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Caballos lentos (Serie Caballos lentos 1)

Mick Herron

Fragmento

9788417384265-1

Contenido

Portada

Lema

1

Primera parte

2

3

4

5

6

7

8

9

Segunda parte

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

Créditos

9788417384265-2

i.m.

DA, SC, AJ & RL

una fuente que mi vela perdida adora como las luciérnagas

JOHN BERRYMAN

9788417384265-3

1

Así fue como River Cartwright se salió de la pista rápida y se integró entre los caballos lentos.

Ocho y veinte de la mañana del martes en la estación de King’s Cross, abarrotada de lo que el Director de Operaciones llamaba «otra gente».

—Pacíficos civiles, River. Una dedicación perfectamente honrosa en tiempos de paz. —Pero faltaba el epílogo—: No estamos en tiempos de paz desde septiembre del catorce.

El D. O. lo pronunciaba de tal manera que en la mente de River el año aparecía con números romanos: MCMXIV.

Se detuvo y fingió mirar la hora en el reloj; una maniobra idéntica a cuando se mira la hora de verdad. Los viajeros lo esquivaban como el agua esquiva las rocas y chasqueaban la lengua y exhalaban aire bruscamente para hacer patente su irritación. En la salida más cercana —un espacio brillante por el que se derramaba la débil luz diurna de enero— había dos Conseguidores vestidos de negro, plantados como estatuas, cargados de armas pesadas en las que los pacíficos civiles ni siquiera reparaban porque para ellos sí había pasado mucho tiempo desde 1914.

Los Conseguidores —así llamados porque su tarea consistía en conseguir que las cosas funcionaran— se mantenían apartados, cumpliendo sus instrucciones.

El objetivo estaba veinte metros más adelante.

—Corbata blanca con camisa azul —repitió River, en un susurro.

Detalles añadidos al esbozo mínimo que le había adelantado Spider: joven, varón, aspecto de Oriente Próximo; camisa azul remangada; vaqueros negros, nuevos y rígidos. ¿Alguien se compraría unos pantalones nuevos para una excursión como ésa? Guardó ese dato en un rincón: una pregunta para más adelante.

La mochila colgada del hombro derecho transmitía, por la manera de inclinarse, la sensación de que llevaba peso. El cable del auricular enroscado en torno a su oreja, igual que el de River, bien podría ser de un iPod.

—Confirma visual.

River se llevó la mano izquierda a la oreja y habló en voz muy baja por lo que parecía un botón del puño de la camisa:

—Confirmada.

Una manada de turistas abarrotó el vestíbulo y, a juzgar por la distribución de sus maletas, parecía que se disponían a formar un corro. River los esquivó sin apartar la mirada de su objetivo, que se encaminaba a los andenes contiguos, de los que partían los trenes en dirección a Cambridge y al este.

Trenes con menos pasajeros, por lo general, que los de alta velocidad que viajaban al norte.

Lo asaltó por sorpresa una sucesión de imágenes: metales retorcidos, desparramados a lo largo de kilómetros de raíles destrozados; matorrales iluminados por las llamas, junto a las vías, con trozos de carne colgando de las ramas.

«Lo que debes tener siempre en cuenta —en palabras del D. O.— es que a veces sí ocurre lo peor que podría ocurrir.» La noción de qué era «lo peor» había ido creciendo de modo exponencial a lo largo de los últimos años.

Junto a uno de los tornos había dos policías del cuerpo de ferrocarriles que se fijaron en River, sin prestar atención a su objetivo. No vengáis hacia mí, advirtió en silencio. Ni se os ocurra acercaros. Las grandes iniciativas fracasaban por los pequeños detalles. Lo último que deseaba era un alboroto; cualquier cosa que asustara a su objetivo.

Los policías reanudaron su conversación.

River se detuvo y se recompuso mentalmente.

River Cartwright era un joven de estatura media; tenía el pelo rubio y la piel clara, con unos ojos grises que a menudo parecían mirar hacia dentro, una nariz más bien afilada y un lunar pequeño encima del labio superior. Cuando se concentraba, fruncía el ceño de tal modo que algunos lo confundían con una muestra de perplejidad. Ese día llevaba vaqueros y una chaqueta oscura. Sin embargo, si alguien le hubiera preguntado esa mañana por su aspecto, él habría mencionado el cabello. Últimamente le había tomado gusto a una barbería turca en la que apuraban el rapado con tijera y luego aplicaban una llama a los pelillos de las orejas. Todo ello sin previo aviso. River había salido de la silla del barbero restregado y chamuscado como un felpudo. Incluso en aquel momento, la corriente de aire le provocaba todavía un hormigueo en el cuero cabelludo.

Sin apartar la mirada del objetivo, que ya se hallaba a cuarenta metros —en concreto, sin apartar la mirada de su mochila—, River habló de nuevo por el botón:

—Seguidlo. Pero dejadle espacio.

Si lo peor que podía ocurrir era una explosión en un tren, lo siguiente era en un andén. La historia reciente demostraba que los usuarios del metro son especialmente vulnerables cuando se dirigen al trabajo. No porque sean más débiles en ese momento. Sino porque son muchos, atestados en espacios cerrados.

No miró a su alrededor; confiaba en que los Conseguidores de negro estarían detrás de él, no demasiado lejos.

A la izquierda de River había puestos de sándwiches y cafeterías; un pub, una caseta que vendía pasteles. A su derecha esperaba un tren largo. Los viajeros, repartidos a intervalos por el andén, se afanaban por meter las maletas en los vagones, mientras las palomas pasaban ruidosamente de una viga a otra. Un altavoz daba instrucciones y, por detrás de River, la muchedumbre del vestíbulo se iba extendiendo a medida que se iban desperdigando sus componentes.

En las estaciones siempre se producía aquella sensación de movimiento contenido. Una muchedumbre era una explosión a punto de producirse. Las personas eran fragmentos. Lo que pasaba era que aún no lo sabían.

Su objetivo desapareció detrás de un grupo de pasajeros.

River se desvió hacia la izquierda y el objetivo apareció de nuevo.

Al pasar por delante de una de las cafeterías, una pareja allí sentada le despertó un recuerdo. El día anterior, a la misma hora, River había estado en Islington. Para su evaluación de ascenso tenía que elaborar un informe sobre alguna figura pública. Le habían adjudicado el jefe de Cultura de la oposición, que poco antes había tenido dos infartos menores y estaba en un hospital privado de Hertfordshire. Como por lo visto no había ningún proceso designado para escoger un sustituto, River había elegido por su cuenta y se había pasado dos días enteros siguiendo a Lady Di sin que nadie lo detectara: oficina / gimnasio / oficina / bar (unos vinos) / oficina / casa / bar (café) / oficina / gimnasio... El logotipo de aquel negocio le evocó ese recuerdo. Mentalmente el D. O. ladró una reprimenda:

—Céntrate. Curro. Mismo sitio, ¿buena idea?

Buena idea.

El objetivo se desplazó hacia la izquierda.

—Se va con Harry Potter —murmuró River.

Pasó por debajo del puente y luego torció también a la izquierda.

Tras atisbar brevemente el cielo en lo alto —húmedo y gris, como un trapo de cocina—, River entró en el pequeño vestíbulo que albergaba los andenes 9, 10 y 11. En el muro exterior asomaba medio carrito de las maletas: el Hogwarts Express tenía su parada en el andén nueve y tres cuartos. River se adentró por el pasillo. El objetivo se dirigía ya al andén 10.

Todo se aceleró.

No había demasiada gente alrededor: aún faltaban más de quince minutos para que partiera el siguiente tren. Había un hombre leyendo el periódico en un banco, y poco más. River aceleró el paso y empezó a acercarse. Percibió a su espalda un cambio cualitativo en el sonido ambiental —de la cháchara general a un murmullo particular— y entendió que la presencia de los Conseguidores empezaba a provocar comentarios.

En cambio, el objetivo ni lo miró. El objetivo siguió desplazándose como si tuviera la intención de montar en el último vagón: con su corbata blanca, su camisa azul, su mochila y todo.

River habló una vez más por el botón. Pronunció las palabras «a por él» y echó a correr.

—¡Todo el mundo al suelo!

El hombre del banco se puso en pie y una figura de negro lo tumbó.

—¡Al suelo!

Desde el techo del tren saltaron otros dos hombres para interponerse en el camino del objetivo. Éste, al volverse, vio que River se dirigía a él con el brazo estirado y le indicaba, agitando la palma de la mano, que se dejara caer al suelo.

Los Conseguidores daban órdenes a gritos:

—¡La mochila!

—¡Suelta la mochila!

—Deja la mochila en el suelo —dijo River—. Y ponte de rodillas.

—Pero si yo...

—¡Que sueltes la mochila!

El objetivo soltó la mochila. Una mano la recogió. Otras le agarraron las piernas: el objetivo quedó tumbado con las piernas abiertas, aplastado contra las baldosas, mientras le pasaban la mochila a River. Éste la posó con cautela en el banco, vacío ya, y abrió la cremallera.

En lo alto, un mensaje automático se enredaba entre las vigas: «Inspector Samms, por favor, preséntese en la sala de operaciones.»

Libros, un cuaderno DinA4, un plumier metálico.

«Inspector Samms...»

Una fiambrera con un sándwich de queso y una manzana.

«... por favor, preséntese...»

River alzó la mirada. Le temblaba un labio. Con cierta calma, alcanzó a decir:

«... en la sala de operaciones...»

—Registradlo.

—¡No me hagan daño!

La voz del chico sonaba apagada: tenía la cara pegada al suelo y unas cuantas armas apuntándolo a la cabeza.

Objetivo, se recordó River. Nada de «chico». Objetivo.

«Inspector Samms...»

—¡Registradlo!

Dio la espalda a la mochila. El plumier contenía tres bolígrafos y un clip.

«... por favor, preséntese...»

—Está limpio.

River soltó el plumier en el banco y volcó la mochila. Libros, cuaderno, un lápiz suelto, un paquetito de pañuelos de papel.

«... en la sala de operaciones.»

Quedó todo esparcido por el suelo. River sacudió la mochila. Nada en los bolsillos laterales.

—Volved a registrarlo.

—Está limpio.

«Inspector Samms...»

—¿Puede alguien apagar eso de una maldita vez?

Se dio cuenta de que su voz transmitía el pánico que sentía y cerró la boca.

—Está limpio, señor.

«... por favor, preséntese...»

River sacudió la mochila una vez más como si fuera una rata y luego la soltó.

«... en la sala de operaciones.»

Uno de los Conseguidores empezó a hablar en voz queda, pero con tono urgente, por un micrófono que llevaba en el cuello.

River se dio cuenta de que una mujer lo miraba desde el otro lado de una ventanilla del tren. No le prestó atención y echó a trotar por el andén.

—¿Señor?

Había un cierto sarcasmo en la llamada.

«Inspector Samms, por favor, preséntese en la sala de operaciones.»

Camisa azul, corbata blanca, pensó River.

¿Camisa blanca, corbata azul?

Empezó a correr más deprisa. Un policía dio un paso hacia él cuando llegaba al torno, pero River lo esquivó, gritó alguna instrucción incoherente y corrió a toda velocidad, de vuelta al vestíbulo principal.

«Inspector Samms...» La grabación, un mensaje codificado para advertir al personal que se estaba produciendo una alerta de seguridad, se apagó. La sustituyó una voz: «Debido a un incidente relativo a la seguridad, esta estación será evacuada. Por favor, diríjanse a la salida más cercana.»

Como mucho, tenía tres minutos antes de que llegaran los Perros.

Los pies de River, dotados de dirección propia, lo empujaron hacia el vestíbulo mientras dispuso de espacio para moverse. Sin embargo, de pronto empezó a salir gente de los vagones, porque acababan de anunciarles el fin repentino de unos trayectos que ni siquiera se habían iniciado, y todos estaban apenas a un latido del pánico: el pánico colectivo nunca se alojaba en lo más profundo, lejos de la superficie, al menos en estaciones y aeropuertos. La flema de las masas británicas, tan a menudo mencionada y tan a menudo inexistente.

Le estalló en el oído la crepitación de los auriculares.

El altavoz dijo: «Por favor, avancen con calma hacia la salida más cercana. Esta estación permanecerá cerrada.»

—¿River?

River gritó por el botón:

—¡¿Spider?! ¡Idiota, te has equivocado de colores!

—¿Qué coño está pasando? Están saliendo multitudes de todos los...

—Corbata blanca con camisa azul. Eso es lo que has dicho.

—No, he dicho corbata azul con...

—Vete a la mierda, Spider. —River se quitó el auricular de un tirón.

Llegó a las escaleras que aspiran a la gente hacia los subterráneos. En ese momento se derramaban al revés, hacia fuera. Había un sentimiento generalizado de irritación, pero también se insinuaban otros en un susurro: miedo, pánico reprimido. La mayoría de nosotros sostiene que ciertas cosas sólo les ocurren a los demás. La mayoría de nosotros sostiene que una de esas cosas es la muerte. Las palabras del altavoz estaban desmontando esa creencia a pedacitos.

«Por favor, avancen con calma hacia la salida más cercana. Esta estación permanecerá cerrada.»

El metro era el latido del corazón de la ciudad, pensó River. No era un andén hacia el este. Era el metro.

Se abrió paso a empujones entre la muchedumbre que salía, haciendo

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