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Un monstruo dela cocina
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Para mi madre, monstrua de la cocina, capaz de inventar las recetas más deliciosas hasta con los ingredientes más repugnantes.



7oco es un gran cocinero.Coco es solo un niño.O lo era, en el mundo n-Mo.¿Que no conoces el mundo No-Mo? Te equivocas. Lo conoces muy bien. Es tu mundo. Y era el mundo de Coco. El mundo donde los niños viven de día y duermen de noche, donde las telarañas gratinadas no se consideran una delicia, donde para cruzar una puerta antes hay que abrirla, donde te cortas y te sale sangre (y a nadie se le hace la boca agua al verla), donde todo responde a una lógica, capítul cer patater (sin tatas)
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8donde la gente va con la cabeza pegada al cuello y solo se pone verde cuando está a punto de vomitar…Coco tampoco sabía que nuestro mundo se llamaba así, que lo llamaban así: No-Mo.¿Quiénes? LoMosruo.Para los monstruos, todos los que no vivimos en su loco mundo de monstruos somos No-Mos, o sea No-Monstruos.Coco, en el mundo No-Mo, era un niño que se sentía feliz cocinando. Pero en el mundo de los monstruos… Bueno, será mejor que te lo cuente desde el principio.

9 odo empezó cuando vinieron de la tele. Fueron a buscar a Coco a su mundo, a tu mundo, al mundo No-Mo. Coco estaba deseando que se lo llevaran. Aunque solo fuera por librarse de sus terroríficos padres duran-te un tiempo.De hecho, ya estaba esperando en la puerta. Con la maleta hecha. La había preparado él mismo, por cierto. Se había esmerado en dar buena imagen.¡Hasta se había duchado! (Ejem, no siempre podía decirse lo mismo). —¿Lo tienes todo? —preguntó Graciana, la mujer de la tele. Coco pensó en si había cogido su oso de peluche.
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doDe DesCUBres CÓm EMpjZÓ tD

10Sí, lo había cogido.Su padre pensó en otra cosa:—¿El cepillo de dientes? No es que el padre de Coco estuviera muy preocu-pado por la salud dental de su hijo, pero si algo le daba terror eran... las facturas del dentista.—Es que este niño solo nos da gastos —explicó la madre—. ¡Gastos y disgustos!¡Muchos!¡Con lo que cuesta el dentista!—Bueno —respondió Graciana quitándole importan-cia—. La caries es bella.

11Los padres de Coco se miraron. Creían que Gracia-na estaba de broma.Pero no lo estaba.Ni siquiera en ese momento se dieron cuenta de que pasaba algo extraño. Todos estaban demasiado nerviosos. No era para menos.Coco había sido eleGiD para el CocuroDeCoCIA d la tele.¡Su sueño hecho realidad! Y el sueño de sus padres de hacerse megamillonarios sin trabajar más cerca de cumplirse.Los del programa habían recibido la carta de Coco con el enlace al vídeo donde salía cocinando ¡y lo ha-bían elegido! Y ahora habían ido a buscarlo para lle-várselo a la televisión.—Lo vamos a echar mucho de menos —dijo la ma-dre—. Bueno, sobre todo la comida que prepara. ¡A ver quién demonios cocina ahora en casa!—Eso si aguanta tantos días fuera de casa —comen-tó el padre—. Es la primera vez que se va. Bueno, ha pasado algún fin de semana en casa de su abuela. Y siempre con el oso ese.A Coco no le habría importado pasar más fines de semana con su abuela. De hecho, no le habría impor-tado pasar toda la vida con su abuela. Pero sus padres

12no lo permitían por-que tenía que coci-nar para ellos. To-dos y cada uno los días. Desayuno, co-mida, merienda y cena. Más que un hijo, Coco se sentía una especie de coci-nero a tiempo completo. —Coco estará en buenas manos —aseguró Gracia-na. Vestía de negro de pies a cabeza y era blanca como la nieve—. Seguro que lo pasará MosruomenBIj con el resto de los concursantes. ¡Y lo que va a aprender! —Sí, sí. A ver qué recetas nos trae a la vuelta —dijo la madre—. Además del premio, claro.—Eso. ¡vulVscnEL pRmioonvulVs! —sentenció su padre.Graciana levantó una ceja.—Les recuerdo que, a partir de ahora, para evitar que se filtre información, la única forma de comuni-carse con su hijo será por carta. —Ya, ya… —repuso el padre, y miró a Coco como quien mira a un gato cojo—. Eso, si llegan sus cartas, porque Coco… A ver, cocinar, el chico cocina d mi-do…

13—Es un monstruo de la cocina... —añadió la madre. Graciana sonrió. Tenía un diente roto, tres muelas picadas y un colmillo negro. Mucho no se gastaba en dentista.—Pero escribir… Es que tiene una letra… ¡No se entiende nada!—¡Sí! Seguro que, si nos escribe, la carta ni llega —dijo la madre—. El cartero sería incapaz de descifrar nuestro nombre y dirección. —No se preocupen —comentó Graciana—. Nuestros carteros tienen diez ojos. ¡Son supereficientes!Los padres de Coco volvieron a reírse. Graciana no.No entendía qué gracia podía tener que un carte-ro tuviera diez ojos. En el Monstruoso Mundo, eso era de LomÁsoRmal.Era Mosruomen lóGic.


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La myoríg de ls montrus vieh en su MonstruE do, también consids m M. Sin embargo, hy snstruo que viLn j Ll mundo N-M. AparentLmLj so nsrmale. Ocutn su montrsas cggteríias pgg no levatr sspjcha. De vLz jn cuado, lss msntruo qe habitgn e Ll mundo N-M vuelLn al M. Sobre tsds, jn vacgioes. Por es, pquj hay monstrus e ambos und, existLh ocur y secrLto angles dj comuniaó entrj uh mhdo y str.
15 oco había soñado con que vinieran a buscarlo en una limusina con chófer, y casi acierta. Chófer había: una señora enorme con la cabeza algo cuadrada y la piel un poco verde. Coco pensó que esta-ría mareada.Y el coche parecía una limusina… de hace cien años. Sonaba como una cazuela. Chup-chup, chof-chof.Pero lo peor no era el ruido. Lo peor era el olor. Colgando del retrovisor, había un cartón con forma de cascada Vrd. A Coco le recordaba al ambien-tador que colgaba del retrovisor del coche de su abuela. Solo que el de su abuela tenía forma de pino. Y olía a pino. Lógico. Mientras que este olía a... «¿vó-mito?», pensó Coco.
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16La conductora no lo veía —ni lo lÍa— igual.—¡Menudo pestazo a jabón trae el jovenzuelo! —co-mentó, y miró un segundo hacia atrás.Graciana, la mujer de la tele, también miraba todo el rato a Coco por el retrovisor. Estaba muy seria.Coco se encogió en su asiento.El viaje estaba siendo larguísimo. Ya habían recorri-do tropecientos kilómetros.Aquello no tenía ninguna lógica. Según los cálculos de Coco, tendrían que haber llegado ya a la tele.—¿Queda mucho? —preguntó tímidamente Coco.Graciana se echó a reír.—¡JA, JA, JA, JA, JA! ¿Que si queda mucho?, dice. ¿Has oído, Mary? —le dijo a la chófer.Mary empezó a dar golpes al volante de la risa. Se reía tanto y tenía tanta fuerza que, a cada golpe, el coche pegaba un bote.Entraron en una zona de curvas. Luego salieron por un camino de tierra y se internaron en un bosque. De pronto, pareció que se hacía de noche.Volantazo va, volantazo viene, Coco se mareó.—Vaya, ya parece que tienes mejor color —comentó Graciana.Coco se miró en el reflejo del cristal. En realidad, tenía muy Mla cara. Estaba amarillo.

17Estaba… Estaba… A punto de vomitar. Si abría la boca para pedir una bolsa, el vómito sal-dría antes que la palabra «bolsa», así que Coco bajó la ventanilla y vomitó hacia fuera.—¡Perdón! —se disculpó.—¡Ay, Coco! —dijo Graciana sin darle importancia. Era como si en vez de vomitar, hubiera estornudado—. La próxima vez, vomita dentro, hombre. Lo bien que nos habría venido para quitar este tufo a limpio…De repente, Mary pegó un frenazo en medio del bos-que. A Coco le faltó un pelo de gato para vomitar otra vez. En medio del camino, apareció una barrera.

18Coco se echó hacia delante para ver mejor. La ba-rrera no era la típica valla de madera o metal. Era una rIjtj.Y entonces, del interior de un tronco, como si fue-ra lo más normal del mundo, salió un UARDiGi-nsCo.
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Hay vgris fontea quL sjpgrgn el mundo N-M (No Mnstru) del M (Monstruss do). Sueljn Lstar escondia Lh lss boque y sls sL activn gl pgso de un auténico monstru. La princl msóh de jta fronegs es impjdr la entgg dL No-Ms en Ll MonstruE do.
19 l guardia gigante se asomó al coche.—¡Ah, las del programa de la tele! ¡Ya estáis de vuel-ta! —exclamó al ver a Mary y Graciana.Se acordaba de ellas. O tenía muy buena memoria o por esa frontera no pasaba mucha gente.Luego metió su enorme cabezón hacia la parte de atrás y miró a Coco fijamente.—Parece un IÑ —dijo—. ¿Seguro que puede cru-zar la frontera? Graciana le enseñó unos papeles.—Mira. Está todo en orden. Es unmntRUDeL ccina. Lo han elegido.
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Cpítul isArA en elQu sepasaDelmundoo-Mo L mntRUs MUD (J cuIdo)e

20—Tiene mala cara —dijo el guardia.—¡Mala cara! —exclamó Graciana—. ¡Tendrías que haberlo visto antes! Vamos a tener que gastar kilos de maquillaje para que tenga un aspecto decente.El guardia lo miró un poco más de cerca y torció el gesto.Graciana se adelantó a comentar:—¿Tú ves que tenga carisma? ¿Gracia? ¿Acaso es mono? ¿Le ves pinta de saber freír un huevo de dragón? No, ¿verdad? Pero ya lo ves. Lo han elegido. Mira los papeles —insistió.

21El guardia sacó la cabeza del coche, revisó los pape-les, volvió a mirar a Coco, meneó la cabeza… y devolvió los papeles.Luego dio tres golpecitos a la serpiente. De golpe (bueno, de tres golpes), la serpiente se desvaneció.—¡Suerte! —dijo el guardia cuando volvieron a arrancar el coche.Coco iba a necesitarla.Toneladas de suerte.Cuando arrancaron el coche, Graciana tiró los pa-peles hacia atrás, sobre uno de los asientos que queda-ban libres, de momento.—No te preocupes, Coco. Algo bueno tendrás. Si no, no te habrían elegido —aseguró—. Además, a partir de ahora ya no vas a sentirte tan solo. Ahora mismo vamos a recoger a otro compañero de MosjRcHF.
