CINCO REINOS. EL CABALLERO SOLITARIO. VOLUMEN II
Brandon Mull
El Caballero Solitario es el segundo volumen de la serie Cinco Reinos, que el autor best seller Brandon Mull inició con Invasores del cielo.
Nuestro entrañable héroe Cole Randolph se dirige en esta nueva aventura al reino de Elloweer, acompañado por el equipo de sus nuevos amigos Mira, Jace y Twitch. Allí encontrará una ciudad devastada, donde un misterioso enemigo está aniquilando el pueblo sin dejar testigos ni supervivientes, y donde un rebelde conocido en todo el reino como el Caballero Solitario está alterando el equilibrio del poder.
Cole y Mira deberán recurrir a un nuevo y fascinante tipo de magia para poder burlar a sus enemigos.
ACERCA DEL AUTOR
Brandon Mull, autor de la serie best seller Fablehaven, vive actualmente en Ohio, donde trabaja en los próximos títulos que comprenderán esta nueva serie, Cinco Reinos. El primer volumen, Invasores del cielo, ha sido publicado también por Rocaeditorial.
ACERCA DE SU SERIE ANTERIOR
«Brandon Mull es un mago de las palabras.»
RICK RIORDAN, AUTOR DE LOS HÉROES DEL OLIMPO
«Una de las mejores series de fantasía juvenil que he leído en años.»
CHRISTOPHER PAOLINI, AUTOR DE ERAGON
Índice
Portadilla
Acerca del autor
Dedicatoria
Epígrafe
- Autocarro
- Sin estrella
- Carthage
- El cazador de esclavos
- Carthage Este
- Kasori
- El salón de confidencias
- Rumores
- Jill
- El ilusionista
- Atrapado
- Caravana
- Noticias inquietantes
- El Caballero Solitario
- Veraz
- Caminos divergentes
- Lady Madeline
- El Forro Plateado
- Dalton
- Escondrijo
- Morgassa
- Desafío
- El prisionero
- Los presos
- Huida
- El camino rojo
- El Palacio Perdido
- Trillian
- La prueba
- Las Pemberton
- El señor Barrum
- Castillo flotante
- El lago de Niebla
- Callista
- Máscaras
- Caballeros
- La hora de la verdad
- Honor
- Nuevas misiones
Agradecimientos
Nota a los lectores
Créditos
Podrían ser todos para Mary.
Aquí va otro.

Somos lo que fingimos ser,
así que hay que tener cuidado con lo que fingimos ser.
KURT VONNEGUT

Capítulo 1

Autocarro
Cole tardó un buen rato en darse cuenta de que el autocarro iba más rápido de lo habitual. Mira, Jace, Twitch y Joe se habían dormido poco después del anochecer. A pesar de la oscuridad y del trote rítmico del enorme ladrillo con cuatro patas que tiraba del carro, Cole no conseguía relajarse lo suficiente como para dormir.
Llevaban días viajando en dirección a Elloweer. Mira estaba tan emocionada ante la perspectiva de ver a su hermana que Cole a veces dudaba de que se acordara de que Honor estaba en peligro. Twitch parecía tranquilo y satisfecho; no hablaba mucho a menos que le preguntaran directamente. Joe pasaba la mayor parte del tiempo pensando en los posibles peligros del camino. Jace estaba más inquieto y cascarrabias cada día, pero Cole no lo culpaba por eso.
Las condiciones del viaje explicaban el insomnio de Cole: demasiadas horas encerrados en el autocarro, haciendo poco ejercicio y echando siestecitas cada vez que les apetecía. Los días y las noches se confundían, con lo que cada vez era más difícil mantener un horario regular.
Allí sentado, a oscuras, mientras los otros dormían, la realidad de las circunstancias le pasaba cuentas una vez más. Hasta unas semanas antes, Cole llevaba la vida normal de un estudiante de sexto en Mesa, Arizona. Pero una visita a un pasaje del terror en Halloween les había llevado a él y a sus amigos a las Afueras, un misterioso mundo compuesto por Cinco Reinos, cada uno con sus formas de magia características. Como si estar atrapado en otro mundo no fuera bastante, todos los chicos que habían viajado con Cole hasta las Afueras habían sido marcados como esclavos nada más llegar.
Tras fracasar en su intento de rescatar a sus amigos, Cole vio como le separaban de sus amigos, al venderlo a los Invasores del Cielo, un grupo de saqueadores que recuperaban objetos de valor de unos peligrosos castillos que flotaban entre las nubes. No tenía ni idea de adónde habían ido a parar sus compañeros de Arizona, entre ellos su mejor amigo, Dalton, y Jenna, la niña que le gustaba desde hacía años. Sabía que estarían en algún lugar de los Cinco Reinos, y estaba decidido a rescatarlos. Pero a veces le parecía algo imposible.
Lo único positivo para Cole eran los nuevos amigos que había hecho en las Afueras, entre ellos Jace, Twitch y Mira, excompañeros en los Invasores del Cielo, que habían escapado con él. Joe había acudido a advertir a Mira del peligro que corría, y más tarde se había unido a ellos. Cole tenía la sensación de que era importante no abandonar a Mira. Ella tenía contactos por todo Elloweer que harían más fácil el viaje y que podrían ayudarle a encontrar pistas sobre sus amigos. Por supuesto, aquello suponía afrontar graves peligros, dado que Mira huía de un soberano malvado increíblemente poderoso, nada menos que su padre, el gran forjador que se había proclamado rey supremo. El monarca ya le había robado el poder a Mira una vez, y querría recuperarlo: después de haber visto de primera mano lo que podía hacer ese poder, Cole entendía el porqué.
Desde su llegada a las Afueras, Cole había flirteado con la muerte varias veces: haciendo de explorador en los castillos flotantes, durante la huida de Puerto Celeste, y luchando para escapar de una tierra de fábula creada por un niño mago. Y no parecía que el peligro fuera a desaparecer de pronto. ¿Cuántas veces más podría librarse de la muerte por los pelos?
Tenía la sensación de estar a un millón de kilómetros de su casa. Aunque la distancia real probablemente fuera aún mayor. Daba toda la impresión de que las Afueras se encontraban en un universo completamente diferente al suyo.
Lo que estaba claro era que Cole estaba allí, en Sambria, uno de los Cinco Reinos, y aquello no iba a cambiar en un futuro próximo, así que lo único que podía hacer era centrarse en su próximo objetivo.
La madre de Mira había usado su poder de forjado para situar una estrella en el cielo por encima de Honor, lo que significaba que la hermana de Mira tenía problemas, pero no tenían más información al respecto. No mucho tiempo antes, el poder de Mira había tomado forma tangible, y en la lucha para derrotarlo habían estado a punto de perder la vida. ¿Se dirigían ahora hacia una batalla similar? No tenían ni idea de la amenaza a la que se enfrentaba Honor, pero Mira estaba decidida a rescatarla.
Bertram, el cochero, tenía la cabeza gacha y la mirada inexpresiva, fija en el suelo. Era un semblante, creado mediante forjado, así que no necesitaba dormir, pero no estaba diseñado para que pudiera dar mucha conversación. A veces les daba información útil sobre la ruta. Según Bertram, llegarían a la frontera de Elloweer a la mañana siguiente.
El autocarro solía ser cómodo, así que cuando se agitó dos veces seguidas por sendos baches, Cole reaccionó. El clip-clop del trote del ladrillo sonaba más acelerado que nunca. Entonces el ritmo del trote cambió, como si el ladrillo aumentara la zancada, y la velocidad del autocarro creció aún más.
El autocarro no era ni un animal ni una máquina: había sido creado por forjadores. Nunca se cansaba, pero tampoco aceleraba. Cole le dio un golpecito a Bertram en el hombro y le preguntó:
—¿Por qué estamos acelerando?
El anciano lo miró, con un temblor en los labios y un tic en un ojo. Bertram solo hablaba para dar información sobre la ruta o para asegurarle a cualquiera que quisiera escucharle que estaba de vacaciones con sus sobrinos nietos. Aunque sus respuestas no siempre eran relevantes, nunca había dejado de responder a una pregunta.
—¡Chicos! —gritó Cole—. ¡Algo va mal!
El suave ronquido de Joe se detuvo de golpe. Miró a Cole y frunció el ceño.
—¿Está «corriendo» el autocarro?
—Sí —dijo Cole—. Y Bertram no habla.
El viejo semblante tenía cara de sufrimiento. Apretaba el puño a intervalos irregulares. Joe zarandeó a Mira y a Jace.
—¡Despertad!
—¿Qué pasa? —respondió Twitch, levantando la cabeza, sobresaltado.
El ladrillo aumentó el ritmo, galopando con fuerza. El autocarro crujía y traqueteaba; de pronto, dio un bote al encontrar un bache. Cole sintió un tirón en la espalda.
Jace sacó su cuerda dorada, objeto mágico que había encontrado en una de sus misiones con los Invasores del Cielo. Mira sacó la espada saltarina que su amigo Liam le había hecho antes de volver junto al gran forjador de Sambria.
Joe le dio unas bofetadas a Bertram en la mejilla.
—¡Bertram! ¡Reduce la marcha! ¡Para el carro!
—¡Para el carro, Bertram! —le ordenó Mira.
Bertram tenía el rostro tenso y los labios hacia atrás, dejando a la vista los dientes que le rechinaban. Por la barbilla le caía la saliva.
—¡Para, Bertram! —insistió Joe—. ¡Para ahora mismo!
Bertram gritó, agitándose de un lado al otro. Aquel angustioso grito desesperado hizo que Cole sintiera pánico. ¿Qué podía haber provocado que el viejo semblante, siempre tan tranquilo, reaccionara así?
Parecía que el autocarro iba ganando aún más velocidad.
—¿Qué hacemos? ¿Nos tiramos? —preguntó Twitch, poniéndose su anillo de Elloweer, haciendo que le aparecieran sus alas semitransparentes y sus patas de saltamontes.
—¿Y todas nuestras cosas? —preguntó Jace.
—Vosotros saltad —les dijo Joe—. Usad vuestras armas para aterrizar suavemente. Yo me quedaré en el autocarro para ver dónde…
De pronto no pudo decir nada más; el autocarro entero saltó. Por un momento desapareció la gravedad. Cole estaba flotando, al igual que los demás. Todos cayeron de golpe cuando el carro aterrizó estrepitosamente, inclinado hacia delante al bajar por una escarpada ladera.
Cole acabó tirado boca arriba, con Twitch encima. El autocarro temblaba y descendía sin control. Antes de que Cole pudiera levantarse, volvió a salir volando, escorándose peligrosamente a la derecha.
De pronto, la cuerda dorada de Jace se alargó, zigzagueando y tejiendo un complejo patrón en el interior del habitáculo. El autocarro cayó de lado y avanzó dando tumbos, lanzando a Cole y a sus amigos contra una red hecha de cuerda dorada que les hizo de salvavidas.
La elaborada maraña de cuerda amortiguó sus movimientos y evitó que fueran a chocar contra las paredes interiores del carro. Cole perdió todo sentido de la orientación, dando tumbos entre las cuerdas, mientras el carro seguía girando sobre sí mismo y rebotando por la ladera.
Por fin, el autocarro se detuvo, del revés. Por un momento, sus ocupantes quedaron colgando como bichos en una telaraña. La inmovilidad y el silencio que siguieron al caótico impacto creaban una sensación fantasmagórica. Entonces la cuerda se aflojó y todos cayeron sobre el techo del carro. Cole estaba magullado y medio mareado.
—Salid de aquí —susurró Joe con urgencia—. Esto ha sido un ataque. Y no acabará aquí. Tenemos que ponernos en marcha.
Del lateral del carro, ahora abollado, había desaparecido la puerta. Twitch se coló por el orificio y se sumió en la oscuridad. Jace recogió la cuerda, que volvió a adoptar su tamaño normal, y también salió. Después fue Mira, y Cole tras ella. Joe salió el último.
El autocarro había caído al fondo de un desfiladero atravesado por un puente. A la tenue luz de la luna vieron unas laderas escarpadas cubiertas de arbustos que ascendían a ambos lados, y un arroyo que avanzaba sinuoso por el centro, tan estrecho que se podía vadear sin problemas. Las rocas, ramas y viejos troncos retorcidos esparcidos por el fondo del desfiladero dejaban claro que a veces el arroyo crecía muy por encima de su nivel actual.
Cole respiró hondo, tomando una bocanada de aire fresco. Desde luego era más agradable que el olor de seis cuerpos apiñados en un espacio reducido día tras día. Desde que habían iniciado su viaje a Elloweer, solo había salido del autocarro para hacer sus necesidades y, ocasionalmente, para comer en alguna posada junto al camino.
Jace se llevó un dedo a los labios y señaló hacia lo alto del desfiladero. Un par de personajes con capa y armadura bajaban por la ladera, uno a lomos de un enorme gato salvaje y el otro sobre lo que parecía una bola de trapos. Las amenazantes monturas descendían con gran elegancia y agilidad.
Cole se agazapó y contuvo la respiración. Los últimos días habían sido tranquilos, pero sabía que el padre de Mira tenía a gente buscándolos. Después de que Mira derrotara a Carnag, el monstruoso semblante, y recuperara su poder de forjado, el forjador supremo había perdido todo el poder robado. Estaría desesperado, ante la posibilidad de acabar perdiendo también el que había robado a las hermanas de Mira.
Los siniestros jinetes no parecían legionarios ni guardias de la ciudad. ¿Serían ejecutores? A Cole le habían advertido sobre la policía secreta del forjador supremo, pero no tenía modo de saber si aquellos jinetes tendrían algo que ver. No obstante, fueran quienes fueran, le daban escalofríos. En un mundo en que la realidad podía modificarse, había aprendido a aceptar lo imposible, pero eso no significaba que le gustara que salieran en su caza.
Sin decir palabra, el pequeño grupo se separó en diferentes direcciones: Twitch se agazapó tras un tronco, Mira se ocultó tras un arbusto, y Jace se fundió entre las sombras tras un montón de rocas. Joe se volvió a meter en el maltrecho carro. Cole rodeó el autocarro a gatas, situándose detrás, por lo que aún podía seguir a las figuras que se acercaban con la vista. El dúo avanzaba rápido y aparentemente sin esfuerzo. Entonces, Cole se dio cuenta de que probablemente habrían supuesto que todos los ocupantes del carro habrían acabado muertos o malheridos. Y, de no ser por la cuerda de Jace, tendrían razón.
Cole se planteó recuperar su espada saltarina del interior del carro. Con una lucha en ciernes, odiaba encontrarse desarmado. Pero le preocupaba hacer ruido y estropear así la ocasión que tenían de sorprender a los jinetes. Ambos estaban ya casi en el fondo del desfiladero.
Cole forzó la vista para intentar descifrar qué era aquel montón de trapos. La mole de trapos se deslizaba sobre unos jirones de tela, flotando más que caminando. Aunque no era muy sustancial y no tenía una forma muy determinada, parecía sostener a su jinete sin esfuerzo.
Joe se acercó furtivamente a Cole y le dio su espada saltarina.
—Mantente todo lo agachado que puedas —le susurró al oído. Llevaba en la mano un arco (un arma forjada que Cole había recuperado de un castillo flotante y que generaba una flecha cada vez que se tiraba de la cuerda)—. Te tomo esto prestado. Nuestra máxima prioridad es sacar a Mira de aquí.
Con el arco en la mano, Joe se alejó del autocarro destrozado. Siguió el pequeño arroyo y buscó refugio tras un arbusto alto.
Sin levantar la cabeza, Cole se quedó observando a los jinetes que recorrían el fondo del desfiladero. Avanzaban directamente en dirección al autocarro. ¡Por supuesto! ¡Querrían registrar los restos! ¿Por qué no había escogido otro escondrijo?
Siempre detrás del autocarro volcado, fue retrocediendo, agazapado, espada saltarina en ristre. Si le descubrían, usaría la espada para saltar a lo alto de la ladera. Quizás así pudiera alejarlos de los demás. A pesar de aquellas extrañas monturas, la espada saltarina seguramente le proporcionaría cierta ventaja.
Se oyó una pisada en el arroyo y un pequeño chapoteo. Cole se quedó paralizado.
El gran gato salvaje soltó un gruñido furioso. Cole se estremeció, apretando los dientes. Al otro lado del carro vio que Twitch se había elevado en el aire, con sus gigantescas alas de libélula brillando a la luz de la luna.
Le habían descubierto.
Cole se deslizó hacia un lado, a tiempo para ver la cuerda dorada de Jace que rodeaba al jinete que montaba el felino. La cuerda elevó al caballero de armadura por los aires, para luego lanzarlo contra unas rocas en el lecho del arroyo con gran estrépito. La mole de trapos se lanzó contra Jace. Mira salió de su escondrijo, saltando por el aire con su espada extendida. Su hoja impactó contra el jinete de la mole de trapos en un costado; lo derribó, pero sin agujerearle la armadura. Mira cayó en el arroyo, tropezando, y la espada se le fue de la mano.
El enorme felino avanzó en dirección a Mira. Cole apuntó con su espada justo delante del felino y gritó: «¡Adelante!». La espada lanzó a Cole por el aire en una trayectoria baja, casi rozando el suelo del desfiladero. En el momento en que el enorme gato saltaba sobre Mira, Cole, impulsado por la inercia, le hundió la hoja de la espada al animal en las costillas. La espada saltarina había decelerado justo antes de llegar a su objetivo, pero, aun así, Cole se la clavó hondo, para luego impactar con el costado peludo del felino. Cole salió despedido por el aire y aterrizó violentamente, torciéndose el hombro y magullándose las piernas. El gato salvaje resopló, girándose para arrancarse la espada clavada en el costado. Entonces una flecha se le clavó en el cuello.
—¡Mayal, ataca! —gritó Mira, señalando al felino.
Con un ruido de madera quebrada, el Mayal del Forjador salió volando del autocarro destrozado. El mayal, compuesto por seis pesadas bolas de hierro unidas a una anilla central por pesadas cadenas, cayó como un remolino sobre el gato salvaje; lo derribó y se enroscó en él. Con dos patas inmovilizadas, el enorme felino acabó panza arriba, revolviéndose y resoplando.
El jinete derribado por Mira estaba ya de pie, y tenía en las manos un hacha de batalla de doble filo. Avanzó hacia Cole, con el arma en alto. Cole flexionó las piernas y se preparó para saltar fuera del alcance de la pesada arma, pero, antes de que pudiera moverse, una cuerda dorada se enroscó alrededor de los tobillos del jinete, y lo lanzó hacia arriba, contra una roca al otro lado del desfiladero. El gigantesco gato silvestre por fin dejó de moverse, atravesado por un número de flechas cada vez mayor.
Jace soltó un par de latigazos a la mole de trapos, pero la cuerda dorada la atravesó sin impactar contra nada. El ataque pareció activar la desgarbada masa de tela. Después de revolverse un momento sin moverse del sitio, la mole de trapos pasó como una exhalación junto a Cole, sin hacerle más daño del que le haría un montón de ropa.
Cole fue a recuperar su espada del gran felino, moviéndola a los lados para liberarla, y limpió la hoja contra el pelo del animal.
En lo alto del desfiladero, cerca del puente, un caballo soltó un sonoro relincho. Cole levantó la vista a tiempo para verlo retroceder. Un jinete desmontó, y jinete y montura desaparecieron de la vista.
Agitando las alas, Twitch aterrizó junto a Mira. Se agachó y la ayudó a ponerse en pie. La mole de trapos siguió avanzando suavemente, deslizándose río arriba.
Joe corrió hasta ellos, con una flecha preparada en el arco.
—Mira, vamos a por ese jinete —dijo, apuntando hacia lo alto del desfiladero.
—¡Mayal, ataca! —ordenó Mira.
La maraña de bolas y cadenas se soltó del felino caído y salió disparada ladera arriba. En lo más alto se detuvo.
—¡Mayal, ataca! —repitió Mira, señalando hacia el lugar por donde había desaparecido el extraño.
El mayal se quedó flotando inofensivamente.
—Estoy intentando visualizar el jinete —dijo Mira—. Ha desaparecido antes de que pudiera verlo bien. Creo que tengo que ver el objetivo. ¿Quieres que suba?
—No —dijo Joe en voz baja—. No vale la pena el riesgo. ¿No puedes ordenarle al mayal que ataque a lo que sea que haya allá arriba?
—No es un perro de presa —respondió Mira—. Tengo que dirigirlo.
Joe asintió.
—Le he dado al caballo del jinete con una flecha. No sé hasta qué punto le habré hecho daño. No podemos dejar que escape. Podría buscar refuerzos. Debería ir tras él.
—¿Cómo habrán hecho que el autocarro se desbocara? —preguntó Twitch.
—Debe de haber sido un forjador, que lo haya alterado de algún modo —sugirió Jace.
—Pero el autocarro lo hizo Declan —murmuró Mira—. Para alterar la obra de un gran forjador haría falta un experto.
—Puede que hayan usado el contraforjado —propuso Cole—. Si los contraforjadores pueden alterar el propio poder de forjado, quién sabe qué más podrán hacer.
—Consiguieron desviar el poder de Mira y acumularlo en Carnag —recordó Twitch—. ¿Por qué no iban a poder alterar un semblante?
—Cualquiera que sea su talento para el forjado, estos no eran soldados normales —dijo Joe—. Acabáis de conocer a los ejecutores. Y uno de ellos se escapa. No puedo permitirlo. Probablemente no vaya a la legión, ni a las autoridades oficiales, pero puede que haya más de los suyos por la zona.
—¿Nos vamos a separar? —preguntó Jace.
—De momento, sí —dijo Joe.
—¿Seguimos la carretera? —dijo Twitch.
—Os llevará a Carthage, en la frontera entre Sambria y Elloweer —les explicó Joe—. La estrella de Honor está fija en esa dirección. Si algún peligro os obliga a abandonar la carretera, Mira sabe cómo seguir la estrella.
Cole se giró hacia Mira, que tenía la vista clavada en el cielo. Para proteger mejor el precioso secreto de que la madre de Mira podía indicar la ubicación de sus cinco hijas, solo Mira y Joe sabían el aspecto que tenía la estrella de Mira. Si esa información llegaba a oídos del gran forjador, las chicas estarían condenadas.
—¿Soy yo, que estoy confusa? —preguntó Mira—. No la veo.
Joe levantó la vista al cielo en la misma dirección que ella.
—Oh, no —murmuró, tras una pausa tensa—. Tienes razón. La estrella ha desaparecido.
Capítulo 2

Sin estrella
—¿Qué significa eso? —preguntó Mira, angustiada.
Cole se sintió fatal por ella. Aquella estrella era la única conexión que tenía con su hermana, que estaba en peligro. Los ojos de Mira, llenos de pánico, escrutaban el sector del cielo donde debería estar la estrella.
—Podría significar muchas cosas —dijo Joe, mostrándose deliberadamente tranquilo—. Podría significar que a tu madre le preocupa que algún enemigo pueda usar la estrella. Podría implicar que tu hermana ha sido rescatada.
—¿Y si significa que…? —Mira suspiró, y se llevó una mano a la boca.
—Estoy seguro de que no —dijo Joe—. No podemos dejar que esto nos afecte. Tengo que seguir el rastro a quienquiera que esté huyendo. Vosotros id a Carthage. Hay una fuente con siete chorros en el lado de Elloweer. Si no os alcanzo por el camino, buscadme allí cada día a mediodía. Intentad pasar desapercibidos. Si tardo más de tres días, estaré muerto o me habrán capturado. —Joe miró a Cole, a Jace y a Twitch—. Cuidadla.
Joe se giró y salió corriendo colina arriba.
Mira siguió mirando aquel trozo de cielo. Cole siguió su mirada y vio muchas estrellas. Pero sabía que la que ella quería ver no estaba entre ellas.
—No os entretengáis —les advirtió Joe sin detenerse—. No sabemos si han enviado a alguien más.
—Tiene razón —dijo Twitch.
—¿Y nuestras cosas? —preguntó Jace, señalando con la cabeza hacia el maltrecho autocarro—. ¡Al menos el dinero!
—Bien pensado —dijo Cole.
—Vosotros dos, coged lo que haga falta —decidió Twitch—. Yo sacaré a Mira de aquí. Os esperaremos por el camino.
—Vale, pues ya podéis iros —les despidió Jace, agitando una mano—. Tú también, Cole, si quieres.
—Me quedo contigo —dijo él, que luego se dirigió a Mira—: Nos vemos enseguida.
Twitch salió volando, y Mira usó la espada saltarina para llegar hasta la mitad de la ladera opuesta a la que estaba trepando Joe.
—Mayal, sígueme —dijo, y el arma obedeció.
Con el hombro dolorido y las piernas magulladas, Cole se dirigió al autocarro. El ladrillo andante, ya separado del carro, estaba inmóvil a su lado, con dos patas rotas a la altura de la cadera.
Cole y Jace se dirigieron al hueco donde antes estaba la puerta y entraron. Bertram estaba tendido boca abajo, inmóvil.
—¿Está muerto? —preguntó Jace.
Preocupado por aquella posibilidad, Cole se agachó y sacudió al anciano por el hombro.
—¿Estás bien, Bertram?
El hombre se movió y levantó la cabeza.
—Estoy de vacaciones con mis sobrinos nietos. —Esbozó una sonrisa—. No hay nada de qué preocuparse.
Una vez dentro, Jace abrió una compuerta y cayeron varias cosas. Se metió dentro y empezó a revolver el contenido. Desde el exterior, Cole oyó el leve susurro de un arroyo.
—Antes no parecías el Bertram de siempre —dijo Cole—. Gritabas y todo.
El anciano parpadeó.
—Ya no soy un polluelo. Los jóvenes debéis perdonar a los caballeros de edad si de vez en cuando no estamos en nuestra mejor forma. Me he sentido indispuesto. Pero no permitiré que eso estropee nuestras vacaciones.
—Deberíamos irnos —dijo Jace, saliendo del interior del carro.
Cole le indicó con un gesto del dedo que esperara. Intentó plantear una pregunta de modo que Bertram pudiera responderles:
—Nuestro plan de vacaciones se ha visto alterado. El autocarro se ha desbocado y ha acabado chocando. ¿Cómo vamos a llegar a Elloweer ahora? ¿Qué es lo que ha sucedido?
Bertram chasqueó la lengua, incómodo.
—El autocarro ha hecho lo que tenía que hacer.
—El autocarro solo obedece las órdenes de Mira —respondió Cole—. No acelera. ¿Qué es lo que ha pasado?
—Ha hecho lo que se le ha pedido —dijo Bertram—. Como yo.
—¿Y quién dio la orden? ¿Quién cambió el curso del autocarro?
—Jovencitos, quizá tengáis que seguir sin mí a partir de ahora —respondió Bertram, impertérrito—. El carro ha quedado en mal estado. Quizá nos vaya bien quedarnos aquí un tiempo. ¡Estas vacaciones me han agotado! Todo tío tiene sus límites.
—Vámonos —le apremió Jace—. He cogido el dinero y algo de comida.
—Adiós, Bertram —dijo Cole—. Gracias por las vacaciones.
Bertram asintió.
—Eres un buen sobrino nieto.
El chico salió del coche.
—¿Eso son lágrimas? —le preguntó Jace.
—No —respondió Cole, limpiándose los ojos y apartando la mirada.
—No es de verdad —dijo Jace—. Es un semblante. Lo han fabricado.
Cole suspiró.
—Eso casi empeora aún más las cosas. Se quedará ahí sentado, pensando que tendría que estar de vacaciones con nosotros.
—No piensa —insistió Jace—. Solo suelta las frases que Declan le ha enseñado. No te entristezcas por él. Lo triste es que hayamos perdido nuestro medio de transporte. Vamos a buscar a Mira.
—¿Y los tipos que lanzaste con tu cuerda? —preguntó Cole—. ¿No deberíamos ir a ver si están vivos?
—Ni hablar. Intentaron matarnos. Les di su merecido.
—Llevaban armadura.
—Una armadura no te protege de una caída desde un barranco. Los lancé con fuerza. Joe no estaba preocupado por ellos.
—Joe tenía prisa —señaló Cole.
—Vale —accedió Jace, resoplando—. Tú ve a por ese —dijo, señalando al hombre que tenían más cerca.
La cuerda de Jace se enrolló como un resorte y luego se estiró, llevándole de un salto al lugar donde había caído el jinete que había lanzado más lejos. La cuerda volvió a enroscarse antes de caer para suavizar la caída.
Cole corrió hacia el otro jinete. Tenía la visera del casco y la pechera destrozadas tras el impacto con la roca. El hombre no se movió. Cole se arrodilló a su lado y acercó la oreja al casco, intentando distinguir si respiraba. No oyó nada.
—¡Muere! —dijo una voz, mientras Cole sentía que lo agarraban por los hombros desde atrás.
Se dio la vuelta de un salto, sobresaltado, y a Jace se le escapó la risa.
—El otro tipo ya no está en este mundo —dijo Jace—. Estamos perdiendo el tiempo. Vámonos de aquí.
La cuerda volvió a enroscarse. Jace subió la ladera rebotando. Cole apuntó con su espada, dio la orden y el arma lo lanzó ladera arriba.
Por mucho que repitiera la experiencia, saltar con la espada seguía siendo algo alucinante, entre otras cosas porque siempre le parecía que no la controlaba. Lo más complicado solía ser el aterrizaje. Cole había aprendido que si daba un salto tras otro, en lugar de pararse tras un salto, el impacto se reducía mucho. Así que enlazó varios saltos para subir por la ladera hasta llegar al puente y al camino, hasta que vio a Twitch y a Mira que les hacían gestos más adelante. Apuntando con la espada a un punto que estaba cerca de sus amigos, Cole dio la orden de nuevo y salió volando a su lado. La espada frenó en el último segundo, pero no lo suficiente, y acabó cayendo de rodillas sobre el camino de tierra.
Saltando con la espada, Cole había adelantado a Jace, que usaba la cuerda para colgarse de los árboles junto al camino y lanzarse hacia delante. Jace llegó en el momento en que Cole se ponía en pie.
—Tienes que practicar ese aterrizaje —dijo Jace.
—Tú tienes que trabajar en la velocidad —replicó Cole.
Jace señaló a un punto al lado del camino.
—¿Qué se supone que es eso?
Cole se giró y vio una mole deforme marrón que le llegaba a la cintura, moviéndose adelante y atrás sobre dos patas desiguales. Quizás al notar la atención que recibía, el desgarbado objeto se les fue acercando con pasos inciertos.
—Mira ha intentado forjar algo que nos pudiera llevar a Carthage —explicó Twitch.
A Jace se le escapó la risa.
—¿Eso? ¡Parece una bola de barro con patas!
Cole intentó no reírse. La descripción era bastante precisa.
—Tenía prisa —dijo Mira, a la defensiva—. Hacer semblantes no es nada fácil. Hasta los mejores forjadores tardan su tiempo a la hora de simular una vida.
—¿Y por qué lo intentas? —preguntó Jace.
—Vi lo que podía hacer mi poder cuando nos enfrentamos a Carnag —dijo Mira, encogiéndose de hombros—. ¿Recuerdas lo grande que era? ¿Lo bien que nos simulaba a mí y a mi padre? Ese poder ahora está dentro de mí. Solo tengo que aprender a usarlo. Sé que sería capaz de grandes logros con el forjado. Pensé que, si aprendía a controlar mi desesperación, podría forjar algo útil.
La bola de barro se acercó a Jace renqueando, tropezó y cayó. El pequeño semblante se balanceó suavemente y emitió un sonido confuso, como un balbuceo.
—¿Está intentando hablar? —preguntó Jace—. Se parece un poco a Twitch. ¿Lo usaste de modelo?
—Para ya —respondió Mira, que le dio un palmetazo en el hombro.
Se tambaleó un poco, y Jace la agarró.
—¿Qué te pasa? —preguntó Jace.
—El esfuerzo me ha pasado factura. Enseguida se me pasará.
—¿Te das cuenta de que tenemos mucho camino por delante? —le recordó Cole.
—Intentaba hacer algo para facilitarnos las cosas a todos —dijo Mira. Todos miraron al pequeño semblante deforme, que intentaba ponerse en pie de nuevo. Mira soltó una risita—. Se suponía que tenía que ser más grande.
Su comentario dejaba claro que podían reírse del asunto, y todos lo hicieron.
—¿Le estás diciendo que se mueva? —preguntó Cole.
—Lo diseñé para que nos siguiera siempre que no estuviéramos montados en él —explicó Mira—. Supongo que eso lo entiende. Se suponía que tenía que tener cuatro patas. Y que tenía que obedecer mis órdenes, pero no parece que me haga ni caso.
—¿Puedes seguir forjándolo? —preguntó Cole—. ¿Mejorarlo?
Mira meneó la cabeza.
—Estoy agotada.
—¿Y puedes desforjarlo? —preguntó Jace—. Alguien podría encontrarlo.
—Probablemente, pero me dejaría sin fuerzas. Ya me va a costar seguiros. Ha sido una estupidez intentar hacer un semblante de golpe. Carnag lo hizo, así que pensé que quizá yo también podría. Normalmente, un proyecto así se hace paso a paso, poco a poco.
El semblante se puso en pie y se acercó a Cole. Él se echó atrás. Impresionaba un poco.
—¿De qué está hecho? —preguntó Jace.
—Parece porquería, pero más bien tiene el tacto del corcho —dijo Mira—. Es más duro de lo que parece, pero no exactamente lo que yo quería.
Jace derribó al semblante de un empujón. Se agachó y le pasó las palmas de las manos por encima, haciéndolo girar suavemente.
—Adelantaos, chicos. Ya os pillaré; tengo que deshacerme de esta cosa.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Cole.
—Dejarlo en el bosque, lejos de la carretera. No es muy ligero, pero con mi cuerda podré cargarlo.
—¿No es… una crueldad? —preguntó Cole.
Jace resopló. Estaba perdiendo la paciencia.
—¡Es un pedazo de corcho con patas, Cole! —respondió—. Mira lo hizo a partir de la tierra. No tiene sentimientos. Pero podría seguirnos, lo cual ayudaría mucho a cualquiera que intente localizarnos.
—Vale —accedió Cole—. Tiene sentido.
—Poneos en marcha —dijo Jace—. Puede que nos estén persiguiendo. Hay que conservar la ventaja.
—¿Estás bien para viajar? —le preguntó Cole a Mira.
Ella se pasó una mano por la frente.
—Tengo que hacerlo. No hay elección —dijo, y miró al cielo—. Ojalá la estrella siguiera allí.
—Todo se arreglará —dijo Cole, no muy convencido, pero con la esperanza de que eso le hiciera sentir mejor.
—Tú ve delante, Mira —sugirió Twitch—. Nosotros vigilaremos la retaguardia.
Mira sacó su espada saltarina, apuntó hacia delante y dijo: «¡Adelante!». El Mayal del Forjador la siguió. Cole oyó que repetía la orden al aterrizar: otro salto. Twitch agitó las alas y fue tras ella. Cole extendió la espada y saltó.
Capítulo 3

Carthage
Siguieron avanzando salto tras salto, como una ráfaga de aire nocturno. Cole esperaba que Mira se cansara y se detuviera, pero ella seguía adelante. Él se quedó atrás, sin perderla de vista. A cada salto sentía el aire fresco en la cara. Una de las lunas brillaba con bastante intensidad. Otra, de la que solo se veía una esquirla, acababa de asomar. El cielo nocturno en las Afueras cambiaba sin seguir un patrón constante.
Aquella irregularidad hacía posible que Mira y sus hermanas tuvieran sus estrellas de referencia sin que nadie se enterara. Cada noche podían aparecer hasta diez u once lunas diferentes, aunque Cole nunca había visto más de tres a la vez. Muchas de las lunas eran parecidas a la de la Tierra, aunque las de aquella noche le parecían algo más amarillas.
Cole iba escrutando las sombras tras los árboles a ambos lados del camino. Cualquiera podría ocultarse en la oscuridad. También miraba atrás, preparado para encontrarse un pelotón de legionarios o más jinetes misteriosos montados en moles de trapos.
Un lujo que les ofrecía el autocarro era que les aislaba del resto del mundo, cosa que producía la reconfortante ilusión de que estaban ocultos y seguros. Cole suponía que eso era maravilloso, hasta que sufrieron aquella emboscada que les hizo acabar en el fondo de un desfiladero. Sin el autocarro, se sentía más vulnerable, pero eso también le hacía estar más en guardia.
La preocupación de Mira por su hermana hizo que Cole volviera a pensar en sus amigos perdidos. Recordó la última vez que había visto a Jenna, enjaulada en un carro, vestida aún con el disfraz de Cleopatra que se había puesto para Halloween. La última imagen que había visto de su mejor amigo, Dalton, era la de un payaso triste y polvoriento, también metido en una jaula. Los iban a vender como esclavos después de que a él se lo llevaran con los Invasores del Cielo.
Pensar en Jenna tras aquellos barrotes le ponía furioso. Pero probablemente ya no estuviera en una jaula. Sería esclava en algún lugar. ¿Trabajaría en una cocina? ¿Estaría llevándole la comida a algún zángano amigo del rey supremo? Todas aquellas ideas no hacían que se sintiera menos furioso.
Jenna era lista y divertida. Era guapa y amable. No se merecía aquel destino. Entrar en aquella casa, en Halloween, había acabado con su vida. Y visitar aquel pasaje del terror había sido idea de Cole. Dalton también era un gran tipo, el mejor amigo que había tenido nunca Cole, y su vida también había quedado destrozada. ¿Dónde estarían en aquel momento? ¿Y los otros niños que habían secuestrado en Mesa para llevárselos a las Afueras? ¿Estarían bien? ¿Estarían sufriendo? Podían estar en cualquiera de los Cinco Reinos. Y estaban en peligro. La contraforjadora Quima le había advertido que el forjador supremo pretendía realizar experimentos con ellos y su poder de forjado. Y es que los niños procedentes de fuera de los Cinco Reinos solían tener poder de forjado. Ansel, el cazador de esclavos, había vendido a los que tenían mayor potencial al rey supremo.
Mientras iba avanzando a saltos por el camino, a la luz de la luna, Cole decidió que tenía que pensar que sus amigos estaban bien. Tenía que creer que les habían asignado tareas más seguras que la de explorar castillos flotantes. Cole se había planteado ir a buscarlos por su cuenta. Pero era una misión imposible. No sabría por dónde empezar. Jenna, Dalton y los otros podrían estar en cualquier parte.
Buscarlos solo le pondría en una situación muy peligrosa. Cole sabía poco de las Afueras, y no contaría con ninguna ayuda. Si se quedaba con Mira, no solo podría aprender de sus conocimientos sobre los Cinco Reinos; también podría conocer a rebeldes como Joe, deseosos de ayudar a una princesa en el exilio. Cole intentó renovar su fe en que, ayudando a Mira y manteniendo los ojos y los oídos bien abiertos, acabaría encontrando a sus amigos.
¿A cuántos más necesitaba encontrar? De momento, su principal preocupación era la de salvar a Dalton y a Jenna. Pero ¿y las amigas de Jenna, Chelsea y Sarah? ¿Y Blake? ¿Y el resto de las víctimas? Cole los conocía a la mayoría de vista, si no por el nombre.
Si encontraba a Dalton y a Jenna, y daba con un modo de volver a casa, ¿dejaría a los demás a su suerte? No sabría decirlo. Si alguna vez se encontraba en posición de elegir, ya lo decidiría.
¿Y Mira? Si encontraba la forma de volver a casa, ¿la abandonaría? Ya se había convertido en una amiga de verdad. Sin ella, probablemente no habría podido huir de los Invasores del Cielo, lo que casi seguro significaría que su trabajo como explorador ya le habría costado la vida.
Mira siempre se disculpaba por cargarle con sus problemas. Pero eso solo hacía que Cole quisiera ayudarla más. Sin su ayuda, ella probablemente no habría llegado tan lejos. Le había salvado el pellejo más de una vez.
Aunque si él no estaba, tendría igual a quien le ayudara. Jace sería un capullo, pero estaba totalmente entregado a ella. Twitch también la ayudaría. Y, como miembro de la resistencia, Joe también parecía absolutamente comprometido.
Cole vio cómo saltaba Mira, por delante de él. Decidir si acabaría dejándola o no le pareció inútil en aquel momento. Para cuando hubiera que decidirlo, las circunstancias probablemente serían del todo diferentes. Con suerte, para entonces Dalton y Jenna quizá pudieran ayudarle a elegir.
Por fin, Mira se detuvo y miró atrás. Él apuntó con su espada a su lado y aterrizó tropezando torpemente. Twitch paró allí cerca con un aleteo.
—¿Cansada? —preguntó Cole.
—Podría seguir —dijo Mira—. Pero me preocupa que Jace no nos haya alcanzado aún.
Cole miró hacia atrás. Jace podía llegar a ser un grano en el culo, pero no querría que le hubiera sucedido nada. Sería un capullo, pero también era un amigo. Y estaba en buena forma; era un superviviente.
—Seguro que estará bien. Supongo que estamos yendo más rápido que él.
—Sí —confirmó Mira—. El bosque se está despejando.
Cole asintió. Ahora que a los lados del camino solo había arbustos, Jace no podría colgarse con la cuerda de las ramas para lanzarse adelante. Aquello le haría ir aún más lento.
—Si hemos ido aumentando la ventaja todo este tiempo, quizá tengamos que esperarle un buen rato —sugirió Twitch.
—Razón de más para que paremos ahora, en lugar de más tarde —dijo Mira—. No podemos perderlo. Si tiene algún problema, tenemos que volver.
—Si tiene algún problema, probablemente el problema será más de lo que podamos afrontar nosotros —dijo Cole—. Con esa cuerda no es una presa fácil. Si no aparece, yo volveré. Twitch y tú tenéis que seguir adelante.
Twitch se salió del camino, adentrándose en la maleza.
—¿Y si nos apostamos detrás de esos arbustos? —sugirió—. Veremos el camino, pero podemos escondernos si aparecen visitantes inesperados.
—Pues metámonos ahí de un salto —los aconsejó Cole—. Así no habrá un rastro que nos delate.
—Bien pensado —dijo Twitch, que saltó y agitó las alas rápidamente.
Cole y Mira también saltaron tras los arbustos. Mira se sentó cruzando las piernas. Cruzó los brazos, los apoyó en las rodillas y puso la cabeza sobre los brazos.
—Yo haré guardia —se ofreció Twitch—. Los grinaldi tenemos muy buena vista nocturna.
—¿Qué es lo que no tenéis? —preguntó Cole.
Twitch se encogió de hombros.
—No somos buenos nadadores. Evitamos las aguas profundas.
—¿Estás agotada? —preguntó Cole a Mira.
—Me duele la cabeza —respondió ella—. Podría ser peor. Al menos no nos ha alcanzado ningún forjador maligno.
—Vosotros dos habéis hecho un buen trabajo ahí atrás —dijo Twitch—. Esas espadas saltarinas son armas muy efectivas.
—Son útiles —reconoció Cole—. Pero atacar con ellas me pone de los nervios. Es como tener un arco con una sola flecha. Y tú eres la flecha.
Twitch y Mira se rieron.
—Por cierto, gracias —dijo Mira—. Pr
