Cuando el céfiro sople
y te encuentre la libertad,
pregunta cuál es su nombre…
Los labios de Blanca se movían, sin saber, tratando de averiguar cómo terminaba aquella cancioncilla que en la infancia su madre había convertido en nana para ella y sus hermanos. La llegada a una edad adulta que no admitía prórrogas había ensombrecido los versos de un final que ahora se le resistía. Sin dejar de admirar el paisaje dorado, intentaba no cejar en aquella búsqueda melódica. El mar, que siempre la había acompañado, incluso cuando no era capaz de verlo, se perdía en una calidez robada a golpe de pincel. El piar de unas gaviotas, que surcaban cielos infinitos de nubes hechiceras que borraban su silueta, se escuchaba más allá de la ventana. Empapó la brocha más fina en aquella combinación de verdes que, en un par de segundos, mutaría en frescas hojas de un frutal.
La algarabía de la calle, en disminución a esas alturas de la jornada, se colaba en su tarea y limitaba su inspiración. De tanto en tanto, también sus hermanos pequeños, Alejandra y Lorenzo, entraban en el gabinete donde estaba instalado el caballete en busca de divertimentos. Frunció el ceño, olvidando todo lo demás, y permitió que la pintura hiciera magia y cumpliera los deseos de su mente. De pronto, la puerta se abrió con un ímpetu mayor al de las ocasiones anteriores. Blanca se rindió entonces y soltó su instrumento creativo sobre la tabla en la que, con mimo, había creado un arcoíris de mezclas exquisitas y grotescas.
—Blanca, hija mía, debes comenzar a prepararte para la fiesta de esta noche. Llegaremos tarde.
—Sí, madre. Ya mismo voy. ¿Ha visto a Inés?
—No, no la he visto. Esta niña acabará con mis nervios. Salió hace un par de horas con una de las doncellas a dar un paseo y todavía no ha regresado.
No hizo falta que madre e hija aguardaran mucho más. Mientras cada una en sus aposentos y con ayuda del servicio se preparaban para asistir al baile, Inés, la hija mediana, apareció. Con energía, mientras mordisqueaba un trozo de pan que había cogido de la cocina, empezó a opinar sobre el vestido que había elegido su hermana para el evento. Las dos compartían habitación junto con la más pequeña, Alejandra. Obviando sus comentarios, la empleada que la había acompañado comenzó a desvestirla para que ella también se compusiera. En lo que esta alcanzó el vestido que reposaba sobre la cama, Inés se recolocó la camisa, el corsé y las enaguas a su modo.
—¿Dónde has estado? Estábamos preocupadas —le preguntó Blanca.
—Paseando por la Alameda. Necesito que me dé el aire, ejercitarme. No sé cómo eres capaz de estar tantas horas metida en el gabinete. ¿Terminaste ya el paisaje que quieres regalar al general el día de vuestra boda?
—No, todavía no. Pero falta poco. Quiero esmerarme en los detalles para que sea lo más realista posible. No soportaría que no le gustara mi primer obsequio como su esposa.
—Seguro que le encantará. Es un buen hombre. Si no se maravilla, disimulará —bromeó la más joven de las dos al tiempo que se abrochaba uno de los pendientes de coral.
—¡Inés! —No pudo evitar reírse, pero pronto recuperó la seriedad y reflexionó—. No me creo que en una semana vayamos a unirnos en matrimonio.
—Yo tampoco. Te echaré en falta aquí —confesó Inés.
—Pronto tendrás tu momento también, hermana.
Inés sonrió ilusionada. El anuncio de que sus padres ya estaban dispuestos a partir sirvió de acicate para que ambas remataran su atildamiento y bajaran al zaguán, donde los señores esperaban pacientes. De fondo, las vanas quejas de los pequeños de la casa, demasiado jóvenes para alternar en sociedad, y el ruido incesante del funcionamiento de un hogar burgués. Las puertas de madera de la casa de los De Villalta, coronadas con escudo, balcón y mirador, se cerraron con delicadeza. Las muchachas, pertrechadas con capotas, chales, guantes y abanicos, se unieron a sus padres y juntos marcharon por la calle del Castillo hacia la plaza de la Pila, donde se hallaba el palacio de Carta, la fastuosa residencia de los Rodríguez Carta. Durante el trayecto, las señoritas jugaron a adivinar, entre susurros, qué personalidades asistirían a aquel festejo. Los nombres del mariscal O’Reilly, nombrado segundo cabo y comandante general de las islas Canarias casi dos meses atrás; del marqués de Villanueva del Prado, que había sido presidente de la Junta Suprema de las islas al inicio de la guerra, y de las familias Murphy o Guezala se colaron entre las suposiciones de las hijas de Lorenzo de Villalta.
Cuando por fin cruzaron el umbral de aquel bello palacete construido en el siglo XVIII, observados desde lo alto por el inmaculado reloj que decoraba la fachada junto a una coqueta balconada, las hermanas examinaron con sus ojos castaños cada rincón del patio. Ya en el salón, rodeadas de los vestidos de muselina y de los fracs de las más mayúsculas fortunas del Santa Cruz de Tenerife de 1815, pudieron disipar sus dudas. Blanca de Villalta enseguida se reunió con su prometido, el general don Julio Gutiérrez del Peral, no sin que antes su futuro esposo saludase al resto de la familia. Don Lorenzo intercambió un par de frases sobre negocios con el que pronto sería su yerno, procedente de una familia hidalga de origen castellano dedicada al comercio de barrilla. Al despedirse, Inés observó con ternura la sonrisa complaciente de su hermana, ya del brazo de su prometido, mientras seguía a sus padres hacia el sinfín de cortesías que se exigían de ella en aquellos eventos —máxime si deseaba causar buena impresión en posibles pretendientes—.
La joven apretó la cuerda del ridículo. Durante las últimas semanas, en previsión de la celebración de aquella velada, fuera de la temporada oficial de bailes, había aceptado tres peticiones de caballeros que deseaban convertirse, por unos minutos, en sus compañeros de danza. La apertura no tardaría en producirse y debía asegurarse de estar visible para el primer acompañante. Sin embargo, hasta ese instante, su lugar estaba al lado de sus padres, quienes no parecían precisar un momento de calma para tomar aire entre charla y charla. Ella, inquieta en casa pero tímida en sociedad, trataba de seguir el ritmo de cumplidos y saludos con diligencia. Los parloteos de aquellos encuentros siempre se nutrían de las noticias, más o menos ciertas, que se escapaban imprudentes de los barcos que atracaban en el puerto, exordio y fin de las más excitantes expediciones. También de chismes y medias verdades. Justo en esos momentos, Inés buscaba eludir cualquier chascarrillo o pregunta malintencionada, ser dueña de su temple. Y es que en el aire festivo de cualquier evento social se colaba, desde hacía un tiempo, el aroma azufroso de los bisbiseos sobre las recientes desventuras de la familia De Villalta.
Después del segundo baile de Inés, don Lorenzo, de salud frágil desde hacía décadas, se sentó en una butaca próxima. Ella, que había divisado a lo lejos a sus tíos, los señores Aguilar, se acercó presurosa hacia donde se encontraban. Habían llegado a las islas desde Sevilla al principio de la primavera para gestionar sus propiedades en Tenerife y acudir al enlace de Blanca. Don Jacinto Aguilar era el hermano mayor de la señora de De Villalta, Micaela Aguilar. Su esposa, Virtudes Hinojosa, a la que había conocido al afincarse a orillas del Guadalquivir a inicios de la década de 1790, era hija del V barón de Tuy.
—Qué maravilla tenerlos aquí a los dos —los aduló Inés, que era atenta y cariñosa.
—Está siendo un auténtico placer poder veros tanto —respondió doña Virtudes—. Es una lástima que debamos regresar a la península en unas semanas. Os echaremos de menos.
—Será horrible tener que decirles adiós. Me he acostumbrado a sus visitas y a nuestros paseos. ¿Cuándo tienen previsto el viaje? —se interesó la joven.
—Si todo marcha como debiera, a finales de agosto —contestó su tío.
—Pero ¡eso es dentro de un mes! ¿Tan pronto? ¿No pueden alargarlo más?
—Es imposible, querida. Pero estaremos más que contentos si decidís visitarnos alguna vez. Me encantaría mostraros a ti y a tus hermanos algunos rincones de Andalucía ahora que el horror de la guerra ha terminado —la consoló doña Virtudes.
Inés hizo un mohín de disgusto, pero la llegada de su tercer compañero de baile le impidió replicar. ¿Ir a la península? Aquello sonaba a fantasía para una muchacha curiosa como ella. Al término de la pieza, Blanca fue a buscarla, con las mejillas inflamadas por un comentario indiscreto que había cazado al vuelo mientras hablaba con otra pareja. Ninguna de las dos hermanas llevaba bien que se susurrara a sus espaldas. La ruleta del destino había sido la responsable de que tuvieran que experimentar tal sensación, pues, por lo demás, la familia De Villalta era querida y bastante respetada en los círculos de Santa Cruz y La Laguna.
Aunque con lejanos vínculos hidalgos en el árbol genealógico, por aquellos tiempos los De Villalta eran un ejemplo del ascenso social de ciertos apellidos gracias al comercio con América y al arrendamiento de tierras a aristócratas poco dados a mancharse botas y manos en el campo. El inicio de la época dorada de la familia fue mérito de don Domingo de Villalta, el abuelo de Blanca e Inés, pero don Lorenzo, hijo de aquel, la había consolidado al orientar el negocio a la exportación de vino de malvasía y a la importación de tabaco y cacao de las Américas. También participaba en intercambios puntuales vinculados al tejido, sobre todo de sedas y linos, con Francia y Holanda; poseía los terrenos arrendados por su padre en el valle de Tabares —en los que cultivaban plataneros—, y se hallaba en negociaciones con un portugués para adquirir dos navíos. En su escaso tiempo libre, y siempre que los achaques de su mermada salud se lo permitían, don Lorenzo gustaba de participar en la política local de Santa Cruz y en el Consejo Marítimo, ubicado en La Laguna. Todo ello, sabía, lo heredaría algún día el benjamín de la casa, el pequeño Lorenzo, que por entonces apenas contaba con diez años. Así, el castigado señor De Villalta rezaba todas las noches para que su vida se dilatara lo suficiente como para que el único hijo varón que había llegado a la niñez estuviera preparado para tomar el relevo.
Pero Lorenzo, como cualquier chiquillo, se hallaba en su alcoba dormido en un sueño profundo, mientras sus padres y sus hermanas mayores continuaban charlando y bailando. Por este motivo no oyó la precipitada llegada de un funcionario que, pidiendo mil perdones, había entregado una misiva al criado personal del señor De Villalta. La carta se le había traspapelado del correo de la mañana. El criado solo tuvo que advertir el nombre que figuraba como remitente para darse cuenta de lo importante que era que el escrito llegase esa misma noche a manos de sus señores. Así, aguardó estoico, batallando contra el sueño, en el zaguán. Entre parpadeos caducó el crepúsculo y, por fin, la familia hizo su aparición. La señora De Villalta comentaba con Inés las posibilidades que se habían abierto durante aquella velada en lo respectivo a su futuro. Blanca participaba en las valoraciones y el señor De Villalta, cuya agilidad se veía limitada por los estragos del alcohol, trataba de no errar en sus pasos, ayudado por un bastón.
—Buenas noches, señores, señoritas. Disculpe que altere su júbilo a estas alturas de la madrugada, pero llegó esto hace unas horas —explicó su criado personal, y extendió la misiva para que don Lorenzo pudiera alcanzarla.
El nombre del emisor dibujó un gesto de preocupación en las amables facciones del padre, que instó a su esposa a que lo acompañara. El matrimonio salió al patio, flanqueado por los balcones de la planta principal, y subió por la escalera. Sus hijas, alteradas, optaron por seguirlos. Ya arriba, cruzaron la antesala, una pequeña estancia de paso y llegaron al salón, el espacio en el que la familia se reunía para conversar, leer, tocar música o descansar en compañía. Cuando Blanca e Inés abrieron la puerta, su madre repasaba las líneas manuscritas mientras se cubría la boca con la mano y sus ojos brillaban más que las velas que se consumían alrededor en su lucha contra la oscuridad. El padre se había sentado cabizbajo.
—¿Qué ocurre? —se interesó Blanca, agitada.
La señora De Villalta no respondió. Terminó de devorar aquellas palabras, todavía anónimas para las hermanas y, cuando hubo acabado, pasó la carta a sus hijas. Blanca, que era mayor, la sostuvo hasta que el nerviosismo de Inés se la arrebató de las manos.
—Pero… —balbuceó la más joven.
—Vuestra madre y yo tenemos que hablar en privado. Tratad de descansar, hijas mías.
El padre, agotado, se acercó a las dos muchachas y les dio un beso en la frente. Después, tendió el brazo a su esposa, descompuesta por el disgusto, y desaparecieron por la puerta que llevaba al corredor de sus habitaciones. Inés no podía creer que el único antídoto fuera marcharse a la cama.
—Debemos hacer algo —opinó—. No podemos seguir fingiendo que nada ocurre. No es saludable para nadie.
—Inés, hagamos caso a padre. Es muy tarde. Ellos sabrán qué hacer —respondió la obediente Blanca.
Aunque Inés titubeó un instante, al final accedió a seguir el consejo familiar. Una criada aguardaba a las hermanas para ayudar a deshacer su efímera elegancia. Cuando el ritual terminó, Blanca se dejó abrazar por las sábanas. La otra, sin embargo, conservó la misiva y volvió a reencontrarse con la aspereza y el desconsuelo. Una cadena de emociones tejió aquella noche en vela en la que el alba arribó más rápido que el sosiego. Una y otra vez, marcada por la sensibilidad, la testarudez y la necesidad innata de ser de utilidad para su familia, la joven Inés llegaba a la misma conclusión. Un ácido pavor atrapaba su garganta si pensaba en decirla en voz alta, pero con el paso de las horas iba convenciéndose de que no había mejor alternativa. El sudor frío que acompaña cualquier revelación de ese calibre la despertó de la única media hora de reposo que se concedió. Al abrir los ojos, supo que no volvería a cerrarlos antes de tomar esa decisión, así que, envuelta en las últimas sombras nocturnas, llamó a la empleada para que la ayudara a vestirse. Blanca y Alejandra respiraban profundamente en sus camas.
Se acomodó reflexiva en el salón y dejó que las candelas fueran inútiles antes de solicitar ver a la señora De Villalta. Cuando esta estuvo disponible, la doncella avisó a Inés, que no se demoró en reunirse con ella en su gabinete, donde, tal y como narraban sus ojeras, había pasado toda la noche. A puerta cerrada, algo no muy habitual en aquella casa de costumbres burguesas, la hija devolvió la misiva a su madre y le habló de sus pensamientos. Micaela Aguilar se sorprendió ante la determinación y madurez de la joven. Al principio, rechazó su propuesta e indicó a su hija que don Lorenzo y ella estaban dispuestos a hallar una solución ese mismo día, tras las estériles divagaciones del amanecer. Pero Inés había reflexionado largas horas, también su madre, y era evidente que, por lo pronto, era la mejor solución.
—¿Estás segura de lo que dices, hija mía? No quiero ser injusta contigo ni pedirte algo que no te corresponde. Espero que seas consciente de que, quizá, si haces lo que te propones, debas renunciar a…
A Inés le escoció aquella suposición. No era nueva. Ella misma la había valorado durante horas.
—Lo soy, madre. —Bajó la mirada—. Puede que mi destino sea cuidar a la familia que ya tengo.
Micaela se emocionó.
—Hablaré con tu padre —prometió. Después se incorporó y se acercó a su hija para abrazarla—. Gracias, gracias, Inés.
Cuando la joven volvió al pasillo, unos miedos insospechados oprimieron sus pulmones. Sin embargo, fue capaz de recomponerse e ir a contarle todo a su hermana. Blanca, que estaba desayunando en el comedor, se negó a que Inés lograra su propósito. Se levantó y avanzó hasta el patio, ansiando que la vegetación le proporcionara un poco de aliento.
—Debería ir yo. No tú. Yo soy mayor —espetó nerviosa.
—Vas a casarte en unos días, Blanca. Tu lugar está junto a tu marido. Padre no podría soportar un viaje así. Por ese motivo no ha sido capaz de ir antes. Madre debe estar con él y con nuestros hermanos. Yo…, yo no tengo ninguna responsabilidad que me impida servir a esta familia más allá de la línea de costa.
—¿Y nuestros tíos? Ellos viven en Sevilla.
—Blanca, ellos deben atender sus negocios. Viajan constantemente —respondió consumiendo la última de las alternativas—. Te prometo que, si hubiera otra opción, la escogería sin dudar.
—Pero, Inés, ¿has pensado en lo que esto puede significar?
La muchacha se aproximó a su hermana, confidente y mejor amiga desde que tenía uso de razón, y le cogió las manos:
—Quizá todo mejore en poco tiempo. Me empeñaré a fondo para que así sea —prometió Inés.
Blanca la abrazó con esa combinación de intensidad y delicadeza que siempre impregnaba sus movimientos.
Al día siguiente, tras reunirse con doña Micaela en distintas ocasiones, el señor De Villalta quiso tener una conversación a solas con su hija. Le confesó que no terminaba de aceptar la idea, pero que, a la luz de las circunstancias, había comprendido que debía corresponder con transigencia. Le hizo formalizar un sinfín de promesas a las que ella consintió, casi segura de que las podría cumplir. Pero Inés desconocía el escaso control que tendría sobre su destino a partir de aquel 19 de julio.
Si hubieran preguntado a cualquiera de los De Villalta, habrían afirmado que el mes de agosto de 1815 pasó demasiado rápido. La boda de Blanca y los preparativos del viaje de Inés fueron los auténticos protagonistas, solo empañados por el eco de una actualidad que siempre se demoraba un tanto en atracar en las islas. Así, los rumores del fin definitivo de Napoleón, tras la derrota en Waterloo, se colaron en las calles de Santa Cruz. Los últimos coletazos habían tomado el nombre del Imperio de los Cien Días, periodo que se había extendido desde el 16 de marzo hasta el 8 de julio de aquel año. Pero ya no quedaba casi nada del poder que había puesto en jaque a una vieja Europa que ahora luchaba por recuperar el control en el Congreso de Viena, cuya acta final se había elaborado a principios del mes de junio.
Tal y como se acordó los días posteriores a aquellas conversaciones en el hogar de los De Villalta, Inés se dispuso a partir con sus tíos, los señores Aguilar, quienes accedieron a acompañarla hasta su destino en la península. Con su ayuda, pudieron arreglarlo todo para que la joven se uniera a ellos en el barco que debía salir del puerto de Santa Cruz el 25 de agosto. Antes de llegar al muelle, algo deteriorado desde 1812, Inés se despidió de su familia, un amargo trago para alguien cuyo mundo empezaba y terminaba en su hogar. Las gaviotas que había pintado Blanca en su cuadro revoloteaban por el puerto y edulcoraban los adioses. Inés y Blanca se fundieron en un largo abrazo, atrapando lamentos por todos los susurros que no podrían compartir en un tiempo. Cuando se separaron, la joven deseó a su hermana y al general Gutiérrez del Peral toda la dicha posible en aquellos primeros meses de matrimonio. Se apenó todavía más al pensar que, quizá, tendría que haber dicho «años». A sus hermanos pequeños les pellizcó las mejillas y les pidió que fueran buenos. A su padre le suplicó que cuidase de su salud. Entonces, su madre la miró a los ojos, orgullosa:
—Tienes un gran corazón, hija mía. Pero, sobre todo, fortaleza y valentía, aunque haya días en que no las sientas. Gracias por regalarnos una pizca de serenidad con tu ayuda. —La abrazó. Y, al oído, susurró—: Haz lo que yo haría.
Inés asintió conmovida. Disimuló hasta que subió por la rampa al buque, escoltada por los señores Aguilar, que vieron cómo las lágrimas la invadían mientras se despedía, ya en la distancia, de todo lo que había conocido en sus veintiún años de existencia. Doña Virtudes, empática y despierta, ofreció a la tierna muchacha un pañuelo para enjugar su anticipada nostalgia. Inés lo agradeció y lo usó durante las primeras horas de viaje, las más mohínas del trayecto. Pero un rabioso golpe de viento lo arrancó de sus manos enguantadas mientras buscaba calma desde proa, y lo condenó a moverse a merced de las mareas.
Al pensar en ese pañuelo, me gusta creer que se sumergió momentáneamente en el Atlántico y que, después, extendido como si se dispusiera a echar el vuelo, dejó que las corrientes lo guiaran. Quizá el céfiro sopló. O puede que fuera el levante. El agua salada seguro impregnó el bordado e hizo desaparecer la viveza del tinte. Se cruzó con todo tipo de peces, vio los restos de los buques perdidos en la batalla de Trafalgar, quedó atrapado en algas de largas hojas como tentáculos y se reencontró con la luna al regresar a la superficie, empujado por un oleaje violento que lo condenó a esperar sobre la arena de la Caleta. El juego de un niño harapiento, tras servir de referencia en un duelo acaecido la noche previa, permitió que alcanzara la puerta de la Caleta y se inmiscuyera en el nervio de la ciudad. Los ignorantes pasos de parroquianos despistados lo lanzaron por las calles de San Bernardo, San Nicolás, Peñalba y La Amargura hasta que la impoluta suela de Modesto Andújar lo pisó mientras deambulaba por la calle Ancha.
No se puede culpar al señorito Andújar de que ni siquiera se percatara de que había pisoteado aquel pañuelo, ya mugriento, con su bota. Andaba obnubilado, empapándose de cada detalle de esa hermosa joya del Mediodía, hogar de poetas, gestas y marineros. Su sonrisa denotaba que llevaba esperando aquel paseo mucho tiempo. Y era cierto. Pese a que las límpidas fachadas de cornisas, grandes ventanas y bellas balconadas neoclásicas lo tentaban desde arriba, Modesto estaba más interesado en lo que no era perceptible a la vista. Agudizó sus oídos para distinguir, entre los ofrecimientos de los vendedores de chapa y las risas de los gandules que pacían por la vía, las noticias que, según le habían contado, nacían y morían allí. Aunque todavía era temprano, algunas damas ya paseaban bajo sus sombrillas, animadas por la tregua que había dado el rigor del sol. Tampoco el señorito reparó en ellas. Continuó avanzando. Casi daba zancadas.
Al llegar a la plaza de San Antonio, se extrañó. Revisó con cautela cada portal de las primorosas casas que la cerraban, pero no halló lo que estaba buscando. Su frustración lo incitó a interrogar a dos ingleses que aparecieron por la calle de Linares. Después a un corrillo de señoritas que había adelantado en la calle Ancha. Y a un chiquillo al que dio tres maravedís. En ninguna de las ocasiones, la reacción fue la que esperaba. Los caballeros se echaron a reír. Las damas lo ignoraron. El muchacho le devolvió el dinero. Junto a la iglesia de San Antonio vio a una pareja de militares. Se dispuso a aclarar aquel malentendido. Ellos no podían negarse a solventar la duda de un honrado caballero. Sin embargo, antes de alcanzarlos, otro soldado le cerró el paso y lo cogió del brazo para reconducir sus pretensiones.
—¿Está usted loco? —le preguntó el militar sin hacer aspavientos.
—¿Qué hace? ¿Qué ocurre? —se sorprendió el señorito Modesto.
—Sígame. Y disimule lo que sea capaz —le ordenó.
—No he hecho nada malo, lo prometo.
—Bueno, eso según cómo se mire. Aunque no lo llamaría «malo». Diría que usted es absolutamente imprudente. Un majadero.
—Solo estaba…
—Sí, lo sé. Preguntaba por el café Apolo. Lo he escuchado las tres veces que ha importunado a alguien para indagar sobre su localización.
—Pero… ¿qué hay de malo?
El soldado se detuvo.
—¿De veras no lo sabe? ¿Ha vivido en una cueva el último año y medio?
—Más o menos. Mis padres han tratado de mantenerme al margen de la guerra, así que, en los últimos años, apenas he salido de nuestra hacienda en Jerez. Pero ahora eso ha cambiado. Mañana comienzo mis estudios en la Escuela de Comercio, aquí en Cádiz. Me he instalado con la familia de un doctor, primo de mi madre. Viven cerca de la plaza de San Francisco. He venido expresamente para ver, con mis propios ojos, el famoso café Apolo, las «Cortes chicas». También quiero visitar la iglesia de San Felipe Neri, el auditorio de los discursos de Argüelles y Martínez de la Rosa, ¡la cuna de la Constitución!
—Trate de no repetir lo que me acaba de contar si no quiere tener problemas, chico —le aconsejó el joven militar—. Ese Cádiz que ansía conocer ya no existe. Y no es recomendable buscarlo, ¿entendido? —El chico asintió—. Hasta la vista —se despidió, considerando cumplimentada su intervención.
Modesto Andújar se quedó quieto en medio de la calle, engullido por sombreros de copa, capotas, mantillas y tricornios. El soldado sintió lástima al haber despojado de ilusiones a aquel muchacho. Se dio la vuelta y lo vio allí, todavía buscando destino. El militar titubeó un instante y volvió sobre sus pasos.
—Venga, acompáñeme, lo invitaré a un trago —lo consoló.
El señorito hizo gala de la confianza ciega de cualquier mozalbete inexperto y siguió al soldado por las callejas aledañas hacia el sur. Dejaron atrás la plaza de San Fernando, la calle del Sacramento y giraron a la izquierda en la calle de Solano. Allí, casi inmersos en el humilde barrio de La Viña, se detuvieron ante una maltratada puerta y se dejaron embriagar por el aroma rancio del local. Tras acomodarse en una mesa, previa escueta petición de dos vinos, pudieron deshacerse de sus sombreros.
—¿Este es el nuevo Cádiz? —preguntó Modesto, nada atraído por el giro de los acontecimientos, al tiempo que inspeccionaba el entorno.
Otras cinco mesas, vacías, creaban cierta ilusión de recogimiento en la taberna, vigiladas por un dueño que, en calzón, chaleco y camisa, administraba evasión a los concurrentes. La mágica luz de aquella villa asomada al océano se perdía en el interior, por lo que los candeleros, que aguardaban solitarios en las repisas, daban servicio ininterrumpido. Sus halos amarillentos revelaban la presencia de barriles aquí y allá.
—Este es el que siempre ha existido, chico, no te equivoques.
—¿Y dónde están las tertulias? ¿El café del Correo sigue en funcionamiento? ¿Por qué ya no se puede entrar al Apolo?
—Lo cerraron el pasado año por conspirar contra el rey. Siguen existiendo sacamuelas, pero, ahora, no se gritan las opiniones; se susurran —le contó el soldado—. A todo esto, soy el capitán Conrado Íñiguez.
—Encantado. Mi nombre es Modesto Andújar…
El muchacho no se contentó con aquella respuesta, tampoco lo pausaron las formalidades, así que continuó preguntando.
—Para haber estado al margen de la política, conoce bien a los diputados y los chismes sobre esta plaza —opinó el capitán Íñiguez.
—Sí. Mi maestro de latinidad es el responsable. Durante nuestras lecciones, compartía conmigo las noticias que iban llegando desde Cádiz. Él decía que lo que pedían los liberales no eran más que barrabasadas, pero yo desarrollé una gran admiración por aquellos hombres. En mi aislamiento me imaginé todo, y por eso ando buscando lo que queda de esa época. Pensaba que, a pesar de las decisiones de Su Majestad, Cádiz seguiría conservando algo de aquello. No puedo creer que todo se haya esfumado.
—Como le he dicho, no todo, pero si es un hombre cuerdo, sabrá mantenerse al margen. Su maestro no le mintió sobre las sandeces que decían aquellos charlatanes. De hecho, esos hombres han tenido que abandonar el país o se pudren en el presidio. Si no quiere seguir sus pasos, será mejor que se centre en sus estudios. No son tiempos para llevar la contraria al rey. Y no siempre se va a topar con un tipo de buen humor como yo que, aun reprobando lo que usted dice admirar, sepa ver la inocencia y la confusión pueril en sus ojos.
Al tiempo que se resquebrajaba la imagen que el señorito Andújar tenía de Cádiz, la taberna fue admitiendo a nuevos vecinos sedientos de calma. El propietario cumplía los deseos de sus clientes valiéndose de las botellas que esperaban, en orden, en varias baldas de madera a su espalda. De pronto, una voz femenina se abrió paso entre los parloteos. Una mujer de cabellos azabache cogidos en un moño con redecilla, y bucles salvajes cayendo por sus sienes, se reía junto a un grupo de comerciantes. Casi como si fueran movimientos coreografiados, zanjó su carcajada, se cruzó la mantilla por encima del jubón de seda y dio varias vueltas sobre sí misma antes de apoyar el abanico en la barra. Desde ahí observó el diálogo del capitán Íñiguez y el señorito Andújar. Sonrió al tiempo que se hacía con dos chatos y se aproximó a la pareja.
—Buenas tardes, capitán. Cuánta seriedad veo por aquí —opinó mientras se sentaba en la única banqueta libre.
—Muy buenas tardes. Estoy espabilando a este jovencito jerezano. Casi le pregunta al coronel Valladares por el café Apolo —le contó.
—Así que un aspirante a preso… Interesante —bromeó ella.
Modesto que, por error, había pensado que uno de aquellos dos vasos sería para él, observó cómo la dama se bebía uno y reservaba el otro para más adelante. El capitán pidió una nueva ronda, consciente de que el chico necesitaría hidratar su desengaño.
—¿Y cómo se llama el muchachito?
—No soy un much…
—Ernesto Andújar.
—Mod…
—Encantada, señoritingo Andújar —respondió ella sin dejar de sonreír—. Yo soy Filomena Esquivel. Pero puede llamarme Filo.
—Mucho gusto, señorita Filo —correspondió el joven.
El capitán se rio. La Filo asintió y dio un trago a su segundo vino.
—¿Y la dejan a usted estar por aquí, señorita Filo?
—Verá, señorito Andújar, tengo la suerte de generar felicidad y eso está admitido en cualquier parte. Incluso en las que jamás lo reconocerían —se explicó en tono misterioso—. Oh, miren, Josefito también está aquí. ¡José! ¡Ahorcaperros! ¡Josefín!
Un hombre de edad avanzada y tez castigada por largas jornadas de trabajo se dio por aludido y se unió a ellos. Era de corta estatura, cabellos grises y dientes picados. Sus callosas manos sostenían su propio chato. En el intercambio inicial de palabras, el señorito Andújar se enteró de que era don José Salado, un pescador originario del Puerto de Santa María que había sido bautizado como Ahorcaperros por ser muy diestro en la realización del nudo marinero de dicho nombre. También pudo comprobar el futuro bachiller que don José era aficionado a reproducir al detalle aquella vez en la que, según él, el propio general Gravina le había pedido que hiciera uno antes de embarcar en el Príncipe de Asturias, justo en los momentos previos al desastre de Trafalgar. La Filo le susurró al oído que era solo una leyenda. Entre trago y gracia, la vergüenza del señorito Andújar se fue entumeciendo y, en cierto momento, confesó su verdadera vocación a sus nuevos e inesperados amigos. Peleándose con la pegajosa rigidez de su lengua, habló de sus planes de estudiar Leyes y de convertirse en el nuevo Argüelles. Amparados por el bullicio y la relajación de modales, todos aplaudieron su determinación, así que el señorito Andújar prosiguió con sus cánticos. «Si ustedes supieran… Me sé la Novísima a la perfección», añadió. Los demás, convencidos de que el chico sería más sabio al día siguiente, lo dejaron hablar.
El baile de entradas y salidas, telón de fondo de la conversación de aquel pintoresco cuarteto, no se detuvo ni un segundo. Disputas, risotadas, serenatas de apuestas y engaños se enlazaban entre sorbos. De pronto, un grito se apropió del interés de la gran mayoría de los presentes. Varios hombres se enzarzaron en una lucha invisible en torno a algo. El capitán Íñiguez, que había reaccionado con indiferencia —acostumbrado a las reyertas de las tabernas—, alzó una de sus cejas castañas. Un individuo, ataviado con una larga capa, se escapó de las garras de aquellos que pretendían retenerlo. El escándalo aumentó tanto que el señorito Modesto se vio obligado a parar su discurso. Empezaron a escucharse gritos. «Le han apuñalado». «Le han apuñalado». «Busquen un galeno». La Filo se levantó para husmear. El capitán Íñiguez se puso de servicio de forma inmediata:
—¡Atrápenlo! —ordenó, señalando al agresor, que luchaba por alejarse de la escena del crimen.
Algunos trataron de alcanzarlo, pero el criminal era escurridizo. Otros lanzaron vasos, tumbaron barriles. El dueño se dispuso a saltar la barra. Pero un caballero, hasta entonces dedicado por completo a relamer los restos de líquido de su chato, estiró su bastón y provocó que el fugitivo cayera de bruces contra el suelo. Esto dio margen para que tanto el tabernero como el capitán Íñiguez, escoltados por algún que otro borracho, acudieran a inmovilizarlo. El señorito Andújar observó al hombre que había logrado detener al malhechor. Impasible, devolvió su atención al vaso. Uno de los clientes se presentó como médico, así que el corrillo de sentidos y curiosos formó un pasillo para que el sanitario llegara hasta la víctima, que se retorcía de dolor en el suelo. La Filo corrió a ofrecer su pañuelo como gasa e invitó al resto a hacer lo propio. Un silencio incómodo inundó el local. Entonces se originó el rumor: «Es el ayudante del teniente general Jácome». «Han intentado matar a uno de los hombres del teniente general Jácome».
—¿Quién es el señor Jácome? —preguntó Modesto.
—El gobernador de Cádiz —dijo una voz grave junto a su cogote—. Y capitán general de Andalucía.
Era el caballero del bastón el que había contribuido a detener al criminal. Se sentó junto a él tras saludar al señor Salado, al que parecía conocer. Cuando la situación estuvo más o menos bajo control y entraron a la taberna refuerzos en uniforme, el capitán Íñiguez se acercó para anunciar que iba a llevar a aquel individuo al calabozo.
—Muchas gracias por tu ayuda. Veo que no has perdido la puntería —le dijo el capitán al desconocido que había tomado asiento junto a Modesto, cuya mirada destilaba embriaguez y aturdimiento.
—Eso será —respondió el otro—. ¿Quién es el chico?
—Lo recogí esta tarde en la plaza de San Antonio antes de que cometiera una estupidez. —El capitán se lo susurró al oído y el hombre se rio divertido—. ¿Podrías llevarlo de vuelta allí? No tengo muy claro que sepa regresar a su alojamiento desde aquí.
—¿Ahora soy un ayo?
—Te invitaré a vino durante dos meses —propuso el otro.
Modesto atendía a aquella negociación de la que era parte fundamental, pero que apenas lograba seguir con la pupila. Al final le pareció que el desconocido accedía, así que el capitán le dio un afectuoso golpe en la espalda y se despidió con un «Cuídese, chico. Y déjese de tonterías». El señor don José Salado también ahuecó el ala, reclamado por el necesario descanso antes de volver a echarse a la mar. La Filo, que buscaba recomponerse del susto, atendía a los cuchicheos para ser capaz de entender lo que había ocurrido. Por último, y después de que trasladasen al herido fuera de la taberna, el caballero sin nombre remató la bebida y animó al joven a seguirlo.
De vuelta por las calles de Cádiz, avanzaron entre las sombras. El muchacho recordó la grata impresión que le había causado el adoquinado de la ciudad aquella misma mañana. En lo general, las vías estaban bastante más limpias de lo esperado.
—Así que en busca del café Apolo —le dijo el amigo del capitán.
—Ya, ya sé. No hace falta que usted también se burle —respondió el señorito Andújar.
—No me burlo, no me malinterprete. Me hace gracia que todavía haya gente con ideales e ilusiones después de todo lo que ha ocurrido en este país.
—Muchas gracias —balbuceó el muchacho.
Al pasar al lado de un farol, Modesto analizó las facciones de su acompañante. Era un caballero un tanto desaliñado, con barba de varios días que llenaba su mentón. No parecía muy mayor, aunque la nocturnidad y los efluvios del alcohol no conferían al señorito Andújar todo su potencial para el análisis y el prejuicio. Portaba un tricornio ajado y botas embarradas. Su casaca estaba rota por varios sitios, sin remiendo, lo que dejaba patente un absoluto desinterés por su apariencia física.
—¿Dónde pasará la noche? —se interesó.
—En la calle del Rosario, número dos. Estoy alojado con un doctor, primo de mi señora madre —contestó el muchacho e hipó.
—Lo acompañaré hasta allí. No quiero despertarme mañana con la noticia de un cadáver con pinta de lechuguino.
Modesto tragó asustado e hipó de nuevo. Era cosa sabida que, en aquellos tiempos, deambular solo a partir de la caída del sol no era demasiado recomendable en ninguna ciudad española. Las voces y los crujidos, perdidos en las vaporosas tinieblas de la noche, alertaron al estudiante que, a cada paso, agradecía más la compañía. Sin saber muy bien por qué, su mirada se centró en aquel bastón que, como único complemento estético, anticipaba las pisadas del misterioso caballero.
—¿Puedo saber cómo se llama? —se interesó el jovencito.
—Don Alonso Guzmán a su servicio. ¿Y usted?
—Ernesto…, ¡Modesto! Modesto Andújar.
—Bonito nombre. Le va a juego con las ropas —respondió don Alonso.
—Gracias —murmuró el otro, sin saber si aquello había sido un cumplido o un insulto—. ¿Y de qué conoce al señor capitán Íñiguez?
—Combatimos juntos en la guerra contra los franceses.
—Humm… Qué interesante. ¿Y por qué usted no va vestido de militar?
—Demasiadas preguntas, señor Andújar —dijo, reservado—. Hemos llegado a su morada. Trate de no hacer ruido si quiere que el primo de su madre le deje vivir aquí durante un tiempo. Hasta la vista.
—Adiós, señor Guzmán. ¡Y gracias! —contestó, mientras el otro ya se alejaba con paso decidido y se perdía en la oscuridad.
El señorito Andújar llamó a la puerta. El mayordomo le abrió y le dedicó una mirada llena de acritud mientras le permitía el paso al patio. Modesto, sin poder controlar los espasmos de su cuerpo, empleó una maceta para descargar el estómago de todo el líquido que había absorbido aquella noche de septiembre. Sin capacidad para sentirse culpable, se distanció de su vergüenza y acometió el último reto del día: subir las escaleras. Mientras lo hacía, se preguntó si algún día sabría los secretos de aquel apuesto hombre escondido bajo los ropajes de un cualquiera.
Inés agradeció en un sinfín de ocasiones haber recordado llevarse algo para escribir. Durante las jornadas de aquel largo viaje, acumulaba imágenes en su mente para después, una vez se hubieran detenido a descansar en la venta o parador oportuno, anotarlas en octavillas que se convertirían en futuras cartas para su familia. Una de sus obsesiones era trasladar los matices de la península, desconocida para sus hermanos. Sin embargo, desde que habían desembarcado en Sanlúcar de Barrameda, los paisajes que había contemplado distaban mucho de las lindezas que ansiaba describir. Las ruinas y los campos plagados de restos de la batalla formaban un desalentador crisol de memorias que se colaba por la ventanilla del carruaje. Aunque, por supuesto, había excepciones, como lo que escribió al llegar a Montoro:
Hemos visitado la mezquita de Córdoba y he quedado embriagada por su belleza. Tardaría mil párrafos en contaros la grata impresión que causó en mí ese sobrescripto arquitectónico. Me pareció un simbólico abrazo entre dos culturas, un lienzo de la historia de esta tierra.
Atrás quedaban sus opiniones sobre Jerez de la Frontera, Cabezas de San Juan, Dos Hermanas, Sevilla —donde se habían detenido unos días— o Écija. También un pequeño poema que, sobre la marcha, se había inventado para narrar que había estado en Bailén, lugar de la victoriosa batalla a cargo del general Reding, en los albores de aquella contienda culpable de todo. En los últimos siete años había escuchado un millar de comentarios sobre aquella proeza que había insuflado esperanza a los españoles, levantados en armas contra el enemigo sin un rey que los guiara. Cerca de allí, Inés descubrió otro rincón histórico, las Navas de Tolosa. Según le indicó su tío, en ese punto se había librado un relevante combate durante la conquista cristiana, allá por el siglo XIII. Sin embargo, aun con todo lo que estaba aprendiendo, pasado Despeñaperros, Inés comenzó a desear que los caballos trotaran más aprisa.
Hasta entonces, y aunque que estaba resultando una experiencia agotadora, la señorita De Villalta había tratado de sacar provecho de cada anécdota y conversación. Agradecía, sobre todo, haber podido compartir más tiempo con sus tíos, a pesar del empeño del señor Aguilar en recitarle, desde que habían salido de Santa Cruz, todos los pormenores del linaje familiar. Este aprovechó la curiosidad de la joven y su gran capacidad para escuchar largas horas en silencio, sin interrumpir. En el barco le habló del peligroso viaje que había emprendido el bisabuelo de Inés hacia Venezuela, donde había conseguido enriquecerse tras un par de generaciones en las que se había perdido el lustre del apellido, vinculado a una familia hidalga canaria de larga tradición. En Sevilla le contó que la excitante aventura colonial se había terminado con el padre del señor don Jacinto y de la señora doña Micaela —la madre de Inés—, que había regresado a las islas para adquirir tierras con el dinero obtenido. Cuando comieron en un parador en Carmona, prosiguió con el capítulo en que el abuelo había decidido asentarse en La Laguna tras contraer matrimonio con la abuela, Dolores Blanxart, hija de un vizconde de origen barcelonés de mermada fortuna e influencia. Finalmente, en Almuradiel, había zanjado la relación histórica con el momento en que él, como primogénito de los Aguilar-Blanxart, había heredado todas las posesiones familiares y había decidido instalarse en Sevilla a finales de siglo para diversificar sus posesiones y negocios. Todas estas disertaciones solían cesar gracias a la intervención de doña Virtudes, conocedora del amor por las palabras de su querido esposo, seguida de la risa divertida de Inés.
Por fin, el 23 de septiembre, después de un contratiempo con las ruedas delanteras, el vehículo se detuvo frente a su destino. En Valdepeñas, donde habían conseguido solventar la avería, continuaron el camino hacia el norte y, antes de alcanzar las inmediaciones de Manzanares —parada habitual de los viajeros que se internaban en La Mancha—, se desviaron por un desamparado sendero. Este se bifurcaba dando paso a otro que penetraba en los campos de olivos y trigo, prólogo de un grupo de casas que se erigían media legua al oeste. En una de ellas, la principal, un candil iluminaba las escaleras de entrada, donde aguardaban dos de los criados de los señores Aguilar —que habían ido de avanzadilla— y una de las empleadas de la vivienda. Inés sintió que el estómago se le contraía. Doña Virtudes le cogió la mano con dulzura y sonrió. Cuando el cochero detuvo el avance del carro y se abrieron las puertecillas, la joven supo que el viaje había terminado. Se anudó la capota a la barbilla y se dejó ayudar por un diligente trabajador para apearse.
La doncella, a un lado hasta que cruzaron el umbral, los condujo por el zaguán al patio, rodeado por una galería de columnas toscanas y en cuyo punto central se hallaba un hermoso aljibe. Avanzaron hacia las escaleras, que se perdían, en el lado opuesto, más allá de los pilares. Inés no prestó demasiada atención a los detalles decorativos, solo se fijó en dos aspectos: el frío y el silencio sepulcral. En la planta principal siguieron a la criada por un corredor. Antes de llegar al final, se detuvo y abrió, con mimo, una puerta. Inés no sabía muy bien qué iba a encontrarse, pero se exigió ser la mujer audaz que había descrito su madre en su despedida, y entró en la sala seguida de sus tíos. La vida robada de unos ojos con demasiada juventud como para hallarse en ese mar de lodo fue lo que más impactó a la señorita De Villalta. Sin embargo, el amor que sentía por ellos fue más fuerte que el miedo al rechazo. Olvidando las formalidades que tantas veces le habían repetido en casa, corrió junto a aquella butaca y, de rodillas, besó las manos de su hermana mayor.
—Dolores. Ay, Dolores… Cuánto he padecido por ti —dijo—. He venido a cuidarte. Te haré compañía para compartir tu carga —gimoteó emocionada.
Dolores de Villalta correspondió con ternura a la espontaneidad de su hermana. Hacía casi ocho años que no se veían. Toda una vida. Y no quedaba ni rastro de la muchacha risueña, vital y perspicaz de sus recuerdos. Los señores Aguilar se sumaron al encuentro con alegría. Inés, con los latidos del corazón acompasando sus frases, contó a su hermana los detalles más graciosos del viaje. También trató de ponerla al tanto de anécdotas y novedades familiares. Quiso contarle todas las noticias que se le ocurrieron sobre Santa Cruz. Dolores seguía sus comentarios con atención. Incluso con una pizca de entusiasmo.
Y así continuó el resto de los días en que los señores Aguilar se quedaron en la casa. Paseaban por las tierras, jugaban a las cartas, leían, parloteaban… A Inés la inundó un júbilo que no sentía desde hacía tiempo. Las murmuraciones de fiestas y tertulias se habían hecho chiquitas. Ahora no importaban. No debía rebatirlas, puesto que se hallaba en la posición más ventajosa para hacer algo al respecto. Era útil, un miembro adulto de la familia De Villalta. Cuando sus tíos se marcharon, lo hicieron satisfechos, con una mano en la péndola que se disponía a informar a don Lorenzo y doña Micaela de los esperanzadores avances en el estado de su primogénita.
Sin embargo, Inés había llegado para quedarse, así que fue testigo de cómo la tenue luz de Dolores volvía a apagarse en el transcurso del mes de octubre. No fue inmediatamente, sino cuestión de días. Momentos en los que, si su hermana antes accedía a salir al patio, ahora se recluía en su gabinete. Al principio, la más joven creyó que el ánimo regresaría, que quizá escucharía de nuevo aquella risa enérgica y contagiosa que siempre la había caracterizado, así que aguardó con sosiego a que el milagro se produjera. Por las mañanas se preparaba y esperaba a su hermana en el comedor, donde le leía, mientras esta desayunaba, fragmentos de una obra de don Pablo Olavide que había encontrado en la biblioteca. Después, si Dolores se negaba a pasear por el patio, Inés salía a buscar hojas secas y piedras para luego clasificarlas juntas en la sala de estar. Tras el almuerzo repasaban las misivas que Inés había escrito en su viaje y pensaban en cómo mejorarlas. La tarde era tiempo de labor, así que las hermanas bordaban en silencio hasta que Inés, fingiendo torpeza, pedía a Dolores, a la que siempre le había gustado ejercer de hermana mayor, que le enseñara cómo continuar. La oración y las charlas se colaban, discretas, entre sus quehaceres.
Inés no osó mentar la cuestión que había ocasionado que su hermana estuviera así. Solo se permitía recordarla en la soledad de la noche. En la cama rememoraba lo que había escrito Dolores en junio. Aquellas palabras eran como dagas oxidadas en el corazón. Cobraban fuerza cuanto más las repetía. Embrujaban. Quiso preguntar muchas veces, pero sabía que no habría respuestas. Solo alcanzó a tocar un pellizquito del alma de su amada hermana una tarde en la que, después de un día encerrada en su cuarto, Inés la visitó para tratar de animarla.
—Dolores, tienes que seguir adelante, por favor. No te recluyas. Deja que te ayude —le suplicó.
—Yo ya no tengo vida, hermana. No la tendré hasta que no recupere lo que he perdido. Y no la quiero si es así como he de tenerla —espetó furiosa.
Abrazó a Dolores y la dejó a solas, como esta le solicitó con cariño. Comprendió su dolor. Ahí se inició una retahíla de jornadas en las que la mayor de los De Villalta se aisló. Solo permitía que Inés entrara una vez al día en su cuarto para leer juntas. El resto del tiempo vagaba por sus dependencias, regalaba su aliento a unas ojeras que la acompañaban sin descanso y se consumía entre recuerdos y reproches.
Inés, por su parte, buscaba entretenimientos al tiempo que perdía la fe en que su hermana volviera a ser la persona de carácter que había reprobado sus primeras chiquilladas. Hizo buenas migas con el escaso servicio que trabajaba en aquella propiedad. Se ejercitaba dando paseos por los campos de olivos que componían la hacienda. Visitaba el corral y las bodegas. Corregía sus escritos y enviaba misivas, plagadas de falsa serenidad, a sus padres y a sus tíos. Jugaba al solitario con los naipes que habían utilizado para jugar a la escoba semanas atrás. Cambiaba de sitio los tiestos del patio. Intentó dibujar, con escaso éxito, el aljibe y a uno de los caballos. Investigaba qué más títulos se escondían en la biblioteca. Pensaba en excusas para hacer que su hermana saliera de la habitación mientras desayunaba, comía y cenaba sin compañía. Medía en zancadas el corredor de la planta principal, por cuyas ventanas, abiertas durante el día, se podían ver las bellas galerías del piso inferior. Y así fueron pasando las semanas. Para alguien como Inés, amante del aire libre, la bajada de temperaturas fue poco alentadora. Y aunque quiso resistirse, los criados insistieron en que no saliera más de la cuenta para no caer enferma. La joven hizo caso, por lo que debió rendirse a la monotonía y el aburrimiento. Pero, sobre todo, a aquella sensación de vacío que le causaba saberse incapaz de ayudar.
Una mañana de mediados de noviembre, al volver de la librería hacia su alcoba, para lo cual debía recorrer todo el pasillo, oyó un molesto soniquete procedente de las dependencias del lado este. Sabía que no era apropiado acceder a ellas, esa zona ya no estaba en uso, pero el tedio en el que estaba sumida estimuló su indiscreción. Agarró el picaporte y, después de asegurarse de que no tenía testigos, abrió la primera puerta. Una saleta, con muebles cubiertos con telas en las esquinas, servía de paso hacia una estancia más grande. En esta, las estanterías se habían librado del olvido, pero todo lo demás estaba escondido bajo tejidos claros. Por debajo de estos, no obstante, Inés identificó las patas de mesas y sillas. Se detuvo para cerciorarse del origen de aquel repetitivo ruido. Continuó avanzando. Un dormitorio. En esa habitación, dos de las contraventanas se habían cerrado, así que la iluminación era significativamente peor. Inés reflexionó entonces sobre los cuidados que se dispensaban a aquel cuarto. El resto de las salas disfrutaban de luz exterior, lo que indicaba que se ventilaban diariamente. Volvió a concentrarse en su búsqueda. Procedía de más allá de la pared. La muchacha abrió las contraventanas para ser dueña del espacio y repasó los muros de aquella cámara fantasmal. Entonces se percató: había una última puerta mimetizada en la propia pared. Con cuidado, la abrió. Ante ella apareció una última habitación.
A Inés le impresionó el estado de esta, pues, aunque sus muebles también estaban protegidos de las agujas del reloj, una sensación extraña invadía al visitante. Como si las paredes fueran capaces de señalar la intrusión. Sin ser consciente de dónde se estaba inmiscuyendo, Inés recorrió aquel despacho. De pronto, se dio cuenta de que una de las ventanas era la culpable del molesto ruido. Pero, a esas alturas, Inés ya no prestaba atención a la causa de su aventura. Se había quedado absorta observando un cuadro al óleo en el que tomaban forma las promesas y los horrores que atormentaban a su hermana. Se acercó para analizarlo en las distancias cortas. Acarició la superficie con el índice y el pulgar, como si aquello fuera a dar vida a la imagen.
Inés se preguntó entonces si sería posible, algún día, recuperar el pasado. Se respondió a sí misma que no, pero, antes de capitular del todo, se fijó en que detrás del marco sobresalía con timidez, quizá al estar algo torcido, una bisagra. La joven dejó el libro que había cogido de la biblioteca sobre la tela que cubría el escritorio y se dispuso a descolgar aquella obra de arte. El pequeño formato facilitó la empresa. Lo dejó apoyado en la pared y admiró su hallazgo. En efecto, dos puertecillas disimuladas con el adorno del muro aparecieron delante de sus ojos. Inés revisó entonces todos los cajones del despacho. La llave no podía estar lejos.
El polvo se adhirió a sus curiosas manos, que, dirigidas por su obstinación, repasaron estantes y recovecos hasta que, de nuevo, el lienzo le dio la clave. Comprobó las esquinas de este hasta que sus dedos se encontraron con aquella delicada pieza de metal, escondida hasta entonces en una diminuta apertura entre el marco y la pintura. Introdujo la llave en el cerrojo y las puertecitas cedieron. Acto seguido, un montón de papeles y documentos se presentaron ante ella. Inés los cogió, seducida por el misterio, y empezó a ojearlos. Eran escritos, cartas, listas, libros… Frunció el ceño y se zambulló en la caligrafía que todo lo impregnaba, hasta el punto de perder la noción del tiempo. Esta solo regresó por un crujido inesperado a su espalda.
Primera parte
Por qué arde una casa? Hay múltiples respuestas para esta cuestión, pero, en todo caso, es una desgracia. Las memorias de una vida se abrasan junto con las cortinas. Incinerados los lechos en los que se solía soñar. Agostados los esfuerzos de generaciones por construir un refugio de la locura exterior. Los buenos y malos ratos se calcinan, tornándose esqueletos de madera. Después cenizas. Hasta no existir más que como brisa cálida.
Hay viviendas, no obstante, que es difícil imaginar desapareciendo sin misericordia. Eso pensaban, por ejemplo, los habitantes cercanos a aquella propiedad de piedra, sita a pocas leguas de Mieres del Camino. Su imponente fachada barroca era el dulce merecido después de recorrer todo el sendero de tierra que, cercado por coquetos arbolitos, unía las dos puertas que debían abrirte si tenías el honor de ser invitado. Al hacerlo, oías el siseo de las mansas aguas del riachuelo que, por azar, formaba parte de la finca. También el aleteo furioso de las aves al aterrizar en el cilíndrico y esbelto palomar. Veías a la derecha una casa baja cuyo hedor susurraba, a conocidos y extraños, que allí se ubicaban las caballerizas. A la izquierda, una iglesia, elemental en cualquier hacienda piadosa con caudal suficiente. Y, al fondo, más edificios de labor de los que salían y entraban solícitos trabajadores. Pero los visitantes más distinguidos no solían mirar más allá de la hermosa puerta de la casa principal, rematada por dos pilastras a los lados.
Aquel día, los rayos de la luz matinal acariciaban una niebla densa que desdibujaba los encantos de ese palacio rural. Desde fuera era imposible acertar qué estaría ocurriendo tras sus pesados muros. Y lo cierto es que en aquella jornada se había producido un cambio de rutina en el servicio. Para empezar, doña Fuencisla Baeza, el ama de llaves, se encontraba sentada, algo no demasiado habitual. Por otro lado, por la puerta de la cocina pasaban señoritas medianamente bien vestidas. Y, además, don Rafael Carrizo, el mayordomo, se asomaba de vez en cuando para controlar la situación. Bueno, aquello, quizá, no era tan excepcional. Sí será insólito, para la persona que esté leyendo estas líneas, saber que una de las muchachas que aguardaba a que llegase su turno no era otra que la señorita Inés de Villalta. Sus párpados, cargados de temor e impaciencia, caían e interrumpían su examen visual a todo lo que la rodeaba. Cada vez que una de las otras mujeres salía, se planteaba huir. Pero no podía. Era demasiado tarde para arrepentirse. Cuando su tesón se evaporaba, recordaba las palabras que le había dicho a Dolores tan solo un mes atrás:
—Hermana, he localizado a alguien que puede ayudarnos…, ayudarte. Pero tengo que hacer algo a cambio. Te prometo que solucionaré todo. Ten paciencia, Dolores. Volveré pronto.
El suave asentimiento de su hermana la llenó de gozo y la convenció de que no estaba errando. De que servía de algo todo lo que había hecho desde aquella mañana en la que había encontrado ese armario tras el lienzo. Habían pasado ocho meses. Un año casi desde que se había marchado de Santa Cruz. Recordó entonces las palabras de su madre: «Haz lo que yo haría». Y recuperó el control de su respiración.
—Doña Inés López —llamó la señora Baeza.
La joven entró en la cocina y siguió al ama de llaves hasta una diminuta oficina en la que había solo una mesa y una silla. Entendió que debía quedarse de pie.
—Buenos días.
—Buenos días, señora.
—¿Cómo ha sabido de la vacante?
—Lo leí en el Diario de Avisos, señora. En ese momento me encontraba en Oviedo por otro empleo y…
—Suficiente. ¿Tiene alguien que la abone?
—Sí, señora. He traído todos los documentos que solicitaban en el anuncio —contestó Inés, que no se sentía dueña de sus labios.
La señora Baeza cogió los papeles y los ojeó.
—Bien. ¿Algún problema de salud reseñable?
—No, señora.
—¿Está casada?
—No, señora.
La mujer levantó la vista de los pliegos que Inés le había entregado.
—Veo que tiene amplia experiencia en casas como esta.
—Sí, señora. Mi anterior señor se arruinó y debió prescindir de gran parte del servicio. Una auténtica tragedia —apostilló.
—Sí, gran tragedia —repitió la otra con una chispita de sarcasmo.
A continuación, Inés tuvo que dar una vuelta entera para que el ama de llaves juzgara su apariencia. Después, sin mediar palabra, le indicó que regresara con las demás y que esperara. La joven obedeció. Al contrario de lo que creía, su nerviosismo aumentó tras la entrevista. El resto de las candidatas miraban al suelo o jugueteaban con sus guantes. Inés, sin embargo, lanzaba vistazos a todas partes, ansiosa. Los caracoles oscuros de su cabello se asomaban por debajo del sombrero y le hacían cosquillas en los pómulos. Sintió entonces que, aquella mañana, quizá por la tensión, se había apretado mucho el moño en el que desaparecía, cada amanecer, su larga melena ondulada. Le dolía la cabeza.
—Las señoritas Margarita Fernández, Encarnación Poveda e Inés López síganme, por favor. El resto puede irse. Muchas gracias por su tiempo —las despidió la señora Baeza.
Un espasmo movió la mandíbula de Inés al tiempo que asimilaba que debía volver a entrar en aquella inmensa cocina en la que el carbón se consumía sin pausa. Por una puerta accedieron a un pasillo que abandonaron enseguida para entrar en un salón enorme, iluminado por una gran araña de hierro y torres de cera. A la joven le impresionaron las dimensiones de aquella sala. También le llamó la atención la evidente ausencia de un patio en aquel palacio. Era compacto, una mole llena de ventanales, velas y tragaluces. El señor Carrizo apareció por otro de los accesos y solicitó a la señora Baeza un resumen. Esta puso nombre y apellido a cada una de las muchachas, que aguardaban un desenlace sin pestañear. Bueno, todas menos Inés, que seguía analizando el artesonado del techo y los adornos que embellecían las esquinas. Después de la venia del mayordomo, la señora Baeza pidió un segundo a las candidatas.
—El marqués vendrá en un momento. En esta casa, él siempre tiene la última palabra en cuanto al servicio —explicó.
Asintieron al compás. Durante los minutos que tardó el marqués en aparecer por una de las cuatro puertas que conectaban el vasto recibidor con el pasillo por cada uno de los puntos cardinales, Inés tuvo ocasión de examinar a las otras dos señoritas. Le parecieron niñas. Quizá un poco mayores que su hermana Alejandra. Quizá de su misma edad. Supo que se habrían compuesto con sus ropas más decentes, aunque estas se hallaran a años luz de las que ella había tenido la oportunidad de ver en los bailes y tertulias de Santa Cruz. Tampoco ella iba vestida como solía hacerlo allí. De hecho, si sus padres la hubieran visto, no la habrían reconocido. Pero eso era buena señal. Debía pasar por una joven que necesitaba trabajar, así que los bonitos vestidos, algunos heredados de Dolores y Blanca, ya no formaban parte de su inexistente guardarropa. Solo había conservado el contenido de una faltriquera y un guardapelo que, discreto sobre su pecho, sostenía las palpitaciones de su cobardía.
—¿Estas son las muchachas? —preguntó un hombre que desgarró el silencio con su imponente voz y el repiqueteo de sus botas sobre el suelo.
—Sí, señor don Ildefonso. Ellas son las que más se ajustan a lo que usted solicitó —indicó el señor Carrizo.
—Déjeme ver.
El marqués, que vestía una levita marrón y pantalones, analizó, una por una, a las tres jóvenes. Inés sabía que habría un momento así, imposible de controlar, por lo que dejó que el destino fuera el que escribiera las siguientes líneas de su historia. Don Ildefonso permitió que el señor Carrizo le susurrara algunas de las aptitudes de la muchacha a la que, en ese momento, se dedicaba a examinar a pocos centímetros de distancia. Al parecer, una era hija de uno de los guardeses. Conocía a la familia y las normas de la casa. La otra era la prima del párroco de Rebollada. De virtud intachable y con vocación para la soltería. Pero solo Inés podía jactarse de tener una ficticia experiencia que la avalaba bajo ese techo. El marqués, sin ganas de regalar más segundos de su maravilloso día a aquel asunto, se decantó por el pragmatismo, tras corresponder con una arrogante sonrisa a la mirada baja de Inés.
—La mayor —concluyó—. Matamos dos pájaros de un tiro. Solo habrá que enseñarle las reglas. Así que toda suya, doña Fuencisla.
El ama de llaves asintió, presta a complacer la petición del señor. Inés escuchó aquel veredicto con alivio y amargura. Las otras señoritas supieron retirarse con dignidad. Ella, no obstante, se quedó quieta en medio del enorme recibidor y observó cómo el marqués salía por la puerta que llevaba al zaguán. Tal fue su concentración en los movimientos de aquel hombre que no se percató de que la señora Fuencisla Baeza había carraspeado con la clara pretensión de que la nueva empleada la siguiera. Inés reaccionó a tiempo y caminó, dos pasos por detrás, hasta las cocinas, en las que trajinaban las dos mujeres encargadas de alimentar a la familia.
—Como supondrá, la jornada en esta casa se inicia a las cinco de la mañana. A esa hora, todos debemos estar aquí, en las cocinas. Repasamos la agenda del día de los señores y repartimos tareas extraordinarias, si es que las hay. Después, usted y las otras criadas deberán preparar todas las estancias comunes para que estén al gusto de los señores una vez amanezcan. Suelen hacerlo a las ocho y media. Después, servirán el desayuno. Cuando terminen y hayan recogido todo, se encargarán de adecentar las alcobas, no sin antes preparar las salas que vayan a utilizar durante la mañana. El marqués suele retirarse a su despacho. La marquesa, al oratorio. Después, al gabinete de lectura. Visita a sus hijos y da un paseo por el jardín. El marqués se marcha a atender distintos asuntos alrededor de las diez y media. Cuando vuelve, es imperativo que esté preparado un almuerzo ligero en su gabinete. Más tarde, se relaja, da un paseo a caballo y parte de nuevo. Por otro lado, la marquesa…
Inés trató de registrar toda la información, al tiempo que asentía con diligencia. Mientras tanto, se preguntaba si sería posible estar en tantos lugares a la vez. Volvió a cuestionarse ese asunto al recorrer las distintas plantas de aquel palacio. Doña Fuencisla no dejaba de desvelarle matices y detalles sobre cómo servir a los marqueses, pero Inés se supo incapaz de retener todo a la vez. Por las escaleras de servicio, pasadizos que, cual hormiguero, conectaban los espacios de trabajo sin molestar, ascendieron a las buhardillas. Allí, en un angosto pasillo, varias puertas conducían a los dormitorios de las mujeres que trabajaban para la familia Somoza. Eran alcobas reducidas. Cuando doña Fuencisla abrió una de ellas, Inés comprendió que debía compartir alojamiento con otra de las empleadas.
—Esta es mi habitación. Su antecesora, que en paz descanse, dormía en ese catre. —Le señaló el ama de llaves—. Entramos las dos a la vez en esta casa y, desde entonces, no he compartido alcoba con nadie más. Le pido, por tanto, que sea respetuosa y aseada con el espacio común. Puede instalarse si lo desea. La espero dentro de veinte minutos en la cocina para indicarle sus primeras tareas.
Doña Fuencisla se acercó al armario y sacó unas ropas.
—Debe cubrirse el vestido con un delantal y usar cofia. ¿Tiene aguja e hilo?
Inés asintió.
—Podrá entonces remendarlo y ajustarlo a su talla.
Movió de nuevo la cabeza para afirmar.
—Hasta dentro de veinte minutos, señorita…
—Inés.
—Inés —repitió y se fue.
La joven dejó el atavío oficial sobre la cama. Sin quitarse la capota ni los guantes, se sentó a los pies de esta y se echó a llorar. ¿Dónde habían quedado los paseos por la Alameda? ¿Dónde los abrazos tiernos de su madre? ¿De veras era imposible recuperar el pasado? Inés saboreó sus penas que, como agua marina, inundaban sus labios. Sin embargo, no se permitió más segundos de flaqueza. Estaba ahí sentada por decisión propia, por una razón mucho más poderosa que su angustia. Tenía un cometido y debía cumplirlo. Se limpió las mejillas con rabia y se dispuso a dejar que desapareciera lo poco que quedaba de la hija mediana de los señores De Villalta.
Cuando volvió a reunirse con doña Fuencisla Baeza, ya con cofia y delantal, seguía pálida, pero la colección de órdenes que recibió, en un ligero parpadeo, encendió sus mejillas. Aunque ocultó como pudo la torpeza propia del principiante, Inés se topó, una y mil veces, con su bisoñez. Por suerte, el ama de llaves andaba tan ocupada escupiendo exigencias a otros trabajadores, que disimuló lo justo para que no se notara que dejaba la faena a medias o que buscaba, en todo momento, a alguien a quien preguntar. Otra de las ventajas de aquella primera jornada fue que apenas tuvo encargos directamente relacionados con el bienestar de la familia. Sus deberes se limitaron a limpiar una de las cuberterías, planchar unos manteles —que se quedaron en un par tras la intervención de la muchacha que, sin dudar, escondió las telas quemadas en un rincón de la despensa—, arreglar las medias de seda de la hija mayor de los marqueses, barrer las cocheras y recoger la mesa tras la cena.
Fue en esta última labor en la que coincidió con otra de sus compañeras. Mientras dejaban el comedor impoluto, Inés observó a la criada. Era flaca y, a tenor de lo que se apreciaba bajo la escofieta, tenía el cabello claro y rizado. Sin mediar palabra, la juzgó disciplinada, pues no parecía reparar en nada más que en los abandonados platos, vasos, cubiertos y velas. De regreso a las cocinas por una de esas escalerillas por las que se obraba la magia de la limpieza y el orden, Inés dudó si hablarle o no, pero no se atrevió. Vaciló en varias ocasiones hasta que, al terminar la tarea, ambas se sentaron a cenar a la luz de la última candela que quedaba por apagar en la planta baja de aquella casona asturiana. Se había levantado viento afuera.
—Me llamo Inés. He…, he empezado a trabajar aquí hoy —se presentó.
Su compañera, que acababa de meterse la cuchara en la boca, se dio prisa en masticar y, con gesto amable, asintió.
—Yo soy Julieta —respondió.
—Disculpa que no te haya dicho nada antes. No sabía…
—Es mejor. A doña Fuencisla no le gusta que chismorreemos mientras servimos.
—Sí, tiene sentido —contestó Inés, que jugueteaba con el cubierto deseando tener apetito—. Aunque, si no está, ¿cómo puede enterarse?
—¡Ja! —dijo divertida Julieta con la boca llena—. La llamamos «madama generala». Te sorprendería descubrir de lo que es capaz incluso cuando piensas que está dormida.
Inés se rio con disimulo. Había acertado en la impresión inicial que le había causado aquella mujer. Después, devolvió la atención al guiso que, ya frío, esperaba a ser comido.
—¿No te gusta?
—No tengo mucha hambre —se justificó.
La puerta de la cocina se abrió de golpe.
—Señoritas, coman y suban a sus alcobas. No se enreden. No quiero caras largas ni despistes por la mañana —ladró la señora Baeza y desapareció.
Las dos jóvenes intercambiaron una mirada cómplice y se echaron a reír. Inés decidió tragar dos cucharadas colmadas y dar por zanjado el día. Fue detrás de Julieta, cuya presencia agradeció mil veces mientras regresaban a la buhardilla y, en el pasillo, se despidieron.
—Duermo en esta habitación. Si necesitas algo…
—Gracias —la interrumpió Inés, calmada por vez primera en muchas horas.
Julieta, risueña, dijo adiós con la cabeza y se metió en su alcoba. Inés hizo lo propio. Doña Fuencisla rezaba el rosario cuando entró. La joven, no demasiado acostumbrada a desvestirse sin ayuda —y, mucho menos, acompañada de una desconocida—, se dio la vuelta para deshacerse del delantal, la falda, las medias, el jubón, la cofia, las enaguas y el corsé. Cuando se quedó tan solo con la camisa, se deshizo de aquel insoportable moño. Preparó su catre. Doña Fuencisla, que parecía haber pedido una pausa al Altísimo, juzgaba la destreza de Inés por el rabillo del ojo. Antes de que la joven se internase entre las sábanas, el ama de llaves apagó la vela que alumbraba la habitación con anaranjado fulgor. Y, ahí, envuelta en ropas extrañas, volvieron a humedecerse las pestañas de Inés. Pero, a esas alturas, estaba demasiado cansada como para reflexionar si sería capaz de superar un día más allí. O, más importante, si lograría el propósito que la había llevado hasta el palacio de los Somoza.

De pie, en torno a la mesa de la cocina, después de haber comido un poco de pan con mantequilla, Inés recibió el listado de deberes para ese día de julio. Con la grata sensación del desayuno todavía entre las muelas, analizó el número de personas que servían en aquella casa aristocrática. Contó diez. El señor Carrizo y la señora Baeza, en la cúspide jerárquica de la planta baja, presidían y regalaban encargos a diestro y siniestro. A sus lados, una doncella y una nodriza. Después, tres criadas domésticas, contando con Inés, las dos cocineras y un lacayo, que intercambiaba sutiles sonrisas con Julieta. A ella, precisamente, preguntó Inés cómo llegar hasta «los gabinetes gemelos», estancias que debía limpiar y preparar.
—Por esa puerta, antes de toparte con la repostería, verás unas escaleras de caracol. Sube un piso y sal al pasillo. Gira a la izquierda, luego a la izquierda otra vez y después a la derecha. Ve de frente y entra por la primera puerta que encuentres a tu derecha. De nuevo, a tu derecha, verás tres puertas. Las dos de los lados son los accesos a los gabinetes gemelos. Cuando termines, toma la escalerilla que encontrarás en el corredor opuesto. Llegarás antes al piso inferior. A los marqueses no les gusta cruzarse con mucho personal cuando salen de sus cuartos.
La sospecha de la ineptitud sobrevoló la escasa fe que le quedaba a Inés, después de una noche toledana de pesadillas y callejones sin salida. Aun así, intentó retener las pautas que le había dado Julieta mientras caminaba. Esa casa era lo más parecido a un laberinto que había visto jamás. Un entramado infinito de pasillos y puertas que te convertía en rehén al cruzar el zaguán.
El candelero de Inés fue iluminando los giros del corredor de la planta principal. La familia dormía plácidamente en sus respectivas habitaciones, así que luchó por que las suelas de sus zapatos se deslizaran suavemente por el suelo, sin provocar crujidos ni chirridos. Cuando abrió la primera puerta de su itinerario, le impactaron las numerosas cristaleras que, en el tambor de la cúpula, coronaban la parte superior de aquella sala. La tímida luz de la mañana se colaba por ellas y daba vida a las esculturas y los cuadros que decoraban el distribuidor. Sin intención de que el éxtasis arquitectónico la detuviera, avanzó convencida y pasó a la antesala de uno de los dos gabinetes. Imitando lo que había visto hacer a las criadas de su casa de Santa Cruz, se aplicó en la limpieza de las repisas de aparadores y mesas, de la caoba vista de los muebles, de los tibores, relojes y otros objetos decorativos. También sacudió las telas, ahuecó los cojines y borró la huella de la pereza del forro de sillas, silloncitos, butacas y taburetes. Abrió las cortinas, ventiló las estancias. Barrió pisadas y percances. Y, sin permiso, contempló la salida del sol desde uno de los grandes ventanales en los que se dibujaba el jardín trasero, con aquella majestuosa fuente que despedía cenefas de agua. Al oír el primer signo de movimiento familiar, alcanzó su prestada colección de pertenencias y salió despavorida hacia la planta baja.
Una vez en la cocina, sin embargo, doña Fuencisla Baeza le recordó que debía limpiar las alcobas de los hijos de los marqueses durante el desayuno. Inés regresó a la planta principal y, con la cabeza gacha, se las ingenió para llegar a las estancias. Repitió el procedimiento. Hizo las camas, tarea en la que no era nada diestra, y fregó el suelo. Aireó las dos habitaciones que, aunque con más lujos, la trasladaron a esas noches de confidencias y risas con sus hermanas. Mientras ordenaba una selección de muñecas de porcelana, el giro del picaporte la alertó. Sin saber muy bien cómo actuar, dio una vuelta sobre sí misma y se escondió detrás de las pesadas cortinas del gabinete de juegos.
Voces infantiles se mezclaban en una discusión sobre una muñeca y sobre quién de los mayores debía vigilar a los pequeños. Ante el alboroto, acallado de pronto por una voz adulta, Inés sintió la necesidad de asomarse sin ser vista. Cuatro niños de edades no demasiado dispares observaban a la nodriza que, cargando con el quinto y más pequeño de todos, trataba de poner orden en aquella riña matutina. Ahí estaba Aurora, la mayor, una señorita de once años que acariciaba un mechón de su cabello mientras atendía a la empleada. Ildefonso, de postura erguida y altanera como su padre, era un muchachito de apenas nueve. Fernando y Beatriz, de mejillas sonrosadas y cabellos castaños, tenían seis y cuatro. Por su parte, el benjamín, Gaspar, que todavía no había cumplido el año, mostraba la poca paciencia que le quedaba con pucheros y simulacros de llantina. Pasaron los siguientes minutos calmándose y pidiéndose disculpas. Justo cuando el armisticio había entrado en vigor, apareció la señora marquesa. Inés comprobó cómo la soberbia elegancia de aquella mujer impregnaba cada uno de sus movimientos. Incluso la interacción con sus hijos. Sonrisas sinceras y diminutos gestos de cariño, aplacados por su posición, se entrelazaron en el ratito que concedió a sus criaturas. Después, les exigió compostura y obediencia y se marchó.
Por suerte, después de media hora, las actividades programadas para los hijos de los marqueses se llevaron a cabo en otras salas, así que, cuando el camino estuvo despejado, Inés pudo salir de su escondite y volver a las cocinas. La reacción de doña Fuencisla no fue alentadora. «¿Dónde estaba? ¿Sabía que ha dejado abierta una de las ventanas de los gabinetes gemelos? ¿Acaso no sabe poner los adornos en el exacto sitio en el que los encontró? Oh, ¡y los restos que se barren jamás se tiran por el balcón que da al jardín trasero! ¡Podrían caerle encima a la marquesa cuando da su paseo! Ahora vaya con la señorita Julieta a fregar el suelo de las habitaciones de invitados. Y no me provoque más jaquecas con su incompetencia». La joven, decepcionada consigo misma, acató la orden y rezó por ser capaz de cumplir con la petición que acababa de hacerle el ama de llaves. Alicaída, se limitó a seguir a Julieta hacia uno de los cuartos. Frotó con una fuerza que brotaba de su propia frustración. Sus carrillos estaban congestionados y su compañera lo notó. El buen corazón de la joven la impulsó a ignorar la recomendación de no hablar demasiado mientras trabajaban.
—¿Estás bien?
Inés asintió. Continuó restregando el paño húmedo sobre la superficie, liberada del baile de bordados de las alfombras.
—Si es por algo que te ha dicho doña Fuencisla, calma. El primer día siempre es así. No es que luego se relaje, pero pierde menos los nervios.
—Eso espero, pero no es ella la culpable. Entiendo que me reprenda. No lo estoy haciendo bien —respondió Inés, angustiada.
—¿Y quién lo hace bien el primer día?
—Yo debería. A juzgar por mi experiencia… —musitó.
—Cada casa es un mundo. Eso doña Fuencisla lo sabe. Solo tienes que acostumbrarte a esta —la consoló.
—Así debe ser. No puedo perder este trabajo, Julieta.
Las dos mujeres se miraron a los ojos y creyeron comprenderse.
—Entiendo lo que dices —respondió su nueva amiga.
Cada una dio un significado a la frase «no puedo perder este trabajo», pero no importaba. La necesidad era un parásito que se había adosado a la espalda de ambas, aunque con distinta forma y sombra.
—Yo te ayudaré —se ofreció— Para fregar no hace falta que aprietes tanto. Tienes que arrastrar la suciedad, no incrustarla.
Inés asintió con una débil sonrisa y abrazó cada uno de los consejos que aquella muchacha le regaló. Una vez concluyeron con la limpieza de las estancias de invitados, recogieron los cubos, paños y escobas, y se dirigieron a su siguiente tarea. Al descender por la escalerita de caracol, Julieta preguntó a Inés una duda que llevaba carcomiéndola un rato.
—¿Qué es «reprenda»?
Inés se dio cuenta de que, quizá, debía controlar el vocabulario que empleaba entre aquellas cuatro paredes.
—«Regañe». No sé, lo decía siempre mi antiguo señor —se inventó.
—Humm. Por aquí no me lo han dicho nunca. Espero que doña Fuencisla no lo aprenda. —Y se echó a reír.
Las siguientes semanas no fueron tranquilas para Inés. A pesar del apoyo de Julieta, su inexperiencia afloraba en pequeños y grandes detalles. Doña Fuencisla se arrepintió en varias ocasiones de haberla seleccionado. Preguntaba a la muchacha que cómo se servía en su antigua casa, a lo que Inés le contestaba que de forma muy muy distinta. El ama de llaves repasó los documentos que la joven había entregado en la entrevista. No había fisuras ni dudas. Pensó en esperar un tiempo prudencial y, si la muchacha no mejoraba, escribir unas líneas a su anterior familia para confirmar que había interpretado, de forma idónea, las alabanzas a su esmero.
Sin embargo, poco a poco, Inés fue más precisa en sus labores. No dejaba ventanas abiertas, las camas no parecían revueltas aun después de haberlas hecho, los adornos no cambiaban de mueble, no tardaba tanto tiempo en barrer y, solo de vez en cuando, se perdía por los pasillos y llegaba tarde a sus otras tareas. Además, aprendió, gracias a su compañera —quien se rio a carcajadas al saber que Inés se había escondido tras las cortinas del gabinete de juegos en su primer día—, que aquello de no cruzarse con la familia no era tan estricto. «Lo importante es que seas discreta y que tu trabajo no les entorpezca el paso o sus deseos», matizó Julieta. Aun así, cometió nuevos errores: al recibir pedidos y colocarlos en la despensa, al preparar el comedor, al lavar la vajilla, al recoger la ropa para entregarla a la lavandera, al pasar el polvo por las obras de arte, al abrillantar las botas del marqués o al limpiar el tocador de la marquesa. Otras torpezas, además, persistieron. Como, por ejemplo, su tendencia a dejar marcas imborrables sobre el tejido cuando planchaba con aquel endemoniado armatoste de hierro. De algunas telas conseguía deshacerse, pero de otras tuvo que responder. Los gritos de doña Fuencisla resonaban por toda la finca.
Una noche, cuando la señora Baeza terminó de rezar el rosario e Inés se disponía a descansar, la veterana empleada se interesó:
—Algún día me tendrá que contar cómo trabajaban en ese otro palacio. Ni planchar ni barrer ni ventilar. Apuesto a que sería una casa llena de inmundicia y suciedad.
—Otros criados lo hacían, doña Fuencisla. Era una familia decente —contestó, arañando energía a su agotado cuerpo.
—Y usted, ¿a qué se dedicaba?
—A otros menesteres que no se ceñían al trabajo doméstico. Acompañaba a la familia —dijo sobre la marcha, alejándose de la pauta dada.
—Humm… Así que doncella.
—Eso es, algo así —balbuceó—. Rebajé mis expectativas cuando busqué otro empleo porque no podía permitirme no encontrarlo.
—Ya… —contestó doña Fuencisla con frialdad—. Eso explica lo de sus manos.
—¿Qué ocurre con mis manos? —se extrañó la joven, que empezó a analizarlas con las palmas extendidas.
—No hay callo. Con manos como esas, no llegará muy lejos, señorita Inés. Procure que se endurezcan y se vuelvan ásperas. Solo así será señal de que es una buena sirvienta, digna de trabajar para la familia Somoza.
Inés continuó repasándolas un rato hasta que el irritante soplido de doña Fuencisla inundó de cegadora oscuridad aquella diminuta alcoba.
Cuando el sol ascendió el siguiente día, cuya luz quedaba cubierta por esa neblina constante de aquel verano, Inés tiraba con garbo de la cuerda del pozo. El cubo iba subiendo y perdía agua en el trayecto para horror de la muchacha. Ella y otra de las criadas, la señorita doña Eugenia Delgado, se turnaban para recoger aquel preciado líquido y llevarlo a las cocinas, donde una de las cocineras procedía a repartirla por usos. Al observar cómo la polea vencía a los designios de su brío, Inés reflexionó sobre lo rápido que transcurrían las jornadas en aquel palacio. Sin apenas tiempo libre ni ratos de esparcimiento como los que tanto saboreaba en Santa Cruz, en el paseo del muelle o en el teatro, la vida se había convertido en una trenza infinita de obligaciones. Cuando estaba a punto de rematar su labor, harta de cargar con barreños bajo la llovizna, olisqueó, al poner un pie en la cocina, la innegable tensión que se originó por una visita del señor don Rafael Carrizo, el mayordomo. Al oído, murmuró algo a doña Fuencisla quien, sin pestañear, ordenó a Julieta y Eugenia que fueran al despacho del marqués. Inés intentó descifrar los gestos de cada uno de los personajes de aquella opereta improvisada, pero supo que la falta de información degradaba su perspicacia.
Quiso curiosear durante esa semana. Ojalá hubiera sabido cómo enfocar el tema, ojalá las palabras no quedaran atrapadas en las garras de la prudencia que siempre la acompañaba más allá de su hogar. Julieta debía conocer el misterio. Pero ¿y si parecía una chismosa? Optó por buscar una circunstancia propicia y, mientras tanto, mantener los ojos bien abiertos. En lo que duró su espera, y con el verano ya en su madurez, llegó el correo. Doña Fuencisla entregó las misivas y esquelas a los destinatarios del servicio por la noche, en la cena. Este momento era uno de los rituales imprescindibles alrededor de esa mesa. Uno de los sobres que revolotearon por encima del queso y las aceitunas era para Inés. No la sorprendió. Sabía que recibiría noticias más pronto que tarde. Observó el remitente, que rezaba un ficticio «Dolores López», la supuesta hermana de la mujer en la que se había convertido al presentarse en aquella casa buscando trabajo. Reprimió las ganas de leer la nota, al tiempo que los demás, quienes no parecían codiciar intimidad, devoraban las palabras que seres queridos o funcionarios les habían dedicado. Julieta no recibió nada. Tampoco en las anteriores ocasiones en las que la correspondencia se había hecho con el protagonismo del final de la jornada.
—¿No te escriben? —dijo Inés, con un hilo de voz, sin querer sonar entrometida.
—¿A mí? ¡No, no! Sería absurdo. De tener a alguien afuera con algo que contarme no creo que supiera escribir…, y de hacerlo, yo no sabría leer sus cartas —contestó sin dejar de mascar—. Les pasa a muchos aquí. A la mayoría diría yo. Algunos disimulan y otros piden a doña Fuencisla que les descifre las comunicaciones para saber si deben vestir luto o temer por su libertad.
—Yo… —vaciló—. Si algún día necesitas que te lea algo… Te lo debo después de toda tu ayuda.
—No te preocupes. Me las apaño bien —respondió la otra, quitándole hierro y afilando un poquito su orgullo.
—Sí, entiendo. Por supuesto —retrocedió su compañera—. Bueno, voy a ir subiendo para… Quiero saber qué me cuenta mi hermana.
Julieta la miró y asintió, comprensiva, aunque continuó comiendo sin pausa. Los pasos de Inés evolucionaron desde la fingida parsimonia hasta el más ávido nervio. Cerró la puerta de la alcoba, suplicando en silencio que doña Fuencisla tardara en aparecer. Se sentó en el catre y desdobló el papel. Tal y como se había imaginado, no era la letra de su querida Dolores. Las líneas divagaban sobre supuestos chismes, misas interminables y empleos miserables. La joven cogió el guardapelo que colgaba de su cuello y lo abrió. De él extrajo una diminuta porción de tela que se fue haciendo un poquito más grande a medida que la iba extendiendo. En ella había anotados varios códigos. Recordó el procedimiento que se le había indicado: «Las letras se descifran con números. Los números, con letras». Como era una misiva llena de palabras, supo que el mensaje real tenía que ser el resultado de unir los vocablos en las posiciones que rezaba aquella guía: 3, 4, 7, 10, 11, 17, 19, 22, 27, 33. Aplicó la regla a la carta que reposaba sobre la falda y dio con la clave: «10 de agosto. 10. Iglesia. Segundo banco de la derecha».
La claraboya consentía que la iluminación se entrometiera en la paz pasajera del alba. Las botas y los ropajes, personajes secundarios, rondaban una cama ocupada en la que todavía se sentía el placer liberador otorgado por la noche. Una de las dos figuras se movió cuando la luz se intensificó. De pronto, las sábanas eran grilletes. La negra melena acarició el catre hasta saberse fugada de aquella tela de araña en la que caía, una y otra vez, por unos pocos cuartos. Era cierto, sin embargo, que aquella habitación era de sus preferidas. No por los lujos, pensó mientras se ataba las medias con un lazo, sino por sentirse a salvo. Aun así, sabía que sus visitas respondían a intereses más mundanos que el amor. Quizá, si había algo puro en lo que, en ocasiones, ocurría en la última planta de esa casa de vecinos, podía llamarse amistad. La Filo echó un último vistazo, envidiando la serenidad ajena. Se rehízo el moño, se colocó la redecilla y, sin hacer ruido, se marchó.
El alcohol siempre prorrogaba el despertar con pesadez y aturdimiento. Pero, por lo menos, la mente se volvía obtusa para configurar imágenes de terror. Cuando Alonso Guzmán se giró, confirmó que su compañera ya había abandonado su guarida. El calor, molesto en las horas centrales, pese a ser más suave que otros estíos, se unía a la aceitosa humedad de aquella mañana de agosto y convertía ese cuartucho en un infierno terrenal.
Alonso, que hubiera deseado desaparecer hasta el atardecer, se vio obligado a desperezarse y salir de allí. Por el medieval barrio de Santa María, las callejas tortuosas escupían a cumplidores y charlatanes. Él trataba de esquivarlos, harto de la humanidad, ahíto de ruido y jaleo. Sin embargo, fue lo suficientemente observador como para percatarse de que algo tenía alterada a la ciudad de Cádiz. Al llegar al muelle, notó que la ansiedad escalaba por encima de los murmullos. Vio a lo lejos a don José Salado, el Ahorcaperros, así que se ajustó el tricornio y fue a su encuentro. El pescador ya había vuelto de su visita diaria a la mar, su eterna prometida.
—Buen día, Ahorcaperros. ¿Ya de retirada?
—¡Dichosos los ojos! Pensé que usted no vivía más que de noche, Guzmán.
—Ojalá. Hay días en los que mi cueva es más insoportable que la calle —bromeó—. Por cierto, ¿sabe usted a qué viene tanto revuelo? Sospecho que algo ocurre.
—¿No se ha enterado?
Alonso negó.
—Atracó ayer un barco procedente de La Habana y parece que hay algún que otro contagiado de fiebre amarilla —le contó el marino.
—Qué oportuno. —Se rio Alonso—. Imagino el nerviosismo que habrá en la Corte.
Se figuró que más de uno en Madrid se estaría llevando las manos a la cabeza al enterarse de aquel contratiempo, justo en la plaza en la que habían de desembarcar las dos princesas portuguesas en unas semanas. Llevaban meses preparando el acontecimiento. Y es que no se concebían errores en el primer contacto de la futura reina de España, doña María Isabel de Braganza, con la que sería su patria a partir de entonces. La acompañaría su hermana, doña María Francisca, prometida del hermano del monarca, Carlos María Isidro. Dos hermanos para dos hermanas. Evocador, juzgó Alonso, de no ser por el hecho de que los unos eran tíos maternos de las otras.
El runrún sobre el peligro de contagio y los últimos chismes sobre las bodas reales que, por poderes, se iban a celebrar en la ciudad, revoloteó muy cerca de Alonso Guzmán en su trayecto a la taberna. Allí, en la que era su segunda morada, pidió un vino al que le exigió ser herida y cicatriz. Alrededor, solo maleantes que vivían sin horario. Como él. Dio un trago. Continuó pagando por una insensibilidad con la que no había nacido durante largo rato. Don José se unió en un momento determinado tras atender obligaciones que sí requerían su presencia y se dejó convidar a chatos sin descanso. Con aquel ácido roce en el paladar como hilo conductor, rieron, cantaron, discutieron, apostaron, jugaron y deambularon. Alonso alcanzó ese peligroso clímax de cada anochecer: el que borraba las huellas más hondas del pasado y también destruía el presente. La bacanal terminaba con la salida del sol, amigo incómodo que siempre reclamaba decencia.
En aquella ocasión, sin embargo, algo más lo arrancó de su reposo. Alguien vertió un cubo de agua sobre él. No estaba fría, pero la sensación fue de todo menos agradable. Alonso gruñó, arañando una pizca de consciencia a su desorientación. Movió sus extremidades y sintió que no estaba en su catre ni en su alcoba de medio pelo. Al tiempo que abría los ojos, un eco lejano de bullicio y trasiego se coló en su mundo de sombras. El graznido de las gaviotas lo estimuló a mirar a los lados. Estaba en el puerto, tumbado en una barca, abrazado a unas redes. El responsable de su despertar continuaba esperando a que reaccionara de pie frente a él. Fijó la vista y lo reconoció.
—Conrado, ¿qué? ¿Qué haces?
—Bien, no estás muerto. Ahora, levanta —le ordenó.
—¿Qué ocurre? Deja que… Ya hablaremos en otro momento. No me encuentro muy bien.
El capitán Íñiguez resopló y, con discreción, se puso de cuclillas junto a su compañero.
—Te buscan, Alonso. Y me da la impresión de que es importante. Espabílate, adecéntate y acude a la confitería de Cosi a la una en punto.
El otro asintió, confuso.
—Y haz algo con este olor. Apestas más que de costumbre.
El militar se irguió y se alejó de la escena, abandonando a Alonso con sus náuseas y sus preguntas. Tratando de no perder el equilibrio y volcar, se fue incorporando. Mientras recuperaba el control de su cuerpo, maldecía la hora en la que alguien se había acordado de su existencia. Aquella jornada, para su horror, no podría cobijarse en la circunferencia de un vaso, símbolo de su albedrío desde hacía meses. Recuperó su tricornio, que flotaba cautivo entre dos embarcaciones, y se alejó del muelle. Ni rastro de su bastón. Se hizo con una tinaja de agua en el lavadero común de la casa y, en su cuartucho, se aseó para hacer desaparecer la hediondez que se había enquistado en su piel y su cabello. Con una navaja, eliminó la barba que poblaba su rostro sin orden ni concierto y dejó a la vista aquella señal que, de la mandíbula al cuello, le recordaba el abismo. Con la ropa poco pudo hacer. Llevaba demasiado tiempo ignorando su aspecto. Aun así, cogió los pantalones y la casaca que menos descosidos tenían y se los puso encima de la camisa, el chaleco, los calzones y las medias. Se colocó la corbata, la única que conservaba, los guantes, las botas y volvió a ponerse el tricornio.
Aunque jamás lo habría admitido en voz alta, Alonso sintió cierta satisfacción al saberse limpio, sin el rastro de sus juergas nocturnas. Se apremió para llegar puntual a su cita. Intuía quién podía haber reclamado su presencia, pero estaba intrigado por confirmarlo. Desde la calle del Torno de Santa María, donde había fijado su residencia, anduvo hacia el norte, hasta el número 48 de la calle de San Francisco. Cuando se disponía a cruzar el umbral de aquel aristocrático café, después de dejar pasar a un elegante matrimonio, tuvo que enfrentarse a la mirada desconfiada de uno de los empleados. Él era consciente de que, incluso con su acicalamiento, no había conseguido una imagen digna para ese local, así que procedió a explicar el motivo por el que deseaba entrar.
—Mi nombre es Alonso Guzmán. Debo reunirme…
—Oh, el señor Guzmán. Sí, por supuesto. Disculpe, disculpe. Acompáñeme.
A partir de ese instante, Alonso dudó de sus suposiciones. Como no tenía nada mejor que hacer, optó por seguir al camarero hasta un gabinete privado. Por el camino, aprovechó para admirar las bárbaras dimensiones de la confitería, por la que pululaban trabajadores dedicados a servir a los destacados clientes. En aquel remanso de lujo, no se masticaba el salitre, sino el aroma de dulces recién glaseados. El empleado abrió la puerta y permitió pasar a Alonso que, una vez dentro, dejó de entender qué demonios hacía allí. Un hombre con anteojos, transparencias en la coronilla e impecable casaca estaba acomodado en el único velador de la sala. Este analizó con cierto disgusto el discutible estado en el que se había presentado su interlocutor. El camarero se retiró en silencio.
—Buenas tardes, señor Guzmán.
—Buenas tardes —respondió sin moverse.
—Veo que, al contrario de lo que muchos creían, sigue vivo.
—Sí, eso parece.
—Puede tomar asiento si lo desea. ¿Quiere café?
Alonso midió su ansia. Si hubiera estado solo, se habría lanzado sobre esa taza y la habría bebido sin pausa, en busca de sagacidad. No obstante, asintió con la cabeza y despacio, para no revelar el escaso control sobre su cuerpo, se sentó en una de las sillas.
—Antes de nada, tengo orden de felicitarle por sus éxitos en la contienda contra los invasores.
—¿En nombre de quién?
—De Su Majestad, por supuesto.
Alonso se tensó.
—Verá, señor Guzmán, no es ajeno para la Real Casa el sacrificio de usted y su familia en la guerra. Tampoco el servicio de la Casa Guzmán a los monarcas desde hace generaciones como Guardias de Corps y otros cargos en la Corte.
—Muchas gracias, señor…
—Quesada. Ventura Quesada. —El caballero dejó que Alonso bebiera café antes de continuar—. Como le iba comentando, Su Majestad Católica don Fernando VII sabe valorar la fidelidad. Y más en estos tiempos inciertos. Por ese motivo, el duque de Alagón, de acuerdo con lo que él mismo ha podido convenir con Su Majestad, me ha enviado a hablar con usted. Desea que, una vez más, el apellido Guzmán sirva a su rey en aras de su protección y seguridad.
El receptor de aquella propuesta se quedó absorto. Un espasmo nervioso hizo que le temblara la muñeca con la que sostenía la taza. La dejó sobre el inmaculado mantel para evitar que se derramara a causa de su incomprensión.
—Disculpe, señor Quesada, pero debe de haber un malentendido. Como quizá sabrán, mi hermano Cosme es el primogénito y, por tanto, heredero de los honores y compromisos de mi difunto padre.
—Sí, por supuesto. Y su hermano tiene una intachable presencia en la Corte, como parte de la Secretaría de Gracia y Justicia. Pero para lo que precisa el duque de Alagón y, por ende, el rey, lo necesitamos a usted.
—¿Y en qué consistiría tal honor? —disimuló Alonso.
—Verá, desde la vuelta del rey a España, una de sus prioridades ha sido la seguridad. Aunque los franceses se retiraron hace dos años, a su paso dejaron un auténtico legado de ideas impías y ensayos de gobiernos abominables. Por suerte, Su Majestad tuvo el acierto de acabar con la locura constitucional y reinstaurar la Inquisición, pero es consciente de que, a pesar de sus esfuerzos por devolver la paz a este país, existen voces disidentes que continúan constituyendo una amenaza. Estoy convencido de que tendrá noticia del intento de pronunciamiento del general Díaz Porlier en La Coruña hace un año, o de la conspiración contra la vida de nuestro rey en Madrid apenas cuatro meses atrás. Esta última se conoce como la conspiración del Triángulo y aunque, como en la ocasión anterior, se ha ejecutado a los responsables, hay nombres que se escapan a nuestro conocimiento. Por ese motivo y, teniendo en cuenta que usted lleva residiendo en las tripas de esta compleja ciudad desde antes del fin de la guerra, al duque de Alagón le gustaría contar con su vista y olfato para desenmascarar a cualquier traidor a la patria.
Alonso quiso digerir aquella dosis de información aliñada con propaganda. Quiso sentirse halagado, pero en el horizonte solo vio un episodio más de lucha, de todo de lo que se había querido alejar en los últimos tiempos.
—Vaya por delante lo honrado que me siento con este encargo de Su Majestad, señor Quesada. Sin embargo, no me veo preparado ni capacitado para la empresa que usted me ha descrito. Solo soy un soldado. Voluntario en tiempos de guerra como tantos otros. Ni siquiera llegué a formar parte de las Guardias de Corps.
—Es usted teniente coronel, señor Guzmán. No menos.
—Tampoco más. Y, por lo pronto, me gustaría que continuara siendo así. Yo… no tengo intención de servir en política ni en seguridad. Solo quiero retirarme, vivir con tranquilidad, quizá comprar un par de parcelas y cultivar olivos en Jaén.
El señor don Ventura Quesada miró de hito en hito a aquel hombre que, desesperado, buscaba escapar de aquella propuesta real. El embajador del duque de Alagón no se llevó una grata impresión. Supo que se estaba escondiendo en las cloacas, que se había convertido en una sanguijuela, en un hombre que ansiaba ser borrado del mapa. Por un segundo, sintió lástima.
—Su Majestad sabrá premiar su colaboración. Sepa que la Hacienda Real siempre está llena para los garantes de la monarquía.
Alonso se quedó callado un momento.
—Respeto y venero al rey. Le pido que no tome mi falta de preparación o mi honestidad como una señal de deslealtad porque no me lo perdonaría —acertó a decir—. Agradezco su confianza y generosidad, pero yo solo pretendo no generar problemas y hacer vida lejos de la Corte.
—Entiendo sus reparos y valoro su humildad, señor Guzmán. Pero no finja ingenuidad o torpeza porque no son adjetivos que estén vinculados a su trayectoria. Son numerosas las muestras de agudeza, eficacia y gallardía que ha dejado a su paso. El capitán Íñiguez dio parte de su reseñable contribución para apresar al criminal que intentó asesinar al ayudante del teniente general Jácome el pasado año.
Alonso arqueó las cejas.
—¡Eso fue una casualidad! Yo estaba… —La vergüenza lo detuvo—. Señor Quesada, no me gustan los asuntos políticos. Estoy convencido de que encontrarán a alguien más adecuado.
—Señor Guzmán, no solo he venido a Cádiz por usted. Debo trabajar en los preparativos de la llegada de Sus Majestades las princesas doña María Isabel y doña María Francisca de Braganza. Partiré hacia la Corte, con la comitiva real, el 11 de septiembre. Tiene hasta entonces para pensarlo, pero debo regresar a palacio con una respuesta y me gustaría, por su bien y el mío, que esta complaciera a Su Majestad.
El caballero le entregó una esquela en la que podía leerse la dirección de su alojamiento en la calle del Baluarte. Acto seguido, se colocó el sombrero de copa y, tras rematar su café, se levantó. Antes de abandonar el gabinete, añadió:
—El ostracismo no le va a servir toda la vida, señor Guzmán. No en los tiempos que vivimos.
Alonso se quedó quieto un rato, congelado ante aquella disyuntiva. Él creía que podía desertar de las responsabilidades y que estas jamás volverían a encontrarlo. Pero se equivocaba. Su apellido dejaba un rastro demasiado llamativo. Los canes al servicio de Fernando VII habían sabido encontrarlo. Sabuesos del diablo. Con sus modales y sus sintagmas pomposos, interminables. Se sirvió otra taza de café, aprovechando que estaba pagado, y la bebió de un trago, como hacía con otros elixires más poderosos. Se levantó y barruntó opciones. Había un modo más eficaz de desaparecer: ¿y si se marchaba a las Américas? Podría dedicarse al negocio de la caña de azúcar y bucear en barriles de ron. En medio de aquellas dulces cavilaciones, justo cuando abandonaba la confitería, una vocecilla llamó su atención y dio al traste con su amago de regresar a aquella taberna, refugio sin exigencias.
—¡Señor Guzmán! ¡Qué sorpresa!
Alonso levantó la vista y, aunque intentó zafarse de aquel encuentro, el otro caballero fue más rápido y lo alcanzó, emocionado.
—¿Se acuerda de mí?
Analizó la cuidada apariencia del joven, que portaba un libro en la mano.
—Soy Modesto Andújar. Me acompañó hace un tiempo a mi casa cuando yo estaba… Bueno, ya sabe usted… No muy católico.
—El del café Apolo —respondió Alonso.
—El mismo.
—Un placer volver a verlo. Ahora me disponía a march…
—¿Ha estado usted en el café de Cosi? Impresiona su tamaño, ¿verdad? Suelo venir mucho con el primo de mi madre y su familia, con los que vivo en la calle del Rosario. ¿Recuerda que aquella noche me acompañó hasta allí? Ya sabe, está aquí al lado. De hecho, me disponía a ir para allá. Casi es la hora de comer.
—No lo entretengo —intentó escabullirse Alonso.
—No, por supuesto que no. ¿Se dirigía usted a algún lugar interesante?
—Iba a… Humm, no, la verdad es que no iba a ningún sitio digno de mención.
—En ese caso, permítame que lo invite a comer. Quiero agradecerle su compañía aquella noche. A saber qué podría haberme ocurrido si llego a volver solo. No era yo muy dueño de mi sesera ni de mi fino, aunque delicado, instinto.
—No hace falta que lo jure. Gracias por la oferta, de verdad, pero no quiero incomodar.
—No lo hará, en absoluto. Seguro que todos se alegran de que tenga un amigo que sirvió en la guerra. Podrá usted contar anécdotas. Venga, acompáñeme. Será divertido. Además, la cocina de esa casa es una maravilla. Mi panza da saltos de alegría cada vez que se acerca el almuerzo.
Por segunda vez aquel día, Alonso sintió que estaba en un callejón sin salida. No tuvo la habilidad de desilusionar al chico, así que se dejó llevar. Además, tomó al pie de la letra lo que había mencionado acerca de la calidad de los platos a degustar. También su estómago, que rugió en su interior.
Tal y como había indicado el señorito Andújar, no tardaron en llegar a aquel palacete de impoluto frontón en el que se habían despedido la última vez. El servicio de la casa reaccionó con enmascarada extrañeza a la presencia de un comensal más. La familia de Modesto, quizá contrariada por la ausencia de protocolo, sacó a relucir la magnífica educación que precedía a su advenediza clase y trató con amabilidad al invitado, quien supo corresponder con cumplidos, discreción y ese ingenio y talante natural que sus ansias por desaparecer no habían logrado destruir. Modesto Andújar quiso sacar el asunto de la contienda, pero el primo de su madre supo empatizar con Alonso y no escarbó en heridas ajenas por mera curiosidad. Complacido y con el vientre lleno, se dispuso a partir después del recital de piano de una de las hijas del matrimonio. Se despidieron, afectando pretensiones de volver a verse.
Cuando puso un pie en la calle, Alonso se relajó. Dos pruebas superadas, ahora sí podía regresar a la normalidad. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que esa jornada ya no era suya. El señorito Andújar lo siguió afuera y le suplicó que le dejase acompañarlo. Quería despejarse, salir del bucle infinito de estudios y compromisos en el que se había convertido su vida. Alonso ni siquiera intentó evitarlo. Aceptó, con idea de endosarle el joven a algún conocido, una vez se hubieran acomodado en una mesa, abrazados a un par de chatos.
—¿Se ha enterado de lo del barco procedente de Cuba? Sería gracioso que, para un evento emocionante que va a pasar este año en Cádiz, lo suspendieran —parloteó Modesto de camino.
—Sí, algo escuché el otro día.
—¿Serán hermosas las princesas? Yo las imagino de ojos claros, no sé por qué.
—Seguro que el rey y el infante don Carlos se han asegurado de recibir exhaustivas descripciones de parte de su hermana Carlota Joaquina —comentó Alonso.
—Sí, eso es seguro. Ojalá la presencia de una reina calme los ánimos de Su Majestad.
—Ojalá esta no se muera antes de darle un heredero como la anterior.
—También —masculló Modesto—. ¿Usted tiene hijos, señor Guzmán?
—No que yo sepa.
—¿Y esposa?
—No que yo sepa.
—¿Los tendrá?
—¿Qué hará cuando termine sus estudios de Comercio? —contraatacó Alonso.
—Humm…, tengo ideas, pero todavía nada concreto. Me gustaría tener familia, eso sí. Pero antes desearía recorrer el país, escribir un libro y conocer a personas interesantes.
—Para eso necesitará toda una vida, señor Andújar. Va a tener que organizarse.
—Sí, bueno, eso es solo un boceto.
Al internarse en la taberna, se toparon con la Filo, que charlaba con dos clientes. Alzó la vista y sonrió, cálida bienvenida para aquellos jóvenes sin destino. Modesto, que solo recordaba algunos instantes de su última visita, se propuso beber con moderación. Alonso, sin embargo, tenía muchos quebraderos de cabeza que adormilar, así que se aplicó con gusto.
—Dígame, señor Andújar, ¿ya ha dejado de buscar liberales? —comentó, en tono jocoso.
—¡Ni por asomo! Verá, durante este tiempo, he podido indagar una miaja sobre el asunto. Aunque se cuidan mucho de poner su pescuezo a la vista, todavía existen hombres que añoran los días en los que la soberanía nacional se tenía por cierta y necesaria. Muchos luchan desde su exilio en Francia o Inglaterra.
—¿Sus pesquisas son teóricas?
—Por supuesto. No pondría yo en peligro el honor familiar por un palabro tan abstracto.
—Bien —respondió Alonso, relajado—. Aléjese de conspiraciones. Sé que no tardarán en limpiar el país de confabuladores.
—Sí, sí. Eso haré.
La Filo, que había sabido finiquitar con arte su diálogo con los otros, se acomodó junto a Alonso y Modesto.
—Bueno, bueno. ¿Qué tenemos aquí? ¿Y ese porte elegante, Alonso?
—Buenas tardes, señorita Filo.
—Qué sorpresa verlo, señoritingo. Hasta creo que se volvió más velludo en el tiempo que estuvo sin visitarnos —opinó ella.
El señor Andújar se rio, tímido de golpe.
—Al parecer, guarda muy buen recuerdo del día que pasó aquí y ha decidido acompañarme —explicó Alonso.
—Fue una tarde magnífica —espetó la Filo—. Aunque ¿no fue ese el día del ataque al señor Goyanes, el ayudante del teniente general?
—El mismo —contestó Modesto, orgulloso de formar parte del folclore de ese establecimiento de condensada fragancia a humedad y moscatel.
—Menos mal que se salvó. Yo temí por su vida. Sé que se recuperó, pero jamás ha vuelto a poner un pie por aquí. Una auténtica lástima. Dejaba buen parné. Aunque peor fue lo del pobre miserable de Jácome. ¿Sabe que murió unos días después? Qué extraño todo…, casi tanto como este verano fresco. Aunque el marqués de Castelldosrius no está mal, parece sensato. No como ese bruto del conde de La Bisbal —reflexionó en voz alta—. Bueno, cuénteme. ¿Ya ha conseguido pasar por algún calabozo?
—No, no, en absoluto. Comienzo mi segundo año en la Escuela de Comercio.
—¿Todavía no ha compartido su intención de estudiar Leyes y convocar Cortes a sus padres?
—No, no. —Una risita remató sus mejillas sonrojadas—. Verá, tiempo al tiempo. Pero gracias por acordarse.
—Tengo buena memoria, aunque muy mal aprovechada.
Ambos se rieron.
—¿Y es usted gaditana?
—No, de Úbeda. Hace ya siete años que me vine aquí.
—Entonces ¿usted vivió el bloqueo?
—Sí. Y no es un cuento bonito de contar, señoritingo Andújar. Pero he de decir que esta ciudad me enamoró desde el primer día. Ahora muchos se han marchado, pero, cuando yo llegué, las familias más ricachonas del país se resguardaban aquí. Los vendedores callejeros voceaban los números nuevos de El Conciso o La Abeja, se comentaban sus textos en los cafés y se parloteaba todo el día. Llegaron también los diputados con sus esposas e hijos. No había momento para el aburrimiento. Pero aparecieron los barcos franceses y los ingleses, acechando más allá de los baluartes y desde la bahía.
Los ojos de Modesto brillaban de agitación. Sin que se percataran, Alonso había llevado a término su plan y se había colocado en otra mesa, más tranquilo. Ahí m
