Querida Valeria:
A veces me da por pensar si habrás sido consciente, alguna vez, de lo que significas para mí. Y no me refiero tanto al camino que inicié contigo, sino a lo mucho que, en tu andadura, me enseñaste.
Muchas de las cosas que sospechaba acerca de la vida se confirmaron en mi viaje a tu lado. Una de tus lecciones fue que la amistad debe cultivarse día a día como un arte frágil y bello que germina y se convierte en algo fuerte que va más allá del uno más uno. Contigo y con las chicas asumí la añoranza, abracé mis soledades y abrí una ventana enorme desde la que mantener cerca a mis amigas siempre… A aquellas que fueron la génesis de vuestras conversaciones, de vuestras situaciones, de vuestras ansiedades.
Valeria, entre tanto vivir y recorrer Madrid, me enseñaste que la amistad es una de las formas más puras de amar.
Gracias a tus aventuras y desventuras aprendí sobre la inspiración y sobre cómo gestionar el vacío, la nada que dejan las musas cuando se largan a darle cuerda a otro muy lejos de mi ordenador. Y, aunque a veces sigo viviendo la paralizante pesadilla de la página en blanco, te recuerdo a ti, con tu moño alto y despeinado, con tus pantalones viejos de andar por casa y… un poco se me pasa. Porque es en la vida, en la de verdad, donde encontraremos siempre el hilo del que tirar y esto, querida, es una lección tuya.
No te sorprenderá si te digo que me enseñaste mucho sobre el amor propio. Quizá había mucho de mí en tu desaliño inicial. Yo también pasé por eso, por estar triste y hacer de un jersey desbocado lleno de pelotillas mi mejor amigo. Pero, junto a ti, entendí que en ocasiones algo frívolo puede hacernos felices y me encontré de nuevo, a veces en la alegría de un pintalabios rojo; y otras, en la comodidad de un zapato plano, ¿qué más daba? Porque de ti aprendí que no hay que juzgar las apariencias y que tampoco podemos limitar nuestra vida, nuestra felicidad, solo por el qué dirán. Creo que no me equivoco si digo que practicamos juntas eso de querernos más…, más y mejor, que en esto del amor, ya sea propio o a terceros, la calidad pesa más que la cantidad.
¿Y Madrid? Cuánto me enseñaste de Madrid. Aprendí a caminar por sus calles con seguridad, a convertir esta ciudad en la cómplice perfecta en la búsqueda de aquello que nos hace felices. Ay, Madrid…, tan enorme, tan inabarcable, tan ruidosa… Personaje también protagonista de estos libros.
Con ella te dejo en estas páginas, Valeria. Con tu Madrid, que es el mío, pero también con ellas, con Lola, con Carmen, con Nerea, que tienen aún mucho que respirar. Te dejo con tus recuerdos de Adrián, con tu valentía para intentar rehacer tu vida con Bruno y con Víctor…, con ese Víctor que tanto te cuesta olvidar. Estoy segura de que con todo esto harás algo bonito.
Querida Valeria…, gracias. Por la vida que empezamos a vivir juntas, por los retos, por las ilusiones, por las puertas que abriste para que yo pudiera entrar, por el Madrid que descubriste a mis ojos y por los consejos. Ahora solo queda que permitas que esta vez sea yo quien te dé uno: deja de coger taxis, querida; en Metro se llega a todas partes.
Te quiere,
Elísabet
Prólogo
Julio
Hacía un mes que no veíamos a Carmen. Un mes es mucho tiempo para el tipo de amigas que somos nosotras. No es que la hubiéramos perdido después de su boda, como tantas chicas que cambian de chip y de vida olvidando a sus amigas solteras. No. Es que la tía se había pegado un viaje y unas vacaciones de kilo, así, en lenguaje coloquial.
Dos días después de la boda se fue y ni siquiera pudimos despedirnos porque su noche de bodas duró cuarenta y ocho horas, según dicen las malas lenguas. Bueno, estoy siendo demasiado malévola. En realidad la parejita quiso quedarse en su nueva casa para ponerlo todo en perfecto orden antes de irse de viaje. Claro, con el follón de la boda no habían tenido aún tiempo de disfrutar de esas rutinas del nidito de amor.
Después la luna de miel… de dieciocho días. Nueve a Japón. Nueve a Bali. Así, poquita cosa. Como quien se va un fin de semana a Benidorm.
Perdón. No soy yo la que escribe, es mi envidia cochina.
Y tras esos dieciocho días de viaje (ya llevábamos veinte sin verla) trató de deshacerse del jet lag en su casa durante dos días, aludiendo a unos tremendos mareos que no se había podido quitar, seguramente por el cambio de horario y la falta de sueño. Cuentan las malas lenguas, sin embargo, que estuvo entregada al… amor.
Vale, vuelvo a ser mala.
En fin, después se marchó unos días al pueblo con sus padres y a la vuelta tuvo que estar dos días cumpliendo con compromisos de su familia política, tales como dar las gracias por los regalos de la boda.
Y allí estábamos, un mes después de su boda, preparando cócteles y cuencos con chuches en mi casa, esperando que nos lo contara todo (todo es todo, estimado Borja) y nos enseñara las fotos del viaje, que es algo que suele hacer mucha ilusión a las recién casadas.
Cuando sonó el timbre, Lola, que no podía esconder su emoción, se levantó del cojín sobre el que estaba sentada y se fue a abrir. Yo andaba en ese momento en la cocina y Nerea estaba sentadita en el sillón, con las piernas encogidas.
Oí a Carmen saludar efusivamente y a Lola lanzar una exclamación, tras la cual se escuchó un silencio denso. Luego solo un carraspeo de Nerea. Salí a ver si es que se le había ocurrido la peregrina idea de venir acompañada de Borja, pero lo que me encontré fue a una sonrojada Carmen con un par de kilos de más. Bueno, eso es un eufemismo. A decir verdad, de un tetazo nos habría podido matar a las tres… a la vez. Llevaba una camiseta blanca desbocada que destacaba su moreno… y su barriga, que no pude evitar quedarme mirando durante unos segundos.
Después, tomando las riendas de la situación, me abalancé sobre ella para abrazarla y cubrirla de besos.
—Pasa, pasa. ¿Qué tal? Pero ¡cuéntanoslo todo! ¿Qué te pongo?
Ella pasó, mirando a Lola, a Nerea y a su propia barriga alternativamente.
—Os he traído unas tonterías —dijo enseñándonos una bolsa de la que salían unos paquetes—. Son unos kimonos japoneses. Podéis usarlos de bata para estar por casa, así en plan erótico glamuroso.
Y el tono de su voz era… tenso. No sé si porque estaba ofendida porque la hubiéramos mirado como lo habíamos hecho (y Lola seguía haciéndolo) o por otra cosa.
Nerea se levantó del sillón para darle dos besos, un abrazo y cederle el asiento, que ella no rechazó. Antes de que Carmen nos diera nuestro regalo y ante la conmocionada mirada de Nerea y mía, Lola le dijo:
—Oye, Carmenchu, ¿te has tragado un melón?
Muy bien, Lola. Tú sí que sabes tratar a una mujer.
Eso es lo que comúnmente se conoce como tener el mismo tacto que un guante de crin. Creí que Carmen, con razón, se levantaría y se iría o no sé, le tiraría la mesa de centro a la cabeza, pero no hizo nada más que resoplar. Después nos miró con sus enormes ojos algo asustados y abrió la boca.
—Bueno, chicas, veréis… ¿Os acordáis de que la semana pasada tenía jet lag y…?
—¿Y te la pasaste comiendo donuts porque te dijeron que quitaban el mareo? —la interrumpió Lola.
Esta vez me pilló lo suficientemente cerca como para que pudiera arrearle una colleja.
—Eres muy graciosa, Lola —Carmen sonrió—, pero lo que pasa es que estoy casi de catorce semanas.
—¿Catorce semanas de qué? —dijo Lola sin despeinarse.
Nerea se dejó caer en el cojín y yo me tapé la boca abierta de par en par con las dos manos mientras cogía aire exageradamente.
—Catorce semanas de embarazo, Lolita, cielo. —Carmen sonrió y se acarició el vientre—. Ya se me empieza a notar, claro. Son tres meses y medio.
—No entiendo —contestó una estupefacta Lola.
—Pues que… voy a ser mamá. Y por extensión, tú vas a ser tía.
Agosto
Lola y yo salíamos de casa de Carmen. Eran las nueve de la noche y decidimos que sería genial terminar la noche en uno de esos restaurantes indios con terraza de Lavapiés. Lola iba enumerando todo lo que íbamos a pedir cuando sonó su móvil.
—Que no se me olvide pedir cheese naan . Me vuelve loca. Un mordisco y me pone los pezones para tallar diamantes. —Hizo una pausa, en la que se apartó el pelo hacia un lado y se colocó el teléfono en la oreja—. ¿Dónde andas, que estoy loca por mi tigre?
Me paré en la calle para encenderme un cigarro y Lola me lo robó de entre los labios para fumárselo ella. Repetí la maniobra.
—No sabes cuánto me alegro de que te llovieran chuzos de punta. Te tendrían que haber llovido ranas, maldito mamón desalmado. —Lola reanudó el paso y se echó a reír a carcajadas—. No, no estoy con Rai. Si vienes puedes hasta tocarme las tetitas, que sé que tienes ganas. —La miré de soslayo. ¿Con quién narices estaría hablando?—. Espera. —Lola dejó caer el brazo con el teléfono y susurrando me dijo—: ¿Te importa si viene? Hace como un trillón de años que no lo veo.
—¿Quién es? —le pregunté.
—Es Víctor.
La sangre me bajó de la cabeza a una velocidad pasmosa y me mareé. Lola me miró alucinada.
—Yo… Yo me voy. ¿Vale?
—Pero Val…
—Me voy. Te quiero, ¿vale?
Sin pensarlo ni un segundo di media vuelta y me marché andando todo lo rápido que mis sandalias de tacón me permitieron. Cuando llegué a la boca del metro me costó horrores introducir el billete por la rendija. Me temblaban tanto las manos que apenas podía controlarlas.
Recibí varias llamadas aquella noche. Una no me la esperaba.
Lola decidió que no iba a quedarse con todas las cosas que opinaba sobre mi huida y en una perorata de veinte minutos me puso a caldo. Casi no me dejó ni hablar, pero tampoco es que yo tuviera mucho que decir al respecto. No tenía sentido salir corriendo despavorida por el simple hecho de que ella nombrara a mi ex. Un ex que, además, era algo así como su mejor amigo. Y no, no me parecía adulto.
Si Lola hubiera sabido cómo terminó la noche de su fiesta de cumpleaños y yo me hubiera esforzado por explicarle qué me había empujado a decidir que Bruno era la única opción viable, me habría entendido, aunque solo fuera en parte. Pero es que carecía de toda esa información y a mí no me apetecía en absoluto darla.
Así que… chitón. Me callé, agaché la cabeza y acepté la bronca como un niño que sabe que le han pillado con la mano dentro del tarro de las galletas.
Cuando nos despedimos y colgué el teléfono creí que habría solventado todas las crisis por el momento, pero es que no me esperaba la siguiente llamada.
—¿Sí? —contesté muy extrañada al recibir una llamada a aquellas horas.
—Espero no haberte despertado, pero tenemos que hablar. —La voz de Víctor, seria, serena y decidida, por poco me provocó una angina de pecho. Me llevé la mano hasta la frente y me senté delante de la ventana abierta—. No podemos permitir que lo de hoy se repita, Valeria, entre otras cosas, por Lola. Pero ella no es la única razón por la que deberíamos comportarnos como dos personas adultas y dejar a un lado esta historia.
—No —susurré.
Víctor parecía tener muy claro lo que debía decir porque no titubeaba, no dudaba. Todas las palabras salían de su boca con una contundencia sumamente educada. Como quien resuelve un problema de trabajo que no quiere arrastrar por más tiempo.
—Las cosas fueron mal. Nos hemos equivocado muchas veces, pero no es justo para ninguno de los dos. Esta noche me has hecho sentir francamente mal.
—Yo… —balbuceé—. No tenía esa intención.
—Lo imagino. Pero los dos tomamos nuestras propias decisiones después de aquella noche, Valeria. Yo decidí sincerarme. Tú seguir con Bruno. No suframos más de la cuenta.
—Tienes razón. Al menos hasta cierto punto.
—Tengamos inteligencia emocional. Si cargamos toda la vida con las cosas malas que quedaron terminaremos por destrozar las que de verdad merecen la pena.
—Lo mejor sería tener una relación cordial —dije sin llegar a creérmelo.
—Que conste que entiendo que no te apetezca sentarte a cenar conmigo y con Lola, pero de ahí a que salgas huyendo hay un abismo.
—Pensé que era lo mejor, que vosotros teníais ganas de veros y que yo no pintaba nada.
Víctor suspiró y cuando lo hizo cerré los ojos. Sus labios de bizcocho vinieron a mi mente y lo imaginé en su casa, sentado en la cocina, con una mano sujetando el teléfono y la otra perdida en su espeso cabello negro. Nos mantuvimos en silencio.
—No volverá a suceder —le dije resuelta.
—A partir de hoy seremos dos personas con una relación cordial, ¿vale?
—Sí. Vale.
Volvimos a quedarnos en silencio. Sentí que me dolía algo muy por debajo de la piel. No era la primera vez que lo sentía. Me dejaba sin aire.
—No creas que no me duele —gimió con un hilo de voz—. No creas que se me olvidan todas las cosas que te dije y que te he jurado. Yo sigo teniéndolo claro, Valeria, pero tú…
—Hagámoslo fácil, Víctor —contesté resuelta—. Dos personas con una relación cordial.
1
El principio del fin
Segunda semana de enero del año siguiente
(unos seis meses después)
Entré en casa de Carmen y la encontré de pie junto a la puerta. Parecía un tráiler, la pobre. No es que estuviera gorda, es que estaba muy embarazada. Sonreí al verla y ella puso los ojos en blanco. Eso de ser futura mamá no le había mejorado el humor.
—¿Qué tal? —dije cerrando la puerta tras de mí.
—Mátame. ¿Responde esto a tu pregunta?
—Creo que sí.
—Mátame. Lo digo en serio. No sufras por Borja. Hasta él te lo agradecerá.
—No digas tonterías. A ver, siéntate. ¿Quieres algo de la cocina?
—Sí, el cuchillo jamonero para degollarme —contestó mientras se dejaba caer estrepitosamente en el sillón.
—Carmeeeen —me quejé.
—Tráeme un vaso de agua, por favor. Y coge lo que quieras para ti. Self service . No sé ni lo que hay. Ni me interesa.
Llené dos vasos de agua y volví al salón, donde la encontré siguiéndome con la mirada.
—Tendrás que dejar de venir a verme. Estoy empezando a cogerte manía.
—¿Y eso? —Me reí.
—Siempre vienes tan mona, tan arregladita, tan… apolínea.
—¿Apolínea? Ay, Carmen, por Dios. —Me reí de nuevo—. Pero si estás monísima. Muy embarazada, es verdad, pero no se te ha hinchado la cara, ni apenas las piernas. Tienes una barriga que parece un remolque, pero es que llevas un bebé dentro.
—Cuanto más mona y adorablemente maternal me veis los demás, más gorda y amorfa me veo yo.
—Te queda poco. —Le toqué el vientre.
—Y tan poco... Salgo de cuentas mañana.
—Espero que no seas una excepción a esa norma de que las mamás primerizas se retrasan.
—¿Tú me quieres matar de un disgusto? —dijo al tiempo que cogía el vaso de agua.
—No, pero es que me voy a casa de Bruno hasta el miércoles y no quisiera perdérmelo, la verdad.
—Borja dice que nacerá el viernes que viene. Mi madre decía que hoy, pero creo que no.
—¿Y tú? ¿Has participado en la porra?
—No, solamente opino que si nace el viernes que viene, lo mato. Estoy harta. Quiero que salga ya. ¡Ya está bien, Gonzalo, sal ya y deja a mamá vivir en paz con su cuerpo! —le dijo a su tripa.
—¿Tú estás segura? —pregunté riéndome—. ¿Recuerdas por dónde salen los bebés?
—Por el mismo sitio por el que entran, si no me equivoco. —Sonrió.
Carmen se recostó, se tocó la barriga y, subiendo los pies a la mesa baja del salón, emitió un sentido suspiro. Pobre. Esperaba que la última semana como contenedor de vida se le hiciera corta.
Llegué a casa cuando ya era noche cerrada, a pesar de que mi reloj de muñeca apenas marcara las siete en punto. Hacía un frío de mil demonios y había empezado a chispear; esperaba que no se pusiera a nevar, no porque no me pareciera pintoresco y todo eso, sino porque al día siguiente, a las seis y veinte de la mañana, tenía que coger un avión y no me apetecía tener que sufrir retrasos y los problemas varios que se acumulan en cualquier lugar del país cuando caen dos copos de nieve.
Encendí la cafetera, saqué la maleta del altillo y empecé a doblar la ropa que quería llevarme, incluido ese salto de cama tan absolutamente desvergonzado que Lola me había regalado por Navidad. Tenía unas ganas locas de enseñárselo a Bruno. Bueno, de enseñárselo y de que me lo quitase, porque entre unas cosas y otras llevábamos casi un mes sin vernos.
Y mientras yo pensaba en ello, o más bien fantaseaba, sonó el timbre de mi casa.
—¿Sí? —dije mientras me acercaba a la puerta.
—Val…
Me paré como un gato que ve cernirse sobre él un posible peligro.
—¿Val? —repitió la voz.
En dos grandes zancadas fui hacia allí y abrí; no había razón para esconderse ni para alargarlo. Yo sabía quién esperaba al otro lado de la puerta. Y así, de golpe, apareció Víctor, vestido con un traje oscuro precioso y un abrigo cruzado de paño gris. Tragué saliva y bajé la mirada hacia sus bonitos zapatos Oxford negros, evitando el verde intenso de sus ojos a través de unos mechones caídos de su pelo oscuro. Conozco a bien pocas mujeres que no caerían rendidas a sus pies al verlo con aquel aspecto. Era un dios. Me recompuse y sonreí por inercia, aunque no me hacía mucha gracia verlo allí. Pero Víctor siempre ha tenido ese poder: nos hace sonreír.
—Hola —dijo—. ¿Vengo en mal momento?
—No —contesté un poco alelada—. Pasa. Me pillas haciendo la maleta. ¿Te apetece un café?
—Sí, gracias.
—Con leche y dos de azúcar, ¿verdad?
—Verdad.
Me metí en la cocina maldiciéndome a mí misma por haber decidido que quedar con él en que seríamos «amigos» era más agradable y cordial que desaparecer del mapa. No quería poner a Lola en una situación violenta. Quería ser civilizada y adulta, sobre todo después de que Víctor tuviera que llamarme para evidenciar que había un problema. Tras hablar con él estuve pensando, esforzándome por entender que dar carpetazo a una relación no tiene por qué suponer que él pase a ser persona non grata.
Pretendíamos normalizar el asunto, pero creo que empezaba a desmadrarse; últimamente Víctor aparecía cada dos por tres allá donde Lola y yo hubiéramos quedado, como por casualidad. Para mí la frase «dos personas con una relación cordial» significa saludarse, darse dos besos, preguntarse qué tal y después decir adiós muy buenas sin tener que llamarse ni para quedar ni para gritar como posesos por una relación que es imposible retomar. La noche del cumpleaños de Lola había terminado de manera un poco conflictiva… Y yo prefería olvidar todo lo que pasó después de que Bruno se marchara al hotel.
En un principio ni siquiera me planteé que Víctor y yo fuéramos a vernos motu proprio, pero él se había tomado muy a pecho lo de «relación cordial». Aunque a mi entender, y a juzgar por el mensaje que había recibido días antes de la boda de Carmen, había algo en aquel planteamiento que fallaba: «Sé lo que dije. Sé que dije que era la última vez. Pero necesito verte. Necesito olerte. Necesito que vuelvas a mirarme como aquella noche. Vuelve, por favor. Vuelve porque ya no te echo de menos. Ahora, simplemente, te necesito».
No. No estaba claro. Y ahora, después de meses de ambigüedad, de vernos con pretextos absurdos y de tardes confusas y a veces hasta incómodas, allí lo tenía, en mi casa. Al menos en los cinco meses anteriores siempre nos habíamos visto en terreno neutral. Ni su casa ni la mía, y casi nunca porque quedáramos solos. Nada que nos recordara que hacía algo más de un año éramos pareja…Y compartíamos cama. Y vida. Y un proyecto.
Saqué una taza de café para él y otra para mí y las coloqué en la mesita del espacio que hacía las veces de salón; de reojo vi a Víctor coger de encima de la cama un ejemplar de mi segunda novela autobiográfica y sonreír melancólicamente.
—¿Lo leíste? —le pregunté.
—Claro. Estoy esperando el tercero —y al decirlo me lanzó una mirada muy elocuente.
Supongo que se preguntaba si nuestro pequeño secreto vería la luz al final de la siguiente novela o me limitaría a pasar por encima del catastrófico final del cumpleaños de Lola.
Yo contesté obviando su tono:
—Pronto entregaré la tercera parte a la editorial. Es posible que en mayo ya esté en la calle.
—¿No me preguntas qué me pareció este?
—No, quiero atajar posibles situaciones incómodas. —Sonreí.
—Pues quizá deberías evitar que viera tu lencería fina sobre la colcha.
Cogí el salto de cama que me había regalado Lola, un conjunto de encaje y un par de cosas más y lo metí todo hecho un gurruño en la maleta, donde él no pudiera verlo.
—Cabrón con suerte —murmuró.
Nos miramos un momento. Yo estaba segura de lo que él acababa de decir, pero prefería hacerme la tonta, o la sorda, o las dos cosas a la vez, para no tener que ahondar mucho en eso. Bueno, ni mucho ni poco. Nada.
—Tu café. —Señalé la taza con la cabeza, esperando que se alejase de mi cama.
Él caminó elegantemente hasta la mesita y yo lo seguí.
—Y, bueno…, ¿a qué debo el placer?
—Lola me dijo que te vas mañana, y ya que pasaba por aquí me he acercado a preguntarte si quieres que te lleve al aeropuerto.
Arqueé una ceja.
—No te preocupes. No hace falta.
—¿Llamarás a un taxi?
—Claro. —Sonreí—. Como siempre que me voy tan temprano.
—Bueno, yo esperaba que…, como amigos…, pudieras tener la confianza suficiente como para pedirme un favor cuando te hiciera falta.
—Así será. —Volví a sonreír y me aparté el pelo—. Pero es que esta vez no hace falta.
—Bueno, pues como somos amigos acepta que yo alargue la mano tratando de hacerte la vida más cómoda de vez en cuando.
—Ya. Pero es que…
—¿A qué hora tienes que estar en el aeropuerto?
Dios. ¿Qué había hecho yo para merecer aquello? Bueno…, bien lo sabía yo. Lo sabía yo y lo sabía él. El que no lo sabía era Bruno y así, por el momento, era mejor. De ahí que el borrador de mi tercera novela sobre mí misma se resistiera a ver la luz. Tenía un capítulo loco que quitaba y ponía según el día.
Me armé de mi mejor sonrisa y me bebí el café casi de un trago. Después me apoyé en la pared y tomé aire para darme ánimos. Tenía que hacerlo.
—Víctor… —dije.
—¿Vas a darme una charla? —preguntó con cara de buen chico.
—Puede.
—Pones tu cara de «vamos a hablar claro».
—Mi cara es un libro abierto. —Sonreí.
Víctor se quitó el abrigo sin dejar de mirarme, lo dejó caer en el respaldo del sillón y después se quitó la americana, se desabrochó los dos puños y se arremangó la camisa. Por Dios santo, ¿por qué me lo ponía tan difícil?
Luego se acomodó los pantalones del traje y se sentó, mirándome.
—Venga, habla. —Alcanzó su café y le dio un sorbo.
—Tienes la cara muy dura. —Me reí.
—¿Por qué?
—Deja el numerito ese… —Cerré los ojos.
—¡¿Qué numerito?! —Se rio.
—Ese despliegue de gestos de seducción. Te lo diré de todas maneras.
—Pues venga, dilo. —Sonrió de lado.
—A ver… —Dejé caer un cojín al suelo y después me senté frente a él—. ¿Te acuerdas de cuando decidimos que era mejor tener una relación cordial?
—Sí —asintió.
—Pues quizá es hora de confesar que no me refería a que tuviéramos que ser amigos íntimos, de los que se cuentan sus cosas y quedan todas las semanas para verse. No soy como Lola. No puedo.
—¿Te sientes incómoda conmigo?
—Un poco. —Y dejé de sonreír—. A veces la situación es… rara. Y tensa.
—Valeria, somos adultos. Los dos sabemos lo que hay. —Sonrió de esa manera… como Cary Grant…
Cagüenlalecheagria…
—No. —Negué con la cabeza—. También éramos adultos y también sabíamos lo que había cuando yo estaba casada y mira cómo acabó la cosa. Como el rosario de la aurora.
Víctor levantó las cejas.
—¿Es que no estás segura de…?
—Estoy muy segura. —Esbocé una gran sonrisa cínica—. No va por ahí. Simplemente… me parece raro.
—Pues no tiene por qué parecértelo. Podemos ser amigos. No hay que sacarle más punta al lápiz. Puedo llevarte al aeropuerto para que vayas a ver a tu novio; te aseguro que después no voy a llorar durante todo el fin de semana pensando que él te tiene y yo no.
Su manera de sonreír después de decirlo me hizo sentirme extraña. Fue como si su boca convirtiera mis suposiciones en patéticas. Era muy poco probable que él tratase de ir más allá de lo que decía. Qué ridícula, Valeria, como si él no pudiese tener a la mujer que quisiera. Y mujeres de ensueño, de las de piernas eternas y pechos que miran al cielo.
—Bueno…, visto así —conseguí decir tras mi monólogo interior.
—Tú me importas. No quiero alejarte de mí porque no pueda meterte en mi cama.
Levanté la cabeza y lo miré fijamente. No podía haber elegido aquella frase por azar. Era prácticamente lo mismo que me había dicho una noche, cuando yo aún estaba casada con Adrián. Y para nosotros esas frases aún tenían mucho significado.
—Relájate. —Se reclinó cómodamente en el respaldo del sillón con la taza de café en su mano derecha y cruzó las piernas, apoyando el tobillo derecho en su rodilla izquierda.
Me quedé unos segundos callada, mirándolo, perdida en esa imagen tan abruptamente masculina. ¿Cómo podía Víctor parecer sexual solo con sentarse allí frente a mí? Gritaba sexo… Quizá debía sacar la cámara y fotografiarlo. Parecía un modelo directamente salido de una sesión para Vanity Fair . Tan deseable. Tan jodidamente grácil y masculino a la vez. Tan… hombre. Pero…
El problema no era el sexo. El problema era lo que había debajo. Si fuera solo sexo sabríamos controlarlo.
—¿A qué hora quieres estar en el aeropuerto? —preguntó mientras dejaba la tacita sobre la mesa.
—A las cinco y media.
—Pasaré por aquí a las… ¿cuatro y media? Así vamos con tiempo y me tomo un café contigo en el aeropuerto.
—No, no. Tendrías que dejar el coche en el aparcamiento y es un follón. No quiero que encima te cueste dinero. Mejor a las cinco. Me dejas en la puerta y te vas. —Sonreí por fin.
—Bien. Oye…, ¿te apetece salir a cenar?
Durante unos segundos me lo planteé realmente. Pero era fácil adivinar dónde podía terminar aquello. Salir a cenar, volver tarde y con dos copas de vino encima, decirle: «Eh, no vale la pena que vayas a tu casa a dormir, puedes quedarte aquí…».
Desde luego Víctor de tonto no tenía un pelo.
—Tengo que hacer aún la maleta y enviarle a la redactora jefe mi artículo. —Mentira. Hasta finales de la semana siguiente no esperaban que les enviara nada—. Además, tendría que dormir algo y…
—Oh, bien. Pues entonces te veo a las cuatro y media en la puerta.
—Cinco.
—Ah, sí, a las cinco menos cuarto. —Y me guiñó un ojo. Se levantó, se bajó los puños de la camisa, los abrochó, se puso la americana y cogió el abrigo. Y, mientras, yo no podía dejar de mirarlo. Pero… ¿cómo se podía ser tan guapo? ¿Es que no había una ley que lo prohibiera?—. Hasta mañana entonces —dijo sonriéndome.
—Hasta mañana —contesté aún sentada en el suelo.
—¿No me despides ni me das un beso?
—Para levantarme voy a tener que rodar por el suelo, tipo albóndiga asesina. —Sonreí—. Preferiría que no tuvieras que verlo.
Víctor se me acercó y tiró de mí con facilidad hasta tenerme en pie frente a él. Después me dio uno de sus besos en la mejilla (con caricias en el pelo y en la cintura incluidas) y fue hacia la puerta.
—Que sueñes con cosas bonitas —dijo antes de cerrar.
Pensé que si tenía que soñar con cosas estéticamente admirables y podía elegir, quería que fuese con él.
En el momento en que la puerta encajó en el marco, el teléfono se puso a sonar. Anduve hasta la mesita de noche, cogí el inalámbrico y contesté con un aséptico: «¿Sí?».
—Hola, cielo.
—¡Hola, Bruno! —Sonreí.
—Llamo para confirmar la hora a la que llegas. No me gustaría volver a equivocarme.
—Ni a mí. —Me reí—. Llego a las siete y media, en teoría. Ya sabes la manía que tienen los aviones de retrasarse…
—Esperemos que sean las siete y media en punto. ¿Llamarás a un taxi para ir al aeropuerto?
Me quedé mirando la puerta y, cerrando los ojos, contesté:
—Sí.
2
Asturias
Víctor bajó del coche sin chaqueta y el viento frío le revolvió ese pelo negro, suave, sexi y espeso que Dios le ha dado.
—Buen viaje —me dijo tras tenderme la maleta.
—Gracias. Venga, entra en el coche. Te vas a resfriar. —Le palmeé el brazo, tratando de que me hiciera caso.
—Espera, dame un beso.
Su brazo me rodeó la cintura y me acercó a él. Se inclinó sobre mi mejilla y la besó. Después se dirigió hacia mi cuello, mientras mis brazos torpes trataban de hacer de aquello un abrazo de amigos. Sus labios mullidos junto a mi oído susurraron:
—Pásalo bien, nena. Pero no demasiado.
Después nos alejamos un paso y nos miramos sin decir nada. Hasta que un coche pitó detrás del de Víctor no me di cuenta de que mi mano derecha y su mano izquierda estaban unidas y nuestros dedos se acariciaban. Todo salía tan jodidamente natural…
Me subí a la acera; Víctor cerró el maletero y fue hacia la puerta del conductor. Antes de meterse en el coche sonrió y me guiñó un ojo.
Qué sensación más extraña en la boca del estómago…
Cuando vi a Bruno entre la gente el corazón estuvo a punto de salírseme del pecho, pero lo contuve y me dirigí hacia él para abrazarlo. Solté la maleta y me apreté contra su pecho delgado pero fuerte, oliendo su cuello y ese aroma tan suyo. Algo me palpitó debajo de la ropa interior.
Le rodeé el cuello con los brazos, permitiendo que mis manos se enredaran entre la espesa mata de su pelo negro. Bruno me agarró de la cintura y, dejando que una de sus manos viajara hacia mi trasero, me estampó contra su boca, besándome de esa manera, salvaje pero lánguida, que me volvía loca.
—No sabes cuánto te he echado de menos —susurró apoyando su frente en la mía.
—No más que yo a ti.
Cuánto empalago, ¿eh? Y es que en los últimos ocho meses lo nuestro había dado un paso enorme al frente. Se respiraba entre los dos una relación distinta. Creo que para Bruno íbamos en serio, pero yo no dejaba de preguntarme si no estaríamos dependiendo demasiado de nuestra atracción sexual. Me costaba un mundo encontrar ternura entre nosotros, aunque la había. Es solo que… no sabíamos expresarnos entre nosotros, en relación a nuestros sentimientos, si no era con el sexo.
Ya llevábamos juntos un año y ninguno de los dos había dicho «te quiero». Yo no lo necesitaba. Bruno tampoco. Bruno no es un hombre de grandes palabras de amor. A él le gustan los actos.
Y aunque el sexo siempre significaba muchas cosas entre nosotros, jamás hacíamos el amor. Bruno y yo… Bruno y yo no sabíamos hacerlo porque nos calentábamos mucho y muy deprisa, de modo que no había manera de hacer de aquello un acto de entrega y amor galante. Lo que no significa que yo no estuviera satisfecha, que conste. Hay muchas maneras de demostrar lo importante que es alguien para ti.
Bruno se pasó parte del trayecto en coche callado, lo cual no era precisamente normal. Normal habría sido que dijera doscientas palabrotas entrelazadas con frases como «y tus tetas rebotando frente a mi cara». Ya se sabe, sutilidad, sutilidad…, como que no. No era lo suyo ni le interesaba. Entonces ¿a qué venía tanto silencio? Por mi cabeza pasó de todo, hasta si habría podido adivinar que Víctor me había llevado aquella mañana al aeropuerto. ¿Y si al darme el beso de despedida se había acercado demasiado y yo ahora olía a su after shave o a su colonia? Acercarse se había acercado. No podía evitarlo. Cerré los ojos pensando en ello y me sorprendió comprobar que mi mente trazaba una historia paralela en la que al final nos besábamos.
Abrí los ojos. No. Bruno. Tenía que centrarme. Y a Bruno le pasaba algo.
Lo que le pasaba lo descubrí cuando llegamos a su casa.
Dejé la maleta sobre la cama y la deshice. Como siempre el primer cajón de la cómoda estaba vacío y en el armario había dejado perchas libres en la parte derecha. Creo que ya lo tenía siempre así, hasta cuando yo no estaba. Era un recordatorio constante de que en ese momento yo no estaba con él pero pronto lo estaría. Era un recuerdo de que hacía poco habíamos dormido juntos. Un pósit que le decía que mantenía una relación, que seguía queriendo compartir la vida conmigo incluso cuando yo no estaba allí.
Bruno entró y dejó una taza de café negro como la boca de un lobo sobre mi mesita de noche, junto con un platito con un trozo de bizcocho que miré con placer.
—¿Es casero?
—Sí. Lo hice anoche —contestó.
Le guiñé un ojo y bebí un trago de café mientras pellizcaba el bollo. Qué novio más apañado tenía. Hasta bizcochos sabía hacer. No me hacía falta Víctor.
—Valeria… —La cadencia de su voz hizo que me volviera alarmada, aun con la boca llena.
—¿Qué pasa? —dije farfullando.
—Nada. Traga.
—¿Qué pasa? —pregunté otra vez con medio bizcocho bajando y otro medio en la boca.
—Traaagaaa —me reprendió como un padre.
Tragué y con los ojos asustados me dejé caer en la cama frente a él, que me miraba sentado en el sillón de leer, con la cabeza apoyada en el puño.
—¿Ya? —dijo con una sonrisa. Asentí y él siguió—: ¿Crees que nos va bien?
Os… tras. Pero ¿qué clase de pregunta era esa?
—Sí. Supongo que sí. Es duro estando lejos pero… creo que lo llevamos bien. ¿No?
—Bien. Entonces… estarás de acuerdo conmigo en que…
—¡Ay, Dios! —Me tapé la cara—. ¡Ve al grano!
Bruno se echó a reír, pero hasta la risa era algo tensa.
—Es solo que he decidido dar un paso. Un paso por los dos y… no sé si estarás de acuerdo.
—¿Qué? —Lo miré a través de los dedos de mis manos entrelazadas.
—Bueno, este fin de semana… lo pasaremos con Aitana.
Me quité las manos de la cara, dejándolas caer sobre mi regazo, y levanté las cejas, sorprendida. ¿Aitana? ¿Aitana, su hija?
—¿Por qué no me has avisado? —dije poniéndome mucho más seria de lo que, seguro, Bruno esperaba.
—¿Para qué necesitarías saberlo?
—Lo primero, para traerme ropa y no un sinfín de picardías, saltos de cama y conjuntos de ropa interior de encaje —repliqué nerviosa.
Bruno se acomodó en el sillón y sonrió, pero tirante. Aunque la que debería estar tirante era yo. No entraba en mis planes empezar a formar parte de la vida de esa niña. Yo quería que mi relación con Bruno se rigiera por sus propias normas y no por la obligación moral de no marear a una niña de seis años. ¿Y si dentro de dos meses decidíamos que no queríamos vernos más? Él era el primero que se había mostrado siempre muy cauteloso, que había querido evitar un baile de «amiguitas» delante de Aitana. ¿Entonces?
Bueno, Valeria, entonces puede que él ya no te considere una amiguita.
Bien, pues conociendo la situación y todos los agravantes, me sentí presionada y obligada. Era posible que lo que viniera a continuación acabara en bronca, pero no me iba a callar. Al menos algo había aprendido de mi penoso currículo sentimental.
—Bruno… —dije con voz firme—. Yo no sé si estoy preparada para esto. Y lo has decidido por mí.
—Su madre se marcha y me preguntó… Yo pensé que…
Miré al techo y resoplé. Después devolví la mirada hacia su cara.
—No puedes hacer que me comprometa con esto de esta manera. Es ruin. —Se mordió el labio, pero no dijo nada—. Me pones en esta situación y mírame, parezco la madrastra de Blancanieves. No es que no tenga sentimientos, es que me preocupa que…
—Por mi hija no te preocupes. Amaia y yo, que somos sus padres, ya hemos hablado de esto.
¿Encima se ponía a la defensiva? Pues yo no iba a dejarlo correr.
—Estupendo, pero resulta que yo soy la amiguita de papá que va a ser presentada en sociedad sin que nadie le pida su opinión.
—Amaia está intranquila.
—No lo estaría si yo no fuera a pasar el fin de semana con su hija.
—¡Es que también es mi hija!
Me levanté y paseé por allí.
—Lo siento, Bruno. Llámala y dile que no puedes. Si no, siempre puedes acercarme al aeropuerto de nuevo. Cambiaré el billete de vuelta.
Bruno levantó las cejas sorprendido.
—¿Y esto? —preguntó muy molesto, levantándose también.
—No me gusta que nadie tome decisiones por mí. De eso ya tuve suficiente estando casada con Adrián. No quiero sentar precedentes peligrosos. Y no me siento cómoda conociendo a tu hija porque, si lo hago y esto empieza a ir mal, me sentiré con la obligación moral de… —Bruno chasqueó la lengua contra el paladar. Él sabía que en el fondo yo tenía razón—. Me sorprende mucho que hayas hecho esto. No me lo esperaba. Pensaba que nos comprendíamos bien —me quejé.
—Solo…, solo quiero comprobar cómo empastáis, Valeria. Si a ti nunca te va a interesar dar el salto…, ¿qué somos? ¿Amantes? ¿Tiene sentido que mantengamos esta relación así, suspendida en el tiempo y en el espacio, esperando que nada del resto de nuestras vidas le afecte?
Resoplé y me revolví el pelo. En el fondo, yo sabía que él también tenía un poco de razón.
—No sabía que íbamos tan en serio.
—Ni yo que no lo fuéramos —respondió.
—A lo mejor tendríamos que plantearnos cuál es la naturaleza de esto antes de meter a tu hija, ¿no crees?
Nos mantuvimos la mirada, tensos. Cuando Bruno acercó sus dedos al teléfono móvil que había dejado sobre la cómoda, el timbre del exterior de la casa nos sorprendió a los dos.
—Joder… —musitó él.
Y yo no pude más que mascullar un montón de tacos más para mis adentros.
3
El tío que monta los vídeos
Nerea se sentó delante de su ordenador y cruzó las piernas de lado, elegantemente. Abrió su agenda. Oh, horror. Tres bodas a menos de dos meses con cabos sueltos. Tres bodas a menos de seis meses con casi todo por decidir. Dos bodas pidiendo presupuesto.
Mandó un email a su ayudante en pleno ataque de histeria.
Carol,
Muero. Desfallezco. I need you . A decir verdad te necesito a ti y una magdalena enorme de chocolate blanco y fresa, pero sin lo último puedo seguir respirando. Sé que me dijiste que igual no pasabas por aquí hoy, pero, por favor, intenta cerrar con los del restaurante ya lo de la música de la boda del 15 del mes que viene. ¡Ah! Y pásame el dosier de la del 22. Ya no me acuerdo si esa es la del vestido de repollo o la de la madre histérica. Nos falta fotógrafo para los presupuestos. Luisín no puede. Tiene cerrados todos los fines de semana de julio.
Sorry, sorry, sorry . Soy una jefa horriblemente pesada y dependiente.
Nerea.
Recibió la contestación antes de poder darle ni un sorbo a su café.
Nerea,
No mueras, que necesito el curro. Y no sufras, estoy de camino. Lo que me cueste llegar y aparcar. Te adelanto: lo de la música va a ser lento y doloroso. Los del restaurante no ceden con lo de su DJ. Dicen que no dejan a nadie ajeno a su subcontrata. Voy a tener que ponerme minifalda o directamente ir desnuda a ver qué tal se me da entonces. Lo de la del 22 lo tengo encima de mi mesa, cógelo. Y pensando en lo del fotógrafo mientras te compro un muffin en el Starbucks… ¿Y Jorge? ¿Se lo preguntaste?
Te dejo, no me decido entre una supergalleta o una megamoneda de chocolate.
Carol.
Nerea rebufó. Jorge. Claro que había pensado en Jorge, demasiado. En él y en esas malditas camisas hawaianas que se ponía para ir a la boda de cualquiera, dándole igual que fuera un enlace real. En él y en el vago recuerdo de lo bien que se lo montaba en la cama, apretando los dientes y cogido al cabecero. Nerea frunció el ceño cuando sintió que un montón de mariposas revoloteaban en la parte baja de su vientre.
Cogió el teléfono y marcó.
—Reino de la paz, el orden y las cortinillas de estrella —contestó una voz al otro lado del hilo telefónico.
Nerea puso los ojos en blanco y pensó: «No puedo contigo».
—Jorge, soy Nerea.
—¿Qué Nerea? ¿Nerea la que me ligué en el verano del 98 o Nerea la de las bodas?
—Nerea la que te da trabajo para que tus padres no tengan que llevarte a una clínica para superar tu adicción al porno.
—Ya lo sabía.
—¡No me digas!
—Te iba a llamar esta semana. Tengo casi terminado el vídeo de los del Casino de Madrid.
Nerea se sorprendió.
—Qué rápido. Gracias.
—De nada. Dime, ¿era por eso? ¿Llamabas para ejercer presión sobre mi trabajo creativo?
—No. —Se rio—. Llamaba para preguntarte si tienes libre el segundo y el tercer fin de semana de julio.
—Vaya… Creo que sí. No suelo planear las citas a tan largo plazo.
—¿Citas?
—Claro, las tres ces: cine, cena y cama. Ya deberías saberlo.
Nerea se mordió la lengua.
—Bueno, omitiré lo que me apetece contestarte ahora mismo. Por favor, necesito que hagas unas fotos.
—No te preocupes, me lo anoto.
—Pero anótatelo de verdad —dijo Nerea frunciendo el ceño.
—El precio no es el mismo que por el vídeo.
—Ya lo sé. ¿Mil doscientos por todo?
—¿Mil doscientos por todo? Estás loca. ¿Con cuánto margen te quedas tú? ¿Seiscientos? ¿Ochocientos?
—Mil quinientos y a callar. —No pensaba ceder.
—Tengo que pagar a otro tío para que haga el vídeo si yo tomo las fotos.
—Sé de sobra que le das a alguno de tus amiguetes cien euros y un par de cervezas. Mil quinientos es mi última oferta.
—Siempre apretándome las tuercas. Hecho. —Resopló.
—Bien. Ya te pasas a dejarme las copias cuando puedas.
—Oye, Nerea, ya que estamos…
—¿Dime? Pero rápido, tengo prisa.
—¿Te apetece que hablemos ya de aquello o mejor seguimos haciendo como si nada?
—Me pillas fatal, Jorge, ya hablamos.
—Nerea, yo creo que…
Nerea colgó y saltó de la silla. Se movió por allí como si una culebra le hubiera reptado por la pierna hasta llegar al cuello. Carolina entró con una bolsa de papel del Starbucks y se quedó mirándola.
—Nerea…, creo que voy a meterte un valium en el muffin .
—Que sean dos. —Y apartó el teléfono inalámbrico como quien se quita de encima un insecto.
4
Quien quiere a la flor quiere a las hojitas de alrededor, dicen
El timbre volvió a sonar y miré con pánico a Bruno, al que nunca había visto tan serio.
—Han debido de adelantarse —musitó—. Espera aquí arriba. Le diré a Amaia que no es buena idea.
—No, da igual, Bruno. Ya está hecho —contesté muy seria.
Él me devolvió la mirada y sonrió, fingiendo tranquilidad. Sí, fingiéndola. Empezábamos a conocernos.
Cuando Bruno se acercó a la puerta de su casa lo vi más adulto que nunca. En aquel momento me dio la sensación de que nos separaban mucho más de seis años.
—Lo siento… —Me miró con una sonrisa triste y se encogió de hombros.
Me sentí la bruja del cuento.
—Algún día tenía que pasar —respondí al tiempo que me colocaba a su lado.
Escuchamos la verja de entrada cerrarse y Bruno abrió la puerta. Vi acercarse por el camino de piedra a una chica morena, alta y con unos escandalosos ojos verdes, que sonrió al verlo. Detrás de ella andaba a saltitos una niña de unos seis años, morena también, vestida con una sudadera rosa, unos vaqueros y unas zapatillas blancas y rosas. Me sentí ridícula, pequeña, minúscula. Me sentí de la edad de Aitana. Y me acordé de Víctor. Casi entendí que se sintiera agobiado cuando empezamos… Ojalá estuviera allí y me sacara de aquella situación.
No me di cuenta de lo mal que estaba aquel pensamiento. Ni le dediqué un segundo.
Amaia se acercó a Bruno y le dio un beso en la mejilla izquierda mientras posaba su mano suavemente sobre la derecha. Sentí una punzada de celos, porque esa niña, la misma que ahora estaba cogiendo en brazos Bruno, era de los dos. De ellos dos. Era el resultado no de un matrimonio, sino de haberse querido tanto como para tomar la decisión de tener algo de los dos para siempre. Yo no sabía nada de aquello. No podría entender nunca qué sentían.
Amaia se apartó el pelo de la cara y, mirándome con muy poco disimulo de arriba abajo, encajó una sonrisa protocolaria en sus labios.
—Hola, soy Amaia. Tú debes de ser Valeria.
—Sí. Encantada.
Nos dimos dos besos y miré a Aitana, que me contemplaba atentamente desde los brazos de su padre.
—Hola —dije tímidamente.
Y ella se escondió, abrazándose a Bruno, que me sonrió como si le hiciera gracia. Probablemente mi cara de desasosiego era tremendamente cómica, porque hasta su exmujer rio por lo bajini antes de decir:
—Aitana, no seas maleducada y saluda a Valeria.
La niña se arrebujó en los brazos de su padre y él le susurró algo al oído. Después ella me miró y sonrió fugazmente.
—Es guapa —la escuché susurrarle a su padre.
—¿Sí? Pues además es supersimpática. ¿Tienes hambre? —Bruno miró a Amaia y preguntó—: ¿Ha desayunado bien?
—¿Bien? Ha dado guerra como siempre. Un vaso de leche y una galleta a regañadientes.
—Oh, pues eso no puede ser —le dijo a su hija—. ¿Un zumo y un bocadillo?
Pasamos a la cocina. Amaia se sentó en una silla mientras Bruno se movía por allí diligentemente y la niña lo seguía, vigilándome con el rabillo del ojo.
—¿Quieres que vaya preparando una cafetera, Bruno? —le dije.
—Gracias, cielo, pero ya está. Creo que está a punto de subir el café.
—Amaia, ¿cómo lo tomas? —pregunté solícita.
—Bruno ya lo sabe —contestó secamente.
Miré a Bruno de reojo y él, girándose, comentó:
—Yo sí, pero ella no.
—Con leche desnatada caliente y sacarina.
«Pero tú no te levantes de la silla, no vaya a ser que haya hecho ventosa y te la lleves detrás», pensé. Calenté en el microondas una taza con leche desnatada y cuando el café subió, lo añadí y le pasé la taza humeante junto con la cajita dispensadora de sacarina.
—Gracias. Veo que te mueves por aquí con soltura… ¿Lleváis mucho tiempo?
Bruno le hizo una seña a Aitana para que se sentara y le sirvió un vaso de zumo de naranja natural y un platito con un poco de pan y queso. Después se sentó a mi lado, me pasó el brazo por encima del hombro y sacó el paquete de tabaco del bolsillo de su vaquero.
—No fumes. Está comiendo —susurró Amaia en tono beligerante.
—Está en la otra punta de la mesa y he abierto una ventana —contestó él.
—Ya se nota. Tu vicio nos va a matar a todas de frío.
Bruno puso los ojos en blanco y se encendió el cigarrillo de pie, junto a la ventana.
—No me habéis dicho… ¿Lleváis mucho tiempo?
—Pues… más o menos un año. —Miré a Bruno, que me sonrió.
—Poco más de un año. Cenamos juntos por primera vez el veintisiete de diciembre —dijo él.
Amaia apuró su taza de café.
—Bruno me ha dicho que eres escritora.
Miré de reojo a la niña, que malcomía su bocadillo.
—Sí. Al final parece que es cierto eso de que Dios nos cría y nosotros nos juntamos.
—Sí. Eso parece. A lo mejor la única manera de soportar a un escritor es siendo uno.
Miré otra vez de reojo a Bruno, que se rio sardónicamente. Y a pesar de la tensión que me estaba obligando a vivir y de que en lugar de un fin de semana de fornicio me esperaba uno de canguro, me lo habría comido entero. Mi hombre. Tan alto, tan masculino, tan moreno. Tenía las mejillas rasposas, con esa barba de tres días que creaba sombras en su cara. A pesar de que seguía estando delgado, la ropa le sentaba tan bien… Con aquel jersey de lana y los vaqueros desgastados estaba para comérselo, de verdad.
—Disculpa, ¿a qué te dedicas tú? —pregunté obligándome a despegar los ojos de Bruno y mirando a Amaia.
—Soy administrativa —dijo secamente—. Es mucho menos creativo, dónde va a parar... Aitana, hija…
Bruno apagó el cigarrillo, se terminó su café de un trago y fue a sentarse junto a su hija.
—Haz el favor, Aitana. Cómetelo, no juegues con él.
