HEMOS ACEPTADO LO INACEPTABLE
Los monstruos existen, pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos; los más peligrosos son los hombres corrientes, los funcionarios dispuestos a creer y obedecer sin rechistar.
PRIMO LEVI
Recojo aquí, a modo de preámbulo —paradójico—, la provocación de Howard Zinn:[1] el problema no es la desobediencia, el problema es la obediencia.[2] En la que reverbera la frase de Wilhem Reich: «La verdadera cuestión no es saber por qué se rebela la gente, sino por qué no se rebela».[3]
Sobran motivos para no aceptar el estado actual del mundo, su curso catastrófico. Desgranarlos todos resultaría una letanía de desastres. Aquí solo me referiré a tres o cuatro motivos poderosos que deberían haber provocado nuestra desobediencia hace ya tiempo y seguir provocándola hoy porque, al alcance de la vista está, no han hecho más que agravarse.
Y, sin embargo, no pasa nada; nadie o casi nadie se subleva.
El primero es, sin duda, la agudización de las injusticias sociales, de las desigualdades económicas. La advertencia de Marx (el empobrecimiento radical) se cumple cada vez más,[4] como si la globalización, después de los bloqueos de los nacionalismos económicos, hubiera dado por fin rienda suelta a un capitalismo desenfrenado, total, cuyo resultado es, por el momento, la formación de una élite riquísima, una minoría de atiborrados que se ahogan bajo el peso de sus riquezas, frente a un 99 por ciento de desposeídos, que van por la vida arrastrando sus deudas y su miseria. Las espirales estrictamente complementarias de empobrecimiento de las clases medias y enriquecimiento exponencial de una minoría están ahí, impulsadas por las nuevas tecnologías que anulan los efectos de dilación, de «frotamiento»,[5] que hasta hace poco mantenían unos equilibrios razonables. El proceso se acelera, se desboca. La racionalidad actuarial, la de los «seguros» (el frío cálculo de los riesgos), impone que en todas partes se haga pagar caro el dinero a quienes no lo tienen. Se apoya en una evidencia aritmética glacial que, a bajo coste, blanquea el alma de quienes toman decisiones económicas, de todos los que, con la lista del próximo furgón de despedidos en la mano, pueden decir con un tono de condescendencia humillante: «Qué quiere que le diga, es lamentable pero las cifras son las cifras y no se puede ir contra la realidad de las cifras».
Pero la «realidad» de las cifras no está en ninguna parte, salvo en su buena conciencia.[6] O mejor dicho: la realidad de las cifras es la de los efectos de realidad producidos, duros y terribles. Cuando se toman las ecuaciones como fuente de autoridad, las tablas Excel como voces de oráculos ante las que se inclina respetuosamente la cabeza, propulsoras de decisiones, entonces, las desesperaciones sociales, las miserias de fin de mes, los descensos en la escala social y las ruinas están justificados de antemano. Y todo esto se produce «conforme» a la ley de hierro de la economía, a la «realidad» insoslayable de las ecuaciones: las cifras son las cifras.
¿Qué realidad? No la de la solidaridad entre individuos, que se oculta; no la del sentido elemental de la justicia, del ideal de compartir; no la del espesor de realidades humanas, que los directivos —los «responsables», como se dice, sin duda irónicamente—, con una mezcla de indiferencia y cálculo, olvidan, disimulan, se ocultan a sí mismos tras la pantalla de sus estadísticas impresas en papel satinado.
¿Y qué ley «superior»? Lo único que veo es una codicia descarada. ¿Dónde está la providencia que invocan? ¿Y la necesidad impostergable? Comprendo que las potencias de poder y dinero ofrezcan semejante testimonio de su fe cuando se les da la oportunidad. Al ver la piedad que ostentan los directivos de empresas, durante mucho tiempo los he considerado unos hipócritas. Pero no. El cinismo ha alcanzado un grado superior, casi etéreo, donde ya no se separa de la sinceridad. Porque las leyes de la economía y los decretos de Dios se parecen, flotando en esa trascendencia que los confunde, propagando una inevitabilidad que se «impone» a todos sin excepción, como el tiempo que hace o la muerte que algún día llegará. Cuando se alcanza ese estado, cuando se es inmensamente privilegiado, beneficiario del orden del mundo frente a la masa, cuyo destino es ya pura supervivencia, parecería que se alcanza la humildad. Entonces uno se dice que tanta sinrazón, la monstruosidad demente de las desigualdades, debe tener una explicación superior, al menos teológico-matemática, más allá de la apariencia superficial. No es otra la función atroz del formalismo matemático introducido en la economía: declarar inocente a quien se lleva las ganancias. No, él no es el canalla aprovechado que hace morir de hambre a la humanidad, sino el humilde servidor de unas leyes cuya soberanía y complejidad están fuera del alcance del común de los mortales. Me parece estar oyendo a estos directivos con sueldos astronómicos, a estos deportistas multimillonarios. Replican, en descargo de su conciencia: «¡Vamos a ver! ¡Esos emolumentos exorbitantes no los he exigido yo, me los han ofrecido! Será porque lo valgo». Ahora contad a los trabajadores explotados que merecen su salario, y que si les pagan tan poco es porque son subhumanos.
El doble proceso del enriquecimiento de los ricos y el empobrecimiento de los pobres acarrea el hundimiento progresivo de la clase media.[7] Arrogancia o desesperación: cada vez es más exigua la realidad intermedia entre quienes exigen desde sus cómodos sillones el incremento máximo de sus acciones y aquellos a quienes se impone un recorte de unos salarios que a este paso no alcanzarán, no digo ya para vivir, ni siquiera para pagar las deudas. La vida es lo poquito que queda después de haber pagado a los bancos. Las reglas de solidaridad más elementales se esfuman, la realidad humana se disuelve y en los salones dorados de los directivos ligeramente pensativos y recostados ya solo quedan Dios y las ecuaciones, mientras que, en el otro mundo, se pelea por las migajas. Con la desaparición de la clase media lo que se pierde es la existencia de un mundo común, pues los ideales de utilidad general, de bien público, siempre han estado dirigidos a preservar la consistencia de una clase media que ponía límites a la miseria y a la riqueza extremas, y como escribía hace más de veinte siglos Eurípides en Las suplicantes, que constituía la posibilidad misma de la democracia.[8]
Sin embargo, esta brecha todavía no atiza demasiado el odio político del pueblo contra los ricos. Se difracta en una serie indefinida de divisiones internas. Porque la condición de los más adinerados despierta sobre todo la pasión amarga de parecérseles; porque el orgullo de ser pobre, alentado por la esperanza de revanchas futuras, ha dado paso a una vergüenza agresiva; porque el mensaje pregonado por doquier es que solo tiene sentido vivir en el consumo a ultranza y dejarse aspirar por el presente en un disfrute fácil. Por estos y otros motivos, la justa ira de una mayoría explotada contra la minoría se desactiva, transformada en odio a los pequeños aprovechados y miedo a los pequeños delincuentes.
La velocidad de enriquecimiento de los poseedores aumenta, la espiral del descenso social se acelera. La riqueza de los poderosos desafía la imaginación, y la penuria de lo que antes se llamaba «el fin de mes» —pero hoy son los próximos diez, veinte años de deudas— es inconcebible para las clases altas, que solo se sobresaltan ante las variaciones de sus inmensos beneficios. Hablar de «injusticia» se ha vuelto obsoleto. Estamos en plena era de la indecencia. Las remuneraciones de los directivos de grandes empresas, los salarios de los deportistas más aclamados, los emolumentos de los artistas, se han vuelto obscenos. Las desigualdades han llegado a un extremo que solo podría justificar la existencia de dos humanidades.
El segundo aspecto intolerable de nuestro mundo actual es la degradación progresiva de nuestro entorno. El aire, el suelo y sus productos, la vegetación: todo está contaminado, ensuciado hasta la asfixia. La naturaleza se había definido desde siempre por su capacidad de renovación, de repetición de lo mismo. Se decía: las producciones culturales se desgastan, envejecen o mueren, mientras que la naturaleza es una primavera esencial. En ella todo vuelve a empezar. Eterna repetición de lo mismo, reanudación incesante, reaparición mágica de las mismas formas, frescura inalterada. El coro de Antígona cantaba a «la Tierra incansable» (v. 339). Pues bien, la Tierra se ha cansado, el siglo XXI será el del agotamiento y el desierto. La humanidad pone a prueba los límites de la naturaleza. La fecundidad de las tierras extenuada, los recursos agotados, las reservas consumidas.
Hans Jonas planteó la cuestión de lo irreversible en su Principio de responsabilidad.[9] El razonamiento era este: durante siglos, nosotros, frágiles mortales, nos hemos protegido de la naturaleza con la técnica. Pero nuestras capacidades técnicas han evolucionado hasta tal punto que ahora afectan no ya a los caracteres externos del ser vivo, sino a la propia base vital (por ejemplo, en el caso de las modificaciones genéticas). Con nuestras intervenciones técnicas introducimos alteraciones irreversibles y jugamos a aprendices de brujo. Por primera vez la naturaleza parece vulnerable. Durante siglos hemos intentado protegernos de ella con la técnica. Ahora es la naturaleza la que hay que proteger de la técnica. Pero hoy, cerca de medio siglo después de los análisis de Jonas, ya no se trata de la alteración de la naturaleza sino de su ahogamiento: ya no se dan las condiciones de «renovación» de las especies y los recursos naturales, el ciclo del renacimiento se ha roto. La amenaza es el fin de las primaveras.
El último aspecto inaceptable, que sin duda engloba a los dos primeros y les imprime un movimiento en espiral, se centra en el proceso contemporáneo de creación de riqueza. El llamado «capitalismo» es algo difuso, complejo, proteiforme. Sea como sea, entre la sistematización del accionariado, la importancia de la especulación financiera, el principio generalizado del endeudamiento y las aceleraciones inducidas por las nuevas tecnologías, desde hace varias décadas se ha impuesto un nuevo capitalismo: un modo de creación de riqueza que, mediante la deuda y la especulación, descalifica el trabajo (el salario está bien para los pobres) y agota las fuerzas y el tiempo. No es que nos precipitemos hacia el abismo —y menos aún hacia un muro—, el propio abismo es esa precipitación. El enriquecimiento se hace en perjui
