero simplón alumno musulmán. La familia de Kamal no sólo poseía extensas fincas, sino también grandes participaciones en la moderna industria textil de los alrededores de Damasco. Su padre era además el principal asesor económico del rey saudí, una actividad por entonces bastante extraña y completamente desconocida que le reportaba millones. Pero su familia no habría cambiado de ninguna manera Damasco por la ardiente arena del desierto, así que Kamal y sus hermanas se habían quedado con la madre en la capital siria, mientras el padre compartía su casa de Arabia Saudí con dos esclavas. El chico se burlaba a menudo de su padre, que le escribía grandilocuentes cartas sobre moral mientras él mismo era un fornicador. Su padre también hablaba siempre con nostalgia de Damasco, aunque sólo pisaba su hogar para las bodas y los funerales.
En casa de Kamal, Farid vio por primera vez a la muchacha Rana. Con anterioridad ya había visitado varias veces a esa familia musulmana acomodada. Un año antes, su compañero los había invitado a él y a otros chicos a escuchar los discos nuevos que acababa de recibir de París.
Farid había sentido mucha curiosidad por esa familia. Cuando llamó al timbre, le abrió la puerta una criada negra. Él preguntó por Kamal y quedó sorprendido por el respeto con que esa mujer, ya entrada en años, hablaba del «joven señor». Luego se fue por el pasillo sin hacer ruido. Poco después oyó gritar a su compañero:
—Pasa, ¿qué haces plantado en la puerta?
Como cristiano, Farid había aprendido que no podía entrar en una casa musulmana sin permiso del anfitrión, y que no podía dejar vagar la mirada por donde le dictara la curiosidad, sino que había que dirigirla siempre al interlocutor. Cuando pasaba por delante de puertas abiertas no debía mirar dentro, sino seguir con la mirada baja el camino que le indicaba el anfitrión. No pocas veces había que exclamar por el camino «¡Por Alá!» para dar a las mujeres que se hubiesen distraído una última oportunidad de ocultarse a las miradas del huésped.
La casa de los Sabuni, en la calle Bagdad, no estaba muy lejos de la de Farid. Aun así, se trataba de un mundo totalmente distinto, desconocido. Hasta los ocho años, no se había dado cuenta de que su barrio cristiano sólo era una parte diminuta de una gran ciudad musulmana. Antes únicamente se regía por la frase que su vecino Nassif solía exclamar cuando estaba borracho:
—El mundo no es ni América ni África, es este barrio nuestro, y si tiene diez habitantes, ocho son cristianos, uno judío y otro musulmán. Y entre los ocho cristianos encontrarás alguno decente con el que puedas cambiar dos palabras.
Los judíos vivían en un callejón cercano, así que Farid había supuesto que en alguna parte de la ciudad también habría un callejoncito para los musulmanes. Pero con el tiempo descubrió que no se podía confiar en Nassif, porque el arak había devorado el cerebro de ese hombre. Aun así, tuvieron que transcurrir años antes de que pisara por vez primera vez un hogar musulmán. Fue en una fiesta en casa del panadero Alí, colaborador de su padre durante largo tiempo.
Farid había sentido de pronto algo extraño. En aquella modesta vivienda reinaba un mundo totalmente distinto. La gente era más ruidosa, llevaban ropas más abigarradas y comían platos mucho más sabrosos que los que su madre cocinaba. También el té de los musulmanes sabía más fuerte y más dulce del que nunca había tomado en el barrio cristiano. Y si alguien hubiera sorbido el té con la mitad de ruido con que los musulmanes lo hacían en casa de Alí, Claire se habría desmayado de vergüenza.
Una curiosa sensación acometió a Farid. Experimentó temor, curiosidad, proximidad y extrañeza al mismo tiempo. Se sentía atraído, como si un pedazo de su alma perteneciera a ese entorno. En ninguna casa cristiana había visto semejante cercanía. En adelante, esa fascinación lo llevó a aceptar todas las invitaciones de sus compañeros musulmanes, con la esperanza de entender así el secreto de esa atracción.
Kamal Sabuni no era especialmente apreciado en el colegio. Pasaba por ser un tonto rico. Aunque sólo fuera por eso, su madre y sus hermanas estimaban al pálido Farid, de quien el chico había dicho que era el mejor de la clase. Siempre pedían que Farid volviera. De visita en visita, éste fue conociendo mejor las diferencias entre la vida de los cristianos y la de los musulmanes. Los Sabuni eran comerciantes de telas desde la Edad Media, y por tanto riquísimos. Vestían a la europea, y aun así parecían cien veces más árabes que sus padres. Era extraño lo próxima y a la vez lejana que le resultaba esa familia. Al contrario que en el caso de su amigo Josef, cuya casa había perdido con el tiempo toda emoción para él, Farid siempre llegaba a la puerta de Kamal como si fuera la primera visita. Aunque la criada lo conocía bien, siempre le preguntaba fríamente qué quería.
A diferencia de lo que ocurría en las demás casas musulmanas, todas las habitaciones estaban abiertas para él, hasta en las zonas más privadas, y en ningún otro hogar lo confundía tanto como allí el contraste entre las costumbres islámicas y las occidentales. La misma familia que se mostraba en público rigurosamente separada por sexos buscaba en la intimidad el contacto sensorial de los cuerpos. En una ocasión la cosa llegó tan lejos que la hermana mayor de Kamal, Dalal, se excitó de tal modo coqueteando con su marido durante la comida que tuvo que salir con él de la estancia. Al ver que tardaban en volver, Farid sospechó lo que ocurría. Para cerciorarse, pidió ir al baño. Por el camino oyó a la hermana gemir de placer. La cama crujía, y el corazón de Farid se aceleró. Se sentía culpable como un niño que ha robado algo que le han confiado. En el cuarto de baño se tranquilizó y por fin regresó con la esperanza de volver a oír algo, pero esta vez reinaba el silencio. La pareja se tomó su tiempo, pero nadie en la mesa los echó en falta. Cuando regresaron, ya iban por los postres. Aunque peinados y recién perfumados, parecían un tanto somnolientos.
Baker Sahed, un conocido pintor y presidente de la Academia de Arte de Damasco, había retratado durante meses a los miembros de la familia. Se sentaba ante su caballete en el salón, pintaba y pintaba, y jamás terminaba. Farid tenía la impresión de que el artista dilataba intencionadamente su trabajo para mantener la confianza con la familia y sus ricos amigos. De hecho, se decía que a través de los Sabuni había conseguido muchos encargos.
Kamal no soportaba a aquel pintor. Era un homosexual encubierto y lo tocaba constantemente, como sin querer, «justo en ese sitio», le contó a Farid. Los movimientos del pintor tenían un aire indefiniblemente femenino. Su voz era de eunuco y su mirada revelaba su afición por los jovencitos. Kamal no pudo evitar echarse a reír maliciosamente ante la pregunta, formulada de manera más que cuidadosa, de si al joven señor no le apetecería posar desnudo para él en su estudio, porque tenía previsto hacer una estatua sobre el tema de la juventud. Curiosamente, su madre no se opuso. De alguna manera, pensaba Farid, los musulmanes tienen una relación más sana y placentera con su cuerpo que los cristianos. El mero hecho de lavarse el cuerpo para purificar el alma testimonia un elevado respeto al cuerpo.
Después de aquella primera visita, en la que Kamal había puesto con orgullo sus discos más recientes, Farid fue a visitarlo casi todas las semanas. La familia le mostraba también, sin el menor disimulo, que aprobaba su trato con su hijo. Porque una cosa tenían más que clara: el muchacho no se tomaba en serio ni el colegio ni a sus maestros, cuyos sueldos eran más bajos que su paga semanal. En cambio, en la relación con Farid la madre de Kamal advertía que su hijo era ambicioso y que lo respetaba. El joven cristiano gozaba del afecto de la familia Sabuni. Pronto fueron las mujeres de la casa quienes no lo dejaban marcharse cuando Kamal se había olvidado de una cita y estaba en algún sitio de Damasco. Daba igual que fuera una de las tres hermanas, Dalal, Latifa y Dunia, o la madre: todas insistían en que pasara y tomara una limonada o un té antes de irse. Le hacían compañía. A veces era demasiado para Farid, porque se daba cuenta de que la familia era presa de un gran nerviosismo cuando recibían una visita masculina. Con él, en cambio, al cabo de un rato las hermanas empezaban a pasearse descuidadamente, no pocas veces cubiertas sólo con una fina bata o un vestido transparente. Siempre que eso ocurría, él se apresuraba a despedirse, más que nada para evitar la impresión de que era asexuado y no era preciso mostrar discreción ante él.
Un día de enero de 1953, Farid visitó a Kamal porque éste necesitaba su ayuda con una redacción. La criada negra, indiferente como siempre, lo condujo al salón. Esta vez era Dunia, la más joven de las hermanas, la que estaba sentada ante el pintor. Un grupo de cuatro o cinco personas hacía gestos y muecas para irritar a la muchacha, mientras el pintor pedía silencio desesperadamente. Era Kamal quien orquestaba todo aquel jolgorio. De pronto, Farid divisó a Rana. Según supo más tarde, era la primera vez que iba a visitar a su amiga Dunia.
Curiosamente, al principio la tomó por una musulmana. También ella pensó que era musulmán. Al contrario que los nombres puramente musulmanes, como Mohamed, Alí, Aisha y Fátima, o los cristianos típicamente europeos como George, Michael y Therese, los nombres Farid y Rana no revelaban nada sobre la pertenencia a una confesión. Farid significa «único», «valioso», mientras que Rana alude a «la belleza que atrae largamente la mirada».
Ella supuso que era un pariente de la familia Sabuni. La fascinaron especialmente su voz y sus manos, pero de repente se contuvo sobresaltada, dolorosamente consciente de que estaba resbalando hacia algo por lo que su tía Yasmín había pagado con su vida. También ésta se había enamorado de la voz y las manos de su Jalal. Cuando su amado habló, le había contado a Rana poco antes de su asesinato, a ella le temblaron las piernas, y cuando la tocó con sus finos dedos, estuvo perdida.
Rana trató de no fijarse en Farid. De todos modos, desde su llegada había estado ocupada en quitarse de encima a Kamal, que le lanzaba miraditas y se deshacía en alusiones. Decía con todo descaro que si una cristiana como ella lo amara, se convertiría al cristianismo y arrostraría por ella incluso la muerte. Y se reía con descaro, diciendo que al menos así sería un auténtico mártir del amor. A Rana no le gustaban esas bromas. No apreciaba a Kamal, pero no le dio ninguna respuesta cortante porque no quería poner en peligro la amistad con la hermana de éste. Porque, en secreto, Dunia estaba en contra de la occidentalización de su familia. Siguiendo rigurosamente la tradición islámica, quería casarse con un poderoso musulmán y mirarse en él. «Todo pasa, el amor, la virilidad y la belleza. Lo único que cuenta para mí es el profundo sentimiento de respeto hacia un gran hombre», le había dicho a Rana antes de cumplir catorce años. Era de esas personas que a los diez ya saben lo que quieren y en qué se van a convertir.
Al contrario de lo que le ocurría con Kamal, no le resultaba fácil pasar por alto a ese otro chico. Pronto la redacción estuvo lista y los dos regresaron al salón. Su risa precedía a Farid, una risa contagiosa que casi abría las ventanas. De pronto, toda la estancia respiró aire fresco. Incluso años después, Rana pensaba con frecuencia en ese momento, y en que desde entonces asociaba su amor por Farid con el abrirse de una ventana y el aire fresco. La envolvió en su risa, la enredó y la aturdió con su tornasolado lenguaje. Extrañamente, se sentía tranquila y al mismo tiempo inquieta cuando él estaba delante, y después de los dos primeros encuentros se sorprendió al descubrir que se le aceleraba el corazón cuando estaba de visita en casa de los Sabuni y sonaba el timbre. Y cuando Farid entraba por la puerta, la sangre se le subía a la cara y no sabía dónde mirar.
Ya fuera por azar o por la intervención de su amiga Dunia, en uno de esos encuentros Rana y él se sentaron juntos a la hora del té.
—¿De dónde eres? —preguntó cautelosamente Farid, porque el barrio quizá podía darle un indicio de su religión. Una frase de Kamal le había hecho dudar de que Rana fuera realmente musulmana.
—Vivimos en Salihije —respondió ella. Era una zona distinguida, en la que vivían tanto cristianos como musulmanes.
—¿Y tú? —preguntó ella.
—En Bab Tuma, cerca de la puerta —respondió Farid, sin ser del todo preciso. La Puerta de Bab Tuma quedaba a más de quinientos metros de su casa. Habría tenido que mencionar la Puerta Oriental, Bab Sharki, que no estaba ni a cien metros de la entrada de su calle. Pero Bab Sharki no revelaba nada. En su entorno convivían todas las comunidades religiosas. Bab Tuma en cambio era la esencia del barrio cristiano. La respuesta no careció de efecto. Rana se mostró interesada.
—Ah, entonces ¿vives entre los cristianos? —preguntó sonriente.
—¿Cómo que entre los cristianos? Soy cristiano —respondió él.
El corazón de Rana se aceleró. Se echó a reír.
—¿Qué tiene de divertido? —preguntó él, sorprendido.
—Nada. Me río porque suponía que eras musulmán. Yo también soy cristiana —respondió ella en voz baja, de forma que sólo él pudiera oírla. Se ruborizó.
—Me alegro, aunque la verdad es que a mí la religión me da igual —respondió Farid. Pero el alivio que mostraba desmentía su supuesta indiferencia.
—A mí también, pero al mundo no le da igual —señaló Rana, y al instante la tristeza le ensombreció el rostro.
Él la miró, y en ese instante estuvo perdido. Tuvo que respirar hondo para que el corazón no se le parase.
Buscó la mano de ella bajo la mesa y cuando la tocó, Rana se estremeció un instante, pero luego la apretó con fuerza en la suya. Y por un minuto la tierra se detuvo y el mundo se convirtió en un espacio de calma infinita. En ese momento sólo había dos personas en Damasco, cogidas de la mano. Un profundo silencio aleteó de forma casi audible sobre sus cabezas. Luego el mundo regresó, con el ruido, el té y la risa de su amiga.
—Nosotros también estamos aquí —les susurró Dunia en tono elocuente al acercarles el té.
Rana y Farid parecieron despertar de un sueño y se sobresaltaron al ver que el mundo seguía girando. Y antes de salir de casa de los Sabuni ya se habían citado en el parque de Sufaniya, cerca de Bab Tuma.
Él se había enterado de que el padre de Rana era abogado, y de que su apellido era Shahin. Se trataba de un apellido muy extendido por todos los países de Oriente, y al principio no le llamó la atención, pero luego, por la noche, lo asaltó la preocupación de que Rana pudiera ser hija de la estirpe de Mala, los archienemigos de su familia. Precisamente la hostilidad, que duraba ya cuarenta años, pasaba por una época de renovada virulencia. Desde enero se habían desatado todos los demonios. Y su padre celebraba triunfante cualquier amarga derrota de los Shahin.
Farid se pasó la noche dando vueltas en la cama. Por la mañana despertó temprano. Su madre se sorprendió al ver la gravedad de su rostro, y más aún al oír sus primeras palabras.
—¿Sabes qué Shahin están enemistados con nuestra familia? ¿Uno de ellos es abogado? —preguntó antes de tomar el primer sorbo de té.
Claire acarició la cabeza de su hijo.
—Cuando llevas tantos años viviendo con un Mushtak como yo, conoces a sus enemigos, los Shahin, desde sus tataranietos hasta sus tatarabuelos. ¿Por qué?
—Por nada. He conocido a una persona que se apellida Shahin —dijo, procurando disimular la verdad.
Ella sonrió ante su torpe intento de disfraz.
—Shahin los hay en todas partes, pero los Mushtak sólo odian a la estirpe de Mala. Déjame pensar —dijo Claire—; sí, creo que uno de ellos es abogado o juez. No lo sé con exactitud, pero podría averiguarlo enseguida. Una amiga mía lo conoce. ¿Quieres que investigue?
—No, no, déjalo —respondió Farid. Se lo preguntaría a la propia Rana.
Estuvo como ausente todo el día. Su profesor de Química fue el primero en darse cuenta.
—Nuestro aventajado químico ha volado hoy —dijo, después de plantear a la clase una pregunta y ver que Farid seguía con la mirada perdida y ni siquiera oía la observación. Sólo se sobresaltó al oír la carcajada de la clase.
—¿Qué? ¿Cómo? —balbuceó.
—Se trataba de la diferencia entre olefinas y parafinas —dijo el maestro en tono tranquilizador, sin rastro de ironía.
—Las parafinas son hidrocarburos saturados, y las olefinas no saturados.
—Exacto —asintió el profesor, y admiró a Farid, que incluso saliendo de un ensimismamiento era capaz de ofrecer la respuesta correcta, mientras el resto de la clase guardaba un concentrado silencio. «Algún día este chico llegará a ser químico», pensó, y sonrió satisfecho para sus adentros.
11. El obstáculo
Ese mediodía no pudo comer. Claire había puesto la mesa para él y luego se había ido corriendo a ayudar a su vecina, que en pocas horas debía preparar la casa para recibir cientos de visitas. Faris, su esposo, tenía cincuenta y nueve años y estaba sano como una manzana, cuando de pronto, un día mientras desayunaba, había inclinado bruscamente la cabeza sobre el pecho. «¡Faris! ¡Oh, Dios, Faris!», había gritado la mujer, todavía esperanzada. Pero el hombre se había llevado su grito al más allá.
Muchas mujeres de la vecindad acudieron en su ayuda. Algunas cocinaron, otras prepararon ingentes cantidades de café amargo. Claire colocó en el patio, junto con su amiga Madeleine, las sillas que habían traído y preparó el sofá y los sillones para el obispo y los sacerdotes. El fallecido había sido un hombre importante en la comunidad católica de Damasco, activo en casi todos los órganos eclesiásticos.
Farid se acicaló y, para terminar, se frotó en la cara un poco del perfume de su padre. Olía agradablemente a flores de azahar frescas. Cuando Claire regresó por la tarde, se encontró con que su hijo no había tocado la comida.
El parque de Sufaniya está justo al lado del barrio cristiano de Bab Tuma. Farid hizo el camino tomándose mucho tiempo, pero de todas formas no tardó ni diez minutos en llegar. Sudaba. Era marzo, pero hacía un calor casi veraniego. No se veía a Rana por ninguna parte.
Al cabo de un rato la joven llegó por el parque y lo vio sumido en sus pensamientos, sentado en un banco. Le pareció que estaba guapísimo con su camisa blanca, sus pantalones blancos y sus zapatos de cuero marrón claro. Su piel morena brillaba a la luz. Alto y enjuto, casi parecía italiano, y se le antojó bastante fuera de lugar entre las otras figuras, algo toscas, que poblaban el parque en ese cálido día.
De pronto Farid alzó la vista y la vio. Ambos se sonrieron. Por primera vez la besó, aunque sólo en la mejilla, pero sus labios rozaron fugazmente la boca de ella.
—¡Mira, la ha besado! —gritó un niño a su madre mientras jugaban a las cartas sobre una colcha de colores extendida en el suelo.
—Se nota que son hermanos. Te toca poner carta —le recordó ella.
Farid se quedó un poco decepcionado cuando, al contarle a Rana que había pasado la noche en vela, ella le respondió que había dormido mejor que nunca. Era evidente que no se había enterado de cómo se apellidaba él. Los damascenos no se interesan especialmente por los apellidos. Entonces él preguntó el nombre de su padre.
—Basil. ¿Por qué?
—Porque quiero saber qué Shahin sois —respondió él. Y se enfadó consigo mismo cuando le expresó su sospecha de que ella pudiera pertenecer al clan Shahin que procedía de Mala y estaba enemistado con su familia.
—¿Tú eres de allí? ¿Y perteneces al clan Mushtak? —preguntó Rana, asombrada.
Él asintió.
—Pensaba que eras medio europeo. Mis pies no me han llevado muy lejos de este montón de estiércol —dijo ella, decepcionada.
—¿Tú también eres de Mala? —inquirió Farid con voz apenas audible, porque ya conocía la respuesta.
Ella asintió en silencio. Su risa se había esfumado.
Le cogió la mano. La notó fría y temblorosa.
—No es su hermano —oyó decir al niño de la colcha a su madre.
—Reparte —gruñó ella—. ¿Qué nos importa eso? ¿Quieres jugar a las cartas o ser casamentero?
Rana miró a Farid. En sus ojos vio pena y nostalgia, y aunque tenía mucho miedo, en ese momento estuvo segura de que quería vivir con él. Pero un momento después recordó las palabras de su madre: «¡Al fin y al cabo un musulmán es un ser humano, pero los Mushtak son ratas! ¡Ratas! ¡Ratas! ¡Ratas!»
—¿Has oído hablar de la última desgracia que se ha abatido sobre mi familia? —preguntó.
Él asintió, comprendiendo que ella sabía que se acusaba a su familia de promover la detención del tío de Rana y la ruina económica que afectaba a toda la familia Shahin.
Rana no sabía gran cosa de la enemistad entre ambos clanes, sólo que sus padres repetían un nombre cada vez que querían simbolizar lo feo, lo malvado, lo despreciable y odioso: Mushtak.
—¿Por qué la vida tiene que ser tan complicada? —preguntó Rana.
—Porque atraigo la mala suerte —respondió él. Tenía lágrimas en los ojos; en ese momento se veía ante un enorme muro y se sentía incapaz de superarlo.
Cuando ella lo besó, Farid no supo qué hacer. Curiosamente, tenía los labios fríos. Se sintió menos arrebatado de lo que había imaginado, más bien se veía como un actor en la pantalla, y exactamente así trató de abrazar a Rana. Ella se echó a reír. Él la besó en la boca.
—Ningún hermano besa así a su hermana —señaló el niño. Su madre no le prestó atención y repartió otra mano.
12. Enamoramiento
En aquella primavera de 1953, Farid se negó tajantemente a ir a Mala para la Pascua. No se encontraba bien y quería descansar, afirmó. ¿No podía su padre hacer una excepción por esta vez?
Elías Mushtak no conocía las excepciones ni los compromisos. La familia tenía que ir íntegramente al pueblo y honrar ante todo el mundo la memoria de su padre. También había que celebrar la última derrota y oprobio de sus enemigos Shahin.
—Puedes disfrutar de la ciudad todo el año; esta semana todos pertenecemos a Mala —respondió con voz tranquila, pero irrevocable.
Cualquier otro argumento fue, como siempre, inútil. Lo que decía se hacía. También Claire protestaba raras veces.
Así que Farid obedeció y viajó a la montaña, malhumorado. Ese año se dio cuenta por vez primera de lo peligrosamente que subía las curvas su padre. En tres ocasiones estuvo a punto de chocar con un vehículo que venía en dirección contraria. Farid se vio cayendo al barranco. En todos los casos la culpa fue de su padre, pero Elías Mushtak maldijo a gritos al otro conductor.
Cuanto más subía el coche por la carretera, tanto más sombrío e ingrato encontraba el paisaje, y eso pareció reflejarse en su rostro. En cierto momento, su madre notó la tristeza con que Farid contemplaba el panorama, cosa muy rara en él. «Está enamorado —pensó—, infelizmente enamorado.» Y no se equivocaba.
13. Inhibición
Poco a poco, todos los Mushtak fueron llegando a Mala el Viernes Santo. Y la luz y la música volvieron a llenar las casas largamente abandonadas.
Como si hubieran estado todo el invierno esperando esa hora festiva, a la mañana siguiente los cinco chicos del pueblo acudieron con sus mejores galas al chalet de los Mushtak y, con prudencia y timidez, armaron ruido bajo el gran balcón. Farid los oyó y, como todos los años, los invitó a una limonada, que se tomaron con gusto, sobre todo por los cubitos de hielo del único frigorífico eléctrico que por aquel entonces había en el pueblo, y que naturalmente pertenecía a los Mushtak. Siguiendo al pie de la letra la costumbre de los últimos años, mientras bebían en el balcón decidieron hacer un picnic en la colina, al pie del gran olmo antiquísimo, el Domingo de Gloria después de la misa solemne, porque desde allí el pueblo parecía tan pequeño e insignificante como a los chicos les gustaba ver. Además, allí nadie podía pillarlos fumando. Con el catalejo tenían controlado a todo el que se moviera más abajo. En el fondo, en los días de Pascua no tenían nada que temer, porque a nadie le apetecía ir hasta el lejano olmo cuando la fiesta estaba en pleno apogeo.
Así que al día siguiente Farid subió después de la misa con sus cinco amigos a la colina del olmo. Claire había metido en la gran cesta tantas provisiones como si su hijo se propusiera emigrar a América con toda su clase. El contenido fue toda una alegría para los chicos de Mala, que no llevaban consigo más que su hambre de mil desconocidas exquisiteces.
Llegados al olmo, hicieron un pequeño fuego allí donde los pastores encendían su hoguera desde hacía décadas cuando descansaban en la colina. Farid no tenía hambre y regaló sus bocadillos a los otros. Tan sólo bebió el fuerte té con sabor a humo, y habló a sus amigos de las hermosas mujeres de la capital. Los hijos de los campesinos disfrutaban con sus emocionantes descripciones. No se cansaban de escuchar.
Estuvieron sentados así durante horas, alimentando el fuego con gruesas ramas y matojos, y calentándose aún más con los cuerpos de las mujeres que Farid entregaba a sus desbocadas fantasías.
De pronto, Matta, normalmente parco en palabras, anunció que era la última vez que los acompañaba. Titubeó un poco y hurgó con una rama en las brasas.
—Mi anciano señor es un primo lejano del nuevo abad de un convento en el norte. Me envían allí. Necesitan jóvenes y apenas tienen curas para tantos pueblos cristianos. Pero yo no quiero. —Y volvió a guardar silencio.
—Bueno, ¿qué importa? Aquello es mejor que este montón de estiércol. Aquí después del colegio sólo puedes alimentar cabras, recoger trigo y engendrar hijos. Aunque sólo sea por la vida tan limpia que llevan en el convento, ya merece la pena irse. He oído decir que cada uno tiene su propia cama —afirmó Simeón, el hijo del apicultor Isaac, tratando así de animar a su amigo.
—Eso es cierto, deberías estar contento —intervino Butros, el hijo del pastor Fadlu—. Si te vas al convento, al menos no tendrás que aguantar los pedos de tus hermanos.
Pero Matta hizo un gesto de rechazo.
—Que sí, que sí —prosiguió Butros—, deberías alegrarte, en serio. Te darán ropa limpia y comida abundante. Además, aprenderás mucho más que en este colegio piojoso. ¿Qué más quieres?
—Sí, y hoy en día los curas viven a cuerpo de rey —siguió consolándolo Simeón.
—¿Y qué va a hacer lo que tiene entre las piernas? Los cuervos no pueden casarse —comentó Hassan, el hijo del verdulero Tanius.
Matta esbozó una amarga sonrisa.
—Bueno, que la ponga en aceite de oliva para que se conserve fresca y en forma hasta que una de esas mujeres ardientes vaya a confesar que necesita otros tres hombres además del suyo para dormir por las noches —bromeó Butros, y se volvió hacia Matta—. Entonces te preguntará: «¿Qué he de hacer?», y tú responderás con devoción: «Hija mía, toma a tu esposo y a los otros tres de primer plato, y a mí de postre.»
Butros rió a carcajadas de lo que le parecía una grandiosa ocurrencia. También los otros chicos rieron, incluso Matta sonrió un poco. Tan sólo Farid guardó silencio.
—¿Cómo se llama el convento? —preguntó.
—San Sebastián.
Farid sabía que estaba a orillas del Mediterráneo.
—Es un buen convento —mintió por compasión. Pero el rostro de Matta se mantuvo inexpresivo. Parecía buscar con desesperación la salida de un invisible laberinto.
Cuando el sol se puso, se levantaron para emprender el camino de regreso a casa. En vez de coger agua de la fuente cercana para apagar el fuego, por pereza los cinco orinaron sobre las brasas. Tan sólo Farid se abstuvo de hacerlo.
Los chicos se burlaron de él y dijeron que no se atrevía a mear porque era supersticioso. En el pueblo se decía que al demonio le encantaba bañarse en los fuegos, y que si alguien se le meaba encima, lo dejaba impotente y a su mujer le metía en la vagina una brasa que ya nunca más podía sacarse, por lo que se veía obligada a ponerle los cuernos a su marido. El pastor Habib, que aparte de a su mujer y su criada se tiraba todas la semanas a sus cuarenta cabras, se había vuelto impotente porque una noche bebió demasiado té y le dio pereza alejarse del fuego unos pasos. Entonces el diablo había siseado de rabia y sacado su peluda mano de las ascuas para arañar la polla de Habib. El pobre hombre se estremeció al sentir en sus huesos un frío sobrecogedor, como si una tormenta de nieve lo hubiese arrebatado.
Al día siguiente, seguía la historia, se sintió enfermo y se fue a Damasco para que lo examinaran y curaran. En vano. Al cabo de una semana tenía el miembro todo arrugado y marrón oscuro. Parecía un higo seco. Diez días después, simplemente se le cayó. Ni siquiera le dolió. Por la mañana temprano lo vio a su lado, en la cama. Primero pensó que era una oliva negra, pero luego se preguntó cómo había ido a parar una aceituna a su cama. Lo único que le quedaba era un agujero sobre los testículos. Y desde entonces, decían, su mujer andaba zumbando como una abeja en busca de un hombre.
Más adelante, una tía lejana le refirió a Claire la verdadera historia del pastor. Farid, que se fingía dormido en el sofá, lo oyó todo: el astuto pastor había contado a su simplona esposa todo ese cuento de la micción en el fuego para que no se enterase de la verdad.
—¿Y cuál era? —preguntó Claire, divertida.
—En realidad, el pastor era insaciable y se iba todos los meses a un burdel de Damasco. Allí conoció a la célebre Nariman, famosa en toda la ciudad. Por algo la llamaban «la chupona».
»El pastor, que era un tacaño, un día se negó a pagar por sus servicios, alegando que no había disfrutado de la visita. Como castigo, Nariman le chupó el pene hasta dejárselo más seco que una pasa y luego lo devolvió a casa hecho un inútil —contó la tía entre risas—. Ahora es como si sólo llevara un trapo entre las piernas; es verdad que ya no da placer, pero al menos sirve para secarse las manos.
En cualquier caso, lo que ocurría en la colina al pie del olmo no se debía a la superstición. Farid estaba sufriendo su primera gran pena de amor, que no sólo le había quitado el apetito y dejado insomne, sino que aquel día también le había arrebatado la capacidad de orinar. Sin embargo, no podía ni quería hablar de sus penas a los muchachos campesinos. Los chicos, que tenían entre catorce y dieciséis años, se habrían reído de él y ofendido a Rana con sus vulgares comentarios. No, el amor no es compatible con las groserías. Y los chicos del pueblo eran más bastos que un rallador.
Sin embargo, había otra razón para guardar el secreto de su amor. Rana había insistido en que fuera discreto, porque si lo suyo llegaba a saberse, temía por su vida. Y Farid había visto claramente que su miedo no era exagerado. De hecho, el verano anterior la joven Aisha había pagado con su vida. Era la hija de un carnicero. Todo el pueblo hablaba de su relación con Bassam, el conductor de autobús, con cuya familia estaban enfrentados los padres de Aisha. Ambas familias eran musulmanas, una pequeña minoría en la cristiana Mala. La disputa, ocasionada por una voluminosa partida de cigarrillos de contrabando, se había cobrado en cinco años tres muertos y más de diez heridos en ambas partes. El motivo inicial, los cigarrillos, había pasado a un segundo plano. Ahora era la sangre derramada lo que separaba a las dos familias.
Los padres, parientes y amigos de Aisha le dijeron que debía dejar a Bassam, pero ella sólo lo amaba a él. Finalmente escribieron a su hermano, que se ganaba la vida trabajando en Arabia Saudí. El joven acudió a toda prisa y de inmediato propuso a su hermana que se casara con Hassan, un antiguo condiscípulo suyo que por entonces trabajaba en la gendarmería. Por supuesto, Aisha no quiso saber nada de esos planes, y se encontró en secreto con Bassam para contarle las amenazas de su hermano. Esperaba convencer a su amado para que huyera con ella al extranjero hasta que los ánimos se calmaran, sin sospechar que su hermano estaba en la barbería de la plaza, observándola. Bassam salió del pueblo con su amada. Era después de comer, tenía una hora libre hasta el siguiente trayecto a Damasco. Nadie supo adónde fue la pareja de enamorados. Una hora después regresaron con el autobús.
Farid estaba tomando el té en el balcón cuando Aisha se bajó en la plaza del pueblo. El hermano salió de la barbería, en dirección a la parada, y gritó:
—¡Tú, traidora, te dejas deshonrar por un enemigo de nuestra familia!
Disparó tres veces. Farid soltó la taza. El conductor de autobús advirtió el peligro, acelero y salvó la vida. Aisha lanzó un grito aterrorizado:
—¡Madre mía, ayúdame!
Y murió en medio de la plaza.
14. La penitencia
El fuego quedó extinguido a mediodía. La gente volvió a casa, sucia y agotada. Muchos maldecían, sin mencionar nombres, a los «chicos», refiriéndose a Farid y sus amigos.
Durante dos horas, su padre no le dirigió la palabra. Se dio una ducha, se vistió y se fue al café de la plaza. Allí, los hombres estuvieron discutiendo hasta el atardecer. La mayoría de los campesinos estaban soliviantados más por el susto que por las pérdidas materiales. Algunos simplemente se reían de los Mushtak, cuyo retoño había arruinado su propia fiesta de Pascua; para otros todo aquello no merecía tanto revuelo. Pero la familia Shahin estaba que no cabía en sí de gozo.
Elías Mushtak, tenso y malhumorado, volvió del café para la cena. Dijo algo a Claire y ella sospechó que ya había tomado una decisión.
—Después de las vacaciones de verano irás al convento de San Sebastián —rugió a su hijo—. Y da las gracias de que no te mate aquí mismo. Eres el primer Mushtak que quema un árbol sagrado. Has arrastrado por el barro el nombre de los Mushtak, y debes pagar por ello. Y cuando seas cura y estés rezando, espero que te acuerdes de que le debes algo al pueblo.
—Pero yo no quiero ir al convento —protestó Farid, mirando firmemente a su padre a los ojos. Entonces recibió un bofetón, cayó de espaldas y se golpeó la cabeza en el suelo.
—¡Basta! —se horrorizó Claire, rompiendo a llorar, y corrió hasta su hijo y lo ayudó a levantarse.
—Pero si no he hecho nada —dijo a su padre con lágrimas en los ojos. Entonces lo alcanzó el segundo golpe. Farid se tambaleó.
—Si yo digo que vas al convento, tú vas sin rechistar, ¿entendido?
—Está bien —imploró Claire—, irá, pero no lo mates.
Farid quiso gritar que no pensaba alejarse de Damasco y de Rana, pero el miedo a su padre lo dejó sin palabras.
Su madre empujó dulcemente a Elías al dormitorio y le habló largo rato. Pero Farid sólo oía repetir a su padre que el convento le haría bien. Claire volvió a llorar. Por un instante la furia se apoderó de él, y por vez primera pensó que tenía que matar a su padre.
15. La sospecha
Al día siguiente, desde el balcón vio a sus compañeros delante de la casa, jugando en la plaza del pueblo. Se vistió con rapidez. Pero cuando quiso unirse a ellos, se quedaron rígidos y evitaron su mirada. Finalmente se fueron sin despedirse. Sólo Matta se quedó, y le sonrió.
—¿Qué les pasa a ésos?
—Tienen miedo.
—¿Miedo? ¿Por qué?
—Porque son unos cobardes. No quieren que los vean contigo y que los consideren unos incendiarios —respondió Matta.
—¿Y tú?
—A mí me importa una mierda este pueblo. Eres mi hermano —repuso el chico en voz baja, sin darle mayor importancia.
—Quiero ir donde el incendio. ¿Me acompañas? —preguntó Farid.
—Claro —respondió casi alegremente Matta.
Al cabo de dos horas estaban en la colina. Allí los esperaba una gran sorpresa. Desde hacía mucho tiempo, el olmo tenía dos mitades distintas. Una era joven y vigorosa; la otra, vieja y reseca. Farid y Matta vieron que sólo la mitad seca del árbol se había quemado. La otra seguía intacta, apenas un poco renegrida, nada más. Lo sorprendente era que la parte sana del árbol era precisamente la que estaba del lado del fuego.
—Qué curioso, ¿no? La chispa tiene que haber trazado un semicírculo en torno a esta mitad para prender la otra. Es casi un milagro —señaló Matta, y se quedó mirando fijamente.
—Es muy curioso —confirmó Farid. Sus pensamientos volvían a estar con Rana. «¿Dónde estás?, te necesito», susurró en lo más hondo de su interior.
A esa hora ella, normalmente agobiada por sus pensamientos, estaba hablando con su mejor amiga, Dunia Sabuni. Le contó la enemistad que separaba a las dos familias, y al final se decepcionó al ver la indiferencia de su amiga.
—Esto está muy bien para las películas, pero en la vida real las cosas son distintas. La familia es lo primero, vuestra relación no tiene futuro. Y por desgracia, todo eso no es tan bonito como aparece en los libros sobre Majnún y Leila o Romeo y Julieta. Olvida a ese chico y búscate un hombre hecho y derecho, al que tus padres aprueben; estarás tranquila y nadie te impedirá recrearte en el recuerdo de esta historia de amor —dijo, y soltó una risita—. Pero sólo con el pensamiento —añadió con rapidez—. Todo lo demás pertenece a tu esposo, ¿entiendes? —Y volvió a reír, con aire significativo esta vez.
En ese momento a Rana le pareció oír la voz de Farid y exclamó casi con indignación:
—¡Pero él me necesita! No puedo salir corriendo sin más y dejarlo en la estacada.
—¿Qué poeta te ha dicho eso? Dime su nombre y ya veremos si es verdad que se ha quedado lealmente con su mujer después de soltar esa tontería. No, cariño; lo que pasa es que eres una soñadora, y a mí me corresponde la fea tarea de despertarte.
Farid oyó una voz interior que decía: «Estoy contigo.»
—¿Dónde está toda esa vergüenza de la que hablaba Hassan? —dijo Matta, devolviéndolo a la realidad en la colina del olmo—. De todos modos, esta mitad seca os pertenecía a vosotros, los Mushtak. La otra mitad, la verde, pertenece a la iglesia de San Jorge. Pero da igual, lo importante es que ni la gente ni los campos han sufrido daños.
Ante esas sencillas palabras, de repente a Farid también le resultó incomprensible que su padre hubiera hablado de expiación. «¿Por un montón de madera podrida?», se indignó.
Cuando en Mala se supo que la mitad del árbol que pertenecía a San Jorge había quedado a salvo del fuego, muchos opinaron que el pueblo había recibido una especie de señal del cielo. Estaba escrito que precisamente un descendiente del viejo Georg Mushtak tenía que quemar esa mitad del árbol.
Una semana después del incendio, el padre de Farid volvió a hablar normalmente con su hijo. Durante la comida, le dijo con toda amabilidad:
—Por favor, pásame la jarra del agua.
Claire había insistido en que Elías tenía que reconciliarse con Farid, y luego ella apoyaría la idea de enviar al chico al convento, pero sólo para que recibiera la mejor formación posible. Había aceptado después de saber que el convento de San Sebastián estaba dirigido por jesuitas. En cualquier caso, una cosa tenía clara: su hijo no sería cura.
Farid, animado por el cambio de actitud de su padre, le habló de sus observaciones en el lugar del incendio.
—Eso no significa nada. El viento era fuerte, pudo llevar una chispa hasta unos matojos y de allí partió el fuego, que abarcó todo el árbol. Es difícil que las ramas verdes prendan; en cambio, las podridas arden enseguida —respondió Elías, casi sereno.
—Saliha, la lechera, cree que hay alguien de los Shahin detrás del incendio. Los Shahin, dice, querían arruinar nuestra fiesta de Pascua —intervino Claire.
Elías hizo un gesto de desdén.
—Los Shahin no tienen la culpa de todo lo malo que ocurr
