Relatos del confín del mundo (y del universo)

Juan Diego Soler Pulido

Fragmento

NOTA AL LECTOR

Estas son mis historias sobre Antártida, el continente más alto, más frío y más seco de la Tierra. Llegué hasta allá gracias a mi trabajo. Por eso, también son historias de astrofísica, la ciencia que estudia todo lo que existe en el firmamento, más allá de la atmósfera de nuestro planeta.

En este libro usted podrá encontrar:

  • Gente que busca un continente como quien busca las llaves en una habitación a oscuras.
  • Un continente cubierto de hielo donde el sol permanece oculto durante semanas.
  • Gente que viaja a ese continente para estudiar el fósil de luz del origen del universo.
  • Ballenas, focas, pingüinos, petreles de las nieves y skuas.
  • Globos para remontar la atmósfera terrestre y medir luz que no se percibe con los ojos.
  • Barcos atrapados en un laberinto de hielo.
  • La sombra del polvo en la Vía Láctea.
  • Personas cautivas en tormentas en las que ni siquiera pueden escuchar sus propios gritos.
  • La huella del campo magnético que permea el espacio entre las estrellas.

Y algunas cosas más.

Este libro no tiene villanos, pero contiene algunas historias protagonizadas por personas y naciones con actitudes que hoy deberían ser inaceptables. Contarlas no condona actividades inexcusables, por ejemplo, reclamar personas como posesiones, despojándolas de su autonomía y sus territorios. Tampoco excusa el hecho de que durante siglos las mujeres fueron apartadas de las actividades científicas y de exploración. Esa es la razón por la cual no tienen papeles protagónicos en muchos de estos relatos. De hecho, una mujer no vio Antártida con sus propios ojos hasta 1931, cuando las noruegas Ingrid Christensen y Mathilde Wegger avistaron sus costas desde el buque Thorshavn. Afortunadamente, vivimos en una época privilegiada en que la sociedad nos permite ver con una mirada crítica el pasado. Confío en su buen criterio para valorarlo.

Permítame presentarle unas sugerencias para el disfrute de este libro:

  • Si durante la lectura usted experimenta el vértigo que suele estar asociado con los relatos de fechas y lugares lejanos a su hogar, no se alarme. Todas estas historias suceden en el mismo planeta en el que han vivido todos los seres humanos, un mundo rocoso que gira alrededor de una de los 100.000 millones de estrellas en una de los millones de millones de galaxias que existen en el único universo que conocemos (hasta ahora).
  • En caso de alergia aguda a las matemáticas, relájese. A pesar de ser un libro escrito por un físico, no tiene ninguna ecuación, no tiene examen final y no pretende enseñarle nada distinto a las actividades que escogen algunas personas para pasar su tiempo en este mundo.
  • En caso de angustia, recuerde que no hay pingüinos en el Polo Norte, no hay osos polares en el Polo Sur, la Tierra no es plana, las vacunas funcionan, sí llegamos a la Luna, el calentamiento global es real y usted puede ayudar a mitigar su impacto.

Ya sin más preámbulos, le sugiero que busque un lugar cálido, se proteja del viento y libere su imaginación. Este es un viaje hacia el confín del mundo (y del universo).

Juan Diego Soler

Figura 1. Regiones antárticas (2021).

1. EN BUSCA DEL CONFÍN DEL MUNDO

El hogar de los vientos / Un reino fantasma / El espejo del cielo / El río amargo / Un inmenso mar dotado de delirios / Un dominio entre los mares

Acantilados de Hutton, Antártida
77° 43′ 58˝ S 166° 51′ 57˝ E
13 de diciembre de 2010

Estoy sentado junto al agujero esperando a que vuelvan las focas. Hace unos minutos, apenas los buzos desaparecieron en las aguas oscuras, vi los rostros de las focas salir a la superficie y me encontré reflejado en sus profundos ojos negros, brillantes como una esfera de ónix. El único sonido en la cabaña de madera es el ronroneo del ventilador que sopla aire caliente directamente sobre la abertura circular en el hielo.

No siento frío. Pero el aire de cada exhalación forma una nube pasajera frente a mi rostro. Estoy sentado sobre las pesadas botas blancas, con las rodillas y las manos sobre el piso de madera, como un niño en un jardín infantil esperando a que lo llame la profesora. Y es que estoy ahí en una condición muy similar. Cuando recibí la invitación a pasar el día con los buzos, le prometí al profesor que iría para aprender, ayudar y no hacer estorbo. Ver al vulcanólogo alemán aún pálido por el susto y tendido frente al calentador en la esquina de la cabaña me recuerda mi promesa.

Los minutos parecen transcurrir despacio. La cuerda junto a la escalera colgante con los peldaños metálicos que desaparecen en el agua permanece inmóvil. Probablemente podría salir a charlar con “las chicas de los gusanos”. O distraerme viendo la pared de hielo que se descuelga desde lo alto del acantilado detrás de la cabaña. Pero no quiero cometer ningún error. No quiero dejar de estar ahí, presente. No quiero exasperar a los buzos. No quiero perder las muestras. Aprender, ayudar y no hacer estorbo. También quiero ver las focas. Pero las focas no volvieron. Bajo el trance inducido por el sonido del ventilador y el suave movimiento de la superficie del agua mi mente iba a la deriva por lo que había ocurrido esa mañana.

Me descolgué en silencio del camarote. Saqué mi ropa y la mochila naranja al pasillo para no despertar a Elio. En el pueblo en el que todos tienen que compartir habitación es normal ver a la gente terminando de vestirse frente a su puerta. Dejé mi overol negro y la ropa térmica en un rollo sobre la alfombra marrón que me recordaba el pelaje de una antigua mascota olímpica. Con dos golpes de agua me lavé la cara reflejada en uno de los tres espejos ovalados, cada uno frente a un lavamanos. Con medio vaso de agua terminé de cepillarme los dientes. Me despedí con la mirada en el espejo del piloto que se terminaba de afeitar y salí del baño que compartíamos los ocupantes del primer piso del edificio 206.

Crucé el descampado al que llaman Derelict Junction, el cruce Abandonado. Con cada uno de mis pasos escuchaba cómo se rompían los cascarones de hielo que se formaban sobre las piedras rojizas. Entré al edificio principal por la puerta que está junto al único cajero automático que existe en casi 5.000 kilómetros a la redonda. Atravesé el corredor para llegar a la estación de lavado de manos, junto a la habitación abierta donde se cuelgan los abrigos. La galería en la que se sirve la comida para los habitantes de la base estaba casi vacía. Sin sentarme realmente, engullí una taza de cereal con leche, casi sin masticar, como un ganso, una habilidad que había adquirido desde que había comenzado a trabajar en el laboratorio. También había comenzado a tomar café, expreso cada vez con menos azúcar, pero esa mañana no había tiempo para eso. Recogí los almuerzos para todo el grupo; un bolsa de papel con dos sándwiches de mantequilla de maní y mermelada de frambuesa en pan integral, dos paquetes de galletas y una barra de chocolate para cada uno.

Con la misma sensación que tuve esa mañana en que mi papá tomó un desvío para llevarme a ver Godzilla en uno de los cines del centro de Bogotá, en lugar de dejarme en el colegio, bajé trotando por el camino de piedra volcánica en la dirección contraria a la que todos los días me llevaba hacia la base de globos de larga duración. Seguí el camino de grava volcánica alrededor del laboratorio que lleva el nombre del geofísico Albert Crary, un enorme edificio sobre pilotes metálicos que se aferra a la ladera como un cuartel de la Guerra de las galaxias. Encontré la curva con el enorme cilindro metálico, donde están la cancha de baloncesto y el gimnasio.

Un poco más adelante, detrás del promontorio donde está el helipuerto y desde donde se ve la espuma del mar congelada sobre la costa, el profesor y los buzos ya estaban frente a su cabaña poniendo los tanques amarillos de aire comprimido y las grandes bolsas de lona impermeable junto a dos PistenBully de color rojo. Con sus orugas de tanque de guerra y sus cabinas de tractor, estas eran las arcas que nos iban a llevar hasta el lugar que los buzos llaman “la pared de cristal”, cerca de la lengua de un glaciar que se extiende sobre el mar congelado, a 14 kilómetros del que ha sido mi hogar durante algunos meses: la base McMurdo en la isla de Ross, el asentamiento humano más grande en Antártida.

El profesor es Adam, un biólogo marino experto en la mezcla de biología, ciencia de la información y matemática que lleva el enigmático nombre de bioinformática. Las chicas de los gusanos son sus dos estudiantes doctorales. También es su primera vez en “el hielo”, que es la forma en la que se refieren a Antártida sus habitantes temporales. Esta es una de las numerosas excursiones en las que buscan a los gusanos poliquetos que construyen y viven en redes de tubos de sedimentos en las aguas polares.

Voy en el asiento del copiloto. Las piedras volcánicas crujen bajo el PistenBully y es imposible conversar una vez iniciamos la marcha. Justo antes de tocar el hielo, nos detenemos. Abro la puerta y desciendo de un salto para buscar la escoba y remover las piedras atrapadas en las orugas. La superficie oscura de una piedra se calienta más rápido que el mar congelado y abre huecos en el hielo. La ruta que seguimos es la misma por la que entran personas y carga desde la pista de aterrizaje sobre el mar congelado, no limpiar las orugas es poner en peligro el aeropuerto más grande en todo el continente, el Ice Runway, la Pista de Hielo.

Ya sobre el hielo el PistenBully nos deja escuchar las voces en el radioteléfono. Seguimos las líneas trazadas por los vehículos que vienen y van desde el aeropuerto hasta un punto marcado por una bandera roja donde las huellas forman una bifurcación. Tomamos el camino hacia la derecha, la dirección opuesta al aeropuerto. Mientras sostiene el volante con la mano izquierda, Stephanie descuelga el auricular del radio e informa al despachador de la base: “PistenBully 37 departing base thru Ice Runway. Direction Hutton Cliffs with four souls on board”, (“PistenBully 37 sale de la base por la Pista de Hielo en dirección a los acantilados de Hutton con cuatro almas a bordo”). Después de un silencio de estática, una voz femenina responde: “Roger, PistenBully 37. Safe travels” (“Copiado, PistenBully 37. Buen viaje).

Todo a nuestro alrededor es brillante. La luz del sol se multiplica en las superficies blancas y solamente con los lentes oscuros puedo distinguir el destello azul de la superficie que nos sostiene. A la derecha se ve la costa de la isla de Ross casi completamente cubierta por el hielo y coronada por el monte Erebus, el volcán activo más austral del planeta. A la izquierda, la superficie plana y blanca que se extiende hasta lo que se adivina como el contorno de unas montañas casi completamente cubiertas de hielo, la cordillera de la Royal Society. Arriba, el cielo está despejado, aunque su color azul aparece suavizado por una tenue bruma. Abajo, un par de metros de hielo y el mar.

El fondo marino en el estrecho de McMurdo es rico como el de un arrecife de coral tropical, pero en lugar de los corales duros aquí florecen unas grandes y delicadas esponjas. También hay estrellas de mar, erizos y anémonas, algunas de las cuales se pueden acariciar en uno de los tanques que hace las veces de “zoológico de mascotas” en uno de los laboratorios de la base. Hay diminutos crustáceos, una versión transparente en miniatura de un camarón, conocida con el nombre genérico de kril, cuyas larvas crecen bajo el hielo marino y le dan la apariencia de musgo a su superficie inferior, que se puede ver desde un enorme tubo de observación submarina a las afueras de la base. Hay arañas de mar, peces con una proteína anticongelante en su sangre, pingüinos, focas y ballenas. Y hay gusanos que guardan el secreto de la adaptación genética a los rápidos cambios que está experimentando este ecosistema.

Era una historia que Adam nos había contado en la víspera de uno de los muchos vuelos cancelados a McMurdo. Los gusanos poliquetos tienen una información genética relativamente simple si se compara con animales más complejos, como los humanos. Gracias a eso sabemos que no toda la información genética se expresa en el gusano, sino que hay ciertas porciones que se suprimen y otras que se manifiestan dependiendo de factores externos, como la temperatura o los compuestos químicos a los que está expuesto, algo que los biólogos llaman epigenética. Eso significa que un individuo no es exclusivamente el producto de sus genes, sino también del ambiente que los rodea. A medida que la temperatura de la superficie del mar aumenta, por efecto del calentamiento global producido por el uso desmedido de combustibles fósiles, estos gusanos son un indicador viviente de los cambios en los ecosistemas producidos por la actividad humana.

Después de casi una hora siguiendo las huellas dejadas por otros vehículos sobre la superficie del mar congelado, en la distancia aparece un rectángulo de hielo casi perfecto que a través de mis lentes parece de color azul aguamarina. Es un iceberg tabular capturado por el hielo marino. A medida que nos acercamos, sus paredes rectas parecen crecer hasta alcanzar el tamaño de un edificio, pero antes de alcanzarlo tomamos un desvío hacia la derecha, en dirección a los acantilados cubiertos por el glaciar que fluye desde lo alto de la isla de Ross.

Tras unos minutos de viaje aparece frente a nosotros una gran roca que emerge del mar congelado. Detrás de ella hay una cresta de hielo en la superficie plana, como si una inmensa criatura estuviera a punto de emerger. Al acercarnos, la cresta se revela como una serie de segmentos que tienen la apariencia de las botellas rotas adheridas con cemento en lo alto de los muros de mi país, pero estos son dos o tres veces más altos que una persona y están hechos de un cristal lechoso con destellos de color azul turquesa. Junto a algunas brechas se distinguen ciertas manchas oscuras: el rastro de las focas o de los pingüinos que emergen del mar por las grietas.

A lo lejos y hacia el frente se percibe la cabaña pintada de color naranja. Es una estructura de madera que se asemeja a un contenedor de carga con una sola ventana enmarcada en su interior por unas cortinas azules. La superficie del hielo guarda el rastro del buldócer que la arrastró desde la base y de la máquina con una inmensa broca mecánica con la que durante horas otras personas trabajaron para abrir un agujero en la losa de hielo de un par de metros de espesor. Al fondo, el glaciar se levanta inmenso haciendo sombra sobre la cabaña. En su parte baja se dejan ver las paredes negras del acantilado moldeado por el peso del hielo.

Los dos PistenBully se quedan a una corta marcha de la cabaña, en una zona marcada con banderitas verdes atadas a unos delgados postes de bambú. Alrededor de la cabaña, un perímetro de banderitas rojas señala la zona por la que podemos caminar sin peligro. En dirección al glaciar, un grupo de banderitas negras señala la amenaza de las grietas escondidas bajo la superficie.

Comenzamos a descargar el equipo, incluyendo las dos neveras para conservar las muestras y un balde blanco donde temporalmente pongo las bolsas con los almuerzos. Al terminar les doy una mano con los tanques de aire comprimido a los tripulantes del otro vehículo. Dentro de la cabaña, mientras Annemarie, la segunda chica de los gusanos, revisa las válvulas y los tanques, yo ayudo a Adam a vestirse. Ya está listo en su pantalón, su chaqueta y sus guantes de polar fleece (forro polar), pero necesita ayuda con la parte de arriba de su traje de buceo, que forma una cámara aislante que lo cubre entre su cuello y sus pies. En el lado opuesto de la cabaña los dos camarógrafos británicos ya están enfundados en sus trajes y revisan las válvulas y los tanques. La bióloga marina estadounidense se ajusta la máscara que me hace pensar en una superheroína con los poderes de una orca. El vulcanólogo alemán parece luchar contra uno de los cierres de su traje.

Tras ajustar el chaleco estabilizador sobre los hombros de Adam, le ayudo a poner los reguladores a su alcance. Luego ajusto con la palma de la mano el cierre hermético de goma que une a sus guantes de tres dedos con su traje. Annemarie sale de la cabaña a buscar el cinturón de lastre olvidado en el suelo del PistenBully y mientras la puerta de la cabaña se cierra, escucho las salpicaduras del agua que indican la inmersión del primero de los buzos. Pero en lugar de seguir dándome sus instrucciones, escucho la voz alarmada de Adam que me indica el hoyo en la mitad de la cabaña donde un guante violeta de tres dedos se mueve agitadamente sobre la superficie. Stephanie y yo somos los únicos que no tenemos kilos de equipo encima y en un parpadeo me encuentro agarrando un antebrazo cubierto de goma y neopreno y halando con todas mis fuerzas. Uno de los cierres en el traje del vulcanólogo alemán no estaba cerrado y su traje se estaba llenando de agua mientras descendía por los peldaños de aluminio de la escalerilla de cuerdas que va del piso de la cabaña hasta el mar.

El vulcanólogo alemán está aferrado a mi antebrazo. Al parecer logra hacer pie en la escalerilla y asciende lo suficiente para sacar la cabeza del agua, escupir la boquilla y dar un grito pidiendo auxilio. Uno de los camarógrafos, liberado de su chaleco de flotación, aparece sobre el agujero, firmemente agarra el tope del tanque de oxígeno y con un firme tirón ayuda a emerger al inmenso cuerpo sobre el agua. Después de unos instantes que parecen eternos, el segundo camarógrafo agarra al vulcanólogo de casi dos metros de estatura por el chaleco de flotación y con un firme tirón lo logra sacar del agua hasta la cintura. El suelo de madera se empapa con el agua de mar del traje inundado ante la mirada atónita de Annemarie, que acaba de cruzar la puerta. Los camarógrafos ayudan a salir del traje al hombre que tirita y lanza maldiciones que todos saben que van dirigidas a su propio descuido. Aún pálido se reincorpora lentamente y va a librarse de sus ropas mojadas frente a la estufa que calienta la cabaña.

Con la emergencia controlada, todos vuelven a su oficio. No hay tiempo que perder si esperan completar la dos inmersiones que tienen preparadas para hoy. Después de un chequeo adicional, los otros cuatro buzos descienden por la escalera hacia las aguas que parecen tener un tono celeste cuando se mira hacia las paredes del agujero en el hielo. Primero, uno de los camarógrafos, a quien le hacemos llegar el montaje de aluminio oscuro con la cámara y las luces usando una cuerda; luego, el segundo camarógrafo, que después me dejaría asomar en una pequeña pantalla al paisaje oculto bajo las aguas. Después, la bióloga marina. Y, finalmente, Adam desaparece en el agua dándome la señal de que todo está bien con su pulgar hacia arriba.

Estoy sentado junto al agujero esperando a que vuelvan los buzos. Un tirón en la cuerda de manila me indica que tengo que halarla para traer las muestras a la superficie. Las chicas de los gusanos aparecen tras de mí justo antes de que el balde emerja con el fango marrón en el que yo no distingo a ninguna criatura, pero donde ellas esperan encontrar el sujeto de investigación que las mantendrá ocupadas durante las siguientes décadas.

La cuerda y el balde son la metáfora perfecta de la investigación, un hilo de Ariadna que seguimos para salir de un laberinto de oscuridad. En las aguas heladas bajo mis pies, tres humanos ven el fondo del mar florecido por erizos de mar, anémonas translúcidas que parecen bailar en la corriente, enormes esponjas amarillas que se abren como abanicos y una infinita constelación de estrellas de mar sobre el lecho marrón que se extiende hasta donde el ojo puede ver. Pero esas no eran las estrellas que yo venía a buscar en el confín del mundo.

La cuerda que yo sigo para salir de mi laberinto está atada a un globo que lleva a un telescopio a una altitud tres veces mayor que la que alcanza un vuelo comercial para ver la luz que no logra llegar a la superficie del planeta. Había pasado la mayoría de los últimos cuarenta días ensamblando y probando ese telescopio junto con mis compañeros. Había recorrido con mis dedos cada una de las junturas que había diseñado para sostenerlo. Había acariciado los paneles de poliéster y aluminio que lo iban a proteger del sol. Lo había admirado tantas veces que se me aparecía y me hablaba en mis sueños. Pero hoy yo era el asistente en la pesca de gusanos en el mar de Antártida.

Ahora que el telescopio estaba casi listo, solamente el mar podía contener la ansiedad que me embargaba. Por eso, convencí a los buzos para que me dejaran acompañarlos. Solo el mar oculto bajo el hielo podía liberar mi mente de la anticipación del vuelo, de las expectativas, de los caminos no tomados. Al volver a contemplar las aguas encontré mi camino de regreso, no físicamente, como lo habían hecho las focas y las ballenas, sino mentalmente, al origen.

EL HOGAR DE LOS VIENTOS

There is no future without a past, because what is to be cannot be imagined except as a form of repetition.

No hay futuro sin pasado, porque lo que ha de ser no puede ser imaginado sino como una forma de repetición

The Summer Without Men, Siri Hustvedt

El nombre de Antártida - La Tierra esférica - Las Estaciones - La Tierra Austral Desconocida

El nombre de Antártida

Antártida es el último continente de la Tierra al que llegaron los humanos. Sus costas eran desconocidas hasta comienzos del siglo XIX y su interior no fue explorado hasta el siglo XX. Su historia es la del confín de los mares y la de las tierras misteriosas en el borde de los mapas. Pero mucho antes de que los humanos alcanzaran ese mundo de agua, roca y hielo, el lugar en el extremo de la Tierra ya existía en su imaginación. Una de las referencias más antiguas a las regiones en los extremos del planeta aparece en la obra de Aristóteles, quien hace veintitrés siglos y medio formuló una explicación para el origen de los vientos: “[…] las regiones bajo el oso están llenas de agua y nieve. El sol las derrite y hace soplar los etesios”1.

Los vientos etesios, hoy conocidos como meltemi, aún soplan desde el norte durante el verano sobre el mar Egeo, la porción del mar Mediterráneo que separa a los actuales países de Grecia y Turquía. El Egeo era el mar más familiar para Aristóteles. Navegó por él para alejarse de Atenas después de la muerte de su maestro Platón, cuando los sentimientos en la ciudad eran hostiles hacia los macedonios como él. Años más tarde, lo cruzó una vez más, para regresar a Grecia y convertirse en el tutor del príncipe Alejandro de Macedonia, al que hoy conocemos como Alejandro Magno, otro extranjero para los griegos de Atenas.

El oso al que se refiere son las regiones al norte, marcado por la estrella polar para los habitantes del hemisferio norte de la Tierra. La constelación que señala la posición de la estrella polar es la Osa mayor, un nombre que proviene de la traducción directa del nombre que le daban los antiguos griegos, Arktos Megale. La región más al norte de nuestro planeta aún se conoce por ese nombre, arktikós, cercano al oso, el Ártico.

Aristóteles continuaba su explicación: “[…] debe haber una región que tenga la misma relación con el polo sur que el lugar en que vivimos con nuestro polo […]. Así como tenemos un viento del norte aquí, ellos deben tener un viento proveniente de la dirección opuesta al oso”2. Esa es la expresión que aún se usa para describir la región en el extremo sur de la Tierra, antarktikós, lo opuesto al oso, el Antártico.

Aristóteles no tenía forma de saber cómo eran las tierras en el ártico o el antártico. Las estimaba inhabitables por el frío extremo, al igual que consideraba inhabitable la zona cercana a la línea del Ecuador por estar expuesta a un calor extremo. Para él, las únicas zonas donde la civilización humana podía florecer eran las regiones templadas que se extienden entre los extremos del planeta y el Ecuador. Una en el norte, donde se extendieron todos los pueblos conocidos en la Antigua Grecia. Y para satisfacer sus ideales de simetría, otra en el sur, Terra Incognita Australis, la tierra austral desconocida.

La Tierra esférica

Ni Cristóbal Colón ni sus contemporáneos creían que la Tierra era plana. Esa curiosa falacia extendida por profesores, libros de texto y medios de comunicación dice más sobre nuestra credulidad que sobre la visión del mundo de los académicos europeos de finales de la Edad Media. Es una exitosa ficción histórica compuesta por el escritor estadounidense Washington Irving en su libro Una historia de la vida y los viajes de Cristóbal Colón. Es emocionante imaginar a Colón defendiendo la Tierra esférica frente a un grupo de tercos académicos en la Universidad de Salamanca o a la Reina Isabel vendiendo sus joyas para financiar el viaje. Pero ninguno de esos eventos ocurrió.

La idea de la Tierra esférica puede trazarse a las observaciones atribuidas a dos filósofos griegos anteriores a Aristóteles: Parménides y Anaxágoras.

Parménides era un habitante del puerto griego de Elea, en el sur de lo que hoy es Italia. Hace 2.500 años observó que el lado brillante de la Luna siempre está de cara al sol, algo que consignó en un verso.

Brillante en la noche con el don de su luz,

Alrededor de la Tierra ella está errando,

Cada vez más dejarla mirar

Gire hacia los rayos de Helios3.

Por estas líneas deducimos que Parménides ya creía que la Luna gira alrededor de la Tierra y que el Sol la ilumina, pero es difícil saber si pensaba algo más sobre la forma de la Tierra. Nada queda de su obra más que el recuerdo consignado en la de otros autores, por ejemplo, en la charla imaginada entre Sócrates y Parménides en uno de los Diálogos de Platón.

Anaxágoras vivía en una desaparecida ciudad griega cerca de Izmir, en la costa occidental de Turquía, alrededor de la misma época en que vivió Parménides. Anaxágoras concluyó correctamente que los eclipses solares se producen cuando la Luna se interpone entre el Sol y la Tierra, posiblemente usando la observación de un eclipse total de sol que fue visible en el año 462 antes de nuestra era. También dedujo correctamente que los eclipses lunares ocurren cuando la Tierra está entre el Sol y la Luna. Por la sombra curva de la Tierra sobre la Luna durante el eclipse de Luna, argumentó que la Tierra podía ser un disco plano como un plato, aunque un cilindro o una esfera podía producir la misma sombra, como lo pensaban algunos de sus contemporáneos.

Platón menciona en su diálogo “Sobre el alma” que alguien ha convencido a Sócrates, su maestro, de que la Tierra es una esfera. Pero no menciona quién fue o cuáles fueron sus argumentos. Fue Aristóteles, el discípulo de Platón, quien escribió que “algunas estrellas se ven en Egipto y en la vecindad de Chipre, pero no en las tierras más al norte, y estrellas que son continuamente visibles en los países del norte se ocultan tras el horizonte en los otros”4, es decir, las estrellas que aparecen en el firmamento dependen del lugar de observación. Ese argumento, que data del año 350 a. n. e., es el más sencillo para deducir que la Tierra es una esfera y fue el que marcó la concepción de la forma del planeta hasta nuestros días.

No hay registro de que Aristóteles hubiera intentado medir el tamaño de la Tierra después de deducir correctamente que es (casi) esférica. Para él, la forma de la Tierra es una consecuencia natural de su idea de que los elementos pesados, la tierra y el agua, tienden a acercarse hacia el centro del cosmos, que coincide con el centro de la Tierra, mientras que los elementos livianos, el aire y el fuego, tienden a alejarse de él. Aunque esa idea no explica la forma de la Luna y, además, predice incorrectamente que los objetos pesados caen más rápido que los livianos, el pensamiento de Aristóteles fue un dogma en el mundo occidental hasta la Edad Media.

Aristóteles argumentaba que el globo terrestre estaba dividido en cinco cinturones o climas que envolvían la circunferencia del mundo de norte a sur. Los dos extremos eran demasiado fríos para ser habitados. La banda central era demasiado caliente para ser poblada. La banda templada en el hemisferio sur era desconocida. La banda templada en el hemisferio norte corresponde al mundo habitado y conocido, lo que los griegos llamaban ecúmene. Era una deducción brillante y afortunada. Efectivamente, la superficie esférica de la Tierra hace que su banda central reciba mucha más luz solar que sus extremos. Ese es el factor determinante que hace que las temperaturas sean mayores en países cercanos a la línea del Ecuador y más templadas en países hacia el norte y hacia al sur. Pero no es el único factor. La circulación del aire en la atmósfera regula la temperatura en la banda central de la Tierra y permite que esta sea habitable, aunque Aristóteles no tenía forma de saberlo porque el mundo conocido era, para él y todos los griegos, limitado.

Para Aristóteles, “más allá de la India y los Pilares de Hércules está el océano que corta la tierra habitable e impide que forme un cinturón continuo alrededor del globo”5. Los Pilares de Hércules eran el límite occidental del mundo griego. La expresión se refiere a los promontorios que flanquean la entrada al estrecho de Gibraltar, que separa a Europa de África y une al mar Mediterráneo con el océano Atlántico. India era el límite oriental, hasta donde había llegado Alejandro Magno en su campaña de conquista. Hacia el Oriente y el Occidente, Aristóteles imaginaba un inmenso océano que envolvía los territorios del mundo conocido.

No es una sorpresa que el océano fuera un límite insalvable en la Antigua Grecia. En esos tiempos, y hasta después de la época de Colón, la navegación se hacía siguiendo las costas, lo que hoy se conoce en términos navales como cabotaje. Aunque existían astrolabios para orientarse usando la elevación del Sol y la posición de las estrellas sobre el horizonte, alejarse de la tierra firme era una empresa muy riesgosa; no en vano una de las obras más importantes de la literatura occidental es la historia de un hombre y su tripulación perdidos en el mar.

Las Estaciones

La idea de un océano que envuelve el mundo aparece en los mapas más antiguos, que provienen de Babilonia y datan de hace casi tres milenios. El más célebre de los mapas babilónicos se encuentra en una tableta de arcilla con la escritura cuneiforme característica de la antigua Mesopotamia y se conoce como Imago Mundi, que significa la imagen del mundo en latín. La tableta fue encontrada cerca a la ciudad de Sippar, junto al río Éufrates, 30 kilómetros al sur de Bagdad. Hoy reposa en una vitrina del Museo Británico de Londres. No es más grande que una tableta electrónica moderna.

Figura 2. Estaciones.

Los arqueólogos han identificado el nombre “Babilonia” hacia el centro de la tableta, en la esquina de un rectángulo que representa el territorio del reino y un punto que marca su ciudad capital. También aparecen los nombres de la región de Asiria, las ciudades de Susa y Aššur, cuyas ruinas fueron arrasadas por el Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS) en 2015, y los montes Zagros, la cordillera que se extiende a través de los actuales países de Irán, Irak y Turquía, donde hoy sobreviven los escasos ejemplares de osos pardos de Siria, la especie a la que se refieren los textos de la Biblia.

Los territorios en la Imago Mundi están enmarcados por una banda circular que tiene una inscripción traducida como “río Amargo”. Por fuera del río Amargo hay ocho triángulos marcados con la inscripción “islas” o “regiones periféricas”. Es posible que el río Amargo indique el hecho de que se llegaba a ellas navegando. También pueden ser las aguas del inframundo que cruza uno de los personajes de la Epopeya de Gilgamesh, el poema épico babilonio considerado como una de las obras literarias más antiguas que sobreviven hasta nuestros días. Pero lo más probable es que sea una representación del mundo físico y el mundo espiritual.

En la parte superior de la Imago Mundi, que coincide con la dirección del norte, está escrito “donde no se ve el Shamash”, el dios del Sol. No es descabellado pensar que es una sofisticada referencia a la oscuridad que se experimenta en las regiones hacia el norte durante los meses de invierno. Las variaciones del lapso entre el amanecer y el ocaso a lo largo del año eran evidentes para los babilonios. Es muy posible que sus astrónomos hubieran podido predecir la causa de este comportamiento a partir de la observación cuidadosa de las estrellas en el firmamento.

El eje de rotación de la Tierra (inclinado 23,44 grados) no es el mismo que el eje de su órbita alrededor del Sol. Esa inclinación, que los astrónomos llaman “oblicuidad de la eclíptica”, hace que a lo largo del año los hemisferios norte y sur experimenten estaciones opuestas. Durante la mitad del año, aproximadamente entre el 20 de marzo y el 22 de septiembre, el hemisferio norte está inclinado hacia el sol. Por eso, durante esa época del año, el sol aparece más alto sobre el horizonte y el número de horas de luz durante el día aumenta, hasta alcanzar su máximo el 21 de junio, el día del solsticio de verano. Mientras más al norte, mayor es el número de horas de luz. Por encima del círculo polar ártico, el sol está por encima del horizonte durante las 24 horas del día. Ese comportamiento se invierte en la otra mitad del año, cuando los días se hacen más cortos y por encima del círculo polar ártico se experimenta una noche de hasta 11 semanas de duración. El hemisferio sur era desconocido para los babilonios, pero allí ocurre exactamente lo opuesto: entre el 20 de marzo y el 22 de septiembre, los días son más cortos y hay 24 horas de oscuridad por debajo del círculo polar antártico.

El cambio en la cantidad de horas de luz puede parecer imperceptible en las regiones alrededor de la línea del Ecuador, pero el aumento y la disminución de las horas de luz durante un día ocurren a la vez. En el territorio de Colombia, en la isla de Providencia, aproximadamente 1.500 kilómetros al norte de la línea del Ecuador, el 21 de junio el amanecer y el ocaso están separados por 12 horas y 55 minutos, mientras que el 21 de diciembre ese periodo dura apenas 11 horas y 21 minutos. En la ciudad de Leticia, sobre el río Amazonas a unos 470 kilómetros al sur de la línea del Ecuador, el 21 de junio hay 11 horas y 53 minutos entre la salida y la puesta del sol, pero el 21 de diciembre son 12 horas y 22 minutos.

Latitud y longitud

Los habitantes de la Antigua Grecia inventaron los nombres con los que hoy conocemos las regiones polares del planeta. También inventaron el sistema de coordenadas que aún utilizamos para ubicar lugares en la superficie de la Tierra. Pero la porción del planeta que conocían era limitada. Hacia el año 400 antes de nuestra era, el historiador griego Heródoto mencionó en su descripción de Libia (el nombre con el que se conocía a África) el rumor de que las inundaciones anuales del río Nilo se producían por un deshielo. Sin embargo, no podía explicar cómo podía existir nieve en lo que suponía que era la parte más caliente del mundo. También mencionó, sin darles mucho crédito, los reportes de los navegantes fenicios que afirmaban haber visto “el sol en el lado derecho mientras navegaban hacia el Occidente”6, algo que solamente sucede en el hemisferio sur de la Tierra.

La mayor parte de lo que sabemos hoy sobre el mundo conocido en la Antigua Grecia viene de la Geografía, una enciclopedia completada alrededor del año 1 de nuestra era por Estrabón, un ciudadano griego del Imperio romano. En los 17 libros de la Geografía, su autor cita y comenta el trabajo de, por lo menos, 200 autores del mundo antiguo, a los que tuvo acceso en la célebre Biblioteca de Alejandría.

Estrabón describe la ecúmene, el mundo habitado, como una isla con la forma de una clámide, la capa de lana fina con la que se vestían los griegos. Estaba dividida en tres continentes: Europa, Libia (África) y Asia. Su límite hacia el occidente era el Sagrado Promontorio, la punta de Sagres en Portugal. Hacia el oriente, Bactria, en el macizo montañoso de Hindú Kush, que hoy corresponde al norte de Afganistán. Hacia el norte, la isla Ierne, hoy Irlanda, aunque Estrabón señalaba que otros autores identificaban un lugar aún más al norte: la isla de Tule, cuya ubicación aún es indeterminada, pero puede corresponder a una de las islas Orcadas, en el norte de Escocia; a la isla Saaremaa, en Estonia; o a la isla Smøla, en Noruega.

Figura 3. Reconstrucción del mundo conocido en la época de Estrabón (siglo I de nuestra era).

Hacia el sur, la ecúmene terminaba en la antigua ciudad de Meroe, sobre el río Nilo en el actual país de Sudán, 1.900 kilómetros al norte de la línea del Ecuador. Ese era el final de la zona templada imaginada por Aristóteles. Las tierras más allá se suponían inaccesibles, inhabitables y limitadas hacia el sur por el océano. Pasaría más de un milenio antes de que los europeos se aventuraran con éxito hacia el enigmático hemisferio sur.

Uno de los límites para la exploración del mundo en el tiempo de Estrabón era el océano Atlántico. No hay evidencias de grandes desplazamientos marítimos a través del Atlántico antes del siglo IX, cuando los pueblos nórdicos llegaron a las Islas Feroe y a Islandia. El océano Índico se presentaba igualmente inmenso, pero los asentamientos humanos en sus costas, que datan de más de 2.000 años antes de nuestra era, lo convirtieron en una vía de comercio para los navegantes que aprendieron el ciclo del monzón, el viento estacional que domina esa parte del mundo. Durante esa era, y hasta que se introdujeron los motores de vapor en la navegación, a finales del siglo XIX, la única forma efectiva de movilizar personas y carga cubriendo largas distancias en el mar era usando velas impulsadas por el movimiento del aire. Descubrir un nuevo lugar en el mundo significaba descubrir el patrón de los vientos para lograr alcanzarlo y luego regresar para contarlo.

En Periplo del mar de Eritrea, un documento que data del siglo I, un anónimo marinero griego describe la navegación desde los puertos romanos sobre el mar Rojo hasta la India, rodeando el cuerno de África y atravesando el mar Arábigo para llegar a los puertos en la costa occidental de la India. Desde allí los comerciantes traían al Mediterráneo productos exóticos muy valiosos, como la pimienta negra, las hojas del árbol de canela, el índigo (un colorante natural de color azul), el aceite de nardo, la caña de azúcar, telas de algodón y piedras semipreciosas como el ónix y el lapislázuli.

Los relatos de los navegantes de las rutas de comercio en el océano Índico enriquecieron la descripción del mundo en otra Geografía, un tratado compuesto alrededor del año 150 de nuestra era por Claudio Ptolomeo, un griego de Alejandría también conocido por ser el autor del que se considera el primer tratado de astronomía, el Almagesto. La Geografía de Ptolomeo era una revisión de un libro de mapas compuesto por Marino, un autor de quien no sabemos prácticamente nada además de que provenía de la ciudad de Tiro, pero honramos su obra con el nombre de un cráter en la Luna. De acuerdo con Ptolomeo, Marino reconstruyó las costas de Asia hasta lugares tan lejanos como la bahía de Bengala, entre India y la península de Malasia; el golfo de Tailandia, entre las penínsulas de Malasia e Indochina; y el mar del sur de China, usando relatos de navegantes árabes, persas y malayos.

Figura 4. Latitud y longitud.

Marino y Ptolomeo usaron el sistema de coordenadas para ubicar lugares en la superficie de la Tierra que habían sido ideados 300 años antes por Eratóstenes, el primer autor a quien se le reconoce haber medido la circunferencia de la Tierra. Eratóstenes imaginaba una cuadrícula formada por líneas que se unían en los polos (los meridianos) y círculos que rodeaban la Tierra en dirección perpendicular (los paralelos). Por pasar sobre los polos, todos los meridianos tienen la misma circunferencia que la Tierra. Pero los paralelos son más pequeños si están más cerca a los polos y solamente uno tiene la misma circunferencia que la Tierra, el que la parte en dos hemisferios iguales, en latín aequare que significa ‘hacer igual’, el Ecuador.

Desde tiempos de Ptolomeo, la ubicación de un lugar en la Tierra de norte a sur sobre un meridiano se llama latitud y se mide como un ángulo con respecto a la línea del Ecuador; el Polo Norte está a 90 grados latitud norte, que se escribe 90° N, el Polo Sur está a 90 grados latitud sur, 90° S, y la línea del Ecuador está a cero grados. Alejandría, donde vivía Ptolomeo, está a 31 grados, 12 minutos y 20 segundos de latitud norte, 31° 12′ 20″ N. Al igual que en la convención que usamos para medir el tiempo, un grado son 60 minutos de arco, y un minuto son 60 segundos de arco. Antes de la era de los sistemas de posicionamiento global, la latitud de un lugar se determinaba midiendo la máxima elevación del Sol o de la estrella polar, que solamente es visible en el hemisferio norte.

Figura 5. Reconstrucción del mundo conocido por los griegos en el siglo II de nuestra era.

La ubicación de un lugar en la Tierra de Oriente a Occidente se llama longitud y se mide como un ángulo con respecto a un meridiano de referencia arbitrario. En nuestros días, el meridiano de referencia es el que atraviesa el Real Observatorio en el distrito londinense de Greenwich en Inglaterra. Para Marino, el primer meridiano estaba en el extremo más occidental del mundo conocido, las islas de los Bienaventurados, un lugar que los griegos imaginaban como un paraíso terrenal sin invierno donde habitaban los héroes mitológicos. Probablemente corresponde a las islas Canarias, Azores o incluso a Madeira, pero es muy difícil de determinar con precisión y dificulta la ubicación de los lugares descritos en la Geografía.

En tiempos de Ptolomeo, el método más preciso para determinar la longitud era comparando la hora local de un eclipse lunar en dos lugares diferentes. Dadas las limitaciones de los relojes de la época y el grado de coordinación que requiere, este método no era muy preciso y llevó a grandes errores que se reflejan en las deformaciones de los mapas antiguos. De hecho, la medición precisa de la longitud, con una incertidumbre de menos de 1°, que equivale a 111 kilómetros, no fue posible hasta el siglo XVIII, con la invención del cronómetro marino de John Harrison.

Aunque la obra original de Ptolomeo no sobrevivió hasta nuestros días, sabemos gracias a otros autores que su Geografía incluía un gran mapa del mundo conocido, por los menos 64 mapas de distintas regiones de Europa, África y Asia y la latitud y longitud de 8.000 lugares del mundo antiguo, incluyendo decenas de ciudades en el interior de la India. Pero estos mapas contenían una curiosa anomalía. A diferencia de los mapas de Estrabón, que estaban rodeados por el océano, Ptolomeo incluyó una franja de tierra que une el sur de África con el sur de Asia, transformando el océano Índico en un mar interior. Esa peculiaridad podía haber desaparecido de no haber sido porque el texto y los mapas de Ptolomeo fueron reconstruidos y copiados por órdenes de uno de los emperadores del Imperio bizantino. Al multiplicarse, se convirtieron en la imagen del mundo conocido en Europa durante siglos.

Bogotá, Colombia
4° 35′ 58″ N 74° 06′ 24″ O 1988

Vengo de un lugar donde la nieve solo existe en la inalcanzable cumbre de las montañas y el mar es un mítico lugar a cientos de kilómetros de distancia. No era natural que Antártida apareciera en mi vida. No la enseñaban en el colegio. No tiene equipos de fútbol que jueguen contra la selección Colombia. Apenas era el fondo blanco de las banderitas en el mapamundi sobre uno de los muros en la oficina de mi papá, justo detrás de su escritorio, en el destartalado local en el que había funcionado una sastrería.

Había aprendido a reconocer todas las banderas. En lugar de hacer planas de letra cursiva, me entretenía dibujándolas una y otra vez. Comenzaba por las franjas negra, blanca y roja de Alto Volta. Terminaba con el círculo dorado sobre un fondo verde de Zaire. Con un plumón amarillo intentaba dibujar el templo en la bandera de Kampuchea y garabateaba la hoz y el martillo en la de la Unión Soviética. Con uno rojo dibujaba la estrella sobre las franjas azul, blanca y roja de Yugoslavia. Todos los países cabían en una hoja de papel que copiaba a mano una y otra vez. Esos colores y esos nombres eran el mundo. Mi mundo. Eran los lugares que existían en los libros. Y mientras crecía, dejaron de existir.

Las estrellas ofrecían un refugio más firme. No eran muchas las noches despejadas en lo alto de los Andes, pero sabía que detrás de las nubes, opacadas por las luces de la ciudad, estaban las constelaciones que los humanos habían visto durante milenios. También estaba la banda de luz blanca que atravesaba la bóveda celeste, lo que Carl Sagan en su voz acartonada en español de Latinoamérica llamaba “el Espinazo de la Noche”, lo que en la Antigua Grecia se conocía como Galaxías Kýklos, el círculo de leche, la Vía Láctea.

Todos los pueblos de la Tierra, aunque estuvieran separados físicamente por inmensos océanos, habían vivido bajo ese mismo cielo. Lo que para los griegos era la Vía Láctea, para los pueblos de la India era Akash Ganga, el Río Sagrado en el Cielo. En China era el Tianhanhe, el Río Han Celestial. Para los aborígenes Kaurna del sur de Australia es Wodliparri, la Casa Río.

En mi país, para los pueblos wirá, que habitan en la cuenca alta del río Vaupés, es una corriente espumosa del Axpikon-diá, el Mundo de Abajo al que van las almas de los muertos. Es Kemeine-La, la Anaconda Exiliada por el dios que hizo la Tierra habitable, para los piapoco en la cuenca de los ríos Vichada y Guainía. Para los tatuyo de la ribera del río Pira Paraná es ~Yoko Riaga, el Río de Estrellas. Es la Utibunna de los arhuacos de la Sierra Nevada de Santa Marta, el alimento que hace posible la existencia. Siglos antes de que existiera la tecnología para comunicar a los humanos en los extremos del globo, esa mancha de luz en el firmamento enlazaba los pensamientos de todos los habitantes del planeta.

1 Aristóteles. (1996). Meteorológica. En Sobre el cielo. Libro II (M. Candel, Trad.). Editorial Gredos. https://bibliotecaalfayomega.com/wp-content/uploads/2020/03/Acerca-delcielo-Meteorol%C3%B3gicos-Biblioteca-Cl%C3%A1sica-Gredos-Arist%C3%B3teles.pdf (Obra original publicada ca. 350 A.E.C.).

2 Aristóteles. (1996). Meteorológica. En Sobre el cielo. Libro II (M. Candel, Trad.). Editorial Gredos. https://bibliotecaalfayomega.com/wp-content/uploads/2020/03/Acerca-delcielo-Meteorol%C3%B3gicos-Biblioteca-Cl%C3%A1sica-Gredos-Arist%C3%B3teles.pdf (Obra original publicada ca. 350 A.E.C.).

3 Popper, K. (2013). The world of Parmenides: Essays on the presocratic enlightenment. Taylor & Francis.

4 Aristóteles. (1996). Meteorológica. En Sobre el cielo. Libro II (M. Candel, Trad.). Editorial Gredos. https://bibliotecaalfayomega.com/wp-content/uploads/2020/03/Acerca-delcielo-Meteorol%C3%B3gicos-Biblioteca-Cl%C3%A1sica-Gredos-Arist%C3%B3teles.pdf (Obra original publicada ca. 350 A.E.C.).

5 Aristóteles. (1996). Meteorológica. En Sobre el cielo. Libro II (M. Candel, Trad.). Editorial Gredos. https://bibliotecaalfayomega.com/wp-content/uploads/2020/03/Acerca-delcielo-Meteorol%C3%B3gicos-Biblioteca-Cl%C3%A1sica-Gredos-Arist%C3%B3teles.pdf (Obra original publicada ca. 350 A.E.C.).

6 Heródoto. (2006). Melpómene. En Los nueve libros de la historia (Libro IV, Cap. 42) (P. Bartolomé Pou, Trad.). eBooksBrasil. biblio3.url.edu.gt (Obra original publicada ca. 430 A.E.C.).

UN REINO FANTASMA

Al llegar a cada nueva ciudad el viajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía: la extrañeza de lo que no eres o no posees más te espera al paso en los lugares extraños y no poseídos.

Las ciudades invisibles, Ítalo Calvino

Los navegantes del Pacífico - Los viajes de Marco Polo - El misterioso reino de Locach

El nombre de Antártida y las primeras especulaciones sobre su existencia provienen de la Antigua Grecia, la civilización donde también buscamos las raíces de lo que hoy consideramos ciencia. Pero otros pueblos se adelantaron en la exploración del mundo y llegaron a los confines del planeta muchos siglos antes que los europeos. Las historias de sus travesías no estaban escritas en papel, sino que pasaban de generación en generación por medio de narraciones orales. Al llegar a los oídos de los europeos, esos relatos se convirtieron en costas hipotéticas, cubiertas de inmensas riquezas y pobladas por criaturas extrañas. Así se forjó el mito del misterioso continente en el sur. Así llegó a la imaginación de los humanos un territorio que jamás habían visto.

En el tiempo en que Aristóteles imaginaba territorios que podían balancear la Tierra en el hemisferio sur, hace veintitrés siglos y medio, los pueblos del sudeste del océano Pacífico navegaban largas distancias siguiendo las aves y las estrellas en el firmamento y leyendo las corrientes y los patrones en el oleaje. La cultura lapita —bautizada así cuando los arqueólogos europeos malinterpretaron la expresión en la lengua haveke para hacer un agujero durante una excavación en Nueva Caledonia en 1952— es la civilización más extendida del mundo antiguo. Cuenta con asentamientos que van desde Nueva Guinea hasta las islas de Tonga y Samoa, cubriendo casi 5.000 kilómetros en el Pacífico, en la región paradójicamente bautizada con la expresión griega que significa “muchas islas”: la polinesia.

La colonización del Pacífico no fue accidental, se hizo en contra en la dirección de los vientos que dominan esa región del planeta, y el descubrimiento de nuevas islas solamente pudo ser posible gracias a refinadas técnicas de navegación. Hacia el norte, los descendientes de la civilización lapita llegaron a colonizar las islas de Hawái alrededor del año 900 de nuestra era. Hacia el Occidente llegaron hasta Madagascar y las islas Comoras frente a la costa de África hacia el año 500. Hacia el Oriente llegaron a la isla de Pascua hacia el año 1000 y hay sólidas indicaciones de que llegaron hasta la costa pacífica de Sudamérica, aunque no se establecieron permanentemente allí. A mediados de 2020, un estudio basado en la información genética encontró importantes similitudes entre los habitantes de las islas marquesas en la Polinesia y personas pertenecientes al pueblo zenú en la población de San Andrés de Sotavento en Colombia, algo que los autores interpretan como una indicación del contacto entre los pueblos del Pacífico y los habitantes de Sudamérica.

Hacia el sur, los navegantes del Pacífico llegaron en el año 1200 a Aotearoa, las islas de lo que hoy es Nueva Zelanda. Mientras los griegos, los romanos y luego los europeos de la Edad Media apenas especulaban sobre el mundo que se escondía más allá de las costas de China, los pueblos del sudeste asiático y Oceanía formaron una constelación de asentamientos en el océano Pacífico. Aunque existen vestigios arqueológicos, principalmente cerámicas marcadas, la principal evidencia de la extensión de sus descubrimientos es la raíz común de las más de 1.000 lenguas que hoy se hablan en Madagascar, en los países del archipiélago malayo y en las islas del Pacífico sur.

La isla sur de Nueva Zelanda, aún conocida oficialmente por su nombre maorí, Te Waipounamu, fue el límite natural a la expansión de los pueblos del Pacífico hacia el sur. Su clima, más hostil que el de la isla norte, y su geografía montañosa, dominada por los picos nevados de la cordillera Kā Tiritiri o te Moana (los Alpes del Sur), la hacían un lugar menos acogedor para los colonizadores maoríes. Las aguas que se extendían hacia el sur no tenían nada que ofrecer además de frío y tormentas. Las historias de los lugares que se extendían más allá en el océano austral fueron durante siglos apenas rumores de viajeros extraviados y elaboradas fantasías en la mente de los humanos.

Historias de viajeros

La exploración del mundo no cesó durante la Edad Media, aunque los turbulentos acontecimientos en Europa durante ese periodo produzcan una impresión de estancamiento. El comercio en el océano Índico continuó de forma ininterrumpida durante el milenio que separa la caída del Imperio romano de Occidente de la llegada de los portugueses a la India, a comienzos del siglo XVI.

Los productos y las personas circulaban por el océano Índico en los barcos de velas triangulares de los árabes, en las barcazas cosidas y sin clavos de la India y en las embarcaciones de los marineros malayos e indonesios. Mientras el puerto romano de Berenice en el mar Rojo era abandonado y consumido por las arenas del desierto, los navegantes provenientes del archipiélago malayo dominaban los ciclos del monzón y cubrían las rutas comerciales que iban desde el mar de China hasta las costas orientales de África. Los territorios que encontraron en esas travesías solamente llegaban como rumores a los oídos de los europeos. No fue hasta los viajes de Marco Polo cuando esos territorios se integraron a su idea del mundo conocido y, por un accidente, reavivaron en su imaginación la existencia de un continente escondido en el sur del planeta.

Marco Polo nació alrededor del año 1254 en Venecia, la capital de una república comercial que había prosperado gracias al comercio de sal y dominaba el comercio en el mar Mediterráneo con una enorme flota de barcos. La flota de Venecia transportó a las tropas cristianas que asaltaron las ciudades costeras del oriente del Mediterráneo durante las cruzadas. Cuando estas ciudades caían, los venecianos participaban del saqueo y luego las ocupaban para controlarlas como puestos de comercio. A pesar de que las cruzadas eran, en principio, una campaña militar para recuperar la Tierra Santa del dominio del Islam, algunas de las ciudades saqueadas y ocupadas habían estado bajo el dominio cristiano. Y la más célebre de estas era Constantinopla.

Los hermanos Niccolò y Maffeo Polo, el padre y el tío de Marco Polo disfrutaban los beneficios de ser ciudadanos de Venecia en la Constantinopla ocupada. Pero previendo la inestabilidad política en la ciudad y buscando nuevas oportunidades de negocios, comenzaron una travesía que los llevaría en 1266 ante el Gran Kublai Khan, el nieto de Gengis Khan, emperador de los mongoles y de China.

Tras una penosa travesía por tierra, Kublai Khan los recibió en su palacio en Khanbaliq, la capital del Imperio Mongol en lo que hoy es Beijing. Después de interrogarlos sobre los motivos de su viaje, los envió de regreso con una tableta de oro que les garantizaba la protección dentro de sus dominios, un embajador (que desertó antes de la mitad del camino) y una carta dirigida al papa en la que el emperador solicitaba una muestra de aceite de la lámpara del Santo Sepulcro en Jerusalén y cien cristianos educados para enseñar las costumbres occidentales en su reino. En 1271, el emisario papal en Egipto, quien luego sería ungido como el papa Gregorio X, recibió la misiva y envió de regreso a Niccolò y Maffeo con una muestra del aceite de la lámpara del Santo Sepulcro. En lugar de cien cristianos educados, partieron acompañados por dos frailes dominicos (que regresaron antes de la mitad del camino) y el hijo de Niccolò, de 17 años de edad: Marco Polo.

Marco Polo se presentó ante el Gran Khan en el año 1274 y comenzó lo que serían 17 años bajo sus órdenes. Como extranjero. Marco era más fiable que los emisarios chinos, quienes aún eran reacios al gobierno de los mongoles. Además, sus habilidades como narrador y agudo observador le ganaron el aprecio del gobernante, quien lo envió en numerosas misiones diplomáticas a lo largo del imperio. Marco Polo no fue el primer europeo en visitar China, pero su cercanía al Gran Khan le dio acceso a regiones que eran inhóspitas para otros occidentales.

Los relatos de Marco Polo se hicieron tremendamente populares tras su regreso a Europa gracias a su Libro de las maravillas del mundo, también conocido como Il Milione, El millón, por las inmensas cantidades mencionadas por su autor. Marco Polo describe su viaje desde la ciudad de Acre, en el Mediterráneo, hasta el puerto de Ormuz, en el golfo Pérsico, y luego el trayecto por tierra hasta Khanbaliq, a través de la red de rutas comerciales que los europeos después bautizaron como la Ruta de la Seda. También cuenta sus viajes a las provincias interiores de China, incluyendo su visita al Gran Canal de China, aún hoy el río artificial más largo del mundo, que conecta a Beijing con la ciudad de Hangzhou, un enorme puerto construido alrededor de canales, como Venecia, que con casi un millón de habitantes era probablemente la ciudad más poblada en esa época.

Como en los años antes del saqueo de Constantinopla, los Polo presintieron la inestabilidad política que podría presentarse con el fallecimiento del Gran Khan, que ya alcanzaba una edad muy avanzada para la época. La oportunidad de retirarse de su servicio se presentó en 1291, cuando fueron encargados de escoltar a la princesa que se convertiría en la consorte de uno de los gobernantes mongoles en Persia. Los Polo partieron junto a la princesa y 600 cortesanos a bordo de 14 barcos que salieron de Quanzhou y en su travesía hacia Ormuz navegaron por rutas entonces desconocidas para los europeos.

En esta parte de su relato, Marco Polo menciona que la estrella polar parecía haberse sumergido bajo el horizonte, una indicación de la latitud cercana al Ecuador. Esa observación era un argumento contundente contra la idea de Aristóteles, quien consideraba inhabitables las latitudes alrededor del Ecuador. Es probable que Marco Polo no haya sido el primer europeo en viajar a las cercanías de la línea del Ecuador, pero por la popularidad de sus relatos fue el primero en difundir la noción de que visitar esa región del mundo era posible. Y también propagó una idea aún más inquietante.

Según el relato de Marco Polo, la flota de la princesa viajó hacia el sur siguiendo la costa de un territorio que los navegantes identificaron como Champa, un poderoso reino que había resistido la conquista de los mongoles en el territorio que hoy corresponde a Vietnam. Después de abandonar las costas de Champa, Polo menciona un lugar llamado Locach, que describió como un reino en el que el oro era “tan abundante que nadie que no lo viera podía creerlo”. Es muy probable que Polo se refiera a Lopburi, una de las ciudades del poderoso imperio jemer, que se extendió en el territorio de los modernos países de Tailandia, Laos, Camboya y Vietnam. Pero Marco Polo no era un geógrafo, y su relato no estaba acompañado de ningún mapa donde se marcara la ubicación de Locach.

En una de las transcripciones de Il Milione, hechas necesariamente a mano antes de la invención de la imprenta, el nombre de Champa fue reemplazado por Java, una isla que está 1.300 kilómetros al sur del territorio que realmente corresponde al reino de Champa. Nadie conocía ningún territorio al sur de Java, pero por ese error de transcripción, Locach comenzó a figurar como un territorio en la parte sur del océano Índico. El error se multiplicó y para la época en que los cartógrafos europeos comenzaron a producir las primeras representaciones de los territorios del mundo, Locach aparecía como una notable península de un continente inexplorado que rodeaba al Polo Sur.

Nadie había visto las costas de Locach. Nadie había comprobado sus riquezas. Pero su existencia se mantenía viva gracias a los relatos de viajeros. Hacia el año 1357, comenzó a circular el relato de John Mandeville, un caballero inglés que presuntamente había recorrido el mundo desde Egipto hasta China. Además de las fantásticas descripciones de un país de hombres cuyas cabezas crecen bajo sus hombros y otro habitado por enanos sin boca que comen a través de pajillas, la narración contiene lo que posiblemente es una de las primeras menciones de las estrellas que se observan al sur de la línea del Ecuador: “En esa tierra, y en muchas otras más, ningún hombre puede ver la estrella transmontana que es inamovible y que está hacia el norte. Pero los hombres ven otra estrella, que está hacia el sur, llamada Antártica […]. Después de ir por mar y por tierra hacia este país del que he hablado, y a otras islas y tierras más allá de ese país, he encontrado la estrella Antártica a treinta y tres grados de altura y más minutos. Y si hubiera tenido compañía y transporte para ir más allá, estoy seguro de que habríamos visto toda la redondez del firmamento”7.

Hacia 1510 era igualmente célebre el itinerario de Ludovico de Varthema, un peregrino de Boloña que se convirtió en uno de los primeros cristianos en entrar a La Meca. Después de un periplo que lo llevó hasta la India y después hasta la isla de Borneo, regresó con los relatos de navegantes malayos que declaraban haber visitado una región al sur de Java. Hablaban de un país más frío que cualquier otra parte del mundo y donde los días solo duraban cuatro horas.

Bogotá, Colombia
4° 37′ 14″ N 74° 03′53″ O 1992

En mi país, el sol del mediodía brilla siempre muy alto en el firmamento y los días duran casi siempre lo mismo durante todo el año. No hay estaciones que congelen sus campos o dejen desnudos sus árboles. La nieve existe solamente en las neveras o en la inalcanzable cima de la montañas. El hielo era un lugar tan fantástico como el espacio exterior, como la superficie de otro planeta.

Mi abuelo contaba las historias de un tiempo mítico cuando no existían los refrigeradores en las casas. El hielo era algo que unos hombres traían desde lo alto de la Sierra Nevada del Cocuy. En uno de los libros que me había regalado mi mamá, había visto los rostros de los dos primeros hombres en alcanzar la montaña más alta del mundo. Yo imaginaba a Edmund Hillary y Tenzing Norgay trayendo a su regreso del Everest un helado para mi abuelo.

Los dos escuchábamos juntos las noticias más importantes en la radio. El pueblo que había desaparecido en el lodo hirviente producido por la erupción de un volcán. La caída de un muro que dividía al mundo en dos. El asesinato de un candidato presidencial que lo conmovió hasta las lágrimas después de haber repetido muchas veces que ya no le interesaba la política.

—Abuelito, ¿qué dijeron en la radio el día en que la gente subió por primera vez al Everest?

—En ese tiempo no se escuchaban muchas noticias del exterior.

—¿Sabías que el señor que subió por primera vez al Everest también fue al Polo Sur?

—No. Seguramente le gustaba el frío.

—Abuelito, ¿qué tan lejos es el Polo Sur?

—Ahí en la esquina de la biblioteca, hay un libro azul grande. No, ese no. A la derecha. Sí, ese. Se lo puede llevar, pero tiene una trampita.

—¿Cuál es la trampita?

—Hay que devolvérselo al dueño —y soltaba una carcajada.

El mundo en los libros muchas veces no podía competir con la realidad. ¿Qué podían hacer las manzanas encantadas junto a los mangos de carne dulce del color del Sol, frente a los jugosos maracuyás y granadillas como huevos alienígenas o al pie de las enormes guanábanas con piel de dinosaurio? ¿Cómo podían competir los caballeros rescatando princesas de ojos azules y piel de marfil con los niños que remontaban enormes montañas con todos los tonos del color verde y volaban sobre ríos como descomunales anacondas en primitivos teleféricos para ir al colegio? Pero el hielo era distinto. Las fotos de los diminutos tractores sobre los glaciares y las barbas congeladas de los exploradores eran indicaciones de que existía un mundo mucho más allá de los bordes de mi realidad. Después llegó la física para confirmarlo.

La física estaba en los libros y en las estrellas que aspiraba a espiar con un pequeño telescopio cuando las nubes de la sabana de Bogotá me daban una tregua. Pero tomó una nueva dimensión al escuchar las palabras de un hombre peinado como mi papá y vestido con un saco de cuello tortuga y una chaqueta marrón. En los capítulos de Cosmos se podía viajar en el tiempo y en el espacio, el mundo se convertía en un continuo de historias que trascendía los siglos y se extendía desde las diminutas escalas atómicas hasta la inmensidad del universo. Los personajes de Cosmos eran señores con barbas blancas que vivieron muy lejos. No se parecían a mí. Pero quería ser como ellos, aunque en el espejo veía a alguien que se parecía más a los malos en las películas de vaqueros que a los sabios que descubren el universo.

Con infinita paciencia, mis papás esperaban a que leyera todos y cada uno de los textos que acompañaban a los modelos de cohetes de la exposición en el Planetario de Bogotá. Habían pasado 20 años desde que los humanos pisaron la Luna por última vez y yo estaba intrigado por la banderita de Colombia que viajó con ellos. Insistía en aprenderme los nombres de los módulos y los astronautas. Queda como testimonio una foto con mis botas plateadas junto al meteorito de Santa Rosa, que es casi tan grande como yo.

Con infinita paciencia, mis papás escuchaban el reporte de calificaciones en el nuevo colegio y a la profesora de español que insistía en que repitiera el grado si no aprendía a escribir en letra cursiva. Ni una queja en matemáticas. Gran modelo de la célula en gelatina. El mejor proyecto sobre las capas del manto de la Tierra. Comparte en los recreos con García y Castellanos. Intercambia la revista Muy Interesante por la Conozca Más con Beltrán. Pero el niño no escribe en letra pegada.

—¿No le enseñaron en el otro colegio?

—Sí, pero no le gusta.

—La profesora de catequesis dice que tampoco se sabe el acto de contrición y que se inventa la mitad cuando tiene que repetirlo.

—Él se lo aprende, no se preocupe —decía con confianza mi mamá.

Habían pasado 500 años desde que Cristóbal Colón y sus hombres pisaron América, y yo estoy condenado a hacer un reporte en letra cursiva sobre la película que se transmite el domingo. En la pantalla del televisor, Colón es rubio y tiene el pelo largo, intenta convencer a los tercos académicos de que la Tierra es redonda como una naranja y es un noble defensor de los nativos. Todo está mal. Yo multiplicaba la farsa en hermosas letras cursivas. No existía el internet para buscar el texto del acto de contrición. Teníamos que llamar a las tías para que nos lo dictaran por teléfono.

7 Macleod Higgins, I. (Ed. y Trad.). (2011). The Book of John Mandeville: With Related Texts. Hackett Publishing Company.

EL ESPEJO DEL CIELO

Quem quere passar além do Bojador

Tem que passar além da dor.

Deus ao mar o perigo e o abismo deu,

Mas nele é que espelhou o céu.

Quién quiere ir más allá del Bojador

tiene que ir más allá del dolor.

Dios le dio al mar el peligro y el abismo,

pero es allí donde se refleja el cielo.

Mar portugués, Fernando Pessoa

El océano Atlántico - Los exploradores portugueses - Más allá del cabo de Buena Esperanza

Las sagas de los pueblos nórdicos hablan de una colonia establecida en Groenlandia por Erik Thorvaldsson, conocido como Erik el Rojo, y de los asentamientos que su hijo Leif Erikson construyó en Vinland, una tierra de pasturas y árboles, muy distinta de la tierra de roca y hielo que es Groenlandia y de la verde, pero deforestada Islandia. Ese misterioso relato encontró un asidero en la realidad cuando en 1960 la arqueóloga noruega Anne Ingstad y su esposo encontraron una serie de montículos cubiertos de hierba en el sitio llamado L’Anse aux Meadows, en el nororiente de Canadá. Eran los vestigios de ocho edificios de una aldea vikinga que data de alrededor del año 1000 de nuestra era. Eran la confirmación de que los vikingos habían sido los primeros europeos en las Américas, aunque sus asentamientos fueron abandonados hacia el año 1400, probablemente por la hostilidad de las tribus locales y el avance de los casquetes de hielo polar durante el periodo que se conoce como la Pequeña Edad de Hielo.

Para entonces, el sur del océano Atlántico era un lugar desconocido para los europeos, aunque la lucha por el acceso a las riquezas de Oriente estaba a punto de precipitar su exploración. En 1453, la ciudad de Constantinopla cayó en manos del sultán otomano Mehmed II después de 53 días de asedio. Era el final del Imperio bizantino y de casi 1.500 años del Imperio Romano en el Oriente. Los otomanos finalizaron los privilegios que tenían los comerciantes europeos en Constantinopla y aumentaron el costo de las transacciones que permitían acceder a la seda y la porcelana que provenían del Imperio chino y a la pimienta, los clavos, la nuez moscada y otras valiosas especias. La promesa de la riqueza a través del comercio directo con el Imperio chino, la leyenda de poderosos reinos cristianos en el oriente y la esperanza de erosionar el poder de los reinos musulmanes en las costas del Mediterráneo pusieron a Portugal, una nación de cara al océano Atlántico, a la vanguardia del camino hacia el Oriente y más cerca que nunca de los territorios en el extremo sur del planeta.

De las tormentas a la buena esperanza

El estrecho de Gibraltar, que conecta al mar Mediterráneo con el océano Atlántico, fue durante siglos un lugar en disputa entre los reinos musulmanes y cristianos. Hasta los vikingos habían luchado por dominar este paso estratégico que servía como conexión para las flotas del mar del Norte, donde ciudades como Londres, Brujas, Hamburgo y Bergen prosperaron gracias al comercio de madera, metales y telas de lana. Hacia el año 1415, el príncipe Enrique, hijo del rey Juan I de Portugal, convenció a su padre de organizar una campaña militar para conquistar Ceuta, un puerto fortificado desde donde el sultanato meriní controlaba el comercio y el paso por el estrecho.

Tras una cruenta batalla, las tropas cristianas dirigidas por Enrique ocuparon la ciudad y se pusieron como nuevo objetivo encontrar el origen de las caravanas que llevaban el oro con el que los meriníes pagaban por los cargamentos de mercancías. El desierto era una barrera infranqueable para los portugueses, pero para entonces contaban con una poderosa herramienta para continuar su búsqueda por mar: las carabelas. Estas naves livianas con dos o tres mástiles con velas triangulares podían recorrer hasta 150 kilómetros en un día y transportar más de 100 toneladas de carga y provisiones.

Al regreso de una de estas expediciones al norte de África, una de las embarcaciones fue desviada por una tormenta, resultando en el descubrimiento de la isla de Madeira en 1420 y luego de las islas Azores en 1427. Hacia 1434 las embarcaciones dirigidas por Gil Eanes, el escudero de Enrique, lograron remontar el que hasta entonces, por superstición y dificultad naval, había sido el límite sur de la exploración europea de la costa occidental de África: el cabo Bojador, al sur de las islas Canarias, a 27° 7′ de latitud norte.

Diez años más tarde, los navíos portugueses remontaron el cabo Verde, el punto más occidental de África donde hoy se encuentra la ciudad de Dakar, capital de Senegal, a 14° 41′ de latitud norte. Allí encontraron lo que vieron como una valiosa mercancía a partir de la cual no dudaron en lucrarse: seres humanos. El papa había prohibido la esclavitud de cristianos, pero los habitantes de estas tierras eran considerados como inferiores y fueron obligados a la servidumbre. Bajo el auspicio de su padre y luego de su hermanos —los reyes Duarte I y Alfonso V—, Enrique patrocinaba los viajes de tráfico de personas y recogía el 20 % de las ganancias, el quinto real, lo que lo hizo inmensamente rico y le permitió financiar las nuevas empresas de exploración.

El agua del río Senegal y la protección de la que se conocería como la bahía de Bezeguiche, convirtieron al cabo Verde en una parada obligada para las flotas navales en su travesía hacia el sur. En 1450, los portugueses comenzaron la construcción de una fortaleza en la isla de Gore. Aunque la importancia de la fortaleza como centro de tráfico de personas hacia Europa y las colonias en América es disputada por historiadores senegaleses, hoy se preserva como uno de los más importantes memoriales de lo que los académicos africanos llaman maafa, el holocausto de pueblo africano.

En 1462, dos años después de la muerte de Enrique, Pedro de Sintra llegó a lo que describió como las montañas de la leona, en lo que hoy es Sierra Leona, a 8° 20′ de latitud norte. Alrededor de la misma época, los colonos portugueses se establecieron en las islas de Cabo Verde, a 600 kilómetros al Occidente del cabo del mismo nombre en Senegal. En 1471, los portugueses llegaron al golfo de Guinea y comenzaron la construcción del castillo de São Jorge da Mina, en la ciudad de Elmina, en el actual país de Ghana, a 5° 4′ de latitud norte. El nombre “da Mina” se refería al oro que provenía del territorio de la actual República de Guinea (o Guinea-Conakri), el objetivo que Enrique se había propuesto desde la conquista de Ceuta. Pero entonces una guerra amenazó la supremacía de los portugueses en África y los enfrentó al reino de Castilla, su siamés en la península ibérica.

En 1474, el rey Enrique IV de Castilla murió y dejó dos posibles herederas en conflicto: Juana de Trastámara, su hija y esposa del rey Alfonso V de Portugal, e Isabel de Castilla, la hija de su medio hermano, el príncipe de Asturias. El conflicto de sucesión produjo una guerra de cinco años que terminó con la victoria de los seguidores de Isabel y la división de las posesiones de España y Portugal. El tratado de Alcazovas, que resolvió los términos de la paz en 1479, determinó que Portugal mantendría el control de sus posesiones en la costa de África. España solamente se quedaría con las Islas Canarias, conquistadas por Castilla entre 1402 y 1405. Estos términos dejaban la vía libre a Portugal para continuar su expansión hacia el sur por la costa africana y obligaban a España a buscar alternativas para comerciar con el oriente, lo que resultaría en su llegada a las Américas.

En la década de 1480, el navegante Diogo Cão dirigió la primera expedición europea en divisar y explorar la costa occidental de África al sur de la línea del Ecuador. Allí encontró la desembocadura del río Congo, el segundo más caudaloso del mundo, que desemboca en el océano Atlántico entre la frontera de la República Democrática del Congo y Angola, a 6° 1′ de latitud sur. Los portugueses marcaban y reclamaban en nombre de su rey los territorios donde desembarcaban us

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