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Rojo y negro
Los llamaron Pieles Rojas, y sin duda había algo de encarnizamiento apache en la manera en que jugaban al fútbol. Aquel equipo vivió poco, pero intensamente. Dejó un cadáver bonito, de acuerdo a una efímera cualidad rockera, y, si alguien lo desenterrara, vería los arañazos que dejó en la tapa del ataúd.
Pocos recuerdan hoy la aventura de aquellos iluminados del primitivo fútbol madrileño, pero fueron el equipo de moda de su tiempo. Campeones a la vez que antagonistas de casi todo y todos. Uno de los pocos que alcanzó a contar lo que vio u oyó fue el historiador Félix Martialay, quien resumió su espíritu en pocas palabras: «Equipo chamberilero de rompe y rasga. Castizo. Golfo. Futbolísticamente era la furia desatada. El equipo quebrantahuesos del señoritismo del Madrid, del caganchismo del Athletic[1] y del sportivismo de la Gimnástica madrileña, que eran los equipos establecidos». El equipo del que habla era el Racing de Madrid.
Murió en Nueva York. Su última función tuvo lugar en lo que hoy es un parque del barrio polaco de Greenpoint, al norte de Brooklyn, entre antiguos edificios de ladrillo y una atmósfera decadente. El solar donde el Racing dio sus últimas y deprimentes patadas al balón hoy es vandalizado regularmente por las bandas juveniles que aterrorizan al vecindario. Hace unos años incendiaron la caseta de mantenimiento, lo que provocó un apagón que los gamberros aprovecharon para pintar grafitis y poner navajas en el cuello de los perros, ante la mirada horrorizada de sus dueños. Es seguro que los chicos del Racing no se habrían sentido intimidados en un ambiente así.
Aquel día jugaron ante el impresionante telón de fondo del skyline de Manhattan. Fue su último partido, y lo perdieron. Daba igual, porque las estaban pasando canutas. Ese día les acuciaban otras inquietudes, como pagar la pensión donde se alojaban o llevarse algo a la boca. Al otro lado del East River, el arrogante Empire State, el pináculo del edificio Chrysler o el anguloso Flatiron eran los altos testigos inmóviles de la muerte del Racing de Madrid.
Fue la ambición lo que los empujó hasta allí. Habían estado en la cima, pero su armadura de campeones se pudrió de manera definitiva. En su tránsito de patito feo a cisne fue el rival que más amedrentó al Madrid, incluso físicamente: la policía tuvo que intervenir en algunos de los duelos que los enfrentaron. Sucios, urbanos, con sus bellas camisetas de rayas rojinegras. Hoy son apenas una sombra romántica del fútbol de entreguerras que dejó tras de sí un perfume popular y bohemio. Tuvieron más fuerza que nadie, y la fijeza lunática de los que fundan su fe desde las catacumbas.
Se habrían sentido cómodos con el eslogan del Lejano Oeste que dice que, cuando los hechos se convierten en leyenda, se escribe la leyenda. Hoy el único rastro de su paso por el mundo de los vivos es una placa de mármol en la plaza de Chamberí, en la fachada de la Junta Municipal del Distrito, a cuyos pies, a veces, algunos niños del barrio dan patadas a un balón, y donde se lee:
EL RACING CLUB
A LOS HIJOS DEL DISTRITO
DE CHAMBERÍ
QUE DIERON SU VIDA
POR LA PATRIA
XIV-IX-MCMXXVI
A escasos metros de allí, en el paseo del General Martínez Campos, que un día se llamó paseo Novelesco, se emplazó el campo donde el Racing vivió su época dorada. Pero ¿quién o qué fue ese enigmático Racing Club?
El fútbol llegó a Madrid de la mano de la Institución Libre de Enseñanza, el proyecto pedagógico que aspiró a la regeneración del país entre finales del siglo XIX y principios del XX. Sus educadores, tipos modernos, creían que la cultura física y la práctica deportiva eran elementos esenciales para la formación del individuo. Eran anglófilos, en un momento en que la crisis de autoestima de los pueblos latinos llevaba a estos a preguntarse por la superioridad de los anglosajones. De por medio estaban los miedos de fin de siglo a la degeneración de la raza, que las escuelas inglesas trataban de contrarrestar atrayendo a la juventud hacia la educación física como medio para inculcar valores de disciplina y obediencia, sin renunciar a la libertad individual.
Algunos profesores de la Institución habían estudiado en Oxford y Cambridge, donde se empaparon de su espíritu deportivo. Chaquetas de regatas, tazas de té sorbido con meñique alzado y una juventud que aspiraba a llenar el «minuto implacable» de Kipling con violentas hazañas coloniales o de empresa. El gentleman inglés se curtía en los campos de juego gracias a actividades físicas agresivas.
A su regreso a Madrid llamaron la atención. Usaban palabras en inglés, fumaban en pipa, vestían trajes a cuadros y se habían afeitado el bigote. Uno de los profesores de la Institución se trajo con él un balón de foot-ball. Ligado al desarrollo industrial y el colonialismo, el fútbol era por entonces, junto al rugby o el críquet, un poderoso embajador cultural del estilo de vida británico que penetró en las escuelas europeas, dirigidas a los hijos de la mediana burguesía.
El balón saltó de la escuela a los descampados y a las praderas. Aquel juego, cuyas virtudes estaban en sintonía con el ideal regeneracionista, causó furor en la Institución, y alumnos y profesores lo practicaban durante sus paseos dominicales por Moncloa, la Florida o Puerta de Hierro, entre cazadores furtivos que vendían pieles de conejos capturados con lazo. Luego merendaban y jugaban a la gallina ciega a orillas del Manzanares.
Los deportes anglosajones eran, por tanto, una herramienta ideal para que una España deprimida se adaptara al mundo moderno. Por su propia naturaleza, la equitación, el golf, la esgrima, el tenis o la caza eran privativos de las clases acomodadas, que tenían tiempo y dinero para su práctica. En cambio, el fútbol era barato, educativo e higiénico, y estaba al alcance de las clases medias ilustradas y de las populares.
Los alumnos más inquietos de la Institución crearon a finales del siglo XIX la Sociedad de Foot-Ball Sky Club. Su propio nombre, Sky, parecía tomar prestada la inflada retórica de Sanz del Río, el primero en traer de Alemania las ideas krausistas inspiradoras de la Institución, que escribió: «Saca Dios al hombre a la escena del mundo [...] y le da por techo el cielo».
Las ansias celestes del Sky se fragmentarían en varios pedazos. De uno de ellos surgió el Madrid F. C., que aún tardaría algunos años en recibir aquel relamido telegrama del mayordomo de Alfonso XIII que le otorgaba la denominación de «Real». Partía con ventaja al hacer suyo el nombre de la ciudad, y pronto se hizo también con el cotarro del fútbol madrileño, que apenas le disputaba otro equipo: el Español, nacido de otra disensión del Sky. Si el Madrid era el club del señorial barrio de Salamanca, el Español madrileño atrajo a la burguesía de los Jerónimos. También andaban por ahí el Moderno (una escisión merengue), el afrancesado Amicale y el Moncloa. Los dos primeros ingresarían más tarde en el Madrid. Había también un grupo de vascos ensimismados, estudiantes de Minas, que fundaron lo que llegaría a ser el Atlético, una pacífica sucursal del Athletic bilbaíno que las gentes de Madrid veían sin afecto. Al mismo tiempo, una secta antipática de amantes del músculo se fijó también en aquel deporte inglés que empezaba a ganar adeptos, y pronto quisieron imitarlos. Era la Sociedad Gimnástica.
Aquellos devotos de la cultura física habían fundado la Sociedad en marzo de 1887. Tomaron el nombre de una novedosa práctica social, la gimnasia, cuya máxima preocupación era la higiene. La gimnasia definió sus objetivos alrededor de la garantía de salud y la educación del carácter de los jóvenes, y no tardaría en arraigar en el mundo escolar. El espíritu de la época era favorable. El culto al cuerpo y la belleza, así como las doctrinas higienistas, iban de la mano del auge del deporte entendido como índice de desarrollo de las naciones y símbolo de modernidad. El discurso regeneracionista encontró además en la gimnasia otro medio para «regenerar la maltrecha raza ibérica» y urgió a que la cultura física entrara en las escuelas.
La idea maníaca de los gimnásticos encontró su primera sede en el número 10 de la calle del Prado. Allí estaba el pionero gimnasio de Mariano Ordax, donde se impartían clases de gimnasia terapéutica e higiénica. La opinión pública no iba a escatimar burlas acerca de aquel establecimiento civil. La Filoxera, publicación satírica de la época, se refirió a él, tras su apertura, con mordacidad: «En el Gimnasio que dirige el inteligente Sr. Ordax no hay posibilidad de evitar el desarrollo, porque es sabido aquello de “Has [sic] gimnasia y te desarrollarás”. La sala de armas está dirigida por el hábil profesor de esgrima Sr. Guillén. Ánimo, pues, y a robustecerse y a aprender a dar sablazos».[2]
Desde allí los gimnásticos se trasladaron a un sótano en la calle de la Cueva (hoy Marqués de Leganés), dotado ya con aparatos. Mazas persas, estiratorios, potro de saltos, poleas sublimes, cuerdas, estribos, balones medicinales... A la vista de un neófito, el catálogo de cacharros era propio de una mazmorra de la Inquisición.
De la calle de la Cueva no solo iban a salir tersos atletas o profesores de cultura física con destino a los colegios, sino también cómicos de circo, saltimbanquis y acróbatas excéntricos. Si soltaban las pesas o descendían de las espalderas, era para correr a divulgar entre el Pueblo el nuevo culto muscular. La Gimnástica Española aspiró a sentar las bases de una sociedad popular y democrática que pusiera el deporte al alcance de los aficionados para que «el estudiante, el empleado o el obrero pudieran combatir los vicios y embrutecimiento de la vida de esclavitud, de trabajo constante, con la expansión y equilibrio que proporcionan al espíritu las emociones del deporte y lograr un desarrollo armónico de inteligencia y salud».
Su esfuerzo democrático de captación tuvo mucho que ver con la acogida que la burguesía liberal dispensó al deporte. Contaba con tantos jóvenes progresistas impregnados de idealismo europeo que adoptaron el escudo internacional gimnástico, con cuatro efes mayúsculas en forma de cruz: Franco, Fuerte, Fresco y Firme. Esas palabras sublimes evocaban la contribución de la gimnasia, no solo física sino también moral, en la formación del individuo. Fuerte y Fresco «en contraposición a la vejez prematura», Franco y Firme «en contraposición a la hipocresía reinante».
Aquellos sportmen cívicos iban a darle a todo: esgrima, tiro con pistola y diversas modalidades de atletismo. Por tanto, los gimnásticos no podían dejar de interesarse por aquel deporte traído de Inglaterra que empezaba a arraigar en Madrid. Atrajeron a los miembros del Moncloa Foot-Ball Club para formar su propia sección de fútbol y se enfundaron unas camisetas de serias rayas blanquinegras. Pronto obtuvieron un puñado de victorias que los situaron en la cima del fútbol madrileño, y ganaron el campeonato Regional en 1910, 1911, 1912 y 1914. Aquellas victorias les dieron brillo y un caché espumeante. Todos los clubs y aficionados querían ver el empuje de los gimnásticos en torneos y partidos amistosos.
A finales de julio de 1914 recibieron la llamada del Real Club Fortuna de Vigo, que acababa de inaugurar su campo de Bouzas y aspiraba a festejarlo por todo lo alto. Deseaban tener como rival a la pujante Gimnástica, que aceptó la invitación pese a lo difícil que resultaba reunir un equipo con garantías durante el verano. Sus mejores jugadores ya habían iniciado las vacaciones escolares, y alguno estaba castigado por sus malas notas de fin de curso. De su elenco de gala solo estaba disponible Sócrates Quintana, un arquetipo total de gimnástico y casi de superhombre: además de pionero del alpinismo, campeón de salto con pértiga y de lanzamiento de disco, ciclista y tirador de esgrima, fue posteriormente gran maestro del impresionismo español.
Por tanto, los blanquinegros decidieron completar la expedición recurriendo a elementos de un par de equipos segundones de la capital, el Cardenal Cisneros y el Regional F. C., comparsas anodinos en el circo cortesano del balón, que ignoraban que aquel viaje iba a cambiarles la vida.
Con aquellos remiendos, la señorial Gimnástica partió en el desesperante tren correo de Galicia. En aquellos tiempos los viajes exigían paciencia. Por delante tenían veinticuatro horas de mortificante traqueteo sobre los duros asientos de tercera, amenizados con juegos de naipes y mucha conversación. En el destino, además del fútbol, les aguardaba la promesa de una agenda crápula, con mariscadas regadas con albariño y excursiones nocturnas a los casinos de la playa de Bayona.
Los gimnásticos pusieron el pie en el andén de la estación de Vigo el 24 de julio de 1914. Allí los recibieron con entusiasmo los representantes de los clubs locales, así como un buen puñado de aficionados, que los acompañaron hasta su hotel. El plan era excitante. Banquetes, fiesta y aventura. Pero lo que vieron sus ojos al llegar fue un paisaje zombi.
En Vigo se había declarado una epidemia de tifus. Aguas contaminadas, terror y el recuerdo de la devastación que el cólera morbo había causado en la ciudad en el siglo anterior. La vieja maquinaria de las epidemias daba la razón a aquellos apologistas del músculo acerca de sus ideas militantes sobre la higiene.
Al día siguiente, sábado, ante la mirada febril de los lugareños, la Gimnástica se enfrentó al Real Club Fortuna. La primera parte concluyó con empate a uno. En la segunda, los madrileños se adelantaron con un gol de córner, pero sus rivales anotaron poco después. El partido acabó en tablas y con miedo al contagio. Puesto que la fiebre tifoidea se transmitía por el agua y los alimentos contaminados, a los jugadores no les quedó otra que extremar las precauciones con la comida y el agua, además de otras necesidades. Hasta llegaron a cruzar al otro lado de la ría de Vigo para beber agua sin aprensión. Tenían por delante el partido del desquite.
Fue el día después, contra los vigueses, a las seis de la tarde. Quintana y los suyos apenas se tenían en pie. Lo único que había en sus estómagos era una lata de sardinas y un panecillo. Se trataba de salvar el pellejo más que de ganar un partido. Pese a la sed y el hambre, y con el viento en contra, consiguieron marcar en el minuto 15 el primer y único gol de un partido aburrido, en el que el respetable observó con estupor la flojera del equipo forastero. Su leyenda muscular se venía abajo. La segunda parte fue un monólogo de los gallegos, que, pese a todo, no lograron empatar. Al final del encuentro, los del Fortuna agasajaron a los madrileños con una botella de champán con la que brindaron por Madrid, por Vigo y por la prosperidad de ambos clubs. Los sedientos gimnásticos decidieron que lo mejor que podían hacer era irse de allí a toda prisa. Esa misma tarde se subieron al tren correo de vuelta. Llegaron a Madrid preguntando si el Manzanares bajaba con agua suficiente para beber. Detrás habían dejado una ciudad azotada por el pánico y casi mil muertos a causa del tifus.
De aquella fiebre lograron escapar ilesos, pero fue otra la que inflamó sus cabezas. En el tren de vuelta a Madrid, en un espartano vagón de tercera, algunos de los jugadores reclutados para la ocasión hablaron sobre la escasa diferencia que habían visto entre su nivel de juego y el de vigueses y gimnásticos. Se miraron a los ojos y llegaron a la conclusión de que, si unieran sus fuerzas, podrían ganar a cualquiera. Había llegado el momento de dejar de ser opacos subalternos en modestos clubs de barrio.
La estación del Norte los vio aparecer desmayados de hambre y con la espalda castigada por una sesión de vudú ferroviario, pero llenos de ambición. De inmediato empezaron las reuniones en las tórridas noches de agosto, en un banco de piedra del paseo de la Castellana, en el arranque del paseo del Cisne (lo que hoy es Eduardo Dato), bajo las farolas de gas y su tenue luz amarilla, el color de los locos. En aquel cónclave delirante estaba Ezequiel Montero, platero de profesión, un medio izquierdo de piernas zancudas y corredor pedestrista de la Gimnástica, donde había empezado a dar patadas al balón en el tercer equipo. También Pascual, un portero de tan solo diecisiete años, y el duro defensa Pelous. Ramón Teja, cisnerista, odontólogo y gran aficionado, asumió el liderazgo de aquella revuelta a la que puso el nombre de Racing Club de Madrid, quizá por cierta nostalgia montañesa: era un cántabro de Liérganes y debió de inspirarse en el Racing santanderino, fundado un año antes. Para la camiseta, eligieron rayas rojas y negras.
Reclutaron a los donnadies, a los secundarios, a los incluseros. Eran en su mayoría de Chamberí, una de las cunas de lo castizo, con fuerte pedigrí madrileñista. Uno de esos territorios chisperos de la manolería nativa que imprimía carácter castigador. Carecían de campo de juego, pero a veces, entre empujones y con algún golpe, conseguían hacerse un sitio para entrenar en el de la Exposición, en la Chopera del parque del Retiro, donde se exhibía el ganado a finales del siglo XIX. Se inscribieron en la Federación Centro y se lanzaron con ánimo kamikaze a competir de tú a tú con el Madrid, la Gimnástica y el Athletic en el Campeonato Regional. La foto de familia era la de un grupo salvaje llamado a estrellarse.
Fue así como, a las tres de la tarde del domingo 6 de diciembre de 1914, la osadía los llevó a debutar en el campo madridista de O’Donnell. Aquella inexperta pandilla de barrio se estrenó frente al flamante Madrid, que incluso tenía jugadores extranjeros en sus filas. Mientras el frío otoñal se posaba sobre los tejados del barrio de Salamanca, el once racinguista saltó al campo formado por Pascual, Pelous, Alcázar, Rey, Larrañaga, Gómez, Montero, Fortunato, Álvarez, De Miguel y Costa. A un lado, flotaba la altivez sin mácula de los merengues. Enfrente, con algo de famélica legión, una banda de colores luciferinos.
La tarde consistió en una exhibición merengue. Su inspirado medio campo se entendió perfectamente con una delantera móvil, combinando por bajo e hilando jugadas que la defensa del Racing apenas podía contener.
Ineptos para pasarse el balón, pendientes del lucimiento personal, estrechamente marcados, sin encontrar opciones claras de disparo. Rey abusaba del regate y permitía con ello que el rival se colocara bien. Fortunato era un abnegado trotón, pero tan torpe con los pies que daba tantos pases a los suyos como al adversario. Con más fundamentos físicos que teóricos, la táctica de los chamberileros fracasó. En defensa flojearon. Encajaron dos goles y perdieron. Habían sido la carnaza con la que se ensañó un Madrid superior. El juego los ponía en su sitio.
Por aquellos tiempos el fútbol era un deporte de invierno y cualquier adversidad climatológica podía hacer que se suspendiera un partido. Su siguiente rival era la Gimnástica, pero el clima hizo que el duelo se aplazara. Así que el Racing distrajo la espera acordando un amistoso frente al Madrid. A los blancos les pareció buena idea foguearse frente a aquel sparring novato.
Jugaron dos semanas después de su primer partido. Llegada la hora de inicio, resultó que no había árbitro. Hubo que esperar media hora hasta que encontraron a uno y pudieron empezar. Entonces, sucedió lo impensable. Apenas iniciado el partido, el Racing se adelantó en el marcador. Tras unos minutos aturdido por la sorpresa, el Madrid se reorganizó y aparecieron sus exactas combinaciones por bajo, ante el aplauso entusiasta del público. El vistoso juego merengue obtuvo premio
