De este lado del mundo

Fragmento

De este lado del mundo

La facultad era un monstruo. Un lugar frío, enorme, repleto de caras nuevas. Ana se detuvo frente a la construcción gris unos momentos después de bajar del colectivo. Respiró. El corazón le latía con expectativa y nervios. Aunque la sintió amenazante, había deseado tanto que llegara ese día que no le importó... finalmente podría perderse entre alumnos desconocidos, aprender cosas que le fueran relevantes, hacer las tareas a su ritmo. No sabía si sería así o no; esa había sido su fantasía durante los últimos años de secundaria, en los que cada materia le había resultado una completa pérdida de tiempo.

Su colegio era pequeño; sus compañeros, olvidables. Se había ocupado activamente de encerrarse en una burbuja de auriculares y dibujos para mantenerse cuerda. En algún momento los directivos y el equipo de orientación se cansaron de citar a sus padres y, hacia cuarto año, advirtiendo que ni ellos ni Ana tenían intenciones de que la situación cambiara, la dejaron ser. De todas maneras, no causaba problemas ni tenía dificultades para aprobar las asignaturas. Ana se convirtió en un nombre que entregaba los exámenes, ocupaba un asiento y pasaba de año.

Para el colegio no era más que una chica introvertida y silenciosa; dentro de su universo, las cosas eran diferentes. Allí florecían todo tipo de historias, de escenarios, de canciones. Los brotes de ese espacio íntimo veían la luz en sus dibujos o en sus poesías. Tal vez lo único que la conectaba con el mundo.

Recorrió los pasillos interminables, subió y bajó escaleras hasta dar con el aula en la que tendría su primera clase. Cuando vio que la mayoría de los asientos estaban tomados, se intranquilizó. A pesar de todo lo que la abrumaba, hizo un esfuerzo para no entregarse al miedo. Caminó entre las filas con la mirada hacia abajo hasta uno libre, y lo ocupó. Los minutos pasaban sin noticias del profesor. Pensamiento Científico. Miró a su alrededor en busca de alguna cara que reflejara algo parecido a lo que sentía ella. No la encontró. O charlaban en grupos de tres o cuatro (¿en qué momento se habían relacionado? ¿Eran amigos de antes?), o miraban sus celulares, o dormitaban.

Varios minutos pasada la hora, un joven de estatura mediana y rulos cruzó la puerta, agitado. Por un momento Ana pensó que podía ser uno de los docentes, pero no. Era de su edad. Le resultó graciosa la expresión de alivio que puso cuando se dio cuenta de que la persona a cargo no había llegado todavía. Quedaban solo un par de lugares libres en el fondo. Cuando le pasó por al lado, no pudo dejar de notar que tenía un perfume rico, a shampoo. En la búsqueda de banco, él se cruzó con los ojos de ella y le sonrió. Ana bajó la vista al cuaderno. ¿Se había dado cuenta de que lo estaba mirando? Para aplacar la vergüenza, se puso los auriculares y comenzó a hacer garabatos.

Cuando la profesora llegó —era una mujer—, Ana le daba los últimos retoques al retrato de una joven. Sus cabellos estaban sueltos y desprolijos, su mirada era enigmática y las pecas, espolvoreadas con la birome con la que había bocetado todo, le daban un aire melancólico. Tan ensimismada estaba en la música y el trazo, que no se percató de que varios de sus compañeros se habían agrupado a sus espaldas para ver el progreso de su creación.

—Buenos días. —La docente dejó caer varios bolsos sobre la silla de su escritorio—. Tomen nota de la bibliografía que vamos a estar usando... —Escribió un par de títulos en la pizarra—. Y ya creo que se hizo la hora. Lean los cinco primeros capítulos de este —señaló el tercero—, y nos vemos la clase que viene.

Así como llegó, se perdió acelerada en las entrañas del edificio. Definitivamente aquella experiencia no había sido para nada significativa. Un poco desilusionada, Ana se propuso explorar.

En la planta baja, encontró una cafetería con sillas de colores vivos. El olor del café con leche siempre tenía en ella un efecto reparador, la transportaba a otros lugares, a otras vidas. Recordaba el día en el que había juntado coraje para sentarse sola en un bar y pedir uno por primera vez. Tenía dieciséis años y vivió ese momento como una iniciación. De repente, era grande. Disfrutar de esa situación a solas, en un espacio público, le ponía el alma inquieta. Esas eran las sensaciones que buscaba: las que le permitieran abrir las alas que llevaba ocultas y percibirse única, sensible y especial.

De este lado del mundo

El primer mes de facultad se convirtió en un torbellino de colectivos, datos confusos e incertidumbres solo tolerables gracias a la única —pero indispensable— certeza de que estaba donde quería estar.

—¿De dónde venís? —Una voz la sorprendió una tarde mientras esperaba, algo muerta de frío, en la parada.

—¿Eh? —Ana se volteó. Estaba repasando mentalmente todo lo que tenía que investigar para la tarea que acababan de asignarle en Proyectual.

—¿De dónde sos? —insistió la desconocida.

Era una chica baja, de contextura grande y pelo por los hombros mitad fucsia, mitad castaño.

—De acá, de la facu... —Se dio cuenta de que estaba respondiendo cualquier cosa. Seguía con la mente en otra parte—. ¿Me preguntás dónde vivo o de dónde vengo ahora?

La chica revoleó los ojos, divertida. Ana entendió.

—De Flores, ¿vos?

—Almagro —comentó ella, relajada, atándose el pelo en una cola.

—Ah, cerca —balbuceó Ana, sin saber bien qué decir.

—Cerca. Te pregunto porque nos cruzamos siempre en el 42.

Ana entornó la mirada, como si enfocándola pudiera recordarla. Pero no, supuso que si la hubiera visto antes, su cabello no habría pasado desapercibido.

—Me llamo Luz —se presentó.

—Ana.

Sonrieron con un poco de incomodidad.

Había llovido fuerte hasta hacía un rato. Terminaba abril, y las hojas secas que aún resistían en las ramas habían sido abatidas por el temporal y ahora yacían aplastadas contra el suelo.

“Es una muerte triste”, pensó Ana. “Deberían caer en tierra, descomponerse, transformarse. Pero no, se quedan ahí, en el asfalto, sin poder cerrar su ciclo. Capaz encuentren el camino hacia un desagüe y...”

—¿Te tomás el 42 ahora?

Asintió. Hubiera preferido seguir pensando en el destino de las hojas.

—¿Qué cursaste hoy? —se interesó Luz.

—Proyectual.

—¿Arquitectura?

—Sí. ¿Vos?

—Diseño de indumentaria.

El colectivo estaba llegando. Ana sacó los auriculares de su bolso y se los puso.

—Nos vemos —soltó al subir.

Luz lo hizo después. Vio cómo Ana se acomodaba en el último asiento a mirar por la ventanilla, las Converse sobre la baranda de la puerta del fondo. Parecía etérea. Recordaba haberla visto dibujar como los dioses cuando pasó por el aula de Pensamiento Científico a saludar a un compañero de la secundaria el primer día de clases. Dio la casualidad que luego la encontró regularmente compartiendo el viaje en el 42. Se había quedado admirada de la soltura de su trazo, y de la mirada que había logrado en la mujer que dibujaba. Como si tuviera el alma asomándole en los ojos. Ana tenía, al igual que su dibujo, algo de otro mundo. Algo que la atraía. Iba a hacerla parte de su vida. Estaba decidido.

De este lado del mundo

La lluvia se estrellaba contra el vidrio. En su teléfono sonaba Illicit affairs, de Taylor Swift. Hizo el ejercicio de enfocar las venas de agua con el fondo nebuloso de la ciudad, para luego enfocar los edificios tras la ventanilla mojada.

—¡Vení! Acá, atrás del pino.

Había llovido. De la punta de las espinas pendían gotas en las que cabía el bosque.

—¡Vení! ¡Vení!

Las zapatillas corrían sobre el colchón de hojas. Detrás del pino, un murciélago, las alas extendidas.

Anita tomó un palo y lo rozó, guardando distancia. El animal no se movió.

—Está muerto —dijo el niño de ojos de animé.

Se quedó quieta. Era su primer encuentro con la muerte.

—¿Te da miedo? —la desafió el hermano.

—No sé...

—¿Qué te puede hacer?

—No sé. No lo toques.

—Y si... —Lolo le acercó un dedo.

—¡No! —gritó Anita y corrió.

Él tomó una piedra grande y la siguió, haciendo de cuenta que llevaba el animal.

Sabía de esa mentira, pero corrió como si fuera cierto. Y gritó, y se espantó, y le dio golpes amistosos a él cuando llegaron a la casa.

Y el mundo era entonces tan simple y tan real que ahora resultaba insoportable.

De este lado del mundo

Teníamos los pies pequeños

un hilo nos unía

de corazón a corazón.

La puerta del cuarto se abrió, obligándola a poner en pausa la lapicera con la que garabateaba en su cuaderno de recortes.

—Ana, ¿pusiste a andar el lavavajillas? —Otra vez un reproche disfrazado de pregunta.

—No, ma.

—Tenemos todo sucio. Te encargabas vos, anoche.

—Perdoná.

Su mamá se fue diciendo cosas por lo bajo. Ana cerró de nuevo. Echó un vistazo alrededor. Últimamente sentía que no terminaba de fijar las cosas. Las imágenes. Como si todo cambiara todo el tiempo de manera imperceptible. Tal vez fuera culpa de la luz.

Quería escribir con una birome de color la frase que se le había ocurrido mientras viajaba en colectivo. Al abrir el cajón, aparecieron unos papeles plateados que la desviaron de su meta. Tomó la tijera y recortó peces. Sabía que por algún lado había tanza. Cuando la encontró, los colgó del riel de la cortina, sobre la ventana. Deseó con todo el corazón que, cuando el sol brillara, se encargaran de repartir destellos por la habitación.

Un portazo anunció que María, su madre, se había ido a comprar algo para la cena. Tenía su lista favorita sonando en shuffle y, mientras anudaba el último pez, irrumpió As it was de Harry Styles. Empezó a asentir al ritmo de la música. Luego, se unió a la letra, cantando un poco desafinada. Para cuando llegó el estribillo, dejó todo y se puso a bailar. Sin pensarlo, se encontró rebotando alrededor de la cama, a la que subió sacudiendo los brazos, la cabeza, al ritmo de la canción que la llevaba, la transportaba, la hacía ser otra. Se permitió soltarse. Porque sí. Porque estaba viva. Porque tenía un futuro en blanco para escribir, borrar y equivocarse las veces que fueran necesarias.

De este lado del mundo

—Hay que dar dos vueltas a la luna.

—¿Por qué dos?

—Porque dos son mejores que una.

La luna, una silla. El cohete, una caja de cartón.

—¿Cómo te fue en la facultad? —En la cocina reinaba un clima denso.

El descargo y la energía de la música se habían esfumado. María cortaba la comida en su plato, albóndigas con arroz.

—Bien —Ana las empujaba con el tenedor.

Una lámpara de los ochenta que había pasado de casa en casa iluminaba, tenue, la mesa redonda a la que estaban sentadas.

—¿Tenés exámenes, algo? —Sus ojos estudiaban las facciones de la hija, esforzándose por descifrar las historias que no le contaba.

—Todavía no. En unas semanas.

—¿Conociste a alguien?

—¿Dónde?

—En la facultad, Ana. Volvé a la Tierra de vez en cuando. Te pregunto si te hiciste alguna amiga, algún amigo... ahora que estás ahí, y tienen todos los mismos intereses...

—Sí. Está bien —comentó, distraída.

—¿Qué está bien? — María perdía la paciencia.

—La facultad. Está bien.

—¿Y la gente? —Necesitaba saber si algo se modificaba en el mundo de Ana.

—Bien, también.

María suspiró. Miró a su hija con resignación.

—Yo espero que esta etapa pase pronto —comentó, como dirigiéndose a alguien invisible—. Ojalá algún día podamos conversar como gente normal.

Ana observó a su mamá. Tenía el pelo oscuro con las raíces crecidas, algunas arrugas al costado de los ojos café que le parecieron nuevas.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos