1
Londres, 1877
—¿Esperas a alguien? —Una voz masculina se abrió paso a través de los tenues rumores del jardín. El acento ruso, suave y gutural, fue como una agradable caricia en los oídos de Emma. Con una sonrisa irónica en los labios, se volvió para ver salir de entre las sombras al príncipe Nikolas Angelovski.
Con esa piel dorada, los reflejos del sol en el pelo y una impredecible crueldad, Nikolas parecía más un tigre que un ser humano. Emma nunca había visto una combinación tan perfecta de belleza y amenaza en ningún otro hombre. Sabía por experiencia que había buenas razones para tenerle miedo, pero era toda una experta en el arte de manejar a criaturas peligrosas. Si mostraba temor podía dar por hecho que recibiría algún zarpazo.
Emma aflojó la tensión en su espalda y se acomodó en el banco de piedra, situado en el rincón más apartado de aquel gran jardín.
—A ti no, ciertamente —replicó sin inmutarse—. ¿Qué te trae por aquí?
Él sonrió, y sus blancos dientes brillaron en la oscuridad.
—Me apetecía dar un paseo.
—Pues te agradecería que fueras a pasear a otra parte. Tengo una cita privada con alguien.
—¿Con quién? —preguntó él, al tiempo que deslizaba las manos en los bolsillos y se acercaba a ella.
—Vete, Nikolas.
—Dímelo.
—¡Vete!
—No creas que puedes darme órdenes en mi propiedad, niña. —Nikolas se detuvo frente a ella. Era alto, uno de los pocos hombres en Londres a los que Emma no podía mirar desde arriba. Tenía las manos y los pies grandes, y una constitución muy robusta. Las sombras oscurecían sus rasgos, salvo el penetrante resplandor amarillo de aquellos ojos.
—No soy una niña. Soy una mujer hecha y derecha.
—Lo eres, desde luego.
Nikolas la recorrió con la mirada, y sus ojos tomaron nota de la esbelta figura envuelta en un sencillo vestido blanco. El rostro de Emma, como siempre, no llevaba maquillaje alguno. Se había recogido los cabellos en un apretado moño, pero unos cuantos rizos exuberantes escapaban de él para enmarcarle la cara y el cuello. Reflejos de bronce y canela brillaban en el rojo sublime de su cabellera.
—Estás muy hermosa esta noche —le dijo.
Emma rió.
—No me adules. A lo máximo que puedo aspirar es a ser atractiva, lo sé muy bien. ¿Para qué voy a llenarme la cabeza de horquillas y aplastarme las costillas con ballenas tan ceñidas que me impidan respirar? Prefiero ir por el mundo con botas y pantalones de montar y estar cómoda, como un hombre. Si una no puede ser hermosa, no debería intentar serlo.
Nikolas no quiso discutírselo, aunque tenía su propia opinión al respecto. El atractivo de Emma siempre lo había fascinado, precisamente porque era único. Fuerte y llena de energía, tenía toda la gracia de un navío de altos mástiles. Su rostro era una composición de pómulos ligeramente marcados, labios carnosos y una nariz salpicada de tenues pecas. Esbelta y de largas piernas, pasaba del metro ochenta, incluso cuando calzaba zapatillas sin tacón. Nikolas apenas le sacaba unos centímetros. Había imaginado a menudo lo bien que el cuerpo de Emma se adaptaría al suyo, con esas piernas y esos brazos rodeándolo.
Estaban hechos el uno para el otro. A Nikolas le extrañaba que nadie más fuese capaz de verlo, pero él lo tenía muy claro desde el día en que la había conocido, y de eso ya hacía unos cuantos años. De niña Emma había sido un auténtico diablillo, un explosivo hatillo de miembros desgarbados e indómita melena pelirroja. Ahora era una joven de veinte años, con una implacable honestidad que hacía de ella el complemento perfecto para la naturaleza reservada y distante de Nikolas. Le recordaba a las mujeres que había conocido en Rusia, con fuego en el alma, tan distintas de las insulsas criaturas europeas a las que había conocido durante los últimos siete años...
Consciente de la inspección a que la estaba sometiendo, Emma le hizo una mueca.
—Me da igual ser tan poco agraciada —dijo—. Por lo que he podido ver, la belleza sólo sirve para crearte problemas. Y ahora tienes que irte, Nikolas. Ningún hombre se atreverá a acercarse contigo rondando por aquí.
—No sé a quién puedes estar esperando, pero no durará más que los otros.
Emma frunció el ceño en un súbito desafío.
—Éste sí.
—Nunca duran —continuó él, como si no la hubiera oído—. A todos los rechazas de plano, en el mismo orden en que van llegando a ti. ¿A qué es debido?
Un rubor que podía rivalizar con el rojo de sus cabellos se extendió por las mejillas de Emma. Apretó los labios. La flecha lanzada por Nikolas había encontrado el blanco. De su presentación en sociedad hacía ya tres temporadas, de manera que si no se casaba pronto, el mercado matrimonial la consideraría un fracaso. De ahí a ser considerada una solterona sólo había un paso.
—No veo para qué necesito a un esposo —dijo—. No me gusta la idea de ser propiedad de nadie. Seguro que piensas que eso me hace poco femenina, ¿no?
—Yo te considero toda una mujer.
Las cejas de Emma se alzaron.
—¿Eso es un cumplido o una burla? Contigo es difícil saberlo.
—Yo nunca me burlo de ti, Emma. De otras personas, sí. De ti, no.
Ella soltó un bufido de incredulidad.
Nikolas dio un paso adelante y entró en la tenue claridad derramada por una linterna de jardín.
—Y ahora me acompañarás adentro. Como anfitrión y primo lejano tuyo, no puedo permitir que estés sola aquí a estas horas sin carabina.
—No intentes recurrir a ese supuesto parentesco que existe entre nosotros. Sólo eres pariente de mi madrastra, así que no nos une ningún vínculo familiar.
—Somos primos por matrimonio —insistió él.
Emma sonrió al oírle decir eso, porque sabía que, en tanto que primos, podían tener una relación mucho más informal, llamarse por el nombre de pila y hablar en privado sin necesidad de que la acompañara carabina alguna.
—Lo que diga vuestra alteza.
—Quizá te gustaría visitar mi colección de arte —sugirió Nikolas—. Tengo una colección de iconos que podrían interesarte. Muchos son del taller de Novgorod, del siglo trece.
—El arte no me dice nada, y ciertamente no quiero ver ningún viejo icono. —Emma lo miró escépticamente—. ¿Por qué los conservas? Eres la última persona de la que pensaría que colecciona pinturas religiosas.
—Los iconos son las ventanas del alma rusa.
Emma curvó los labios en una mueca desdeñosa.
—¿Alma? Nunca me ha parecido que tuvieras una.
—Quizá no has mirado lo bastante de cerca. —Dio un paso adelante, y luego otro más, hasta casi tocar con los zapatos las puntas del vestido blanco.
—¿Qué haces? —preguntó ella.
—Levántate.
Por un momento Emma no se movió. Nikolas nunca le había hablado de aquella manera. Parecía muy relajado, y sus manos desenguantadas permanecían caídas a sus costados, pero Emma ya había visto esa calculada inmovilidad antes: era la de un gato que se disponía a atacar. Obedeció, inquieta, y se irguió de modo que su nariz casi tocaba la de Nikolas.
—¿Qué quieres?
—Quiero saber más cosas sobre ese amigo tuyo. ¿Te toma en sus brazos? ¿Te susurra palabras de amor? ¿Te besa? —Cerró los dedos sobre los brazos de Emma, y el calor de las palmas de sus manos enseguida atravesó las frágiles mangas de seda.
Emma dio un respingo y dejó escapar un gemido ahogado. El corazón empezó a latirle con fuerza. Ni en sueños hubiese podido imaginar que iba a sentir las manos de aquel hombre sobre su cuerpo, que lo tendría tan cerca que sus senos rozarían el pecho de Nikolas Angelovski. Intentó apartarse, pero él la sujetó todavía más fuerte.
—Si has acabado de divertirte, Nikolas, ten la amabilidad de apartar tus reales zarpas. Me temo que no sé apreciar tu sentido del humor.
—No es ninguna broma, ruyshka. —La rodeó con los brazos, dejándola atrapada contra su cuerpo. Emma lo miró con cara de asombro, y él le añadió—: Significa «pequeña pelirroja».
—¡No soy pequeña! —dijo ella al tiempo que se debatía entre sus brazos. Él contuvo sus intentos sin ningún esfuerzo. Aunque eran casi de la misma estatura, Nikolas pesaba el doble que ella, su cuerpo era musculoso y de recia osamenta, y sus hombros tan anchos como las puertas de una iglesia.
Continuó hablando en voz baja, sin hacer caso de las protestas que murmuraba ella.
—Podrías pasar fácilmente por una eslava, ¿sabes? Con esta melena pelirroja, esta piel tan blanca... Tus ojos tienen el color del Báltico, el azul más oscuro que he visto nunca.
Emma pensó en pedir ayuda. ¿Qué podía impulsarlo a comportarse así? ¿Qué quería de ella? Se acordó de todos los rumores que había oído sobre Nikolas. Su pasado estaba lleno de vilezas, asesinatos y traiciones. Lo habían exiliado permanentemente de Rusia por crímenes contra el gobierno imperial. Muchas mujeres encontraban excitante su aura de peligro, pero Emma no formaba parte de ellas.
—Suéltame —jadeó con voz entrecortada—. No me gustan tus juegos.
—Podrían llegar a gustarte.
La retenía tan fácilmente como si fuese una muñeca, o una gatita. Emma notó que disfrutaba de su poder sobre ella, que quería hacerle saber lo mucho más fuerte que era. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. En cualquier momento sentiría la boca de él sobre la suya. Contuvo la respiración y esperó, esperó...
Él apartó un brazo y subió la mano hacia el cuello de Emma para acariciárselo ligeramente. Resiguió con el pulgar el pulso que palpitaba bajo la mandíbula de Emma. La inesperada suavidad de aquel contacto la hizo estremecer. Emma levantó sus trémulas pestañas y lo miró. El rostro de Nikolas estaba muy próximo al suyo.
—Algún día te besaré —dijo él—. Pero no esta noche.
Emma se apresuró a apartarse con una mueca de indignación. Retrocedió unos metros y cruzó sus largos brazos sobre el pecho.
—¿Por qué no vuelves con tus invitados y te dedicas a hacer de anfitrión? —le espetó—. Estoy segura de que ahí dentro habrá muchísimas mujeres que se mueren de ganas de tenerte cerca.
Nikolas permaneció inmóvil en el círculo de luz, con una leve sonrisa en los labios y los reflejos de la claridad en su pelo. A pesar de lo enfadada que estaba, Emma no pudo evitar reparar en lo guapísimo que era.
—Muy bien, prima. Que lo pases bien en los brazos de tu... amigo.
—Lo haré.
Emma no se movió hasta que estuvo segura de que se había ido. Entonces fue hacia el banco, se sentó y estiró sus largas piernas. Nikolas la había dejado alterada... y extrañamente decepcionada.
«Algún día te besaré...» No había sido más que otra de sus burlas, claro. Emma sabía que no era de esas mujeres que hacían enloquecer a los hombres. Se acordó de todas aquellas fiestas en las que los niños con la cara llena de granos solían reírse de ella porque no había nadie tan alto; y de su puesta de largo, cuando todos los solteros la habían ignorado en beneficio de la primera chica más bajita que pasara por allí. A los diecisiete años Emma ya se había quedado al margen de la fiesta, y eso que tenía el atractivo de una gran fortuna familiar tras ella.
Pero ahora al fin tenía su propio pretendiente. Se había enamorado de lord Adam Milbank. Hacía meses que la cortejaba en secreto, desde el inicio de la temporada. Pensar en él bastó para que el corazón empezara a palpitarle de impaciencia. Adam ya debería haber llegado. ¿Por qué se retrasaba?
El jardín de la finca Angelovski estaba organizado en una serie de secciones, cada una de ellas circundada por árboles, setos o parterres de flores. Nikolas dio un rodeo alrededor del claro en el que estaba sentada Emma, oculto tras la hilera de imponentes tejos irlandeses. Encontró un buen punto de observación, se detuvo y esperó a que apareciese el misterioso pretendiente de Emma.
Emma, que se creía sola, se agitaba nerviosa en el banco, trataba de alisar sus bucles rojizos e intentaba disponer sus largas piernas de modo que pareciesen más cortas. Luego dejó caer los hombros, abatida al comprobar que todos sus esfuerzos eran inútiles. Nikolas sonrió ante todo aquel ajetreo. Emma se levantó del banco, se alisó las faldas y tensó su espalda, en una nueva postura que ofrecía su perfil. Nikolas admiró el elegante arqueo de su largo cuerpo, la redondez de sus senos. Emma rodeó el banco y arrancó una ramita de madreselva de uno de los setos.
Una voz masculina se abrió paso a través de los serenos rumores del jardín.
—¡Cariño!
Emma se volvió y dejó caer la ramita de madreselva. Una sonrisa deslumbrante apareció en su rostro.
—Llegas tarde —dijo mientras corría hacia el visitante. Tras arrojarse a sus brazos, le cubrió el rostro de besos.
—Tuve que escabullirme sin levantar sospechas. —El joven reía mientras intentaba defenderse—. Ya sabes que nada podría impedir que acudiera a ti.
—Cada vez que te veo al otro lado del salón, quiero correr a tus brazos.
—Pronto estaremos juntos.
—¿Como cuánto de pronto? —preguntó ella con impaciencia.
—Muy pronto. Ahora, estate quieta. Quiero... —Tomó la rizada cabeza de Emma entre las manos y la besó en la boca.
Nikolas observó a los enamorados, los ojos entornados fijos en aquellos dos cuerpos. El hombre le daba la espalda. Muy despacio, Nikolas avanzó y apartó una rama baja para tener una mejor visión de la escena.
Por fin el hombre echó hacia atrás la cabeza y la luz cayó sobre su rostro. Era lord Adam Milbank.
Nikolas se relajó.
—Perfecto —dijo en un murmullo, y hablaba en serio.
Ahora entendía la imperiosa necesidad de secreto por parte de Emma. Milbank era un vizconde empobrecido. Un cazador de fortunas. El padre de Emma nunca permitiría que su única hija se casara con un manipulador sumido en la miseria como Milbank. Sin duda Stokehurst les había prohibido verse. Nikolas dio media vuelta y se encaminó hacia el salón de baile, casi ronroneando de satisfacción. Sería fácil librarse de Milbank. Nikolas quería que Emma fuese suya, y nada se interpondría en su camino.
Emma entrelazó los brazos alrededor del cuello de Adam Milbank. Respiró su olor, cerró las manos sobre su chaqueta y paladeó su proximidad. Alto y apuesto, Adam Milbank tenía veinticuatro años y un atractivo porte de muchacho.
—Cada día que pasa estoy más enamorada de ti —dijo con la mirada clavada en sus aterciopelados ojos castaños—. Pienso en ti todo el tiempo.
Adam le acarició la cara con ternura.
—Me has embrujado, Emma Stokehurst. —La besó largamente, con la calidez de la pasión en su boca y los brazos sujetándola por detrás de la cintura. Cuando levantó la cabeza, a los dos les faltaba el aire—. Tendremos que volver a la fiesta —dijo—. Por separado, naturalmente. Nadie debe sospechar de nosotros. Y no pongas esa cara. Ya sabes que debemos hacerlo.
—Parece como si lleváramos una eternidad haciendo lo mismo, Adam. Diez minutos robados aquí o allá..., no es suficiente. Ahora que los dos estamos seguros de cuáles son nuestros sentimientos, tenemos que ir a hablar con mi padre. Y si se niega a bendecir nuestro matrimonio, nos escaparemos.
—No digas esas cosas, cariño —murmuró Adam, el rostro ensombrecido por una súbita cautela—. Que no te vuelva a oír hablar de escaparnos. Sé lo importante que es tu familia para ti. No quiero ser la causa de una separación entre tú y tu padre.
—Pero puede que papá nunca dé su aprobación.
—Tú deja pasar el tiempo, y ya verás cómo al final cede —dijo Adam, y besó tiernamente su frente fruncida—. Puedo ser muy paciente, Em.
—Pues yo no —dijo Emma con una risita de frustración—. La paciencia tal vez sea una de tus virtudes, pero no figura entre las mías.
—Prueba a hablar con tu madrastra —sugirió Adam—. Si consigues ponerla de nuestra parte, quizá podría hacer que tu padre dejara de verme con tan malos ojos.
—Quizá —dijo Emma pensativamente. Su madrastra, Tasia, siempre había sido como una bondadosa hermana mayor, que nunca dejaba de simpatizar con los problemas de Emma—. Sí, supongo que si alguien puede hacer cambiar de parecer a papá, es Tasia. Pero si eso no funciona...
—Tiene que funcionar. Em, debes entender lo importante que es poder contar con la aprobación de tu padre. Sin ella nunca podremos casarnos.
Emma dio un paso atrás, muy sorprendida.
—¿Nunca? ¿Por qué no?
—No tendríamos dinero con que vivir.
—Pero el dinero no es tan importante como que estemos juntos.
—Ese sentimiento te honra, cariño, pero tú siempre has estado rodeada de todas las cosas buenas de la vida. No tienes ni idea de lo que es verse obligado a prescindir de ellas. Y recuerda, sin una dote tendrías que renunciar a tus animalitos. Te verías obligada a venderlos, y acabarían en manos de los zoos y los coleccionistas privados.
—¡No! —dijo Emma, horrorizada sólo de pensarlo—. ¿Cómo los tratarían? No puedo permitir que mis animales pasen por eso. —Hacía años que tenía una pequeña reserva de animales en la propiedad familiar, donde acogía toda clase de criaturas extraviadas o heridas. Cuidaba de caballos, osos, lobos y perros, monos, y hasta de un tigre asiático—. Dependen de mí, y la mayoría no sobrevivirían sin cuidados especiales.
—¿Entonces entiendes que necesitamos poder contar con el consentimiento de tu familia?
—Sí —dijo Emma de mala gana. Pero lo que más deseaba en aquellos momentos era encontrar la forma de persuadir a Adam de que fuera a hablar con su padre. ¡Ah, si se decidiera de una vez a plantarle cara y exigir que le otorgara su permiso para casarse con ella! Eso nunca ocurriría, sin embargo. El pobre Adam detestaba las discusiones, y además, como todo el mundo, le tenía auténtico pánico al padre de Emma.
Era muy comprensible. Lord Stokehurst intimidaba fácilmente a la gente. A sus ojos, nadie era lo bastante bueno para su hija. Unos meses antes le había prohibido categóricamente a Adam que le hiciera la corte. Adam se había quedado tan aterrado que no había podido articular palabra. Lo que hizo fue abandonar el lugar con expresión derrotada, y ahora se encontraba en una situación insostenible.
Emma apretó los dientes.
—Hablaré con mi madrastra —dijo—. Me las arreglaré para hacerle entender que tú y yo hemos nacido para estar juntos. Y luego ella convencerá a papá para que autorice el compromiso.
—Ésta es mi chica. —Adam sonrió y la besó—. Venga, y ahora vuelve al baile, Em. Yo esperaré aquí unos minutos antes de entrar.
Ella titubeó, mirándolo con expresión anhelante.
—¿Me quieres, Adam?
Él la apretó contra su delgado cuerpo y la abrazó tan fuerte que casi la dejó sin respiración.
—Te adoro. Eres lo que más me importa en el mundo. No temas, Em: nada podrá separarnos.
Emma encontró a su madrastra en el salón de baile, una suntuosa caverna circular cubierta de tallas y espejos, todo en pan de oro. Tasia bebía sorbos de una copa de vino y sonreía mientras oía conversar a sus amistades. Parecía más una jovencita recién entrada en la adolescencia que una respetable señora de veinticinco años. Irradiaba la misma aureola de misterio que hacía tan fascinante a su primo Nikolas Angelovski. Ambos habían nacido en Rusia, y luego las circunstancias los habían obligado a establecerse en Inglaterra.
Emma fue hacia su madrastra y se la llevó consigo.
—Belle-mère —le dijo con voz apremiante—, tengo que hablar contigo de un asunto muy importante.
Tasia la miró sin mostrar ninguna sorpresa. Pocas cosas se le pasaban por alto, y a veces casi parecía capaz de leer los pensamientos.
—Tiene que ver con lord Milbank, ¿verdad?
—¿Quién te lo ha contado?
—Nadie. Hace meses que salta a la vista, Emma. Cada vez que desapareces durante un baile o una velada, lord Milbank desaparece también. Os habéis estado viendo en secreto. —La mirada de Tasia era reprobadora—. Ya sabes lo que me disgusta que se hagan cosas a espaldas de tu padre.
—No he tenido otra salida —dijo Emma con expresión culpable—. Todo porque papá se niega a permitir que Adam me haga la corte.
—Tu padre no quiere que nadie se aproveche de ti, y menos un cazador de fortunas.
—¡Adam no es ningún cazador de fortunas!
—Pues lo cierto es que todo el mundo tiene esa impresión. El año pasado hubo ese horrible asunto con lady Clarissa Enderly...
—Adam ya me lo explicó —dijo Emma, sin poder evitar torcer el gesto ante aquel recordatorio.
Sí, antes de que hubiera empezado a cortejarla, habían sorprendido a Adam cuando iba a fugarse con una ingenua heredera. La indignada familia Enderly había amenazado a Adam, y luego se habían apresurado a casar a su hija con un rico barón ya entrado en años.
—Eso fue un error. Un malentendido —dijo Emma por fin.
—Emma, tu padre y yo queremos verte casada con un hombre que te valore, que sea digno de ti...
—Y que sea lo bastante rico —la interrumpió Emma—. Todo se reduce a eso, ¿verdad? Ni a ti ni a papá os hace ninguna gracia que Adam no cuente con una gran fortuna familiar.
—¿Y si no tú tuvieras ni un penique? —le preguntó Tasia dulcemente—. ¿Piensas que Adam seguiría queriendo casarse contigo? Claro que no sólo te quiere por el dinero, pero no puedes negar que eso cuenta.
Emma frunció el ceño.
—¿Por qué a todo el mundo le resulta tan difícil creer que un hombre pueda llegar a amarme? A él no le importa mi fortuna, no del modo que tú piensas. ¡Lo único que quiere es hacerme feliz!
Un velo de compasión ensombreció la expresión de Tasia.
—Sé que lo amas, Emma, y sé que tú crees que él siente lo mismo. Pero tu padre tendría en mucho mejor concepto a Adam si tuviese el valor de comparecer ante él y decir: «Lord Stokehurst, deseo que reconsidere su decisión de prohibirme cortejar a Emma, porque quiero que se me dé la oportunidad de demostrar lo mucho que la amo y la respeto...». Pero no, Adam te ha convencido de que debéis recurrir a estas sospechosas citas a escondidas...
—¿Puedes reprocharle que le tenga miedo a papá? —preguntó Emma con una súbita vehemencia—. ¡Yo no se lo reprocho! ¡Son muchas las personas que piensan que papá es un ogro!
Tasia rió, y sus ojos de un gris azulado recorrieron el gentío hasta encontrar la silueta de anchos hombros de su marido.
—Hubo un tiempo en el que yo pensaba lo mismo. Pero ahora ya sé que tu padre no es ningún ogro.
Como si percibiera la mirada de Tasia, Lucas Stokehurst se volvió y la miró. Era más impresionante que apuesto, con firmes facciones masculinas y vívidos ojos azules. Algunas personas no podían evitar sentirse desconcertadas ante el gancho plateado que ocupaba el lugar de su mano izquierda. Lord Stokehurst había perdido esa mano hacía muchos años en un accidente, cuando intentaba salvar a Emma y su madre del terrible incendio que arrasó su mansión. Emma sobrevivió al desastre, pero su madre había perecido. A veces Emma se preguntaba cómo habría sido su vida si hubiera crecido teniendo una madre. Pero sólo había dispuesto de un padre lleno de amor, dominante y excesivamente protector.
Al ver a su esposa con su hija, Luke se excusó de la conversación intrascendente que mantenía y fue hacia ellas.
—Te mereces un hombre como tu padre —murmuró Tasia mientras veían aproximarse a Luke—. Él haría lo que fuese por las personas a las que quiere. Daría su vida por ellas.
—Pero es que no hay hombres como él —dijo Emma con voz compungida—. Santo Dios, si tengo que juzgar a los pretendientes según esos criterios, nunca encontraré con quien casarme.
—Encontrarás a alguien que sea digno de ti. Hay que darle tiempo al tiempo.
—Y así pasará una eternidad. Por si no te habías dado cuenta, los pretendientes no acuden en tropel para pedir mi mano.
—Si les mostraras la parte de ti misma que ve tu familia, todos los solteros del país correrían a hacerte la corte. Tienes un inmenso encanto natural y puedes ser muy afectuosa, pero cuando estás entre hombres es como si te convirtieras en una estatua.
—No puedo evitar ser como soy. —Emma dejó escapar un largo suspiro—. Pero cuando estoy con Adam soy distinta, belle-mère. Él hace que me sienta especial, incluso hermosa. Trata de entenderlo, por favor. Tienes que hablar con papá en mi nombre, y hacer que invite a Adam a casa.
Tasia la miró con expresión preocupada, le dio unas palmaditas en el brazo y asintió.
—Veré qué puedo hacer. Pero no esperes demasiado. A Luke no le gustará nada la idea.
El padre de Emma llegó hasta ellas, y aunque su sonrisa las abarcó a ambas, su mirada quedó posada en Tasia. Por un instante parecieron estar absortos en un mundo privado. Era raro ver a un marido y una esposa tan apasionadamente enamorados. Después de que falleciera su primera esposa, Luke no esperaba volver a casarse, pero Tasia lo embrujó nada más entrar en su vida. Ya le había dado dos hijos, William y Zachary. Había momentos en los que Emma se sentía excluida de aquel círculo, pese a lo mucho que se esforzaban Luke y Tasia por evitar que eso ocurriera.
—¿Lo estás pasando bien? —preguntó Luke a Tasia, la mirada clavada en sus oscuros ojos de gata.
—Sí —replicó ella en voz baja mientras le alisaba las solapas—. Pero todavía no le has pedido a tu hija que baile contigo.
Emma se apresuró a intervenir.
—Prefiero formar parte de la decoración antes que tener a mi padre como único compañero de vals en toda la velada —dijo—. Y no, tampoco quiero que me consigas una pareja de baile, papá. A nadie le gusta tener que bailar por obligación.
—Voy a traer al joven lord Lyndon para presentártelo —dijo Luke—. Es inteligente, tiene una mente muy despierta y...
—Ya lo he conocido —dijo Emma secamente—. No soporta los perros.
—Ésa no es razón para condenar a un hombre, ¿no te parece?
—Habida cuenta de que por lo visto siempre voy llena de pelos de animal y huelo a perro o caballo, me parece que no congeniaríamos demasiado. Y no se te ocurra hacer de casamentero, papá: empiezas a asustarme.
Luke sonrió y le tiró suavemente de uno de los bucles rojizos.
—Está bien. —Se volvió hacia Tasia—. ¿Me concede el honor, señora?
La pareja fue hacia la pista de baile, y Luke tomó en brazos a su esbelta esposa. Al dejarse llevar por los compases del vals pudieron hablar en la intimidad.
—¿Cómo es que Emma no se relaciona con nadie? —preguntó Luke—. Esta noche se la ve muy retraída.
—Sólo está interesada en un hombre.
Una expresión un poco sombría invadió las facciones de Luke.
—¿Se trata todavía de Adam Milbank? —preguntó malhumorado—. Creía que ya había zanjado de ese problema.
Tasia sonrió.
—Cariño, los sentimientos de esos dos jóvenes no van a dejar de existir sólo porque tú les hayas prohibido verse.
—Jamás permitiré que ese cazador de fortunas se case con ella. Antes preferiría verla casada con cualquiera.
—No se te ocurra decir esas cosas en voz alta —le advirtió Tasia, alarmada—. Parece que siempre te guste tentar al destino.
Luke sonrió.
—Tú y tu supersticiosa alma rusa. Me reafirmo en lo que he dicho. Por mucho que busques, nunca encontrarás un yerno peor que ese Milbank.
Una vez sola, Emma fue hacia la pared y se apoyó en ella. Suspiró abatida mientras pensaba en cuánto le gustaría abandonar el baile o, cuando menos, deambular por la mansión Angelovski, llena de antiguos tesoros rusos, magníficas obras de arte, muebles de intrincadas tallas y paneles forrados de joyas. Nikolas se había traído consigo todo aquello, junto con un ejército de criados y sirvientas de la familia, cuando vino a Inglaterra.
El hogar de Nikolas era como un museo, asombroso, opulento, sobrecogedor y melancólico al mismo tiempo. La sala central estaba circundada por quince imponentes pilares dorados, con la disposición original aumentada en deferencia a la vieja superstición rusa de que los números pares traían mala suerte. Una gran escalinata con decoraciones azules y doradas caracoleaba delicadamente hacia el segundo y el tercer piso. Magníficas vidrieras iluminaban los suelos de mármol negro y gris.
La mansión se alzaba en el centro de cincuenta mil acres de tierras de labor, que se extendían a ambos lados del Támesis, al oeste de Londres. Nikolas había comprado la finca hacía tres años, y después había decorado la mansión a su gusto. La residencia era digna de un príncipe, pero aun así tenía que resultar pequeña comparada con los palacios que había poseído Nikolas en Rusia. Se le permitió llevarse consigo al exilio una décima parte de su fortuna, y se estimaba que esa mera fracción ascendía a treinta millones de libras. Nikolas era uno de los hombres más ricos de Europa, y con mucho el mejor partido. Toda esa riqueza debería haberlo hecho muy feliz, y sin embargo Nikolas parecía la persona más desgraciada que Emma había conocido nunca. ¿Habría algo que deseaba pero no podía obtener, o algún deseo privado que nunca había llegado a satisfacer?
Una delicada voz femenina puso un brusco fin a las cavilaciones de Emma.
—¡Vaya! Mira, Regina, nuestra amiga Emma, de pie junto a la pared, como de costumbre. Me sorprende que aún no hayan puesto una placa para indicar que es tu sitio especial: «Lady Emma Stokehurst pasó aquí miles de horas esperando que la sacaran a bailar.»
La que así hablaba era lady Phoebe Cotterly, acompañada por su amiga lady Regina Bradford. Phoebe se había convertido rápidamente en la gran sensación de la temporada londinense, gracias a la mágica combinación de una impresionante belleza rubia, un apellido reverenciado por todos y la seguridad que le daba saberse acreedora de una generosa dote. Sólo tenía un problema: decidir con cuál de los integrantes de su legión de pretendientes iba a contraer matrimonio.
Emma sonrió, nerviosa, y no pudo evitar sentirse como una giganta torpe y desgarbada en comparación con las otras dos jóvenes. Dejó caer los hombros y retrocedió hasta apoyar la espalda en la pared.
—Hola, Phoebe.
—Sé por qué se la ve tan fuera de lugar —le dijo Phoebe a Regina—. Es que nuestra Emma se siente mucho más a gusto en un granero que en un salón de baile. ¿No es verdad, Emma?
Emma sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Miró al otro lado de la estancia y vio a Adam, conversando con unos amigos. Su lejana presencia bastó para armarla de valor: se dijo que Adam la amaba, y que por lo tanto no debía dar ninguna importancia a los comentarios despectivos de aquella joven. Pero eso no bastó para evitar que le dolieran.
—Es raro ver a una muchacha tan sencilla y natural —ronroneó Phoebe, decidida a clavar un poco más las garras en la herida—. Sí, realmente eres única. Los hombres deberían revolotear a tu alrededor. Nunca entenderé por qué no saben apreciar tus rústicos encantos.
Antes de que Emma pudiera replicar, dio un respingo al descubrir que Nikolas Angelovski acababa de aparecer junto a ella. Con un parpadeo de sorpresa, alzó la mirada hacia su rostro inescrutable.
—Me parece que ha llegado el momento de que me concedas ese baile que me prometiste, prima —dijo él suavemente.
Emma se quedó sin habla por unos instantes, al igual que las dos jóvenes. En el esplendor lleno de reflejos del salón de baile, con su severo atuendo negro y blanco, Nikolas parecía demasiado extraordinario para ser real. La luz que destellaba sobre sus austeras facciones convertía sus ojos en dos pequeños estanques amarillos llenos de iridiscencia, y realzaba cada curva y cada ángulo de su piel dorada. Sus rubias pestañas eran tan largas que se enredaban en las comisuras exteriores de los ojos.
Phoebe Cotterly se había quedado boquiabierta, consternada al comprender que Nikolas había escuchado sus mezquinas burlas.
—Príncipe Nikolas —dijo con voz entrecortada—, sois un anfitrión excepcional. ¡Qué velada! Magnífica, lo estoy pasando maravillosamente. Todo es perfecto: la música, las flores...
—Nos complace que esta reunión merezca vuestra aprobación —la interrumpió Nikolas fríamente.
Emma logró contener la risa. Nunca le había oído usar el «nos» principesco antes, pero no cabía duda de que resultaba muy efectivo.
—¿Habéis llamado «prima» a Emma? —preguntó Phoebe—. No sabía que estuvierais emparentados.
—Somos primos lejanos, por matrimonio —replicó Emma, haciendo como que no veía la leve sonrisa que acababa de aparecer en la boca de Nikolas.
—¿Nuestro baile? —insistió él al tiempo que le ofrecía el brazo.
—Pero, alteza —protestó Phoebe—, sólo habéis bailado conmigo una vez antes de esta noche, en el baile de Brimforth. Fue una experiencia que merece ser repetida, ¿no os parece?
La mirada especulativa de Nikolas descendió hasta los delicados pies de Phoebe y volvió a subir.
—Creo que con una vez fue más que suficiente, lady Cotterly. —Extendió la mano hacia Emma y la llevó hacia la pista de baile. Phoebe se había quedado sin habla, mientras que Regina parecía estar perpleja.
Emma respondió con una reverencia a la inclinación de Nikolas y puso la mano en la suya. Luego lo miró con una sonrisa de deleite culpable.
—Gracias. Nunca había visto que nadie pusiera en su sitio a Phoebe. Te debo una.
—Entonces consideraremos que estás en deuda conmigo. —Le pasó el brazo alrededor de la cintura y la llevó consigo en los primeros giros de un vals. Emma le siguió los pasos sin ningún esfuerzo, sus largas piernas moviéndose al unísono con las suyas. Eso la dejó tan sorprendida que por unos instantes no pudo hablar. Nunca había bailado tan bien con nadie. Era como volar, y parecía como si de pronto sus pies hubieran cobrado vida entre el ondular de las faldas de su vestido blanco. Se dio cuenta de que la gente los miraba y algunas parejas incluso se retiraron a un lado de la pista para observarlos. Emma no soportaba ser el centro de atención. El rubor le cubrió rápidamente la cara.
—Relájate —murmuró Nikolas, y Emma reparó en que le apretaba la mano con todas sus fuerzas.
—Lo siento —dijo, al tiempo que aflojaba los dedos—. Nikolas, ¿por qué nunca me habías pedido que bailara contigo antes de esta noche?
—¿Habrías aceptado mi invitación?
—Probablemente no.
—Por eso no te lo pedí.
Emma miró con curiosidad al hombre que bailaba con ella. Era imposible saber si lo estaba pasando bien o no. Su rostro permanecía completamente inexpresivo. Nikolas se movía con mucha ligereza para lo alto que era. Su cuerpo parecía estar hecho de músculos y resortes, como el de un gato. Un olor muy agradable flotaba a su alrededor, una mezcla de cálida piel masculina y jabón de alerce, con una sombra de té endulzado en el aliento.
Allí donde su piel dorada se encontraba con la blancura almidonada del cuello de la camisa, Emma vio la punta de una cicatriz. Bajó la mirada hacia el hombro de Nikolas, y se acordó de cuando había llegado a Inglaterra hacía siete años, prácticamente a las puertas de la muerte. Emma había acompañado a su madrastra hasta la cama en la que yacía Nikolas, y lo había observado con detenimiento. Nunca olvidaría lo pálido y flaco que estaba entonces, tan exhausto que apenas si podía levantar la cabeza. Y las cicatrices, su horrendo recorrido sobre el pecho, las muñecas... Emma nunca había visto unas cicatrices semejantes. Nikolas había sacado fuerzas de flaqueza de alguna parte para cerrar sus delgados dedos sobre un mechón de los cabellos de Emma.
—Ah, sí —había dicho con un hilo de voz—. Conozco un cuento popular ruso sobre una chica que salva a un príncipe que iba a morir..., trayéndole una pluma mágica... arrancada de la cola del pájaro de fuego. Las plumas de ese pájaro eran de un color entre el rojo y el oro... como tus cabellos...
Emma se había apartado del lecho con desdén, pero aquellas palabras tan extrañas le habían despertado la curiosidad. Después le preguntó a Tasia qué le había ocurrido a aquel hombre, y por qué lo habían herido de aquella manera.
—A Nikolas lo han torturado —le había explicado Tasia en voz baja—, y después lo han expulsado de Rusia por traición.
—¿Morirá por esas heridas?
—No, por las físicas, no. Pero las interiores son mucho más graves, me temo.
Durante un tiempo Emma había intentado sentir pena por él, pero era imposible. Por mucho que hubiera llegado a padecer a causa de sus pecados, Nikolas era demasiado arrogante para inspirar compasión.
Sus pensamientos volvieron bruscamente al presente cuando los compases del vals los hicieron pasar junto a Adam Milbank, que se encontraba en pie en el otro extremo del salón. Adam la miró con asombro. ¿Qué se le pasaría por la cabeza al verla bailar con Nikolas? Emma se puso rígida, y sus movimientos se volvieron extrañamente envarados mientras Nikolas no dejaba de guiarla en los giros. ¡Si al menos pudiera correr hacia Adam y explicarle la situación...!
—Tu amigo tiene que estar observándonos —dijo Nikolas.
El que fuera tan perceptivo sorprendió un poco a Emma.
—Desgraciadamente, sí.
—Una pizca de celos siempre ayuda a condimentar una historia de amor.
—Supongo que hablas por experiencia. Porque tú has visitado unas cuantas camas, ¿verdad?
Eso pareció divertir a Nikolas.
—¿Nunca intentas mantener a raya tu lengua, ruyshenka?
—¿Te ofende?
—No.
—A veces intento ser educada y discreta. El impulso me dura cosa de media hora, y luego vuelvo a ser la de siempre. —Emma volvió la cabeza para mirar a los músicos en su cenador cubierto de flores. Su movimiento hizo que Nikolas tuviera que saltarse un paso—. Supongo que este vals estará a punto de terminar, ¿no? Me parece como si estuviese durando una eternidad.
—¿No te lo pasas bien? —preguntó Nikolas, al tiempo que recuperaba el paso perdido y restablecía sus ritmos.
—No con toda esta gente que no deja de mirarnos. Puede que tú estés acostumbrado, pero a mí me pone nerviosa.
—Pondré fin a tu tormento, entonces. —Nikolas la guió hacia uno de los lados del salón, le soltó la cintura y se llevó su mano a los labios en un gesto que no podía ser más superficial—. Muchas gracias por el baile, prima. Eres una pareja realmente encantadora. Te deseo suerte con tu amigo.
—Oh, no necesito suerte —replicó ella, confiada.
—Eso nunca se sabe. —Nikolas le hizo una reverencia y se alejó, sin dejar de pensar para sus adentros que ni toda la suerte del mundo podría hacer que la causa de Emma llegase a buen puerto. Nunca pertenecería a otro hombre. Nikolas siempre había sabido que Emma estaba hecha para él, únicamente para él..., y no tardaría en ser suya.
Los Milbank eran un buen ejemplo del tipo de aristocracia europea que más despreciaba Nikolas, la que vivía de unos recursos cada vez más reducidos que era o demasiado perezosa o demasiado orgullosa para recuperarse salvo
