
Una fiesta muy emplumada
Todo cuanto quedaba de Wintloria era la jungla tropical, y tampoco es que quedara ya mucho de ella en nuestros días.
Se decía que sus árboles poseían una prodigiosa magia de tiempos ancestrales: unas hojas capaces de eliminar cualquier cicatriz, frutos que saciaban lo suficiente para mantener a toda una familia durante una semana, una corteza que, si te rascabas con ella, podía calmarte cualquier picor por irritante que fuese o por incómodo que fuera el lugar donde lo tuvieras. En consecuencia, aquella jungla atraía más de lo deseable a ese tipo de gente que es incapaz de apreciar la belleza a menos que la pueda talar para apoderarse de ella.
Al ver que la jungla era cada vez más pequeña y que los buscadores que iban a la caza de trofeos se volvían cada vez más codiciosos, muchos animales abandonaron sus ramas. No obstante, había un grupo de criaturas muy cabezotas que se negaban a marcharse.
Tan solo quedaban diecinueve loros petimorados de Wintloria en todo el mundo, y prácticamente todos ellos vivían en la jungla de aquella isla. Era una especie ruidosa y con una impresionante falta de sentido práctico, siempre en busca de la menor oportunidad para ponerse a cantar otra canción o celebrar otro desfile de moda plumífera, cuando en realidad deberían estar preocupándose por su propia supervivencia.

En este día en particular, los loros se habían reunido en el tronco hueco del árbol más grande para celebrar su tercera fiesta de la semana. La primera de ellas fue por motivo del medio cumpleaños del corgi preferido de la reina de Inglaterra, mientras que la segunda tuvo por objeto celebrar que una de las loritas había encontrado por fin el trocito de cuerda que llevaba buscando toda la tarde. Sin embargo, esta tercera fiesta tenía toda la pinta de que iba a ser una de las más especiales.
Todos y cada uno de los loros iban emplumados con sus mejores galas, y todos ellos se dedicaban a poner unos deliciosos platos en forma de huevo para ofrecérselos los unos a los otros. El volumen de sus canciones se aproximaba ya al límite de lo que alguno habría podido calificar de «escandaloso». En la copa de un árbol, un joven loro llamado Mortimer estaba colgando un letrero en el que se leía: «BIENVENIDA A CASA, CLAUDETTE».
—¡Morty, ese cartel es todo un primor! —dijo Giulietta, una lorita más mayor que vestía con un gusto exquisito—. ¿Necesitas una ayudita para colgarlo?
Mortimer puso mala cara. Para empezar, la única persona que tenía permiso para llamarlo «Morty» era Claudette, y para continuar, Mortimer odiaba esa obsesión que tenían los de su especie de tener que hacerlo todo «juntos».
—Estoy perfectamente —le soltó Mortimer—. No necesito que nadie me ayude.
—Ya sé que no necesitas ayuda ninguna —dijo Giulietta—, pero es agradable que alguien te la ofrezca, ¿no te parece, querido? Si tan solo nos centráramos en las cosas que son estrictamente necesarias en la vida, no existirían otras como el chachachá… Uy, ni tampoco la tarta de queso con arándanos.
Emocionada con aquella observación tan maravillosa que ella misma acababa de hacer, Giulietta comenzó a tararear la melodía de un chachachá al mismo tiempo que meneaba su voluminoso trasero y ponía un huevo de tarta de queso con arándanos. Ascendió volando y sujetó un extremo del cartel de Mortimer.
—¡Suéltalo! —le gritó Mortimer dando un tirón del cartel.
—No lo haré —dijo Giulietta, que tiró también del cartel—. Todo loro sabe que cuatro garras son siempre mejor que dos.
Continuaron los tirones —Giulietta decidida a ofrecerle su ayuda, Mortimer más decidido aún a rechazarla—, hasta que el cartel se rasgó por la mitad.
—Replumas —dijo Giulietta.
—¿¡Replumas!? —soltó Mortimer—. ¡Me he tirado toda la semana trabajando para lograr que me quedara perfecto para Claudette, y te lo has cargado tú, charlatana papanatas!
Los ojos de Giulietta se llenaron de lágrimas moradas. No estaba acostumbrada a escuchar unas palabras tan poco amistosas en aquella jungla, porque se suponía que todos los wintlorianos tenían que ser amables los unos con los otros y también con el mundo a su alrededor.
—P-p-perdona, M-M-Morty —tartamudeó ella—. Debería haber sido más c-c-cuidadosa.
—Para empezar, jamás debiste venir a molestarme —dijo Mortimer—. Anda, lárgate y vete a fastidiarle la vida a otro.
Giulietta bajó aleteando hasta la base del árbol entre lagrimones de color morado. Mortimer colgó la parte del cartel que aún le quedaba y que decía: «A CASA, CLAUDETTE».
Le irritaba darse cuenta de que se sentía culpable por el modo en que había tratado a Giulietta, aunque hubiera sido ella quien se había cargado el cartel. Mortimer sabía que Claudette le obligaría a disculparse con Giulietta en cuanto llegara allí, así que, a su pesar, descendió planeando hasta la base del árbol.
El hueco del tronco era un caos petimorado donde todos los pájaros bailaban y entonaban una alegre melodía sobre el regreso de su lorita preferida. Cantaban sobre la exquisitez de las vaporosas plumas de Claudette, sobre la melosa dulzura de su voz, tan suave como la seda, y sobre la bondad que la lorita mostraba con todo aquel con quien se cruzaba. Había incluso una estrofa entera dedicada al centelleo de su ojo izquierdo.
Al contrario que los de su especie, Mortimer no era partidario de las fiestas. Solía poner excusas con el fin de evitarlas, y si había hecho una excepción con esta fiesta era por el afecto que sentía por Claudette. Es más, de entre todos los loros de la jungla de Wintloria, Mortimer era el que más quería a Claudette. Ella había sido una madre para él después de que los cazadores de trofeos matasen a los padres de Mortimer.
Si él hubiera sido de esos loros que disfrutaban cantando o bailando, habría sido capaz de entonar una estrofa que habría hecho saltar las lágrimas de todo aquel árbol. Se preguntó si debía intentarlo, por Claudette. A regañadientes, y agitándose de la manera más leve, se adentró un poquito más en el grupo, pero, antes de que pudiese emitir una sola nota o menear el trasero lo más mínimo, la jungla entera comenzó a agitarse.

Justo delante del árbol, en el suelo, se formó un charco. Parecía un charco normal y corriente, de esos que te encuentras por la acera tras un día lluvioso, o en una cancha tras un partido de balón prisionero en el que la gente ha sudado la camiseta a conciencia. Pero, aquel charco empezó a salpicar y a bufar.
—¡Ya viene! —exclamó un Mortimer emocionado—. ¡Claudette llegará en cualquier momento!
En las últimas semanas, Claudette había estado al cuidado de la Brigada Especial de Recogida de Tunantes Abominables (la BERTA para los amigos), una organización secreta cuyos agentes viajaban a través de unos portales en forma de charcos. Ninguno de ellos sabía por qué la BERTA debía cuidar a Claudette, pero todos ellos sentían una tremenda emoción por verla. Mortimer se ahuecó las alas para asegurarse de que lucieran de la mejor manera posible, mientras los demás cantaban la canción de Claudette a un volumen que aumentaba hasta cotas descontroladas.
El charco escupió a tres agentes de la BERTA, también conocidos como «los Bertos»: un humano, otro más o menos humanoide y un tercero que no tenía nada de humano. Todos llevaban unas armas tan variopintas como sus aspectos.
—¿Quién es el loro de mayor rango que hay por estos lares? Tengo un mensaje especial del agente al mando de la BERTA, el señor Nicholas Nickle —dijo el agente Hughie, un humano muy engolado y armado con una pistola láser.
—En Wintloria no tenemos rangos de ninguna clase —dijo uno de los loros con voz cantarina—. En esta jungla vivimos todos en igualdad de condiciones, ya sea uno humano, loro o sapo.
—Eso es sencillamente inaceptable —dijo el agente Louie, un ser más o menos humanoide que tenía por piel unas escamas de color naranja—. Tiene que haber alguien al mando. No podemos mantener una conversación con todos a la vez.
—¿Y por qué no? Todos los wintlorianos somos unos conversadores magníficos. Si nos ponen a prueba con cualquier tema, les prometo que no quedarán decepcionados —respondió otro loro distinto.
—Nombren… un… líder —dijo entre dientes el agente Stewie, que tenía la apariencia de lo que podría suceder si un cactus se enamorara de una comadreja gigante—. Si no lo hacen, no podremos transportar hasta aquí a Claudette a través de este portal.
—Yo estoy al mando —dijo Mortimer, que dio un paso al frente—. Entréguennos a Claudette de inmediato.
De entre los demás loros surgieron murmullos. Ninguno lo diría en voz alta, pero todos ellos pensaban que, en el caso de que su especie sí tuviera un líder, no sería Mortimer.
El agente Hughie se inclinó hacia delante, con la nariz frente al pico del joven loro.
—¿Cuál es su nombre, su rango y su ocupación?
—No es asunto suyo, no es asunto suyo y no es asunto suyo —respondió Mortimer—. ¿Dónde está Claudette?
El agente Hughie hizo un gesto al agente Louie, que mostró a Mortimer un gráfico médico totalmente ininteligible. El agente Stewie cuchicheó unas coordenadas por una radio muy peculiar.
—El señor Nickle pensó que deberíamos advertirles sobre el estado de salud de Claudette, porque sabemos que la lorita ha estado ocultando la verdad y no quería que se preocuparan lo más mínimo —dijo el agente Hughie.
—¿De qué habla? —le preguntó Mortimer con voz firme y poco amistosa, aunque por dentro estaba hecho un manojo de nervios y muy preocupado—. Cuéntemelo ya.
—Claudette ha estado en contacto con una criatura tan tenebrosa, peligrosa y picajosa como un erizo armado con un torpedo que aguarda al acecho entre las sombras —dijo el agente Louie—. Hemos hecho por ella cuanto hemos podido, pero hay algo que le impide recuperarse. Lo que ha sufrido con… con esa cosa… la ha debilitado mucho.
—Hasta tiene suerte de seguir viva —dijo estremecido el agente Stewie, que hablaba siseando—. Esta criatura suele sembrar la muerte y la destrucción allá por donde pasa.
—¿Qué criatura? —preguntó Mortimer—. ¿Cómo es que ninguno de ustedes pronuncia su nombre?
Los tres agentes se miraron entre sí.
—Solo queríamos que estuvieran preparados —dijo el agente Hughie afirmando con la cabeza al agente Stewie—. El señor Nickle pensó que era lo mínimo que ustedes se merecían.
El agente Stewie jugueteó con un aparato de alta tecnología que guardaba semejanza con un paraguas. El portal con forma de charco salpicó y bufó de nuevo, con más furia.
Los loros del fondo, que no habían oído aquella conversación, comenzaron a celebrarlo con gritos de júbilo y se pusieron de nuevo a cantar la canción de Claudette. Los demás loros se unieron con la esperanza de templar los nervios con el canto, pero Mortimer mantuvo el pico cerrado.
El canto aumentó de volumen, y el charco salpicó y bufó con más fuerza, hasta que surgió de golpe algo de color morado. El canto cesó de inmediato.
Aquel «algo» morado era Claudette.
Había cambiado tanto que los loros tardaron un rato en reconocerla. Su plumaje, antaño espléndido, ahora se veía pálido y con calvas aquí y allá. Había menguado el centelleo de sus ojos, y se apoyaba sobre una pequeña muleta bajo una de las alas. Con todas sus fuerzas, intentó lucir una sonrisa en el pico.
—Hola, queridos míos —dijo. Su bella voz sonaba ronca y cascada—. Qué maravilloso veros a todos. ¿Cantamos una…?
Claudette estaba intentando mostrarse fuerte, pero estaba agotadísima. Se tambaleó sobre las patas y cayó al suelo.
Mortimer voló de inmediato a su lado. Los demás loros recogieron hojas, cortezas, frutos y otros secretos de la jungla que pudieran sanar las dolencias de Claudette. Mortimer la acunó entre sus alitas con una delicadeza y un primor que ninguno de los demás loros había visto jamás en él.
—Claudette… yo… —comenzó a decir Mortimer.
No sabía qué decir. La última vez que había visto a Claudette, la lorita había sido capaz de dar todo un recital completo sin sudar siquiera. Ahora no se la veía en condiciones de terminar una sola frase. Ver tan débil a su lorita preferida del mundo le hizo sentir pánico e impotencia, pero, sobre todo, una furia tremenda.
—¿Quién te ha hecho esto, Claudette? —trató de decir Mortimer con su voz más suave, pero aun así sonó dura y amarga—. ¡Dime su nombre!
—La bestia —murmuró Claudette. Con las pocas fuerzas que tenía, se incorporó y le susurró al oído—: He visto su mente, Morty, sus horribles actos, sus horrendos recuerdos… Y, aun así, no hay nada comparable a lo que desea hacerle a una niña llamada Bethany. Sálvala. Haz lo que haga falta y SALVA A BETHANY.


Bethany y la no-bestia
—¡SUÉLTAMEEE! —chilló Bethany mientras las dos lenguas regordetas de la bestia se deslizaban por su cuello.
Estaba atrapada entre las deslumbrantes paredes rojas de una jaula láser de la BERTA. Su mejor amigo, el joven de quinientos doce años Ebenezer Tweezer, yacía muerto en el suelo.
—Uy, creo que no me apetece —dijo la bestia. Bethany no tenía la menor idea de cómo la bestia seguía siendo capaz de hablar, porque ella no podía verle la cara—. Llevo mucho tiempo esperando para darme este banquete en concreto, y tengo toda la intención de disfrutar de mi cena.
Mientras hablaba la bestia, más y más lenguas envolvían a Bethany. Primero se deslizaron sobre sus zapatillas y sus tejanos, y después le cubrieron el jersey, después dos más fueron directas a su rostro.
—¿Pensabas que podrías escapar de mí? —le preguntó la bestia. Bethany se retorcía al ser arrastrada hacia la boca apestosa de la bestia—. ¿Aún no te has dado cuenta de cómo son las cosas? Siempre tengo un as guardado en la manga.
La bestia soltó una carcajada, siseando como una serpiente. Bethany se vio arrastrada hacia la muerte y vio que era inevitable. Nunca tuvo ninguna posibilidad de derrotar a la bestia.
Y entonces, cuando los dientes la iban a morder, se despertó.
Se sorprendió al ver que estaba dando vueltas y pataleando en la cama de su dormitorio de la casa de quince pisos. Estaba empapada. Pensó que eran las babas de la bestia, pero se dio cuenta de que tan solo era su propio sudor. Se palpó el cuerpo para comprobar que seguían estando ahí todas sus extremidades, hasta el último de los dedos, nudillos e incluso las rótulas, sin un rasguño y en perfectas condiciones de uso.
Aún le temblaban las piernas al salir de la cama, y se frotó los ojos para asegurarse de que no estaba atrapada en la jaula de la bestia.
—Qué cerebro tan estúpido —gruñó—. ¿Por qué siempre me haces tener pesadillas?
Hacía ya meses que la cabeza de Bethany la tenía atormentada con pesadillas: desde que había visto a la bestia encerrada en su jaula. Su mente se imaginaba situaciones con teteras explosivas, o con unas colmenas que echaban abejas como si de un volcán se tratase; otras veces se imaginaba que unas simples fauces le arrancaban la cabeza.

Bethany tardaba un poco en recuperarse, y agradecía que la criatura que había estado a punto de devorarla (dos veces) estuviera atrapada muy lejos de allí. Si las piernas no le temblaran, incluso habría saltado de alegría.
Bethany se vistió y salió de la habitación marcando el paso, dejando atrás todo aquello. No le había contado a nadie lo de sus pesadillas, porque hacerlo las habría hecho más reales.
Al bajar las escaleras, se encontró a Ebenezer mirando por la ventana. A Bethany le gustaba comenzar el día gastándole alguna broma o riéndose de sus chalecos ridículos, pero, de alguna manera, el haberlo visto muerto en sus sueños le hizo adoptar una actitud más generosa con él. Fue corriendo hacia Ebenezer y le obsequió con una sonrisa que solo fue un poco aterradora.
—¡Buenos días, caramemo! —exclamó y se tomó unos segundos para recomponerse, porque nunca se le daba demasiado bien aquello de decir bobadas blandengues—. Solo quiero que sepas… que me alegro mucho de que no te hayan asesinado de una manera horrible.
Ebenezer se apartó de la ventana, se quedó mirándola y parpadeó varias veces. Aquello era una de las cosas más consideradas que Bethany le había dicho jamás, y no tenía la menor idea de qué había hecho él para merecerlo.
—Gr
