Desde mi ventana (Juntos y revueltos 2)

Eleanor Rigby

Fragmento

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Capítulo 1

En busca de la heterosexualidad perdida

Eli

—¿Cuánto alquiler pagáis por este apartamento? —pregunta Edu, curioseando al otro lado del cristal—. Porque nada más que por las vistas que tienes desde esta ventana, ya tendría que costar más que el casoplón de George Clooney en el Lago di Como.

—No pagamos alquiler. Es propiedad de Eli, y yo me aprovecho de ella —anuncia Tay, satisfecha. Y delante de mis narices. Nunca ha tenido demasiada vergüenza, la verdad—. Pero la neta, esta vista no tiene abuela, y eso que estamos en el ­cuarto.

—¿En el cuarto? —repite Edu en tono inocente—. Yo estoy en el séptimo cielo.

Los dos se echan a reír como idiotas ante la rendija semiabierta de la ventana.

Pongo los ojos en blanco por sexta vez. A este paso voy a verme el cerebro más de lo que he visto a mi padre en los últimos diez meses. Que tampoco sería muy difícil, por otro lado. La competencia lo ha puesto fácil.

—Su madre debe de ser una paisajista profesional, porque tremenda visión —gimotea Edu, mordiéndose el labio.

—O arquitecta. Ese monumento no se construye solo.

—O pastelera..., que ese bombón no lo hace cualquiera.

Creo que ya ha quedado claro que con las «magníficas vistas de mi piso» no se refieren a una extraordinaria panorámica de la capital española. Las ventanas de la cocina no solo no dan al centro de Madrid, sino que ofrecen una perspectiva desoladora de la terracita interior donde solemos tender... y, a veces, del macizo y sudoroso cuerpo desnudo del galán que se mudó oficialmente al edificio hace unas semanas.

Edu, el cotilla número uno, aunque Tamara le disputa el podio, ya nos lo describió unos días antes de que se presentara de forma oficial.

—Dos minutos hablando con él y tengo las bragas como una pavesa de papel quemado —anunció—. Te juro que durante mi época de soltero habría dado todo lo que tenía porque me enchufara el pito. Lo habría cabalgado como Xena la Guerrera hasta la llegada de Gandalf; no lo habría soltado a menos que me diera la primera luz del quinto día.

—Y entonces habrías mirado al alba —le dije yo, por seguir la broma friki.

—Prefiero mirar a Cuenca, tú me entiendes... Pero vale, se acepta.

Estábamos sentados en la cafetería de la esquina, un lugar de confianza desde que nos contrataron a Tay y a mí como las proveedoras de la repostería, y una señora que justo pasaba por nuestra mesa lo miró consternada y se fue santiguándose.

—Le deseo buena suerte si se cree que echándome la maldición de Cristo va a curarme —bufó Edu después—. Me he pasado media vida siendo maricón en la sombra. Ya pueden volver a poner la mili obligatoria que voy a hablar de pollones todo lo que me dé la gana.

Y, en efecto, habló de uno de sus temas preferidos —que no el único, porque Edu tiene lengua para ti, para mí y para nuestras abuelas— durante el resto de la tarde, dando detalles enfermizamente concretos de la anatomía masculina del vecino.

Yo pensaba que Edu exageraba. Es a lo que tiende. Y no voy a decir que, al igual que su afán de chismorreo, eso le venga con lo de ser gay —no me gusta generalizar tan a la ligera—, pero uno no suele ser peluquero si no le encantan los cócteles prototípicamente femeninos, con sombrilla incluida, ni está al día de todos los cotilleos que son primicia en el ¡Hola!

En el ¡Hola! y en el barrio donde vivimos.

Sabiendo como sé que es un abanderado de la hipérbole, asumí que «el hombre más guapo de la historia de la humanidad», que fue como definió a Óscar Casanovas, era una frase hecha para describir a un tipo solo atractivo. Ahora que es el sex symbol del edificio, ves a las vecinas de otros bloques asomándose al portal y te enteras de que Virtudes Navas, la escritora romántica del momento —y dulce abuelita que vive justo enfrente de mí—, lo ha tomado de inspiración para su antología de relatos eróticos, no te queda otro remedio que aceptar que a lo mejor estabas equivocada y sí que es el hombre más guapo de la historia de la humanidad.

De todos modos, no es solo que sea un macho ibérico a valorar. Como dice el propio Edu, «no es lo que tengas, sino cómo lo manejes». En este caso, el misterio digno de Cuarto Milenio que envuelve al vecino es con quién lo maneja. ¿Hombres? ¿Mujeres? ¿Hombres y mujeres?

Cada uno tiene una opinión distinta.

—Qué bien le sienta esa camisa —dice Edu, observándolo en la distancia con los párpados entornados—. Y que conste que no solo me gusta porque quien la lleve sea claramente maricón.

—No mames —rezonga Tay—. Ahora se lleva mucho el color salmón y el estampado hawaiano. Si me dijeras que lo combina con unas cangrejeras o unas bermudas, te daría la razón, pero los Levi’s desgastados solo se los pone un heterazo como un sol de grande.

—Como un sol de grande tiene el agujero que yo me sé, y de tanto morder la almohada.

—Por Dios, Edu. —Sacudo la cabeza.

—¿Qué? Ese hombre es una pasiva, te lo digo yo, que mi gaydar huele estas cosas a diez kilómetros.

—Pues tu gaydar debe de haber olido mal, porque se echa Invictus, una colonia fulminabragas. El otro día le pregunté cuál llevaba, ¿sabes?

—¿Le has preguntado qué colonia utiliza? —le pregunto, perpleja. Pretendía mantenerme al margen y terminar los brownies para la fiesta de cumpleaños de esta tarde, pero en vista de que mis amigos no pueden dejar en paz al pobre vecino, me veo en el deber de recordarles lo que es la intimidad—. A ver, Tay, cielo...

Ella levanta la mano para cerrarme el pico.

—No, Eli. Esto se ha convertido en algo personal. Tengo que demostrarle a Edu como sea que a Óscar Casanovas le va el pescado, y si para ello debo meter la mano en su baño, así sea.

La miro alarmada.

—¿Has metido la mano en su baño?

—No, pero estoy planeando una excursión a su apartamento. Tengo la cámara cargando para hacer fotos de la escena del crimen y luego estudiarlas en mi cuarto.

—¿El crimen que tú vas a cometer por allanamiento de morada?

—El crimen de ser tan pinche sexy —me corrige Tay, de nuevo pendiente de la rendija de la ventana. Por lo menos esta vez no la ha abierto de par en par, lo que suele hacer para admirar sin ningún disimulo los estriptis de Óscar.

Edu me observa con un brillo ambicioso en los ojos.

—¿No estabas con nosotros cuando hicimos la apuesta?

—¿Qué apuesta? —pregunto.

—Ella dice que es hetero. —Señala a Tamara—. Yo digo que es marica. Anita y Matilda están conmigo. Susana y Gloria van con Tay, pero porque les daría rabia que no estuviera disponible para el público femenino. Virtudes es Suiza: se mantiene neutral.

Genial. Los gustos de Óscar se han convertido en tema principal para la mesa de debate de las marujas del edificio. Todas esas mujeres son mis vecinas, y sus edades oscilan entre los veintisiete y los setenta.

No sé de qué me sorprendo, viviendo donde vivo.

—¿Y qué? ¿Estáis buscando a alguien que desempate?

—Qué va. Cada uno ha apostado una cantidad de pasta. Si resulta ser gay, Tamara y sus seguidoras me tienen que invitar a copas durante tres meses consecutivos.

—¿Y si no? —Enarco una ceja—. ¿Tú les pagas las copas a ellas?

—De eso nada. ¿Te parece poco saber que tienen una posibilidad con el buenorro del cuarto? —jadea, ofendido. Luego mueve la mano—. Cosa de la que deberían ir olvidándose, por cierto, porque ve RuPaul’s Drag Race, colecciona zapatos y no sabe conducir.

Pestañeo una vez.

—¿Qué tiene que ver que no sepa conducir?

—Todo el mundo sabe que ningún gay sabe hacer estas tres cosas a la vez: conducir, cocinar y ser bueno en matemáticas. Me dijo que estuvo a punto de estudiar una ingeniería, y él mismo se hace los almuerzos con comida orgánica que mete en envases reutilizables (marica, marica y más marica), pero va andando a todas partes.

—Y cómo explicas que le guste tanto el baloncesto, se pase el día jugando a la Play Station con Álvaro y sepa de mecánica, ¿eh? —replica Tamara, orgullosa—. El otro día entró a arreglarnos la caldera porque el agua salía helada. Todo un manitas.

—Solo que las manitas no las hará contigo, guapa —se regodea Edu—. Las usa todas las noches para echarse una crema facial de ochenta y cinco euros, y encima de Júlia Moss, ahí es nada. Y me ha recomendado una que está promocionando Gemma Arterton.

—¿Y qué? ¡Se le oye aullar cuando hay partido! —exclama Tay.

—Viste de maravilla —contraataca Edu—. Un hetero no cuida tanto su aspecto.

—Te acabas de cargar de un plumazo a toda la población metrosexual —apunto yo.

—Le gusta el heavy metal —bufa Tamara, cada vez más ofuscada.

—Eso solo descarta que huela mal —replica Edu—, no que le truene la reversa.

—¿A qué gay le gusta el heavy metal? ¡Os gusta Lady Gaga y las divas del pop!

—Bueno, vale, ¡pero hace yoga!

—¡Y también lucha libre!

Dejo de batir los huevos para los brownies y me acerco con las palmas levantadas para tranquilizar a las fieras. Los dos tienen un temperamento de aúpa, pero me parece exagerado que lo saquen a relucir por la orientación sexual de un perfecto desconocido. Están gruñéndose a la cara como dos perros cuando uno mete el hocico en el cuenco de la comida del otro.

Y justo porque es la hora de la comida, alguien toca a la puerta. Akira, el prometido de Edu, veterinario y tocador de guitarra acústica profesional, asoma sus ojitos rasgados.

—¿Por qué tenéis la puerta abierta?

—Porque quieren que todo el mundo se entere de lo mucho que les importa en qué equipo juega el vecino —le explico.

Akira, que había entrado con esa sonrisa escueta tan característica en él, cambia de expresión al mirar a su novio.

—¿En serio sigues con eso, Eduardo? ¿Qué más te da? —Se cruza de brazos. Tamara y yo nos miramos. «Lo ha llamado “Eduardo”. Eso significa movida»—. Vamos, que ya llegamos tarde a la comida de Olga.

Antes de coger su chaqueta del brazo del sofá y marcharse con Akira, Edu se gira para apuntar a Tamara con el dedo.

—Esto no quedará así —la advierte.

—El otro día me dijo que iba al gimnasio, así que ya te invitaré a nuestra boda —se regodea Tay.

—¿Y qué si va al gimnasio? Yo también voy, y preferiría el garrote vil a cenar almeja.

Gracias al cielo, la puerta se cierra dos segundos después, librándome de un Edu orgulloso de haber tenido la última palabra y un Akira mosqueado que está hasta la coronilla de conspiraciones.

Por una parte, me dan ganas de reírme. Es increíble cómo se van de madre las cosas en esta comunidad vecinal.

He vivido en suficientes apartamentos a lo largo de mi vida para saber que no hay otro bloque de pisos como este, y no porque los apartamentos estén a un precio asequible para encontrarse en el centro mismo de Madrid, sino por las curiosas criaturas que lo habitan. Hemos creado una especie de microcosmos aparte en el que todos orbitamos alrededor de todos; conocemos los detalles de la vida de cada uno y nos entrometemos en ella siempre que se nos canta. Y no solo con consejos amables. A veces metemos tanto las narices que nos acabamos cayendo de cabeza al pozo. Es un milagro que aquellos cuya intimidad violamos sin compasión sean los que nos tienden la mano para rescatarnos y nos disculpen continuamente por algo que debería estar prohibido por ley.

Nunca se me habría ocurrido acabar rodeada de gente así, y menos aún participar con frecuencia, activamente, en su manera de relacionarse. Siempre he sido una persona muy introvertida. No me meto donde no me llaman, pero no porque no me interese, sino porque siempre he pensado, en mi ingenuidad, que siendo respetuosa con las intimidades del prójimo, este lo será con las mías.

Pero no es así como se funciona en el número trece de la calle Julio Cortázar, pero no me importa. Sacan una parte de mí que me gusta, aunque también me han contagiado ese afán de cotilleo que tanto me desagrada. Son los únicos culpables de que, al verme a solas en la cocina, deje la cucharita con la que iba a verter la vainilla en el cuenco y me acerque en silencio a la ventana.

No estoy orgullosa de mi lado voyeur; de esta exhaustiva investigación para conocer las preferencias sexuales de Óscar, menos aún. De acuerdo, especular sobre sus gustos en la cama no tiene nada de ofensivo. Ahora bien, espiarlo desde el piso de enfrente mientras se cambia de ropa ya no me parece tan cívico. Yo he sido lo bastante discreta para que no me pillen —aunque, de hecho, vaya de santurrona—, pero no soy la excepción. Me encanta mirarlo. Disfruto mirándolo. No porque su madre lo esculpiera con cincel en lugar de parirlo, ni porque quiera averiguar la verdad para cerrarle la boca a todos —como le pasa a Edu—, sino porque... Bueno, pues porque me gusta.

Sí, me gusta un hombre homosexual. Y sé que es un error de adolescente que da sus primeros pasos en el terreno amoroso, pero no pude hacer nada para remediarlo. Me tuvo en la palma de su mano desde la primera vez que me miró. Hasta ese día, nunca antes había experimentado la famosa tensión sexual, y fue tan intensa que estuve una semana sin salir de casa por miedo a cruzármelo de nuevo. No me hizo ninguna insinuación, ni tampoco se sacó el manubrio delante de mis narices, lo cual habría matado la magia del momento; solo se subió al ascensor conmigo después de que nos hubiera caído a los dos el diluvio universal, y... y ya está.

Qué fácil soy.

Le echo la culpa a la vergonzosa cantidad de novelas eróticas que he leído y a ese gusto morboso por la emblemática escena en la que la pareja se empotra contra el cristal del ascensor. De lo contrario, estar a solas con él durante unos minutos en un espacio cerrado no habría sido la experiencia más sensual de mis veintisiete años de vida.

Yo sentía que él me estaba mirando con curiosidad, seguramente sorprendido porque quisiera mimetizarme con la pared e hiciera lo imposible por alejarme de su cuerpo —«¿Por qué alguien querría alejarse de mi cuerpo?», se estaría preguntando—, y entonces, el ascensor, que se supone que estaba arreglado ya, dio una sacudida que me arrojó a sus brazos. Luego se quedó varado.

Agarré sus bíceps durante cinco segundos y tuve sus ojos verdes a cinco centímetros de mi nariz. Aún no sé qué cara puse, si de haberme meado encima del gusto o de haber visto al fantasma de las Navidades cachondas.

—Pe... perdón —balbuceé, histérica, y me aparté todo lo rápido que pude—. No estaba intentando nada contigo, ¿eh?

—Tranquila, un tropiezo lo tiene cualquiera.

Esa voz. Mmm...

No me podía creer la cantidad de pensamientos tórridos que me estaban bombardeando de repente. Y, menos aún, la cantidad de majaderías que empecé a soltar cuando el silencio me taladró los oídos.

—Esto parece el principio de una peli romántica, ¿no? El ascensor que se para de golpe con una sola pareja dentro... Hasta estamos mojados, como en las mejores escenas de besos de la historia del cine. Desayuno con diamantes, El diario de Noa, Spiderman, Match Point... aunque esa acababa fatal, así que muy romántica no es. —Meneé la cabeza, consciente de que desvariaba—. Claro que depende de la definición que uno tenga de romántico. A mí solo me parece romántico cuando acaba bien.

Me di cuenta de lo que podía estar insinuando y mi voz se apagó. Lo miré horrorizada, y al coincidir con su mirada brillante, me encogí un poco.

—No estoy diciendo con eso... que esto —nos señalé a los dos— sea romántico, ¿eh? Ni que quiera que me beses, ni... No insinúo nada parecido.

El silencio duró unos dos o tres segundos, pero en esos dos o tres segundos me dio tiempo a desear que me tragara la tierra en torno a quince veces.

—Mi favorito siempre ha sido el de The Quiet Man, aunque el de Jeux d’enfants es muy gratificante después de una relación tan llena de altibajos como la de los protagonistas.

Habló con una serenidad que me dejó de piedra. ¿Qué clase de hombre parecería tan complacido de haberse que­dado atrapado en un espacio cerrado con una mujer emocionalmente vulnerable? Solo un psicópata o un depredador sexual.

Aparte de esa locura, pensé que pronunciaba muy bien el inglés y el francés, y ahora recuerdo que Edu siempre dice que a los gais se les suele dar de maravilla hablar otros idiomas.

—No he visto The Quiet Man —respondí, rascándome el codo de forma compulsiva.

—Es del cincuenta y dos, si no recuerdo mal. En las películas de antes había unos besos muy teatrales, quizá por eso me gustan tanto —siguió comentando con toda naturalidad. Se guardó las manos en los bolsillos y miró al techo—. El de Cantando bajo la lluvia tampoco está nada mal. Ni el de Cinema Paradiso.

—Ni el de Sweet Home Alabama. Aunque yo, de todas las películas, me quedo con el beso de Charles y Carrie en Cuatro bodas y un funeral.

Él me sonrió y dejó caer el peso en el hombro contra la pared del ascensor. Yo sentí que me iba a desvanecer. No exagero. Óscar Casanovas es tan guapo que te sientes mal por no pagar antes de mirarlo.

—No me gustó que Charles le rompiera el corazón al personaje de Kristin Scott Thomas, pero es verdad que Hugh Grant es muy bueno en ese tipo de personajes. Él siempre se define como una «antiestrella», y dice que actuar no es su trabajo, sino «algo que se le da bien». —Ladeó la cabeza hacia mí. Bueno, todo su cuerpo se ladeó hacia mí. De pronto yo era el centro de atención—. ¿Y por qué dices que solo lo que acaba bien es romántico? ¿No te pareció romántico El diario de Noa? ¿No te dejó el corazón en un puño Titanic?

—Me dejó sumida en una depresión. Si quiero que algo me agarre el corazón en un puño, veo una película de terror, y, entre tú y yo, no me va ese tipo de adrenalina.

Él volvió a sonreír, esta vez de lado, y yo no supe qué hacer para aparentar normalidad.

—¿Y qué tipo de adrenalina te va, ojos azules? —preguntó en tono guasón.

—Ninguna —respondí enseguida, casi histérica—. Absolutamente ninguna.

Debió darse cuenta de que eso de hablar de mí no me va, porque retomó el tema principal:

—Pero eres consciente de que el romanticismo, tal y como se inventó, se caracterizaba por su trágico final, ¿verdad? Empezó en Alemania con el deprimente Goethe.

—No tiene nada que ver ese romanticismo con el de las películas que hemos estado mencionando. El término ha evolucionado.

—Sin duda. —Se me quedó mirando con el labio inferior atrapado entre los dientes—. ¿Por qué crees que el beso bajo la lluvia será un recurso tan socorrido?

—Hombre, supongo que bajo el granizo sería peligroso besarse. —Óscar se rio—. Y si está nevando, con el frío se te quitan las ganas de ser romántico. O, bueno, a lo mejor te apetece darle un beso a alguien para entrar en calor, pero como la mayoría de las películas se sitúan en Nueva York y allí nieva tanto que hay riesgo de que te resbales y te abras la crisma... —Me di cuenta de que estaba desvariando y al final solo musité—: En fin, que no creo que nadie quiera enfrentarse a la muerte por un beso.

Óscar volvió a sonreír, aunque de forma algo extraña.

—Yo sí me arriesgaría.

Nos quedamos mirándonos durante un segundo. Él cambió el peso de pierna, señal de que empezaba a estar incómodo, y yo no podía ni respirar.

Igual que no puedo respirar ahora al mirarlo desde la ventana.

Está casi de la misma guisa, empapado de la cabeza a los pies por la lluvia de finales de abril. No sé por qué se quita la ropa en el salón y no se molesta en correr las cortinas; o le encanta que lo miren, o es tan poco presumido que ni se le pasa por la cabeza que alguien vaya a perder el tiempo echando un ojo. En cualquier caso, y lo siento por cómo va a sonar, él se lo está buscando al ponerse en bandeja.

Yo no me creería eso de que sea inseguro. ¿Quién, en su sano juicio, duerme todas las noches con un six pack bien armado y tiene la desfachatez de actuar como si no fuera gran cosa? Debe de tener el ego como la catedral de Notre Dame, y no me refiero a chamuscado, sino a monumental.

—¿Qué haces? —exclama alguien a mi espalda. Doy un respingo y me apresuro a correr la ventana antes de darme la vuelta. Tamara, con su larga coleta oscura reposando sobre el hombro y los pestañones de Bratz entornados, me mira como si me hubiera pillado en flagrante delito. Justamente lo que ha hecho—. ¿Estabas revisándole la palanca a Óscar?

—¡Claro que no! Estaba... Iba a recoger la ropa tendida. Estará empapada después de lo que ha llovido.

Pero el rubor me delata, y aunque no lo hubiera hecho, Tamara no es estúpida. No tarda en poner los ojos como platos, abrir la boca y apuntarme con un dedo acusador.

—¡Cómo eres de puerca! ¡Llevas semanas diciéndonos a Edu y a mí que no tenemos respeto por nada, que somos unos sucios, y mírate ahora, dándote un gustazo a toda madre con el papasito!

—Eso no es así, no... No saques las cosas de quicio, solo... sentía curiosidad, y...

Tamara sonríe igual que cuando ficha a su víctima en la discoteca.

—Aliviánate, güey, no te voy a interrogar. Lo estoy dando por hecho. Llevo una semana entera observándote y está claro que Óscar te gusta.

—Bueno, una acaba sintiendo curiosidad por el hombre que tiene obsesionada a su mejor amiga —replico en una defensa desesperada.

No pienso admitir, por mucho que me amenacen, que he acampado noches enteras delante de la ventana para verlo hacer ejercicio. O atacar la bolsa de Doritos mientras ve una película. O simplemente echarse la siesta.

Mi obsesión es preocupante, lo sé. Y no puedo permitir que se enteren de que estoy de psiquiátrico. Tengo una reputación que mantener en este edificio. Se supone que soy la mente racional. Si no me comporto como cabe esperar en un ciudadano ejemplar, entonces ¿quién lo hará? Los vecinos no son un ejemplo de estabilidad mental.

—He estado obsesionada con muchos vatos a lo largo de mi existencia y nunca has pegado las chichis al cristal para ver cómo se quitan la camiseta.

—A lo mejor es porque este es el único de tus ligues que me pilla cerca de la ventana de la cocina.

—Déjate ya de mamadas —me señala con ese dedo acusador que me hace sentir una niña traviesa—. Te agarré con las manos en la masa, y no es la primera vez. Haces ruiditos cuando lo miras, Elisenda. Pareces Peppa Pig.

Intento ocultar mi incomodidad cruzándome de brazos.

—Solo me parece guapo. Si me gustara, ¿no crees que flirtearía con él como hacéis las demás?

—¿Por qué me tratas como si acabáramos de conocernos? Sé reconocer cuándo babeas por un güey, y ocurre precisamente cuando lo evitas.

—Yo no evito a Óscar.

—Checas la mirilla todos los días para asegurarte de que no sale a la vez que tú —empieza a enumerar—, y es muy sospechoso que decidas bajar por las escaleras «para hacer cardio» cuando ves que está esperando al ascensor. ¿O es que no sabes que las pompas se estimulan subiendo escaleras, no bajándolas?

—Es porque me cae mal —miento.

—A ti no te cae mal ni tu padre, y ya es decir. ¿Por qué no lo quieres admitir? —Hace un puchero—. ¿Es que no confías en mí? ¿Ya no soy tu mejor amiga?

Si lo hubiera dicho de cualquier otra forma, me habría reído. Pero Tamara sabe hacerse la víctima —y, de rebote, convertirte en una mala pécora— con el argumento de una adolescente.

—Vale... A lo mejor me gusta un poco.

—¡A huevo! ¡Lo sabía!

—Pero es algo puramente físico. No lo conozco y tampoco pretendo hacerlo. Mis sentimientos son platónicos y siempre lo serán —zanjo en voz baja, volviendo al abandonado brownie solo para poder darle la espalda con una buena excusa—. Es gay y no hay nada que hacer.

Tamara se cuelga de mi espalda.

—Eso no lo sabemos —me susurra al oído, igualita que el diablo sobre el hombro.

—¿Y por qué no pruebas a preguntarle y se acabó?

—Edu se lo insinuó, bajita la mano, y él se hizo el interesante. ¡Está bueno y es misterioso! ¡Normal que te guste! Y ahora con más razón tenemos que averiguar qué es lo que le va. ¿Es que no sientes curiosidad? ¿No te gustaría saber si tienes alguna oportunidad?

Claro que siento curiosidad. Cuando vives rodeada de gente que no para de conspirar sobre alguien —y cuando ese alguien tiene la cara y el cuerpo del Capitán América— es imposible no dejarte arrastrar por su entusiasmo. Pero si tengo o no una oportunidad, me da igual. Estoy cómoda disfrutando de la soltería y la soledad. No es como si fuera a entrarle con una propuesta indecente en caso de ser heterosexual. Y es probable que tampoco le prestara atención si él se dirigiera a mí con la intención de llevarme a la cama. Sé que solo me gusta porque me ignora, porque es un imposible. Una vive más tranquila y cómoda espiando al vecino que teniendo que implicarse en una relación real.

Carraspeo y me saco de encima las uñas de gel de Tamara.

—Me da igual si le gustan los hombres, las mujeres, los perros o la comida ecológica. Me gusta igual que me podría gustar Bon Jovi. Óscar ni siquiera es mi tipo. No me van los músculos, ni...

—No me irás a decir que no te has imaginado esos músculos en torno a ti, empapados de sudor, flexionándose mientras... —Pierde el hilo enseguida. Había estado acompañando la descripción con aspavientos de lo más insinuantes—. No tengo el mismo talento que Virtu para describir el porno, pero seguro que ya te lo estás imaginando.

Sí, por desgracia, me lo estoy imaginando. Me lo he imaginado tantas veces que he consultado un psicólogo online para que me ayude a desenmascarar esta patología que estoy desarrollando por culpa de un hombre de ojos verdes. El diagnóstico del especialista fue claro: necesito meterme en la cama con alguien. Pero yo no secundo su moción. Una mujer no necesita sexo para vivir, ¿vale?

Aun así, todas las noches, Óscar aparece en mis sueños para arrancarme la ropa a tirones y ponerme contra los buzones de la entrada. Ni siquiera me va el rollo sadomasoquista, pero con el Óscar de mi subconsciente he descubierto que tengo el apetito sexual de una ninfómana fetichista.

—No te estás viendo la cara de pilla —dice Tay, regocijándose en su descubrimiento—. Te mueres de ganas de averiguarlo, igual que Edu y yo. No puedes negármelo. Es la primera vez desde que te conozco que te veo tan clavada con alguien. —Hace una pausa y añade—: Está decidido.

Sacudo la cabeza y me giro hacia ella.

—¿Cómo que «está decidido»? ¿El qué has decidido?

—Mañana empieza la investigación.

—Ah, que lo de antes no era una investigación.

—No, era el calentamiento. Primera misión: Indiana Jones en busca de la heterosexualidad perdida —pronuncia con la voz en falsete, separando las manos para anunciar lo que parece su nuevo eslogan—. Edu y tú vais a ayudarme. Edu, porque necesito una segunda opinión y él no soportaría que lo dejara al margen, y tú, porque así tendrás una excusa para estar cerca de él.

—¿Qué? —Suelto la cuchara sobre la encimera, a punto de hacer un berrinche—. ¡De ninguna manera! ¡Yo no necesito...!

Ella me atraviesa con una mirada afilada.

—¿A qué le tienes tanto miedo?

Me quedo inmóvil, porque no es una pregunta que me gustaría responder.

Digamos que prefiero vivir en la inopia y deleitarme en la distancia con las vistas. La fantasía es más bonita que la realidad, sea cual sea esa realidad y digan lo que digan. Y si no, ya lo aseguro yo, que tengo una estantería llena de novelas románticas y todas ellas aseguran que no voy a tener al hombre ideal ni en mis brazos ni entre mis piernas, a no ser que me convierta en una protagonista salida y sexy, lo cual veo bastante improbable.

—¿Qué es lo peor que podría pasar? —insiste Tamara, pesada como ella sola—. Si estás tan segura de que es gay, no te llevarás ninguna sorpresa.

Sin embargo, como es bastante deprimente pensar como pienso, por no decir que me deja en el lugar de una amargada, cuadro los hombros y le doy la razón. A Tamara siempre hay que dársela, porque, cuando no lo haces, te la arranca y se asegura de que te duela. Pero lo hace con cariño. Por eso es mi mejor amiga. Aunque en ocasiones como esta hubiera preferido hacer buenas migas en el curso de cocina con cualquier otra persona antes que con ella.

—Muy bien, tú ganas, joder. Descubramos si usa Tinder o Grindr.

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Capítulo 2

Dietas equilibradas para mujeres desequilibradas

Eli

—No se puede saber si alguien es gay o no limitándose a echar un vistazo en Grindr —explica Edu entre bufidos—. ¿Sabéis la cantidad de tíos que no se ponen foto de perfil? ¿Y la cantidad de gais que se niegan a participar en estas redes sociales, generalmente por homofobia interiorizada? He revisado todos los perfiles que se encuentran cerca de mi localización y no hay ningún Óscar Casanovas, pero ya te digo que en Grindr nadie se pone el apellido. Está lleno de hombres casados... y no precisamente con otros hombres.

—Y también de hombres comprometidos, por lo que veo —apostillo, con las cejas arqueadas.

Las pasadas Navidades, y después de insistir mucho, Akira puso un anillo en el dedo de Edu. Su novio no es el colmo del romanticismo y, por lo que sé, no cree en la institución del matrimonio, pero como quiere tanto a Edu, quien siempre ha soñado con vivir la historia de amor al completo, al final se decidió a hacerle la promesa eterna.

A lo mejor es porque soy reacia a creer en los «felices para siempre», que suele convertirse en un «felices por un rato», o tal vez porque Edu le está prestando más atención a Óscar que a su actual prometido, pero me parece a mí que ese anillo no estará por mucho tiempo en el anular de mi amigo.

Esto, por supuesto, no lo voy a decir en voz alta. Estaría invocando la mala suerte, y no podría vivir con la conciencia tranquila si su compromiso se fuera al traste por mi culpa.

—He borrado todas las fotopollas que me han mandado —me responde, todo digno él— y, hasta donde yo sé, querer saber si alguien es gay para lamerlo de arriba abajo mentalmente sin miedo a estar fantaseando con un hooligan del Atleti todavía no cuenta como infidelidad.

—¿Y dónde trazas tú las líneas de la infidelidad? Te has hecho una cuenta en Grindr para ver si Óscar anda por ahí —le regaño—, donde dices que solo se mandan fotos con alto contenido sexual. ¿Qué esperabas? ¿Reconocer a Óscar en unos abdominales?

—¿Qué esperas tú espiándolo todos los días laborables y a jornada completa? —me replica—. Conozco tus secretos, Elisenda. Y solo cuando estés libre de pecado podrás apedrear a esta María Magdalena.

Aprieto los labios.

—¿Quién te lo ha...? —Me callo al ver que Tamara se entretiene rebuscando entre la caja de bombones. Ha decidido llevarse algo a la boca justo ahora, para librarse de dar explicaciones. Sabe que odio que me hable mientras mastica—. ¿Sabes? Ojalá tuviera una compañera de trabajo que en lugar de desperdiciar su energía en el chismorreo lo empleara en hacer pasteles. Ahora ya sé lo que estabas haciendo ayer por la noche en lugar de ayudarme con el glaseado.

—Soy mi propia jefa —espeta, muy digna—. Puedo darme unas vacaciones cuando a mí me dé la gana.

—No eres tu propia jefa. Respondes ante mí.

Tamara hace un gesto que viene a significar «háblale a la mano».

En líneas generales no es una pasota, pero últimamente anda desganada. Para no tener que hacer frente a las dudas existenciales que la asaltan respecto al compromiso y la familia que se muere por formar, se dedica a hurgar en los secretos de Óscar Casanovas. No me molestaría si al menos lo admitiera en voz alta —que se entretiene con él porque de lo contrario se arrancaría el pelo—, pero en su lugar me usa a mí y a mi inofensiva obsesión con el vecino para escurrir el bulto.

—Tay, necesito que me ayudes con los canapés —insisto—. Tienen que estar listos para mañana por la mañana, y nos van a dar las cinco de la tarde.

—Los canapés son tu especialidad. No me necesitas.

Eso es verdad. Yo suelo encargarme de los tentempiés salados y los platos de alta cocina; los postres dulces de cualquier tipo y la comida exótica, principalmente la mexicana, corren a cuenta de Tay. Ambas formamos un tándem perfecto llamado El Yum y el Ñam en honor al yin y el yang, las dos fuerzas opuestas y complementarias del taoísmo. Si ya con el nombre queda claro que somos dos, no debería estar rogándole que empiece a ganarse el sueldo.

Abro la boca para recordárselo, cuando ella se pone en pie de un salto. Edu sigue enfrascado en la pantalla del móvil.

Prefiero no saber qué hace.

—De acuerdo, te ayudaré con los canapés... pero se los vamos a llevar a Óscar —anuncia, segura. Viene dando saltitos hasta la cocina y agarra su delantal con la frase «Aquí se masca la tragedia» estampada. Me dedica una sonrisa escalofriante antes de decir—: ¿No crees que va siendo hora de darle la bienvenida que merece? Lleva viviendo aquí casi un mes y todavía no le hemos llevado ninguna de nuestras delicias.

Me interpongo entre la encimera y ella.

—No vas a poner un dedo en el encargo de Pascual. Esto es para su cóctel de negocios. Dios santo, Tay, no me digas que el vecino va a conseguir que olvides los principios sobre los que se sustenta nuestra empresa. No podemos comernos el producto. Y Óscar tampoco —añado por si acaso.

—¿Y comernos a Óscar? ¿Eso podemos hacerlo?

Suspiro, dándola por perdida.

Tamara hace un mohín.

—En ese caso, haré un bizcocho. Un bizcocho muy especial. E iremos a entregárselo en persona.

—Irás tú a entregárselo —contesto con indiferencia, y vuelvo a mi tarea intentando que no se note que me late el corazón muy deprisa—. Yo ya te dije que no estoy interesada.

Pero sí que lo estoy.

Es la eterna contradicción.

Por un lado, no quiero que se me relacione con Óscar por más que por ser la inquilina del piso de enfrente. No quiero oír hablar de él ni verlo salvo cuando sea obligatorio, como en las juntas vecinales, en las que tengo que estar presente por narices porque soy propietaria. Y por otro... Me cuesta un mundo no pegar la oreja cuando Edu y Tay conspiran. No solo porque, entre todos los lugares del mundo, escojan mi salón hippy chic decorado según el imaginario mexicano, sino porque he estado pensándolo largo y tendido y he de admitir que quiero saber la verdad.

Qué estupidez, ¿no? Estar interesada en la orientación sexual de un hombre al que no pretendo insinuarme ni siquiera con el mejor de los pronósticos.

No quiero ser una de esas mujeres que dicen «qué desperdicio» cuando se enteran de que un tipo batea en el otro equipo. Me parece despectivo e injusto, porque no es como si estuviera muerto; seguro que alguien se lo acaba comiendo. Y también, hasta cierto punto, un poco ingenuo: a ver quién les dice a las señoras que lloraron por Ricky Martin que, aunque hubiera salido del armario heterosexual, habría sido bastante improbable que ellas hubieran catado su cuerpo serrano.

Me aguanto un suspiro y me reclino a mi lado de la cocina para terminar la tanda de los rellenos de paté. Para desconectar de la conversación, me pongo los auriculares y corro la cor­tina de la ventana para no caer en la tentación de echar una miradita. El primer álbum de Zaz me acompaña mientras envuelvo los pequeños emparedados. Antes de que acabe Prends garde à ta langue, ya la he puesto una vez, y otra, y otra más. Los pies y la cabeza se me mueven solos.

Mi madre siempre decía que soy francesa desde el último pelo de la melena hasta el dedo meñique. Me acuerdo irremediablemente de ella cada vez que escucho a Zaz, a Carla Bruni o Indila; también al desayunar a las siete y media, cuando dejo propina al acomodador del cine o al taxista, e incluso cuando me quedo con cara de estúpida al acercarme a dar un tercer beso en la mejilla para saludar a alguien y ese alguien se retira al segundo. «En España son dos besos, Eli, no tres». Son las tradiciones de la infancia que me persiguen, y no sabría decir por qué. A fin de cuentas, solo viví en Burdeos hasta los doce, y después, en París, de los veinte a los veintitrés.

—Voilà —exclama Tamara, besándose las puntas de los dedos.

Me giro hacia ella sonriendo incrédula, sorprendida porque haya estado tan fina en cuanto a la línea de mis pensamientos. Tiene entre las manos un bizcocho de chocolate perfecto, con una de esas estrambóticas figuras que solo se le ocurren a ella y que la convierten en, primero, la reina de la repostería, y, segundo, la indiscutible diosa de Instagram. Tiene que hacerle una foto antes de servirlo en un plato espolvoreado con azúcar glas.

Me dan ganas de ir a visitar a Óscar solo para probarlo.

—¿Y si es diabético? —pregunto.

Tamara sonríe con aire malvado y se chupa el pulgar, donde había un rastro de glaseado.

—Si le sienta mal algo, no creo que sea el azúcar.

—¿Y qué le va a sentar mal, si no?

Ella se encoge de hombros, como dejándolo a mi libre interpretación.

—¿Y si es celiaco?

—Pues que confirmaré que es heterosexual, solo que le irán exclusivamente las Celias.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Y si es vegano? No digas que le irán las Vegas —la amenazo—. ¿Y si está a dieta?

—¿Y si te buscas un hobby?

Coge el plato con una mano y se dirige a mi minúscula y preciada bodega para seleccionar un vinito al azar. No puedo rebatirle porque es cierto que necesito encontrar un hobby. Y cuanto antes, mejor.

—¿Cómo va el Rich Tropical Honey con el chocolate fundido? —pregunta.

Esa insinuación me espabila más rápido que un jarro de agua fría. Me precipito sobre ella y le arrebato la botella de las manos.

—¿Qué pretendes? No vas a desperdiciar ni una gota de mi ambrosía.

—Güey, no es como si fuera a ducharme con él. —Pone los ojos en blanco—. Solo es para darle un toque más alegre a la fiesta. Con suerte, así Óscar se suelta.

—¡Pues con más razón! —Me abrazo a la botella—. No pienso permitir que lo uses con fines perversos. Tanto si pretendes abusar de él como si no, ¿no te da vergüenza emborrachar a un homosexual para que confiese que lo es? ¿Es que no se te ha ocurrido que puede seguir en el armario?

—El armario es un lugar muy oscuro —se mete Edu, que acaba de aparecer por la puerta—. Si lo admite después de jugar a «verdad o atrevimiento», le habremos hecho un favor.

—¿Jugar a...? ¿Cuántos años tenéis?

—Chale, pues me tendré que llevar el que abrí la semana pasada...

—¿Cómo? ¿El rioja gran reserva? —Me sale voz de pito—. ¡No puedes servir ese vino con un bizcocho!

—¿Y cuál sirvo, entonces?

—Siempre hay que elegir uno más dulce que lo que se va a tomar, por eso los tintos van tan bien con el chocolate negro. Si el del pastel lleva chocolate con leche, deberías elegir un merlot, un pinot noir o un sauvignon blanc... O uno espumante, como el champán.

—El merlot suena bien perrón. Me lo llevo.

—Pe... pero...

Marcho detrás de ella con la intención de exigirle que me devuelva mi elixir divino. Todos los que me conocen saben que hay tres cosas que no perdono: que se rían del horóscopo, que me digan que tengo la frente muy amplia y que me roben el vino para bebérselo sin permiso. Tamara ha cometido los tres pecados capitales más de una vez, pero ahora es el colmo.

—¡Ta...!

Freno de golpe al toparme con un elemento discordante en la encimera de la cocina. Parpadeo para asegurarme de que no es ningún efecto visual, y no lo es: ahí sigue. Entorno los ojos sobre el papelito y enseguida los vuelvo a abrir de golpe.

Camino hacia el cuenco donde ha estado mezclando el chocolate y dejo de respirar al reconocer la sustancia.

Por si aún tuviera alguna duda, me basta con inspirar muy hondo para reconocer el olor.

Dios santo. Le ha echado marihuana al bizcocho.

Echo a correr detrás de ella y casi me da con la puerta en las narices.

—¡Tay! —grito, peleándome con la cerradura—. ¡Tay, no tiene ninguna gracia!

Para cuando consigo abrir, ya es demasiado tarde y no puedo increparle a mi compañera mexicana, que pronto tendrá antecedentes penales, que haya especiado de más su receta estrella: Óscar acaba de abrir la puerta de su casa llevando una camiseta de tirantes algo sudada y los AirPods puestos.

Tamara aprovecha que me quedo paralizada para cogerme del brazo.

—¡Hola, vecino! Venimos a darte la bienvenida como Dios manda: con un regalito para compartir. —Y le ofrece el bizcocho del mal, levantando las cejas varias veces.

Me voy a desmayar. Juro que me voy a desmayar.

Ahora no puedo huir. Tengo que hacer lo que sea para que no pruebe esa bomba de la risa. Sé que los efectos son mortales porque una vez, por curiosidad, acepté un trozo y estuve toda la tarde hablando de mí en tercera persona. Hasta me atreví a eructar delante de auténticos desconocidos.

No sé si la marihuana afecta de un modo tan contundente a hombres de metro ochenta y tres y ochenta y cinco kilos de puro músculo —más o menos, eso aún no he podido averiguarlo mirando por la ventana—, pero mi conciencia no me perdonaría que olvidara este asunto, volviera a casa y pusiera en la tele una comedia romántica con besos bajo la lluvia.

No mucho más de lo que podría soportar estando bajo el mismo techo que él, por otro lado.

—Vaya, es todo un detalle, gracias —dice Óscar con ese tono calmado que me pone el vello de punta. Se quita los auri­culares y los guarda en los bolsillos del pantalón de deporte—. Me habéis pillado haciendo ejercicio. En hora y media tengo que dar una clase, pero pasad, pasad... siempre y cuando no nos entretengamos mucho.

—Oh, no, nos iremos antes de que te des cuenta.

Y sin decir más, Tamara y Edu se infiltran en el recibidor de su casa con todo el descaro del mundo. Yo me quedo inmóvil a un paso del sencillo felpudo, con la vista clavada en el pastel y el corazón latiéndome muy deprisa en el pecho.

—¿Entras, Eli?

Levanto la barbilla de golpe, conmocionada.

No puede ser. Sabe mi nombre.

Como si me hubiera leído el pensamiento, esboza una sonrisa sin enseñar los dientes y se mete la mano en el bolsillo.

—Lo pone en el buzón y Tamara acostumbra a gritarlo con frecuencia. De Elisenda, ¿no?

—En realidad, no —contesto, nerviosa—. Me llama Elisenda porque en su día me negué a decirle cuál era mi nombre completo, y de ahí dedujo que debía ser horrible. Estuvo una mañana entera haciendo una lluvia de ideas hasta que decidió que Elisenda era lo más espantoso que había oído nunca y dio por hecho que así me... bautizaron.

«¿Por qué le cuentas todo eso? ¡No le importa!», me grita la voz interior.

—¿Y cuál es el nombre verdadero?

—Eh... —Siento las mejillas ardiendo—. Eliodora.

Él enarca las cejas.

—La variación femenina de Heliodoro, que viene de «sol» y «don». Tiene un significado muy bonito: Heliodoro es «aquel que ha sido agraciado con el don o regalo de Dios»... Pero apuesto a que habrías preferido llamarte Ana. —Él sonríe de nuevo de esa forma tan sutil, como si estuviera cansado pero fuera demasiado educado para decirle que no a alguien—. Pasa.

Lo primero que me viene a la cabeza al poner un pie en el recibidor —aparte de «tira esa mugre de bizcocho a la basura»— es la palabra «GAY». Así, en mayúsculas.

Nadie diría que un soltero tendría un apartamento minimalista, pintado en grises y verdes agua y lleno de velas aromá­ticas. La Eli que tiene asumida la homosexualidad de Óscar no se sorprende al ver figuritas talladas al estilo moái, una esterilla para hacer ejercicio y un batín de satén perla colgando de detrás de la puerta.

La Eli que se resiste a ello, en cambio, se niega a caer en los tópicos.

¿Qué pasa? ¿Que un hombre heterosexual debe vivir por narices en un piso con las paredes forradas de pósters de co­nejitas Playboy, portadas de Interviú y del Grand Theft Auto y medallas de campeonatos de fútbol sala? ¿Qué problema hay con que sea ordenado y limpio? ¿Debería tener latas de cerveza vacías por el suelo? ¿Y dónde pone que en el estéreo tenga que sonar 50 Cent en lugar de una canción relajante de Enya? Uno no hace yoga con un rap de fondo, por muy motivadora que sea Not Afraid.

«Pero es que el sexo masculino no hace yoga... por lo general», me reclama la voz interior.

—Tienes una casa preciosa —le alaba Edu.

Maldito sea, seguro que se está regocijando en lo que significa esa mesilla de cristal y madera caoba; parece la insignia de «loco del Zara Home», y solo un adicto a los programas de decoración de interiores se preocupa de que las cortinas conjunten con el bordado de los cojines del sofá y la alfombra.

—¿Aquí es donde sueles hacer el saludo al sol? —pregunta Edu.

—Ajá. —Óscar se cruza de brazos, interesado—. ¿Estás familiarizado con el lenguaje del yoga?

—Estoy familiarizado con todos los lenguajes corporales —asegura, coqueto como siempre—, aunque nunca he probado el yoga. ¿Lo recomiendas?

—Desde luego. Son todo beneficios. Reduce el estrés, ayuda a controlar el peso, es bueno para el corazón y, sobre todo, te proporciona paz mental.

«No me vendría nada mal un poco de eso ahora mismo».

—Me han dicho que es muy duro —explica Edu. Yo casi no los escucho; estoy buscando con la mirada a Tamara, a la que le he perdido el rastro. Por suerte, ha dejado el bizcocho sobre la mesita, a la vista. Perfecto para robarlo y desaparecer—. No sé si estoy tan en forma como para empezar en un deporte tan exigente, aunque probé el pilates.

—El yoga es como el pilates en el sentido de que hay diferentes niveles. Yo trabajo como monitor para varios grupos en el centro deportivo que hay un par de calles más abajo. Ven un día a probarlo, si te apetece, y me cuentas. Seguro que te vendrá bien. Alivia dolores musculares que seguro que tienes de estar todo el día de pie en la peluquería.

Los ojos de Edu brillan.

—Sí que tengo dolores... La pobre cadera me está matando. —Y hace un movimiento sexy con la cintura que nada tiene que envidiar a los de Shakira.

Óscar no parece darse cuenta de que cada palabra que sale de la boca de Edu es un anzuelo con el que espera capturarlo, porque se acerca y le pide permiso para manipularla con toda naturalidad.

Aprovecho la distracción para buscar a Tamara, a la que me encuentro sentada junto a la isla de la cocina descubierta.

Observa la escena con un mohín.

—Fíjate cómo se regodea el puñal[1] —bufa—. Podría dejar algo para las demás.

La agarro del codo y tiro de ella hasta apartarla del rango de visión de la parejita.

—¿Has perdido la cabeza? —mascullo en voz baja—. ¿Cómo se te ocurre echarle...? Es que ni siquiera lo voy a decir. La marihuana es una droga. Estás drogando a alguien en contra de su voluntad.

—Ay, pero si será un bocadito nomás. Anda y te...

—No me digas que me «aliviane» —le advierto con el dedo en alto—. Si te importo algo, coge ese puñetero pastel y sácalo de aquí.

Tamara echa un vistazo por encima del hombro y suspira.

—Chale, parece que es demasiado tarde.

El corazón me da un brinco en el pecho al ver que Óscar, acomodado ya en el sillón, alarga una mano hacia la porción que Edu le ofrece.

—¡No! —exclamo.

Sorprendido, Óscar se gira hacia mí.

—¿No?

—No.

—No ¿qué?

—Que no te lo comas.

Mira el bizcocho sin comprender.

—¿Por qué no?

—Porque... eh... estabas... decías que hacer yoga te ayuda a mantenerte en forma, ¿no es cierto? Pues no creo que tanto chocolate vaya a ayudarte con eso. Es una bomba calórica. Te morirás de diabetes.

Él me sonríe como si yo fuera una pobrecita. Y lo soy. Merezco que me den una palmada en la espalda y me consuelen. Es tan guapo que tengo que mantener todo el cuerpo en tensión para que no se me despeguen las articulaciones al derretirme.

No tiene nada de especial, y, a la vez, es excepcional. Lleva el pelo castaño muy corto, sin seguir ninguna moda actual o pasada: el clásico corte estándar de quienes están más preocupados por la comodidad que por la apariencia. Su postura corporal es la de alguien que no quiere que le miren demasiado. No creo que le salga muy bien la jugada, porque llamaría la atención desde la otra punta de la calle. Tiene los ojos de un verde grisáceo hipnotizador y sorprendentemente cálido para tratarse de un tono invernal, una boca grande de labios gruesos y la nariz recta de un retrato romano. Está lleno de esos detalles que lo hacen masculino: la nuez de Adán marcada, la mandíbula definida, el mentón prominente, la sombra de la barba incipiente en el cuello, la forma trabajada de los hombros, las manos grandes y con las uñas cortas...

Me estremezco sin poder evitarlo.

—Suenas como uno de esos supuestos nutricionistas on­line, realfooders, que exigen eliminar las grasas —comenta, sonriendo—. Las dietas equilibradas que prohíben el chocolate no son verdaderas dietas equilibradas. Un dulce casero cada cierto tiempo no hace daño a nadie.

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