Paseos nocturnos
Hace algunos años padecí de un insomnio pasajero, atribuible a una impresión dolorosa, y ese insomnio me obligó a salir a pasear por las calles durante toda la noche y por espacio de varias noches. Esa molestia habría tardado mucho tiempo en curarse si hubiese permanecido desmayadamente en cama; pero la dominé muy pronto, gracias al brioso tratamiento de volver a levantarme en cuanto me acostaba, saliendo a la calle para no regresar a casa hasta la salida del sol y completamente rendido de cansancio.
En el curso de aquellas noches completé mi educación con una experiencia de lo que es carecer de hogar por pura afición. Como la finalidad principal que entonces perseguía era la de pasar la noche, ésta me hizo trabar simpáticas relaciones con gentes que durante todo el año no tienen sino esa misma finalidad por las noches.
La cosa ocurrió en el mes de marzo, con tiempo húmedo, nuboso y frío. Como el sol no salía hasta las cinco y media, las perspectivas de la noche se me presentaban suficientemente largas a eso de las doce y media, que era, aproximadamente, la hora en que me encaraba con ellas.
Las inquietudes de una gran ciudad y la manera como se revuelve y sobresalta antes de dormirse constituyen una de las primeras distracciones que se ofrecen a la contemplación de quienes carecemos de hogar. Duraba esa distracción cosa de dos horas. Cuando las últimas casas de bebidas apagaban sus luces, perdíamos una gran cantidad de camaradería, y cuando los muchachos de las tabernas ponían en la calle a los últimos borrachos alborotadores; pero los coches rezagados y las gentes rezagadas quedaban todavía a nuestra disposición. Si teníamos mucha suerte, se producía de pronto un taconeo de guardias que corrían hacia algún lugar en que se había armado una trifulca; pero, por lo general, esa clase de diversión era muy escasa; salvo en Haymarket, que es la zona de Londres peor cuidada, y en las cercanías de Kent Street, del Borough, y en un buen trecho de la línea de Old Kent Road, era raro que se turbase violentamente la paz. Pero todas las noches se daba el caso de que Londres, a imitación de los ciudadanos que en él viven, tuviese estertores de agonía y sobresaltos de desasosiego. Cuando ya todo parecía tranquilo, bastaba que se oyese el traqueteo de un cabriolé para que le siguiesen con toda seguridad media docena; llegábamos incluso los sin hogar a fijarnos en que los borrachos parecían sentirse atraídos uno hacia otro por alguna fuerza magnética, de manera que cuando veíamos a uno tambaleándose y buscando apoyo en los postigos de una tienda, sabíamos que antes de cinco minutos surgiría otro borracho tambaleante para confraternizar o pelearse con el primero. Y si salíamos del tipo corriente de borrachos de brazos delgados, cara abotagada, labios plomizos, es decir, del borracho de ginebra, y tropezábamos con otro tipo más raro de borracho, de aspecto más decente, podíamos apostar cincuenta contra uno a que vestía de luto y que sus ropas estaban manchadas. A esta experiencia nocturna de las calles corresponde la experiencia diurna de las mismas; la gente pobre que de pronto se ve en posesión de algún dinero entra también de súbito a beber mucho alcohol.
Pero esos chisporroteos morían pronto y se apagaban —los últimos auténticos chisporroteos de la vida de vigilia brotaban de algún vendedor rezagado de pastel de carne o de patatas asadas—, y Londres volvía a hundirse en el sosiego. Entonces el anhelo del alma del sin hogar lo llevaba a buscar cualquier manifestación de gente despierta, cualquier lugar iluminado, cualquier movimiento, cualquier cosa que sugiriese la idea de alguien en vela, aunque estuviese despierto en su cama, porque los ojos del sin hogar buscaban luces en las ventanas.
Caminando por las calles bajo el tamborileo de la lluvia, el sin hogar avanzaba, avanzaba y avanzaba, sin ver otra cosa que la interminable maraña de calles, salvo en alguna esquina, aquí y allá, en que había dos policías conversando, o un sargento o un inspector pasando revista a sus hombres. De tiempo en tiempo, aunque muy rara vez, el sin hogar advertía durante la noche la presencia de una cabeza furtiva que miraba desde el portal de una casa unos cuantos metros más adelante de él, y al llegar a la altura de la cabeza descubría a un hombre, muy tieso y pegado a la puerta, para mantenerse dentro de la sombra del portal, acechando con toda evidencia la ocasión de rendir a la sociedad algún servicio especial. El sin hogar y el caballero en cuestión mirábanse uno a otro de la cabeza a los pies, como si sufriesen una especie de fascinación, dentro del silencio fantasmal que convenía a aquella hora, y se separaban sin cambiar entre ellos una sola palabra, pero recelando el uno del otro. Drid, drip, drip, goteaban los salientes de las fachadas; de las tuberías y bajadas de agua salía ésta salpicando, y por fin la sombra sin hogar llegaba a las piedras del pavimento que conduce al puente de Waterloo, porque se le antojaba disponer de medio penique de excusa para dar las buenas noches al cobrador del peaje y para tener un atisbo de la hoguera en que éste se calentaba. Ver al cobrador del peaje suponía contemplar varias cosas confortables: un buen fuego, un buen gabán y una buena bufanda de lana; era asimismo una compañía excelente su despierta actividad cuando devolvía el cambio del medio penique echándolo sobre su mesa de metal, con el gesto de un hombre que se ríe de la noche y de todos sus dolorosos pensamientos, y que no se preocupa de que llegue pronto el alba. Hacía falta algo que animase a cruzar el umbral del puente, porque éste era siempre lúgubre. En aquellas noches a que me refiero, todavía no habían descolgado con una cuerda por encima del pretil el cadáver del hombre asesinado y partido en pedazos; ese hombre estaba aún con vida, y es muy probable que durmiese tranquilo, sin que perturbase sus sueños la pesadilla de lo que iba a ocurrir. Pero el río presentaba un aspecto espantoso, los edificios de las orillas se hallaban envueltos en negras mortajas y las luces que se reflejaban en el agua parecían dar a ésta una profundidad mayor, como si los espectros de los suicidas las tuviesen encendidas allá en el fondo para mostrar dónde habían ido a parar. La luna solitaria y las nubes parecían tan inquietas como una conciencia pecadora en una cama desarreglada, y hasta la misma sombra de la inmensidad de Londres dormía oprimida encima del río.
Desde el puente hasta los dos grandes teatros sólo había una distancia de algunos centenares de pasos, de modo que eran los teatros quienes venían a continuación. Estos grandes pozos secos eran hoscos y negros por la noche, y se presentaban desiertos ante la imaginación cuando ya se habían borrado sus hileras de caras, apagado las luces y quedádose vacíos los asientos. Se le ocurría a uno pensar que dentro de ellos no había nada a esa hora que se conociese a sí mismo, fuera de la calavera de Yorick. En uno de mis paseos nocturnos, y cuando las campanas de las iglesias hacían vibrar los vientos y la lluvia de marzo con las campanadas de las cuatro, crucé el límite exterior de uno de esos grandes desiertos y penetré en el mismo. Provisto de una linterna fui tanteando el camino bien conocido hasta llegar al escenario y miré desde éste hacia la platea, que se parecía a una fosa inmensa abierta para tiempos de peste; miré también hacia el vacío que había más allá. Aquello era una caverna temerosa que daba una sensación de inmensidad, con su araña central muerta como todo lo demás, y sin que a través de la neblina y de la bruma se viese otra cosa que hileras de mortajas. El escenario en que se asentaban mis pies, y en el que la última vez que había estado allí tuve ocasión de ver a los campesinos napolitanos bailando entre las viñas, sin preocuparse en modo alguno de la montaña ardiente que amenazaba con destruirlos, hallábase ahora en poder de una gruesa serpiente: la manga de la bomba de incendios que yacía vigilante al acecho de la serpiente de fuego, dispuesta a arrojarse sobre la misma si dejaba ver su lengua ahorquillada. Un fantasma de sereno, portador de una moribunda vela, se paseaba por la lejana galería superior y desaparecía en ella. Me retiré dentro del proscenio, y alzando la luz por encima de mi cabeza hacia el telón enrollado en lo alto, y que ya no era verde, sino negro, como el ébano, se perdió mi vista en la bóveda sombría, que mostraba débiles síntomas de un naufragio de lonas y jarcias. Me sentí, poco más o menos, como un buzo pudiera sentirse en el fondo del mar.
En aquellas horas de la madrugada en que no había en las calles el menor movimiento, ofrecía materia de reflexiones el pasar por cerca de la cárcel de Newgate y, tocando la áspera piedra de sus muros, pensar en los presos que dormían, mirar luego hacia el interior del pabellón por encima del postigo coronado de picas, y ver reflejados sobre el blanco muro el fuego y la luz de los guardianes que vigilaban. Tampoco era aquél un momento adecuado para detenerse junto a la pequeña y malvada puerta de la cárcel de deudores —que se cierra más apretadamente que ninguna otra de las puertas que han existido— y que fue para muchos la puerta de la muerte. En los tiempos en que se engañó a personas del campo con billetes falsos de una libra, ¡cuántos centenares de desdichados de uno y otro sexo —muchos de ellos, totalmente inocentes—, salieron para la horca de un mundo despiadado y falto de razón, teniendo ante sus ojos aquella torre de la iglesia cristiana del Santo Sepulcro! Ello constituía una monstruosidad. ¿No vagan por la sala del Banco de Inglaterra las almas llenas de remordimientos de sus antiguos directores durante las noches de estos tiempos de ahora, o es que permanece aquélla tan tranquila, como este degenerado Acéldama (Campo de la Sangre) de Old Bailey?
El caminar desde aquí hasta el Banco de Inglaterra, lamentando la ausencia de aquellos viejos tiempos, y gimiendo por la maldad de los actuales, sería una etapa fácil para hacerla a continuación; la iniciaría, pues, y daría mi vuelta de sin hogar alrededor del Banco, dedicando un pensamiento al tesoro que éste contiene en su interior; y también lo dedicaría al retén de soldados que pasan allí la noche, cabeceando junto al fuego. Marché después a Billingsgate con la esperanza de encontrar allí a los concurrentes de los mercados; pero era todavía demasiado temprano; crucé el puente de Londres y bajé por la orilla del río, en la margen de Surrey, por entre los edificios de la gran cervecería. Allí dentro se notaba mucha vida; el humo, el olor de los cereales y el ruido de los gordos caballos de tiro al rozar sus pesebres constituían una magnífica compañía. Muy aliviado por haber permanecido en tan buena sociedad, emprendí de nuevo la caminata con el corazón rejuvenecido, proponiéndome llegar a continuación hasta la cárcel del Tribunal Supremo, resuelto, cuando llegase hasta sus muros, a meditar en el pobre Horace Kinch y en la carcoma que ataca a los hombres.
Esta carcoma de los hombres es una enfermedad curiosa y difícil de descubrir al principio. Ella había conducido a Horace Kinch al interior de aquel muro de la vieja cárcel del Tribunal Supremo y lo había sacado al exterior con los pies por delante. En sus años mozos había sido un hombre de buena presencia, de buena posición, todo lo inteligente que necesitaba ser, gozando además de mucha popularidad entre gran número de amigos. Hizo una boda muy buena y tuvo hijos sanos y hermosos. Pero, al igual que muchas casas y barcos de hermosa apariencia, se vio atacado de la carcoma. El primer fuerte síntoma exterior de la carcoma en el hombre es cierta tendencia a estar al acecho sin hacer nada; a situarse en las esquinas sin ninguna razón aparente; a ir lo mismo a un sitio que a otro cuando algún conocido se tropieza con ellos; a encontrarse en muchos lugares más bien que en ninguna parte; a no ocuparse de nada tangible, aunque viviendo con el propósito de realizar mañana o pasado mañana una cantidad de obligaciones inconcretas. Cuando alguien advierte estos síntomas de la enfermedad, suele relacionarlos con una vaga impresión que formó o recibió en otro tiempo de que el enfermo llevaba una vida un poco demasiado dura. Apenas habrá tenido tiempo para meditar en ello y formarse la terrible sospecha de carcoma, cuando advierte un empeoramiento en el aspecto exterior del enfermo: cierto abandono y deterioro, que no es pobreza, ni suciedad, ni borrachera habitual, ni mala salud, sino simplemente carcoma. Sucede a esta etapa otra en que el paciente despide por la mañana un olor a aguas fuertes; después muestra despreocupación en asuntos de dinero; viene más tarde un olor más penetrante aún, como de aguas fuertes a todas horas; a continuación el paciente se despreocupa de todo, hasta que muestra temblor de miembros, somnolencia, deterioro completo y sucumbe destrozado. Lo que ocurre en la madera, ocurre en el hombre. La carcoma se propaga a un interés compuesto usurario imposible de calcular. Se descubre una tabla infectada de carcoma, y con ello ya está condenado el total de la construcción. Así le ocurrió al desdichado Horace Kinch, enterrado últimamente gracias a una pequeña suscripción. Quienes lo conocían no habían acabado de decir «¡Un hombre de tan buena posición, tan bien casado, con tales esperanzas por delante, y a pesar de todo ello, se sospecha que está levemente infectado de carcoma!», cuando he ahí que el hombre ya estaba totalmente carcomido y reducido a polvo.
Desde el muro inanimado que en aquellas noches sin hogar asociaba yo a un caso tan corriente como el anterior, me decidí a caminar hasta el Hospital Bethlehem; en parte, porque me quedaba de camino para Westminster; en parte, porque se me había subido a la cabeza una fantástica idea nocturna en la que yo podía meditar mejor a la vista de sus muros y de su cúpula. La idea era ésta: ¿No son, acaso, los cuerdos y los locos iguales por la noche cuando los cuerdos ensueñan? ¿No estamos todos nosotros, los que ensoñamos fuera de los manicomios, durante todas las noches de nuestra vida, más o menos en la misma situación de los que se hallan dentro? ¿No nos imaginamos nosotros por la noche, de la misma manera que ellos durante el día, que estamos absurdamente relacionados con reyes y reinas, emperadores y emperatrices y con personas notables de toda categoría? ¿No hacemos nosotros por la noche una mezcolanza de acontecimientos y personajes, tiempos y lugares que ellos mezclan durante el día? ¿No nos sentimos a veces turbados por la inconsistencia de algunos de nuestros ensueños y no intentamos, muy molestos, explicarlos y disculparlos, exactamente igual que lo hacen ellos en ocasiones en relación a sus engañosas ilusiones cuando están despiertos? La última vez que visité uno de esos establecimientos, uno de los enfermos me dijo algo parecido a esto: «Señor, yo vuelo muchas veces». Yo me quedé medio avergonzado pensando en que a mí me ocurría lo mismo, de noche. Durante la misma visita me dijo una mujer: «La reina Victoria suele venir con frecuencia a comer conmigo, y su majestad y yo comemos melocotones y macarrones, vestidas con nuestras camisas de noche, y su alteza real el príncipe consorte nos hace el honor de acompañarnos, montado a caballo y con su uniforme de mariscal de campo». ¿Pude yo evitar un sonrojo, teniendo como tenía la conciencia de haber asistido yo mismo (en sueños) a estupendas reuniones dadas por mí y a las que había invitado a familias reales, sirviendo una cantidad incalculable de viandas y conduciéndome de la manera más extraordinaria en ocasiones tan magníficas? Y todo eso me hace pensar en que quizá el Gran Maestro que lo sabía todo debió haber llamado sueños a las locuras de la cordura diaria, puesto que llamó sueño a la muerte de la vida diaria.
Pensando todas estas cosas, había dejado a mis espaldas el manicomio y me dirigía nuevamente hacia el río; un momento más y me hallaba en el puente de Westminster recreando mis ojos de sin hogar en los muros exteriores del Parlamento británico, en esa cúspide perfecta de una institución estupenda, como a mí me consta que lo es, admiración de todas las naciones que nos rodean y de todas las épocas que se sucedan —de ello no tengo duda alguna—; pero que, sin embargo, no le viene mal de cuando en cuando que lo estimulen en su tarea. Entrando luego en Old Palace Yard, me hicieron compañía durante un cuarto de hora los tribunales de Justicia, susurrándome al oído el número de personas a quienes ellos mantenían en constante vigilia y hasta qué punto de dolor y de espanto estaban reduciendo en las altas horas de la noche a los desdichados pleiteantes. La abadía de Westminster me sirvió de compañía distinguida y tétrica por espacio de otro cuarto de hora, haciéndome pensar en un maravilloso cortejo de sus muertos por entre los negros arcos y columnas, cortejo en el que cada siglo se asombraba de ver al que le seguía mucho más que de ver a todos los siglos que le habían precedido. Desde luego, en aquellos paseos nocturnos de personas sin hogar, en los que incluí hasta cementerios en que lo
