Cariño, soy más que una estrella (Darling 4)

Mar Poldark

Fragmento

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Capítulo 1

Tu mirada en mí

Las paredes de Webster Hall reverberan desesperadas por los graves acordes de la estrella que está sobre el escenario. No sabría decir de quién se trata exactamente. Suelo conocer cualquier timbre de voz, pero me encuentro tan enfadado con la situación que lo único que deseo es que todo guarde silencio.

Durante todo el trayecto en taxi, me he preguntado varias veces si para ser una estrella con luz propia es necesario tener que lidiar con personas a las que no dirigiría la palabra ni en un millón de años. Grayson, mi representante, me ha recordado que para escalar una montaña hay que comenzar por la base.

Y es una mierda. Una soberana mierda.

Llevo en Manhattan cuatro putos años con la intención de acariciar el éxito con las yemas de mis dedos. Más de una vez he escuchado como mi nombre era vitoreado por aquel público que se encontraba en mi mente disfrutando la letra de mis canciones. Sin embargo, aquel utópico sueño se evaporaba en el momento en el que me acordaba de que había llegado a la ciudad con unos colegas que se ganaban la vida yendo de club en club. Y era divertido, por supuesto que lo era, pero yo necesitaba mucho más.

—Entereza, Dix. —Mi representante eleva la voz por encima de la música, a lo que yo alzo una ceja con ironía—. Turner me ha asegurado que se encontrarían entre bastidores tras cantar unas canciones. Deja de poner esa cara de haber olido un calcetín sudado y agradece que tengamos esta oportunidad.

Porque una oportunidad como esta es tan efímera como un día soleado en Londres.

Acompaño su pesado consejo mentalmente. Ya me lo sé de memoria.

—Yo no he pedido estar a pocos metros de Astor Place un sábado por la noche —le recuerdo mientras paso entre la multitud como un chico más dentro del club—, esto ha sido cosa tuya.

—Te aseguro que, si no supiera que eres bueno, hoy estaría disfrutando de una exquisita cena con alguna morena a la que convertiría en mi postre. —Hace un gesto con la cabeza para que lo siga—. Pero dicen que mezclar el trabajo y el placer es peligroso.

—Gray, puedes decir lo que quieras, pero todos sabemos que estarías en tu apartamento leyendo un buen libro o, por el contrario, pidiendo algo a domicilio.

Descendemos unos escalones que nos dan la bienvenida a una amplia habitación en tono gris con cenefas en color mostaza. Las columnas que serpentean el lugar proporcionan un aspecto un poco más íntimo del que puede haber en una pista de baile. Los largos sofás de cuero del mismo tono que los decorados de las paredes hacen esquina y proporcionan privacidad, además de un ambiente festivo.

La sala privada no cuenta con demasiada gente. Algunos cantantes que reconozco de vista mueven sus caderas al ritmo de la voz de Katy Perry, mientras otros se acomodan en los sofás para disfrutar de una bebida refrescante con intención de aliviar la tensión de sus cuerdas vocales.

—Allí está.

Levanto la mirada sintiendo un poco de curiosidad. Estos últimos años han sido un fiasco para mí. He podido mantenerme, por supuesto que lo he hecho, pero no he conseguido mucho más que cantar un par de canciones mías en Mercury Lounge, además de servir unas cuantas copas.

Cuando creí que tendría que volver a casa con mi fingida culpabilidad, Grayson Mcguinness decidió esperar a que mi actuación llegase a su fin. Se sentó en la barra y me dio una oportunidad que yo vendí a mis padres antes de coger las maletas: me habló de todas las canciones que había subido a internet, de mis actuaciones en las fiestas de mi pueblo y las locuras que hacíamos en la cochera de mi buen amigo Declan.

Y en ese momento empecé a ser un puntito más en el manto oscuro de Manhattan. No se me veía demasiado, solo tintineaba con suavidad con la intención de que la pequeña luz que me iluminaba fuese cada día más grande.

—¿Cómo has conseguido su teléfono? —pregunto mientras nos acercamos a aquella chica de cabellos ondulados en tonos azabaches; parece ensimismada en unas pequeñas anotaciones que descansan sobre su regazo, como si el ruido de alrededor no le molestara en absoluto.

—Ella ha contactado conmigo.

Arqueo una ceja sin creerme sus palabras. No entiendo por qué una representante de tal nivel querría tener unas palabras con Grayson. Con esto no quiero decir que sea un idiota, simplemente que me representa a mí, no a Dan Reynolds.

—¿Por qué querría tener un encuentro con nosotros en un club nocturno donde hoy se canta pop? —Hago una pausa un tanto molesto—. No es mi estilo.

—Supongo que es cosa de Wells. —Encoge los hombros sin saber qué decir—. ¿Recuerdas que tuviste el placer de criticarla en tu directo de hace unos meses?

Cómo olvidarlo. Ni siquiera maldecir se me da bien.

La noche en que decidí alzar mis envenenados pensamientos al aire, acababa de llegar a mi diminuto apartamento tirando la mochila al suelo como si la vida, mi arte y el camino que me habían llevado a aquella gran ciudad no valiese absolutamente nada.

Podría dármelas de listo y decir que me ganaba la vida con las pequeñas actuaciones que hacía en el Mercury, pero no era así. El dinero que me había llevado conmigo no era infinito: si deseaba mantenerme en un lugar tan costoso, debía ganarme la vida de la forma más humana posible.

Por eso el primer año fui camarero en la Gran Manzana, después preferí la noche y serví copas hasta que el horario nocturno me hizo abstenerme de seguir en el mundo de la noche. Molesto conmigo mismo opté por ser dependiente en un Delis: no tendría que aguantar a ningún compañero de trabajo ni a mi jefe diciéndome qué debía hacer. Podía escribir canciones entre cada barra de pan, paquetes de condones y refrescos energéticos.

Aunque no tardé demasiado en cansarme de la normalidad. Volví al Mercury, donde me esperaban largas noches tras la barra sirviendo copas, pero los primeros rayos de sol me regalaban un escenario donde cantar sin ningún tipo de limitaciones.

Todo habría sido perfecto si los acordes de aquella canción no hubiesen alcanzado mis oídos. Si su voz melosa no pusiese expectativas a las crías de quince años sobre lo irremplazable que es vivir un amor de verano.

No soportaba la veracidad que intenta trasmitir en sus canciones. Tampoco su voz. Ni siquiera esa imagen de niña buena que quería vender a aquel público que se movía al son de los impulsos de sus propias hormonas.

Decidido a quejarme, hice un directo desde una de mis aplicaciones. La poca gente que me seguía no dudó en hablarme de mis logros, de mis próximas metas y de un futuro disco. Quizá debería haberme centrado en conversar con aquellos pocos fans antes de sentarme en el sofá con una cerveza, mientras le recordaba al mundo que Victoria Wells no sería capaz de llegar a ningún sitio hablando del amor, las emociones y los nuevos comienzos.

Me animé mucho más cuando la cerveza se me subió a la cabeza, cuando me creí que estaba en la casa de mis colegas comentando un tema que me molestaba demasiado con pelos y señales.

La llamé cría sin oído, incompetente e intento de Britney Spears.

Por supuesto el karma no dudó en castigarme. No lo supe en el mismo momento, solo sé que hablé y hablé acariciando con mis labios el botellín de cerveza. El continuo movimiento de los comentarios me hizo mirar el chat y lo que vi me dejó sin aliento: Victoria Wells se había conectado a mi pequeña conversación y no dudó en enviar un corazón sobre mis envenenadas palabras.

—Han pasado meses de eso —le recuerdo mientras me rasco la nuca un poco incómodo, aunque no me arrepiento en absoluto—. ¿De verdad piensas que unas cuantas críticas van a hacerla mover cielo y tierra hasta dar conmigo? ¿Ahora también esa muñequita es asesina en serie?

—Dix, no es el momento de recordarle al mundo que odias a Wells. —Me amonesta con la mirada a tan solo unos metros de nuestra íntima reunión—. Pórtate bien, no me hagas llamar a tus padres como si fueras un crío de tres años.

Sí, lo que me faltaba.

La muchacha que nos espera echa uno de sus mechones hacia atrás; al parecer, el cosquilleo que le provoca en la mejilla le hace perder la concentración. Una vez que se percata de nuestra presencia, cierra la carpetita que mira tan anonadada, alza su barbilla y me deja sin aliento. No me había fijado en lo etérea que parece con aquellos iris azules, en los que se puede vislumbrar una pequeña aureola verdosa cerca de las pupilas. Me sorprende la cantidad de pecas que salpican su nariz, su tez tostada por el sol y la perfección que refleja cada poro de su piel.

—Quince minutos —dice y rompe por completo mi asombro conforme se levanta. Lleva un pantalón negro de rizo hasta la cintura y una básica blanca que esconde tras su larga chaqueta oscura—. Eso es lo que me habéis hecho esperar.

—Siento que el tráfico no esté a su gusto, señorita Turner. —Grayson tuerce los labios dispuesto a sentarse—. Espero que este encuentro no sea para recordarnos los improperios de mi representado.

Ella no duda en alzar una ceja en señal de desgana y molestia, vuelve a acomodarse frente a su copa de vino rosado mirándonos alternamente.

—No suelo perder mi tiempo en chiquilladas, señor Mcguinness. —Sus labios se curvan hacia arriba con socarronería—. Si por mí fuera, ya le habría llegado una pequeña denuncia por difamación.

—¿Es necesario ir por lo judicial? —Suspira acariciándose el puente de la nariz—. Vamos, Honey. No me has hecho venir hasta aquí para recordarme a quién representas.

—Me encantaría recordarlo, sin embargo, todo esto no ha sido cosa mía.

—¿Qué quieres decir? —pregunto, por lo que llamo su atención.

—Victoria suele tomar sus propias decisiones —asegura con un orgullo tan encarecedor que me hace mirar a otro lado con pesar—, estará con nosotros en unos minutos.

—¿Esto realmente es necesario? —Meto las manos dentro de los bolsillos de mi pantalón —. No voy a disculparme públicamente, han pasado meses de mi directo y no va a perder seguidores por que la critique un poco en redes sociales.

—Siempre me he preguntado por qué los hombres os creéis invencibles tras la pantalla de un dispositivo y no sois capaces de enfrentar el mundo sin barreras, armaduras o cualquier tontería por el estilo. —La muchacha me mira de manera aborrecida y soy consciente de que no le caigo demasiado bien—. No te preocupes, tus trescientos seguidores no pueden pisar a los veinte mil de Victoria.

Gracias por recordarme que tu muñequita está en el top uno de la lista de éxitos.

—Si tenemos que aguantar tu mal humor, Turner, por lo menos invítanos a una copa. —La muchacha abre los labios terriblemente ofendida, pero mi representante continúa—: Se habla de lo implacable que eres en tu trabajo, pero haznos un favor y guárdate tu prepotencia para alguien sin experiencia.

La escucho hablar de la larga carrera de éxitos que carga sobre su espalda, pero parece que Grayson no se va a dejar pisar con tanta floritura que escapa de sus labios. No sé por qué siento que en esta batalla dialéctica sobro, especialmente porque si he decidido venir hasta aquí ha sido para que no me perjudiquen mis propias cagadas.

Ignoro por completo la acalorada discusión que empieza a alzarse en nuestra mesa y me centro en contemplar aquel ambiente que no sé si llegaré a aspirar en algún momento de mi vida. Reconozco a Olivia Rodrigo con un largo vestido en color champán, sentada demasiado recta, con toda su atención en Halsey, que parece eufórica al contar alguna de las tantas anécdotas que suelen acompañarla.

Me pregunto si ese mundo y el escalón en el que yo me encuentro tienen una diferencia tan abismal. Me respondo a mí mismo de forma afirmativa, porque pueden saludar a mi representante por sus anteriores trabajos, pero no a mí porque ni siquiera saben que existo.

Dicen que la música es capaz de abrir el corazón de las personas pero, por más que alzo mi voz con todas mis fuerzas para llegar a diferentes partes del mundo, soy tan pasajero como una moda improvisada.

—¿Se animará Halsey a cantar «Driver License»? —La pregunta llega a mis oídos de una forma tan rápida que el bullicio de mi alrededor no me impide entender qué intenta decirme. Con lentitud giro la cabeza en busca de la dueña de aquella voz—. A veces, suelen hacerse pasar la una por la otra durante varias horas, aunque no siempre podemos recordar la letra de las cantantes que admiramos, ¿no es así?

Mi mirada castaña se centra en una alta figura que se encuentra a tan solo unos pasos de mí. Me sorprende cómo sus pómulos se alzan mostrándome una sonrisa tan radiante que eriza hasta el último atisbo de piel que tengo en el cuerpo. Esconde sus manos tras su espalda mientras sus cabellos danzan de un lado a otro con cierta picardía. Quiero decir que el iris de sus ojos es de un azul predeterminado, tan aburrido como el de una muñeca, pero muestra tanta vida que me deja sin aliento.

—¿Era una indirecta? —Frunzo el ceño intentando recomponerme—. Porque puedes ser demasiado pesada en la radio, pero jamás me aprenderé tus canciones.

—Pensaba que una presentación empezaba de una manera un tanto diferente.—Ríe despreocupada como si no temiera ser aguijoneada por mis palabras, extiende su mano hacia mí y ladea la cabeza—. Victoria Wells, la cría sin oído, incompetente e intento de Britney Spears.

No sé el motivo, pero su simplicidad me ha dejado por los suelos. Supongo que debería presentarme, estrecharle la mano o simplemente recordarle que no tiene ningún talento.

Maldita sea, me ha dejado mudo por completo.

—Ya sabes quién soy, por lo que parece, así que no veo necesaria la presentación.

—Como desees, Richard Digory Jones.

Pasa por mi lado tan ágil como si se tratase de una pluma. Lleva un vestido rosa por encima de la rodilla, con el pecho en forma de pico, y las mangas anchas decoradas con pequeños pompones en tono malva. Deduzco que luce tan despeinada porque llevaría un recogido que ha optado por deshacer.

—¿Y qué quiere de mí la gran Victoria Wells? —digo con ironía—. ¿Una reverencia?

—Quiero colaborar contigo en un proyecto musical.

El tiempo se detiene en el instante en que no entiendo lo que me quiere decir. Seguro que tardará dos segundos en reírse en mi cara, pero parece paciente moviendo sus caderas de un lado a otro de manera despreocupada.

Esto tiene que ser una puta pesadilla.

—¿Por qué yo? No me gusta tu trabajo.

—Lo sé —contesta con simpleza—, pero yo me he enamorado del tuyo.

Tanto su representante como yo sentimos que el mundo se nos cae encima.

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Capítulo 2

Confidencialidad

Rodin Studios no me parece tan excepcional como todo el mundo dice. Tan solo es un triste edificio de estilo neogótico francés que ha sobrevivido al paso de los años con admiración y cierta prepotencia.

Diría que se parece un poco a mí en ese sentido.

Me marché pujando por el restaurante en el que había crecido, que mi padre perdió a causa de su ludopatía, e hipotequé nuestro hogar en busca de darle a Kathleen un futuro que ni siquiera había pedido.

La fachada de ladrillo me permite perderme en la cantidad de mensajes que tengo suyos. Para ella mi silencio debe ser un arma que perfora y arranca de un tajo cualquier adoración que pueda tener sobre mí. Soy consciente de que si vuelvo a casa habré perdido su sonrisa, sus agobiantes abrazos, además de sus confidencias. Pero soy egoísta por naturaleza: siempre he deseado volar lejos de aquel diminuto pueblo que apresaba mis alas y silenciaba mi voz.

Pensé en mí alzando la barbilla como los imponentes ventanales que decoran los estudios que dan a la calle 57.

No sé si algún día me arrepentiré de todo esto.

Muevo los hombros deshaciéndome de la tensión que se aferra a mis músculos. Mi encuentro con Victoria no me ha dejado un buen sabor de boca, ni tampoco su deseo de colaborar conmigo. Estoy seguro de que aquellas palabras repletas de azúcar que me propinó son una pequeña muleta que usa con todo el mundo.

Un suspiro escapa de mis labios, mis pies me llevan dentro de aquel edificio que tanto critico y me brinda una meta que, según Grayson, no podemos dejar pasar.

La oficina de la representante de mi peor pesadilla está en la planta número siete. Hemos concretado un encuentro cuando el cielo de Manhattan nos brinda una paleta de colores donde destaca el naranja y el lila pastel; sobre los altos edificios de la ciudad, el sol muestra sus últimos rayos recordándonos que la noche se aproxima y, con ella, una nueva etapa de mi vida.

—No sé qué estoy haciendo metiéndome en una situación que no he pedido. —Gruño al tiempo que salgo del ascensor en la séptima planta y giro a la izquierda con la intención de llegar a la última puerta—. ¿Crees que, de repente, voy a olvidar el autotune que utiliza en cada una de sus canciones? Solo es una famosa que ha sabido ganarse a sus fans con unos acordes que ni siquiera le pertenecen.

—Te voy a dar un consejo antes de que entremos en ese despacho —dice Grayson a mi lado, ataviado en un traje azul eléctrico, mientras mete sus gafas de cerca en el bolsillo de su chaqueta—. El odio injustificado y las palabras que consideras verdades como puños no te darán la posición que quieres. Victoria ha sabido asentarse a través de un público que quiere oír que las segundas oportunidades existen y, al igual que muchos cantantes de este país, tú también puedes conseguir eso.

—¿Dices que finja que esto me parece emocionante? —Alzo una ceja dispuesto a maldecir en voz alta, sin miedo a que alguien pueda escucharme—. ¿Quieres que me pinte la nariz de rojo y aprenda a hacer globos con formas?

Grayson se detiene soltando todo el aire que lleva conteniendo durante el trayecto. Para ser mi representante debería darme algún consejo, como que la vida me ha sonreído o que Wells ha visto algún tipo de talento en mí, pero lo que quiere decir me abruma y me enfada por partes iguales.

—Lo que quiero decir es que escales sin importar quién te ha extendido la mano.

—Eso es egoísta incluso para ti. —Me rasco la nuca mientras proceso aquellas palabras—. ¿No te despidieron la última vez por dar un consejo caótico?

—Te conozco lo suficiente para saber que mis palabras tocan esa fibra de chico enfadado con el mundo —asegura sin contestar a mi pregunta—. Tienes tantas ganas de alcanzar tus sueños que no te importa desplumar a cualquier persona a tu paso.

—Los fraudes deberían seguir escondidos en un cajón para que las personas con talento que hay en el mundo tengamos la oportunidad de ser vistos.

—¿Entonces?

—Deberíamos entrar antes de que empiece a contar todos los minutos que nos estamos retrasando.

Él asiente dando el tema por finalizado, pero mi mente no deja de bailar alrededor de una mentira con tal de conseguir lo que tanto ansía. Mis labios se curvan hacia arriba con suavidad; no puedo decir que la situación me resulta divertida, pero escuchar las locuras de una chica que se ha encaprichado conmigo me parece una buena forma de dar paso a una noche de celebraciones.

Cuando Phoebe nos abre la puerta con su destacable ceño fruncido, una horrible fragancia caramelo me hace engurruñir la nariz. Por un momento me siento en las fiestas de mi pueblo a primera hora de la madrugada, con hambre y con deseos de degustar algo dulce.

—Habéis...

—Sí, Honey, ya lo sabemos. —Se adelanta mi mánager, acariciándose sus mechones castaños, con la intención de lidiar con la situación—. ¿Voy a escuchar mucho tu odio hacia la impuntualidad?

—Hasta que llegues a tu hora, querido.

Su fingida sonrisa me provoca un pequeño escalofrío, aunque intento que no se me note demasiado. Hago un barrido visual y me centro en una planta amplia de paredes blancas y suelos de parqué. El gran ventanal que se contemplaba desde la calle permite entrar las últimas tonalidades enrojecidas del atardecer.

Me acerco a los sofás de cuero beis, con curiosidad alzo el mentón y permito que las escaleras de caracol me guíen a una habitación que parece encontrarse en la planta superior. Observo durante unos instantes como si el movimiento que creo ver tras la oscuridad hablase mucho más de nuestra visita al edificio que los propios gruñidos de la señorita Turner. Meto las manos en mis bolsillos y pierdo el interés por un efímero pensamiento que quizá no me lleve a ningún sitio.

Supongo que pasará más tiempo aquí que en su propia casa.

—¿Por qué nos has pedido que viniésemos con tanta urgencia? —pregunto a Turner encontrándome con sus orbes azules—. ¿Nos quieres amenazar de muerte?

—Mcguinness me comentó que vas a acceder a la propuesta de Victoria —comienza a decir con lentitud mientras pasa sus manos sobre la falda blanca de tubo que lleva; no sé dónde ha visto las arrugas, pero tiene un inconsciente deseo de acabar con ellas cuanto antes—. Como comprenderás, necesito que firmemos un acuerdo de confidencialidad.

—Espera, ¿qué? —Maldigo por lo bajo al tiempo que doy unos pasos hacia ella—. ¿Piensas que le voy a robar unas bragas y las voy a subastar?

—Me gustaría que esta conversación la siguiésemos en mi despacho.

Contengo mis ganas de zarandearla. Esta mujer tiene el don de hacerte sentir como un peón dentro de su propio tablero, como si no tuvieras la opción de decidir por ti mismo tu destino.

Nos conduce a una habitación en forma de ele. Me abruma la cantidad de libros que colorean de un extremo a otro la pared. Por un instante me siento dentro de la biblioteca de un poderoso emperador que solía guardar secretos entre historias que seguramente habría leído en más de una ocasión.

Paso por un lateral de la alfombra de pelo que cubre parte de la estancia; la idea de pisarla me hace sentir un poco culpable, así que decido llegar a una de las sillas que hay delante del escritorio y me tropiezo con unas pequeñas mesas de cristal cuadradas, un acuario más grande que mi cuarto de baño y una cama de patas de madera de algún animal.

—¿Podrías proseguir con lo que estabas diciendo? —sugiere Grayson inclinándose un poco hacia adelante para buscar la comodidad en la situación—. ¿Tan poco te fías de nosotros, Phoebe?

La muchacha mantiene la mirada de mi mánager durante unos minutos; no sé si la hace sentir poderosa que se dirijan el uno al otro por el apellido o si ha tocado una fibra sensible que los dos desconocemos.

Sin responder a su pregunta, alza sus cabellos oscuros hacia arriba y los enlaza en una de sus manos para improvisar un pequeño moño un tanto alocado y que la hace ver mucho más joven.

—Aunque me encantaría decir que es una de mis tantas condiciones, no puedo afirmar eso. —Phoebe abre uno de los cajones del escritorio, remueve unos documentos y nos muestra una carpeta de color rojo—. La vida de Victoria puede ser pública, Dixon Jones, pero sigue siendo suya. Si quiero que firmes un contrato de confidencialidad es porque, dentro de un mundo donde es conocida, tiene ciertos matices donde ser ella misma sin ser juzgada. Si te permito que entres en su vida no es para que le arranques esas pequeñas dosis de normalidad, sino para que sigan en su lugar. ¿Me he explicado con suficiente claridad?

La brutalidad de sus palabras no me hace doblegarme, pero me sorprende la gran devoción que tiene por su protegida. En aquella aureola verdosa que hace sus ojos aún más misteriosos, veo una mezcla de admiración como de preocupación. Es posible que sea la primera vez que se enfrenta a un capricho de este estilo.

—Solo unas cuantas condiciones. —Grayson asiente dándome su visto bueno para que exponga mis deseos—. No seré una mera colaboración de la gran Victoria Wells, quiero que se reconozca mi trabajo. Estoy seguro de que, si le gusta tanto mi música, no le importará que el mundo pueda disfrutar de ella.

—No, ella no se impulsaría con tus logros de una forma tan ruin. —Alza una ceja mientras mueve sus manos para que continúe—. ¿Algo más? Te recuerdo que no soy tu representante: no te pondré un apartamento ni me encargaré de tu agenda, para eso lo tienes a él.

—Gracias por recordarme cuál es mi función, Turner.

—Siempre es un placer recordarte cuál es tu lugar.

Pongo los ojos en blanco cuando vuelven a fulminarse. Por un instante pienso que la mejor opción es arrastrar la silla y marcharme de allí cuanto antes. Aunque si lo hago perderé la oportunidad de escuchar mi voz más allá de las redes sociales, por lo que contengo cada uno de mis impulsos.

—La colaboración no será esporádica —digo asegurándome de que entiende que es otra de mis condiciones—: si vamos a firmar un acuerdo, harás una cláusula donde tendremos la oportunidad de cantar nuestra canción en cualquier lugar.

—Me encargaré de redactar un contrato una vez que la canción sea grabada y publicitada antes de su publicación en redes sociales.

—Bien —asiento conforme notando el brillo victorioso en los ojos de mi representante—. Por último, no esperes una disculpa, palabras de adoración o que Victoria se convierta en mi nueva cantante favorita. No voy a dejar de ser yo mismo porque, si queríais a un fan alocado que besase el suelo por donde pisa, las dos os habéis equivocado.

—Me da la impresión de que serás una fuente de problemas. —Me gustaría decir que noto ironía en sus palabras, pero está hablando totalmente en serio—. Prepararé el contrato en cuanto Mcguinness y yo nos encarguemos de vuestras agendas.

—Phoebe.

Ella me mira con curiosidad esperando que mis palabras tengan algo de voz.

—Al igual que defiendes su intimidad, no consentiré que ella fisgonee en la mía. Los contratos no se hacen con amigos, sino entre profesionales —aviso con la intención de que se lo diga—. Y yo no soy el capricho de nadie.

—Tienes un concepto muy equivocado de la persona con la que vas a trabajar.

—No quiero ver más allá de la perfección que intenta transmitir; porque estoy seguro de que, si tomo la decisión de buscar mucho más de lo que muestra, no encontraré absolutamente nada. —Su representante frunce el ceño con molestia y sé que he dejado hablar a la rabia que me supone su éxito sin esfuerzo—. Un cascarón vacío en todo caso.

—Estaba equivocada, eres mucho peor de lo que imaginaba —advierte dirigiendo una mirada a Grayson, que no es capaz de decir absolutamente nada—. Solo espero que de verdad merezca la pena.

Una vez que Phoebe acomoda el contrato de confidencialidad sobre la mesa, soy consciente de que cada trazo que deje sobre los papeles me encadenará a alguien que repelo como si se tratase del polo de un imán.

Leo mis iniciales de mi puño y letra sintiendo el terrible deseo de preguntarle por qué la gran Victoria Wells se encuentra en la planta superior, escondida del mundo, cuando ya tiene lo que quería.

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Capítulo 3

Azul para las despedidas

(Victoria)

—De todas las cosas que me has pedido durante todos estos años, esta ha sido la más descabellada.

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