
keira
Prólogo
Sábado, 7 de abril
4.12 h.
—Estás rara —opina Ástor, resignado.
—No es verdad.
—Dices que no, Keira, pero lo estás…
—¿En qué lo notas?
Una pregunta estúpida cuando acabo de apartarme de su toque.
—Pensaba que ya lo habíamos superado… ¿Es que no me crees?
—Claro que te creo, Ástor —contesto con firmeza.
—Entonces ¿qué pasa?
Me callo porque no tengo respuesta a esa pregunta. ¡No es por él! ¿O sí…? Lo cierto es que ya no sé en quién confiar después de los últimos quince días.
Es el tiempo que ha pasado desde que descubrí quién mató a Sofía. Lo malo es que sigo sin poder demostrarlo y sin saber por qué, y el insomnio y el estrés que arrastro me están consumiendo. No es fácil ser testigo de hasta qué punto un buen asesino es capaz de engañar incluso a sus más allegados…
Con toda probabilidad su mente enfermiza transforme sus remordimientos en la convicción de que tiene una misión mucho más grande que cualquier vida humana.
—¿Es por esta casa? —me pregunta Ástor de pronto, sacándome de mis cavilaciones—. ¿Te trae malos recuerdos?
—Puede ser… —admito.
Estamos en la mansión de los Arnau. Aquí es donde descubrimos que Sofía y Carla andaban compinchadas. Ahora la una está muerta y la otra, encerrada, y encontrarnos aquí de celebración me incomoda un poco.
Es un casoplón enorme, repleto de invitados de etiqueta que no querían perderse el cumpleaños del marqués. Al parecer, Xavier tiene fama de ofrecer un despliegue inigualable de buen gusto, amenizado con un catering de alta calidad y la mejor música en directo.
—Pues a mí me pone mucho estar aquí… —confiesa Ástor con una sonrisa torcida pegándose de nuevo a mí—. Me llena de adrenalina…
Sentir la brisa de sus palabras sobre la piel de mi mejilla me excita, y esta vez no me aparto.
Antes lo he rechazado porque acordamos que no volveríamos a ocultarnos nada y somos expertos en romper esa promesa… A mí me pesa tener que hacerlo, pero no puedo contarle lo que he descubierto. Podría ser muy peligroso para él.
Sus labios se posan en mi cuello y me obliga a cerrar los ojos contra mi voluntad.
Me encantaría perderme en su boca y olvidarme de todo por un instante, pero no es fácil desconectar. No lo ha sido desde que vi esa maldita grabación de Charly entrando en mi despacho en busca de la dichosa carpeta roja de Ulises…
Las increíbles manos de Ástor acarician el exterior de mis muslos y no detienen su andanza al toparse con la tela de mi vestido, sino que la arrastran hacia arriba a la vez que entierra su nariz en mi pelo.
—Kei… —jadea suplicante—. Necesito que todo vuelva a ser como antes… Por favor…
Su petición me ablanda y arqueo la espalda dándole acceso a mi intimidad. Al percibirlo, suspira enardecido.
Me aprisiona desde atrás contra la encimera del cuarto de baño hasta el que me ha seguido y gimo bajito cuando me separa las piernas sin delicadeza. Sus manos recorren mis ingles con devoción hasta llegar a mi centro.
Mentiría si dijera que no me gusta sentir su necesidad de poseerme y terminar follando en los lugares más insospechados, como si fuera su amante en vez de su prometida.
—Dios, Keira… —gime impaciente, desabrochándose el pantalón.
La anticipación me tensa al imaginar cada centímetro de su piel abriéndose paso en la mía con estocadas firmes y profundas.
Podría tomarme esta licencia…, este pequeño instante de placer y disfrutarlo un poco, porque en cuanto volvamos a la fiesta el enemigo seguirá acechándonos.
Brindará con nosotros, bromearemos juntos y tendré que dibujar una sonrisa falsa en mi cara para que nadie sospeche nada, Ástor el que menos…
El susodicho toma mi boca con avaricia haciendo que la imagen del innombrable se difumine en mi mente. Hacía muchos días que no nos dábamos un morreo en condiciones, y me regocijo al máximo. Es evidente que el alcohol ha conseguido que nos saltemos el clásico protocolo tras una pelea, porque la semana ha sido bastante fría entre nosotros después de cierto mal trago con la prensa… Ya os contaré, no es momento de pensar en eso, es momento de…
Toc, toc, toc.
Unos golpes en la puerta nos interrumpen.
—Que esperen… —farfulla Ástor, molesto, sin intención de interrumpir lo que se proponía hacer.
Tengo el vestido por la cintura y él, el pantalón deslizado piernas abajo, estábamos a punto de «reconectar».
—¿Hay alguien aquí? —pregunta una voz masculina.
Ástor y yo nos miramos y guardamos silencio.
—Disculpe, pero la casa está siendo evacuada. Le ruego que salga cuanto antes, por favor…
«¿“Evacuada”? ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?».
Automáticamente, me preocupo. Hace media hora hemos visto a Saúl y le hemos preguntado dónde estaba su padre, pero no lo sabía.
—Hace rato que no lo veo —nos ha asegurado—. Igual ha hecho una bomba de humo y se ha ido ya a la cama. Por mucho que diga, cumplir sesenta y cuatro le ha sentado fatal… Iré a buscarlo.
El malhumor de Saúl no nos ha pasado desapercibido, y estoy segura de que el motivo ha sido la desaparición de Charly y Yasmín un rato antes.
Que Charly se encaprichara de mi compañera no fue una sorpresa para mí. Ya sabía que le gustaban los policías, especialmente los que investigan casos en los que él es sospechoso.
Me recoloco el vestido en su sitio con garbo y Ástor se viste para salir. Hay un empleado por el pasillo que sigue comprobando las estancias, y al notar su tensión me azota un mal presentimiento.
—Vayan saliendo, por favor… —nos repite nervioso.
—¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? —pregunto interesada.
—Lo siento, señorita, no estoy autorizado para dar explicaciones. Solamente tengo órdenes de que todo el mundo abandone la casa.
—¿Dónde está el anfitrión?
—Eh… Indispuesto. Han llamado a una ambulancia. Y a la Policía.
—Yo soy policía. ¿Dónde está? —le exijo con firmeza.
El hombre me observa de arriba abajo dudando de mi palabra por culpa de mi atuendo y del pintalabios que sin duda llevaré corrido, porque acababa de retocármelo cuando Ástor me ha sorprendido en el cuarto de baño.
Al ver que no contesta, me doy la vuelta y me dispongo a buscar a Xavier por mí misma. Solo tengo que fijarme en el comportamiento de los trabajadores para encontrar el origen del conflicto.
Llegamos al hall principal y veo a una chica del servicio cruzar el espacio a toda prisa en sentido opuesto al nuestro. Sigo su estela sin dudarlo y nos lleva hasta un pasillo donde se aglomera más gente. La muchedumbre desemboca en la puerta de un enorme despacho en cuyo interior distingo a Saúl, de rodillas en el suelo, llorando consternado con su padre entre los brazos.
—¡Saúl…! —exclama Ástor, alarmado.
El aludido levanta la cabeza y nos mira con la cara desencajada.
—¡Apártense! —ordena Ástor en un tono irrebatible.
A medida que avanzamos hacia él, las piezas empiezan a encajar en mi mente como en un puzle. Una cuerda recia, de unos cuatro centímetros de grosor, descansa al lado del cuerpo. Hay una silla volcada y marcas moradas en el cuello de Xavier… Todo indica que se ha ahorcado.
Lo primero que hago es tomarle el pulso. Cuando confirmo que no tiene, busco los ojos de Ástor, atenazada. Saúl se queda estático ante mi silencio sepulcral. Tiene la mirada perdida y vidriosa.
Ástor se agacha para apoyar una mano en su hombro a modo de consuelo y lo oigo susurrar:
—Tranquilo…
—No puede ser… —musita Saúl—. ¡Es imposible! Mi padre nunca lo haría. Ástor… ¡Tú lo sabes!
Mi chico se agacha del todo para abrazarlo y Saúl se derrumba contra él. Apoya la frente en su pecho y rompe a llorar de una forma devastadora. El velo que suele cubrir su fachada de listillo inalcanzable se desvanece, mostrando que no es más que un chaval de veintidós años que acaba de perder a su padre.
La escena nos aplasta.
«Madre mía… Xavier ha muerto…».
Me vuelvo e intento alejarme de esa imagen tan dolorosa e íntima. Siento un terrible peso en el estómago y no soy capaz de gestionar la culpabilidad y la impotencia.
Digo «culpabilidad» porque en las últimas dos semanas he hablado bastantes veces con Xavier. Quizá demasiadas… Lo he presionado mucho con todo el asunto de Sofía, Ulises, Charly y Carla…, y ahora está muerto.
Mi estómago empieza a dar vueltas sobre sí mismo a medida que soy más consciente de las repercusiones que mis duras palabras han podido tener en él.
Y de pronto, la veo.
Una insolente nota encima de la mesa, con tres palabras escritas en letras mayúsculas.
Al leerla, el mundo deja de girar:
LO SIENTO. YO MATÉ A ULISES.

keira
1
A por él
Quince días antes
Intenté convencerme a mí misma de que era imposible… Que pillar a Charly husmeando entre mis notas no significaba nada. ¡Podía ser simple curiosidad, ¿no?! Pero algo dentro de mí no tenía duda de que él estaba detrás de todo.
Los había matado a los dos. A Sofía y a Ulises.
Una muerte explicaba la otra. Solo quedaba demostrarlo, pero primero necesitaba entender por qué.
¡Por qué, joder! ¡Se supone que los quería…!
Ulises debió de descubrir algo. Y si él pudo hacerlo, yo también. Quería resolverlo en tiempo récord ahora que sabía dónde concentrar mis esfuerzos. Iba a diseccionar la vida de Charly como si de una maldita rana se tratara.
Pero lo primero era lo primero: Carla.
Me constaba que finalmente Héctor y ella habían decidido detener el embarazo muy a pesar de los treinta y seis años de él, de su posición social y del milagro que suponía haberlo conseguido de forma natural, pero el mayor de los De Lerma terminó cediendo al hecho de que ella no quisiera tener al bebé en semejantes circunstancias. Las afecciones psicológicas de dar a luz encarcelada, de ver crecer a su hijo en cautividad y del escándalo mediático que supondría indicaban que lo más sensato era abortar. La insistencia de los padres de Carla por aplazar su maternidad hasta que saliera de aquel infierno terminó de inclinar la balanza. Y a mí me sabía fatal que el verdadero asesino de Sofía se cobrara también esa vida… Porque ese niño no es que fuera «no deseado», más bien era «no esperado», pero sin duda sería querido si la situación fuera distinta.
Recé para no haber llegado demasiado tarde.
Cuando Carla descubrió su estado estaba de seis semanas. Aguantó otras dos sin contárselo a nadie hasta que Yasmín la visitó. Para entonces, ya tenía decidido abortar bajo el más absoluto secreto, pero Yas se tomó su confesión como la duda necesaria para luchar por hacerla cambiar de opinión.
Pasaron otros siete días hasta que Héctor y Carla tomaron una decisión definitiva, plantándose en la novena semana de gestación.
Según la ley de plazos española para la interrupción voluntaria del embarazo, tenía hasta la semana decimocuarta para decidir libremente.
El domingo fui a verla a la cárcel, en calidad de policía, para no perturbar las dos visitas semanales de veinte minutos que se turnaban indistintamente entre sus padres y Héctor.
Carla se quedó asombrada cuando me vio en el locutorio.
—¡Keira…!
—Carla…, hola… ¿Cómo estás?
—He estado mejor —contestó irónica—. ¿Por qué has venido? ¿Hay algún cambio? —preguntó con una esperanza que ya creía perdida. Pero no. Por mucho que digamos lo contrario, siempre queda una con vida hasta el último aliento.
—Traigo novedades. Pero antes, dime: ¿ya has abortado?
—No. Será mañana…
Bufé de puro alivio.
—Menos mal… Pensaba que ya lo habrías hecho.
—No. Una vez que Héctor y yo nos decidimos tuve que rellenar un montón de papeleo y me obligaron a esperar otros tres días, por ley. ¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Quiero hacerte una pregunta, Carla… —dije con intensidad ignorando sus demandas—. Y contéstame sinceramente, por favor…
—¿Qué?
—Si supieras que vas a salir de aquí en un mes, ¿tendrías el bebé?
—¿Un mes? Y seis también. Lo que no voy a hacer es traer a un niño al mundo para que pase sus primeros tres años de vida aquí dentro o lo haga alejado de mí y que luego no sepa ni quién soy. Mi estancia en la cárcel le marcaría para siempre… —dijo categórica—. Héctor ha sido muy comprensivo y yo no tengo prisa por ser madre… —La última palabra sonó un poco más aguda de lo normal.
—Pero ¿tú quieres tenerlo o no?
—Yo quiero a Héctor… —simplificó, tajante—. Su situación es muy inusual. Puede que esto no vuelva a pasar nunca, los médicos lo consideran un milagro y sé que, en el fondo, él quiere. La prueba de ello es que esta semana no ha venido a verme… —añadió angustiada—. Me dijo por teléfono que no tenía ánimo. Que había perdido a demasiada gente en poco tiempo… A mí, a Ástor y ahora a nuestro hijo…
Las lágrimas desbordaron sus ojos, y dejé que se las limpiara y se desahogara antes de continuar. Por poco me derrumbo yo también, pero me guardé la pena, respiré hondo y escondí mis emociones en las profundidades de mi estómago, aunque protestara de forma agónica.
Cuando se repuso, Carla me miró.
—Necesito saberlo: si estuvieras libre, ¿lo tendrías?
—Sí… Lo haría por Héctor. Quizá yo no esté preparada ni motivada para ser madre, pero él sí para ser padre. Y sabiendo que dispondría de los medios y el apoyo necesario para continuar formándome, lo tendría incluso sin contar con la bendición de mis padres. Ellos no lo aprueban por el simple hecho de que no lo ha precedido una gran boda de revista… Son así de retrógrados.
—¿Tú quieres casarte, Carla?
—Desde niña me han hecho pensar que debía casarme antes de plantearme tener hijos, pero he descubierto por las malas que la vida viene como viene y que hay que adaptarse a ella. Estoy intentando con todas mis fuerzas soportar el estar aquí encerrada injustamente… Mi dormitorio es una celda, ¡una maldita celda! Y estoy agotando mis escasas energías para no volverme loca. Cada minuto que pasa es una lucha por sobrevivir a esta pesadilla interminable, y no pienso sumarle tener un bebé sola… ¡No puedo ceder a los deseos de Héctor de ser padre en estas condiciones!
Sollozó de nuevo y me sentí fatal por ella.
—No tienes que ceder ni en esta ni en ninguna otra circunstancia. Yo no lo he hecho por Ástor, por mucho que lo necesite para perpetuar su linaje… ¡Se trata de mi vida! Y, en este caso, de la tuya.
—Lo sé, pero eso me hace sentir egoísta… A ti, ¿no, Keira?
—¡¿Por qué?! —pregunté con intención de rebatírselo.
—Porque ellos no pueden tener hijos. Están subyugados a nuestra decisión para ser padres, e igual que hay muchas mujeres que no quieren tenerlos, hay muchos hombres que lo están deseando y no pueden. ¿No te parece injusto? ¿No te parece una actitud machista el hecho de clasificar el rol femenino como el único e imprescindible para la crianza de un hijo? ¡Hoy en día hay padrazos así como madres muy desprendidas que pasan olímpicamente de sus hijos…!
—Ya, pero la madre lo engendra, lo lleva dentro y la unión con el bebé alcanza un grado que luego se refleja en todo…
—¿Y qué pasa con los bebés cuyas madres mueren durante el parto, acaso no salen adelante? Los vínculos se forjan, Keira. Y creo que la responsabilidad de tener un hijo es de dos, no solo de la madre. Somos nosotras mismas las que nos adjudicamos ese papel del que luego tanto nos quejamos, y la clave está en saber delegar y no intentar abarcar más de lo que somos capaces. Por lo tanto, teniendo el privilegio de traer a una persona al mundo, ¿por qué iba a negarme si sobran manos que lo atenderán de mil amores, aunque no sean siempre las mías?
Su discurso me dejó a cuadros.
Nunca lo había visto de ese modo. ¿Delegar? Sí, claro… Y luego aguantar el chaparrón de que eres una madre horrible, no «como las de antes». Sin embargo, su reflexión hizo que me diera cuenta de que, a pesar de haber luchado siempre contra la injusticia de género, incluso yo me amparaba en pensamientos machistas de una ideología opresiva en la que ni siquiera creía para justificarme a mí misma la decisión de no tener hijos.
No conocía mucho a Carla, o nada, pero me acababa de demostrar que había interiorizado todos aquellos libros feministas que descubrí un día en la estantería de su habitación.
—He estado esperando novedades a diario desde que me trajiste aquí el primer día… Y has venido en contadas ocasiones, básicamente para aplacar tus remordimientos por ser tan feliz con Ástor mientras yo me pudría aquí —me reprochó—. Llevo meses soñando que apareces corriendo con la solución ondeando en la mano, así que dime que tienes algo, Keira…
No puedo explicaros lo mal que me sentí en ese momento.
Por eso no quería venir a verla y por eso no quería ser madre, porque saber que alguien depende tanto de ti es una sensación insoportable. Su situación no era culpa mía, pero me vi pidiéndole perdón mil veces.
Le expliqué que hubo demasiados frentes abiertos en la investigación del asesinato de Sofía y que desde la primavera pasada mi estado emocional había sido como una puñetera gastroenteritis. Pero se acabó, por fin tenía una pista sólida: mi instinto. No me atreví a asegurárselo por no jugar con sus emociones, pero…
—Carla… —empecé sin saber muy bien qué decir y qué no—. He venido porque necesito que confíes en mí. Te quedan cuatro semanas de margen para tomar la decisión de abortar con libertad y quiero que esperes porque estoy a punto de solucionarlo. Tengo una pista nueva.
—¿Qué pista?
—No puedo contarte nada —dije apenada—. Si quiero que esto salga bien necesito que nadie lo sepa.
—Entonces ¿yo tengo que confiar en ti, pero tú no en mí?
Ese touché se me clavó entre los omóplatos con fuerza.
—Es por tu bien…
—¡Necesito saberlo, Keira! —Me miró con dureza—. Dímelo…
—De acuerdo, pero ten presente que si se lo cuentas a alguien, a cualquiera, puede costarte el no salir de aquí en diez años.
—Entendido.
—A nadie, Carla…
—¡Que no se lo diré a Héctor, joder! Si el precio de mi silencio es que me saques de aquí, no contaré nada. Pero si la decisión de tener un hijo depende de ello, necesito saber de qué se trata.
—Sé quién mató a Sofía…
Y expresarlo en voz alta inyectó una nueva convicción a mi teoría.
—¿Quién?
—El problema es que todavía no puedo demostrarlo…
—¡¿Quién fue?!
La vi contener la respiración. Y respiré hondo antes de soltarlo.
—Charly.
Carla me miró como si esa opción ya se le hubiera pasado por la mente.
—¿Por qué estás tan segura?
—Solo lo sé, ¿vale? Ulises no murió por nada… Murió porque lo descubrió, me apostaría una mano. Así que tendí una trampa a Charly y picó… Sé que fue él, Carla, y voy a llegar al fondo de este asunto como sea.
—¿Por qué la mataría? ¡Iban a casarse! Sofía estaba muy ilusionada.
—No lo sé, pero algo se torció aquella semana. Desde que aceptó el compromiso hasta que la mató salió a la luz un secreto… Y gracias a la aplicación que usaban para monitorizarse mutuamente sabemos con exactitud dónde estuvo Sofía. También estoy analizando cada movimiento de Charly. Todo lo que hizo esa semana. Ulises tenía muchos detalles apuntados en notas… Solo te pido que esperes diez días más. No abortes todavía, por favor…
—De acuerdo —aceptó esperanzada.
—Pero di a todo el mundo que lo has hecho, que ya no hay bebé.
—¿Por qué?
—Porque si existe un complot contra los De Lerma, como creo que es el caso, ese niño también lo es. Es mejor decir que ya no está.
—Vale… Por cierto, Keira, siento mucho lo de Ulises…
Apenas pude formular un «gracias».
—Héctor me lo contó y añadió que Charly estaba fatal… ¿Crees que eso se puede fingir tan bien?
—Es que no creo que estuviera fingiendo —apunté bajando la vista.
—¿Y crees que lo mató él?
—Sí. Muy a su pesar. Pero sí…
—No lo entiendo…
—La locura no tiene lógica, Carla, por eso es locura. Supongo que Charly tuvo que elegir. Era él y sus planes o Ulises… Y su estado coincide totalmente con el abatimiento de una culpabilidad en ciernes. Su dolor y el mío son muy distintos. Lo noto.
—Espero que lo atrapes, Keira… Héctor dice que eres un genio jugando al ajedrez. Necesito que hagas tu mejor jugada con él…
—Lo intentaré —contesté angustiada—. Pero estoy asustada… —confesé—. Creo que todos corremos un gran peligro. Si Charly llegó a renunciar a Ulises es porque tenía preparada una cruzada mucho más grande detrás, y aquí todos somos el punto débil de alguien… Por eso es tan importante que no comentes esto con nadie. Ástor y Héctor se volverían locos… Carla, estoy confiando mucho en ti.
—Guardaré el secreto, pero ven a verme en cuanto sepas algo, por favor. No me dejes una semana sin saber de ti. No te cuesta nada acercarte o llamarme por teléfono.
—El teléfono no es seguro. Vendré en persona. Cuenta con ello —dije poniendo la mano en el cristal, y Carla hizo lo mismo, agradecida.
—Keira… Sé que no empezamos con muy buen pie, pero si me sacas de aquí, me lo curraré mucho para que acabes adorándome. —Sonrió ilusionada—. Al fin y al cabo, vamos a ser cuñadas… Felicidades por tu compromiso con Ástor…
—Gracias —contesté esperanzada—. Mi intención es sustituir a un padrino psicópata por una dama de honor en libertad.
—Ojalá… —musitó soñadora con la mirada brillante.
—Dame tiempo, Carla, ¿vale? Es inminente…
Cuando volví a casa convencí a Ástor de que tenía mucho trabajo. Sentía que iba a contrarreloj y me encerré en el despacho con la carpeta roja de Ulises para hacer una lista. Quería aparecer el lunes en comisaría con los deberes hechos y mostrárselos a Yasmín, la partidaria número uno de que Charly era el culpable desde que leyó el informe pericial.
—¡Lo sabía! —exclamó cuando le conté cómo cayó en mi trampa.
—Bueno, en realidad, que hiciera eso no demuestra nada, Yas, pero… —cuestioné haciendo de abogado del diablo conmigo misma.
—¡¿Cómo que no?! ¡Es él, joder! ¡Está clarísimo, Keira!
—Si de verdad es él, está muy loco… —señalé asustada—. Y tú dejaste que el sábado te llevara a casa en su coche… Por eso te escribí, para saber si habías llegado bien. Yas, hay que tener muchísimo cuidado con Charly. Si sospecha algo puede tomar medidas…
—¿Y si te digo que intentó besarme cuando me dejó en casa?
—¡¿Qué?! —exclamé contrariada—. ¡Alucino! ¡Ese tío cambia de pareja como de calzoncillos! ¡No hace ni un mes que murió Ulises…!
Mi pecho palpitó frenético de ira. Pensaba que me daba un infarto allí mismo. No soportaba que Charly estuviera en libertad, vivito y coleando, y mi mejor amigo bajo tierra…
Apreté el puño con fuerza y lo estampé contra la mesa con la esperanza de que mi cólera se pulverizara.
—¿Quién narices es Carlos Montes? —pensé en voz alta, cabreada—. Vamos a averiguarlo, Yas. Quiero vida y obra. Padres, infancia, juventud… Las novias que ha tenido desde el parvulario, cómo coño entró en el KUN y cuándo… ¡Lo quiero todo! Pide en la aplicación de rastreo sus datos de las dos semanas anteriores a la muerte de Sofía.
—Dalo por hecho.
También informé a Yas de que había ido a ver a Carla a la cárcel y le hablé de nuestro pacto.
—Me parece genial. ¡Vamos a conseguirlo, Keira! —exclamó ilusionada.
—Sí… —confirmé, aunque con miedo. Me estaba jugando mucho. Mi propia felicidad, porque no podría estar tranquila hasta resolverlo.
En aquel entonces aún no lo sabía, pero Yasmín acababa de tomar una decisión por su cuenta respecto a Charly que elevaba el nivel del juego y la adentraba en un terreno peligroso.
Al cotejar los recorridos de Charly y Sofía una semana antes de la muerte de ella, saqué dos conclusiones: una, que cuatro días antes, el domingo, habían ido a comer a casa de la madre de Charly; y otra, que en los siguientes dos días Sofía visitó a Xavier un par de veces. ¿Por qué?
Con la madre de Charly quería hablar, pero no me interesaba hacer saltar la liebre tan pronto, así que me decidí por la visita a Xavier.
A media mañana, Yasmín y yo nos presentamos en el despacho que ocupaba como decano de la facultad de Matemáticas, previa cita telefónica, y nos llevamos una gran sorpresa.
—Buenos días, Keira…
—Hoy soy la inspectora Ibáñez —le contesté seria.
Xavier se quedó petrificado al fijarse en mi compañera.
—¡¡¡Pero si es Yasmín de la Torre!!! ¿De verdad eres tú?
Su cara de «¡Mierda!» la delató.
—Hola, señor Arnau…
—Dios mío… ¡No puedo creerlo! ¡Saúl no me tomaba el pelo…! ¡Te has convertido en toda una mujer!
«Ya empezamos…», pensé al percibir su vomitiva admiración.
—Hemos venido a hablar de Sofía —lo corté, arisca.
—Un momento, Keira, querida… —dijo levantando un petulante dedo y volviendo a mirar a Yasmín—. ¡Te juro que pensaba que tu padre te había vendido a un maldito árabe! Y me enfadé mucho con él…
Lo comentó tan preocupado que hasta yo le creí.
—No me vendió. Hizo algo peor…
—¿Qué te hizo?
—¿Podemos centrarnos en el caso? —replicó Yasmín mirándome, en busca de ayuda.
—Sí, mejor —reaccioné—. Xavier, por favor, deja el pasado en el pasado y céntrate en el presente. Viste a Sofía dos veces la semana de su muerte. ¿De qué charlasteis? Y no me vengas con evasivas. Esto es serio. Habla.
Se echó hacia atrás acomodándose en su gran sillón tapizado en cuero y cruzando las manos sobre su estómago.
—¡Ah, vale! Que ahora hablas en serio… No sabía que antes lo hacías en broma, Keira. Aunque un poco de chiste sí fue… —me acusó presuntuoso.
Le odié como se odia a alguien que tiene razón.
—¿Qué te explicó Sofía? ¿De qué hablasteis? ¿Por qué dos veces? —insistí.
—Te recuerdo que no estoy obligado a declarar por mi relación íntima con ella. Además, ya viste las grabaciones en su día… Hablamos poco y follamos mucho.
—Esa semana Sofía descubrió algo —continué, ignorando sus palabras—. ¿La notaste más exaltada de lo normal?
—¡Ya lo creo…! —Sonrió lascivo—. Diría que estaba especialmente excitada…
—¿Puede usted ponerse serio por una vez? —inquirió Yasmín, ruda.
Xavier la miró como si hubiera olvidado su presencia allí.
—Lo lamento… —musitó arrepentido. Y mis cejas se alzaron al percibir algo de sumisión en él—. ¿Sabéis qué? Yo era el único que caía bien a Sofía… No soportaba la hipocresía de la mayoría de los miembros del KUN. Yo estaba realmente enamorado de ella, no la perseguí porque fuera novia de mi hijo. Me pirran las mujeres guapas, pero Sofía era especial. Su vibrante personalidad me desmontaba, tenía agallas… Era como el hijo que siempre deseé, ambiciosa, sacrificada… Hasta le pedí que se casara conmigo, ¿y sabéis lo que me contestó? —Sonrió con autenticidad—. ¡Que era demasiado joven para ella…!
—¿Demasiado joven? —repitió Yasmín, escéptica.
—Sí, me dijo que si estuviera más a las puertas de la muerte, me haría el favor, pero que como me quedaban treinta años buenos, que nada… Era realmente maravillosa…
Yasmín disimuló una sonrisa en los labios ante su razonamiento.
—Y tú también me gustabas para mi hijo… —añadió de repente, sorprendiéndola—. La verdad es que no daba un duro por vosotros, pero al final prendió la chispa, ¿verdad? —soltó burlón.
Llegué a temer por la vida de Yasmín; os juro que no respiraba.
Carraspeé y me centré. No debíamos dar alas a las provocaciones del decano.
—¿Qué te contó Sofía aquella semana, Xavier? —insistí severa—. Cualquier cosa podría servirnos…
—Ya te lo dije, Keira. Estaba hecha un lío entre sus sentimientos y su ambición. Era evidente que la conveniencia le había explotado en la cara…
—Explícate.
—Se había enamorado como una colegiala de ese policía presuntuoso, Ulises, y el matao de Charly, loco de envidia, le había hecho una suculenta oferta de matrimonio. Por otro lado, yo la animaba a seguir en solitario; estaba a punto de ser nombrada miembro del KUN y no tenía por qué conformarse con estar casada con uno de ellos. Le preocupaba el dinero, pero todavía era joven y hermosa y sabía que yo siempre la respaldaría en el plano económico…, mientras estuviera conmigo, claro.
—¿Qué te contó de Charly exactamente?
—Muchas cosas que no vienen al caso…
—Todo viene al caso, Xavier. ¡Explícate!
—No le gustaba que bebiera los vientos por Ástor… —aclaró desdeñoso—. Se quejaba del orden de prioridades en su vida. Sus planes siempre dependían de la agenda del duque. Cuando lo necesitaba, se paraba el mundo y el resto tenía que esperar. Y creedme, lo necesitaba muy a menudo…
Yasmín y yo nos miramos.
¿Por qué tendría Charly esa obsesión con Ástor?
Se supone que estaba enamorado de Sofía. Y luego de Ulises. Y tenía dinero de sobra gracias al negocio de la web SugarLite. ¿Por qué ese servilismo? ¿Qué tramaba?
—¿Sofía le comentó algo sobre la visita a la casa de la madre de Charly? —preguntó Yasmín.
—Solo me dijo que era una mujer encantadora y que le enseñó un montón de fotos de cuando Charly era pequeño. Lo normal. La pobre no sospecha que su hijo es más marica que un palomo cojo…
—Los palomos cojos son violados por los machos al confundirlos con las hembras —salté ante la falta de respeto de Xavier por la comunidad LGTB. Su cara fue un poema, y me alegré de ello—. ¿No lo sabías? Son palomos heridos que se tumban adoptando la misma posición que las hembras disponibles en época de celo, y a los pobres los violan por error y a la fuerza.
Noté que, a mi lado, Yasmín se tensaba visiblemente.
«¡Mierda!». A menudo olvidaba lo que mi compañera había vivido a manos de esos inhumanos.
—Keira, cielo…, ¡me acabas de fastidiar el día con esa imagen! —se quejó Xavier—. ¿Por qué tienes que ser siempre tan reivindicativa?
—¿Y tú qué? ¿Por qué siempre tienes que hacerme pensar que eres un hombre intolerante que no merece ningún respeto por mi parte?
—La tolerancia es el principio del fin, querida.
Me levanté de la silla, cabreada.
—Vámonos, Yas. Estamos perdiendo el tiempo… Hablar con él es como darse contra un muro.
—¡Esperad! Hay una cosa que no os he contado… —soltó solo con la intención de retenernos—. La misma mañana de su muerte, me crucé con Sofía en el hall de la universidad y me comentó que estaba muy contenta por algo…
—¿Te explicó por qué?
La ansiedad que se filtró en mi voz hizo que Xavier sonriera como la serpiente del paraíso.
—Esa información tiene un precio, chicas…
—No vamos a acostarnos contigo —contesté a bocajarro.
—Tranquila, no pido tanto.
—Entonces ¿qué quieres? —pregunté enfadada.
—Solo que Yasmín tenga una cita con mi hijo. Ya sabes, para rememorar los viejos tiempos… Nada más.
—¡¿Cómo?! ¡Ni hablar! —exclamó ella, sintiéndose ultrajada.
—Solo es una cita —expuso Xavier—. Y os aseguro que la información que os daré a cambio es muy golosa…
—Ya sabemos de qué se trata —dije recordando lo de la web.
—Lo dudo, Keira. No tenía nada que ver con cuestiones económicas, ni con Charly, sino con la propia Sofía y los De Lerma…
A Yasmín y a mí se nos cortó la respiración.
—Mientes fatal, Xavier, ¿lo sabías? —Intenté disimular mi turbación con el ceño fruncido.
—Como prefiráis… Podéis iros. Pero solo es una cita con Saúl…
—¡¿Para qué diablos quiere que tengamos una cita?! —preguntó Yasmín, indignada.
—Llámame romántico…, pero creo en eso de que «quien tuvo, retuvo».
—¡Saúl no tuvo nada! —gritó furiosa.
Ambos la miramos como si supiéramos que acababa de mentir descaradamente.
—Mi hijo no estuvo tan abatido por «nada». Le rompiste el corazón, señorita, y eso solo lo hacen las mejores… —Sonrió malévolo—. Sofía también era una rompecorazones. Pero a Saúl no le afectó tanto su muerte como tu desaparición del mapa…
Me puse enferma al sentir que seguía jugando con nosotras.
—¡Ya está bien, Xavier! ¡Necesito saber ahora mismo qué te dijo Sofía! ¡Ha muerto gente! ¡Carla está en la cárcel! ¡Déjate de juegos, joder!
—No vuelvas a levantarme la voz —musitó tranquilamente—. La única persona que me importaba ya está muerta, y el futuro de mi hijo es incierto… Quiero esa cita. Y es mi última oferta.
—¡Esto es increíble…! —explotó Yasmín, alucinada.
—Joder… —resoplé hastiada—. A ver…, una cita tampoco es para tanto, Yas…
La aludida me miró con la traición fulgurando en sus ojos.
—¡¿Es que no sabes que no se negocia con terroristas?!
La risa de Xavier brotó relajada. Como si no nos estuviéramos jugando la vida de nadie.
Miré a Yasmín con insistencia e hice el gesto de acariciarme la tripa, para que recordara a Carla. Mi compañera arrugó el ceño.
—¡Está bien…! —accedió —. Solo una maldita cena.
—Bien. Te avisaré con los detalles. Ahora tengo que convencer a mi hijo, y me temo que eso va a ser mucho más difícil…
Intenté no reírme de la cara que puso Yasmín al oírlo, pero confié en que estábamos a una maldita cita de descubrir algo vital.
Qué ilusa fui… Y qué iluso fue Xavier.

saúl
2
Furia paterna
Presente
Sábado, 7 de abril
5.01 h.
Lo único que quiero es abrir los ojos y descubrir que todo ha sido una pesadilla, pero no tengo muchas esperanzas de que ocurra. Esto duele demasiado para no haberme despertado ya.
—Aquí hay una nota —farfulla Keira cerca de la mesa.
Su voz me hace volver la cabeza, y me avergüenza comprobar que he manchado la impresionante camisa azul marino con la que Ástor ha acudido a la fiesta de cumpleaños de mi padre. Me moría por saber dónde la había comprado.
«Joder… Mi padre…».
Observo otra vez su cuerpo sin vida y una sensación de vacío me invade de nuevo.
No. Ese montón de piel y huesos ya no es mi padre, su esencia ha desaparecido y ahora solo es un cuerpo que pronto iniciará su irremediable proceso de descomposición.
«¡No puede ser verdad…!».
Me veo echando de menos esa aura maligna que hacía que el aire se congelara a su paso; el calor del mundo se vuelve agobiante sin él. Creo que estaba demasiado acostumbrado a su frío.
Me limpio la cara y me acerco a la única explicación que me ha dejado sobre el escritorio.
—Eso no lo ha escrito él —sentencio al verlo.
—¿Cómo lo sabes, Saúl? —me pregunta Keira.
—Mi padre jamás usaba las mayúsculas. Decía que a alguien que tiene razón no le hace falta gritar…
Voy a coger la nota, y Keira frena mi mano.
—No la toques. No toquéis absolutamente nada… Y alejaos del cuerpo —nos ordena como si tuviera una premonición. La misma que yo desde que lo he visto: «Imposible que mi padre se haya suicidado». Nadie disfrutaba más de la vida que él… Puede que solo algún otro villano.
Keira y yo nos miramos. Ella preocupada y yo aceptando una dura verdad. Una que siempre he sabido y que soy incapaz de reconocerme en este momento: que voy a estar mejor sin él.
Intento soportar la presión de la culpabilidad por tener ese pensamiento y que no se manifieste en mi rostro, pero entonces miro a Ástor y veo en sus ojos que sabe exactamente cómo me siento… porque solo él tiene idea de cuánto odiaba a mi padre.
Y odiar a alguien no es lo contrario de quererlo. El perfecto antónimo sería la indiferencia. Porque odiar es un sentimiento muy intenso y humillante que implica que esa persona te importa lo suficiente para que perturbe de algún modo tu existencia.
Y ese modo era desear en secreto que aquel odioso ser me quisiera.
Los ojos se me llenan de lágrimas al verme tan expuesto. Mi fachada carismática, mi rebeldía inconformista y mi seguridad arrolladora caen a plomo al darme cuenta de que no estoy llorando por él, sino por mí. Porque siempre hizo que me sintiera basura.
—Dios mío… —dice una voz desde la puerta del despacho, y todos nos volvemos hacia ella.
Es la de Charly, acompañado por Héctor en su silla de ruedas.
—No entréis. —Keira los detiene—. Todo el mundo fuera de aquí… Es el escenario de un crimen…
Es oírlo y tener que apoyarme en la mesa.
Creo que voy a desmayarme. Porque está bien claro… No he estado más seguro de nada en mi vida. ¡Lo han asesinado! Y ha podido ser cualquiera.
Sin ir más lejos, yo mismo tengo más motivos que nadie, porque estas dos últimas semanas casi me vuelve loco. De hecho, creo que amenacé con matarlo un par de veces, si no recuerdo mal.
—Buenas noches, hijo… —me saludó una tarde con una sonrisa que no me gustó ni un pelo. Yo estaba tranquilamente en el salón del segundo piso, leyendo en un sillón individual cuando me sorprendió—. Adivina a quién he visto hoy…
—Ni idea, papá, pero seguro que estás a punto de decirme sus medidas —murmuré sin despegar los ojos de las letras.
—No hace falta, ya te las sabes…
Eso me hizo levantar la vista y descubrir su nueva sonrisa siniestra.
—He visto a Yasmín —confesó con picardía, y juro que mi corazón se saltó un latido—. Ha venido al decanato con Keira, y… tenías razón, ¡está preciosa!, y muy cambiada.
—Pues qué bien… —Volví al libro, pero fui incapaz de enfocar ni una palabra.
—Te he conseguido una cita con ella.
Al oírlo, todo mi cuerpo se puso en tensión sin permiso.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—¿Por qué no? ¡Formabais una pareja espectacular!
—¿Cuándo vas a dejar de meterte en mi vida, papá?
—Nunca. Eres mi hijo. Me perteneces. Te tuve con un propósito muy concreto, enorgullecerme de ti, y hasta ahora he fracasado.
Cerré el libro de golpe y me levanté de un salto.
—Pues sal tú con ella —le dije un instante antes de desaparecer.
—¡Lo haría si pudiera…! —vociferó—. ¡Igual todavía estoy a tiempo de tener otro hijo que sí honre mi apellido de verdad…!
Me encerré en mi habitación dando un portazo y me lancé sobre la cama. ¿Cómo iba a querer a alguien así? Mi amor propio estaba en sus manos. El que le mostraba a los demás era una simple réplica de un bazar chino.
Me había dado la vida, vale; me había criado desde que mi madre falleció cuando yo tenía nueve años, pero nunca había tenido lo más importante: su cariño. Y mucho menos, su aprobación. Para él todo lo hacía mal. O demasiado bien, daba igual.
«¡Lanza más fuerte!», «¡Ten más pelotas!», «¡No pidas las cosas por favor, el favor se lo haces tú a ellos dignándote respirar su mismo aire!», y un sinfín de perlas más de las que no extraje ninguna enseñanza que mereciera la pena.
¿Una cita con Yasmín? ¿Para qué?
Lo maldije cien veces porque sabía que se buscaría la vida para que yo aceptara. Su primer movimiento fue enviarme una copia del vídeo que grabó años atrás donde Yasmín y yo salíamos protagonizando el momento más íntimo de nuestras vidas, y escribió: «Si no sales con ella este viernes por la noche, se lo enseñaré. Y a Keira también. Seguro que le encanta…».
«HIJO DE PUTA».
Pero no podía ceder a sus peticiones. Si lo hacía, no dejaría de chantajearme de por vida con esa maldita grabación.
—Por mí como si lo cuelgas en YouTube —dije con desgana nada más entrar en casa y encontrármelo de frente esperando una respuesta—. Ya no soy el mismo que hace cuatro años, papá…, y si enseñas ese vídeo el que va a tener que dar muchas explicaciones serás tú. Y te recuerdo que Yasmín es poli. Prepárate…
—Espero que no seas el mismo, porque eras penoso… Confío en que Sofía te hiciera un hombre…
—Pues sí. Y yo la hice a ella una mujer de verdad.
—Lo dices como si antes fuera de mentira…
—Antes no se respetaba a sí misma y creía que el físico lo era todo. Descubrió que estaba equivocada cuando la dejé…
—Yasmín te dejó a ti, no lo olvides.
—Da igual. Esas dos mujeres me mostraron qué busco en el amor, y no es a alguien como ellas, así que no entiendo tu interés por que tenga una cita con Yasmín…
—Os parecéis más de lo que crees. Los dos sois díscolos y antisistema. Tal para cual…
Resoplé, cansado, y negué con la cabeza. Solo quería escapar de él.
—¡¿Qué tengo que hacer para que acudas a esa cita, Saúl?! —me imploró, rendido—. Pide por esa boca y te daré lo que quieras…
Su insistencia teñida de ansiedad llamó mi atención.
—¿Por qué tienes tanto interés en esto?
—Porque algún día yo ya no estaré y solo Dios sabe qué mujer terminará al mando de esta casa… Yasmín de la Torre siempre me ha gustado…
—El que terminará al mando de esta casa seré yo.
—Tú no tienes madera…
—¿Y Yasmín sí? Te pega que te guste tanto… Dios los cría y los divos se juntan.
—No voy a consentir que faltes el respeto a tu difunta madre… —me avisó muy serio.
A veces me metía unos reveses de campeón de tenis que me dejaban estupefacto. Porque tenía razón… ¿Cómo pudo mi madre casarse con alguien como él? ¡Si era la mujer más maravillosa del mundo! Admito que yo como hijo la tenía idealizada, pero todos hablaban maravillas de ella. La recuerdo como una de esas personas que traen paz, con la que todo era fácil y menos malo. No sé explicarlo, pero irradiaba una calma y un cariño entrañables. Era astuta y tenía una extraña debilidad por mí. Quizá esté loco, pero Keira me recordaba un poco a ella.
Dios… Todavía no me creo que esté prometida con Ástor, y mucho menos que Yasmín se haya convertido en su nueva compañera de trabajo.
¿Qué le ocurre al universo? Llevo más de un año queriendo huir en el sentido opuesto a mi destino de heredar el marquesado, y cuando estoy a punto de terminar los estudios y largarme, va mi padre y se muere.
No…, no se ha muerto, alguien lo ha matado. Pero ¿quién?
Llegan más agentes de la Policía a la casa. Reparo en que Keira habla con quien parece estar al mando, pero está nerviosa.
Cada vez que veo el cuerpo de mi padre tan tieso y amoratado me entra un malestar terrible. De pronto, noto que alguien me empuja para sacarme de la habitación y me doy cuenta de que es Ástor.
«Joder, Ástor…».
—Dejemos trabajar a la Policía —me sugiere escueto—. He pedido a Keira que te tomen declaración en otra estancia, Saúl…
Me lleva hasta un saloncito cercano y hace que me siente en el sofá. Cada segundo que pasa mi vida me parece más surrealista.
Ástor se queda de pie, custodiándome. No es la primera vez que los dos estamos solos en esta habitación. Recuerdo encontrarnos aquí en una celebración en la que yo andaba aburrido a mis trece años —Ástor debía de tener veintipocos, fue antes del accidente—, y lo sorprendí sentado en este mismo sofá.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, fascinado por tenerlo solo para mí.
—Escapar del mundo…
—¿Es que te persigue?
Sonrió ante mi broma.
—Exactamente.
—Pero ¿quién? —pregunté confuso.
—A todos nos persigue lo mismo…
—¿Qué?
—Las circunstancias en las que hemos nacido.
Me sorprendió entender tan bien esa respuesta.
—Pero tranquilo, chaval, está en tu mano cambiarlas si no te gustan.
—No me gustan… —confesé con culpabilidad—. Yo mataría por ser como tú… —continué, impulsivo, y me comió la vergüenza cuando quedó al descubierto mi patente admiración por Ástor.
—Dices eso porque soy mayor. —Sonrió, suavizando mi tensión.
Yo también sonreí, pero enseguida me puse serio.
—No, creo de verdad que nunca podré ser como tú, Ástor…
—¿Por qué no?
—Porque soy hijo único. Y tengo que hacer lo que me manden…
Y lo entendió. Vaya si lo entendió. Lo vi morderse el labio y sentirlo por mí. Porque si algo dominaba nuestras vidas era el peso de nuestros apellidos y su perpetuidad. Un peso que Ástor no tenía en ese momento y que yo le envidiaba porque podía dedicarse a disfrutar de la vida. Sin embargo, algo no encajaba en aquel cuento de hadas aristocrático, y los dos sabíamos lo que era: nuestros padres y sus personalidades tóxicas, que nos habían llevado mil veces a mirarnos sintiendo vergüenza ajena incluso cuando éramos solo unos críos.
Es muy difícil estar orgulloso de un escudo si su máximo representante te causa tanta desconfianza. Y cuando no entiendes que un ser de luz como tu madre lo eligiera. Yo me perdí en la lógica de aquel amor y solo pude creer que era culpa mía que fuera así conmigo. Mi padre, con sus desprecios, con su férrea disciplina carente de amor y su equivocada forma de infundirme honor, me convirtió en una persona que, cuando tuvo la oportunidad de ser feliz, la fastidió por completo con Yasmín.
Corría mi primer año de instituto…
Empecé el curso siendo todavía muy infantil. Algunas chicas habían comenzado a florecer en el proceso de cambio de niña a mujer, y recuerdo pensar que me daban pena.
Yo no quería dejar atrás mi mundo de fantasía en el que me sentía a salvo y comprendido entre libros de temática paranormal, superhéroes y elfos. Toda una estructura friki que me evadía de la realidad, de retazos de conversaciones que había escuchado de boca de mi padre charlando con el de Ástor, cosas como «Tiene un buen coño» o «A la muy guarra le gusta que la folle duro». Frases que mis delicados oídos no querían entender, pero que iban calándome en la idea de negarme a ser como ellos jamás.
¿Cómo sería Ástor en ese sentido?
Me moría por preguntarle sobre mujeres, deseaba escapar con él a un mundo en el que se sintiese cómodo, porque tenía la impresión de que yo también lo estaría.
El curso siguiente, tras el verano, se notó una evolución sustancial en el ambiente estudiantil. La mayoría de las chicas habían dado el ansiado cambio. Todo eran miradas de reojo, risitas y comentarios sobre quién estaba más guapa o quién tenía la delantera más llena. Las inevitables erecciones a todas horas controlaban mi existencia. Era un suplicio que me acercaba cada vez más al barranco de la perversión.
Empezar a ver porno con mis amigos solo empeoró mi obsesión.
Miles de flashes taladraban mi cabeza con fantasías a diario, incluso con la cajera del supermercado de toda la vida. Tenía la esperanza de que se me pasase; mientras tanto, intentaba disimular mi turbación. Quería saber si a todo el mundo le ocurría lo mismo o acaso yo y mis amigos éramos unos jodidos depravados.
Un día, en casa de los De Lerma, tuve la oportunidad de hablar con Ástor de nuevo a solas.
Estaba en la piscina, tumbado en una hamaca con unas gafas de sol negras leyendo el Marca. Al ver su cuerpo fornido me sentí un mierda. Él era fibroso, compacto y estaba bronceado, y yo era un tirillas blancucho y demasiado alto para mi edad que todavía no tenía musculatura.
—Hola —lo saludé sentándome en una hamaca cercana.
Ástor bajó el periódico y fijó la vista en mí.
—¡Eh, chaval! ¿Qué pasa? ¿Cómo te va?
—Bien… No sabía que ya habías vuelto de París.
—Sí, he terminado el máster. Y tengo pensado pegarme el mejor verano de mi vida. —Sonrió feliz.
—¿Vas a estar un tiempo por aquí? —pregunté esperanzado.
—No, solo estoy de paso. Voy a viajar con mis amigos…
—Ah… Qué suerte…
—Ya llegará tu momento, Saúl. Yo a tu edad tampoco iba a ninguna parte.
—¿Y qué hacías a mi edad…? —pregunté de repente—. Es decir…, ¿salías con chicas y eso?
La forma en la que me miró me provocó una vergüenza tremenda.
¡Era transparente, coño! Y su sonrisa terminó de confirmarme la gracia que le hacía mi pudor.
—A tu edad yo tenía un hermano tres años mayor del que lo aprendí todo y al que podía preguntar cualquier cosa —recordó.
—Jo, qué guay…
—Y tú me tienes
