La primera guerra de Hitler

Thomas Weber

Fragmento

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AGRADECIMIENTOS

Este libro nació un día del año 2004 en la sala de profesores del Pembroke College, Oxford, cuando Adrian Gregory me sugirió que escribiera sobre el regimiento de Hitler en la I Guerra Mundial. La idea me entusiasmó de inmediato. Mientras Adrian paseaba arriba y abajo por la sala, tomándose un café solo aparentemente interminable, fue cobrando forma este proyecto, a medida que esbozábamos su investigación y planteamiento. Por tanto, tengo la mayor deuda de gratitud con Adrian Gregory.

En el largo camino entre su concepción y su terminación conté con la ayuda y la inspiración de un gran número de personas extraordinariamente generosas, divertidas e inteligentes, sin las cuales no habría podido alcanzar el final del camino.

He de destacar especialmente la colaboración de varios ayudantes de investigación extraordinarios: sin el buen humor, la constancia y el trabajo detectivesco de Kolja Kröger, nunca habría hallado la mitad de las fuentes en que se basa este libro; Kacey Bayles y Alec Ofsevit prestaron su ayuda en la laboriosa y casi imposible tarea de comprobar cientos de nombres en los registros de afiliados del Partido Nazi; Kristen Pagán me ayudó a interpretar los archivos de justicia militar del Regimiento List y mucho más. Daniel Rittenauer contribuyó a la monumental tarea de compilar una base de datos de los soldados de la 1.ª Compañía del regimiento de Hitler y Dominik Witkowski se abrió camino con inagotable energía entre incontables documentos de la desnazificación y muchos otros. También me gustaría dar las gracias a Kristen Pagán, Yael Sternhell, Helen Kincey, Sarah Davidson, Hannah Starritt y a mi esposa, Sarah, por ayudarme a traducir al inglés las citas de documentos alemanes y franceses.

Jackson Armstrong, Alexander Watson y mi esposa, que leyeron el manuscrito del libro, me hicieron observaciones muy útiles. Otras personas que leyeron y comentaron partes del libro o de mi investigación preliminar y la presentación del proyecto son Anne Allmeling, Hendrik Kafsack, Kolja Kröger, mi padre, Conan Fischer, sir Ian Kershaw, William Mulligan y James Wilson. También agradezco los informes de los lectores expertos anónimos de Oxford University Press. Asimismo, debo dar las gracias especialmente a Niall Ferguson —con quien tengo la mayor deuda como historiador—, por su constancia y aliento como mentor durante más de una década.

Las siguientes personas hallarán representadas en estas páginas muchas de las ideas, o al menos sus ecos, de las que me han hecho partícipe en los últimos años: Richard Abels, Alan Allport, Simon Ball, Annette Becker, Chris Boot, Michael Brenner, Frank Bialystok, Sandra Bialystok, Joseph Blasi, Philip Bullock, Caroline Bynum, David Cannadine, Justine Childers, Tom Childers, Nicola di Cosmo, Martin Eisner, Annette y Carsten Fischer, Moritz Föllmer, Detlef Garz, Philipp Gassert, Robert Gerwarth, Martin Geyer, Michael Geyer, Geoffrey Giles, Udi Greenberg, Thomas Gruber, Dagmar Herzog, Gerhard Hirschfeld, Peter Holquist, Harold James, Heather Jones, Yosef Kaplan, Peter Klein, Barbara Kowalzig, Thomas Kühne, Alan Kramer, Ferdinand Kramer, Daniel Krebs, Christiane Kuller, Irving Lavin, Jörg Lau, Elizabeth Macknight, Charles Maier, Avishai Margalit, Peter Meyers, Amos Morris-Reich, Philip Nord, Phil O’Brien, Muireann Ó Cinnéide, Cormac Ó Gráda, Peter Paret, Robert Jan Van Pelt, Steven Pfaff, Hartmut Pogge von Strandmann, Sönke Neitzel, Helke Rausch, Chris Reed, Sven Reichardt, Andreas Rose, Ben Shepherd, Hilary Silver, Mishka Sinha, Thomas Sonders, Heinrich von Staden, Nick Stargardt, Jonathan Steinberg, David Stevenson, Fritz Stern, Yael Sternhell, Christof Strauss, Kristen Stromberg Childers, Frank Trommler, Bernard Wasserstein, William Whyte y Daniel Ziblatt. Sin estas personas, el libro sería mucho más limitado. No hace falta decir que yo soy el único responsable de sus deficiencias.

Los asistentes a seminarios de investigación y conferencias en la Universidad de Pensilvania, el Institute for Advance Study de Princeton, el Center for European Studies de Harvard, el Departamento de Historia de la Universidad de Princeton, la Universidad Hebrea, la Universidad de Aberdeen, la Universidad de Strathclyde, la Universidad de Tubinga y la Universidad de Waterloo también fueron extremadamente generosos, incisivos y mucho más pacientes de lo que yo merecía en sus respuestas a las ideas que les expuse sobre el regimiento de Hitler.

En el transcurso de la investigación y la escritura de este libro, tuve la fortuna de que, en diversos momentos, me ofrecieran un hogar intelectual la Universidad de Chicago, la Universidad de Pensilvania, el Institute for Advanced Study de Princeton, la Universidad de Harvard y la Universidad de Aberdeen. Me gustaría dar las gracias a mis colegas de Chicago y Pensilvania por facilitarme un entorno perfecto para contrastar mi investigación sobre el regimiento de Hitler a medida que avanzaba. Además de intelectualmente estimulante, fue una lección de modestia estar rodeado durante un año de algunas de las mentes más brillantes del mundo, disfrutando también de la tranquila belleza y la excelente cocina del Institute for Advanced Study. El Center for European Studies y los tesoros de las bibliotecas de Harvard me proporcionaron el lugar idóneo para escribir la mayor parte del manuscrito. Asimismo, me gustaría dar las gracias a Diana Eck y a Dorothy Austin por invitarme como profesor visitante a la Lowell House en Harvard. Han creado una modélica comunidad académica intergeneracional que sabe trabajar y celebrar a partes iguales. Desde que llegué a Aberdeen, su Departamento de Historia ha sido un lugar maravillosamente grato y dinámico.

Por su hospitalidad en mis viajes de investigación a Múnich tengo una inmensa deuda de gratitud con Anke y Rainer Fischer, Dorotea y Johannes Friedrich, Constanze y Steffen Metzger, Eva y Florian Weig, Andreas y Anne-Katrin Rose, y Magdalena y Boris Schmid-Noerr. Además, he contado con la ayuda del personal de los siguientes archivos y bibliotecas: el Bayerisches Hauptstaatsarchiv (y, en particular, el Kriegsarchiv), el Staatsarchiv, el Stadtarchiv München, el Institut für Zeitgeschichte, el Archiv des Erzbistums München und Freising, el Provinzarchiv der Bayerischen Kapuziner y el Archiv der Ludwig-Maximiliams-Universität en Múnich; el Landeskirchliches Archiv der Evangelischen Landeskirche von Bayern en Núremberg; el Evangelisches Pfarramt Feldkirchen; el Stadtarchiv Augsburg; el Bundesarchiv Militärarchiv en Friburgo; el Stadtarchiv Braunschweig; los Archives Départementales du Nord en Lille; los National Archives of the United States of America en College Park (MD); el Leo Baeck Institute en la ciudad de Nueva York; Yad Vashem en Jerusalén; el Royal Norfolk Regimental Museum en Norwich; la Bayerische Staatsbibliothek, la Stadtbücherei München; la biblioteca del Historicum de la Universidad de Múnich; las bibliotecas de las universidades de Bochum y Essen; la Locke Library, la Robarts Library y la Toronto Reference Library en Toronto; la Regenstein Library de la Universidad de Chicago; la Van Pelt Library en Penn; la Firestone Library en la Universidad de Princeton; la History and Social Sciences Library del Institut for Advanced Study; la Widener Library de Harvard; la Devon County Council Library en Exeter; la Aberdeen’s Queen Mother Library; la University Library de la Universidad de Edimburgo, la National Library of Scotland; y la Bodleian Library en Oxford.

Asimismo doy las gracias al St Louis Post and Dispatch y al Münchner Merkur por publicar mis peticiones de fuentes primarias sobre el Regimiento List. Johann Benkner, Martin Cambensy, Maria Anna Ekert, James Fleischmann, Beverly Karen y Rohn Grant, Linda Hagen, Ekkehard Müller, Ursula Paszkowski, Ernst Richter, Johann Schlehuber, Andrés Strauss, Manfred von Tubeuf, Wolo von Tubeuf, Marvin Verman y Katharina Weiß y su familia me proporcionaron generosamente material o información sobre miembros del Regimiento List.

Dejo constancia de mi agradecimiento por las ayudas económicas que he recibido para este libro de la American Philosophical Society, la Gerda Henkel Stiftung, el Herodotus Fund del Institute for Advanced Study, la Mellon Foundation, el Minda de Gunzburg Center for European Studies de Harvard, así como de la School of Divinity, History and Philosophy y del College of Arts and Social Sciences de la Universidad de Aberdeen.

Doy las gracias a mi extraordinaria y alentadora agente, Clare Alexander, por su ayuda para que el libro fuera publicado en Oxford University Press, a Luciana O’Flaherty y a Matthew Cotton, por ser unos editores tan pacientes, incisivos y afables, a Mary Worthington, por su profesionalidad en las tareas de edición del libro, a Shaun Doody, Karl Schabas y a mi suegro, Jerry Cooper, por arrojar una nueva mirada sobre las pruebas, y a Claire Thompson, Emma Barber, Mary Payne y Hayley Buckley por su atención en el proceso de producción.

Este libro debe mucho a mi querida esposa, Sarah Yael Cooper Weber, que incontables veces leyó y mejoró los borradores en sus diversas encarnaciones, me acompañó en viajes de investigación por dos continentes y soportó mis ocasionales periodos de ensimismamiento; sin su apoyo y su amor, este libro no habría sido posible. Dedico el libro a mis abuelos, cuyas vidas se vieron influidas por el soldado Hitler de tantísimas maneras. Son, y fueron, los mejores abuelos que uno puede desear.

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LISTA DE ILUSTRACIONES

1. Adolf Hitler asiste a una concentración patriótica en la Odeonsplatz, en el centro de Múnich, al día siguiente de estallar la I Guerra Mundial, 2 de agosto de 1914 (Bayerische Staatsbibliothek, Fotoarchiv Hoffmann, Múnich).

2. El rey Ludwig III de Baviera pasa revista al Regimiento List en el cuartel de los Turcos en Múnich, 8 de octubre de 1914 (Stadtarchiv München, Photoarchiv, Postkartensammlung).

3. Acuarela de Hitler que representa las ruinas del monasterio de Messines en el saliente de Yprés, diciembre de 1914 (Max Amann, Ein Leben für Führer und Volk, Berlín: Großdeutscher Verlag, 1914).

4. Adolf Hitler en Fournes, mayo de 1915 (Fridolin Solleder, ed., Vier Jahre Westfront: Geschichte des Regiments List R.I.R. 16, Múnich: M. Schick, 1932, 168; fotografía de Korbinian Rutz).

5. Adolf Hitler (primera fila, el primero desde la izquierda) y los demás correos en Fournes, septiembre de 1915 (tarjeta postal, propiedad privada, Thomas Weber).

6. Hitler con la «Kapelle Krach», sin fecha (Balthasar Brandmayer, Meldegänger Hitler 1914-1918, 2.ª ed., Múnich, 1933, 65).

7. Hitler con los demás correos del puesto de mando del regimiento en Fournes, 1915 (propiedad privada, Katharina Weiß).

8. Adolf Hitler, Max Amann y Ernst Schmidt vuelven a visitar el jardín en Fournes en el que se fotografiaron en 1915 (Heinrich Hoffmann, Mit Hitler im Westen, Múnich, 1940, 11).

9. Jakob Jackl Weiß, antes de partir hacia el frente, 10 de octubre de 1914 (propiedad privada, Katharina Weiß).

10. La zona de combate próxima al pueblo de Biache-Saint-Vaast, al este de Arras, mayo de 1917 (propiedad privada, Maria Anna Ekert).

11. Max Amann y Alois Schnelldorfer, en el puesto de mando del RIR 16, 1915 (propiedad privada, Maria Anna Ekert).

12. Una trinchera en la cresta de Vimy, finales de 1916 o principios de 1917 (Adolf Meyer, Mit Adolf Hitler im Bayerischen Reserve-Infanterie-Regiment 16 List, Neustadt/Aisch, 1934, 27).

13. Albert Weisgerber y sus hombres de la 1.ª Compañía poco antes de su muerte en la batalla de Fromelles, 9 de mayo de 1915 (Bayerisches Hauptstaatsarchiv, Kriegsarchiv, München).

14. Justin Fleischmann y sus hermanos Ernst y Martin, 1918 (propiedad privada, James Fleischmann).

15. Justin Fleischmann y sus hermanos en Estados Unidos, ca. 1967 (propiedad privada, James Fleischmann).

16. Soldados indios abatidos por el Regimiento List en la batalla de Fromelles, 9 de mayo de 1915 (Balthasar Brandmayer, Meldegänger Hitler 1914-1918, 2.ª ed., Múnich, 1933, 16).

17. Soldados del RIR 16 cogiendo prisionero a un piloto británico, marzo de 1916 (propiedad privada, Maria Anna Ekert).

18. Un soldado del RIR 16 juega a las cartas con sus anfitrionas en Somain (Nord-Pas-de-Calais), primavera de 1917 (Fridolin Solleder, ed., Vier Jahre Westfront: Geschichte des Regiments List R.I.R. 16, Múnich, M. Schick, 1932, 266).

19. El padre Norbert Stumpf, el capellán católico de la 6.ª División Bávara de Reserva, a la que Hitler pertenecía, visitando las trincheras, 1915 (Josef Peter, Unsere Bayern im Felde: Erzählungen aus dem Weltkriege, Múnich, Verlag Glaube und Kunst Parcus, 1915).

20. Vidriera en recuerdo del Regimiento List en el Ayuntamiento de Múnich (Fridolin Solleder, ed., Vier Jahre Westfront: Geschichte des Regiments List R.I.R. 16, Múnich, M. Schick, 1932, 2).

21. Jakob Weiß saluda a Hitler, mediados de la década de 1930 (propiedad privada, Katharina Weiß).

22. Fotografía firmada de Hitler entregada a Jakob Weiß (propiedad privada, Katharina Weiß).

23. Artículo propagandístico sobre Jakob Weiß y Adolf Hitler publicado en el Süddeutsche Sonntagszeitung, 2 de abril de 1933 (propiedad privada, Katharina Weiß).

24. Servicio religioso celebrado en el cuartel de los Turcos durante la reunión del Regimiento List con motivo del vigésimo aniversario del comienzo de la I Guerra Mundial, Múnich, octubre de 1934 (Stadtarchiv München, Photoarchiv, Sammlung Valérien).

25. Jakob Weiß e Ignaz Westenkirchner en el acto conmemorativo del Regimiento List, octubre de 1934 (propiedad privada, Katharina Weiß).

26. Fritz Wiedemann, el antiguo ayudante del RIR 16, cuando era cónsul general alemán, 1939 (National Archives of the United States, College Park, MD, RG 65, Box 98; la imagen se ha tomado del número de mayo de 1939 de The Coast).

27. Hugo Gutmann, el judío de más alto rango en el Regimiento List, durante la I Guerra Mundial (propiedad privada, Beverly Grant).

28. Adolf Hitler (el cuarto desde la derecha) y los demás correos, 1916 (propiedad privada, Beverly Grant).

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ABREVIATURAS

ADN

Archives Départementales du Nord, Lille.

AEM

Archiv des Erzbistums München und Freising.

BBC

British Broadcasting Corporation.

BEF

British Expeditionary Force (Fuerza Expedicionaria Británica).

BHStA/I

Bayerisches Hauptstaatsarchiv, Abteilung I.

BHStA/IV

Bayerisches Hauptstaatsarchiv, Abteilung IV—Kriegsarchiv.

BMF

Bundesarchiv Militärarchiv Freiburg.

BVP

Bayerische Volkspartei (Partido del Pueblo Bávaro).

CIA

Central Intelligence Agency.

DDP

Deutsche Demokratische Partei (Partido Democrático Alemán).

DVP

Deutsche Volkspartei (Partido del Pueblo Alemán).

EPF

Evangelisches Pfarramt Feldkirchen.

FBI

Federal Bureau of Investigation.

IFZ

Institut für Zeitgeschichte.

LAELKB

Landeskirchliches Archiv der Evangelischen Landeskirche von Bayern.

LMU

Archiv der Ludwig-Maximilians-Universität, München.

MK

Mein Kampf.

NARA

National Archives of the United States of America.

NSDAP

Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei (Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes).

OSS

Office of Strategic Services.

PBK

Provinzarchiv der Bayersichen Kapuziner.

PBS

Public Broadcasting Service.

RD 6

6. Bayerische Reservedivision (6.ª División Bávara de Reserva).

RIB 12

Reserve Infanterie Brigade Nr. 12 (12.ª Brigada de Infantería de Reserva).

RIR 16

Reserve Infanterie Regiment Nr. 16 (16.º Regimiento de Infantería de Reserva).

SA

Sturmabteilung (División de Asalto).

SAM

Staatsarchiv München.

SB

Stadtarchiv Braunschweig.

SM

Stadtarchiv München.

SP

Schnelldorferpapiere, propiedad privada, Inning, Baviera.

SPD

Sozialdemokratische Partei Deutschlands (Partido Socialdemócrata Alemán).

SS

Schutzstaffel (Escuadrón de Defensa).

YVD

Yad Vashem Database.

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PRELUDIO

Le encontré en la página 168. Llevaba un buen rato hojeando el libro y me sorprendió cuánto tardé en encontrar un rastro, cualquier rastro, suyo. Por fin, ahí estaba, en una foto en el centro de la página 168 de la historia oficial del Regimiento List publicada en 1932 (véase la ilustración 4): aparecía caminando, con su largo abrigo gris, el casco puntiagudo en la cabeza y un fusil colgando del hombro derecho. Caminaba por el centro de una calle adoquinada, aparentemente sin prestar mucha atención a las pequeñas casas de ladrillo ni a los soldados que se veían al fondo. Iba tan deprisa que el viento abría y levantaba su abrigo. Sin embargo, no parecía dirigirse a ningún sitio en particular.

Si no hubiera sido por el pie de foto, no le habría reconocido. La imagen era de tan mala calidad que lo único reconocible de su cara era el bigote. Si no hubiera sido él, me habría parecido risible —un rostro en el que no se distinguen la boca, los ojos o la nariz, sino sólo un bigote. Pero el pie de foto me indicó quién era: «El voluntario Adolf Hitler, correo del regimiento, mayo de 1915. Fot[ógrafo] Korbinian Rutz»[1]. Más tarde encontré otras dos breves referencias a Hitler en la historia del regimiento que, es importante recordarlo, se publicó sólo seis meses antes de que llegara al poder. La segunda referencia, a la que volveremos después, era una breve mención del supuesto papel de Hitler para salvar la vida a uno de los comandantes del regimiento. La primera no era más que una escueta mención en la introducción del libro, que había pasado por alto la primera vez que lo hojeé: «El cuadro del Regimiento List no estaría completo sin una mención al hecho histórico de que el voluntario Adolf Hitler, que más tarde sería fundador y líder de uno de los partidos políticos más fuertes de Alemania, sirvió en sus filas en el Frente Occidental durante cuatro años»[2].

Esto era verdaderamente extraño. Desde que un historiador austriaco demostró a mediados de los años noventa que la vieja tesis (que Hitler se había politizado y radicalizado en la Viena de la preguerra) raya en la ficción[3], los historiadores han apuntado a la I Guerra Mundial y la experiencia de Hitler en el Regimiento List como la principal causa de que se convirtiera en uno de los dictadores más infames que el mundo ha visto. Por ejemplo, como sostiene una reciente biografía doble de Hitler y Stalin: «La guerra creó a Hitler lo mismo que la revolución creó a Stalin»[4]. En otro lugar leemos que, para Hitler, «el episodio formativo de su vida fue el servicio en la Gran Guerra»[5]. Por otra parte, una de las dos grandes biografías clásicas de Hitler sostiene que fue la guerra, no la revolución, lo que explica su radicalización política[6]. La otra afirma que «la guerra, y su impacto sobre las vidas de millones de alemanes, estuvieron entre las condiciones esenciales del ascenso de Hitler y del Partido Nazi»[7]. Además, el libro más influyente sobre el liderazgo militar publicado en el último tercio del siglo XX nos dice hasta qué punto resultó decisivo que Hitler sirviera en el Regimiento List, pues el haber sido «destinado a la 16.ª Reserva Bávara ha de verse como un ingrediente clave de la vida de Hitler»[8]. El primer libro dedicado específicamente a los años de Hitler en el Regimiento List, publicado en 2005, sostenía que el regimiento había sido su «universidad»[9]—afirmación que, en parte, se basaba en la propia declaración de Hitler de que la guerra había sido su universidad[10] y «la mayor de todas [sus] experiencias»—[11]. La pregunta obvia que se desprende de esto es: si prestar servicio en aquel regimiento concreto es lo que le «creó», ¿por qué sólo aparece en una fotografía borrosa como un bigote en un rostro vacío y en una referencia escueta en una historia del regimiento de casi quinientas páginas?

El libro de 2005 sobre Hitler y el Regimiento List no responde de forma convincente a esta pregunta. Presenta una imagen de Hitler que, socializado en el clima supuestamente antisemita, pangermano, völkisch, darwinista social, de su regimiento de voluntarios, se transforma de un indolente pintor fracasado en un activista político. Según el libro, las experiencias de 1916 y 1917 le convirtieron en un antisemita patológico. En el regimiento experimenta solidaridad y establece vínculos. Se nos dice que muchos hombres del regimiento ascendieron con Hitler hasta la cúspide del Tercer Reich, de manera señalada Rudolf Hess, su lugarteniente, algo que también había afirmado la influyente biografía de Hitler de Alan Bullock. En suma, la guerra y el regimiento habrían «creado» a Hitler[12]. Si esto fuera cierto, cabría esperar que Hitler hubiera sido un personaje central en la historia del regimiento publicada en 1932, no una patética figura secundaria en una fotografía que raya en el desprecio.

Incluso en la que seguramente es la mejor de las biografías de Hitler, la de Ian Kershaw, son más los nuevos interrogantes sobre sus años en la guerra que las respuestas a la pregunta de qué papel desempeñaron la guerra y el regimiento en la creación de Hitler (lo que, por supuesto, no constituye una debilidad del libro sino todo lo contrario). Si bien sostiene que «la guerra […] le dio por primera vez en su vida una causa y […] más que eso, un sentido de pertenencia» y que el Regimiento List «se convirtió en un hogar para él»[13], Kershaw es muy cauteloso en su tratamiento de cómo vivió Hitler la I Guerra Mundial. Aunque describe aquella experiencia como probablemente la más formativa de su vida[14], no aclara la cuestión de si fue la propia guerra o la posguerra lo que creó a Hitler, sino que trata los dos periodos como una entidad y declara en términos un tanto vagos: «La Guerra y sus secuelas crearon a Hitler»[15]. Esto deja abierta la cuestión de cuál fue el impacto de la guerra y de si el futuro político de Hitler y de los alemanes en general aún seguía sin decidirse a finales de 1918.

En cuanto al papel del regimiento de Hitler en su transformadora experiencia bélica, Kershaw únicamente menciona que «sus compañeros más inmediatos, principalmente el grupo de correos, le respetaban y, al parecer, incluso le apreciaban bastante»[16]. Quien compruebe las fuentes a disposición de los historiadores sobre Hitler en aquellos años, se dará cuenta inmediatamente de que la renuencia de Kershaw a separar la guerra de sus ulteriores experiencias revolucionarias y a examinar el papel que el Regimiento List desempeñó en su vida obedece a muy buenas razones. Si exceptuamos unas cuantas cartas, tarjetas postales y fotografías (en su mayor parte de la primera mitad de la guerra y sin contenido político), la cartilla militar de Hitler y un reducido número de documentos similares, los historiadores sólo cuentan con relatos de la posguerra. Entre éstos, los principales son el semificticio Mein Kampf[17], del propio Hitler, y las memorias hagiográficas de personas estrechamente relacionadas con él[18].

El problema evidente de estos relatos, escritos mucho después de los acontecimientos, es que nos dicen mucho más sobre el intento de Hitler y sus compañeros de reconfigurar sus experiencias en la guerra con fines políticos (y comerciales). Las obras que no aceptan las limitaciones de esos relatos reproducen, en el mejor de los casos, prácticamente todos los clichés y estereotipos sobre Hitler y la I Guerra Mundial, como el libro publicado en 2005 sobre Hitler y el Regimiento List. Su autor no consultó ningún archivo en lengua alemana y por tanto ni siquiera se dio cuenta, por ejemplo, de que Rudolf Hess nunca estuvo en el regimiento de Hitler[19].

Los libros que reconocen el valor limitado de las memorias de Hitler y sus compañeros tampoco son capaces de arrojar mucha luz sobre el papel de la I Guerra Mundial y el Regimiento List en la formación de Hitler. Aunque ya hace tiempo que se ha demostrado hasta qué punto estaba equivocada la revista Commentary cuando afirmó que Hitler no encontraría muchos biógrafos[20], los años que pasó como correo en la I Guerra Mundial permanecían en la oscuridad debido a la falta de material contemporáneo. Esto significa que prácticamente no sabemos nada con seguridad sobre el periodo que la mayoría de los historiadores consideran ahora los años formativos de Hitler.

Simplemente, unas cuantas cartas, tarjetas postales, fotografías y documentos personales no pueden decirnos si la I Guerra Mundial «creó» a Hitler. Y si, en efecto, así fue, no pueden decirnos si las influencias fueron del regimiento en conjunto, de los hombres de su círculo más inmediato o exteriores al regimiento. Tampoco pueden indicarnos hasta qué punto era Hitler típico de su regimiento. De la misma forma, no diferencian entre la influencia de la guerra y la del periodo revolucionario de la posguerra. Así, si nos basamos en documentos contemporáneos sobre Hitler y tratamos de soslayar todo lo posible los posteriores relatos míticos y casi míticos, la imagen que nos queda es parecida a la foto de Hitler en la historia del regimiento publicada en 1932: la figura borrosa de un hombre sin rostro.

La única forma de navegar a través de la práctica ausencia de documentos contemporáneos sobre Hitler durante la guerra a fin de enfocar esa imagen es considerar el regimiento en su conjunto. Si podemos contar la historia de la experiencia bélica del Regimiento List, será posible ver cómo encaja Hitler en ella. Si la información concreta que tenemos sobre Hitler sólo nos permite recuperar un retrato desenfocado, pero conseguimos una imagen más nítida del regimiento en su conjunto (en otras palabras, del cuadro general del que Hitler formaba parte), seremos capaces de reconstruir una imagen precisa y nítida de Hitler en aquel tiempo. La gran cantidad de información que este enfoque puede aportar seguramente también nos permitirá comprobar con más rigor qué partes de los relatos de la posguerra proporcionan información fiable. En otras palabras, este enfoque nos proporciona herramientas para incluir los recuerdos de la posguerra (cuya fiabilidad no podíamos determinar hasta el momento) en nuestro intento de reconstruir una imagen nítida y precisa de Hitler. En definitiva, el regimiento de Hitler nos permitirá determinar qué papel desempeñó su experiencia en la I Guerra Mundial en su «creación».

Unas semanas después de encontrar la foto de Hitler en la historia del regimiento de 1932, me hallaba en un avión con destino a Múnich, la ciudad en la que se fundó el Regimiento List, la ciudad que los nazis consideraban su capital espiritual, que hoy es uno de los lugares más agradables, prósperos y liberales del mundo, y sede del Archivo de Guerra Bávaro y, por tanto, de los documentos del regimiento. La primera vez que fui al Archivo de Guerra iba preocupado: el hecho de que nadie hubiera escrito sobre el regimiento de Hitler utilizando fuentes contemporáneas de la guerra ¿significaba que no existían o no habían sobrevivido documentos útiles? Mientras hojeaba las guías de búsqueda de documentos del regimiento, comprendí por qué nadie los había utilizado realmente. Había pocos listados y sus títulos sonaban imponentes. No obstante, cuando el archivero me puso delante las guías de búsqueda de la brigada y la división a las que pertenecía el Regimiento List, sentí una gran alegría. Allí había un verdadero tesoro de documentos sobre el regimiento de Hitler. Al ir desatando cada uno de los frágiles cordones que sujetaban los voluminosos y polvorientos montones de documentos, tras permanecer ignorados casi nueve largas décadas, la imagen del regimiento de Hitler empezó a hacerse más nítida. Con todo, la gran decepción fue que allí no había documentos de justicia militar ni cartas de soldados. La decepción sólo duró hasta mi siguiente visita a Múnich, cuando, un día, el archivero mayor del Archivo de Guerra me dijo que sí habían sobrevivido dichos documentos y que entre ellos había numerosas cartas confiscadas y testimonios de soldados y oficiales. Simplemente, todavía estaban sin clasificar y catalogar y, por supuesto, me permitían utilizarlos si podía abrirme paso a través de aquella montaña de documentos desordenados.

Desde el momento en que bajé del avión en Múnich en mi primer viaje de investigación a la capital bávara, cada hallazgo había conducido al siguiente. A medida que ampliaba mis horizontes, aparecían nuevos datos sobre el Regimiento List casi por doquier, siempre que profundizara lo suficiente o no me dejara intimidar por la hija de un líder nazi, que colgó el teléfono a uno de mis ayudantes de investigación, o por dudosos vendedores en mercados de antigüedades, que trataban de venderme parafernalia de las SS o no me permitían ver su mercancía porque no tenía aspecto de simpatizante nazi. Lo que descubrí en los fondos de varios archivos de Múnich, en las cartas[21] que habían permanecido guardadas durante décadas en los desvanes de casas en el campo bávaro y en los archivos del Partido Nazi, del FBI y del predecesor de la CIA en los National Archives of the United States, así como en las colecciones del Leo Baeck Institute en las ajetreadas calles neoyorquinas y del Yad Vashem en las tranquilas colinas de Jerusalén, era la asombrosa historia de los hombres del regimiento de Hitler en la I Guerra Mundial y lo que fue de ellos cuando su antiguo compañero se convirtió en el líder más infame que ha conocido la historia de Alemania. Este libro relata su historia y la de Hitler durante aquellos años de guerra. Relata cómo se vieron atrapados en la transformación de la relativa estabilidad del siglo XIX en uno de los periodos más sangrientos que el mundo ha vivido. Este libro presenta la crónica de sus vidas tanto en el Frente Occidental como en el Tercer Reich del soldado Hitler. Trata de dar respuesta al interrogante de qué papel desempeñaron los hombres del Regimiento List en la «creación» de Hitler.

La primera guerra de Hitler expone la experiencia bélica de Hitler y los hombres de su regimiento y cuenta su historia en el momento en que el mundo de los imperios del siglo XIX agonizaba y nacía la edad moderna de destrucción, guerra total y genocidio. La primera parte del libro está dedicada al impacto que tuvieron los cuatro años de combate sobre Hitler y los hombres del Regimiento List. Los acompaña desde los días en que el estallido de la guerra los arrancó de sus comunidades en toda Baviera, por las embarradas trincheras del Flandes belga y el norte de Francia, hasta la derrota y su caótico regreso a casa en 1918. La segunda parte muestra el papel que jugó la experiencia bélica de los hombres del regimiento y de Hitler en la llegada del nazismo al poder y en el imperio de Hitler, así como en la Alemania ocupada por Estados Unidos.

Este libro también suscita la cuestión de si la guerra fue el momento de crisis o —en la famosa expresión de George F. Kennan para Europa en su conjunto— «la catástrofe seminal»[22] en la historia de Alemania. Durante largo tiempo los historiadores pensaron que, desde la Ilustración, Alemania había sido radicalmente distinta de los demás países europeos y que las raíces del Tercer Reich se hundían profundamente en la historia alemana[23]. En ese caso, dar cuenta de Hitler y del curso de la historia alemana era relativamente fácil. Sin embargo, hoy pocos historiadores apoyan esa idea. El nuevo consenso (aunque un número significativo de historiadores aún suscriben la explicación anterior) es que, hasta la I Guerra Mundial, Alemania no había sido tan distinta de Gran Bretaña o de Francia y, en cualquier caso, era más liberal que la Rusia zarista. Todo esto lleva a preguntarse qué efecto tuvo la I Guerra Mundial no sólo sobre Hitler, sino sobre los alemanes en general. El jurado todavía no se ha pronunciado. La batalla de ideas se libra ahora entre la opinión que culpa principalmente a la experiencia de la guerra —que habría desestabilizado a Alemania hasta el punto de abocarla prácticamente al auge de la extrema derecha— y la que sostiene que Alemania no sufría una decadencia política casi terminal desde 1918. En suma, los debates recientes giran en torno a si la guerra radicalizó a Hitler y sus compañeros, convirtiéndolos en futuros nazis, si Hitler y sus compañeros tenían alguna opción cuando volvieron de la guerra a finales de 1918 o si sus convicciones políticas ya estaban formadas para entonces.

En resumen, este libro se centra en cinco interrogantes: si la guerra radicalizó políticamente a Hitler y sus compañeros; en otras palabras, si convirtió a los hombres del regimiento en futuros nazis (que si no de forma inevitable sí se convertirían en nazis fácilmente). Si lo que los politizó fueron sus experiencias de la posguerra: la volatilidad económica extremada, el temor a la revolución comunista, las injusticias percibidas en el Tratado de Versalles y el auge de la extrema derecha. Si la mayoría de los hombres del regimiento llegaron a politizarse, fuera por sus experiencias de la guerra o de la posguerra. Qué papel desempeñaron los hombres del regimiento y el mito que surgió en torno a ellos en el establecimiento del Tercer Reich y en el mantenimiento de la Alemania de Hitler. Y, el último y quizá más importante, hasta qué punto era Hitler un producto típico de su regimiento.

Esta última cuestión es esencialmente la misma que suscita el libro del ingenioso escritor y cómico Stephen Fry, Making History. En esta obra, un joven que se está doctorando en Historia en Cambridge y un científico de la misma universidad cuyo padre ha llevado a cabo experimentos en un campo de concentración se proponen cambiar retrospectivamente el curso de la historia. Los protagonistas construyen una máquina del tiempo que les permite enviar sustancias al pasado y envenenan el agua del pozo de la calle en la que vivían los padres de Hitler. El padre de Hitler se queda impotente y éste no llega a nacer. Sin embargo, la historia alternativa que los personajes del libro de Fry han desencadenado es más horrible que la que intentaron evitar: el lugar de Hitler lo ocupa un joven oficial de su regimiento. Dicho oficial, Gloder, es mejor organizador y menos dado a las dilaciones que Hitler y llena el vacío creado en Alemania por la I Guerra Mundial y sus secuelas, adoptando el rol que Hitler habría desempeñado. Lo que sigue es un Holocausto más «perfecto»[24].

No hace falta decir que el libro de Fry no pretende ser serio, pero la idea en que se basa sí lo es. La cuestión que plantea es si alguien del Regimiento List podría haber ocupado el lugar de Hitler en caso de que éste no hubiera existido. O, dicho de otra forma, si Hitler era un producto típico del Regimiento List y habría evolucionado de forma muy distinta si no hubiera sido por su experiencia en la guerra y el regimiento. La implicación del libro está clara: todo el que hubiera pasado por la misma socialización política y mental que Hitler y por su misma experiencia bélica habría reunido las condiciones para ocupar su lugar. No obstante, aún no está claro si el regimiento estaba lleno de Gloders y clones de Hitler o si había en él cierto número de Gloders y presuntos Hitler entre hombres de convicciones políticas muy distintas. En el primer caso, la historia tendería a ser rectilínea, particularmente si aceptamos que el Regimiento List era representativo de la sociedad alemana en su conjunto. En otras palabras, la gran mayoría de los miembros del Regimiento List, y de los alemanes en general, no serían sino mutaciones del mismo credo político. En el otro caso, nos queda la cuestión de si y por qué los Hitler y los Gloder de Alemania fueron transformados políticamente o «creados» por la experiencia de la guerra en regimientos como el List, incluso si la misma experiencia tuvo un impacto muy diferente en otros hombres de aquellos regimientos.

Otra cuestión es —incluso si resulta que Hitler no fue un producto típico de su regimiento— por qué halló audiencia en la Alemania de los años veinte y treinta; es decir, por qué surgió una situación en la que Hitler pudo medrar. Sabemos que esta cuestión se ha planteado un millón de veces. No obstante, el presente libro utiliza el microcosmos de los veteranos del Regimiento List para mostrar por qué un número creciente de alemanes cuyas actitudes políticas con frecuencia estaban muy lejos de ser las de Hitler decidió apoyarle. En otras palabras, cómo un regimiento diverso y una República de Weimar sectaria[25] se transformaron en una dictadura colectivista y por qué Alemania acabó con el soldado Hitler, en vez de con un Mussolini, Franco, Pilsudski, Horthy o Metaxas, mientras que en Francia las tendencias autoritarias colectivistas[26] no produjeron un dictador de derechas. En suma, el libro explica el desarrollo de la acción (y la inacción) colectiva en el Regimiento List durante la guerra y en la sociedad alemana en la posguerra. La primera guerra de Hitler pone en tela de juicio la tesis según la cual la sociedad alemana se desmoronó debido a las características de su sociedad civil después de la I Guerra Mundial.

Lo que el libro sostiene es que hay poco que sea cierto en lo que pensábamos del regimiento de Hitler, pero, también, que la verdadera historia del Regimiento List, que apenas se puede entrever tras el manto mítico que tejieron Hitler y sus propagandistas, es decisiva para comprender el colapso de la primera era de globalización, relativamente estable y pacífica, en el siglo XIX y del meteórico ascenso de Hitler al poder.

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PRIMERA PARTE

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1

UNA MULTITUD EN LA ODEONSPLATZ

1 de agosto – 20 de octubre de 1914

Nacieron por las mismas fechas con diez años de diferencia. Los dos crecieron en pequeñas ciudades; eran estudiantes mediocres que aspiraban a ser artistas. Los dos acabaron en Múnich, la meca alemana de los artistas. Después del estallido de la guerra, fueron destinados al mismo regimiento el día en que se formó. Los dos amaban a su regimiento: el 16.º Regimiento Bávaro de Infantería de Reserva (RIR 16), llamado comúnmente Regimiento List por su primer comandante, Julius von List. Los dos eran fervientes partidarios de la guerra. Pero ahí es donde terminan las semejanzas entre Albert Weisgerber y Adolf Hitler, y no sólo porque Weisgerber, a diferencia de Hitler, fue aceptado en la Academia de las Artes y llegó a ser uno de los pintores de más éxito de Alemania; y tampoco únicamente porque Weisgerber se convirtió en uno de los héroes más celebrados de la historia oficial del Regimiento List, publicada en 1932, y sin embargo a Hitler apenas se le menciona.

Mientras que los amigos de Hitler de antes de la guerra procedían de un entorno nacionalista pangermanista, entre los amigos de Weisgerber estaba Theodor Heuss, la imponente figura del liberalismo alemán y primer presidente de Alemania Occidental tras la caída de Hitler. Mientras que los amigos de Hitler se convirtieron en peones de su régimen, uno de los más estrechos colaboradores y amigos de Weisgerber, Rudolf Levy (que se alistó como voluntario), fue víctima del Holocausto en 1944. Más aún, mientras que las relaciones de Hitler con las mujeres eran problemáticas, Weisgerber estaba casado y su esposa sería calificada de «medio judía» cuando entraron en vigor las Leyes de Núremberg. Mientras que Hitler no había viajado más allá de una pequeña región de la Austria germanohablante y del sur de Baviera, Weisgerber había pasado un año en París, donde conoció a Matisse. Mientras que Hitler pintó vulgares postales en las calles de Múnich, Weisgerber se convirtió en presidente de los Neue Secessionisten —el grupo más vanguardista de los expresionistas, cuyas obras serían tachadas de «arte degenerado» en el imperio de Hitler—[27]. Así pues, las biografías de Weisgerber y de Hitler ilustran de manera patente los peligros de trazar una línea demasiado directa entre el servicio en el Regimiento List y la evolución de la Alemania nazi.

Antes de que sigamos a Adolf Hitler y a Albert Weisgerber al Frente Occidental, encontraremos a los dos hombres y a sus futuros compañeros en las calles de Múnich en el momento en que llegó a la capital bávara la noticia de que Alemania estaba en guerra. Conoceremos su regimiento y la sociedad de la que surgió antes de ver cómo los hombres que lo integraron recibieron un entrenamiento apresurado que involuntariamente propició que cometieran atrocidades cuando llegaron al frente.

En cuanto se declaró la guerra en el verano de 1914, tanto Hitler como Weisgerber se alistaron como voluntarios en el Ejército. El sábado 2 de agosto de 1914, al día siguiente de estallar la guerra, Hitler acudió a la Odeonsplatz, en el centro de Múnich, para tomar parte en la gran concentración patriótica que iba a tener lugar aquel día. Mientras se reunían ante el Feldherrenhalle, el imponente edificio erigido en honor de los comandantes militares bávaros del pasado, Hitler se halló rodeado de muchos de los hombres que servirían con él en la I Guerra Mundial. En una fotografía de la escena (ilustración 1) —que se convertiría en una de las imágenes más icónicas del siglo XX— vemos a Hitler en medio de una multitud enfervorizada[28]. Una y otra vez se nos ha dicho que esta imagen demuestra claramente dos cosas: que Múnich estaba infectada de entusiasmo público por la guerra y que Hitler era un representante de la población media de la ciudad[29]. Durante mucho tiempo se creyó que toda Alemania había deseado con impaciencia que estallara la I Guerra Mundial[30].

Entre los presentes en la Odeonsplatz que servirían con Hitler en la guerra estaba Fridolin Solleder, un aprendiz que trabajaba en el Archivo del Estado bávaro. A principios de la década de 1930 recordaba que, en la concentración de la Odeonsplatz, «parecieron surgir todas las nobles pasiones que las personas albergaban. Las melodías, las canciones militares y las entusiastas palabras que se elevaron aquel día sonaban como un canto sublime a la fuerza alemana, de la confianza alemana… Era una celebración de hermandad; para muchos, un último adiós. Estreché la mano de hombres que un año después yacerían en suelo extranjero»[31].

De forma parecida, Hitler, cuando estuvo encarcelado en el castillo de Landsberg en los años veinte, añoraba aquel fin de semana del estallido de la guerra. Para él, había sido el mejor de su vida: «No me avergüenza reconocer hoy que me dejé llevar por el entusiasmo del momento —escribió en Mein Kampf— y que caí de rodillas y agradecí al cielo de todo corazón el favor de haberme permitido vivir un momento así»[32]. Recordaba que, como millones de alemanes, había deseado la guerra: «Desde luego, la Guerra de 1914 no se le impuso a las masas; la gente incluso la deseaba». En un momento de «entusiasmo excesivo», el pueblo alemán «ansiaba un ajuste de cuentas radical. Yo estaba entre los millones que lo deseaban». En Mein Kampf Hitler consideraba el estallido de la guerra una «prueba inexorable» que «la mano de la diosa del Destino» ponía a los países para determinar su «autenticidad y sinceridad», y concluía que «lo mismo que millones de personas, sentía una orgullosa alegría de que se me permitiera someterme a esa prueba»[33].

Si hemos de creer a Hitler, que se había mudado de Viena a Múnich hacía un año casi con seguridad para evitar el servicio militar en Austria[34], se alistó como voluntario en el Ejército bávaro al día siguiente de la concentración patriótica en la Odeonsplatz. El enrolamiento de Hitler como ciudadano austriaco en el Ejército bávaro era algo insólito. Más tarde afirmó que había solicitado al rey bávaro que le permitiera servir en las Fuerzas Armadas alemanas. Según Hitler, la dispensa especial para servir en el Ejército bávaro no tardó más que un día en llegar. En Mein Kampf recordaba el momento en que supuestamente recibió la carta de la oficina del gabinete del rey: «Abrí el documento con las manos temblorosas y no hay palabras para describir la satisfacción que sentí al ver que se me ordenaba presentarme en un regimiento bávaro. […] Para mí, como para cada alemán, comenzaba el periodo más memorable de mi vida». Y declaraba que su gratitud y alegría no tenían límites[35].

A mediados de agosto Hitler, que había cumplido 25 años en abril, fue admitido en el 6.º Centro de Reclutamiento del 2.º Regimiento Bávaro de Infantería. El 1 de septiembre de 1914 fue transferido a la 1.ª Compañía del recién creado Regimiento List[36].

Hitler nos dice que el hecho de presentarse como voluntario no tenía nada de extraño y nos recuerda que «más de dos millones de hombres y jóvenes alemanes decidieron servir voluntariamente a la bandera, dispuestos a derramar hasta la última gota de su sangre por la causa»[37]. De forma parecida, Solleder sostenía en 1932 que, tras la concentración patriótica en la Odeonsplatz, a la que Hitler había asistido, numerosos grupos de hombres acudieron a los centros de reclutamiento y en muchos casos acabaron en el mismo regimiento que Hitler y que él mismo:

Ante el centro de reclutamiento se agolpaba una marea de voluntarios. El teniente de alcalde de Múnich, el doctor Merkt, salió al balcón y pronunció un discurso. Espontáneamente, los voluntarios respondieron con la desafiante canción alemana La guardia del Rin. La mayoría de aquellos voluntarios fueron enviados al campo de batalla unas semanas después en el Regimiento List[38].

Uno de los voluntarios a los que Solleder quizá viera a las puertas del centro de reclutamiento era Arthur Rödl. Aprendiz de cerrajero en Múnich, Rödl —que 31 años después se suicidaría por su participación en los crímenes de la Alemania nazi— era uno de los voluntarios más jóvenes del regimiento de Hitler. El muchacho, que acababa de cumplir 16 años en mayo, tuvo que mentir sobre su edad y declaró que tenía dos años más cuando se presentó voluntario el mismo día que Adolf Hitler asistió a la concentración patriótica en la Odeonsplatz[39].

El Regimiento List era uno de los nuevos regimientos de voluntarios o, al menos, eso es lo que nos dicen todas las biografías de Hitler, la historia oficial del regimiento publicada en 1932 y otras muchas publicaciones[40]. Como Adolf Meyer, que sirvió con Hitler en la guerra, expresó en sus halagadoras memorias de los años de la guerra, publicadas en 1934, fue «el primer regimiento bávaro de voluntarios que llegó al Frente Occidental en octubre de 1914»[41]. Si el RIR 16 era un regimiento de voluntarios, la implicación inmediata es que Hitler era representativo de todo el regimiento y, por extensión, de todos los bávaros y alemanes que habían apoyado la guerra desde el comienzo.

Las postales que podían utilizar los miembros del Regimiento List para escribir a sus hogares fomentaban esta imagen de regimiento de voluntarios. Una de esas postales reproducía un poema que el padre de Karl Naundorf, un voluntario de 24 años del RIR 16, había escrito para su hijo al poco tiempo de que éste se alistase:

Ahora, cíñete la espada, hijo mío,

¡vas voluntariamente al campo de batalla!

Si Dios quiere, regresarás victorioso a casa.

Si no, morirás como un héroe

por nuestra amada patria

y, como recompensa, te digo:

Fuiste, eres y siempre serás

un buen hijo alemán[42].

Además, Valentin Witt, que actuaba como oficial de reclutamiento cuando estalló la guerra y que sirvió en el RIR 16, declaró en un folleto de finales de 1915 sobre el historial del Regimiento List hasta aquel momento que, al estallar la guerra, su centro de reclutamiento se había visto inundado de voluntarios: «Hace una hora mandé poner en la puerta del colegio que en adelante será la sede del batallón un cartel que decía “Reclutamiento de voluntarios”. El espacio delante de mi despacho ya está abarrotado. […] Hay empujones a mi alrededor mientras pido los documentos; todos quieren ser los primeros, todos temen que no les toque el turno». Witt nos quiere hacer creer que todo Múnich estaba intentando alistarse desesperadamente, en particular los jóvenes de la ciudad:

Salieron apresuradamente del instituto, de la oficina, de la fábrica, para venir en ayuda de la patria. Todas las profesiones estaban representadas. Especialmente, se presentan muchos hombres de las artes y las ciencias a los que Múnich debe en buena medida la fama de su nombre y su importancia. Los hijos de las mejores familias de nuestra ciudad se están enrolando… Ricos y pobres, sin distinción. Han respondido cuando se les ha llamado. El amor a la patria les muestra el camino de las armas[43].

Como Witt, numerosos propagandistas nazis sostendrían más tarde que el regimiento estaba lleno de estudiantes, artistas y universitarios[44]. De hecho, una de las principales autoridades nos dice que el gran número de estudiantes y graduados universitarios que había en el regimiento fue de una importancia decisiva en la «creación» de Hitler[45]. Valentin Witt también quiere que creamos que el plan de incorporar al Regimiento List a soldados con experiencia fue abandonado en cuanto las autoridades militares bávaras se dieron cuenta de la excepcional categoría de los voluntarios: «Los efectivos de los nuevos regimientos debían mezclarse con hombres del Landwehr [reservistas experimentados]; se quería incorporar en ellos a soldados experimentados que hubieran terminado su entrenamiento militar obligatorio». Sin embargo, cuando los superiores observaron a los Listers durante los ejercicios, les parecieron soldados excelentes y que podían enviarse a la guerra sin necesidad de «acompañantes»[46].

Por persuasivos que resulten los relatos de Hitler, Solleder y Witt, son poco más que ficción. La explicación que Hitler da al hecho de que como ciudadano austriaco consiguiera ser admitido en el Ejército bávaro es particularmente problemática, pues la oficina del gabinete del rey no estaba facultada para emitir dispensas especiales para servir en él. Incluso si dicha oficina hubiera tramitado las solicitudes de los extranjeros para servir en las Fuerzas Armadas alemanas, habría tenido asuntos más importantes que atender al día siguiente de estallar una guerra que estudiar una petición de un pintor de postales austriaco de 25 años[47]. De cualquier forma, el caso de Hitler no era tan excepcional como a veces se ha creído, pues no era el único soldado austriaco del Regimiento List[48]. Es probable que Hitler fuera admitido en el Ejército bávaro simplemente porque nadie le preguntó si era ciudadano alemán cuando se presentó para alistarse o porque los encargados del reclutamiento aceptaban a cualquier voluntario y no les preocupó la nacionalidad de Hitler, o porque quizá dijera a las autoridades bávaras que tenía la intención de hacerse ciudadano alemán. Es imposible saberlo.

Mucho más importante que los pormenores de cómo logró Hitler ser admitido en el Ejército bávaro es su afirmación de que su actitud y su conducta eran representativas de los hombres de su regimiento y de las masas; en otras palabras, que su respuesta a la guerra fue la típica en Alemania.

Es cierto que, en los días que precedieron a la declaración de guerra, por las calles y los cafés de Múnich habían ido bandas de música tocando canciones patrióticas. Una muchedumbre de estudiantes y alborotadores habían asaltado un café que no les parecía lo suficientemente patriótico[49]. No obstante, resulta difícil determinar hasta qué punto aquellos estallidos eran representativos de la población general, pues las respuestas más ruidosas y visibles a la guerra no son necesariamente las más extendidas. De hecho, en un principio sólo estaban verdaderamente entusiasmados con la guerra una minoría de alemanes[50]. Ansiedad, temor y pesadumbre fueron las respuestas iniciales. Un joven Heinrich Himmler, que vivió el estallido de la I Guerra Mundial en Landshut, en la Baja Baviera, se quejaba el 27 de agosto de la falta de entusiasmo popular por la guerra en esa región. Anotó con desdén en su diario que Landshut estaba llena de gente llorando y sollozando. En efecto, hay una gran discrepancia entre las respuestas inmediatas a la guerra como la que describe Himmler y las que se publicaron más tarde en un intento de dar sentido al conflicto retrospectivamente[51]. Por esta razón hemos de tratar los recuerdos de agosto de 1914 escritos con posterioridad con una gran reserva. Lo mismo sucede con lo que respecta a la fotografía de Hitler entre la muchedumbre en la Odeonsplatz el 2 de agosto (ilustración 1).

En realidad, la fotografía no apoya en ningún sentido la afirmación de Hitler de que era representativo de la población de Múnich, ni de los futuros miembros del Regimiento List ni de la población alemana en general. La foto nos dice más sobre por qué su autor, Heinrich Hoffmann, se convertiría más adelante en el fotógrafo personal de Hitler que sobre el estado de ánimo de los alemanes el día en que estalló la guerra. Durante el Tercer Reich serían sus excelentes fotografías y las magníficas películas de propaganda de Leni Riefenstahl lo que crearía la imagen pública de Hitler y de una Alemania joven, enérgica y proyectada al futuro.

El 2 de agosto sólo asistió a la concentración patriótica que muestra Hoffmann una pequeña fracción de los casi 600.000 habitantes de Múnich[52]. En la fotografía parece que toda la plaza está llena de gente entusiasmada. Sin embargo, la secuencia de una filmación de la escena que ha sobrevivido y que, al contrario que la fotografía de Hoffmann, no enfoca de cerca a la muchedumbre que se encontraba delante del Feldherrenhalle, nos da una impresión muy diferente. No toda la plaza está llena de gente. Incluso hay suficiente espacio como para que un tranvía la cruce a velocidad normal. Cuando la cámara empieza a filmar a la muchedumbre, vemos a personas inquietas. Sólo cuando se dan cuenta de que los están filmando se ponen a vitorear y a levantar los sombreros. Ése es el momento en que Heinrich Hoffmann, que estaba al lado del equipo de filmación, hizo la foto. Y así nació el mito del centro de Múnich desbordante de multitudes entusiasmadas y belicistas. Incluso hay ciertos indicios de que Hoffmann podría haber «manipulado» su fotografía para colocar a Hitler en el centro de la concentración, pues en la filmación aparece en un lugar más marginal. Y donde, al fondo de la foto, se ven nutridos grupos de personas ante la Theatinerkirche, en la filmación hay mucha menos gente[53].

Incluso si el Regimiento List hubiera sido una unidad de voluntarios en sentido estricto, no habría tenido por qué estar integrado necesariamente por hombres con las mismas actitudes hacia la guerra. Los casos de Eduard Abtmayr —un criminal empedernido que se alistó en el regimiento casi con seguridad para librarse de ir a la cárcel[54]— o de Georg Ferchl —un técnico que se alistó voluntario a los 19 años y que, todavía en Múnich, se escapó durante casi dos semanas de su centro de reclutamiento porque le parecía que sus superiores no le habían prestado suficiente atención[55] (una impresión que estaba generalizada)— son casos que aconsejan prudencia cuando se pretende equiparar de forma automática el alistamiento como voluntario con actitudes políticas hipernacionalistas, chauvinistas y militaristas[56].

En cualquier caso, al contrario de lo que se suele creer, el regimiento de Hitler nunca fue un regimiento de voluntarios. No sabemos cuántos hombres de los que Solleder había visto a las puertas del principal centro de reclutamiento de Múnich acabaron en el Regimiento List. Pero sí sabemos que no constituían una muestra representativa del regimiento. En la historia del RIR 16 se reproduce una pintura de las masas de voluntarios a las puertas del centro de reclutamiento de Múnich que Solleder había descrito[57]. El pintor ni siquiera necesitaba la habilidad de Heinrich Hoffmann para deformar la realidad. Con el pincel simplemente pudo proyectar en el lienzo, después de la guerra, sus fantasías y añoranza del entusiasmo y la unidad populares que supuestamente habían reinado en Alemania en agosto de 1914.

Aun al comienzo de la guerra, sólo una minoría de los hombres del Regimiento List habían sido voluntarios. De los soldados que, a finales de 1914, habían ingresado en la unidad, no más de tres de cada diez eran voluntarios[58]. En la 1.ª Compañía de Hitler, la proporción era incluso menor. Al contrario que él, más del 85 por ciento de los hombres de su compañía no eran voluntarios sino reclutas[59].

Irónicamente, el grupo judío era el que más se aproximaba a la versión nazi de que el regimiento de Hitler era una unidad de voluntarios: hombres como Leo Guggenheim, que acababa de regresar de Italia, donde había pasado seis meses aprendiendo italiano, y que se alistó de inmediato cuando estalló la guerra. En 1914, tres de los seis judíos que había en el RIR 16 eran voluntarios. No obstante, esta tasa tan elevada de voluntarios entre los judíos sólo obedecía al extraordinariamente alto nivel educativo y social de los judíos del Regimiento List. En comparación con los protestantes y católicos de estatus social parecido, la proporción de voluntarios judíos no tenía nada de especial. Al contrario de la imagen pública del regimiento, sólo un número relativamente pequeño de voluntarios habían realizado estudios de educación secundaria o superior (menos del 5 por ciento). Sin embargo, hay que señalar que el número de voluntarios entre los estudiantes del regimiento era asombroso (el 72 por ciento), con independencia de su procedencia religiosa[60].

Desde luego, a diferencia de Albert Weisgerber, pero lo mismo que Hitler, la gran mayoría del regimiento (más del 70 por ciento) carecía de instrucción militar previa[61]. Pero no eran voluntarios. Habían pertenecido a la Ersatzreserve o reserva suplementaria. En la Alemania imperial, teóricamente, todos los hombres adultos habían realizado un servicio militar obligatorio. Pero, en realidad, las Fuerzas Armadas alemanas carecían de la capacidad y los recursos financieros necesarios para movilizar a más del 55 por ciento de la población masculina cada año[62]. La mayoría de los que no habían hecho el servicio militar simplemente nunca fueron movilizados, pero la minoría que sí lo había sido fue destinada inmediatamente a la Ersatzreserve[63]. Los reclutas de la reserva suplementaria solían ser hombres a los que no se consideraba lo suficientemente aptos para servir en el Ejército en tiempo de paz, pero sí para ser movilizados en caso de guerra. Así pues, el Regimiento List no estaba integrado por entusiastas voluntarios como Hitler, sino por una mezcolanza de hombres no del todo aptos, y se formó en un desesperado intento de las Fuerzas Armadas alemanas de reunir un ejército lo suficientemente grande como para vencer a Francia antes de la inminente guerra con Rusia.

A mediados de agosto, Hitler y los hombres del RIR 16 comenzaron su entrenamiento en varios cuarteles de Múnich. Disponían de menos de dos meses para prepararse para su bautismo de fuego en lo que sería la primera batalla de Yprés. El 8 de septiembre, el coronel Julius von List, un soldado de carrera de 49 años que acababa de ser nombrado comandante del regimiento, dirigió las siguientes palabras de recepción a Hitler y los demás reclutas:

¡Compañeros! De todo corazón y lleno de confianza doy la bienvenida a todos los oficiales, médicos y funcionarios, a todos los Offiziersstellvertreter, suboficiales y tropas. El regimiento, la mayoría de cuyos hombres carecen de formación militar, debe estar listo para desplegarse en el frente en pocas semanas. Una tarea difícil, pero, con el admirable espíritu que anima a todos los miembros del regimiento, no será imposible. […] Con la bendición de Dios, ¡pongámonos manos a la obra por el káiser, el rey y la patria![64]

Como Hitler y sus nuevos compañeros no tardaron en darse cuenta, la vida en Múnich había cambiado radicalmente desde el comienzo de la guerra y las autoridades bávaras incluso cancelaron la famosa Oktoberfest[65].

Lo único que el Regimiento List tenía en común con una unidad de voluntarios era que sus hombres carecían por completo de preparación para las realidades de la guerra. Como en los cuarteles de Múnich ya no quedaba espacio para todos los nuevos reclutas y voluntarios, Hitler, Solleder, Weisgerber y los hombres que se convertirían en sus compañeros fueron alojados en varios colegios que habían sido habilitados a toda prisa[66]. Hitler llevaba ahora el primer uniforme de su vida, un sencillo conjunto gris verdoso, con «RIR 16» cosido en rojo en las charreteras y una franja roja lateral de arriba abajo en los pantalones, que tenía instrucciones estrictas de no arrugar. Debía meterse los pantalones por dentro de sus nuevas botas de cuero y ceñirse la chaqueta con un grueso cinturón. Como no había suficientes cascos y macutos reglamentarios, Hitler y sus compañeros fueron equipados con mochilas normales y quepis de hule recubiertos de fieltro gris, que debía darles la apariencia de cascos. Así, los hombres del regimiento de Hitler fueron a la guerra con gorros que prácticamente no les proporcionaban protección alguna y que, como no tardarían en descubrir, a otros alemanes de gatillo fácil les parecían cascos británicos en la distancia[67]. Su lamentable equipo demostraba a las claras que Weisgerber y Hitler estaban en un regimiento que en ningún momento figuró entre la élite del Ejército bávaro.

En el curso de su entrenamiento en Múnich, Hitler y los demás hombres sin preparación militar del Regimiento List pronto aprendieron cómo funcionaba su regimiento y cuál era su lugar en las Fuerzas Armadas alemanas: era uno de los más de 400 regimientos de infantería, integrado en la recién creada 6.ª División Bávara de Reserva (RD 6), que comprendía un total de cuatro regimientos de infantería de reserva, así como unidades de artillería y caballería (el 6.º Regimiento Bávaro de Caballería de Reserva y el 6.º Regimiento Bávaro de Artillería de Reserva) y, más adelante, también una compañía de ingenieros (la 6.ª Compañía Bávara de Zapadores de Reserva). El Ejército bávaro, que desde la fundación de la Alemania imperial en 1871 había conservado un estatus semiautónomo en el seno de las Fuerzas Armadas alemanas, con la guerra quedaba bajo el mando supremo del káiser alemán. Los contingentes de los estados alemanes más pequeños se habían integrado hacía mucho en el Ejército prusiano, pero los estados más grandes conservaban sus propios ejércitos, lo que significaba que las Fuerzas Armadas alemanas estaban constituidas por los Ejércitos de Prusia, Baviera, Sajonia y Wurtemberg. Los regimientos de infantería hermanos del Regimiento List eran el RIR 17, RIR 20 y RIR 21, que tenían una composición social parecida a la del List. Cada uno de ellos se había formado en una de las regiones militares de Baviera. No obstante, aunque la mayoría de los hombres de cada regimiento procedían de su región militar, los cuatro regimientos también recibieron contingentes significativos de reclutas de fuera de su región militar, lo que les daba un carácter bávaro por encima de los particularismos. Como no tardaron en darse cuenta los compañeros de Hitler, cada regimiento de infantería de reserva se emparejaba con otro para formar una brigada: el RIR 16 y el RIR 17 —los dos regimientos del sur de Baviera— constituían la 12.ª Brigada de Infantería de Reserva (RIB 12), mientras que el RIR 20 y el RIR 21 de Franconia, en el norte de Baviera, integraban la 14.ª Brigada Bávara de Reserva[68].

Cuando el regimiento estuvo dispuesto para entrar en combate constaba de tres batallones, cada uno de los cuales se subdividía en cuatro compañías. Cada batallón tenía 1.000 hombres. No obstante, el número total de hombres que pasaron por el regimiento durante la guerra es mucho mayor. Las listas de tropa contienen hasta 16.000 nombres de soldados que fueron miembros del regimiento en algún momento entre 1914 y 1918, aunque el número real de hombres que prestaron servicio en él es menor, puesto que muchos de ellos aparecen citados en más de una compañía del regimiento. Por ejemplo, hay dos entradas para Hitler: una en la 1.ª Compañía, en la que sirvió durante el primer año de la guerra, y otra, para el resto de la guerra, en la 3.ª Compañía[69]. Los batallones y compañías estaban a las órdenes de oficiales experimentados, como Julius Graf von Zech, de Neuhofen, exgobernador del Togo alemán, que no mandaba una unidad militar desde hacía 17 años, pero que ahora estaba a cargo del batallón de Hitler[70].

Hasta comienzos de octubre Hitler y los hombres del regimiento recibieron un entrenamiento básico en Múnich: aprendieron a disparar, a montar una tienda de campaña y a hervir el agua que iban a beber en el frente[71]. No obstante, debido a la escasez de material —y en lo que puede considerarse otra señal de que el RIR 16 se hallaba cerca de la base en la cadena alimentaria de las Fuerzas Armadas alemanas—, su entrenamiento se llevó a cabo con fusiles anticuados cuyo funcionamiento era muy distinto del de los fusiles que utilizarían en el frente[72]. La mayoría de los hombres —casi con seguridad, también en el caso de Hitler— era la primera vez que cogían un arma.

Hitler era representativo de su regimiento, donde la edad media de los soldados estaba muy cerca de la suya. Tenía 25 años cuando la guerra estalló. Casi el 60 por ciento de los soldados no se llevaban con él más de cinco años de diferencia. Los mayores habían nacido en la década de 1870, pero eran muy pocos, mientras que el 18,5 por ciento había nacido después de 1895. En la unidad de Hitler predominaban los campesinos, los trabajadores agrícolas, los comerciantes y los artesanos. Casi un tercio trabajaban en la agricultura y en torno al 40 por ciento eran comerciantes o artesanos; el 7,5 por ciento eran trabajadores manuales, mientras que el 7,7 eran empleados de cuello blanco; el 4,9 por ciento dirigían sus propios negocios o tenían propiedades, sólo menos del 2 por ciento eran estudiantes de enseñanza secundaria o superior y el 3,6 por ciento eran profesionales o académicos, mientras que otro 3,6 por ciento eran jornaleros o sirvientes[73]. El regimiento estaba constituido principalmente por reclutas de Múnich y del sur de Baviera (el 80 por ciento), pero sólo algo más de la mitad procedían de la Alta Baviera. Hitler no era el único soldado que había crecido o vivido fuera de Baviera. En total, el 4,4 por ciento eran de otras regiones (y, de ellos, aproximadamente la mitad de otros países)[74]. Más de la mitad de los hombres del regimiento de Hitler procedían de comunidades rurales y un cuarto incluso de pueblos con menos de 100 habitantes. Sólo uno de cada 10 soldados procedía de ciudades de tamaño pequeño-medio, mientras que un tercio de los miembros del RIR 16 vivían en grandes ciudades, la mayoría en Múnich. En total, dos de cada diez soldados procedían de la capital bávara[75]. En muchos casos, los soldados del campo y los de Múnich habían vivido en mundos completamente distintos.

La vida en el sur de Baviera, fuera de Múnich y de las ciudades grandes, era rural y tradicional. Era una región de ciudades pequeñas y pueblos y, al pie de los Alpes, de granjas aisladas o aldeas formadas por un puñado de granjas lecheras, una posada y una iglesia. Al contrario que el norte de Baviera y que en muchas zonas de Prusia, las granjas seguían siendo pequeñas propiedades familiares, como lo habían sido durante siglos. En 1907 menos del 40 por ciento de las granjas del sur de Baviera empleaban maquinaria. La vida rural estaba dominada por campesinos locales que eran patriarcas en sus comunidades. La vida en la Baviera rural se parecía más a las aldeas sicilianas en las que había surgido la mafia que a Múnich, y mucho menos que a Berlín o las ciudades industriales del Ruhr. Más de la mitad de la población bávara vivía en lugares con menos de 2.000 habitantes, en comparación con sólo un tercio de la población de todo el Imperio Alemán. En la Baja Baviera casi el 70 por ciento de la población seguía trabajando en la agricultura. Mucho más que en el resto del país, la población rural bávara aún vivía en un mundo que estaba dominado por lo local o, en todo caso, por lo bávaro. Los habitantes se sentían unidos a un pueblo determinado y bávaros, además de católicos, pero no principalmente alemanes. Sus referencias monárquicas eran el rey bávaro y los castillos de Ludwig II, el Rey Loco, no el emperador alemán y los palacios de Potsdam[76].

Los habitantes de las regiones rurales del sur de Baviera eran en su mayor parte apolíticos y en las elecciones votaban habitualmente por el católico Partido de Centro[77]. Al estallar las hostilidades, respondieron con temor y ansiedad, no sólo en Landshut, como señalaba Himmler, sino también en el campo. Cuando Balthasar Brandmayer, un trabajador de la construcción de 22 años de la rural Alta Baviera, recibió su orden de alistamiento, su hermana y su madre no se alegraron, sino que rompieron a llorar. No fueron capaces de pronunciar una sola palabra de ánimo[78]. En la memoria colectiva de la población rural del sur de Baviera, los recuerdos negativos de la guerra competían con los de la victoria sobre Francia en 1870-1871, y con frecuencia eran los que predominaban. A los campesinos les preocupaba qué ocurriría con sus granjas si los movilizaban, en especial porque los jornaleros rusos que trabajaban en el campo en el sur de Baviera tuvieron que marcharse con el estallido de la guerra. Por todas partes se hablaba de esposas y madres apesadumbradas. Algunos jóvenes solteros vieron la guerra como una oportunidad para salir de allí y ver mundo, pero la respuesta mayoritaria fue de pesimismo. A fin de calentar los ánimos en pro de la guerra, el gobierno bávaro se sintió en la necesidad de difundir rumores como que los franceses habían bombardeado una línea de ferrocarril próxima a Núremberg y que los espías campaban por sus fueros. Para conseguir el apoyo activo para la guerra entre los católicos, en todo el sur de Baviera los sacerdotes leyeron en misa una carta de los obispos bávaros en la que decían que se trataba de una guerra defensiva que se le había impuesto a Alemania[79].

Mientras en el campo bávaro la vida seguía dominada por la agricultura y el catolicismo, como lo había estado durante cientos de años, y había una falta relativa de entusiasmo por la guerra, Múnich se había transformado a finales del siglo XVIII y durante el XIX en una elegante capital. En vísperas de la I Guerra Mundial se habían multiplicado los edificios modernistas, tanto municipales como privados, y florecían el liberalismo y la socialdemocracia. El apoyo a los partidos socialdemócrata y liberales era tan grande en Múnich que, en las elecciones al Reichstag, en toda la Alta Baviera los socialdemócratas obtuvieron un 33,6 por ciento y los distintos partidos liberales un 17,2 por ciento de los votos, a pesar de que las zonas rurales no eran en absoluto proclives a esas ideas políticas. La escena artística de Múnich posiblemente hacía de ella la más cosmopolita y liberal de las ciudades alemanas. Lenin, que había vivido en Múnich unos años antes que Hitler, se había sentido atraído por su subcultura política de izquierdas. Bajo la égida de una casa real benevolente y —en comparación con las alternativas existentes— progresista, el Múnich de los artistas de fin-de-siècle y de Lenin coexistía pacíficamente con las formas de vida tradicionales y conservadoras y con un creciente número de trabajadores industriales. Sólo la extremada volatilidad política y económica del Múnich de la posguerra resultaría explosiva para las relaciones comunales, creando las condiciones en las que medraría el nacionalsocialismo. En las elecciones al Reichstag de 1912, en la Alta Baviera ningún partido de derecha radical recibió un apoyo significativo. Incluso el Partido Conservador obtuvo menos del 0,50 por ciento de los votos[80].

La mayoría de los compañeros de Hitler en el Regimiento List procedían del campo de las zonas circundantes de Múnich, y menos del 20 por ciento de la capital bávara. La mayoría eran de pueblos y ciudades próximos a Múnich y de las colinas al pie de los Alpes. Pertenecían a todas las profesiones y segmentos sociales, y entre ellos había numerosos intelectuales y artistas, tales como los escritores Georg Kleindienst, Josef Pflügl, Heinrich Schnabel y Albert Weisgerber[81]. No obstante, la afirmación de que había un gran número de estudiantes universitarios no se ve corroborada por los hechos. De los hombres que ingresaron en el RIR 16 en 1914, menos del 2 por ciento eran estudiantes de enseñanza secundaria o superior[82].

A diferencia de Hitler, los hombres del regimiento eran bávaros. Algo más del 60 por ciento eran solteros, lo que no resulta sorprendente si se tiene en cuenta la estructura por edad del regimiento. La gran mayoría (aproximadamente el 88 por ciento) eran católicos, lo que era característico del sur de Baviera, pero no del Imperio Alemán en su conjunto. Una pequeña minoría eran judíos (0,8 por ciento) y el resto protestantes[83].

En total, prestaron servicio en el Regimiento List 59 judíos[84], entre ellos tres hombres de Ichenhausen, un pintoresco pueblo de unos 2.700 habitantes del sur de Baviera. Al comienzo de la guerra, los alemanes de casi todas las tendencias políticas celebraron lo bien que los judíos se habían integrado en la sociedad alemana y lo dispuestos que estaban a contribuir al máximo al esfuerzo bélico alemán[85].

Desde luego, en la Baviera de comienzos del siglo XX existía un grado considerable de anticuado antisemitismo vulgar, tanto católico como protestante; pero el moderno antisemitismo racial también había empezado a levantar su repugnante cabeza en algunos segmentos de la sociedad bávara[86]. No obstante, como demuestra un artículo de Fridolin Solleder, publicado en 1913, sobre la historia de la interacción de judíos y gentiles en la Baja Franconia, el antisemitismo racial todavía estaba confinado a los márgenes de la sociedad bávara. Solleder sostenía que, durante la Edad Media y comienzos de la Moderna, muchos judíos de la Baja Franconia habían mostrado rasgos negativos como la codicia y la falsedad de carácter. No obstante, los atribuía a la discriminación a la que se les había sometido, al hecho de haberlos tratado «como extranjeros en su propio país». Solleder reservaba sus palabras más negativas para los cristianos que perseguían a los judíos. Describía cómo la «chusma» había matado a «mártires judíos» durante las Cruzadas y «la gente ciega y desesperada» recurrió al asesinato durante la peste. Entre tanto, elogiaba a los que habían actuado como «poderosos protectores de los judíos» y habían debilitado las políticas antijudías. Sostenía que los problemas que habían existido durante cientos de años se habían resuelto favorablemente gracias al proceso de asimilación judía en la vida alemana. El siglo XIX, «la era de la gran liberación de la humanidad», concluía, había traído «la emancipación y la igualdad cívica» de los judíos, lo que les había permitido, con todo el talento que poseían, contribuir «con su actividad fecunda» al comercio y a las profesiones[87].

En un balance final, las cosas habían evolucionado en una dirección favorable para los judíos de Baviera. Los judíos alemanes se enorgullecían de ser los más asimilados y prósperos del mundo. Como símbolo de su confianza y orgullo, la comunidad judía de Múnich había levantado una magnífica sinagoga en el centro de la ciudad, que cuando fue inaugurada en 1887 era el tercer templo judío más grande de Alemania[88].

Contrariamente a lo que se ha pensado durante mucho tiempo, en la Alemania imperial los judíos tenían las mismas oportunidades profesionales en la vida pública que los judíos británicos al otro lado del canal de la Mancha[89]. El único sector de la sociedad en el que los judíos habían logrado entrar sólo temporalmente era el Ejército prusiano. Durante la Guerra Franco-prusiana había llegado a haber un número significativo de oficiales judíos. No obstante, entre 1885 y 1914 ningún judío practicante había sido ascendido a oficial (aunque sí lo habían sido 300 conversos, y al menos uno de ellos a general), mientras que en 1910 había en Francia 720 oficiales judíos. En cualquier caso, este marcado contraste franco-prusiano no puede explicar lo que les ocurriría a los judíos alemanes durante el Tercer Reich. La situación de los judíos en el Ejército bávaro antes de la guerra —en otras palabras, el Ejército en el que Hitler sirvió y que supuestamente le «creó»— y en el Ejército y la Armada británicos era prácticamente la misma. Gracias a una clase política relativamente progresista e ilustrada, Baviera —junto con otros estados del sur de Alemania— en general ofrecía a los judíos incluso más oportunidades que el resto del Reich. A diferencia del Ejército prusiano, el bávaro siguió teniendo oficiales judíos (practicantes) hasta 1914. En 1909 había 88 oficiales judíos en el Ejército bávaro, mientras que, en 1910, la cifra combinada de las mucho más numerosas Fuerzas Armadas británicas (esto es, Royal Navy, Ejército Regular, Milicia, Yeomanry y Voluntarios y la Reserva de Oficiales) era de 182[90].

En principio, en Alemania, los judíos seculares en las regiones urbanas protestantes eran los más integrados. No obstante, los judíos ortodoxos de las regiones rurales católicas que servían en unidades como el Regimiento List contradecían este principio. En 1800, la población judía de Ichenhausen era proporcionalmente más numerosa que la de Jerusalén; en 1900 aún era, en términos relativos, más numerosa que la de Nueva York. Los judíos contaban con una nutrida representación en la asamblea local, en clubes y sociedades locales e incluso en la asociación de veteranos de la Guerra Franco-prusiana. En 1913 la ciudad concedió el estatus de ciudadano de honor al presidente de la comunidad judía. Al comienzo de la guerra, el sacerdote católico y el rabino judío de Ichenhausen hicieron puerta a puerta una colecta de dinero para los soldados. El caso de Ichenhausen podría ser un ejemplo extremo; pero era un extremo, no un ejemplo atípico[91]. Cuando estalló la guerra, muchos judíos estuvieron entre los más fervientes partidarios de la causa alemana.

El 8 de octubre, Hitler y sus nuevos compañeros desfilaron en el cuartel Prinz-Arnulf de Múnich ante el rey Ludwig III de Baviera, que se despidió personalmente de los hombres del RIR 16[92]. No obstante, antes de ser enviados al frente, Hitler, Weisgerber y los demás integrantes del RIR 16 recibieron instrucción militar durante diez días en el Lechfeld, al norte de Múnich, el lugar en el que, en la Edad Media, el emperador Otto el Grande había derrotado a los magiares. En el transcurso de un acto religioso celebrado en el Lechfeld, el capellán protestante de la división, Oscar Daumiller, que había prestado servicio en el Ejército alemán al acabar sus estudios universitarios, dijo a los soldados del Regimiento List que estaban a punto de participar en «una guerra santa por la justa causa de nuestro pueblo» y que debían estar preparados «si Dios los llamaba a una muerte dichosa»[93].

Si alguien pensó que el joven Hitler y el Regimiento List estaban preparados para entrar en combate cuando Ludwig III pasó revista al regimiento, tales esperanzas se desvanecieron en el Lechfeld. Hitler incluso se quejó de lo agotador que había sido llegar al valle del Lech: «Como le dije —escribió a Anna Popp, la esposa de su casero en Múnich—, salimos de Múnich el sábado. Caminamos desde las 6:30 de la mañana hasta las 5 de la tarde y durante la marcha realizamos un gran [ejercicio de prácticas], todo bajo la lluvia. Nos acuartelaron en Alling. Me mandaron a los establos y estaba completamente empapado. No hace falta que le diga que no pude pegar ojo»[94].

En el centro de entrenamiento del Lechfeld, sin enemigos magiares (ni británicos o franceses) a los que enfrentarse, los hombres del regimiento ya se encontraban extenuados incluso antes de llegar al frente. Hitler escribió a Anna Popp que «los primeros cinco días en el valle del Lech fueron los más agotadores de toda mi vida. Cada día una marcha más larga todavía, ejercicios más duros y marchas nocturnas de hasta 42 kilómetros seguidas de maniobras de la brigada»[95]. En contraste, Ludwig Waldbott, conde de Bassenheim, un aristócrata bávaro nacido en Jersey y oficial del Regimiento List, anotó en su diario aquel mismo día que los ejercicios no habían sido particularmente duros, pero que «la disciplina externa ha empeorado mucho debido a [las] marchas y al agotamiento»[96]. Cuando ya se encontraban cerca del frente, Bassenheim se quejó de que las tropas no se habían entrenado con la suficiente energía y que habían perdido el tiempo en el Lechfeld[97].

El único consuelo era —si hemos de creer los relatos de Hitler y de la historia oficial del regimiento— lo bien que los recibió la población local. Si es cierto, sería un testimonio del apoyo de la gente al regimiento y al esfuerzo bélico alemán. Hitler escribió a Anna Popp que la población local «casi [los] había atiborrado de comida»[98]. En la historia oficial del regimiento, Franz Rubenbauer, un oficial que fue comandante del regimiento durante un breve periodo de tiempo a comienzos de noviembre de 1914, también señalaba:

Todavía recordamos con agradecimiento la cálida acogida que recibimos de la población local de aquel acantonamiento. Cuando las unidades regresaban por la tarde después de los agotadores ejercicios diarios en el vasto Lechfeld o de las prácticas de tiro en las praderas del Lech, cantando marchas militares con sus voces altas y claras, se acercaban jóvenes y viejos y caminaban junto a nosotros. Después del «rompan filas» se llevaban a los soldados a sus casas, donde los pucheros ya esperaban humeantes a los hambrientos combatientes[99].

El relato de Rubenbauer, posterior a los hechos, es desmentido por el diario de guerra del conde Bassenheim. Éste consignó a su diario que los campesinos locales «son excepcionalmente poco amistosos. El coronel List tuvo que actuar con extremada firmeza porque en la posada se negaban a proporcionarle alimentos y material para calentarse». Un día, dos compañías sólo recibieron medias raciones de comida porque los campesinos locales habían dado al regimiento carne podrida[100].

Es sabido que los ejércitos planifican las guerras futuras como una repetición de la última. Desde la Guerra Franco-prusiana, a los alemanes les había obsesionado el peligro que los francs-tireurs —los partisanos franceses— habían representado en 1870-1871. Para los oficiales del Regimiento List la solución al problema fue entregar cuerdas a los soldados. Bassenheim señaló que su compañía «proporcionó sogas a las tropas para colgar a los francs-tireurs; cada tres hombres reciben una con el lazo corredizo ya preparado. Estas sogas están muy solicitadas entre los soldados»[101]. Cuando Bassenheim entregó sogas a unas tropas inexperimentadas y faltas de entrenamiento, que intentaban compensar su inexperiencia con fogosidad, para que las utilizaran con los francs-tireurs, había puesto en marcha involuntariamente, como veremos, una profecía que se autocumpliría.

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2

EL BAUTISMO DE FUEGO

21 de octubre – principios de noviembre de 1914

En las primeras horas del 21 de octubre, con las mochilas llenas de manzanas, cigarros y caramelos, los hombres del Regimiento List partieron de Baviera. Muchos nunca regresaron. Los amigos y las familias fueron a despedirlos cuando sus trenes salieron de la estación de mercancías de Múnich[102]. El día anterior, Hitler, que tras el estallido de la guerra sólo había mantenido correspondencia con la familia de su casero y algún que otro conocido, pero no con miembros de su propia familia ni con antiguos amigos, escribió a Anna Popp que estaba «tremendamente excitado»[103]. Los hombres del RIR 16 todavía no sabían con seguridad adónde les destinarían, pero muchos esperaban luchar contra «Inglaterra»[104]. Poco después de que Gran Bretaña entrara en la guerra, se empezó a culpar de ésta a la «pérfida Albión». El día antes de la marcha del regimiento, Hitler escribió a Popp: «Espero que podamos vérnoslas con Inglaterra»[105]. En el mismo tono, Weisgerber había escrito a su esposa unos días antes: «Sería espléndido si pudiéramos tomar parte del momento culminante de la guerra: la invasión de Inglaterra»[106].

Una vez hubieron salido de Múnich, los trenes de Hitler y Weisgerber se dirigieron hacia el noroeste. Weisgerber supuso que esto significaba que les estaban llevando a Calais y, desde allí, cruzarían el canal de la Mancha[107]. Cada vez que los trenes que transportaban el regimiento se detenían de camino a la frontera belga, los soldados eran recibidos por muchedumbres que les vitoreaban. En uno de los trenes iba el padre Norbert Stumpf, un rechoncho monje capuchino con una espesa barba negra, aspecto serio y tranquilo y gusto por la comida, que era capellán de la división de Hitler y que, sólo unas horas antes, había cumplido 41 años. Al comienzo de su diario de guerra, Norbert señaló con satisfacción que, en su primera parada después de salir de Múnich, les habían dado Weisswurst bávara y cerveza. En todas partes, los hombres del Regimiento List y sus regimientos hermanos eran recibidos por sonrientes mujeres con el uniforme de la Cruz Roja[108]. Todo esto era una gran aventura para el joven Hitler. Cuando su tren se detuvo brevemente en Ulm, se apresuró a mandar una postal a Joseph Popp, su casero, en la que le transmitía «sus mejores deseos desde Ulm, de camino a Amberes»[109].

Hitler informó de que «después de un glorioso viaje a lo largo del Rin», al salir de Aquisgrán, la última ciudad alemana antes de la frontera belga, «fueron a despedirnos miles de personas entusiasmadas y durante todo el viaje se repitieron escenas muy parecidas»[110]. Por su parte, el comandante de la 6.ª División Bávara de Reserva, a la que pertenecía el Regimiento List, Max Freiherr von Speidel, señaló en su diario: «Nuestro tren es recibido con gran afecto por la población en todas partes; en cada parada nos han dado refrescos… puros y cigarros»[111].

El apoyo que la población local daba a su paso a los convoyes, decorados con los colores de Múnich, Baviera y Alemania, no ha de tomarse necesariamente como una señal de entusiasmo popular por la guerra. Era un apoyo que se prestaba durante el breve espacio de tiempo que el tren permanecía en la estación. Sin embargo, antes de su llegada y después de su partida, el ambiente era muy distinto en las poblaciones situadas a lo largo de la línea entre Múnich y la frontera belga. Cuando en Heidelberg se construyó un puesto de aprovisionamiento para las tropas en tránsito unas semanas antes de que Hitler y sus compañeros pasaran por la ciudad, Karl Hampe y Hermann Oncken, profesores de Historia en la Universidad de Heildelberg, expresaron su decepción por la falta de entusiasmo de los vecinos: «Hoy por la tarde fui con gente de la Cruz Roja al puesto de aprovisionamiento, donde se habían construido unos barracones para atender a las tropas en tránsito. Aquello fue una decepción para Oncken y para mí. El orden y el ánimo [entre la gente] no eran muy buenos. Quizá las cosas son siempre así en una movilización y simplemente nos faltan elementos de referencia»[112]. Más que expresión de entusiasmo bélico, el apoyo mostrado a unidades como el Regimiento List era más bien solidaridad con «sus muchachos», que iban a arriesgar la vida en el frente.

Como hemos visto, la mayoría de los hombres del Regimiento List no eran voluntarios. No obstante, después de casi tres meses de guerra y varias semanas de entrenamiento, muchos estaban deseosos de llegar al frente para defender, según pensaban, su patria. El conde Bassenheim calificó de excelente el ánimo de los hombres del RIR 16 cuando salieron de Baviera. Al cruzar el Rin y pasar al lado del monumento del Niederwald, una enorme estatua de Germania que sujeta en las manos una espada y la corona del emperador alemán, colocada en lo alto junto a la orilla del Rin después de la Guerra Franco-prusiana, las tropas del Regimiento List entonaron repetidas veces La guardia del Rin[113].

La canción —que se escucharía una y otra vez en el frente— era el himno no oficial de la Alemania imperial. Hoy quizá sea más conocida por la famosa escena de Casablanca, el clásico de Hollywood, en la que los soldados alemanes la cantan en el Rick’s Café y son respondidos por los demás presentes con La Marsellesa. En realidad, su mensaje era de carácter defensivo. Escrita poco después de la ocupación napoleónica de Alemania, llama a los alemanes a estar preparados para defender su país de la ocupación extranjera más que a emprender la dominación del mundo:

¡Al Rin, al Rin, al Rin alemán! / […] ¡Firme y leal permanece la guardia, la guardia del Rin! / Como un relámpago galvaniza a cientos de miles / y los ojos de todos resplandecen claros; / el alemán protege con honestidad, devoción y fortaleza la tierra sagrada. / […] Mientras quede una gota de sangre caliente, / un puño saque la daga / y un brazo sujete el fusil, / ¡ningún enemigo pisará tu orilla! / […] ¡Firme y leal permanece la guardia, la guardia del Rin![114]

La actitud de los bávaros hacia la canción quizá ejemplifica la sociedad bávara, alemana y europea en vísperas de la I Guerra Mundial. No hay duda de que era una sociedad militarizada. Sin embargo, en su mayor parte, esta sociedad no se movilizó activamente a favor de la guerra, aunque estaba dispuesta a tomar las armas si se la llamaba a defender su país[115]. Y, desde luego, la canción no era más militarista que La Marsellesa, el himno nacional francés.

Antes de la guerra, el sentimiento antifrancés no formaba parte del núcleo del nacionalismo alemán. La esencia del nacionalismo anterior a 1914 no había sido, como a veces se afirma, la creación del «otro» —es decir, otras naciones— como enemigo[116]. Considerar el nacionalismo anterior a 1914 como una fuerza mutuamente antagónica que tarde o temprano haría casi inevitable una gran guerra europea es leer la historia hacia atrás en un intento de dar cuenta de las dos guerras mundiales[117]. No obstante, una vez estalló la guerra, un nacionalismo defensivo alemán redefinió el nacionalismo de la preguerra, excluyendo los elementos que permitían la coexistencia pacífica de los países europeos y buscando una interpretación del conflicto. Por ello, cuando los hombres del Regimiento List cantaban La guardia del Rin, tenían en mente el legado cultural de la resistencia a la invasión francesa. Se veían como miembros de una tradición mítica, sucesores de los que, al menos según lo interpretaban ellos, habían intentado defender a Alemania de las hordas de Louis XIV cuando el castillo de Heidelberg fue destruido en el siglo XVII, de las tropas revolucionarias francesas después de la Revolución Francesa y, más tarde, durante la invasión napoleónica y lo que consideraban una defensa preventiva contra la agresión que veían en Napoleón III en 1870.

Por el contrario, Gran Bretaña era un adversario inesperado. A veces se olvida que, en los cien años anteriores al estallido de la I Guerra Mundial, Gran Bretaña había luchado con los que serían sus principales aliados en la Gran Guerra (Francia, Rusia y Estados Unidos), pero no con sus principales adversarios (Alemania y Austria-Hungría). De hecho, Alemania e Inglaterra (o Gran Bretaña) nunca se habían enfrentado en un campo de batalla antes de la I Guerra Mundial. A pesar de las tensiones anglo-germanas previas a la guerra, pocos alemanes habrían pensado que Gran Bretaña se uniría a Francia y a Rusia contra Alemania: de ahí la sensación de traición y la indignación ante la declaración de guerra británica y, probablemente, de ahí también la esperanza de Hitler de enfrentarse a Gran Bretaña en el frente. Weisgerber ya se había referido a los británicos como «perros ingleses» a mediados de septiembre[118]. Además, cuando los prisioneros de guerra franceses y británicos fueron trasladados juntos a Alemania en las primeras semanas de la guerra, la ira pública se había dirigido mucho más contra los británicos que contra los franceses, hasta el punto de que a estos últimos se les había ofrecido comida y bebida durante el viaje, pero se les había negado a los primeros[119]. Cuando los hombres del Regimiento List vieron un tren lleno de prisioneros de guerra británicos al pasar por Aquisgrán, se extendió el rumor de que las tropas bávaras serían enviadas a Inglaterra, lo que fue recibido por los soldados con gran alegría[120].

Cuando el Regimiento List cruzó la frontera belga por la mañana temprano el 23 de octubre y Hitler salió así por primera vez en su vida de los territorios germanohablantes, las tropas gritaron «¡hurra!» y se pusieron a cantar. Los trenes tenían que llevar las luces apagadas, pues corrían peligro de ser bombardeados por los cazas enemigos. A mediodía se ordenó a las tropas que tuvieran sus armas preparadas en todo momento, pues se habían recibido informaciones de que en la zona por la que estaban pasando había francs-tireurs. A lo largo del día siguiente, los trenes que transportaban a los soldados del RIR 16 pasaron serpenteando entre las ruinas de las ciudades belgas[121]. Veinte años después, Ignaz Westenkirchner, que se convertiría en uno de los más estrechos compañeros de Hitler, recordaba: «El país parecía horriblemente plano y monótono; los únicos pueblos por los que pasamos no eran más que montones de ruinas. Caballos muertos en las acequias, hinchados como globos»[122]. El propio Hitler recordaba el viaje: «A las 9 de la mañana llegamos a Lieja. La estación había sufrido daños graves. El tráfico era tremendo. Sólo de transportes militares, por supuesto. A medianoche llegamos a Lovaina. Toda la ciudad es un montón de escombros. Vía Bruselas, continuamos hasta Dournay»[123]. Y sobre esta parte del trayecto escribió:

El viaje iba bastante bien y tranquilo, pero después no tuvimos más que problemas. En algunos lugares habían soltado los raíles a pesar de la extremada vigilancia y después encontramos un número aún mayor de puentes volados y locomotoras destrozadas. Aunque nuestro tren avanzaba a paso de tortuga, cada vez nos veíamos obligados a detenernos con más frecuencia. En la distancia se podía oír el monótono estruendo de nuestros morteros pesados. Por la tarde llegamos a un suburbio de Lille que estaba muy dañado. Salimos del tren y descansamos alrededor de nuestras armas apiladas. Poco antes de medianoche, por fin entramos en la ciudad por una monótona e interminable carretera flanqueada de pequeñas fábricas y una hilera interminable de bloques de casas ennegrecidos por el humo[124].

Así pues, era Lille, la extraoficial capital de la Francia septentrional, y no el puerto de Amberes, como Hitler había imaginado, el destino final de los hombres del Regimiento List. Para Weisgerber y para Hitler estaba ya claro que no irían a Gran Bretaña después de todo. Hitler y sus compañeros, que habían crecido en la relativa tranquilidad del largo siglo XIX, veían ahora de cerca la destrucción de la guerra por primera vez en sus vidas. Cómo interpretaron lo que vieron dependía de su capacidad para empatizar con el sufrimiento de los demás, algo que el padre Norbert podía hacer, pero de lo que el joven Hitler era completamente incapaz.

Ocupada por los alemanes desde el 12 de octubre, «Lille, y en particular la estación central, presentaba un aspecto terrible —anotó el padre Norbert en su diario—. La estación entera estaba en ruinas. Por todas partes había heridos. Se decía que 1.200 edificios, la mayoría grandiosos, habían sido destruidos por el bombardeo. Por doquier se veían tejados quemados, montones de cascotes humeantes, mujeres y niños llorando y mendigando, hombres silenciosos y sombríos»[125]. Igualmente, Rupprecht, el príncipe coronado de Baviera y comandante de las tropas bávaras, sintió «compasión por la castigada ciudad» cuando la visitó después de su caída en manos alemanas[126]. Entre tanto, Hitler escribió a Joseph Popp: «Lille es una ciudad francesa típica. Algunas zonas han soportado nuestros incendios y tiroteos. Pero, en su mayor parte, ha sufrido poco»[127].

La fiebre del espionaje se había desatado en los dos bandos. Unos días antes de la llegada del RIR 16 a Francia, el Toronto Globe informaba de que «a diario son fusilados grupos [sospechosos de ser] espías alemanes» en las ciudades del norte de Francia que no habían sido ocupadas. «En los tres últimos días han sido fusiladas tantas mujeres como hombres. Resulta extremadamente duro para los veteranos, a los que repugna disparar a mujeres, pero, según las leyes de la guerra, ha de hacerse. Las mujeres son alineadas con los hombres. Con frecuencia son jóvenes o mujeres refinadas, en el culmen de su belleza y su encanto». La fiebre pronto se transformó en paranoia: «En Francia han sido capturados tantos espías recientemente que, en cuanto se hace una acusación o se insinúa una sospecha, ni a hombres ni a mujeres les vale de nada tener papeles aunque parezcan estar en regla»[128]. De forma parecida, la división de Hitler sospechaba, con razón o sin ella, que en Lille estaba rodeada de espías y combatientes de la resistencia: «En los 15 hospitales militares que hay en la ciudad —escribió el padre Norbert— yacen unos 4.000 soldados, la mayoría de ellos gravemente heridos, pero no hay sacerdotes, pues a los sacerdotes franceses no se les permite visitar a los heridos por temor al espionaje»[129]. Así, alemanes y franceses convergían en el temor paranoico a los espías.

Por otra parte, en una carta a su esposa, Weisgerber describía cómo corría el vino en Lille: «Nuestra guerra sigue siendo hermosa. Pero cada día vemos y oímos algo de la guerra real»[130]. Lille estaba tan llena de soldados alemanes que los hombres de la compañía de Hitler tuvieron que dormir al raso su primera noche en la ciudad:

Pasamos la primera noche en el patio de la Bourse. Es un suntuoso edificio que han dejado inacabado. Como teníamos que acostarnos con todo el equipo —estábamos en alerta— y hacía un frío horrible sobre los adoquines, no pude pegar ojo. Al día siguiente nos fuimos de allí. Esta vez nos llevaron a un edificio de cristal muy grande. No es que nos faltara el aire, sino todo lo contrario, pues lo único que quedaba en pie era el armazón de hierro. La explosión de los proyectiles alemanes había roto el cristal en millones de fragmentos[131].

Por la noche, Hitler cantó con sus compañeros de armas. De día tuvo la ocasión de explorar su nuevo entorno: «Durante el día hicimos un poco de instrucción, visitamos la ciudad y admiramos la enorme maquinaría bélica que había dejado su huella en todo Lille y que ahora pasaba ante nuestros asombrados ojos en gigantescas columnas»[132].

Durante su tercera noche en Lille, los hombres del Regimiento List fueron despertados súbitamente. «Nadie sabía exactamente qué estaba pasando, pero todos creíamos que era una especie de ejercicio. Estaba muy oscur

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