Los diez pasos hacia Nanette

Hannah Gadsby

Fragmento

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INTRODUCCIÓN

Este es mi segundo libro, al menos técnicamente. Pero yo no me molestaría en buscar ejemplares de mi primera obra, porque se publicó exclusivamente en una edición de uno y lo he perdido. No es que suponga una gran pérdida para la literatura, porque mi primer libro era un libro muy malo. Aunque tampoco debería ser demasiado dura conmigo; la historia sí guarda cierto encanto si tenemos en cuenta que, cuando lo escribí, tenía solo siete años. Pero como texto en sí mismo es malísimo. Es malo hasta el título:

De cómo Siffin Soffon se hizo amigo de un dragón. Primera parte.

Metí todo un spoiler en el título. Menuda boba. ¿Por qué te molestarías en leer un libro si ya sabes que, por dramáticos que puedan ser los giros narrativos, al final, Siffin Soffon y el dragón van a terminar llevándose muy bien?

Está claro que cuando metí ese «Primera parte» en el título tenía la idea de escribir una serie épica, pero nunca llegué a redactar la segunda entrega. Es una pena. De todos modos, cabría suponer que el final sí lo había dejado en suspense, para estimular el apetito por la lectura de la segunda parte, pero no, la primera acaba con Siffin Soffon y su nuevo amigo dragón diciéndonos adiós felizmente desde las agradables costas de «Isla Vacaciones». No es de extrañar que no llegara a escribir la secuela, si ni siquiera fui capaz de idear un nombre de isla más allá del propósito concreto para el que la había inventado. Claramente, ya se me habían acabado las ideas.

Supongo que alguien sí podría tener interés en leer el libro solo por descubrir quién es ese Siffin Soffon, pero en este sentido mi escritura tampoco cumple las expectativas porque, aparentemente, no se me ocurrió que fuera necesario ofrecer una descripción del personaje central de la novela. Los dibujos que incluí podrían haber sido algo esclarecedores, pero, una vez más, reina la ambigüedad; Siffin Soffon inicia su épica travesía siendo una pequeña cabra roja, dibujada muy meticulosamente, aunque con trazo infantil, pero, para cuando se hace amigo del Dragón, es ya tan solo una perezosa maraña de garabatos de color naranja porque ya me había aburrido de dibujar y, además, por lo que se ve, había perdido el lápiz rojo. Por suerte, tengo información de primera mano sobre el tema y puedo asegurar que Siffin Soffon no era ni una cabra roja ni un garabato naranja, sino el amigo imaginario de mi hermano mayor, Hamish, y según él Siffin Soffon era un futbolista diminuto que vivía dentro del retrete con su mejor amigo, Kinnowin.

Cuando aquel ejemplar único de mi horrible libro volvió a mis manos no hace tanto tiempo, me inundó un cúmulo de recuerdos que ni siquiera sabía que tenía dentro. No me refiero a recuerdos reprimidos, su regreso no supuso un impacto traumático. Simplemente se abrieron paso con sigilo hasta el lugar que ocupan mis pensamientos más vívidos, como si no se hubieran ido nunca.

El tiempo había dejado la cubierta —dos piezas de cartón rojo unidas con cinta adhesiva— desteñida y reblandecida, pero aquel título mal pensado seguía teniendo la misma pinta que si lo hubiera rotulado, también mal, ayer mismo. Al sostenerlo me acordé de lo que se había enfadado aquella niña de siete años cuando se dio cuenta de que no le quedaba espacio suficiente para escribir las últimas seis palabras y sentí el calor de la reprimenda que me había infligido tan bruscamente como si no hubieran pasado treinta y cinco años desde entonces. Al hojearlo, encontré en la última página la nota elogiosa escrita por el subdirector junto con una pegatina, a modo de premio, en la que aparece la Pantera Rosa enroscada en torno a un bolígrafo gigante de cuya punta salen las palabras «¡Bien hecho!». Recordé con cuánto amor había acariciado con el dedo el reborde de aquella pegatina, casi pletórica de orgullo. También me acordé de que me había molestado un poco que solo fuera el subdirector, y que me había preguntado qué demonios había que hacer para llamar la atención del director. Como también me acordé de que mi profesora se había empeñado en escribirme ella el cuento, porque yo era demasiado pequeña para usar bolis, y que luego había insistido en que lo leyera ante toda la clase; todo el mundo nos había odiado profundamente a mí y a mi libro. No los culpo. Era, al fin y al cabo, un libro muy malo.

El regreso a mis manos de mi debut literario avivó toda una serie de memorias que iban mucho más allá del objeto en sí, y entre las que estaba la montaña rusa emocional que había desencadenado el impulso inicial de usar papel y bolígrafo. Todo empezó con mi obsesión por los amigos imaginarios de Hamish y por la angustia creciente que me provocaba que no quisieran ser también amigos míos. No sabía lo que significaba «imaginario» y lo que entendía es que Hamish tenía unos amigos que molaban mucho y que se negaban a hablar conmigo, lo que me dio para derramar muchas lágrimas cada vez que iba al baño. Me acordé también de cómo, cuando me explicaron que los amigos de Hamish vivían dentro de su cabeza, pregunté si tenía permiso para imaginarme a Siffin Soffon yo también y que, cuando Hamish me dijo que no, volví a echarme a llorar. Esto hizo que él me ofreciera el compromiso ab­solutamente inaceptable de la amistad imaginaria de Kinnowin. No acepté, porque en realidad solo quería a Siffin Soffon, que me había imaginado como una cabrita roja y había logrado convencerme de que, a veces, la oía chapotear dentro de las cañerías. Kinnowin me daba igual, apenas lo conocía, ni siquiera sabía qué aspecto tenía.

También recordé que, en cierto momento, me había puesto a conjurar a mis propios amigos imaginarios y empecé a ir por ahí galopando en mi caballo, Sargento, y charlando con mi buen amigo el Señor Perro, que era un perro al que, obviamente, había dado nombre siguiendo la tradición de Isla Vacaciones. No fue un momento triunfal. Me acordaba bien de lo inmensamente idiota que me había sentido porque sabía que mis amigos no eran reales y porque, aún peor, los tipos que me había imaginado eran enormemente grandes, así que seguía sin tener ningún amigo con quien hablar en el baño. No sé cómo denominar a mi siguiente jugada, pues no creo que sea posible matar a seres que no existen, así que digamos simplemente que a Sargento y al Señor Perro les hice un ghosting violento. En aquel momento me pareció un gesto de humanidad, pero en realidad solo quería quitármelos de en medio para volver a probar suerte con Siffin Soffon.

Después de mi innecesario sacrificio ritual de perros y caballos imaginarios, Hamish me dijo que ya era demasiado tarde. Sus amigos se habían ido. Lo presioné para que me contara dónde estaban y, lúgubremente, me dijo que estaban en el cielo ayudando a Dios. Durante toda mi infancia, y hasta bien entrada la edad adulta, adoré a Hamish, y a menudo sentía, con dolor, que él era consciente de ello y abusaba del poder que tenía sobre mí. Pero al rememorar episodios como este, me doy cuenta de que un niño pequeño que no solo creía que a Dios le hacía falta la ayuda de unos jugadores de fútbol diminutos, sino que sentía tal grado de soledad que debía inventarse unos amigos con los que hablar, y sobre los que hacer caca, no hubiera sido capaz de hacer algo así. Hamish tenía sus propios problemas, obviamente.

Al margen de la claridad maravillosa con la que volvieron todos estos recuerdos, el cuento en sí no me sonaba de nada. De hecho, me resultaba tan ajeno que el final de la historia habría sido una incógnita total si no lo hubiera estropeado desvelándolo en el título. Otro elemento curioso de aquel libro tan malo que ni siquiera recuerdo haber escrito era el grado elevadísimo de violencia, muertes y sed de sangre que contenía, por no hablar de la impasibilidad con la que mi yo de siete años había descrito con todo detalle aquel derramamiento de sangre y vísceras. En vez de darme una pegatina de la Pantera Rosa, tendrían que haberme llevado a terapia.

Sin embargo, a pesar del ignoto argumento repleto de decapitaciones, torturas y demás detalles sanguinarios, la historia sí tenía cierta familiaridad. Aquella «Primera parte» era, básicamente, una autobiografía apenas disimulada. Siffin Soffon odiaba los vestidos, soñaba con ser un perro y era muy fan de la comida. Pero lo más alucinante de mi pésimo libro es que podría leerse como un plano de mi futuro, un mapa, en cierto sentido, de la forma en que la Hannah adulta surgió de aquella pequeña autora infantil tan extraña. Como mi propia vida, la travesía de Siffin Soffon estaba marcada por las peripecias, el aislamiento y el exilio. Y su supervivencia, tanto como los peligros que lo amenazaban, tenían que ver, igual que los míos, con un exceso de confianza mal depositada y una aceptación pasiva de las circunstancias, independientemente de lo turbias que estas fueran.

Los diez pasos hacia Nanette, que quizá podría entenderse, supongo, como una segunda parte que llega con mucho retraso, es un libro autobiográfico más convencional. Empieza con mi nacimiento y termina con una fecha de publicación. Cuenta dos historias: una de ellas sobre mi más bien extraño estreno en la vida; y la otra, sobre mi más bien extraña decisión de dar por terminada mi vida en la comedia. He intentado abordar la escritura de este libro con la mayor honestidad posible; sin embargo, lo que sigue también comporta un fino velo de fantasía. En algunas partes he decidido primar algo la imaginación por encima de los hechos porque algunas de mis historias no son del todo mías. He cambiado nombres, e incluso fusionado personas, momentos y lugares, porque no creo que esté legitimada para airear los trapos sucios de nadie más. Pero os imploro, ¡por favor!, que no caigáis en la trampa de jugar al «detective de la verdad», porque la mayor parte de mi vida la he vivido dentro de mi cabeza y, a menos que seáis el Señor Perro o Sargento, no habéis pasado por allí, así que tendréis que fiaros de mi palabra.

Y aunque tengo facilidad para hacer reír a la gente cuando cuento una historia, debo advertiros de que me han pasado algunas cosas horribles y que es muy probable que algo de lo que relate os genere malestar. Sin duda, a mí me lo genera.[1] Pero no quiero inquietaros, así que ahora, antes incluso de que deis el primer paso, voy a haceros un spoiler del viaje y os voy a desvelar el final, que es que, en el momento en el que escribo esto, el dragón y yo nos llevamos muy bien y tenemos un montón de comida.

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Primer Paso

EPÍLOGO

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Tenía que averiguar si aquel césped era auténtico. Parecía demasiado perfecto para estar hecho de materia orgánica. La uniformidad del vasto cuadrado verde que rodeaba aquella piscina como de revista rozaba lo inquietante, cada una de sus briznas de hierba era exactamente igual de alta y recta que la que tenía al lado. Lo más seguro, pensé, es que fuera de plástico. Pero aquello tampoco tenía sentido alguno. El césped artificial es para el tipo de gente a la que le sobra orgullo de casa y le falta agua o tiempo.[2] El césped falso no es para esa gente absurdamente rica que cuenta con un equipo de personal doméstico con división de jardinería incluida. Así que me escapé del barullo y me acerqué sigilosamente hasta el borde del camino, dejé caer la servilleta y, al agacharme para recogerla, pasé la mano por el misterioso césped. Mátame. Era de verdad. Volví a la fiesta con un nuevo misterio que resolver: ¿por qué querría nadie segar un césped de verdad para que pareciera falso?[3]

Sabía que estaba actuando de forma anormal. Y por «anormal» no me refiero a mi incapacidad para integrarme con todos aquellos famosos y mandamases de Hollywood reunidos en el jardín inquietantemente perfecto de Eva Longoria. Personalmente, creo que en ese extraño ambiente es normal ser anormal. No me sentía mal por haber aparecido en pantalones vaqueros y camiseta mientras el resto iban ataviados con prendas de moda, porque no me parece anormal que una persona ajena a Hollywood no sepa que el dress code es un código de verdad, que hay que saber descifrar. La invitación decía ropa de brunch y, puesto que el brunch no es una comida de verdad, pensé que tampoco había que esforzarse mucho. Así, mi incapacidad para estar a la altura de la etérea magnificencia de Janelle Monáe me hacía sentir perfectamente normal. Lo que ya no es tan normal, sin embargo, es abandonar abruptamente una conversación con Janelle Monáe para satisfacer el súbito impulso de acariciar un césped de aspecto extraño.

Aquella tampoco era la primera vez que, en presencia de una persona famosa, me despistaba pensando en las decisiones de paisajismo sobre las que estaba poniendo los pies. En la fiesta de los Emmy de Netflix, unos meses antes, no había podido dejar de pensar en la alfombra blanca. ¿Qué clase de monstruo elegiría una alfombra blanca para un evento al aire libre?[4] El aire libre, con independencia de lo elegante que sea, no es el hábitat natural de una alfombra, blanca o no. La cuestión me atormentaba con tal obstinación que no me di cuenta de que había entrado en lo que fácilmente podía ser un auténtico delirio febril.

John Stamos vino a presentarse y elogió con mucho entusiasmo mi trabajo, y yo no podía hacer otra cosa que contemplar cómo se movían sus labios y desear que no se diera cuenta de que tenía la cabeza en otra parte. El único tema del que realmente me interesaba hablar estaba bajo nuestros pies: ¿tú qué crees que le pasará mañana a esta alfombra? ¿Tendrá vida más allá de este evento, sir Stamos? Fue solo mucho más tarde, meses, en realidad, que conseguí procesar el hecho de que el tío Jesse me había abordado porque sabía quién era yo y quería decirme que le gustaba mi trabajo. Esa serie de hechos no tiene nada de razonable ni lógico.

Jodie Foster quiso hacerse una foto conmigo y yo no me sentí tan halagada como habría debido porque estaba demasiado preocupada pensando en el daño que la alfombra podía estar causándole al césped que tenía debajo. Y cuando me presentaron a tres de los chicos de Queer Eye, no me pregunté por los otros dos. Quería saber la respuesta a la única pregunta que tenía en la cabeza: ¿cómo era posible que la alfombra blanca siguiera estando igual de blanca después de llevar horas bajo un atestado festival de saluditos y brindis?[5]

Me negaba a aceptar que la alfombra entera estuviera hecha solo de una pieza: el espacio era enorme y su perímetro no tenía los bordes rectos, como hubiera ocurrido en una sala cerrada. Aun así, era incapaz de detectar dónde se encontraban las uniones. En todo caso, hasta yo sabía que sería inapropiado ponerme de rodillas y empezar a palpar la alfombra para encontrarlas, así que decidí ir hasta el borde, a ver si allí podía dar con alguna respuesta. Y entonces me tropecé con Norman Lear. Se dio la vuelta y me pidió disculpas. Qué señor tan majo, pensé, y le devolví la sonrisa mientras se presentaba, cosa que estuvo muy bien, porque yo no tenía ni idea de quién era. Me apunté una nota para buscarlo en Google más tarde y me fui, educadamente, a reanudar mi investigación, desaprovechando la oportuni­dad de preguntarle cosas al mismísimo rey de la comedia televisiva.

Mi obsesión con el asunto de la alfombra acabó, finalmente, cuando una mujer muy bajita me dio un toquecito en el hombro.

«¿Eres Hannah Gadsby?».

Asentí, rezando para que se presentara, porque no tenía ni idea de quién era, pero se limitó a asentir. Después anunció: «A Jennifer Aniston le gustaría conocerte». Esperaba que la presentación tuviera lugar allí mismo, donde estábamos, pero la mujer bajita me pidió que la siguiera, se dio la vuelta de golpe y desapareció entre la multitud. Curioso, pensé; no era una invitación, era una citación. Intrigada, salí correteando detrás de ella y me olvidé por completo de la alfombra blanca.

Jennifer Aniston me saludó muy efusiva y con una calidez increíble, que no es en absoluto lo que yo esperaba de una persona que gestiona su socialización sin desplazarse ni un centímetro. Si lo hiciera yo, seguramente me dedicaría a tomarle el pelo a la gente.[6]

Cuando Jennifer Aniston me dijo que le hacía mucha ilusión conocerme, yo también le dije que me hacía mucha ilusión conocerla. Estaba siendo educada, por supuesto: no me hacía ilusión, estaba aterrorizada. Soy autista, me cuesta hasta tener una conversación con mi mejor amigo,[7] así que la perspectiva de charlar con una de las famosas más idolatradas del mundo no era nada relajante. ¿Qué grado de admiración esperaba de la plebe? ¿Necesitaba que le reafirmara su identidad y su estatus ejercitando la metáfora del peloteo? ¿Debía decirle que no he visto Friends? No tenía que haberme preocupado, porque, por lo que se ve, Jennifer Aniston solo quería decirme que no había visto mi show. Touchée.

Sus palabras tenían la cadencia de un cumplido, pero, en realidad, eran solo información. Y, como información, podría haber sido un insulto, pero de algún modo Jennifer Aniston había conseguido que sonara como una aprobación entusiasta. En todo caso, era igual de chocante. Respondí sin pensar, más brusca de la cuenta: «¿Por qué me cuentas esto?». Mi pregunta hizo que se quedara un momento en silencio y, mientras, yo empecé a arrepentirme de mi existencia entera. «No lo sé», se rio. Yo también me reí. Parecía lo más educado que se podía hacer. Siguió: «Es que estaba de rodaje en exteriores y todo el mundo me decía que tenía que ver Nanette, y no pude, así que cuando oí que estabas aquí, quise…». Se calló, casi avergonzada, pero yo sentí el alivio de no ser la única que no tenía ni idea de cómo salir de aquella. Me cogió las manos, como para tranquilizarnos a las dos. «¡Voy a verlo! Y sé que me va a encantar», me prometió, ofreciéndome una opción para salir de aquella incomodidad, que yo no tomé. «Pero ¿y si no es así? ¿Qué pasa si te parece horrible?». Me dio unas palmaditas en las manos y respondió: «¡No te lo diré!». Típico de Los Ángeles.

Esta fue mi primera[8] fiesta de los Emmy y he de decir que creo que hice un buen trabajo en lo de no hacer el ridículo. A diferencia de mi fracaso con la brunch couture, en esta ocasión sí estuve muy cerca de descifrar el código del dress code. Me había duchado, pero aun así me las arreglé para dar a mi presencia una incongruencia desaliñada. Lo atribuyo al hecho de que mi vestido no había sido confeccionado para la ocasión y a que llevaba mis propios zapatos. Claro está que no llevaba un vestido, sino mi único traje. Pero ya me entendéis. Lo único que lamento es que no me quedé el tiempo suficiente para ir al baño. Me habría gustado averiguar qué clase de extrañas decisiones acerca del alicatado se habían tomado pensando en las abluciones de la gente famosa.

El show que Jennifer Aniston no había visto aún era mi especial de stand-up, Nanette. Cuando se estrenó en Netflix, el 19 de junio de 2018, despertó tal revuelo que en pocos meses me había convertido en la comidilla de la ciudad, y con ello me refiero a la ciudad. Hasta entonces solo había pasado por Los Ángeles haciendo escala, así que resultaba un poco grosero que, en mi primera visita propiamente dicha a la ciudad, me viera pasando por delante de una imagen gigante de mi cara pegada en vallas publicitarias y paradas de autobús[9] cada vez que me arrastraban de un lado a otro para presentarme a la clase de personas con las que mis colegas de profesión matarían por codearse.

Los primeros meses después del lanzamiento de Nanette se cuentan entre los más extraños e inquietantes de mi vida. Pasé de una relativa oscuridad a una intensa visibilidad en tan poco tiempo que sufrí una contractura espiritual. Irónicamente, todo el caos que vino después de mi «éxito instantáneo» es, en realidad, mucho más gracioso que el monólogo en sí. Pero mucho mucho más gracioso. Esto tampoco es muy sorprendente, pues es muy posible que Nanette sea oficialmente la hora de comedia más deliberadamente deprimente y sin gracia que se haya creado jamás.

Que conste en acta que, hasta la fecha, Jennifer Aniston no me ha llamado para decirme que Nanette le ha encantado. Supongo que puedo interpretarlo como que le ha parecido un horror. No sería la única. Aunque, imagino, lo más probable es que esté muy ocupada y ni siquiera se acuerde de que una vez habló conmigo. Aunque guardo la esperanza de que, algún día, una mujer bajita me dé un toquecito en el hombro y me diga que Jennifer Aniston quiere que sepa que no le parece que Nanette esté a la altura de todo el bombo publicitario. Eso sería in-cre-í-ble.

Es posible que yo haya estado viviendo el sueño del mundo del espectáculo, pero, y en esto no podría insistir lo suficiente, ese supuesto sueño no ha sido nunca mi sueño. Sé que aquellas personas que tengan una visión más cínica pensarán que esto es falsa modestia, pero la verdad es que no me cuesta reconocer mis ambiciones cuando y donde existen.[10] En lo tocante a incorporarme a las filas de toda aquella gente de la ciudad de las estrellas, lo que hizo que ni me lo pensara dos veces fue mero pragmatismo. Sencillamente, no le veo sentido a perseguir ninguna fantasía que, en la práctica, lo único que podría reportarme es una enorme pérdida de tiempo y energía. Y eso es lo que, para alguien como yo, resultaría de intentar buscar el éxito en Hollywood, dado que la mayor parte de mi vida he sido un caso de australiana autista genderqueer con vagina, sin ninguna estabilidad económica y que no tiene, precisamente, la estructura ósea de un pajarito.[11] De haber tenido solo una o dos de esas «peculiaridades», quizá habría tenido alguna oportunidad medianamente razonable, pero no con el pack completo. Y mucho menos si en la ciudad ya estaba Cate Blanchett acaparando todos los papeles de lesbiana huraña. Pese a todo, sinceramente, mi mayor obstáculo es que soy bastante vaga.

Lo que me colocó en el perímetro de la visión periférica de la gente que maneja el cotarro en la llamada ciudad del oropel fue solo un azaroso cúmulo de circunstancias imprevisibles. Podría haber sido una experiencia transformadora de no ser por un problema importante: yo no tenía ninguna propuesta que hacerles. Y esto me dejaba sin forma alguna de capitalizar mi gran momento, salvando la posibilidad de filtrar estratégicamente un vídeo de contenido sexual. Esto no quiere decir que yo no tuviera nada más que ofrecer, más bien que había volcado absolutamente todo lo que tenía en aquella obra que se había convertido en un «éxito instantáneo». Nanette me exprimió, me dejó seca, acabé como una carcasa vacía, una cascarilla de ser humano. Tenía la sensación de que estaba meándome encima de aquella oportunidad enorme y tan poco frecuente. Me sentía desesperada e impotente, y lo único que podía hacer era desplazarme a trompicones de un momento increíble al siguiente, deseando no cometer ningún error del que fuera imposible recuperarme. Al menos conseguí un contrato para un libro.

Aunque el éxito de Nanette me tomó completamente por sorpresa, la violenta reacción que despertó sí que me la esperaba totalmente.[12] Al fin y al cabo, había escrito un show en el que me metía con los dos sectores demográficos más hipersensibles que el mundo haya conocido jamás: los hombres cis blancos heteros y los cómicos engreídos. La culpa es toda mía.[13]

OS VOY A CONTAR CUÁL DEBERÍA ESTAR SIENDO EN ESTE MOMENTO EL BLANCO DE NUESTROS CHISTES: NUESTRA OBSESIÓN CON LA REPUTACIÓN. LA REPUTACIÓN. ESO ES LO QUE MÁS VALORAMOS. NO LA HUMANIDAD: LA REPUTACIÓN. ¿SABÉIS QUIÉN VA A LA CABEZA DE ESTA ADULACIÓN MIOPE DE LA REPUTACIÓN? LAS CELEBRITIES. Y LA GENTE DEL MUNDILLO DE LA COMEDIA NO ES INMUNE A ELLO. (NANETTE, 56:42).

Cuando The New York Times entrevistó a Ellen DeGeneres durante la promoción de su especial de Netflix, Relatable, le preguntaron qué le parecía Nanette y respondió que «le encantaba», pero luego diluyó la idea aclarando que ella no creía que Nanette fuera stand-up. Lo llamó «una actuación individual». Me quedé pillada en la palabra «individual» cuando la leí. La comedia stand-up es casi siempre una actuación individual —en el caso de Ellen está claro—, entonces ¿qué diferenciación era esa? Imaginé que si por «individual» se refería a que yo no había trabajado con un equipo de guionistas, pues entonces supongo que sí; en comparación, el especial de Ellen no era una actuación individual.[14]

Ellen no fue la primera persona del entorno de la comedia en soltar esta clase de pullita sobre Nanette. Si la señalo solo a ella es porque es «de las mías» y, en este preciso momento, eso lo siento como terreno seguro.[15] Se me ha hecho saber con mucha claridad que un buen número de personas de la comedia nos aborrecen tanto a mí como a mi trabajo y, si bien no es un panorama superagradable, tampoco puedo reprocharles haberse puesto tan en contra. En cierto sentido, estoy de acuerdo, no hay derecho a que un stand-up que no es ni medio gracioso se vea coronado como el «próximo gran éxito de la comedia». Pero la coronación no fue cosa mía, así que tampoco sé qué demonios podría haber hecho yo al respecto.

En última instancia, no me siento obligada a defender Nanette como comedia, porque sería meterme en una mecánica aburridísima, aunque sí me gustaría dirigirme un momento a la gente de Estados Unidos, en particular, que pueda estar leyendo esto: vuestras deidades del humor no son las mías. Conozco perfectamente vuestro Saturday Night Live; y entiendo su lugar en vuestro panteón de las risas, pero, para mí, al fin y al cabo, no significa nada. Por lo que a mí respecta, SNL podría ser una empresa de paquetería. Fuera de bromas —que es lo que me metió en este embrollo, para empezar—, sí tengo que señalar que la escena australiana del humor es muy muy distinta al modelo estadounidense y que mi trabajo no es solo un reflejo de quién soy yo como persona a título individual, sino que también está profundamente moldeado por la cultura y las circunstancias en las que he aprendido mis artes.[16]

Soy lo que podría llamarse una «cómica de festival», que viene a significar algo así como que lo que hago yo es humor de formato largo. No construyo una actuación apilando un chiste sobre otro, lo que hago es dar forma a una obra interconectando materiales que están pensados para llevar al público por el recorrido de una experiencia coherente de una hora. Dejemos esto claro: yo no creo que esta forma de enfocar la comedia sea mejor, solo distinta. Además, tengo que decir que este enfoque no lo he inventado yo, ni siquiera soy la mejor en ello. El circuito de festivales de Australia y Reino Unido está lleno de cómicos y cómicas increíbles que, año tras año, producen maravillosas horas de humor, y la calidad y profundidad de esa gran cantidad de talentos es de tal magnitud que nunca he tenido que prestar demasiada atención a lo que decían mis colegas estadounidenses ni a la forma en que lo estaban diciendo, porque a mi alrededor tenía más que suficiente gente brillante para satisfacer toda mi curiosidad creativa. Sí que estaba al tanto de todos los grandes éxitos de la comedia estadounidense, claro que lo estaba, así es como funciona el imperialismo cultural agresivo, pero nunca obtuve de ellos la inspiración suficiente para considerarlos un referente relevante para mi trabajo.

Antes de que Nanette hiciera su gran aparición en el escenario, en 2018, yo ya tenía en mi haber ocho stand-ups de una hora, y cuatro conferencias sobre historia del arte que se acercan mucho a la comedia, así que no considero que el hecho de no haber llegado a actuar en Caroline’s on Broadway me haya supuesto un freno en absoluto. Y con toda aquella experiencia y conocimiento del arte de la «hora de humor», tampoco tendría que resultar muy sorprendente mi capacidad para tomar sesenta minutos de abyectas desdichas y convertirlos en una obra convincente con gran éxito. Tengo cualidades, gente, sé lo que estoy haciendo, aunque no os guste.

LA GENTE SE SIENTE MÁS SEGURA CUANDO QUIENES HACEN HUMOR INDIGNADO SON HOMBRES. ELLOS SON LOS REYES DEL GÉNERO. CUANDO LO HAGO YO, SOY UNA LESBIANA DEPRIMENTE QUE LE ESTÁ ARRUINANDO LA DIVERSIÓN Y EL CACHONDEO A TODO EL MUNDO. (NANETTE, 58:09).

Sigo atónita por la furia arrebatada con la que alguna que otra persona del stand-up exigió mi cancelación del mundo de la comedia por haber llevado mis antichistes demasiado lejos. George Carlin dijo una vez que la tarea del humorista es buscar dónde está la raya y, después, cruzarla. Y eso es lo que he hecho yo. La línea con la que di es la misma definición de humor y, dado el nivel de sensibilidad que ha demostrado tener el punto que he tocado, diría que eso me convierte en una cómica excelente. Pero no voy a hacerlo. Porque no me considero cómica, soy una artista del stand-up o, co­mo diría Andy Kaufman, «un hombre de la canción y el baile».

Sin embargo, no dudéis que actualmente el humor se encuentra en un verdadero aprieto. Ese plantel de lloricas quejicosos no se equivoca en su preocupación. En lo que sí se equivocan es en el lugar al que dirigen su pánico y su culpa. El problema no soy yo. Si están buscando una bruja a la que cazar, la bruja es el contexto en que vivimos.[17] Los chistes ya no viven encerrados exclusivamente en el espacio en el que se cuentan. Para bien o para mal, cualquier cosa que digas en un escenario, o en cualquier otro lugar, puede acabar sacándose de contexto, y esto hace que sea casi imposible

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