Desde Rusia con amor (James Bond, agente 007 5)

Ian Fleming

Fragmento

1. El país de las rosas

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El país de las rosas

El hombre desnudo que yacía boca abajo, abierto de piernas y brazos, junto a la piscina bien podría estar muerto.

Podría haberse ahogado y podrían haberlo sacado del agua y depositado en el césped para dejarlo secar mientras llamaban a la policía o a su familiar más cercano. Incluso el pequeño conjunto de objetos emplazados en la hierba, a su lado, podrían ser sus efectos personales, meticulosamente dispuestos a la vista de todos para que nadie pensase que sus rescatadores le habían robado alguna de sus pertenencias.

A juzgar por sus rutilantes posesiones, aquel hombre había sido —o era— rico. Entre ellas se incluían las inconfundibles insignias de integrante del club de los millonarios: un sujetabilletes con una moneda de cincuenta pesos mexicanos engastada y que trababa un considerable fajo de billetes; un muy usado mechero Dunhill de oro; una pitillera ovalada de oro con las clásicas marcas onduladas y el discreto botón turquesa de Fabergé, y la típica novela que los ricos sacan de la estantería para llevarse al jardín —Una alhaja de niño, una vieja obra de P. G. Wodehouse—. También había un voluminoso reloj de pulsera de oro con correa de piel de cocodrilo marrón, muy desgastada. Era un modelo de Girard-Perregaux diseñado para los amantes de los ingenios, con segundero y dos ventanitas en la esfera que informaban del día y el mes y de la fase lunar. La historia que ahora se relata tuvo lugar a las dos y media del diez de junio, con la luna casi llena.

De entre los rosales del final del jardín surgió rauda una libélula verde y azul, que revoloteó suspendida en el aire a escasos centímetros de la base de la columna vertebral de aquel hombre. La había atraído el resplandor dorado del sol de junio en la cresta de fino vello dorado justo encima del coxis. El mar expelió un soplo de brisa y el pequeño campo de vello se meció con delicadeza. La libélula se precipitó nerviosa hacia un lado y quedó suspendida sobre el hombro izquierdo del individuo, mirando hacia abajo. Se agitó la hierba joven bajo la boca abierta y una enorme gota de su sudor recorrió uno de los flancos de la gruesa nariz y cayó, reluciente, al césped. No necesitó nada más: la libélula atravesó como un rayo las rosas y sobrevoló el cristal dentado que coronaba el inmenso muro del jardín. Quizá fuese alimento, pero lo descartó.

El jardín en que yacía aquel hombre consistía en cerca de media hectárea de césped bien cuidado, rodeado en tres de sus lados por densos rosales de los que emanaba un murmullo constante de abejas. Detrás de su somnoliento zumbido, bramaba el mar gentilmente a los pies del acantilado del final del jardín.

Desde este no se veía el mar; de hecho, no se divisaba nada más que el cielo y las nubes por encima del muro de cuatro metros. El único modo de avistar lo que había al otro lado de aquellas paredes era desde los dos dormitorios del piso de arriba de la casa, que conformaba el cuarto flanco de tan privado recinto. Desde ellos se divisaba una infinita extensión de agua azul ante los ojos del presente y, a ambos lados, las ventanas del piso superior de las casas vecinas y las copas de los árboles de su jardín: encinas mediterráneas, pinos piñoneros, casuarinas y alguna que otra palmera.

Era una casa de estilo moderno: un cubo chato y alargado sin grandes adornos. Del lado del jardín, la fachada recta pintada de rosa se veía atravesada por cuatro ventanas con marco de hierro y una puerta principal de cristal que conducía a una plazoleta de azulejos de color verde pálido que se fundían con el césped. La fachada trasera, a escasos metros de un camino polvoriento, era casi idéntica, salvo por las cuatro ventanas enrejadas y la puerta de roble.

Constaba de dos dormitorios de tamaño medio en el piso superior y, en la planta baja, una sala de estar y una cocina, parte de la cual quedaba separada del aseo por un muro. No tenía cuarto de baño.

El soñoliento y suntuoso silencio del mediodía quedó roto por el ruido de un coche al aproximarse por la carretera y detenerse frente a la casa. Se oyó el sonido metálico de la puerta al cerrarse y el vehículo continuó su itinerario. El timbre de la entrada sonó dos veces. El hombre que yacía desnudo junto a la piscina siguió sin moverse, pero, al oír el timbre y al coche partir, abrió los ojos como platos por un instante, como un animal aguzaría el oído. Una vez que hubo identificado los sonidos, adormilado, dejó caer los párpados, de pestañas cortas y rubias, sobre los ojos de color azul muy claro, opacos e introvertidos. Abrió los labios pequeños y crueles en un bostezo desmedido que le llenó la boca de saliva; la escupió en el césped y esperó.

La joven no llevaba nada bajo la camisa. Su piel lucía un agradable bronceado y los hombros y los senos irradiaban salud. Cuando dobló los brazos para desabrocharse los botones laterales de la falda, pudieron distinguirse en sus axilas pequeños mechones de vello rubio. Su aspecto de lozana campesina se veía realzado por las caderas fornidas enfundadas en un traje de baño de punto de color azul desvaído y por los muslos y las piernas gruesos y achaparrados que mostró al desnudarse.

La muchacha dispuso cuidadosamente la falda junto a la camisa, abrió el saco, sacó una vieja botella de agua con gas que contenía un líquido denso e incoloro, se aproximó al hombre y se arrodilló en la hierba junto a él. Vertió parte del líquido —aceite de oliva suave, aromatizado con rosas, como todo en aquel lugar del mundo— entre sus omóplatos y, después de estirarse los dedos como lo haría un pianista, se dispuso a masajearle el esternocleidomastoideo y el trapecio, músculos de la nuca.

No fue tarea fácil. El individuo era inmensamente hercúleo y los protuberantes músculos de la base del cuello apenas cedían a los pulgares de la joven, ni siquiera cuando apoyaba en ellos todo el peso de sus hombros. Cuando hubiese terminado, estaría empapada en sudor y tan agotada que se dejaría caer en la piscina antes de tumbarse a la sombra a dormir hasta que el coche viniese a recogerla. Pero eso no era lo que más le preocupaba mientras sus manos bregaban instintivamente con la espalda de aquel tipo, sino el pavor involuntario ante el mejor cuerpo que había visto jamás.

Pavor que no se reflejaba en el rostro inexpresivo e impasible de la masajista, ni en sus ojos negros y rasgados —vacíos como un vertido de petróleo— bajo el flequillo de cabello bruno, grueso y corto. Pero el animal de su interior gimoteaba y se estremecía y, si se le hubiese ocurrido tomarse el pulso, habría reparado en lo rápido que le latía el corazón.

Una vez más, como con tanta frecuencia en los últimos dos años, se preguntó por qué odiaba aquel cuerpo espléndido y de nuevo intentó vagamente analizar su repulsión. Quizá entonces se deshiciese de unos sentimientos que sabía con certeza y culpabilidad que eran mucho menos profesionales que el deseo sexual que despertaban en ella algunos de sus pacientes.

Empezaría con lo más insignificante: el pelo. Se fijó en la cabeza redonda y algo pequeña que culminaba el fibroso cuello. Estaba cubierta de tupidos rizos de color dorado rojizo, que tendrían que haberle recordado al deleitoso cabello presente en todas las imágenes que había visto de esculturas clásicas. Sin embargo, no sabía por qué, los rizos se le antojaban demasiado tupidos, demasiado compactos, demasiado adheridos al cráneo. Le daban dentera, como las uñas al arañar una moqueta. Los tirabuzones dorados continuaban por toda la nuca, casi —pensó en términos profesionales— hasta la quinta vértebra cervical, y allí terminaban bruscamente, formando una línea recta de minúsculo vello dorado y rígido.

La muchacha se detuvo por un instante para descansar las manos y se sentó en cuclillas. Su hermoso busto ya relucía por el sudor. Se enjugó la frente con el dorso del antebrazo y alargó la mano para alcanzar la botella de aceite. Vertió el equivalente a una cucharada sobre la pequeña meseta hirsuta que formaba la base de la columna vertebral, se desentumeció los dedos y volvió a encorvarse.

El vestigio de cola dorada sobre la hendidura de las nalgas habría sido excitante y vistoso en cualquier amante, pero en aquel individuo era, no sabía por qué, bestial. Mejor dicho, reptiliano, aunque las serpientes no tuviesen pelo. Pero no podía evitarlo: a ella se le asemejaba a un reptil. Desplazó las manos a los dos montículos que formaban los músculos de los glúteos. Había llegado el momento en que muchos de sus pacientes, en especial los más jóvenes del equipo de fútbol, comenzaban a bromear. Luego, si no tomaba las precauciones necesarias, llegaban las proposiciones. A veces las acallaba clavando los dedos en el nervio ciático; otras, en especial si el hombre le resultaba atractivo, sobrevendrían un debate entre risas, un breve combate de lucha libre y una rendición rápida y deliciosa.

Pero con aquel tipo era diferente, asombrosamente diferente. Por primera vez se encontraba ante un pedazo de carne inanimada. En dos años jamás le había dirigido la palabra. Cuando había terminado con la espalda y llegaba el momento de que el paciente se diese la vuelta, ni sus ojos ni su cuerpo mostraban en ningún instante el mínimo interés en ella. Cuando le posaba la mano en el hombro, simplemente se volteaba y fijaba la vista en el cielo con los ojos entrecerrados y, de cuando en cuando, dejaba escapar, entre temblores, un largo bostezo: su único indicio de reacción humana.

La muchacha cambió de postura y fue trabajando lentamente la pierna derecha en sentido descendente, hacia el tendón de Aquiles. Al llegar a él, volvió a contemplar aquel cuerpo perfecto. ¿Acaso su rechazo era solo físico? ¿Era por el color rojizo del bronceado en la piel por naturaleza blanca como la leche, como carne asada? ¿O acaso se debía a la propia textura de la piel: los poros hondos y dispersos en la superficie satinada? ¿La densidad de pecas naranjas en los hombros? ¿O quizá su sexualidad? ¿La indiferencia de los protuberantes músculos, esplendorosos e insolentes? ¿O puede que se tratase de algo espiritual: un instinto animal que le revelaba que dentro de aquel cuerpo maravilloso se escondía alguien malvado?

La masajista se puso en pie y fue girando lentamente la cabeza de lado a lado, flexionando mientras tanto los hombros. Estiró los brazos hacia los laterales y luego hacia arriba, y allí los aguantó por un instante para que de ellos bajase la sangre. Se acercó hasta su saco y extrajo una toallita con la que se enjugó el sudor de rostro y cuerpo.

Cuando se volvió hacia su cliente, este ya se había girado y yacía con la cabeza apoyada sobre la palma de la mano y la mirada perdida en el cielo. Tenía el otro brazo extendido sobre la hierba, esperándola. La joven se aproximó y se arrodilló en la hierba junto a él. Se impregnó las palmas de las manos de aceite, prendió la mano inerte y medio abierta y comenzó a masajear los dedos cortos y gruesos.

La muchacha miró de reojo, nerviosa, el rostro bronceado rojizo coronado por los prietos rizos dorados. A primera vista no estaba mal: era atractivo, con cierto aire a aprendiz de carnicero, de prominentes mejillas sonrosadas, nariz respingona y mentón redondeado. Pero, visto desde cerca, se advertía algo cruel en los labios finos y fruncidos, los amplios orificios de la nariz respingona se asemejaban a los de un cerdo y la blancura que empañaba los ojos de color azul muy pálido se extendía por todo el rostro y lo hacía parecer asfixiado, como recién salido del depósito de cadáveres. Parecía, pensó ella, como si hubiesen tomado una muñeca de porcelana y le hubiesen pintado la cara con el fin de aterrorizar.

La masajista continuó por el brazo hasta llegar al inmenso bíceps. ¿Cómo había conseguido aquel tipo unos músculos tan fantásticos? ¿Acaso era boxeador? ¿A qué se dedicaba con un cuerpo tan formidable? Circulaban rumores de que aquella casa pertenecía a la policía. Era evidente que los dos mayordomos eran guardias de alguna índole, aunque también cocinasen y se encargasen de las tareas del hogar. Todos los meses, el millonario desaparecía durante varios días y la masajista no tenía que acudir a su casa. Y, de vez en cuando, su descanso duraba una semana o dos, o incluso un mes. En una ocasión, después de una de sus ausencias, regresó con el cuello y la parte superior del tronco cubiertos de cardenales. Otra vez, pudo advertir bajo un palmo de escayola que le rodeaba la caja torácica, a la altura del corazón, la esquina rojiza de una herida a medio curar. Nunca se había atrevido a preguntar por él ni en el hospital ni en la ciudad. Cuando le asignaron aquella casa por primera vez, uno de los mayordomos le comentó que, si revelaba lo que allí vería, terminaría en la cárcel. En el hospital, el comisario de policía, que nunca antes había reconocido la existencia de la joven, la había mandado llamar y la había advertido de lo mismo: que iría a la cárcel. Los recios dedos de la muchacha excavaron nerviosos en el enorme deltoides, en el vértice del hombro. Siempre supo que era cuestión de seguridad nacional. Quizá fuese eso lo que le repugnaba de aquel espléndido cuerpo; o quizá solo fuese el temor a la organización que lo custodiaba. Cerró los ojos con fuerza al pensar en quién podría ser, en qué podría ordenar que le hiciesen. Pero se apresuró a volver a abrirlos; quizá se hubiese dado cuenta. Sin embargo, tenía la vista perdida en el cielo.

Era el turno de la cara y alargó la mano para alcanzar la botella de aceite.

La joven apenas había presionado con los pulgares las cuencas de sus ojos cerrados cuando sonó el teléfono de la residencia, que también se oyó, impaciente, en el tranquilo jardín. El hombre se incorporó sobre una rodilla de inmediato, como el corredor que espera al disparo. Pero no echó a correr. El teléfono dejó de sonar y se oyó el murmullo de una voz. La muchacha no fue capaz de percibir lo que decía, pero parecía humilde, como tomando nota de instrucciones. Cuando la voz terminó de hablar, uno de los mayordomos se asomó brevemente tras la puerta, citó al millonario con un ademán y regresó al edificio. A mitad del gesto del empleado, el hombre desnudo ya corría en dirección a la casa. La joven contempló cómo la espalda tostada franqueaba la puerta de cristal abierta a la velocidad del rayo. Sería mejor que, cuando regresase al jardín, no la viese sin hacer nada; podría haber estado escuchando. Así que se puso en pie, avanzó dos pasos hasta el borde de la piscina y se sumergió en el agua con elegancia.

Aunque habría justificado su instinto sobre el tipo cuyo cuerpo masajeaba, ayudaba a la serenidad de la muchacha no saber quién era.

Su nombre real era Donovan Grant, o Red Grant. Pero, durante los pasados diez años, había sido Krasno Granitski, con el nombre en clave de Granit.

Era el verdugo jefe del SMERSH, la maquinaria asesina del MGB, y en aquel instante recibía instrucciones por la línea directa con el MGB, en Moscú.

2. El matarife

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El matarife

Grant devolvió el teléfono con delicadeza a su soporte y permaneció sentado con la vista clavada en él.

El guardia de cabeza apepinada situado a su lado le dijo:

—Será mejor que te pongas en marcha.

—¿Te han comentado de qué va el encargo? —Grant hablaba un ruso excelente, aunque con fuerte acento. Podría haber pasado por ciudadano de cualquiera de las provincias bálticas soviéticas. Su voz era tan aguda y monótona como si estuviese recitando un aburrido fragmento de un libro.

—No, solo que te necesitan en Moscú. El avión está ya de camino y llegará dentro de una hora. Media hora para repostar y luego tres o cuatro horas, según si te bajas en Járkov. Llegarás a Moscú sobre medianoche. Deberías empezar a preparar el equipaje. Yo me encargo de llamar al coche.

Grant se puso en pie, nervioso.

—Sí, tienes razón. Pero ¿ni siquiera han comentado si es una operación? Siempre está bien saberlo. Era una línea segura. Podrían haber dado alguna pista, como suelen hacer.

—Pues esta vez no.

Grant franqueó a paso lento la puerta de cristal hasta el césped. Si se percató de la presencia de la joven, sentada en el bordillo más alejado de la piscina, no dio muestras de ello. Se agachó, recogió el libro y los trofeos dorados de su profesión, regresó a la casa y subió las pocas escaleras que conducían a su dormitorio.

La habitación era lúgubre y su único mobiliario era una cama de armazón de hierro —de uno de cuyos lados caían al suelo las sábanas arrugadas—, una silla de mimbre, un ropero sin pintar y un lavamanos barato con palangana de hojalata. El suelo estaba cubierto de revistas inglesas y estadounidenses, y junto a la pared bajo la ventana se apilaban novelas policiacas de bolsillo y tapa dura con portada en colores estridentes.

Grant se agachó y sacó de debajo de la cama una magullada maleta de fibra italiana. Guardó en ella una selección de prendas baratas, respetables y bien lavadas y planchadas que tomó del ropero. Luego se aseó apresuradamente con agua fría y jabón —cómo no, con perfume de rosas— y se secó con una de las sábanas de la cama.

Se oyó el ruido de un vehículo en el exterior. Grant se apresuró a vestirse con un atuendo tan monótono y anodino como los que formaban parte de su equipaje, se puso el reloj de pulsera, se guardó en los bolsillos el resto de efectos personales, aferró la maleta y se dispuso a bajar las escaleras.

La puerta principal estaba abierta y observó cómo sus dos guardias charlaban con el chófer de una maltrecha berlina ZIS. «Serán idiotas… —Seguía pensando sobre todo en inglés—. Seguramente le estén indicando que se asegure de que me suba al avión. No conciben que un extranjero esté dispuesto a vivir en su maldito país». Los ojos fríos miraron con desdén cómo Grant dejaba la maleta en el umbral y rebuscaba entre el sinfín de abrigos que pendían de ganchos en la puerta de la cocina. Encontró su «uniforme» —el chubasquero gris apagado y la gorra de paño negro de los funcionarios soviéticos—, se atavió con ellos, tomó la maleta y salió del edificio. Entonces se subió al coche al lado del conductor, vestido con ropa de calle, no sin antes apartar a un lado a uno de los guardias de un empujón.

Los dos individuos permanecieron inmóviles en segundo plano, sin decir nada, pero contemplándolo con dureza. El chófer levantó el pie del embrague y el coche, con la marcha ya metida, aceleró con premura por el polvoriento camino.

La casa estaba ubicada en la costa sureste de Crimea, a mitad de camino entre Feodosiya y Yalta. Se trataba de una de las muchas dachas —o residencias vacacionales— oficiales situadas en el tramo predilecto de costa montañosa perteneciente a la Riviera rusa. Red Grant era consciente del inmenso privilegio que suponía alojarse allí en lugar de en una inhóspita casa de campo a las afueras de Moscú. Mientras el vehículo se adentraba en las montañas, pensó que sin duda lo trataban lo mejor que sabían, a pesar de las dos caras de su preocupación por su bienestar.

Tardaron una hora en recorrer los sesenta y cinco kilómetros que los separaban del aeropuerto de Simferopol. No había ningún otro coche en la carretera y los escasos carros de los viñedos no tardaban en estacionar en la cuneta en cuanto hacían sonar el claxon. Como en toda Rusia, los únicos coches eran los de los funcionarios: señal inequívoca de peligro.

La ruta transcurría entre campos de rosas alternados con viñedos y rosales que bordeaban la carretera, y, en las inmediaciones del aeropuerto, un inmenso parterre con variedades rojas y blancas formaba una estrella roja sobre un fondo blanco. Grant estaba hastiado de ellas y anhelaba el momento en que llegase a Moscú para alejarse de su dulce hedor.

El vehículo dejó atrás el acceso al aeropuerto civil y continuó junto a un elevado muro de más de un kilómetro hasta el área militar del aeródromo. En la entrada de una gigantesca alambrada, el chófer enseñó su pase a dos centinelas con ametralladora y el coche la franqueó para continuar por la pista de despegue. Allí había varios aviones detenidos, enormes aeronaves de transporte militar camufladas, pequeños entrenadores de dos motores y dos helicópteros de la marina. El conductor detuvo el vehículo para preguntarle a un hombre con mono por el avión de Grant. Justo en aquel instante, se oyó un tañido metálico procedente de la atenta torre de control y un altavoz vociferó:

—A la izquierda. Al fondo a la izquierda. Matrícula V-BO.

El chófer, obediente, atravesaba la pista de despegue cuando la voz de hierro volvió a ladrar:

—¡Alto!

Cuando el conductor frenó en seco, se oyó un alarido ensordecedor por encima de ellos. Los dos individuos se agacharon instintivamente cuando una escuadrilla de cuatro MIG 17 surgió de detrás del sol del atardecer y voló al ras del suelo, con los pequeños frenos preparados para el aterrizaje. Los aviones se posaron en la interminable pista uno tras otro y de sus neumáticos borbotaron bocanadas de humo azul. Luego, con los motores aún aullando, rodaron por la pista hasta la lejana frontera y se dieron la vuelta para regresar a la torre de control y los hangares.

—¡Proceda!

Cien metros después llegaron a un avión identificado como V-BO, un Ilyushin 12 bimotor. De la puerta de la cabina partía una pequeña escalera de aluminio y junto a ella se detuvo el vehículo. En la compuerta apareció un integrante de la tripulación, que bajó por la escalera, examinó minuciosamente el permiso del chófer y los documentos de identidad de su acompañante y, a continuación, despidió al conductor e indicó con un gesto a Grant que subiese la escalera tras él. No se ofreció a ayudarlo con el equipaje, pero no hizo falta: Grant cargó con la maleta como si no pesase más que un libro. El miembro de la tripulación plegó la escalera una vez que ambos hubieron subido, cerró de golpe la amplia compuerta y se dirigió a la cabina.

En el avión había veinte asientos entre los que escoger. Grant se acomodó en el más próximo a la salida y se abrochó el cinturón de seguridad. A través de la puerta de la cabina de mando se oyó la breve y chisporroteante conversación con la torre de control, los dos motores se pusieron en marcha con un gemido y un carraspeo y el avión se dio la vuelta a la velocidad de un automóvil, rodó hasta el inicio de la pista norte-sur y, sin más preliminares, la recorrió como un rayo y se elevó hacia los cielos.

Grant se desabrochó el cinturón de seguridad, se encendió un cigarrillo Troika con filtro dorado y se relajó para reflexionar cómodamente sobre el pasado de su profesión y sobre el futuro inmediato.

Donovan Grant era el resultado de la unión a medianoche entre un levantador de pesas profesional alemán y una camarera del sur de Irlanda, cuyo vínculo duró un cuarto de hora sobre la hierba mojada detrás de la carpa de un circo de las afueras de Belfast. Después, el padre obsequió a la madre con media corona y ella regresó feliz a la cama, en la cocina de una cafetería cerca de la estación de tren. Cuando supo que estaba embarazada, se mudó con su tía al pequeño pueblo de Aughmacloy, situado justo sobre la frontera, y allí, seis meses más tarde, falleció de fiebre puerperal poco después de haber dado a luz a un bebé de dos kilos y setecientos gramos. Antes de morir, pidió que el niño se llamase Donovan —el levantador de pesas se hacía llamar El Gran O’Donovan—, de apellido Grant —el suyo propio.

La tía fue quien, a disgusto, crio al niño, que creció fuerte y sano, aunque siempre fue muy tímido. No tenía amigos; se negaba a comunicarse con los demás muchachos y, si quería algo de ellos, lo conseguía a puñetazos. En el colegio lo temían y sentían aversión por él, pero se hizo un nombre como boxeador y luchador en las ferias locales, en las que la furia sedienta de sangre de sus ataques, combinada con su astucia, le otorgaba la victoria frente a chicos mucho mayores y fuertes que él.

Gracias a las peleas supieron de él los integrantes del Sinn Féin que transitaban por Aughmacloy durante sus idas y venidas con el norte, así como los contrabandistas de la zona, para quienes el pueblo tenía el mismo fin. Cuando dejó los estudios, comenzó a trabajar como matón para ambos grupos. Le pagaban bien por su labor, pero lo veían lo menos posible.

Fue en aquella época cuando su cuerpo comenzó a notar compulsiones extrañas y violentas las noches de luna llena. Cuando en octubre de su decimosexto año de vida notó por vez primera «las sensaciones», como él las llamaba para sí, salió a la calle y estranguló a un gato, lo que le hizo sentirse mejor durante un mes entero. En noviembre fue un enorme perro pastor y por Navidad le rajó el cuello a una vaca, en el cobertizo de un vecino a medianoche. Todas aquellas acciones le hacían sentirse bien. Era consciente de que pronto el pueblo comenzaría a preguntarse por las misteriosas muertes, así que se compró una bicicleta y una noche de cada mes partía hacia la campiña. A menudo había de alejarse enormemente para encontrar lo que buscaba y, después de dos meses conformándose con ocas y gallinas, corrió el riesgo de sajarle la garganta a un mendigo mientras dormía.

Había tan poca gente por las calles de noche que comenzó a partir antes para llegar aún más lejos con su bicicleta y arribar a aldeas remotas al anochecer, cuando los habitantes regresaban a sus hogares después de labrar el campo y las muchachas salían al encuentro de sus pretendientes.

Cuando mató a la primera joven no abusó de ella. Había oído hablar de actos así, pero se escapaban a su comprensión. Lo único que le hacía sentirse mejor era la maravillosa acción del asesinato, nada más.

Se acercaba su decimoséptimo cumpleaños y comenzaron a propagarse los rumores por todo Fermanagh, Tyrone y Armagh. Cuando mataron a una mujer a plena luz del día, estrangulada y tirada de cualquier manera en un almiar, los rumores se tornaron en pánico. En los pueblos se formaron grupos de vigilancia, enviaron refuerzos policiales con perros y las historias del «asesino de la luna» atrajeron a la zona a reporteros. En varias ocasiones dieron el alto e interrogaron a Grant mientras iba en su bicicleta, pero gozaba de una fuerte protección en Aughmacloy y todos confirmaban su coartada de que debía entrenar para mantenerse en forma para sus combates de boxeo, pues era el orgullo del pueblo y participaba en el campeonato de pesos semipesados del norte de Irlanda.

Antes de que fuese demasiado tarde su instinto lo salvó de que lo descubriesen y se marchó de Aughmacloy para mudarse a Belfast, donde se puso en manos de un promotor de boxeo fracasado que quiso convertirlo en profesional. La disciplina del sórdido gimnasio era muy estricta. Era casi como una cárcel, así que, cuando volvió a hervirle la sangre en las venas a Grant por primera vez, no pudo sino dejar medio muerto a uno de sus compañeros de entrenamiento. Después de que hubiesen de apartarlo de un contendiente hasta en dos ocasiones, solo su victoria en el campeonato impidió que el promotor se deshiciese de él.

Grant ganó el campeonato en 1945, en su decimoctavo cumpleaños. Entonces se incorporó al servicio militar, en el que ejerció de conductor del Real Cuerpo de Comunicaciones. El periodo de formación en Inglaterra lo convirtió en un hombre más formal, o al menos más precavido cuando le sobrevenían las «sensaciones». En aquella época, cuando había luna llena, se daba a la bebida. Se llevaba una botella de whisky al bosque que rodeaba Aldershot y se la bebía mientras analizaba sus sensaciones, con frialdad, hasta que acaecía la inconsciencia. Luego, a primera hora de la mañana, regresaba tambaleándose al campamento, no del todo satisfecho, pero al menos sin entrañar peligro. Si lo descubría un centinela, el único castigo era un día encerrado en el cuartel, puesto que su superior no deseaba disgustarlo de cara a los campeonatos del Ejército.

Sin embargo, durante los problemas en el corredor con los rusos, enviaron con urgencia a la sección de transporte de Grant a Berlín y se perdió los campeonatos. En Alemania le fascinaba el constante aroma a peligro, que agudizaba su astucia y su cautela. Seguía emborrachándose con cada luna llena, pero el resto del tiempo lo invertía en observar y conspirar. Le agradaba lo que sabía de los rusos, de su brutalidad y su despreocupación por la vida humana, así que decidió cambiarse a su bando. Pero ¿cómo? ¿Con qué podría agasajarlos? ¿Qué podrían desear?

Fue durante los campeonatos del Ejército británico del Rin cuando al fin se decidió. Casualmente se celebraron una noche de luna llena. Grant, que peleaba en representación del Real Cuerpo, recibió una advertencia por agarrar y por golpe bajo y fue descalificado en el tercer asalto por repetidas infracciones. El estadio al completo lo abucheó mientras abandonaba el cuadrilátero —la mayor demostración procedía de su propio regimiento— y a la mañana siguiente su superior lo mandó llamar y le dijo con frialdad que era una vergüenza para el Real Cuerpo y que lo enviarían a casa con el próximo destacamento. Sus compañeros conductores lo llevaron a Coventry y, puesto que nadie deseaba compartir transporte con él, lo trasladaron al codiciado servicio de mensajería en motocicleta.

El traslado no podría haber convenido más a Grant. Aguardó unos cuantos días hasta que una noche, una vez recogido el correo saliente del día del cuartel de inteligencia militar de Reichskanzlerplatz, se dirigió al sector ruso, esperó con el motor en marcha a que se abriese la puerta de control británica para dejar paso a un taxi y la franqueó a más de sesenta antes de que se cerrase, hasta detenerse con un derrape junto al fortín de hormigón del puesto fronterizo ruso.

Lo arrastraron bruscamente hasta la sala de guardia, donde un oficial de semblante impasible sentado ante un escritorio le preguntó por sus intenciones.

—Quiero hablar con el servicio secreto ruso —contestó Grant con voz inexpresiva—. Con el jefe.

El oficial lo miró fijamente y con frialdad. Dijo algo en ruso y los soldados que lo habían llevado ante él se dispusieron a sacarlo a rastras de la estancia, pero Grant se deshizo de ellos con facilidad. Entonces uno de los guardias lo apuntó con la ametralladora.

Grant anunció en un tono paciente y claro:

—Dispongo de numerosos documentos secretos. Afuera, en las bolsas de cuero que llevo en la motocicleta. —Le sobrevino una idea genial—. Se meterán en graves problemas si no los recibe su servicio secreto.

El oficial habló con los soldados, que dieron un paso atrás.

—No tenemos servicio secreto —contestó en un inglés forzado—. Siéntese y rellene este formulario.

Grant se sentó ante el escritorio y cumplimentó un extenso impreso en el que se formulaban preguntas destinadas a todo aquel que desease visitar el sector oriental: nombre, dirección, carácter de la empresa, etcétera. Mientras tanto, el oficial hablaba con parquedad y en voz baja por teléfono.

Cuando Grant hubo finalizado, habían entrado en la sala dos soldados más: suboficiales con gorra de campaña de color verde grisáceo e insignias verdes que indicaban su rango en el uniforme caqui. El oficial de la frontera entregó el formulario, sin mirarlo, a uno de ellos; luego, los dos militares encerraron con llave a Grant y su motocicleta en la parte trasera de una furgoneta. Después de un rápido trayecto de un cuarto de hora de duración, el vehículo se detuvo y, cuando Grant se bajó de este, se vio en el patio de un edificio grande y moderno. Lo escoltaron al interior, se subieron a un ascensor y lo dejaron a solas en una celda sin ventanas que no contenía más que un banco de hierro. Pasada una hora, durante la cual, supuso, estarían examinando los documentos secretos, lo llevaron a un cómodo despacho ante cuyo escritorio estaba sentado un oficial con tres filas de condecoraciones y el cuello dorado de los coroneles.

En la mesa no había más que un jarrón de rosas.

Diez años después, Grant, mientras contemplaba por la ventana del avión la extensa aglomeración de luces a veinte mil pies de él, que imaginó que sería Járkov, esbozó una sonrisa triste al verse reflejado en la ventana de plexiglás.

Rosas. Desde aquel momento su vida no había sido más que un ramo de rosas. Rosas, siempre rosas.

3. Estudios de posgrado

3

Estudios de posgrado

—¿Y dice que le gustaría trabajar en la Unión Soviética, señor Grant?

Había transcurrido media hora y al coronel del MGB le aburría la entrevista; pensaba que ya había extraído de aquel soldado británico, bastante desagradable, todo detalle militar que pudiese resultarle de interés. Unas cuantas frases educadas para corresponderle por el abundante botín de secretos que les había brindado su saco de mensajero y entonces podrían enviarlo a los calabozos para que, a su debido tiempo, lo despachasen a Vorkuta o a cualquier otro campo de trabajo.

—Sí, me gustaría trabajar para ustedes.

—¿Y cuál sería su tarea, señor Grant? Ya contamos con numerosa man

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