José Luis Sampedro

José Manuel Lucía Megías

Fragmento

ded

 

 

 

 

 

A Amaya Delgado,

que me abrió las puertas

del archivo del maestro,

que compartió conmigo sus vivencias,

su amor por José Luis Sampedro

 

A Olga Lucas,

que me abrió, de par en par, las ventanas

de su amistad y de su cariño,

que compartió conmigo los recuerdos atesorados

de su pasión por José Luis Sampedro

 

A José Luis Sampedro,

por su ejemplo, por ser un maestro en la distancia,

por mostrarme el camino hacia las fronteras y los márgenes

donde compartimos pasiones y amores,

sobre todo, la necesidad vital de la literatura,

por seguir haciendo y haciéndose

en cada una de nuestras lecturas

 

A Pablo Moro,

por su generosidad a la hora de compartir su vida conmigo,

porque también ha sido mi Renacimiento, mi Verdad

cap

 

 

 

 

 

Mi biografía más verdadera son mis obras, en ellas estoy […] Quizás uno sea un mendicante, quizás al darse pretenda recibir, ser querido. O quizás sea al contrario y todo ese esfuerzo obedezca a un especial egoísmo, el de descubrirme tal como soy para poder amarme a mí mismo.

GLORIA PALACIOS, José Luis Sampedro.
La escritura necesaria
, 1996

 

 

 

Y si trato del arte de vivir de un modo tan estrechamente vinculado a la creación es porque en mi caso escribir ha sido y sigue siendo una necesidad vital. Cuando digo que la vida y la obra están entremezcladas es porque hacer y hacerse son las dos caras de una misma moneda. Hacer y hacerse. Vida y obra. […] Desearía ser capaz de mostrarles «lo que hay», no como la expresión de una técnica, sino como la demostración de alguien que escribe, que ha escrito toda su vida y lo sigue haciendo porque, en el fondo, no sirve para otra cosa.

JOSÉ LUIS SAMPEDRO Y OLGA LUCAS,
Escribir es vivir
, p. 23

cap-1

José Luis Sampedro en la inauguración de la II Semana Complutense de las Letras, 2012, fotografiado por Ana Revuelta.

A MODO DE PRÓLOGO
Desde la frontera,
un diálogo con José Luis Sampedro

—¿Por qué cada obra suya es totalmente distinta?

—La explicación es muy sencilla. Para mí la literatura es una forma de vivir. Y yo «vivo» mis historias y lo hago intensamente. Por eso prefiero cambiar de vidas.

Entrevista con Tulio H. Demicheli, en ABC Madrid

(domingo, 2 de junio de 1991)

Aquel 2 de junio de 1991 no dejó de llover en Madrid. Una de esas lluvias de final de la primavera, una lluvia sin ganas, una lluvia que se convierte en una costumbre, que no merece ni ser tema de ascensor. A la hora convenida, José Luis Sampedro entra en la Biblioteca de la Real Academia Española acompañado de Gregorio Salvador, que contestará su discurso, y que, junto a Rafael Lapesa y Antonio Buero Vallejo, había presentado su candidatura. Todo se había resuelto un año y medio antes, justo el día de su cumpleaños, el 1 de febrero de 1990. Como dicta el protocolo, allí le esperan sus compañeros de alfabeto, que en unos minutos ocuparán su asiento en el estrado del salón principal del caserón de la calle Felipe IV para dar la bienvenida a la letra «F». ¿Qué habría pensado entonces aquel joven de dieciséis años que decidió ser escritor cuando paseaba por los jardines de Aranjuez? ¿Habría imaginado alguna vez esta escena que ahora, años después, iba a protagonizar?

El primero en saludar a José Luis Sampedro es Manuel Alvar, el director, y detrás de él, Rafael Lapesa y Julián Marías. Pedro Laín Entralgo se acerca y le abraza, mientras que Emilio Lorenzo y Antonio Mingote le dan la mano acompañando el gesto con una sonrisa. José Luis Pinillos añade, además, una felicitación por su discurso de ingreso, que ya ha leído. «Extraordinario, muy poético», apunta. Y mientras los académicos se van organizando en corrillos, Antonio Buero Vallejo, Rafael Alvarado y Antonio Colino hacen coro a su alrededor. Es un día de fiesta y de felicitaciones compartidas.

A las siete en punto, la mayoría de los académicos ya han ocupado sus asientos. La llegada de Francisco Nieva es la señal, el momento de comenzar la ceremonia. Unos segundos antes de abrirse la puerta principal, y aparecer José Luis Sampedro escoltado por Francisco Nieva y Francisco Rodríguez Adrados, los dos últimos académicos que habían entrado en la Docta Casa, escucha de los labios del primero, que le habla casi susurrando: «Hay que caminar despacio. Usted, dos pasos más atrás de nosotros. Así, ceremonial». Y las puertas se abren. Y a dos pasos de los Franciscos, aparece un feliz José Luis Sampedro, con la misma sonrisa que le iluminó la cara aquel anochecer cuando se dijo: «Yo también escribiré novelas algún día». Tenía dieciséis años. Y así desde entonces.

Y con voz al principio tímida, como si las miradas de Felipe V y de Cervantes le dejaran sin saliva, comienzan a escucharse sus primeras palabras, las primeras frases de su discurso: «Señoras y señores académicos, fue un miembro de esta Casa, el gran novelista Pío Baroja, para mí, además, entrañable, quien en cierta ocasión se definió a sí mismo como “hombre humilde y errante”…».

Justo este instante, este momento de reconocimiento público a comienzos de los años noventa, justo después de haber publicado tres de sus novelas más conocidas y reconocidas: Octubre, Octubre (1981), La sonrisa etrusca (1985) y La vieja sirena (1990), ha terminado por ser el punto de partida de este prólogo. En los últimos treinta años, he tenido la fortuna de asistir a varios actos solemnes en que los futuros académicos leían sus discursos de ingreso. He podido disfrutar del ceremonial y de las conversaciones posteriores, del encuentro con maestros, colegas y amigos. Pero reconozco que nunca en estos momentos vividos me he emocionado tanto como leyendo el discurso de ingreso de José Luis Sampedro, su Desde la frontera. Me emociona el acierto del tono, esa capacidad que tiene José Luis —o al menos así lo siento al leerlo, desde sus obras publicadas hasta las decenas de inéditos que han pasado por mis manos— de huir de la «pose» y de darse cuanto es, con la sencillez de saberse poseedor de una verdad humilde y errante. «Yo también escribiré novelas», se dijo un atardecer en Aranjuez, palabras que sigue escuchando a medida que va leyendo su discurso, este ir dándose en «un acto de corazón más que del intelecto». Ese saberse, este hacer y hacerse un hombre fronterizo.

 

Espero lograrlo exponiendo sencillamente el ámbito de mis preferencias más auténticas, sin caer por ello en egolatría ni exhibicionismo, puesto que es un campo existencial compartido por muchos. Se trata del mundo de la frontera y voy a referirme a él como hombre fronterizo que soy, más que el errante de la definición barojiana. Lejos de caminar sin rumbo, la frontera siempre fue mi norte, aun antes de que las circunstancias me llevaran a ejercer una profesión a ella vinculada.

Desde la frontera, p. 9

 

Como la mayoría, conocí a José Luis Sampedro de leídas. Unas lecturas que me deslumbraron con Octubre, Octubre, con un ejemplar de la antigua edición de Alfaguara, que me abrió un mundo nuevo a lo que se publicaba por aquel entonces: me deslumbró la ambición del escritor y la capacidad de valorar los detalles, de mostrar con una simple descripción un universo. Leí Octubre, Octubre sin saber muy bien lo que estaba leyendo, sin comprenderla en sus dimensiones, esa profundidad que solo se consigue gracias a la memoria, a convertir las obras que leemos en parte de nuestros recuerdos. Luego llegaría La sonrisa etrusca y, años después, en la hermosa edición de Areté, que tanto apreciamos los lectores a los que nos gusta acariciar los libros, El amante lesbiano.

Pero también, como tantos otros, conocí a José Luis Sampedro de oídas, gracias a los programas de radio y de televisión a los que le invitaban, a sus certeras declaraciones que siempre eran iluminadoras. Con Sampedro sucede algo que solo se les concede a las personas que han hecho de la coherencia de su pensamiento el territorio de su vida: la capacidad de hacer sencillos los complicados análisis de la realidad, y, sobre todo, de esa realidad económica que en labios del escritor era la de una economía humanista, una economía más allá de los titulares y de las macrocifras, que muestran un mundo a vista del último piso de los rascacielos construidos en las islas desiertas de los paraísos fiscales.

Sin embargo, pocos han tenido la suerte —uno de esos regalos que, en ocasiones, te concede la vida— de conocer a José Luis Sampedro a través de sus manuscritos, notas, fichas y apuntes, de sus fotografías, de sus andamios y tablas, de sus originales y borradores (corregidos en todo momento)… En definitiva, la suerte de conocerle en su escritorio, en el archivo que se ha conservado de él.

En el año 2010 comencé a dar forma a un proyecto cultural y académico en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) que ha durado más de una década: la Semana Complutense de las Letras, que tenía como objetivo hacer de la cultura un eje de cohesión universitaria más allá de nuestra cotidianidad docente e investigadora y, al tiempo, convertirse en un medio que permitiera restablecer la comunicación entre la universidad y la sociedad. Dicho así parece un programa electoral, pero la Semana Complutense de las Letras era algo más sencillo y humano, y, por lo tanto, grandioso: un programa para organizar y difundir de manera global las decenas de actividades que, alrededor del día del Libro, se organizaban en diferentes facultades, bibliotecas y centros de la UCM. Un programa que, asimismo, fuera más allá de la simple suma de actividades: un majestuoso escaparate de las enormes posibilidades de una universidad, que une en un momento y en un lugar a diferentes generaciones unidas por el ansia del saber y del conocimiento.

Gracias al apoyo de Manuel Álvarez Junco, por aquel entonces vicerrector de Extensión Universitaria de la UCM, la Semana Complutense de las Letras comenzó su andadura, convirtiéndose durante años en uno de los ejes culturales de la universidad. Y justo aquel 2010 inaugural, la Academia Sueca le había concedido el Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa, que se había doctorado en nuestra universidad con una tesis en Filología Románica; así, la primera convocatoria de la Semana Complutense de las Letras (2011) estuvo dedicada al autor peruano. Fue un año después cuando pude rescatar mi idea inicial: un homenaje a José Luis Sampedro, que realizó su carrera universitaria en la que por aquellos años se llamaba Universidad Central, mientras siguió trabajando en las novelas y los cuentos que lo convirtieron en un escritor conocido en su momento, y muy popular años después de dejar su cátedra universitaria.

Y aquí comienza mi primer conocimiento directo de José Luis Sampedro: su escritorio. Una de las actividades centrales de la II Semana Complutense de las Letras (2012) fue la exposición en la sala de la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla: José Luis Sampedro: la escritura que nos lleva, que terminé comisariando junto a Amaya Delgado, casi una nieta para José Luis y Olga Lucas, su esposa, y que se conocía, como nadie, su archivo personal. Mi proyecto inicial partía de la siguiente premisa teórica: José Luis llevaba escribiendo casi un siglo, un siglo que había visto enormes transformaciones técnicas a la hora de escribir y de difundir las obras literarias, desde la pluma hasta el ordenador, desde el offset hasta la imprenta digital y las redes sociales. ¿Cómo habría cambiado el taller de escritura del autor a lo largo de todos estos años? ¿Cómo habrían sido y se habrían adaptado sus diferentes escritorios a las continuas modificaciones del paradigma?

Como digo, esta era mi hipótesis inicial, pero no conocía al escritor José Luis Sampedro, porque, en realidad, me había quedado en la sombra de bronce del mito y de los lugares comunes.

Durante los meses de invierno, de aquel invierno madrileño de contrastes y de viento frío de la sierra, José Luis y Olga se encontraban fuera de Madrid. De modo que, durante meses, pude conocer al autor en su propio archivo, el mismo que Olga y Amaya custodiaban cuidadosamente y que ahora ponían a mi disposición. ¡Cómo recuerdo aquellas visitas a la casa de Cea Bermúdez, que suponían un descubrimiento y una sorpresa diarios! Así, de la mano de Amaya, que se convirtió en mi particular Beatriz para adentrarme en este inesperado paraíso, fuimos dando forma a la exposición, la elección de los objetos, la redacción de los paneles y de las cartelas, a la estructura de una exposición que terminó siendo un homenaje a la coherencia de un autor como José Luis Sampedro, que, desde muy joven, dio forma a su particular escritorio y que lo mantuvo sin grandes cambios a lo largo de toda su vida. La exposición fue tomando cuerpo y forma bajo la atenta mirada de Olga, que, en la distancia, nos iba guiando, nos iba dando ánimos y nos iba corrigiendo.

José Luis Sampedro inauguró la exposición el 23 de abril de 2012. Un mes antes tuve la ocasión, ¡por fin!, de conocerle personalmente, de ir una tarde a su casa, llegar al portal de siempre, coger el ascensor de siempre, cruzar la puerta de siempre y llegar al salón de siempre, con todos sus materiales… Sin embargo, aquella tarde todo fue diferente. Allí, en su sillón de escribir, «su tabla de salvación», ese sillón que durante meses había permanecido vacío, estaba José Luis Sampedro esperándome con una sonrisa: «¡Cómo te agradezco el tiempo que has dedicado a mi obra, a mi vida!».

José Luis Sampedro falleció el 8 de abril de 2013. Al año siguiente, Olga Lucas y Amaya Delgado crearon la Asociación Amigos de José Luis Sampedro, a la que me apunté en los primeros meses, y en la que, de su mano, he ido participando en muchas de las actividades para mantener viva la llama del recuerdo de su legado, su obra y su pensamiento.

Durante el año 2017, el centenario de su nacimiento, llevamos a cabo diferentes actividades (no es este el momento de detallarlas, pues ya tendrán su espacio en este libro)… y a la vuelta de la esquina estaba 2023, décimo aniversario de su fallecimiento, con el deseo de hacer algo para recordarle en este tiempo. Y por ello pensamos que sería buena idea contar con un libro que fuera una «suma sampedriana» (tan afuerina como lo es su pensamiento, su obra y su vida), tan de frontera, como a él le gustaría recordar y recordarse; un libro que permitiera comprender al hombre, al escritor, al economista, al ciudadano…, a un humanista en el que todo es uno y todo es múltiple, en el que, más que de centros o de límites, hemos de hablar siempre de fronteras, de esas fronteras que fueron su norte durante toda su vida. Un libro donde «el arte de vivir» estuviera estrechamente relacionado con la creación, que para José Luis siempre fue una «necesidad vital», un «hacer y hacerse» en su escritorio, en su particular taller de escritura, en ese desván único que supo habitar a lo largo de su vida, de la personal y también de la literaria, sin olvidar su vida social, académica, periodística… y un largo, largo etcétera. Pero José Luis Sampedro son muchos José Luis Sampedro, o quizá es solo uno, ese UNO de su juventud, que se enriquecía a medida que la vida le iba llenando de experiencias.

En un momento de su discurso Desde la frontera leído en la Real Academia Española en 1991, el autor reivindica su método de análisis del mundo, de sí mismo: «la interpretación fronteriza». Todo es frontera, o todo puede explicarse desde la frontera, y en la frontera está el cambio, el deseo de un cambio que, en realidad, quiere alcanzar un nuevo futuro más estable que el que preconiza e impone el centro, que se basa en un principio tan falso como peligroso: «el orden natural». En la frontera, el orden es el que se va construyendo a medida que se vive, que se hace, que se hace uno mismo en sociedad.

 

A mi juicio, una civilización puede entenderse como una complejísima estructura de fronteras, determinantes de actores y de relaciones en el sistema social. Y no solo fronteras en el espacio […] sino también en el tiempo. Cada acto y cada suceso se aparta con una irreversible frontera de las alternativas simultáneamente rechazadas o eliminadas, así como también de los actos anteriores y posteriores.

Desde la frontera, p. 13

 

¿Y si nos acercamos a José Luis Sampedro como si fuera un universo propio de análisis, su propia civilización? ¿Acaso no lo podemos ver también como una complejísima estructura de fronteras, donde la vida le ha llevado a elegir por las circunstancias de cada momento, y así abrirse a nuevos campos, a nuevos territorios antes insospechados? ¿Acaso no es su sueño de los dieciséis años hecho palabra en un atardecer en Aranjuez una frontera particular? Y el éxito y el reconocimiento de sus novelas a partir de los años ochenta, ¿no han convertido en una frontera a este primer José Luis Sampedro, el joven que quiso ser escritor y el que lo consigue al tiempo que adquiere cada vez más prestigio como economista y profesor universitario?

Y, de pronto, el primer José Luis Sampedro se convierte en sí mismo en una frontera, en esa otra frontera que es necesario traspasar para así poder ofrecerlo tal y como hoy lo conocemos, tal y como hoy lo habitamos, en su particular hacer y hacerse a lo largo de los años. Por eso, en este UNO que es José Luis Sampedro, un UNO fronterizo, se distinguen varios escritorios, pues él es UNO, pero no así las circunstancias, no así su reconocimiento y, mucho menos, su popularidad.

Este libro es una invitación a leer y a releer a José Luis Sampedro, a volver a escucharle continuamente. Es un acercamiento a la construcción de un escritor que lo es también del hombre y del científico, del humanista, pues son facetas que es imposible separar, convertir en fronteras unas de otras. Un acercamiento a su triunfo, al triunfo de la coherencia dentro y fuera de las letras, de la vida social y literaria.

Asimismo, es mi diálogo más personal, el de un catedrático de la actual UCM con un antiguo compañero de aula, pero que también ha comprendido que es un compañero de vida; un catedrático que habita hoy en día sus propias fronteras, y que encuentra en el ejemplo de Sampedro el camino para conocerse a sí mismo. Es el diálogo con la coherencia y el compromiso, ese del que tanto necesitamos para seguir viviendo en un mundo donde —ahora sí— se muestra en todo su esplendor la decadencia de la civilización occidental capitalista, de la que nuestro protagonista nos advirtió y a la que se enfrentó a lo largo de toda su vida, desde sus primeros escritos hasta los que dejó inéditos.

Un libro, un diálogo, un acercamiento a un humanista como José Luis Sampedro que nos sigue ofreciendo claves para el arte de la vida, justo en este momento en que ni la vida ni el arte tienen buena fama ni defensores, que es lo contrario que le sucede a la técnica, aupada al altar de la idolatría por un triunfante capitalismo mal globalizado.

 

Muy colmado de ciencia está Occidente, pero muy pobre de sabiduría. Es decir, del arte de vivir, más abarcante que la ciencia porque, contando con ella, incluye además el misterio. Ahora no se procura alcanzar la iluminación, sino sentir el latigazo del deslumbramiento. Se busca el estrépito, lo aparatoso, los focos publicitarios; no el silencio, lo auténtico, ni el resplandor tranquilo de la lámpara. […] Los países de la periferia conservan, aún en su atraso técnico, más sabiduría y eso es una esperanza para todos, porque cada día es más urgente compensar el desajuste esencial de esta civilización: el tener muchos medios sin saber ponerlos al servicio de la vida.

Desde la frontera, p. 31

 

Este libro es un diálogo con José Luis Sampedro, un continuo descubrimiento que se comprueba en la iluminación al ir entrando más en la espesura de su vida y su obra. Un diálogo que espero que no acabe en estas páginas, en la lectura final de la última de ellas. Todo lo contrario. Sueño con que este libro sea solo el punto de partida del posterior diálogo que tú, lector curioso, quieras mantener con Sampedro, con su ejemplo, con sus obras, y que vuelvas a ellas o que quieras adentrarte en las que no habías leído, iluminado ahora por la coherencia de su hacer y hacerse en el tiempo.

José Luis Sampedro. Un hombre fronterizo me ha acompañado en los últimos meses y ha terminado por convertirse en una frontera personal a la hora de comprender la escritura y la vida, la razón de mi escritura y los cimientos de la organización de mi vida. Ahora es el momento de «entrar más adentro en la espesura». Ahora es el momento de ser valiente y atreverse a traspasar la frontera del ser afuerino que es José Luis Sampedro, de entrar en la tierra de nadie que nos descubrirá nuevas vidas, las que todos tenemos escondidas o silenciadas. Hacer y hacerse cada uno de nosotros. Hacer y hacerse acompañados del ejemplo, de la obra, de la vida del protagonista, convertido en frontera de nuestra lectura, de nuestra vida.

Hace meses comencé a escribir este libro siendo uno. Ahora tengo la sensación de que lo acabo habiendo comenzado mi personal travesía por la tierra de nadie después de haber traspasado una frontera. Una nueva frontera. Y la sensación no es de vértigo, sino de plenitud: esto es la vida, y en esta vida futura me acompañará para siempre José Luis Sampedro.

 

Este libro, este diálogo con José Luis Sampedro no hubiera sido posible sin el enorme trabajo de ordenación y de escaneado y catalogación de su archivo, cuyos originales ahora se encuentran en la Biblioteca Nacional de España. Poder acceder a ellos mediante la base de datos de la Asociación Amigos de José Luis Sampedro ha sido clave para ser capaz de ofrecer materiales inéditos y testimonios desconocidos o muy poco recordados de su vida y su obra. También ha sido esencial el apoyo del Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid, así como del Decanato de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Otros materiales proceden de amigos y familiares del escritor, así como del archivo editorial de Penguin Random House o del Archivo General de la Administración.

Durante estos meses he mantenido frecuentes charlas con personas que conocieron y compartieron vida y obra con José Luis Sampedro, que han llenado de detalles estas páginas y han corregido no pocos errores; entre ellas destaco a Carlos Berzosa, José Luis García Berlanga, Nacho González Castro, Gloria Gutiérrez, Adolfo Jiménez Blázquez, Lola Larumbe, Miguel Losada, Javier Martín, David Trías, Miguel Ángel Vázquez, Faustino Villora Nicolau… A todos ellos, mi agradecimiento. Y, claro está, a Amaya Delgado, que ha sido parte esencial de mi aprendizaje y pasión sampedriana, desde aquellas tardes en la casa de Cea Bermúdez hasta ahora. Un trabajo que ha terminado convirtiéndose en una amistad, marcada, además, por dos embarazos en el tiempo, con la llegada de Ángel y de Gonzalo.

Y, por supuesto, y esta última mención en realidad es el agradecimiento mayor a quien este libro debe su existencia, a Olga Lucas, que no solo lo ha alentado —y sufrido en ocasiones—, sino que también ha hecho posible una complicidad que ha acabado con cualquier frontera. O mejor, nos ha permitido crear nuestra propia frontera, ese territorio en que habitamos, cada vez más alejado del centro que nos imponen a cada momento.

Gracias a todos.

Gracias a los lectores de José Luis Sampedro.

Y gracias, sobre todo, al maestro, que su hacer y su hacerse siguen siendo un ejemplo.

No lo olvidemos: «La estructura es lo que dura. Lo demás es coyuntura».

cap-2

José Luis Sampedro en Tánger en 1921.

I.
LA CONSTRUCCIÓN DEL ESCRITORIO DE JOSÉ LUIS SAMPEDRO

(1917-1939)

El mundo de mi infancia no es el de hoy. No pertenezco al mundo de hoy. Estoy aquí de polizón. Eso sí, no he venido en patera y tengo mis papeles en regla, pero no soy de aquí. Los artefactos no me interesan. No me gusta el teléfono. He aprendido a utilizar el cajero automático hace solo año y medio, a la fuerza, por evitarme una cola, y en el ordenador lo único que hago es teclear […]. Y no es que no me considere con la inteligencia necesaria para aprender a manejarlo, no, es que me repele, es que no es de mi tiempo. Ustedes no se pueden imaginar la diferencia de tiempo.

JOSÉ LUIS SAMPEDRO Y OLGA LUCAS, Escribir es vivir, p. 44

cap-3

TÁNGER,

«el mundo de la infancia
donde siempre he vivido»

Toda historia ha de tener un principio. Pero, en este caso, al tratarse de un diálogo con un hombre fronterizo, temo que vamos a necesitar de varios principios, aunque todos terminen por dibujar un territorio sin centro, un territorio abierto como la mar.

Si esto fuera una biografía oficial, una de esas biografías autorizadas, tendríamos que iniciar con una frase del tipo: «José Luis Sampedro nace en Barcelona el 1 de febrero de 1917». Pero ¿tiene algún significado para el hombre fronterizo que llegará a ser nuestro protagonista el hecho de haber nacido en Barcelona? Por eso sería más acertado comenzar con una frase que llene de explicaciones (y de casualidades) su nacimiento, algo así como: «José Luis Sampedro nace en Barcelona por estar ahí el hospital al que ha sido destinado su padre, médico militar». Y este dato, la casualidad de su nacimiento, ha de completarse con otro que me parece esencial para comprender muchas de sus fronteras: José Luis Sampedro nace en el seno de una familia singular que le convierte, antes de tener conciencia de ello, en un ciudadano del mundo.

 

Mi familia no era catalana sino de orígenes muy diversos. Mi padre nació en La Habana, y su padre, mi abuelo, en Manila. Mi madre había nacido en Argelia y no habló español hasta los diecinueve años, aunque era hija de un español de Orihuela, emigrado a Argelia, y su madre había nacido en Lugano, en la Suiza italiana. Mis padres se conocieron y casaron en Melilla, desde donde mi padre fue destinado a Barcelona.

GLORIA PALACIOS, José Luis Sampedro.
La escritura necesaria
, p. 15

 

Primera foto conservada de José Luis Sampedro, en Barcelona, 1917.

 

Así, para ser realmente precisos, hay que situar el verdadero territorio infantil de José Luis Sampedro en Tánger, ciudad a la que se traslada la familia un año y medio después de su nacimiento, y en la que permanecerá hasta 1930, cuando José Luis cumpla los trece años.

 

Mi primera tierra fue Tánger: una ciudad muy singular por su geografía y, más que por su historia, por su especial condición. No son muchas las ciudades que hayan logrado ser verdaderamente internacionales, como lo fue aquella Tánger mía de los años veinte, en la que abrí de verdad los ojos y aprendí a usarlos hasta mis trece años. Los ojos y todos mis sentidos, estimulados por la variedad y riqueza de los estímulos, disfrutados más con la sensibilidad vital que con el análisis.

Yo no era a esa edad, claro está, un observador sistemático, pero vibraba al unísono de la amplia libertad reinante en una ciudad cuya soberanía la ostentaba el sultán del Imperio marroquí, pero donde gobernaba una comisión internacional […].

Allí se podía ser cristiano o musulmán o israelita; se podía vestir americana o chilaba, zapatos o babuchas; se podían llevar en el bolsillo pesetas o francos o libras esterlinas o reales hasanís, pasando de unas a otras fácilmente gracias a los cambistas instalados a la puerta del zoco sin más instalación bancaria que un cajón de madera tras el cual se sentaba el operador y la pizarra con las cotizaciones del día. Allí el día del sagrado descanso o del ocio pagano no era forzosamente el domingo cristiano, sino que podía ser el viernes musulmán o el Sabbath rabínico. La misma diversidad reinaba para las fiestas nacionales, las efemérides, las ceremonias y las banderas de todos los colores. […]

Ya he dicho que aquella edad no era la del análisis, pero sí la del primer aprendizaje de la vida, y yo tuve la suerte de ejercitarme en la variedad y la libertad. ¡Cuánta naturalidad en mis juegos con camaradas judíos o musulmanes! ¡Qué importaba que en enero a mí me trajesen juguetes los Reyes Magos mientras a mis amiguitos franceses o ingleses se los había traído Papá Noel en diciembre! Las barreras no eran para nosotros.

Texto para el programa de TVE Esta es mi tierra, 2000

 

Y en esta tierra de libertades, de experiencias nuevas y compartidas, de lenguas aprendidas en las aulas y en las calles, que luego serán esenciales para su desarrollo profesional, el pequeño José Luis va llenándose de vivencias y de emociones hasta que abandone Tánger todavía con pantalones cortos, pero ya con una mirada serena, curiosa y deslumbrada, sobre todo tras el paréntesis vivido en la Castilla profunda del pueblo soriano de Cihuela.

Viendo las fotos de estos años, los retratos de estudio y las fotografías tomadas por la familia en la playa o en las excursiones, es fácil hacerse una idea de cómo Tánger se fue convirtiendo, con el paso de los años, en la imagen del paraíso, de la libertad, a medida que el joven Sampedro vaya abriéndose a nuevas experiencias, a nuevas geografías y nuevos deslumbramientos.

 

Foto familiar de José Luis Sampedro en Tánger en 1924.

 

Retrato de José Luis Sampedro en Tánger, 1921.

 

José Luis Sampedro en la playa de Tánger.

 

 

De aquella infancia retengo mi primer recuerdo nítido, antes de los cuatro años, en mi primer día de colegio. La memoria me muestra un niño con un babi (así se hablaba en Tánger), acuclillado en el patio de recreo y lanzando sus meblis hacia el guá. Veo muy bien aquel rincón del patio y la divisoria entre la luz solar y la sombra de la pared. Llamábamos meblis a las canicas, por corrupción del inglés marbles.

Monte Sinaí, pp. 34-35

 

Sin buscarlo, el niño José Luis Sampedro crece en una tierra de libertades que, solo años después, cuando vuelva a la España de las costumbres rígidas y de las normas impuestas por el «orden natural», comprenderá lo afortunado que ha sido por haber disfrutado de una cotidianidad que para otros es solo una ficción, un relato literario. Sobre estos cimientos de libertad y de respeto construye Sampedro no solo sus recuerdos infantiles, sino también su ser en sociedad.

 

Imagen en blanco y negro de un grupo de gente en la calleDescripciÛn generada autom·ticamente

Postal de Tánger conservada por José Luis Sampedro.

 

 

Curiosamente, la primera frontera que recuerdo surgió allí donde no parecía tener razón de ser. Aquel Tánger de los años veinte, donde transcurrió mi infancia, era una ciudad internacional, en la que convivían en igualdad todos los países. […] Ahora bien, en medio de aquella cosmópolis se alzaba una isla rodeada de muros y puertas: el recinto donde los moros del campo vendían hortalizas y otros productos frescos, bajo cañizos con ramajes frecuentemente mojados para resguardarse del sol. Se vendía y gritaba en árabe y solo se admitía moneda hasaní del Imperio marroquí. […] Así, en el corazón de una ciudad moderna e internacional se pasaba de pronto a casi la Edad Media y a lo que luego aprendí a llamar el Tercer Mundo. Entonces, claro está, yo no era consciente de ello, pero atravesar la puerta me impresionaba siempre y aún recuerdo el rostro de un viejo cambista, de barba blanca y cubierto con un negro sombrero, instalado a la puerta como guardián de aquel mundo antiguo.

Desde la frontera, pp. 9-10

cap-4

CIHUELA,

un año de espaldas a su mundo

¿Es posible medir la felicidad cuando somos niños? ¿Con qué vara se puede medir pasar de una mañana luminosa a una tarde llena de incertidumbre y de preguntas? ¿En cuántos momentos en la infancia nos sentimos desolados, arrancados de nuestro universo, ese que vamos creando a partir de nuestras primeras experiencias? A José Luis Sampedro, siendo un niño, le toca vivir una situación límite, fronteriza. Siempre la tendrá presente.

 

José Luis Sampedro, con ocho años,
su llegada a Cihuela en 1925.

 

 

En 1925, sus padres le envían a Cihuela, un pequeño pueblo soriano en el que vivían su abuela y sus tíos. La intención es buena, pues piensan que estaría bien que conviviera con su familia paterna antes de ir a Zaragoza a completar sus estudios con los jesuitas en el siguiente curso escolar. Pero no así serán los resultados.

¡Imposible describir el contraste que vive un niño de tan solo ocho años al pasar de una de las ciudades más cosmopolitas de todo el Mediterráneo, llena de luz y de mar, a un pueblo de la España profunda, a una tierra de campo y de silencios!

 

Escrito de José Luis Sampedro en Cihuela, con ocho años.

 

En medio de los trece años infantiles vividos en Tánger se abrió de pronto un paréntesis que me situó en otro mundo, envolviéndome en influencias y condicionamientos radicalmente diferentes, en violentísimo contraste con el ambiente de libertad, de tolerancia, de impulsos diversos y tensiones centrífugas. Acontecimientos familiares aconsejaron a mis padres enviarme a vivir durante algún tiempo, que llegó a exceder de un año, con unos parientes en plena meseta castellana. Desde la ajetreada pluralidad de Tánger caí, como por un escotillón de teatro, en el estancamiento monolítico de un pueblecito soriano donde se vivía en la España profunda y tradicional, casi en la Edad Media. […]

La vida allí repetía pautas diarias y estacionales dentro de un ciclo anual sin alteraciones, como en siglos pasados, con costumbres intocables y ritos preestablecidos. Hacía muy poco que se había instalado una pequeña central eléctrica dando luz por las noches, pero, en lo demás, apenas había llegado la técnica moderna. Aún se usaba el arado romano, aunque los había de vertedera y la mayoría aventaba la mies en las eras echándola al aire. Casi todo lo consumido se producía allí mismo para las necesidades diarias y, salvo en las dos o tres fiestas del año, los encuentros sociales apenas existían. El médico y la farmacia estaban en pueblos cercanos y solo llegaban cada día dos periódicos: el clerical Siglo Futuro para el cura párroco y el moderado Noticiero de Zaragoza para mi tío. No había radio y, aparte la plaza, la salida de misa y la taberna, las noticias se comentaban cada noche en la vasta cocina de mi casa, con el gran fuego bajo casi rodeado de bancos que acomodaban al cura, al alcalde y a algún otro […].

En ese ambiente viví durante un año la rueda de las estaciones, desde la sementera a la matanza del invierno siguiente, en una existencia atemporal, entre humanidad impávida. Los chicos de mi edad me resultaban ajenos, pero me enseñaron otra vida en los juegos callejeros, me descubrieron realidades ocultas y me inculcaron visiones inesperadas. La escuela estaba cerrada por haber cesado un maestro sin nombrar aún a otro, y yo, si no andaba por la calle, como ocurría en el glacial invierno, fantaseaba y recorría la enorme casa, sobre todo los graneros con sus viejos aperos y los montones de cereal para el gasto de los animales, añorando mi vida anterior, pero, al mismo tiempo, almacenando vivencias cuya recia hondura no comprendí hasta mucho más tarde. Fue largos años después cuando pude agradecer al destino que me hubiera hecho vivir en carne propia los valores y los fallos de una estructura tradicional, vacunándome contra quienes quieren dejar la historia bien atada.

Cihuela, Alto Tajo, texto preparado para el programa
de TVE Esta es mi tierra, 2000

 

Foto en blanco y negro de un castillo en una montaÒaDescripciÛn generada autom·ticamente con confianza media

Fotografía de Cihuela en 1925.

 

Más adelante, cuando el niño sea un hombre con las espaldas cargadas de vivencias, a esta «historia bien atada» la llamará el «orden natural»; y el contraste entre este orden impuesto —por la tradición, el poder, la tecnología— y el orden de la naturaleza será uno de los ejes vertebradores de sus primeras obras de teatro y el conflicto que pone voz y cuerpo a sus estudios de estructura económica.

Sin embargo, más allá de cualquier cambio de paisaje, de costumbres y de clima, la angustia que refleja la cara de aquel niño de ocho años al llegar a Cihuela tiene otra explicación: una «sensación de abandono y orfandad» que asienta las bases de su personalidad. ¡Cómo no querer hacer agradable, fácil y divertida la vida de las personas a su alrededor y así alejar el miedo de que pudieran abandonarlo otra vez!

 

Fotografía de José Luis Sampedro con su abuela, su tía y la muchacha que servía en la casa de Cihuela.

 

 

Y el niño ahí, aplastado no solo por esa muralla, también por una falsa idea que le atormentaba: el niño interpretó ese cambio tan brutal de Tánger a Cihuela como un rechazo de sus padres, como si sus padres le hubieran enviado ahí por falta de cariño, por librarse de él, siendo todo lo contrario.

La intención de mis padres fue la de proporcionarme la mejor formación posible y, cuando en Tánger me explicaron que me enviaban a Zaragoza para ir a un buen colegio, me hizo ilusión porque yo era estudioso y me gustaba mucho leer. Pero el enviarme unos meses antes del inicio del curso para acostumbrarme a mis tíos no solo no sirvió para aclimatarme mejor, sino todo lo contrario: experimenté tal sensación de abandono y orfandad que me encontré completamente desolado. […]

JOSÉ LUIS SAMPEDRO Y OLGA LUCAS,
Escribir es vivir
, pp. 50-51

 

No obstante, al margen de esa «sensación de abandono y orfandad», José Luis desarrolla en Cihuela una pasión que nunca le abandonará: la literatura. El placer por la lectura, que ya había experimentado en Tánger, ahora se convierte en una necesidad.

 

En la casa había libros, por supuesto, pero no para mí. No habría encontrado ninguno entre los que llenaban el armario del despacho, todos ellos sobre temas de medicina. Tampoco me resultaban atractivas unas cuantas novelas que ya mi familia no releía; ni siquiera una que me recomendó mi abuela por ser instructiva y de sana lectura, obra de un tal Coloma, un padre jesuita nada menos. Se llamaba Jeromín y era como de aventuras, pero me parecía un sermón. Al cabo, acompañando a mi abuela a un altillo trasero donde me asombraban unos baúles mundo descomunales, se me ocurrió abrir una arqueta arrinconada y aparecieron unos cuantos libros con atractivas portadas, ilustradas en colores. Más que libros eran como cuadernos impresos, con más ilustraciones en sus páginas y, aunque solo en blanco y negro, me sedujeron por sus temas: hombres luchando con espadas, jinetes al galope, marineros trepando por escalas de cuerda… Eran en su mayoría novelas publicadas en el siglo anterior como complementos del periódico La Correspondencia de España, según supe después. Conseguí que las llevaran a mi cuarto, gracias al apoyo de mi tío, tras convencer a mi tía (contraria a entregarme lecturas tan malsanas), que hubo de resignarse a depurar aquellos textos solamente del polvo de los años para salvar, al menos, el aseo material.

Aquellos folletones fueron como inyecciones estimulantes. Hicieron revivir el ímpetu del río, lo despertaron de su encantamiento. Como un caballo fieramente espoleado, mi fantasía dio un brinco y se incorporó a la tropa de mosqueteros, espadachines, bandidos generosos, guerreros, delincuentes ingeniosos y otros héroes novelescos, incluso retrayéndome a los piratas de la playa tangerina. Paul Feval, Sué, Víctor Hugo, pero también Dickens o Fernández y González, me condujeron por maravillosas aventuras, con tesoros ocultos, estocadas secretas, espías, traidores, príncipes y heroínas. D’Artagnan y sus tres camaradas eran mis favoritos, pero también Lagardère, Rocambole, Jean Valjean y Oliverio Twist. Con ellos me aislaba de mi entorno, ascendía a un mundo excitante donde me crecían alas.

Sala de espera, pp. 86-88

 

Y de Cihuela pasa a Zaragoza para estudiar con los jesuitas. Meses entre libros, descubriendo, sin ponerle nombre, que el mundo es más mundo si se llena de palabras, de historias, de sueños… Y por estos años, inspirado por la lectura de textos piadosos y vidas de santos, el pequeño José Luis sueña con hacerse jesuita. Un anhelo que se irá difuminando en cuanto Tánger vuelva a su vida al año siguiente. Libros y más libros, y carreras en el patio, y un edificio imponente en el horizonte… Así son sus recuerdos de Zaragoza. Muchos de ellos se transformarán en literatura en su primera novela: La estatua de Adolfo Espejo.

 

Retrato que envía José Luis Sampedro a su abuela y su tía desde Zaragoza el 5 de marzo de 1927.

cap-5

ARANJUEZ,

«donde nació el escritor que soy»

Si la infancia es el territorio de los recuerdos que se evocan como un paraíso, la adolescencia también se ancla en experiencias y lugares. Y en el caso de José Luis Sampedro, ese lugar especial es Aranjuez, donde tiene la fortuna de vivir desde sus infantiles trece años hasta la edad adulta de sus dieciocho. Una ciudad dual, pues, sin dejar de ser un pueblo manchego, es también el escenario histórico de una España que se fue para siempre. Una nueva frontera que explorar para enriquecer a un muchacho que se está construyendo a base de geografías. En definitiva, el espacio propicio para comenzar a soñar con ser escritor.

 

Era el verano de 1930 cuando, todavía un muchacho de trece años, llegué a vivir en una casa de la calle del Rey que después cambiaría por otras dos en la calle del Capitán. Conocí a mucha gente de entonces, comí dulces en la calle del Almíbar y chuletas de huerta en las Cuatro Esquinas. Para negar algo con cierta burla decíamos: «No quieres tú, si no sí»; y muchas mañanas de domingo me despertó una vieja que recorría las calles con una ancha cesta gritando: «¡Mingas calientes!», y los chiquillos la coreaban así: «¡Para las viejas que no tienen dientes!»… Aquí me hice hombre, de aquí salí ya para ganarme la vida trabajando.

Pregón como Amotinado Mayor, 4 de septiembre de 1990

 

Han pasado más de sesenta años, pero revivo, como si fuese hoy, la magia de aquella mañana estival. Me veo recién bajado del tren, ante una estación rodeada de arboledas, inesperado oasis en el páramo manchego que veníamos atravesando desde el amanecer. Y después, la escalada de sorpresas: la frondosa avenida, la vasta plaza con monumentales bancos de piedra, las dos alas del majestuoso palacio blanco y rosa, las elegantes arquerías circundantes… Todo tan distinto del Tánger de mi infancia —ciudad medio cosmopolita, medio marroquí—, que llegué hasta mi nueva casa preguntándome si aquello no era un sueño. Así lo viví entonces: como mi entrada en Aranjuez cuando —más tarde lo sabría— era todo lo contrario: Aranjuez se adentraba en mí para no dejarme nunca. A mis trece años me recibía en su mundo.

¡El mundo de Aranjuez! He necesitado mi vida entera para hacerlo mío y entregarme a él del todo. No lo supe aquel día, claro está. Aranjuez no me invadió de golpe, sino regalándome poco a poco sus rincones, sus fontanas, sus costumbres. Pronto fui uno más entre sus gentes al disponer de mi bici, lo mismo que ellos: los labradores que volvían de sus huertas en bicicleta al atardecer, las muchachas de la fábrica de cintas, los empleados de la Azucarera y, por supuesto, mis amigos de la pandilla que me acogió y con quienes corría por la arbolada calle de la Reina o me alargaba hasta Chinchón o Colmenar de Oreja. Y Aranjuez se me fue revelando en el Parterre y el teatro dieciochesco, en la Casita del Labrador y en El rana verde, en las Islas Americanas y en el mar de Ontígola, con sus placas de hielo bajo el pálido sol invernal, pasado ya el otoño con sus frondas encendidas en cobres y oros. Y, sobre todo, el Jardín del Príncipe, abierto solo a pocos autorizados, y, gracias a ello, inmenso y solitario corazón mágico, lleno para mí de pisadas furtivas, sombras transparentes, ecos de voces y de músicas pasadas…

«Aranjuez, principio y fin», prólogo para la edición de Real Sitio
publicada por Círculo de Lectores en 1994

 

Retrato de José Luis Sampedro en 1931, recién llegado a Aranjuez.

 

Siempre que tenía oportunidad, Sampedro recordaba que «si yo, como sujeto físico, nací en Barcelona, como escritor nací en Aranjuez». El Aranjuez pueblo manchego, el Aranjuez del río Tajo (y de los gancheros) y el Aranjuez de los palacios, de los jardines. Una vez más, la realidad con sus diferentes puntos de vista, con sus espejos, con sus esquinas y futuros imperfectos se vuelve el territorio lleno de fronteras en que se va construyendo nuestro protagonista.

 

Jardín de los palacios de Aranjuez según fotografía de los años treinta,
conservada en el Archivo de José Luis Sampedro.

 

 

¡Qué invento de la creación humana! ¡Qué golpe de timón en mi destino! Otro acceso al futuro, pero, igual que Tánger, en otra encrucijada, otra convivencia de opuestos y de mundos diferentes. Pueblo casi manchego y palacios cortesanos, jardines versallescos entre huertas de mercado, arboledas frondosas en medio de un páramo. El siglo XVIII sobreviviendo en nuestra vida cotidiana, a la vuelta de cada esquina.

¡El siglo XVIII! No era la petrificada Edad Media del paréntesis soriano, sino la elegancia ilustrada, el poder normalizado. Recorrer por vez primera las estancias y salones del Palacio Real y la principesca Casa del Labrador fue un deslumbramiento, un asombro ante los muebles, los cuadros, las pinturas, los detalles suntuosos, con el lujo fluvial añadido de las reales falúas para navegar por el río Tajo, conservadas en la Casa de Marinos. Pero a lo que acabé entregándome del todo fue al universo de los jardines; los más recortados de la Isla y Palacio, y los más umbríos y casi interminables del Príncipe. Perderme en este, el más profundo y arcano, era de verdad hundirme en el Aranjuez inmortal, en su secreto indecible, que se entraba en mi vida por mis poros. Paseé incansable por alamedas y senderos, a la orilla del río y hacia el interior, bajo los castaños, los tilos, los apacanos, los magnolios fragantes, descubriendo constantemente hallazgos reveladores. Escuché el susurro de los jardines y el lenguaje de su silencio, chispeante con el centelleo canoro de las aves, el chasquido de ramas caídas, el crujir de hojas muertas, el súbito aleteo de un faisán alzando el vuelo… Me hice rama y hoja y susurro para integrarme en aquella vida hasta sentirme recibido por sus seres invisibles y aceptado por ellos.

Ese soñar despierto me llevó sin duda a otro campo donde se sueña lo mismo: el de las páginas impresas. Un buen día tomé conciencia de la voracidad con que leía en mi casa novela tras novela: todos los grandes creadores de ficción y también los que llaman menores pero emocionantes. […] Y un anochecer, paseando a solas por la solitaria plazuela de San Antonio, envuelto en jirones de niebla levantada desde el cercano río, me sorprendí con un pensamiento turbador y apasionante a la vez: «Yo también escribiré novelas algún día», me dije. Y me lo repetí varias veces, asombrado de mí mismo, paladeando la idea con temerosa audacia. Por lo visto, los invisibles seres del jardín me habían confiado la tarea de ser su intérprete para narrar sus secretas historias.

Así es como, si pertenece a Tánger el niño que fui, en cambio fue en Aranjuez donde nació el escritor que soy.

Aranjuez, texto preparado para el programa de TVE
Esta es mi tierra
, 2000

 

 

José Luis Sampedro bañándose en verano en el río Tajo (1931).

 

Son también estos los años en que termina sus estudios de bachillerato en el Colegio de San Fernando, y de comenzar las oposiciones a Aduanas, que le llevarán a Madrid los días de diario durante los siguientes dos años. Aun así, siempre hay tiempo para un baño con los amigos en el Tajo o para disfrutar de la experiencia de pasear por los jardines de los palacios, cerrados para todos menos para un grupo reducido, como le sucederá a su familia gracias al oficio de su padre; así como los primeros encuentros con las muchachas, los primeros escarceos amorosos. Espacios de adolescencia que se convertirán en espacios literarios en sus futuras novelas.

 

Las imágenes de mi nueva vida en aquel oasis a orillas del Tajo son innumerables, pero dos emergencias fueron sobre todo decisivas: el despertar de la pasión literaria y el del sexo. De lo primero he escrito mucho y lo tengo muy analizado. Lo segundo, además de su anterior manifestación solitaria, encontró su estímulo en un grupo de muchachas inolvidables, cuyos dos o tres años más que yo, sumados a la precocidad femenina, me dejaban fuera de juego. A pesar de ello, María, Amparo, Luchi y Felisa —tiernamente escribo sus nombres— encarnaban un mundo opuesto al de los cuatro jinetes de la Apocalipsis: juventud, belleza, alegría e inmortalidad. Verlas pasar por la calle o salir de misa, saber algo de ellas por terceras personas, cambiar breves palabras en grupos más amplios eran experiencias inefables. Hubo un momento inesperado y supremo cuando la más joven, sintiéndose condescendiente, aceptó bailar conmigo en el baile del carnaval del Casino el año en que llevé mi primer pantalón largo: un rapto de osadía me permitió sentir mi mano en su talle, el perfume de su pecho, y, de vez en cuando, la firmeza de un muslo contra mi propia pierna… ¡Aún ahora es tierna la evocación!

Monte Sinaí, pp. 36-37

cap-6

LAS PRIMERAS OPOSICIONES APROBADAS…

a los dieciséis años

José Luis Sampedro siempre tuvo ganas de aprender, un deseo que nunca le abandonó a lo largo de su vida. En el Aranjuez de 1932, apoyado en su memoria y en su capacidad de trabajo, concluye en un solo año los dos últimos cursos de bachillerato. Su horizonte son los estudios de Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid, una carrera que, por mil avatares, nunca llegó a cursar. Nunca. Este mismo año, en Cabo de Agua, muy cerca de las islas Chafarinas, toma una decisión que marcará su vida: presentarse a las oposiciones para ingresar en la Academia Oficial de Aduanas.

 

Yo entonces quería estudiar Filosofía y Letras, pero éramos tres hermanos y la situación económica de la familia no daba para tener a tres hijos estudiando carrera universitaria en Madrid. Hecho ese diagnóstico, sin que nadie me presionara, por sentido práctico, decidí preparar oposiciones a Aduanas. Es obvio que nadie nace con vocación de oficial de Aduanas. A cualquier niño que le preguntemos qué quiere ser de mayor contestará que quiere ser bombero, astronauta, futbolista, médico, arquitecto, cualquier cosa menos de Aduanas, ¿no? De modo que tampoco pensarán ustedes que a mí me entró tal vocación paseando por Aranjuez. Yo decidí estudiar Aduanas por razones utilitarias: era una carrera corta que me permitiría ganar un buen sueldo para poder estudiar lo que me viniera en gana, sin ser una carga para la familia ni agraviar a mis hermanos si solo se me daba carrera a mí.

JOSÉ LUIS SAMPEDRO Y OLGA LUCAS,
Escribir es vivir
, pp. 76-77

 

Dicho y hecho. Después de estudiar seis meses en el madrileño Instituto Reus, obtiene una de las 33 plazas que ese año se habían ofertado para acceder al Cuerpo Pericial de Aduanas; en concreto, la número 14. Era noviembre de 1933 y José Luis cuenta tan solo con dieciséis años. La proeza es mayúscula pues a su edad —el mínimo legal exigido— se le suma el hecho de ser la primera vez que se presentaba a unas oposiciones que solo se conseguían después de varias convocatorias. Por eso, no extraña que en la Gaceta del Opositor del Instituto Reus de este año —y en los años posteriores— se destaque su hazaña acompañando el texto con una fotografía suya.

Gracias a una carta inédita que envía el 16 de octubre de 1933 Francisco Fuentes, miembro del tribunal, a un amigo suyo, al que le había recomendado el joven Sampedro, conocemos algún detalle de su brillante ejercicio de oposición:

 

Mi querido amigo y compañero:

 

Su recomendado para oposiciones de Aduanas, Sr. Sampedro, ha tenido esta mañana una afortunada actuación en la parte oral del primer ejercicio, y hasta tal punto ha impresionado bien al Tribunal que, de haber conseguido en Problemas más elevada calificación, sería hasta este momento el mejor puntuado de todos los aspirantes. No obstante esto, solamente le aventaja otro opositor que tiene un punto más que él.

 

De los dieciséis a los dieciocho años, José Luis vive en Madrid para acudir a las clases en la Academia Oficial de Aduanas. Esta oportunidad es vivida por Sampedro como un abrir los ojos más allá de los límites familiares, un comenzar a adentrarse en la espesura de la vida política de su tiempo, como recordará años después de algunas de sus novelas. Estamos en el Madrid de 1932 a 1934, un Madrid que realmente conoce cuando abandona la residencia del Instituto Reus (una burbuja dentro de una ciudad en ebullición) y comienza a vivir en una pensión en el centro, donde permanecerá hasta 1935, cuando parte a su destino aduanero en Santander. Ante sus ojos aparece el Madrid de la Segunda República, un Madrid lleno de vida, muy alejado —a pesar de la escasa distancia— de la provinciana Aranjuez, a la que vuelve todos los fines de semana. En la pensión entra en contacto con un ambiente muy distinto al que estaba acostumbrado y comparte vida con unos compañeros con los que puede hablar sobre espectáculos, sucesos de la vida en la capital y, sobre todo, de política, de la apasionante política del momento.

 

Un periÛdico con texto e imagenDescripciÛn generada autom·ticamente con confianza media

En las noticias de nuevas oposiciones publicadas en la Gaceta del Opositor del Instituto Reus se destaca siempre cómo José Luis Sampedro las sacó con dieciséis años gracias a su método (imagen de la Gaceta del Opositor de enero de 1935).

 

 

Pero volvamos a la pensión de mis años estudiantiles. Sostengo que la pensión barata de aquellos tiempos era mucho más formativa que el mejor de los colegios mayores. El ambiente variopinto de la pensión barata permitía e incluso empujaba a conocer la realidad social en toda su crudeza, con toda la grandeza y miseria propias del ser humano. Éramos dos o tres estudiantes, dos señoritas que trabajaban en un organismo dependiente del Instituto de la Marina, un viajante de comercio, en fin, ocho personas de distintas edades, profesiones y nivel cultural, pero unidas por el ambiente creado en esa particular convivencia que impone la pensión. Uno de los estudiantes era falangista activo, y el otro, socialista. Y allí no pasaba nada. Incluso en esos tiempos tan convulsos y caóticos, porque ciertamente fueron años de disturbios, tensiones y conflictos, el ambiente de la pensión era de tolerancia y de esa especial solidaridad surgida de las necesidades y dificultades de la vida, de los favores mutuos con que intentábamos suplir nuestras carencias.

JOSÉ LUIS SAMPEDRO Y OLGA LUCAS,
Escribir es vivir
, p. 81

 

Foto en blanco y negro de un hombre con uniforme y so
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