Prólogo
Nacidos para florecer
Hoy en día vivimos en un mundo sumamente incierto y turbulento. El aumento de los movimientos extremistas, el cambio climático, la pandemia y las amenazas a la democracia se ciernen sobre nosotros. Internet y las redes sociales son los mensajeros que transmiten la desinformación que contamina la mente de muchas personas. Nuestros hijos también sufren. En muchos lugares del mundo, las tasas de ansiedad y depresión entre los adolescentes se están disparando y el suicidio se ha convertido en una de las causas principales de mortalidad en esta franja de edad.
Si tenemos en cuenta todos estos desafíos e incertidumbres, es evidente que necesitamos reajustarnos. Debemos guiarnos por una visión diferente de las posibilidades humanas y contar con unos métodos específicos que nos ayuden no solo a manejarnos durante estos tiempos difíciles, sino también a florecer, a transformar los desafíos en oportunidades de crecimiento. En 1963, cuando Martin Luther King jr. pronunció su famoso discurso en Washington D. C., durante el apogeo del movimiento a favor de los derechos civiles en Estados Unidos y en una época en la que las relaciones entre las razas eran especialmente malas, no lo tituló «¡Tengo una pesadilla!». Disponer de un sueño sobre lo que es posible, tener una visión de una forma de ser alternativa en la que los seres humanos puedan reconocer sus cualidades innatas de bondad y amabilidad es exactamente a lo que King invitaba a la audiencia y también lo que más necesitamos en la actualidad.
Lo bello de ser bueno, escrita por la académica sumamente interdisciplinar y psicoterapeuta contemplativa Koncha Pinós, es justo lo que necesitamos en estos tiempos difíciles. Pinós nos recuerda cuál es nuestra verdadera naturaleza, o sea, la bondad fundamental, y nos ofrece una plétora de hechos y sugerencias que resultarán de gran interés para todos los padres, cuidadores y profesores, además de para todas aquellas personas que desean promover un aumento de la amabilidad en el mundo.
Los seres humanos nacemos para florecer. Cuando los niños llegan al mundo, y durante los seis primeros meses de vida, muestran una marcada preferencia por las interacciones prosociales y afectuosas en comparación con las egoístas o agresivas. Esta preferencia la muestran más del 90 por ciento de los pequeños de dicha edad. Los niños menores de tres años no hacen ninguna distinción en función del color de la piel. No nacemos racistas. El racismo es algo que los niños pueden aprender en su entorno social, pero no es una actitud innata. Los niños pequeños tienen una disposición natural a ayudar a los demás, incluso a completos desconocidos. Esto ha quedado demostrado repetidamente en las investigaciones analizadas por la doctora Pinós. Todos estos estudios acerca de la bondad y la amabilidad innatas resultan cruciales cuando se nos invita a considerar que estas cualidades constituyen nuestro estado natural. En el momento en que nos involucramos en prácticas y estrategias para cultivar las cualidades de la bondad y la amabilidad, recordamos cuál es nuestra verdadera naturaleza. Esta es una de las razones clave de que, como explico en el libro que escribí con Daniel Goleman, Rasgos alterados: La ciencia revela cómo la meditación transforma la mente, el cerebro y el cuerpo, la educación de la amabilidad sea algo que, en realidad, puede desarrollarse con bastante rapidez. Activar los circuitos del cerebro que sustentan la amabilidad y el cuidado no requiere mucho entrenamiento, en parte porque estos rasgos constituyen nuestra verdadera naturaleza. Lo bello de ser bueno nos recuerda que es mejor considerar la empatía, la amabilidad y el comportamiento prosocial como habilidades humanas que podemos cultivar.
La cuestión de considerar la amabilidad como una habilidad es especialmente importante. Una de las grandes ideas desarrolladas por la neurociencia moderna durante los últimos veinte años es la distinción entre dos formas primordiales de aprendizaje. Una de ellas es el denominado «aprendizaje declarativo». Este tipo de aprendizaje es conceptual y es el prioritario en los sistemas educativos «modernos», además de derivar de los libros y las clases orales. En el ámbito de la amabilidad este tipo de aprendizaje nos permitiría aprender cuál es el valor de la amabilidad, cómo puede aplicarse en distintas situaciones, cómo se desarrolla en los niños y qué circuitos neuronales se corresponden con ella. Toda esta información forma parte del aprendizaje declarativo de la amabilidad. Pero ¿este aprendizaje te convertirá en una persona más amable? Creo que, intuitivamente, todos conocemos la respuesta a esta pregunta. Podemos reemplazar la amabilidad por cualquier otra virtud y llegaremos a una conclusión similar. Tomemos, por ejemplo, la honestidad. Podemos aprender qué importancia tiene, qué papel desempeña en las relaciones humanas, etcétera, pero ¿estos conocimientos harán que seamos personas más sinceras? Por supuesto que no.
El segundo tipo de aprendizaje se denomina «aprendizaje procedimental» y se basa en nuestras habilidades; se adquiere a través de la práctica y se fundamenta en circuitos cerebrales muy distintos a los del aprendizaje declarativo. A fin de que se produzca algún tipo de transformación auténtica y duradera, se requieren ambos tipos de aprendizaje, el declarativo y el procedimental. Los sistemas educativos occidentales tienen un gran sesgo a favor del aprendizaje declarativo y, en general, hoy en día solo se aplica el procedimental a aquellas asignaturas cuyo dominio requiere claramente hacer hincapié en este tipo de aprendizaje. Un ejemplo de esto serían las artes. Todos sabemos que no podemos aprender a tocar el violín simplemente leyendo libros y asistiendo a clases teóricas. Necesitamos practicar. Y lo mismo podemos afirmar de la danza. Para lograr cierta competencia en el arte de la danza necesitamos practicar las habilidades motoras (y también las sociales y emocionales) que conforman su base.
Una de las maravillas de Lo bello de ser bueno es el equilibrio entre el aprendizaje declarativo y el procedimental que subyace en la esencia de esta obra. Además, la última parte del libro consiste en ejercicios procedimentales que pueden beneficiarnos a todos y que activarán los circuitos de la amabilidad y el cuidado en nuestra mente y nuestro cerebro. Por otra parte, este libro constituye un testimonio del extraordinario entrenamiento interdisciplinar de la autora, Koncha Pinós. Aunque ha recibido formación académica tradicional de tipo declarativo en las áreas de las que trata esta obra, también cuenta con una formación contemplativa profunda basada en años de aprendizaje procedimental, la cual le ha proporcionado las herramientas y las estrategias que le permiten enseñar a otras personas de una forma integral. Dicha combinación no es habitual en nuestra época y, por eso, esta obra constituye un auténtico regalo para cualquier persona que esté experimentando en la actualidad los retos del mundo moderno... ¡Y, en realidad, eso nos incluye a todos!
Otro elemento importante de esta obra es el compromiso con el cambio social que está presente en prácticamente todas las páginas. Pinós encarna una visión equilibrada que combina la transformación personal con la social. Ambas van de la mano y son interdependientes. No podemos tener la visión, la perspectiva y, lo que es más importante, la conducta y la vitalidad necesarias para lograr un cambio social a no ser que, de manera simultánea, trabajemos nuestras habilidades para llevar a cabo una transformación personal. Además, no lograremos disminuir de verdad el sufrimiento a no ser que nos comprometamos a cambiar las estructuras sistémicas que, al menos en parte, son las causantes de estos padecimientos. Esta obra constituye un maravilloso equilibrio entre estas dos áreas de transformación, nos ayudará a comprender por qué tienen que ir juntas y, lo que es más importante, cómo empezar.
Pinós fundó la Well-being Planet Foundation, la Fundación para el Bienestar del Planeta, y explica el importante trabajo que realiza esta organización en la mejora del bienestar, sobre todo el de aquellas personas que están marginadas, las poblaciones indígenas y demás colectivos con escasos recursos. Bondadosamente incluye relatos fascinantes de historias exitosas de la vida real protagonizadas por personas que se han beneficiado de forma directa de la labor de la Fundación. Estos relatos son sumamente conmovedores e ilustran el poder que tiene este enfoque a la hora de ayudar a aquellas personas que muchos considerarían que era imposible cambiar. El enfoque de esta obra es profundamente realista y optimista y todas las personas que sufren con los retos del mundo actual la encontrarán de gran utilidad.
El bienestar del mundo actual está en declive, y yo a menudo me refiero a esta peligrosa situación como un problema urgente de salud pública. Sabemos que el bienestar es importante. Un análisis de datos recientes sobre 151 países de todos los rincones del mundo constató que existe una correlación sorprendentemente elevada entre el bienestar promedio de una nación (establecido mediante un método de investigación estándar) y la esperanza de vida de sus habitantes. Los habitantes de los países con unos niveles de bienestar más elevados son más longevos. El bienestar se instala en nuestro interior y afecta en gran medida a todos los aspectos de nuestra salud mental y física. Todos los seres humanos tenemos la capacidad de florecer, es algo que forma parte de nuestras capacidades innatas. Y, asimismo, todos los seres humanos tenemos el derecho a florecer. Este maravilloso libro constituye una importante adición a las herramientas de las que disponemos para promover el florecimiento en el planeta.
Cuando los seres humanos empezamos a evolucionar en este planeta, ninguno de nosotros se lavaba los dientes. Estoy convencido de que todos los lectores y lectoras de este libro se los cepillan como mínimo unos minutos cada día. Esta actividad no forma parte de nuestro genoma. Hemos aprendido a cepillarnos los dientes para cuidar de nuestra higiene física personal. De lo que estamos hablando aquí es de nuestra higiene mental personal, ¡y la ciencia moderna nos enseña que la higiene física y la mental están íntimamente conectadas! Además, creo que la mayoría de las personas estarían de acuerdo en que su mente y su corazón son incluso más importantes que sus dientes.
La doctora Pinós nos demuestra que cultivar nuestra bondad esencial no es difícil y que podemos empezar con nuestros hijos a una edad temprana. ¡Si consagráramos a diario a cultivar nuestra mente un tiempo tan corto como el que dedicamos a cepillarnos los dientes, el mundo sería un lugar muy distinto! Por favor, únete a nosotros en este viaje y utiliza las visiones y prácticas de este libro para respaldar tu recorrido.
RICHARD J. DAVIDSON
Centro para Mentes Saludables,
Universidad de Wisconsin-Madison
La naturaleza irreprimible
Nunca he deseado llorar al caminar por la calle, nunca he sido ajena a mis propias lágrimas, hubiera deseado que la vida no fuese dura para los seres, pero hoy las lágrimas vienen a causa de las plantas y los árboles.
Nueva York fue una isla verde, hace nada los indios cabalgaban con sus caballos por el estado y me veo obligada a ver que, en los tiempos actuales, la naturaleza irreprimible de los vegetales se abre camino en mitad del asfalto.
De igual manera, la naturaleza de la bondad se abre camino en nosotros y florece, aunque hayamos puesto miles de kilos de asfalto, destruido las selvas y aniquilado a los pobladores.
El mayor progreso de este mundo es desvelar esa naturaleza reprimida. La bondad innata.
Nueva York, septiembre de 2022
PRIMERA PARTE
HISTORIA DE LA CIENCIA
DE LA BONDAD
1
La naturaleza de la bondad a través de la historia
Desde mi infancia siempre estuve interesada en la observación. Por ejemplo, me preguntaba por qué, cuando jugábamos en la calle, había niños que tenían un gran interés en torturar a los animales, y disfrutaban cortándole la cola a una lagartija para ver cómo seguía moviéndose después de separada del cuerpo, o tiraban piedras a los perros para verlos correr. Me preguntaba, en general, por qué había niños que deseaban el mal a otros seres, no solo a los animales, y pegaban a otros niños o destrozaban los árboles; por qué había niños que eran malos con los otros, a qué obedecía eso.
Todos nosotros llevamos preguntas guardadas en nuestro interior: de algunas somos conscientes y de otras no. Esas inquietudes de la infancia las llevé guardadas en mí durante décadas, hasta que después de ver tanto sufrimiento en el mundo, deshumanización y horror por todas partes, la pregunta ya no pudo esperar más. Así fue como empecé a buscar respuestas a los interrogantes de por qué existe la maldad y qué había sido de la bondad.
La ciencia y la meditación me han ayudado a comprender estos comportamientos no como normales, sino como anómalos o singulares dentro de la media. La ciencia me ha ayudado a no perder mi condición humana, a no perder la esperanza y a considerar que, si bien es cierto que la maldad existe, la bondad es infinitamente más cultivada. Puedo decir que, sin la ciencia, hubiera perdido mi humanidad compartida, porque gracias a la neurociencia pude volver a amar incluso a aquellos que cometen las mayores atrocidades. Pude comprender su sufrimiento, su biología y su gran lucha interior.
En ciencia podemos decir que algo es verdadero cuando conseguimos fundamentarlo en evidencias, experimentación lógica, investigación y validación por alguna persona de autoridad, hasta que finalmente la comunidad científica acepta que eso es cierto. El método que usamos es la cuestión crítica, que nos plantea hipótesis que son observables y otras que no lo son. Algunas son evidentes, y otras, puros fenómenos. He visto a científicos de los dos tipos: los que, basándose en la evidencia, perseguían con sus instrumentos la molécula de Dios, analizaban las partículas atómicas u observaban la expresión de los genes. Y otros, basados en la fenomenología, que ciertamente son muy diferentes a la hora de gestionar su abordaje de la realidad.
Cualquier hipótesis en la ciencia tiene que ser demostrada, por eso me interesé profundamente en los autores que habían mostrado sensibilidad al fenómeno de la bondad a través de la historia: dónde la habían buscado, de qué manera, qué preguntas se habían hecho, qué evidencias y fenómenos habían observado. Ya fuera desde el método empírico o usando las ciencias contemplativas.
Lo más interesante de hacerse preguntas es que no tienen fin. ¿Qué es la bondad? ¿Qué entendemos por ser «bueno»? Kant decía que la bondad era la natural inclinación a hacer el bien, por lo que podríamos decir que hay hombres buenos. Unamuno consideraba que era necesario que los hombres aprendiesen a ser buenos y no simplemente a hacer el bien, ya que solo a través de la comprensión de la ética de la bondad una persona se convertía en persona. Mientras que, para Aristóteles, la verdad, la belleza y la bondad eran inseparables.
Lo malo, lo bruto, lo violento, lo cruel y desgarrador son la huella de nuestra era. Parece que hoy eso es lo que da sentido a la vida contemporánea, mientras la publicidad o la psicología positiva nos hablan de un buenismo que casi resulta irreal. Hay muchos ensayos, libros y obras que hablan de la bondad. Pero yo me sigo preguntando por qué hoy en día sigue gustando tanto la violencia. Steven Pinker dice que vivimos en la era más pacífica de todos los tiempos; sin embargo, esa afirmación abre en mí un espacio repleto de extrañeza. No la siento como verdadera.
Lo bondadoso, lo bellamente generoso, no está de moda; algo desgarrador o insípido lo ha amputado o sustituido. Estamos frente un mundo náufrago de bondad. Lo que era naturalmente hermoso (ayudar al otro y hacer el bien) se ha convertido en algo estúpido, en algo circunstancial en un mundo basado en lo inmediato. El valor de la bondad no entra en el supermercado del consumo. Nos hemos vuelto invulnerables a la bondad, estamos tan centrados en nosotros mismos que confundimos el narcisismo con el hecho de ser buenas personas. Esta capacidad de adaptarnos al mal, de no plantarle cara, ha conformado una estética de la barbarie. Bárbara y cruel es nuestra vida digital, donde intercambiamos frases «de bien» que en realidad no tienen nada de bondad innata. Usamos palabras de amabilidad en nuestras comunicaciones cotidianas, pero no son verdaderas.
Al negarnos a quebrar y desenmascarar la maldad, la bondad queda tapada por el egoísmo cotidiano, que nos impide acceder a aquellas partes de nosotros donde lo bello y lo bueno navegan juntos. La distancia entre ambos se ha hecho abismal: ahora ser bello ya no va unido a ser bueno, y mucho menos a ser verdadero. Hemos abierto paredes de silencio y, a través de nuestras vulgares cotidianidades, no hay reconocimiento del bien común.
Compartimos imágenes desgarradoras como una forma más de consumo que, lejos de hacernos bien, nos agravian en lo más profundo. Nuestra bondad está vacía de profundidad, no tiene el espesor de abrazarnos en nuestra totalidad, sino que está conmocionada por el mal. La bondad ha quedado eclipsada por lo agradable y lo políticamente correcto en el imperativo de lo digital. La bondad queda para las donaciones online, una bondad inocua que no compromete ni cuestiona nuestras verdades. Por eso Hegel hablaba del dilema del amo y el esclavo. Somos esclavos de lo agradable y hemos perdido el gusto por la bondad, el deleite de ser buenos, auténticos y bellos en esto.
La estética de quirófano ha truncado la belleza. Una amabilidad sin ninguna interioridad ha sustituido la bondad. Un mundo de positividad en el que aparentemente no hay ningún conflicto, todo va bien y se nos promete que si compramos esa imagen seremos buenos, bellos y auténticos ha cambiado la verdad y la búsqueda de autenticidad. Pero es falso.
Una de las primeras cosas que escuché del doctor Richard J. Davidson es que la bondad es innata, además de constituir la base del cerebro. Nunca se me había ocurrido que el cerebro podía tener una base, y si así fuese, ¿qué pruebas tenía de ello? Las personas que son bondadosas viven más tiempo y tienen un mayor sentido del propósito de su vida. Duermen mejor, su salud es mejor y le dan más significado a lo que pasa en su vida. Pero si ser bondadoso tiene tantas ventajas, entonces ¿por qué no lo somos?
Podríamos decir que la bondad es innata —tal y como afirma Davidson, aunque Rousseau ya lo había dicho un par de siglos antes—. La bondad otorga sentido a la existencia, pero su expresión depende de diversos factores, entre ellos la coherencia que el niño observa en los primeros años de vida entre su ambiente y su historia vital.
En el Max Planck Institute de Alemania, Michael Tomasello demostró que los niños menores de dieciocho meses sentían la necesidad de ayudar a los adultos en apuros. Esto reafirma la idea de que todos los seres nacen buenos, pero esto dura poco si no encuentran una prosodia que la alimente. La bondad necesita alimento cotidiano.
Las fuentes de las que emerge el cultivo de la bondad varían de un individuo a otro, de un contexto a otro. No obstante, la generosidad y el espíritu altruista, el hecho de querer ayudar y enseñar al otro, la protección al desvalido ocupa un espacio fundamental en ese propósito de ser buenas personas.
Las personas que no viven en países desarrollados tienen mayor conexión con el sentido de su vida y, por tanto, son más genuinas en la expresión de su bondad. Están compartiendo continuamente una vida comunitaria, ritos, creencias y cultura, algo que en las sociedades desarrolladas es cada vez más y más extraño, pues todo es digital.
Hoy es una noche de otoño plagada de estrellas en la Toscana. Cuando miro al cielo, veo claridad y cercanía en algo muy lejano. Tan solo la Vía Láctea está habitada por más de trescientos mil millones de estrellas. Si consideramos por un instante que no estamos solos en este universo, puedo sentir frente a esa idea el silencio de la bondad compartida. ¿Será posible que el Universo sea bondadoso?
Esta pregunta tiene cierto sentido, pues la humanidad se la ha hecho a lo largo de la historia tantas veces como estrellas hay ahora mismo en el cielo toscano, el mismo que miraron Galileo, Leonardo da Vinci y otros filósofos, científicos, artistas, políticos y escritores. Todos se han preguntado por la bondad. No podemos dejar este tema tan solo en la reflexión sin indagación científica.
La neurociencia ha demostrado —y lo seguirá haciendo— que la bondad tiene efectos beneficiosos para las personas y para las sociedades. Numerosos documentos y artículos científicos nos muestran que las personas que llevan a cabo actos de bondad se sienten satisfechas, tienen mejores perspectivas de vida, son optimistas y mejoran su resiliencia. Mientras que aquellas personas que no practican la bondad padecen más estrés, depresión, ansiedad, soledad, enfermedades crónicas, e incluso tienen más riesgo de padecer cáncer, infartos o tendencias suicidas.
¿Será que la capacidad de ser bondadosos y la bondad protegen nuestro sistema inmunológico de sufrir los ataques del devenir de los tiempos? Las personas bondadosas van menos al médico y sufren menos enfermedades crónicas, problemas inflamatorios, demencias o accidentes. Así es: la bondad protege.
Después que el Dalái Lama invitara a científicos a los encuentros de Mind and Life para investigar sobre la bondad y la compasión, el interés ha crecido en las últimas décadas. Cada vez hay más publicaciones que proponen el sentido de la bondad, su importancia, el valor de la compasión y, si es posible, la diferencia de la felicidad y la dicha. ¿Cómo se alcanza ese estado en el que uno es bueno por naturaleza sin preocuparse de nada más?
La mayoría de las personas podemos reconocer todo aquello que no funciona dentro de nosotros, podemos incluso tratarnos con crueldad, rumiar nuestras peores ideas y acabar destruyendo nuestra paz interior. También la mayoría podemos reconocer que la bondad tiene sentido en la vida. ¿Qué características tienen las personas que reconocen la bondad como algo válido en la vida?
El sentido de la bondad en la vida se puede reconocer a través de cinco características. La primera es la significación bondadosa, es decir, el sentido de que hacer algo bueno es importante y marca la diferencia con respecto a no hacerlo. La segunda característica es la pertenencia, el sentimiento de que, creando actos bondadosos, estamos contribuyendo a que este mundo sea mejor, y por tanto que pertenecemos constitutivamente a él. La tercera característica es la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace en la vida: ser bondadoso es ser armónico, hermoso y congruente, lo que otorga una gran calma mental y un sentido de plenitud. La cuarta característica es la ética, saber los objetivos y los valores que uno tiene y defenderlos; aunque eso implique «perder», es ser bondadoso. La última característica es la significación en sí de ser bondadoso, lo que da sentido a la vida por la suma de las cuatro características anteriores.
2
Sin conciencia no hay bondad
La bondad, ser bueno y obrar bien son tres cosas diferentes. «Haz el bien sin mirar a quién» es una frase muy extendida, pero a la hora de generar buenas obras debemos rescatar un concepto denominado «legado intergeneracional». Nosotros tenemos descendencia y hacemos realmente una gran inversión en todos los sentidos —tiempo, recursos, energía— sabiendo que los hijos nunca la retornarán, pues el retorno social lo darán los nietos. El concepto de bondad tiene mucho que ver con la evolución de nuestros genes.
Los seres humanos tenemos la capacidad de crear productos, servicios, proyectos que pueden resultar beneficiosos no solo para nosotros sino para muchas generaciones futuras. Por ejemplo, un docente que enseña a veinticinco estudiantes nunca puede saber si, en su clase habrá un futuro presidente, un premio nobel o un artista. Sin lugar a dudas, aquel que transmite el conocimiento que tiene es un ser bondadoso. El gobernante que cuida de sus ciudadanos y procura que tengan todo lo que necesitan también es un ser bondadoso. Hay muchas maneras de expresar la bondad y, probablemente, lo más acertado sea preguntarnos entonces si realmente tenemos consciencia de ser buenos o no. ¿Cuándo adquirimos esa consciencia? ¿Nacemos con ella?
El principio de consciencia de bondad se puede aplicar a todas las culturas. En 2014 Jan Holler, de la Universidad de Tréveris, investigó qué le daba sentido a la vida de las personas de entre sesenta y noventa años de diferentes países (Camerún; República Checa; Hong Kong, en China, o Alemania). Entre las respuestas surgió la necesidad de ser bueno y preocuparse por los demás como el factor número uno, seguido de la espiritualidad, la búsqueda de armonía, el deseo de desarrollarse o el éxito.
A lo largo de los siglos nos hemos preguntado si como humanos tenemos inclinaciones innatas, como la bondad o la maldad. Es una de las grandes cuestiones en la filosofía, pero también en la ciencia, pues a partir del planteamiento derivado tenemos mundos posibles o imposibles de habitar. ¿Nace el ser humano bueno y luego se transforma en malo, o ya nacemos malos? Si es así, ¿cómo y cuándo sucede esto?
Hay muchas posturas en relación con esta cuestión y, como toda buena cuestión, lleva en sí misma otras más. Por ejemplo, tendríamos que definir qué es la naturaleza humana: ¿es lo mismo que la naturaleza de la mente o la de la conciencia? Aún no nos hemos puesto tampoco de acuerdo, hay que seguir pensando e investigando sobre ello. A veces escuchamos que un progenitor ha asesinado a su hijo y que eso es antinatural, o que una persona tiene diferentes hábitos sexuales o alimenticios, y por eso lo calificamos también de antinatural. Pero ¿qué es antinatural y quién decide su naturaleza?
Tendríamos que encontrar a una persona que fuera el ideal de naturaleza bondadosa innata y poder medir cuáles son sus componentes, cómo se expresa, actúa o piensa. Sería un ser precivilizado, pero entonces dejaría de ser social. Tendríamos además que ponernos todos de acuerdo en el término de ser bondadoso.
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«El hombre es un lobo para el hombre»
En la historia de la ciencia y de la filosofía se han formulado varios caminos en torno a esta pregunta y se han seguido otros con diferentes derivadas. Tres filósofos dieron tres posiciones diferentes a esta pregunta: Hobbes, Rousseau y Marx. De la respuesta de este último no vamos a hablar porque se aparta de los intereses de este libro. No fueron los primeros que se preguntaron si la bondad era innata, pero sus respuestas sí marcaron fuertemente a nuestra sociedad, incluso hasta el día de hoy.
Thomas Hobbes fue un filósofo inglés, nacido en 1588, que dijo sobre la bondad que cada ser humano piensa y siente de manera diferente. Esta forma de pensar es fruto de su individualismo, y planteaba así que Aristóteles se equivocaba al decir que el hombre es un animal social. El hombre no sería como las hormigas, las abejas u otros animales que trabajan en equipo, sino que más bien nace egoísta por naturaleza y se orienta a tener el máximo provecho de las cosas y de los objetos.
Según este autor, si volviésemos a un estado de naturaleza primitiva, viviríamos en un eterno conflicto los unos con los otros. Cada ser humano se convertiría en enemigo del otro, y de ahí surge su famosa frase de Plauto: «El hombre es un lobo para el hombre». En su pensamiento es evidente la influencia de Maquiavelo, Aristóteles y Platón, tal y como muestra su obra Leviatán —un libro sobre el nuevo individualismo que rechazaba de plano el concepto de bondad—. Hobbes afirma que los hombres son bestias egoístas a quienes solo les importa su comodidad, y es posible ver cómo su influencia ha llegado hasta nuestros días.
El zoólogo Richard Dawkins publicó en 1976 su teoría sobre los genes en la obra El gen egoísta, donde describe claramente que el ADN es nuestro dueño y que nos domina y lleva de la mano a un universo de competitividad, abuso, explotación y trampas biológicas con un único propósito: sobrevivir. Más de cuarenta años después de su publicación, este sigue siendo uno de los libros más leídos del planeta y es posible preguntarse por qué tenemos tanto interés en el egoísmo, considerando que es un libro que solo habla de genes y evolución.
Dawkins parte de un supuesto: imagina que un alienígena llega a la Tierra y, queriendo probar la madurez intelectual de la civilización, pregunta si hemos descubierto ya la evolución. Cuando escribió ese libro, no podía imaginar siendo tan joven que sería importante. Era entonces demasiado joven ¿Cómo puede ser que los genes busquen la inmortalidad? ¿Y si nosotros fuésemos vehículos de esa ambición genética, y nuestras familias, trabajos, pasiones y sueños en realidad escondieran la trampa evolutiva? Si esto fuese así, querría decir que los genes tienen conciencia.
El gen egoísta es un libro que hay que leer, aunque resulte chocante. Es hermoso entrar en conflicto y observar qué hay de cierto en esa perspectiva de la evolución que nos propone Dawkins. Theodosius Dobzhansky dijo: «Nada en biología tiene sentido excepto a la luz de la evolución», y eso es lo que pretendemos hacer, permitir que evolucione aquí nuestro concepto de bondad, sin dejar de buscar en todos lados.
Es posible que Hobbes tuviera razón y que el egoísmo sea la fuerza que mueve nuestras acciones. ¿Es la naturaleza humana buena y luego se transforma en mala por el contacto con la civilización? ¿O cómo funciona ese proceso? ¿Dónde está nuestra mente cuando actuamos mal? ¿Somos realmente conscientes de ello?
Philip Zimbardo, el autor del famoso experimento de la cárcel de Stanford (Stanford Prison Experiment) fue proscrito y considerado el psicólogo del lado oscuro. Parecía que Zimbardo quería promover la maldad, pero nada más lejos de la realidad. Hoy, a sus casi noventa años, ha tenido que volver a explicar que él mismo fue el primer sorprendido cuando vio los resultados. El experimento de la cárcel de Stanford es uno de los más importantes en la historia de la psicología social y tan solo duró unos días al observar lo que sucedía con los participantes. Las personas que habían sido escogidas al azar para desempeñar el papel de prisioneros o vigilantes se creyeron tanto su rol que llegaron a agredirse mutuamente.
¿Qué razones llevaron a esos jóvenes a convertirse, en tan solo cuatro días, en víctimas o verdugos? ¿Qué razones puede tener un científico para realizar un experimento semejante? ¿Qué quería probar este psicólogo?
Zimbardo es contemporáneo de la guerra de Vietnam y, aunque muchos no lo crean, este conflicto bélico marcó de forma rotunda a lo
