El secreto de las hermanas Asorey

Marta Estévez

Fragmento

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1

El día que murió padre cambió el eje de nuestro mundo tal y como lo conocíamos. Su ausencia no nos impide seguir viviendo, pero lo hacemos de una manera menos natural, como si nos faltasen uno o varios órganos (no vitales, por lo que se ve) y alguno de los sentidos (no necesariamente a todas el mismo, al parecer).

Nunca he sido precoz ni las he visto venir; casi siempre he comprendido las cosas cuando han pasado. Sobre todo en cuestiones de amor.

Tengo veinticinco años y estoy soltera. Tilde dice que a las mujeres de mi edad nos examinan con lupa hasta que llega un momento en que ya no nos miran. Mentiría si dijese que no noto esas miradas (eso sí puedo percibirlo, pero solo porque no se esfuerzan en disimularlo). Veinticinco años es una edad incómoda para una mujer. A menos que estés casada y tengas varios hijos. En ese caso, veinticinco años será la edad perfecta y el centro de la juventud.

Siento un abismo entre lo que soy y lo que se espera de mí.

Con un poco de suerte, Celia se casará pronto y dejarán de mirarme.

ELOÍSA ASOREY

Santiago de Compostela, 21 de abril de 1931 (una semana después de proclamarse la II República)

Eloísa camina por la calle de los Laureles, con el aire pegajoso, vibrante de oportunidades, incrustado en sus mejillas y la blusa ligeramente fruncida por fuera de la falda. Anda ligera, casi flota, espoleada por el optimismo que alimentan los vientos de cambio, a pesar de que una nube negra ciñe su cabeza desde hace un tiempo. Las reuniones de la sociedad literaria siempre resultan estimulantes, parece que algo se cociese allí dentro.

Ella tiene suerte.

Abraza sus costillas al cruzarse el abrigo. Empieza a estar raído por los extremos, pero sabe que no podrá comprarse uno nuevo en un futuro próximo —ni casi nada que no sea imprescindible, en realidad— si no quieren fulminar los ahorros que les dejó su padre. La vida es muy diferente dentro y fuera de casa, ahora y antes, pero sobre todo ahora. Una descarga a la altura del esternón la deja sin aire en medio de la plaza de San Miguel. La luz moribunda de la farola de la esquina la reconforta solo en parte. Levanta la cabeza y dirige la mirada al segundo piso. El edificio de sillería es imponente; desprende un aire de fuerte más que de casa, aunque ahora, sin su padre, un poco menos. Retrocede varios pasos para apoyarse en la balaustrada de piedra, delante de la iglesia de San Martín Pinario. A veces lo hace, cuando la vida le resulta inabordable y necesita ser valiente. Retroceder y esperar. Sobre todo esperar. Parece que esa fuese la solución la mayor parte de las veces.

Solo un par de minutos. Ya está. Empuja la puerta y contempla las escaleras desde abajo. Flota en el vestíbulo un olor a guiso frío que le revuelve el estómago.

La posición de sus hermanas alrededor del brasero las define con bastante acierto. Solo Tilde y Celia se incorporan al verla, como si necesitasen que alguien las rescatase del abismo al que han ido a parar.

—¡Buenos ojos te vean! —ladra Tilde levantando la mirada de la media que está zurciendo.

Aunque su voz suena a reproche, no está enfadada. Clotilde, la mayor de las hermanas Asorey, emplea siempre un tono áspero, de perro pequeño, más bien por obligación, como si creyese que su estatus de primogénita conllevase reprimendas. Tea, en cambio, no es capaz de gritar. Un día quiso hacerlo —abrió la boca y separó la garganta a conciencia—, pero el aire sonó ridículo, como el grito de un sordomudo. Derretida en el diván de madera, con un lado de la cara hundido en un cojín, Dorotea Asorey amaga un levantamiento de cejas.

Eloísa echa un vistazo general al salón y busca la única nota de color y movimiento entre tanto mueble repujado y oscuro. Encerrado en su jaula, un guacamayo azul y amarillo agita sus alas cada diez segundos exactos.

—¿Dónde has estado? —le pregunta Celia.

Su voz sí suena a reproche.

—En la sociedad literaria.

—En la sociedad literaria, en la sociedad literaria —canturrea—. Siempre estás en la sociedad literaria.

—Cualquiera diría que te molesta —contesta Eloísa.

—No me molesta, menuda tontería, es solo que a veces…

—¿A veces qué, Celia?

—A veces no pareces…

—¿Triste? ¿Crees que no lo estoy? ¿Es eso lo que quieres decir?

—Bueno, no digo que no lo estés, eso solo lo sabes tú —afirma la más joven de las hermanas—, es que no soporto esos aires de mujer moderna que te das.

La carcajada de Tilde exime a Eloísa de tener que contestar.

—No seas ridícula, anda —dice la mayor—, ya nada es moderno, ni siquiera Eloísa. Hace tiempo que creo que el progreso se ha desvirtuado, parece que hubiese llegado a su tope y diese vueltas sin parar, condenado a pasar una y otra vez por los mismos sitios. Hoy en día una ya no sabe qué es moderno, ¡qué va a saber! Celia, tesoro, para sentirnos modernos tendríamos que retroceder mucho en el tiempo. —Hace como que se lo piensa—. A la Grecia de antes, ahí deberíamos irnos. Aquello sí que era modernidad —suspira—, pero esto… ¡Bah! —Manotea con desprecio—. Más de lo mismo.

—Callaos ya, por favor —susurra Tea, cuyo cuerpo desparramado permanece en la misma posición que cuando Eloísa entró—. No sé cómo podéis discutir por tonterías después de lo que nos ha pasado.

Tea no susurra con ninguna intención concreta; susurra porque es la única forma de hablar que conoce. Eloísa se deja caer en una silla, al lado del diván de su hermana.

—Tea, tesoro —suspira Tilde—, tenemos que seguir con nuestras vidas, ya lo hemos hablado, es mejor así. No nos queda otra, debemos ser fuertes.

El tono de Tilde se ha vuelto monótono, como de nana o arrullo. Por primera vez Tea despega su cuerpo menudo del respaldo del diván. Sus ojos estáticos son dos bolas de alcanfor, brillantes, inertes.

—¿Cómo puedes decir eso, Tilde? Yo no puedo ser fuerte. No puedo, ya lo sabes.

Su espalda se redondea de nuevo como si quisiese formar un caparazón en el que esconder su cuerpo.

—Tranquila, tranquila. —Tilde le propina una palmadita por palabra—. Hablemos de otras cosas… A ver, Eloísa, cuéntanos, ¿qué se cuece en la calle?

—Eso, eso, Eloísa. Cuéntanos, ¿ya huele a humo?

La pregunta de Tea —inesperada y rotunda— hace que todas se miren.

—¿A humo? ¿A qué humo, tesoro? —grita Tilde.

—Al del fuego que viene de Madrid —contesta Tea.

—¿Fuego? —replica Tilde—. No seas boba, aquí no hay fuego ni lo va a haber. Nadie se atrevería a quemar una iglesia. Esas cosas no pasan aquí. Compostela no podría volverse laica ni aunque quisiese, sería una contradicción muy grande. Muy grande —repite levantando el pecho y manteniendo la espalda erguida—. Compostela es santa y nadie puede alterar eso, el apóstol jamás lo permitiría, ¿me oyes?

—No sé, Tilde. Todo está cambiando tanto, el país entero se está transformando. No me gustan los cambios. Nosotras ya hemos sufrido suficientes cambios. Nada se mantiene estable durante mucho tiempo. No lo soporto.

—A veces los cambios son necesarios —farfulla Eloísa.

—¡No para mí, no para mí!

Tea rubrica cada negación con un golpe seco de cabeza, dibujando equis en el aire, como si le hubiese quedado el gesto de cuando era una cría. Tilde despliega los brazos sobre su hermana y se apresura a contestar que nada va a cambiar tanto, que todo será parecido, pero sin rey. «Confía en mí», repite al menos tres veces mientras le dedica una mirada reprobatoria a Eloísa, que, por esta vez, agacha la cabeza.

—Eso espero, Tilde. Bastante tenemos nosotras con lo que ha pasado aquí dentro…

—Chisss… No hablemos de eso ahora, tesoro. Mejor no hablemos de eso.

—Pero ¡no podemos ignorarlo! ¿Es que no notáis lo mismo que yo?

Eloísa sopesa si preguntar qué es lo que nota Tea o si será mejor dejarlo correr. Con Tea nunca sabe cómo actuar, cualquier movimiento en falso, cualquier palabra fuera de tono, y la casa entera podría volar por los aires, así que se decanta por un «qué» susurrado.

—El tufo a muerto —contesta Tea—. No importa cuánto limpiemos, el tufo a muerto es más fuerte. No se irá nunca, os digo que no se irá. Si al menos padre hubiera tenido otro final… Si la gente supiese…

—¡Tufo a muerto, tufo a muerto! —repite el guacamayo, que, de manera sistemática, se convierte en el eco de Tea.

Eloísa guarda silencio. La caída de ojos de Tilde y un movimiento disimulado con el brazo hacen que ninguna se atreva a hablar. Es un «tranquilas, dejádmela a mí».

—Tesoro, ya lo hemos hablado, es mejor así. Es mejor así —insiste.

—Pues yo creo que todavía estamos a tiempo de contar la verdad. No se puede vivir con esto aquí dentro —dice Tea, y señala un punto en el centro del pecho.

—Tranquilízate, tesoro. Es normal que de vez en cuando nos entren dudas, pero ahora no podemos echarnos atrás. Ha pasado más de un mes, la verdad a estas alturas sonaría a algo peor.

—No sé qué puede haber peor —gime Tea.

Tilde abandona la habitación. La determinación con la que camina hace que siempre sepan hacia dónde se dirige. Cacharrea en la cocina, golpea las puertas de la alacena, abre el grifo, lo cierra, se oye un topetazo contra la encimera de mármol (de un vaso, con toda probabilidad), un objeto metálico tintinea contra el cristal. Al cabo de un rato vuelve con un puño cerrado y un vaso de agua en la otra mano. Lo deposita sobre la mesa camilla con la resolución con que se ejecutan las acciones rutinarias. Abre un papel fino, casi transparente, y vierte unos polvos en el interior del recipiente.

Por primera vez Tea se incorpora con decisión. Sus ojos brillan como si hubiese visto el sol. Ya no duda. Alarga el brazo y se bebe el líquido de un trago.

—Acuéstate, tesoro —le susurra Tilde.

Tea mira a su hermana con devoción y asiente, tranquila, adelantándose a la calma que vendrá.

—Gracias, Tilde. Tú siempre tan…

Tea se traga las últimas palabras, lo hace constantemente, como si de antemano aceptase su derrota. Eloísa se pregunta si serán ellas las culpables de que no se esfuerce en vivir. Es catorce años mayor que ella, solo un año menor que Tilde, pero se comporta como una niña. Sabe muy bien que no se puede sedar el sufrimiento, que los polvos no hacen magia y que cualquier día se volverán en su contra, pero ella también está cansada, y por esta vez se conforma.

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2

Me puse a llorar cuando alguien mencionó las magdalenas. No fue por las magdalenas, en realidad. Parecía que no venía a cuento (y, por supuesto, nadie entendió mi reacción ni yo di más explicación), pero, en ese momento, las magdalenas eran mucho más que unos bollos encopetados hechos con masa de bizcocho. Cómo explicarles a ellas, que nunca me habían visto llorar, que, con veintiún años tras la muerte de madre, las magdalenas eran el recordatorio de la vida que ya nunca tendría.

CLOTILDE ASOREY

Eloísa sigue a Tilde hasta la cocina, detrás camina Celia. No es habitual distinguir un signo de interrogación cincelado con tanta claridad en el rostro de la mayor. Normalmente lo hace todo con diligencia, sin quejarse ni dudar. Es la rotundidad hecha carne, el Faro de Alejandría antes de que acabase hecho añicos. Aunque ya ha cumplido los cuarenta, Tilde lleva siendo una mujer madura toda su vida, como si hubiese adoptado su forma definitiva —una muy grande— a una edad temprana mientras todo lo demás está sujeto a cambio.

—Empiezo a dudar de que hayamos hecho bien —exclama de pronto—. No hemos tenido en cuenta a Tea. No lo suficiente. No sé cómo vamos a sobrellevarlo, no podemos darle Veronal cada vez que la cosa se pone fea.

—Os dije que no era una buena idea —refunfuña Eloísa. Hace un rato que ha empezado a estrujar la falda, ahora cierra los puños con fuerza.

—Creí que lo hacíamos por nosotras —se defiende Tilde.

—Y, para salvarnos a nosotras, no dudamos en sacrificar la reputación de padre.

—Yo solo… Pensé que sería lo mejor… Era algo temporal, hasta que todo se calmase…

—¡La muerte no puede ser temporal! —grita Eloísa.

—Pero todo estaba revuelto —se lamenta Tilde—. Quién podía saber que no sería para tanto…

—No hemos pensado en padre, Tilde, eso es lo que pasa.

—A padre siempre lo llevaremos aquí —dice Tilde llevándose la mano al pecho—, pero primero están los vivos, siempre lo he creído.

—Recuerda que estoy a punto de casarme —protesta Celia—. Para mí habría sido…

—¡Precisamente! En nada debería afectarte a ti la muerte de padre —contesta Eloísa.

—Pero cuatro mujeres solas… —insiste Celia.

—¡Cuatro mujeres sanas! —brama Eloísa—. Tres, tal vez. Ya va siendo hora de que cojamos las riendas de nuestras vidas y dejemos de tener en cuenta lo que opinan los demás. Me repugna que penséis así.

—La gente no está preparada, Eloísa —protesta Tilde—. No son como tú. Está bien que tengas ideas, tesoro, pero que las vayas esparciendo por ahí…

—¿No os dais cuenta? Calladas nunca cambiaremos nada.

Un sonido con la percusión final de un gong las pone en alerta. Desde hace un mes, el timbre supone una amenaza. Tilde coge la cántara que descansa sobre el fregadero de piedra. Ninguna de las dos hermanas protesta. La mayor lleva un mes abriendo la puerta. Carraspea un par de veces para aclararse la voz mientras con la mano que le queda libre se toca el moño, como si quisiese asegurarse de que sigue en su sitio, justo en mitad de la nuca. En algunos aspectos, el moño de Tilde es como ella, inflexible, equidistante.

—Tranquilas —dice bajando la voz—, a estas horas solo puede ser Dolores. Dejadme a mí.

Sus hermanas obedecen y se esconden detrás de la puerta.

—¡Ya va, ya va! —grita Tilde con la mano en el pomo.

—Buenas, señorita Clotilde —saluda una mujer de edad incierta y mejillas granates.

—Traes cara de frío, Dolores.

—De frío y espanto, sí…

Si hay algo que desprecia Tilde es el misterio. En su opinión, abusar de las pausas para alargar la incertidumbre es de personas mezquinas.

—¿Espanto por qué, mujer? —pregunta.

—Por todo, señorita Clotilde, por todo. Últimamente solo hay desgracias. Ahora, la muerte de uno de los niños de mis vecinos. ¿Le parece poco?

—No, no, pobre criatura…

—Una desgracia, señorita Clotilde. Murió de tuberculosis —dice sin que nadie le pregunte—, y no será el único, que ya se sabe que los muertos no vienen solos.

—Los muertos no vienen, mujer, los muertos… aparecen. No seas agorera, anda.

Dolores es la versión humana de un cuervo; oscura y severa. Tilde siempre ha pensado que su nombre le va que ni pintado. Es un recordatorio más que un nombre, una advertencia de que lo peor siempre puede estar por llegar.

—¡Arrea! —protesta la mujer—. Qué voy a ser agorera yo, nada de agorera, con todos mis respetos. He visto muchas cosas, eso es lo que pasa, y sé que las desgracias no vienen solas.

—¿Ves? Ahí te doy la razón: solas o no, las desgracias sí que vienen. Suéltalo ya, anda, ¿de qué calamidades hablas?

La mujer tuerce la boca como si no contemplase la posibilidad de callarse, pero no quisiera soltarlo al instante.

—¿No han oído nada? —pregunta al cabo de un rato—. Pero ¿en qué mundo viven ustedes?

—¿Oír qué, por Dios?

—¡Qué va a ser! Lo de la lavandera muerta en Galeras hace semanas, al lado de su piedra, ahorcada con su propia sábana.

—Suicidios siempre ha habido, Dolores. Y más que habrá. Se avecina una época de suicidios. Siempre ocurre cuando hay cambios —dice Tilde muy segura.

La mujer se pasa la manga de la chaqueta por la nariz antes de llenar la cántara. De pronto su mirada adquiere un brillo perverso, sostenido, de los que perforan los ojos ajenos.

—Tiene razón, señorita Clotilde, solo que esto no ha sido un suicidio, según tengo entendido. Parece que la cogieron por detrás. Dicen que se le quedó la boca abierta como a un pez que todavía boquea fuera del agua.

Un sonido agudo, de gato en celo, escapa por detrás de la puerta. Tilde carraspea todo lo alto que puede mientras Eloísa le tapa la boca a Celia, quien, para no gritar, estruja su cara contra la pared y araña su falda.

—No te entretengo, Dolores, que todavía te quedarán más casas —dice Tilde arrancándole la cántara de las manos.

—Sí, sí, será mejor que me vaya. No quiero importunarla más con estas historias, ahora que están solas, que bastante tienen ustedes con lo suyo.

«Lo suyo». Tilde apoya la cántara en su cadera y con el brazo que le queda libre traza una barrera en la puerta.

—¿Lo nuestro? ¿Se puede saber qué es «lo nuestro», Dolores?

Su tono hostil no ha pasado inadvertido a la mujer, que, por primera vez, titubea.

—Buueeno —estira tanto la «u» y la «e» que bien podría haber dicho tres palabras en el mismo intervalo de tiempo—, se rumorea que el doctor Asorey, su señor padre, ha tenido que marcharse de España.

Eloísa clava sus ojos en los de su hermana pequeña, que parece entender la amenaza, y, por esta vez, calla.

—¿Eso dicen? —pregunta Tilde.

—Sí, señorita, no es que dé yo mucho crédito a las habladurías, que si una hace caso a todo lo que oye…

—¿Fuera del país? ¿Y se puede saber por qué dicen que se ha ido?

—No sé, yo…

—No, no, Dolores, quiero saberlo. Adelante, cuéntame, ¿por qué se ha ido del país nuestro padre?

Dolores finge sentirse incómoda, pero sus ojos —brillantes como los del pescado fresco— y el aleteo nervioso de su nariz la delatan al instante.

—Bueno, ya sabe, como el rey ha tenido que salir por patas…

—A ver, mujer, ¿qué tiene que ver nuestro padre con el rey?

Dolores da un paso atrás, como si buscase protegerse.

—Yo solo repito lo que se comenta: no sé qué de una fuga de capitales o algo así, pero qué voy a saber yo si ni siquiera sé firmar —gorjea.

Celia se ha ido deslizando por la pared hasta tocar el suelo. Eloísa se sienta a su lado. Tilde carraspea varias veces seguidas y entorna la puerta hasta dejar una abertura de no más de treinta grados.

—No tengo tiempo para chismes, Dolores —contesta mientras maldice en silencio la lengua afilada de Felisa, a la que se vieron obligadas a echar de manera repentina por miedo a que Tea terminase confesando—. Nuestro padre ha tenido que ausentarse del hogar, pero ni está en el extranjero ni ha participado en ninguna fuga de capitales, que Dios los perdone a todos por sus embustes. Nuestro padre estará fuera una temporada, pero… volverá.

—Lo que usted diga, señorita Clotilde. Esperemos que sea lo antes posible entonces, que entre la República, la tuberculosis y la muchacha muerta están ustedes mejor en compañía de un hombre.

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3

Debería haber muerto yo. Mi muerte habría supuesto un alivio para todos (para mí, la primera). La de padre, en cambio…

Vuelve un ejército de caballos a galopar sobre mi pecho.

DOROTEA ASOREY

Tea siente que si no protesta es porque no puede, así de sencillo. Es oír hablar de protección y se le remueven las entrañas. La protección no existió para ella. No es fácil ser consciente de la situación y no poder hacer nada para cambiarla. Le gustaría explicárselo a sus hermanas, pero para eso hay que tener una fuerza que ella desde luego no posee.

La paciencia de todas es infinita, sobre todo la de Tilde. Por una cuestión de edad, ambas llevan juntas más tiempo que ninguna. Las pequeñas no lo comprenden; no tienen por qué hacerlo, no han vivido lo que ellas ni nadie les ha hablado de aquello. Nadie habla de los asuntos turbios en las familias de bien, es casi una norma. El problema es que los asuntos turbios no se reabsorben como algunos hematomas internos de los que hablaba su padre, los asuntos turbios que no se tratan terminan por explotar, causando una muerte lenta y silenciosa.

Sus hermanas creen que no puede oír sus susurros solo porque no replica (eso explicaría por qué no dejan de murmurar a sus espaldas). No puede replicar, pero sí oír casi cualquier sonido. Sería injusto enfadarse. Ellas la quieren. Sabe que la quieren. A su manera, que es muy distinta a como a ella le gustaría que la quisiesen. Su insistencia en mantenerla con vida es una injerencia y al mismo tiempo una muestra de amor infinito. No quieren hacerle daño, pero de todos modos se lo hacen. Le gustaría dejar de ser un estorbo, esa sombra muda y espectral que deambula por la casa y que todo lo oye. Una vida como la suya es una bofetada al aire, un derroche de energía estéril. Saberlo la hace terriblemente infeliz. A veces se fuerza a sonreír solo para darles el gusto a sus hermanas.

No hace mucho, incluso se rio de verdad, para su propia sorpresa. Resulta curioso asombrarse a una misma a estas alturas. Fue poco después de la muerte de su padre. En un intento por volatilizar la atmósfera pesada de los primeros días, Eloísa abrió un debate sobre el origen truculento de las abreviaturas de los nombres de las mayores. Lo cierto es que ella agradece que no la llamen Dorotea. Cuatro sílabas son muchas para alguien que pretende pasar de puntillas por la vida. Eloísa se encaramó a una de las estanterías de la biblioteca del salón. «La respuesta casi siempre está en los libros», dijo mientras alcanzaba un diccionario. «Veamos…». Carraspeó dos veces para aclararse la voz. Nadie acapara la atención de los demás como Eloísa. «“Tea —leyó—: astilla de madera resinosa que arde con mucha facilidad y con llama viva. Antorcha”. No sé yo si esto me convence…», siguió recorriendo con el dedo índice la página de arriba abajo. Y de pronto: «¡Esperad! Aquí hay algo que creo que define más a nuestra Tea». Hizo una pausa teatral para crear expectación como solo ella sabe hacer. «¿Qué dice, qué dice?», preguntaron las demás. «¡Borrachera!», exclamó. Todas se rieron, incluso ella, aunque menos. «Ahora búscame a mí, anda, Eloísa», rogó Tilde. «Está bien, veamos… Tilbe, tílburi, tildar… “Tilde: pequeño trozo o raya dibujado o escrito. Tacha. Cosa insignificante”».

Ni aun queriendo, Tilde podría ser insignificante. Nadie con esas manos y esos pies podría serlo. Ella, en cambio, menuda y asustada como un ratón de campo… Se impuso la teoría de que los nombres estaban intercambiados. Tea no esperaba que un sonido grave, como de trueno enlatado, pudiese explotar en su garganta de aquella manera tan espontánea. No lo esperaba en absoluto. Sus hermanas se giraron horrorizadas. Pudo ver sus bocas y sus ojos abiertos. «¿Habéis oído? —susurró Celia—. Puede que por momentos incluso sea feliz». Pero Tilde enseguida puntualizó, también por lo bajo, que lo único que significaba su risa es que estaba viva.

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Compostela conserva intacta su voluntad de servir y atraer a los forasteros, pero, con los de casa, la cosa cambia.

Con ellos es tremendamente exigente. Que me lo digan a mí.

ELOÍSA ASOREY

Bisbisean las hordas vestidas, en su mayoría, de negro: seminaristas, viudas, plañideras, huérfanos, mendigos, prostitutas, monjas, incluso niños. Bisbisean como una acción natural ante lo que les es extraño o les intriga. Del mercado a casa, de casa al rosario, del rosario al lupanar. Lo importante es el murmullo; lo de menos, las palabras.

Bisbisean al cruzarse con ella, como un enjambre de avispas enloquecidas.

Eloísa baja la cuesta de San Miguel procurando no mirar a nadie. No le resulta difícil, con lo que tiene encima le basta. La maraña de nubes crea una atmósfera estática, pesada, sucia. Mira al cielo en busca de una respuesta. Tres días sin lluvia son muchos a finales de abril. Se pregunta cómo sería vivir en un lugar sin nubes, con el sol descubriéndolo todo y haciendo que el mundo brille tal y como es. A la fuerza sería diferente.

Al llegar a la escalinata de San Martín Pinario, gira a la derecha. Las primeras gotas caen espaciadas pero rotundas; una en la cabeza, otra en la mano. Si no se da prisa, las octavillas que guarda dentro de su chaqueta de lana se echarán a perder. Tras una breve carrera, alcanza la puerta de forja —de un rojo sangre— al comienzo de la calle de los Laureles. El olor agrio a tinta y a aceite de trementina la reconforta por dentro como un trago de absenta. «¿Hola?». El saludo se convierte en pregunta en el último momento. El silencio se prolonga durante unos segundos en los que el corazón se le desboca. «Virginia Woolf», susurra para sí.

Una voz clara llega desde la estancia contigua.

—Tranquila, no hay moros en la costa.

Alicia es la hija del dueño de La Arcadia, una imprenta con ínfulas de editorial. «Todo se andará», dice su padre. Ahora que parece que habrá libertad, quizá tenga más sentido publicar libros.

No es que el padre de Alicia no sepa qué se traen entre manos, él mismo las alienta a luchar por lo que merecen. «La democracia no será plena si no se consigue el sufragio femenino», dice a todas horas. Pero, a fin de cuentas, La Arcadia es un negocio, y les pide discreción hasta que la gente se acostumbre a la nueva situación.

«La nueva situación». Por alguna razón, las tres palabras se le atragantan. Le suenan siempre a la muerte o al nacimiento de alguien. Aunque quizá el padre de Alicia tenga razón, puede que sea mejor ser cautos hasta que haya cuajado la idea del cambio. Para no llamar la atención, hace un año fundaron una sociedad literaria. Entre asamblea y asamblea leen y comentan piezas literarias, en su mayor parte escritas por mujeres, pero también por algún hombre.

La obra con la que inauguraron la sociedad resultó ser todo un descubrimiento. Como Alicia es la única que habla inglés (su madre es del mismo Londres), tuvo que traducirles A Room of One’s Own (algo así como «Una habitación propia»), de Virginia Woolf, una escritora inglesa que escribe como si viviese en el futuro. Tal fue la fascinación de todas por la autora que decidieron usar su nombre como santo y seña.

—He venido a traer las octavillas que me sobraron —dice depositando el montón sobre uno de los chibaletes de madera—. Lo siento, no he podido repartir muchas.

—Tranquila, creo que a todas nos ocurre lo mismo. Lleva un tiempo acostumbrarse a no tener que esconderse. Por cierto —el tono de Alicia se vuelve grave—, espero que tu padre esté bien. He oído rumores, ya conoces a la gente de esta ciudad… Solo quería que supieras que si tienes algún problema, puedes contar con nosotros.

Eloísa se toma unos segundos para disimular su enfado. El aire impregnado de tinta le rasca por dentro.

—Ningún problema —contesta.

—Bien, bien —se defiende Alicia—. Tanto mejor.

—Perdona, es que a veces esta ciudad me pesa…

—A mí no me incluyas. Yo soy medio extranjera, y tampoco pretendo encajar. Además desprecio el chismorreo, me parece una pérdida absurda de tiempo. El chismorreo es para los que no tienen ningún objetivo en la vida. A mí solo me interesa lo que tiene que ver con las personas que me importan, pero supongo que eso no es chismorrear, es preocuparse.

Eloísa se encoge de hombros. De un tiempo a esta parte, la falta de verdad la deja sin saber cómo comportarse.

—¿Nos ponemos a trabajar? —farfulla—. Dentro de poco no podré dedicarme tanto a esto.

Alicia enarca las cejas y guarda silencio. Eloísa la mira con disimulo y se imagina que piensa: «Di lo que quieras, sé que tu padre está muerto».

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Agradezco enormemente no tener que vestir de negro; siento que me robaría frescura y juventud, pero, a cambio, hemos sido privadas de un duelo en condiciones, lo que está resultando muy duro. La muerte conlleva una serie de convencionalismos y visitas. Siempre he creído que no hay nada malo en llorar y dejarse consolar. Bien sabe Dios que últimamente hay pocas ocasiones para recibir.

La cosa está peor que nunca en ese sentido.

CELIA ASOREY

El luto es un recordatorio permanente de la muerte. Por mucho que diga Tilde, lo que no se ve es más fácil de olvidar. A veces le vienen recuerdos, pequeños chispazos en los que se le aparece su padre, dice algo y se va.

Celia cree que a las personas altas y fuertes se las respeta de antemano, y que alguien con la envergadura de su padre (a Tilde le ocurre lo mismo) tiene parte de los argumentos ganados. Su buen juicio, en su caso, hacía el resto. Cuando él hablaba, ellas guardaban silencio y escuchaban como si fuese el oráculo de la verdad. Tal vez no todo fuese cierto (sospecha que a veces hablaba solo para entretenerlas), pero era lo más interesante que se podía oír por estos lares. En cambio, dosificaba la información sobre sí mismo como nadie. Poco antes de morir se le escapó que un conocido lo había tachado de ambiguo; le dijo que ser ambiguo era como ser cobarde, que los ambiguos no cambian el rumbo del mundo y que lo que necesitaba el país era menos ambiguos y más gente con agallas. «Me acusan de pasividad», cree que fueron sus palabras exactas, susurradas. Estaba realmente abatido. Ella entonces no le dijo nada, pero cree que era verdad.

Aunque, ahora que cae, puede que lo hiciese por ellas.

Celia compara lo que les ha ocurrido a sus hermanas y a ella con una guerra. Todo lo que han sido y tenido en la vida se ha volatilizado de la manera más cruel.

Afortunadamente, su situación no es la de sus hermanas (por suerte, dentro de poco se casará con Víctor). Ella tiene futuro, uno muy próspero, se atreve a pensar. Quizá a Eloísa también le espere un futuro, pero uno mucho más incierto, las cosas como son. Tea y Tilde, en cambio, están condenadas a aferrarse al pasado, pobriñas, no les queda otra.

Plantada frente al espejo de la entrada, Celia pone tanto esmero en acicalarse que parece que fuese a salir. Mantener un buen aspecto es importante, incluso ahora. Merece la pena el empeño en que no se escape ningún pelo del prendedor. La gente dice «un pelo» como si fuese una unidad de medida insignificante. No está de acuerdo. En absoluto. Un solo pelo fuera de control denota dejación. Solo hace falta ver a Eloísa, con esos mechones precipitándose como un jardín colgante por su cara —demasiado angulosa para una mujer—, para darse cuenta de que ha abandonado toda esperanza de casarse. Quizá su hermana todavía esté a tiempo, aunque para eso tendría que aprender a peinarse, ganar algo de peso y empezar a guardarse sus opiniones. Sobre todo eso. Ella, en cambio, rebosa pulcritud y salud. Ningún pelo se precipita sobre su cara. Tampoco hay aristas en su cuerpo, todo luce romo sobre sus huesos. Como debe ser. Celia sonríe, complacida, y en silencio bendice su buena suerte en el reparto de atributos. Pero sea como sea, sus hermanas siempre podrán contar con ella. Ya lo ha hablado con Víctor y él se ha mostrado de lo más comprensivo. Siempre lo hace, incluso en el momento más delicado de sus vidas estuvo a su lado.

Qué suerte la suya.

Celia dedica un último vistazo al espejo en el momento en que Tilde grita que la comida está servida. Ella contesta que ya va, dos veces, alargando mucho la «a», con un aire de condescendencia que le encanta, mientras piensa que quizá un día de estos se anime por fin a salir a la calle.

Veintiún años es la edad perfecta. ¡Qué sensación tan grata saber que está en el punto en el que todo lo bueno está aún por pasar!

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Resulta curioso comprobar cómo por desesperación a menudo se cometen locuras irreversibles que paradójicamente nos llevan a dejar de estar a salvo. Muy curioso.

Ahora ya está hecho. No soy tan mezquina como para echárselo continuamente en cara a mis hermanas, aunque a veces me entran unas ganas irrefrenables de abofetearlas.

Pobre padre, parecía tan sano… Solo que estaba muerto.

Tilde lo llama «el incidente», pero yo creo que solo es la vida.

ELOÍSA ASOREY

Se ha impuesto un ritmo inmortal, fangoso, como si el tiempo no fuese a avanzar nunca. Deberían abrir las ventanas para que la casa deje de oler a moho y a galleta reblandecida. La humedad penetra en los cuerpos. Nada cruje durante mucho tiempo, todo se ablanda en menos que canta un gallo, también los huesos.

Las hermanas recogen la mesa. Todas menos Tea, que ha ido a tumbarse en el diván. Con el correr de los años han aprendido a no contar con ella. Y si no fuese porque estaba presente aquel día lechoso del mes de marzo, de atmósfera estática y agua nieve, tampoco la habrían incluido en aquello. Pero a ninguna se le escapa que su estado ha empeorado desde entonces.

Eloísa abre la ventana y contempla el patio desde arriba. La belleza del magnolio, grandioso y desproporcionado para la superficie que ocupa, con su entramado de raíces tuberosas al aire, compensa en parte el recuerdo de aquel día. Debería haberse impuesto ante semejante majadería, insistir en el error irreparable que suponía una decisión como esa, pero no fue capaz de mostrarse firme y, para cuando recobró la cordura, subía las escaleras con una pala en las manos y la cara y el pelo embadurnados de barro.

Tilde no calla con que deben hacer lotes con algunas de las pertenencias de su padre. «No podemos esperar a vernos en dificultades», suelta cada poco tiempo, como un reloj de cuco. A veces hacen cosas para contentar a Tilde, como si sintiesen que se lo deben. Hace un rato Tea quiso ofrecerse a ayudar, pero su falta de ánimo y de costumbre hizo que ninguna la tomase en serio. «Ya nos ocupamos nosotras, tesoro», contestó Tilde. Y añadió, rebosante de razón: «Tú padeces de los nervios, y todos saben que los nervios paralizan».

Eloísa cree que si Tilde no ofende con sus palabras es por la naturalidad con la que brotan de sus labios. Tiene una habilidad asombrosa para convertir todo lo que dice en verdad, tanto que no les sale confrontarla. A Celia le ocurre lo contrario. En su boca, las palabras suenan urticantes, vacías, y a todas les entran unas ganas incontenibles de rebatirlas una por una.

—No podréis contar conmigo por mucho tiempo —dice ahora moviendo el dedo anular de su mano derecha con aires de mujer de mundo.

—Pero, hasta entonces, apandarás como nosotras —replica Eloísa.

—Deberíamos hacer una lista de las cosas que podemos vender; supongo que el autoclave y demás instrumental tendremos que dejarlos estar, al menos de momento —indica Tilde dedicando una mirada decidida al techo, que hasta hace poco también era el suelo de la clínica. Habla bajando la voz, despacio, como si pensase en alto.

—Están las alhajas de madre —exclama Eloísa de pronto.

—No quiero que las toquéis —gime Celia—, tenemos una biblioteca llena de libros…

—¡Los libros no se tocan! —brama Eloísa—. Somos lo que somos gracias a ellos.

—¿Y qué somos, si puede saberse? —pregunta Celia.

Eloísa se toma unos segundos para disponer las palabras en el orden en el que quiere que salgan de su boca; es importante que lo intente, no siempre es capaz de hacerlo, no tiene ese carácter sosegado.

—Mejor de lo que seríamos sin ellos; odio tener que explicarlo todo, me entra una sensación de aburrimiento… Padre se revolvería en su tumba.

Cuando se da cuenta, ya lo ha escupido. Tilde traza una señal de la cruz lánguida y desdibujada, casi redonda, mirando al techo, que esta vez no es la clínica, sino el cielo.

—¿Qué tumba, cretina? —replica Celia.

Tea lleva un rato atenta a la conversación, aunque su cuerpo parece haber abandonado el mundo hace tiempo.

—Tienes razón, si al menos tuviese una… —susurra.

—Bueno, bueno —protesta Tilde—, no empecemos con la mon­serga, que así no hay quién avance.

—¿Tú nunca dudas, Tilde? —pregunta Eloísa de pronto.

La garganta de Tilde descorcha una carcajada impostada.

—Claro que sí, yo no soy esclava de mis acciones ni de mis palabras, soy flexible como un junco porque nací práctica, y eso te evita muchos problemas en la vida. Tú, en cambio, pobre niña, te crees en la obligación de luchar continuamente.

Los ojos de Eloísa buscan la única porción de tierra sin hierba del jardín.

—Yo podría empezar a dar clase, ahora que parece que van a construir escuelas y contratar maestros —dice pasado un rato.

—No quiero que sientas que tienes que ser el hombre de la casa, Eloísa —señala Tilde.

—Nunca seré un hombre. ¡No quiero ser un hombre! Me gusta ser mujer.

—Y una mujer bien guapa, sí, señora —se apresura a contestar su hermana—, aunque te empeñes en comportarte como si fue­ses f

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