Destinos ocultos (Amores a destiempo 2)

Claudia Cardozo

Fragmento

destinos_ocultos-3

Prólogo

Londres, 1881

Algunas de las cosas que Seline Osbourne había aprendido de West Harrison en el poco tiempo que llevaba de conocerlo era que podía ser imprudente, cabezota, y poco respetuoso de las normas si estaba determinado a salirse con la suya; además de que nunca parecía oírla cuando ella intentaba advertirle de que estaba a punto de cometer un grave error.

Y, sin embargo, pese a todos esos defectos que en otras circunstancias la habrían hecho correr en dirección contraria para mantenerse a salvo de un hombre que era evidentemente tan dado al desastre, lo cierto era que había terminado por amar todos y cada uno de ellos.

Porque tal vez West fuera terco como una mula y un poco inconsciente, pero también era el hombre más encantador que había conocido jamás y no estaba dispuesta a perderlo sin luchar.

Todo eso intentaba recordar Seline mientras los caballos que había robado de las cuadras de su hermano tiraban del carruaje por el escarpado camino que conducía a la antigua mansión en la que esperaba encontrar a West.

La suya era una corazonada más que una certeza, pero ya que ella podía ser también tan testaruda como el que más, supuso que eso tendría que bastar. Era su futuro el que estaba en juego; el suyo y el de West. Eso siempre y cuando aún hubiera un futuro para ambos por el que valiera la pena pelear.

Seline procuró contener el aguijón de angustia que se le clavó en el pecho y miró por la ventanilla con el aliento contenido. No había sido sencillo convencer al cochero de su hermano para que la acompañara, pero ya que la conocía desde pequeña y la vio sumida en tal desesperación, no había podido negarse.

Mathew nunca se lo perdonaría.

Aun más, era probable que tampoco la perdonara a ella por la retahíla de locuras que no había dejado de cometer en las últimas semanas, pero ya se enfrentaría a la ira de su hermano en su momento si lograba salir con vida de allí.

El vehículo dio un bandazo al golpear un enorme tocón junto al camino y Seline contempló la silueta de la antigua construcción a lo lejos. Aguardó a que los caballos avanzaran un poco más y cuando juzgó que era lo más prudente, golpeó el techo del carruaje para indicar al cochero que se detuviera.

Los animales se alzaron sobre las patas traseras cuando un rayo quebró el silencio de la noche y sus relinchos se unieron a ese ruido atronador que llevó a Seline a arrebujarse en su capa al tiempo que descendía del vehículo con las piernas temblando por la tensión y el miedo.

El conductor acudió a ella luego de descender del pescante; era uno de los sirvientes más antiguos de la mansión Osbourne y su edad fue evidente cuando arrastró los pies sobre la tierra al tiempo que sujetaba las riendas para intentar controlar a los animales, que no habían dejado de agitarse desde que se detuvieron como si presintieran el peligro que se cernía sobre ellos.

Seline forzó una sonrisa de agradecimiento, aunque estuvo segura de que más bien debió de parecer una mueca y enderezó los hombros para proyectar una imagen de seguridad que no podía ser más falsa.

El viejo sirviente hizo amago de ir hacia ella, pero Seline lo detuvo con un gesto y sacudió la cabeza de un lado a otro. Aunque no dijo una palabra, su mirada y sus ademanes rígidos hablaron por ella: pensaba seguir sola.

Antes de que el anciano pudiera decir nada, echó la capucha de la capa hacia abajo para cubrir su rostro y recogió sus faldas para enrumbar en dirección al descuidado camino que conducía a la mansión.

Hacía frío, mucho frío, descubrió cuando una ráfaga de aire gélido le dio de lleno en la frente arrancándole un jadeo de dolor; pero no dejó que eso la detuviera.

Avanzó con la mirada clavada en la construcción que se alzaba en lo alto de una pequeña colina y por un instante le pareció que adquiría la forma de un ser encogido sobre sí mismo que aguardaba agazapado para desperezarse y atacar.

Atacarla a ella.

Seline sacudió la cabeza de un lado a otro para apartar una idea tan ridícula e intentó contener las imágenes que acudieron a su mente. Las visiones habían remitido en las últimas horas, pero no se confiaba. Volverían en cualquier momento y temía lo que podrían mostrarle entonces.

Quizá fuera muy tarde. A lo mejor no había nada que pudiera hacer ya; había tardado demasiado y ahora West estaría…

No, él estaba bien, intentó convencerse al tiempo que apretaba los dientes hasta que rechinaron con furia.

Ella iba a salvarlo y luego… bien, quizá luego decidiera matarlo con sus propias manos.

destinos_ocultos-4

Capítulo 1

Londres, en la actualidad. Seis meses antes.

West Harrison tenía tres preceptos establecidos en su vida que había ido aprendiendo desde el momento en que tuvo que hacerse cargo de su destino.

En primer lugar, no valía la pena preocuparse demasiado por nada; no importaba lo mucho que se esforzara: lo que fuera a ocurrir pasaría sin que nada de lo que hiciera pudiera cambiarlo.

Lo segundo era que sin importar qué tan mal fueran las cosas, siempre podían ponerse peor.

Y lo tercero: no se podía confiar en la gente. En nadie.

Aquella noche, mientras huía entre el gentío que se arremolinaba en Piccadilly Circus contemplando los escaparates de las tiendas iluminados para atraer al público, que estaba un poco desaforado por las celebraciones de la noche de San Silvestre, tuvo ocasión de comprobar su teoría.

Si antes pensaba que estaba en un gran aprieto, ahora veía que tal vez eso fuera quedarse corto, y todo gracias a que había confiado en alguien que acababa de entregarlo como un cerdo al matadero.

Estaba perdido.

La multitud hablaba a voces y se movía con rapidez, lo que West aprovechó para intentar camuflarse entre ellos fingiendo que contemplaba las luces y prestaba atención a los músicos callejeros que habían empezado a tocar una melodía en medio de una avenida transitada.

Aunque estaba muerto de frío, se quitó la chaqueta para evitar ser reconocido y se frotó las manos una contra otra para entrar en calor. Un mechón de cabello oscuro le cubrió la frente y él lo apartó con un resoplido.

Si salía vivo de esa, lo recortaría un poco, se prometió.

El frío de la medalla que llevaba pegada al pecho le provocó un escalofrío y, sin pensar, la tomó entre los dedos por debajo de la camisa. No entendía el motivo, pero siempre le infundía cierta calma.

Al mirar sobre su hombro le pareció reconocer un rostro familiar que le provocó un tirón en el estómago, y cualquier atisbo de tranquilidad que hubiera podido sentir desapareció de un plumazo.

Lo habían encontrado.

West dejó de intentar ocultarse entre la gente y echó a correr tan rápido como se lo permitieron los pies.

Empujó un cuerpo tras otro, maldijo cuando estuvo a punto de tropezar con el cochecito de un bebé e ignoró a un par de transeúntes que lo contemplaron como si pensaran que había perdido la razón.

¿Loco? Se preguntó él mientras atravesaba una calle a toda velocidad sin molestarse en prestar atención al semáforo.

Ni hablar; siempre había sido demasiado cuerdo para su gusto.

Pero sí que era un poco idiota y demasiado confiado de su suerte; lo que al parecer empezaba a pasarle factura.

El ruido a su alrededor resultaba atronador, pero West intentó mantener su atención puesta hacia adelante. Avanzaba a trompicones sin detenerse y cada tanto miraba por encima de su hombro para comprobar que, ciertamente, aún continuaban siguiéndolo.

Al hombre de chaqueta azul que había reconocido hacía un momento se le habían sumado otros dos, todos altos y corpulentos, lo que le dio una idea clara de lo que harían con él en cuanto le echaran las manos encima.

Nunca debió subir esa apuesta, se amonestó con un bufido. Pudo terminar la noche con una buena suma en los bolsillos, pero no, tenía que ir más allá. Su ambición lo había metido en un buen problema una vez más y ahora no veía cómo iba a salir de todo aquello.

El garito en el que había pasado parte de la noche no se encontraba muy lejos de allí, así que no fue de extrañar que cuando huyó, luego de asimilar que nunca podría pagar la suma que acababa de perder, los matones del dueño fueran tras él sin darle chance a poner mayor distancia.

Aun así, estaba convencido de que ellos nunca hubieran logrado encontrarlo si alguien no les hubiera advertido de la dirección en la que se marchó, y ese alguien solo podía ser la chica con la que había pasado hablando la última hora mientras sus ganancias se incrementaban.

West había bebido más de lo que acostumbraba, se le soltó la lengua y era probable que mencionara dónde se encontraba su apartamento, lo que sin duda ella habría confiado sin vacilar cuando esos hombres empezaron a indagar por él.

Ciertamente, no se podía confiar en nadie.

Una fina llovizna cayó sobre su cabeza y entrecerró los ojos mientras se enfundaba nuevamente en el abrigo. Ya no tenía sentido que intentara pasar desapercibido; lo encontrarían de una u otra forma, le susurró esa voz insidiosa que no había dejado de atormentarlo desde que emprendió esa huida absurda.

El eco de unos pasos resonó tras él y West corrió aún más, pero empezaba a cansarse.

Tendría que hacer más ejercicio, se recriminó al sentir una punzada en el costado que se quedó alojada allí y fue subiendo por su pecho hasta instalarse justo a la altura del corazón, que bombeaba a toda velocidad.

Le pareció ver una entrada algo más adelante; un estrecho callejón por el que se perdió sin vacilar porque la otra alternativa era dar media vuelta y enfrentar a sus perseguidores.

Por un momento se encontró sumido en la más absoluta oscuridad. Ni un solo ruido quebraba el silencio salvo el sonido de sus pies avanzando con tiento, una mano apoyada sobre una pared empedrada y húmeda por la lluvia.

Las pisadas tras él parecían haber remitido y rogó por que esos hombres hubieran pasado de largo sin advertir la entrada.

Sus esperanzas le duraron más bien poco, por desgracia.

Cuando llegó al final de la vía notó dos cosas: una, que los pasos volvían y se dirigían en su dirección, y dos, que se encontraba en un callejón sin salida porque cuando intentó echar a correr de nuevo se encontró con una sólida pared contra la que estuvo a punto de caer.

Ahora sí que era el fin.

Pese a lo oscuro del panorama, empuñó las manos a los lados, decidido a dar al menos algo de pelea. Tal vez fuera imprudente y no sabía cuándo darse por vencido, pero no era un cobarde y esos hombres no la tendrían fácil con él.

Acababa de echar el cuerpo hacia adelante con los ojos muy abiertos, los pasos cada vez más cerca, listo para esquivar el primer golpe, cuando sintió un leve roce sobre su mejilla y una respiración entrecortada seguida de una voz apagada salida de no sabía dónde que le susurró unas cuantas palabras al oído.

—Ven conmigo.

West estudió el estrecho espacio en que se encontraba y sacudió la cabeza de un lado a otro con gesto de desconcierto.

Aún le costaba creer lo que había ocurrido en la última media hora.

La mano que lo había tocado en el callejón pertenecía a una viejecita de lo más extraña, que no solo había estado a punto de provocarle un susto de muerte sino que, además, acababa de convertirse en su salvadora.

Él apenas había tenido tiempo de mirarla en medio de la oscuridad cuando ella se llevó un dedo a los labios y lo instó a seguirlo por una entrada que permanecía oculta entre las sombras.

West no había dudado ni un segundo en hacer lo que le pedía.

¿Qué otra alternativa tenía?

A su parecer, corría menos riesgo con ella que con la tira de matones que iban tras su rastro y que estaban a punto de caerle encima.

La anciana no había dicho ni una palabra más; a lo sumo resoplaba cada tanto según iban perdiéndose entre las callejuelas que West no había recorrido nunca; al menos no en medio de la noche.

Poco después habían salido a una avenida iluminada y él comprobó con alivio que no se oían pasos tras ellos. Debían de haber perdido a los otros.

Entonces, cuando estaba a punto de agradecer a esa mujer por su ayuda, ella retomó el andar y él se vio impelido a seguirla sin saber muy bien por qué lo hacía. Tal vez fuera porque en realidad no tenía otro lugar a donde ir.

Su apartamento no era una opción. Si, como sospechaba, la mujer con la que había hablado en el local se había ido de boca, en cuanto esos hombres aceptaran que lo habían perdido irían hacia allí para aguardar su regreso.

De pronto, West comprendió que estaba lejos de haber salido del problema y por eso no le dio demasiada importancia a lo raro de la situación. Él siguiendo a una anciana en la oscuridad; entrando en un edificio descolorido y perdiéndose por un pasillo poco iluminado hasta terminar en un apartamento casi tan lúgubre como el suyo.

Entonces, había creído oírla susurrar algo como que allí estaría a salvo y luego desapareció sin decir una sola palabra más.

Solo en ese momento se permitió examinar el lugar y se topó con un mobiliario sencillo, unas paredes desvaídas y una ventana manchada por el paso del tiempo.

Parecía como si nadie hubiese estaba allí en… meses, pensó él; tal vez incluso años.

Había una cama en una esquina de la habitación y el olor a moho proveniente de las mantas le golpeó un poco al acercarse, por lo que prefirió buscar una silla para sentarse y cuando al fin dio con una su atención se vio atraída por algo más en lo que no había reparado hasta entonces.

Había una especie de… altar en una esquina de la estancia, y unos extraños símbolos dibujados en el piso. Uno de ellos le provocó un escalofrío, pero intentó achacarlo a la humedad y al hecho de que todo se hallaba tan oscuro que solo incrementaba la sensación de encontrarse dentro de un congelador.

Dio con unas cerillas y, tras buscar, halló una vela blanca que encendió con un suspiro de alivio, aunque este remitió bastante al comprobar que, ciertamente, se encontraba en un lugar bastante raro.

A los símbolos y los objetos extraños que había advertido antes se le sumó un pesado libro que permanecía abierto sobre una especie de atril. Intrigado, se acercó con la vela en la mano para estudiar su contenido y leyó con el ceño fruncido:

—Hécate imperecedera, acude en mi ayuda, te lo suplico; este simple mortal, efímera hoja de tu ramaje…

Entonces algo extraño ocurrió.

El aire vibró a su alrededor, la ventana se abrió de golpe y, en un parpadeo, el suelo se abrió bajo sus pies.

Después, solo quedó la oscuridad y la sensación de que algo tiraba de él hacia abajo hasta que todo desapareció.

destinos_ocultos-5

Capítulo 2

Seline Osbourne había tenido una infancia relativamente feliz y su primera juventud parecía destinada a serlo también hasta que un día, de buenas a primeras, todo cambió.

Había sido una niña extraña, o peculiar, como la llamaba con afecto su querido hermano mayor, que siempre vio con indulgencia lo que otras personas de su entorno consideraban sin ambages una inclinación más bien perturbadora por cultivar ciertos aspectos de su carácter que debería haberse esmerado por mantener bien ocultos.

Después de todo, no era en absoluto habitual que una joven de una de las más distinguidas familias de Inglaterra fuera por allí asegurando que podía ver lo que habría de ocurrir en el futuro y que hablaba con seres que acechaban entre las sombras.

Lo segundo fue disminuyendo con el paso del tiempo y su niñera, una anciana más amorosa que perspicaz, opinaba que no se trataba más que de una etapa por la que pasan todos los niños y que desde luego la pequeña a su cargo ya lo había dejado atrás para adquirir una sensatez más propia de una joven de su rango.

En lo que se refería a lo primero, sin embargo…

Seline nunca había tenido muy claro cómo llamar a lo que le ocurría. Tan solo sabía que, desde que podía recordar, la asaltaban unas visiones inesperadas en los momentos más inoportunos.

Como cuando tenía siete años y, el día que su padre pasó por el ala de los niños para hacerle una caricia distraída, como hacía cada mañana, ella dejó caer con su vocecita infantil que no debía ir a montar porque tendría un accidente terrible. El señor Osbourne se había quedado de una pieza, pero se recompuso con rapidez, miró a su hija con la indulgencia un tanto ofensiva que a veces muestran los adultos ante las ocurrencias de los niños y no le hizo mayor caso.

Esa tarde se cayó del caballo, se rompió la clavícula y pasó dos meses postrado en cama sumido en terribles dolores que le agriaron aún más el carácter; pero nunca mencionó ni una sola vez la advertencia de su hija. Tal vez lo olvidó producto del trauma del accidente, o quizá simplemente eligió no hacer alusión a ello porque le daba miedo.

Miedo.

Una emoción que habría de convertirse en una constante en la relación de Seline con las personas de su entorno una vez que estas descubrían sus «rarezas».

Le temían la mayor parte de los sirvientes de la casa; lo mismo que los niños del pueblo cercano a la residencia de su familia en Surrey, que la observaban con desconfianza cuando paseaba de la mano de su niñera los días de feria. Incluso las visitas que recibían de cuando en cuando, todos ellos viejos amigos de padre, mostraban cierto recelo en su presencia cuando les era presentada, y no porque Seline dijera nada de particular entonces; ya estaba bien aleccionada respecto a lo que podía o no decir frente a los extraños; pero los rumores corrían con rapidez y las extravagancias de la más joven de los Osbourne no eran un secreto ni siquiera en Londres.

El único que parecía tomar todo aquel asunto con cierta normalidad era su hermano Mathew, que la quería demasiado como para consentir que algo como aquello los distanciara. Todo lo contrario; él pareció siempre determinado a compensar de alguna forma la falta de afecto de su padre y el recelo con el que la trataban los demás.

Y claro, también estaba su abuela.

Seline sentía como si una mano amable le acariciara el corazón cada vez que pensaba en lady Osbourne, la formidable mujer que no solo fue madre de su padre sino también su más afectuosa compañía durante su crecimiento.

La anciana, pues a ella le parecía que lo había sido siempre ya que no podía recodarla de otra forma, fue junto a Mathew la presencia que hizo de su niñez un periodo plácido en que se sintió aceptada y querida.

De un momento a otro, sin embargo, todo pareció cambiar y volver su vida del revés sumiéndola en un absoluto infierno.

Poco tiempo después de que su hermano contrajera matrimonio con una joven encantadora con la que todos le auguraban un futuro colmado de dicha, su padre decidió casarse también, pero en su caso, eligió a una mujer de la que nadie sabía nada y que era, a todas luces, incapaz de sentir nada que no fuera animadversión por todos y cada uno de los miembros de su nueva familia.

Augusta, su madrastra, la trató siempre con una dureza que la orillaba a mantenerse tan apartada de su camino como le era posible. Y eso pareció ser suficiente hasta que las desgracias empezaron a sucederse una tras otra en la antes apacible mansión de los Osbourne.

Primero fue lo de su padre, que un día enfermó de gravedad y fue consumiéndose con una rapidez pasmosa hasta que falleció dejando a todos sumidos en el desconcierto. Y cuando apenas empezaban a recuperarse del golpe, fue el turno de la pobre Hildegard, la esposa de Mathew, que apenas resistió unos cuantos días hasta terminar también en el mausoleo familiar.

Su querido hermano terminó destruido luego de perder a la que consideraba el amor de su vida y Seline solo podía intentar aligerar de alguna forma su carga, pero el destino todavía les tenía reservada una amarga sorpresa más.

Un día, sin mayor aviso, Augusta les informó de que tenía en su poder el último testamento de su padre, redactado con prisas y a escondidas y en el que señalaba con claridad que Seline debía ser recluida en una institución para enfermos mentales.

Aquello fue una sacudida terrible para la joven y, de alguna forma, pareció despertar al menos un poco a su hermano del letargo en que había caído luego de la muerte de su esposa; pero sin importar lo mucho que ambos lucharon, en especial él que acudió a un sinfín de abogados para impugnar el testamento, no hubo nada que pudiera hacer.

La última voluntad de su padre como único apoderado de su hija menor los dejó de manos atadas. Su hermano, su abuela, las únicas personas que habían amado a Seline, tuvieron que verla marchar custodiada por un médico y un par de enfermeras como si de un criminal peligroso se tratase para pasar el resto de sus días siendo estudiada y sometida a los tratamientos más salvajes con el fin de desprenderla de esa «anormalidad» que según ellos la convertía en un ser peligroso para quienes la rodeaban.

Seline soportó aquel infierno durante dos años hasta que finalmente el bueno de Mathew logró liberarla. Su hermano también pasó una penuria

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos