Andrew Thomas
I
Andrew llegó a esa lejana provincia por una serie de circunstancias y coincidencias de las que se suele culpar al destino. Nacido en el País de Gales, de madre colombiana y padre galés, había vivido en Aberystwyth apenas lo suficiente para albergar uno que otro recuerdo. Tal vez realmente lo que guardaba de sus primeros años no eran recuerdos sino evocaciones surgidas después por referencia de sus hermanas mayores.
El padre de Andrew, Edward Thomas, era un experto en minas de plata que a finales del siglo XIX había conocido en las montañas colombianas a Mercedes Torres, con quien poco después contrajo nupcias. Terminada la explotación minera en Colombia, el matrimonio, aún sin hijos, regresó a instalarse en Aberystwyth, ciudad galesa de la que era oriundo Edward Thomas. Allí iniciaron una vida apacible y entre viaje y viaje de Edward fueron naciendo los hijos. A comienzos del siglo XX eran cinco los hermanos, de los cuales Andrew era el benjamín y único varón.
A diferencia del área minera de Gales, donde el sufrimiento y la tragedia eran parte de la vida cotidiana, Aberystwyth era una ciudad alegre y hermosa, situada frente a un mar siempre encrespado en cuyas orillas desfilaban casas iguales, aunque pintadas de diferentes colores.
La familia iba creciendo como cualquier otra del lugar, sin privaciones ni sinsabores excesivos. La principal preocupación de Mercedes era que sus hijos aprendiesen español y conociesen algún día Colombia de modo que pudiesen escoger dónde querían pasar el resto de sus vidas. Edward se ausentaba por largas temporadas a explotar minas en países remotos y uno de los recuerdos que Andrew atesoraba eran los regresos de su padre cargado de toda clase de objetos extraños: lanzas y escudos de tribus africanas, collares y pieles de tigre de la India y pájaros exóticos a los que, obsesionado desde niño con la libertad, él dejaba escapar ante la furia de sus hermanas y la complacencia de su padre, de cuyo rostro Andrew únicamente recordaba la sonrisa cómplice con la que celebraba sus travesuras.
La vida de Mercedes giraba en torno a las ausencias y regresos de Edward, que siempre estaba por irse o por llegar. Quizás aquellas prolongadas esperas fueran las responsables de su carácter taciturno, que a medida que se sucedieron las tragedias devendría en hosco y sombrío. En Andrew se confundirían desde niño la afabilidad de su padre con la melancolía de su madre y, aunque con los años la sonrisa triunfaría sobre el rictus, en la mirada de Andrew quedaría impresa un poco de la tristeza andina de Mercedes.
Nadie en la familia recordaba con precisión la fecha en la que el señor desconocido había llamado a la puerta de la casita de los Thomas, ubicada en una de las colinas más próximas al mar de Aberystwyth. Madeleine, la segunda de las hijas, fue la que llegó a avisar a su madre que preguntaban por ella. El visitante resultó ser Stephen Lewis, director regional de la Compañía Minera de Indias, para la cual Edward había trabajado toda su vida. En la mente de Andrew quedaría grabada la imagen de aquel señor muy alto, de pie en la pequeña sala de su casa, dando vueltas al sombrero entre los dedos mientras informaba a Mercedes que Edward había fallecido mientras trabajaba en una mina africana. Aunque desconocía los detalles de la tragedia, el señor Lewis sí sabía que la muerte había sido instantánea y que otros cinco empleados habían fallecido en el mismo accidente. La compañía enviaría próximamente a la viuda una suma de dinero correspondiente a la indemnización que se otorgaba a las familias en tales circunstancias, además de algunos pagos adeudados a Edward por sueldos aún sin cobrar. Incluiría también la suma necesaria para trasladar el cuerpo hasta Aberystwyth, tarea que tomaría aproximadamente un mes y medio. Casi sin pensarlo, Mercedes decidió que el cuerpo de su marido fuera enterrado en el lugar de su deceso y que se le entregara a ella directamente el dinero equivalente al costo del traslado de los restos. De los hijos, ninguno llegaría a saber con exactitud dónde murió ni dónde yacía enterrado Edward Thomas, que había perdido la vida en una mina extranjera a diferencia de tantos que sucumbían en Gales víctimas de las minas de carbón.
Años después, Andrew intentaría en vano averiguar el lugar en el que reposaban los restos de aquel padre que apenas conoció. Mercedes aseguraba haberlo olvidado e insistía en que los documentos con la información se habían extraviado en la travesía de Aberystwyth a Barranquilla. Andrew sospechaba que algo recordaba su madre, que siempre concluía la conversación con aquella forma, tan propia de ella, afirmando tajantemente que prefería que recordara a su padre como un hombre de carne y hueso y no como una cruz de palo en algún lugar lejano. Con el tiempo, la idea del padre muerto y sepultado en África se fue idealizando en el poeta incipiente que había en Andrew, quien asociaba a su progenitor con la imagen de una pequeña y solitaria cruz blanca perdida en la negra inmensidad de África.
No había transcurrido un mes de la muerte de Edward cuando ya la viuda Thomas tenía todo listo para regresar a su Colombia nativa. De nada sirvieron los ruegos de su suegra y del resto de los parientes políticos: Mercedes quería iniciar una nueva vida y solo podría lograrlo cambiando de país, de costumbres y de sentimientos. Ante los reproches de su suegra ripostaba con un “Yo también tengo mi propia familia y mis hijos ni siquiera la conocen”. Y ante las protestas de las hijas mayores, que ya habían empezado a sembrar en Aberystwyth sus pequeñas raíces, ponía fin a la conversación con la frase que llegaría a ser su favorita: “Recuerden que ahora yo soy viuda y ustedes son huérfanos”.
De Gales partieron rumbo a Colombia, un día de mayo de 1906, Mercedes Torres viuda de Thomas, Sarita, Madeleine, Rachel, Brunilda y Andrew Thomas. El dinero enviado por la compañía minera había alcanzado para adquirir los pasajes y sobrado el monto que Mercedes consideraba indispensable para sostenerse en Colombia mientras encontraba cómo ganarse la vida. Ella confiaba en que alguna de las muchas cartas enviadas a su familia más próxima hubiese llegado a su destino, aunque hasta el momento de embarcarse todavía no había recibido ninguna respuesta. Esperaba, sobre todo, que su único hermano, José, que vivía en Barranquilla, estuviera enterado de su próxima llegada a ese puerto colombiano.
La despedida en Aberystwyth estuvo impregnada de esa tristeza estéril que hay en los adioses de quienes sospechan que no volverán a verse. Sarita y Madeleine, que entonces contaban catorce y doce años, lloraban en medio de los abrazos de la abuela y de los tíos; Rachel y Brunilda, que a los siete y cinco años solo pensaban en el barco y la nueva aventura, ni siquiera intentaban disimular su entusiasmo e impaciencia por subir a bordo, y Andrew, de cuatro años, contemplaba todo aquello con una mezcla de curiosidad y de tristeza al ver lágrimas en los ojos de sus hermanas mayores y de su abuela. Como su madre permanecía seria, sin exteriorizar sentimiento alguno, Andrew terminó por imitar la expresión de su progenitora. Lo último que recordaba de aquella despedida era la mirada llorosa de su abuela galesa cuando, inclinándose para abrazarlo, decía con delicadeza: “Andrew, my little Andrew, will I see you again some day?”.
El Wellington no era precisamente un buque de pasajeros. Por lo regular transportaba carga entre Inglaterra y América del Sur, pero le habían habilitado 12 cabinas para acomodar a aquellos pasajeros que más que las comodidades les importaba el precio del pasaje, que se ofrecía a una fracción del costo regular. La viuda de Thomas y sus hijos ocuparon dos de esas cabinas contiguas en las que, a pesar del reducido espacio, se las habían ingeniado para acomodarse tan bien que otros pasajeros imitaron sus arreglos. Las cabinas estaban ubicadas en el tercer nivel y hacia la mitad de la nave, por lo que el aire escaseaba y la higiene se dificultaba. Durante el día, siempre que el tiempo lo permitiera, los Thomas procuraban permanecer en la cubierta.
Aunque mayo no era época de huracanes ni tormentas, rara vez estaba el Atlántico en calma y en algunas ocasiones resultaba imposible sostenerse en pie. Los únicos que nunca cayeron víctimas del mareo fueron Andrew y su madre, pero las pobres niñas Thomas se pasaron los primeros días de la travesía sin poder retener bocado. Quién sabe si el consiguiente debilitamiento fue la causa de la indefensión de Brunilda y Madeleine ante la epidemia que se desató a bordo diez días después de zarpar.
De las hijas de Mercedes, Madeleine era, sin lugar a duda, la favorita. Aunque siempre procuraba ser justa y ecuánime en el trato, nunca pudo ocultar su predilección por Madeleine y por Andrew, este por ser el único varón y aquella porque era bella, generosa y estaba siempre pendiente de su madre, no solo para ayudarla en sus tareas domésticas, sino para procurarle ratos de felicidad. La espontaneidad y auténtica alegría de Madeleine eran la única fuente de sonrisas y de alguna risa insólita en la taciturna expresión de Mercedes. Sarita, la hija mayor, que adoraba a su madre, era su principal sostén y ayuda, como lo sería luego para toda la familia, pero Madeleine, todavía una niña, era el rayo de sol de su madre, de sus hermanas y, sobre todo, de Andrew. Dueña de una preciosa voz galesa, lo arrullaba antes de dormir y dejaba flotando en el ambiente una paz que sembraba sueños placenteros en toda la familia.
El día que enfermó Madeleine, durante la segunda semana de la travesía, Mercedes presintió lo peor. Se dedicó a cuidarla con todo el esmero y cariño de que era capaz, pero al tercer día la fiebre no cedía y cada hora que pasaba se hacía más palpable el debilitamiento de la pequeña. El médico de a bordo se limitó a diagnosticar la tifoidea, recetarle algunos medicamentos y colocarla en cuarentena en un pequeño cubículo de la sección del buque destinada a enfermería y hospital. Allí permaneció Mercedes con Madeleine cinco angustiosos días, sin moverse de su lado. Sarita, como siempre, se hizo cargo de sus hermanos y los cuidó como pudo para evitar el contagio. La mañana del sexto día, Mercedes, demacrada y con una expresión de dolor que nunca olvidarían sus hijos, emergió de la enfermería para anunciar que Madeleine acababa de morir.
En la memoria de Andrew quedaría grabada la tarde de ese día. Llovía y el capitán había ordenado deshacerse enseguida del cuerpo. Madeleine, su querida Madeleine, ya no lo arrullaría más. Pálida y empapada por la lluvia, yacía en un improvisado ataúd en el que se le practicaban los últimos ritos. Luego de colocar la tapa la echarían por la borda y quedaría flotando en la mitad de un mar hosco y oscuro, incapaz de arrullar cadenciosamente los restos de quien tanta alegría había traído a la familia Thomas.
Con Madeleine eran ya seis los pasajeros del Wellington que habían fallecido. Faltaban diez días de viaje, la epidemia persistía y a pesar de todos los cuidados, dos días después del fallecimiento de Madeleine enfermó también la pequeña Brunilda. Nuevamente Mercedes se entregó por entero a la hija enferma y una vez más vieron sus hijos aquel inmenso dolor en el rostro de su madre cuando, apenas tres días después de enfermar, moría también Brunilda. Andrew no recordaba que esta nueva pérdida hubiera sido tan traumática como la primera, quizás porque Brunilda, de apenas cinco años, no ocupaba todavía espacios vitales en la familia. O tal vez porque había sido tanto el dolor y el cansancio de las últimas semanas que los Thomas estaban ya vacíos de sentimientos. Y Brunilda, la hermana con la que jugaba y disfrutaba Andrew durante los interminables días a bordo del Wellington, también quedó flotando en una caja pequeñita en medio de la gris inmensidad del océano.
Finalmente, a mediados del mes de junio, el Wellington entró en la desembocadura del río Magdalena y ancló frente a Barranquilla. Para entonces Mercedes Torres había dejado de reír y por más que Sarita, Rachel y Andrew lo intentaban, apenas si lograban de ella el esbozo de una sonrisa de agradecimiento ante el esfuerzo de aquellos hijos que en vano trataban de mitigar el dolor que las ausencias de Brunilda y, sobre todo, de Madeleine, habían sembrado para siempre en el alma de su madre. Previo al desembarco, los pasajeros tuvieron que soportar algunas precauciones sanitarias. A Sarita, Rachel, Andrew y Mercedes, igual que a los familiares de las otras víctimas de la tifoidea, se les examinó con mayor rigurosidad antes de permitirles abordar los botes que los transportarían a tierra firme. Finalmente, fueron declarados en buen estado de salud y dos días después de que el Wellington echara anclas los Thomas navegaban con todos sus bártulos en un pequeño bote de remos rumbo al país en el que había nacido su madre. A medida que se aproximaban al muelle aumentaba la ansiedad de Mercedes, que buscaba con la mirada a su hermano José sin encontrarlo. Ya estaba la familia con todas sus pertenencias en la mitad del espigón y aún no había señales de él. ¿Ahora qué?, se preguntaba Mercedes, cuando vio aproximarse una carreta tirada por un viejo caballo desde cuyo pescante saludaba, sonriendo, el hermano a quien no veía desde hacía veinte años.
José Torres era un hombre enorme y fuerte, muy poco parecido a su hermana. Sus rasgos eran mucho menos aindiados y tenía una expresión alegre y bonachona. Andrew lo vio cargar los baúles y maletas como si fueran de pluma y cuando lo tomó en brazos para subirlo a la carreta le pareció que aquel tío había salido de uno de los cuentos de gigantes que le leía Sarita.
Luego de un corto trayecto, en el que José se enteraría de la tragedia ocurrida a bordo, arribaron a una casa, ubicada a escasas tres cuadras del muelle, donde José Torres tenía su almacén con toda clase de artículos para la navegación. Justo al lado se hallaba la vivienda, amplia y muy limpia, donde los esperaba la tía Ángela, con quien José se había casado hacía ya diez años sin que hasta ese entonces hubieran tenido hijos. Los Torres de Barranquilla habían arreglado las cosas de modo que sus parientes galeses dispusieran de dos habitaciones completas, un baño y una pequeña salita. Desde la ventana de la habitación de los niños se contemplaba la actividad del puerto, tan distinta de aquel que hacía menos de un mes habían dejado atrás y que nunca más volverían a ver.
Clara Calero
I
Mientras Andrew Thomas y su familia navegaban rumbo a Barranquilla, nacía en la ciudad de Cali Clara Calero. Su padre, Jorge, un próspero industrial y hombre de negocios colombiano, había contraído nupcias, ya cumplidos sus cincuenta años, con Abigaíl López, veinte años más joven e hija única de uno de los más distinguidos representantes del partido liberal caleño. Abigaíl, educada en Europa, había vivido en París los últimos quince años y recién de regreso en Cali quedó encantada con aquel hombre maduro, de una cultura tan vasta como la de ella, con quien podía comunicarse en francés o italiano y sentirse un poco como en la Europa que tanto extrañaba. Entre sus planes estaba el de trasladar su residencia a París lo antes posible, aunque Jorge insistía en liquidar sus negocios sin apuros antes de retirarse. El nacimiento de Clara les había hecho posponer sus proyectos y acordaron permanecer en Cali hasta que la niña llegara a la edad escolar. Mientras tanto, podrían visitar Europa cada año, de modo que al llegar el momento del traslado definitivo estuvieran ya seguros del barrio, de la calle, de la ciudad y del país donde pasarían el resto de sus vidas. Abigaíl no albergaba ninguna duda de que tendrían un piso en la calle De la Madeleine, muy cerca de los Campos Elíseos y que la pequeña Clara estudiaría en la misma escuela en la que ella había aprendido a amar a París. Jorge, por su parte, deseaba analizar más a fondo las posibilidades de Roma, pues pensaba que Italia ofrecía más oportunidades culturales que Francia.
La infancia y la niñez de Clara fueron similares a las de cualquier otra niña rica de Cali, aunque quizás ser hija única y muy hermosa motivaron más mimos y atenciones, no solamente de sus padres sino también del resto de la familia. Varios viajes a Francia e Italia y el hablar, desde pequeñita, un poco de francés y de italiano la hacían diferente de sus primos y amigas, que a veces la trataban como un bicho raro.
Jorge, cuyos asuntos le dejaban tiempo para estar en casa, se preocupaba mucho por la educación de la pequeña Clara. Con enorme ternura la había guiado por los senderos donde ocurrían las aventuras de los personajes de Julio Verne y al escucharlo leer se pensaría que Jorge disfrutaba las lecturas tanto como su hija. En realidad, lo que más le entusiasmaba era abrirle la imaginación mientras él hacía énfasis en algunos valores básicos que quería inculcarle desde pequeña. Julio Verne fue para Clara no solamente un cúmulo de aventuras increíbles, sino también una fuente de valores morales y buenos sentimientos, que su padre sabía destacar en el momento preciso del relato.
Convencido de que Clara sería hija única, Jorge la llevaba con él a conocer sus fincas, sobre todo el muy productivo ingenio de azúcar que tenía en las afueras de Cali. El maestro oculto que había en él afloraba en toda su plenitud cuando, con gran paciencia, le explicaba a su hija cómo aquellos tallos verdes y recios se irían transformando en granos dulces y cristalinos hasta llegar a la mesa del desayuno para endulzar el café.
Aquel amor por La Esmeralda conllevaba el riesgo de que Clara se fuera apegando cada vez más al terruño caleño. El propio Jorge se daba cuenta de lo muy ligado que él mismo se sentía a su finca, a su casa, a su familia colombiana y a su país. Abigaíl, que veía peligrar su futuro en Europa, inventaba entonces un viaje más y le hablaba a la pequeña del río Sena, de los bateaux-mouches que lo surcaban, del Arco del Triunfo, de la Torre Eiffel, de los pintores de Montmartre. Pero Clara gozaba más la compañía de su padre que las aventuras que le prometía su madre y París no le resultaba tan atractivo como su hacienda La Esmeralda.
La noticia que cambiaría totalmente la vida de Clara y de sus padres llegaría de labios del sacerdote Germán Calero, primo hermano de Jorge, que vivía y oficiaba en la parroquia del puerto de Buenaventura. Aunque le veían poco, habían mantenido siempre la amistad que los uniera de muchachos, cuando el futuro cura compartía con Julio, hermano menor de Jorge, sus primeras travesuras. Julio Calero vivía también en Buenaventura, en cuyo puerto ejercía el muy importante puesto de administrador de aduanas. Un poco tarambana, Julio no había tenido la dedicación y disciplina de Jorge para los estudios ni los negocios, pero cuando la familia pensó que había sentado cabeza logró que lo nombraran en el cargo que desde hacía tres años desempeñaba. Jorge no estaba muy seguro de la aptitud de su hermano para tan delicadas funciones, pero aun así le brindó todo su apoyo. Comoquiera que el administrador de aduanas debía prestar fianza al Estado para garantizar el cabal desempeño de sus deberes, Jorge salió de fiador de su hermano con gran parte de su patrimonio. Se trataba, según pensaba la familia, de una simple formalidad.
Clara recordaba muy bien la escena de aquella tarde por ser la primera vez que vio asomar tan vívidamente el dolor en el rostro de su padre. El tío Germán esperaba en la sala cuando ellos regresaron de uno de sus paseos, felices padre e hija al saber que después de tanto tiempo lo tenían nuevamente de visita. Pero al advertir el desasosiego en el semblante del sacerdote, hasta la pequeña Clara comprendió que algo malo había sucedido. Una vez concluidos los saludos, Jorge le pidió a su hija que le permitiera hablar a solas con el padre Germán.
La noticia era, realmente, devastadora. Algunos comerciantes, que se decían amigos de su hermano Julio, habían introducido a través del puerto de Buenaventura gran cantidad de mercancía de contrabando. Después de venderla cerraron apresuradamente sus negocios, abandonaron la ciudad y, con gran probabilidad, el país. El escándalo, que todavía no trascendía a la prensa, era de proporciones enormes y Julio estaba bajo el peso de muy serias acusaciones que sin duda lo enviarían a la cárcel. La única forma de que conservara la libertad era haciendo frente a los impuestos aduanales no pagados, y a la consiguiente multa, que era mucho mayor aún. Para salvar a Julio de la cárcel era preciso, pues, que Jorge Calero, su fiador, hiciera cesión de bienes por el monto total de las obligaciones. No habría siquiera tiempo para una venta ordenada, procedimiento normal que se seguiría si no existiese de por medio el grave delito de contrabando. El padre Germán aseguró a Jorge que Julio era inocente, víctima de unos delincuentes profesionales. Un somero cálculo permitió a Jorge comprobar que prácticamente tendría que ceder la totalidad de sus bienes y que de la noche a la mañana quedaría en la ruina. Sin embargo, no tardó ni un minuto en tomar la decisión y esa misma noche partió hacia Buenaventura, sin confiarle aún a su esposa la gravedad de lo ocurrido.
Jorge se entrevistó con su hermano el día de su arribo y a pesar de la insistencia de Julio no quiso escuchar los detalles del asunto. Se limitó a abrazarlo fuertemente y a decirle que no se preocupara, que todo saldría bien. Julio juró pagarle hasta el último centavo, costara lo que le costara, aunque ambos sabían que tal pago no habría de producirse nunca. En menos de cuarenta y ocho horas quedó cancelado todo lo adeudado por Julio al Estado y Jorge Calero dejó de ser uno de los más prósperos industriales de Cali. Mientras leía la escritura de cesión de bienes no pudo evitar que se le empañasen los ojos ante la descripción de La Esmeralda. Pensó en Clara, en las aventuras de la caña de azúcar y en el enorme cariño que había en los ojos de la niña cada vez que desde el coche se daba vuelta para, con un gesto de la mano, decir hasta luego a su lugar favorito. Pero, más allá de la ruina, lo más duro para Jorge fue tener que comunicarle a su mujer y a su hija que no solamente desaparecía un estilo de vida, sino que también se esfumaban los proyectos de un retiro feliz en Europa.
Abigaíl creyó enloquecer y durante varias semanas fue presa de una gran depresión, similar a aquella que la había agobiado luego del nacimiento de Clara. La niña se limitaba a preguntarle a su padre qué harían ahora, pregunta para la cual Jorge no tenía todavía una respuesta. Aunque le quedaba algo de su patrimonio, tendría que vender cuanto antes la casa en la que vivían para trasladarse a un lugar más modesto. Con el resto podría iniciar algún negocio que les permitiera llevar una existencia decorosa.
A pesar de la discreción y celeridad con las que se manejó el asunto, las calamidades siguirían sucediéndose. La noticia no demoró en aparecer en los periódicos de Cali, que pintaban a Jorge como un héroe y un buen hermano y a Julio como un villano. Las acometidas por el lado político tampoco se hicieron esperar y hasta el padre de Abigaíl, Eusebio López, se vio envuelto en el escándalo. Los diarios de Buenaventura fueron aún más inmisericordes y constantes en sus ataques a Julio Calero y, a los pocos días, Jorge recibió la peor de las noticias: su hermano acababa de suicidarse, dejando escrita una nota en la que, después de explicar su actuación, pedía perdón a su mujer, a sus dos hijos y a Jorge, de quien además hacía una apología. Era, en verdad, una hermosa carta y Jorge se lamentó de haber conocido tardíamente y en circunstancias tan trágicas las dotes de escritor de su hermano. Su tristeza se acrecentó cuando un mes después el padre Germán le hizo entrega de un cofre en el que a lo largo de los años Julio había ido guardando sus versos, de un lirismo inimaginable en él.
Todo aquello afectó visiblemente el carácter de la pequeña Clara. Su padre no podía dedicarle ahora tanto tiempo y su madre, sumergida cada vez más en la tristeza y el orgullo herido, escasamente le hablaba. Así las cosas, el suegro, que también veía peligrar su prestigio político, sugirió un viaje para cambiar de aires y Jorge terminó por tomar la decisión que desde hacía varias semanas daba vueltas en su mente: cambiaría no solamente de aires, sino también de país, por lo menos hasta que el tiempo borrara todo vestigio del escándalo. Recordó que su primo Alberto Escobar, hijo de un hermano de su madre, había emigrado a Panamá y en ocasiones le escribía maravillas de una provincia situada en el occidente del país donde la naturaleza era pródiga y el paisaje hermoso, muy parecido al de Cali. Chiriquí sería, pues, el próximo hogar de la familia Calero López. A la sazón, Clara contaba seis años y transcurrirían doce antes de conocer a Andrew Thomas.
Andrew Thomas
II
Para ganarse la vida, la viuda Thomas había ocupado un pequeño espacio en el almacén de su hermano donde vendía lo que ella y Sarita cocinaban y cosían. Con el tiempo, los platillos y las confecciones finas de las Thomas adquirirían cada vez mayor popularidad entre los habitantes de Barranquilla dispuestos a pagar un poco más para comer y vestir mejor. Mercedes se vio obligada a emplear lugareñas para que la ayudaran en sus labores y poco a poco fue invadiendo más espacio en el almacén de José. Después del primer año ya las Thomas Torres tenían una pequeña industria y ganaban lo suficiente para vivir y pagar la educación de Rachel y Andrew.
Sarita era el eje de la familia: organizaba y dirigía la casa y la industria familiar, se encargaba de que sus hermanos estudiasen y todavía encontraba tiempo para cantar a Andrew algunas canciones antes de dormir. Aunque no tenía la voz cadenciosa de Madeleine, entonaba bien y después de un tiempo aprendería a acompañarse de una guitarra, aprendizaje que era realmente su único entretenimiento. Al repertorio traído de Gales fue incorporando algunos bambucos y pasillos colombianos que encantaban a Andrew. Escuchar aquellos ritmos tan diferentes, que contaban idílicas historias de amor, lograrían que el hermano pequeño ya no extrañara tanto a Madeleine.
Transcurridos tres años, la viuda Thomas ocupaba la mitad del almacén de José, cuyos negocios habían desmejorado notablemente, en gran parte debido al advenimiento de nuevos medios de transporte que motivaron una importante disminución en el movimiento comercial del puerto. No resultó extraño, pues, que un día José anunciara que Ángela y él abandonaban Barranquilla para ir a probar suerte al puerto de Buenaventura. La noticia de la partida del tío José entristeció mucho a Mercedes y a sus hijos porque aquel hombrón y su mujer, además de ser un apoyo importante para los Thomas, aportaban al hogar la ternura de que carecía Mercedes. Habría que buscar una nueva vivienda, pues José necesitaría de todos sus recursos para trasladarse y establecerse en el puerto de Buenaventura, al otro extremo de Colombia. En cuanto al almacén, afortunadamente era alquilado y lo único que habría que conseguir era a alguien dispuesto a arrendar la otra mitad del espacio.
Al cabo de tres meses, gracias a los esfuerzos de Sarita, todo quedó arreglado. Los Thomas se mudaron a una casita ubicada más lejos del puerto, pero más amplia y cómoda que, a pesar de la insistencia de Mercedes, Sarita no quiso comprar, sino solamente alquilar; poco después comprendería por qué. El almacén sería compartido con un comerciante de licores, Lucas González, que resultó muy entendido en negocios y se mostró dispuesto a ayudar a los Thomas a mejorar el rendimiento de su industria familiar, que seguía generando ingresos suficientes para que nada les faltase.
Andrew había cumplido nueve años cuando una tarde de septiembre de 1911, Sarita, ya una elegante señorita próxima a cumplir los diecinueve, reunió a la familia en la sala. La noticia que tenía que comunicarles no pudo ser más traumática para Mercedes y sus hermanos pequeños. Luego de mucho esfuerzo, Sarita había obtenido un trabajo en uno de los grandes almacenes de Chicago y su viaje a los Estados Unidos era inminente. Lo hacía por el bien de la familia, con la promesa de ayudarlos desde allá y enviar por ellos antes de un año. Estaba convencida de que en Barranquilla nunca lograrían sus hermanos ni la educación ni las oportunidades que Estados Unidos, meca de inmigrantes, ofrecía a todo el mundo.
La partida de Sarita ocurrió dos semanas después. Mientras los pequeños lloraban desconsolados, Mercedes no podía ocultar su decepción ni su ansiedad. Cuando la hija mayor volvió a prometer que se reuniría con ellos al cabo de un año en un lugar en el que todos vivirían mejor y más felices, Mercedes expresó su temor de que nunca más volverían a verla, aumentando más todavía la enorme tristeza de Rachel y Andrew. Previsora como siempre, Sarita había dispuesto las cosas de modo que Lucas González, el comerciante de licores, ofreciera apoyo a los Thomas en su ausencia. En realidad, los planes de Sarita y el nuevo amigo de la familia iban mucho más allá, como semanas más tarde comprobaría Mercedes cuando don Lucas le propuso muy seriamente compartir no solo el espacio en el almacén sino también sus vidas. Mercedes no tenía la menor intención de abandonar la viudez y así se lo hizo saber inmediatamente a su esperanzado pretendiente. Sin embargo, aceptó asociarse en los negocios, algo que para don Lucas era importante pues dejaba abierta la posibilidad de más adelante convencer a Mercedes de que lo mejor para todos era compartir el futuro.
La primera carta de Sarita llegó dos meses después de su partida, plena de optimismo por haberse colocado en Montgomery Ward, un almacén importante de Chicago, donde, si todo iba bien, podría ir ascendiendo en su departamento hasta llegar a dirigirlo. Antes de eso, por supuesto, mandaría a buscar a la familia. En el sobre incluía un billete de veinte dólares americanos, que traducido a pesos colombianos eran muchos, y pedía que parte se empleara en comprar libros para Andrew. Al despedirse prometía seguir escribiendo e insistía en saber pronto de la familia.
Las cartas de Sarita, siempre optimistas e incluyendo el billete de veinte dólares, llegaban regularmente cada mes con consejos para sus hermanos y ánimo para su madre. Por parte de la familia, la encargada de escribir a Sarita era Rachel, quien lo hacía con gran cuidado y dedicación. Andrew agregaba alguno que otro párrafo y Mercedes solamente un saludo al final.
Hacia mediados del segundo año, Mercedes advirtió que el sello postal en los sobres no era de Chicago y que las cartas venían de ciudades de los Estados Unidos que ella nunca había oído nombrar. Le pidió una explicación a Sarita, que eludía el tema y les rogaba que siguieran escribiéndole a la dirección de Chicago. El billete de veinte dólares nunca faltaba.
Los hijos de la viuda Thomas asistían al Colegio de Barranquilla, escuela pública donde Rachel obtenía siempre calificaciones excelentes. Andrew, por su parte, ponía mucho menos empeño en los estudios q
