El peso de vivir en la Tierra

David Toscana

Fragmento

Título

Preludio

Cuando un compañero de trabajo le comentó a Nicolás que había muerto Jim Morrison, él mostró poco interés. «Hace cuatro meses murió Stravinski», le respondió. «¿Por qué entonces no me dijiste nada?» Aborrecía el empeño de la gente por ser los primeros en dar alguna noticia, sobre todo noticias puntuales: un resultado deportivo, un accidente, una muerte, muchas muertes. Apenas en esa semana le habían preguntado: «¿Supiste que tembló en Chile?» «¿Que aterrizó aquí en Monterrey el avión secuestrado de Braniff?» «¿Que nacieron nonillizos en Australia?» «¿Que asesinaron a veinticinco mexicanos en California?» «¿Que murió Armstrong?» Tras esta última noticia Nicolás preguntó si era el astronauta; pero no, se trataba de un trompetista. Nicolás hizo una apuesta consigo mismo y dijo: «¿Supiste que murió Iván Ílich?». El compañero se quedó en silencio. Entonces le preguntó si sabía que habían asesinado a Fiódor Pávlovich Karamazov o que Ana Karenina se había suicidado, que Akaki Akakiévich había muerto febril y trastornado, que uno, detrás de otro, habían muerto alcohólicos, por suicidio, enfermedad o hastío todos los Golovliev, y para cuando preguntó si sabía que Yuri Zhivago había quedado tendido exánime a media calle, ya su compañero se había marchado. En verdad los últimos treinta días habían transcurrido entre muchas noticias de muerte. Comenzaron el diez de junio con los estudiantes masacrados por el gobierno, y ese diez de julio llegaba la noticia del cantante. Pero de entre los muertos por la guerra de Vietnam o por la epidemia de cólera, de entre los nonillizos que uno tras otro fueron dejando de respirar a lo largo de siete días y las hordas de seres humanos que necesariamente se van a la tumba por cualquier razón, Nicolás se interesó por tres muertes que ocurrieron en las lejanas tierras rusas, o más lejos aún, allá en el espacio exterior, y que los diarios venían reportando desde el primero de julio. «Misteriosamente murieron los cosmonautas rusos», decía el encabezado. Después de veintitrés días en la estación espacial Sályut, la nave que los trajo de regreso había aterrizado suavemente, suspendida de sus paracaídas, pero cuando los técnicos de la agencia espacial abrieron la compuerta, hallaron tres cuerpos sin vida. Ante el silencio soviético, el resto del mundo comenzó a barajar hipótesis. La más plausible era que luego de pasar tanto tiempo sin gravedad, sus corazones se habían detenido al sentir de nuevo el peso de vivir en la tierra; también se hablaba de un sobrecalentamiento al entrar en la atmósfera, de una descompresión que los habría reventado antes de que se asfixiaran, o bien de la inhalación de gases tóxicos. En sus siguientes ediciones, la prensa continuó dando información. Los cuerpos habían sido trasladados a Moscú y serían sepultados en las murallas del Kremlin. Allá llegaron condolencias de todo el mundo, incluyendo las de Nixon, Paulo VI y el propio presidente Echeverría. A cada cosmonauta se le había declarado Héroe de la Unión Soviética.

Poco después del entierro, las autoridades soviéticas informaron al mundo que el deceso se había debido a una embolia causada por descompresión de la nave.

Esa tarde Nicolás ya no trabajó. Perdió la mente en escenas de su propia muerte.

Por la noche llegó a casa y encontró a su mujer parada en medio del salón, como si le hubiesen robado a su pareja de baile. Nicolás se acercó a la mesa. No se sentó. Se quedó mirando los papeles tachonados y una pila de tres libros. Un vaso vacío. Al fin se acercó a su mujer y la abrazó con fuerza. «Tú y yo vamos a morir como cosmonautas rusos», dijo.

Ella quiso zafarse del abrazo. «¿Asfixiados?», preguntó.

Él la soltó y negó con la cabeza. «Nuestros corazones», dijo, «no soportarán el peso de vivir en la tierra.»

Ella dirigió la mirada hacia la ventana. El rostro se le alumbró con los faros de un auto que pasaba.

Título

1

Nicolás pidió que lo llamaran Nikolái o, más exactamente, Nikolái Nikoláievich Pseldónimov, pero ninguno de sus compañeros le hizo caso. En el comedor de la oficina llegó a preguntar a la cocinera si no tenía kascha o kvas, aunque él mismo tenía poca idea de qué eran esas cosas, pues en las novelas apenas se indicaba que la kascha era un manjar típicamente ruso y el kvas, una bebida a base de cereales. Cuando le pidieron que cooperara para una fiesta de la oficina dijo que no le quedaba ni un kópek y dejó de usar las fechas ordinarias para emplear las ortodoxas: «El proyecto quedará listo para el Día de la Exaltación de la Cruz». Ocupaba el puesto de Subgerente de Comunicación, pero él mandó hacer unas tarjetas en las que se presentaba como Consejero Titular.

Vino a ocurrir que al redactar un informe sobre la reparación de un tramo de la carretera de Monterrey a Nuevo Laredo, Nicolás marcó las distancias en verstas y reportó el monto de la inversión en rublos. Su carretera iba de Moscú a Nóvgorod.

El licenciado Domínguez mandó que se corrigiera el error y sugirió a Nicolás que se tomara unos días de descanso.

«No es necesario, excelencia», respondió Nicolás, y el licenciado no sonrió.

Tres días después, el licenciado Domínguez pidió a Nicolás que completara la redacción de un contrato, lo pasara en limpio y entregara cinco copias «para mañana a primera hora».

«¿Para mañana, excelencia?»

«A primera hora», reiteró el jefe. «Y no vuelvas a llamarme así.»

Nicolás sabía que en una comedia él habría de responder «no, excelencia» y el jefe volvería a decirle que no lo llamara de ese modo, y él de nuevo tendría que decir «no, excelencia» y así hasta el hartazgo; pero guardó silencio porque ninguna comedia había en hacer cinco copias de un contrato de diez páginas cuando ya terminaba la jornada de trabajo.

Tendría que hacerlo en casa.

Y así fue como, a mediados de julio, con un tiempo sumamente caluroso, Nikolái Nikoláievich Pseldónimov, consejero titular, se metió en su casa del 467 de la calle Degollado a copiar el documento.

Se dijo que el calor estaría bien si pretendiera veranear en una dacha, pero en ese momento debía trabajar, y Gogol había escrito que el enemigo de los consejeros titulares «eran las heladas nórdicas; ese frío punzante que ataca de tal forma las narices que los pobres empleados no saben cómo resguardarse, e incluso a los más altos dignatarios les duele la cabeza y las lágrimas les saltan de los ojos». Nikolái encendió una vela, se calzó unos guantes sin dedos, mojó la pluma en el tintero y comenzó la primera copia de las cinco. «San Petersburgo, Imperio Ruso, Fiesta de la Epifanía, 1871.» Sintió las manos tan frías que se notaba el temblor en los trazos.

La secretaria de la oficina se había ofrecido a escribir el contrato a máquina y entregarlo al operador de la máquina Xerox.

«Dostoyevski dijo que todos salimos de El capote de Gogol», fue la respuesta de Nikolái.

Por eso se marcó como punto de partida el empleo de tinterillo, tal como Akaki Akakiévich o el loco del Diario de un loco, que orgulloso le sacaba punta a las plumas de «su excelencia». También escribano había sido Goliadkin, el de El doble, que lo mismo se volvía loco.

Apenas había escrito las palabras «Contrato celebrado entre», con una elegante C capitular, cuando entró su mujer.

Encendió la luz y fue directo a abrir la ventana.

Como si el viento estuviese ofendido por tanto tiempo que lo habían dejado allá afuera, recorrió con prisa el salón, apagando la vela y tirando al suelo dos hojas en blanco.

«¿Qué haces, Marfa Petrovna?», Nikolái cerró la ventana. «Se mete la ventisca.» Encendió de nuevo la vela.

«¿No pude ser Katerina Andreyevna? ¿Al menos Alexandra Ivanovna?»

Nikolái mojó la pluma y continuó su trabajo de copista. Podría hacer la primera copia en poco más de una hora, pero estaba consciente de que muy pronto le caería encima el cansancio. Recién había comprado esas plumas de ave. Aún no sabía cómo sacarles buena punta y su caligrafía estaba lejos de semejar la del príncipe Mishkin.

Se puso el abrigo y el gorro de lana, pues Goncharov había escrito que «para la Epifanía las nevadas son tan intensas que si un campesino sale un momento al campo, vuelve a su casa con la barba cubierta de escarcha».

Salió sin decir nada.

No le gustaba beber, pero a partir de esa noche tendría que hacerlo. Habría de beber cada día y prometerle cada día entre lágrimas a Marfa Petrovna que no lo haría más.

Entró en la primera cantina que halló. Los hombres se arracimaban en pequeñas mesas de madera. Detrás de la barra había un viejo con la dignidad del propietario que no trabaja y una mujer que lo hacía todo. El abrigo y el gorro de lana sofocaban a Nikolái y el rostro se le había puesto tan colorado que los otros parroquianos lo supusieron un beodo integral.

«Deme vodka», pidió a la mujer.

Se dirigió adonde se hallaba un hombre que conversaba con su botella. Bien sabía que las tabernas son sitios para conocer a desconocidos que se vuelven relevantes.

«¿Podría permitirme, caballero, el atrevimiento de sentarme con usted?»

Al hombre le cargó una frase tan larga donde sólo hacían falta dos palabras. Señaló la silla vacía con la mano abierta.

«Nikolái Nikoláievich Pseldónimov, consejero titular.»

El hombre alzó la vista. El aspecto invernal del recién llegado le pareció más extraño que el nombre o el modo de presentarse.

El hombre dijo su nombre pero Nikolái no lo escuchó. Miraba a su alrededor en tanto recordaba aquella frase de Gorki en La madre: «A los hombres no les quedaba más que la taberna para estar a su gusto y no tenían otro goce que el alcohol».

«¿Me permite llamarle Guerásim?», preguntó Nikolái. «Es nombre de campesino si se está en el campo o de cochero si se está en la ciudad.»

La mesera volvió con un vaso minúsculo.

Nikolái miró la insignificancia que tenía delante. ¿Era lo que bebían los cosacos antes de hacerle la guerra a cualquier pueblo vecino? ¿Lo que perdía a los hombres y volvía desgraciadas a las mujeres? ¿Lo que dio fuerzas a los rusos para derrotar a Napoleón? Nadie que bebiera tan poquita cosa podría tener el alma grande.

«Tráigame una botella y un vaso de verdad.»

«Se paga por delante.»

«Como la dote», protestó Nikolái. «¿Dónde quedó el amor?»

Entregó un billete y la mujer volvió con la botella.

Nikolái sirvió el vodka en el vaso y se dispuso a beber. Apenas lo había acercado a la nariz, tuvo que toser. Vio que estaba hecho en México. «A ver si no me quedo ciego.»

«Usted, Guerásim, ¿qué bebe?»

«Un coctel con residuos de jaibol, remanentes de cerveza caliente, el último chorro de una botella de tequila.»

Nikolái ponderó la suerte de haber entrado en esa cantina y toparse con un individuo de tal magnitud. Aunque también se dijo que tal vez en todas las cantinas había personajes como Guerásim. Le había pasado a Raskólnikov: nunca había penetrado en una taberna, y la primera vez que lo hizo fue a meterse justo en la que estaba Marmeládov dispuesto a confesarse con un desconocido.

Nikolái dio un buen trago al vodka y se las arregló para no gesticular.

«¿Quiere un poco, Guerásim?»

Como si temiera que la oferta no durase, Guerásim sirvió una buena cantidad en su botella.

Nikolái intuyó que la vida podía dar un viraje a partir de hechos simples. Un oficinista entra en una cantina y entabla conversación con un ebrio solitario… Un funcionario estornuda en el teatro y salpica al consejero de Estado que se halla delante… Un tal Dmitri ve que una dama con un perro se sienta en la mesa vecina… Karenina toma el mismo tren que la madre de Vronski… A cada paso había vidas alternativas, grandes historias de amor o perdición.

Pasaron media hora sin hablar. A Nikolái ya le sofocaba el abrigo. Guerásim siguió hurtando vodka hasta que se quedaron sin nada de beber.

Fue cuando el mareo y la sensación de ingravidez acabaron de alumbrar a Nikolái.

«Estamos en la estación Sályut.»

Se puso de pie. Con poca noción de lo que era habitar un mundo sin gravedad, comenzó a moverse lentamente. Utilizó la silla como escalón para trepar a la mesa. Ahí, de pie, con los brazos abiertos, dejó que el mareo lo bamboleara sin hacerle perder el equilibrio. Con voz sonora dijo: «Aquí el cosmonauta Pseldónimov. Saludos a los hombres allá abajo y paz a las naciones». Los parroquianos no entendieron el juego, pero igual les atrajo. «Ahora los veo y ahora no, pues mi velocidad es tal que doy varias vueltas a la tierra cada día.» Era verdad que daba vueltas en el minúsculo planeta de madera sobre el que se había posado. Más de uno recordó aquellas noches de años antes cuando vigilaban el cielo para ver pasar el Spútnik. «Salgo ahora a hacer una caminata espacial», anunció Nikolái.

El salto de la mesa a la silla y de la silla al suelo tuvo mucho de gravitatorio. Algo había en ese atuendo de abrigo y gorro de lana que sugería a los bebedores un traje cósmico. Nikolái volvió a operar con movimientos lentos y flotadores mientras se acercaba a la puerta. «Salgo ahora a lo desconocido.» Algunos aplaudieron. Hubo quien le lanzó un beso.

Afuera de la estación Sályut no encontró el vacío total que esperaba, sino una brisa que le agudizó el mareo. En un momento del camino a casa se quedó dormido.

Abrió los ojos cuando recién había salido el sol. Hubiese esperado ya nunca abrirlos, encontrarse en un muro del Kremlin. Pero estaba tumbado en una acera de la ciudad de Monterrey. Los hombres alargaban la zancada para franquearlo; las mujeres preferían bordearlo aunque tuviesen que bajar a la calle. Nikolái comprendió su situación, pero se quedó ahí echado algunos minutos más. Contento de compartir una imagen de Isaak Bábel: «Los borrachos yacían en el patio como muebles rotos». Notó que alguien le había puesto una moneda en la mano. Nunca antes, ni con su primer salario, ni con cada quincena, ni con los aguinaldos de cada fin de año, se había sentido tan bien gratificado.

Entró en la oficina de telégrafos. Tomó el formato y escribió: «Lamento muerte de cosmonautas al tiempo que celebro su valentía».

En el renglón del destinatario apuntó a Leonid Brézhnev, y como dirección apenas escribió Kremlin.

Mientras hacía fila, pensó en el telégrafo de la estación de ferrocarril de Astapovo, unas trescientas verstas al sur de Moscú. El aparato se la pasaba ocioso la mayor parte del tiempo. Apenas servía para mandar señales a las estaciones vecinas y avisar de llegadas, salidas o retrasos de trenes. De vez en cuando algún pasajero enviaba un parco mensaje: «Llego mañana» o «Ayer Gnékker se casó en secreto con Liza», sin siquiera mencionar que se hallaba en Astapovo porque ¿quién diablos sabe dónde queda ese mísero lugar? Pero un día último de octubre de 1910 se apeó del tren un anciano enfermo y se tumbó en la cama del jefe de la estación. Era Lev Tolstói, que ya no se levantaría de esa cama. Durante la semana que duró su agonía, arribaron multitudes a la estación e incontables periodistas. Las agencias de noticias telegrafiaban en busca de información, y desde ese modesto aparato de provincias repiqueteaban palabras para todo el orbe. A su vez llegaban buenos deseos, mensajes de solidaridad, oraciones al dios que hiciera falta. Desde la capital de la provincia enviaron una cuadrilla de telegrafistas para trabajar día y noche, duro y dale, punto y raya, hasta que un helado día de noviembre a las seis y cinco de la mañana hubo de enviarse el mensaje en código morse: «Tolstói ha muerto». Aunque fechado en Rusia el siete de noviembre, llegaba a buena parte del mundo el día veinte, no porque el telégrafo demorara, sino porque Rusia aún usaba el calendario juliano.

«Dígame», la despachadora sacó a Nikolái de sus cavilaciones.

Él entregó su solicitud. La mujer dijo: «No estamos autorizados a enviar mensajes a Moscú».

«Echeverría sí lo hizo.»

Ella se quedó en silencio. Aguardando a que él diera el siguiente paso. Nikolái tachó el nombre de Brézhnev y escribió el del embajador Igor Kolosovski. Conocía bien el nombre, pues solía aparecer en la prensa. Apenas unos días atrás había obtenido un papel protagónico cuando el gobierno mexicano expulsó a cinco diplomáticos soviéticos por apoyar el entrenamiento de guerrilleros que «pretendían derrocar al presidente de México y establecer un régimen marxista-leninista, para lo cual gestionaban visas a los muchachos y los mandaban a un campo de entrenamiento en Corea del Norte».

«Deme la dirección de la embajada rusa», pidió Nikolái a la despachadora.

«Unión Soviética», dijo ella.

A Nikolái no le gustaba ese término, tal como prefería San Petersburgo que Leningrado, pero lo aceptó y apuntó la dirección: Calzada de Tacubaya 204.

Luego firmó como Nikolái Nikoláievich Pseldónimov y apuntó como su dirección Meshchanskaya 19. La muchacha dijo que no existía tal calle, que no podía enviar el telegrama a menos que los datos fueran correctos.

La sustituyó por Degollado 467.

Se envió el telegrama y llegó a la capital a la velocidad de la luz.

Nikolái regresó a casa a menor velocidad.

No alcanzó a meter la llave en la cerradura cuando la puerta se abrió por dentro.

«Te están buscando de la oficina», dijo Marfa Petrovna.

Nikolái se echó sobre el sofá del salón. Ella llenó una jarra con agua del grifo.

«De la oficina», insistió Marfa, «han llamado tres veces.»

«No tenemos samovar.»

Sobre la mesa estaban las hojas en blanco y la vela a medio consumir. El tintero destapado.

«Anoche conocí a un hombre. Guerásim se llama. Un borracho como yo nunca podré ser», Nikolái se llevó la jarra a la boca hasta vaciarla. «Voy a pedirle que sea parte de la tripulación.»

«Tu primera borrachera», dijo ella, «y te das por vencido.»

El teléfono comenzó a sonar. Ninguno iba a responder. Como esos aparatos carecen de botón de apagado, Nikolái arrancó el cable, lo mismo que un personaje de Bulgákov, que se había visto «forzado a desconectar el teléfono de su oficina del Instituto arrancando de un tirón el hilo del receptor». Le estorbaban esos aparatos que mataban la distancia con apenas unos pulsos de los dedos. El infortunio de Zhivago y su familia habría sido imposible si en vez de buscarse con cartas perdidas hubiesen tenido una red telefónica entre Yuriatin y Moscú.

«Pero ya existían los teléfonos», dijo Marfa.

Nikolái se encogió de hombros. «Quizás los bolcheviques habían cortado los cables.»

Apenas diez años tras la invención del aparato, Chéjov lo había vuelto protagónico en un cuento en el que el protagonista intenta inútilmente comunicarse con el hotel Slavianski Bazar; pero el preferido de Nikolái era uno de Arkadi Averchenko. Un joven se las da de influyente y simula hacer llamadas a gente importante desde la oficina de un editor, hasta que el editor le pide que llame también al gerente de la red telefónica, pues «hace tres días que mi aparato no funciona».

Tomó el aparato con el cable arrancado. Lo echó en el cubo de basura de la cocina. «O asalto la central telefónica», había cantado Mayakovski, «o sáquenme del cuerpo el alma proletaria.»

Si querían comunicarse de la oficina, que le enviaran mensajes con un lacayo vestido de librea.

«Esta noche lo intentaré otra vez», consintió Nikolái.

«Es eso», dijo Marfa Petrovna, «o convertirte en asesino.»

Esa noche vistió su traje espacial y realizó la riesgosa caminata de vuelta a la estación Sályut, donde lo esperaba Guerásim, donde lo esperaban varios de los parroquianos del día anterior, que lo recibieron con el afecto de los viejos amigos, con la más cálida de las bienvenidas, a ese mundo en el que las cosas perdían su peso, pues allá en ese lejano cosmos, luego de unos tragos, los cuerpos se volvían etéreos y las almas se libraban de sus cargas más pesadas.

Título

2

Pasaron los días sin que Nikolái le agarrara gusto a la bebida, cosa que le preocupaba, pues había leído en Gogol que «todo ruso que realizaba su oficio decentemente era un borracho empedernido». La última vez que estuvo en la estación espacial sintió náusea apenas con ver el vodka. Por eso no pudo gozar de la ingravidez ni viajó por el cosmos. Guerásim se sintió triste navegando solo.

Nikolái regresó sobrio a casa con la sensación de haber fracasado.

«El borracho será Guerásim», dijo a su mujer. «Yo tendré que matar a la prestamista.»

Marfa le entregó el periódico. Le pidió que mirara los avisos de ocasión.

Las cosas marchaban bien. De la oficina había llegado una carta oficial para notificarle que había perdido el empleo y la patrona amenazaba con echarlos a la calle si no pagaban la renta.

«¿Y tú? ¿Ya decidiste?», preguntó Nikolái.

Marfa se quedó meditando como si apenas en ese momento considerara su papel en la vida, como si no hubiese sido un tema que vinieran tratando desde tiempo atrás.

«No quiero vivir de mi cuerpo.»

«Lo correcto sería que la fatalidad no te diese alternativa», dijo Nikolái.

Así le había ocurrido a Sonia. Para sellar su ignominia no hizo falta a Dostoyevski sino una frase inocente: «Serían las siete cuando Sónechka se levantó, se puso una pañoleta, se vistió el abrigo, salió del cuarto y no volvió hasta las nueve».

«Yo hubiese querido ser una dama de nobleza venida a menos.»

«Para eso tendrías que hablar francés, tocar el piano, haber leído a madame de Staël, tener opiniones sobre la emancipación de los siervos y veranear en Niza.»

En el periódico había sólo dos anuncios bajo el rubro de «Préstamos y empeños». Eligió el que tenía dirección más cercana: Zavala 902 Sur. No le gustó la dirección, así que escribió debajo: Sredniaya 902.

Por la mañana fue a una ferretería. Tan pronto entró, lo asaltó una ola de timidez. No era poca cosa comprar un arma. Tras el mostrador se hallaba una mujer que le preguntó qué deseaba.

«Un hacha», respondió él con voz baja.

«Tenemos varios modelos. ¿Para qué la necesita?»

Nikolái nunca pensó que le harían tal pregunta. No podía responder la verdad y tampoco se le ocurrió una mentira oportuna. Si decía que era para cortar un huizache, le venderían una tamaña herramienta imposible de ocultar en la ropa. ¿Pero para qué servían las hachas si no para cortar leña o asesinar gente? Los bomberos derribaban puertas.

«Después regreso», dijo Nikolái.

Raskólnikov había dicho que hay que pensar en cada detalle, y Nikolái se había embrollado con la primera pregunta.

La noche anterior, Nikolái había hojeado con Marfa algunos libros para dar con ciertas dolencias que tenían subrayadas. «Vamos a ver qué opciones tienes.» Varios personajes sufrían de catarro intestinal. ¿Pero cómo diablos se contraía tal cosa? El vecino de Oblómov tenía hidropesía del pecho. Otros tenían piedras en el hígado, aunque quizá eran consecuencia del mucho beber. Ictericia, que no sonaba tan grave. La madre de Raskólnikov había muerto de fiebre cerebral. Una mujer en cierta novela de Iván Bunin moría de fiebre puerperal, pero para eso haría falta un parto. Dostoyevski contrajo escrófula cuando estuvo preso, pero de eso no murió, ni de epilepsia, que tampoco mató al príncipe Mishkin ni a Smerdiákov. Chéjov menciona a un tal Hipolit Hipolítich, que «enfermó de erisipela en la cabeza y falleció». En otro texto habla del «reblandecimiento del cerebro», que define como «una enfermedad con la cual los sesos se ponen más blandos que de ordinario… como más líquidos», la cual es curable con «duchas frías y emplastos, siempre que se llegue a tiempo». Así, con los sesos reblandecidos, había muerto en cinco días el padre de Katerina Ivanovna, la enamorada de Dmitri Karamazov. A Iván Ílich, miembro del Tribunal de Apelación, le habían diagnosticado riñón flotante, lo cual lo llevó a la tumba el 4 de febrero de 1882. Esto les sonó prodigioso. Imaginaron un riñón que se desprendía como fruta madura y se ponía a deambular por el cuerpo al modo de una amiba gigante. A Basárov, el protagonista de Padres e hijos, se le había contaminado la sangre con el cadáver de un mújik muerto por tifus.

«¿Me lees un poco más?», dijo Marfa.

Nikolái tomó el libro. Fue repasando los subrayados en voz alta. Basárov le había pedido piedra infernal a su padre, que también era médico. El padre le cauterizó la herida, pero Basárov dijo: «Si me he contagiado, ya será tarde para eso». Perdió el apetito. La cabeza le dolía. Tuvo fiebre y escalofríos.

«¿Quieres que continúe?»

Marfa Petrovna lo miró sin parpadear.

Basárov pasó la noche con tos. Se acatarró. «A la mañana siguiente, la cabeza le daba vueltas, la sangre le afluía a la nariz.» Le salieron en la piel «unas manchas rojas, prominentes, malignas». El padre no se da por vencido. Solicita remedios con urgencia: «Envuélvanlo en paños fríos… un vomitivo… sinapismos de mostaza en el vientre… sángrenlo».

«Ya basta», interrumpió Marfa. «No sé qué sea un sinapismo de mostaza, pero no me apetece una enfermedad en que me aliñen como salchicha.»

Nikolái dijo que tal vez la peor muerte por enfermedad la había contado Vsevolod Garshin. Se trata de un joven con un dolor de muelas que no se atiende. Le brota «un flemón y una grandísima úlcera» en la encía. La cosa se va agravando hasta que de la boca y el rostro emana un olor insoportable de cadáver. «A lo largo de un palmo, por la parte derecha, el pecho estaba completamente oscuro, como un terciopelo negro cubierto por una tenue capa azulosa: era la gangrena.» Cuando el morbo avanza por rostro, cuello y pecho no hay modo de recurrir a la amputación. «No queda esperanza alguna.» Aun así le sajan y quitan una enorme cantidad de carne muerta, «de modo que ya no parece hombre vivo sino una preparación anatómica». Pasa noches de agonía. La hermana besa ese rostro putrefacto. «¡Cuánto desearía no morir ahora!», dice el moribundo porque ese beso le convirtió la resignación en deseo de vivir; por eso, aunque pensaba morir valientemente en silencio, acaba haciéndolo entre sollozos.

Marfa negó con la cabeza.

Al final, terminaron donde ya sabían:

«Tuberculosis», dijo Nikolái.

Y ella asintió.

Cuando Basárov hubo exhalado el último suspiro y la casa se llena de un general clamor de duelo, le acomete al padre un frenesí extraño: «Dije que protestaría», grita con voz ronca, con la cara demudada, agitando los puños, cual si amenazara a alguien, «y protesto, ¡protesto!». Pero la madre, ahogada en lágrimas, se le echa al cuello y ambos, abrazados, ruedan por el suelo.

«Así lo haré», Nikolái tomó a Marfa de la cintura. «Cuando mueras, abrazaré tu cuerpo y rodaremos juntos, por el suelo, por la calle, por el espacio, por donde pueda gritar mi protesta.»

Por eso, luego de la ferretería, Nikolái Nikoláievich Pseldónimov, ex consejero titular, se dirigió a la biblioteca en la avenida Juárez. Revisó el fichero y pronto halló una enciclopedia médica en dos volúmenes. Fue a su ubicación y extrajo el tomo segundo para llevarlo a la mesa de lectura. Ahí avanzó las páginas hasta la T. Pasó sin leer el «Tifus» que había matado al mújik, y catorce páginas adelante llegó a «Tuberculosis».

Nikolái conocía bien la enfermedad. Era la favorita de los novelistas por el lento deterioro que provocaba en los enfermos, llevándolos a hundirse física y mentalmente. Cuando ya la muerte estaba próxima, el moribundo parecía recuperar la salud. Entonces volvía a soñar con el amor, hacía proyectos, apreciaba la belleza de la vida, lo cual no hacía sino volver más atroz su muerte. Así le había pasado al hermano de Konstantín Levin, que a un paso de la tumba dejó de toser, se mostraba alegre, recuperó el apetito y decía que no le dolía nada; pero unas horas más tarde no había en su cuerpo un solo lugar que no le atormentara, hasta que asomó una sonrisa a sus labios por la dicha de haberse muerto. Así le ocurrió a Katerina Ivanovna, que después de enloquecer, luego de llevar a sus hijos a cantar «Mambrú se fue a la guerra» para que los peatones les dieran algunas monedas, vivió sus últimos minutos en la razón, casi sin querer ver la sangre que le brotaba por la boca. Y apenas al final se dio cuenta de que era precisamente el final. «Deslomaron a la yegua», fueron sus últimas palabras, y Nikolái se preguntó si Marfa Petrovna podría decir algo tan bello para despedir su vida.

Mas siempre que había leído sobre un tuberculoso en las novelas, se trataba de alguien que ya padecía la enfermedad. Ahora necesitaba esa enciclopedia médica para consultar el origen del que no hablaban los novelistas. Dostoyevski menciona el caso de un muchacho que contrae tuberculosis «por beberse un vaso de aguardiente, echando en él una fuerte dosis de tabaco picado», pero Nikolái no lo tomó en serio.

Comenzó a leer el artículo, saltándose las partes que no le interesaban, hasta que llegó al modo de contraer el mal. «El contagio puede resultar de la inhalación de pequeñísimas gotas de esputo infectado o, más raramente, por beber leche infectada.» Eso le pareció bien, pero luego llegó a una línea que le inquietó. «Puede haber un periodo de muchos meses antes de que aparezcan los síntomas.» ¿Quién tiene tanta paciencia? «Los síntomas iniciales incluyen cansancio, pérdida de peso, fiebre y sudoración durante las noches. A medida que avanza la infección, el paciente comenzará a toser un esputo contaminado con sangre.» Y para rematar sus inquietudes, Nikolái leyó una desalentadora frase: «Mucha gente infectada con tuberculosis no desarrolla los síntomas de la enfermedad; se vuelven inmunes y la infección permanece en estado latente».

Cerró el libro. Sospechó que Marfa ya conocía esos detalles. Había sido muy astuta al rechazar la contundente infección que mató a Basárov.

Por la noche se presentó de nuevo en la estación Sályut. Llevaba su traje espacial. Ya los parroquianos esperaban su entrada lenta y flotadora, y lo recibieron con las botellas en alto. Fue adonde Guerásim.

«¿Sabes leer?» Comenzó a tutearlo. Nunca había asimilado las formas de respeto rusas en las que había un abismo entre el «tú» y el «usted», y resultaba muy disti

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