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La profecía del rayo y las estrellas

Rick Riordan

Fragmento

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—Nico di Angelo, ¿por qué no me cuentas una historia?

Nico dio un respingo al oír la petición. ¿Una historia? ¿Una historia cualquiera? Parecía demasiado fácil después de todo lo que habían pasado.

Después de todo el sufrimiento.

Miró un momento a Will, y su novio arqueó una ceja. Parecía cansado. Muy cansado. Y sus vendas…

A Nico se le revolvió el estómago. Las tiras de gasa estaban otra vez empapadas de sangre.

Se volvió de nuevo hacia Górgira.

¿Una historia sobre qué? —preguntó.

La ninfa escrutó el rostro de Nico y luego el de Will. ¿Iba a tirar otra vez de los hilos de sus almas?

Nico notó que algo le rozaba los nudillos. Bajó la vista y vio que Will trataba de agarrarle la mano. Abrió los dedos y dejó que Will introdujese los suyos.

Se le cayó el alma a los pies. Will le apretaba la mano con muy poca fuerza.

Nico tenía que hacerlo. Tenía que acabar lo que habían empezado.

Los susurros lo llamaban.

Y entonces Górgira también lo llamó.

—Háblame de vosotros dos —dijo.

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Nico se enfrentaba a la decisión más difícil de su vida y estaba seguro de que iba a meter la pata.

—No puedo hacerlo —le dijo a Will Solace, el guapísimo hijo de Apolo, que se hallaba de pie enfrente de él. Pero fue en Austin Lake, uno de los hermanastros de Will, en quien Nico decidió centrarse. El chico se paseaba por detrás de Will, cosa que ponía todavía más nervioso a Nico—. Deja de moverte, Austin —le pidió Nico—. No puedo concentrarme.

—Perdona, colega —se disculpó Austin—. Esto es muy estresante.

—Tienes que elegir —le dijo Will a Nico—. Son las normas.

Nico frunció el ceño.

—Soy hijo de Hades. No sigo la mayoría de las normas.

—Pero has aceptado estas —le recordó Kayla Knowles, otra hija de Apolo. Le dio unas vueltas a una piruleta de cereza en la boca—. ¿Eres un semidiós sin honor, Nico di Angelo?

Austin siguió paseándose.

—En realidad, no creo que esto exija ningún honor.

¡Silencio! —exclamó Nico, pasándose las manos por el pelo.

¿Y si tomaba la decisión equivocada? ¿Se llevaría Will una decepción con él?

Sin embargo, al estudiar su cara, solo vio expectación. De la buena. Will estaba listo para lo que Nico dijese, y, acabara como acabase la cosa, seguiría apreciándolo.

«¿Qué he hecho yo para merecerme a Will?», se preguntó Nico. Se hacía esa pregunta muy a menudo.

—Vale, ya me he decidido —anunció.

—Voy a explotar —dijo Austin.

—El mundo podría acabarse —terció Kayla, que ahora sujetaba la piruleta a un lado, con los ojos brillantes de inquietud—. Pero esta vez de verdad.

—Bueno —empezó Nico—, si tuviera que elegir…

¿Sí? —lo instó Will—. ¿Elegirías…?

Nico respiró hondo.

—A Darth Vader.

Will y Kayla dejaron escapar un grito ahogado, pero Austin se quedó como si Nico le hubiese regalado un Ferrari por su cumpleaños.

¡Colega! —gritó Austin—. ¡Es la mejor respuesta!

¡Es la peor respuesta! —repuso Kayla—. ¿Por qué elegir a Vader cuando está Kylo Ren?

—Yo esperaba un personaje más desconocido —reconoció Will—. Alguien como el general Grievous o Dryden Vos.

—Un momento —dijo Nico—. Me tragué todas las películas ayer mismo y ahora apenas me acuerdo de lo que pasaba en las precuelas. —Hizo una pausa—. ¿Esos que has dicho son personajes de Star Wars de verdad o estás de broma?

—No te desvíes, Nico —continuó Kayla—. ¿Darth Vader? ¿Tendrías una cita con Darth Vader? —Masticó la piruleta—. Se me ha ido la alegría. Toda.

—Bienvenida a mi mundo —bromeó Nico.

Vio que Will hacía una mueca; solo duró un momento, pero aun así la vio.

—Este es un espacio seguro —intervino Austin—. Está prohibido juzgar las respuestas de los demás, ¿recuerdas?

—Lo retiro —protestó Kayla—. Todo juicio es bienvenido.

—Estás muy callado, Will —comentó Nico—. Y más siendo el fan de Star Wars número uno del grupo.

—Estoy pensando en los motivos por los que has podido dar esa respuesta —contestó él—. Puede que tengas razón.

—Es poderoso —dijo Nico.

—Y decidido —añadió Will—. Siempre sabría adónde ir en una cita. Eso es indiscutible.

¿Se quita el casco para comer? —preguntó Kayla.

Nico se llevó la mano al corazón.

—Imagínate a Darth Vader quitándose el casco en una cena y haciéndote ojitos. Eso sí que sería romántico.

Will rio a carcajadas y acto seguido lució aquella sonrisa radiante suya.

¿Por qué, oh, por qué le parecía un triunfo tan grande hacer reír a Will? Durante mucho tiempo, Nico había pensado que no tenía corazón. Al fin y al cabo, era hijo de Hades. El amor no afectaba a las personas como él. Pero entonces llegó… Will. Will, que era capaz de derretir la frialdad de Nico con una sonrisa. Cualquiera habría adivinado qué dios era el padre de Will: irradiaba energía y luz. A veces en sentido literal, como habían descubierto en las cuevas de los trogloditas ese mismo año. Will era hijo de Apolo por los cuatro costados.

Tal vez el dicho que afirmaba que los polos opuestos se atraen era cierto, porque Nico no conocía a una persona más opuesta a él. A pesar de eso, iban a cumplir un año. Un año juntos. Nico tenía un novio de verdad.

Todavía no estaba seguro de que fuese real.

Los cuatro semidioses reanudaron su paseo por el Campamento Mestizo. En el anfiteatro no había ningún fuego encendido. Como estaba empezando a refrescar en Long Island, tal vez Nico y Will encendiesen uno esa noche. Ningún campista corría al arsenal o a la fragua; nadie visitaba la Cueva del Oráculo. Las cabañas estaban vacías (menos la de Hades y la de Apolo), y no había señal más clara de que el verano había terminado.

Nico no quería reconocerlo en voz alta, pero iba a echar de menos a…, en fin, a prácticamente todos los campistas, aunque a veces era agotador ser uno de sus monitores. Sobre todo, no quería despedirse de Kayla ni de Austin.

Al pasar por los fresales, Nico percibió que la tensión de Kayla y Austin aumentaba. Habían tenido que tomar la difícil decisión de partir de viaje ese mismo día, y mientras los cuatro ascendían por la Colina Mestiza, ellos dos redujeron la marcha.

—Estoy pensando que a lo mejor deberíamos haberlo dejado para otro día —dijo Kayla.

¿Seguro que no nos pasará nada, Nico? —preguntó Austin.

—Sí —contestó él—. O sea…, nadie ha muerto ni nada por el estilo.

¡Eso no es tan tranquilizador como podrías pensar! —exclamó Kayla.

—No tendréis ningún problema —aseguró Will, y le puso la mano a Austin en el hombro—. He oído que es caótico, que da un poco de náuseas, pero llegaréis a casa sanos y salvos.

Alcanzaron la cima de la colina. En la rama más baja del pino relucía el Vellocino de Oro. Debajo, el camino rural 3.141 serpenteaba alrededor del pie de la colina y delimitaba la frontera exterior del campamento. En el arcén de grava, al lado de un montón de cajas y mochilas, estaba Quirón, el director de actividades del Campamento Mestizo, con su mitad inferior equina de un blanco resplandeciente a la luz de la tarde.

¡Aquí estáis! —gritó el centauro—. Vamos, pues.

Ninguno de ellos se apresuró. A Nico le quedó claro que Kayla y Austin no tenían prisa por irse del campamento. La mayoría de los campistas ya habían vuelto a su vida «normal», menos… Bueno, ¿qué era normal para alguien como Nico?

Las batallas épicas.

Enfrentarse continuamente a la derrota y la muerte.

Que los muertos le hablasen.

Las profecías.

La voz de sus sueños volvió a brotar dentro de él pidiéndole ayuda.

Las palabras de Rachel Dare también le obsesionaban. Solo Will y él habían oído lo que el Oráculo había profetizado hacía unas semanas, y Nico todavía no se lo había contado a nadie, ni siquiera a los demás monitores. ¿Por qué iba a hacerlo? No había advertido ningún peligro catastrófico para el Campamento Mestizo. Que él supiese, por el momento el mundo estaba a salvo de dioses cabreados y titanes rebeldes. Ya no había que preocuparse de emperadores romanos desquiciados vueltos a la vida.

La profecía simplemente hacía referencia a la solitaria voz que suplicaba ayuda en sus sueños.

Concretamente, la ayuda de Nico.

—Unos sátiros han recogido vuestras cosas —dijo Quirón cuando los cuatro semidioses se reunieron con él en el camino—. Os desean suerte en el viaje.

—Puede que la necesitemos —masculló Kayla—. Quirón, díganos la verdad. Las Hermanas Grises no van a matarnos, ¿no?

¿Qué? ¡No! —El centauro se quedó horrorizado—. Al menos, por ahora no han matado a nadie.

¡Ya les vale a usted y a Nico! —gritó Austin, levantando las manos—. ¿Creen que pueden decirnos algo así?

Las líneas de expresión de Quirón se arrugaron alrededor de sus ojos.

—Venga, sois semidioses. No os pasará nada. Pero, por si acaso, probad a darles unos dracmas de propina al principio del viaje. He oído que eso ayuda a que la experiencia sea menos… ¿intensa?

Metió la mano en el bolsillo de su chaleco de tiro con arco, sacó una moneda dorada y la lanzó al camino.

¡Detente, Carro de la Condenación!

Tan pronto como Quirón terminó de decir esas palabras, el taxi llegó.

El vehículo no se acercó poco a poco al grupo. Simplemente apareció. La moneda se hundió en la calzada, volutas de humo negro se elevaron del suelo, el asfalto se deformó, y el taxi de las Hermanas Grises cobró forma. Parecía un taxi, sin duda, pero su contorno ondeaba y se mecía si lo mirabas con fijación. Nico estaba al tanto de las experiencias de Percy, Meg y Apolo con ese particular medio de transporte. Ellos le habían dicho en repetidas ocasiones que preferían viajar por las sombras a la turbulenta y vomitiva pesadilla que era ir en ese coche. Las Hermanas Grises detestaban a los héroes desde hacía mucho tiempo, y a esas alturas contemplaban a cada habitante del Campamento Mestizo como un posible héroe al que detestar.

Nico no quería reconocerlo delante de los demás, pero había coincidido varias veces con las hermanas y le caían bien. Eran intratables. Difíciles. Apegadas a sus costumbres. Caóticas pero extrañamente cumplidoras. Mostraban su oscuridad sin reparos. ¡Por la Laguna Estigia, compartían el mismo ojo! ¿Cómo no iba a apreciarlas Nico?

Las hermanas estaban en plena bronca cuando una puerta trasera se abrió.

—Sé perfectamente lo que hago, Avispa —dijo la anciana sentada en el asiento del acompañante, con el estropajoso pelo gris meciéndose sobre su cara—. ¿Cuándo no he sabido lo que hago?

¡Oh, oh! —gritó Avispa, que iba sentada en medio—. Qué exuberante. ¡Qué opinión más exuberante, Tempestad!

Pero ¿sabes lo que significa «exuberante»? —replicó Tempestad.

La conductora gimió de forma teatral.

¿Es que sois unas crías? ¿Queréis hacer el favor de dejar de hablar?

Tempestad levantó las manos e hizo su mejor imitación de la conductora, cosa que confundió a Nico, porque todas hablaban de la misma forma.

—Oh, me llamo Ira y soy muuuuuuy madura.

—Te voy a comer el ojo —le advirtió Ira—. Hablo en serio.

—No serás capaz —dijo Avispa.

¡Con sal, pimienta y una pizca de pimentón! —amenazó Ira—. Lo digo de verdad.

—Hola —intervino Austin, levantando el estuche de su saxofón—. ¿Podrían abrir el maletero? Tenemos equipaje.

Las tres Hermanas Grises se dieron la vuelta hacia Austin y hablaron a la vez:

¡NO!

Reanudaron la discusión. Nico decidió en ese preciso instante que eran sus personas favoritas del mundo.

Aun así, se compadecía de Kayla y Austin. Mientras Quirón intentaba abrir el maletero, los dos semidioses parecían más asustados que en todo el año anterior.

¿Seguro que no queréis que os lleve a Manhattan por las sombras? —les ofreció Nico.

Will suspiró.

—Nico, no puedes viajar por las sombras como si fuese un transporte público. Te dejará seco.

—No pasa nada, Nico —dijo Kayla, que parecía esforzarse por creer sus propias palabras—. Todo irá bien.

—Además, vamos a sitios distintos —apuntó Austin—. Mi madre me espera en el centro. Me he matriculado en una academia de Harlem, y ella ha encontrado un piso para los dos muy cerca.

—No parece un mal destino —observó Will—. No queda muy lejos de aquí.

—Y Harlem tiene mucha historia por descubrir —añadió Austin—. ¡Por lo visto, uno de los clubes en los que tocaba Miles Davis ha vuelto a abrir!

Nico asintió con la cabeza sin entusiasmo. No tenía ni idea de quién era ese. Era uno de los inconvenientes de no llevar mucho tiempo en el mundo «humano».

¿Y tú, Kayla? —preguntó Quirón, cargando su equipo de tiro con arco en el maletero.

—Vuelvo a Toronto —dijo ella—. Mi padre quería que regresara a casa, y la verdad es que llevo bastante tiempo fuera. Sinceramente, me hace mucha ilusión. —Le brillaron los ojos—. ¡Sobre todo para demostrarle que ahora tiro con arco mejor que él!

Austin se volvió hacia Nico y Will.

—Entonces… ¿vosotros os quedáis de verdad?

Nico deseó que Will contestase primero. El sol se estaba poniendo detrás de las colinas del oeste y hacía que el cabello rubio rizado de Will pareciese en llamas. Por un instante, Nico se preguntó si Will estaba utilizando su poder fosforescente.

En cualquier caso, Nico se enfadó un poco. ¿Por qué Will tenía que ser tan guapo todo el tiempo?

—Creo que sí —respondió Will, agarrando la mano de Nico—. Mi madre se va de gira con su nuevo disco este otoño, y no sé si quiero recorrer el país dando botes en la parte de atrás de una furgoneta.

—Podría ser divertido —comentó Austin—. Yo espero llegar a viajar con mi música algún día.

Kayla asintió con la cabeza.

—Me pregunto cómo debe de ser visitar otros sitios sin tener que preocuparte de que una estatua asesina te mate.

—Venga ya —dijo Nico—. ¿Qué tiene eso de divertido?

¿Vais a subir al coche? —gruñó Tempestad—. ¿O nos pagáis para que escuchemos vuestro rollo de conversación?

Estaba asomada por la ventanilla con la palma de la mano abierta extendida hacia ellos. Austin le pagó tres dracmas y le dio una generosa propina como Quirón les había recomendado. Tempestad examinó las monedas un momento —Nico no entendió por qué, pues no tenía ojos detrás de aquella densa cortina gris de pelo— y gruñó. Volvió a meterse en el coche.

—Subid —dijo.

Después de despedirse con abrazos rápidos y besos en las mejillas, Austin y Kayla se sentaron en el asiento trasero del taxi de las Hermanas Grises. Mientras tanto, ellas seguían discutiendo.

Kayla echó un vistazo al taxi.

—Hemos estado en peores aventuras —comentó a los que estaban fuera del coche.

¿De verdad? —preguntó Austin.

—En fin, espero veros pronto —continuó Kayla—. Y no os metáis en líos.

Austin se inclinó por encima de Kayla para asomar la cabeza por la ventanilla, con una sonrisa pícara en el rostro.

—Pero si hay líos…

Will les dijo adiós con la mano.

—Te enterarás. Te lo prometo.

¡Cuidaos! —chilló Quirón.

¡Conduce, Ira! ¡Conduce! —gritó Avispa—. ¿No te dedicas a eso? Sinceramente, ¿por qué te pones en ese asiento si no…?

Sus palabras se perdieron cuando el taxi dio una sacudida hacia delante y desapareció convertido en una mancha borrosa de color gris.

Sí. Nico adoraba a las hermanas.

—Bueno, se acabó —dijo Will—. Ellos eran los últimos, ¿verdad?

—Así es —contestó Quirón—. Aparte de algunos miembros del personal, los sátiros y las dríades, el Campamento Mestizo está… vacío.

El viejo centauro parecía un poco confundido. Que Nico recordase, desde que había empezado a ir allí, esa era la primera vez que no había semidioses en el campamento. Aparte de Will y él, claro.

—Es raro —reconoció Nico—. Muy raro.

—Han pasado muchas cosas durante los últimos años —reflexionó Quirón con aire pensativo—. Entiendo mejor que nunca que los campistas quieran volver a sus casas para estar con sus familias o ver mundo.

—Supongo… —asintió Nico.

—En fin, caballeros —continuó Quirón, quitándose el polvo de la pechera del chaleco—. Tengo una reunión con Enebro y las dríades sobre la putrefacción de los árboles. Un tema fascinante, os lo aseguro. ¿Nos vemos en la cena?

Ellos asintieron con la cabeza y le dijeron adiós con la mano cuando el centauro se fue galopando.

—Bueno —dijo Nico—, ¿qué hacemos ahora?

Will, que seguía agarrándolo de la mano, lo condujo colina arriba.

—No tenemos ningún monstruo que matar.

—Qué pena. Podría resucitar a un ejército de esqueletos para que bailen una coreografía. Seguro que puedo enseñarles la de «Single Ladies», si te apetece.

Will rio entre dientes.

—Tampoco tenemos ningún emperador romano que localizar y destronar.

Nico se estremeció.

—Uf. No me lo recuerdes. Si consigo no volver a pensar en el nombre de Nerón el resto de mi vida, seré feliz.

—Muy gracioso —dijo Will cuando llegaron a la cumbre.

¿El qué?

—Tú —respondió—. Siendo feliz.

Nico puso los ojos en blanco.

—Mi bolita gruñona de oscuridad —añadió Will, y le dio un codazo en las costillas.

—Puaj, qué grima —repuso Nico, apartándose de un brinco—. No nos pasemos.

¿Olvidas que yo era, y te cito textualmente, Nico, tu «medio incordio»?

—Oh, y lo sigues siendo —contestó, y acto seguido Will se puso a perseguirlo colina abajo hasta el campamento.

Nico se permitió disfrutar de esa sensación. Will tenía razón: no había el más mínimo peligro en el horizonte. Ningún malote. Ningún semidiós traidor al acecho, ningún monstruo escondido que estuviese esperando para destruir el Campamento Mestizo.

Sin embargo, notó entonces un hormigueo en la piel. Su cuerpo le estaba avisando, ¿no? «No te acostumbres demasiado», le decía. «Él te está esperando en el Tártaro. ¿O te has olvidado de él como el resto de la gente?».

Tal vez ese periodo de descanso no fuese tan buena idea. Si Nico no tenía ningún monstruo terrible ni ningún villano contra el que luchar, ¿qué excusa le quedaba para seguir desoyendo la voz?

Lo cierto es que no podía desoírla aunque quisiese. Le habían visitado muchos fantasmas a lo largo de los años. Los muertos querían que les oyesen, ¿y quién mejor para escucharlos que el hijo de Hades?

Pero esa voz… no era de alguien que hubiese fallecido. Y Nico nunca había oído a nadie que pareciese tan necesitado de ayuda.

De modo que estaba desanimado cuando Will y él llegaron al pabellón comedor después de parar en sus cabañas para refrescarse. Resultaba extraño estar en un lugar que normalmente rebosaba vida. Ahora solo había unas cuantas dríades y arpías repartidas de manera desigual por las distintas mesas. El director del campamento, Dioniso —el señor D, para todos ellos—, estaba repantigado en la mesa principal con Quirón, que había conseguido acabar de cenar antes que los demás. Los dos gerentes estaban tan absortos en su conversación que apenas repararon en Will cuando los saludó con la mano.

Ni siquiera los sátiros que sirvieron a Nico y a Will estaban muy entusiasmados.

—Este sitio parece mi alma —bromeó Nico—. Ya sabes, vacío y oscuro.

Will tragó unos pedazos de pollo de kebab.

—Tú no estás vacío —repuso él, y a continuación apuntó a Nico con la brocheta—. Pero está claro que eres oscuro.

—Oscuro como los abismos del inframundo.

Will bajó la vista y se centró en la comida como si fuese lo más interesante que había visto en la vida.

—No tenemos por qué hablar del tema si no te apetece —dijo Nico.

Will logró esbozar una sonrisa. Su calidez era sincera —como siempre, porque básicamente era un rayo de sol, en sentido literal—, y Nico se ablandó un poco.

—Podemos hablar de ello —respondió—. Pero ahora no, Nico. Austin y Kayla acaban de marcharse. El campamento está tranquilo. Sereno. Silencioso. Disfrutemos del respiro, ¿vale?

Nico asintió con la cabeza, aunque no estaba seguro de cómo hacer lo que Will le pedía. ¿Cuándo había tenido él un respiro antes? Si no eran emperadores romanos muertos, era su padre. O Minos. O su madrastra, Perséfone. Habían pasado años desde aquel incidente concreto, pero él seguía molesto porque lo había convertido en un diente de león. ¡Un diente de león! ¡Era un insulto a su estética!

Y había otras cosas de las que prefería no acordarse. Cosas más siniestras. Fantasmas que probablemente lo acabasen visitando. Nico se lo tragó todo formando una bolita gruñona de oscuridad dentro del pecho. Entonces forzó una sonrisa y escuchó a Will hablar de todas las cosas que podían hacer ese otoño en el campamento.

Saldría bien. Todo saldría bien.

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Siempre asaltaba a Nico en sueños.

La primera vez que le confesó a Will que oía una voz muy angustiada del inframundo, Nico temió haber cometido un error. A veces parecía que Will no entendía lo que suponía para Nico ser…, en fin, Nico. El inframundo asustaba a Will, sinceramente, pero Nico necesitaba contarle a alguien lo que le estaba pasando.

Meses antes, Nico había presentido la muerte de su amigo Jason Grace, una tragedia que lo había sumido en una espiral de pena y rabia. Cuando Lester y Meg llegaron al Campamento Mestizo al principio del verano, Nico se encontraba en un estado emocional tan inestable que había resucitado a muertos sin querer más de una vez. (No hay nada más desconcertante que despertarte por la mañana y encontrarte a un zombi recién encarnado a tu lado, esperando a que le digas qué te apetece desayunar).

Will lo había escuchado con atención, como siempre. Después le había preguntado, entre otras cosas, si la voz guardaba relación con las imágenes del pasado que Nico había estado viendo últimamente. Will se había quedado callado un rato y luego le había preguntado:

¿Seguro que no es trastorno por estrés postraumático?

A veces al cerebro de Nico se le ocurría una broma y, un segundo más tarde, le salía por la boca sin ningún filtro. Eso es precisamente lo que pasó cuando soltó:

¡Mi vida entera está trastornada!

Will no se rio.

En lugar de eso, propuso a Nico que tal vez debería hablar con el señor D. A pesar de todos los defectos de Dioniso, era un dios del Olimpo con experiencia en esos asuntos: sueños, visiones y estados alterados de conciencia.

«También es el dios de la locura», pensó Nico. Trató de no detenerse en ello ni en lo que implicaba que Will le hubiese propuesto aquello.

—Prefiero hacer cualquier cosa antes que eso —replicó Nico—. ¿Ese tío puede mantener una conversación sin sarcasmo, insultos o una mezcla de las dos cosas?

Will sonrió.

¿Acaso puedes tú?

Nico se había pasado el resto del día intentando recuperarse del golpe que Will le había asestado con esas tres palabras. Aun así, lo que Will había dicho encerraba cierta verdad. Esa no era la primera vez que Nico se enfrentaba a los recuerdos o al estrés postraumático. Había enseñado a su hermana Hazel Levesque a lidiar con las terribles visiones que le asaltaban después de pasar un tiempo en el inframundo. Incluso había mantenido una conversación sincera con Reyna Avila Ramírez-Arellano sobre el estrés postraumático y su relación con los recuerdos de su padre. Sin embargo, nunca había vuelto la mirada hacia sí. ¿Le pasaba ahora lo mismo a él? Sinceramente, ¿cómo no iba a pasarle? A pesar de todo, estaba seguro de que la voz era otra cosa.

El día de la confesión a Will, después de cenar, Nico se armó de valor para hablar con el señor D. Reveló al director las imágenes del pasado que le sobrevenían durante el día, los sueños recurrentes y la voz de las profundidades del Tártaro. (Sin embargo, no le contó al señor D los detalles de la profecía del Oráculo. Esa parte todavía le resultaba demasiado dolorosa, demasiado íntima para una primera conversación).

El señor D se recostó en la tumbona dando vueltas a su lata de Coca-Cola Light entre los dedos. Con su cabello moreno despeinado, su piel llena de manchas y su arrugada camiseta del campamento con estampado de leopardo, Dioniso parecía más un asistente a un congreso de Las Vegas borracho que un dios.

Para sorpresa de Nico, el señor D no lo mandó con la música a otra parte ni hizo ningún comentario mordaz a su costa.

—Tenemos que llegar al fondo del asunto. —Los ojos color violeta del señor D eran perturbadores, como el vino cristalizado… o la sangre—. Quiero verte cada mañana a la hora del desayuno. Me informarás de tus sueños y me pondrás al corriente si surge alguna novedad.

La bola de oscuridad que anidaba en el pecho de Nico le oprimió contra el estómago. Habría preferido que el señor D se hubiese mostrado despectivo y grosero. Ver al dios tan serio resultaba inquietante.

¿Cada día? —preguntó—. ¿Seguro que es necesario?

—Créeme, Nico di Angelo, preferiría que tus ridículos problemas de mortal no me estropearan el desayuno, pero, sí, es necesario si quieres mantener la conciencia intacta. E intenta tener sueños interesantes, por favor. No los típicos «Iba volando», «Me perseguían» o «Estaba cantando en un escenario en ropa interior».

De modo que se convirtió en una rutina. El señor D hablaba con Nico cada mañana; el plato del dios estaba repleto de salchichas y huevos mientras que en el de Nico solo había unas pocas fresas. Eso también preocupaba al señor D, que, siendo el dios de las fiestas, no miraba con buenos ojos a alguien que no disfrutaba de la comida.

—Ya sé que te va el rollo pálido y flacucho de los hijos de Hades, pero sigues siendo humano. Necesitas comer.

Nico se encogió de hombros.

—Supongo que estoy acostumbrado a tener hambre. La verdad es que no me molesta.

El señor D gruñó.

—Pero tu apetito está empeorando. Sumado a las imágenes del pasado y a la voz que oyes en tus sueños…

—Nada que no pueda manejar —insistió Nico.

El señor D apartó el plato. A continuación giró el cuerpo hacia Nico.

—Mira, muchacho. Después de vivir exiliado en el Campamento Mestizo todos estos miserables años, he aprendido que los mortales sois sorprendentemente fuertes.

—Justo… —empezó a decir Nico.

El señor D levantó la mano.

—No he acabado. Puede que seáis fuertes, pero seguís siendo humanos. No hace falta que te castigues pasando hambre porque estás acostumbrado a ello. Para que tu mente se cure, tu cuerpo también tiene que curarse.

Nico gruñó. Acto seguido, su estómago gruñó a su vez.

Algunos días Nico era incapaz de contarle al señor D sus sueños. Eran demasiado dolorosos, demasiado crueles, y sacaban a la luz viejos recuerdos que no le apetecía analizar. Pero otras veces Nico debía reconocer que hablar le ayudaba. Descubrió que con Dioniso no tenía por qué dulcificar las cosas. La misma crudeza del director del campamento que tanto le molestaba resultaba muy útil cuando le relataba las imágenes que veía.

—Madre mía —dijo el señor D en una ocasión después de que Nico le narrase una serie de sueños que no trataban tanto de cantar en ropa interior como de verse quemado, ahogado y aplastado dentro de una vasija de bronce llena de hormigas—. ¡Es maravilloso! Tengo que acordarme de provocarles a mis peores enemigos esa pesadilla.

Sin embargo, ninguna de las conversaciones llegó al meollo del asunto: ¿por qué Nico tenía esas visiones?

¿Se las merecía?

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La noche después de la partida de Kayla y Austin, Nico se quedó despierto mucho después de que Will se hubiese retirado a la cabaña de Apolo. Todavía le bullía la mente, y tenía miedo de dormirse. Los semidioses siempre tenían sueños vívidos —y a veces proféticos—, pero cuando él dormía, la voz se volvía casi insoportable.

«¡Ayúdame, por favor!», gritaba. «Te necesito, Nico di Angelo. Te necesito».

Bueno, también lo necesitaban todos los fantasmas que lo visitaban. Los muertos solo querían que se les oyese, sobre todo si no les habían escuchado durante su estancia en la tierra. El inframundo estaba lleno de almas que vagaban por los Campos de Asfódelos reclamando atención.

Pero aquella voz no era de un muerto. Parecía que viniese de más lejos que los Campos de Asfódelos y que estuviera más atormentada que la de cualquier fantasma. Aquella voz le llamaba desde el Tártaro, la parte más oscura y recóndita del inframundo. Y nadie le llamaba desde el Tártaro.

Tenía que ser Bob el titán.

Nico se acordaba del primer encuentro que habían tenido: el día de Navidad de hacía casi tres años, cuando Perséfone encargó a Nico, Percy Jackson y Thalia Grace que rescatasen la espada perdida de Hades. Para conseguirlo, tendrían que luchar contra Jápeto, un titán liberado de las profundidades del Tártaro. El titán podría haberlos matado a los tres, pero echando mano de sus últimas fuerzas, Percy lanzó a Jápeto al río Lete y le borró todos los recuerdos. Luego Percy le cambió el nombre por Bob y convenció al titán de que eran buenos amigos. Por extraño que parezca, la nueva identidad se mantuvo.

Desde entonces, Nico había visitado a Bob varias veces en el inframundo. El ahora bondadoso titán había empezado a trabajar de conserje en el palacio de Hades y parecía encantado de dedicarse a barrer huesos y quitar el polvo a sarcófagos. Nico y él entablaron una extraña amistad. Los dos se sentían desconectados de su pasado, incómodos con otras personas y tristes con respecto a su «amigo» mutuo Percy Jackson, que parecía haberse olvidado de que existían.

Entonces, hacía año y medio, Percy y Annabeth habían caído al Tártaro. Bob había presentido el peligro que corrían y se había lanzado al abismo para ayudarles. Se había defendido de un ejército de monstruos para que Percy y Annabeth pudiesen volver al mundo de los mortales, y nadie sabía con certeza qué había sido de Bob después: si había muerto o si había logrado sobrevivir.

Sin embargo, Nico había pensado en Bob casi a diario durante los tres últimos años. Se sentía culpable. Deberían haberlo salvado. Alguien debería haberlo rescatado del Tártaro. ¿Cómo podían haberlo dejado allí cuando él había salvado a Percy y a Annabeth y…, en fin, prácticamente al mundo entero?

Tal vez Will y el señor D tenían razón. Tal vez la voz de Bob era un falso eco, una manifestación del estrés postraumático de Nico.

Pero aquello no explicaba la profecía.

En eso estaba pensando Nico cuando por fin se quedó dormido.

Nico estaba a oscuras. ¡Qué novedad!

Había tenido ese sueño tantas veces que creía saber adónde llevaba.

Solo que… esa noche, no.

En el vacío, Nico oyó su nombre.

«Nico».

Una voz distinta, pero muy familiar…

«Caro Niccolo».

Se movió mientras las sombras lo envolvían. Nadie lo llamaba Niccolo. Nadie salvo…

«Niccolo, vita mia…».

Las sombras le oprimían la cara. No podía respirar.

Hacía años que no oía esa voz. Décadas.

Mamá.

«¡Estoy aquí!», trató de gritar. «¡Por favor, no te vayas!».

«Vita mia», repitió ella. «Devi ascoltarmi».

Nico se esforzó por entender lo que decía. Sí, él era italiano. Esa era su lengua materna. Pero a su mente le costaba funcionar, como si la oscuridad hubiese penetrado en su cráneo.

Finalmente, entendió el significado.

—¡Te escucho, mamá! —contestó.

Se revolvió tratando de liberarse del denso capullo de sombras.

«ASCOLTA!», gritó la voz.

«¡ESCUCHA!».

Nico cayó.

Se desplomó en un nido blando y cálido de mantas. ¿Volvía a estar en su litera del campamento? Se incorporó y…

Luz. Sobre una mesa de noche marrón lacada, una fea lámpara de escritorio metálica emitía un fulgor amarillo a una habitación que le resultaba extrañamente familiar. Gruesas cortinas opacas. Un televisor de pantalla plana. Papel pintado a rayas color oro y crema como los barrotes dorados de una cárcel.

Un momento. No. ¿Era…?

Cogió una tarjeta plastificada de la mesa de noche.

HOTEL CASINO LOTO: CARTA DE DESAYUNO EN LA HABITACIÓN

No. ¡No, no, no!

Al girar despacio en la cama de matrimonio extragrande, recordó que el colchón emitía pequeños chirridos metálicos cada vez que se movía.

La percibió antes de verla, dormida en la cama de al lado.

Su hermana Bianca. Parecía muy tranquila, con el pecho subiendo con lentitud al ritmo de su respiración y el cabello moreno desplegado sobre la almohada. Nico trató de abrir la boca, trató de llamarla, pero no le salió la voz. Algo asomaba por el borde del edredón a la altura del hombro de Bianca. ¿Era… su carcaj? Nico retiró las mantas y vio que su hermana estaba vestida para el combate, con botas, cazadora y flechas incluidas.

Algo no encajaba. Bianca no se había convertido en cazadora de Artemisa hasta después de su estancia en el Casino Loto. Luego había hecho el juramento… y se había separado de Nico por última vez. Si pudiese avisarla, impedir que tomase esas decisiones…

«¡Despierta!», intentó gritar, pero sus labios no se abrían. Se llevó rápidamente la mano derecha a la boca. El miedo se agitó en su estómago.

Salió disparado de la cama. Tropezó porque se le enredaron las piernas en el edredón y fue tambaleándose hasta la dura luz fluorescente del cuarto de baño. Apoyó las manos en el espejo. Cuando sus ojos se acostumbraron…

Quiso gritar, pero no pudo. No tenía boca. Debajo de la nariz, donde antes tenía los labios, había una línea pálida de tejido blando.

«Es un sueño», se dijo. «Un sueño. ¡Despierta, despierta, despierta!».

Su reflejo asustado y desfigurado seguía mirándolo. Por enésima vez Nico deseó haber heredado la magia onírica de Hades. Con ella podría controlar lo que veía. Ya estaría despierto. Podría contarle su pesadilla a Will o al señor D, restarle importancia y volver a hacer como si no oyese la voz del Tártaro. Eso habría sido mucho más fácil.

En lugar de eso, entró en la habitación dando traspiés. La cama estaba ahora vacía.

«¿Bianca? ¿Adónde has ido?».

Sin embargo, no pudo gritarlo. No pudo decir nada.

Nico dio otro paso hacia la cama y se hundió en el suelo.

Volvió a caer.

Esta vez, cuando aterrizó, chocó contra algo muy sólido. El aire le salió de golpe de los pulmones, y al abrir los ojos se encontró mirando…

El cielo.

Un cielo azul intenso, enmarcado por hileras de cables de acero colgantes.

«¿Qué?», pensó. «¿Dónde estoy?».

Empujó con las manos la superficie que había debajo de él. Estaba caliente y áspera. Asfalto. Una carretera. Entonces vio los coches a cada lado. Se levantó rápido, presa del pánico, convencido de que estaba a punto de ser atropellado.

Pero los coches siguieron quietos.

Se acercó con vacilación a uno y le confundió aún más descubrir que el asiento del conductor estaba vacío. Todos los coches parecían desiertos: dos filas inmóviles de tráfico, y, a lo lejos, el contorno de Manhattan. El viento sacudía la ropa de Nico. El asfalto se mecía suavemente, y encima de él los cables de sustentación de metal gris azulado vibraban como gigantescas cuerdas de guitarra. Los caminos peatonales situados a cada lado de la carretera estaban cortados con barreras de un rojo apagado. Pero no había nadie por ninguna parte. Mucho más abajo, el East River ondeaba a la luz del sol.

—Vale, sueño —murmuró para sí—. ¿Qué pinto yo en un puente de Nueva York?

Tan pronto como lo dijo, Nico se dio cuenta de dos cosas. Primero, podía hablar de nuevo. Ya no tenía la boca pegada. Segundo, era el puente de Williamsburg.

«Oh, no», pensó. «No, me niego a revivir este día».

Detrás de Nico se oyó un rugido, y se le heló la sangre en las venas. Se volvió y vio lo imposible.

Era una figura alta y dorada, pero no de una forma atractiva como Will, sino más bien de un modo extraño y aterrador, como si dijese: «Te voy a matar». Medía casi tres metros, con un rostro cruel y atemporal, unos ojos de oro fundido y una armadura reluciente. En sus manos brillaba una enorme guadaña.

Cronos.

—Esto no tiene sentido.

Nico retrocedió poco a poco, y se le aceleró el pulso cuando el titán avanzó hacia él a grandes zancadas, acompañado de una horda de monstruos y semidioses aliados a su espalda. Los sueños casi nunca tienen sentido, pero ese… Nico no había estado en el puente de Williamsburg durante la Batalla de Manhattan. Solo había oído que Percy había derrumbado la parte central del puente para frenar la invasión de Cronos.

El titán clavó los ojos en Nico y sonrió de forma espantosa, como si le estuviera leyendo el pensamiento. Levantó la guadaña.

—¡No!

Nico se volvió para correr hacia Manhattan, lejos del ejército de Cronos que avanzaba hacia él.

Pero ellos se interponían en su camino.

Percy.

Michael Yew.

Annabeth.

Will…, jovencísimo y muy asustado.

Nico se quedó inmóvil, atrapado entre las líneas de batalla. El puente se bamboleaba debajo de él.

—Esto no es real —se dijo—. No estoy aquí.

—Escucha.

Percy avanzó y obligó a Nico a retroceder en dirección a Cronos.

—¿Qué es esto, Percy? —Nico levantó las manos a la defensiva—. ¿Qué haces?

—Tienes que escuchar —dijo Michael Yew, con los ojos marrón intenso llenos de lágrimas—. Si no escuchas, correrás la misma suerte que yo.

—¿No es un pelín demasiado siniestro? —gruñó Nico.

Se dio la vuelta, pero Cronos ya estaba encima de él, blandiendo la guadaña como la hoja de una guillotina.

—¡Escucha! —ordenó el titán.

—¡Estoy escuchando! —Nico estaba furioso—. ¡Quienquiera que intente comunicarse conmigo que me diga lo que quiere!

La guadaña de Cronos se abatió sobre su cara.

Nico estaba a oscuras. Otra vez.

Para entonces estaba harto. El miedo y la pena que podía aguantar una persona tenían un límite. Ese extraño vaivén entre recuerdos y acontecimientos le parecía totalmente innecesario.

«¡Ya lo he pillado!», pensó. «¡Estoy escuchando! ¿No es suficiente?».

Una luz apareció, tenue y morada.

—Pero ¿qué…?

Nico agarró su espada de hierro estigio y dejó que su fulgor iluminase el entorno. Estaba metido en un espacio con forma de huevo en el que apenas cabía. Las relucientes paredes metálicas estaban frías al tacto. Enfrente de él, grabadas en el bronce, había tres largas muescas.

—No —dijo en voz alta, y el sonido de su voz resonó hasta él—. No puede ser.

El sueño de Nico lo había devuelto a la vasija en la que los gigantes Efialtes y Oto lo habían metido para atraer a los siete semidioses de la profecía. No era su recuerdo

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