UNO
No lo entendía.
Hasta una semana antes, Toni siempre había dormido como un niño.
Nunca había tenido el más mínimo problema para conciliar el sueño, ni siquiera de pequeño. Daba igual si el día había sido bueno o un espanto; se metía en la cama y dormía del tirón hasta que era media mañana o sonaba el despertador que le obligaba a ponerse en marcha para llegar a su hora al trabajo.
Sin embargo, los últimos días unas violentas pesadillas lo despertaban en mitad de la noche. Lo que más le molestaba no era encontrarse sentado en la cama empapado en sudor, sino no ser capaz de recordar nada de lo que había soñado.
—¿Estaré empezando a tener conciencia? —se dijo a sí mismo, y el problema era que no sabía si bromeaba o no.
¿Estaría empezando a tener conciencia? ¿Iba a ser normal?
¿Normal como quién?
¿Normal como los del taller, cuyo único objetivo en la vida era que llegara la hora de salir para tomar una cerveza?
¿Normal como Selmo, que lo escuchaba todos los meses porque le pagaban para que lo hiciera?
¿Normal como Lidia?
Sí, Lidia era normal. Hacía cosas normales. Si Toni tuviera que elegir a alguien normal de entre todas las personas que conocía, esa sería Lidia.
Lidia le caía bien.
Miró el móvil. Quedaba una hora y media para que sonara el despertador y se había desvelado, así que decidió levantarse.
Al salir de la cama, sintió que la casa estaba un poco fría, pero eso le agradaba. El calor de Cartagena lo embotaba, no terminaba de acostumbrarse y por eso disfrutaba de los pocos días fríos que se encontraba.
Tras ir al baño, caminó con paso cansino hasta el salón. Puso algo de música en el móvil para no oírse pensar, encendió el altavoz bluetooth y levantó la tela que cubría la mesa. Los continentes ya estaban casi completos, así que decidió buscar todas las piezas que conformaban el ecuador y el meridiano de Greenwich. Una vez más, maldijo el momento en que se le ocurrió comprar un puzle de cuatro mil piezas y, como siempre, apenas se sentó, se olvidó del mundo hasta que sonó el despertador.
El día oficialmente comenzaba.
DOS
Rebeca dio un salto en la cama, pero ella no tenía pesadillas, lo que tenía era un niño de dos años que lloraba en la otra habitación.
Estaba totalmente desorientada, no sabía ni quién era ni por qué estaba sentada en la cama, pero los gritos desgarrados que entraban por la puerta la ubicaron de inmediato.
A su lado, Chema dormía como no lo hacía su bebé.
Rebeca miró el reloj; no habían pasado ni dos horas desde que Antonio, el pequeño, la despertó por última vez. Le dio un suave empujón a Chema, pero este no se movió. Probó a sacudirlo algo más fuerte, pero lo único que consiguió fue que cambiara de postura y se quedara de espaldas a ella.
Rebeca salió de la cama y en menos de veinte pasos llegó hasta el cuarto de Antonio. Este estaba de pie en medio de la habitación, rojo y sofocado sin parar de berrear, porque lo que hacía era eso más que llorar.
Cuando vio a su madre, volvió a su cama y se sentó, sorbiendo los mocos que le caían como velas. Rebeca cogió un pañuelo de la mesilla y se los limpió.
—¿Qué pasa ahora? —le preguntó tratando de no mostrar lo harta que estaba.
—Tengo miedo.
—¿De qué?
—Es que está muy oscuro.
Rebeca tuvo que contar hasta diez antes de contestar. Este mismo diálogo lo habían tenido tres veces esa noche.
—No está oscuro. Tienes tu lamparita y la última vez te dejé también encendida la luz del pasillo.
Antonio sabía que su madre tenía razón, pero eso no lo apartaría de su objetivo principal.
—Quédate conmigo —le dijo a su madre.
A Rebeca la sensación de déjà vu no se le iba.
—Ya lo hemos hablado, tú tienes que dormir aquí y yo en mi cama. Por eso tenemos cada uno nuestra habitación.
Pero ese argumento era demasiado débil para un niño de dos años.
—No quiero estar solo.
Rebeca se olvidó de la psicología moderna y de tratar de llegar a la mente del niño desde un acercamiento racional y calmado. Todos los libros que había acumulado desde el embarazo (de los que había leído tres a medias) eran una mierda. Pero no recurrió a la ira (aunque poco le faltó), sino que se derrumbó delante de su hijo.
—De verdad, Antonio, tengo que dormir —le rogó con lágrimas en los ojos.
Aparentemente el niño, por fin, lo entendió. Se tumbó en su pequeña cama y su madre le dio un beso y le dijo que era el mejor niño del mundo y cuánto lo quería. Él sonrió.
Rebeca se levantó, confiada, para volver a su ansiada cama, pero apenas había dado dos pasos cuando oyó de nuevo el estridente berrido de su pequeño a su espalda.
¡No podía más!
Rebeca se volvió. Antonio estaba de pie en la cama.
Y así es como Rebeca se rindió. Cogió al niño, lo acostó de nuevo y se hizo un hueco a su lado.
—Va, pero solo diez minutos.
Antonio sonrió feliz, cerró los ojos y se durmió. Rebeca primero lo maldijo en silencio, y luego pensó en escabullirse de nuevo a su habitación. No quería quedarse en la pequeña cama de Antonio porque, entre lo estrecha que era y que el colchón era muy fino, acababa siempre con la espalda destrozada. Pensó en cantarle algo tranquilo mientras salía poco a poco de la cama y en dejar una mano en su espalda para que él no notara su huida, pero no hizo nada por miedo a que se despertara.
Ella siempre había querido ser madre. ¿Por qué no era feliz?
Se había convertido en la esclava de un ser egoísta de menos de dos años, y no sabía cómo evitarlo. Sentía que no estaba preparada, que, a pesar de todo lo que había buscado este momento, su vida era mejor antes.
Su marido ya no era su marido, se había convertido en un compañero de piso que ni la miraba ni la tocaba. Lo peor de todo era que ella tampoco tenía ninguna gana de que lo hiciera.
¿Qué le estaba pasando?
Nada era como ella esperaba.
Nada era como debía ser.
Sintió un nudo en la garganta, pero no quería llorar delante de Antonio. Le daba pánico que se despertara y tener que dormirlo de nuevo.
Se dio cuenta de que su único deseo era que su bebé durmiera. Que durmiera todo el tiempo si fuera posible. Que cuando despertara tuviera ya seis años y pudiera hablar con él.
Rebeca se sintió muy egoísta.
TRES
¡Todos arriba!
Marina abrió la puerta y encendió la luz sin ningún tipo de misericordia. Si no subió también la persiana fue porque no era capaz de entrar en la habitación de sus hermanos. Olía como si todos los animales del zoo llevasen muertos una semana debajo de las literas.
Vito vio a su hermana marcharse y se desperezó.
A los dieciséis años, Marina ya ejercía de madre porque la titular tenía que trabajar. Esta limpiaba escaleras y, un par de veces por semana, los pisos de varias familias que ganaban lo suficiente como para contratar a alguien que hiciera lo que no les gustaba. Al menos ella trabajaba, no como el puto inútil de su marido, que se pasaba el día haciendo quinielas y viendo películas americanas en las que la mujer del protagonista era asesinada o violada y él tenía que vengarla. Aunque resultaba difícil vivir en su casa, siempre era mejor que ser la mujer del prota de una peli yanqui.
—Tommy, ¿me ayudas? —gritó ella desde la cocina.
Tommy era el tercero de los hermanos y tenía doce años que parecían cincuenta. Odiaba los deportes y lo único que le interesaba era la tecnología o, mejor dicho, desmontar aparatos, sacarles piezas y meterlas en otros aparatos para descubrir nuevas utilidades. Esa afición le había asegurado innumerables bofetones por parte de su padre, que prefería tener un vídeo VHS sin funcionar a que Tommy le diera una nueva vida.
—Voy —dijo él, y saltó desde su litera en calzoncillos. Se puso un pantalón de chándal y una camiseta y salió al pasillo.
Vito decidió que ya se había estirado lo suficiente y se levantó. Dormía en la parte de abajo de una de las dos literas que había en el cuarto. A sus diez años nunca había tenido una habitación propia, por lo que no echaba de menos tener un espacio para sus cosas o un poco de intimidad.
No podía extrañarlo, pero a veces fantaseaba con ello.
Nada más salir de la cama le cayó encima Juan. Tenía quince años, aunque su cuerpo curtido en decenas de campos de fútbol de tierra aparentara unos cuantos más.
El golpe lo tiró al suelo y le dejó el cuello dolorido. Juan aterrizó hábilmente de pie a su lado.
—Avisa si vas a salir, imbécil, que casi me caigo —le dijo a su hermano pequeño, y empezó a vestirse.
Vito deseó una vez más que al subnormal de su hermano lo encontraran muerto en un descampado con diez navajazos o con una sobredosis de lo que fuera. Imaginó varias muertes violentas más, pero entonces se dio cuenta de que Felipe seguía durmiendo, y lo dejó (por el momento).
Felipe tenía siete años y mantenía, de un modo casi mágico, la inocencia. A Vito le gustaba ver cómo jugaban él y Ana a inventarse historias de hadas, unicornios y todas esas mierdas. Estaba convencido de que Felipe era gay pero demasiado pequeño para saberlo. Solo esperaba que cuando lo descubriera, Juan ya estuviera muerto o se hubiera ido de casa, porque si no le haría la vida imposible.
Vito se acercó a la parte baja de la litera de enfrente y sacudió a su hermano.
—Venga, que vamos a llegar tarde.
Felipe se dio la vuelta perezoso. Vito lo destapó tal y como habían hecho centenares de veces con él sus hermanos mayores.
—¡Mira que te dejo aquí!
Felipe empezó a levantarse. Vito buscó por el suelo ropa que no estuviera demasiado sucia, la olió y decidió que podía pasar por buena. La puso encima de la cama.
—Ponte esto.
Salió deprisa porque sentía que iba a estallarle la vejiga.
En el baño encontró, sentada en el váter, a Ana.
Era la pequeña de la familia, tenía seis años y había decidido que de mayor sería hada y, si no podía ser, entonces princesa. En la cabeza tenía ya puesta una tiara, aunque no se hubiera vestido.
—Date prisa, que me meo.
—Si me miras, no puedo —respondió ella agobiada.
Vito resopló y se dio la vuelta. Por el pasillo venía Juan caminando como un toro, es decir, como siempre.
—¿Te queda mucho? —le preguntó a la aspirante a hada.
—¡Es que no me dejáis! —contestó ella cada vez más indignada.
—¡Joder! —mugió Juan.
Se acercó a la bañera, se bajó el pantalón del chándal un poco y empezó a mear dentro.
—¡Marina! Juan está haciendo pis en la bañera —gritó Ana.
—Chivata de mierda.
—Eres un guarro —contestó ella sin acobardarse.
—Luego le echas un agua a la bañera.
Cuando terminó, Juan le quitó la tiara de princesa a Ana y la tiró al suelo. Luego salió empujando a Vito contra la puerta.
—¡Espabila, pasmao! —le dijo sin pararse, y desapareció por el pasillo rumbo a la cocina.
Vito respiró hondo y contó hasta diez, luego recogió la tiara y se la puso de nuevo a su hermana.
Salió del baño para que terminara sin que nadie la molestase mientras pensaba en que debía haber un modo de librarse de Juan.
CUATRO
Rebeca no podía mantener los ojos abiertos mientras le preparaba el café a Chema. Menos mal que la cafetera se detenía sola, porque ella se había quedado mirando un punto fijo de la pared sin acordarse de qué estaba haciendo.
Sentía que se estaba convirtiendo en una muerta en vida.
Chema entró en la cocina, cogió su café, besó a su chica y se sentó. Ella sacó el bizcocho que había hecho la tarde anterior y se lo puso delante.
—¡Qué buena pinta! —dijo él, y se cortó un trozo que a ella se le antojó demasiado grande.
Rebeca sacó la cápsula vacía de Caffé Latte de la máquina e introdujo una de Vanilla Nut Cappuccino. Mientras el líquido salía, miró a Antonio. Estaba sentado en su trona, feliz mientras roía una galleta, ajeno al destrozo que causaba en la vida de su madre.
Ella quería olvidar las noches y quedarse solo con esa imagen maravillosa. Chema y Antonio, las dos personas que más le importaban en el mundo, juntos, desayunando en un día normal.
Pero le pesaba demasiado el cuerpo.
—Estoy reventada. Me he tenido que levantar cinco veces esta noche, y tú durmiendo como un oso.
—¿Por qué no me has despertado?
Rebeca se sentó a su lado y se cortó una porción de bizcocho.
—¿Crees que no lo he intentado?
Pero él no iba a sentirse culpable. Ya traía el dinero a casa, todo lo demás que hiciera era un extra.
—No sé, haberlo intentado más fuerte.
Rebeca fingió que se reía aunque no le había hecho ni pizca de gracia y dio un trago a su capuchino.
—Me volvería a la cama ahora mismo.
Chema mojó el bizcocho en el café, como había hecho casi todos los días durante sus treinta y dos años.
—¿Y por qué no lo haces?
Rebeca no podía creer que le dijera eso. Sentía que su pareja no se enteraba de todo lo que hacía por la familia.
—¿Y quién se ocupa de Antonio? Además, hay un montón de cosas que hacer en casa.
Chema asintió y siguió desayunando. Había notado que Rebeca estaba de mal humor y sabía que si continuaba la conversación le salpicaría de un modo u otro.
Y no le apetecía.
Rebeca miró a Antonio, que seguía royendo su galleta, y sintió una punzada de amor.
¿Cómo podía querer tanto a una cosa tan pequeña?
CINCO
¡No es cierto! Aunque se vistan de personas normales siempre serán princesas.
—Pero ¿entonces cómo sabes que son princesas? También podrían ser otras cosas, como gente normal, por ejemplo.
—No, porque las princesas son siempre princesas. Son las hijas del rey y da igual de qué vayan vestidas, como si van en camisón.
—¿Y si el rey muere? ¿Cómo se sabe que son princesas? —Pues si se muere y vas y miras, las princesas son las que llevan unos vestidos negros preciosos y lloran mucho.
—Pero no digo en el entierro, digo después.
Vito asistía a la discusión de Ana y Felipe con la boca abierta y la cuchara llena de cereales en la mano. Le parecía maravilloso que de un basurero como en el que vivían pudieran salir dos personas así.
Cuando por fin se llevó la cuchara a la boca se dio cuenta de que sus cereales estaban reblandecidos. Eso no le gustó; él quería masticarlos, que estuvieran un poco crujientes. Tomó una nota mental (por décima vez, porque luego siempre la olvidaba) de no echarlos todos de golpe en la taza para que no pasara eso. Hacía ya varios meses que se había cansado de esa marca. Cuando se lo dijo a su madre, esta le respondió que no iba a comprar una marca para cada uno, pero que si convencía a sus hermanos, cogería la que le dijeran.
Fue imposible, así que Vito estaba en el proceso de pasar de cansarse de los cereales a odiarlos.
De pie detrás de él, cosa que no le hacía ninguna gracia, estaba Juan con su tazón. Menos cuando comían con sus padres, Juan siempre lo hacía de pie apoyado en la encimera.
Vito sabía que si no lo miraba, lo más probable era que Juan no le pegara ni le hiciera alguna de sus guarradas. Aun así, era muy difícil tenerlo detrás y no temerlo.
Decidió centrarse en Marina y Tommy, que estaban preparando sándwiches para que todos los hermanos tuvieran almuerzo. Uno untaba la mantequilla en la base y el otro ponía una loncha de jamón york y el otro pan. Eran una maquinaria perfecta.
Ana terminó su desayuno y se levantó para dejar el bol en el fregadero. Al contrario que su hermano, tenía el don de poder hablar y comer a la vez.
La pequeña se acercó a darle un abrazo a su hermana, que seguía en la factoría de sándwiches.
—Corre, ve a prepararte, ahora te peino. Felipe, date prisa. —Marina seguía en su papel de madre.
Ana se fue trotando hacia su cuarto y Felipe intentó meterse todos los cereales de golpe en la boca. Enseguida se dio cuenta de que no podría tragárselos y dejó caer algunos.
Vito decidió que ya no le apetecía desayunar más y llevó también su taza al fregadero.
Felipe por fin consiguió tragar.
—¿Sabéis a qué hora llega mamá hoy? —preguntó al aire.
Tommy recogió la pregunta.
—¿Qué necesitas?
—Quiero que vea una redacción que he hecho.
—Por la tarde le toca en casa de los Moncayo, supongo que vendrá a cenar —le respondió Marina.
Tommy terminó de hacer el último de los sándwiches y se volvió.
—Juan, pregúntale a papá si le dejo hecho un sándwich.
Este respondió con la boca llena.
—Yo estoy desayunando, díselo a otro.
—Ya voy yo —respondió Vito, que en ese momento salía por la puerta.
En el salón había varios juguetes de los pequeños y un montón de periódicos deportivos atrasados con sus extraños juegos de palabras en los titulares, pero ningún padre.
La luz del baño estaba apagada, así que tampoco se encontraba allí. Vito oyó entonces un gemido que venía de la habitación de las chicas.
Acercó la oreja a la puerta cerrada y oyó a Ana quejarse.
La abrió.
El cuarto era igual de pequeño que el de los chicos, pero en vez de literas había dos camas. Las paredes de cada mitad del dormitorio estaban decoradas de un modo totalmente distinto. Una llena de dibujos infantiles y corazones y la otra mucho más sobria, casi sin adornos.
Dos mundos en un cuarto.
Junto a su cama, Ana forcejeaba para que su padre no le quitara el pijama.
—¡Suéltame! —gritaba.
El padre, casi encima de ella, tiraba de la camiseta.
—Hoy quiero vestirte yo, como cuando eras pequeña —le decía.
—¡Que no me toques!
—Soy tu padre y te toco si me da la gana.
Estaba tan concentrado en su tarea que no oyó entrar a Vito.
No podía odiar más a su padre.
—¡Déjala en paz! —gritó.
Se sorprendió al oírle, pero, al contrario de lo que esperaba el niño, sus palabras no causaron ningún efecto. Le habló sin casi girarse.
—Vete y cierra la puerta.
Ana miraba fijamente a Vito en busca de ayuda mientras el padre trataba de quitarle de nuevo el pijama.
Vito no pudo quedarse quieto. Se acercó corriendo a su padre y lo empujó. Lo único que consiguió fue hacerle trastabillar un poco y llevarse un bofetón que lo mandó entre las dos camas con el labio sangrando.
Que lo hubiera despachado tan fácilmente no hizo más que despertar la ira en Vito. Vio la tabla de skate de Marina debajo de su cama, la cogió y se lanzó a por su padre. Lo golpeó con todas sus fuerzas en la rodilla.
El padre cayó con estruendo al suelo gritando de dolor. Vito se puso de pie de un salto y levantó la tabla dispuesto a acabar de una vez por todas con el problema que era su progenitor.
—¡Vito!
La pequeña Ana lo miraba aterrorizada. Vito temblaba mientras apretaba con fuerza la tabla entre sus manos.
—Vito, no.
Se giró hacia ella y vio que estaba llorando. Bajó la tabla despacio. Cuando se dio cuenta de que su hijo se despistaba, el padre se abalanzó contra él, le quitó la tabla y le dio un puñetazo en el estómago.
Vito cayó al suelo. No podía respirar y boqueaba como un pez fuera del agua. El padre se levantó y le dio una patada en la espalda.
—¡Hijo de puta! —le gritó a su hijo.
Lo cogió del pelo para que levantara la cabeza y le soltó un guantazo que hizo que a Vito le pitaran los oídos.
Luego se fue, cruzándose en la puerta con Marina y Tommy.
Ana seguía llorando de pie junto a su cama. Vito consiguió que un hilo de aire le entrara por fin en los pulmones.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Marina.
Vito se levantó. Tenía sangre en la boca, el pelo revuelto y los ojos llenos de ira.
Sin mirar a nadie, ni siquiera a Ana, salió del dormitorio.
—¿Qué ha pasado? —repitió Marina.
Pero Ana solo podía llorar.
SEIS
Toni salió de la ducha, se lavó los dientes sin mirarse ni un segundo en el espejo y se vistió con la camiseta y el pantalón que estaban en la parte de arriba de los respectivos montones de camisetas y pantalones, únicos habitantes de su armario. Toda su ropa era intercambiable. No entendía que se le diera tanta importancia a algo tan superficial.
Tapó el puzle con su tela, desconectó el altavoz bluetooth y, sin cambiar la canción del móvil, se puso sus cascos Sennheiser Momentum 3 inalámbricos, uno de los pocos caprichos en los que se había permitido invertir una considerable cantidad de dinero.
Salió a la calle.
Una de las cosas buenas que tenía Cartagena era que se podía ir andando a cualquier lado porque las distancias resultaban asumibles. Por supuesto, los nativos se quejaban cuando tenían que desplazarse a más de tres manzanas, pero viniendo de una ciudad más grande, como él, ir al trabajo se convertía en un simple paseo.
Era casi la hora la entrada en los colegios y la calle estaba llena de niños que caminaban con sus padres mientras arrastraban enormes mochilas de ruedas.
Con la música entrando directamente en su cerebro, a Toni le parecía estar siempre dentro de un videoclip. No era que esas canciones le agradaran en particular, pero al menos tenía silenciados a los demonios que habitaban en su cabeza, y eso siempre resultaba un descanso.
Se detuvo delante de la luz roja de un paso de peatones. Aunque no venía ningún coche, le gustaba esperar y no dejarse llevar por las prisas de la gente que lo rodeaba.
Un niño pasó corriendo por su lado y cruzó el semáforo en rojo. Tendría unos doce años y no iba acompañado por ningún adulto. Toni lo miró.
La mochila que arrastraba tenía ilustraciones del Capitán América y vestía con una sudadera con capucha y zapatillas de deporte con una suela grandísima de colores. Llevaba el pelo muy corto por los lados. O sus padres querían que pareciera moderno o el niño pretendía imitar a los youtubers que seguía y sus progenitores se lo permitían.
La luz del semáforo cambió y Toni se puso en marcha de nuevo.
En medio de la corriente de adultos que llevaban a sus hijos al colegio, Toni vio a otro niño que no iba acompañado. Venía en dirección contraria a los demás, era un poco más pequeño que el anterior y llevaba una mochila colgada con los tirantes muy destensados. Toni pensó que el niño se debía haber olvidado algo en casa y volvía a recogerlo, o quizá iba a un colegio en otro barrio y por eso caminaba en otra dirección.
Toni lo miró hasta que desapareció por una esquina, luego siguió andando.
A los pocos segundos se olvidó del niño.
SIETE
Vito caminaba por la acera sin girarse para ver si sus dos hermanos pequeños lo seguían. Los oía parlotear detrás de él sin parar, así que iba tranquilo. Pensó que era imposible que existieran tantos temas en el mundo de los que hablar, y tenía razón, porque siempre charlaban de lo mismo, una y otra vez, sin cansarse por ello.
Pocos metros delante de él, en la esquina en la que siempre quedaban, le esperaban Ponce y Amanda. Vito no se paró, fueron los otros los que se pusieron a su lado sin ni tan siquiera saludarlo.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó Ponce.
—Ayer estuve jugando al fútbol con Juan y sus amigos —mintió Vito.
Ponce se puso delante de Vito caminando de espaldas para verle mejor el labio partido.
—Bastante bien has quedado. A mí me daría miedo jugar con esos.
Vito, Amanda y Ponce empezaron a ir juntos a clase cuando tenían cuatro años y desde el primer día se volvieron inseparables. Aunque eran muy distintos, existía entre ellos una química muy difícil de descifrar, pero que funcionaba.
A los diez años se habían convertido en un selecto club de solo tres miembros cerrado al resto de la humanidad.
—Ayer vi en la tele una peli de unos niños que mataban a un pueblo entero —dijo Amanda, a quien las heridas de Vito no le interesaban tanto como a Ponce.
Este, inquieto como siempre, saltó a un lado para ponerse junto a la chica.
—¿En las noticias? —preguntó.
—No, idiota, en una peli.
Vito y Amanda tenían la teoría de que Ponce no se enteraba bien de las cosas, no porque fuera corto, sino porque, al moverse continuamente de un sitio a otro, la información no conseguía llegarle bien a la cabeza.
—No me llames idiota —respondió Ponce.
Se lo habían dicho tantas veces, sobre todo en su casa, que no soportaba que lo hicieran una vez más. Muchas de sus peleas en el patio del colegio habían empezado por ese motivo.
Vito intervino.
—¿Qué peli era?
—No sé, la tenía puesta mi hermano. Todos los niños eran rubios. Estaban como en un campo y hacían ritos satánicos y eso.
Ponce, que se había descolgado hasta la altura de Felipe y Ana para ver los dibujos de la mochila de la niña, preguntó gritando:
—¿Qué es un rito satánico?
Amanda y Vito se miraron, pero fue este último el que le explicó.
—Son cosas para llamar al demonio. Matar gente o gallinas o cabras y con la sangre se hace una… como un rito.
—¡Mola! —dijo Ponce mientras se ponía a la altura de sus amigos.
—¿Qué es lo más grande que os atreveríais a matar? —preguntó Amanda con una levedad que hizo que a Vito se le erizara el pelo de la nuca y se enamorase más de ella (si eso fuera posible).
Vito miró a sus hermanos pequeños, que seguían tres metros detrás de ellos charlando sobre sus mundos de fantasía.
Se dispuso a contestar, pero Ponce se le adelantó.
—Yo una vez maté una lagartija.
—Eso es muy pequeño —contestó Amanda con un ligero desprecio.
Ponce y Amanda miraron a Vito. Era su momento.
Dudó un segundo antes de mentirles. No quiso decirles que llevaba varios años sacrificando gatos en su barrio. No creyó oportuno contarles que le gustaba reventarlos a pedradas y abrirlos con su navaja. Pensó que no era adecuado.
—Un pollito de esos amarillos.
La respuesta pareció satisfacerlos. Los dos asintieron con la cabeza.
—¿Y tú? —le preguntó a Amanda.
—Yo no sé si me atrevería.
Ponce saltó a varios metros de ellos y empezó a patear el aire.
—Yo me atrevería con un perro.
Eso pareció gustarle a Amanda.
—¿En serio? —le preguntó.
Ponce regresó de nuevo junto a ellos.
—Pues claro. Un perro de esos pequeños que
