I
La sanción
—¿Dónde está nuestro oro? —gruñe el rey de las Tinieblas.
Su voz cavernosa se filtra a través de sus labios inmóviles, de la máscara dorada que ha ocultado su cara al mundo durante trescientos años. El trono donde está majestuosamente sentado también es de oro macizo; del suelo al techo, los revestimientos del salón de Apolo están adornados con pan de oro; en la sala hay suficiente metal precioso para fundir las coronas de cien soberanos. Pero, aun así, no es suficiente para satisfacer al ogro real, cuyas ansias de riqueza y sangre no conocen límites.
—¿Dónde está nuestro oro? —repite bajando el tono.
A los pies de los escalones cubiertos de terciopelo que conducen al trono hay apostadas varias figuras con el cuello inclinado. La primera fila está ocupada por tres nobles vampyros, reconocibles por su tez cetrina y sus tacones rojos; tras ellos aparecen seis mortales aristocráticos con la cara llena de cicatrices. Uno de ellos se apoya en unas muletas y otro lleva el brazo colgado de un grueso vendaje que le cruza el pecho.
Eso es todo lo que queda de la flota francesa de las Américas, que en el pasado estaba integrada por treinta barcos: una docena de oficiales lamentables y un puñado de marineros supervivientes ingresados en los hospicios de Versalles.
—El enemigo nos sorprendió, majestad —balbucea el más robusto de los inmortales, un larguirucho con la espalda encorvada por la vergüenza y la cara arrugada entre los rizos de su voluminosa cabellera castaña—. Luchamos lo mejor que pudimos, pero nos vencieron.
—Esas jeremiadas no responden a nuestra pregunta, Marigny —lo interrumpe el vampyro supremo con su tono metálico y sobrehumano, tan cortante como el filo de un hacha—.
¿De verdad quiere que la repitamos por tercera vez?
Un estremecimiento sacude las filas de cortesanos que abarrotan el salón del trono. Esa noche, la del 19 de marzo del año 300 de las Tinieblas, debería haber mostrado el esplendor de Francia. Desde hacía meses, en los pasillos de Versalles se murmuraba que la flotilla de las Américas iba a traer el más fabuloso cargamento de oro que jamás se había obtenido en las colonias del otro lado del Atlántico. El fruto de varios años de extracciones en las minas de México y Brasil, el tributo al Inmutable de los virreinatos de España y Portugal. Imaginando una recepción fastuosa, muchas cortesanas habían prendido en sus moños unos postizos en forma de galeones, tan altos que apenas podían cruzar las puertas.
Pero hoy el almirante Marigny se ha presentado con las manos vacías ante el rey, su corte y sus escuderos. Yo, Diane de Gastefriche, pertenezco a esa tropa de élite, la guardia personal de Luis el Inmutable. De pie bajo la escalinata, con mis cinco compañeros, presencio desde primera fila la humillación a la que el monarca está sometiendo a los supervivientes.
—No, señor, no se moleste en repetir su pregunta —contesta servilmente el almirante Marigny—. Se lo explicaré todo —añade aclarándose la garganta—. Como estaba previsto, la flotilla bordeó por el norte las islas Lucayas, manteniendo a raya con sus cañones a los bucaneros que han infestado la zona como alimañas durante siglos. Pero justo allí, en medio del mar de las Bermudas, se desencadenó una terrible tormenta sobre nosotros, preludio de un peligro aún mayor: un número inaudito de piratas. De las nubes emergieron legiones de bucaneros, ¡como si el huracán los hubiera vomitado! Su oro… está…, bueno…, en manos de su jefe. El capitán Pálido Febo: ese demonio con cara de joven se hace llamar así. Se dice que nació en algún lugar de la costa este americana antes de convertirse en el peor terror del océano en apenas unos años. De las Antillas Menores a Cabo Cod, hasta los filibusteros más feroces pronuncian su nombre con un hilo de voz, dado que saquea tanto a los barcos mercantes como a los de otros piratas.
Un silencio plúmbeo subraya las palabras del almirante. Los cortesanos mortales contienen el aliento. En cuanto a los inmortales, hace tiempo que dejaron de respirar. Solo se oye el reloj del salón del trono, el lúgubre tictac a cuyo ritmo tiemblan las llamas de las velas de las arañas. Su trémulo resplandor se refleja en la superficie de la máscara de oro del rey.
—Nuestro oro está en manos de este forajido —resume con voz apagada—. Mientras que usted, Marigny, está aquí con su gente.
—¡Perdí a la gran mayoría de mis tropas en la batalla, señor! —protesta el almirante—. Yo mismo estuve a punto de morir, ¡pongo a las Tinieblas por testigo!
Tocado en su orgullo, alza bruscamente la cabeza para afrontar los dos orificios negros e insondables que son los ojos del soberano. Veo que enseguida se muerde el labio pinchando con la punta de sus caninos la carne pálida de su boca. ¡El muy descarado se ha atrevido a alzar la voz al monarca!
El Inmutable se levanta del trono con parsimonia. Las solapas de su largo manto blanco de piel de armiño, adornado de pequeños murciélagos de oro, resbalan por los escalones.
—¡Usted también debería haberse quedado en las Bermudas! —reprocha al almirante.
Abandonando su tono apacible, deja estallar su rabia jupiterina. Con su ira, la temperatura de la sala, ya helada por la presencia del soberano, baja varios grados más.
—¡Debería haber defendido nuestra propiedad hasta la última muerte! —ruge.
Las lágrimas de las arañas chocan furiosamente entre ellas y los ventanales vibran en el centro de sus recargados marcos.
—Ese Febo es una desgracia para nosotros —refunfuña el rey—. Tiene el atrevimiento de atribuirse uno de los nombres con que en la Antigüedad llamaban a Apolo, el dios solar, al cual solo nosotros nos igualamos aquí abajo.
Recuerdo las clases de arte de la conversación de la época de la Gran Caballeriza. Apolo, Sol, Helios, Febo: la señora de Chantilly nos enseñó muchos sinónimos para designar al dios fetiche del Inmutable.
—¡Ese forajido jamás podrá competir con su brillo resplandeciente, señor! —exclama el almirante, con una obsequiosidad empalagosa—. Dicen que es tan pálido como una estrella muerta, de ahí su apodo…
—¡Ahórrenos lo que se dice por ahí y denos un testimonio de primera mano!
—Bueno…, atacó justo a mediodía, yo estaba adormilado —confiesa Marigny en voz baja—. A mis hombres solo les dio tiempo a cargar mi sarcófago en una barca de salvamento en el momento del abordaje. Huir de los rayos del día es nuestra condena, la de los no-muertos.
—Usted no es un no-muerto, sino más bien un peso muerto. Un inútil que únicamente sirve para lastrar un cajón con su cuerpo, demasiado bien alimentado con la sangre de nuestros súbditos.
—Yo…, señor…, jamás le he decepcionado en los ciento cincuenta años que estoy a su servicio.
—Que «estaba» a nuestro servicio —lo corrige el rey.
Alza su mano pálida de uñas largas y afiladas, una mano poderosa que, desde hace tres siglos, levanta legiones y aplasta imperios. Como autómatas, los guardias suizos que están apostados alrededor de la sala desenvainan sus espadas y avanzan hacia los supervivientes.
—Queremos un castigo ejemplar —dice el rey desde lo alto de su estrado—. Mañana, en la noche del 20 al 21 de marzo, la fiesta del equinoccio de primavera, liberaremos a los mortales que han sobrevivido en nuestros jardines para animar la cacería galante de la velada y entregaremos a los vampyros a los rayos del alba para que ardan hasta los huesos.
Unos murmullos de excitación recorren las filas de los cortesanos. Los nobles menores se regocijan por la próxima desaparición de varios señores de la noche, que dejará libres varias plazas del numerus clausus que regula el acceso a la condición de vampyro, aumentando de esta forma sus posibilidades de acceder a la vida eterna. Los grandes del reino, que fueron transmutados hace mucho tiempo, se relamen ante la perspectiva del festín que los aguarda.
—Es… es injusto —balbucea Marigny.
El almirante mira frenéticamente por entre los rizos de su cabellera, como una bestia acosada que presiente el grito final de victoria de sus perseguidores. De repente, sus pupilas se retraen, su mandíbula se distiende, los caninos que ha tratado de mantener retraídos salen bruscamente de la vaina de sus encías. Se precipita hacia la puerta más próxima emitiendo un grito ronco. Antes de que el guardia suizo que se interpone en su camino pueda alzar la espada, el almirante le desgarra el cuello con sus afiladas uñas. Los otros dos vampyros se apresuran a seguir a su jefe. Los oficiales mortales intentan correr hacia el pasillo, pero los desafortunados no tienen la velocidad sobrenatural de sus superiores: solo tres de ellos consiguen escapar antes de que los guardias suizos los intercepten.
—¡Escuderos, apresad y traednos a esos desgraciados! —nos ordena el rey.
A mi alrededor, las siluetas de mis compañeros centellean como relámpagos; en las venas de cada uno de ellos fluye un sorbo de la sangre del Inmutable, que multiplica por diez su fuerza. Por una razón que se me escapa, soy la única en la que la esencia real no ha desarrollado tales reflejos, de manera que cruzo el umbral en último lugar. Me precipito por el oscuro pasillo con el estómago revuelto. El ritmo frenético de la carrera no es lo único que me produce náuseas, también el hecho de tener que perseguir a otros seres humanos como si fueran piezas de caza para complacer al Inmutable. Sea como fuere, no me queda más remedio que hacerlo, porque debo brillar ante sus ojos. Además de compañeros, los demás escuderos son mis adversarios, pues todos desean ganarse el favor real. Igual que yo, porque cuanto más parezca que me desvivo por el tirano, mejor podré ayudar en secreto a la Fronda del Pueblo, que ha jurado derrocarlo. Esa es la dura misión que llevo anclada en mi cuerpo, yo, que nunca olvidaré mi verdadero nombre: ¡Jeanne Froidelac, la única superviviente de una familia de fronderos asesinada por los soldados reales!
Redoblo el esfuerzo para dar alcance a los supuestos compañeros, que ignoran por completo mi verdadera identidad.
Proserpina Castlecliff, la escudera morena originaria de Inglaterra, ha acorralado a uno de los oficiales mortales en un rincón. Un poco más allá, el apuesto Zacharie de Grand-Domaine también tiene inmovilizado a un hombre, que tiembla ante la punta de su espada. El tercer mortal ha sido atrapado por Rafael de Montesueño, el oscuro caballero español que lleva las uñas pintadas de negro.
Quedan los tres vampyros que también huyeron…
Con la respiración entrecortada, atravieso una puerta tras otra. Cruzo pasillos desiertos, al fondo de los cuales se oye el eco de las botas de Suraj de Jaipur y de Hélénaïs de Plumigny.
El más fuerte y la más rápida de los escuderos.
Voy a parar a un salón donde nunca me he aventurado a entrar desde que estoy en Versalles. ¡El escudero indio está allí no con uno, sino con dos vampyros a sus pies! Su daga hadalie de doble hoja, fabricada con plata muerta, ha rebanado las corvas de los fugitivos, que se retuercen y hacen muecas en el suelo encerado. Además de que la plata muerta es una aleación altamente venenosa para las criaturas de la noche, Suraj es uno de los guerreros más feroces.
—Yo me ocuparé de estos dos, pero Marigny aún sigue suelto —murmura lanzándome una mirada penetrante por debajo del borde de su turbante de color ocre—. ¡Ve a reunirte con Hélénaïs, que lo está persiguiendo!
Desenvaino mi espada y echo a correr de nuevo por los pasillos y las antecámaras del palacio. Este no ha dejado de ampliarse a lo largo de los siglos para albergar a un número siempre creciente de cortesanos. Ciertas zonas apartadas aún están en construcción, como aquella en la que me encuentro: aquí no hay arañas ni candelabros, solo la luz de la luna, que se derrama a través de los ventanales de cristales helados.
—¡Cuidado, ratón gris, a tu derecha! —grita de repente una voz.
Giro sobre mis talones y levanto la espada para esquivar el golpe de Marigny, que se está dirigiendo hacia mí.
Pero en el pasillo en penumbra no hay nada: solo sombras y, al fondo de ellas, la esbelta figura de Hélénaïs.
—Mi pobre amiga, tus reflejos recuerdan más a los de un caracol que a los de un ratón —se burla.
Da un paso adelante y entra en un rayo de luna. La luz ilumina su excéntrico peinado compuesto de serpientes castañas, su delicada cara fruncida en una expresión socarrona y el guantelete con garras de plata muerta que lleva en la mano derecha: su arma predilecta.
—Si Marigny se hubiera abalanzado realmente sobre ti, habrías ido a comer raíces de diente de león.
—¿Dónde está? —pregunto sin humor para soportar las acres provocaciones, que son la especialidad de Hélénaïs—. Si unimos nuestras fuerzas, tendremos más posibilidades de atraparlo.
Una sonrisa se dibuja en los labios delicadamente plegados de la escudera.
—¿Tú y yo formando equipo como en los viejos tiempos? —susurra.
Asiento con la cabeza. Los viejos tiempos a los que se refiere Hélénaïs no son tan remotos: el pasado diciembre, hace tan solo tres meses, ella, Suraj y yo recorríamos a grandes zancadas las calles de París buscando a la Dama de los Milagros, la rival del Rey de las Tinieblas.
—¿Por qué no? —dice Hélénaïs señalando con la barbilla hacia las escaleras gemelas, con las barandillas parcialmente talladas, cuyos pálidos peldaños se hunden en la oscuridad—. Marigny bajó por ahí. Las escaleras conducen a un nuevo teatro, que aún está en construcción; enfila la de la derecha, yo bajaré por la izquierda: capturaremos a ese canalla formando una tenaza sobre él.
Se dirige hacia una de las escaleras. Bajo como una exhalación los peldaños de la segunda; mis tacones provocan ecos sepulcrales al pisar el frío mármol.
Abajo, la oscuridad es absoluta. Por si fuera poco, sé que, a diferencia de mí, que no puedo ver mucho, los ojos vampýricos del almirante sí que pueden distinguirme… ¡Rápido, el yesquero! Froto febrilmente la piedra hasta que una llama prende en la mecha y la transfiero a la vela más cercana, que arranco de su palmatoria. En el halo luminoso aparece una escena fantasmagórica: bancos de madera medio pulidos; molduras a medio pintar; bajorrelieves que representan la máscara sonriente de la comedia y la máscara con la mueca de la tragedia; al fondo, unas gruesas cortinas de terciopelo cuelgan en un escenario desierto. Un penetrante olor a betún se eleva del parqué nuevo, inflamándome las fosas nasales.
—¿Hélénaïs? —la llamo agarrando la vela con una mano y la espada con la otra.
No me responde. El teatro está completamente silencioso…, completamente vacío. ¿Y si esa ambiciosa me hubiera arrastrado hacia una falsa pista para deshacerse de mí y atribuirse la gloria de haber atrapado a Marigny? ¡Sería muy propio de ella! Es evidente que no está aquí y, con toda probabilidad, el almirante tampoco.
Pero, justo cuando estoy a punto de darme la vuelta, un temblor llama mi atención. ¡En el escenario se ha movido una de las cortinas! Me acerco a ella sigilosamente, con la espada tendida delante de mí. En mis largas cacerías solitarias en mi Auvernia natal, aprendí a volverme tan ligera como el aire, tan discreta como el viento.
Deslizo suavemente la punta de la espada bajo el dobladillo de la cortina… y la levanto de un solo golpe. Hay alguien escondido allí, agazapado tras el terciopelo, pero no es un inmortal: su boca trémula emana el vapor propio de un aliento vivo.
Reconozco a uno de los oficiales mortales, el que tiene el brazo derecho vendado y que antes estaba forcejeando con Rafael.
Debe de haber escapado del escudero español.
—¡Piedad! —me implora.
La peluca se le ha resbalado durante la huida dejando a la vista la frente perlada de sudor. Sus ojos giran en las órbitas, llenas de lágrimas de terror. A pesar de que puede ser un aristócrata a sueldo de la Magna Vampyria, su angustia me parte el corazón.
—¡Levántese y sígame, por orden del rey! —le digo.
Pero él permanece ovillado, aturdido.
—Yo… no quiero morir en una cacería galante —balbucea—. No merezco acabar así.
—Tampoco su tripulación merecía acabar masacrada por los piratas —replico tratando de imaginar a todos los plebeyos que han debido de morir en el mar de las Bermudas mientras un puñado de hombres ricos salvaban el pellejo—. Ustedes abandonaron a sus marineros para venir a refugiarse en Versalles.
El oficial frunce el ceño; por un momento, el honor se superpone al terror que se lee en sus ojos.
—¡Yo no los abandoné! —grita con voz ronca—. Los almirantes y los oficiales de rango más alto son unos cortesanos astutos que no tienen reparos en traicionar a sus compañeros. ¡Pero un lugarteniente digno de ese nombre permanece siempre unido a su tripulación, en la vida y en la muerte! ¡Yo, Étienne de Fabelle, combatí hasta el final! Mientras Marigny y los oficiales superiores huían en la tormenta, me quedé en la cubierta bañada de sangre y espuma; pero entonces las nubes se desgarraron, de repente, y lo vi igual que la estoy viendo a usted ahora…
A la luz de las velas, los ojos del teniente se abren como platos como si estuviera contemplando de nuevo el espectáculo que tanto lo impresionó.
—¿Qué vio? —le pregunto sin poderlo remediar, inquieta por un miedo que resulta tan palpable.
—El Urano.
El hombre es presa de un temblor incontrolable que hace resbalar las gotas de sudor por los mechones de su peluca. Sé que es sudor, pero en la oscuridad parece aguamarina.
—El Urano es el barco del capitán Pálido Febo —murmura—. Es una embarcación titánica, tan inmensa que sus lívidas velas devoran la totalidad del cielo. Es un barco-ciudadela demasiado monstruoso para haber salido de un astillero humano. La leyenda dice que fueron los propios abismos del océano los que vomitaron el Urano. Pues bien, de repente se me apareció, tan blanco como el esqueleto de una ballena, mientras la batalla se libraba en la cubierta de mi velero. Los acordes que salían de su gran órgano pálido eran más ensordecedores que el choque de las armas y el oleaje: ¡era la mismísima sinfonía del infierno! Fue entonces cuando lo vi, frente a los teclados del inmenso órgano, me refiero a Pálido Febo.
Los ojos del teniente Fabelle se abren un poco más.
—Era una figura alta, blanca, espectral… —explica en voz baja, como si la aparición estuviera ahora aquí, delante de él—.
Me tapé los oídos con las manos para dejar de oír su música, pero las vibraciones atravesaron mis palmas, penetraron hasta el fondo de mi pobre cerebro. Una espada se abatió sobre mi muñeca y perdí el conocimiento.
Levanta el brazo vendado. Me doy cuenta de que termina en un muñón, lo que confirma su versión de los hechos.
—Cuando volví en mí, flotaba sobre un pedazo de madera con dos cadáveres. Al cabo de unos días, un barco holandés me encontró y me trajo de nuevo a Versalles para que pudiera testimoniar sobre la debacle con mis superiores.
Siento flaquear mi determinación. ¿Y si este hombre no fuera tan malo? ¿Y si realmente hubiera luchado para proteger la vida de sus subordinados? ¿Y si…, y si hiciera como si no lo hubiera visto? Es indudable que tiene muy pocas posibilidades de escapar, pero no quiero ser yo la que se lo impida.
Sin decir una palabra, doy un paso atrás. El teniente ve cómo se aleja la punta de mi espada, después mi vela señalándole la escalera por la que he llegado. Una chispa de esperanza ilumina sus pupilas: ha comprendido que lo estoy dejando libre.
Se pone en pie de un salto, con los labios desbordantes de un confuso agradecimiento, y echa a correr hacia allí. En el teatro vacío resuenan las fuertes pisadas de sus botas mientras sube los escalones en una desquiciada carrera por la vida…
Que, de repente, se detiene.
¿Se ha resbalado, ha desfallecido? Atravieso la oscuridad hasta llegar a la escalera.
El amputado se ha parado en seco, efectivamente, pero no porque haya resbalado, sino porque ha tropezado con un obstáculo insalvable: una figura alta plantada en medio de los escalones y empuñando una espada. A contraluz de la luna es imposible distinguir los rasgos del recién llegado; pero ese pelo corto, en un palacio donde todos los cortesanos lucen pelucas y largas melenas, solo puede pertenecer a un hombre.
—¿Zacharie? —murmuro.
—Creí que estabas luchando contra Marigny y vine a echarte una mano. Jamás habría imaginado que una escudera de tu calibre iba a necesitar mi ayuda para capturar a un simple mortal, lisiado, por lo demás.
Trago saliva, apurada. Sola en el teatro desierto, he podido dejar hablar a mi corazón por un momento, pero ahora no puedo permitirme mostrar el menor signo de debilidad con otro escudero, especialmente con el que menos conozco. Mi corazón debe volver a ser tan duro y silencioso como la piedra.
—Ese bribón se me escapó por un pelo —afirmo—. Hubiera conseguido atraparlo sin tu ayuda, Zacharie, muchas gracias.
Con el estómago encogido, subo los escalones en dirección al teniente caído, demasiado consciente del terrible destino que le aguarda apenas lo entregue a los guardias suizos.
Un grito desgarrador sale de su garganta: —No, no escapé de usted, señorita: ¡usted me perdonó! Se compadeció de mí, reconózcalo. Imploro de nuevo su piedad.
A pesar de que la cara de Zacharie queda en parte oculta por la penumbra, siento el peso de su mirada de reproche caer sobre mí. Por lo que sé, siempre ha mostrado una lealtad inquebrantable al Inmutable. ¿Y si ahora informa al rey de que le he fallado? ¿Y si el tirano empieza a dudar de mi devoción?
—Cállese —le ordeno al amputado—. No salvará el pellejo inventando tonterías.
Pero el otro no da su brazo a torcer: —Todo lo que tienen que hacer es cerrar los ojos por un segundo, su compañero de armas y usted, y yo escaparé por los pasillos. Nadie lo sabrá.
—¡He dicho que se calle! —¿Cuántos años tiene bajo ese extraño pelo plateado? —insiste con ojos llorosos—. ¿Diecisiete? ¿Dieciocho quizá? Es la edad de mi hija Henrietta. Tiene el mismo aire rebelde que ella. De usted depende que vuelva a verla. Que la abrace como hago después de cada viaje por mar.
—Si el tal Pálido Febo le hubiera mordido la lengua en lugar de la mano… —suelto con un nudo en la garganta.
—A pesar de sus duras palabras, usted no es en realidad lo que aparenta ser, lo siento —afirma con voz vibrante—. Usted es diferente de los demás escuderos. Bajo su coraza se oculta el corazón ardiente de una joven sedienta de justicia.
Me estremezco. Tratando de apelar a mis sentimientos, ese hombre que no conozco de nada acaba de describirme con más precisión de la que se imagina. No puedo evitar mirar a Zacharie para asegurarme de que no se ha tomado al pie de la letra las palabras del teniente. Pero el rostro del escudero resulta impenetrable.
—¡Ya es suficiente! —exclamo—. La única justicia a la que sirvo es la del Inmutable. Bajo mi coraza solo soy su fiel soldada. Si se atreve a blasfemar una vez más contra mi señor y maestro, esa palabra será la última que pronuncie.
Pongo mi espada de plata muerta en el cuello de Étienne de Fabelle. Mi cara está tan cerca de la suya que puedo sentir su ronco aliento en mi frente. El olor acre de su sudor me pica en las fosas nasales.
—Vamos —le digo bajando la voz—. Deje que lo lleve a su celda sin armar jaleo.
El teniente no se mueve. El brillo de esperanza que vi en sus ojos ha desaparecido. Sus ojos no son más que dos pozos oscuros, sin fondo.
—Me ha engañado —dice—. Cometí la estupidez de pensar que podría salvarme. —Después de haber vibrado, suplicado, implorado a pleno pulmón, la voz que sale de sus labios se oye a duras penas: es la voz de la resignación, la de un condenado que ha renunciado a toda esperanza de ser indultado—.
Creía que solo los inmortales eran capaces de jugar así con las vidas humanas, pero es usted de la misma calaña. Tan joven y ya tan cruel como un vampyro milenario. Porque todo esto es un juego para usted, ¿no? Solo me dio la esperanza de escapar para arrebatármela enseguida.
—Le repito que no lo dejé escapar, señor —farfullo. La empuñadura de mi espada tiembla en mi mano húmeda—. Sea razonable. Afronte su destino con dignidad, como un auténtico caballero.
—No hay ninguna dignidad en morir cazado como un animal para divertir a los cortesanos inmortales. Un caballero no padece por su muerte. La abraza.
Cogiéndome completamente desprevenida, el prisionero se aferra a mí con todas sus fuerzas. Cuando por fin comprendo que, al abrazarme, en realidad ha elegido abrazar la muerte, ya es demasiado tarde: su cuello se ha hundido profundamente en la hoja de mi espada.
Reculo conmocionada.
La sangre brota profusamente de la arteria carótida seccionad e inunda la escalera de mármol.
Étienne de Fabelle cae de rodillas, como una marioneta a la que le han cortado los hilos.
Luego, su cuerpo desarticulado se desploma y rueda por la escalera hundiéndose en la negra noche.
2
La alianza
—Diane de Gastefriche, nos ha acostumbrado a cosas mejores —declara el Inmutable cuando entro de nuevo en el salón de Apolo.
Mi coraza y mis calzones de cuero están salpicados de sangre. Un poco de líquido viscoso ha rociado también mi pelo gris, que ahora aparece manchado con los coágulos. Zacharie me condujo de vuelta desde las profundidades del palacio sin decir una palabra, pero su silencio era más condenatorio que cualquier sermón. En este momento, los cortesanos me miran con unos ojos tan ardientes como brasas.
—Sus compañeros han hecho bien su trabajo —prosigue el rey desde su trono señalando a los otros cuatro escuderos—.
Los villanos han sido apresados y la señorita de Plumigny ha completado la operación capturando al almirante traidor con gran destreza.
Hélénaïs alza la barbilla con una sonrisa de triunfo en los labios.
—Ahora todos los fugitivos están encerrados a la espera de que se ejecute su sentencia —explica el rey—. Todos menos uno, que se nos escapó al morir.
La máscara dorada del soberano puede permanecer perfectamente inmóvil, pero tengo la impresión de que los gruesos rizos de su leonina cabellera se hinchan por culpa de la irritación.
Hago una reverencia sanguinolenta a la vez que me disculpo: —Siento no haberlo cogido vivo, majestad, pero tuvo el destino que merecía.
—¿Quién es usted, Gastefriche, para decidir el destino que merecen nuestros súbditos? —me suelta el monarca con voz gélida—. ¿Cree que está por encima de nosotros?
—Por supuesto que no, señor…
—Pronunciamos una sentencia: muerte por caza galante, como un vulgar plebeyo. En cambio, usted decidió decapitarlo, una ejecución prestigiosa que solo está reservada a los nobles.
Aprieto los dientes. Explicar al rey que el teniente Fabelle se arrojó sobre mi espada solo serviría para acabar de arruinarme. De nada sirve decirle que el pobre hombre fue degollado, no decapitado. Nadie puede corregir al Inmutable.
Me contento con exagerar mi reverencia, de manera que acabo casi doblada por la mitad. El Rey de las Tinieblas, su trono, su corte: todo desaparece ante mis ojos, que ahora solo miran el suelo. Cuando ruge la ira real, hay que aplastarse ante el soberano, hundirse en el suelo para no sucumbir a las ráfagas.
—No tengo excusa, majestad —digo—. Siempre seré su humilde servidora.
—Así es, es más, hemos encontrado un trabajo para esta servidora. Va a navegar rumbo a las Américas.
Atónita, me arriesgo a alzar la cabeza: —¿Las Américas, señor?
El continente americano siempre ha sido para mí un horizonte lejano, irreal. A pesar de que, oficialmente, los virreinatos de la Magna Vampyria se dividen esos territorios, se dice que en ellos el Código Mortal no es tan estricto como en la vieja Europa. Por ese motivo, allí es donde la Fronda tiene grandes esperanzas de poder llevar a cabo una revolución que, un día, podría expandirse por todo el mundo.
—En concreto, a las islas americanas —precisa el rey—. Hemos decidido enviarla a las islas Antillas para que se enfrente a los piratas de las Bermudas.
—¿A las Antillas, señor…? —digo sobresaltada—. Pero si jamás he puesto un pie en un barco.
—Bueno, ha llegado el momento de ponerlo, e incluso su mano, ya que pretendo dársela al capitán Pálido Febo.
El corazón me da un vuelco mientras asimilo la información. Abro la boca, pero de ella no sale ningún sonido.
—Mientras ustedes llevaban a cabo la masacre en los pasillos, estuvimos hablando con nuestros asesores de mayor confianza —prosigue el rey—. Nosotros, Luis, hemos decidido que nos conviene aliarnos con el más poderoso de los piratas, y las alianzas más fuertes se sellan con los lazos del matrimonio.
Observo a los inmortales que están en el estrado, flanqueando el trono. Como no podía ser menos, en ella se encuentra el siniestro Exili, gran arquiatra de Francia y jefe de la Facultad Hemática; dado que es el médico personal del rey, su sombría figura vestida de color púrpura jamás se separa de este. También reconozco el perfil afilado de Ézéchiel de Mélac, el ministro del Ejército, y el rostro armonioso de la princesa Des Ursins, la ministra de Asuntos Exteriores. El hombre menudo que está más próximo al trono, cubierto por una formidable melena gris y rizada, es Michel de Chamillart, el ministro de Hacienda.
—Explíqueselo, Chamillart —le ordena el rey.
—El comercio triangular con las Américas es esencial para la economía del reino —afirma el ministro con voz nasal—. Las colonias nos suministran oro y metales preciosos, pero también el azúcar y el café que tanto gustan a los cortesanos mortales, y el algodón con el que se viste la corte. El problema es que, desde hace varios años, los piratas saquean de forma grave nuestros barcos. Las expediciones punitivas de nuestra marina de guerra jamás han conseguido acabar con ellos, diría que más bien han sido un sinfín de espadazos al agua…
El pequeño vampyro lanza una mirada venenosa a su compañero responsable de dichos fracasos, el marqués de Mélac.
Incluso en las altas esferas del Estado, la competición para obtener el favor del rey es feroz… y también para menoscabar la reputación de los rivales.
—Esos filibusteros son unos cobardes que evitan la confrontación directa —refunfuña Mélac—. Atacan a los barcos mercantes que navegan al final de la flota. No solo los que enarbolan bandera francesa.
—Exacto —tercia la princesa Des Ursins con su voz cristalina—. Si sellamos una alianza con ellos (o, al menos, con el más poderoso de ellos), podremos dirigir sus ataques. No solo dejarán en paz a nuestros barcos, sino que, además, redoblarán su ferocidad contra los barcos de los países extranjeros, especialmente los de aquellos que tienen una ambición excesiva.
La alusión de la diplomática de más rango de la Magna Vampyria es obvia. El virreinato de Inglaterra lleva años tratando de emanciparse de la tutela de Versalles. Y la Armada inglesa está eclipsando a la de Francia.
—Pálido Febo es un simple pirata, de forma que vamos a ofrecerle la posibilidad de convertirse en corsario del rey —dice el Inmutable—. Así se encargará de imponer nuestra ley a los demás piratas americanos. Desvalijará los barcos enemigos y recordará a las potencias extranjeras nuestra supremacía. De esta manera, Febo caerá en la órbita de Apolo, como debe ser. En caso de que existan dos astros, el menor debe girar siempre alrededor del mayor. Tal es la mecánica de las esferas celestes. —El monarca vuelve hacia mí su rostro dorado, la encarnación del dios solar—. ¿Nuestro futuro súbdito se divierte con las tormentas tropicales? Que así sea. Crearemos para él el feudo de los Huracanes: un pedazo de mar sobre el que reinará en nuestro nombre. Le ofreceremos un título y así también aumentará su prestigio, señorita: cuando se casen, les conferiremos la dignidad de duque y duquesa.
Esas palabras me abruman, el favor me destroza. Sé que el único que decide sobre las uniones de sus escuderos es el rey, pero pensé que mi turno tardaría varios años en llegar.
—¿Por qué yo, señor? —logro balbucear.
—Porque es nuestra voluntad. Esa razón debe bastarle. Un ratoncito gris no puede penetrar en las sendas de nuestra mente intemporal.
No sabría decir qué es lo que más me molesta, si la forma en que el rey se refiere a mí como un mueble que puede ofrecer a su antojo o la apariencia de afecto que parecen destilar sus palabras. «Ratoncito gris»: así le gusta llamarme; soy la única de sus servidores a la que ha puesto un apodo.
Echo un vistazo a los otros dos escuderos. No me veo proponiendo a Proserpina en mi lugar; no siempre he jugado limpio con ella y, además, dudo que el rey se digne a enviar a una inglesa para sellar una alianza cuando uno de sus objetivos es, precisamente, debilitar a Inglaterra. Hélénaïs, en cambio…
—Su elección me honra, majestad —me atrevo a argumentar—, pero no me considero digna de ella. La señorita de Plumigny es mucho más valiosa que yo. Es un mejor partido. Es más aguda, como demuestra el hecho de que haya capturado al almirante. También es más rica y, por supuesto, mucho más guapa.
La sonrisa de Hélénaïs se ensancha al oírme afirmar en público su superioridad. Aunque hay que decir que su belleza es fruto de la cirugía alquímica que le paga su padre, el acaudalado barón Anacréon de Plumigny.
—Ella es sin duda más hermosa, no lo niego. —El rey asiente abofeteándome con esa grosería—. Por eso la destinaré en el futuro a una unión más prestigiosa en una corte extranjera, donde su belleza pueda brillar en beneficio de Francia. Sería un desperdicio enviarla a convivir con unos bucaneros sin modales, velar su brillo en las nieblas del mar de las Bermudas.
En las filas de los cortesanos se oyen comentarios en voz baja y risas ahogadas. Pero el rey no da tiempo a que el rumor se propague: —Usted tiene algo más que una bonita cara: posee una mente hermosa —afirma silenciando a los que se estaban mofando de mí—. Tendrá que usarla para seducir al capitán Pálido Febo y conseguir que comparta nuestros puntos de vista. Contamos con usted, Gastefriche. Mañana, durante la noche del equinoccio, partirá con rumbo a Nantes. Una vez allí, embarcará rumbo a las Antillas, pero no a bordo de un barco de nuestra armada, dado lo lamentable que ha demostrado ser, sino en un barco corsario acreditado con una patente de corso firmada por nosotros. Vaya a preparar su equipaje y trate de no decepcionarnos esta vez. Más que a un lugarteniente fugitivo, ¡tendrá que hacer caer en sus redes a un futuro duque!
Dicho esto, el soberano se levanta de su trono dando por zanjada la conversación. Los pliegues de su manto de armiño levantan una ráfaga helada que apaga varios candelabros. A continuación, enfila el pasillo que conduce a sus jardines seguido por sus cortesanos, tocados con unas pelucas exageradas y unos moños adornados con galeones, arremolinados como el mar que está a punto de engullirme.
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—¡Debe de haber alguna forma de hacer cambiar de opinión al rey! —exclamo por enésima vez.
—Te repito que las decisiones del tirano son tan inmutables como él —responde sombríamente el gran escudero.
Al amanecer, cuando los inmortales de palacio se acostaron en sus ataúdes helados, corrí a la Gran Caballeriza. Oficialmente, iba a dedicar mi último día en Versalles a despedirme de mis antiguos compañeros. En realidad, ni siquiera pasé por los dormitorios y las aulas, sino que fui directa al despacho del director, desde donde él y yo atravesamos el pasadizo secreto que lleva a las profundidades del edificio. Allí, a nueve metros bajo tierra, pude desahogarme con mi mentor; al igual que yo, Montfaucon hace el doble juego en Versalles, donde es a la vez cortesano y comandante de la Fronda del Pueblo.
El día ha pasado volando, las horas se escurren como granos en un reloj de arena demasiado ancho. A pesar de que ya casi es de noche, estoy igual que esta mañana. El gran escudero me mira con sus ojos apagados por entre los rizos flácidos de su vieja peluca. El farol que cuelga del techo destaca las pesadas bolsas que tiene bajo sus ojos hundidos. Me gustaría zarandearlo, pero me contengo: ese gigante de dos metros debe de pesar el doble que yo.
—«Tiene» que haber algo que podamos hacer —suplica mi amiga Naoko—. No podemos permitir que Jeanne se vaya mañana para… siempre.
La joven japonesa se retuerce las manos ante la idea de que nos vayamos a separar de forma definitiva. Hace casi seis meses que vive en el subsuelo de la escuela, donde Montfaucon la tiene secuestrada desde que se enteró de la existencia de la Fronda. Cuando mis obligaciones en palacio me dejan una hora libre, suelo ir a verla. En cada visita me enseña las orquídeas y los lotos exquisitos que pinta a mano en sus kimonos de seda: unas flores artificiales que reemplazan a las que ya no puede admirar en la superficie.
—Piense en la Fronda, señor —insiste—. La resistencia no puede perder a una agente tan valiosa como Jeanne.
—La Fronda no perderá a Jeanne permitiendo que se case con Pálido Febo —gruñe Montfaucon alisándose la hirsuta perilla con sus dedos nudosos—. Al contrario, de esa forma puede ganar un combate igualmente valioso. Bastaría con que se uniera a nuestra causa.
¡No puedo dar crédito a lo que acabo de oír! La tristeza deja paso a la cólera: —¡Es increíble! Después del Inmutable, ¿ahora quiere que me dedique a interpretar a una madama? ¡No soy un pedazo de carne que vender al mejor postor!
—Pálido Febo no ha ofrecido nada, más bien serás tú la que tendrás que ofrecerle algo a él —me corrige con rudeza, sin perder el aire severo—. Y te conviene ser convincente si no quieres acabar como un cuarto de buey, retomando tu delicada metáfora, dado que se tiene ganada su reputación de carnicero.
Demasiado atónita para decir nada, me pongo en pie de un salto y doy una fuerte patada a mi silla. Esta se estrella contra las frías baldosas y el respaldo se parte en dos. Lejos de conmoverse, el gran escudero sacude la cabeza con aire displicente, como un preceptor aburrido de soportar a un niño caprichoso. —Todo este escándalo es inútil —murmura—. Tú no ganas nada y los demás pierden tiempo. Empezando por Orfeo, que tendrá que reparar el daño que has causado.
La puerta de la habitación cruje cuando la abre el hombre para todo del gran escudero, o más bien debería decir «la criatura para todo», porque Orfeo no es en realidad un hombre, sino un ensamblaje de múltiples partes humanas cosidas. Se acerca con aire servil a la silla rota, pero, antes de que la levante, apoyo una mano en su gruesa muñeca. A fuerza de frecuentarlo, su piel perpetuamente húmeda y fría ya no me estremece, como tampoco el tacto áspero de los puntos de sutura que la atraviesan.
—Espera —le digo—. ¿Y si, por una vez, dejas que tu amo haga el trabajo?
Orfeo me mira con sus grandes ojos de jade, dos joyas acuosas engarzadas en su extraña cara de tez cenagosa.
—El gran escudero siempre envía a otros a hacer el trabajo sucio por él, Orfeo —despotrico, temblando de indignación—. Todas las noches te deja sacar a los gules de sus madrigueras para ponerlos al alcance de su fusil. El invierno pasado me envió a París para eliminar a la Dama de los Milagros. Y Naoko me ha dicho que ese explotador la obliga a escribir todo el día, ¡gratis, claro!
—Naoko es una calígrafa con mucho talento, de manera que empleo sus habilidades para redactar los papeles falsos que necesita la Fronda —se defiende Montfaucon.
—«Emplear» es una palabra importante —lo corrijo—. Cualquier empleo merece un salario y Naoko trabaja gratis para usted. En cuanto a la Fronda sobre la que lleva insistiendo durante meses, aún no he visto rastro de ella. —Giro y me llevo una mano a la frente a modo de visera, fingiendo mirar al horizonte cuando, en realidad, estoy rodeada de paredes ciegas—. ¡Hola! ¿Dónde estáis? —grito—. ¿Dónde están los hombres emboscados? ¿Dónde está el ejército que debe derrocar al Inmutable? ¡En ninguna parte!
El eco de mi voz reverbera en el pasillo cavernoso que se abre al fondo de la habitación, como si la nada me respondiera: «En ninguna parte… En ninguna parte… En ninguna parte…».
—¿Has terminado? —me pregunta Montfaucon en tono desabrido una vez que el último eco se apaga—. ¿O vas a volver a dar un espectáculo? Deberías saber que los fronderos están por todas partes: de Versalles a París, y en todas las provincias. Hemos tardado décadas en tejer pacientemente una red secreta que abarca toda la Magna Vampyria. Para tu información, entre la tripulación de la Novia Fúnebre, el barco corsario donde vas a embarcar, hay un miembro de la Fronda, según he podido saber. El hecho de que no veas a los fronderos no implica que no existan. ¿Debo recordarte que durante diecisiete años tuviste a cuatro de ellos delante de tus narices todos los días?
El argumento de Montfaucon es cruel, pero inapelable: durante mi infancia jamás supe que mi familia pertenecía a la Fronda. Mis padres y hermanos murieron y se llevaron sus secretos a la tumba. Su recuerdo me golpea como un puñetazo; me tambaleo, busco mi silla, no la encuentro…
Montfaucon se levanta enseguida para sostenerme y evitar que caiga. Me cede con dulzura su asiento y su voz también se suaviza: —No pretendía herirte, Jeanne, pero tenía que recordarte tus orígenes. Te recuerdo también que en las Américas hay muchos fronderos. Por eso la alianza con los piratas es crucial para aislar aún más el Nuevo Mundo del Antiguo y para que la rebelión prospere.
Asiento con la cabeza, mi cólera se aplaca.
El invierno pasado, Montfaucon envió a las Américas al pequeño Pierrot, un joven prodigio dotado de clarividencia; pero no solo eso, además es un adivino cuyas visiones hicieron nacer una técnica maravillosa que quizá podrá derrocar a los vampyros: una magia llamada «electricidad». El gran escudero decidió mandarlo al exilio porque creía sinceramente que el chico estaría más seguro al otro lado del Atlántico y que allí le resultaría más fácil poner sus prodigios al servicio de la Fronda del Pueblo.
El viejo se agacha frente a mí, sus articulaciones crujen como madera seca.
—Me acusas de dejar que otros hagan el trabajo sucio por mí. Es injusto. Te aseguro que si pudiera ir en persona, lo haría, pero dudo que Pálido Febo sea sensible a mis encantos, incluso con una buena capa de sombra de ojos y de colorete.
La imagen del austero rostro del gran escudero maquillado como una cortesana me arranca una sonrisa.
—¿Quién sabe? —digo en tono socarrón—. ¡Si cambiara su anticuada peluca por otra tan extravagante como las de Hélénaïs, arrasaría!
La propia Naoko no puede evitar soltar una risita, mientras el gran escudero se palpa los mechones que cuelgan a ambos lados de su cara de mejillas hundidas: —¿Qué quieres decir? Mi peluca no es tan vieja. Hice que le alisaran los rizos el mes pasado, me costó treinta monedas contantes y sonantes…
—Mejor lo dejamos. Lo único que quería decir es que no es candidato a salir próximamente en la portada del Mercure Galant.
Montfaucon cae de repente en la cuenta de que me estoy burlando de él, frunce el ceño y refunfuña entre dientes: —Si no quieres ir, no te obligaré a hacerlo, pero el rey será menos complaciente que yo. Ya sabes que no tolera que se le desobedezca. Tu única salida para escapar de su ira sería abandonar la corte a escondidas… Pero entonces te condenarías a vivir una vida solitaria aquí, en el sótano, como Naoko.
—A menos que ella me haga unos papeles falsos —digo buscando los ojos abatidos de mi amiga—. ¡Así podría salir de Île-de-France e incluso del reino! Después podría ir a las Américas y buscar a Pierrot. —Alzo la barbilla y desafío al gran escudero con la mirada—. ¡No pienso exiliarme al Nuevo Mundo para caer bajo la tutela de un marido, sino para unirme a las filas de la Fronda como una mujer libre!
Montfaucon sacude su gran cabeza con aire decepcionado. —Mientras dure la era de las Tinieblas, ningún mortal será libre, Jeanne. ¿Aún no lo has comprendido? Incluso en las Américas, te verías obligada a llevar una vida clandestina, hecha de miedo y peligro. Así es como viven Pierrot y los fronderos a los que se lo confié. Por supuesto que podrías unirte a ellos y tomar parte en operaciones ocasionales de sabotaje contra las colonias de la Magna Vampyria, tal vez incluso llevar a cabo algún golpe de efecto. Pero una contribución así a nuestra causa sería muy modesta, comparado con lo que podrías lograr si consigues poner de nuestra parte a los piratas de las Bermudas. Yo también he recibido noticias del Atlántico: Pálido Febo es el primer bucanero con la influencia suficiente para poder unir a todos. Si pusiera a los piratas al servicio del Rey de las Tinieblas, eso supondría una amenaza mortal para las ramas americanas de la Fronda. Pero si las uniera bajo nuestra bandera, si lograra cortar la mayoría de las rutas marítimas que enriquecen a la Magna Vampyria, eso sí que sería un importante punto de inflexión en nuestra lucha. Un momento histórico. —Los ojos de Montfaucon brillan a la luz de la linterna—. Sí, Jeanne: el comienzo de una revolución.
A continuación, apoya con delicadeza su enorme mano, llena de anillos de acero, sobre mi hombro.
—Es imposible contar todos los que, como tus padres y hermanos, se sacrificaron para mantener la esperanza viva de que la Luz regrese algún día.
—El retorno de la Luz… —murmuro—. Como en mis visiones.
Mis ojos se pierden en un sueño donde ondean las sonrisas de mis padres, la caricia de un nuevo sol y la promesa de un radiante futuro. En los últimos meses he vislumbrado en dos ocasiones un mundo mejor. Uno posible donde mi familia seguía viva y los vampyros habían desaparecido.
—El destino nos llama a todos a desempeñar un papel —afirma Montfaucon—. El que te ha sido asignado es el más desagradable de todos, no creas que no lo entiendo, además, ¡aún eres tan joven! Te quedaste huérfana en unas circunstancias terribles. Después te convertiste de repente en la escudera favorita del tirano y tuviste que representar un doble papel noche y día. Ahora te pido que abandones todo lo que has conocido hasta el momento para realizar un viaje sin retorno. ¿Partirás esta noche hacia Nantes para intentar reclutar al aliado más poderoso que jamás ha conocido la Fronda? ¿O prefieres el camino de la clandestinidad para servir a la causa de forma más modesta? Poco importa lo que elijas, la decisión es tuya y, sea cual sea, la respetaré.
Bajo la mirada. Me resultó fácil plantar cara al gran escudero cuando me ordenó embarcar sin darme voz ni voto.
Pero Montfaucon no es el rey, ni un jugador cínico para quien los súbditos son simples peones. Bajo su hosca apariencia, mi mentor es un hombre justo; y ha llegado el momento de tomar la decisión correcta.
¿Qué quiero hacer con mi vida? ¿Mi existencia me pertenece solo a mí? Mis padres pusieron la suya al servicio de una causa que los superaba…, que los engrandecía.
—«La libertad o la muerte…» —susurro recordando el lema de la Fronda.
No significa libertad o muerte para uno solo, en un combate singular contra el destino, sino que todos debemos estar dispuestos a sacrificar nuestra vida sin esperanza de recibir una retribución personal, para obtener un día la liberación de todos.
Levanto la vista y mi mirada se posa en la de Naoko, que brilla como la superficie de un lago. Las lágrimas que está tratando de contener manifiestan que ha comprendido que, sea cual sea mi elección, voy a tener que marcharme.
—Iré a reunirme con Pálido Febo —digo dulcemente—. Porque es mi deber. Porque es lo que mi madre habría hecho en mi lugar. —Con un nudo en la garganta, intento sonreír a mi amiga—. Solo es una despedida. Encontraré la manera de regresar algún día. Sabes que no hay nadie más testarudo que una cabeza de hierro como yo.
Naoko asiente agitando levemente el sedoso flequillo de pelo que cae como una cortina sobre el borde de sus cejas. Sabe tan bien como yo que mis promesas son simples palabras y que mis posibilidades de regresar son inciertas. Un toque frío en la piel me estremece: es el turno de Orfeo de poner su mano en mi brazo. Da la impresión de que quiere retenerme. No puede hablar, pero sus ojos de jade brillan con la misma intensidad que los de Naoko.
—Solo espero que tu cabeza de hierro no se rompa contra una aún más dura —susurra—. Me pregunto qué pasa por la de Pálido Febo.
—No lo sabemos —admite el gran escudero—. ¿Qué es lo que motiva a ese pirata salido de la nada? ¿El deseo de hacerse rico? ¿La gloria de gobernar los mares? ¿O, me atrevo a imaginar, el amor a la libertad? Eso es lo que te corresponde descubrir, Jeanne. Tendrás que hacerle entender que la lealtad al Rey de las Tinieblas sería en realidad una esclavitud, tú, que precisamente has sufrido más que nadie por los crímenes del Inmutable. Tendrás que convencer a Pálido Febo de que, si se convierte en un comandante de la Fronda del Pueblo, seguirá siendo su propio amo e incluso llegará a ser un héroe para la humanidad. Si todo eso no es suficiente, si lo único que cuenta para él es el oro, trata de comprarlo para que sea uno de nuestros mercenarios: los fronderos de las Américas también tienen recursos. Una vez en las islas, nuestro agente infiltrado en la tripulación de la Novia Fúnebre podrá ponerte en contacto con la rama martiniquesa de nuestra organización. El hombre en cuestión se llama Cléante. Es uno de los sirvientes asignados al servicio de los oficiales vampyros.
Como para recalcar ese momento solemne, el reloj de hierro que cuelga de la pared da unas graves campanadas.
—Son las siete de la tarde —anuncia el gran escudero con la voz enronquecida por la emoción—. Está anocheciendo, Jeanne. El muro de la Caza se abrirá de un momento a otro. En palacio te están esperando. Permíteme darte un último consejo: evita como a la peste a Hyacinthe de Rocailles, el capitán corsario de la Novia Fúnebre. La fama de crueldad de ese inmortal está más que demostrada. Hemos previsto una contraseña por si necesitas la ayuda de Cléante durante la travesía: pídele un vaso de agua de Seltz y él encontrará la manera de hablar contigo en privado.
Montfaucon se levanta de su silla irguiendo su espalda encorvada: —Ahora debes irte.
Abre torpemente los brazos, luego los deja caer a ambos lados de su macizo cuerpo, como si no supiera qué hacer con ellos. Por una vez, sus ojos esquivan los míos, pero aun así puedo ver que se humedecen entre sus rizos. Entonces lo abrazo. Es la primera y última vez que lo hago en mi vida, con tanto fervor como una vez abracé a mi padre.
3
El séquito
El rey ha ordenado que vaya a la galería de los Espejos para que conversemos por última vez antes de mi partida.
Desde el momento en que entro en la enorme sala, me asalta una fúnebre sensación. No es solo que la galería se encuentre vacía a una hora de la noche en que suele estar repleta de cortesanos. Es que, además, el monarca me está aguardando solo allí. Vestido con su l
