Las misteriosas aventuras de la mansión Baskerville

Ali Standish

Fragmento

Uno

Estudio en escarlata

Arthur era un muchacho que casi nunca se equivocaba. Cuando estaba en clase, tenía la irritante costumbre de ser el primero en dar la respuesta, que además era la correcta.

Pero sus compañeros sabían que no era culpa suya: así funcionaba su mente, ni más ni menos.

Si le hubieras preguntado a Arthur Conan Doyle si algo se agitaba en el ambiente de aquel fresco día de septiembre, si podía percibir que la aventura —y el peligro— se aproximaban, se habría apresurado a catalogarte de vidente que trata de engañarlo para sacarle una moneda.

Al final, resulta que incluso Arthur podía equivocarse de vez en cuando.

—¿Sólo esto? —preguntó durante esa fatídica tarde mientras contemplaba con el ceño fruncido la pieza de carne de borrego que el señor Fraser había colocado sobre su balanza de carnicero. Dividida entre siete, no daría ni para un bocado cada uno.

—Me temo que es todo lo que puedes comprar hoy con tu dinero, muchacho —repuso el señor Fraser con una sonrisa triste. Arthur había advertido que el carnicero tenía profundas ojeras.

Echó un vistazo hacia el fondo de aquella tienda cubierta de serrín, donde solía trabajar la señora Fraser, pero la mujer no estaba. Su vista había empeorado en los últimos tiempos; Arthur se había dado cuenta por la forma en que entrecerraba los ojos para mirarlo cuando la saludaba. Puede que se hubiera agravado hasta el punto de no permitirle desempeñar su trabajo. Eso significaba que debería ir al médico y que el señor Fraser tendría que contratar a alguien para sustituirla.

En otras palabras, dedujo Arthur: el señor Fraser ya no podía permitirse darle un poco más de la cantidad por la que podía pagar.

—Sí, señor —dijo, recordando sus modales—. Gracias.

De camino hacia la puerta, con la carne envuelta en un papel, examinó a los demás clientes que guardaban cola: un hombre que debía de estar muy absorto en sus pensamientos, pues no parecía consciente de que había pisado una boñiga de caballo de camino a la carnicería; una mujer que se había remendado un agujero de la falda chapuceramente, y un muchacho que, a juzgar por el bulto que asomaba en su bota, llevaba escondido un cuchillo.

Era mejor fijarse en esos detalles que en los apetitosos cortes de ternera y cerdo que había detrás del mostrador del señor Fraser a la espera de que otras familias fueran a comprarlos.

«No son para nosotros —se dijo Arthur—. Al menos, hoy no.»

Sintió alivio cuando salió a las empinadas y adoquinadas calles de Edimburgo, que bullían con los vendedores de periódicos y los transeúntes, los caballos y las niñas que vendían ramilletes de flores por las esquinas.

La atmósfera olía a los pasteles de jengibre recién horneados de la pastelería Barrowclough, y una fresca brisa procedente del sudoeste traía consigo los susurros del otoño. Las hojas de los pocos árboles que bordeaban la carretera crujían con placidez, aguardando el momento en que empezarían a caer.

Para el joven Arthur había pocas cosas más maravillosas que una tarde de septiembre. Ese mes señalaba el comienzo de un nuevo curso escolar. Lecciones nuevas. Asignaturas nuevas.

Aquel día, sin embargo, el viento sólo le heló el corazón.

Antes de saber hacia dónde lo conducían sus pasos, se vio cruzando la calle en dirección a W. Scott Books, donde había una librera ordenando el escaparate. No alcanzó a ver ninguno de los títulos desde ese lado del cristal, pero los volúmenes resultaban tan apetitosos como las carnes más selectas del carnicero, quizá incluso más. Pensó en todos los lugares que albergaban en su interior, lejos de Escocia, en todas las aventuras que podían vivirse.

Arthur dejó escapar un suspiro de anhelo y empañó el escaparate.

«No son para mí —se recordó de nuevo—. Hoy no.»

Si su familia no podía costearse suficiente comida para llenarse el estómago, aún menos podrían permitirse comprar libros para llenar la mente de Arthur.

Como para enfatizar esa idea, el golpe seco de unos nudillos desde el otro lado del cristal lo sacó de sus pensamientos. La librera, que se alisaba el pelo con tenacillas, estaba fulminándolo con la mirada desde el interior, haciéndole señas para que se marchara.

Cuando regresó a la concurrida acera, Arthur tomó una decisión.

Recordó que el señor Crabtree, el malhumorado director de la academia Newington, cuyo aliento olía a leche agria, le había dicho que con una mente tan aguda como la suya podría llegar a ser alguien de provecho.

Pero Arthur no tendría ocasión de poner a prueba la teoría del señor Crabtree, pues había decidido que no regresaría a la academia Newington la semana siguiente.

Alguien tenía que ganar el sustento de la familia, y, como su padre cada vez trabajaba menos, esa persona debía ser Arthur. Ese pensamiento lo llenó de inquietud, pero también de determinación.

Tal vez podría regresar a la carnicería al día siguiente y pedirle un empleo al señor Fraser como aprendiz. No le atraía mucho la idea de pasarse el día cortando trozos de carne, pero era mejor que limpiar chimeneas o, pensó con un escalofrío, cavar tumbas.

Por ahora, no obstante, su madre estaba esperándolo en casa para empezar a preparar la cena.

Cuando se dio la vuelta, Arthur estuvo a punto de chocar con una mujer que empujaba un cochecito de bebé por la sinuosa pendiente.

—Disculpe, señora —dijo.

Pero la mujer apenas reparó en él.

«Qué extraño», pensó Arthur.

La observó con más detenimiento. Era una mujer bonita, pero fruncía el entrecejo y los labios, como si estuviera dolorida. Su rostro era una pálida luna que contrastaba con el colorido ramillete que emergía de su bolso y la brillante tela escarlata de su vestido. Éste destacaba entre el gentío, pues la mayoría iban ataviados con ropa gastada y de tonos apagados.

De repente, la mujer se quedó inmóvil.

En ese preciso instante, Arthur observó tres cosas.

Primera, la mujer estrenaba el vestido.

Segunda, el bebé que iba en el cochecito era muy pequeño, no tendría más de dos meses.

Tercera, la mujer respiraba con dificultad.

De pronto, la mujer parpadeó con fuerza y se inclinó hacia delante como una tetera.

Tras soltar el paquete, Arthur extendió los brazos para sujetarla antes de que se golpeara la cabeza con el pavimento. Sintió una oleada de alivio mientras la depositaba en el suelo a duras penas. Había interpretado bien las señales. En cuanto se recobrase de ese desmayo transitorio, la mujer podría regresar a casa sana y salva con su bebé.

«¡El bebé!»

Arthur giró la cabeza de golpe, justo cuando el cochecito comenzaba a rodar pendiente abajo. Alargó una mano para sujetarlo, pero era demasiado tarde. El cochecito ganó velocidad a medida que la pendiente se acentuaba, yendo más y más deprisa.

El corazón le dio un vuelco cuando el cochecito rebotó sobre un adoquín que sobresalía y giró con brusquedad hacia la carretera... donde un carruaje tirado por cuatro caballos inmensos avanzaba directo hacia él.

Dos

Un encuentro inusual

El cochecito estaba a punto de ser atropellado por los caballos, pero Arthur se encontraba demasiado lejos para alcanzarlo. Oteó la calle y luego se agachó, hasta que por fin localizó un guijarro en el suelo.

—¡Eh! —gritó con todas sus fuerzas, al tiempo que arrojaba la piedra y rezaba para que diera en el blanco.

Golpeó al hombre que caminaba delante del cochecito justo en la nuca, tal como Arthur esperaba. El hombre se giró, tratando de localizar al culpable, pero en vez de eso vio cómo el cochecito se precipitaba hacia la carretera. Se abalanzó hacia él y consiguió agarrar el manillar justo a tiempo. Un segundo después, el carruaje pasó de largo.

Arthur suspiró aliviado. Se había congregado una pequeña multitud para averiguar a qué venía tanto revuelo, la gente estiraba el cuello para ver mejor al hombre del cochecito. Éste dio media vuelta y subió por la pendiente, empujando el cochecito con una mano, mientras con la otra aferraba la empuñadura de un bastón. A Arthur le sorprendió que el rescatador fuera tan mayor: había pegado un salto con mucho brío.

—¿Has sido tú el que me ha arrojado la piedra? —le preguntó a Arthur con un acento seco y monótono.

Arthur no pudo dejar de mirar fijamente al hombre mientras éste se ponía el bastón bajo un brazo y se recolocaba la chistera para poder frotarse la nuca. Su edad no fue lo único que le sorprendió. Tenía el arrugado rostro muy bronceado, como si acabara de regresar de los trópicos, y la barba, blanca como la nieve, estaba recortada a la perfección. Sus ojos eran grises, la nariz, larga y estrecha, e iba ataviado con un traje de tweed y chaleco. Arthur se fijó en que su bastón era de caoba reluciente y estaba rematado por una cabeza de cuervo de plata. ¿Qué hacía un caballero inglés como él en un barrio como ése?

—Lo siento mucho, señor —se disculpó—. He pensado que, si le llamaba, quizá pensara que no me refería a usted. No se habría dado la vuelta a tiempo.

El caballero se quedó mirándolo durante un buen rato antes de que la barba diera una ligera sacudida.

—En fin, supongo que hay motivos peores para provocarle una contusión en la cabeza a un desconocido.

La librera gruñona había salido de su tienda para ayudar a la madre del bebé a incorporarse. La mujer sacó al pequeño de su nido de mantas y lo estrechó contra su pecho.

—Me han dicho que tengo que darte las gracias por parar mi caída —le dijo a Arthur. Luego se giró hacia el caballero—. Y a usted por salvar a mi bebé.

El inglés negó con la cabeza.

—Eso también ha sido cosa de este muchacho. De no ser por su rápida intervención, el resultado habría podido ser más grave. Muchísimo más grave.

A continuación, se produjo cierto barullo mientras la madre insistía en que Arthur se quedara las flores que acababa de comprar en el mercado y varios desconocidos se acercaban para estrecharle la mano. Arthur, que no quería otra cosa que irse a casa, se sintió un poco aturullado.

Por fin, cuando la madre y el bebé continuaron su camino y la multitud se dispersó, se quedaron solos Arthur y aquel caballero tan peculiar.

El inglés se apoyó en la fachada de la librería y se dio unos golpecitos en el labio con una pipa apagada, pensativo. Después le lanzó una mirada penetrante a Arthur.

—De modo que has parado la caída de esa mujer, ¿eh? —dijo—. ¿Eres rápido de reflejos?

—No, señor —respondió Arthur, nervioso por la mirada escrutadora del desconocido—. Es que me he dado cuenta de que iba a desmayarse.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo es eso?

—He visto que llevaba un vestido nuevo, después he advertido que estaba pálida y que le costaba respirar. Acababa de tener un bebé, pero su cintura era muy fina. Así que he pensado que, aprovechando que había salido a comprar un vestido, también ha debido de hacer una parada para adquirir un... corsé. —Esto último lo añadió susurrando.

Confió en que al caballero no le resultara extraño que supiera sobre esas cosas, pero es que compartía habitación con cinco hermanas y su madre había dado a luz a la pequeña Constance unos meses antes.

Arthur carraspeó antes de continuar:

—Pero, al parecer, la persona que se lo puso lo ciñó demasiado. Y como es sabido, esa prenda interior restringe el flujo de aire y provoca...

—Desmayos —concluyó el caballero—. Efectivamente.

Al oír las campanadas de la cercana iglesia de Newington, Arthur pegó un respingo.

—Discúlpeme, por favor. —Se agachó para recoger el paquete de carne que había dejado caer—. Tengo que irme a casa.

El caballero se levantó la chistera en señal de despedida.

—Tus dotes para la observación te han reportado un buen servicio hoy —dijo—. Puede que incluso mejor de lo que crees.

Antes de que Arthur pudiera pensar alguna respuesta para ese comentario tan inesperado, el caballero desapareció entre la multitud. Pero no antes de que el joven descubriera otro detalle extraño. Había subido por la colina con el bastón en la mano derecha. Sin embargo, ahora se alejaba sujetándolo firmemente con la izquierda.

Tres

No hay nada más importante

El sol estaba ocultándose en el horizonte cuando Arthur irrumpió por la puerta. Sus cinco hermanas pasaban las tardes acurrucadas como gatitos en el salón, así que no supuso ninguna sorpresa cuando dos de ellas se abalanzaron sobre él. Mary le rodeó el cuello con sus bracitos mientras Caroline se aferraba a su pierna tambaleándose y le pegaba un mordisco no por cariñoso menos doloroso.

Ann y Catherine, sus hermanas mayores, estaban zurciendo calcetines junto a la chimenea, con la pequeña Constance acurrucada entre ellas, en su cunita.

—Llegas tarde —dijo Ann, interrumpiendo sus labores. Detestaba coser—. ¡Nos tenías preocupadas!

—Catherine ha supuesto que habría cola en la carnicería —repuso Mary—, pero yo he dicho que lo más probable era que te hubieran secuestrado unos bandoleros. ¿No habría sido maravilloso?

—¿Por qué llegas tan tarde, Arthur? —preguntó Catherine, cuyo rostro serio estaba iluminado por la luz de la chimenea—. ¿Y qué diablos has traído?

—¡Flores! —exclamó Caroline, que pegó un brinco para tratar de alcanzar el ramillete de brezos y cardos que le habían regalado a Arthur—. ¡Para mí!

El bebé se echó a reír al ver a Caroline, lo cual también le provocó una carcajada a Mary. Arthur sonrió. Ni siquiera había podido quitarse las botas aún.

—Os lo contaré todo durante la cena —dijo—. Pero será mejor que le lleve esto a mamá.

Sostuvo en alto el paquete de la carnicería. Tras quitarse las botas de un puntapié, le entregó las flores a Caroline y se fue a ver a su madre a la cocina. La mujer tenía las mejillas ruborizadas a causa del vapor que emergía de la cazuela que estaba al fuego, y el cabello oscuro se le salía de la trenza.

—¡Oh, Arthur! —exclamó con una sonrisa afectuosa—. Justo a tiempo.

—No es gran cosa —dijo él mientras le entregaba el pequeño trozo de carne—. Siento no haber podido conseguir más.

La sonrisa de su madre no flaqueó, aunque algo cambió en su mirada.

—Estoy acostumbrada a apañarme con poco —dijo—. Además, la señora Gillies pasó por aquí con un puñado de patatas que le sobraron. ¡Nos daremos un festín! —Después añadió, bajando la voz—: ¿Por qué no vas a ver si papá cenará con nosotros?

—Por supuesto. —Arthur se esforzó por parecer sereno.

Cuando su madre volvió a girarse hacia la cazuela humeante, Arthur avanzó de puntillas por el pasillo en dirección a una puerta entreabierta. Se asomó y vio a su padre sentado a su escritorio, con la cabeza hundida entre las manos. Tenía el pelo revuelto y los hombros caídos. Pegados en la pared había toda clase de recortes de periódico que guardaba para inspirarse, junto con sus propios bocetos de hadas, duendes y otras criaturas fantásticas. Desperdigadas por el suelo, a su alrededor, había varias bolitas de papel arrugado y unas cuantas botellas vacías.

En un caballete cercano había un boceto de una criatura monstruosa que enseñaba los dientes por encima de su chaleco. El señor Doyle era un ilustrador de libros infantiles y estaba terminando un encargo para una nueva edición de La bella y la bestia. Al menos, eso era lo que tendría que estar haciendo.

La enfermedad que padecía su padre no era como la varicela o la tuberculosis, que afectaban al cuerpo. La suya era una enfermedad de la mente, que convirtió al señor Doyle en una sombra del hombre al que Arthur había conocido y al que seguía queriendo.

—¿Pa? —preguntó—. ¿Vas a venir a cenar?

—Esta noche no, muchacho. —El padre no se movió ni un ápice—. Tengo mucho trabajo y poco apetito.

Arthur se esperaba esa respuesta, pero, aun así, añoró a su padre de antes. Retrocedió y cerró la puerta sin hacer ruido.

De modo que sólo hubo seis Doyle —siete, si contamos al bebé— sentados a la mesa, todos con el cabello castaño y alborotado, la piel color arena y con un solitario hoyuelo en la mejilla izquierda. La señora Doyle sirvió el estofado aguado en unos cuencos y partió un trocito de pan para cada uno de sus hijos. Arthur advirtió que no reservó ninguno para ella.

Aunque el estofado estaba aguado y el pan rancio, la cena fue un verdadero festín. Arthur se sintió henchido a causa de las carcajadas que resonaban alrededor de la mesa, las sonrisas de sus hermanas bajo la luz titilante de las velas y el resuello de su madre cuando les contó la peripecia con el cochecito.

—Explícalo otra vez —dijo Catherine, frunciendo el ceño—: ¿cómo supiste que la mujer estaba a punto de desmayarse?

—¡Cuenta la parte de los caballos! —exclamó Mary, a la que nada entusiasmaba tanto como un buen desastre—. ¿Seguro que nadie salió herido?

Casi pudieron olvidarse del asiento vacío en la cabecera de la mesa, un fantasma silencioso en las sombras.

Cuando terminó la cena, Ann y Catherine retomaron sus labores mientras Arthur acompañaba a Caroline y a Mary por las desvencijadas escaleras hacia el dormitorio que compartían todos los hermanos y las acostó. Luego se sentó a su lado y les contó el siguiente capítulo de Las intrépidas aventuras (y terribles tragedias) de Timothy Tay, escudero caballeroso y espadachín en ciernes, una historia que Arthur se había inventado una noche para ayudar a Mary a conciliar el sueño, tal como solía hacer su madre con él.

Cuando Caroline estaba roncando con suavidad y Mary tenía los ojos cerrados, Arthur regresó a la cocina, donde su madre lavaba los platos, e inspiró hondo.

—Mañana iré a pedirle un empleo al señor Fraser —dijo—. Parece que necesita ayuda en la tienda.

Arthur pensó que su madre se alegraría al oír la noticia, pero, en vez de eso, se puso tensa. Cuando se giró hacia él, su rostro redondeado mostraba aflicción, aunque le lanzó una mirada fulminante.

—No lo hagas, Arthur —dijo, tajante—. Sé que aspiras a algo más. Yo quiero algo más para ti. Te mereces seguir yendo a la escuela.

—Y tú te mereces acompañar la cena con pan —replicó él—. Y Ann y Catherine se merecen medias nuevas. Alguien en esta familia tiene que ganar dinero.

Su madre negó con la cabeza.

—Pero tú estás destinado a hacer algo importante.

Arthur rozó el hombro de su madre con el suyo.

—Pero, mamá, no hay nada más importante que la familia.

Lo decía en serio. Aun así, en cuanto se tumbó en la cama por la noche, le vinieron a la cabeza todos los pensamientos que con tanto ahínco había intentado reprimir durante el día. Preguntas sobre un mundo lleno de misterios que pedían ser resueltos.

«No está en tu mano responder a esas preguntas —se reprendió—. Ahora no. Y quizá nunca.»

Finalmente, se quedó dormido.

Pero fue un sueño inquieto que se interrumpió al amanecer, cuando se produjo un ruido tan estridente que estremeció la casa entera.

Cuatro

Una invitación

¡PUM! ¡PUM!

Alguien estaba llamando a la puerta como si pretendiera tirarla abajo.

¡PUM, PUM, PUM, PUM, PUM!

Arthur se levantó de la cama y bajó dando tumbos por las escaleras.

—¿Qué pasa? —oyó que decía su madre.

—No lo sé —repuso Arthur con cautela.

La señora Doyle se envolvió en su bata, se acercó despacio hacia la puerta y abrió un resquicio. Al cabo de un momento, la abrió del todo.

Allí no había nadie.

—¿Alguien nos estará gastando una broma? —aventuró Arthur.

Su madre se agachó y recogió algo del umbral.

—No lo creo —dijo tendiéndole un sobre a Arthur, que vio que iba dirigido a él.

—Pero... yo nunca he recibido una carta.

La escasa correspondencia que llegaba de vez en cuando en sobres caros y de mal agüero la mandaban los hermanos de su padre desde Londres, y nunca estaba dirigida a Arthur, sino a su madre.

—Ábrela —lo instó la señora Doyle.

Arthur tomó el sobre y rompió el sello de cera para sacar la primera de las dos hojas que contenía. Era una carta, escrita con tinta negra sobre un papel blanco de calidad con bordes dorados. Las letras se deslizaban por el folio como si bailaran. ¿Eran imaginaciones suyas o el papel despedía un ligero olor a pólvora? De pronto, le faltó el aliento.

—¿Y bien? —dijo su madre—. ¿Qué pone?

Arthur lo leyó en voz alta.

Estimado señor Arthur Doyle:

Es un placer informarle de que ha sido aceptado como estudiante en la Mansión Baskerville para el curso escolar de 1868. La Mansión Baskerville es la escuela más rigurosa e innovadora de las islas británicas y de ella han salido algunas de las mejores mentes de nuestra época. Sin embargo, debido a la naturaleza reservada e inusual de nuestros estudios, protegemos celosamente nuestros secretos del mundo exterior. Por lo tanto, no debe comentar su admisión con nadie, a excepción de sus parientes más cercanos.

Así pues, ¿está preparado para cuestionar todo lo que sabe?

Atentamente,

Profesor George Edward Challenger
Director de la Mansión Baskerville

P.D.: El trimestre comienza mañana.

Cinco

Las mejores mentes de nuestra época

La puerta principal seguía abierta, como si la casa se hubiera quedado perpleja ante esa misiva tan sorprendente. Arthur deslizó los dedos sobre el emblema dorado que encabezaba la hoja, palpando su tacto rugoso para confirmar que no estaba soñando.

«La Mansión Baskerville.» Esas palabras le produjeron un cosquilleo.

—¡Qué maravilla! —exclamó su madre—. ¡Déjame ver!

Cuando la señora Doyle llegó al final de la carta, miró dentro del sobre.

—¡Hay otra hoja! Vaya, contiene más información sobre los profesores. Veamos. J. H. Watson, anatomía y fisiología; Dinah Grey, profesora de ciencias teóricas; brigadier Etienne Gerard, idiomas y artes ecuestres...

A Arthur se le aceleró el corazón. Esas palabras comenzaron a generar en su mente imágenes de pupitres de roble pulido y polvo de tiza flotando entre haces de luz.

Pero ¿por qué lo habían admitido en esa escuela? Ni siquiera había presentado una solicitud.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el ruido que hizo la puerta del despacho al abrirse. El señor Doyle salió arrastrando los pies, vestido con la ropa de la noche anterior. Tenía manchas de carboncillo en la mejilla izquierda, pues debía de haberse quedado dormido sobre uno de sus dibujos.

—¿A qué viene ese alboroto sobre brigadieres?

—Ay, querido —dijo su esposa—. Han admitido a Arthur en una escuela.

El señor Doyle endureció el gesto, que pasó del desconcierto a la suspicacia.

—¿Una escuela? Pero si Arthur ya tiene una.

—Ésta es una escuela especial. Se llama la Mansión Baskerville. Tiene un aspecto maravilloso. Ahora estaba leyendo la lista de sus profesores.

«Sus» profesores. Como si ya le pertenecieran.

—Brigadier Etienne Gerard —murmuró el padre, leyendo por encima del hombro de su mujer—. Ese nombre me suena de algo. Pero no puede ser...

El señor Doyle volvió a entrar corriendo en su despacho. Cuando regresó al cabo de un momento,

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