La vida brava

Helena Corbellini

Fragmento

La vida brava

1. MARÍA HELENA

Horacio Quiroga fue mi marido.

Mi nombre es María Helena Bravo Schnaibel; nací en el año 1907 en Buenos Aires, Capital Federal, y hasta 1931 viví en el poblado de Vicente López, provincia de Buenos Aires. Soy hija de Norberto Bravo y de María Elena Schnaibel, ambos argentinos, aunque mi madre era hija de alemanes. Tuve una única hermana, llamada Haydée.

En 1927, le anuncié a mi padre que Horacio Quiroga quería casarse conmigo, y mi progenitor, desprevenido, respondió:

—Pero m’hija, si ese señor es más viejo que yo. Él bien podría ser su padre.

Lo interrumpí para continuar mi anuncio:

—Yo también quiero casarme con él.

Mi pobre padre no podía creer lo que oía. Se angustió considerando que algo estaba fallando, luego de la esmerada educación que me había dado.

—¿Está loca?, es viejo y viudo. ¿En qué cabeza cabe un disparate así?

Conservaba el hábito de hablarnos de «usted» cuando estaba enojado porque, si el clima era natural, nos tuteábamos. Mi madrastra estaba más escandalizada que él, pero no se permitió intervenir. Quien imponía las reglas en nuestra casa era papá. Ella, por no ser nuestra verdadera madre, se limitaba a atendernos y cuidarnos.

En aquella ocasión, tanto mi madrastra como mi padre se pusieron de acuerdo en enviarme de vacaciones a Montevideo, a la casa de mis primos, para que se me aclararan las ideas. Y aunque pasé allí varias semanas divertidas de playa y carnaval, e incluso conquisté algún dragón de puerta, no pude olvidarme de Quiroga. Al principio tal vez hubiese ocurrido y se habría cumplido la voluntad de mi padre, porque aquel nuevo pretendiente montevideano me caía simpático; tenía tres o cuatro años más que yo, estaba en la mitad de la carrera de Derecho y no bailaba mal. En una de las mascaradas a las que concurrimos escoltadas celosamente por mi tía, le concedí a él solo la mitad de las piezas. Todas no, porque no era bien visto que una joven facilitara tanto las cosas y, además, no quería entusiasmarlo. El viudo de Vicente López seguía alojado en mi cariño.

Mi tía había recibido instrucciones de aconsejarme, así que alentaba mi relación con este otro muchacho. También le habían ordenado que si yo recibía alguna carta del añoso pretendiente, no me la entregase. Pero, antes de que hubiera pasado una semana llegó, a la casa de mis parientes montevideanos, un paquete para mí.

—Qué raro, viene a tu nombre, pero no veo remitente alguno. No es una carta, es un paquete —se extrañó mi primo—. Mamá me dijo que te lo dé, porque esto no te lo prohibieron. ¿Encargaste alguna cosa de allá que te hiciera falta?

Rompí el papel con ansiedad. Me encantaban las sorpresas y el misterio. Se trataba de una caja de cartón. Adentro había un gran montón de hojas de carta, sobres y al fondo de la caja una dirección que yo conocía bien, escrita a máquina en una tira pequeña de papel: Urquiza 1350.

Ahí se inició una correspondencia que se extendió, con interrupciones, por diez años. Nunca le entregué esas cartas a nadie. Las conservo atadas con una cinta azul, y perfumadas con flores de lavanda. No pienso exponerlas a la curiosidad morbosa de los investigadores y de los críticos, como hicieron sus amigos con la correspondencia recibida, una vez que el escritor Horacio Quiroga hubo muerto y su fama volvió a propagarse como un incendio por el Río de la Plata.

Las cartas que Horacio me escribió, y las que le escribí yo, forman parte del nudo íntimo de nuestra historia de amor. No voy a liberarlas para que ojos extraños las mancillen. Bastante daño ya me han hecho todos. Me ignoraron como si yo no hubiese sido su mujer hasta la muerte, su último gran amor. «Grande amore», decía él, citando a un poeta italiano que había admirado en su juventud. Los peores juicios fueron aquellos que me criticaron por la «falta de comprensión» hacia aquel «gran hombre».

¿Qué hice de malo? Alegré el último período de su vida con mi juventud y mi pasión. Le di una hija más. Acepté sus hábitos curiosos. Lo acompañé a la selva. En el hospital, aprendí a ponerle anestesia para calmar sus dolores, provocados por el cáncer. Ninguno de sus biógrafos reconoce mi abnegada labor de esposa. Subrayan mi frivolidad. ¿Cuál de ellos pudo tener una mujer como yo, que siendo joven y hermosa, estuviera dispuesta a vivir en lo alto de una meseta de piedra calcinante, cercada por la fronda espesa y riesgosa? Seguro que ninguno. Las damas burguesas que acompañaron en la vida a los amigos de mi marido se sacudían bien el polvo de las suelas de sus botitas, antes de pisar las alfombras persas del living.

Lo único que les preocupó a todos ellos fue destacar los desentendimientos finales, debido a que él se quejaba en su correspondencia de «los trastornos matrimoniales, más graves que los de la próstata». ¿Existen matrimonios sin rispideces? No quieren entender que si yo no me hubiese vuelto antes a Buenos Aires, él se hubiese dejado morir en San Ignacio, sin atención médica. Tuve que tomar varias decisiones muy duras en aquel año de 1936: disponerme a vivir sola con una niña, prepararme para su muerte, que me dejaba sin un solo bien y sin dinero.

A los veintinueve años quedé viuda con una hijita de ocho, sin casa propia y con el único ingreso de una modesta pensión del Consulado uruguayo, de la que si no se hubiese preocupado Enrique Amorim, tampoco me la hubieran dado. Tuve que cuidarme de los gavilanes que arruinarían mi reputación de viuda decente. Pronto entendí que debía eludir las relaciones peligrosas. Fui extremadamente discreta con mis amantes. Rechacé dos o tres propuestas de nuevo matrimonio. Con uno había sido más que suficiente. Preferí disfrutar de las pocas horas de placer y compañía que un hombre educado y solvente pudiese darme, y no aguantar las muchas horas de trabajo, hastío y sometimiento que implican el vínculo conyugal.

Aprendí muy bien el oficio de enfermera, para poder sostenernos. Mantuve sola a mi hija. Defendí con uñas y dientes el cobro de los derechos de autor por la obra literaria de mi marido, en Argentina y en Uruguay. Comprendí que los editores son rapaces y mentirosos. Quieren toda la ganancia para sí. Por eso me preparé para dar la batalla. Me vestía con mi mejor ropa para visitar a aquellos que se hacían ricos publicando sus cuentos; esperaba horas hasta que me recibían y jamás me iba sin el cheque en la mano. Esta batalla la di no sólo por la necesidad económica, sino por hacer justicia al trabajo de mi marido. Él fue un escritor profesional, jamás regaló su trabajo y vendió su literatura a quien mejor se la pagase.

A un solo periodista le enseñé el paquete con nuestras cartas escritas a lápiz, únicamente descifrables por mí, debido a que la nerviosa caligrafía de Horacio era ilegible a los ojos de un extraño. Se llamaba Alberto Perrone y tuvo la amabilidad de entrevistarme. También tuvo la consideración de escribir Helena con hache, como firmo yo, y no sin hache, como lo pide el restringido y obligatorio santoral argentino.

Con él y su señora, me animé a volver a Misiones en 1978 y llegar hasta la que había sido mi casa. Durante el tiempo transcurrido, los intrusos la habían saqueado, pese a la atenta vigilancia de los vecinos. Habían robado herramientas y objetos que consideraron comercializables. El viejo Ford, la moto y las bicicletas se habían salvado de los robos, pero la humedad los terminó oxidando. Las hormigas habían hecho el resto. La meseta quedó en ruinas hasta que el Gobierno de Misiones se ocupó de las reparaciones indispensables para abrir un museo, en el año 1964. Lo que sí estaba igual era el cautivante paisaje, aún las palmeras plantadas por nosotros gemían bajo el viento y yo recordé a Horacio sentado en cuclillas, bajo una de ellas, escribiendo.

Después de aquel carnaval de 1927, volví de las forzosas vacaciones montevideanas, al hogar paterno de Vicente López. Retomé los cursos del colegio secundario y del instituto de francés. También reinicié, a escondidas y haciéndome la tonta ante mis padres, mi relación amorosa con Horacio Quiroga, encendida por las brasas de sus palabras fogosas.

Tras diversos empleos, me han contratado en una oficina importante, un sitio con larga tradición, dirigido por un intelectual de gran prestigio. Otorga numerosas audiencias diarias a miembros de la Academia, a gente de la cultura o de la diplomacia. Debo recibirlos, saber qué quieren, resolver los problemas que se plantean. Las audiencias se suceden una tras otra, y a la vez son interrumpidas por el sonido del teléfono o del timbre anunciando que llega otra persona. Corro de un lado a otro, de la silla al teléfono, de la cafetera a las carpetas y, de pronto, no doy más. No estoy escuchando nada de lo que allí se habla, sonrío sin oír, y mis apuntes son garabatos distraídos en un bloc de hojas blancas. Me cautiva la pasión de mis pensamientos y, en vez de anotar lo que las personas dicen, he comenzado a escribir mi historia. Lo hago a una velocidad tal, que enseguida me quedo sin hojas; entonces me pongo de pie, ante la sorpresa de todos, y continúo escribiendo sobre la tela color naranja de mi vestido de verano, se me acaba la tela y sigo sobre la piel; la tinta se fija sobre mis piernas, mis brazos, mis manos, llego hasta la punta de los dedos.

—¿Qué hace? —me grita una voz autoritaria. El grupo de gente importante reunida me observa como si estuviese enferma. Salgo de aquel trance como de un sueño y me veo a mí misma completamente escrita; estiro mi falda convertida en un largo manuscrito y siento que aún me gobierna el impulso de escribir. Me invade una alegría frenética y no puedo detenerme.

2. AMORES BAJO EL AROMO

Los últimos destellos recortaban las figuras de Eglé y la mía, junto a la verja de madera de la casa de Quiroga. La había acompañado para continuar la conversación animada que había empezado en el tren.

—¿Querés pasar? —me invitó.

Llevaba el cabello oscuro recogido en trenzas sobre las orejas, y los brazos cargados de cuadernos. La invitación me tentó. Esa era la famosa casa del Ogro del barrio; me moría por curiosear. Pero recordé que mi hermana ya habría llegado a casa y que mi madrastra se preocuparía si no me apuraba.

—No, gracias, otra vez será.

Nos despedimos con un beso en las mejillas y, en ese momento, sentí que alguien nos observaba tras la ventana. Levanté la vista y una mano de dedos fibrosos sujetaba el borde de la cortina y la otra se metía en el bolsillo de un pantalón holgado y con tiradores. Más arriba, la barba. No seguí mirando. Era el Ogro. Me di vuelta y me eché a andar, pero todavía unos cuantos metros más allá persistía en mí la sensación de su mirada fija.

—¿Te hiciste amiga de la hija de Quiroga? Él es un hombre muy raro, ¿cómo es la chica?

—Normal, ¿cómo va a ser? Tiene dos ojos, dos orejas, una boca...

—No me tomes el pelo. Él es muy extraño: cría víboras, no corta el césped y no saluda a nadie.

—No tiene más las víboras. Acordate de que todos ustedes, los vecinos, hicieron una delegación para pedirle que terminase con el serpentario que había hecho en el jardín, porque les daba miedo.

—¡Si tenía las víboras sueltas y ya se le habían escapado dos! A quién se le ocurre hacer una piscina en la casa para criar bichos dañinos. Pero lo más desagradable es que actúa como un maleducado. Pocha se lo cruza en la carnicería dos por tres, y aunque viven al lado, nunca le dirige la palabra. Será que a los embajadores uruguayos les permiten tener malos modales.

—No es embajador; es cónsul, cónsul de segunda categoría. Me lo dijo la hija. Pero además es escritor. Tal vez no saluda porque es distraído. O porque no tiene ganas, ¿por qué siempre hay que saludar?

Mi hermana me apoyó. Estábamos hartas de dar un besito a los cachetes con polvo y coloretes de las señoras amigas de mi madrastra, que una vez por semana se reunían para jugar al bridge.

—Vos estás muy rebelde —murmuró mi madrastra—, si se entera tu padre...

Las advertencias o recriminaciones de nuestra madrastra a mí no me hacían mella. A Haydée sí; era más sumisa, más tranquila por temperamento. Las travesuras siempre las había pensado yo cuando éramos niñas. Yo comandaba y mi hermana me seguía. Yo había descubierto cómo treparnos al tejado y tocar la chimenea, cómo saltar por la ventana sin hacer ruido a la hora de la siesta, cuando pretendían obligarnos a dormir. Además, me encantaban los animales; si encontraba un gatito o un cachorro abandonado, lo traía para casa. Eso desesperaba a nuestra madrastra, porque además de ser una carga, le tenía alergia al pelo de los bichos. A los pocos días de cuidarlos y salvarles la vida, me ordenaban buscar a algún vecino que quisiera quedarse con el protegido. En eso tenía suerte, siempre alguien aparecía.

Sobre los quince años, también comenzaron a gustarme los muchachos. Mi cuerpo cambió y sentía las miradas masculinas sobre mí. Me avergonzaban; creo que todas las chicas, cuando llegamos a la pubertad, deseamos que nos trague la tierra para no ser vistas. Pero a medida que me fui acostumbrando, le perdí el temor a los hombres. Cuando un chico se interesaba por mí, invariablemente iniciaba una ronda en torno a la casa en bicicleta o a pie, siempre espiando hacia dentro. A mí me hacía gracia que fuesen tan tontos, y me escondía a propósito.

Con un pibe llegué a noviar medio en secreto, porque los dos éramos muy jóvenes y en casa decían que con él no tendría ningún futuro. Se llamaba Rubén. Lo encontraba en la matinée de los domingos. Asistíamos en grupo, chicos y chicas. Comprábamos pochoclo y chocolatines y los comíamos apenas apagaban la luz. Rubén estaba ahí y buscaba el modo de quedar sentado junto a mí. Pedía cambio de asiento, uno por uno se arrimaba como se arrastra un gusano en el interior de la manzana. Un par de veces había deslizado su mano sobre mi hombro, y se había atrevido a dejar el brazo allí durante el resto de la película. Los dos sabíamos que me estaba abrazando, pero fingíamos no darnos cuenta y permanecíamos con los ojos clavados en la pantalla, como si realmente sólo aquella ficción transcurriese. Otra vez apoyó su mano sobre mi pierna. Yo se la quité, pero él, al ratito, como si no se hubiera enterado del rechazo, volvió suavemente a depositarla sobre mi muslo y, como yo no volví a retirarla, inició caricias sobre la tela de mi vestido, tratando de ascender a la entrepierna.

Esa era mi breve historia erótica cuando conocí al padre de Eglé. Le llamaban «el Ogro» y era el terror del barrio. Los domingos, los vecinos cortaban el césped y podaban los cercos, y aprovechaban esa instancia para comunicar las últimas novedades sobre el Ogro. A mi padre, el hombre de al lado le comentó:

—Es judío, por eso se deja esa barba; lo hace por religión.

—Pero Quiroga no es un apellido judío; me parece raro.

—Se cambian el apellido; con las persecuciones que hay, los judíos hacen eso para que no los descubran. ¿No vio que a la casa vienen otros judíos también? Además, eso de criar serpientes, ¿no le parece cosa del Diablo?

Era verdad, Quiroga tenía muchos amigos judíos. Para empezar, su editor y librero, Samuel Glusberg, quien firmó alguno de sus trabajos como Enrique Espinosa. También era amigo de su hermano Leonardo. Juntos publicaron Suelo natal, un libro destinado a los escolares, que compró Instrucción Pública. También Quiroga había entablado su amistad más reciente con otro judío, César Tiempo. Este sí había cambiado su nombre pero en clave de parodia, porque el verdadero era Israel Zeitlin; él tradujo «Zeitlin» por «Tiempo». Este intelectual era muy joven entonces, tanto como yo, aunque había nacido en 1906 en un lugar remoto y sonoro: Ucrania. Había comenzado a escribir y admiraba fervorosamente a Horacio. Muchos años después se dedicó a la cinematografía.

A mi familia la sospecha de que fuese judío no le hacía ninguna gracia. La propaganda nacionalista antisemita estaba echando arraigo en la gente. La verdad es que, con el paso del tiempo, se pudo discernir que la República Argentina fue adalid en las persecuciones contra los judíos. Fuimos un país antisemita de un modo fanático, antes que los propios nazis. Tal vez les dimos el ejemplo.

Era una niña que iba a la escuela cuando sucedieron los hechos de la llamada «Semana Trágica»: la represión violenta contra los obreros de la fábrica Vasena en huelga y contra todos aquellos trabajadores y sus familias que se habían sumado a la lucha por sus derechos. Pero inmediatamente después de las represalias contra los trabajadores, en aquel enero de 1919, surgieron otros sucesos de violencia inaudita. Grupos de civiles armados iniciaron una cacería humana contra los judíos. Estos hechos fueron denominados progroms, una palabra rusa que significa «disturbio», «ataque violento contra las personas y sus propiedades».

Muchas de las víctimas eran rusos llegados a estas costas huyendo de las persecuciones lanzadas por el zarismo a fines del siglo XIX. Muy poco duró su intento de existencia pacífica. La Iglesia Católica, celosa de su credo, lanzó una prédica furibunda contra los judíos y sus «maldades». La Unión Cívica Radical organizó la cacería y proclamó el exterminio de los judíos. La Acción Católica hizo otro tanto.

La clase dirigente se enfrentaba a una paradoja: por una parte, estimulaban la inmigración por la necesidad imperiosa de mano de obra barata; por otra, los grupos provenientes del legendario Imperio otomano eran sentidos como indeseables; también los negros y los amarillos, con pretextos raciales. Fueron discriminados los turcos, serbios, armenios, bosnios, árabes. Para la discriminación se utilizaban argumentos seudocientíficos. También se apoyaron en un argumento moral: la campaña contra la prostitución. A esto dio pie la existencia de una red prostibularia llamada «la Varsovia» por estar dirigida mayoritariamente por judíos polacos. La trata de blancas fue creciente en los albores del siglo XX.

Los rufianes judíos de la sociedad Varsovia prosperaban pero, presionados por la inmigración judía, que comprendía que la existencia de aquellos delincuentes incriminaba a la inmigración judía entera, cambiaron de nombre. Pasaron a llamarse la «Zwi Migdal». Sin embargo, pese a su fama, había más que judíos en aquel tráfico inmundo; también existían proxenetas ingleses, italianos, españoles y criollos haciendo su sucio trabajo, pero esto no se decía. Únicamente eran nombrados los inmorales judíos y judías, que por el dinero eran capaces de cualquier cosa.

Había leído El judío errante, de Eugenio Sue. En mi mente fantasiosa, la posibilidad de que Quiroga, además de ser ogro, fuese judío, excitaba mi imaginación. El ogro satánico, un plato fuerte para el apacible barrio de casas quinta con vista al río. Conocerla a Eglé fue el pasaporte al chalet misterioso. Ella era más bien tímida, pero conmigo se confió fácilmente. Compartíamos muchos gustos e inquietudes. A ambas nos molestaban los prejuicios. A ella porque su padre la había criado así, a mí por rebeldía. En la adolescencia, mi madrastra y mis profesores me acusaron repetidas veces de rebelde. Un profesor llegó a denominarme «díscola». Yo fantaseaba con mudarme y llevar una vida a mi gusto, no basada en lo que hay que hacer para que los demás no hablen. Mi madrastra aseguraba: «No alcanza con ser decente, hay que parecerlo». A mí no me parecía nada. Tampoco comprendía entonces que la decencia en una mujer consistiese en no tener contacto con el sexo masculino.

La vez siguiente que viajamos juntas en el tren, yo me adelanté a la invitación de Eglé y le dije a mi hermana:

—Avisá en casa que me voy a tomar la merienda a la casa de los Quiroga.

Haydée tragó saliva:

—No, Maria, no hagas eso.

Le hice la mueca cómplice de torcer la boca hacia la derecha en una falsa sonrisa. Ella agachó la cabeza y al llegar al andén nos apeamos. Haydée se encaminó hacia nuestro hogar en la calle Pasteur al 1347. Yo me colgué del brazo de Eglé y nos dirigimos a su casa de la calle Urquiza, a la vuelta de la mía.

El portón crujió, y entre la maleza del jardín percibí el movimiento fugaz de un animal.

—¿Qué es eso?

—No te asustes; es Dick, un venado guacho que criamos a mamadera. Vení a ver los animales.

Primero pensé que era el paraíso, pero me imaginaba que en el paraíso, Dios cortaría el pasto y podaría las plantas para que todo luciese perfecto. El jardín de los Quiroga no era así; tenía un aspecto rústico y descuidado. Eglé me presentó a los otros habitantes: el búho Pitágoras, el coatí Tutankamón y la yacaré Cleopatra. Las fauces desmesuradas de aquel bicho lograron alarmarme como no lo habían hecho las advertencias de mis padres.

—¿No tenés miedo de que te coma?

—No —respondió naturalmente Eglé—. Papá lo alimenta con trozos de carne o de pescado. Es mansito. Ah, te presento a mi hermano Darío.

Al «Avestruz» ya lo conocía de verlo jugar a la pelota en la calle con los otros chicos del barrio. Era delgado, tendía a ser alto y, por el cuello largo y estirado, le habían puesto aquel mote.

Eglé se dispuso a calentar la leche y colocar tazas, platos y cubiertos sobre la mesa. No tenía un verdadero juego de té, sino tazones rústicos de cerámica y uno con el asa rota. Los platos y cubiertos eran todos disímiles. Tampoco puso mantel en la mesa. Yo no hacía ningún comentario para no quedar mal con mi amiga; actuaba como si todo aquello fuese de lo más natural, incluyendo la decoración extraña de la sala. Porque tengo que señalar que en vez de cuadros con paisajes alpinos o naturalezas muertas o retratos de familia, en las paredes había colgados arcos, flechas, boleadoras, pieles de yaguareté y cueros de víbora.

Nos sentamos sobre unos almohadones confeccionados con tejidos indígenas, que amortiguaban la dureza de aquellos bancos sin respaldo. En eso entró Quiroga.

—¿Trajiste una invitada, hija? —dijo, alegre.

—Te presento a María Bravo, papá.

No estaba en el paraíso sino en el Arca, y allí mismo me sonreía, barbudo, el señor Noé. Se sentó a conversar con nosotros. Me preguntó si había visto los animales.

—Todos no —aclaró Eglé.

—Otro día, con más luz, venga a verlos —invitó él.

Y volví varias veces. A mis progenitores les disgustaba, pero yo les expliqué que no era judío, que era un uruguayo hijo de un argentino que había sido muy rico en el Uruguay, que era gente muy culta, de familia católica, y que mi nueva amiga no tenía nada que ver con las rarezas del padre. Además, él simplemente era raro porque era escritor.

Traspasado el portón, me invadía el olor del cerco de madreselvas y la sensación de que él me estaba observando. Yo iba para sentir su mirada y respirar aquel mundo distinto y atrayente. Tras aquella primera visita mía, él simplemente pasaba y saludaba, pero unas semanas después se quedó junto a nosotras para conversar de literatura. Expresó su admiración por la obra del argentino Roberto Payró y por el estadounidense Poe. Me reprendió por no haberlos leído y me ofreció libros de ambos.

Lo seguí hasta su estudio. En la biblioteca había cientos de ejemplares pero era difícil saber sus títulos porque en su mayoría estaban encuadernados en arpillera y, los más estimados, con cueros de animales. Me prestó los Crímenes de la calle Morgue en francés, exigiéndome que lo cuidara celosamente, ya que era un favorito suyo. También me dio otro ejemplar, sin encuadernar, después de escribirle algo en la primera hoja. Se trataba de un título suyo de aparición última: Los desterrados. Le agradecí, sin atreverme a leer la dedicatoria delante de él. Me acompañó hasta el portón. En el trayecto se detuvo un momento bajo el gran aromo que crecía a la entrada.

—¿Siente el aromo?

Yo estaba tan nerviosa que me pareció oírle: «¿Siente el amor?» y, de tan turbada, no respondí. Así que repitió la pregunta:

—¿Siente el perfume de este aromo? Y eso que se acerca el otoño.

No podía esperar para llegar a mi casa y leer aquella dedicatoria suya. Como ya estaba oscuro, me detuve bajo la luz del porche. «Desde ahora y hasta la eternidad», decía. Mi corazón latía violentamente cuando abrí la puerta. Mi madrastra no me rezongó por la tardanza, atenta como estaba al diálogo melodramático del radioteatro vespertino.

3. NOS CASAMOS

Me extrañó que Eglé no volviese a invitarme a su casa, incluso rehuía sentarse conmigo en el tren. Después de una semana, se me acercó muy seria al fin del viaje y me anunció:

—Supongo que querrás venir a casa. Papá insiste en que te invite.

Esa escueta comunicación me produjo gran zozobra: no deseaba enemistarme con mi amiga, pero sí que quería volver a aquella casa. Por otra parte, no acababa de comprender su disgusto. De todos modos, asentí con la cabeza y me mantuve silenciosa las cuadras que hicimos con los cuadernos apretados contra el pecho. Repasé mi relación con mi padre, para comparar y tratar de entender lo que ella sentía. Yo lo quería como los hijos quieren a sus padres, pero Eglé lo quería de una manera distinta, con adoración. También recordé la antipatía que me producía mi madrastra; pese a que nunca nos trató mal —sino que, por el contrario, debo reconocer que se preocupó por nosotras—, yo no podía evitar la injusticia de no profesarle ningún cariño. Es que con las madrastras ocurre así, siempre las vemos como a la bruja de Blancanieves, como si en cualquier momento nos fueran a hacer morder la manzana envenenada.

Creo que a los varones no les ocurre lo mismo. Por ejemplo, una vez que me casé con Horacio, a Darío no le produjo ningún malestar, por lo menos que yo me diese cuenta. Tal vez a las chicas nos caen mal las madrastras porque hemos recibido demasiada literatura infantil con ese tema. O quizá fuera por el famoso complejo de Edipo del que habló Freud, el médico alemán. En aquellos años, sus opiniones sobre la existencia del inconsciente y las heridas traumáticas, invisibles en el cuerpo pero que afectan al alma, empezaron a ser citadas con gran veneración. A César Tiempo le gustaba y a otros intelectuales jóvenes también. Pero Horacio sentía repugnancia por las teorías freudianas; afirmaba categóricamente que eran «un disparate». Así que Eglé no podía tener complejo de Edipo, porque su padre no creía que tal complejo existiese. Por lo tanto, Eglé debía aceptar que su padre estaba interesado en mí y ser cómplice del idilio.

Opté por deshacerme del problema del posible trauma de la hija, y dedicarme a ver qué sucedía con el padre. Yo era el fragmento de metal que se dirigía al imán. El pájaro hipnotizado ante la mirada de la serpiente. Él fue mi guía en su mundo de libros, animales e historias. Su vida y su literatura se parecían, nunca logré separar una de otra. Me pidió que me asociara a La Wagneriana para asistir al concierto de los sábados y poder vernos también allí. A mi padre le pareció perfecto que yo quisiese participar de un aspecto tan importante de la cultura germánica y me dio el dinero con gusto. Mucha música clásica aprendí a reconocer en ese entonces.

Eglé ahora se retiraba a su pieza y nos dejaba solos. Él me besaba y me acariciaba con pasión y a mí me gustaba tanto que jamás se me ocurrió detenerlo. Es verdad que teníamos una «extraordinaria afinidad de piel», como él decía. El contacto físico comenzó en uno de esos encuentros; me sorprendí mirando el reloj de pared y advertir que ya era tarde.

—Tengo que irme —le dije, levantándome de la silla.

—¿Por qué va a irse tan pronto? —y se fue aproximando a mí hasta poner su mano sobre mi brazo desnudo. Sentí que se me erizaba la piel de una manera inexplicable y un cosquilleo como una corriente eléctrica me atravesó la columna vertebral.

—¿Tiene algún compromiso, que tiene que irse?

—No, no, es que... —pero las palabras no me salían y él me besó por primera vez. Desde ese momento nuestros cuerpos se fundieron, no podíamos estar cerca sin tocarnos. Para estar siempre juntos, él me pidió que nos casáramos. Ahí vino la oposición de mi padre, que ya conté. Luego vinieron los reencuentros furtivos. Como yo no podía ir a su casa, él me iba a buscar con el Ford T al colegio, en mitad del horario. Yo inventaba un pretexto cualquiera para irme con él. Atravesaba los portones tratando de pasar inadvertida y en la esquina me subía al coche. Arrancaba con mucho ruido pero pronto nos perdíamos de vista. Horacio había alquilado una pieza por el barrio Constitución y allí nos encerrábamos a gozar de nuestros cuerpos.

Perder la virginidad fue un alivio, yo ya había pasado los dieciocho años. Encontrar unas manos experientes y una voz masculina que alababa constantemente la belleza de mi cara, de mis piernas, de mi vientre de piel tensa y firme, era todo un sueño. Mi único temor era quedar embarazada y se lo dije. Me explicó que no le importaba, que para él yo era su mujer. Eso me dio una idea para resolver la situación, después de tres meses de amores clandestinos.

El recinto de nuestra pasión era una habitación en penumbras, que nosotros nos encargábamos de oscurecer completamente apenas entrábamos, corriendo las pesadas y polvorientas cortinas. Nos quitábamos los abrigos y a mí, de los nervios, en ese momento siempre me venían deseos de orinar, así que volvía a ponerme el saco para cruzar el patio hasta el baño. Él me aguardaba, impaciente. Yo sentía vergüenza de desnudarme ante sus ojos, por eso aceptaba que no nos viésemos.

En la oscuridad, después de besarme largamente, Horacio me quitaba las diversas prendas hasta dejarme con el corpiño, la bombacha y la enagua. Él, en cambio, se desnudaba enteramente. Yo sentía bajo mis dedos la rareza de encontrar vellos en su espalda y en su vientre. Forzaba mi mano cada vez más abajo, hasta tocar el miembro viril húmedo. Así me mantenía un rato y yo lo dejaba hacer. Al fin me quitaba la bombacha, se subía sobre mí y me penetraba como un jinete furioso.

Ante mi padre y mi madrastra declaré que debían permitir, de una vez por todas, que me casara con Quiroga. No sé si sospechaban algo, pero mostraron estupor como si hubiesen dado el asunto por enterrado.

—¿Por qué «debo permitirle»? —me replicó mi progenitor.

—Porque voy a ser madre.

Mi madrastra largó el llanto y mi padre quedó pálido. Tras un estallido de rabia, conversaron largamente entre ellos, a solas. Detrás de la puerta, yo escuchaba que ella lo convencía: «No te pongas así, el asunto no es tan malo después de todo. El hombre es cónsul, mis amigas me comentan que es un escritor famoso, y Maria es difícil, ya cumplió los veinte, no ha habido dragón que le dure, mejor que se case». Cuando terminaron, mi padre me anunció:

—Dígale que lo espero mañana de noche para hablar.

Horacio fue a casa. Afortunadamente se mostró cortés y acordamos la boda a la mayor brevedad, pero bajo dos condiciones: mi novio exigió que fuese solamente por civil, y mi madrastra, que fuese lo más discreta posible. Yo lamenté que no hubiera fiesta, porque las fiestas siempre me encantaron, pero me consolé pensando que ahora se resolvería mi situación de una vez por todas y ya no tendría que andar mintiendo ni aguantar a mi madrastra. Aunque tal vez no fue una mentira que yo estuviera embarazada, porque en el mes del casamiento ya me faltó la menstruación y antes de los nueve meses nació nuestra bebé.

El sábado 16 de julio de 1927 fue el casamiento. Por la mañana nos presentamos ante el juzgado de Olivos. El juez leyó: «Ante mí se comparecen Don Horacio Quiroga, que firma “H. Quiroga”, de cuarenta y ocho años, nacido en el Pueblo de Salto, República Oriental del Uruguay, domiciliado en este Partido calle Urquiza mil trescientos cincuenta, viudo de primeras nupcias de Doña Ana María Cires, diplomático, hijo de Don Prudencio Quiroga, argentino, diplomático y de Doña Pastora Forteza, uruguaya, sin profesión, ambos fallecidos; el primero en la República Oriental del Uruguay y la segunda en Capital Federal; y Doña María Elena Bravo que firma “María Helena Bravo”, soltera, de veinte años, nacida en la Capital Federal, domiciliada también en este Partido, calle Luis Pasteur mil trescientos cuarenta y siete, sin profesión, hija de Don Luis Norberto Bravo, empleado y de Doña María Elena Schnaibel sin profesión, ambos argentinos y domiciliados con su hija; quienes desean casarse....».

Cuando nos interrogó, dimos el sí sin más trámite y firmamos. También lo hicieron, en calidad de testigos, mi tío Clodoaldo Bravo, que vivía en la misma cuadra que nosotros, y Enrique, el «Gato» Iglesias, un médico muy amigo de Horacio, que declaró residencia en la misma casa que Horacio y era mentira. Tan poca importancia le dábamos a los papeles oficiales que no nos molestamos en aclarar que la mujer que estaba allí no era mi verdadera madre, sino mi madrastra.

Lo único importante fue que nos declararon «marido y mujer», todos firmamos y sanseacabó. De allí nos fuimos a almorzar a casa de mi padre y mi madrastra, acompañados por los dos testigos, por la resignada Eglé y por Darío, que siempre andaba tonteando y la cosa parecía no afectarle. Después ya me mudé definitivamente para mi nuevo hogar. Nuestra luna de miel fue un largo embarazo. Hasta fin de año, todo lo que ingería lo vomitaba. En el verano pasé exhausta por el calor. Horacio me sacaba a pasear por el Jardín Botánico para ver si el frescor de la vegetación me mejoraba. Él disfrutaba muchísimo de ese lugar; su lado civilizado admiraba la labor compleja del paisajista francés que lo había diseñado, y su lado salvaje se sentía a gusto en la fronda. Otras veces trazábamos largos recorridos por la Costanera, para que el vientecillo del río me refrescase, pero Horacio terminaba generalmente molesto porque sentía la mirada indiscreta de la gente. Parecían reprobar que un hombre tan mayor hubiese embarazado a una joven.

4. DE KIMONO Y DE OVEROL

Durante ese verano de 1928, me cansé de estar embarazada. La panza me crecía y no se confeccionaban vestidos elegantes para ese estado. Incluso las augustas matronas preñadas preferían quedarse en casa y no exhibirse en público. Como si el embarazo fuese una impudicia. No era mi caso. Adopté un kimono como de película de Hollywood y con él trataba de estar linda por las tardes. El kimono era de un rojo púrpura con anchos ribetes blancos en el cruce sobre el pecho y las mangas, ramas de delicadeza japonesa se dibujaban sobre la tela.

Así salí fotografiada en una nota para La Nación que nos sacaron en aquel momento. Aparezco con el pelo abierto en raya al costado izquierdo, la melena cortada a la altura de las orejas, un mechón cayendo a propósito sobre la frente, y maquillada al estilo de los twenties: sombra oscura sobre los párpados y los labios muy rojos.

Horacio, ceñudo, un tanto despeinado, deja ver un esbozo de sonrisa entre el bigote y la barba. La mano izquierda no se desprende de su eterno cigarrillo y calza sandalias confeccionadas por él mismo. Para aquella foto aceptó quitarse el overol manchado de grasa que usaba a diario, como una gran concesión hacia mí, porque no le importaban los periodistas ni tampoco salir vestido de aquella forma en los periódicos.

Mantenía el espíritu de gran transgresor que lo había animado en su lejana juventud montevideana, cuando lideraba la archidiócesis del Consistorio del Gay Saber. A los veinte años llamó la atención por la excesiva y atildada elegancia en el vestir; ya sobre los cincuenta se atuvo a lo contrario: parecerse lo más posible a un trabajador manual muy pobre. Despreció la vestimenta tanto como antes la había apreciado. Era otro modo de practicar el «épater le bourgeois» moderno.

El embarazo me asfixiaba y me trastornaba la vida; tuve que abandonar mis hábitos de soltera y caminar pesadamente, sin gracia; de atrás parecía una pata dirigiéndose al charco. Sin embargo, hasta el cuarto mes nadie notó el crecimiento de mi vientre. En ese breve período, pese a mis náuseas inoportunas, llevamos una intensa vida social durante el día y sexual por las noches. En las reuniones de intelectuales a las que asistíamos me sentía como la joven desposada de un príncipe encantado porque, al contrario de lo que sucedía en el poblado, en los circuitos que él frecuentaba, lo trataban con enorme respeto y calurosa admiración.

Pero fuera del ambiente literario, mostrarnos en público se volvía cada vez más difícil a medida que mi vientre aumentaba de tamaño. Por la calle ya no eran murmullos los que levantábamos a nuestro paso, sino comentarios groseros dichos a nuestras espaldas. «Mirá a ese viejo con esa piba embarazada, no le da vergüenza»: esos eran los más suaves; los peores, roncos murmuraban: «Habrase visto, toro viejo preñando terneras». Yo hacía como que nada escuchaba y por el rabillo del ojo lo espiaba. Veía su mentón barbudo contraerse por el disgusto y las ganas de pelear. Una vez se dio vuelta y gritó:

—¿Quiere ver lo que cuesta su grosería?

Yo me apuré en tomarlo del brazo, decirle «¿qué pasa, querido?», con mi mejor aire distraído, como si nada hubiese escuchado. Entonces Horacio trató de apaciguarse.

Cuando mi marido empezó a manifestar sus deseos de irse a Misiones, luego, de volver a Misiones, y al fin, de que viviésemos en Misiones, yo creí que esos comentarios vulgares lo expulsaban de la gran urbe y lo hacían desear aislarse. Era un razonamiento ingenuo; los motivos fueron muchos y más complejos.

Volviendo a mi embarazo, lo llevé como un paquete que algún día se despegaría de mi cuerpo. Nunca me preocupó el sexo del que vendría, ni qué nombre ponerle, ni el futuro que pudiéramos darle. Alguien, un hijo mío, nacería, y punto. Después la vida sería como antes de tener el cuerpo invadido y deformado.

Aumenté exactamente nueve kilos, para horror de mi madrastra y otras matronas cercanas a quienes les parecía que me faltaba salud. No me lo propuse, simplemente fue así. Yo nada sabía de partos. Me imaginaba que el bebé saldría por el mismo agujero que había sido engendrado, pero nada más. Tampoco tenía con quién conversarlo, esas cosas no se hablaban. Horacio tuvo que explicármelo todo: me mostró el apareamiento de unos perros callejeros y la parición de una gata que habitaba en los pajonales de las barrancas. Al fin señaló que todo era perfectamente natural y que de nada tenía que preocuparme.

A mí no me atraían demasiado las labores, era torpe con la aguja y en aquel tiempo apenas si sabía cocinar algún que otro plato de arroz y carne. Mis aficiones eran pasear, leer y estar con Horacio. Todo lo que me contaba era apasionante, mucho más que todos los folletines leídos por entrega semanal y aun los propios cuentos que él había escrito y yo leído.

Con frecuencia nos encontrábamos con el matrimonio Payró; ellos eran el periodista y escritor Roberto y su señora, María Ana. Horacio admiraba a Roberto Payró por el carácter regionalista de su literatura, que lo acercaba a la suya propia. Le encantaba citar frases de El casamiento de Laucha y de Fuego en el rastrojo. Los personajes de Payró eran inmigrantes o criollos pobres, y escribía diálogos idénticos a como se hablaba en la calle.

Sin embargo, la amistad se había iniciado por una nota elogiosa que Payró publicó sobre los cuentos de Horacio. Payró tenía veinte años más que mi marido y gozaba de un amplio reconocimiento; tal vez por esos motivos siempre mantuvo una actitud paternal hacia él, lo tomó como un protegido. Roberto Payró tenía mil anécdotas, producto de su vida andariega de periodista político y de su actividad actual de crítico literario. Enviado por La Nación, había viajado al interior del país y al exterior. Luego había sido corresponsal de guerra durante 1914. Su esposa, de genio bravío y gran templanza, lo acompañaba siempre.

Ella, por un designio secreto e irreductible, resolvió protegerme a mí. Vivían en Lomas de Zamora. Siendo nosotros recién casados, la primera vez que Horacio me llevó para presentarme, la señora María Ana después contó que, al verme tan joven, sintió «por única vez, deseos de matar a un hombre». El enojo hacia él por «haber violado a una niña» lo transformó en una fuerte protección hacia mí. Me trataba como a una hija. Con amor maternal, confeccionó todo el ajuar para el bebé que se aproximaba. Más tarde, cuando nos fuimos a vivir a Misiones, mantuve con ella una correspondencia afectuosa.

Pero no era así con las demás jóvenes que se acercaban a su casa. A Eglé la trataba de un modo cortante, con tono de mando, como si quisiera corregirle los defectos que la educación paterna le habían impreso a su conducta. Con su nuera, la segunda esposa de su hijo Julio, era francamente hostil. La muchacha se llamaba Rosa Esther Gerchunoff, era hija de Alberto Gerchunoff, otro escritor judío del círculo de Horacio. Cierta vez presencié un hecho increíble. Era el cumpleaños de la señora María Ana. Llegó Julio con su mujer y esta, en el tono cáustico que caracterizaba a todos los Gerchunoff, le alcanzó a la suegra un regalo, diciéndole:

—Aquí le traigo esto para que lo tire al tacho de la basura.

La suegra tomó el paquetito envuelto con primor y, sin desenvolverlo, lo arrojó al basurero con restos de yerba, papeles arrugados y cáscaras de fruta. A mí me hacía temblar cuando la veía en esas actitudes; sin embargo, quién sabe por qué misterio, siempre me trató con ternura, pese a que coincidía con la opinión mayoritaria de que mi matrimonio era un desbarajuste. «No tiene sentido», afirmó más de una vez, sin importarle si Horacio se molestaba, porque ella decía lo que se le ocurría, sin más preocupaciones.

Payró también era franco, pero amable. Le gustaba recibir a los escritores más jóvenes, apoyarlos, discutir ideas e inclinarlos al socialismo, partido político al que él pertenecía y del cual era uno de los fundadores. Su único defecto notorio era ser demasiado susceptible. Se disgustaba mucho si alguno de sus amigos no apreciaba un libro suyo. Según él, era su esposa la que adolecía de aquel defecto. Yo opino que ambos.

Otra característica de Roberto Payró consistía en parecer mucho más viejo de lo que en verdad era. Tal vez por su ajetreada vida viajera, el trabajo intenso, pero más seguramente por el abuso de alcohol y tabaco, había envejecido. Andaba en los sesenta y parecía de ochenta; aunque conservaba un aspecto severo, militar diría, tenía un aire señorial y un hablar pausado.

Pero la bohemia le saltaba al rato de tratarlo. Si se lo observaba con atención, el traje nunca estaba impecable y se colocaba el chambergo de cualquier modo sobre la cabeza. Siendo un gran bebedor y fumador se burlaba, jovial, de esa generación de nuevos escritores que no asumían los vicios inherentes al bohemio y a los hombres bien plantados.

Contemplar a su mujer entretenida tejiendo las batitas y los rebozos para Pitoca fue una de sus últimas visiones, porque en los mismos días en que nació mi hija, Roberto Payró murió. Como era costumbre según su carácter, mi marido sufrió intensamente pero habló muy poco del asunto. Aquel triste atardecer, Elías Castelnuovo —otro escritor del grupo de Boedo— subía al tren y vio a Horacio, arrinconado en el vagón, con la cabeza gacha como un perro apaleado. Castelnuovo se trasladó hasta el fondo del vagón y se sentó juntó a él.

—¿Cómo le va, Quiroga?

—¿Cómo quiere que me vaya? ¡Se murió Payró!

Y antes de que Castelnuovo, sorprendido, se dispusiera a hacer comentarios, le avisó:

—Si usted va a conversar sobre la muerte de Payró, me bajo del tren.

Después de un lapso de mudez mutua, Castelnuovo tímidamente le preguntó por otros asuntos, menos trascendentes que aquel que a ambos afligía. Esos arranques despóticos de malhumor eran harto conocidos. Quienes lo admiraban como escritor se lo toleraban. Aun así, César Tiempo, que sentía devoción por la literatura quiroguiana, terminó por confesar que haber sostenido una amistad con el escritor no sirvió en absoluto para valorar su literatura. To

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