Capítulo 1
NADA QUE APORTAR
Sanderson Hotel me devolvió la mirada con reproche. Parecía juzgar mi bonito vestido rosa, de una manga, repleto de purpurina. Quizá no lo consideraba adecuado para un baby shower, pero quería verme joven, bonita e impoluta. Como si el tiempo jamás hubiera pasado por mí. Así, con suerte, podría olvidarme de la verruga que había decidido salirme en el cuello, de las condenadas estrías de la barriga y de que era demasiado terca para ir con deportivas.
Quiero salir corriendo.
Puse un pie en su interior fingiendo una felicidad que ni siquiera sentía. Había visto pasar a algunos antiguos compañeros de la carrera, que me habían saludado sin tomarme demasiado en cuenta. Así que los seguí como si fuera un patito descarriado que necesitaba encontrar su lugar en el evento.
Lara, mi mejor amiga y la futura madre de ese bebé, había hecho todo lo posible para reservar Courtyard garden, uno de los salones al aire libre que se destacaba por la vegetación y el dulce murmullo del agua. Había insistido en que la ambientación del evento estaría inspirada en la fiesta del té del Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo. La Dirección del hotel había puesto todo su entusiasmo en un menú dedicado a la obra de Lewis Carroll: infusiones con el nombre de los personajes, comida y algunos pasteles.
Las mesas estaban colocadas en forma de ele. Me llamó la atención que los sofás fueran individuales y que estuvieran tapizados en un color chocolate. Los centros de flores eran de lo más inusuales: parecían un trocito de jardín repleto de rosas, claveles y jazmines.
—¡Hannah! —gritó mi amiga cuando me vio dispuesta a acomodarme en el lugar más recóndito de la mesa—. Si no te conociera, diría que estás huyendo de algo.
Lara Ruiz era la personificación de la belleza hecha miniatura. Tenía unos rasgos muy marcados con una lluvia de pecas que la hacían ver mucho más joven. Su pelo era de un tono anaranjado, que bailaba como las altas llamaradas de un fuego incontrolado. Sus ojos reflejaban la belleza de los bosques y su sonrisa traviesa hablaba de lo predispuesta que solía ser.
Su mano izquierda estaba perfectamente acomodada sobre su vientre; estaba orgullosa de todo lo que había conseguido y no iba a esconderlo.
—He robado un banco y pensé que el mejor lugar para esconderme era un baby shower. —Encogí los hombros disfrutando de su sonrisa—. Estoy segura de que aquí no me encontrará nadie.
—Vamos a medias, ¿no? —dijo divertida—. Creo que puedo esconder bajo el sujetador algunos cuantos millones.
—¿Me arriesgo yo y tú recibes el dinero? —Abrí la boca fingiendo estar de lo más ofendida—. ¿Qué clase de amiga eres?
—Eso debería preguntarte a ti. —Se cruzó de brazos torciendo los labios—. Es un día importante para mí y me harías la mujer más feliz del planeta si te sentaras cerca. No como si estuviéramos peleadas y quisieras hacer conmigo otra película de Saw.
—Creo que debería...
—Venga. —Cogió mi mano y me guio hacia el grupo de mi promoción, que hablaba de manera animada—. Cinco deseos, ¿recuerdas? En todos estos años de amistad, solo he gastado dos.
Accedí derrotada, no podía negarle un trocito de felicidad en un día tan especial para ella.
Lara y yo nos conocíamos desde que su familia se mudó a Londres para empezar de cero. Su madre había tomado la decisión de divorciarse al enterarse de que la persona que tanto amaba prefería vivir al límite y había acabado con sus ahorros. Con toda su valentía había cogido a su hija y salido de España para afincarse en la casa que teníamos justo enfrente.
No podría decir que habíamos empezado con buen pie. La separación de sus padres la había hecho huraña, ansiosa y desconfiada. Cuando apenas teníamos diez años, había tomado la gran decisión de pegarme un chicle en el pelo; aún recordaba cómo lloraba desesperada porque en clase todos se reían de mí. Así que nos habíamos enzarzado en una guerra donde le había pintado su camiseta favorita, exhibí su diario y ella se apropió de la casita de madera que mi padre me había construido en el jardín.
Nuestra tregua llegó el día en el que las burlas hacia mi cuerpo me habían hecho no salir de casa. No sabía cómo justificar que mis caderas anchas y mi barriga eran parte de mi ADN, no algo que afeaba mi cuerpo. Dejé de ir a la piscina, de correr cuando hacíamos deporte y de llevar tirantes en verano. Lara no había soportado la injusticia, por lo que me había enseñado sus pequeños cinco dedos mientras fruncía el ceño, decidida.
«Cinco deseos. Esos son los que te concederé antes de acabar contigo, Hannah Parker».
Entonces usaré el primero: ayúdame, Lara.
Me senté cerca de Wilson Healy. Habíamos estado juntos en tercer año. Todos los jueves solíamos hacer un pícnic antes de entrar en la clase de la señora Marks: una mujer deseosa de abrazar la jubilación y que nos había asegurado que no aprobaríamos ni regalándole una cesta de Navidad.
—¡Hannah! —saludó él con una breve sonrisa—. Pensaba que estabas fuera del país.
—La verdad es que no he tenido ese placer —dije incómoda.
Ni siquiera he terminado la carrera, no sé cómo podría hacer algo así.
Mi propio pensamiento provocó que entrelazara las manos sobre mi regazo. A veces, las personas no estamos listas para superar algunas etapas. Yo había sido una de ellas. Mis propios prejuicios no me permitían concentrarme. Era como si una parte de mí se sintiera aún una niña asustada.
—Cuéntanos, Will. —Lara llamó nuestra atención—. ¿Nueva conquista por Europa?
—Alguna. —Sus labios se curvaron hacia arriba—. Aunque nada que quiera atarme aún al matrimonio. No todos somos tan valientes como tú.
Tenía razón. Siempre justificaba que su sangre española la hacía arriesgar más de lo que éramos capaces nosotros. La carrera de Contabilidad le había dado la oportunidad de tener unas prácticas de empresa en Danvers. Allí había conocido a uno de los inversores más codiciados de Londres: David Taylor. Un hombre guapísimo, canalla y un tanto gruñón. No sabía cómo consiguió enamorarlo. Cada vez que le pedía que me contara su historia de amor, se reía a carcajadas y prefería guardársela para sí.
«El día que creas en el amor, te lo contaré», decía siempre.
—Jaqueline ha conseguido el reconocimiento de una de las clínicas más prestigiosas de Nueva York —comentó Babbie cruzando sus piernas. Su largo pelo oscuro caía en forma de cascada sobre uno de sus hombros—. Seguramente viaje al otro lado del charco.
—¿Y la pequeña? —preguntó Lara—. ¿Se quedará con Carl mientras está fuera?
—¿Diane Mery? —Hizo una breve pausa pensativa—. Es lo más probable. Creo que tienen una relación cercana o, quizá, algo cordial.
—Es una lástima que su vida sentimental fuera un auténtico desastre.
Babbie habló de su trabajo en el extranjero. En la gran experiencia que había vivido siendo parte de los hoteles que se encontraban en las Maldivas, había vuelto a estudiar para ampliar aún más su currículo.
A su derecha, Mael bebía un cóctel de color amarillo con una elegancia que me resultó abrumadora. Entonces pertenecía a la fiscalía de Boston. Según recordaba, lo había visto resolver algún que otro caso junto con Dean Walker: un fiscal un tanto peligroso que daba mucho de que hablar. Relató sus últimas investigaciones, donde la mayoría de mis antiguos compañeros, ansiosos por saber algún secreto, indagaban en sus aventuras.
Me sentía de lo más incómoda: yo no tenía nada de lo que fardar. A mis treinta años, no tenía pareja ni casa propia ni trabajo estable. Tampoco había cogido una mochila con la intención de vivir al límite. Mis relaciones habían sido nefastas y ni siquiera los animales parecían estar de mi parte.
Eres una completa decepción, Hannie.
Una pequeña gota cayó sobre mi mejilla. Me maldije a mí misma por no ser capaz de controlar mis emociones, pero mi cara estaba seca y no había ningún atisbo de tristeza. Alcé mi mentón en busca de la causa: el tiempo no estaba de nuestra parte. Londres amenazaba con acabar con una velada que ni siquiera estaba en su momento culmen.
David, siendo tan previsor como de costumbre, pidió a los camareros que acomodaran sombrillas sobre cada una de las mesas ocupadas. No estaba dispuesto a dar fin a un evento en el que revelaría el sexo de su hijo. De hecho, estaba nervioso, como si quisiera mordisquearse las uñas, pero contuviera el gesto.
—¿No deberíamos entrar?
—No te preocupes —respondió Lara deslizando la mirada hacia su marido—, unas cuantas gotas no serán suficientes para que no partamos la tarta de tres pisos que hemos pedido. No sabes cómo le costó a la pastelera hacer a Alicia de azúcar.
—¿Por qué está así? —pregunté curiosa.
Ella contuvo una carcajada, se inclinó hacia mi oído y susurró:
—Hizo una apuesta con su jefa —susurró—. Ella aseguró de que sería una niña y David, todo lo contrario.
—¿Puedo preguntar cuál es el precio?
—Charlotte dijo que, si ganaba ella, lo utilizarían como modelo para el próximo anuncio. —Hizo una breve pausa divertida—. Y no sabes lo que odia estar delante de una cámara con poca ropa.
—¿Disfrutas viéndolo sufrir?
—Por supuesto, y más cuando sé que ha perdido.
Parpadeé confundida ante su respuesta.
—Y si ya lo sabes, ¿a qué ha venido todo este despilfarro?
—Porque quería sentirme una reina. Me duele lo suficiente la espalda como para no tener un evento tan caro como el que podría tener un Danvers. Además, no sabes lo que estoy disfrutando de que esté tan nervioso... Pienso subir un montón de vídeos a TikTok.
Capítulo 2
ESTAR A LA ALTURA
Regent Park vestía su iluminación navideña desde principios de noviembre. Los ángeles de luces que adornaban la calle eran tan grandes que los lazos que decoraban sus túnicas se extendían de un extremo a otro de los negocios más emblemáticos de la zona. Los escaparates tenían diferentes guirnaldas de pino, con estrellas y piñas de madera que dibujaban el camino de Santa Claus hasta los hogares de los más pequeños. Los ventanales de los edificios proporcionaban una luz cálida y amarillenta que nos regalaba a los londinenses la mejor estampa de estas fechas.
En el Johnny’s, habíamos traído la Navidad demasiado tarde. Mi jefa estaba tan ocupada con sus trabajos de la universidad que no había tenido tiempo de comprar nuevas bolitas para el árbol, nieve ficticia para el ventanal que daba al aparcamiento, ni papel para envolver algunas cajas y decorar la barra.
El local estaba ambientado en los años cincuenta en Nueva York. El suelo destacaba por sus losas blancas y negras, similares a las de un tablero de ajedrez. Los enormes carteles de neón daban luz a las paredes. Quería intentar adornar los huecos con algunos ositos blancos de peluche con un gorrito de Santa. Por eso tomé la decisión de subirme sobre la barra; las piernas me temblaban un poco, pero quería sorprender a Kat. Llevaba trabajando en el restaurante desde hacía un año y me sentía cómoda siendo parte del negocio.
Cuando nadie quería contratarme de cara al público por no corresponder a la talla estándar de una camarera, ella me había recibido con los brazos abiertos. Con el tiempo, la confianza entre nosotras era tan sincera que no temía dejar a mi cargo algunas responsabilidades, aunque me costaba tomarme libertades. Por eso intentaba tener mis pensamientos más inseguros en un rinconcito de mi mente; me recordaba a mí misma que no estaba haciendo una maldad sino adelantando trabajo.
—Mamá, estoy trabajando —protesté con los auriculares puestos, mientras sostenía un par de pequeños ositos en mis manos y buscaba la mejor forma de acomodarlos. No creía que se cayeran, pero tenía que asegurarme—. ¿No puedes llamarme después?
—Estoy desayunando. —Hizo una breve pausa—. Es mi momento del día para hacerlo, sabes que luego me pongo a hacer la comida. Así que dime: ¿qué tal el curso de alemán?
Abandonado.
—¡Bien! —dije eufórica—. Creo que podré presentarme al examen pronto.
—Me alegro de que esta vez no hayas dejado nada a medias. Eres un caso, Hannah. No importa el tema que llame tu atención, siempre prefieres retroceder, y ese es un fallo que te perseguirá siempre.
Contuve mis ganas de suspirar, me mordí el labio inferior mientras buscaba alguna guirnalda. Prefería centrarme en algo diferente cuando me trataba como si tuviera un tercer brazo en la espalda. Me causaba mucha impotencia que me viera como un caso perdido, pero no lo hacía a propósito. Cada vez que intentaba tomar algo con ilusión, Louise, mi hermana, lo hacía mucho mejor; alguien aparecía para molestarme o me excluía.
Sabía que encajar no era el arma definitiva para ser feliz, pero yo lo añoraba. Porque, mientras todos seguían subiendo peldaños, yo tenía que hacer fuerza para no caerme del que me encontraba.
—Gracias por fomentar mi autoestima.
