I
33
—¡Motas! ¡Motas por todas partes! Fijaos en el tercer panel. Este no: ese. El segundo empezando por abajo. Y que conste que ayer ya habría dejado resuelto el tema, pero entonces llegó el fotógrafo y el tal Yaki Nakamari o como coño se llame el que ha diseñado esto, un chapuzas de mucho cuidado, entre una cosa y otra al final me tomó por no sé quién y no me hizo ni puto caso. Bueno, a lo que iba. Las veis, ¿no? Está claro que todos estos puntitos asquerosos son motas, ¿no? Y a mí no me parece que hayan salido por pura casualidad. A mí me parece más bien que los han hecho con vete a saber qué máquina. O sea que no os vayáis por las ramas, ¿eh? Id al grano y sed concretos. ¿Esto es lo que hay? Pues esto, venga. Sin florituras. El quién, el qué, el dónde, el cuándo y, si puede ser, el porqué, aunque, por la cara de desgraciados que ponéis, me da la impresión de que el porqué no me lo va a contar nadie. Venga ya, coño, ¡qué pasa!
En este mundillo siempre hay alguien con la respuesta a punto.
—Este bar es de George Nakashima —me corrige JD sin alterarse—, no de este... Yaki Nakamashi, o sea... Yuki Nakamorti... Ay, no, ¿cómo era...? Peyton, tío, échame un cable, por el amor de Dios.
—Para este nivel se escogió el proyecto de Yoki Nakamuri —señala Peyton.
—No me digas. ¿Y se puede saber quién lo escogió? —pregunto.
—Pues... en fin, de hecho... moi —dice Peyton.
Breve silencio durante el que Peyton y JD son fulminados por sendas miradas.
—¿Y se puede saber quién coño es Mua? —pregunto—. Porque yo no tengo ni puta idea de quién es ese tal Mua.
—Victor, por Dios —dice Peyton—, pero si Damien y tú ya lo tenéis todo más que hablado.
—Pues sí. Pero ya me estáis diciendo uno de los dos quién coño es ese Mua, porque si no a mí me va a dar un ataque.
—Moi es Peyton, Victor —contesta JD sin alterarse.
—Moi soy yo —asiente Peyton—. Moi es «yo» en francés.
—Oye, ¿tú estás seguro de que esas motas no están donde tienen que estar? —JD toca el panel—. Tío, no sé, a lo mejor están como de moda o algo así.
—Alto ahí —digo con la mano levantada—. ¿A ti te parece que esas motas están de moda?
—Victor, querido, ¿tú has visto la lista de asuntos que aún tenemos pendientes? —JD me enseña una larga lista de asuntos pendientes—. Pues hazme el favor de olvidarte de las motas, que ya encontraremos a alguien que se las lleve de paseo. Y acuérdate de que tenemos a un mago esperando abajo.
—¿Para mañana por la noche? —digo a gritos—. JD, ¿me juras que no me las voy a encontrar aquí mañana por la noche?
—Pues yo creo que sí se podrá arreglar, ¿no? —JD mira a Peyton y este asiente.
—En esta ciudad «mañana» puede significar cualquier cosa, desde cinco días hasta todo un mes. Por Dios, ¡pero qué más tengo que hacer para que os deis cuenta de que estoy que muerdo!
—Lo dices como si nosotros hubiéramos estado mano sobre mano...
—Mira, me parece que la situación es de lo más simple. ¿Ves eso? —Señalo—. Son motas. ¿Hago venir a alguien para que te traduzca la frase? ¿O... te das por enterado?
Nos acompaña una «reportera» de Details. Misión: seguirme durante una semana entera. Titular: GÉNESIS DE UN CLUB NOCTURNO. Descripción: wonderbra, perfilador de ojos en abundancia, gorra de marinero ruso, bisutería floral de plástico y un ejemplar de W enrollado bajo un brazo paliducho y con muchas horas de gimnasio. Uma Thurman con treinta centímetros menos y cara de sueño. Tras ella, un tipo con camiseta de rugby, chaleco acolchado y chupa de cuero que se encarga de filmar la escena.
—Eh, cielo. —Doy una calada a un Marlboro que me ha pasado no sé quién—. ¿Tú qué opinas de las motas?
La reportera se baja las gafas de sol.
—Pues la verdad, no sé. —Aún no tiene claro a qué carta quedarse.
—East Coast girls are hip —digo, y me encojo de hombros—. I really dig those styles they wear.
—Yo no estoy muy al día —se disculpa.
—Pues anda que esta panda... —digo con un bufido—. Hay que joderse…
Beau se asoma a la barandilla del último piso y grita:
—¡Victor! ¡Chloe por la diez!
Acto seguido la reportera abre el bloc de notas que llevaba disimulado bajo el brazo, enrollado en el W, y garabatea unas palabras. Era de esperar que algo así la sacara temporalmente de su letargo.
Sin apartar la vista de las motas, respondo también a gritos:
—¡Dile que ahora estoy ocupado! ¡Que estoy reunido! ¡Que ha surgido una emergencia! ¡No, que estoy reunido y que ha surgido una emergencia! ¡Que la llamo en cuanto logremos apagar el incendio!
—¡Victor! —insiste Beau—. ¡Ya es la sexta vez que llama en lo que va de día! ¡Peor! ¡Ya es la tercera vez que llama en lo que va de hora!
—¡Pues dile que en el Doppelganger a las diez!
Me arrodillo —Peyton y JD hacen lo mismo— y recorro el panel con la palma de la mano mientras les indico dónde empiezan y acaban las motas y dónde reaparecen.
—Míralas, joder… Y fíjate cómo brillan. Fíjate, JD —susurro—. Por Dios, las hay por todas partes. —De pronto reparo en una concentración de motas que aún no había visto y no puedo reprimir un grito—. ¡Se expanden! ¡Estas de aquí no estaban antes! ¿Verdad que no? —Trago saliva y luego prosigo con voz ronca—: Tengo la boca superseca de tanta mota… ¿Puede traerme alguien un té frío? Un Arizona light de botella, no de lata.
—Pero, Victor, ¿no te comentó Damien lo del diseño? —pregunta JD—. ¿En serio no sabías que iban a poner motas?
—Yo no sé nada de nada. Nada. Niente. Que te quede claro. Yo nunca sé nada. Nunca des por sentado que yo sé algo. Nunca. Nada. Yo no sé nada. Nada de nada. Nunca...
—Vale, vale, ya lo pillo —me interrumpe cansado JD antes de ponerse en pie.
—Pues qué queréis que os diga... yo no veo nada —observa Peyton desde el suelo.
JD suspira.
—Ni siquiera Peyton puede verlas, Victor.
—Pues dile a ese vampiro que se quite las gafas de sol de una puta vez. Hay que joderse...
—No tolero que me llamen vampiro —protesta Peyton con un mohín.
—¿Perdón? ¿Toleras que te den por el culo pero no que te llamen Drácula en broma? ¿Estoy todavía en el mismo planeta? Venga, andando. —Agito el brazo señalando hacia algo invisible.
Mientras la comitiva me sigue por las escaleras en dirección al segundo piso, el chef —Bongo, venezolano, ex Vunderbahr, ex Moonclub, ex Paddy-O y ex MasaMasa— enciende un cigarrillo, se baja las gafas de sol e intenta seguir mi paso.
—Victor, tengo que hablar contigo. —Tose y agita la mano para apartar el humo—. Por favor, los pies me están matando.
La comitiva se detiene.
—Un segundo —le digo al darme cuenta de las miradas de preocupación que le dirige a Kenny Kenny, que tiene algo que ver con Glorious Foods y que aún no ha sido informado de que la cena de mañana por la noche la organiza otra empresa de cáterin.
Peyton, JD, Bongo, Kenny Kenny, el cámara y la reportera esperan alguna reacción por mi parte. Para salir del paso, me asomo a la barandilla del segundo piso.
—¿Qué hacéis ahí parados? Que aún me quedan tres pisos y cinco barras. Y no me agobiéis, por favor, que la cosa está que arde. ¡Por poco me da algo con la historia esa de las motas!
—Victor, nadie niega la existencia de esas motas —interviene Peyton con cautela—, pero tal vez deberías ver esas motas con cierta… no sé… perspectiva.
En uno de los muchos monitores que cubren las paredes del segundo piso, la MTV, un anuncio, Helena Christensen, campaña institucional en favor del voto juvenil.
—¡Beau! —grito—. ¡Beau!
Beau se asoma a la barandilla del último piso.
—¡Dice Chloe que a las once y media en el Metro CC!
—¡Espera, Beau! ¿Ingrid Chavez? ¿Ya ha confirmado si va a venir? —grito.
—Lo compruebo, a ver... A la cena, ¿no?
—Sí, y no me digas que no porque estoy que trino. Busca por la C.
—Victor, por lo que más quieras, tengo que hablar contigo —dice Bongo con un acento tan raro que no sé ni de dónde lo ha sacado, y me agarra del brazo—. En serio, tenemos que hablar.
—Bongo, por qué no te vas a la mierda —dice Kenny Kenny con una mueca—. Ten, Victor, prueba un picatoste.
Le arranco uno de las manos.
—Mmm... romero. Buenísimo, tio.
—Es salvia, Victor. Salvia.
—A-a-a… la mierda te vas tú —farfulla Bongo—. Y te llevas tus asquerosos picatostes.
—¿Por qué no os tomáis un Xanax y os calláis los dos de una puta vez? Largaos a hornear pastas o lo que sea. ¡Beau! ¡Contesta, coño!
—Naomi Campbell, Helena Christensen, Cindy Crawford, Sheryl Crow, David Charvet, Courteney Cox, Harry Connick Jr., Francisco Clemente, Nick Constantine, Zoe Cassavetes, Nicolas Cage, Thomas Calabro, Cristi Conway, Bob Collacello, Whitfield Crane, John Cusack, Dean Cain, Jim Courier, Roger Clemens, Russell Crowe, Tia Carrere y Helena Bonham Carter. Bueno, a esta no sé si ponerla en la B o en la C.
—¡Ingrid Chavez! ¡Ingrid Chavez! —grito—. ¿Ha confirmado si va a venir o no?
—¡Los famosos y sus babosos relaciones públicas se quejan de que tu contestador no funciona! —grita Beau—. ¡Dicen que suenan treinta segundos de «Love Shack» y luego solo les quedan cinco para dejar el mensaje!
—La pregunta no puede ser más fácil. Solo tienen que contestar «sí» o «no». ¿Qué más tiene toda esa gente que contarme? A mí me parece una pregunta bien sencillita: ¿vas a venir a la cena y la inauguración del club o no? ¿Tanto cuesta de entenderlo? Nena, eres igualita a Uma Thurman.
—Victor, Cindy no es «esa gente». Veronica Webb no es «esa gente». Elaine Irwin no es «esa gente»...
—¡Beau! ¿Cómo tenemos la A? Kenny Kenny, deja ya de pinchar a Bongo.
—¿Te leo los nueve? —grita Beau—. Carol Alt, Pedro Almodóvar, Dana Ashbrook, Kevyn Aucoin, Patricia, Rosanna, David y Alexis Arquette y Andre Agassi. Ni Giorgio Armani ni Pamela Anderson.
—Mierda. —Enciendo otro cigarrillo y me vuelvo hacia la reportera—. Esto... en el buen sentido, quiero decir.
—O sea... mierda en plan bien, ¿no?
—Ajá. ¡Eh, Beau! —grito—. ¡Asegúrate de que en todos los monitores se vea la cinta esa de realidad virtual! O si no la MTV o algo por el estilo. Acabo de pasar por delante de uno que tenía puesto VH1 y salía un paleto gordo con un sombrero de vaquero gigante llorando…
—¿De verdad vas a quedar con Chloe en el Flowers... digo, en el Metro CC? Porque yo paso de decir más mentiras.
—¡Qué vas a pasar...! —le replico—. ¡Si mientes más que hablas! —Y luego, tras mirar como si tal cosa a la reportera—: ¡Pregúntale a Chloe si va a traer a Beatrice y a Julie!
El silencio de Beau me exaspera, y sin ocultar su enfado pregunta:
—¿Te refieres a Beatrice Arthur y Julie Hagerty?
—¡No...! —mascullo entre dientes—. ¡Julie Delpy y Beatrice Dalle! No te jode… Tú haz lo que te he dicho.
—¿Beatrice Dalle no estaba rodando con Ridley Scott...?
—Esta historia de las motas me ha matado. ¿Y sabes por qué? —pregunto a la reportera.
—¿Porque había... muchas?
—No. Porque soy un perfeccionista, nena. Puedes escribir eso, escríbelo. Te espero mientras lo haces, no te preocupes. —De repente echo a correr hacia el bar que tiene los paneles moteados bajo la barra y toda la comitiva echa a correr escaleras arriba tras de mí—. ¡Motas! —gimo—. ¡Santo Dios! ¡Socorro! ¿Por qué os comportáis todos como si solo se tratara de decidir si las motas existen o son un espejismo? A mí me parece evidente que existen...
—La realidad es un espejismo —interviene JD, conciliador—. La realidad es un espejismo.
Nadie vuelve a abrir la boca hasta que alguien me pasa un cenicero, en el que apago el cigarrillo que acabo de encender.
—Lo que hay que aguantar —digo mirando a la reportera—. Pues sí que empezamos bien, ¿verdad?
La reportera demuestra su indiferencia con un gesto, se desentumece los hombros y vuelve a garabatear algo.
—No podríamos estar más de acuerdo —comento en voz baja.
—Ay, antes de que se me olvide —dice JD—, Jann Wenner no puede venir, pero dice que, de todas maneras, nos enviará... —consulta su bloc de notas— un cheque.
—¿Un cheque? ¿Un cheque para qué?
—Pues no sé... —Consulta el bloc de nuevo—. Un cheque.
—Por Dios… ¿Beau? ¡Beau! —grito.
—Yo creo que la gente se extraña de que no tengamos una... ¿Cómo se llama esto? —dice Peyton. Y, tras mucho chasquear los dedos, continúa—: Ah, sí, una causa.
—¿Una causa? —gimo—. Oh, Dios, ya me imagino la clase de causa que os gustaría. Una beca para Keanu. Encontrarle la pluma a Marky Mark. Enviar a Linda Evangelista a la selva para poder abalanzarnos a gusto sobre Kyle MacLachlan. No, gracias.
—Victor, ¿seguro que no deberíamos tener una causa? —dice JD—. Algo como el calentamiento global o el Amazonas... Algo, no sé, lo que sea.
—Passé, passé, passé. —Me paro en seco—. Un momento. ¡Beau! ¿Suzanne DePasse viene?
—¿Y el sida?
—Passé, passé.
—¿Y el cáncer de mama?
—Huy, sí, qué total, qué moderrrno... —Ahogo un grito y me conformo con darle una palmadita en la cara—. Pongámonos serios. ¿Para quién? ¿David Barton? Porque es el único que tiene tetas.
—Me has entendido de sobra —insiste JD—. Nos falta un eslogan. Algo así como «No nos toquéis los bosques» o yo qué sé.
—Eso digo yo. No me toques más los bosques. —Considero su propuesta—. Una causa, ¿eh? ¿Para qué? —Enciendo distraídamente otro cigarrillo—. ¿Para ganar más dinero?
—Y para que la gente se divierta —me recuerda JD mientras se rasca el pequeño forzudo que lleva tatuado en un bíceps.
—Claro, claro. Para que la gente se divierta. —Una calada—. Pues mira, me lo voy a pensar. Faltan... huy, menos de veinticuatro horas para la inauguración, pero aun así me lo voy a pensar.
—¿Sabes qué, Victor? —dice Peyton con aire pícaro—. Ya sé que es una tentación perversa, pero me dan ganas de... No te asustes, ¿eh?
—Mientras no me digas con quién te acostaste la semana pasada...
Peyton abre los ojos como platos, da una palmada y suelta:
—Conservar las motas. —Luego, tras ver mi mueca exasperada, propone más tímidamente—: ¿Salvemos las motas?
—¿Salvemos las motas? —repite anonadado JD.
—Sí, salvemos las motas —insiste Peyton—. Damien quiere techno, ¿no? Pues no hay nada más techno que esas pequeñas motas.
—Todos queremos techno —le explica resignado JD—, pero un techno sin motas.
El cámara saca un primerísimo plano de las motas y se produce un largo silencio hasta que dice, bostezando:
—Perfecto.
—A ver, a ver. A ver —digo con los brazos en alto—. ¿Sería mucho pedir que inauguráramos el club sin necesidad de humillarnos aún más? —Avanzo unos pasos hacia las escaleras—. Porque empiezo a tener la sensación de que es pedir un imposible. Capito?
—Victor, por lo que más quieras —dice Bongo mientras me alejo.
—Espera, espera... —Kenny Kenny me sigue con una bolsa llena de picatostes.
—No sé, lo veo todo tan... tan... 89 —espeto.
—Un buen año, Victor —dice Peyton intentando alcanzarme—. ¡Un año glorioso!
Me paro, cuento hasta tres y luego me doy media vuelta hacia él muy despacio. Peyton me mira expectante, temblando.
—Esto, Peyton… Hoy te has pasado de la raya, ¿no? —le pregunto sin perder la calma.
Peyton asiente avergonzado, como si le acabara de arrancar una confesión, y luego aparta la vista.
—La vida te ha tratado muy mal, ¿verdad? —digo en tono lastimero.
—Victor, por favor —interviene JD—. Peyton lo decía en broma. No vamos a salvar las motas. Tienes toda la razón. No se lo merecen. Acabaremos con ellas.
Mientras se enciende un porro descomunal, el cámara va filmando la vista a través de las cristaleras. Plano del parque de Union Square con los árboles sin hojas, de un camión que pasa con un logo enorme de Snapple, de las limusinas que hay aparcadas en la calle. Bajamos otro tramo de escaleras en dirección a la planta inferior.
—A ver, por favor, algún buen samaritano que quite esas motas. Bongo, tú vuelve a la cocina. Kenny Kenny, para ti habrá un premio de consolación. Peyton, asegúrate de que le den a Kenny Kenny dos escurridores y una bonita espátula. —Los despido con un gesto de la mano y una mirada asesina. Dejamos a Kenny Kenny al borde de las lágrimas, acariciándose con una mano temblorosa el Casper que lleva tatuado en un bíceps—. Ciao.
—Venga ya, Victor. ¿Cuál es la esperanza de vida de un club nocturno hoy en día? ¿Cuatro semanas? Para cuando hayamos cerrado, nadie se habrá enterado de que había motas...
—Si esa es la actitud, JD, ahí tienes la puerta.
—Bah, Victor, seamos realistas… o por lo menos finjamos que lo somos. Ya no estamos en el 87.
—No tengo ganas de ser realista, JD, así que no me jodas.
Al pasar junto a una de las mesas de billar, envío de un manotazo la bola número ocho a la tronera de la esquina. La comitiva sigue bajando escaleras. Hemos llegado a la planta baja y hay poca luz. Peyton me presenta al negrazo con gafas envolventes que está junto a la entrada comiendo sushi de un recipiente de cartón.
—Victor, este es Abdullah, pero nosotros le llamaremos Rocko. Va a llevar todo el tema de la seguridad. Salía en aquel vídeo de las TLC que dirigió Matthew Ralston. Mmm... Qué pinta tiene ese toro.
—También me llaman Gran Maestro B.
—También le llaman Gran Maestro B —repite JD.
—Ya nos presentaron la semana pasada en South Beach —me dice Abdullah.
—Qué bien, Abdullah, pero la semana pasada no estuve en South Beach, aunque por allí me conocen bastante. —Mirada rápida a la reportera—. Apunta, apunta.
—Claro que estuviste —dice Rocko—. En el vestíbulo del Flying Dolphin, haciéndote fotos. Rodeado de almejas.
Pero ya no estoy mirando a Rocko. Ahora solo veo los tres detectores de metales que ocupan el vestíbulo, iluminados débilmente por una enorme lámpara de araña blanca que cuelga del techo.
—Esto... ya sabías que los iban a poner, ¿verdad? —pregunta JD. Y, tras una pausa sumisa, añade—: Es que Damien... insistió.
—¿Insistió en qué?
—Pues... —Peyton extiende los brazos como si los detectores fueran trofeos—. En esto.
—Muy bien, ¿y por qué no ponemos un mostrador de embarque, dos azafatas y un DC-10? ¡Se puede saber qué coño hace todo esto aquí!
—Medidas de seguridad, tío —explica Abdullah.
—¿Seguridad? Pues mira, ya puestos, podrías pasarte la noche cacheando a los famosos. ¿Qué te crees? ¿Que vamos a invitar a una pandilla de delincuentes?
—Tenemos confirmados a Mickey Rourke y a Johnny Depp para la cena —me anuncia Peyton al oído.
—Si quieres que cacheemos a los invitados... —empieza Rocko.
—¿Cómo? ¿Que si quiero que cachees a Donna Karan? ¿Que si quiero que cachees a Marky Mark? ¿Que si quiero que cachees a Diana de Furstenberg? ¡Joder! —grito—. ¡Pero esto qué es!
—No, querido —dice Peyton—. Hemos instalado detectores de metales precisamente para no tener que cachear a Diana de Furstenberg ni a Marky Mark.
—Chuck Pfeiffer lleva una puta placa de metal en el cráneo. ¡Y Princess Cuddles una barra de acero en la pierna! —aúllo.
JD le cuenta a la reportera:
—Una caída esquiando en Gstaad. Y no me preguntes cómo se deletrea.
—¿Qué pasará cuando Princess Cuddles pase por debajo de uno de estos trastos, se dispare la alarma y empiecen a parpadear todas las lucecitas? Por Dios, ¡le dará un puto infarto! ¿En serio queréis ver cómo le da un ataque al corazón?
—En la lista de invitados pondremos que Chuck Pfeiffer lleva una placa de metal en el cráneo y Princess Cuddles una barra de acero en la pierna —dice Peyton mientras lo apunta distraídamente en su bloc.
—Mira, Abdullah, yo lo único que quiero es que no se nos cuele nadie que no queremos que entre. No quiero que entre nadie que reparta invitaciones para otros clubes. No quiero que cualquier desarrapado se acerque a Barry Diller en plena cena con una invitación para el Spermbar. ¿Está claro? No quiero ver a nadie repartiendo invitaciones para otros clubes.
—¿Qué otros clubes? —exclaman Peyton y JD—. No hay más club que este.
—Bah, no me jodáis —protesto a mi vez mientras recorro la planta baja—. Por Dios. ¿A vosotros os parece que Christian Laetner va a pasar por debajo de uno de estos trastos? —La iluminación se hace aún más escasa a medida que nos adentramos en el local camino de la escalera que lleva a una de las pistas de baile instaladas en el sótano.
Beau me llama desde el último piso.
—¡Alison Poole por la catorce! ¡Dice que quiere hablar contigo ahora mismo!
La reportera toma nota mientras los demás desvían la mirada. El cámara le dice algo en voz baja y ella asiente sin dejar de escribir. A lo lejos se oye un viejo tema de los C + C Music Factory.
—¡Dile que he salido! ¡Que estoy hablando por la siete!
—Dice que es muy importante —salmodia en tono monocorde.
Cuento hasta tres y estudio las reacciones de los demás. Las miradas se dirigen a todas partes menos a mí. Peyton susurra algo al oído de JD y este asiente brevemente.
—Cuidadito con lo que dices —le advierto.
Sigo el objetivo de la cámara hasta la hilera de apliques que está filmando y espero noticias de Beau, que por fin se asoma a la barandilla del último piso y dice:
—¡Milagro! Ha colado. Dice que te espera a las seis.
—Bueno. —Me vuelvo de repente hacia el grupo—. Que los letrados se acerquen al estrado. Bongo, tú ya puedes retirarte. Y no comentes tu testimonio con nadie. Andando, venga. JD, tú ven para acá. Tengo que contarte un secretito. El resto esperad ahí junto a esa barra, a ver si encontráis más motas. Cámara, no nos enfoques. Tiempo, ¿vale?
Tiro de JD y a él le falta tiempo para ponerse a farfullar excusas.
—Victor, si esto es porque Mica no está y no hay manera de encontrarla, aún es pronto para ponerse nerviosos. Ya encontraremos otro DJ.
—Calla. Esto no tiene que ver con Mica. —Pausa—. Un momento… ¿Dónde está Mica?
—Oh, Dios, no lo sé. El martes estuvo pinchando en Jackie 60, luego en la fiesta de cumpleaños de Edward Furlong, y de repente… puf.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué significa «puf»?
—Pues que ha desaparecido. No hay manera de dar con ella.
—Mierda, coño, ¿y ahora qué...? No, mira, ya te las apañarás —le digo—. Lo que yo quería preguntarte es otra cosa.
—¿Si Kenny Kenny nos va a demandar?
—No.
—¿Si ya están distribuidas las sillas de la cena?
—No.
—¿Quién es ese mago tan increíblemente mono del sótano?
—¡JD, por Dios! —Y luego en voz baja—: Se trata de una cuestión... personal. Necesito consejo.
—Ay, no me metas en nada desagradable —suplica—. Me ponen malo las cosas desagradables.
—Escucha... —Mirada rápida a la reportera y los demás, todos apoyados en la barra—. ¿Has oído hablar de cierta... foto?
—¿Una foto? ¿De quién? —exclama.
—Chsss... No grites, por Dios. —Miro alrededor—. No sé por qué me fío de un tío que dice que los Erasure son un buen grupo, pero en fin.
—Lo son, Victor, y...
—Alguien tiene en su poder una foto digamos… comprometedora, en la que aparecemos un servidor y cierta... ejem... señorita. Y quiero que averigües si ese alguien tiene intención de hacerla llegar en un futuro inmediato, puede que incluso mañana mismo, a uno de los periódicos menos respetables y aun así más leídos de la ciudad, o si se ha obrado el milagro y todo queda en nada.
—Supongo que podrías ser aún menos concreto, Victor, pero ya estoy acostumbrado —dice JD—. Dame veinte segundos para intentar descifrar lo que me has dicho y enseguida estoy contigo.
—No dispongo de veinte segundos.
—Supongo... No. Espero que la señorita en cuestión sea tu novia, Chloe Byrnes.
—He cambiado de opinión. Tómate treinta segundos.
—¿Estamos ante una situación «That’s me in the corner / that’s me in the spotlight»?
—Vale, vale, te explico: una foto comprometedora de cierto chico de moda con una chica que... y no es que se vea nada malo ni nada por el estilo. Tan solo digamos que la semana pasada ella lo abordó en un estreno en Central Park y alguien, sin que ellos se dieran cuenta, tomó la foto y podría parecer… Es raro, porque soy yo quien aparece en la fotografía, pero tengo la impresión de que, si yo mismo preguntara por el tema, podría dar lugar a... ejem... a algún malentendido. ¿Es necesario que siga?
De pronto Beau se asoma y grita:
—¡Chloe te espera a las nueve y media en el Doppelganger!
—¿Qué ha pasado con el Flowers? Digo… ¿con el Metro CC a las once y media? —grito en respuesta—. ¿Qué ha pasado con el Café Tabac a las diez?
Pausa más bien larga.
—¡Ahora dice que a las nueve en el Bowery Bar! ¡Y punto! —Luego silencio.
—¿Qué indignidad me vas a pedir que cometa? —JD hace una pausa—. Victor, si esa foto... llegara a publicarse... ¿acabaría con la relación de ese tipo con cierta joven modelo llamada Chloe Byrnes y con el imprevisible propietario de... digamos, hipotéticamente, este mismo club, llamado Damien Nutchs Ross?
—Ese no es el problema. —Me acerco más a JD y él, sorprendido, me guiña un ojo y parpadea hasta que le paro los pies—: No te hagas ilusiones. —Suspiro profundamente—. El problema es que la foto existe y que algún capullo la va a publicar en la columna de sociedad. Y si creemos que es malo ver a Princess Cuddles sufriendo un ataque al corazón, te aseguro que eso no es nada comparado con esto. —Sigo lanzando miradas hacia la barra hasta que al final anuncio en voz alta—: Tenemos que bajar un momento a hablar con el mago. Enseguida volvemos.
—Pero ¿qué pasa con Matthew Broderick? —pregunta Peyton—. ¿Qué pasa con las ensaladas?
—¡Que se coma dos! —grito mientras arrastro a JD hacia el sótano por un tramo de escaleras especialmente empinado. Hay tan poca luz que los dos vamos con pies de plomo.
JD sigue farfullando.
—Victor, ya sabes que me tienes para lo que haga falta. Que no hay estrella que se me resista. Que he ayudado a llenar esta fiesta con los famosos más codiciados. Sabes que haría cualquier cosa, pero no puedo ayudarte en esto porque...
—JD, mañana, y no sé muy bien en qué orden, tengo una sesión de fotos, un pase, una entrevista para el House of Style de la MTV, almuerzo con mi padre y ensayo con el grupo. Hasta tengo que pasar a recoger el puto esmoquin. Estoy hasta el cuello. Y además hay que inaugurar este tugurio. No… tengo… tiempo.
—Victor, como siempre, veré qué puedo hacer. —JD sigue bajando escalones con paso vacilante—. En cuanto al mago...
—A la mierda el mago. ¿Y si contratamos un par de payasos con zancos y hacemos que traigan uno o dos elefantes?
—Hace trucos de cartas. Acaba de actuar en Los Ángeles, en la fiesta de cumpleaños que dio Brad Pitt en Jones.
—¿Ah, sí? —pregunto con cierto recelo—. ¿Y quién fue?
—Ed Limato, Mike Ovitz, Julia Ormond, Madonna, modelos. Un montón de abogados y gente enrollada.
El frío se intensifica a medida que nos acercamos al último tramo de escaleras.
—Lo que quiero decir —continúa JD— es que, dentro de lo que cabe, es bastante in.
—Lo in es out —le explico mientras entorno los ojos para ver dónde estamos. Hace tanto frío que nuestro aliento forma nubes, y la barandilla me parece hecha de hielo.
—¿Cómo dices?
—Lo out es in. ¿Lo pillas?
—¿Lo in ya no es... in? —pregunta—. ¿Es eso?
Lo miro un momento mientras bajamos el siguiente tramo de escaleras.
—No. Lo in es out y lo out es in. Más fácil imposible, ¿no?
JD parpadea dos veces, tiritando, mientras nos adentramos aún más en la oscuridad.
—Lo out es in. ¿Entiendes? —insisto.
—Victor, bastante nervioso estoy ya —dice JD—. No lo pagues conmigo.
—Pero si no tiene más secreto. Lo out es in. Lo in es out.
—A ver un momento. Lo in es out. Es eso, ¿no?
En el sótano hace tanto frío que las velas se apagan cuando pasamos cerca de ellas y en los monitores de televisión solo se ven interferencias. Al pie de las escaleras, junto a la barra del bar, un mago que parece un Antonio Banderas joven en versión alemana, con el pelo a cepillo, baraja distraídamente un mazo de cartas. Hombros caídos, porro discreto, Coca-Cola Light, vaqueros rotos y camiseta con bolsillo, o sea, look básico, pero no demasiado desaliñado. A su espalda, varias hileras de copas de champán vacías reflejan la poca luz que llega hasta aquí.
—Ajá. Y lo out es in.
—Entonces ¿qué es exactamente in? —pregunta JD, su aliento una nube de vaho.
—Pues lo que es out.
—O sea… ¿que lo in no es in?
—Premio para el caballero. —Hace tanto frío que tengo la piel de gallina en los bíceps.
—Pero entonces ¿qué es out? ¿Es siempre in? ¿O depende?
—Si necesitas que te lo explique —murmuro—, igual es que te has equivocado de ambiente.
El mago nos recibe con algo que parece querer ser el signo de la paz.
—¿Actuaste en la fiesta de Brad Pitt? —pregunto.
El mago hace desaparecer una baraja de cartas, el taburete donde está sentado, uno de mis zapatos y una botella grande de Absolut Currant, y luego dice:
—Abracadabra.
—¿Actuaste en la fiesta de Brad Pitt? —suspiro.
JD me da un codazo y señala hacia arriba. Hay una esvástica roja descomunal pintada en el techo abovedado.
—Supongo que deberíamos deshacernos de eso.
32
Avanzo en zigzag hacia la sucursal del Chemical Bank que hay cerca del nuevo Gap, es miércoles pero en la calle parece más bien lunes, y la ciudad tiene un aspecto vagamente irreal, hay un cielo como de octubre de 1973 o algo así y ahora mismo, a las cinco y media, Manhattan es el colmo del ruido: martillos neumáticos, cláxones, sirenas, cristales rotos, camiones de reciclado, silbatos, el bajo retumbante del nuevo Ice Cube y toda clase de ruidos desagradables que me persiguen mientras conduzco mi Vespa hasta el banco y me sumo a la cola de los que esperan frente al cajero automático, la mayoría orientales que me miran y se apartan, un par de ellos incluso se inclinan para susurrarse al oído.
—¿Y esa moto? —me pregunta un imbécil.
—¿Y esos pantalones? La moto no tiene tarjeta, no va a sacar nada, así que tranquilito. Por Dios...
Al parecer solo uno de cada diez cajeros tiene dinero, de modo que mientras espero me veo obligado a contemplar mi imagen reflejada en los paneles de acero que recubren los pilares donde están empotradas las máquinas: pómulos altos, piel de marfil, cabello negro azabache, ojos semiasiáticos, nariz perfecta, labios carnosos, mandíbula bien definida, vaqueros con rodilleras deshilachadas, camisa de solapones con camiseta debajo, chaleco rojo, chaqueta de terciopelo, pose indolente y patines en línea colgados al hombro. De repente caigo en que no me acuerdo de dónde he quedado con Chloe esta noche y en esas me suena el busca. Es Beau. Abro el Panasonic EBH70 y lo llamo al club.
—No me digas que a Bongo le ha dado un ataque.
—Te llamo por lo de las confirmaciones. El que ha tenido un ataque es Damien. Me acaba de llamar hecho una furia...
—¿Le has dicho dónde estoy?
—¿Cómo quieres que se lo dijera si no lo sé? —Pausa—. ¿Dónde estás? Damien estaba en un helicóptero. Bueno, bajándose de un helicóptero.
—Ni yo mismo sé dónde estoy, Beau. ¿Te sirve la respuesta? —La cola avanza muy despacio—. ¿Está en la ciudad?
—No. Ya te he dicho que estaba en un helicóptero. En… un… he-li-cóp-te-ro.
—¿Y dónde estaba ese he-li-cóp-te-ro?
—Damien cree que la cosa se está yendo al carajo. Todavía hay cuarenta invitados por confirmar, con lo cual la distribución que habíamos pensado para la cena se nos puede quedar en nada.
—Beau, eso depende de cómo definas la nada.
Pausa larga.
—No me salgas con que puede significar un montón de cosas, Victor. A ver, te leo la O para que veas cómo está la situación: Tatum O’Neal, Chris O’Donnell, Sinead O’Connor y Conan O’Brien han dicho que sí, pero no sabemos nada de Todd Oldham, de quien he oído que está muy asustado porque hay un tarado que lo acosa, ni tampoco de Carrie Otis, ni de Oribe...
—Tranquilo —le digo en voz baja—. Eso es porque todos tienen pases. Mañana hablo con Todd, lo veré en el desfile. Pero oye, Beau, ¿qué es eso de que Conan O’Brien sí viene pero Todd Oldham y Carrie Otis puede que no? Eso es sencillamente inaceptable, querido, pero ahora estoy en un cajero automático con la Vespa y no puedo hablar… ¡Eh! ¿Tú qué miras?… Pero acuérdate de que a Chris O’Donnell no lo quiero en mi mesa. Chloe lo encuentra jodidamente mono y mañana por la noche no voy a estar de humor para hostias.
—De acuerdo. Fuera Chris O’Donnell. Entendido. Oye, Victor, mañana a primera hora sin falta tenemos que repasar las listas largas, la M y la S…
—Beau, todo saldrá bien. No seas llorica. Te noto triste. Ahora ya me toca: oye, cuelgo...
—¡Espera, espera! Rande Gerber está en la ciudad y...
—Ponlo en la G, pero que no venga a cenar a menos que se presente con Cindy Crawford. En ese caso lo invitas a la cena y ya sabes en qué letra apuntarlo, querido.
—Victor, ¿tú tienes idea de lo que es entenderse con el publicista de Cindy? ¿Tú sabes lo que es intentar sacar algo en claro del publicista de Antonio Sabato Jr...?
Cuelgo, introduzco por fin la tarjeta, tecleo el código secreto (COMOMOLO) y espero mientras sigo dando vueltas a la distribución de los invitados de las mesas uno y tres, y entonces unas letras verdes en la pantalla negra me informan de que la cuenta está en número rojos (saldo negativo de 143 dólares) y que por tanto no me dará dinero y me fundí lo último que me quedaba en un frigorífico con la puerta transparente porque Elle Decor venía a hacer un reportaje sobre mi casa que al final no se publicó, así que propino un manotazo a la máquina, mascullo «No me jodas», y como sé que no serviría de nada intentarlo de nuevo me registro los bolsillos en busca de un Xanax hasta que alguien me aparta de un empujón y me alejo del cajero con la moto a rastras y la moral por los suelos.
Subiendo por Madison, me paro en el semáforo delante de Barneys y Bill Cunningham me saca una foto gritando: «¿Es una Vespa?», y yo levanto los pulgares y entonces me doy cuenta de que tiene al lado a Holly, una rubia explosiva clavadita a Patsy Kensit que mientras fumábamos heroína juntos la semana pasada me contó que igual era lesbiana, lo que en ciertos círculos se consideraría una buena noticia, y me indica por señas que me acerque, vestida con minishorts de terciopelo, botas de plataforma a rayas blancas y rojas y un colgante de plata con el símbolo de la paz, y en la portada del Mademoiselle de este mes sale superdelgada y, después de todo un día haciendo pases en Bryant Park se la ve acelerada pero en plan bien.
—¡Hey, Victor! —Cuando subo la Vespa a la acera ella sigue haciéndome señas.
—Hey, Holly.
—Me llamo Anjanette, Victor.
—Ah, Anjanette, ¿qué tal? Vas de un Uma total. Me encanta el modelito.
—Entre retro y chalado, ¿no? Hoy he hecho seis pases. Estoy muerta —comenta mientras firma un autógrafo—. Te he visto en el pase de Calvin Klein, dando apoyo moral a Chloe. Eres un sol.
—Nena, no he estado en el pase de Calvin Klein, pero eso no quita que tú vayas de un Uma total.
—Victor, estoy muy segura de que te he visto en el pase de Calvin Klein. Estabas sentado en la segunda fila con Stephen Dorff, David Salle y Roy Liebenthal. Te he visto posando para una foto en la calle Cuarenta y dos y luego te has subido a un coche negro de escándalo.
Hago una pausa para procesar esa información, y luego digo:
—¿En la puta segunda fila? Tú alucinas, cariño. Ya veo que aún no te has puesto las pilas. ¿Vendrás mañana por la noche, nena?
—Iré con Jason Priestley.
—¿Y por qué no vienes conmigo? ¿Soy el único que cree que Jason Priestley parece una oruga enana?
—Victor, no seas malo —dice con un mohín—. ¿Qué pensaría Chloe?
—Ella también opina que Jason Priestley parece una oruga enana —musito pensativo—. ¿En la puta segunda fila?
—No me has entendido —dice Anjanette—. ¿Qué pensaría Chloe si...?
—No me jodas, nena, pero estás estupenda. —Pongo en marcha la Vespa—. Take your passion and make it happen.
—He oído decir que has sido muy travieso, así que no me sorprende —dice agitando desganadamente un dedo hacia mí, gesto que Scooter, el guardaespaldas clavado al Marcellus de Pulp Fiction, interpreta como un «Acércate».
—¿Qué quieres decir con eso, cielo? —pregunto—. ¿Qué te han contado?
Scooter le susurra algo, señalándose el reloj, mientras Anjanette se enciende un cigarrillo.
—Siempre hay un coche esperando. Siempre hay una sesión de fotos con Steven Meisel. Dios, ¿cómo lo hacemos, Victor? ¿Cómo logramos sobrevivir en medio de esta locura? —Un flamante sedán negro avanza hacia ella y Scooter le abre la puerta.
—Nos vemos, encanto. —Le regalo el tulipán que llevo por casualidad en la mano y bajo la Vespa de la acera.
—¡Victor! —grita mientras le entrega el tulipán a Scooter—. ¡Me han dado el trabajo! ¡Ya he firmado el contrato!
—Genial, nena. Bueno, tengo prisa. Oye, ¿qué trabajo?
—Guess?
—¿Matsuda? ¿Gap? —Sonrío, las limusinas tocando el claxon detrás de mí—. Oye, nos vemos mañana por la noche.
—¡No! Guess?
—Ya lo he intentado, cielo. No estoy para adivinanzas.
—¡Guess?, Victor! —insiste mientras me alejo.
—¡Estás estupenda! —grito—. ¡Llámame! ¡Deja un mensaje! ¡Pero en el club! Paz.
—¡Guess?, Victor! —grita.
—Nena, estás fantástica —le digo poniéndome los auriculares del walkman y ya en la calle Sesenta y uno—. ¡No va a haber quien te pare! —grito, y le digo adiós con la mano—. ¡El domingo después de los pases nos tomamos unas copas en el Monkey Bar! —grito hablando para mí mismo mientras pongo rumbo a casa de Alison. Al pasar por el quiosco que hay al lado del nuevo Gap veo que sigo en la portada del último número de YouthQuake, bastante guapo, por cierto, con el titular 27 y en boga escrito en negrita de color lila por encima de mi cara sonriente e inexpresiva, y estoy a punto de comprarme otro ejemplar pero a ver con qué, si estoy sin blanca.
31
Desde la esquina de la Setenta y dos con Madison llamo al portero de Alison, que ya ha comprobado que el jeep negro de los matones de Damien no está aparcado en la puerta, y al llegar a la calle Ochenta con Park me bajo y entro con la Vespa en el vestíbulo, donde encuentro a Juan —un chico de unos veinticuatro años bastante potable— vestido con su uniforme. Lo saludo con el signo de la paz, llevo la Vespa hacia el ascensor y Juan sale de detrás del mostrador.
—Oye, Victor, ¿ya has hablado con Joel Wilkenfeld? —me pregunta, siguiéndome—. Es que la semana pasada me dijiste que lo harías y...
—Eh, tranquilo, Juan, tranquilo… —digo mientras introduzco la llave en la cerradura que abre el ascensor y pulso el botón del último piso.
Juan pulsa otro botón para evitar que la puerta se cierre.
—Tío, dijiste que me llamaría y que me arreglaría un encuentro con...
—Estoy en ello, tío, tranquilo —insisto mientras vuelvo a pulsar el botón del último piso—. Vas a ser el próximo Markus Schenkenberg. El Tyson blanco. —Alargo la mano para retirar la suya del panel.
—Eh, tío, que soy hispano… —Sigue sin soltar el botón.
—Entonces vas a ser el próximo Markus Schenkenberg hispano. El... el Tyson hispano. —Vuelvo a intentar apartarle la mano—. El día menos pensado te convertirás en una estrella.
—Oye, si lo vas a hacer por compromiso...
—No me jodas. —Sonrío—. La palabra «compromiso» no forma parte del vocabulario de este tipo —respondo, señalándome a mí mismo.
—Vale, tío —dice Juan antes de soltar el botón y levantar un pulgar tembloroso—. Me… me fío de ti.
El ascensor me lleva hasta el último piso y la puerta se abre en el ático de Alison. Echo un vistazo al pasillo y no veo ni oigo a los perros, así que saco la Vespa del ascensor sin hacer ruido y la dejo apoyada contra la pared del recibidor, al lado de un sofá cama de Vivienne Tam.
Avanzo silenciosamente hacia la cocina pero me detengo cuando oigo la respiración ronca de los chow-chows, que me habían estado observando fijamente desde el otro extremo del corredor, gruñendo tan bajo que no los había oído hasta ahora. Me vuelvo hacia ellos y les obsequio una débil sonrisa.
Apenas me da tiempo a exclamar «¡Mierda!» cuando los dos salen corriendo en estampida en dirección a su objetivo: yo.
Los dos chow-chows —uno de color chocolate y otro de color canela— se abalanzan sobre mí con los dientes al descubierto, me muerden las rodillas, me arañan las pantorrillas y ladran como posesos.
—¡Alison! ¡Alison! —grito, e intento desesperadamente librarme de ellos.
Al oír el nombre de su ama, los dos perros dejan de ladrar y echan un vistazo al pasillo para ver si viene. Al cabo de unos segundos, y como no da señales de vida —los tres permanecemos inmóviles, el chow rojo erguido sobre las patas traseras y con las delanteras apoyadas en mi entrepierna, el negro agachado sobre sus patas delanteras con una bota Gucci en la boca— y vuelven inmediatamente a la carga, gruñendo y haciendo básicamente lo de siempre: joderme.
—¡Alison! —grito—. ¡Por Dios!
Calculo la distancia que me separa de la cocina y decido echar a correr, pero en cuanto lo hago los dos chows me persiguen, desgañitándose y mordiéndome en los tobillos.
Al final consigo llegar a la cocina y cierro de un portazo, y oigo a los dos perros deslizarse por el suelo de mármol hasta arrearse sendos porrazos contra la puerta, los oigo caer hacia atrás, tomar impulso y atacar de nuevo. Temblando, abro un Snapple y vacío media botella de un trago, luego enciendo un cigarrillo y compruebo los mordiscos. Oigo que Alison da unas palmadas y entonces entra en la cocina, desnuda bajo una bata de la gira de los Aerosmith, con un teléfono móvil entre la cabeza y el hombro y un porro sin encender en la boca.
—¡Señor Chow! ¡Señora Chow! ¡Quietos! ¡Quietos, maldita sea, quietos!
Alison mete a los perros en la despensa, se saca un puñado de galletitas de colores del bolsillo de la bata y se las lanza antes de cerrar de un portazo, y sus ruidos quedan piadosamente amortiguados mientras se disputan el botín.
—Sí, ajá, sí, Malcolm McLaren... Sí, no, Frederic Fekkai. Sí. Todos tenemos resaca, cielo. Todos. —Hace una mueca—. ¿Andrew Shue y Leonardo DiCaprio...? ¿Qué...? Ah, no, eso sí que no. —Me guiña un ojo—. Ahora mismo no estás en ninguna mesa del Mortimer’s junto a la ventana. ¡Espabila! ¡Dios...! Ciao, ciao. —Alison desconecta el móvil y deposita el porro sobre el mostrador de la cocina—. Conferencia a tres con Doctor Dre, Yasmine Bleeth y Jared Leto.
—Alison, esos chuchos tuyos han intentado matarme —me quejo mientras ella da un salto y me rodea la cintura con las piernas.
—Cariño, el señor Chow y la señora Chow no son chuchos.
Y me sella la boca con la suya mientras avanzo torpemente hacia el dormitorio con ella a cuestas. Una vez allí se deja caer de rodillas, me desabrocha los vaqueros de un tirón y empieza a hacerme una experta mamada con la técnica tristemente depurada de su garganta profunda, agarrándome el culo tan fuerte que tengo que tirar de una de sus manos para que me suelte. Doy la última calada al cigarrillo que aún tengo encendido, busco algún lugar donde apagarlo, agarro una botella medio vacía de Snapple, echo dentro la colilla del Marlboro y oigo que se apaga con un silbido.
—Más despacio, Alison —mascullo—. Vas demasiado deprisa.
Alison se saca la polla de la boca, levanta la vista hacia mí, y me dice con una voz grave y pretendidamente sexy:
—Estoy especializada en urgencias.
De pronto se levanta, se quita la bata, se echa sobre la cama con las piernas abiertas y me obliga a arrodillarme en un suelo cubierto de ejemplares sueltos de WWD, mi rodilla derecha arrugando una contraportada donde aparecemos Alison, Damien, Chloe y yo en la fiesta de cumpleaños de Naomi Campbell, apretujados en un reservado del Doppelganger, y acto seguido me encuentro mordisqueando el pequeño tatuaje del interior de un muslo musculoso, y en cuanto le toco con la lengua Alison se corre una, dos, tres veces. Como sé de sobra dónde no va a acabar esto, me masturbo un poco hasta casi correrme, pero entonces me digo: Joder, no tengo tiempo para esto, así que finjo, gimiendo exageradamente con la cabeza entre sus piernas y moviendo el brazo derecho para darle la impresión desde donde está de que estoy haciendo algo. La música que se oye de fondo es del periodo intermedio de los Duran Duran. Entre los escenarios de nuestros encuentros se cuentan el patio del Remi, la habitación 101 del Paramount y el Museo Cooper-Hewitt.
Me subo a la cama y me quedo tumbado fingiendo que me falta el aliento.
—¿Dónde has aprendido a chuparla de esa manera? ¿En Sotheby’s? Oh, Dios... —Alargo un brazo para coger un cigarrillo.
—Pero bueno... ¿ya está? —Alison enciende un porro y aspira tan profundamente que consume la mitad—. ¿Y tú qué?
—Yo estoy feliz —digo con un bostezo—. Mientras no saques ese… mmm… arnés de cuero, ni a Sparky, el tapón anal gigante.
Me levanto, me subo los vaqueros y los Calvin Klein, me acerco a la ventana y atisbo por una persiana veneciana. Abajo en Park, entre la Setenta y nueve y la Ochenta, hay un jeep negro con dos matones de Damien que están leyendo lo que parece el último número de Interview con Drew Barrymore en la portada. Uno parece un Woody Harrelson negro y el otro un Damon Wayans blanco.
Alison sabe qué estoy mirando y dice desde la cama:
—No te preocupes. He quedado con Grant Hill para tomar una copa en el Mad.61. Me seguirán y entonces podrás escapar.
Me siento en la cama de un salto, enciendo la Nintendo, busco los mandos y me pongo a jugar al Super Mario Bros.
—Damien dice que Julia Roberts sí vendrá, y también Sandra Bullock —comenta distraídamente Alison—. Y Laura Leighton, y Halle Berry, y Dalton James. —Da otra calada al porro y me lo pasa—. He hablado con Elle Macpherson en el pase de Anna Sui y me ha dicho que vendrá a la cena. —Está hojeando un ejemplar del Detour con Robert Downey Jr. en portada, con las piernas abiertas y primer plano del paquete—. Ah, y Scott Wolf también estará.
—Chsss... estoy jugando —protesto—. Yoshi se ha comido cuatro monedas de oro y está buscando la quinta. Necesito concentrarme.
—Por Dios, y a quién coño le importa eso —dice Alison con un suspiro—. ¿Qué interés tiene un enano gordinflón montado en un dinosaurio intentando salvar a su novia de un gorila cabreado? Un poco de seriedad, por favor.
—No es su novia. Es la princesa Toadstool. Y no es un gorila —recalco—. Es Lemmy Koopa, de la malvada Tropa Koopa. No te enteras de nada, para variar.
—Pues ilumíname.
—Lo bueno del Super Mario es que es como la vida misma.
—Te escucho —dice, y se mira las uñas—. No sé por qué, pero te escucho.
—Se trata de matar o morir.
—Ajá...
—El tiempo se va agotando.
—Lo pillo.
—Y al final, nena, siempre… estás… solo.
—Ya. —Se levanta—. Bueno, Victor, has hecho un perfecto resumen de nuestra relación. —Y desaparece en el interior de un vestidor más grande que el dormitorio—. Si los de Worth te hubieran entrevistado para preguntarte sobre la colección de juegos Nintendo de Damien, tú también querrías matar a Yoshi.
—Supongo que tendrías que volver a nacer para entenderlo —murmuro—. ¿Eh?
—¿Qué haces hoy para cenar? —me pregunta a gritos desde el vestidor.
—¿Por qué? ¿Dónde está Damien?
—En Atlantic City. Así que podemos salir a cenar, porque imagino que Chloe estará très fatiguée después de lucir palmito todo el día en las pasarelas.
—Yo no puedo —contesto también a gritos—. Hoy quiero acostarme temprano. Paso de cena. Tengo que pensar en... ¡mierda! En cómo voy a sentar a los invitados.
—Oh, Victor... —gimotea—. Con las ganas que tenía de ir al Nobu esta noche... Me apetece un rollito de gambita en tempura.
—Tú sí que eres un rollito de gambita en tempura —gimoteo en plan burlón.
Suena el teléfono y salta el contestador, unos compases de lo último de Portishead y luego el pitido.
—¡Hola, Alison! Soy Chloe. —Pongo los ojos en blanco—. Me has llamado, ¿no? Tengo que hacer algo para Fashion TV en el Royalton, con Amber y Shalom, y luego a las nueve y media he quedado con Victor para cenar en el Bowery Bar. Estoy muerta... Llevo todo el día desfilando. Bueno, ya veo que no estás. Hablamos en otro momento. Ah, otra cosa: te he dejado un pase para el backstage de lo de Todd mañana. Hasta luego. —Fin de la llamada.
Silencio en el vestidor, luego en voz baja entreverada de furia:
—¿Sentar a los invitados? ¿Que… tienes que… acostarte… temprano?
—You can’t keep me in your penthouse —canturreo—. I’m going back to my plow.
—¿Vas a cenar con ella? —grita.
—Cielo, no tenía ni idea.
Alison vuelve al dormitorio sosteniendo un vestido cruzado de Todd Oldham, se lo coloca delante, alardeando, y espera mi reacción: negro y beige no muy básico, sin tirantes, aire navajo y acolchado fosforescente.
—Un Todd Oldham —digo al fin.
—Me lo pondré mañana por la noche. —Pausa—. Es un original —susurra con voz seductora y ojos centelleantes—. ¡A mi lado, tu novia va a parecer un adefesio!
Alison extiende un brazo para arrancarme los mandos de la mano y pone un vídeo de Green Day, se acerca bailando al espejo diseñado por Vivienne Tam y, después de examinarse con el vestido colocado delante, ejecuta un giro sin mucho entusiasmo, con aspecto satisfecho pero también muy estresado.
Me repaso las uñas. En este apartamento hace tanto frío que se forma escarcha en las ventanas.
—¿Soy yo o aquí hace un frío que pela?
Alison vuelve a ponerse el vestido ante ella, chilla como si se hubiera vuelto loca y echa a correr de nuevo hacia el vestidor.
—¿Decías, cariño?
—¿Sabías que las vitaminas refuerzan las uñas?
—¿Quién te lo ha dicho? —me pregunta a gritos.
—Chloe —mascullo, mordisqueándome un repelo con los dientes.
—Pobrecilla… ¡Dios, cómo se puede ser tan tonta!
—Acaba de volver de la entrega de los premios MTV. Y antes de irse tuvo una crisis nerviosa, así que pórtate bien.
—¡Mejor! —contesta—. Tengo entendido que ya no se mete.
—Hay que tener paciencia. Es una persona muy inestable —digo—. Y no, ya no se mete.
—Pues no será precisamente gracias a tu ayuda.
—Eh, que la he ayudado y mucho. —Me incorporo, prestando más atención a la conversación—. De no ser por mí, ahora podría estar muerta.
—De no ser por ti, cabeza de chorlito, puede que nunca hubiera empezado a pincharse.
—De «pincharse» nada —puntualizo—. Lo suyo siempre ha sido por la nariz. —Hago una pausa mientras me examino de nuevo las uñas—. Pero ahora mismo está bastante alterada.
—No me digas. ¿Y si le sale una espinilla podría intentar suicidarse?
—Eh, ¿y quién no lo haría? —Me incorporo del todo.
—No vacancy, no vacancy, no vac...
—Te recuerdo que Prince y Axl Rose le han escrito canciones.
—Sí, «Welcome to the Jungle» y «Let’s Go Crazy». —Alison sale del vestidor envuelta en una toalla negra y me dedica un gesto de desdén—. Lo sé, lo sé, Chloe nació para ser modelo.
—¿Crees que tus celos me la ponen dura?
—No, para eso ya está mi novio.
—Eh, que yo no quiero tener nada con Damien...
—Dios. Pero qué simple eres.
—Tu novio es un corrupto total. Un fantasma.
—Mi novio, querido, es quien te ha abierto todas las puertas.
—¡Y una mierda! —grito—. Este mes salgo en la portada de YouthQuake.
—Más a mi favor. —Alison se enternece de repente, se sienta en la cama a mi lado y me coge suavemente la mano—. Victor, te has presentado a las pruebas de las tres temporadas de Real World y la MTV te ha rechazado las tres. —Una pausa sincera—. ¿Eso no te dice nada?
—Ya, pero si quisiera ahora mismo podría llamar a Lorne Michaels y hablar con él.
Alison me mira fijamente, sonríe y, sin soltarme la mano, dice:
—Pobre Victor, deberías ver lo guapo y lo insatisfecho que se te ve ahora mismo.
—Una combinación ideal —mascullo resentido.
—Si quieres verlo así… —comenta distraídamente.
—¿Me preferirías deforme y al borde del suicidio? —le pregunto—. Por Dios, Alison, a ver si te aclaras de una puta vez.
—¿Que me aclare yo? —repite, estupefacta, soltándome y poniéndose la mano sobre el pecho—. ¿Que me aclare yo? —Y se echa a reír como una adolescente.
—¿A ti cómo hay que explicarte las cosas? —Me levanto de la cama, enciendo un cigarrillo y me pongo a dar vueltas por la habitación—. Mierda.
—A ver, ¿qué es eso que te tiene tan preocupado?
—¿De verdad quieres saberlo?
—No mucho, pero bueno. —Se dirige al armario y saca un coco del interior. Yo hago como si nada.
—Pues que mi jodida DJ ha desaparecido. Eso es. —Doy una calada tan fuerte a mi Marlboro que luego tengo que apagarlo—. Nadie tiene ni puta idea de dónde está.
—¿Que Mica ha desaparecido? —pregunta Alison—. ¿Seguro que no está en la clínica?
—Yo ya no estoy seguro de nada —murmuro.
—Eso está claro, cariño —dice con un falso tono tranquilizador, antes de dejarse caer en la cama y ponerse a buscar algo. De repente alza la voz y me grita—: ¡Y me has mentido! ¿Por qué no me has dicho que este fin de semana estuviste en South Beach?
—Porque no estuve en South Beach el fin de semana, ni he estado hoy en el puto pase de Calvin Klein. —Por fin ha llegado el momento—. Alison, tenemos que hablar de algo…
—No lo digas. —Alison deja caer el coco en su regazo y levanta las dos manos, luego repara en el porro que ha dejado en la mesita y lo coge—. Lo sé, lo sé —entona con una buena dosis de teatro—. Hay una foto comprometedora tuya con una chica... —bate las pestañas como un personaje de dibujos animados—, presuntamente moi, bla, bla, bla, que podría arruinar tu relación con esa mema con la que sales, y también... —una pausa para encender el porro y proseguir con fingida tristeza— con el memo con el que salgo yo. En fin —da una palmada—, corre el rumor de que mañana se publicará en el Post, el Tribune o el News. Pero ya me estoy ocupando. Tengo a gente trabajando en ello. Esa es mi máxima prioridad, así que no te preocupes —inhala, exhala—, no te dejes agobiar por esa bonita excusa. —Alison encuentra lo que andaba buscando entre los pliegues de la colcha y lo agarra: un destornillador.
—¿Por qué, Alison? ¿Por qué tuviste que lanzarte a por mí precisamente una noche de estreno? —gimoteo.
—Hacen falta dos, chico malo.
—No, si me dejas inconsciente y te sientas en mi cara.
—Si me hubiera sentado en tu cara, nadie sabría que eres tú. —Alison se encoge de hombros, se levanta y coge el coco—. Y entonces todos seremos salvados, la la la...
—No fue en ese momento cuando tomaron la foto. —La sigo hasta el cuarto de baño, donde practica cuatro agujeros en el coco con el destornillador, se inclina sobre el lavamanos diseño de Vivienne Tam y se vierte la leche del coco sobre la cabeza.
—Lo sé, tienes razón. —Arroja la cáscara a la papelera y se masajea el cuero cabelludo—. Si Damien se entera, acabarás trabajando en un White Castle.
—Y tú tendrás que pagarte tus abortos, así que no me jodas. —Levanto los brazos en un gesto de desesperación—. ¿Por qué siempre tengo que ser yo el que te recuerde que deberíamos dejar de vernos? Si esa foto sale a la luz, se nos acabó la buena vida.
—Si esa foto sale a la luz diremos que fue un momento de debilidad. —Alison se echa el cabello hacia atrás y se lo envuelve en una toalla—. ¿No te parece una buena excusa?
—Por Dios, nena, tienes a gente ahí fuera vigilando tu apartamento.
—Lo sé. —Se mira sonriendo en el espejo—. Emocionante, ¿verdad?
—¿Por qué siempre tengo que ser yo el que te recuerde que, básicamente, yo sigo estando con Chloe y tú sigues estando con Damien?
Alison da la espalda al espejo y se apoya en el lavamanos.
—Si se te ocurre dejarme, te verás metido en problemas mucho más graves —me amenaza, y se dirige de nuevo hacia el vestidor.
—¿Por qué? —pregunto, siguiéndola—. ¿Qué quieres decir?
—Bueno... Digamos que circulan rumores de que estás buscando un nuevo local. —Hace una pausa mientras sostiene unos zapatos en alto—. Y sabes tan bien como yo que, si Damien supiera que estás considerando siquiera la posibilidad de abrir tu propio club-barra-restaurante mientras él te paga para llevar su club-barra-restaurante, se sentiría profundamente herido en su sentido de la lealtad y la expresión «Estás jodido» cobraría bastante sentido. —Alison deja caer los zapatos al suelo y sale del vestidor.
—No es verdad —insisto, y vuelvo a seguirla—. Te juro que no es verdad. Por Dios, ¿quién te ha contado eso?
—¿Lo niegas?
—No... bueno... sí, claro. En fin... —No sé qué decir.
—Bah, qué más da. —Alison se quita la bata y se pone unas bragas—. ¿Mañana a las tres?
—Mañana estoy a tope. No te pases —farfullo—. Oye, en serio, ¿quién te ha dicho que estoy buscando otro local?
—Está bien. Entonces el lunes a las tres.
—¿Por qué a las tres? ¿Por qué el lunes?
—Porque a Damien le toca limpieza —responde, y se pone una blusa.
—¿Limpieza de qué?
—De su... —casi no se la oye— peluquín.
—¿Damien lleva peluquín? —repito—. ¡Qué asco de tío! Es lo peor...
Alison se acerca al armario y rebusca en una caja enorme llena de pendientes.
—Por cierto, este mediodía me he encontrado con Tina Brown en el 44 y me ha dicho que mañana vendrá sin Harry. Y Nick Scotti también vendrá. Sí, lo sé, lo sé, está pasado de moda, pero es que está tan guao...
Vuelvo despacio hasta la ventana cubierta de escarcha y echo un vistazo al jeep a través de las lamas de la persiana.
—También he hablado con Winona. Otra que se apunta. Por cierto... —Se pone dos pendientes en una oreja, tres en la otra, luego se los vuelve a quitar—. ¿Johnny viene?
—¿Qué? —murmuro—. ¿Quién?
—¡Johnny Depp! —grita, tirándome un zapato.
—Supongo —respondo vagamente—. Sí.
—Genial —la oigo decir—. Corre el rumor de que Davey está muy enganchado a la heroína. Yo que tú no dejaría que Chloe se le acercara mucho. También he oído que Winona estaría dispuesta a volver con Johnny si Kate Moss se perdiera de vista, o si un pequeño tornado se la llevara de vuelta a Auschwitz, que es lo que todos estamos deseando. —Alison repara en la colilla que flota en la botella de Snapple, se gira hacia mí sosteniendo la botella con gesto acusador y me dice no sé qué sobre la debilidad de la Señora Chow por el Snapple con sabor a kiwi. Yo estoy repantigado en un sillón gigantesco de Vivienne Tam—. Dios, Victor… —exclama en voz baja—. Con esta luz —hace una pausa, genuinamente conmovida— se te ve guapísimo.
Reúno las fuerzas necesarias para mirarla con los ojos entornados y, finalmente, respondo:
—Cuanto mejor te ves, más puedes ver.
30
De vuelta en mi apartamento del centro, vestido y a punto para salir hacia el Bowery Bar para reunirme con Chloe a las diez, voy de un lado para otro con el móvil en la mano, a la espera de que mi agente de la CAA se ponga al teléfono. Enciendo velas votivas con esencia de cítricos para relajar el ambiente y ayudarme a liberar la tensión, además hace tanto frío que el apartamento casi parece un iglú. Cisne negro, vaqueros blancos, chaqueta Matsuda y calzado cómodo: sencillo a la par que moderno. De fondo, casi sin volumen, música de Weezer. En la televisión —sin sonido— están dando un resumen de todos los pases que se han hecho hoy en Bryant Park, Chloe aparece en casi todos. Por fin un clic, un suspiro, ruido lejano de voces y Bill vuelve a suspirar.
—¿Bill? ¿Hola? —digo—. ¿Bill? ¿Qué haces? ¿Dejarte enjabonar en Melrose? ¿Con los auriculares puestos, como si fueras un controlador aéreo del aeropuerto de Los Ángeles?
—¿Tengo que repetirte que soy más poderoso que tú? —pregunta Bill con aire casino—. ¿Tengo que repetirte que sin auriculares no se va a ninguna parte?
—Eres mi billete a la fama.
—Esperemos que pueda forrarme a tu costa.
—Bueno, ¿qué se sabe de Línea mortal II? Porque el guion es algo así como alucinante. ¿Qué me cuentas?
—¿Que qué te cuento? —repite Bill sin alterarse—. Pues te cuento básicamente lo siguiente: esta mañana he asistido a una proyección. El producto tenía grandes cualidades: estaba bien estructurado, era fácil de entender y no resultaba especialmente penoso, pero por alguna extraña razón no me ha gustado. Sospecho que es porque hasta un puñado de marionetas lo habría hecho mejor que esos actores.
—¿Qué peli era?
—Aún no tiene título —responde Bill en voz baja—. Es algo a medio camino entre Calígula y El club de los cinco.
—Creo que la he visto. Dos veces, además. Oye, Bill...
—Hoy en el Barney Greengrass me he pasado buena parte del almuerzo contemplando las colinas de Hollywood, escuchando a alguien que intentaba colocarme un argumento sobre un fabricante de pasta gigante que se embarca en una especie de espiral de destrucción.
Apago el televisor y busco el reloj por todo el apartamento.
—¿Y tú… en qué pensabas?
—En cuánto tiempo me queda de vida. —Pausa—. No creo que uno deba pensar en esas cosas a los veintiocho años. Y mucho menos en el Barney Greengrass.
—Bueno, Bill, tienes veintiocho años.
—Tocar una botella de sifón sumergida en una cubitera de champán me ha devuelto a lo que se hace pasar por realidad, y beberme media copa de nata de huevo ha dado solidez al proceso. Al final mi interlocutor ha tratado de hacer chistes y yo he tratado de reír. —Pausa—. Entonces he empezado a pensar en la posibilidad de cenar en el Viper Room…. como mal menor, se entiende.
Abro el frigorífico de puerta transparente, cojo una naranja sanguina y levanto la vista al cielo. «Hay que joderse», pienso mientras la pelo.
—Durante la comida —continúa Bill—, alguien de una agencia rival se me ha acercado por detrás y me ha enganchado en el cogote, con pegamento industrial y por razones que se me escapan, una gran estrella de mar. —Pausa—. Ahora mismo dos empleados están intentando quitármela.
—Uau, tío. —Toso—. Estás empezando a meter ruido, ¿eh?
—Mientras hablo contigo, Fahoorzi Zaheedi me está sacando unas fotos para Buzz... —Pausa, luego a otra persona—: ¿Que no se pronuncia así? ¿Te crees que porque ese es tu nombre sabes pronunciarlo bien?
—¿Billy? Hey, Bill, pero ¿de qué vas? —pregunto—. ¿Buzz, tío? Pero si esa revista solo sirve para matar moscas. Venga, Bill, ¿qué pasa con Línea mortal II? Me he leído el guion y he encontrado problemas de estructura y he tomado algunas notas, pero aun así me parece alucinante, y los dos sabemos que soy perfecto para el papel de Ohman. —Me meto otro gajo de naranja en la boca y, sin dejar de masticar, sigo—: Y creo que Alicia Silverstone quedaría genial en el papel de la atribulada hermana de Julia Roberts, Froufrou.
—Anoche salí con Alicia Silverstone —anuncia Bill con aire ausente—. Y mañana con Drew Barrymore. —Pausa—. Está entre un matrimonio y otro.
—¿Y qué hicisteis Alicia y tú?
—Pues nos pusimos a ver El rey león en vídeo y nos comimos un melón que encontré en mi huerto de atrás. Según cómo se defina «agradable», podría decirse que fue una velada agradable. Le pedí que me mirara mientras me fumaba un puro y ella me dio consejos sobre nutrición, tales como «Evita los entremeses». —Pausa—. La semana que viene tengo previsto hacer exactamente lo mismo con la viuda de Kurt Cobain.
—Vaya, Bill, veo que vives al límite.
—Ahora mismo, mientras poso para Buzz, estoy preparando la próxima superproducción de terror políticamente correcta. Hace un momento hemos estado discutiendo sobre cuántas violaciones tienen que salir. Mis socios dicen que dos. Yo voto por media docena. —Pausa—. Y tenemos que hacer algo para glamurizar un poco más la discapacidad de la protagonista.
—¿Por qué? ¿Qué le pasa?
—No tiene cabeza.
—Genial, tío, genial.
—A eso añádele que mi perro se acaba de suicidar. Se ha bebido un cubo de pintura.
—Bill, tío, ¿va a haber secuela de Línea mortal? Solo dímelo. ¿Van a rodar Línea mortal II o no? ¿Eh, Bill?
—¿Sabes qué le pasa a un perro cuando se bebe un cubo de pintura? —pregunta Bill con aire distraído.
—¿Shumacher está metido en el proyecto? ¿Se ha apuntado Kiefer?
—Mi perro era un obseso sexual con tendencias depresivas. Se llamaba Max el Judío y estaba muy, pero que muy deprimido.
—Bueno, supongo que por eso se habrá bebido la pintura, ¿no?
—Podría ser. Por eso o porque la ABC ha cancelado My So-Called Life. —Pausa—. Todavía no se sabe seguro.
—¿Has oído alguna vez la frase «Gánate tu diez por ciento»? —pregunto mientras me lavo las manos—. Have you seen your mother, baby, standing in the shadows?
—El centro se viene abajo, amigo mío —salmodia Bill.
—Eh, Bill, ¿y si no hubiera tal centro? ¿Eh? —pregunto con un cabreo de la hostia.
—Lo tendré en cuenta. —Pausa—. Pero ahora mismo estoy que hecho humo porque Firhoozi piensa que la estrella de mar me queda genial, así que tengo que dejarte. Ya hablaremos tan pronto como sea posible.
—Sí, yo también tengo que largarme, pero oye, ¿hablamos mañana? —Paso frenéticamente las páginas de mi agenda—. ¿Digamos a las... a las tres y veinticinco… o a las cuatro o cuatro y cuarto… o tal vez incluso a las... mierda… a las seis y diez?
—De doce a doce voy de galerías con el reparto de Friends.
—Menuda fantasmada, tío.
—Oye, Dagby, tengo que colgar. Firhoozi quiere sacarme una de perfil sin la estrella de mar.
—Espera, espera, Bill. Solo quiero saber si estás presionando para que salga en Línea mortal II. Y no me llamo Dagby.
—Si no eres Dagby, ¿quién demonios eres? —dice Bill con desgana—. ¿Con quién hablo?
—Soy yo. Victor Ward. Mañana por la noche inauguro lo que va a ser el mejor club nocturno de Nueva York.
Pausa, luego:
—No...
—He hecho de modelo para Paul Smith. He salido en un anuncio de Calvin Klein.
Pausa, luego:
—No... —Oigo que se revuelve, cambiando de postura.
—Soy el tío que todo el mundo pensaba que salía con David Geffen, pero no.
—Con eso no basta.
—¡Salgo con Chloe Byrnes! —grito—. ¿Chloe Byrnes, tío, la supermodelo?
—De ella sí he oído hablar, pero de ti no, Dagby.
—¡Por Dios, Bill, salgo en la portada de Youth-Quake de este mes! Te estás pasando con la dosis de Halcion, tío.
—En este preciso instante ni siquiera estoy pensando en ti.
—¡Eh! —grito—. Para salvar mi vida dejé la ICM por vosotros.
—Oye, Dagby o como te llames, te oigo muy mal, porque estoy en Mulholland y… este túnel no se acaba nunca. —Pausa—. ¿No oyes las interferencias?
—¡Pero si acabo de llamarte a tu despacho! Y tú mismo me has dicho que Firhoozi Zahidi te está sacando fotos. Dile a Firhoozi que se ponga.
Una pausa larga, luego Bill dice desdeñosamente:
—Te crees muy listo.
29
Delante del Bowery Bar hay tal aglomeración que tengo que trepar por encima de una limusina estacionada de cualquier manera en la acera para intentar abrirme paso a empujones entre el gentío, mientras los paparazzis que no han podido colarse intentan sacarme una foto gritando mi nombre, y yo sigo a Liam Nesson, Carol Alt y Spike Lee hasta llegar donde están Chad y Anton, que nos ayudan a entrar en el restaurante, donde suenan los primeros acordes del «Sick of Myself» de Matthew Sweet. El bar está a tope: tíos blancos con rastas, tías negras con camisetas de los Nirvana, coleguillas grunge, reinonas de gimnasio con cortes a cepillo, mohair, tejidos fosforescentes, Janice Dickerson, guardaespaldas con sus modelos —espléndidas pero agotadas después de un día de pases—, borreguillo sintético, neopreno, coletas, silicona, Brent Fraser y también Brendan Fraser, pompones, mangas de chenilla, guantes de halconero y todo el mundo muy acaramelado. Saludo de lejos a Pell y a Vivien, que están bebiendo Cosmopolitans con Marcus —ataviado con una peluca de letrado inglés— y una lesbiana guapísima de nombre Egg, que luce una corona obsequio de la margarina Imperial y que está sentada junto a dos personas vestidas como dos de los Banana Splits, aunque no sabría decir cuáles. Es una noche tipo viva el kitsch y hay montones de admiradores del chic.
Mientras examino el comedor en busca de Chloe (una pérdida de tiempo, comprendo algo demasiado tarde, porque ella se sienta siempre en uno de los tres grandes reservados para vips), me doy cuenta de que tengo al lado a Richard Johnson de Page Six, que también anda buscando a alguien junto con Mick y Ann Jones, y me vuelvo hacia él con la palma en alto.
—¡Hey, Dick! —grito por encima del barullo—. Tienes que hacerme un favor.
—Claro, Victor —contesta Richard—. Pero estoy buscando a Jenny Shimuzu y a Scott Bakula.
—Hey, si Jenny vive en mi edificio y es muy enrollada y le encantan los helados de yogur Häagen-Dazs, sobre todo los de piña colada, y además somos muy amigos. Pero oye, ¿no habrás oído hablar de una foto que va a salir en el News de mañana o algo así?
—¿Una foto? —pregunta—. ¿Una... foto?
—Tí… tí… tío —balbuceo—. Cuando lo repites dos veces da hasta miedo. Pero, eh... ¿sabes quién es Alison Poole?
—Pues claro. La media naranja de Damien Nutchs Ross —contesta al tiempo que ve a alguien, levanta los pulgares, los baja y luego vuelve a levantarlos—. ¿Qué tal va todo por el club? ¿Todo a punto para mañana por la noche?
—Genial, genial. Pero es que esa foto... esto…. podría resultar comprometedora para… para mí.
Richard ha desviado su atención hacia un periodista que está junto a nosotros, entrevistando a un camarero guapísimo.
—Victor, este es Byron, de la revista Time. —Richard mueve una mano para presentarnos.
—Me encanta tu trabajo, tío. Paz —le digo a Byron—. Oye, Richard, lo que te...
—Byron está preparando un reportaje sobre camareros guapísimos para Time —anuncia Richard sin asomo de entusiasmo.
—¡Ya era hora, por fin! —le digo a Byron—. Richard, espera...
—Si es una fotografía desagradable, el Post no la publicará porque no publica fotografías desagradables, bla, bla, bla —concluye Richard, alejándose.
—Eh, ¿quién ha dicho que sea desagradable? —grito—. Yo he dicho «comprometedora».
Candy Bushnell aparece de pronto abriéndose paso entre la multitud y gritando «¡Richard!», y cuando me ve su voz sube como ochenta octavas y grita «¡Pony!», y me planta un beso enorme en la cara y aprovecha para meterme mano, mientras Richard encuentra por fin a Jenny Shimuzu pero no a Scott Bakula, y Chloe está rodeada por Roy Liebenthal, Eric Goode, Quentin Tarantino, Kato Kaelin y Baxter Priestly, que está sentado muy cerca de ella en el gigantesco reservado aguamarina y tengo que poner fin enseguida a eso si no quiero acabar luego con un increíble dolor de cabeza. Saludo de lejos a John Cusack, que comparte un plato de calamares con Julien Temple, atravieso la sala abarrotada en dirección al reservado donde Chloe finge tomar parte en la conversación mientras apura nerviosamente un Marlboro Light.
Chloe nació en 1970, es piscis y clienta de la CAA. Labios carnosos, delgadísima, pechos grandes (implantes), piernas largas y musculosas, pómulos altos, enormes ojos azules, piel sin mácula, nariz recta, cincuenta y seis centímetros de cintura, sonrisa sin asomo de malicia, factura de móvil de 1.200 dólares al mes, y un odio hacia sí misma que probablemente no debería sentir. La descubrieron mientras bailaba en una playa de Miami y ha salido medio desnuda en un vídeo de Aerosmith, en Playboy, y dos veces en la portada del número de bañadores del Sports Illustrated, así como en la portada de cuatrocientas revistas. Se han vendido dos millones de ejemplares de un calendario para el que posó en St. Bart’s. Su libro Así soy de verdad, escrito en realidad por Bill Zehme, estuvo en la lista de los más vendidos del New York Times como unas doce semanas. Siempre está al teléfono atendiendo a managers que renegocian sus contratos y tiene un agente que se lleva el quince por ciento de sus ingresos, tres publicistas (aunque, en el fondo, la PMK se encarga prácticamente de todo), dos abogados y numerosos asesores financieros. En estos momentos Chloe está a punto de firmar un contrato multimillonario con Lancôme, aunque muchos otros también la pretenden, sobre todo después de que los «rumores» sobre su «flirteo» con las drogas fueran rápidamente «desmentidos»: Banana Republic (no), Benetton (no), Chanel (sí), Gap (puede), Christian Dior (mmm...), French Connection (por favor...), Guess? (ni hablar), Ralph Lauren (problemático), Pepe Jeans (¡ni de coña!), Calvin Klein (ya está), Pepsi (siniestro, pero posible), etcétera. Tiene rigurosamente racionados los bombones, la única comida de la que disfruta mínimamente. No come arroz, patatas, pan, ni grasas de ninguna clase; solo verduras al vapor, algunas frutas, pescado sin aderezo y pollo hervido. Hace tiempo que no cenamos juntos porque la semana pasada tuvo las pruebas de vestuario para los quince pases que va a hacer esta semana, lo que significó probarse unos ciento veinte modelos para cada diseñador, y además de los dos desfiles de mañana tiene que rodar parte de un anuncio para la televisión japonesa y verse con un director de vídeo para repasar unos storyboards que ella ni siquiera entenderá. Caché por diez días de trabajo: 1,7 millones de dólares. Tiene un contrato no sé dónde que estipula esa cantidad.
Esta noche lleva un vestido largo de Prada, negro y con la espalda al aire, sandalias de charol negro y unas gafas envolventes de color verde metalizado que se quita en cuanto me ve aparecer.
—Perdona, cariño, me he perdido —digo mientras me deslizo en el reservado.
—Mi salvador... —dice Chloe con una sonrisa forzada.
Roy, Quentin, Kato y Eric se largan, muy decepcionados los cuatro, mascullando «Eh, tío» y asegurándome que mañana por la noche asistirán a la inauguración, pero Baxter Priestly permanece sentado mientras sigue chupando su caramelo de menta, con una sola solapa asomando de su chaleco rosa Pepto-Bismol. Licenciado en cinematografía por la Universidad de Nueva York, rico, veinticinco años, modelo a tiempo parcial (hasta el momento solo fotos de grupo para campañas de Guess?, Banana Republic y Tommy Hilfiger), rubio con un corte a lo paje, ha salido con Elizabeth Saltzman como yo, uau.
—¿Qué hay? —saludo con un suspiro mientras me inclino sobre la mesa para besar a Chloe en la boca, y empiezo a temer el intercambio de comentarios de cortesía que se avecina.
—Hey, Victor. —Baxter me estrecha la mano—. ¿Qué tal el club? ¿Todo listo para mañana?
—Do you have the time to listen to me whine?
Estamos sentados más o menos de cara al resto de la sala, yo con la mirada fija en la gran mesa del centro donde, bajo una lámpara hecha a base de flotadores de cisterna del váter y alambres de frigorífico reciclados, Eric Bogosian, Jim Jarmusch, Larry Gagosian, Harvey Keitel, Tim Roth y —quién lo diría— Ricki Lake están todos comiendo ensaladas, lo cual me recuerda algo: que tengo que ocuparme del tema de los picatostes antes de que la cosa se desmande por completo.
Al cabo de un rato, Baxter capta la indirecta, se levanta, se guarda en el bolsillo su Audiobox MVX, que estaba junto al Ericsson DF de Chloe, y vuelve a estrecharme torpemente la mano.
—Os veo mañana. —Permanece allí de pie, y el caramelo de menta emerge de entre sus labios carnosos y rosados—. Bueno, pues… hasta mañana, supongo.
—Adiós, Baxter —dice Chloe, cansada pero encantadora, como siempre.
—Eso, adiós, tío —mascullo, una despedida en la que tengo mucha práctica, y cuando ya no puede oírnos le pregunto con delicadeza—: ¿Qué pasa, cariño? ¿Quién era ese tipo?
Chloe no responde, se limita a fulminarme con la mirada.
Pausa.
—Hey, cielo, me estás mirando como si me hubieras pillado en un concierto de Hootie and the Blowfish. Tranquila.
—¿Baxter Priestly? —pregunta con aire hosco, mientras pica cilantro de un plato.
—¿Quién es Baxter Priestly? —Saco un paquete de hierba de primera y un librillo de papel de fumar—. ¿Quién coño es Baxter Priestly?
—Sale en la nueva serie de Darren Star y toca el bajo en el grupo Hey That’s My Shoe —dice, y enciende otro cigarrillo.
—¿Baxter Priestly? ¿Qué puta clase de nombre es ese? —mascullo, mirando unas semillas que están pidiendo a gritos que las quite de ahí.
—¿Y tú te burlas de su nombre? ¿Tú, que te juntas con gente llamada Plez, Fetish y alguien a quien sus padres tuvieron el valor de llamar Tomato?
—Ya han reconocido que tal vez fue un error.
—¿Tú, que trabajas con gente llamada Benny Benny y Damien Nutchs Ross? ¿Y ni siquiera te disculpas por llegar una hora tarde? He tenido que esperarte arriba en el despacho de Eric.
—Oh, vaya, seguro que le ha encantado —digo sin apartar la vista de la maría—. Hey, ¿qué pasa? Solo quería que entretuvieras un rato a los paparazzis. —Pausa—. Y se llama Kenny Kenny, cielo.
—Ya lo llevo haciendo todo el día —se queja con un suspiro.
—¿Baxter Priestly? ¿Y cómo es que no me suena de nada? —pregunto muy serio, haciendo señas a Cliff el maître para pedirle algo de beber, pero es demasiado tarde: Eric ya nos ha enviado una botella de cortesía de Cristal 1985.
—Supongo que ya me he acostumbrado a tus olvidos —dice.
—Oye, tú eres la que se hace fotos con abrigos de piel y luego da dinero a Greenpeace. Eres tú la contradicción andante, querida, no yo.
—Baxter salía con Lauren Hynde. —Chloe apaga el cigarrillo y sonríe para dar las gracias al guapísimo camarero que nos sirve el champán en copas de flauta.
—¿Baxter salía con Lauren Hynde?
—Sí.
—¿Y quién es Lauren Hynde?
—Lauren Hynde, Victor —insiste, como si el nombre tuviera que sonarme de algo—. ¡Tú saliste con ella!
—¿Yo? ¿En serio? Ah. Mmm…
—Buenas noches. Victor.
—No me acuerdo de Lauren Hynde, cariño. ¿Qué quieres que te diga? Mis más sinceras disculpas.
—¿Lauren Hynde? —repite anonadada—. ¿No recuerdas haber salido con ella? Por Dios, Victor, entonces ¿qué dirás de mí?
—Nada, cariño —le digo, después de haber sacado todas las semillas—. Porque tú y yo nos casaremos y envejeceremos juntos. ¿Qué tal los pases? Mira, Scott Bakula. Hey, paz, tío. Richard andaba buscándote.
—Lauren Hynde, Victor.
—Hey, total. ¡Alfonse! Qué pasada de tatuaje, tío. —Me vuelvo de nuevo hacia Chloe y sigo—: ¿Sabías que Damien lleva bisoñé? Al parecer es un adicto a las pelucas.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Uno de los tipos del club —contesto sin titubear.
—Lauren Hynde, Victor. Lauren Hynde.
—¿Quién es esa? —digo con una mueca de loco antes de inclinarme hacia Chloe y besarla ruidosamente en el cuello.
De pronto aparece Patrick McMullan y nos pide educadamente hacernos una foto, felicitando a Chloe por su trabajo en las pasarelas del día. Chloe y yo nos acercamos, levantamos la cara, sonreímos y se dispara el flash.
—¡Hey, que no salga la maría! —le aviso, pero ya ha visto a Patrick Kelly y sale corriendo tras él—. ¿Crees que me ha oído?
—Victor, Lauren Hynde es una de mis mejores amigas.
—No la conozco de nada, pero, oye, si es amiga tuya, ni que decir tiene que las amigas de mi novia... —Empiezo a liar el porro.
—Fuiste a la universidad con ella, Victor.
—No fui a la universidad con ella, cielo —murmuro, saludando con la mano a Ross Bleckner y a su nuevo novio, la señora de Ross Bleckner, un tío que trabajaba en un club de Amagansett llamado Salamanders, al que Bikini le dedicó un reportaje no hace mucho.
—Corrígeme si me equivoco, pero Lauren Hynde y tú fuisteis juntos a Camden. —Chloe enciende otro cigarrillo y por fin prueba el champán.
—Claro, claro —digo tratando de tranquilizarla—. Ah… Sí.
—¿Fuiste a la universidad, Victor?
—¿Literalmente o en sentido figurado?
—¿Es que hay alguna diferencia? —pregunta—. ¿Cómo se puede ser tan lerdo?
—No lo sé, cielo. Tiene algo que ver con el desplazamiento de genes.
—Es increíble. Te burlas del nombre de Baxter Priestly y luego te tratas con gente que se llama Huggy, Pidgeon y Na Na.
—Eh —salto al fin—, que tú te has acostado con Charlie Sheen. Todos tenemos nuestras miserias.
—Tendría que haberme ido a cenar con Baxter —murmura.
—Venga, cariño, bébete el champán, tómate un sorbete... En cuanto nos fumemos esto, verás cómo nos relajamos. A ver, ¿quién es ese Baxter?
—Lo conociste en un partido de los Knicks.
—¡Ah, sí, es verdad! El nuevo desheredado: desnutrido, despeinado, víctima de un gran tratamiento de desintoxicación. —Me callo de repente, compruebo con nerviosismo la reacción de Chloe, y luego sentencio magistralmente—: La estética grunge ha arruinado la buena imagen del hombre americano. Hace que uno añore los ochenta.
—Solo tú podrías decir algo así.
—De todos modos, en los partidos de los Knicks solo miro cómo coqueteas con John-John.
—Como si tú no fueras a cambiarme por Daryl Hannah si pudieras.
—Cariño, si lo que buscara fuera publicidad, te cambiaría por John-John. —Hago una pausa antes de preguntar con gesto pícaro—: ¿Crees que él...?
Chloe se limita a mirarme fijamente.
—Anda, ven aquí. —La atraigo hacia mí y la vuelvo a besar, notando cómo se me humedece la mejilla porque Chloe siempre lleva el pelo mojado hacia atrás con aceite de coco—. Nena, ¿por qué tu pelo nunca está seco?
Los objetivos de Fashion TV peinan el local, y tengo que pedirle a Cliff que le diga a Eric que se asegure de que las cámaras no se acercan a Chloe. M People deja paso a un tema de la etapa intermedia de Elvis Costello, y este a lo último de los Better Than Ezra. Pido un sorbete de frambuesa e intento poner a Chloe de buen humor convirtiéndolo en una canción de Prince: «Y ella se comió el sorbete de frambuesa... Uno de esos que sirven en el Bowery Bar...».
Pero Chloe no levanta su mirada triste del plato.
—No es más que un plato de cilantro. ¿Qué te pasa?
—Llevo en pie desde las cinco y tengo ganas de llorar.
—Hey, ¿qué tal la gran comi
