Insaciable (Ingobernable 2)

Rebeca Stones

Fragmento

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1

Romeo

Si hace seis meses me hubiesen dicho que hoy estaría aquí, probablemente no me lo habría creído, pienso mientras salgo de la consulta de mi psicóloga. Supongo que al final hasta yo mismo acabé por creerme que era un chico feliz sin ningún problema ni preocupación.

Mi ruptura con Melissa fue el desencadenante que me ayudó a entender que tenía que dejar de intentar estar siempre bien, porque es algo imposible. Estar triste es normal, estar enfadado también lo es y despertarse una mañana decaído sin tener una razón aparente para estarlo tampoco es algo extraño. Supongo que los días malos deben de existir para aprender a valorar los buenos, para equilibrar la balanza de emociones que cada uno de nosotros llevamos en nuestro interior.

Logré entender e interiorizar todo esto gracias a las sesiones de terapia mensuales a las que me apunté. Aunque hasta entonces nunca había necesitado ayuda psicológica, siempre defendí la importancia de la salud mental y de invertir, tanto dinero como tiempo, en el bienestar de uno mismo. Cuando me vi perdido, no lo dudé.

Marisa, la amable mujer que me escucha y me hace llegar a conclusiones a las que solo no me hubiese ni acercado, empezó tratándome una vez por semana. Gracias a mi predisposición y a mis ganas de descubrir un nuevo Romeo, las sesiones se fueron dilatando en el tiempo hasta hoy. Actualmente la visito dos veces al mes, aunque cuando estoy algo saturado la llamo y me hace un hueco para poder atenderme siempre que su agenda se lo permite.

Es impresionante lo demandada que está la ayuda psicológica y las pocas facilidades que ofrece el Estado para poder hacer uso de ella. El verano pasado trabajé para comprarme el coche de mis sueños, y tras hacerlo pocos ahorros me quedaron en la cuenta bancaria… Si no fuese por mis padres, no podría permitirme el gran gasto que suponen las sesiones de Marisa. Por desgracia, la Seguridad Social a veces es sinónimo de largas esperas para acceder a determinadas especialidades y, a mi parecer, no le da suficiente importancia al campo psicológico y psiquiátrico.

¿Cómo se tomaron mis padres el cambio radical que pegó mi vida? Francamente, no muy bien. Su hijo, un joven energético con unas ganas insaciables de comerse el mundo, se convirtió en una auténtica marmota. No encontraba fuerzas para salir de la cama, las actividades que solían hacerme disfrutar dejaron de hacerme gracia e incluso pensé en dejar la esgrima. Tras el último campeonato, aquel en el que Mateo volvió por todo lo alto a las pistas, ver a Melissa en cada entreno se me hacía muy difícil. La psicóloga me recomendó evitar verla en la medida de lo posible, por lo menos los primeros meses tras la ruptura. Al principio fui incapaz de hacerle caso, la echaba tanto de menos que la excusa de los combates era perfecta para poder verla y volver a oler esa fragancia que emanaba su piel… Tardé poco en darme cuenta de que esa situación solo empeoraría mi estado anímico. Tenía que aprender a vivir sin ella, tenía que interiorizar de una vez por todas que ya no estábamos juntos. Entonces, cuando mi mente por fin admitió que la había perdido, verla se volvió una tortura. Darte de bruces con la realidad, comprender que nada volverá a ser como antes, que todo lo que tan feliz te hacía se evaporó y que tú no puedes hacer nada para cambiar tu situación… Esa frustración era insoportable. Echarla de menos y aguantar las ganas de llamarla, desear besar esos labios que tantas veces había saboreado pero que ahora no podía ni tener cerca… Empecé a faltar a muchas clases y mis habilidades como esgrimista se vieron afectadas; el club nunca se atrevió a decirme nada porque son conscientes de que soy uno de sus mejores alumnos, pero hasta yo lo notaba… Nuestra relación fue larga y hermosa, hacíamos una pareja perfecta o eso es lo que creí durante esos tres años de amor y felicidad.

Ahora mismo, viéndolo todo con perspectiva y una vez superado todo ese dolor que conlleva perder a alguien, enfoco todo desde un prisma muy distinto. Hay personas que entran en tu vida, cumplen su función y se van. Melissa me enseñó muchas cosas, juntos vivimos nuestra adolescencia y crecimos haciéndonos mejores el uno al otro… Pero ¿teníamos algo más que ofrecernos o solo seguíamos caminando de la mano porque era lo que se suponía que teníamos que hacer? Yo la amaba cuando le pedí salir, la amé durante todo nuestro noviazgo y mi amor perduró meses después de que me rompiera el corazón. Sin embargo, ¿ella sentía lo mismo por mí?

Melissa necesitaba descubrir en ella cosas que yo no podía mostrarle, y por eso decidí perdonar su traición, por eso decidí frenar ese odio que aquel día en plaza España casi se apodera de mí. Todo lo que habíamos vivido juntos, todos esos momentos de risas inaguantables, de pelis en el sofá… nuestros viajes y nuestras aventuras… Todo eso pesaba mucho más que un adiós. No pude odiarla por fallarnos, porque ambos regábamos nuestro jardín y Melissa estaba en su derecho de trasplantarse, de trasladar sus raíces. Es cierto que las mías tardaron en volver a ser las que eran, pero ahora siento que mi maceta está llena de hermosas flores que comienzan a abrirse ante este sol de mayo.

Mayo, el mes en el que nuestro club de esgrima vuelve a la carga. Tras unos meses entrenando menos de lo debido y unas semanas de parón absoluto para recargar pilas, empezamos una nueva temporada de campeonatos y torneos en los que debemos arrasar. Mateo ya no es nuestro profesor, tras su victoria y el visto bueno de su médico para volver al deporte, se convirtió en un alumno más. Félix, que tras el accidente tuvo que estar meses haciendo reposo, empezará de nuevo esta temporada. Chloe y Melissa siguen mejorando clase tras clase y ahora tenemos a dos nuevos integrantes: Lucía y Marcos. Antes estaban en otro grupo, pero la Dirección decidió ampliar ligeramente los equipos y ahora forman parte del nuestro, que es, sin lugar a dudas, el mejor de todo el club. Ambos tienen buen nivel, pero no le llegan ni a la suela de los zapatos a Mateo y a Chloe.

Vaya par, su unión los hizo más fuertes y luchan sobre la pista con la misma pasión con la que se aman. Verlos batirse en duelo es excitante, ninguno de los dos da nunca su brazo a torcer. Es curioso porque en el terreno amoroso es totalmente al revés, los dos son muy comprensivos y siempre que hay un mínimo problema lo arreglan fácilmente, sin necesidad siquiera de alzar la voz. Se quieren y se respetan de una forma envidiable, y no hay nada que me haga más feliz que ver a mis amigos tan contentos.

Alejando algo mis pensamientos, cruzo la calle y aprovecho que estoy en el centro de Sevilla para ir a mi tienda de deportes favorita. Necesito comprar un par de cosas para la nueva temporada y en ella tienen los mejores precios.

—¿Puedo ayudarle en algo? —me pregunta el dependiente en cuanto entro.

—No, gracias. Vengo a tiro hecho —respondo con una sonrisa mientras me apresuro a los pasillos donde se encuentran los productos en los que estoy interesado.

Mañana miércoles será nuestra primera clase tras el parón y quiero estrenar una nueva bolsa, ya que la mía está a punto de romperse. Félix siempre me echaba la bronca cuando la veía porque decía que cualquier día se me abriría en mitad de la calle y todas mis cosas acabarían desperdigadas por el suelo. Me río al recordar sus caras de horror al pensarlo, creo que esa es la única razón por la que he dilatado tanto este momento, me encanta sacarle de sus casillas.

—¿Con tarjeta o en efectivo?

—Tarjeta, por favor —contesto a la cajera mientras coloco en la bolsa de plástico con el logo del establecimiento todo lo que he comprado.

Finalmente he caído en la tentación y he comprado alguna cosita más. Además de la bolsa añadí un chándal, dos packs de calcetines para tirar de una vez por todas los que tienen agujeros y una botella de agua más grande que la que tengo, pues siempre tengo que rellenarla.

—¡Gracias, deseamos volver a verle pronto! —exclama la cajera tras darme el tíquet de compra.

—¡Así será! —le aseguro dedicándole una sonrisa mientras salgo del local.

Ahora sí que sí, ya tengo todo listo para mañana. Camino dos calles hasta que llego al sitio donde dejé mi coche. Dejo lo que he comprado en el maletero y al cerrarlo y alzar la vista me doy cuenta de que he estacionado muy cerca del piso de Chloe y Mat. No sé cómo no me di cuenta al aparcarlo, pero como están solo a dos minutos andando decido pasarme a hacerles una visita.

Ellos y Félix me apoyaron muchísimo todos estos meses, aguantaron mis lloros sin saber muy bien cómo reaccionar porque no estaban acostumbrados a verme llorar. Soy una persona muy expresiva, pero es sabido por todos que siempre intento guardar dentro de mí los sentimientos negativos. No quería molestar a nadie con mis inseguridades, no quería exteriorizar que estaba mal porque para ello tenía que admitir que lo estaba.

El nuevo Romeo ya no es así: el nuevo Romeo sabe que haciendo eso solo logras acumular pena y rabia que se convierten en una bola gigante que ya no sabes ni cómo manejar. Aprendí a ser sincero conmigo mismo para después serlo con los demás, la gente que te quiere de verdad siempre estará a tu lado, estés pasando una mala etapa o el mejor momento de tu vida. Yo tuve y tengo la suerte de estar rodeado de una familia que me apoya incondicionalmente y de unos amigos que siempre se han preocupado por mí, incluso llegando a anteponer mis necesidades a las suyas. Mel también tuvo un comportamiento ejemplar, le pedí que mantuviese las distancias conmigo y así lo hizo, entendió mi decisión y la respetó sin rechistar. Estoy seguro de que, conociéndome tan bien como me conoce, sabía mejor que nadie que era lo que más necesitaba. Ahora que he superado toda nuestra historia, estoy más que preparado para tener una relación cordial con ella. No sé si podremos llegar a ser amigos, pero tengo muy claro que siempre seremos compañeros de vida…

Antes de visitar a Chloe y a Mat, voy a una pastelería y compro una cajita con un surtido de diferentes pasteles. Me gusta tener detalles así con mi entorno, quiero que se sientan queridos y me encanta expresar mi amor de todas las formas posibles.

Justo cuando estoy a punto de llamar al timbre, el teléfono empieza a vibrar en el bolsillo de mi pantalón: es mi madre.

—¡Hola, mamá! ¡Dime! —digo al descolgar.

—Romeo… Romeo, no sabes qué ha pasado…

Su voz llega a mis oídos nerviosa, algo entrecortada y muy fría.

—Mamá, tranquila, explícame qué ha pasado.

Mi madre respira hondo y me explica lo mejor que puede la situación. A medida que la escucho, mi corazón comienza a acelerarse y mi visión se emborrona. Es increíble cómo, en cuestión de segundos, un día puede cambiar de un modo tan radical. Cuando acaba de hablar, solo soy capaz de pronunciar tres palabras antes de salir corriendo:

—Voy ahora mismo.

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2

Romeo

Arranco el coche y meto primera, me tiembla la pierna sobre el pedal del embrague incluso más que cuando me presenté al examen de conducir. Sabía que esto podía llegar a ocurrir, nos avisaron de que teníamos que ser precavidos y tener mucho cuidado, pero llevaba tantas semanas bien que había conseguido relajarme.

Piso el acelerador para segundos después frenar en seco al ver que dos peatones han decidido cruzar el paso de cebra. Les pido perdón con la mano y aprovecho esos segundos que me dan para poner el GPS en el móvil. Sé llegar perfectamente desde aquí, pero quiero hacerlo en el menor tiempo posible y ahora mismo tengo la mente tan colapsada que no sé qué ruta es la mejor. La voz de Siri comienza a guiarme entre las calles del centro de Sevilla, duplico la velocidad que marcan las señales, así que intento estar lo más atento que puedo a la carretera. Después del susto que tuvimos el año pasado con el accidente de Mateo y Félix, siempre que hago algo indebido con el coche las consecuencias a las que me puedo enfrentar empiezan a aparecer en mi cabeza.

Consigo reducir el tiempo de trayecto de treinta a veinte minutos; jamás habría ido tan rápido si la situación no fuese tan urgente, pero sé que no podría perdonarme el no llegar a tiempo, el no poder despedirme.

—Mamá, ya estoy aquí —anuncio nada más abrir la puerta del centro médico y ver a mi madre sentada en la sala de espera.

Se está mordiendo las uñas con nerviosismo, pero cuando me ve llegar su expresión consigue relajarse un poco. Enseguida se levanta y me abraza con fuerza. Por suerte, no hay nadie más en la sala así que tenemos algo de privacidad en este momento tan delicado.

—Cuéntame mejor qué ha pasado. Cuando me fui de casa parecía que todo estaba bien —digo mientras ambos tomamos asiento.

—Y lo estaba, cariño, pero de repente… —Su voz se entrecorta, no es capaz de continuar.

—¿Se tomó la medicación? Recuerda, son dos pastillas al día.

—Claro que se la tomó, Romeo, no nos hemos olvidado ni una sola vez.

Empiezo a desesperarme al no entender qué ha podido ir mal… Decido no presionar a mi madre con más preguntas porque es evidente que no se encuentra en condiciones de responder. Está tan nerviosa o incluso más que yo; además mi padre está trabajando, así que imagino que ha tenido que vivir el susto ella sola. Agarro su mano con fuerza, intentando traspasarle algo de mi esperanza. A veces las palabras llenan huecos que deben estar vacíos y este silencio que se crea entre los dos es todo lo que necesitamos para respirar profundamente y esperar a que nos llamen.

—Hola, Romeo, me alegro mucho de que estés aquí. —Como si nos hubiese leído la mente, el veterinario me saluda y nos invita a pasar a la sala donde está mi perra.

—Buenas tardes, Alberto —lo saludo y le doy un fuerte abrazo; en estos últimos meses nos hemos visto más de lo que me gustaría. Alberto es una persona encantadora que siempre ha hecho todo lo posible para tranquilizarnos con respecto a la salud de mi fiel amiga y hemos forjado una relación más allá de lo profesional.

Cuando finalmente paso y la veo ahí, sobre la camilla metálica con esos ojos negros que ahora transmiten tanta pena, se me rompe el corazón.

—Bruma… Mi vida… —susurro mientras me acerco para acariciarla. Su rabito comienza a moverse, no con energía como lo hacía antes, sino lenta y cuidadosamente.

Apoyo mi frente en su cabeza y su lengua lame la lágrima furtiva que se desliza por mi mejilla. Me llena la cara de besos y me reconforta saber que aún tiene fuerza para demostrarme su amor. Mi madre acaricia su lomo; ha perdido algo de peso y su pelo ya no brilla tanto, pero sigue siendo la perra más bonita que he visto en mi vida.

—Ya sabéis que está delicada de salud… Esto solo ha sido un susto, la hemos estabilizado en poco tiempo y podrá volver a casa mañana mismo. Tendremos que subirle un poco las dosis de la medicación para que esto no vuelva a ocurrir —nos explica Alberto con la mano sobre mi espalda. Sabe lo importante que es Bruma para nosotros y lo preocupados que estamos por ella.

Hace tres meses Bruma se desplomó en el suelo de casa sin motivo aparente. La llevamos corriendo al veterinario y le diagnosticaron una enfermedad que por suerte tiene tratamiento. No obstante, al ser tan mayor su cuerpo no consigue erradicarla del todo dado que su sistema inmunológico ha perdido facultades con los años. Tomándose sus pastillas volvió a ser la perra juguetona de siempre, pero, aun así, tenemos que volver al veterinario a hacerle una analítica cada tres semanas para ver si consigue progresar. En nuestra última visita nos dijeron que la enfermedad no avanzaba pero tampoco remitía, algo que nos preocupó y nos hizo estar todavía más alerta…

—¿Tiene que pasar aquí la noche? —pregunto angustiado por la idea de dejarla aquí. Bruma odia quedarse ingresada y yo siento que la estoy abandonando. La idea de que pueda irse sin sentir mi calor, sin verme antes de cerrar los ojos para siempre me perturba muchísimo.

—Es lo mejor, aquí estará vigilada y necesitamos comprobar que todo ha vuelto a la normalidad. No os preocupéis, está estable, mañana podréis recogerla, pero tendrá que ser a última hora.

—Mi marido vendrá a por ella cuando salga de trabajar —hace saber mi madre agarrando la carita de Bruma entre sus manos.

Ella fue la que convenció a mi padre para adoptarla. Insistí durante años, pero él se negaba en redondo a tener un animal en casa. Cuando cumplí diez años, apareció sobre mi cama un cachorro achuchable con un lazo rojo en el cuello. Grité y lloré como un histérico y finalmente Bruma se volvió un miembro más de mi familia. Mi padre no tardó ni un día en quererla como si de un hijo más se tratase. Es impresionante lo importante que un animal se puede volver para ti, las conexiones tan fuertes que pueden llegar a crearse con una especie que ni siquiera habla tu idioma. Bruma sabe cuándo estoy triste, cuándo tiene que animarme y cuándo es mejor dejarme solo; me entiende mucho mejor que la mayoría de las personas y valoro su compañía mucho más que la de algunos seres humanos. Los perros son leales, te quieren de forma sincera sin esperar nada a cambio… ¿De cuántas personas podría decirse lo mismo?

—Venga, volved a casa, Bruma necesita descansar —nos insta Alberto guiñándonos un ojo.

Asiento y me despido de mi mascota antes de salir.

—Mañana te daré doble ración de las chuches perrunas que te gustan —le susurro a la oreja deseando que me entienda. Y parece que lo hace, porque su colita empieza a moverse más rápido—. Eres la mejor —añado sonriendo.

—Cualquier cosa, llámanos, vendremos al instante —le pide mi madre a Alberto.

Mientras prolongan la conversación concretando la recogida de mañana, yo decido salir a la calle a tomar el aire: aunque no quiera admitirlo, esta situación me sobrepasa y la idea de perder a Bruma me reconcome por dentro. Sé que algún día llegará ese momento, ya tiene diez años y debo empezar a hacerme a la idea para estar listo para la despedida, pero creo que por mucho que lo intentes nada puede prepararte para algo así.

—¿Romeo, eres tú? —Una voz dulce y algo familiar me detiene antes de que pueda abrir la puerta.

Iba tan absorto en mis pensamientos que no me percaté de que en la sala de espera hay un dálmata precioso con su respectiva dueña.

—El mismo —respondo con una sonrisa tímida al descubrir a quién pertenece la voz.

Es Bea, la amiga de Marcos y Lucía que me presentaron la última vez que salí de fiesta con ellos. Recuerdo que fue una gran noche: bailamos en la tarima, gritamos a pleno pulmón nuestras canciones favoritas y en cierto momento de la noche ella me dio su número de teléfono. Nunca llegué a hablarle, ni siquiera volvimos a vernos, no por nada en concreto, me lo pasé muy bien con ella y me parece una chica guapísima y encantadora, pero yo acababa de pasar por una ruptura y no me apetecía conocer a nadie. Quise dedicarme unos meses para mí, para conocerme mejor, y así lo hice. Es importante aprender a vivir en soledad y yo tenía esa asignatura pendiente, ya que siempre me incomodó el hecho de estar solo, no me gustaba estar en casa sin compañía y tampoco salir a la calle a hacer lo que fuera si no iba con alguien. Hoy en día noto un gran avance en mí, me he vuelto un chico más independiente y eso me gusta mucho.

—No sabía que venías a este veterinario —comenta mientras se levanta para darme dos besos. Su perro también me saluda subiéndose a mis piernas—. Perdón, te va a manchar —añade risueña mientras tira un poco de la correa que lo sujeta para evitar que sus patas ensucien mi pantalón.

—No te preocupes, tengo lavadora en casa —respondo soltando una risotada mientras me agacho para acariciar a su dálmata—. ¿Cómo se llama?

—Báltor, acaba de cumplir dos años.

—¡Hola, Báltor! —exclamo poniendo esa voz de bebé que se suele poner para hablar con los animales.

—¿Tú has venido con tu mascota?

—Sí, tiene que quedarse ingresada esta noche: está enferma, pero no te preocupes, todo irá bien, está fuera de peligro.

No sé si lo digo para evitar que se preocupe o para tranquilizarme a mí mismo… Creo que para conseguir ambas cosas.

—No me cabe duda de que todo irá bien —afirma Bea apoyando su mano en mi hombro. Su respuesta me reconforta, esa es la actitud que busco—. Báltor viene a su revisión anual, odia venir al veterinario pero se ha relajado mucho al verte.

—Se me dan bien los animales.

—Eso dice mucho de las personas, no me fiaría de alguien a quien no le gustasen los perros.

—¿Sabes qué? Yo tampoco —susurro negando con la cabeza.

Ambos nos reímos y Báltor lanza un ladrido al aire: él también está contento.

—Romeo, ¿nos vemos en casa? —pregunta mi madre, que ya ha terminado de hablar con Alberto y aparece en la sala de espera. Su expresión sigue tensa y nerviosa.

—Sí, mamá, ahora mismo voy. —Ella ha venido en su coche y yo en el mío, así que tenemos que volver a casa separados.

—Perfecto, cariño, pediré nuestras pizzas favoritas para cenar, así nos animamos un poco —dice antes de lanzarme un beso volador y salir del veterinario.

—Tu madre parece majísima —me comenta Bea cuando nos quedamos a solas.

—Lo es... Ella no solo es mi madre, también es mi amiga —le explico mientras me levanto y me sacudo los pelos blancos y negros que ha dejado Báltor en mi pantalón—. Encantado de verte de nuevo, Bea.

—¡Lo mismo digo! Ya me contarás qué tal le va a tu mascota.

—Mañana mismo ya estará dando guerra por casa —aseguro alejándome hacia la puerta—. ¡Nos vemos!

Justo cuando pongo un pie en la calle y estoy a punto de cerrarla, cuando pensaba que nuestra conversación ya se había terminado, escucho la voz de Bea otra vez:

—¿Y si nos vemos mañana? —propone algo sonrojada acercándose a la puerta con prisa.

—¿Mañana?

—¡Sí! ¿Estás libre?

No esperaba la pregunta, así que tardo unos segundos en responder. ¿Quiere quedar conmigo? ¿Los dos solos? En plan… ¿una cita?

Trato de pensar una excusa para escaquearme de la situación tan comprometida en la que me veo envuelto. La última vez que tuve una cita con alguien fue con Melissa, y de eso ya hace más de medio año.

Y, evidentemente, es muy diferente quedar con tu novia después de años de relación que tener una primera cita con una persona que es casi una completa desconocida.

Soy muy sociable, me encanta conocer a gente nueva, pero sé que le gusto a Bea y sé que ella puede llegar a gustarme a mí y es ese contexto romántico el que consigue ponerme nervioso. Estoy oxidado, es una realidad.

—Sí, estoy libre —respondo de forma intuitiva.

—Y… ¿quieres quedar conmigo? —pregunta levantando las cejas. Me gusta su seguridad. Como la anterior vez que nos vimos, ella ha tomado la iniciativa y me encantan las chicas que la toman sin esperar a que sea el hombre el que dé siempre el primer paso.

¿Qué puede salir mal? Quedar con ella es una buena idea; si no, seguro que estaré en casa comiéndome la cabeza pensando en Bruma. Además, es una gran oportunidad para ponerme a prueba, para averiguar si estoy listo para conocer a chicas sin caer en el error de compararlas con Melissa…

—Sí, quiero quedar contigo —contesto con una sonrisa.

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3

Romeo

Estoy nervioso.

Muy nervioso.

De hecho aún no estoy convencido de que pueda hacerlo.

¿Y si la dejo tirada? Oh, no, no puedo hacer eso, sería un capullo integral, pienso mientras voy al baño a lavarme los dientes, pues es lo único que me queda por hacer después de haber estado treinta minutos probándome ropa para acabar eligiendo la primera opción que tenía en mente: unos pantalones anchos de color lila que combinan con las flores que tiene estampadas la camiseta, mis deportivas blancas y una gorra para disimular lo largo y revuelto que tengo el pelo. Sencillo pero con rollo, como a mí me gusta.

Pero ¿le gustará a ella? ¿Tal vez debería elegir un outfit más formal o tal vez más informal, como un chándal, por ejemplo?

¡Dios, qué más dará! Seguro que Bea no le dará tanta importancia a mi atuendo como la que le estoy dando yo. Además, hemos quedado en que iré a recogerla a su puesto de trabajo, así que ella ni siquiera podrá pasar por su casa para acicalarse.

A las cinco debo recogerla en la puerta del colegio donde hace sus prácticas como maestra de Educación Infantil. No solo da clase a decenas de niños que seguro que no paran quietos, sino que además se queda también en el turno del comedor. Que le guste trabajar con niños es una buena señal, seguro que tiene mucha paciencia y la necesitará para aguantar mis tonterías, que no son pocas.

Cuando termino de enjuagarme la boca me detengo unos segundos frente al espejo. Aunque parezca una tontería, estos momentos pueden marcar un antes y un después en tu vida. Son las decisiones que tomamos cada día las que escriben nuestro destino: ante nosotros hay diversos futuros y me fascina saber que cada paso que damos nos acerca más a uno al tiempo que nos aleja de otro. Me apunté a esgrima porque vi cómo la practicaban en una película, allí conocí a la mayoría de mis amigos y es el hobby al que dedico la mayor parte de mi tiempo. ¿Qué estaría haciendo ahora mismo si mi madre no hubiese cambiado de canal aquella noche? ¿Qué amigos tendría? ¿Mi cuerpo sería diferente? ¿Sería más o menos feliz?

Una decisión banal, un momento a priori insignificante, cambió por completo el rumbo de mi historia. Mis padres se conocieron bailando de fiesta en una discoteca, tienen una relación idílica, se siguen mirando con amor y pasión y se siguen queriendo como lo hacían el primer día… ¿Qué hubiese pasado con esas almas gemelas si ese día hubiesen decidido quedarse en casa? ¿O si uno de los dos decidiese ir al baño justo en el momento más inoportuno?

Nuestra existencia es un puzle formado por millones de piezas que nos completan y es maravilloso saber que hay tantos futuros alternativos esperando a que lleguemos a ellos.

—Lo vas a hacer, Romeo —me digo en voz alta con los ojos clavados en mi reflejo—. Tú lo sabes, yo lo sé… —añado señalando el espejo para después darme un toquecito en el pecho—, así que deja de hacer el idiota y sal por esa maldita puerta.

Suspiro y me obedezco. Cojo las llaves y la cartera para luego bajar las escaleras y despedirme de mi madre.

—¡Me voy, mamá, te quiero! —exclamo dándole un beso rápido en la cabeza. Está sentada en el sofá leyendo uno de sus libros, es una lectora voraz.

—¿Adónde vas? —me pregunta intrigada.

—Tengo una cita —respondo sin detenerme.

—¿Una cita? ¿He escuchado bien?

—¡Luego te lo cuento todo mamá, que llego tarde! —exclamo riéndome ante su tono de desconcierto.

Arranco el coche y miro el reloj: aún son las tres y media, pero antes de ir a por Bea necesito hacer una parada. Conduzco hasta llegar al centro de Sevilla y, después de dar un par de vueltas, consigo estacionar. Esa es la parte que más odio de conducir, tener que aparcar. Tras maniobrar un par de veces y provocar varios toques de claxon de los conductores impacientes que hay detrás de mí, saco la llave del contacto y me limpio el sudor de la frente. Mi Mini no ha quedado muy recto en la plaza, pero tampoco es que tuviese mucho espacio para dejarlo mejor.

—Aceptable —susurro con los brazos cruzados con la vista clavada en el coche mientras me alejo por la acera. Saco el teléfono del bolsillo y marco el número de Mateo, que me responde al instante—. ¿Estás en casa? —le pregunto nada más escuchar su voz.

—Sí, estamos Chloe y yo —afirma al otro lado de la línea.

—¡Pues abridme! —le pido mientras presiono con el dedo la tecla del telefonillo que corresponde a su piso.

—Nunca avisarás de que vienes, ¿verdad? —se queja Mateo entre risas. La puerta emite el zumbido que me avisa de que ya puedo empujarla y accedo al interior del edificio con una sonrisa pícara.

—Te he avisado.

—Ni medio minuto antes, Romeo.

—Gajes del oficio —replico mientras el ascensor me sube hasta su planta.

—¿El oficio de ser tu amigo? —pregunta Mateo soltando una carcajada—. Ya no soy tu entrenador, así que oficialmente aguantarte no es mi trabajo.

—Pues tendrá que ser tu hobby, porque seguirás haciéndolo por lo menos unos añitos más —repongo y cuelgo antes de que pueda decir nada más. Su felpudo ya se encuentra bajo mis pies, ahora nos toca seguir la conversación en persona—. ¡Desenganchaos, que ya estoy aquí! —grito golpeando la puerta.

—¡Romeoooooo!

Es Chloe quien me abre la puerta y lo hace con esa sonrisa tan perfecta que tiene. Me abraza con fuerza y la levanto en volandas para darle un par de vueltas, nos hemos vuelto inseparables.

—La madrileña más guapa de la ciudad. —Le doy un beso en la mejilla y ella me empuja al interior de la casa. Sus mascotas enseguida vienen a saludarme, maullando sin control—. ¡Bichitos! Habéis añorado a vuestro tío, ¿verdad?

Mateo adoptó hace años a Monchi, un gato negro al que le puso ese nombre porque de pequeño siempre se confundía y en vez de decir «mochi», el nombre de un pastel japonés que sus padres siempre encargaban porque los devoraba, decía «monchi». Nunca se olvidó de ello y siempre nos cuenta que, cuando fue a la protectora en busca de un gato, se decantó por el suyo porque era una bolita negra tan pequeñita que le recordó a los mochis que tanto le gustaban durante su infancia. Llevaba tiempo pensando en adoptar otro gato para que le hiciese compañía a Monchi, ya que pasaba mucho tiempo solo, y la llegada de Chloe lo convenció para aumentar la familia. Yo los acompañé al refugio y ella eligió el gato más feo de todos, un siamés al que le faltaba un ojo, tenía la cola parcialmente amputada y que llevaba años esperando un hogar. Fue un gesto precioso y que la honró como persona, pero siempre bromeamos con la cara que tiene la pobre Filloa.

Porque sí, Chloe siguió la estela de Mateo y nombró a su gata como su postre favorito: las deliciosas filloas que su abuela gallega le preparaba cada vez que iba con sus padres a Galicia.

—¿Quieres algo de comer, Romeo? Tenemos bizcocho casero de postre —me ofrece Mateo tras darme un abrazo de los suyos, de esos que te impiden respirar durante unos segundos.

—Sabes que nunca diría que no a un trozo de bizcocho… Pero hoy estoy tan nervioso que tengo el estómago cerrado.

—¡Romeo renunciando a comida! —exclama Chloe mientras corta un trozo de bizcocho para ella y otro para su novio. Ambos están detrás de la barra que separa el salón de la cocina, expectantes a lo que tengo que contar.

—¿Lo suelto sin más?

—Suéltalo sin más —responden al unísono, sin dudar. Me encanta comprobar lo sincronizados que están siempre, parece que sus mentes viven en una constante sinergia.

—Tengo una cita.

Chloe y Mateo abren mucho los ojos, tanto que parece que en cualquier momento vayan a salirse de sus cuencas. Mastican el bizcocho a cámara lenta, procesando lo que acaban de escuchar.

—¿Tan raro es? ¿Es que no me veis preparado? —pregunto inseguro.

—¡No, Romeo, no es eso! —replica Chloe preocupada por lo que me ha dado a entender—. Me alegro muchísimo de que des ese paso, has estado meses negándote a conocer a nadie y me parece genial que hayas aceptado esa cita.

—Es genial, Romeo, pero no tienes que forzarte a hacerlo si no quieres. No tengas prisa, es normal que tras una ruptura no tengas ganas de conocer a nadie más… ¿Sabemos quién es? —plantea Mat.

—Es una amiga de Lucía y Marcos, no creo...

—¿Cuándo es la cita? —sigue preguntando Mateo; a él se le ve algo más preocupado, siempre ha sido muy protector conmigo.

—Hoy.

—¿¡Hoy!? —grita Chloe.

—En menos de una hora —añado riéndome, en parte por su incredulidad pero también de nerviosismo al darme cuenta de que se acerca

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