Carmen G. de la Cueva
Ana Jarén
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Primera edición: febrero de 2023©2023, Carmen G. de la Cueva, por el texto© 2023, Ana Jarén, por las ilustraciones© 2023, Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U.Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 BarcelonaPenguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.El copyrightestimula la creatividad, defiende la diversidaden el ámbito de las ideas yel conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes del copyrightal no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproduciralgún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-264-2477-8Compuesto por Fernando de SantiagoComposición digital: www.acatia.es
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A mi hijo, DiegoC. G. C.A Nacho y a GalaA. J.
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No es fácil dejar atrás las costumbres de una vida en la que todo se anteponía a la escritura, pese a que, ahora mismo, esta podría ocupar el primerlugar en muchas ocasiones. Esas costumbres forjadas durante años y años—la respuesta a estímulos ajenos, la fácil distracción, la responsabilidad frente a los asuntos cotidianos— se quedan contigo, te marcan y pasan a formar parte de ti. El coste de la discontinuidad, un patrón que aún se impone a las mujeres, está tan cargado de cosas nunca dichas y material acumulado que, por cada cosa que empiezo, surge algo distinto en mi interior, y lo que debería llevarme unas semanas escribir, se prolonga durante meses, y lo que deberían ser meses se convierten en años.Hablo de mí misma para esclarecer este proceso a otras mujeres a quienes pueda sucederles lo mismo —un proceso que no es necesario en absoluto, y debe detenerse una vez surgido—, así como para recordar a todas aquellas que no llegaron a escribir nada, como casi me ocurrió a mí.TILLIE OLSEN, Silencios
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11Querida mía¿Sabes que cuando yo iba a tener mi primera niña creía que ya no volvería a escribir? CARMENLAFORET, carta a Elena Fortún A finales de otoño de 2021, justo cuando las oscurecidas hojas de los árboles comenzaban a abandonar sus ramas, me separé de mi pareja. Llevábamos doce años juntos y teníamos un hermoso hijo de casi tres años. Durante los últimos tres años, pensé que la maternidad me habíatragado. Parecía vivir dentro del estómago de una ballena: había silencio, soledad, frustración y cierta impotencia porque no sabía cómosalir de allí dentro. Mi hijo fue como una lumbre que me mantuvo a salvo.Mi hijo, los libros y, en parte, la escritura. Hace cuatro años que no publico un libro, han sido años en los quehe escrito cientos de páginas de notas para libros futuros, decenas de artículos, y breves, brevísimas notas en minúsculos papelitos que he dejado a mi hijo por toda la casa. Pero ningún libro, ningún libro completo. Durante un tiempo, en esos primeros tres años como madre, escribí como si caminara por un alambre, llena de miedo e inseguridad:escribía en los huecos que me dejaba la crianza, el cuidado de lacasa, en esos pequeños intersticios de tiempo que eran las siestas de mi hijo, en las madrugadas mientras daba de mamar a un bebé que parecíanosaciarse nunca. Escribía, sobre todo, con la mente, trazabalasfrasesylos párrafos como podía con la memoria, cambiaba comas imaginarias y, cuando me despertaba al amanecer y podía desprendera la criatura de mi pecho, apuntaba lo que recordaba en un cuaderno que tenía en la mesita de noche. No fue siempre así. Había días, semanas enteras, en que el agotamiento era tan grande y la soledad tan profunda que dejaba de escribiry solo leía. Al menos, las palabras de otras me ofrecían cierto consuelo,hablaban por mí cuando yo no tenía fuerzas para hacerlo, me acompaña
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12ban. También escribía mensajes, cartas a mis amigas, las escribía como silanzara botellas al mar. Y un día, sin ser del todo consciente de cómo había llegado hasta allí, me encontré en lo más hondo de la ballena.Simbólicamente, la enorme ballena de la que hablo fue una extraña ilusión óptica que me hacía verlo todo doble. Sucedió de repente, una mañana, en mitad de una discusión con mi pareja, comencé a ver doble. Recuerdo lo cansada que estaba aquel día, otra noche sin dormir, el dolor de cabeza, la profunda tristeza que sentía. La visión dobleduró unos quince o veinte minutos, pero el efecto aterrador que provocó en mí dura todavía.Es difícil resumir todo lo que pasó desde entonces, supongo que es una historia que contaré en otro libro, pero me parece importanteapuntarlo aquí. El dolor, la frustración, la soledad, la sensación dequerer ser dos versiones de mí misma a un tiempo —madre amorosayescritoraentregada— fosilizaronenmí dealgunamaneraylavisióndoble se manifestó como ese síntoma de que había algo desplazado en lo más profundo de mi ser. Estuve un par de meses mucho másadentro de esa ballena, con visión doble varias veces al día, con vértigo, como si realmente todo estuviera a oscuras en mi vida. Dejé deescribir, dejé de leer, culpé a la escritura, a mi autoexigencia y ambición, me sentía sin fuerzas para casi cualquier cosa excepto cuidarde mi hijo. ¿Acaso mi precioso niño tenía otra madre en el mundo quepudiera cuidar de él? En ese tiempo, hasta dejé de hablar con misamigas, me avergonzaba que me vieran como alguien tan débil. Y undía, una de esas amigas me habló de ir a terapia, me buscó a una terapeuta, me prestó el dinero y, pese a mis reticencias iniciales, acepté esa ayuda.Cuando comencé ese proceso, me vi obligada a mirarme a mí misma y a lo que era mi vida con una claridad que me dejó temblando. Un año después, me sentí lo bastante fuerte como para entender que una gran parte de mi dolor, de mi pena y de mi frustración estaban en el pozo que era por entonces mi relación de pareja. La idea de este libro surgió, precisamente, en ese instante. Cuando parecía que no había salida posible, mis amigas estuvieron ahí, justo al otro lado del teléfono, del correo electrónico, de la pantalla, para apoyarme, para escuchar sin juzgarme.
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13Hace poco, casi de madrugada, uno de esos días en los que me sentí flaquear, una de ellas me dijo: «Tienes una gran fuerza, luz y capacidad de alegría, pero también necesitas descansar y procesar muchas emociones confusas, intensas y adictivas». Este libro nació en un momento muy precario de mi vida, en el quenecesitaba dinero para poder criar a mi hijo y un proyecto de escritura que me sostuviera. Necesitaba creer en mí, confiar en mi fuerza y mis capacidades. La escritura, sin yo saberlo hasta entonces, era lo que me hacía mantener el equilibrio, y dejar de escribir durante tanto tiempo, dejar de escucharme, me había hecho tambalear. Mientras creaba un pequeño hogar para mi hijo y para mí, leía y buceaba en lasvidas de otras mujeres que, mucho antes que yo, habían vivido amistades parecidas a las mías, habían encontrado en la voz y el amor de otras mujeres esa necesaria compañía y la fuerza para creer en ellas mismas. Este libro es para todas ellas. Sé que sin nuestras amigas muchas de nosotras no estaríamos hoy aquí. Un breve apunteA finales de los años setenta, la investigadora Antonina Rodrigo escribió uno de los primeros libros sobre las intelectuales españolas quela guerra, el exilio y el olvido habían sepultado en los archivos. El librose llamó Mujeres olvidadas: Las grandes silenciadas de la Segunda República y se abre con una introducción de la escritora Montserrat Roig, que también se ocupaba por entonces de explorar en nuestro pasado más reciente. Ella recuerda que el día que Antonina le puso el manuscrito de su libro en las manos le dijo: «Mira, Montserrat, si no hablamos nosotras de nosotras, ¿quién lo va a hacer?». Mientras investigaba para escribir este libro, me embargó cierta sensación de ansiedad que, a medida que crecía el volumen de bibliografía y menguaba el tiempo para la escritura, se hizo dual. Por un lado,quería contarlo todo, contarlo de nuevo —como decía, muchas investigadoras antes que yo han indagado, rebuscado, rearmado nuestra fragmentada genealogía—, contarlo quizá de una manera más sencillapara que cualquiera que se acerque a este libro, sabiendo algo o no
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sabiendo nada sobre estas mujeres, pueda sentirse hermanada con ellas. Por otro lado, me decía, ¿cómo iba a contarlo todo, si ni siquiera se conocen todavía muchos y pequeñísimos detalles, correspondencias, amistades que justo ahora se están descubriendo? Así que volví a las palabras de Montserrat Roig y pensé en contar, si acaso, como dice ella, algunos «respiros». Roig creía que ninguna vida puede relatarse para la posteridad en términos absolutos y que cada existencia se compone de pequeños y múltiples fragmentos. Igualque la vida de todas esas mujeres que se cruzaron en un momento de la historia de España en el que todo parecía florecer. «Pasan las vidas—que no se viven, como los historiadores pretenden, cronológicamente— como fugaces respiros en la historia de la humanidad» y lo único que podemos hacer es cazar al vuelo algunos respiros, convertirlos en palabras y transformarlos en algo que pueda contarse a los demás.A mí me gusta pensar que hay hilos, miles de hilos sueltos todavía,hilos que podemos seguir y agarrar con los dedos para volver a coser unade esas preciosas colchas hechas de retales, de colores y formas distintas, con recuerdos y fragmentos de las autoras de nuestra genealogía.No pretendo que este libro sea un conjunto de biografías de escritoras del siglo XXni un análisis de las amistades que surgieron entre ellas. Me conformo con tirar de alguno de esos hilillos y recoger estampasde las vidas cotidianas de estas mujeres que nos ayuden a entenderlas algo mejor desde la cercanía. Leer sus memorias, sus autobiografías, las cartas que se escribieron, leer lo que investigadoras como Antonina Rodrigo, Carmen de Zulueta, Amparo Hurtado, Shirley Mangini, Marisol Dorao, María Jesús Fraga o Nuria CapdevilaArgüelleshan escrito sobre ellas es la única manera que he encontrado de imaginar este libro que ahora está en tus manos.C. G. C., Sevilla, noviembre de 2021julio de 2022
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15Una mujer escribeUna mujer escribe cuando puede. En una de las sillas que rodean la mesa de la cocina mientras termina de guisarse el puchero, o al calorde un brasero en la camilla con unos calcetines a medio zurcir sobreel regazo. Quizá la mujer que escribe pueda sentarse en un banquito en un balcón propio con una de esas mesas redonditas donde apenas caben un cuaderno y un lápiz. Cuando una mujer sostiene a su bebé enlosbrazos, ni siquiera puede escribir con las manos. Muchas veces,una mujer escribe tan solo con el pensamiento y esos pensamientos quefluyen por su mente, uno tras otro como en cascada, si tiene suerte, losrecordará, los apuntará y hará con ellos algo. Otras tantas veces, caeránen el limbo de lo no escrito y desaparecerán para siempre de su memoria, porque la memoria de una mujer que escribe guarda demasiadas tareas, recetas y emociones y hay días en que las ideas caen por profundos agujeros hacia el olvido. Si las palabras no se escriben, entoncescristalizan y ya no sirven. Cuando se tiene algo de dinero o tiempopropios, la mujer que escribe se encerrará en un cuartito con escritorioy lamparita o saldrá de la casa para ocupar la mesa de un café o deuna biblioteca. Una mujer que escribe tiene que pelearse con toda unatradición de silencio y con el desdén de los otros. Y en esa lucha, debeapostar siempre por su propia voz. Aunque dude, aunque esté agotaday desesperada. Por la felicidad y la vida pequeña —el gorjeo de unbebé; la tarde de paseo con una amiga; el gorrión que, al otro lado de la ventana, se detiene en la reja a descansar sobre sus cortas patitas;la vida de otra mujer que, hace varias generaciones, escribió unosversos—, aunque ante la mirada de algunos puedan parecer cosasinsignificantes. De un modo secreto y misterioso, hasta saber desenredar los finos mechones de pelo de un bebé con los dedos sirve paraescribir. No hay vida pequeña ni gozo pequeño. Cuando la mujer escribe no posee nada salvo la página y no pertenece a nadie más.
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17La mujer que leía una carta o que estaba guisando o hablando con una amiga mira de soslayo hacia los cristales, levanta una persiana o un visillo, y de sus ojos entumecidos empiezan a salir enloquecidos, rumbo al horizonte, pájaros en bandada.CARMEN MARTÍN GAITE, Desde la ventanaHay un hilo que une la vida de las mujeres. Ese hilo es tan fino como el cabello de un recién nacido, parece frágil, capaz de romperse si se tensa demasiado, pero es infinito en su longitud, crece y crece y crececon el tiempo y se estira con la pequeña lucha de cada día, la que las lleva a desear otra vida. En las primeras décadas del siglo XXen España, algo estabacambiando, había una voluntad de encontrarse con las otras, de buscar una vida propia. No cuesta imaginar a una, a dos, a veintiséis milmujeres distintas entre las paredes de su cocina pendientes del guiso, con los ojos cansados de tanto intentar enhebrar la aguja con eseotro hilo —el hilo que cosía sus vidas al presente— o sentadasjunto a la ventana, viendo salir en bandada un puñado de pájarosenloquecidos.
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Cuando miro las fotos de juventud de miabuela Eugenia y de mi tía Carmen, las veosiempre con sus amigas, elegantes y hermosísimas, con ondas en el pelo, negrísimo y brillante y cortito, con faldas blancas y negras a media pierna y pañuelos estampadosal cuello, agarradas las unas a las otras del brazo. Me gusta esa imagen, hay algo inspirador en la idea de agarrarse, de sostenerseen el cuerpo de las otras. ¿Qué es la amistad? ¿Es tan diferente detodo eso que nos han dicho que es el amor? ¿Por qué la amistad entre mujeres ha ocupado tan poco espacio en la literatura y enla historiacultural?
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Hace algunos años, se publicaron por primera vez las cartas que se escribieron Elena Fortún y Carmen Laforet. Aquellas cartas me hicieron tirar de uno de esos hilillos de los que te hablaba. No me había dado cuenta hasta entonces de que todas esas mujeres de las que oía hablar por separado, mujeres cuyas biografías iba descubriendo unaauna,sehabíanconocido, habían viajado juntas, se habíanescrito decenas de cartas contándose la vida y se habían sostenido enladistancia.Habíanalentado las vocaciones de las otras. En 1950,Elena Fortún tenía sesenta y tres años, estaba ingresada por enfermedad en el sanatorio Puig d’Olena en Centellas,Barcelona, y se escribía cartas con la joven Carmen
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23Laforet,deveintinueve años, quevivía en Madrid y tenía hijas pequeñas. En una de aquellas cartas, Laforet le decía a Fortún que le gustaría cuidarla, ocuparse de ella, que laquería mucho. Nuncaolvidé esacarta,la copié en mi cuaderno, arranqué la hoja y la pegué en la pared frente a mi escritorio. No solo era hermosa, sino que me hacía pensar en un tipo de amor que no te hacía dudar,que no te hacía pequeña, un amor honesto y verdadero.«Sienestosmomentos yo fuera una persona suelta y libre—escribe Laforet—, hubiera cogido el tren para ir a Barcelona a cuidarte. No te lo digo por tontería…, ni creas que yo tenga la menor manía de enfermera. Te lo digo porque he sentidodeverdadeste deseo muchas veces en esta temporada enquetúestásmala y yo pienso mucho en ti».Las amigas son un refugio, un espacio de resistencia. La amistad entre mujeres es cuidarse, llamarse, escribirse, sostenerse, quererse, reconocerse, admirarse, apoyarse, inspirarse, confiar, tener fe.
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24Mientras hablaba a las estudiantes, Virginia Woolf se preguntaba con extrañeza sobre todos esos personajes femeninos que, hasta Jane Austen, habían sido escritos desde el punto de vista del hombre y en su relación con los hombres. Una pequeña, pequeñísima parte de la vida de una mujer… «Casadas contra su voluntad, encerradas en un cuarto, y conuna sola tarea, ¿cómo podría el dramaturgo hacer de ellas una semblanza completa o interesante y verídica?». Tenía entre las manos La aventura de la vidade Mary Carmichael, y en él, una de las protagonistas, Chloe, mira cómo Olivia coloca un tarro en un estante y le diceque tiene prisa porque debe volver a casa con los niños. Woolf sintió quehabía algo nuevo en ese libro, un gesto pequeño, cotidiano, que nunca se había captado antes: «Esos ademanes no registrados, esas palabras sin decir o a medio decir quese diseñan, tan impalpables como las sombras de las mariposas nocturnas en el cielo raso, cuando las mujeres están solas, noiluminadas por la luz caprichosa y coloreada del otro sexo».Algo así me gustaría hacer en estas páginas: plasmar gestos, palabras dichas a medias, pequeñas sombras de polillas que revolotean alrededor de una lamparita de escritorio mientras una mujer, encorvada sobre una hoja en blanco y con una pluma en la mano, escribe. Los pequeños esfuerzos cotidianos por hacer que la vida de las mujeres no se desbordase, los momentos de complicidad entre dos amigas, todas aquellas palabras que se dijeron o se escribieron en soledad como un gesto inmenso de reconocimiento de la otra.
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Tantas, tantas veces hemos oído hablar sobre la rivalidadentremujeres,sobrelanecesidaddecompetirentrenosotras,que en este libro quiero hacer una defensa apasionada de la amistad femenina y su infinita potencia. A lo largo de la historia,distintas autoras han reflexionado sobre ella. Por ejemplo, Virginia Woolf lo hizo en Un cuarto propio, cuando habló de que siempre se representa a las mujeres desde el punto de vista de sus relaciones con los hombres. «Todas esas relaciones entre mujeres, pensé, recorriendo rápidamente la espléndida galería de mujeres ficticias, son demasiado simples. Se ha excluido tanto... Traté de recordar algún caso en el curso de mis lecturas en el que hubiera dos mujeres presentadas como amigas». Hay una palabra muy poderosa que está muy presente en nuestrasconversaciones, una palabra inglesa que hemos acogido: «sororidad».Marcela Lagarde habla de la sororidad como un pacto político entremujeres que se reconocen como interlocutoras. No hay jerarquía posible
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